2 textos electorales...
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1-Portada Cien años de soledad, 1984 (BNC). 2-Tío Tigre y Tío Conejo. Ilustración de una estampilla de la serie Cuentos Infantiles Venezolanos, del Instituto Postal Telegráfico, IPOSTEL. 1987. |
La literatura y la oralitura suelen ilustrar la realidad de nuestras sociedades. He aquí un par de ejemplos, a propósito de lo ocurrido ayer en la primera votación para elegir al nuevo presidente de Colombia.
Un fragmento de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, en el que se relata el episodio de las primeras elecciones realizadas en Macondo, con el trasfondo de las confrontaciones del bipartidismo conservador y liberal en medio del cual se desenvolvió durante décadas la vida política nacional, incluyendo la crueldad de las guerras, la normalización de las trampas y la ruindad hacia los contradictores... Este domingo, aunque no se amañaron las papeletas en las urnas, Apolinar Moscote sí desgranó —cual verdades reveladas— toda clase de infundios y falacias para explicarle a Aureliano Buendía las diferencias entre bandos y así apuntalar como buena la más proterva novelería.
Un cuento popular de la serie de Tío Tigre y Tío Conejo, personajes clásicos de la oralitura colombiana y latinoamericana, nos relata la fabulesca elección de El rey de los animales, en la cual pretende el tigre emular y vencer al temido león. La astucia del tunante Tío Conejo, sus artimañas y su voto, terminarán definiendo la elección..., en contra de Tío Tigre.
Julio
César U. H.
El
Guarengue, junio 1° de 2026.
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1
Elecciones en Macondo
En
cierta ocasión, en vísperas de las elecciones, don Apolinar Moscote regresó de
uno de sus frecuentes viajes, preocupado por la situación política del país.
Los liberales estaban decididos a lanzarse a la guerra. Como Aureliano tenía en
esa época nociones muy confusas sobre las diferencias entre conservadores y
liberales, su suegro le daba lecciones esquemáticas. Los liberales, le decía,
eran masones; gente de mala índole, partidaria de ahorcar a los curas, de
implantar el matrimonio civil y el divorcio, de reconocer iguales derechos a
los hijos naturales que a los legítimos, y de despedazar al país en un sistema
federal que despojara de poderes a la autoridad suprema. Los conservadores, en
cambio, que habían recibido el poder directamente de Dios, propugnaban por la
estabilidad del orden público y la moral familiar; eran los defensores de la fe
de Cristo, del principio de autoridad, y no estaban dispuestos a permitir que
el país fuera descuartizado en entidades autónomas. Por sentimientos
humanitarios, Aureliano simpatizaba con la actitud liberal respecto de los
derechos de los hijos naturales, pero de todos modos no entendía cómo se
llegaba al extremo de hacer una guerra por cosas que no podían tocarse con las
manos. Le pareció una exageración que su suegro se hiciera enviar para las
elecciones seis soldados armados con fusiles, al mando de un sargento, en un
pueblo sin pasiones políticas. No sólo llegaron, sino que fueron de casa en
casa decomisando armas de cacería, machetes y hasta cuchillos de cocina, antes
de repartir entre los hombres mayores de veintiún años las papeletas azules con
los nombres de los candidatos conservadores, y las papeletas rojas con los
nombres de los candidatos liberales.
La
víspera de las elecciones el propio don Apolinar Moscote leyó un bando que
prohibía desde la medianoche del sábado, y por cuarenta y ocho horas, la venta
de bebidas alcohólicas y la reunión de más de tres personas que no fueran de la
misma familia. Las elecciones transcurrieron sin incidentes. Desde las ocho de
la mañana del domingo se instaló en la plaza la urna de madera custodiada por
los seis soldados. Se votó con entera libertad, como pudo comprobarlo el propio
Aureliano, que estuvo casi todo el día con su suegro vigilando que nadie votara
más de una vez. A las cuatro de la tarde, un repique de redoblante en la plaza
anunció el término de la jornada, y don Apolinar Moscote selló la urna con una
etiqueta cruzada con su firma. Esa noche, mientras jugaba dominó con Aureliano,
le ordenó al sargento romper la etiqueta para contar los votos. Había casi
tantas papeletas rojas como azules, pero el sargento sólo dejó diez rojas y
completó la diferencia con azules. Luego volvieron a sellar la urna con una
etiqueta nueva y al día siguiente a primera hora se la llevaron para la capital
de la provincia. «Los liberales irán a la guerra», dijo Aureliano. Don Apolinar
no desatendió sus fichas de dominó. «Si lo dices por los cambios de papeletas,
no irán -dijo-. Se dejan algunas rojas para que no haya reclamos.» Aureliano
comprendió las desventajas de la oposición. «Si yo fuera liberal —dijo— iría a
la guerra por esto de las papeletas.» Su suegro lo miró por encima del marco de
los anteojos. —Ay, Aurelito —dijo—, si tú fueras liberal, aunque fueras mi
yerno, no hubieras visto el cambio de las papeletas.
Lo
que en realidad causó indignación en el pueblo no fue el resultado de las
elecciones, sino el hecho de que los soldados no hubieran devuelto las armas.
Un grupo de mujeres habló con Aureliano para que consiguiera con su suegro la
restitución de los cuchillos de cocina. Don Apolinar Moscote le explicó, en
estricta reserva, que los soldados se habían llevado las armas decomisadas como
prueba de que los liberales se estaban preparando para la guerra. Lo alarmó el
cinismo de la declaración. No hizo ningún comentario, pero cierta noche en que
Gerineldo Márquez y Magnífico Visbal hablaban con otros amigos del incidente de
los cuchillos, le preguntaron si era liberal o conservador. Aureliano no
vaciló: —Si hay que ser algo, sería liberal —dijo—, porque los conservadores
son unos tramposos.
Cien años de soledad. Ed. Oveja Negra,
1984. Pp. 98-99
2
El Rey de los animales
Se reunieron los animales del monte para elegir rey. Ya hacía días que
el tigre y unos amigos venían diciendo que por qué gracia tenía que ser siempre
el león, y que quién lo había elegido. Ese día, los animales fueron llegando y
fueron diciendo por quién votaba cada uno. Ya por la tardecita, la votación
estaba empatada: la mitad por el tigre y la mitad por el león. Se pusieron a
ver qué animal faltaba por votar y el único era el conejo. Ahí mismito el tigre
se voló ligerito y se fue a buscarlo a la cueva, donde vivía. Cuando llegó, lo
encontró acostado.
—¿Qué le pasa, tío Conejo? ¿Cómo es que no ha venido a las elecciones,
como están de buenas?
—¡Qué va, tío Tigre! Yo lo que estoy es muriéndome. Con una tontina y un
desaliento…
—¡Eso no quiere decir nada! Camine en un momentico vamos a votar.
—Yo no voy, tío Tigre. ¿Meterme esa caminada ahora, con este desaliento?
El tigre se quedó como cavilando, y dijo:
—Si es eso, tío Conejo, camine yo lo llevo montado hasta allá.
El conejo decía que no, que estaba muy maluco, y el tigre insistía en
que fuera. Hasta que el conejo dijo:
—Bueno pues, tío Tigre. Yo sí voy, pero con una condición: que usted me
lleve montado y me vuelva a traer a la casa.
—Listos —contestó el tigre—. ¡Apure pues!
El conejo se metió otra vez a la cueva y al ratico fue saliendo dizque
de sombrero alón, de poncho y carriel, de zamarros y de botas. En la mano traía
una silla de vaquería.
—¿Y eso qué es? —dijo el tigre, abriendo tamañas pepas de ojos.
—¡Una silla!
—No, tío Conejo. ¡Ni riesgos! Yo no me dejo poner eso. Bien pueda monte
así no más. Pero silla, no.
—Está bien —dijo el conejo, haciendo cara como de conformidad—. Entonces
no voy. Si no he de ir bien sentado, bien cómodo, no voy—. Ya se iba a echar
para adentro otra vez, cuando el tigre dijo:
—Aguarde, tío Conejo. Camine, a ver... póngame esa silla pues...
El conejo se la puso, le apretó bien la cincha y se volvió a entrar a la
cueva.
El tigre se impacientaba, viendo que ya se hacía tarde. Cuando salió el
conejo con una jáquima y un freno.
—¡Freno sí no! —rugió el tigre—. ¡Freno sí no, hermano!
—¡Pero si yo no sé montar sin freno! —dijo el conejo.
—Freno sí no. Móntese así, que yo lo llevo con harto fundamento.
—No, tío Tigre. Yo sin freno no monto. Entonces dejemos así la cosa.
Preste a ver yo le quito la silla para que se vaya.
—Aguarde, tío Conejo. Vea… póngame pues el freno, pero con harta mañita,
que yo no soy una mula.
El conejo le puso la jáquima, le acomodó el freno y le apretó bien la
barbada. Después se volvió a meter a la cueva y salió de espuelas.
—¿Espuelas? ¿Espuelas a mí? —gemía el tigre—. Yo para qué necesito espuelas,
tío Conejo. Eso es un insulto, una humillación para mí.
—No se preocupe, tío Tigre, que si no las necesita, yo no se las rastrillo
tampoco. Pero, vea: si no quiere, no vamos… ¿oyó?
—No, no, no. No se demore más, tío Conejo, que nos va a coger la noche.
Con mucha parsimonia montó el conejo, se arrellanó bien en la silla,
templó las riendas y le rastrilló las espuelas al tigre. Éste pegó qué brinco y
salió corriendo a cuantas tenía. El conejo apenas templaba las patas en los
estribos de cobre y se agarraba bien el sombrero. El tigre corrió como un rayo
dejando atrás potreros, saltando vallados, trepando cuestas y bajando lomas,
como una exhalación.
A lo que llegaron donde estaban todos los animales, entró el conejo voleando
el sombrero y todos le gritaban que viva y se quedaron aterrados de verlo montado
en el tigre. El conejo se fue acercando, al trotecito, a la mesa donde estaban
los jurados: el oso, el armadillo y la tatabra. Todos se callaron, a ver por
quién iba a votar el conejo:
—Yo… voto para rey de los animales… ¡por el león! Porque lo que es al
tigre, lo dejo más bien para silla.
*Cuentos para contar. Cuentos populares colombianos. Primera
edición, abril 2011. 162 pp. Pág. 85-87. ISBN 978-958-98845-7-7.