13/03/2023

 La muerte en Quibdó del primer Prefecto Apostólico del Chocó

Padre Juan Gil y García, CMF, primer Prefecto Apostólico del Chocó, fallecido en Quibdó en febrero de 1912. Y su sucesor, Francisco Gutiérrez, CMF. FOTOS: Informe 1911-1915 de la Prefectura Apostólica del Chocó.

Hace 111 años, que se cumplieron el pasado 23 de febrero, un hecho luctuoso conmocionó a la población quibdoseña y chocoana, a los gobiernos nacional y regional, a la iglesia católica colombiana y a la congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María o Claretianos: la muerte -en Quibdó- del sacerdote misionero español Juan Gil y García, CMF, primero en ejercer la responsabilidad de Prefecto Apostólico del Chocó, una jurisdicción eclesiástica que apenas iba a cumplir cuatro años de haber sido creada por el pontífice romano.

Gil y García, que al morir tenía 45 años de edad, gozaba de gran aprecio y respeto en la feligresía chocoana, entre sus hermanos de congregación y entre las autoridades civiles del ámbito regional y nacional, incluyendo al entonces presidente de Colombia, el antioqueño Carlos E. Restrepo, quien el año anterior le había encomendado personalmente la tarea de reunirse con una señorita -también antioqueña- llamada Laura Montoya. Esta joven mujer, con título de normalista y notoria vehemencia de palabra, se había dirigido incesantemente a la presidencia buscando apoyo para su idea de fundar una comunidad religiosa de mujeres, que se dedicara a evangelizar a los indígenas en sus propias tierras, allá donde nadie acudía; para llevarles -según sus palabras- las semillas del verbo divino y la educación católica. La Prefectura del Chocó, particularmente en las zonas de Pueblo Rico, Mistrató, Purembará, el Chamí y el Baudó, era territorio propicio para ello, opinaba el presidente Restrepo. El Padre Gil y García, cumpliendo el encargo, se reunió en cinco ocasiones con la señorita Montoya y terminó facilitando y apoyando sus planes misioneros. Un siglo después, la jovencita sería elevada a los altares por un papa argentino que, en ese momento, ni siquiera había nacido.

Desde la noche de su muerte, el día del entierro y durante casi los nueve días de la novena de difuntos celebrada por el alma del Padre Prefecto, como usualmente se le denominaba, un silencio solemne y respetuoso se apoderó de Quibdó. Incluso los bares nocturnos, que solían funcionar hasta la media noche, cerraban sus puertas al anochecer o prolongaban sus juergas a puerta cerrada y con el mayor sigilo posible. El Padre Juan Gil y García, como se lo oí decir -cuando niño, en el barrio Munguidocito, de Quibdó- a una vecina que había nacido a finales del siglo XIX, era el muerto más importante que ella había conocido en toda la historia del Chocó y jamás olvidaría que la ciudad entera había asistido a su entierro, consternada porque el misionero hubiera atinado a venirse a morir en esta orilla del Atrato, sin familia alguna y tan lejos de su tierra y de su casa.

Ese viernes, 23 de febrero de 1912, cuando el Intendente Nacional del Chocó, Justiniano Jaramillo, apenas terminaba de tomar el pousse-café después de una cena frugal y el reloj de péndulo del comedor de su casa estaba anunciando las ocho de la noche, las campanas de la iglesia parroquial comenzaron a tocar a duelo. Simultáneamente, desde la puerta de entrada lo llamaban a voces, mientras golpeaban insistentemente. Era evidente que se trataba de una mala noticia y que el difunto era importante, tan importante que las campanas de la Parroquia lo anunciaban a esa hora de la noche.

Acomodándose rápidamente la chaqueta blanca de mezclilla, que se había empezado a quitar para irse a dormir, el Intendente Justiniano Jaramillo abrió la puerta de su casa. No bien había terminado de hacerlo, el mensajero menos aterrado de los dos que habían estado vociferando y tocando a su puerta, sin saludarlo siquiera, le soltó la mala noticia: que le mandaba a decir el Padre Nicolás Medrano que el Padre Prefecto se acababa de morir, a pesar de que el Doctor Heliodoro Rodríguez había hecho todo lo que médicamente era posible para salvarle la vida.

En efecto, el Padre Juan Gil y García, primer Prefecto Apostólico del Chocó, acababa de morir, a los 45 años de edad, en la ciudad adonde había llegado hace tres años, en la tarde del domingo 14 de febrero de 1909, a la cabeza de un grupo de misioneros claretianos cuyos integrantes eran todos de nacionalidad española: los padres Juan Codinach, Andrés Villá y José Fernández, y los hermanos coadjutores Hilario Goñi, Félix Reca y Ramón Casáis; que habían sido precedidos por los padres Agustín Quiroga y Nicolás Lanas, y el hermano coadjutor Urbano Simón, quienes se habían adelantado al grupo para prepararlo todo en Quibdó antes de la llegada de sus compañeros, para asumir los destinos de la Prefectura Apostólica del Chocó, que había sido erigida el 28 de abril de 1908, mediante decreto del Papa Pío X.

«No han olvidado aún los asistentes -escribía algunos años después el Padre Medrano- los entusiastas saludos, los efusivos abrazos, los animados vivas, el saludo oficial o discurso pronunciado por el Señor Gobernador Don Eduardo Ferrer, la elocuentísima contestación del Padre Gil, gran maestro de la palabra, y la sinceridad con que, en el templo parroquial, hermosamente engalanado, abrió por primera vez su corazón a los fieles que colmaban las naves de la Iglesia. El Padre Gil recordaba con ternura tan grandiosa recepción que repetidas veces fue tema de sus conversaciones familiares».[1]

Los males de salud del Prefecto Apostólico Gil y García habían comenzado a principios de enero, cuando -después de visitar Paimadó e Istmina- “se vio acometido por unas fiebres altas y biliosas que lo tuvieron en cama durante 10 días. Repuesto de ellas y arreglados los asuntos de la comunidad y Parroquia de Istmina (pues no pudo visitar más poblaciones), regresó a Quibdó a principios de Febrero”[2]. Las últimas horas de su vida fueron narradas con detalle por el Padre Nicolás Medrano, quien siempre fue su incondicional apoyo en las ausencias y en las contingencias de salud; de la siguiente manera.

“El 21 de febrero se levantó algo tarde; y después del mediodía, volvió a acostarse con algo de fiebre; como a las tres, estuve conversando con él y recibiendo algunas instrucciones acerca de varios asuntos y me retiré dejándolo tranquilo. A eso de las 6 de la tarde, uno de nuestros Hermanos (q.e.p.d.) bajó diciendo con voz alterada a los que nos hallábamos reunidos: «El Padre Prefecto no me gusta nada; parece que le va a dar congestión; se le trabucan las palabras». Volamos a su lado; pero nos recibió con tal sosiego; habló con nosotros tan naturalmente, que creíamos exageración la alarma del Hermano: todavía, al irnos a acostar, denotaba calma; mas, cuál no sería nuestra sorpresa cuando al amanecer del 22 fuimos a saludarlo y no pudimos entender lo que decía. Inmediatamente pasamos aviso al médico de cabecera, doctor Heliodoro Rodríguez, quien calificó la enfermedad de semi-congestión, y le recetó enseguida los remedios que le parecieron convenientes. Calcúlese nuestro interés por aplicar al pie de la letra las prescripciones médicas; pero también nuestra consternación, al ver pasar el día sin mejorar en lo más mínimo; sin poder entenderle una palabra; al contemplar aquella mirada indiferente y aquella risa (perdónese la palabra) como estúpida y sin motivo alguno… Cuando el médico volvió calificó de muy grave el estado del enfermo; la noticia de la gravedad se regó como pólvora inflamada y nunca podremos relegar al olvido la ansiedad con que todos averiguaban por el curso de la enfermedad; el interés con que multitud de personas amigas ayudaban a los de casa; el trabajo de tantos señores que se prestaban a servir a los médicos; y hasta la severidad que hubo de ponerse en juego para moderar la entrada en el cuarto del paciente. Seguía este sin mejoría; y, al anochecer del mismo 22, resolvieron los médicos sangrarle. Todo fue inútil. A las 8 de la noche del 23 de febrero de 1.912, la campana de la Parroquia, con tañido fúnebre, anunció a la población que el Reverendísimo Padre Juan Gil y García había fallecido”[3].

Enterado de los pormenores de las postrimerías de la vida del Padre Juan Gil y García, primer Prefecto Apostólico del Chocó; y habiendo expresado uno a uno a los misioneros sus sentimientos de pesar, a nombre propio, de la Intendencia y del gobierno nacional, en particular del Presidente de la República, Carlos E. Restrepo; el Intendente Nacional del Chocó, Justiniano Jaramillo, se dedicó a pensar en las palabras que dirigiría a la concurrencia durante el sepelio del Padre Prefecto. Mientras rezaba el rosario, de rodillas en el reclinatorio acolchonado y adornado de la primera banca de la iglesia, destinada a las personalidades y autoridades de la ciudad; Jaramillo decidió que tomaría como base de su discurso un texto del informe que en julio del año anterior le había presentado al Ministro de Gobierno, en el que se refería a los misioneros. Allí en el templo parroquial, colmado de gente quibdoseña que había concurrido a darle su último adiós al Padre Gil y García; el Intendente Jaramillo repasó las ideas centrales de aquel texto, que recordaba casi de memoria y que a la letra decía:

“Motivo de especial complacencia es para el infrascrito el consignar en este informe que las tareas oficiales de la Intendencia del Chocó han sido secundadas admirablemente por los Reverendos Padres Misioneros Hijos del Corazón de María, a quienes en buena hora confió el Gobierno Nacional la dirección espiritual de esta importante región, así como la difusión evangélica hasta los lugares más remotos de la Intendencia.

[…]

La creación de la Prefectura Apostólica del Chocó ha sido, pues, para esta importante comarca, de trascendentales e incalculables beneficios. Los Padres misioneros se han excedido, si puedo expresarme así, en el ejercicio de sus funciones evangélicas. Venciendo las inclemencias de un clima tropical al cual no estaban acostumbrados, y a costa de cruentos y dolorosos sacrificios, se han dedicado de lleno a su labor instructiva, y lo han hecho con tanta acuciosidad y tanta energía, que hoy puede decirse con orgullo que no queda un solo lugar del Chocó, por apartado que esté, ni un Corregimiento, por infeliz que se le suponga, adonde no haya llegado la enseñanza religiosa esparcida por los abnegados misioneros que recorren el Chocó en todas direcciones”.[4]

En la mañana del sábado 24 de febrero de 1912, centenares de campesinos que habían concurrido al mercado semanal de Quibdó pasaron por la iglesia parroquial a rezar por el difunto Prefecto. “Su cadáver, con insignias sacerdotales revestido, fue expuesto durante toda la noche [del viernes]; no hubo persona en Quibdó que no desfilara ante él, rogando por el eterno descanso de su alma y la ciudad entera se halló presente al entierro y funerales, acompañando sus restos al cementerio, dando así el último adiós a quien tanto los había amado y de quienes con igual cariño se vio correspondido”[5].

Quibdó, 1920. FOTO: Misioneros Claretianos.

Decenas de telegramas de pésame fueron recibidos en la Intendencia Nacional del Chocó y en la Prefectura Apostólica. El Ministro de Instrucción Pública expidió en Bogotá una resolución honrando la memoria del Padre Prefecto y en los principales diarios del país se publicaron notas fúnebres exaltando su corta y fructífera vida. Sin que se supiera el origen del rumor, durante mucho tiempo, “entre los Misioneros del Chocó fue creencia que en Bogotá, en la Delegación Apostólica y en el alto Gobierno, se trataba de promover al Padre Gil a la dignidad episcopal”[6]. Por lo pronto, y dada la infausta circunstancia de su muerte, sus pertenencias fueron recogidas, su cuarto fue vaciado y aireado -por recomendación médica- y el crucifijo que el Padre Juan Gil y García siempre portaba le fue enviado a su familia en España.


[1] Misioneros Claretianos-Gobierno General-Prefectura General de Espiritualidad, Roma 2020. Web Año Claretiano. https://www.itercmf.org/biografias-claretianas/rvdmo-p-juan-gil-y-garcia/

[2] Ibidem.

[3] Medrano, Nicolás. Corona Fúnebre. Tipografía El Voto Nacional, Bogotá. 1934. Citado en: Misioneros Claretianos-Gobierno General-Prefectura General de Espiritualidad, Roma 2020. Web Año Claretiano. https://www.itercmf.org/biografias-claretianas/rvdmo-p-juan-gil-y-garcia/.

[4] Informe del Intendente Nacional del Chocó al Señor Ministro de Gobierno. Edición oficial. Bogotá, Imprenta Nacional. 1911. 31 pp. Pág. 23.

[5] Misioneros Claretianos-Gobierno General-Prefectura General de Espiritualidad, Roma 2020. Web Año Claretiano. https://www.itercmf.org/biografias-claretianas/rvdmo-p-juan-gil-y-garcia/

[6] Ibidem.

06/03/2023

 Sergio Abadía Arango
y la Geografía Económica del Chocó:
2 efemérides regionales
Portada de la Geografía Económica del Chocó y retrato del chocoano Sergio Abadía Arango, quien siendo Contralor ordenó su elaboración y publicación. FOTOS: El Guarengue y Contraloria General de la República (1942).

Ochenta años de haber sido publicado cumple, en este 2023, el Tomo VI de la Geografía Económica de Colombia, de la Contraloría General de la República, cuyas 700 páginas están enteramente dedicadas al Chocó; y cuyos contenidos fueron elaborados por iniciativa del entonces Contralor, Sergio Abadía Arango, chocoano nacido en Istmina el 10 de agosto de 1895 y fallecido en Bogotá hace cincuenta años, el 21 de febrero de 1973.

Los tomos I al V de la Geografía Económica de Colombia habían sido publicados entre 1935 y 1942, y dedicados, respectivamente, a los departamentos de Antioquia (1935), Atlántico (1936), Boyacá (1936-1937), Caldas (1937) y Bolívar (1942), pues la compleja obra “se venía editando por orden alfabético de departamentos, sin que existiera norma que impusiera ese turno riguroso, que resultaba inconveniente y que no obedecía a ningún plan técnico, ni a sistema organizado de trabajo”, como lo advierte el Contralor en la introducción al Tomo VI.[1]

Del mismo modo, hasta ese momento, todos los costos de la producción, edición y publicación de los volúmenes habían sido asumidos por la Contraloría General de la República; hasta que la 1ª Conferencia Nacional de Contralores, reunida en Bogotá del 10 al 17 de enero de 1942, recomendó que dichos costos fueran cubiertos conjuntamente entre la propia Contraloría y la sección territorial a la que se dedicara cada volumen. Así las cosas, “en lo sucesivo se procederá a la elaboración de los estatutos económicos de los departamentos no por riguroso turno alfabético, sino en el orden de prelación que los mismos interesados establezcan al poner a disposición de la Contraloría las cuotas o aportes que les correspondan de acuerdo con los presupuestos especiales que la Dirección de Estadística elabore con tal fin”.[2]

En estas condiciones, el Tomo VI de la Geografía Económica de Colombia, dedicado al Chocó, fue el primero de la colección cuyos costos fueron asumidos conjuntamente por la región correspondiente -en este caso la Intendencia Nacional del Chocó- y la Contraloría General de la República. Alfonso Meluk Salge era entonces el Intendente Nacional del Chocó.

La idea de la Geografía Económica de Colombia surgió cuando el Contralor General de la República era Plinio Mendoza Neira, en cuya administración fueron editados y publicados los tomos correspondientes a los departamentos de Antioquia y Atlántico. El volumen correspondiente a Boyacá es editado y publicado mediante trabajo conjunto de este contralor y del sucesor, Carlos Lleras Restrepo, a quien le tocó también la publicación del tomo dedicado a Caldas[3]; mientras que el Contralor Alfonso Romero Aguirre (1941-1942) auspició el Tomo V, correspondiente al Departamento de Bolívar.

Aunque las motivaciones que le dieron origen tienen más que ver con la valoración económica de las riquezas económicas y productivas de las regiones que con el reconocimiento de sus riquezas socioculturales, su diversidad y su gente; la Geografía Económica de Colombia fue de gran importancia para incrementar el conocimiento que el país tenía sobre su territorio y su población. Por lo menos desde la Expedición Botánica de Mutis y desde la Comisión Corográfica de Agustín Codazzi, hacía rato que no se llevaban a cabo estudios de amplia cobertura y alcance temático significativo, que permitieran conocer con mayor detalle el país, incluyendo su periferia, conformada por esas tierras lejanas y casi totalmente ignotas e ignoradas por la Colombia andina, desde cuyas montañas eran -aún lo son- percibidas como inhóspitas, medio deshabitadas, insalubres y atrasadas: tierra caliente, cuando más.

Uno de los tres considerandos de la resolución del Contralor General de la República mediante la cual “se ordena la ejecución de la Geografía Económica de la Intendencia Nacional del Chocó” deja claro el propósito de la publicación y la importancia de la región chocoana para la nación: “La Intendencia Nacional del Chocó, por su posición geográfica; por su proximidad a Panamá; por su riqueza minera y por el desarrollo agrícola y pecuario de que son susceptibles algunas de sus comarcas en beneficio de la economía interna y externa de la República, es una sección territorial de gran importancia en la vida del país…”[4]. No obstante, es innegable la importancia que en su momento tuvo esta iniciativa para el conocimiento sistemático de la región y su difusión en el propio Chocó y fuera de él; así como su evidente valor como documento histórico relevante, cuando se cumplen 80 años de su publicación, por iniciativa de Sergio Abadía Arango, uno de los primeros chocoanos en ocupar un cargo de importancia nacional en el Estado colombiano.

Quibdó, 1943. Croquis del municipio y plano de la ciudad, incluidos en la Geografía Económica del Chocó. FOTOS: El Guarengue.

La elección de Sergio Abadía Arango como Contralor General de la República de Colombia, por una votación ampliamente mayoritaria en la Cámara de Representantes, se produjo el 9 de diciembre de 1942 y su posesión en el cargo se llevó a cabo cinco días después. Anales de Economía y Estadística, revista de la Contraloría General de la República, en su edición del 31 de diciembre de ese año, dedicó cuatro de sus seis páginas editoriales a comentar favorablemente la elección del nuevo contralor y sus atributos individuales y profesionales. Igualmente, en una sección titulada “Un plebiscito nacional”, destinó once páginas a la reproducción de más de trescientos telegramas del más de medio millar -conocidos- que fueron dirigidos a Sergio Abadía Arango felicitándolo por su elección, desde todos los rincones del país.[5]

“Para todo el personal de redacción de esta revista, la presencia de Abadía Arango al frente de la Contraloría es motivo de complacencia sincera”, expresa la publicación institucional, cuyo grupo de redactores estaba encabezado por el poeta Luis Vidales, que había estudiado en París ciencias sociales y económicas, además de una especialización en Estadística, y para entonces se desempeñaba como Director General de Estadística de la entidad; motivo por el cual tenía bajo su cuidado las ediciones de la Geografía Económica de Colombia. “Ampliamente conocidas son en el país las calidades de este eminente jurisconsulto y parlamentario del Chocó, quien en el curso de su vida política y pública ha librado recias batallas en defensa de su partido y muy especialmente de su región, abogando siempre por colocarla en los primeros planos del panorama nacional. Muchas de las conquistas alcanzadas por el Chocó se deben en gran parte a la tesonera labor del doctor Abadía Arango, natural y autorizado intérprete de los sentimientos, aspiraciones y necesidades de sus coterráneos”; añade la nota editorial de la revista de la Contraloría.[6]

Adicionalmente, las páginas 23 a 34 de la revista de la Contraloría fechada el 31 de diciembre de 1942 fueron destinadas a reproducir más de trescientos telegramas de felicitación recibidos por Sergio Abadía Arango a raíz de su elección como Contralor General de la República. Amigos y parientes, coterráneos y copartidarios de casi cien poblaciones de Colombia le manifestaron al nuevo Contralor su alegría por el nombramiento y destacaron de modo entusiasta su significado para el Chocó, como reconocimiento a la región, a la inteligencia de sus hijos y a su potencial en la vida intelectual y política del país. Desde Barbacoas hasta Riohacha y San Andrés Islas, pasando por Bogotá, Medellín, Cali, Cúcuta y Bucaramanga, Bochalema, Tunja, Ibagué y Neiva, Fundación, Marmato y Manizales; desde Puerto Carreño, Arauca, Mocoa y Florencia hasta Buenaventura y Bahía Solano, Sincelejo, Montería, Lorica, San Jacinto, Santa Marta, Barranquilla y Cartagena, pasando por Pacho, Tenjo, Fusagasugá, Girardot, Sogamoso, Moniquirá, Garagoa y Chiquinquirá; “con especial complacencia recibieron los colombianos la noticia de la elección recaída en el doctor Sergio Abadía Arango para el alto cargo de Contralor General de la República”, tal como lo reseñó la revista de la Contraloría en su breve nota introductoria a la reproducción de los telegramas, titulada “Los colombianos felicitan al nuevo Contralor General. De todas partes del país felicitan al doctor Abadía Arango”; la cual cierra afirmando que a través de dichos mensajes “es fácil notar el júbilo con que ha sido apreciada la exaltación del Chocó a los primeros planos de la Administración Nacional”.[7]


Desde ocho de los trece municipios que conformaban la Intendencia Nacional del Chocó provino casi la tercera parte de los telegramas de felicitación a Sergio Abadía Arango por su elección, que fueron publicados en la revista de la Contraloría en diciembre de 1942, cuando el chocoano aún no llevaba ni un mes en ejercicio de sus funciones. Casi la mitad de los telegramas del Chocó venían de Istmina, tierra natal de Abadía Arango; una cuarta parte habían sido remitidos desde Quibdó y la otra cuarta parte procedía de Condoto, Bahía Solano y El Carmen, Acandí, Tadó y Nóvita. El Chocó se sumaba así, copiosamente, al entusiasmo nacional por la elección de uno de sus hijos como nuevo Contralor.

A lo largo de su vida pública -pulcra y talentosa-, Sergio Abadía Arango fue un digno representante de aquella lúcida generación de primeros profesionales nativos comprometidos con la reivindicación económica, social, política y racial del Chocó en la escena pública nacional; de la cual también formaron parte Alfonso Meluk Salge, Gabriel Meluk Aluma, Diego Luis Córdoba, Ramón Lozano Garcés, Osías Lozano Quintana, Eliseo Arango Ramos, Manuel Mosquera Garcés, Adán Arriaga Andrade, Jorge y Reinaldo Valencia Lozano, Demetrio Valdés Ortiz, Daniel Valois Arce, Primo Guerrero Córdoba, Leopoldino Machado Rentería y Aureliano Perea Aluma, entre otras figuras de esta pléyade de buenos hijos de su región.

El Tomo VI de la Geografía Económica de Colombia, dedicado al Chocó, elaborado por una comisión especialmente constituida para el efecto por el Contralor General de la República, Sergio Abadía Arango, y publicado en octubre de 1943, es un hito histórico para la región chocoana. La Geografía Económica del Chocó, como fue generalmente conocido este volumen, es quizás el primer compendio descriptivo de carácter panorámico sobre la región en sus aspectos económicos, sociales, culturales, geográficos e históricos, incluyendo datos estadísticos organizados, gráficos, cartografía (croquis y mapas) y fotografías de elementos relevantes de la región en las materias estudiadas.

Mezcla afortunada de geografía económica y humana, la obra fue -durante por lo menos tres décadas, hasta que el canon curricular se los permitió- texto de cabecera de maestras y maestros para la enseñanza de la historia regional en las escuelas públicas del Chocó. Así mismo, su amplia difusión por parte de la Contraloría, a través de las bibliotecas de entidades e instituciones, colegios y universidades -tanto de carácter público como privado- contribuyó de manera significativa a que, en los departamentos y ciudades de la zona andina, y en escenarios de poder político nacional, se conociera de mejor manera la realidad del territorio chocoano, la voz de cuyos hijos ya resonaba en los pasillos del Congreso. Se llenaba así un vacío que la misma publicación reconoce mediante una nota de la Comisión Revisora del volumen: “El lector encontrará en algunos capítulos de esta obra quizás un exceso de parte histórica y de crónicas lugareñas. Aunque esto no encaja dentro de las normas técnicas de una Geografía Económica, en atención a que el Chocó es un territorio casi desconocido, la Comisión Revisora ha tenido en cuenta esta especial circunstancia al autorizar esta publicación”[8].

Los cincuenta años del fallecimiento de Sergio Abadía Arango y los ochenta años de la publicación de la Geografía Económica del Chocó son efemérides de la historia de la región, a propósito de las cuales es pertinente aproximarse al conocimiento de la trayectoria pública de este chocoano excelso y de la trascendental obra que vio la luz gracias a su oportuna iniciativa.


[1] Contraloría General de la República. Geografía Económica de Colombia. Tomo VI. Chocó. 1943. 697 pp. INTRODUCCIÓN.

[2] Ídem. Ibidem.

[3] Se trata del antiguo Caldas, que hasta 1966 incluía los territorios de los actuales departamentos de Risaralda y Quindío.

[4] Resolución N° 7 de 1943 (enero 5). Contraloría General de la República. Geografía Económica de Colombia. Tomo VI. Chocó. 1943. 697 pp. INTRODUCCIÓN. Pág. V.

[5] Anales de Economía y Estadística. Revista de la Contraloría General de la República. Año V, N° 23. Bogotá, Colombia, diciembre 31 de 1942. Tomo V. 94 pp.

[6] El nuevo Contralor. Anales de Economía y Estadística. Revista de la Contraloría General de la República. Año V, N° 23. Bogotá, Colombia, diciembre 31 de 1942. Tomo V. 94 pp. Pág. 1

[7] Los colombianos felicitan al nuevo Contralor General. De todas partes del país felicitan al doctor Abadía Arango. Anales de Economía y Estadística. Revista de la Contraloría General de la República. Año V, N° 23. Bogotá, Colombia, diciembre 31 de 1942. Tomo V. 94 pp. Pág. 23

[8] Contraloría General de la República. Geografía Económica de Colombia. Tomo VI. Chocó. 1943. 697 pp. Pág. 1. El destacado en negrillas no forma parte del texto original.

27/02/2023

 Leyner

 ~Pogue. Ilustración tomada de:
Pogue, un pueblo, una familia, un río, Cocomacia, 2015.

“Ser un hombre de paz y vivir estas situaciones de persecución es bastante duro y le quita a uno muchas noches de sueño. Sentir que en cualquier momento te van a matar, sentir la intranquilidad de uno no poder ser libre, sentarse en una esquina y tomarse un café, caminar las calles normalmente, solo, como lo pudiera hacer cualquiera, pues es bastante difícil y extraño y también doloroso, porque uno siente que ha perdido… Pero precisamente por eso es que hay que trabajar por la paz, porque es que si no trabajamos por la paz más líderes van a estar en esa situación o incluso en situaciones peores que la que yo estoy viviendo”. Leyner Palacios, marzo 2021.[1]

Leyner Palacios Asprilla ha sido nuevamente amenazado de muerte y conminado, junto a su familia, a salir del Chocó en un plazo perentorio. “Tengo mucho miedo y me voy a esconder para que no me matenhe comprendido que la amenaza es la puerta al cementerio”, escribió Leyner en su cuenta de Twitter (@PalaciosLeyner), hace ocho días, el domingo 19 de febrero de 2023, en un mensaje de anuncio público de esta nueva y desgraciada intimidación. Como todas las de su desalmada calaña, esta amenaza forma parte de una estrategia delictiva sistemática, destinada a desestimular y a desaparecer en Colombia la defensa de los derechos humanos y la promoción de procesos de paz; el resarcimiento de las víctimas del conflicto armado, mediante el establecimiento de la verdad; y la implantación de medidas para hacer justicia e impedir la repetición de todo acto en contra de la vida...; acciones estas a las que Leyner -quien no llega a los cincuenta años de edad- ha dedicado más de la mitad de su vida.

Cuando Leyner Palacios Asprilla nació, Pogue era un pueblo tranquilo y sosegado, en donde la vida y la muerte transcurrían con la misma naturalidad de los ríos y quebradas que lo circundan; un caserío recóndito que ni en los mapas aparecía, adonde se llegaba luego de tres horas largas de navegación río Bojayá arriba -en bote con motor fuera de borda- desde su desembocadura en la orilla del Atrato, en Bellavista, la cabecera municipal desaparecida por la atrocidad del 2 mayo de 2002, que hasta su nombre se llevó, pues la prensa la bautizó como la masacre de Bojayá.

Leyner aún era un niño cuando los gérmenes de esa organización ejemplar e histórica para el pueblo afrocolombiano que es COCOMACIA -Consejo Comunitario Mayor de la Asociación Campesina Integral del Atrato- empezaron a ser sembrados en su tierra natal por la Diócesis de Quibdó, las Agustinas Misioneras, los Misioneros del Verbo Divino, maestros rurales de índole altruista como Dionisio Arias Chaverra y los primeros dirigentes campesinos, como Saulo Enrique Mosquera Palacios (diciembre 8 de 1954 - 23 de mayo de 2021), consumado e inolvidable líder de la causa étnica y cultural y de la organización comunitaria de su pueblo; en donde sobresalía, además de su alta estatura y su nítida voz -con la que también cantaba alabaos y contaba historias como todo un griot- por la sabiduría de sus palabras, la profunda comprensión del valor integral de su territorio, su intuición admirable sobre el futuro por construir en materia de derechos y su presencia siempre amable y servicial, hospitalaria y generosa.

De gente como Saulo y otros pioneros del compromiso organizativo con los derechos de su pueblo, aprendió Leyner Palacios Asprilla el que desde joven convirtió en su oficio vital: la defensa de la vida y los derechos de su gente. Y es por ello, simple y tristemente por ello: por defender la vida y los derechos de su gente, por lo que -como ocurre desde hace tantos años, tantos que se ha pasado la mitad de su vida huyéndole a la muerte- ha sido nuevamente y criminalmente sentenciado y forzado a salir de su territorio este exintegrante de la Comisión de la Verdad (Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición), organismo que estructuró y entregó al país el relato más completo que del conflicto armado se haya construido en la historia nacional; incluyendo en primera plana la voz de las víctimas y desenmascarando, junto a ellas, más de una verdad oculta o no reconocida y más de un pecado -no precisamente venial- del Estado colombiano y sus instituciones como agente activo del conflicto armado durante más de medio siglo.

Saulo Enrique Mosquera Palacios y Leyner Palacios Asprilla.
FOTOS: Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas-UBPD y Colprensa.
En medio del cristalino silencio de los montes repletos de vida, en donde se aprende desde la primera infancia a distinguir -nomás por su canto- cada uno de los pájaros del bullicio canoro del amanecer; nació la voz de Leyner Palacios Asprilla, la voz elemental que -sin gritar- pregona que la vida hay que respetar, y por eso -una vez más- la pretenden silenciar los pérfidos enemigos de la paz, de la justicia, de la dignidad.


[1] Canal Capital y Comisión de la Verdad. Frente al Espejo. Capítulo 14. Camino Al Informe. Leyner Palacios, de líder a Comisionado. En: https://www.youtube.com/watch?v=i_3SyBpV_6g

 

20/02/2023

 Riosucio, 1930
La truhanería de un inspector de policía

Vapor Cartagena de Indias y complejo agroindustrial de Sautatá. 1930.
FOTOS: Archivo fotográfico y fílmico del Chocó.
De regreso hacia el Caribe, a la hora del crepúsculo y con la brisa tenue del sábado 22 de febrero de 1930, cuando ya se oían en el pueblo las primeras músicas de la parranda del fin de semana y de todos los fogones salían olores a pescado frito, el vapor Cartagena de Indias arrimó al puerto de Riosucio. Tan pronto como dos sincronizados grumetes tendieron y afirmaron en el piso de barro seco el par de tablones que servían de puente desde la embarcación hasta la orilla, el capitán Federico Scharberg saltó ágilmente hasta alcanzar el suelo. Precedido de tres cargueros de su embarcación, caminó un poco más de cien pasos hasta llegar a la casa de la señora Andrea de Rovira, la mitad de cuya sala estaba ocupada por la tienda que ella atendía mientras su marido se internaba en los montes cercanos para sacar madera, pieles de caimán, tagua, ipecacuana, millares de bocachicos, centenares de doncellas y unos cuantos cientos de raciones de plátano verde, que comerciaba con los capitanes de los buques y lanchas que recorrían el Atrato o con los capataces del ingenio azucarero que en Sautatá habían montado unos turcos de Quibdó.

Luego de hablar con doña Andrea el tiempo suficiente para convencerla de la bondad del trato, el capitán indicó a sus cargueros que depositaran, en el cuarto que servía de bodega a la tienda, la mercancía que entre tanto habían dejado al pie de la escalera de entrada a la casa: dos cajas de gaseosa y una de cerveza, una caja de jabón, un bidón de querosín de los grandes y doscientos cocos repartidos en ocho sacos de fique. La carga sería retirada cuando la lancha hiciera el viaje de regreso y entonces el capitán, según su promesa, pagaría la mitad restante del dinero convenido como retribución por el favor y traería de ñapa un corte de tela para un vestido que la señora de Rovira aspiraba a estrenarse el Domingo de Ramos de la próxima semana santa, que ya estaba a escasos dos meses de empezar.

A seis leguas y media de allí, en el caserío de Domingodó, en la misma y destartalada mesa que le servía de escritorio durante el día, el inspector de policía escanciaba en una copa los dos últimos tragos de una botella de biche buenísimo, de las seis que un señor le había traído de los lados de Buchadó, a cambio de dejar libre al hijo de un primo suyo que lo único que había hecho era robarse de una champa una arroba de bocachico salpreso, que el inspector había decomisado como prueba del ilícito y con parte de la cual -antes de que de pronto se fuera a dañar- había mandado a preparar un caldo tapado cuyo olor ahumado ya salía de la cocina de la casa vecina.

Pedro Manuel Galbán se llamaba el funcionario. Había llegado a estas tierras sin pagar pasaje, viajando de polizón, de lancha en lancha. Venía de un pueblo famoso llamado Lorica, en donde había nacido a la orilla del mismísimo río Sinú. Y, sin saber cómo ni cuándo, y a pesar de que -por lo menos eso decían en Riosucio- estaba sumariado por fraude a la renta de licores de la Intendencia Nacional del Chocó, se había hecho nombrar como inspector de policía de este corregimiento.

Seis días después, al filo de la medianoche del viernes 28 de febrero, mientras en Tadía, El Limón y La Honda dos alemanes hacían y deshacían hasta completar los mil caimanes matados en el mes para desollarlos y exportar sus pieles; la señora Andrea de Rovira, que al momento profundamente dormía, fue sobresaltada y despertada por los recios golpes que en su puerta y su ventana se oían, seguidos de varias voces, de hombres todas, que a abrir la tienda la intimaban, mientras ella -metida entre su toldillo, asustada- a decidir qué hacer no atinaba.

“Me resolví a contestar porque decían que necesitaban que les vendiera varios paquetes de velas y una arroba de café para un velorio. Ya por tratarse de un difunto, me levanté y traté de hacer el despacho por una ventana para no abrir las puertas; pero entonces me suplicaron que era mejor por la puerta, puesto que por la ventana no cabía el café, por lo que me resolví a abrir la puerta. Cuál no sería mi sorpresa cuando veo aparecer a un enemigo mío de nombre Pedro M. Galbán, quien hasta ese momento había permanecido oculto y adelantándose ordenó a sus tres compañeros o peones, que responden a los nombres de Evaristo Díaz, Norberto Montaño y Clodomiro Tobar, que cargaran con unos bultos de arroz y otras cosas más que yo tenía allí. Al ver que había caído en un lazo, comencé a dar grandes voces a los vecinos para que me favorecieran y al mismo tiempo le increpé su mal proceder y le ordené que saliera inmediatamente de mi casa, porque iba a cerrar mi puerta”[1]… Tras de ladrón baladrón, en lugar de intimidarse o retroceder en sus propósitos, Pedro Manuel Galbán amenazó a doña Andrea con traer la policía.

Misiá Andrea, ¿qué es lo que le pasa? -gritó al momento uno de los vecinos que se había despertado al oír la bullaranga. Asustados, los tres compinches de Galbán salieron disparados por ambos lados de la casa, dejándolo solo en la tienda. Armada de valor y de una chonta puntiaguda, la señora Andrea increpó a Galbán desde el corredor, hasta lograr que este también saliera de su casa. De ladrona y más la trató desde el patio, mientras llamaba y llamaba a sus fautores, sin obtener respuesta, y les ordenaba que fueran a traer al alcalde para que obligara a la señora a entregar la carga que Federico Scharberg, capitán de la lancha Cartagena de Indias, le había decomisado hasta ver si Galbán le pagaba la cuenta que desde hace tiempos le adeudaba.

“Si me salvé del asalto fue por estar aquí en la localidad, pues en un campo me hubiera dejado en la miseria y hasta la vida hubiera perdido, porque ¿qué hacía una mujer indefensa para cuatro asaltadores? Hago constar que el señor alcalde desaprobó su proceder a Galbán, al amanecer que se dio cuenta de lo pasado durante la noche. Y, para terminar, manifiesto que, por temor a un incendio o algún atentado contra mi persona, porque de esos individuos todo es de esperarse, he entregado al señor Pedro M. Galbán la carga que le dejó en depósito el capitán, señor F. A. Scharberg”[2].

Ocho meses después, todo este asunto ya formaba parte del olvido, por lo menos en Quibdó, donde los lectores del ABC ni siquiera sabían si aquel artero inspector, oriundo de Santa Cruz de Lorica, seguía siéndolo: inspector, se entiende, pues de lo otro no había duda, ya que genio y figura hasta la sepultura. La historia de los bloques de queso que se cortaban con alambre fino para robarse la mitad, en las embarcaciones que lo transportaban hasta Suruco y El Tambo, San Pablo y Caliche, en la Provincia del San Juan, ocupaba ahora la atención de los quibdoseños luego de leer el periódico de aquel viernes 24 de octubre de 1930. En la ciudad aún llovía, aunque no tanto como hacía veinte días, cuando había sido necesario aplazar la procesión solemne del Seráfico de Asís, pues todos, incluyendo al Padre Miró, pensaron que nunca iba a parar de llover.


[1] Periódico ABC, Quibdó. Inspector de policía que se convierte en salteador. Narración de la señora Andrea G. de Rovira. Marzo 13 de 1930. Edición 2154.

[2] Ibidem.

13/02/2023

 Dos periodistas ejemplares

>>Reinaldo Valencia Lozano y Primo Guerrero Córdoba.
FOTOS: archivo El Guarengue y Archivo fotográfico y fílmico del Chocó.

Reinaldo Valencia Lozano y Primo Guerrero Córdoba son -sin duda alguna- dos de los periodistas más destacados en la historia del periodismo chocoano, tanto por la calidad y profesionalismo de su trabajo, como por su incondicional reivindicación de los más genuinos intereses de su tierra. Su impecable compromiso con la región fue evidente -y relevante para la posteridad- en el apoyo, documentación y promoción de las más justas causas sociales, raciales y políticas en pro del bienestar del pueblo y la vigencia de sus derechos. Muestra de ello es el papel jugado por Reinaldo Valencia y su periódico ABC en el posicionamiento de los debates públicos que condujeron a que la Intendencia Nacional del Chocó fuera elevada a la categoría de departamento; y el rol definitivo de Primo Guerrero como corresponsal del diario El Espectador en la suspensión del plan de la dictadura de Rojas Pinilla de abolir este departamento y repartir su territorio entre sus tres ávidos vecinos: el antiguo Caldas -que hasta 1966 incluía a los actuales Risaralda y Quindío-; el Valle del Cauca y, cómo no, Antioquia.

Nacidos ambos en Quibdó, aunque con una diferencia de veinte años, pues Reinaldo Valencia nació en 1891 y Primo Guerrero en 1911, estos dos dechados de buen periodismo terminarían confluyendo en su ejercicio profesional y en sus causas comunes por la chocoanidad durante por lo menos diez años, a fines de la década de 1930 y hasta mediados de la década siguiente, cuando fallece Valencia, en Cartagena. Tal confluencia se dio como parte activa que ambos fueron del proyecto político chocoanista que para entonces estaba en todo su apogeo y que había sido construido por aquella lúcida generación de primeros profesionales nativos comprometidos con la reivindicación social, política y racial del Chocó: Alfonso y Gabriel Meluk Salge, Diego Luis Córdoba, Ramón Lozano Garcés, Osías Lozano Quintana, Sergio Abadía Arango, Eliseo Arango Ramos, Manuel Mosquera Garcés, Adán Arriaga Andrade, Jorge Valencia Lozano, Demetrio Valdés Ortiz, Daniel Valois Arce, Leopoldino Machado Rentería y Aureliano Perea Aluma; entre otras figuras de esta pléyade de buenos hijos de una región que -a diferencia de aquellos tiempos- en los últimos cincuenta años ha padecido con inusitada frecuencia la deslealtad de su progenie.

El 8 de diciembre de 1913 circuló por primera vez en Quibdó, como bisemanario, el periódico ABC, que posteriormente sería semanario y luego diario, y que al cerrar sus labores tres décadas después, en 1944, había alcanzado casi cuatro mil ediciones. A sus 22 años de edad, Reinaldo Valencia Lozano había fundado el periódico que quizás más impacto ha tenido en la vida social e institucional del Chocó y el que con mayor acierto registró el acontecer local y regional durante sus treinta y un años de existencia, convirtiéndose -hoy- en fuente privilegiada y de valor superior cuando de documentar aquella época crucial de nuestra historia se trata.[1]

Por las páginas del ABC, bajo la dirección de Guillermo Henry Cuesta, Francisco Córdoba Mena, Francisco T. Maturana y el propio Reinaldo Valencia, quien lo dirigió durante por lo menos diez años, transitaron las más brillantes plumas y las más democráticas voces de la época en los ámbitos municipal, departamental y nacional. El ABC registró, durante sus tres décadas de existencia, la vida completa del Chocó y de Quibdó, incluyendo desde las notas sociales y la vida económica, hasta los eventos culturales y los asuntos trascendentales de la política regional, como la rivalidad interprovincial entre el San Juan y el Atrato, que incluía ideas como convertir la Intendencia en dos comisarías; y la lucha posterior por convertirla en un departamento que, al decir de algunos de los escritores del ABC, sería para Colombia el reemplazo de la pérdida de Panamá, por su futuro halagüeño y pleno de prosperidad.

Aunque algunos autores[2] han documentado cómo en el ABC se privilegió una visión de clase, en detrimento de la visión racial, por obra y gracia de la mulatocracia reinante; otros reconocen que es en el ABC en donde la cuestión racial empezó a aparecer, a través de los escritos de personajes como Ramón Lozano Garcés, Diego Luis Córdoba y Alfonso Meluk: “A partir de los años 1930 surgió una ruptura en el discurso de la prensa regional, la cual se manifestó en la introducción paulatina del tema racial. El término “raza negra”, por ejemplo, que no era de uso frecuente en la prensa chocoana antes de los años de 1930, empezó a ser mencionado regularmente. Este cambio temático reflejaba una transformación en el perfil social de aquellos redactores de los periódicos, especialmente los del A.B.C”[3].

El significativo papel que jugaron Reinaldo Valencia como periodista y generador de opinión pública y su ABC como tribuna privilegiada de la vida del Chocó de su época es resumido por el investigador y periodista José E. Mosquera: “El impulso del proceso de departamentalización del Chocó fue una de sus principales banderas desde las páginas editoriales del ABC. De manera que el ABC se convirtió en la tribuna de la lucha de Valencia y de Dionisio Ferrer, Heliodoro Rodríguez, Francisco Córdoba, Armando Meluk, Emiliano Rey, Delfino Díaz, Julio Perea Quesada, Alfonso Meluk, Adán Arriaga Andrade, Salomón Salazar y Guillermo Henry Cuesta para que el Chocó fuera erigido departamento”[4].

Dos ediciones del periódico ABC, de Quibdó, del año 1914, cuando estaba recién fundado. FOTOS: Archivo fotográfico y fílmico del Chocó.

El ABC de Reinaldo Valencia Lozano se convirtió en tribuna de la reivindicación del Chocó en el escenario nacional; en ágora simbólica de los debates sobre la autonomía regional y la institucionalidad política del Chocó; en academia virtual de las letras y el pensamiento propios; y en altavoz de los sentimientos de un pueblo que empezaba a actuar como sujeto social y político. Valencia Lozano fue, además, prolífico escritor, con obras como Río Abajo, una colección de sus artículos publicados en el ABC; Apostillas históricas, un trabajo sobre historia del Chocó; y “La cuna de Jorge Isaacs, donde plantea en una investigación minuciosa que el autor de “María” nació en Quibdó, y no en Cali. Este libro desató una intensa polémica en el Valle del Cauca y el prólogo es de uno de los traductores y críticos más significativos de la época en Colombia: Baldomero Sanín Cano, quien afirma en uno de sus apartes: “Además de su mérito como obra histórica, el trabajo del señor Valencia se recomienda literariamente por razones de claridad, método, sobriedad y corrección del lenguaje”[5].

Durante los primeros meses de 1954, cuando el ABC ya había dejado de publicarse, su fundador e inspirador había fallecido y no habían transcurrido ni siete años completos de la expedición de la ley que creó el Departamento del Chocó; empresarios y políticos antioqueños, vallunos, caldenses, conservadores todos, intrigaron ante el alto mando de la dictadura militar de Rojas Pinilla para que este acogiera la idea de que el Chocó no era viable como entidad territorial y que por ello lo mejor era que el gobierno lo repartiera como un botín entre los departamentos de Antioquia, Valle del Cauca y Caldas, adjudicándole a cada uno, según sus puntos limítrofes, la mayor cantidad de tesoros posibles, cuyas bondades y utilidades se reflejarían en el bienestar de la población.

Ante este “descuartizamiento decretado por el gobierno”, como lo llamó en su autobiografía Gabriel García Márquez, quien para entonces era reportero de El Espectador, de Bogotá, se levantó airosa y digna la figura de Primo Guerrero Córdoba, corresponsal en el Chocó de ese diario. Sutil y audaz como el que más, Guerrero no dejó de escribir, ni El Espectador de publicar, notas diarias sobre el malestar que la medida gubernamental había generado en el Chocó y acerca del intenso movimiento de protesta, que aún no lo era tanto, en contra de tan absurda y autoritaria y arbitraria determinación del militar que estaba al mando del país. “En la redacción del periódico dábamos por hecho que no había mucho que hacer para impedir el descuartizamiento decretado por un gobierno en malos términos con la prensa liberal. Primo Guerrero, el corresponsal veterano de El Espectador en Quibdó, informó al tercer día que una manifestación popular de familias enteras, incluidos los niños, había ocupado la plaza principal con la determinación de permanecer allí a sol y sereno hasta que el gobierno desistiera de su propósito… Estas noticias las reforzábamos a diario en la redacción con notas editoriales o declaraciones de políticos e intelectuales chocoanos residentes en Bogotá, pero el gobierno parecía resuelto a ganar por la indiferencia”[6]. Así narró García Márquez la situación que los reportes del corresponsal Guerrero generaban en la redacción de El Espectador, en donde el chocoano gozaba de indiscutible credibilidad y plena confianza.

A causa de sus escritos para El Espectador, que incluían denuncias de corrupción del régimen militar en el Chocó, Primo Guerrero Córdoba estaba en la mira del gobierno departamental desde hacía varios meses. En mayo de 1954, Manuel Salge Mosquera, secretario de Gobierno departamental, hizo encarcelar a Guerrero -por irrespeto a su autoridad y durante treinta días- ante su negativa tajante de retractarse de las denuncias que había hecho sobre malversación y uso indebido de fondos públicos y su reafirmación de lo que había escrito. Encarcelado por el régimen, Guerrero escribió una carta, dirigida al ministro de Gobierno, Lucio Pabón Núñez, dando cuenta de la situación y requiriendo justicia pronta. La carta, escrita y firmada de su puño y letra, desde su calabozo en la cárcel de Quibdó, la envió Guerrero a Guillermo Cano, director de El Espectador, y a José Salgar, jefe de redacción, para que estos hicieran entrega de la misma al ministro. Cano y Salgar, del mismo modo como durante días, semanas y meses, habían publicado las notas de su corresponsal denunciando la corrupción del régimen en el Chocó y relatando el descontento de la gente ante la intención de repartir su territorio entre los departamentos vecinos; apoyaron a Guerrero en sus quejas ante el ministro de Gobierno, denunciando en el periódico su situación y los atropellos de los que venía siendo víctima.

Mientras se resolvía su caso, Primo Guerrero Córdoba narró en El Espectador lo que había padecido en ese “calabozo infectado donde estuve encerrado por tres días, soportando malolientes olores, sin luz, sin aire y las tácitas consecuencias que se derivan de su inundación”[7]. Estas denuncias, su memorial dirigido al ministro de Gobierno y el apoyo editorial de El Espectador influyeron para que su detención fuera oficialmente suspendida al décimo día y el secretario Salge Mosquera renunciara a su cargo por las presiones públicas y el descrédito político. Su libertad soliviantó a algunos militares del destacamento de Quibdó, quienes lo hostigaron y provocaron sistemáticamente, tildándolo de disociador y perturbador de la normalidad y el orden público, de subversivo y de “peligroso revolucionario comunista al servicio de Moscú”. No obstante, el corresponsal Guerrero no bajó la guardia y siguió escribiendo sobre el descontento del pueblo chocoano y su oposición a la medida de suprimir el departamento y anexar su territorio, dividido en tres partes, a los departamentos limítrofes.

Parque Centenario. Quibdó, septiembre de 1954.  FOTO: Guillermo Sánchez/El Espectador.
Marcha de protesta contra el proyecto gubernamental de supresión del Departamento del Chocó y repartición de su territorio entre Antioquia, Caldas y Valle del Cauca. La bandera es portada por el entonces gobernador militar, Capitán Luis A. Cano. El cuadro que llevan los dos muchachos es "Homenaje al boga", del pintor chocoano Francisco Mosquera Agualimpia.

En septiembre de 1954, con Gabriel García Márquez como reportero y Guillermo Sánchez como fotógrafo -enviados especiales de El Espectador desde Bogotá- y el corresponsal del diario, Primo Guerrero Córdoba, como guía, apoyo y promotor de las protestas; el intenso movimiento ciudadano en contra de la tentativa de supresión del Chocó y su repartición entre vecinos limítrofes, sumado a las gestiones adelantadas en Bogotá por chocoanos ya reconocidos en la escena política e intelectual nacional, dio al traste con la intentona del régimen militar de eliminar del mapa político y administrativo de Colombia el departamento del Chocó e incrementar el tamaño y las riquezas de sus tres vecinos. Júbilo en las calles y en el Parque del Centenario de la Independencia, en Quibdó. El disparate había sido contenido. El “corresponsal veterano” le había ganado la partida al régimen militar y a sus más enconados detractores.

Antes de su salto a la escena nacional por su relevancia en ese intenso movimiento social, Primo Guerrero Córdoba ya era ampliamente reconocido en la escena local y regional de Quibdó y el Chocó, por su significativa influencia en cuanta materia sustancial fuera útil al empeño del desarrollo del departamento, como la educación, el trabajo y la autonomía política. Así, Guerrero formó parte de la nómina de profesores del histórico Colegio Carrasquilla, en donde se formaban, año tras año, las nuevas generaciones que construyeron una voz propia de la chocoanidad. Igualmente, la claridad de los planteamientos hechos por Guerrero al gobierno de la Revolución en marcha, de López Pumarejo, influyó en la decisión de agilizar la construcción de la Normal de Varones de Quibdó y de un sinnúmero de escuelas y colegios públicos, mediante los cuales se ampliarían las garantías del derecho del pueblo chocoano a la educación, durante el periodo de Adán Arriaga Andrade como Intendente Nacional del Chocó y Vicente Barrios Ferrer, como director de Educación Pública.

A Primo Guerrero Córdoba, consagrado estudioso y lector de política y literatura, se le atribuye la introducción de las ideas comunistas y socialistas en el liberalismo regional del Chocó, incluyendo el hecho de promover la adscripción de Diego Luis Córdoba al ala socialista del partido y su influencia permanente como mentor de Córdoba en este campo del ejercicio político. De hecho, se llegó a decir que, si Tomás de Aquino Moreno era la mano derecha de Diego Luis Córdoba en la conducción del movimiento de Acción democrática, Primo Guerrero era su mano izquierda.

Desde dicha perspectiva, siendo uno de los primeros promotores del establecimiento de jornadas laborales de ocho horas y salarios legales y justos, Primo Guerrero Córdoba fue también sostén y apoyo del obrerismo chocoano en la segunda mitad de la década de 1930, junto a otros connotados intelectuales y activistas, como Andrés Fernando Villa (Aristo Velarde), Higinio Garcés (seudónimo de Ramón Lozano Garcés), Alfonso Meluk Salge y el mismo Diego Luis Córdoba.

En el marco de las ideas socialistas y los debates sobre los derechos de los obreros, promovidos por Primo Guerrero, el 11 de noviembre de 1934, en el caserío de La Vuelta, perteneciente al entonces Corregimiento de Lloró, del Municipio de Quibdó, es constituido el primer sindicato de trabajadores de la empresa minera Chocó Pacífico, con el apoyo de los jóvenes estudiantes universitarios quibdoseños Toribio Guerrero Velásquez, Fernando Martínez Velásquez. y Marco Tulio Ferrer S.[8] Al año siguiente, el 24 de julio de 1935, es reconocida jurídicamente la Sociedad Obrera del Chocó, afiliada a la Confederación de Trabajadores de Colombia, en cuyo proceso de formación fue fundamental el aporte de Primo Guerrero. Posteriormente, a comienzos de la década de 1940, se conformarán el Sindicato de Lavanderas y Planchadoras, dirigido por Cenobita Velásquez y el Sindicato de Albañiles y Ayudantes, presidido por Pascual Padilla.

Primo Guerrero Córdoba nació en Quibdó el 21 de agosto de 1911 y murió en Bogotá el 16 de agosto de 1984. Reinaldo Valencia Lozano nació en Quibdó el 15 de octubre de 1891 y murió en Cartagena en 1946. Durante toda su vida y a lo largo de su admirable trayectoria, estuvieron siempre a la altura de la historia, con los pies en la tierra que los vio nacer y con la verdad completa de los hechos como emblema de su ejercicio profesional del periodismo. Valencia Lozano desde el ABC, Guerrero Córdoba desde En Guardia y El Espectador, fueron intelectuales siempre al día con el mundo, escritores de pluma donosa, periodistas comprometidos con las causas y las luchas de su pueblo y de su gente. La pasión que los movía en la política jamás nubló la razón que los guiaba en el periodismo, más bien la iluminó. 


[1] En El Guarengue se pueden leer varios artículos sobre el nacimiento y el significado del ABC en la historia del Chocó: *Las lecciones del ABC (6 de mayo de 2019): https://miguarengue.blogspot.com/2019/05/laslecciones-del-abc-primera-pagina-del.html *Con los pies sobre la tierra y la verdad por delante: La paz y el desarrollo, compromisos éticos de la comunicación y el periodismo. 1ª parte (9 de diciembre de 2019): https://miguarengue.blogspot.com/2019/12/con-los-pies-sobre-la-tierra-y-la.html 2ª parte (16 de diciembre de 2019): https://miguarengue.blogspot.com/2019/12/con-los-pies-sobrela-tierra-y-la-verdad.html *Reinaldo Valencia y su ABC, 10 de febrero de 2020: https://miguarengue.blogspot.com/2020/02/reinaldo-valencia-y-su-abc-1-reinaldo.html

[2] Hernández Maldonado, Juan Fernando. La chocoanidad en el siglo XX. Representaciones sobre el Chocó en el proceso de departamentalización (1913-1944) y en los movimientos cívicos de 1954 y 1987. Trabajo de grado. Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Ciencias Sociales, Carrera de Historia. Bogotá. 2010.

[3] Mena Abadía, Brenda. Discursos sobre un Chocó olvidado. Representaciones sobre raza y región en la prensa chocoana en la primera mitad del siglo XX. Trabajo de grado como Historiadora. Escuela de Ciencias Humanas. Universidad del Rosario. Bogotá, abril 2016.

[4] Mosquera, José E. Reinaldo Valencia, un líder visionario. El Mundo, Medellín, 16 de octubre de 2014.

[5] Carvajal Rueda, Alfonso. Diversidad de la literatura chocoana. El Manduco, julio 13 de 2019. En: http://ntc-narrativa.blogspot.com/2019/07/diversidad-de-la-literatura-chocoana.html

Aristo Velarde (seudónimo de Andrés Fernando Villa), neguaseño, amigo y colega de Reinaldo Valencia, sostuvo con él una ingeniosa polémica sobre el origen de Jorge Isaacs, que para Valencia era Quibdó, mientras que para Velarde era Neguá. Al respecto, se puede leer en El Guarengue “Neguá”: https://miguarengue.blogspot.com/2023/01/negua-cesar-conto-ferrer-andres.html

[6] Gabriel García Márquez. Vivir para contarla. Bogotá, Editorial Norma, 2002. 579 pp. Pág. 532-538.

[7] El Campesino. Un líder cívico que Chocó no olvida. 19 de mayo 2017. https://elcampesino.co/lider-civico-choco-no-olvida/ 

[8] Sobre la creación del sindicato de trabajadores de la empresa minera Chocó Pacífico, en 1934, se puede leer en El Guarengue “Confluencias”:

https://miguarengue.blogspot.com/2020/01/confluencias-draga-n-2-de-la-compania.html

06/02/2023

 Estampas quibdoseñas (III)

Marañones. FOTO: Twitter-Enamórate del Chocó.

Era tan alta la paliadera que desde ahí se podían ver hasta las goteras de los techos de zinc y de paja de las casas del vecindario e incluso avizorar las casonas de dos y tres pisos de la carrera primera, los decorados de sus balcones y algo del mobiliario de sus amplias salas. También podían verse desde ahí las torres del reloj del templo parroquial, desde las cuales una vez -hace unos años, cuando los hidroaviones todavía eran una novedad- la esbelta acróbata de un circo que pasó por la ciudad descendió descolgándose por una manila, sin arneses ni nada, solamente con unos guantes cubriendo sus manos, hasta alcanzar el piso, medio despeinada y con una sonrisa triunfal.

Eso fue en aquel San Pacho inolvidable, siendo párroco el Padre Miró, en el que la procesión se hizo al otro día, porque el propio día llovió todo el día sin parar. Eran los tiempos en los que la fiesta empezó a convertirse en algo de todos, incluso de los que vivían en las casas de paja y palma que se desperdigaban por los montes de La Yesca y de La Aurora. Aquellas casas de donde los hombres solamente salían los sábados a vender carbón y leña, y una o dos veces al mes a vender una que otra fruta, unos cuantos plátanos y algo de carne de monte, para conseguir así con qué comprar media libra de sal, un paquete de velas y una botella de querosín, una pasta de jabón, seis yardas de nailon y media libra de plomo, para alistar la atarraya y las varas de pichindé, de guadúa o de bambú con las que pescaban sardinas, charres, rollizos, boquianchas y uno que otro bocachico joven que se extraviaba con las crecientes y terminaba en la quebrada en vez de volverse adulto allá en su Atrato. Aquellas casas de donde las mujeres salían, cada dos o tres días, únicamente a recoger y entregar los jotos de ropa que durante mucho tiempo lavaron ahí mismo en el río, hasta que a un comandante de policía le dio por prohibir la lavada en los puertos y arrimaderos, y determinó como únicos lugares permitidos las quebradas y unas orillas del río por allá lejos, por El Paraíso, más abajo del Nausígamo, casi llegando a la que llamaban la Calle de Quibdó, una vuelta amplia desde la cual se divisaba el pueblo cuando se venía subiendo y desde la cual pitaban los barcos procedentes de Cartagena anunciando su llegada.

A las lavanderas de esos montes de La Yesca y de La Aurora, que no se metían con nadie y que a esas casas solamente llegaban por la parte de atrás, para recibir y entregar la ropa y cobrar su paga por cada docena de piezas lavadas; lo que más les dolió de aquella orden fue que la misma gente a la que ellas les lavaban la ropa era la que había intrigado ante el maldecido comandante ese para que les prohibiera lavar en las orillas cercanas y las obligara a hacerlo cada vez más lejos; dizque porque era “muy triste el espectáculo que se presentaba con el tendido de ciertas ropas, casi en plena Calle Real, sólo por escaparse las lavanderas de la caminada al lugar que tienen señalado para ello”; como habían escrito en su tal ABC gentes de esas que en toda su vida no habían cargado ni las cuatro onzas de queso que al almuerzo se comían, ni mucho menos habían caminado media legua cargando encima de la cabeza toda la ropa de una casa envuelta en un joto, donde llevaban también el rallo y el manduco, la batea y la totuma.

Además de los tres tanques en los que se almacenaba el agua de lluvia para hacer los oficios de la casa, para cocinar, para bañarse y lavar la ropa, en aquella paliadera quedaba espacio para cuatro materas sembradas con yerbas de aliño en tres tarros de leche Klim y avena Quaker y en una lata de manteca La Sevillana. Al final de la paliadera, seguía el vacío, el precipicio profundo del patio enmontado en donde crecían a sus anchas todas las matas, arbustos, árboles y yerbas posibles. 

La belleza roja de los marañones maduros y la verde hermosura de los marañones biches, cuyo nacimiento era anunciado por la copiosa lluvia magenta de las flores abundantes que se desgranaban de aquel árbol formidable hasta tapizar de fucsia el suelo, se apiñaba en abundantes gajos pendientes de las sólidas ramas donde las hojas eran una fiesta en homenaje a todos los tonos de verde con los que era posible pintar la esperanza. Contorsionándose contra el viento, vigorosas y compactas, retorcidas unas, rectas otras, brillantes todas, las guamas se alargaban meticulosamente en las robustas ramas de este árbol portentoso, que al cielo se elevaba ofrendando la blancura impoluta de sus flores leves y la tersura de algodón de la suculenta envoltura de sus pepas. Entre sus pesadas macetas de verde filigrana, que en las noches oscuras y en las madrugadas frías caían a plomo sobre el blando suelo y con su ruido seco y bronco despertaban a las lombrices y a los achicapozos, se multiplicaban las incontables pepas del árbol del pan, reproduciendo en silencio la serena y suave delicia de su sabor incomparable.

Dispersos por las partes del patio donde corría agua, había uno que otro palo de coronilla que se asomaba airoso y pródigo por entre los variados matorrales y el aroma de las matas de Santamaría de anís y las hojas de la Santamaría boba y las matas de lulo siempre abundantes y cargadas. Justo allí discurría esa pequeña quebrada que se fue formando con las aguas de una docena de cangrejeras, esos brotes minúsculos pero imparables de agua fresca y límpida -con granitos de oro en sus areniscas- de los que están llenos los pantanos de la orilla derecha del Atrato en donde crecen estos pueblos de donde los campesinos traen hasta Quibdó la más sabrosa comida, los sábados al amanecer, en sus canoas ranchadas, grandes y anchurosas, tan bonitas como celosas; en sus champas longilíneas como sombra de gente al mediodía; en sus chingos de cedro y en sus veloces potros.

No faltaban los caimitos, lisos, tan lisos como una nube y tan bonitos que antes de comérselos uno los contemplaba un rato para fijar en la memoria la perfecta combinación del amarillo y el verde de su impecable concha. Los borojós macizos y delicados, hermosamente fragantes y exquisitamente sápidos, abundaban también ahí, doblando hasta el suelo las ramas con su peso equivalente a la sabrosura de sus jugos. Las guayabas agrias, con su aroma celestial; las apetitosas guayabas rojas, cuya blandura era un regalo para los dientes y el paladar; las guayabas de leche que hasta en el palo mismo, sin desprenderlas de su gajo, provocaba siempre morder; los limones de monte y las toronjas, que eran la nota ácida entre el embrujo dulce de tan pródigo huerto; la sutil sabrosura de las humildes badeas y la polvorosa exquisitez colorida de los chontaduros, tampoco faltaban en aquel patio, en cuyo centro se elevaba una palma de coco cuyas hojas inmensas alcanzaban la altura del techo de la casa. Según decía el señor que la trepaba para coger los cocos jechos y las pipas colmadas de agua, desde el cogollo de esa palma, en los días despejados, se podían ver las montañas al otro lado de las cuales decían que quedaba Colombia.

FOTO: Manuel Saldarriaga Quintero/El Colombiano.