11/05/2026

 En el Día del Maestro 

*Escudo de la Normal de Quibdó y Mosaico de graduados del curso 6°A del año 1977. Fotos: Julio César U. H. / El Guarengue.

Se conmemora y celebra este 15 de mayo, como cada año, el Día del Maestro. Una fecha en la que siempre será grato recordar a quienes guiaron los primeros pasos escolares de nuestras vidas, el descubrimiento de las primeras letras y el acceso a los primeros conocimientos formales y sistemáticos sobre diversas materias. Cómo no recordar, por ejemplo, a mi maestra de primeras letras, María Olga Mena de Calimeño, la Seño Olaya; y a su hermana, la Seño Bibiana Mena, quien fue mi maestra en segundo y tercero de primaria. Igualmente, al profesor Roger Hinestroza Moreno, con quien aprendimos, en los cursos 4° B y 5° B, que el oro es tenaz, dúctil y maleable; que el agua en estado puro es «inodora, incolora e insabora»; que la tierra gira sobre sí misma como un trompo gira sobre su herrón; y que todos los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren, incluso si son seres humanos tan buenos y maestros tan excelsos como él.

Con la Seño Olaya en primero, la Seño Bibiana en segundo y tercero, y el Profesor Roger en cuarto y quinto, transcurrió nuestra educación primaria en la Escuela Anexa a la Normal Superior de Quibdó, dirigida entonces por otro maestro insigne, tan serio como afable: don Arnulfo Herrera Lenis, de quien siempre tuvimos un saludo atento y su preocupación por nuestro bienestar, que sentía como parte sustancial de su trabajo de Director. De sus manos recibimos el diploma de 5º de Primaria, que a la mayoría nos dio paso a continuar los estudios en la Escuela Normal Superior de Quibdó.

Allí en la Normal, que en el 2026 cumple 90 años de existencia, nos encontramos también con maestros memorables, como Gonzalo Moreno Lemos (Historia Moderna y Contemporánea de América), Plinio Palacios Muriel (Castellano, Redacción y Ortografía; Español), Luz Amparo Mosquera (Introducción a las Ciencias; Biología; Química), Edgar Moreno (Aritmética, Álgebra, Geometría), Tirso Quesada Martínez (Inglés), Jorge I. Moreno (Dibujo, Taller de Material Didáctico, Historia del Arte y Taller de Ayudas Educativas), Imelba Valencia de Valencia (Coordinadora de Prácticas Pedagógicas), Francisco Caicedo Matute (Fundamentos y Técnicas de la Educación, Coordinador de Prácticas), Héctor Moya Guerrero (Comportamiento y Salud), Jesús Cuesta Porras (Física, Análisis Matemático) y el Padre Rodrigo Maya Yepes, quien en sus entretenidas clases de Religión, haciendo uso de materiales didácticos de vanguardia, como los radiodramas de la serie «El Padre Vicente, Diario de un cura de barrio», original de Mario Kaplún (1923-1998), famoso maestro, escritor y teórico de las Ciencias de la Comunicación en América Latina, nos mostró las novedades de la cuestión social y el humanismo que a la iglesia católica habían llegado con el Concilio Vaticano II. Todo ello bajo la magnífica rectoría de don Jorge Valencia Díaz, cuya presencia en la Normal incluyó los seis años que cursamos ahí hasta graduarnos.

El profesor Gonzalo Moreno Lemos y su esposa. 
Foto cedida por Rose Mary Moreno Castillo. s.f.

GOLEM
Capítulo aparte en nuestra memoria normalista ocupa Gonzalo Moreno Lemos (GOMOLEMOS o GOLEM), quien fue nuestro inolvidable director de grupo de 3° a 6°. Cuatro años en los que se tomó seriamente su labor, orientada a que nosotros fuéramos buenos compañeros, solidarios y fraternos (la Hermandad de Golem, nos llama ahora uno de los guasones del salón); a que fuéramos buenos estudiantes y no nos metiéramos en problemas disciplinarios; y a que desde cuatro años atrás hiciéramos lo necesario para que llegado el momento tuviéramos con qué celebrar nuestro grado y adelantar algunas acciones conmemorativas.

Así, gracias al sentido común y al pragmatismo del profesor Gonzalo, fue posible que, al llegar al último año de estudios, contáramos con un fondo económico común, suficiente para pagar la elaboración de un bonito mosaico de graduados, que fue tan diestramente diseñado y ejecutado por uno de los artistas del salón: José Mosley Tréllez Moreno (JOMOSTREMO), como inopinadamente extraviado años después por nuestra querida Normal, seguramente como parte de algún lote de trebejos o cachivaches estorbosos o entre los escombros de una de sus tantas reparaciones locativas, previas a su megaestructura actual. Gracias a la idea de GOLEM, a los 24 estudiantes de 6° A 1977 nos quedaron fotos individuales en blanco y negro, tamaño documento, de las mismas que fueron utilizadas para el mosaico, y una copia fotográfica de bolsillo, plastificada, de los diplomas y del propio mosaico; todas ellas con esa calidad inobjetable de revelado y copia que permite su conservación en buen estado casi medio siglo después.

Con recursos de ese mismo fondo y una pequeña cuota adicional, recogida mes a mes, antes de graduarnos fuimos de paseo a Tadó, en donde nos hospedaron en los dormitorios del internado de la Escuela Vocacional Agropecuaria, en la que el profesor Gonzalo había trabajado antes de la Normal de Quibdó. Baños de río, torneos deportivos, juego de billar, bailadero, regreso a oscuras por la carretera a media noche desde el pueblo hasta la Vocacional, muchas risas y una sensación de estar empezando a descubrir el mundo, nos quedaron en la memoria de aquel paseo.

El profesor Gonzalo Moreno Lemos
el día de su grado como Licenciado
en Sociales, en la UTCH.
Foto cedida por Rose Mary
Moreno Castillo. s.f.
Nacido en Bagadó–Chocó, el 5 de abril de 1.936 y fallecido en Cali el 6 de diciembre del 2000; Gonzalo Moreno Lemos, quien este año habría cumplido 90, formó parte de las primeras cohortes de estudiantes de la Universidad Tecnológica del Chocó Diego Luis Córdoba, UTCH, donde recibió en 1978 su título de Licenciado Ciencias Sociales y Económicas. Antes de llegar a la Normal de Quibdó, donde se había graduado como Maestro Superior, el profesor Gonzalo Moreno Lemos trabajó en escuelas primarias de Unguía (Darién chocoano) y Lloró (alto Atrato); de donde pasó a la famosa Escuela Vocacional Agropecuaria de Tadó, EVA, que para entonces contaba con un internado para alojar a los jóvenes de las zonas rurales. De allí pasó a la Escuela Normal Nacional para Varones de Quibdó, que fue donde lo dejamos cuando nos graduamos y nos despedimos de él como nuestro querido Director de Grupo. Lo volveríamos a ver en dos o tres ocasiones, en los años subsiguientes, cuando muchos de nosotros ya no vivíamos en Quibdó e íbamos a saludarlo en vacaciones en su casa del barrio Niño Jesús, vecina de los antiguos predios de la Normal, donde vivía con su esposa Argentina Castillo Obregón, oriunda de Lloró, de cuyo matrimonio nacieron 6 hijos, 2 hombres y cuatro mujeres: Gonzalo Zenón, Rose Mary, Elvia Nery, Nancy Argentina, Jhon Gonzalo y Orly Sugey Moreno Castillo.

Gonzalo Moreno Lemos fue un erudito profesor de Geografía y de Historia. Su curso de Historia Moderna y Contemporánea de América, que nos impartió cuando estábamos en tercer grado en la Normal, fue un significativo recorrido por los caminos del continente entre la segunda mitad del siglo XIX y lo que iba transcurrido del siglo XX. Además de los datos canónicos sobre independencias y repúblicas, partidos y guerras civiles, el profesor Gonzalo nos habló de la prepotencia antidemocrática de los Estados Unidos, de sus violaciones internas de derechos humanos y civiles; nos habló de Cuba y su naciente socialismo, de Chile y la violenta dictadura de Pinochet; y de la existencia y el papel de la OEA, cuyo Secretario General de aquel momento era el ecuatoriano Galo Plaza; entre otros tópicos y datos que resultaban bastante atractivos, pues no era frecuente que los cursos oficiales de Historia de los colegios incluyeran datos inteligibles del presente, ya que la enseñanza escolar de la historia se asociaba por lo general a pasados que entre más remotos fueran más históricos se consideraban. En ese sentido, fue genial estudiar Historia con Gonzalo.

Su voz de tribuno se iba entonando a medida que avanzaban los minutos de sus exposiciones en clase, hasta alcanzar volúmenes tales que podía oírse en los claustros del segundo piso, donde quedaba aquella aula y en un poco más de medio edificio de la antigua Normal. Verbos como remembrar y barruntar, sustantivos como barrunto, remembranza y trasunto, y adjetivos como epónimo, que parecían sacados de un crucigrama dominical de los que Bolaños y yo aún no éramos capaces de resolver; se los oímos por primera vez al profesor Gonzalo, quien no solamente los usaba en sus clases, sino también en las charlas con el grupo o en conversaciones individuales sobre disciplina o rendimiento escolar, momentos estos en los que el tribuno se transformaba en consejero y su voz tenía otro tono y un acento indescifrable, que al difunto CAJA y a mí nos divertía mucho imitar.

6°A 1977 cuarenta años después (28 de diciembre de 2017). Encuentro conmemorativo en Quibdó. Los dos primeros de la fila de abajo, de derecha a izquierda son Jesús Erwin Mosquera (JEMA), fallecido el 23 de mayo de 2021; y Jhon Alberto Córdoba Ampudia (CAJA), fallecido el 6 de enero de 2026. FOTO: Archivo El Guarengue

Fueron buenos esos once años de nuestras vidas, que pasamos en la Escuela Normal Superior de Quibdó: cinco de ellos en su Escuela Anexa y como normalistas los otros seis. Perenne gratitud con quienes lo hicieron posible desde su magisterio, como Roger y Golem. Gracias a  los compañeros con quienes la camaradería original nacida en los pupitres y recreos escolares se ha conservado y cultivado a lo largo de nuestras vidas, desde la última vez que cantamos oficialmente el Himno de la Normal, aquel primer viernes de ese diciembre inolvidable, cuando vimos por última vez a Gonzalo Moreno Lemos vestido con un pantalón azul rey, un saco gris, una camisa blanca y una corbata negra, sentado en uno de los extremos de la mesa principal, sonriente, satisfecho, feliz de estrechar nuestras manos en el momento en el que nos hacían entrega de nuestro diploma de Maestros Bachilleres.

04/05/2026

  Un ejemplo de humanidad y compromiso con la vida:  
Evocación de Juana Padilla 

*Juana Padilla en Tanguí: 1991, 2018 y s.f. FOTOS: Sor Gabriela Vásquez, Voces Defensoras y Cortesía.

Juana Padilla Mena, quien el próximo septiembre cumpliría 85 años, falleció el martes 28 de abril de 2026. La noticia nos abrumó a quienes tuvimos la inmensa fortuna de conocerla. El luto generalizado, el dolor inmediato y una tristeza profunda se convirtieron en un minuto de silencio de las orillas y los montes en la cuenca media del río Atrato, mientras el cielo lloviznaba afligido instantes antes de que el sol resplandeciera para iluminar el camino de Juana hacia la eternidad.

Mensajes unánimes

Las Seglares Claretianas de la Diócesis de Quibdó, movimiento al que Juana pertenecía de corazón, anunciaron su fallecimiento a menos de dos horas de haberse producido: «Hoy, a las 6:25 a.m., se nos fue a la casa del Padre Juana Padilla (Juanita, la bondad hecha persona). Qué vacío nos deja y qué dolor tan grande nos produce su separación. Gracias, Juanita, por tu vida llena de servicio y amor para todas las personas. Te invocamos como madre y matrona del Atrato. Sigue acompañando a las comunidades en la lucha por la dignidad, la igualdad, la justicia, la fraternidad y la solidaridad. Nunca te olvidaremos y seguiremos tu legado. Descansa en paz al lado de tu Señor, el Dios de la Vida».

La Alcaldía del Medio Atrato, municipio del cual es corregimiento Tanguí, el pueblo donde Juana vivió desde los ocho años de edad, expresó en su comunicado público de condolencias: «Hija de Tanguí y, a la vez, madre, tía, abuela, mentora y líder para todo su pueblo; Juana Padilla, conocida con cariño como “Juanoca”, “mamá Juana”, “tía Juana” o “doña Juana”, fue una mujer ejemplar: hospitalaria, bondadosa y una de las grandes matronas de Tanguí».[1] La Diócesis de Quibdó, a través de la Pastoral Social se refirió a ella como «lideresa, defensora de derechos humanos, matrona, sabedora, madre, amiga y compañera de trabajo»; y en el comunicado suscrito por el Obispo anotó: «Doña Juana fue una gran matrona del municipio del Medio Atrato (Tanguí), se distinguió por una vida llena de servicio, amor y trabajo por la comunidad atrateña».

Mensajes de condolencia de la Diócesis de Quibdó,la Alcaldía del Medio Atrato y el Foro Interétnico Solidaridad Chocó (FISCH) por la muerte de la matriarca atrateña Juana Padilla Mena. Imágenes tomadas de la página de Facebook de cada entidad.

La casa de todos

En su magnífica investigación sobre la Fiesta de San Antonio de Padua en Tanguí como escenario y expresión de resistencia festiva, que fue su trabajo de grado para la Maestría en Antropología de la Universidad de los Andes; José Oscar Córdoba Lizcano, el nunca bien lamentado misionero claretiano que sucumbió al masivo ataque del Covid-19 cuando se desempeñaba como Rector de la Uniclaretiana, la universidad que su congregación religiosa fundó para democratizar el acceso y el derecho a educación superior de calidad, en su descripción de los rituales de la fiesta, relata que, cuando la misa del santo termina, la gente se va agrupando en diversos sitios para charlar y seguir compartiendo: «Siempre hay lugares privilegiados para estos encuentros: al frente de la capilla, en la calle principal, en las discotecas y donde nunca falla la gente, que es la casa de Juana Padilla. Son pocas las personas de Tanguí y de los visitantes que no pasan en algún momento por esta casa; aquí siempre hay personas reunidas, convocadas en forma espontánea, ya sean niños, jóvenes, adultos o todos revueltos. Sin duda es un gran referente. En esta casa se da el “milagro bíblico” de la multiplicación de los panes, pues hay comida para quien llegue, aun a veces para personas desconocidas o que poco se conocen en el pueblo».[2]

Y siempre fue igual, aunque no estuviera de por medio la fiesta patronal. Como lo vivió la ingeniera agrónoma Sor Gabriela Vásquez, dieciocho años antes del relato de José Oscar: «Siempre recuerdo su hermosa sonrisa, nada escasa en cada momento que compartíamos, así como lo querendona y complaciente. Sus delicados detalles fueron incontables… Ella sabía que me encantaba el plátano maduro y, cuando sabía que yo llegaba a Tanguí, me llevaba a la cocina y en un plato cubierto completamente con un perol de fritar, me mostraba lo que había preparado para mí: 1, 2 o 3 plátanos maduros, asados a las brasas. Me los servía, acompañados muchas veces de pescado, también asado o frito, o me servía “vacío”, es decir, solo los maduros».[3] Al igual que el ingeniero agrónomo Roberto Velásquez lo experimentó por la misma época: «Juana Padilla, mujer líderesa y matrona del Medio Atrato, me recibió en su casa en 1990. Por eso mi primer hogar fue Tanguí».[4]

Tanguí, 1991. Luis Ernesto Mosquera, líder comunitario; Sor Gabriela Vásquez, Ingeniera Agrónoma; Juana Padilla y la señora Maruja Torres, madre de Gaby, quien se encontraba de visita. FOTO: Sor Gabriela Vásquez (Gaby).

La conclusión de José Oscar Córdoba Lizcano es clara y diciente sobre los alcances de la hospitalidad de Juana Padilla. «Si bien es cierto que el templo religioso y las discotecas también son lugares de gran convocatoria, la diferencia entre estos y la casa de Juana Padilla radica en que esta, a pesar de tener allí su tienda, en tiempos de fiesta permanece siempre de puertas abiertas; aun en las noches se puede empujar suavemente la puerta y esta se abrirá. Su sala grande, las tantas habitaciones y camas que tiene, al igual que la acogida y actitud fraterna y solidaria de Juana, hacen de esta casa “la casa de todos”».[5] Y él sí que puede decirlo. En los agradecimientos de su trabajo de grado, incluye a Juana de la siguiente y significativa manera: «A la comunidad de Tanguí por participarme su sabiduría, respaldo y acogida durante el necesario trabajo de campo, en especial a Juana Padilla porque su casa se convirtió en mi casa y ella en una segunda madre».[6]

Del mismo modo que pueden decirlo las Seglares Claretianas, como la misionera hispanocolombiana Aurora Bailón, quien ha pasado una buena parte de su vida en el Chocó y fue durante décadas una de las mejores amigas de Juana Padilla, quien siempre vivió con todas y cada una de las seglares un claro ejemplo de sororidad. «Su casa siempre estuvo abierta para recibir al que llegara, brindándole acogida y hospitalidad. Con estas acciones, su liderazgo comunitario —ejercido desde la cotidianidad de la vida y dándole un sentido de trascendencia— llegaba al corazón de la gente y poco a poco fue ampliando su influencia hasta convertirse en madrina del Atrato».[7]

«Madrina del Atrato, solidaridad hecha luz, presencia tierna de Dios, ráfaga de viento impetuoso»

Así la llama otro misionero claretiano y poeta, uno de los curas más recordados en Quibdó y en todo el Atrato: Javier Pulgarín Toro, en su libro “Flauta de Cristal”.[8] Como lo explica Aurorita: «Estas expresiones no son gratuitas; corresponden al papel que ha jugado en la comunidad y en el proceso organizativo del Medio Atrato, como mujer, matrona, lideresa y sabia comunitaria. Juanita es una mujer humilde, sencilla, luchadora, alegre y servicial que transmite confianza y seguridad… Juanita con su sabiduría aconsejaba a niños, jóvenes y adultos con cariño, honestidad y mucho tacto, buscando el crecimiento de las personas y la convivencia armónica en la comunidad. Juanita fue una mujer de mucha fe».[9]

Roberto Velásquez, cuyos trabajos como agrónomo marcaron una época en Tanguí y en todo el Medio Atrato, expresa al respecto: «Ella, acompañante de las Comunidades Eclesiales de Base, cultivó un evangelio de Jesús popular y liberador, semilla de la Asociación Campesina Integral del Atrato - ACIA. Juana es testimonio vivo de solidaridad, alegría y resistencia. Defensora incansable de la identidad y territorio del pueblo negro».[10]

Sor Gabriela Vásquez (Gaby), cuyo profesionalismo y capacidad de diálogo con las «epistemologías de la manigua»[11] de los campesinos medioatrateños hicieron posible avances relevantes en la cualificación de los sistemas productivos tradicionales del Medio Atrato, anota en este sentido: «Su casa era la casa de todos los que allí llegábamos: misioneros, líderes, académicos, artistas, religiosos, etc.; allí sentíamos que teníamos dónde llegar y quién nos recibiera con alegría y generosidad, pilar fundamental para los procesos de formación y organización comunitaria. Juana Padilla apoyó los procesos organizativos como si fueran sus ideales muy personales, muy sentidos, muy de su comunidad, la que se extendía por todo el Atrato y sus afluentes… Cada que yo programaba algún evento de capacitación agronómica, Juana me ayudaba a convocar a las personas pues sabía claramente quiénes podrían y estarían interesados en participar, como era el caso del trabajo con la caña, y la elaboración de miel y panela. Muy entusiasmada para que las fincas fueran biodiversas y productivas, promovió conmigo la siembra de especies frutales de la zona, como borojó y guayaba, además de las diferentes especies de plátanos».[12]

Martha Inés Asprilla Pino, Seglar Claretiana, quien compartiera con ella durante más de cuatro décadas, la recuerda conmovida: «Juanita fue una mujer muy significativa para nosotras como misioneras y acompañantes de los procesos organizativos de las comunidades campesinas del Medio Atrato. Era una mujer de mucha energía positiva y de mucha fe, que siempre acogía con abrazos, sonrisas, palabras cálidas; siempre era muy dulce en su expresión: cuando uno hablaba con ella sentía tranquilidad y paz. Con Juana compartimos momentos muy bonitos y momentos muy difíciles, como su secuestro y los desplazamientos forzados de la comunidad, que le ocasionaron mucho dolor. Ella fue siempre eje de la comunidad, la mamá de todo el mundo, una mamá para la gente del Atrato». Gloria Teresa Gómez, quien reside hace algunos años en España, y compartió con Juana a finales de la década de 1980 y comienzos de los 90, cuando trabajó en el Medio Atrato, dijo al saber la noticia: «Me causó mucha tristeza la partida de Juanita. Me ilusionaba ir a Colombia y que ella fuera una de las primeras personas que pudiera saludar y abrazar». Así, entrañable e inolvidable, era Juana.

Juana Padilla en su casa de Tanguí, en 1991, con Luis Ernesto Mosquera, líder comunitario; su hija Cristina y la señora Maruja Torres, madre de Gaby. FOTO: Sor Gabriela Vásquez (Gaby).

Faro y guía

Juana Padilla «fue una de las fundadoras de la Asociación Campesina Integral del Atrato (ACIA), participando en reuniones comunitarias, encuentros zonales y asambleas generales. El liderazgo de Juanita unido al de otros líderes y lideresas de Tanguí ayudó a que la comunidad no se vinculara de manera directa y consciente con alguno de los actores armados que frecuentaban la zona. Tanguí se convirtió en una comunidad amenazada por todos los actores armados porque veían en su organización un gran impedimento para el logro de sus intereses».[13]

La profunda convicción de gente como Juana, como Saturnino, como Florentino, impidieron que la hecatombe programada por las fuerzas del mal de la política nacional se produjera en Tanguí. Y en ello incidió la preocupación, muy afrochocoana desde los tiempos de Diego Luis y de la Generación de la Dignidad, de ascender a la libertad por la vía de la educación. «También los líderes y lideresas se preocuparon de que los jóvenes estudiaran y actualmente cuentan con un buen número de profesionales que inciden de manera directa y positiva en favor del pueblo», explica Aurora.[14] Lo cual corrobora José Oscar en su trabajo de grado, donde —luego de presentar una lista representativa de una docena de profesionales universitarios tanguiseños— explica: «Es importante resaltar que en las zonas rurales del Chocó no es muy común que pueblos tan pequeños cuenten con tantos profesionales de incidencia directa y positiva a favor de la comunidad».[15]

Gaby relata esta misma parte de la historia desde una perspectiva en la que mixtura las dotes personales con los aportes comunitarios y organizativos de Juana Padilla: «Juana era respetada y reconocida con autoridad en las comunidades. Su casa era también referente para el disfrute y la integración, para atender visitas de amigos y líderes venidos de otras comunidades y regiones, como hogar que daba la bienvenida y acogía para el trabajo mancomunado. Participaba en las reuniones, con su voz retumbante, enérgica y decidida, y sus palabras eran tenidas en cuenta por su gran reconocimiento en la comunidad. Sentirse negra y, por qué no, también indígena, y codueña del territorio, ayudó a integrar a la comunidad para lograr objetivos comunes que, años después, se concretaron en la Ley 70 de 1993».[16]

Parentela

A Juana Padilla la acompañaban siempre “la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta”.[17] Ello explica que uno pudiera, siempre, ser uno mismo cuando estaba con ella. Pero, también, Juana tenía su propia familia. Hija de Zoila Mena y de José Lorenzo Padilla, tuvo cinco hermanos, todos fallecidos. Nació el 8 de septiembre de 1941, en Nauritá, en la desembocadura del río Nauritá al río Neguá, afluente del río Atrato. «Cuando tenía 8 años, su familia se fue a vivir a Tanguí».[18] Con Roberto Rodríguez Córdoba, tuvo cinco hijos, tres hombres y dos mujeres: Roberto Rodríguez Padilla (Robertico), el mayor, presbítero, misionero claretiano y recientemente posesionado como rector de la Fundación Universitaria Claretiana, Uniclaretiana. Norberto (el Coloradito de Juana Padilla), compositor y músico, uno de los más claros exponentes contemporáneos de la Chirimía chocoana, que hizo de su agrupación Tanguí Chirimía una institución memorable y con sus composiciones e interpretaciones refrescó el entonces pasmado panorama de la música vernácula regional. Ramiro (Ramo), abogado, exalcalde municipal del Medio Atrato, actualmente asesor jurídico del FISCH (Foro Interétnico Solidaridad Chocó) y de otros procesos étnico-territoriales; uno de los precursores —junto con Richard Moreno, hijo de Saturnino— de la propia defensa de los derechos humanos étnicos y territoriales en las organizaciones del Chocó. Isela (India), quien se desempeña como docente. Y Juana Cristina (Juanita o Cristi), Trabajadora Social… Juana Padilla alcanzó a conocer un total de 13 nietos y acogió como propios a los hijos de su marido.

“Resistencia festiva”

Juana Padilla nunca ejerció su compromiso comunitario y social en desmedro de su familia. Quizás porque en su caso sí que era literalmente cierto que en su corazón y en su alma, además de su parentela directa, cabía toda su parentela extensa de Tanguí y del Atrato Medio. Parentelas estas que sufrieron lo que no está escrito cuando, como lo denunció en su momento el Observatorio para la Protección de los Defensores de Derechos Humanos, de la Organización Mundial Contra la Tortura (OMCT) y de la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH), «el 30 de agosto de 2007 hacia las 7:30 p.m., guerrilleros del Frente 34 de las FARC incursionaron en la Comunidad de Tanguí y se dirigieron a la casa de habitación de la Sra. Juana Padilla Mena, una de las fundadoras de la organización COCOMACIA y madre del alcalde del municipio de Medio Atrato. Una vez penetraron en la casa de la Sra. Juana Padilla Mena procedieron a retenerla en contra de su voluntad y con ella retuvieron también al Sr. Rodrigo Rodríguez Córdoba, líder comunitario y laico misionero de la Diócesis de Quibdó desde hace 10 años, quien además es hermano del mencionado alcalde».[19] Cuatro días después, cuando faltaba una semana para su 66° cumpleaños, Juana fue liberada, al igual que su entenado... Las ONG que denunciaron su retención se refirieron a ella como «una autoridad tradicional del pueblo, una matrona comunitaria en torno a la cual se reúne la comunidad para resolver las dificultades comunitarias»[20].

Como lo dejó contado José Oscar Córdoba en su investigación sobre la Fiesta de San Antonio de Padua en Tanguí, Chocó, en el contexto del conflicto armado (1996-2008): «En las fiestas del 2008, la comunidad hizo un homenaje sentido a Juana Padilla el día 13 [de junio] durante la procesión de San Antonio. Allí ella agradeció al santo por su liberación, prometió no abandonar el pueblo y la gente festejó este hecho con gran alegría. Sin duda, esta fue también una manera de estimular la resistencia de la comunidad en su territorio ancestral».[21]

Una vida ejemplar

«Este ha sido un momento de encuentro con muchas personas, no solo de Tanguí, de todo el Atrato, de COCOMACIA, convocadas por Juanita. Hoy, con su partida, vienen los abrazos con cada persona tanguiseña, manifestando profundos sentimientos: …Se nos fue Juanita, que siempre ha sido amor, ternura, solidaridad, compromiso, entrega… Juanita fue todo para nosotros. Nos deja una gran responsabilidad… Hoy Juanita nos ha vuelto a unir... Me abrazan… Tanguí está presente en cada uno de nosotros… En la Funeraria "La Esperanza", en Quibdó, la calle casi no da paso a carros y motos. En el interior de la funeraria no hay espacio para entrar. Juanita en este momento nos ha convocado a todos… al Atrato, a COCOMACIA… No había visto un velorio tan concurrido…». Escribe Justy Sánchez, alma de las Seglares Claretianas, esa misma noche del velorio de Juana Padilla en Quibdó.

Su ejemplo de humanidad y compromiso con la vida vivirá por siempre en la memoria de la comunidad de Tanguí, corregimiento del municipio del Medio Atrato en el departamento del Chocó; y en todas las orillas y todos los montes del Atrato Medio, en donde su vida seguirá siendo baluarte de la memoria y adalid de la justicia social, étnica y ambiental. Gloria eterna a su vida fructífera y comprometida. Perenne será tu recuerdo, gran señora, Juana Padilla... «Quisiera darte el cielo, pero el Dios de la vida te lo dará», cantó su hijo Norberto en la multitudinaria despedida comunitaria que fueron sus exequias en Tanguí el último día de abril.



[1] Facebook Alcaldía del Medio Atrato, 28 de abril, 11:49 a.m. 

https://www.facebook.com/share/p/1BKUsmf4aZ/

[3] Testimonio de Sor Gabriela Vásquez para El Guarengue, 28 de abril de 2026.

[5] José Oscar Córdoba Lizcano. “Resistencia festiva. Fiesta de San Antonio de Padua en Tanguí (1996-2008) en el contexto del conflicto armado”. Universidad de los Andes. Facultad de Ciencias Sociales. Departamento de Antropología. Trabajo de grado presentado para optar al título de Magíster en Antropología. Bogotá, Enero 2009. 122 pág. Pág. 81.

[6] Ibidem. Pág. 3.

[8] Javier Pulgarín Toro. Flauta de cristal. Medellín (Colombia): Editorial Nuevo Milenio, 2009.

[9] Aurora Bailón. Seglares Claretianas Quibdó. Reseña de Juana Padilla Mena, para El Guarengue. Mayo 02 de 2026.

[10] Testimonio de Roberto Velásquez para El Guarengue, 28 de abril de 2026.

[11] Este concepto es original de Jhonmer Hinestroza Ramírez y fue tema y título de su tesis de doctorado en Ciencias Sociales en la Universidad Pontificia Bolivariana, UPB, de Medellín (Colombia)Epistemologías de la manigua: genealogía de su esclavización en el Chocó, Colombia / 1ª edición – Medellín: UPB. 2023 – 269 páginas. (Colección Ciencias Sociales, 25). ISBN: 978-628-500-109-3 (versión digital).

[14] Ídem, Ibidem.

[15] José Oscar Córdoba Lizcano. “Resistencia festiva. Fiesta de San Antonio de Padua en Tanguí (1996-2008) en el contexto del conflicto armado”. Universidad de los Andes. Facultad de Ciencias Sociales. Departamento de Antropología. Trabajo de grado presentado para optar al título de Magíster en Antropología. Bogotá, Enero 2009. 122 pág. Pág. 46.

[16] Testimonio de Sor Gabriela Vásquez para El Guarengue, 28 de abril de 2026.

[17] Silvio Rodríguez. Ojalá. 1978.

[18] Aurora Bailón. Seglares Claretianas Quibdó. Reseña de Juana Padilla Mena, para El Guarengue. Mayo 02 de 2026.

[19] OMCT. Colombia 05.09.07. Desaparición forzada de la Sra. Juana Padilla Mena y del Sr. Rodrigo Rodríguez Córdoba, dos líderes comunitarios.

https://www.omct.org/es/recursos/llamamientos-urgentes/forced-disappearance-of-ms-juana-padilla-mena-and-mr-rodrigo-rodr%C3%ADguez-c%C3%B3rdoba-two-community-leaders

[20] Ibidem.

[21] José Oscar Córdoba Lizcano. Trabajo citado. Pág. 106.

N.B. Mi gratitud para Gaby y Aurorita, por sus invaluables aportes documentales para la escritura, edición y publicación de este texto de El Guarengue. Gracias también a Roberto Velásquez, a mi madrina Martha Inés, a la jovencita Gloria Teresa, a Justy Sánchez y a mi amigo José Oscar en la eternidad de la memoria.

Julio César U. H.

27/04/2026

 «Una de las porciones más ricas y bellas,
 y una de las más abandonadas y desvinculadas del resto del Chocó» 
—El Pacífico chocoano en 1921, visto por Jorge Valencia Lozano—

Mapa 1: Prefectura Apostólica del Chocó, 1925-Misioneros Claretianos. Mapa 2: Intendencia Nacional del Chocó, 1907. FOTOS: Archivo El Guarengue.

A finales de 2026, cumple el Chocó ciento veinte años de los comienzos de su vida institucional propia en la época republicana de Colombia, con la creación de la Intendencia Nacional (Decreto 1347 del 5 de noviembre de 1906); para la cual se tomaron como base sus antiguas provincias: Atrato y San Juan, con las poblaciones y municipios preexistentes. Se crearon, además, tres nuevos municipios, de transitoria duración: San Rafael de Neguá, San Nicolás de Titumate y Litoral del Pacífico; este último con cabecera en la población de Juradó y «formado por una faja de cinco leguas de latitud sobre las costas del Pacífico, comprendida desde Punta Ardita hasta Morro de Micos, en la boca del río Chorí».[1] De modo que dos municipios: Baudó y Litoral del Pacífico abarcaron en términos políticos y administrativos esta costa chocoana en el momento en el que nace la Intendencia.

Más de una década después de su creación y entrada en funcionamiento, el proceso de organización de la Intendencia aún estaba en ciernes. El Chocó, en palabras de su Intendente Nacional en el informe que presenta al ministerio de Gobierno en junio de 1921, es «una intendencia cuyas rentas no alcanzan para pagar su propio servicio público»; a lo cual «se agrega que los auxilios nacionales decretados a favor de la Intendencia han sido letra muerta hasta la fecha».[2] Lo cual hace arduo y difícil el proceso de institucionalización de la Intendencia y de sus provincias y municipios como expresiones territoriales del nuevo orden político y administrativo del Chocó.

Las distancias geográficas y la precariedad de las vías y los medios de transporte entorpecen los afanes de integración regional que, mal que bien, cada intendente ha pretendido impulsar.  Las zonas limítrofes con Panamá, tanto por el Darién como por el Pacífico, se perciben a veces tanto o más lejanas de la capital de la Intendencia que la propia capital de Colombia. Así, por ejemplo, llegar desde Quibdó hasta el Litoral Pacífico, es en aquella época toda una expedición. Veintidós días, 16 horas y 30 minutos duraba, a principios del siglo 20, el viaje desde el interior del Chocó hasta la septentrional población de Juradó, según los cálculos de los Misioneros Claretianos, incluidos en su informe quinquenal 1911-1915: «El tiempo que se invierte para visitar estos poblados desde Istmina, es como sigue: hasta Pie de Pepé, un día; de aquí a la Boca de Pepé, en el Baudó, dos días; desde este punto, bajando el río Baudó hasta Pizarro, tres días y medio; de Pizarro a Pelisá, por el mar, cuatro horas y media; de aquí a Pavasa, día y medio; de Pavasa a Cuevita, un día; de este punto a Nuquí, día y medio; de Nuquí al Valle, un día; del Valle a Cupica, seis días; de Cupica a Coredó, cuatro días; de Coredó a Juradó, cerca del límite de Panamá, un día».[3]

Al Intendente Nicanor Restrepo Giraldo, como a sus antecesores, le preocupan los problemas que para la gestión le plantean aquellas zonas distantes de su sede de gobierno. Y para empezar a encontrar soluciones, por lo menos en uno de los casos que más vasta extensión de territorio involucra, comisiona al entonces Secretario General de la Intendencia, el abogado quibdoseño Jorge Valencia Lozano, para que elabore un informe sobre el Pacífico chocoano, que describa la región, valore sus problemáticas e identifique salidas para las mismas. El resultado de dicho trabajo será incluido por el Intendente en su su informe de 1921 al Ministerio de Gobierno, en un acápite titulado “Litoral del Pacífico”, con esta nota de presentación: «Mi Secretario General, doctor Jorge Valencia Lozano, joven de relevantes prendas de honorabilidad e ilustración, hizo un estudio de la marcha de la administración pública de dicho territorio y de sus más apremiantes necesidades, el cual me permito insertar a continuación por considerarlo de suma importancia».[4]

Promesa reiterada, constante y recurrente de progreso material, desarrollo económico y futuro mejor para el Chocó y Colombia ha sido el litoral chocoano del Pacífico a lo largo de la historia. Su Naturaleza pródiga y diversa en recursos para la vida y la economía, el elogiado abrigo y la ponderada profundidad connaturales de sus ensenadas y bahías, la holgura y extensión de sus playas, la puntualidad sempiterna de sus mareas, la abundancia de agua y biodiversidad en sus selvas y en sus ríos, y en la serranía del Baudó, han sido históricamente los fundamentos de dicha promesa, nunca cumplida, pero cíclicamente renovada. 

Jorge Valencia Lozano sería posteriormente Intendente Nacional del Chocó entre enero y abril de 1923, febrero a mayo de 1924 y febrero de 1927 a septiembre de 1930. Conozcamos en El Guarengue su perspectiva sobre el litoral Pacífico chocoano, escrita hace 105 años.

Julio César U. H. 
Abril 2026.

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Litoral Pacífico (Quibdó, mayo 25 de 1921)
Jorge Valencia Lozano[5]

De acuerdo con la orden impartida al suscrito por el señor Intendente, concretaré en este documento las razones que militan en pro de una reorganización de la costa del Pacífico perteneciente a la Intendencia del Chocó.

La costa chocoana del Pacífico se extiende desde las bocas del San Juan hasta Juradó o, mejor, un poco más al norte, en la frontera con Panamá, en una extensión de 620 kilómetros, y es una de las porciones más ricas y bellas de la Intendencia, así como al mismo tiempo una de las más abandonadas y desvinculadas del resto del Chocó. Es la costa, desde el San Juan hasta la frontera con Panamá, baja, de fácil acceso, y brinda seguros y cómodos refugios o bahías, entre los cuales sobresale la ensenada de Utría; y solo en reducidas secciones la serranía se acerca a aquella y la vuelve escarpada. La serranía de Baudó permanece intocada, encierra las mayores potencialidades para el desarrollo de vastas empresas, y se halla favorecida en las cumbres por un clima benigno y seco. Diversos ríos, y todos ellos sumamente fértiles, descienden de sus flancos, unos por la ruta del Oriente, hacia el profundo y mando Atrato, y otros por la vía del Occidente, pero mucho más cortos e impetuosos que los primeros, hacia el Pacífico. Entre estos, son dignos de mención el río Juradó, centro de la llamada «región de Juradó» y muy rico en productos de gran valor industrial; la quebrada de Limones, que cae a la bahía de Cupica, es notable por considerársele indispensable para la construcción del canal interoceánico de Napipí; el río de El Valle, muy rico en taguas, y cuya cuenca, que penetra bastante en la serranía de Baudó, puede ser asiento de una considerable actividad industrial; y el río Tribugá.

Entre los ríos que descienden al Atrato, se distinguen, de norte a sur, el Salaquí, el Truandó, el Napipí, el Bojayá, el Buey y el Munguidó. El Napipí es conocido en todas partes, por considerársele como el eje de la construcción del canal interoceánico de este nombre. El Bojayá es quizá el río más fértil de la región del Atrato, y tiene entre los otros la ventaja de ser poco anegadizas sus orillas; además brinda, por su posición y por la manera como se interna en las cuencas de la serranía de Baudó hacia la costa del Pacífico, facilidades para la comunicación con la costa por ferrocarril, carretera o camino de herradura.

Mas entre todos los ríos que son hijos de la serranía de Baudó, sobresale el que lleva el mismo nombre, y el cual nace no lejos de los manantiales que dan también origen al río Bojayá: se extiende mansamente a lo largo de la serranía, rodando de norte a sur, en dirección opuesta al Atrato, al cual corre paralelo, para desembocar al Pacífico, en el pueblo de Pizarro, por una sola e inmensa boca. Este río, que ofrece un aspecto de salvaje lozanía, está llamado a convertirse en un emporio de riqueza. Si el Atrato en su curso inferior es lento, el Baudó permanece casi estacionario, pues además de que es perezoso desde muy arriba, la marea lo contiene y cuando esta sube lo hace regresar hacia sus manantiales.

Puede decirse que la marea sube hasta más allá del pueblo de Pepé, población mezquina, empapada en la más profunda melancolía, por el silencio que hoy la rodea. El caudal del Baudó se desliza por una comarca de mediana amplitud; pero en Pizarro, frente al mar, la anchura es tal que las riberas tienden a verse azules. La riqueza de sus bosques, la fertilidad de sus orillas —quizás las más fértiles de los innumerables ríos de esta región— hacen de este río uno de nuestros tesoros más preciados.

Por diversas razones de orden sociológico y topográfico, la costa del Pacífico ha permanecido al margen de las diversas actividades del Chocó, y ha sido honda su desvinculación con el resto de la Intendencia. En el oficio número 189 dirigido por el suscrito al señor Secretario General de la Presidencia de la República, figuran algunas consideraciones sobre la población y el aislamiento de dicha costa, oficio que no reproduzco hoy por alargar este memorándum.

El inmenso y rico pedazo de tierra encerrado entre el Pacífico y el Atrato, la frontera con Panamá (hoy claramente definida conforme a la ley de 1855 por la aprobación del Tratado del 6 de abril de 1914 con los Estados Unidos) y el río San Juan, en el trayecto que va de este a oeste, no residen sino 9.582 habitantes. Tan enorme desproporción entre el territorio y la población ha sido la causa que explica el lamentable estado de esa región, una de las llamadas a desempeñar papel importante en el progreso del Chocó y de la misma Nación.

Permanece aislada aquella costa del resto de la Intendencia por la interposición de la serranía de Baudó, la cual presenta varios istmos o pasos en el tránsito del Atrato hasta la costa, en la sección que recorre el río Baudó, lo cual hace difíciles y costosos los viajes. En la parte en que la cordillera no se haya atravesada por el río Baudó, es también penoso el viaje, porque los ríos son largos, secos en las partes altas, y sobre todo verdaderos desiertos montuosos en donde se carece de todos los recursos para la existencia.

Jorge Valencia Lozano.
Archivo fotográfico y fílmico del Chocó
A agravar la situación lastimosa que han confrontado los aborígenes de la costa concurre la circunstancia de carecer de centros de aprovisionamiento para sus necesidades y las de su comercio e industrias, por lo cual se ven precisados a acudir a Panamá en busca de salida para su trabajo y el abastecimiento que demanda la vida, a pesar de la repugnancia con que apelan a esa vía. Ir de Juradó a Buenaventura a vender productos naturales por valores necesariamente reducidos, para volver al hogar con mercancías y útiles de precio escaso, es imposible, por cuanto la lejanía de los extremos de la costa se traduce en alza del valor del viaje y del tiempo que en él se invierte, con la circunstancia especialísima —que el pobre campesino no puede vencer— de que en la mayor parte del tiempo reinan en la costa vientos sures que favorecerán la ruta hacia Panamá, situada al norte, y en cambio se oponen al viaje hacia Buenaventura, situada al sur de toda la costa, y el único puerto nacional colombiano en donde las gentes del Pacífico chocoano podrían negociar, es decir, vender los productos de su industria y adquirir los artículos necesarios para su consumo. A ello se agrega que no es el mercado de Buenaventura propicio para las transacciones del Chocó, por lo cual los viajes serían, cuando menos, improductivos para los costeños. Por todas estas razones se ven siempre impelidos a negociar en Panamá, con la cual se ha establecido y robustecido el único comercio de nuestra costa del Pacífico.

[…]

Y la escasez del personal de la costa se traduce en falta de elementos capaces para el desempeño de las funciones públicas: ello es la otra de las causas de las cuales proviene el mal estado de aquella región. Nuquí figura como uno de los centros mejores de la costa, y es penoso manifestar que el Jurado Electoral, por ejemplo, no pudo funcionar en las elecciones que acaban de pasar, no obstante el vivo interés que tomó en ello la Intendencia, por la razón sencilla, así lo manifiestas las notas de la Prefectura y de la Alcaldía, de no haber allí personas competentes para integrar aquella importante corporación. El Concejo Municipal no tiene existencia allí, por la misma razón, y ese es un Municipio sin Personero, y sin Juez y sin Tesorero.

Comparten con Nuquí la supremacía —valga la expresión— de la costa, Pizarro, asiento del Municipio de Baudó, situado en el extremo sur de la región y en el curso inferior del río de su nombre; El Valle, situado hacia la mitad de la costa, y por consiguiente en posición favorable para el desarrollo de la actividad gubernamental; y Juradó, opuesta a Pizarro, es decir, en el extremo norte de la ribera del mar.

Interesa, pues, con el fin de obviar todo este cúmulo de adversas circunstancias, buscar una fórmula eficaz para atender a las necesidades más urgentes de la región, en la cual, como se ve proclamado por las diversas y constantes comunicaciones de las pocas autoridades que allí funcionan, no tienen existencia real y jurídica los Municipios, a cuyo encargo ha dejado la ley el mejoramiento local de las regiones del país. Un Prefecto situado en una costa inmensa y desierta, la cual es difícil recorrer con frecuencia, sin municipios efectivos que vigilar, con alcaldes que, por tanto, carecen de medios materiales para hacer progresar los pueblos y mejorar sus condiciones, es un simple funcionario de la región, o un mero rodaje burocrático que demanda gastos, los cuales, aplicados discretamente por medio de simples alcaldes e inspectores de policía, al mejoramiento de la costa, darían otros resultados, resultados visibles, siquiera sean modestos, en la obra imperiosa de atender, en cuanto sea posible, a la mejor vida de aquellos compatriotas necesitados, por lo menos, de caminos que faciliten su comunicación con las orillas del Atrato, a través del río Baudó y la serranía de este nombre.

Esa fórmula sería la creación de un municipio que englobase los actuales de Nuquí y Juradó, pues el de Baudó, con un poco de interés por parte de las autoridades provinciales del San Juan y de la Intendencia, puede seguir desarrollando solo sus actividades. Ese municipio deberá ser dotado con un jefe competente, versado en el manejo de los asuntos públicos, de carácter, celoso cumplidor de su deber, y sería secundado por inspectores de policía en los caseríos de Juradó, Cupica y El Valle, a los que deberán también asignarse sueldos suficientes a fin de que las buenas dotaciones permitan la selección del personal. Estas autoridades deben estar ayudadas por algunos agentes de la Policía Intendencial, sobre todo en Juradó.

Y como las rentas que pertenecen a los municipios se pierden allí, por cuanto no se cobran, puesto que no funcionan las entidades encargadas de dirigir su inversión y hacerlas efectivas, y de ello se deriva que la costa no contribuye en nada para atender a las necesidades públicas de la misma, en cuanto esas rentas aparecen como cedidas a los municipios por la Intendencia o autorizadas por ella, sería preciso darles carácter de intendenciales y encomendar su cobro e inversión a una Junta que resida en la capital de la nueva entidad. Junta que sería compuesta por el Alcalde, el Personero Municipal, el Presidente del Concejo y dos vecinos, nombrados uno por la Intendencia y otro por el Concejo Municipal, y a falta de este por la misma Intendencia. El producto de las rentas así recaudadas se destinará íntegramente a mejorar los sueldos de todos los empleados y a realizar las obras públicas más urgentes.

Y para allegar fondos que contribuyan a sostener el servicio público y el fomento que esta costa requiere, la Intendencia haría bien al solicitar que se le concediera el usufructo de los bosques de taguas, no explotados por particulares, y de las coqueras que se encuentren en el mismo caso, por cuanto el producto de esa explotación daría, es al menos lo probable, elementos para atender a las más urgentes necesidades de la región. Mas fuera lo mejor que se otorgase no el usufructo sobre las coqueras y los bosques de taguas en general, sino la propiedad sobre algunos de dichos bosques, pues en este caso sería más segura y eficiente la organización que la Intendencia diera a esta renta, por cuanto contaría con el dominio sobre ellas, factor económico de valor incalculable en la producción de riquezas.

Tal es a grandes rasgos la situación de la costa chocoana del Pacífico, y tales son las disposiciones que una constante meditación señalan como las únicas que, hoy por hoy, dadas las circunstancias sui géneris de aquella ribera, son aplicables con provecho al mejoramiento de la misma. Los adagios, que encierran un fondo enorme de sabiduría, tienen esta frase: “a grandes males, grandes remedios”, y, aunque la organización que la Intendencia tiene en proyecto para la costa se aparta algo de la costumbre general del país, ello mismo está indicando que solo con medidas de esta índole podrá lograrse una modesta pero continua y sólida marcha administrativa en aquellas regiones. Esta reorganización no está llamada a hacer progresar visiblemente la costa del Pacífico, porque tal anhelo está vinculado en muy hondas necesidades, que requieren un mayor esfuerzo para operar la transformación del desierto en emporio; su progreso requiere la inversión de grandes capitales para obras públicas, de carácter vasto, como colonias, ciudades, caminos, y ellas no corresponden sino a la Nación. Finalmente, es fenómenos sociológico el que debe operarse en la costa del Pacífico para realizar su engrandecimiento: el fenómeno de la población, es decir, el consistente en poblar aquella orilla. Lo que compete por el momento a la Intendencia es regularizar lo más que pueda la vida pública en aquellas regiones, para que sea efectiva la obligación que tiene el Estado de ofrecer seguridad a los hombres, al trabajo y a las industrias. En cambio, sus ideales respecto de la costa son amplísimos, y el compendio de ellos sería la realización de todo cuanto contribuya a hacer de ella una de las más ricas y prósperas secciones de Colombia.

El Secretario General, Jorge Valencia Lozano.
Quibdó, mayo 25 de 1921.



[1] Decreto 1347 de 1906 (noviembre 05). Por el cual se crea y organiza la Intendencia nacional del Chocó. Artículo 3°.

[2] Nicanor Restrepo Giraldo. Informe del Intendente Nacional del Chocó al Señor Ministro de Gobierno. República de Colombia, Intendencia Nacional del Chocó, Oficina de la Intendencia, Quibdó, junio 1° de 1921. 25 pp. Pág. 5.

[3] Francisco Gutiérrez C. M. F., diciembre de 1915. Informe oficial que rinde el Prefecto Apostólico del Chocó a la Delegación Apostólica, 1911-1915. Bogotá, Imprenta Nacional, 1916. 118 pp. Pág. 90.

[4] Nicanor Restrepo Giraldo. Informe del Intendente Nacional del Chocó al Señor Ministro de Gobierno. República de Colombia, Intendencia Nacional del Chocó, Oficina de la Intendencia, Quibdó, junio 1° de 1921. 25 pp. Pág. 18.

[5] En: Nicanor Restrepo Giraldo. Informe del Intendente Nacional del Chocó al Señor Ministro de Gobierno. República de Colombia, Intendencia Nacional del Chocó, Oficina de la Intendencia, Quibdó, junio 1° de 1921. 25 pp. Pág. 18-23.