05/10/2026

 Dones y hazañas de Pobreza Perea y Pacha Copete 
—Un relato de Miguel A. Caicedo (1976)—

Poeta y narrador de la chocoanidad, investigador de la oralitura regional, el Maestro Miguel A. Caicedo Mena documentó elementos y manifestaciones del patrimonio cultural inmaterial del Chocó, como los relatos que hoy publicamos; en los cuales se hacen referencias al sacerdote chocoano Demetrio Salazar Castillo, nacido en Sipí, quien fue párroco de Tadó durante más de dos décadas, a principios del siglo XX, y como tal se desempeñaba cuando los Misioneros Claretianos llegaron al Chocó, en 1909. FOTOS: Misioneros Claretianos (1929), Claudia Álvarez (1986).
Hace 50 años, en octubre de 1976, bajo la dirección del antropólogo Giorgio Mario Manzini, en una edición de 119 páginas, con 19 artículos de temáticas diversas, e impresa en la Tipografía Salesiana, de Medellín; la recién creada Universidad Tecnológica del Chocó «Diego Luis Córdoba» publicó el N° 1 de la “Revista de la Universidad del Chocó”. Todo un acontecimiento editorial en la historia bibliográfica de la región, en un momento en el que apenas comenzaban a otorgarse los primeros grados en la UTCH.

En tiempos en los que —a raíz del trágico y doloroso desastre ocasionado por el terremoto del 10 de agosto de 2026— la reconstrucción y el desarrollo regional del Chocó están a la orden del día; en El Guarengue, evocamos y hacemos honor a este acontecimiento histórico para la región: la primera publicación oficial de carácter académico de la primera institución pública de educación superior del departamento. Y lo ligamos a la grata memoria de los 107 años del natalicio del inolvidable Maestro Miguel A. Caicedo Mena, poeta y narrador de la chocoanidad e investigador de la oralitura regional; cronista, biógrafo e historiador de la educación pública en la región; educador de toda la vida y de todos los niveles; cofundador de la UTCH y de la Normal Superior Manuel Cañizales; guía y ejemplo de compromiso cultural con el Chocó. Para deleite de quienes leen El Guarengue, reproducimos uno de los textos del Maestro Caicedo publicado en esa primera edición de la Revista de la Universidad del Chocó, bajo el título de “Personajes mágico-folclóricos del Chocó”, en las páginas 9 a 13 de la revista.

El disfrute literario e histórico, mágico y folclórico, de estos textos del Maestro Miguel A. Caicedo sea también una invitación a quienes tienen en sus manos hacerlo a que hagan lo necesario para que la UTCH vuelva a ser lo que comenzó a ser cuando empezaba y después fue, lamentablemente, dejando de serlo: un baluarte de educación y cultura, un escenario de construcción de conocimiento regional. Igualmente, sea esta una nueva ocasión para reivindicar la debida y digna inclusión de la dimensión cultural de la región chocoana en los planes de reconstrucción y desarrollo regional profusamente anunciados después del terremoto. El patrimonio cultural y el acervo histórico son esenciales, no accesorios, en la persistencia del sentido de la vida de los pueblos.

Julio César U. H.
5 de octubre de 2026

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Pobreza Perea
Por Miguel A. Caicedo

Aunque todos la recuerdan más por la facilidad para encontrar tesoros escondidos o perdidos, tenía la propiedad de la “ubicación”, es decir, podía ir a cualquier parte y traer la noticia que se le pidiera, ya fuera del Viejo Mundo o de América. Por esto aseguraban que volaba.

Cuentan que el padre Demetrio Salazar Castillo, quien fuera un verdadero patriarca de la ciudad de Tadó, justamente merecedor del cariño de su pueblo, por sus virtudes y la preocupación por la solución de los problemas regionales, informado de las actuaciones de Pobreza, la llamó para reconvenirla a propósito del mal ejemplo que daba a la juventud y le prohibió que volviera a volar, manifestándole que, de volver a hacerlo, él mismo se encargaría de orar para que después de su muerte fuera arrojada a los profundos infiernos.

La conminación del padre hizo bastante mella en el espíritu de la famosa mujer, tanto que más tarde, en una conversación con varios amigos, se lamentaba: «Vean ve el cura ese, ha venido a quitarme mi diversión. Esas cosas las hago por distraerme, por ir a conocer y darme cuenta de lo que pasa por allá. Por ejemplo, yo estuve en Bogotá cuando presidenciaron a Olaya Herrera. Era un hombre grandote y le pusieron una bandera atravesada, que tenía una cosa grande y redonda con un pajarote montado en una cinta letrada y unas cosas ahí junto a un gorro colorao».

En una ocasión, a propósito de la pérdida del cofre de alhajas que el padre había enterrado en el patio interior de su casa, el pobre sacristán, acusado de habérselas robado, aconsejó al clérigo que llamara a Pobreza. El cura se negó en principio, pero no le quedó otro recurso que citarla. Acudió ella y ya en el predio comenzó: «Vea ve, usted sabe que la tierra gira con sus cosas. Por ese hoyo grande que han hecho aquí buscando su tesoro, pueden ir hasta lo más hondo y no lo topan. Eso está es allá en la raíz de ese naranjo». Indicado el sitio, fueron a excavar y casi dañan el continente con el primer barretonazo. Allí estaba precisamente y a poca profundidad.

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Francisca Copete Perea
Por Miguel A. Caicedo

Todos la llamaban “La Pacha”, menos el cura, que le daba el sobrenombre de “mi Cochompita”. […] Mantenía su puerta cerrada y solo la abría a las cinco de la tarde. Así, quienes iban a consultarle debían tocar. Entonces era cuando ella protestaba: «¡Maldita sea la jodencia! Ya vienen con su calentura de no dejarlo a uno quieto. Buscan su pereque pa vení con la borrachera de no dejalo a uno ni dormí». Y luego, dirigiéndose al visitante: «A ve qué es lo que querés. Ajá, ya sé, voj venís es a tal o cual cosa».

Su hija Rosana manifestaba que ella no aprendió nada porque, cuando su mamá estaba conversando con los otros o preparándose para su trabajo, se retiraba para no disgustarla. Pero, es testigo de que cuando quería se hacía invisible, especialmente cuando se trataba de sus enemigos.

Un día se presentó el profesor Gregorio Gamboa con otras personas, para averiguar el paradero de unas reses que habían desaparecido en Istmina, y ella le dijo: «Dejate la pendejada y corré ligero hacia El Tambo. Allá están tus vacas. La una la van a picá hoy y la otra está amarrada en un coronillo detrás de la casa. Inmediatamente se dirigieron hacia el lugar indicado. Cuando llegaron, encontraron en verdad una vaca atada al frente de la mansión. Los mayores no estaban. Preguntaron a un pequeño por la otra y les contestó: «allá atrás está amarrada en ese coronillo que ven». Fueron y la encontraron tal cual.

Cuando el avión de Satena se estrelló contra el cerro de San Nicolás,[1] algunos parientes de los tripulantes fueron a consultarle a La Pacha sobre la suerte de los accidentados y ella manifestó: «Yo ya estuve allá. Lo que pasa es que no pude bajar hasta el plan porque eso estaba muy oscuro. Lo que sí sostengo es que unos están vivos y dando vueltas por ahí. Si logran llegar ligero, los salvan». Sobre esa afirmación de La Pacha, creo que no queda duda alguna si recuerdan la forma en que fueron encontrados los cadáveres.[2]

Rafael "Lito" Baldrich y Marina Mejía de Baldrich.
Foto: Archivo fotográfico y fílmico del Chocó. s.f.
Doña Marina Mejía de Baldrich, esposa de don Rafael “Lito” Baldrich, gerente de Avianca en la ciudad de Quibdó, fue a entrevistarse con La Pacha, buscando solución a un problema, tal vez de pérdida de algunos objetos; pero, llegó en las horas de la tarde, es decir, cuando ya la vidente no podía atenderla, de acuerdo con su horario. Para qué hablar de la forma como la recibió.

—En todo caso, yo ya no estoy en más borrachera de estar viendo carajadas. Esa es mucha joda, carajo. Si quiere más bien por la mañana vuelve.

—Es que yo tengo que irme hoy porque me llega un primo en el avión de mañana, es decir, debo regresarme hoy.

—¿Y usted dónde es que vive?

—Yo vivo en La Yesquita.

—¡Mentira! Usted vive en la Alameda, más acacito de la cárcel. Y ese primo suyo no llega mañana, sino el miércoles.

Doña Marina no pudo contestar, por el impacto sorpresivo del descubrimiento de la verdad; pues ella le había dado una dirección falsa, la cual había sido corregida por su interlocutora; lo cual dio oportunidad a esta para continuar.

—Ese pariente suyo no va a encontrá cupo en el avión. Lo va a mandar al aeropuerto, pero un señor va a llegar un poquito adelante y él va a tener que aplazar el viaje hasta el miércoles.

Doña Marina no se sorprendió cuando pudo verificar la efectividad de sus otras gestiones, pero su admiración creció cuando subió al aeropuerto y se hizo mayor el miércoles a la hora de almuerzo cuando interrogado su primo contestó:

—Cómo les parece… Me puse a esperar un taxi y todos pasaban ocupados. Por fin conseguí uno y cuando llegué a la venta de tiquetes me dijo el funcionario: «Lástima, hace un minuto vendí el cupo que quedaba.

[…]

Un párroco de Tadó, cuyo nombre se me olvida, un día cualquiera subió al púlpito y comenzó a regañar a la gente: «Ahora les ha dado por creer que dizque existen espantos, brujas y mulas de cuaresma. Eso es herejía. Deben mantener la mente puesta en Dios y su bondad infinita. Etc.,etc.

Sabedora La Pacha, manifestó: «¡Ajá! Con que sí, no». Y aprovechando una de las visitas frecuentes del cura, quien era su amigo, le dijo: «Vevé, en esa casa que ustedes tienen por allá arriba dizque pa reuniones con los campesinos hay un entierro un poquito más arriba de donde termina el rozao, al pie del lechero que se ve desde el patio.

El padre formó viaje para ir a constatar. Llegó y con una barra que hundió en la raíz del árbol indicado pegó en algo que dio la sensación de ser un baúl o cosa parecida. Como quiera que La Pacha se lo recomendara, el clérigo esperó que fueran las diez de la noche. Sin decirle a nadie, se dirigió al lugar a la hora precisa. Ya profundizaba, cuando empezó a sentirse nervioso, lo cual juzgó propio del momento; pero, la cuestión se puso incómoda cuando observó que a unos diez metros, frente a él, una sombra enorme se agachaba y se levantaba para abrir unos enormes brazos. Envalentonado, el clérigo arremetió contra lo que veía y se detuvo cuando sintió un fuerte aletazo sobre la mejilla izquierda, que lo echó al suelo. Cayó bocarriba y así vio que un caballo negro con patas de candela se le venía encima, al son mortificante de una campanilla. Aterrado, no le quedaron más que las de Villadiego.

Como era costumbre, el cura salió a dar un paseo vespertino. Cuando pasaba frente a la casa de La Pacha, saludó y ella muy complacida, con una risita picaresca, lo llamó.

—Vevé, vení acá.

—¿Qué te pasa, mi Cochompita?

—Yo soy la que quiero saber qué fue lo que te pasó anoche.

—¡Cómo así!

—Con que no creés en espanto, bruja y mula, ¿no? Y ese bulto que se te agachaba y se levantaba, ¿no era un espanto? ¿Y esos golpes con el ala no te los dio una bruja? Y ese caballo con campana y patas de candela que te hizo correr, ¿no era la mula?

—¡¡¡Pacha!!!

—Eso es pa que veás que sí hay de esas cosas

Dicen que desde entonces se hicieron más amigos y las visitas fueron casi diarias. Cuando el clérigo se marchó, pocos meses después murió su amiga.

Portada, portadilla, página de créditos institucionales y sumario o resumen del N° 1 de la "Revista de la Universidad del Chocó", publicada hace 50 años, en octubre de 1976. Un hito editorial en la historia del libro y la lectura en la región. Imágenes tomadas de la edición digitalizada por la Hemeroteca del Chocó.

[1] Se refiere al accidente de un avión DC3 de la aerolínea estatal Satena, que se estrelló contra el cerro de San Nicolás, en los Farallones del Citará, el 21 de enero de 1972. El avión hacía el trayecto Medellín-Quibdó y los 36 ocupantes del vuelo murieron; entre ellos el obispo Gerardo Valencia Cano, Vicario Apostólico de Buenaventura, destacado Teólogo de la Liberación y pionero de la inclusión de la perspectiva étnica afrodescendiente en la pastoral católica colombiana. La ruta del avión continuaría hacia Bahía Solano y después a Buenaventura. Un grupo de campesinos logró el rescate de un número que se calculó en más de veinte cuerpos, días después de que el área fuera declarada camposanto (29 de enero), por lo infructuosa que había sido la búsqueda.

[2] Según relatos de los campesinos de las veredas San Bernardo y Farallones, municipio de Bolívar (Antioquia), varios de los cuerpos rescatados estaban sentados o recostados cuando los encontraron; lo cual hizo pensar que pudieron haber sobrevivido durante algún tiempo y morir después a consecuencia del agravamiento de sus heridas.

N. B. El texto original del relato de Miguel A. Caicedo y las imágenes de la revista fueron tomados de la edición digitalizada, catalogada y archivada en la Hemeroteca del Chocó, de la UTCH, por Gonzalo Díaz Cañadas. El texto fue editado sin modificar su contenido, con excepción del título, que originalmente fue “Personajes mágico-folclóricos del Chocó”.

28/09/2026

 Estampas quibdoseñas (VIII) 
Añoranza franciscana

*Fiestas de San Pacho en Quibdó, ca. 1972. Carrera primera con calle 25. Escena del recorrido de la representación o comparsa de un barrio por las calles de la ciudad, en su día asignado dentro de la festividad, con su carroza alegórica o disfraz. Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó / El Guarengue.

Las golondrinas de agosto se estaban terminando de marchar, para seguir volando en su migración anual, cuando el ambiente de fiesta se empezaba a arrimar y aglomerar en los atardeceres multicolores del río medio seco, cuya playa aún caliente las brisas de septiembre no lograban refrescar.

Era una especie de aroma, que uno no atinaba a saber de dónde salía, pero ahí estaba, y se podía percibir tan claramente como el de los palos cargados de coronillas que a lo largo del año abundaban en las orillas de La Yesca; o el de los bocachicos y dentones del Atrato fritándose en las calderos de todas las casas, a mañana y noche, por los tiempos de la semana santa; o el de los marañones cuando pintaban de intenso carmesí y blanco profundo las calles y las casas en aquellas cosechas prodigiosas que dos veces por año nos permitían a los niños de escuela hacernos a una mejor idea de cuánto eran cientos y cuánto eran miles.

Quizás porque salía de todas partes, no parecía salir de ninguna. Como el aroma de la flor de galán de noche o el de los palos de sauco en las mañanitas, que uno podía percibir de lejos sin ni siquiera alcanzar a ver las plantas de donde salían. Era un aroma que todo lo envolvía y que en todo lugar y momento estaba presente. En la alegría de las mujeres que cantaban boleros antillanos y sones chocoanos en las cocinas y en los patios de sus casas. En la frescura de los hombres que silbaban tonadas de chirimía llevando la melodía del clarinete, mientras marcaban con sus manos los golpes de la tambora. En los tumultos y algarabías de cambamberos y cambamberas de esquina que entre risotadas de andén planeaban sus atuendos para las comparsas que pronto protagonizarían. En las conversaciones de vecindario sobre guarapos y sancochos, vacalocas y procesiones, pasacalles y retretas, misas y disfraces, jolgorios y verbenas. En la limpieza del pueblo, para la que el Municipio pedía a los vecinos desyerbar y barrer la porción correspondiente al frente de sus andenes. Y hasta en el cacareo premonitorio de gallinas y pollos en los patios, en donde solían secarse al sol los hábitos franciscanos recién desempolvados y lavados para la manda anual.

Cada tanto, por la calle pasaba algún músico con su instrumento y mientras saludaba al paso repasaba mentalmente melodías y acordes, rumbo a los ensayos de la banda en el balcón del coro de la iglesia parroquial. En las casas de las matronas de los barrios se abrían las alcancías de madera en las que durante una buena parte del año los transeúntes habían depositado billetes o monedas, luego de santiguarse ante la pequeña imagen del santo de la que siempre estaban acompañadas aquellas huchas. Llegada era también la hora de mandar a cada familia del barrio un sobre timbrado a nombre de la junta franciscana para que en él depositaran su ofrenda. Al contenido de las alcancías y los sobres se sumaría lo recolectado por concepto de venta de rifas y comidas, tómbolas y bailes caseros, bingos y reinados callejeros. Y a ese monto se sumarían las contribuciones de unos cuantos comerciantes, funcionarios importantes, alcaldía y gobernación, visitantes ilustres y devotos ausentes; con todo lo cual se costearía la metódica y prolija elaboración de las carrozas alegóricas o disfraces que presidirían la comparsa de cada barrio en su día correspondiente de la fiesta, incluyendo el guarapo que durante el recorrido se bebería; y la confección del altar, arco o monumento religioso para que se posara, en estación sagrada, la imagen oficial del santo a su paso por el barrio, durante la procesión solemne del día clásico de su festividad anual.

San Pacho estaba listo. San Pacho estaba a punto de comenzar. Tan lejos de cálculos de utilidad y economía, como cerca de la general alegría: «fe, cultura y civismo» se decía y se sentía; y la fiesta era una fiesta de barrios y vecindarios, de todo el pueblo y toda la ciudad. Ya era, aunque todavía no se le dijera así, un bien cultural, una alhaja preciosa del cofre colectivo de la chocoanidad, pulida por la historia como una filigrana del patrimonio regional.


21/09/2026

 Yolanda Cerón: 
25 años de desolación

*Ángel María Estacio, del Consejo Comunitario de ACAPA, fue uno de los grandes amigos y compañeros de trabajo de Yolanda Cerón durante muchos años de navegación por los ríos y las mares del Pacífico nariñense; durante los cuales —además del mejor y más profesional lanchero— fue líder responsable y comprometido dirigente. FOTOS: 1-Felipe Alarcón, 2020. CNMH. 2-Archivo El Guarengue, 2000.

...Veinticinco años después de su muerte, la vida de Yolanda Cerón Delgado es y seguirá siendo un ejemplo de autenticidad, compromiso y valentía en la defensa de la vida y los derechos de la gente del Pacífico afrocolombiano.


Reproducimos en El Guarengue los apartes iniciales y el primer capítulo de la biografía de Yolanda publicada por el Centro Nacional de Memoria Histórica[1] en cumplimiento de una orden judicial orientada al reconocimiento de su vida, a la dignificación de su memoria y a una mínima reparación del enorme daño causado a su nombre por parte de sus asesinos…


Honramos el compromiso genuino e inquebrantable de Yolanda con la dignidad étnica y territorial de las comunidades negras, y su enorme valentía en la defensa de los derechos humanos y la vida. Honramos su entrañable afecto y su incondicional amistad.


Julio César U. H.

19 09 2026

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«El 19 de septiembre de 2001, a las 12:15 de la tarde, Yolanda Cerón Delgado fue asesinada al frente de la Iglesia de La Merced en Tumaco. Quienes la conocieron sabían que esto podría pasar. Incluso ella misma lo sabía. Su tenacidad e incansable lucha para lograr la titulación colectiva de tierras a favor de las comunidades negras del Pacífico nariñense, así como sus constantes denuncias por las violaciones a los derechos humanos que se cometían en Tumaco nunca fueron bien vistas por los sectores políticos, económicos y militares más extremistas y radicales de la región.

«Seis años después —luego de postularse a los beneficios de la Ley de Justicia y Paz— Guillermo Pérez Alzate, quien era el comandante paramilitar del Bloque Libertadores del Sur, confesó haber ordenado la muerte de la hermana Yolanda Cerón. En el momento de la confesión, Pérez Alzate dijo que había dado esa orden porque ella, supuestamente, era colaboradora de la guerrilla del ELN. Un señalamiento absurdo y mentiroso.

«Luego de reconocer este y muchos delitos más, el 29 de septiembre de 2014, la Sala de Justicia y Paz del Tribunal Superior del Distrito Judicial de Bogotá profirió la sentencia judicial contra Guillermo Pérez Alzate y otros desmovilizados del Bloque Libertadores del Sur. En dicha sentencia, para dignificar el nombre de Yolanda Cerón, se le ordenó al Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) escribir y publicar una biografía de la religiosa. La forma en que quedó redactada dicha orden fue la siguiente: “Exhortar al Centro Nacional de Memoria Histórica para que proceda a la reconstrucción de una historia de vida emblemática de la religiosa Yolanda Cerón Delgado, previa concertación y consentimiento de la familia de la nombrada y de la Diócesis de Tumaco, acorde con los objetivos plasmados en la parte motiva de la decisión”».

[…]

La noticia

«El miércoles 19 de septiembre de 2001, Miriam Cerón estaba trabajando en el centro de salud de Berruecos cuando recibió la llamada. Al escuchar la noticia que venía del otro lado de la bocina, Miriam dejó caer el teléfono y empezó a gritar desesperadamente: “¡No! ¡No puede ser! ¡No creo, no creo! ¡Mi hermana no! ¡Mi hermana no!”.

Carlos, el hermano menor de la familia Cerón –que por la diferencia de edad con sus cinco hermanas siempre fue tratado por ellas como un sobrino– acababa de llegar del colegio a la casa y desde allí alcanzó a escuchar los gritos de su tía Miriam. De inmediato cruzó la calle, entró al centro de salud, y al enterarse de lo que había sucedido, supo que debía enfrentar lo que nadie en la familia quería hacer: darle la noticia a don Pedro Cerón, el papá de Yolanda.

Carlos corrió hacia el cementerio a encontrar a su papá, quien ya venía de regreso a casa con una estopa llena de yerba. Don Pedro la había recogido, precisamente, para alimentar a los cuyes que tanto le gustaba comer a Yolanda cada vez que ella iba a visitarlos a Berruecos. Antes de hablarle, Carlos tomó aire y sin pensarlo mucho le dijo: “Papá, tenemos que irnos para Pasto”. Don Pedro, con el tono áspero que lo caracterizaba y que mantenía intacto a sus ochenta años, le contestó cortante: “¡Ja! Estarás loco. ¿Acaso estoy enfermo?”. Pero Carlos insistió: “Papá, es que nos toca irnos a todos. Vea que mis tías y mis primos ya se están alistando. Solo falta usted”. Don Pedro entonces se alteró y alzando la voz le replicó: “¿Y es que acaso me van a llevar a la fuerza? Yo no voy y punto. Se acabó”. Ante semejante reacción, y porque creyó que su padre tal vez no podría soportar la noticia, Carlos solo atinó a decir: “Papá, es que han herido a la tía Yolanda. Nos vamos para Pasto en la Toyota que nos prestó el doctor del puesto de salud”. Don Pedro, desconcertado, soltó la estopa de yerba y corrió lo más rápido que pudo a alistarse para el viaje.

Quien llamó a Miriam al puesto de salud de Berruecos fue su cuñado Celio. Minutos antes, él había acabado de sentarse junto a su familia a almorzar en su casa, ubicada en el barrio Villa de los Ríos, en Pasto. Entonces sonó el teléfono. Ángela, una de sus hijas, se levantó a contestar y lo primero que le dijeron era que llamaban desde Tumaco y que necesitaban hablar con Celio porque le había pasado algo grave a Yolanda. Antes de pasarle el teléfono a su padre todos en la mesa alcanzaron a escuchar cuando Ángela, casi sin aire y antes de desmadejarse, le preguntó a quien había llamado: “¿Muerta?”.

De inmediato, María Lupercia Cerón, hermana de Yolanda y esposa de Celio, no solo se angustió por su hermana, sino también por German, su hijo mayor, quien justo había viajado a Tumaco dos semanas antes para acompañar a Yolanda debido a las amenazas de muerte que había recibido durante los últimos meses.

Unos minutos antes de que todo esto pasara, en Tumaco, a las once y cincuenta y cinco de la mañana, Ángel María Estacio, el lanchero que transportaba a Yolanda por ríos y mares, acababa de reunirse con ella en la sede de la Pastoral Social, que en esa época estaba ubicada al lado del Parque Nariño. Luego de haber planeado un viaje que los dos realizarían a la vereda San Pedro del Vino, Ángel María se despidió de Yolanda y decidió caminar unas pocas cuadras hasta la casa de su hermana, que vivía por la calle de El Bucanero. A los quince minutos salió de la casa y se encontró con un compañero que le preguntó si la hermana Yolanda estaba en Tumaco. Ángel se lo confirmó y el compañero le dijo que por ahí estaban diciendo que la habían matado. Ángel, un poco molesto e incrédulo, le pidió que se pusiera serio. El compañero le aconsejó que lo mejor era ver las noticias. En vez de eso, Ángel salió corriendo hacia el Parque Nariño, pero cuando llegó ya habían levantado a Yolanda y la habían llevado al Hospital San Andrés.

Pocos segundos después del atentado, el padre carmelita Guillermo León Correa estaba organizando los papeles de su escritorio en la sede de la Pastoral Social de Tumaco. Al terminar, se dirigió a cerrar la ventana y vio que una multitud corría hacia la esquina del Parque Nariño armando una algarabía. El padre Guillermo cerró la oficina, bajó las escaleras, atravesó el patio con prisa y se encontró con la profesora Carmelina, que lo previno de salir, advirtiéndole que podrían matarlo. El padre, confundido, le preguntó qué era lo que había pasado. La profesora Carmelina le contestó con la frase que tantas veces habría de repetirse ese día: “Mataron a la hermana Yolanda”».



[1] Centro Nacional de Memoria Histórica (2021), Yolanda Cerón: la hermana del Pacífico. Una biografía ilustrada, CNMH, Bogotá. Primera edición: septiembre de 2021. ISBN DIGITAL: 978-958-5500-67-9. 248 pp. Pg.12, 17-18. El libro completo puede obtenerse en el siguiente enlace: https://centrodememoriahistorica.gov.co/wp-content/uploads/2021/09/Yolanda-Ceron.-La-hermana-del-Paci%CC%81fico.-Una-biografia-ilustrada.pdf

El nombre del hermano menor de Yolanda, “German”, se debe leer con acento en la primera sílaba y no en la última. (Nota del texto original).


14/09/2026

 Terremoto cultural (III) 
De cholos e indios a etnias y pueblos

Valiosos estudios e investigaciones sobre los pueblos indígenas de la región chocoana se han adelantado y publicado, con el apoyo de los Misioneros Claretianos y la Diócesis de Quibdó. Potenciar estos trabajos desde la perspectiva de investigadores y autores indígenas es un reto para la recuperación del patrimonio cultural de estos pueblos. FOTOS: Julio César U. H. / El Guarengue.

Cholos

Llegaban los sábados en la madrugada, en sus canoas longilíneas y seguras, poco celosas, curadas y amansadas en aluviones y crecientes, entre aguaceros y diluvios, bajo neblinas densas y soles abrasadores. A veces, el tiempo les rendía más de la cuenta, porque había más agua en los ríos por los que bajaban hasta el Atrato para llegar al mercado sabatino de Quibdó. En esas ocasiones, acompañados por el lucero del río Quito, en el último trecho de cuyo cauce solían guarecerse y orillarse, dormitaban hasta el alba usando como lecho la carga de sus embarcaciones y como frazada una o dos hojas de plátano y la camisa que sus mujeres les habían entregado limpia para que se la pusieran cuando fueran a caminar en guayuco por las calles de la ciudad. En cuanto el lucero llegaba a su brillo máximo, pocos segundos antes de diluirse en la reciedumbre de las primeras luces del amanecer, se levantaban en un santiamén, se frotaban los ojos y la cabeza con agua fría que recogían del río en el cuenco hermético de sus manos, se deleitaban con unos cuantos sorbos, se enjuagaban la boca, y examinaban en el cielo los signos del tiempo, mientras saciaban su sed de recién despertados.

Canaleteando suavemente, sin prisa, ponían rumbo hacia la margen opuesta, donde las luces nocturnas de Quibdó estaban terminando de apagarse. Y se arrimaban a esa orilla extensa  donde —para cumplir la cita de aquel mercado semanal que alimentaba y aprovisionaba a los quibdoseños— se congregaban decenas de campesinos del Atrato alto y medio, de todos sus afluentes y cabeceras, y adonde en tiempos de pescado llegaban también, después de varias jornadas de viaje, las inmensas canoas de los pescadores de Riosucio y de todas las ciénagas del Bajo Atrato, que fueron pioneros en el uso de motores Johnson fuera de borda.

Por lo general, ofrecían en aquel mercado utensilios y herramientas, como piedras de moler y varas de pesca, catangas grandes de bejuco y medianas o pequeñas de tetera o chocolatillo; trastos de cocina y comedor hechos de mate o totumo, como cucharas de varios tamaños, escudillas, cedazos o coladores; carne salada de puerco, guagua, saíno, guatín, tatabro, tortuga; frutas como chirimoya, naranja, limones, caimitos, chontaduros, zapotes, táparos y milpesos; uno que otro pato, una que otra gallina y unos cuantos huevos; talismanes de chocho y manojos de hierbas para baños medicinales; brea, bija, maíz y algodón cerrero para rellenar almohadas. En medio del ajetreo matutino, alcanzaban a hacer —aun con las limitaciones de su castellano— contratos verbales para cumplir encargos especiales de yerbas, carnes de monte, maderas o utensilios...que debían traer el sábado siguiente.

Terminadas las ventas, en una operación rápida para ahorrar tiempo y aligerar el regreso a sus lugares de origen, caminaban hacia los graneros y tiendas, almacenes de variedades, boticas y cacharrerías del comercio quibdoseño; en busca de sal fina para comida y gruesa para salar y conservar carne; velas, querosín y mechas para sus quinqués; nailon, anzuelos, plomo, cáñamo y piolas para varas, atarrayas, catangas y otras artes de pesca; puntillas o clavos para diversos menesteres domésticos; manteca de cerdo o sebo de res; arroz y panela, cuando no habían logrado intercambiarlos con sus compadres en la orilla; cigarros y tabacos para ceremonias y rituales o para las cachimbas de los viejos; de vez en cuando fríjoles, lentejas o leche en polvo, café y chocolate; herramientas caseras y de labor: machetes hachas, cuchillos; recatones para la punta de las palancas; veterina y árnica, uno que otro analgésico y purgantes, para usos medicinales en personas y animales, y azufre para espantar bichos y culebras; prendas de vestir por lo menos una vez al año: franelas y camisas caqui o blancas para los hombres, yardas de coleta o popelina colorida para las parumas de las mujeres, retales de falla o yute para los taparrabos, pampanillas o guayucos de los hombres; fósforos, petates, pilas…

Emberas en Quibdó (aprox. 1970), en la carrera cuarta entre calles 25 y 26. 
FOTO: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó.

Caminaban siempre juntos por las calles. Mujeres, niñas y niños tomados de la mano. El jefe de familia por lo general adelante, ataviado con su pampanilla y su camisa, a veces con candongas en las orejas, collares de monedas y narigueras de plata o aluminio. Con parumas y el torso semidescubierto las mujeres adultas, las jovencitas y las niñas; los niños con sus guayucos o en pantalonetas; unas y otros pintados con jagua y luciendo collares de cuentas según la edad y condición. Hablando en su propia lengua, caminaban descalzos y a prisa, mirando y siendo mirados, por las calles de la ciudad. Mientras el jefe de familia, acompañado de algún otro hombre adulto y a veces de un jovencito, hacía las compras en cada sitio en el que paraban o respondía preguntas de transeúntes, curas o funcionarios de oficina; las mujeres se espulgaban la cabeza mutuamente y espulgaban las de niñas y niños, mientras masticaban pepas de árbol del pan, chontaduro, alguna otra fruta, o comían trozos de pescado y banano o plátano que solían traer en un perol de aluminio.

Eran los indígenas chocoanos, que semanalmente llegaban al mercado sabatino de la orilla del río Atrato en Quibdó, y a quienes genéricamente todo el mundo llamaba “cholos”; y de quienes —hasta mediados de los años 70— se enseñaba en las clases de Sociales de las escuelas públicas que eran los primitivos pobladores del Chocó; que pertenecían a una gran familia lingüística, de la cual se desprendían “todos sus dialectos”; que tenían sus propias costumbres y creían en sus propios mitos y dioses; que vivían en la selva y a la orilla de los ríos, principalmente en las partes altas o nacimientos; que eran de piel cobriza y pelo lacio; y que todos los ríos del Chocó cuyo nombre terminara en “do” se llamaban así porque en la lengua de los indios “do” equivalía a río en castellano.

Indios

Los pueblos indígenas del Chocó no pasaban entonces de ser los “cholos”, de cuyas parumas y guayucos, collares y candongas, brazaletes y narigueras, desnudeces, lenguas y borracheras, todo el mundo se burlaba. Burla esta que hallaba su momento cumbre en un burdo escenario de institucionalización del racismo, el menosprecio y el lugar subordinado que ocupaban en la pirámide social chocoana hasta el último cuarto del siglo XX: la denominada "fiesta del indio", que la institucionalidad pública, la iglesia y la sociedad quibdoseña realizaban cada año. Insidiosamente inducidos al consumo desenfrenado de licor, indígenas que habían sido traídos desde diversos lugares del Chocó eran reunidos en el parque principal de Quibdó -al final de la semana santa católica- para convertirlos en reyes de burlas, mediante su participación en juegos y concursos, y para entregarles al final unas cuantas baratijas a manera de regalos.

Etnias

Portada de la revista JAI-BIA del Centro de
Pastoral Indigenista de Quibdó. 
Edición especial 500 años de 
colonización europea en América.

El surgimiento de un nuevo modelo de pastoral indígena católica, a instancias del misionero claretiano chocoano Gonzalo M. de la Torre Guerrero, desembocó en la creación del Centro de Pastoral Indigenista y en el surgimiento de la Organización Regional Embera Wounaan, OREWA (1979), que fue durante muchos años faro de la dignificación de la vida de estos pueblos, la titulación de sus resguardos y el reconocimiento de sus derechos políticos, sociales, económicos, culturales. Ello permitió que por intervención directa del Padre de la Torre, como superior provincial de los claretianos, y de los también misioneros Héctor Castrillón y Rafael Figueroa, la entonces Gobernadora del Chocó, Luz Colombia Zarkanchenko de González —segunda mujer en ocupar dicho cargo, luego de Dorila Perea de Moore— expidiera un decreto suprimiendo el repudiable oprobio de la “fiesta del indio”.

Pueblos

Distribuidos en una docena de organizaciones étnicas, actualmente forman parte del Chocó unos cien mil indígenas de los pueblos Wounaan, Emberá Dóbida, Emberá Katío, Emberá Chamí, Eyábida y Gunadule; que según las proyecciones del último censo nacional de población equivalen aproximadamente al 15% del total de habitantes del departamento.[1]

No obstante los significativos e históricos cambios que se han producido en cuanto al tratamiento de las realidades indígenas en las políticas públicas y en las percepciones sociales de los demás integrantes de la población chocoana; un mes después del terremoto de magnitud 7.4, las cifras oficiales publicadas por las alcaldías, la gobernación y la UNGRD no presentan datos específicos consolidados sobre daños en los pueblos indígenas del Chocó. Con base en la información producida a través del monitoreo étnico de la Defensoría del Pueblo y las publicaciones de algunas organizaciones propias de estos pueblos, se calcula que más de un centenar de comunidades indígenas de por lo menos 20 de los 30 municipios afectados por la tragedia en el Chocó, sufrieron daños significativos en cuanto a infraestructura educativa y de salud, vivienda y otros bienes comunitarios.

«El sismo generó una notable afectación de pueblos étnicos, tanto indígenas como negros y afrocolombianos. Las afectaciones comprenden viviendas e infraestructura comunitaria, educativa y sanitaria, servicios públicos, medios de vida y condiciones de bienestar individual y colectivo. A ello se suman necesidades humanitarias persistentes, dificultades de acceso a territorios rurales y dispersos, amenazas posteriores o concurrentes y diferencias importantes en los niveles de verificación, registro y respuesta institucional. Todo ello configura una emergencia territorial y multidimensional», expresó la Defensoría del Pueblo este 11 de septiembre. Y le recordó al Gobierno Nacional que la recuperación y reconstrucción de las comunidades debe hacerse de modo «planificado, integral y participativo, fundamentado en la protección de los derechos humanos»; y que «este proceso implica una planeación del desarrollo que integre las diversas visiones territoriales y culturales. Además de reconstruir la infraestructura, debe restaurar el tejido social, cultural y emocional que resultó lastimado… [e] implica también la obligación de impedir que la historia vuelva a escribirse con las mismas omisiones y vulneraciones de derechos».[2]

Indígenas embera en Pie de Pató, municipio de Alto Baudó, durante una visita de la Gobernadora del Chocó después del terremoto del 10 de agosto de 2026. FOTOS: Gobernación del Chocó. Edición: El Guarengue.
Patrimonios

En el sentido planteado por la Defensoría, quizás esta sea una oportunidad para que, en términos de justicia étnica, de restauración y salvaguarda del patrimonio cultural de los pueblos indígenas del Chocó; se adelanten acciones integrales orientadas a la recuperación de la historia de estos pueblos y a la documentación de sus realidades culturales actuales. En ese sentido, por ejemplo, se podría promover la creación de un grupo especial de trabajo sobre oralitura y literatura, de todos y cada uno de los pueblos indígenas del Chocó, para la identificación de fuentes y obras de la tradición y de la creación de comunidades y autores/as de las etnias indígenas del Chocó, incluyendo narraciones y mitos de origen, héroes culturales, rituales y ceremonias, relatos y cuentos, fábulas y juegos; y extendiendo el trabajo a otros componentes, como su coreografía y su música, su pintura facial y corporal, sus manifestaciones espirituales y artísticas de todos los órdenes. Igualmente, podrían adelantarse estudios sistemáticos y rigurosos sobre el estado actual de las lenguas maternas de estos pueblos en el Chocó.

Los conocimientos recuperados y producidos a partir de estas y otras acciones que se identifiquen y desarrollen serían la base para el diseño, producción y publicación de materiales en todo tipo de formatos, en versiones bilingües, tanto para las propias comunidades indígenas y sus instituciones educativas y organizativas, como para las demás instituciones educativas, culturales y étnicas del Chocó; y para la constitución de colecciones y repositorios que contribuyan a la preservación y difusión de las identidades indígenas desde sus propios saberes, historias y conocimientos. Materiales y procesos como los mencionados constituirían una base apropiada para fundamentar la introducción de cátedras de estudios indígenas en escuelas, colegios y universidades de la región, e incluso en espacios formativos de oenegés culturales y de organizaciones étnicas afrochocoanas.

Todo lo anterior en coordinación con organizaciones de los propios pueblos, con la orientación de sus propios sabedores y sabedoras, y la dirección de sus propios estudiosos e intelectuales; con el apoyo de especialistas las diversas materias comprometidos ética y científicamente con la causa, desde una perspectiva de recuperación y producción propia de conocimientos como fundamentos de la educación y el desarrollo propios, y no como simple recopilación etnográfica para la obtención de méritos académicos.

Tal vez por este camino avancemos un poco más en dejar de ver como “cholos” a los pueblos indígenas del Chocó, y en su percepción y reconocimiento como pueblos originarios que forman parte esencial y constitutiva de la Chocoanidad; en lugar de reducirlos, casi arqueológicamente, a la condición de “primitivos pobladores”. El reconocimiento del ser, la identidad y la plena capacidad de los pueblos indígenas del Chocó como sujetos históricos de derechos, en un territorio compartido, hará más expeditas y fructíferas las perspectiva comunes de futuro para la región. Y de paso, seguramente, contribuirá a que la exigencia de los propios derechos se haga sin menoscabo de los derechos de los demás.



[1] Datos tomados de: Chocó indígena: un territorio en permanente emergencia social. https://agendapropia.co/articles/choc-indgena-un-territorio-que-requiere-ayuda-humanitaria?lang=es

[2] Defensoría del Pueblo. Colombia. A un mes del sismo, expresamos nuestra solidaridad y llamamos a una recuperación basada en los derechos humanos. https://www.defensoria.gov.co/-/a-un-mes-del-sismo-expresamos-nuestra-solidaridad-y-llamamos-a-una-recuperacion-basada-en-los-derechos-humanos

07/09/2026

 Terremoto cultural (2ª Parte)
—Literatura y reconstrucción— 

Los escritores y las escritoras del Chocó no pueden seguir siendo más mentados que leídos. La creación de una Biblioteca de la Chocoanidad debe ser parte sustancial de la recuperación del patrimonio material e inmaterial de la región. Collage: JCUH/Archivo El Guarengue.  

Los terremotos también resquebrajan, agrietan y fragmentan el alma de los pueblos: su cultura, su ser común y su identidad compartida, que son fuente primigenia de las maneras como cada pueblo y cada sociedad comprenden el mundo, lo relatan y lo recrean para narrarse a sí mismos, para registrar su historia, documentarla, y garantizar así que cada generación —a lo largo del tiempo, tanto el de los calendarios como el de los ciclos de la propia historia— sea portadora, transmisora y cesionaria del acervo plural y diverso constitutivo de dicha tradición, de sus relatos y sus cotidianidades, sus redes de parentesco y vecindad, sus hierofanías, sus solemnidades y conmemoraciones, sus rituales y devociones, sus celebraciones, coreografías y fiestas, sus mitos, sus cuentos y sus cantos, sus sabores y sus cocinas, sus ocios y holganzas, sus sistemas ancestrales de producción… Y por ello, este conjunto trascendente del orden cultural debe también tener un lugar en los procesos de reconstrucción —simbólica y material— que suceden a las tragedias y desastres como los que acontecieron a raíz del terremoto del lunes 10 de agosto de 2026, a las 7:34 de la mañana.

Don Rogerio

«¿Hay instrucción en nuestro pueblo?», pregunta con su agudeza característica y su talante visionario, en un artículo publicado en el periódico ABC, de Quibdó, el 21 de diciembre de 1929, el escritor e intelectual chocoano Rogerio Velásquez Murillo (Sipí, 1908-Quibdó, 1965), uno de los más grandes intelectuales de la chocoanidad, pionero y precursor en diversos campos del desarrollo de las ciencias sociales y humanas en Colombia, como la etnohistoria y la antropología de comunidades negras del Chocó y del Pacífico colombiano, cuyo universo cultural él documentó con tino, riqueza y versatilidad etnográfica y literaria. Y expresa sin rodeos: «La poca introducción de libros en el territorio chocoano es la causa de la ignorancia que impera en nuestro pueblo. La muchedumbre no lee, no investiga, porque no tiene en dónde […] Los gobiernos seccionales no se han preocupado. Han enseñado con su silencio al pueblo que el libro no se necesita. Han tenido a las masas en la noche de su propia estulticia, sin preocuparse en darles la luz de la civilización».[1]

Noventa y siete años después de aquella glosa histórica de Don Rogerio, en el departamento del Chocó hay un total de 38 bibliotecas, vinculadas a la Red Nacional de Bibliotecas Públicas de Colombia (RNBP): 33 municipales, 4 de resguardos indígenas y 1 de carácter departamental, la Biblioteca Arnoldo Palacios, que desde su apertura en diciembre de 2017 se convirtió en uno de los escenarios culturales de mayor importancia en Quibdó y de gran influencia en el Chocó. Catorce de estas bibliotecas, incluyendo la departamental, sufrieron daños de consideración por el terremoto del 10 de agosto de 2026. Hoy se encuentran cerradas, a la espera de su evaluación estructural definitiva y de las correspondientes reparaciones, restauraciones y reconstrucciones.

Licona

Publicado en 1980, “El Chocó por dentro” es una especie de compendio del pensamiento de quien indudablemente es uno de los más memorables escritores del siglo XX en el Chocó: Carlos Arturo Caicedo Licona (Quibdó, 1945-1923), sobre el desarrollo del territorio y de la gente negra de la que entonces él llamó la Nación Afrochocoana y reivindicó como una nación dentro del Estado colombiano. En el texto introductorio a su aleccionador libro, el propio Licona expresó bellamente un sueño de pensador, dirigente y escritor: «Este escrito no va para los eruditos; va para los de nuestra condición. Puede ser leído en cualquiera de nuestros ranchos y guardado detrás de la lamparita que ilumina el chisporroteo quejoso ofrendado a los dioses para que detengan los martillazos lacerantes en nuestros estómagos vacíos».[2] 

Don Rogerio y Licona

La clamorosa reivindicación de Don Rogerio en 1929, sobre la apremiante necesidad de que el pueblo chocoano tuviera acceso expedito a libros, ha encontrado respuesta entre la última década del siglo XX y el cuarto de siglo que ya hemos recorrido del XXI, lapso en el cual el número y la cobertura geográfica de las bibliotecas públicas municipales se incrementó sustancialmente; de modo que en la actualidad hay por lo menos una biblioteca en cada municipio del departamento, además de la biblioteca departamental y de la biblioteca del Banco de la República en Quibdó, próxima a cumplir 40 años, cuya apertura llenó literalmente un vacío de muchos años y poco a poco, junto al auditorio de eventos, se convirtió en motor del área cultural del banco, que hoy —para bien del pueblo chocoano— ha devenido en Agencia Cultural, con una rica y variada oferta de saberes, tradiciones, artes y conocimientos de la ciudad y la región, del país y el mundo.

Lo que sí no ha encontrado respuesta es el sueño de Carlos Arturo Caicedo Licona acerca de que “El Chocó por dentro” formara parte de la cotidianidad de los ranchos ribereños de la manigua chocoana. Aunque contamos con bibliotecas públicas que ponen al alcance de la población importantes y valiosas colecciones de libros, estas incluyen una cantidad bastante limitada de títulos y libros de autores chocoanos. Y no porque no quieran incluirlos, sino porque los ejemplares existentes de dichos títulos y libros son tan pero tan escasos que solamente se encuentran dispersos en bibliotecas y colecciones personales y particulares; con excepción, claro está, de títulos incluidos en colecciones como la Biblioteca del Darién (Colcultura, 1994), la Biblioteca de Literatura Afrocolombiana (2008-2010) y la Biblioteca de Escritoras Colombianas (2022), ambas del Ministerio de Cultura.

En estas circunstancias, hemos llegado a un punto en el que, aunque se pregona un justo orgullo regional por la producción intelectual, literaria, poética, de una serie de autores y autoras del Chocó, casi nadie realmente ha leído sus obras, debido precisamente a la escasez o inexistencia de las publicaciones, entre otros factores; de manera que en la práctica son bastante mencionados, pero muy poco leídos.

Deber cultural, urgencia patrimonial

Foto: Julio César U. H.

Es, pues, una urgencia patrimonial, una tarea perentoria e ineludible, rescatar del olvido y salvar de su inminente desaparición una buena cantidad de obras literarias de autores chocoanos que, escritas a mano o en máquinas de escribir manuales o automáticas, en originales corregidos también a mano, se vertieron directamente a las galeras o al offset de las imprentas; de modo que sus manuscritos desaparecieron y los textos se conservan exclusivamente en ediciones impresas que son literalmente únicas, ya que son libros que nunca fueron reeditados y de los cuales no existen versiones digitales. Aquellos libros impresos por esa única vez fueron desapareciendo de los anaqueles de las oficinas institucionales de Quibdó y el resto del Chocó, de las bibliotecas de los colegios, de las pequeñas colecciones particulares de maestros y profesionales; hasta llegar al punto en el que nos encontramos hoy, cuando de la mayoría de esos libros quedan tan pocos ejemplares que uno celebra cuando halla uno y lo preserva mediante el recurso espurio de una fotocopia.

Es posible, incluso, que de algunos títulos publicados no queden ejemplares o, por lo menos, no sepamos dónde podría encontrarse alguno. Las inclemencias del tiempo, del clima, del entorno, de la falta de curaduría, han puesto también su cuota de devastación en esta especie de desastre cultural, literario, bibliográfico y patrimonial del Chocó, ignorado sistemáticamente por las instituciones y autoridades locales, regionales y nacionales; y por las entidades culturales y de cooperación internacional, que han excluido de sus intereses y presupuestos a la literatura chocoana, pues privilegian el patrocinio de otras manifestaciones artísticas en las que prácticamente han encasillado en los últimos años al arte y a la cultura de la región.

Biblioteca de la Chocoanidad

Por lo menos un centenar de títulos, de una treintena de autores y autoras del Chocó, serían la base para la constitución y puesta en marcha de un fondo o colección editorial de autores chocoanos: una Biblioteca de la Chocoanidad, a través de la cual se reediten y rescaten, se resguarden y preserven, obras hoy desperdigadas, poco conocidas e ignotas, de tantos autores de la región que siguen siendo más mentados que leídos; y cuya identificación y listado, ad hoc y ad honorem, hemos adelantado desde hace una década y hemos  difundido y promocionado reiterativamente en diversos escenarios culturales y a través de El Guarengue-Relatos del Chocó profundo; y lo vamos a seguir haciendo como un deber grande de patria chica y un imperativo patrimonial de la chocoanidad.

A través de una Biblioteca de la Chocoanidad, las nuevas generaciones del Chocó —a las que tantas veces sus maestros y adultos responsables reconvienen por el desconocimiento de la tradición y de la historia de la región— podrán disponer de fuentes literarias y documentales en donde nutrir su intelecto, su gusto y su alma en relación con dicha tradición y podrán acceder a la multiplicidad de perspectivas y voces de un conjunto representativo de autores y autoras, cuyas obras serían reeditadas y reimpresas en una colección de excelencia editorial; con una presentación, unos formatos y una identidad gráfica bien logrados, memorables, a la altura de la importancia histórica y cultural de los textos; en ediciones dignas y asequibles... Todo ello bajo una curaduría rigurosa, seria, alejada de intereses individuales y de lucros particulares, comprometida con las letras y el talento de la región.

Collage: JCUH / El Guarengue

Rogerio Velásquez, Miguel A. Caicedo, Carlos Arturo Caicedo Licona, Arnoldo Palacios, Carlos Arturo Truque, César E. Rivas Lara, Hugo Salazar Valdés, Néstor Emilio Mosquera Perea, Isnel Alecio Mosquera Rentería, Gonzalo M. de la Torre Guerrero, Marco Realpe Borja, Juan B. Velasco Mosquera, Carlos Calderón Mosquera, Sergio Antonio Mosquera Mosquera, Ramón Lozano Garcés, Diego Luis Córdoba, Ramón Mosquera Rivas, Adán Arriaga Andrade, Daniel Valois Arce, Esteban Caicedo Córdoba, Manuel Lozano Peña, Pedro Adán Caicedo Licona, María Dualiby Maluf, Teresa Martínez de Varela, Eyda María Caicedo Osorio, Emilia Caicedo Osorio, Laura Victoria Valencia Rentería, Luz Colombia Zarkanchenko de González, Amalialú Posso Figueroa, Ana Gilma Ayala, Reinaldo Valencia Lozano, César Conto Ferrer, Ricardo Carrasquilla, junto a otros autores no chocoanos de nacimiento, pero que pasaron gran parte de su vida en el Chocó y han documentado en sus obras realidades significativas y percepciones sobre la gente y el territorio chocoano, como el historiador Luis Fernando González, que desde hace cuarenta años viene investigando y difundiendo hitos, acontecimientos y procesos históricos del Chocó de los que poco sabíamos; y los misioneros claretianos Alcides Fernández, con sus alas sobre la selva del Darién; Constancio Pinto, con su diccionario español-katío-español; Héctor Castrillón con su Chocó indio; y Javier Pulgarín, con su bella poesía, tan universal como atrateña; son algunos de los integrantes del elenco que podría servir como base para poner en marcha una Biblioteca de la Chocoanidad.

Los escritores y las escritoras del Chocó no pueden seguir siendo más mentados que leídos. La creación de una Biblioteca de la Chocoanidad, con el auspicio económico y el apoyo técnico de las instituciones públicas del sector cultural, las autoridades regionales y la cooperación internacional; debe ser parte sustancial de la recuperación, restauración y reconstrucción de los bienes culturales y del patrimonio material e inmaterial de la región, en el marco de la dinamización de sus procesos de desarrollo. El pueblo chocoano tiene pleno derecho a acceder de modo expedito y cualificado a la tradición literaria de su tierra, a las historias y los relatos de sus autores y autoras, de sus narradores, narradoras y poetas.

Igualmente, la gestión cultural regional demanda procesos continuos, consistentes, colectivos y comunitarios de lectura y escritura, oralitura e historia local, a partir de la consolidación de una red regional de bibliotecas públicas, que en conjunto con las instituciones educativas locales y grupos culturales, promuevan espacios de encuentro y gestión comunitaria del patrimonio cultural. Estos y otros temas relacionados, como el mejoramiento, revalorización y resignificación de espacios públicos, conjuntos históricos y monumentales, bienes de interés cultural reconocidos o no; así como la documentación y preservación de manifestaciones del acervo musical y coreográfico regional, forman parte de próximas entregas de El Guarengue en esta serie sobre el terremoto cultural en el Chocó.

Quibdó. Foto: Julio César U. H.

«Entiendo yo que hay que instruir a las masas. Hay que enseñarlas. Hay que hacerlas comprender que el libro es el nuevo Sinaí de la sabiduría. Hay que decirle al obrerismo que el libro es conductor de pueblos, develador de revoluciones, piedra, faro, luz. Hay que enseñar que debe ser militante del ideal escrito, para que de esa manera labre su victoria en justicia y libertad, luchando hasta coronar la meta, convencido evidentemente de que será fuerte y potente, espíritu y no carne, antorcha y no tea, hombre y no cosa, en el no lejano futurismo social […] Educar al pueblo es hacer patria. Pues hagámosla. Colmémoslo de ilustración hasta donde sea posible, por medio de bibliotecas, de conferencias, etc., etc., que esa semilla en el surco del pueblo germinará maravillosamente»;[3] escribió el gran Rogerio Velásquez Murillo. Salvo las hipérboles propias de percepciones y teorías en boga hace un siglo, a Don Rogerio no le cabía más razón. Y más copiosos serán los frutos de la ilustración si leer incluye a quienes relatan el ser y el alma de la región. ©


[1] Rogerio Velásquez Murillo. ¿Hay instrucción en nuestro pueblo? Periódico ABC, Quibdó, 21 de diciembre de1929.

[2] Caicedo Licona, Carlos Arturo. El Chocó por dentro. Medellín, diciembre de 1980. Editorial Lealon. 118 pp. Pág. 20 (Introducción).

[3] Rogerio Velásquez Murillo. ¿Hay instrucción en nuestro pueblo? Periódico ABC, Quibdó, 21 de diciembre de1929.