lunes, 24 de junio de 2019


Recuerdos de La Troje
Miguel A. Caicedo, en octubre de 1986 (arriba izquierda)
y en sus épocas de Profesor de la Normal de Quibdó, en los años 50 del siglo pasado.
Fotos: Claudia Álvarez y Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó.

2019 es el año del Centenario del Natalicio del Poeta de la Chocoanidad, Miguel Antonio Caicedo Mena, quien nació en La Troje (corregimiento de Quibdó) el 30 de agosto de 1919 y falleció en Quibdó el 5 de abril de 1995. Como un homenaje a quien dedicó su vida a la educación y a la cultura chocoana y es el más insigne poeta costumbrista y folclórico del Chocó, El Guarengue ofrece una nueva entrega de su serie Un chocoano llamado Miguel. En esta ocasión, en su propia y memoriosa voz, el Maestro Caicedo nos lleva a La Troje de su infancia, su campesina infancia, en donde vivió y aprendió los rudimentos básicos de su ser chocoano.

Cuando yo era niño, recuerdo que allá en mi aldea, La Troje, donde nací, asistía a la escuela y, en las épocas en las que no había clase debía acompañar a mis padres a la mina. Claro que no trabajaba esforzadamente, sino porque podía prestar ayuda, la que puede prestar un niño en estos casos de laboreo de mina: traer un palo para hacer un horcón, ayudar a traer los madrinos, llevar una batea…, cualquier cosa de esas.

Pero, generalmente, yo dejaba estas labores y me iba con un primo a cazar. Tenía una cauchera para bajar palomas, perdices, pájaros. Generalmente nos íbamos los dos. O, cuando no, me iba solo por todos esos montes. Llevaba también mi vara de pescar. Porque las dos cosas en las cuales me entretenía eran, justamente, cazando aves o sacando peces. Y había bastante pescao en esas charquitas; de manera que yo me mantenía contento ahí, pescando y sacando sardinas y otros pescaos.

Uno se levantaba, desayunaba, hacía sus quehaceres y luego se disponía a ir a acompañar a los viejitos a la mina. Nos íbamos temprano toda la familia, porque esa era la costumbre: cuando no había clase, se iban todos, por no dejar a los niños en el pueblo, dedicados a la holgazanería. Ellos no permiten que uno esté de holgazán, porque siempre se han dejado llevar por eso de que “el vagabundo es el que aprende a brujo”; esto es, que una persona desocupada nunca hace cosas buenas, según ellos. Y creo que no están como muy equivocados.

Esa gente de aquella época por lo que más se preocupaba era por la formación integral de la persona y de hacerlo en forma correcta: sacar caballeros o personas de servicio que se enmarcaran bien dentro de la sociedad. Y la familia procuraba que no se dijera nada malo de ella o de algún pariente. Entonces, siempre estaban pendientes: “hombre, que tal cosa no es así, hágala por aquí, búsquele este lado, acomódese acá, eso no, esto sí”. Era, pues, ese cuidado para que el niño creciera educado, bien formado y dentro de un ambiente familiar sano y con una formación correcta. Toda la familia procuraba que no se dijera nada malo de ninguno de sus elementos. Entonces venía esa competencia social que se hacía con todo mundo: “fíjese en Fulano de Tal como vive, observe que la Familia Tal o la de Zutano esto…”. Entonces se establecía como esa especia de rivalidad; pero, por lo alto, ¿no? No había, pues, ofensas ni nada de eso de por medio, sino el estímulo de la una para la otra y cada quien quería hacerlo mejor que el que lo hacía bien.

De manera que, eso sí, en el pueblito… Imagínese que hasta hoy –será porque allá casi todos son familia- en La Troje nunca ha habido un servicio de policía. No se necesita, porque ellos sus cosas, todas, las arreglan entre sí. Son familiares o los unos intervienen para que todo pase bien y todo lo demás. Toda la vida, mire… Por eso es que el Doctor Diego Luis Córdoba también acostumbraba a decir que aquí en el Chocó todos eran sus parientes y a todos les decía “Familia”. Porque aquí, “si no es por lo Córdoba, es por lo Chalá”, como decía él.

Mira los Mena, por ejemplo. Vino aquí Juanico de Mena, que fue el gran precursor de esta familiaridad chocoana; se estableció en La Troje. Este pueblito mío antes se llamaba La Troja. Él le puso La Troja, porque lo tenía como almacenamiento de todo lo que producían sus minas. Él tenía unas minas en La Platina, otras en Serrana, por el lado de Guayabal, otras en Atrato abajo y acá por La Concepción también tenía. Luego, Juanico de Mena tuvo tres hijos: Nicomedes, Cirilo y Damián. El uno se fue para el San Juan, el otro se quedó acá en Atrato abajo y el otro por esos lados de allá. De manera que por donde usted se mete hay Menas. Y esos Menas, a su vez, se relacionaron con los Córdoba y los Rentería y los no sé qué más. De manera que, así como decimos aquí: por último, aunque sea un untadito tiene el uno del otro. Es una sola familia.

En esa época, uno se dejaba llevar y la experiencia que había adquirido el abuelito era la maestra suprema que uno tenía. Por eso es que se buscaba al abuelito. Por otra parte, había un fenómeno social, de la conducta social: cuando los hijos no eran de matrimonio y eran reconocidos, los que se encargaban de la crianza eran los abuelos, ¿sí ve? El tipo reconocía un muchacho y, en vez de ser como ahora, que la mamá lo lleva a un juzgado y luego le sacan una parte del sueldo para mantener al pelaíto, en ese tiempo, no; sino que, lejos de eso, la familia del padre tomaba al muchacho y lo llevaba a su casa. Allá, entonces, el abuelito era el que lo consentía, el abuelito era el que lo llamaba, el que lo vestía, etc. Entonces le tenían un cariño especial al abuelo, por el agradecimiento de haberlo recibido en su casa, por lo que le enseñaba y por todo lo que le daba.

La Troje, corregimiento del Municipio de Quibdó, en donde nació y creció el Poeta de la Chocoanidad, Miguel A. Caicedo. Foto: https://quibdoeducativa.files.wordpress.com/2012/06/sam_1171.jpg


Los domingos, que era cuando una podía quedarse allí, nos reuníamos los jóvenes en la plaza de La Troje, a jugar Canicas y Arroyuelo, otras clases de juegos populares, como La panda, La sortijita, La vieja con su violín, etc. Pero, siempre eran juegos tan sanos que los mayores solían detenerse a verlo jugar a uno y se divertían también. Hasta que lo llamaban a uno para un mandado, para hacer cualquier diligencia de la familia, ir a comprar algo… Pero, siempre, apenas era eso, la vida era común y corriente: levantarse, jugar, bañarse; porque, eso sí, como teníamos un río muy bonito, suavecito, ahí al lado, ¡chabán! ¡al agua! Y luego, cuando lo necesitaban a uno para algo, dejar lo que estaba haciendo…y…levantarse, jugar, comer, dormir, y ¡listo! Si había la oportunidad para un trabajo, pues uno lo hacía.

La formación familiar que le daban a uno se basaba en los refranes, sobre todo. En cada circunstancia que se presentaba, había una lección. Y los viejos, claro, como aprendieron de la naturaleza, en esa observación directa de los fenómenos de la vida y de la naturaleza, siempre tenían una cosa qué censurar o qué recomendar o qué aconsejar. Siempre. Las instrucciones, las reprimendas, las alabanzas mismas de las acciones diarias de los niños, consistían en la aplicación y explicación de un refrán. El proceso de formación de los hijos era una cosa por igual, allí intervenían todos, Inclusive, el padre se encargaba de los varoncitos y la madre de las mujercitas; pero, siempre había oportunidad para que tanto el uno como el otro intervinieran en la parcela del compañero.

En mi caso, cuando yo tenía un año murió mi mamá, no tuve oportunidad de conocerla, de hacerme bien a la imagen de cómo era ella. Pero, recuerdo qué sucedió el día en que ella murió y cuando ya estaba más grandecito, cuando ya sabía hablar, les conté exactamente todo lo que sucedió ese día y mi abuelito quedó supremamente sorprendido.

Después nos fuimos a la población de Cértegui, adonde mi abuelito se trasladó con toda su familia a dirigir las minas de un señor Jeremías Palacios. Cuando regresamos de allá, yo tenía doce o trece años, y también recuerdo mucho la gran hazaña de San Francisco de Asís aquí en Quibdó, en el incendio de 1931. Nosotros veníamos bajando por el río Quito y mi abuelito de pronto dijo: “hombre, eso es que hay mucha luz en Quibdó, parece que hay incendio, boguen ligero, a ver”. Y fue dele, dele, dele, dele, esos tipos al canalete y a la palanca. Y cuando llegamos aquí a la desembocadura, vimos que Quibdó estaba incendiado. Entonces la gente cogió a San Francisco de Asís y lo puso en la puerta de la Catedral y las llamas se detuvieron allí, hicieron un arco grande, así, vea, y ¡chubum!, al río, el agua las apagó. Yo vi eso desde allá de la Boca de Quito: la llama subió así, de raíz y todo, vea. ¿Ah? Se quedó el santo ahí, caliente y resquebrajao.

Entonces, cuando regresamos de allá, la gente creía que yo había nacido era en Cértegui. Todavía hay muchas personas que piensan así. Cuando llegué, mi abuelita paterna, Andrea Ibargüen, me dijo: “ay, mijo, gracias a Dios que me alcanzó usted viva, yo siempre tuve la preocupación de que usted no pudiera entrevistarse conmigo, yo tengo algo para usted, muy significativo”. Y, claro, yo, un muchacho de doce años, no entendía la cosa; pero, ella entró a su alcoba y me vino con un cuadro de la Virgen del Carmen, y me dijo: “este cuadro era de su mamá y lo he guardado siempre con la esperanza de que usted lo pudiera recibir”. Yo lo cogí y te digo que, en mi conciencia de niño, pensé que de ese momento en adelante esa idea iba a sustituir a mi mamá en la vida. Por eso es que yo siempre he sido muy prendido de la Virgen del Carmen, ¿ves? Y la gente ha creído que es para que me dé suerte; pero, está muy equivocada en eso: es para darle gracias por todos los favores que yo he recibido de ella.

Pues sí, y entonces yo les contaba, a mi abuelito y a los demás de la casa, que una muchacha morena clara se había encargado de mí ese día de la muerte de mi mamá; que venía conmigo en los brazos y lloraba allí frente al féretro. Luego me llevó para otra casa y me tuvieron todo el día alejado de allá. Yo no sé qué paso en la noche; pero, al día siguiente, sí me trajeron y -antes de cerrar el ataúd- ella estuvo conmigo frente a él. Yo alcancé a ver el rostro de mi mamá; pero, transformado ya por el rictus, ¿no? Y lo cerraron, ahora sí arrancaron, estuvieron en la iglesia y cuando salieron hacia el cementerio no me dejaron ir. La muchacha volvió conmigo a la casa, que quedaba allí donde ahora pudieron la Casa Cural. Pero, yo me encaramé casi al techo de la casa y por el medio de las soleras, esos palos cruzados en equis que casi siempre ponen al frente de las casas en el Chocó, vi exactamente dónde enterraron a mi mamá. Y, entonces, años después les dije: vean, mi mamá está enterrada en tal parte, ahí. Y ellos no recordaban bien y mi abuelito dijo: “sí, señor, ahí fue”. Y le dije: “vea, así derechito, donde estuvo ese palo de jaboncillo, ahí está enterrada mi mamá”. Y él se sorprendió mucho de eso.

Eso de los problemas en la familia siempre existen, ¿cierto? Pero, había familias que vivían muy armónicamente. Tanto, que le cuento esto: en La Troje, los matrimonios fundamentados comenzaron propiamente en la década de los 30; porque allí todos eran personas que se habían juntado a vivir sabroso y después de eso, cuando ya estaban los hijos para ser los padrinos de los padres, se celebraban los matrimonios. Yo me acuerdo. Muchos matrimonios fueron así. Ya los hijos tenían hijos. Ya eran abuelos, pues, cuando se casaban. Eso se debe a una costumbre muy antigua, que ya desapareció aquí; pero, sí la practicaron mucho: el congeneo. Las personas no creían necesario el matrimonio para juntarse, como decían. Se cogían, como era la palabra que usaban, y si se comprendían podían llevar una vida buena y entonces sí realizaban el matrimonio. De otra manera, pues partían cobijas y cada quien se iba por su punta.

lunes, 17 de junio de 2019


Un pueblo dispuesto a todo (II) 
Marco Tobías Cuesta Moreno y Carlos Ossa Escobar dirigieron la negociación entre el Gobierno Nacional y el Movimiento Cívico, que concluyó con la firma del Pacto Social entre Colombia y el Chocó, luego de cinco días de Paro Cívico. Ambos fallecieron recientemente.

Aquí está la segunda parte de la crónica sobre el Paro Cívico Departamental del Chocó de 1987, realizado entre el martes 26 y el sábado 30 de mayo, que es considerado uno de los de mayor trascendencia en la historia de la protesta social en el Chocó. Gracias al mismo existen el puente de Yuto, que mejoró el transporte entre Quibdó y la región del San Juan, el campus o ciudadela universitaria de la Universidad del Chocó y el edificio del SENA, en Quibdó; se completó y mejoró la interconexión eléctrica regional; se inició la construcción de un nuevo acueducto y la ampliación de redes de alcantarillado para Quibdó; se mejoró la planta telefónica de Quibdó, al punto que -por primera vez- la gente pudo acceder a teléfonos domiciliarios y estos dejaron de ser un lujo excluyente (en esos tiempos aún no había celulares y aún existía la empresa estatal Telecom); se acordó avanzar en la apertura de la carretera al mar Las Ánimas-Nuquí-Bahía Solano y otras vías del San Juan y del Darién Chocoano…, entre otras obras principales.

Multitudes de chocoanos marcharon a pleno sol o bajo el agua, durante cinco días, bajo la orientación de un Comité Central de Paro dirigido por el abogado Marco Tobías Cuesta Moreno, quien falleció hace poco menos de un año, el 1° de agosto de 2018. El negociador gubernamental fue el entonces Consejero Presidencial para la Paz, Carlos Ossa Escobar, un hombre amable, respetuoso y liberal, cuyo último cargo público fue el de Rector de la Universidad Distrital de Bogotá, y que falleció hace tres meses, en marzo de 2019.

Para la memoria, estimados lectores y amigos de El Guarengue. Esta crónica fue escrita a máquina el día 2 de junio de 1987.


Iban a ser las siete de la noche y la multitud seguía concentrada frente al edificio de Telecom. Adentro, los muchachos conversaban de cualquier cosa, planificaban acciones o se volaban de la toma, como lo hicieron dos muchachas y un muchacho a las pocas horas de haber comenzado la misma. Ellas adujeron razones familiares y él manifestó que se había ido porque tenía un compromiso con unos amigos de preparar juntos una comida casera o boda y que le pareció que se podía ir porque en la toma había personal suficiente. Hacia la media noche, para espantar el sueño, la mayor parte de los muchachos se dedicaron a reírse de la cara con la que dormían sus compañeros que a esa hora dormían. Afuera, en la Calle 25 con Carrera 3ª, los manifestantes habían sido dispersados por la Policía, desde faltando un cuarto para las ocho, a punta de gases lacrimógenos, por supuesto.

Hamlet
También esa noche hubo disturbios en algunos barrios de la ciudad, carros quemados, vidrios rotos, gritos, miedo, tensión, enojo, exasperación. La mamá de una muchacha de escasos veinte años que formaba parte del grupo de universitarios que pernoctaban en Telecom regresó llorando a su casa ante la imposibilidad de hacerle llegar ropa limpia a su hija, diciendo que no entendía cómo esta niña se había ido a meter en algo tan peligroso. Su niña, entre tanto, cenó con arroz blanco, galletas y Fresco Royal, además de las cantidades industriales de tinto con las que fueron surtidos para que pudieran pasar la noche en vela, como efectivamente la pasaron casi todos los miembros de la familia universitaria. A las cinco de la madrugada, para evitar el sueño que ya casi los vencía, los muchachos se bañaron y se sentaron a charlar sobre cuánto tiempo iban a permanecer dentro del edificio de Telecom. Unos propusieron que fuera hasta el momento en el que se lograra un acuerdo con el gobierno. Otros dijeron que había que sostener la promesa de salir en cuanto llegara la comisión del gobierno. Otros se quedaron callados: la procesión iba por dentro. Más o menos a las nueve de la mañana, desayunaron plátano, queso, arepa y café. Llamaron a lista y descubrieron que faltaba más gente; varios más habían desistido de la toma.

Hamlet Bechara Cuesta, asesinado por una
bala policial durante el Paro Cívico de 1987.
Mientras ellos desayunaban, un helicóptero aterrizó en el helipuerto del Banco de la República. Las emisoras no supieron quién lo ocupaba. Nadie lo supo hasta el mediodía. El Viceministro de Obras Públicas, Ernesto Velásquez, y el Consejero Presidencial para la Paz, Carlos Ossa Escobar, fueron conducidos directamente a la Gobernación del Chocó, donde se sentaron a dialogar durante toda la tarde de ese viernes con los delegados del Comité Cívico. Entonces, los muchachos fueron saliendo de Telecom hacia la Universidad. Todos no llegaron a almorzar allí, muchos se perdieron entre la muchedumbre con rumbo hacia sus casas, a contarlo todo y a diluir su miedo en el sabor de la comida de su mamá.

Hacia las diez de la mañana, después de la llegada del helicóptero, la Policía Nacional y la Policía Militar cerraron las principales calles y vías de Quibdó, y no permitían el paso a nadie. Esto provocó la furia de un poco más de dos centenares de hombres, mujeres, niñas y niños a los que se les obligó a cambiar la ruta de su marcha, desviándolos hacia el barrio Pandeyuca, donde se armó una gresca que Quibdó no va a olvidar jamás, pues en poco menos de una hora había cinco heridos y el joven Hamlet Bechara Cuesta había caído víctima de una bala que salió del revólver de un policía, cuyo nombre a las pocas horas estaba escrito en muros y paredes de las calles del centro de la ciudad. La noticia de su muerte solamente se supo al atardecer, cuando una muchedumbre delirante y adolorida gritó con todas sus fuerzas clamando justicia y castigo para el asesino de Hamlet, en el Parque Centenario, y elevando a la categoría de mártir suyo a este muchacho de 24 años, hijo de un reconocido arquitecto y de mamá fallecida. La tristeza se apoderó de todo el mundo, reemplazando a la rabia. Espontáneamente, apareció una bandera amarilla, verde y gris, la bandera del Chocó, para cubrir el ataúd del joven Bechara.

Unas cuantas motobombas y un poco de cloro
Con las primeras sombras, sin siquiera mirar qué tan hermoso o colorido estaba este día el atardecer, la gente se fue para su casa a descansar un poco, a pasar el mal rato, a comer algo, a ver qué decían en la televisión.

Los telenoticieros de las siete de la noche informaron que el Presidente Virgilio Barco Vargas había dicho que, si el problema del paro en Quibdó era por agua potable, por qué no sacaban agua del río con unas motobombas y la purificaban con cloro, ya que las aguas de los ríos de por acá eran tan puras que bastaba un mínimo tratamiento. Un hombre que, en trance de campaña política, había sido declarado hijo adoptivo del Chocó acababa de convertirse en un hijo mezquino e irrespetuoso; pues no solamente caricaturizaba las razones, exigencias y reivindicaciones del paro, sino que pasaba por alto la creciente contaminación del río Atrato a su paso por Quibdó, lo antitécnica e insuficiente que es la red de acueducto y alcantarillado de la ciudad, y otras cuantas cosas más que a cualquiera se le hacía raro que todo un Presidente de la República, que además era ingeniero civil, no tuviera en cuenta a la hora de salir con tamaña ligereza.

Esa noche fue levantado el toque de queda, con lo cual se logró evitar los disturbios o, por lo menos, disminuirlos. La Comisión de Paro obtuvo del gobierno la promesa de acuartelar a la Policía el sábado, durante las honras fúnebres y el sepelio de Hamlet, ya que estaba plenamente comprobado -luego de 100 horas de Paro Cívico- que la presencia de los uniformados exaltaba los ánimos de los manifestantes y terminaba convirtiéndose en la causa principal de enfrentamiento, puesto que el pueblo se sentía provocado y agredido. Los vidrios de los edificios de la Caja Agraria, el Palacio de Justicia, el Banco Popular, Telecom, la Gobernación y otros locales oficiales y comerciales habían sido el blanco de las piedras de la multitud. Durante esos días, las calles amanecían convertidas en playas o en basureros; las barricadas y los grafitis daban a Quibdó un aspecto de ciudad sitiada o tomada.

La Comisión de Negociación estuvo reunida hasta la madrugada del sábado 30 de mayo, ajena a los hechos de la calle, informada de los sucesos por los oficiales de la Policía. La gente seguía pidiendo a gritos, en conversaciones familiares, en barras de amigos, y hasta telepáticamente, la renuncia de la Gobernadora del Departamento y de su gabinete en pleno, por supuesto.

Los delegados del Gobierno Nacional visitan a Pablo Lincoln Mosquera, quien protagonizó una Huelga de hambre durante los días que duró el Paro Cívico del Chocó, en mayo de 1987.

“Ossa llegó y el pueblo negoció”
La primera labor de la multitud de manifestantes, el sábado en la mañana, fue salir a gritar los reclamos y las consignas, para recordarle a los comerciantes mal informados que el Paro Cívico Departamental no había finalizado. El número de asistentes a esta marcha fue el más pobre de todo el paro; pero, se logró el objetivo de mantener paralizadas las rutinas comerciales del sábado, que es el día de mercado en Quibdó. La mañana transcurrió en un Parque Centenario semivacío, donde las consignas se repetían con menos ímpetus que los días anteriores: mucha tristeza y algo de desolación embargaba a los presentes.

En la tarde, sí, la cosa fue a otro precio. Mucha gente se había quedado en sus casas durante la mañana, como una manera de recuperar ánimos y de tomar impulso para asistir al sepelio más concurrido y doloroso de toda la historia de Quibdó, todo un acontecimiento para la historia de un pueblo poco acostumbrado a la violencia. En el cortejo fúnebre marchaban unas ocho mil personas, pañuelo en mano, sudando de calor y de dolor, exigiendo justicia, dando un adiós lastimero y sentido a quien pagó la cuota de martirio que, al parecer, se requiere a los pueblos a cambio de sus derechos y de su progreso. Fue una muerte injusta, sin lugar a dudas. Los asistentes al sepelio, literal río humano de corriente cadenciosa recorriendo cuadras y cuadras del centro de Quibdó, comentaban sobre el futuro que tendría la investigación prometida por las autoridades departamentales y nacionales, “exhaustiva y rigurosa, hasta las últimas consecuencias”, si en este caso todo el mundo sabía, y hasta escrito en las paredes estaba, quién le había disparado a Hamlet.

Hamlet quedó en su tumba, allá en el Cementerio San José de Quibdó, cuando empezaba a morir con él este triste día. La compañía del pueblo llegaba hasta allí, porque en su nombre la lucha iba a continuar. La cita era nuevamente en el Parque Centenario, adonde la gente fue llegando poco a poco hasta colmarlo nuevamente, a la espera del acuerdo que, según decían, ya se había logrado.

El atardecer fue tan bello como siempre en Quibdó. Los destellos del sol, atravesando las nubes y reflejados por ellas, colorearon el monte y el cielo al otro lado del río, en esa orilla semipoblada de Quibdó a la que llamamos Barrio Bahía Solano, pues dicen que si uno se va derecho por entre el monte alcanza a llegar hasta allá y que si uno se trepa en una palma de coco o en un palo de cedro bien alto alcanza a ver desde allí la majestad oceánica del Pacífico chocoano. Pero, el crepúsculo no llegó a su culmen, no alcanzó su plenitud, no se desintegró lentamente sobre la oscuridad del cielo quibdoseño y sobre la aparente mansedumbre de la corriente inmensa del Atrato. Docenas de truenos lo espantaron y avisaron, con rayos aquí y allá, la llegada de aquel aguacero diluvial, monumental, bajo el cual concluiría con la mayor cantidad de dignidad posible esta gesta inolvidable.

Algunos coordinadores del Paro quemaban tiempo en la tribuna, para conseguir que el pueblo permaneciera en el parque hasta que llegara la Comisión Negociadora, que traería el texto del acuerdo firmado. Mucha gente no aguantó el tren de la espera y se fue para su casa, ignorando que se iban a perder uno de los acontecimientos más sobresalientes de la historia regional, un acontecimiento que –realmente, tal como suena- cambiará la vida del Chocó, por lo menos de Quibdó, marcando –realmente y tal como suena- un antes y un después en esta historia. Hacia las siete y media de la noche, el aguacero se largó sobre el parque. Las sombrillas que había y los oídos de todos los presentes se abrieron de inmediato. El texto del acuerdo había llegado. La lectura comenzó con un discurso introductorio y con un testimonio de Kunta Kinte, uno de los líderes más populares y reconocidos del Paro, un tipo echado pa’lante, que vende revistas, libros y periódicos en una caseta, ahí mismo en el Parque Centenario.

Cada punto del acuerdo leído por Flavio Mosquera con voz emocionada era vitoreado por las mil quinientas personas que celebrábamos bajo la lluvia el resultado de un esfuerzo conjunto de 120 horas de protesta. Cada mención del nombre o del cargo de la Gobernadora del Departamento interrumpía y atrasaba la lectura, pues el grito masivo pidiendo su renuncia no se hacía esperar, incontenible y espontáneo, desde el alma de la muchedumbre.

Cuando faltaba un poco para que la lectura llegara a la mitad del documento, llegó al parque nada menos que Carlos Ossa Escobar, acompañado de los demás integrantes del Comité Central del Paro Cívico, que se habían quedado en la Gobernación después de terminar con las firmas y los saludos de mutua satisfacción. La voz de la multitud no se hizo esperar e interrumpió la lectura del acuerdo para brindar al Consejero Presidencial el homenaje más grande que, con seguridad, haya recibido en su vida. Un aplauso de varios minutos, su primer apellido gritado en coro por más de mil gargantas, los brazos de todos estirándose para saludarlo y pedirle que hablara, fueron el testimonio humilde y valiente de la gratitud de un pueblo que sabe reconocer a quien le sirve; así en este caso fuera el enviado del Presidente, el representante del Gobierno Nacional, contra el cual se estaba protestando desde hacía más de 100 horas.

Ossa manifestó que hablaría cuando se acabara de leer el acuerdo. Empapada por el voluminoso rigor de la lluvia imparable, la gente ya había prescindido de las sombrillas y paraguas, que a esas alturas resultaban inútiles para protegerse de los chorros de agua que caían del cielo. Una vez finalizada la lectura, luego del estallido de alegría más grande del que se tenga noticia en Quibdó, el Consejero Presidencial se dirigió al pueblo chocoano y prometió que se cumpliría hasta la última coma del acuerdo. “¡Ossa llegó y todo se arregló!”, coreaba el gentío con el agua chorreando por todo su cuerpo, desde su cara hasta sus pies, ahí en el Parque Centenario, donde todo había comenzado hace cinco días, donde ahora se celebraba la concreción y firma de aquel documento, titulado Pacto Social entre Colombia y el Chocó, como si se estuviera suscribiendo una constitución o un acta de independencia.

Los miembros del Comité Cívico, y entre ellos Ossa, se bajaron de la tarima. La masa feliz los fue empujando a marchar hacia las calles, coreando esta vez: “¡Ossa llegó y el pueblo negoció!” y gritando sin cesar el apellido del Consejero. Comenzaba así un desfile de celebración por las calles inundadas de Quibdó, que se convierten en lagos, lagunas y ciénagas cada vez que llueve, es decir, más de 200 días al año. Carlos Ossa Escobar fue llevado por la gente a recorrer las principales calles de la ciudad, bajo el diluvio y caminando por entre los charcos. Le dieron a beber de una botella de aguardiente Platino y, lo mejor de lo mejor: lo hicieron pasar por la inmensa poza de la Alameda Reyes con Carrera Tercera, donde las aguas residuales del pésimo alcantarillado del centro de la ciudad se juntan con los riachuelos procedentes de todos los lados hasta que la inundación alcanza una altura de casi las rodillas de un adulto cuando lo atraviesa a pie.

Original  de la crónica escrita a máquina el 2 de junio de 1987.
La multitud alegre y dicharachera, eufórica por los favorables contenidos del acuerdo, condujo paso a paso a Ossa Escobar, hasta plantarlo justo en todo el centro de aquella encharcazón, y desde allí le gritó al Presidente Virgilio Barco que mandara pues el cloro para purificar la inmundicia por la que su delegado estaba transitando ahora mismo, a las 8:45 minutos de la noche, mojándose en un aguacero tan fuerte como nunca lo había visto ni sentido en su vida y chapuceando en esas aguas residuales como jamás volvería a hacerlo. Así se cobró la gente la ligereza del comentario presidencial sobre el cloro para purificar las aguas de Quibdó, mediante este pequeño desquite popular contra el gobierno, que Ossa contaría con detalles en Bogotá hasta lograr que allá vieran la gravedad de la situación.

A las 9 de la noche, un gentío cinco o seis veces más grande que al principio marchaba mojado hasta el alma, feliz y dichoso porque el pueblo había logrado en 120 horas lo que sus dirigentes no habían alcanzado en 40 años de vida departamental estable. Unas cuantas botellas de Platino fueron destapadas esa noche, cuando finalizó la marcha, cuando la jornada –como el aguacero- llegó a su fin. Era sábado, 30 de mayo de 1987.


Quibdó, Chocó, 2 de junio de 1987
A Marco Tobías y a Hamlet.

lunes, 10 de junio de 2019


Un pueblo dispuesto a todo (I)
Líderes del Paro Cívico del Chocó realizado en mayo de 1987. Al centro, envuelto en la bandera del Chocó, Marco Tobías Cuesta, quien dirigió el Comité Central de Paro. A la izquierda, el famoso líder Kunta Kinte. Detrás se ve al poeta Oscar Maturana y a la derecha al líder de la entonces llamada Orewa, Alberto Áchito. Foto: https://www.elcampesino.co/fallece-marco-cuesta-lider-civico-del-departamento-de-choco/

Entre el martes 26 y el sábado 30 de mayo de 1987, hace 32 años, se llevó a cabo uno de los paros cívicos departamentales de mayor trascendencia en la historia de la protesta social en el Chocó: “…el Chocó languidecía en la desesperanza y el retroceso, bajo el yugo del gobierno gris de Virgilio Barco y de una sumisa dirigencia política regional, solo preocupada por sus pequeños intereses personales. Crecía la distancia del Chocó frente al resto del país en todos los órdenes. No existía un metro de vía pavimentada y viajar entre Quibdó e Istmina era un suplicio, por la demora con el viejo ferry en el cruce del río Atrato en Yuto y los avatares propios de una carretera destapada. La Universidad Tecnológica caminaba en medio de muchas dificultades presupuestales y locativas. La vía al mar, el viejo anhelo de avanzar en la integración del Chocó, estaba paralizada y solo se había construido el pequeño tramo Ánimas-Puerto Nuevo. Hablar por teléfono era un privilegio y no era posible llegar en carro a Condoto por falta del puente[1].

La crónica cuya primera parte ofrecemos hoy, y la segunda la próxima semana, fue escrita a máquina el día 2 de junio de 1987, después de una semana de vivir el paro desde adentro, como uno más de los cientos de manifestantes que, día tras día, nos reunimos en el Parque Centenario y recorrimos las calles de Quibdó gritando consignas y reclamos, bajo la orientación del Comité Central de Paro, dirigido por el abogado Marco Tobías Cuesta Moreno, quien falleció hace poco menos de un año, el 1° de agosto de 2018.

Hagamos, pues, memoria, estimados lectores y amigos de El Guarengue.


El 26 de mayo de 1987, a las cuatro y treinta y cinco minutos de la tarde, todo quibdoseño que se respetara se sintió con derecho adquirido para hablar mal de la Gobernadora del Chocó. La mandataria, hija de un comerciante costeño que se radicó en Quibdó hace tantos años que los que podrían recordar cuándo fue se han ido muriendo, había dicho a una cadena radial que el Paro Cívico Departamental transcurría normalmente y que más bien tenía algo de folclórico, como un carnaval. “¡La Gobernadora no entendió nuestro reclamar y lo confundió con un carnaval!”, fue el nuevo grito, espontáneo y sonoro, aunque algo cojo de métrica, que los manifestantes añadieron a las decenas que, a modo de consignas o reclamos, se profirieron durante cinco días continuos en la capital del único departamento que tiene costas en los dos océanos; pero, no cuenta con una sola carretera decente ni con servicio de telefonía regular.

A esa hora se produjo la primera pedrea del Paro. Durante algo más de dos horas, cientos de manifestantes airados que se concentraron en el Parque Manuel Mosquera Garcés, a todo el frente del deteriorado edificio de la Gobernación, intercambiaron piedras por gases lacrimógenos con la Policía. Los líderes del movimiento pedían calma. Pero, la masa había sido herida en su dignidad y en su orgullo, pues aparte de haber dicho lo que dijo, la Gobernadora se había negado a dar la cara a la multitud que reclamaba su presencia en el improvisado palco del Hotel Citará o en un balcón cualquiera de la Gobernación. Así las cosas, a la gente –quisiera o no- le tocó incorporarse a lo que parecía un juego: correr desesperadamente ante el avance de la fuerza pública durante cinco o diez minutos, para luego reunirse nuevamente en el parque y volver a correr en cuanto los de las primeras filas lanzaban piedras nuevamente contra lo que el grito colectivo llamaba “La cueva de Eva” y de la cual se le pedía a la Gobernadora que saliera: “¡Eva, Eva, Eva, que salga de su cueva!”.

Correrle a la Policía no era algo común para los quibdoseños hasta esa tarde gris de martes. Por eso, quizás, se vio lo que se vio: todos corríamos riéndonos, comentando la causa de la carrera, ignorando las primeras tres veces por qué lo estábamos haciendo e inconscientes del peligro de una encerrona policial que nos hubiera hecho llorar por obra y gracia de esos pequeños cilindros metálicos repletos de un gas parecido al humo del incendio que devastó a Quibdó en 1966. Dicha inexperiencia en este tipo de incidentes llevó a la mayoría de los manifestantes a decidir que su casa era el mejor sitio para irse. Eran casi las siete de la noche y era seguro que los noticieros de esa hora nos brindarían la oportunidad de ver a nuestra capital en la pantalla mágica de la televisión. Y así fue. Sin embargo, la impotencia y el enardecimiento ocuparon las almas de los quibdoseños simultáneamente con el final de los noticieros, ya que un decreto de la Alcaldía ordenaba Toque de queda a partir de las ocho de la noche y reconfirmaba la Ley seca, vigente desde las doce de la noche del lunes.

El Paro Cívico del Chocó realizado entre el 26 y el 30 de agosto de 1987 se caracterizó por la amplia participación
de la ciudadanía, que demostró su apoyo al movimiento de múltiples maneras.
Foto: Cortesía Gonzalo Díaz Cañadas, Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó.

Ahí fue Troya. Sin que nadie diera la orden expresa, cada quibdoseño sintió que era su deber desobedecer la orden del Alcalde. Un centenar de desobedientes tuvo que amanecer en los calabozos del F-2, asustados y hambrientos, maltratados y somnolientos; pero, orgullosos de su acción de apoyo al Paro Cívico, cuyos dirigentes madrugaron a negociar con el Alcalde, Esteban García, la libertad de los retenidos. La Gobernadora, Eva Álvarez de Collazos, consideró que una medida adecuada era pedir refuerzos de la Pe Eme, Policía Militar, a la IV Brigada del Ejército, con sede en Medellín.

"¡Ni por el más, ni por el menos…Ni por el putas retrocedemos!"
El atrio de la Catedral de Quibdó, situado en el costado norte del Parque Centenario, amaneció convertido en tribuna pública y permanente del Paro Cívico. Desde allí se daría la batalla verbal al gobierno, pues, como lo decía la consigna que con toda el alma vociferaban los manifestantes: “¡Si no se negocia el memorando, seguiremos peleando!”. A diferencia del martes, que había amanecido lúgubre y lluvioso, este era un día de sol bien chocoano.

En el costado sur del Parque Centenario, donde se erige amarillo y con su helipuerto el nuevo edificio del Banco de la República, Pablo Lincoln Mosquera iba a completar sus primeras doce horas en huelga de hambre, como su forma personal de protesta contra el Estado colombiano. Dos viejos se percataron de la presencia del hambriento voluntario cuando un corrillo de curiosos rodeó al camarógrafo y al auxiliar del Noticiero Nacional, quienes se acercaron a grabar a Mosquera. El viejo más viejo preguntó que qué pasaba ahí, levantando la voz más de lo acostumbrado, debido al estrépito de los altoparlantes que amplificaban la voz de los oradores y arengadores de la tribuna de la Catedral. El viejo menos viejo le contestó que, según había oído, dizque era un paisa que se estaba muriendo de hambre ahí en las escalas del andén del banco. El primero, utilizando la mayor parte de su sentido común, opinó que le debían dar entre todos alguna cosita, plata o comida, para que solucionara su problema. Alguien les explicó que ni era paisa ni se estaba muriendo de hambre. Pero, el viejo más viejo no se quiso quedar callado y dejó clara su posición frente a la forma de protesta escogida por Mosquera: “Ese sí es babosidá ponerse a llevar hambre por el propio gusto”, dijo con expresión de incredulidad en su rostro apergaminado e invitó al viejo menos viejo a que se fueran de ahí porque ya iban a ser las doce y la cuarta marcha del pueblo por las calles no comenzaría hasta las cuatro de la tarde; de modo que tenían tiempo de ir a buscar lo suyo en materia de almuerzo.

Oyendo las incidencias del Paro Cívico a través de La Voz del Chocó o de Ecos del Atrato, participando en las marchas sin el menor asomo de cansancio, gracias a las condiciones que dan décadas de entrenamiento en procesiones de San Pacho cada 4 de octubre, los quibdoseños estaban decididos a no dar un paso atrás, “¡ni siquiera para tomar impulso!”, hasta que el Gobierno Nacional enviara una comisión negociadora; pero, no cualquier comisión. En ella debía venir el Consejero Presidencial Carlos Ossa Escobar, ya que por un razonamiento rebosante de lógica todos creíamos firmemente que el Departamento del Chocó entero era más importante que el Municipio de Remedios, en Antioquia, donde al primer día de paro ya había llegado Ossa.

A la una y cincuenta minutos de la tarde de ese miércoles 27 de mayo de 1987, el ruido de un avión que hacía cuarenta y cinco horas y diez minutos no era percibido por los oídos de la gente en Quibdó, interrumpió la siesta de muchos, que se recuperaban para regresar a la concentración del Parque Centenario. Las dos emisoras radiales especulaban sobre los ocupantes del avión. Un locutor de Ecos del Atrato dijo que se trataba de un Hércules. Otro lo corrigió, al aire, explicándole, con la mirada fija en el cielo, que se trataba, sin lugar a dudas, de un Focker, igualito al que los había transportado hacia Tumaco cuando los III Juegos Deportivos del Litoral Pacífico. Por fin se aclaró el misterio. No era la comisión de negociación la que ocupaba la aeronave. Eran los casi 200 hombres de la Policía Militar que la Gobernadora había solicitado a la IV Brigada del Ejército.

Primera y última páginas de la crónica original, escrita en una 
máquina de escribir mecánica, marca Remington, 
en Quibdó, el 2 de junio de 1987. Foto: JCUH.
Inmediatamente, en las casas, la gente se fue cepillando los dientes a la carrera para salir al parque a ver qué iba a pasar, pues nadie estaba dispuesto a perderse nada. El Comité Central de Paro pidió a la Gobernadora que acuartelara a los recién llegados en el aeropuerto, con el fin de evitar disturbios, teniendo en cuenta que ya un grupo de jóvenes del Barrio Julio Figueroa Villa y de la Loma de San Judas habían estado a punto de hacerse bombardear con gas lacrimógeno por la tropa. Finalmente, y hasta el primer lunes de junio, los policías militares recibieron como sede una concentración de escuelas que aquí conocemos como el Barrio Escolar, en una de las cuales estudió el llamado Padre del Departamento, Diego Luis Córdoba Pino, un hijo de mineros de Neguá que se hizo oír más de una vez en el Congreso de Colombia y de cuya cosecha verbal la colectividad chocoana guarda en lo más lúcido de su memoria la respuesta que cuentan que dio cuando alguien, a su entrada al recinto, dijo: “Se oscureció el Senado”. “Pero, se iluminaron las inteligencias”, dicen que le contestó Diego Luis.


La toma de Telecom
La noche del miércoles, hubo incendio de carros oficiales, violaciones de domicilio por parte de policías buscando a manifestantes incendiarios escondidos, pedreas y gases lacrimógenos, gritos e insultos renovados contra la Gobernadora, desconcierto por la tozudez del gobierno nacional, desobediencia masiva al toque de queda, miedo, opiniones acerca de lo que pasaría al otro día, audiencias cautivas frente a las pantallas de los telenoticieros, una tensa calma –como dicen los periodistas.

A cinco muchachas del sector del Polvorín, en el Barrio Alameda Reyes, se les metió la policía a la casa, luego de forzar la puerta de entrada. Andaban buscando a los muchachos que habían quemado el equipo de oficina y unos archivos de la Inspección Permanente Central de Quibdó, que funciona en una casa alquilada. La casa se salvó de ser quemada porque los muchachos tuvieron el tiempo suficiente para pensar que esa casa no era propiedad del gobierno, que era de una chocoana, que si la quemaban se producía un incendio en el barrio y que eso sí estaría muy mal y sería muy grave. Por eso, optaron por desocupar la oficina y prenderle fuego a todo ahí al frente de la Cárcel del Distrito Judicial de Quibdó, Anayansi, donde los reclusos dormían hacinados y en medio de la pestilencia característica del lugar, haciendo cábalas sobre lo que estaba ocurriendo afuera.

El jueves, Quibdó amaneció caluroso. Las calles más y más sucias, gracias a que brigadas de muchachos recolectaban botellas de todos los tamaños y colores, en las casas de los vecindarios y las estrellaban contra el piso, con el fin de reforzar las barricadas construidas con postes abandonados de transmisión de energía eléctrica, con vallas, con palos, con piedras y ladrillos, con cuanta cosa encontraran en los alrededores de los barrios, en sus propias casas y en las de los vecinos, y en su imaginación de neófitos de la anarquía y la protesta. La misión común era demostrar de cualquier manera el apoyo al Paro Cívico y la decisión de boicotear todo hasta que cesaran las causas del movimiento. Pablo Mosquera continuaba en su huelga de hambre, recibiendo dextrosa por vía intravenosa.

A las ocho y media de la mañana, ya el Parque Centenario estaba repleto. En pocos minutos arrancó la primera marcha del día. Las gargantas estaban incólumes. Por las ventanas de la Universidad Tecnológica del Chocó se seguía repartiendo, a todo el mundo, gaseosas y galletas. Los almacenes y tiendas continuaban cerrados. Los vendedores ambulantes seguían haciendo su agosto, como lo habían hecho desde el miércoles, cuando el Comité de Paro permitió que el primer vendedor de paletas hiciera en el parque la mejor venta de su vida. “Si es así, que continúe el paro”, dijo el paletero, feliz por el insólito volumen de ventas que había alcanzado en dos días, que calculó en cinco veces más lo que habría vendido en los alrededores del Barrio Escolar un lunes a las doce del mediodía.

El almuerzo de ese jueves fue menos completo en todas las casas del centro de Quibdó, pues no había donde aprovisionarse y las reservas de mercado se agotaban. En los barrios periféricos seguía siendo más o menos normal, porque los tenderos por esos lados seguían fiando, vendiendo, abriendo sus tiendas cuando se les pedía que las abrieran; aunque su buena voluntad no les alcanzó para evitar que se les acabara el surtido de pollo, huevos, legumbres, papas y plátanos. De modo que la gente empezó a recurrir al atún y a las sardinas enlatadas, a partir de ese día, pues hasta el queso, alma y nervio de desayunos, almuerzos y cenas, se había agotado en todo el pueblo. Algunos habitantes de Quibdó, especialmente ancianos y foráneos, empezaron a denigrar del paro y a rogar que no se prolongara. Mientras tanto, en Tutunendo, corregimiento situado a media hora de la ciudad, por la trocha hacia Antioquia, los camioneros y demás choferes invertían su tiempo en charlas de choferes, en baños en el hermoso y cristalino río, y en una que otra botella de Aguardiente Platino, cuando les era posible beberlo a hurtadillas. Un camionero se vio obligado a deshacerse de su carga de pollos procesados, pues el olor ya se hacía insoportable tanto para él como para sus colegas y para los tutunendeños, que les servían como anfitriones.

A las dos y media de la tarde, un estudiante de Obras Civiles de la Universidad Tecnológica del Chocó recorrió el Parque Centenario y sus alrededores buscando reunir a la “Familia universitaria”, según lo pregonaba a través de uno de los tantos megáfonos que aparecieron como de la nada durante todos los días que duró el Paro Cívico. Media hora más tarde, esta vez por los altoparlantes de la tribuna de la Catedral, uno de los coordinadores del movimiento informaba a la muchedumbre que “los compañeros de la Universidad se acaban de tomar las instalaciones de Telecom” y que no iban a salir de allí hasta que el delegado presidencial no se hiciera presente en Quibdó. Un centenar de jóvenes, entre los cuales había un alto número de mujeres y un mudo que se coló poco tiempo después, pusieron en jaque las comunicaciones en Quibdó, a partir de ese momento.

Las marchas diarias del Paro Cívico del Chocó, entre el 26 y el 30 de agosto de 1987, fueron suficientemente concurridas
como para demostrarle al Gobierno Nacional que el movimiento iba en serio y que este era un pueblo dispuesto a todo 
por la garantía de sus derechos. Foto: Cortesía Gonzalo Díaz Cañadas, Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó.

Los manifestantes del parque se dirigieron entonces a Telecom, que queda a dos cuadras, y allí gritaron su solidaridad y apoyo a la acción, vigilados por un montón de policías, provistos, como durante los cinco días del paro, de escudos, cascos, bolillos y gas lacrimógeno, ya que no podían portar armas, en virtud de un acuerdo logrado entre el Comité Cívico y la Gobernadora y el Comandante de Policía.


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La próxima semana

Un pueblo dispuesto a todo (II): 
➧Hamlet 
➧"Ossa llegó y el pueblo negoció".




[1] Chocó 7 días. Edición N° 1218. Quibdó, mayo 31 a junio 6 de 2019. Editorial: El paro cívico de 1987. En: http://www.choco7dias.com/1218/editorial.html

lunes, 3 de junio de 2019


Cuando estudiar era un lujo
Miguel A. Caicedo, Quibdó, octubre 1986. Reproducción de una foto de Claudia Lucía Álvarez 
publicada en el libro de Julio César U. H. ¿Qué es ser chocoano? Biografía cultural de Miguel A. Caicedo.

Continuamos con la serie Un chocoano llamado Miguel, en homenaje al Maestro Miguel A. Caicedo, el más grande poeta costumbrista y folclórico del Chocó, y uno de los más grandes educadores e intelectuales de la región; de cuyo natalicio se cumplen 100 años el 30 de agosto de 2019. En esta oportunidad les ofrecemos un testimonio del propio Maestro acerca de cómo funcionaba la Educación en el Chocó por los tiempos en los que él tuvo acceso a ella.

Yo había hecho en La Troje primero y segundo de Escuela; pero, en una forma tan tenaz, porque como a mí me criaron mis abuelos… Como le decía, cuando murió mi mamá, entonces mis abuelitos me reclamaron, mi papá me dejó allá con ellos. Pero, generalmente, la gente nuestra pensaba más en su mina que en cuestión de doctor, ¿ve? A ellos les interesaba era el laboreo de sus minas y sus platanitos sembraos, sus otras cositas ahí; pero, jamás, nunca, se pusieron a imaginar el… ¿qué te dijera yo?... el inculcar la importancia familiar por medio del estudio.

Cuando ya resolvían enviarlo a uno a la escuela era cuando uno reclamaba, que llegaba el mismo muchacho y tenía conciencia de que eso era una vía muy conveniente, la de su superación. Entonces comenzaba a bregar y, con mucho obstáculo, a los catorce años de edad lo hacían venir a uno a estudiar. Cuando vine a la Escuela Modelo, de Quibdó, yo tenía catorce años; pero, aquí hay personas que comenzaron a los diecinueve.

En todo caso, sobre eso no había mucho problema. Y eso se debía justamente a una costumbre de ellos. Porque, hasta antes de 1930, aquí en el Chocó la gente simplemente aprendía a firmar; lo que necesitaban los explotadores, que no supieran nada más. Porque el negro, que se encargaba era de trabajar, de producir, de comprar, debía ser ignorante, para ellos poderlo explotar. Esa fue la cosa, ¿ve? Porque esto aquí tuvo el dominio de la aristocracia durante mucho tiempo; es decir, los blancos eran los que mandaban, acomodaban, y todo. Eran blancos originarios de Europa; por ejemplo, podíamos destacar la familia de los Ferrer, que era el núcleo más grande, y otros que había ahí, como los Carrasco, los Valencia…

No era pues que al chocoano no le gustara estudiar. Era justamente que la situación social de entonces, ese apogeo de la aristocracia y de la cosa ahí, no les convenía que el negro se ilustrara.

Así, pues, que había una Escuela Modelo, hasta cuarto año y en ella terminaba la carrera académica de los negros. De allí, el negrito tenía que salir a cargar plátano o maíz, a hacer oficios, porque no tenía más salidero. Eso hizo que los abuelos tampoco vieran la posibilidad de que el tipo llegara muy alto y se despreocupaban también. Total: pa’ qué estudiar, pa’l fin y al cabo seguir cargando plátanos, que qué chiste era eso, decían los abuelos de uno. Entonces lo ponían a uno a aprender a hacer una batea, por ejemplo. Porque, eso sí, lo ponían a aprender a hacer alguna cosa.

Esa Escuela Modelo permaneció así hasta 1933, cuando vino Don Vicente Barrios Ferrer, lo trajeron como Secretario de Educación; porque ya había la intención de un grupo de elementos preparados, que estaban aquí, como para que se acabara esa situación. Diego Luis Córdoba, Ramiro Álvarez, Nicolás Rojas, Saulo Sánchez y otros se ingeniaron, fregaron, y entonces trajeron también a Adán Arriaga Andrade como Intendente. Adán y Vicente, esos sí podían venir, hacer las diabluras y volver a volarse, mientras que los que estaban aquí –la mayoría muy comprometidos con la aristocracia- no podían hacer más nada.

La Escuela Modelo era acá, en la Carrera Segunda, donde queda ahora la Alcaldía. Y por ahí, donde está la Universidad de madera, que le dicen, quedaba la Anexa al Carrasquilla. De ahí sí podían pasar al Colegio Carrasquilla; pero, de la Modelo no. Y a esa Anexa al Carrasquilla ingresaban únicamente los de la aristocracia y el negro que pudiera pagar -en ese tiempo- 80.000 pesos de hoy, año 1986[1]. Aquí en este otro bloque de la Universidad, en el amarillo, ahí funcionaba el Colegio de la Presentación, también de la aristocracia. Las pelaítas llegaban, en las escuelas de por ahí Atrato abajo, hasta tercero o cuarto; y, de ahí, pa’ su casa, a aprender a lavar ropa, a cocinar, a planchar, etc. Pero, lo que era más estudio, no. Entonces, los tipos que te mencionaba ahora habían querido pasar una proposición mediante la cual se creara un colegio para señoritas.

Adán Arriaga Andrade, Intendente y primer Gobernador del Chocó;
Ministro de Trabajo, considerado el padre del Derecho Laboral en Colombia.
Decano de la Facultad de Derecho y Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Colombia
Bien. La diablura que hizo Vicente fue la siguiente. Llamó a los padres de familia, un viernes en la tarde, allí a la Carrera Segunda, donde está el Instituto de Seguros Sociales[2], que era una manga frente a la cual, donde hoy está el Cinco Pisos, había una casa de tres pisos, de madera, donde funcionaba la Dirección de Educación. Y les dijo: “Bueno, el gobierno paga la educación colombiana; de manera que, aquí en el Chocó, del lunes en adelante, no habrá discriminación de ninguna clase. La mitad de los estudiantes de la Escuela Modelo se me pasa a la Anexa al Carrasquilla y la mitad de la Anexa se viene a la Escuela Modelo”.

Oiga, le digo que esa tarde la gente a Vicente no lo podía era alcanzar y eso que hacían escalera humana, ¿ves?, pa’ treparse por esa pared, por la ansiedad que tenía la gente de que se abriera la Anexa. Entonces así pasamos la mitad de allá para acá. A mí me tocó venir acá a la Anexa en esa mitad, mientras transcurría el año 1936, cuando ahora sí todas las escuelas podían pasar, es decir, de cualquier escuela se podía pasar al Colegio Carrasquilla, de 1936 en adelante.[3]

Ese fue el primer golpe efectivo contra la aristocracia. El resentimiento de la sociedad fue fuerte y se hizo más grave cuando comenzaron los efectos positivos de dicha integración, pues los negritos eran hábiles y avasalladores. Conscientes de la responsabilidad, se tornaron más estudiosos, para conservar los primeros puestos. Algunos de la aristocracia retiraron a sus hijos y los enviaron a otras ciudades, para no verlos revueltos con esos baturros y mucho menos aventajados por ellos, porque en realidad eran muy pocos los que podían con la atropellada. Entre ellos destacamos a Medardo Ferrer, Reinel Aluma, Maximiliano Rey, Enrique Coutin, Ramón Arrunátegui y Ariel Rodríguez[4].

Para rematar la inolvidable diablura y darle un golpe de gracia a la aristocracia quibdoseña, Quibdó entero conoció sorprendido el Decreto N° 34, del 7 de febrero de 1934, que decía a la letra en su primer artículo: “La Escuela Anexa al Colegio Carrasquilla es una escuela pública y, por lo tanto, el ingreso a ella no causará derechos de matrícula ni de ninguna clase. Las cantidades recaudadas el presente año por concepto de matrículas, en la Anexa, serán devueltas a los consignantes por el Señor Administrador General del Tesoro. Firmado: Adán Arriaga Andrade, Intendente Nacional del Chocó. Vicente Barrios Ferrer, Director de Educación Pública[5].

El decreto derogaba todas las disposiciones que le fueran contrarias y de paso derogaba el carácter suntuario y excluyente que tenía la educación formal para la población negra del Quibdó de la época; el mismo donde, un mes más tarde, sería creado el Colegio Intendencial para Señoritas, mediante el mismo acuerdo del Consejo Administrativo de la Intendencia Nacional del Chocó por el cual se creaba uno similar en Istmina y se fijaba un sueldo de cien pesos mensuales para las señoritas Clementina Rodríguez y Carmelita Arriaga, primeras directoras, respectivamente, de estos establecimientos educativos.


[1] A valores de 2019, esta suma equivale a una mensualidad de más de Un millón de pesos.

[2] Actualmente es la sede de la sucursal Quibdó de Bancolombia.

[3] Este testimonio forma parte de una serie de entrevistas realizadas a Miguel A. Caicedo en septiembre y octubre de 1986, en Quibdó.

[4] Caicedo M., Miguel A. Panorámicas chocoanas. Quibdó, Gráficas Universitarias del Chocó, pág. 35.

[5] Ibidem. Pág. 37.