31/08/2026

 Terremoto cultural
—Primera parte—

Un proceso adecuado de reconstrucción regional del Chocó debe incluir el componente étnico y cultural; no como una variable más, sino como esencia y pilar de la dignidad y los derechos de los pueblos. FOTOS: Gobernación del Chocó. 1-Gobernadora del Chocó en Brubatá, municipio de Tadó. 2. Pie de Pató (Alto Baudó), visita de la Gobernadora del Chocó.

Los terremotos hieren y siegan vidas, conturban espíritus, quebrantan corazones, lesionan esperanzas, destrozan sueños… Centenares de casas levantadas a lo largo de toda la vida, ladrillo a ladrillo, peso a peso, domingo a domingo, navidad tras navidad, prima tras prima, año tras año, se desploman con todo adentro, incluyendo ilusiones y certezas, que tan escasas suelen ser para quienes nacieron más cerca del infortunio que de la ventura; o sufren daños cuyo arreglo es equivalente a empezar de nuevo… Niños y niñas balbucientes aprenderán primero a decir la palabra «temblor» que a pronunciar su nombre… Y las historias locales de las comunidades; por ejemplo, Bahía Solano, con sus temblores y desastres de 1970, o Murindó y sus alrededores, en la cuenca media del Atrato, con sus temblores de 1992 y sus catástrofes aún irresueltas; terminarán delimitadas por el antes y el después de aquellos eventos trágicos. Al igual que la historia de Quibdó, que durante 60 años tuvo como hito el incendio del 26 de octubre de 1966 y que a partir de ahora, junto a la historia de 29 municipios más del departamento del Chocó, estará signada por el reciente terremoto.

Los terremotos también resquebrajan, agrietan y fragmentan el alma de los pueblos: su cultura, su ser común y su identidad compartida, que son la fuente de sus formas de entender, recrear y habitar el mundo, sus percepciones y relatos de la historia, sus cotidianidades, sus redes de parentesco y vecindad, sus hierofanías, sus solemnidades y conmemoraciones, sus rituales y devociones, sus celebraciones y sus fiestas, sus mitos y sus danzas, sus cuentos y sus cantos, sus sabores, sus cocinas, sus labores, sus holganzas…, en fin: todo aquello que —enraizado en sus orígenes y tradiciones— le comunica sentido a la existencia… Y este conjunto de manifestaciones, sagradas como la vida misma, constituyen el patrimonio material e inmaterial de los pueblos y sus culturas, los sistemas propios de vida y bienestar sobre los cuales cada pueblo y cada sociedad expresan su ser y reafirman su identidad ante el resto de la humanidad…

Y es por ello por lo que, sin que haya dudas sobre la prioridad absoluta que tienen la defensa de la vida y la atención de la emergencia, es también necesario e indispensable que —llegado el momento oportuno y como parte de los procesos de restitución de las condiciones de vida perdidas en el desastre— se adelanten evaluaciones de daños, perjuicios y afectaciones al patrimonio cultural y a todos los bienes materiales e inmateriales que lo componen o están asociados al mismo. Y que a este componente sustancial de la vida se le encuentre también su justo sitio en los procesos de (re)construcción que posteriores a la atención humanitaria y a la mitigación de la emergencia; con la mira puesta en una existencia cultural plenamente reconocida y valorada como parte de la historia nacional y del carácter multiétnico y pluricultural de la Nación.

Balances preliminares

En ese sentido, cuatro días después del terremoto del 10 de agosto de 2026, el Ministerio de Cultura de Colombia presentó un balance preliminar de afectación de bienes de interés cultural en el país.[1] Según el reporte, 40 de estos resultaron afectados, en los departamentos de Antioquia, Cauca, Chocó, Caldas, Risaralda, Quindío y Valle del Cauca; 22 con afectación alta, 13 con afectación media y 5 con afectación baja.

Colegio Carrasquilla 1950.
Hospital de Quibdó 1940.
Archivo fotográfico y fílmico
del Chocó / El Guarengue.

Dos de esos bienes inmuebles de interés cultural del ámbito nacional ubicados en Quibdó fueron incluidos en dicho reporte: el edificio original del Colegio Carrasquilla, en la zona céntrica de la ciudad, con afectación media; y el antiguo edificio del Hospital San Francisco de Asís, inaugurado en 1935, donde funciona hoy el Colegio Santacoloma, con afectación alta. Según informes confiables, aunque extraoficiales y también preliminares, el Carrasquilla sufrió fisuras de mampostería, desprendimiento de muros y ruptura de una columna en el segundo piso; y el Colegio Santacoloma presenta fisuras y grietas múltiples en mampostería, desprendimiento de muros y posible ruptura de estructura.

Ocho manifestaciones del Patrimonio Cultural Inmaterial fueron incluidas en el informe del Ministerio de Cultura como afectadas directamente por el terremoto; entre ellas, los «Gualíes, alabaos y levantamientos de tumba. Ritos mortuorios de las comunidades afro del municipio del Medio San Juan», departamento del Chocó, que están inscritos desde 2014 en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial del ámbito nacional de Colombia. Esta manifestación, que anualmente congrega a portadores, cultores y herederos de prácticas, cánticos y rituales fúnebres en un Encuentro en Andagoya —que sigue siendo tan genuino como las manifestaciones que lo concitan—, ve interrumpidas sus dinámicas por las prioridades vitales derivadas de la atención de la emergencia por los daños y perjuicios que sufrieron las comunidades a raíz del terremoto del 10 de agosto.

Cuatro días después del balance preliminar de afectación de bienes culturales, el Ministerio expidió la resolución N° 0536 del 18 de agosto de 2026 «por medio de la cual autoriza la intervención en modalidad de primeros auxilios y acciones urgentes a los Bienes de Interés Cultural y Centros Históricos ubicados en zonas afectadas por el sismo que se registró el pasado 10 de agosto e identificados por la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo o la autoridad competente». La resolución incluye una lista detallada de las acciones autorizadas como parte de la emergencia en bienes afectados, al igual que intervenciones destinadas a «salvaguardar edificios antiguos y hacerlos más resistentes ante posibles réplicas».[2]

Otras afectaciones

Aunque no fueron incluidas en el reporte inicial del Ministerio de Cultura, cuya actualización no ha sido publicada hasta la fecha, las Fiestas de San Pacho en Quibdó —que desde el año 2012 fueron inscritas en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura)— han sido objeto de amplio debate y controversia pública, desde las primeras horas posteriores al terremoto, sobre la conveniencia o no de su realización entre septiembre y octubre. Al parecer, hay consenso en torno al desarrollo exclusivo de su componente devocional, orientándolo hacia la memoria ritual en torno a la tragedia que vive el Chocó; tal como se viene haciendo en las Fiestas de la Virgen de la Pobreza, que comenzaron el 30 de agosto y se prolongarán hasta el 8 de septiembre, en el municipio de Tadó.

«Ante la emergencia ocasionada por el sismo, la Alcaldía de Quibdó informa la suspensión de las actividades culturales, artísticas y de aglomeración de las Fiestas de San Pacho 2026 que están a cargo de la Administración Municipal. Hoy nuestra prioridad es la vida, la atención de las familias afectadas y la recuperación de Quibdó»;[3] informó en un comunicado del 22 de agosto la Alcaldía de Quibdó. Por su parte, la Gobernadora del Chocó, a propósito de la alborada mayor de las fiestas, que se celebra cada año el 3 de septiembre, declaró que se conservan la fe y el sentimiento de comunidad que caracterizan al pueblo quibdoseño y que las celebraciones religiosas podrían ser también un momento de catarsis colectiva.

En el cementerio San José, de Quibdó —que está cumpliendo un siglo de haber sido inaugurado— se presentaron daños que, al parecer, constituyen pérdida total del portal del osario, antiguamente capilla y escenario de discursos de despedida a los difuntos. Mientras que la catedral San Francisco de Asís presenta fisuras en algunas áreas y desprendimiento de un capitel; que, según evaluación, no constituyen riesgos mayores ni impiden su uso. Tanto el cementerio como la catedral son bienes de interés cultural del ámbito municipal.

Santuario de Nuestra Señora del Rosario, en el municipio de Condoto (Chocó) antes y despues del terremoto. FOTOS: Facebook El Gomelo Publimóvil Condoto y Alcaldía Municipal de Condoto.

El Santuario de Nuestra Señora del Rosario de Condoto, templo reconocido como bien de interés cultural del ámbito municipal, se encuentra en situación crítica y fue declarado no habitable; lo cual ha suscitado preocupación ciudadana ante la posibilidad de que tenga que ser demolido. Al respecto, la Alcaldía informó en su cuenta de Facebook: «Tras las valoraciones realizadas por dos equipos técnicos especializados, se determinó que la estructura presenta riesgo de colapso. Por esta razón, y actuando con responsabilidad, hemos dispuesto su clausura temporal y el cierre preventivo de las vías en sus alrededores».[4]

Publicaciones de prensa como las de la revista Cambio han informado, además, sobre los daños severos que sufrieron otras infraestructuras culturales de Quibdó, como el Centro de Memoria Afrodiaspórica Muntú Bantú, creación y trabajo del profesor e historiador Sergio Mosquera; el Teatro Andamio; el movimiento La Diva del Ritmo Exótico; y la Casa Ubuntú, del famoso bailarín Misael Córdoba. Igualmente, se ha informado de afectaciones de diversa gravedad en 14 bibliotecas públicas de las 38 que existen en el Chocó, entre ellas la Biblioteca Departamental Arnoldo de los Santos Palacios, de Quibdó, actualmente cerrada.

La importancia de los datos

Por supuesto, faltan muchísimos datos. Si levantar el censo de damnificados del terremoto es tarea compleja en el Chocó, los inventarios de daños en el patrimonio cultural probablemente sean más difíciles de consolidar. «Tampoco es razonable que la protección del patrimonio dependa de que un equipo especializado pueda desplazarse desde Bogotá después del desastre. Organismos de socorro, autoridades territoriales e instituciones culturales necesitan protocolos y capacidades previas. El reto no consiste únicamente en fortalecer al Ministerio en Bogotá, sino en construir capacidades permanentes en las regiones y redes de trabajo con autoridades, organismos de socorro, universidades, instituciones culturales y comunidades», anota en una publicación de la Silla Vacía Mario Omar Fernández, experto en conservación del patrimonio y Profesor Asociado del Laboratorio de Estudios del Arte y Patrimonio (LEAP), de la Universidad de los Andes.[5]

De ahí la enorme importancia que tiene que los equipos locales de gestión del riesgo de desastres y las oficinas encargadas del sector cultural, aun con sus limitaciones de recursos, trabajen en coordinación con la Gobernación del Chocó y, apoyándose en universidades y grupos que vienen diagnosticando viviendas y edificaciones, y en la Dirección de Patrimonio del Ministerio de Cultura, con la participación de líderes culturales locales y de las propias comunidades; se apersonen de la situación y hagan todo lo que esté a su alcance para consolidar datos ciertos sobre los daños al patrimonio cultural, tanto material como inmaterial. Solamente así será posible que este núcleo de la vida de la región chocoana, de su gente y de sus municipios, sea debidamente incluido en los planes de (re)construcción de los cuales ya se está hablando, sin mayores menciones a los alcances culturales del proceso.

«En una emergencia de esta magnitud, la falta de información no es un problema menor: lo que no se identifica difícilmente puede protegerse, priorizarse o recuperarse», explica el profesor Fernández, y resalta la importancia del trabajo local y micro en cuanto a diagnósticos, balances e inventarios: «...un terremoto no afecta únicamente edificios. En museos, archivos y bibliotecas, el daño puede continuar después del sismo. Agua, polvo, humedad, incendios, colapso de estanterías y manipulación inadecuada pueden producir pérdidas irreversibles».[6]

Coyuntura y estructura

Andagoya, 10 de agosto de 2026.
Vivienda afectada por el terremoto.
FOTO: Alcaldía Municipal Medio San Juan.

Con el paso de los días después del terremoto, se ha venido asentando la idea de que la recuperación material y socioeconómica del Chocó no puede consistir en volverlo a dejar como estaba, pues como estaba no estaba bien. En ese mismo sentido, es vital que la restitución de las condiciones de vida de la población chocoana hacia el ejercicio de su dignidad y sus derechos contemple e incluya, con rigurosidad y consistencia, el conjunto de los fundamentos culturales de la región, tanto de comunidades afrochocoanas como de pueblos indígenas. Tal previsión abarca no solamente la reconstrucción de bienes patrimoniales declarados como tales y la concertación o patrocinio de fiestas, festivales y otros eventos masivos. Hay más, muchísimo más de fondo, que suele ser invisible durante las evaluaciones de daños y afectaciones. Y de lo cual será necesario hablar en la conversación pública que actualmente suscita el futuro del Chocó.

El patrimonio cultural y el acervo histórico son esenciales, no accesorios, en la persistencia del sentido de la vida de los pueblos. Máxime cuando se trata de pueblos étnicos, ya que de tal sentido dependen la esperanza y el futuro. «Garantizar los derechos es tan importante como atender los daños», ha dicho la Defensoría del Pueblo.



[5] La Silla Vacía. El patrimonio cultural estaba en riesgo desde antes del terremoto. Mario Omar Fernández, Profesor asociado del Laboratorios de Estudios del Arte y Patrimonio (LEAP) de la Universidad de los Andes. 26 de agosto de 2026. https://www.lasillavacia.com/red-de-expertos/red-social/el-patrimonio-cultural-estaba-en-riesgo-desde-antes-del-terremoto/

[6] Ibidem.

24/08/2026

 Don Pedro Abdo García: 
un adiós a la mano amiga del Chocó 

*Esta histórica imagen, obra del fotógrafo chocoano Jeison Riascos, fue tomada en mayo de 2017, cuando don Pedro Abdo García tenía 89 años. Como una muestra de apoyo al paro cívico que entonces se llevaba a cabo, don Pedro posó enarbolando la bandera del Chocó, que efectivamente había portado durante las protestas cívicas de los años 1954, 1967 y 1987. FOTO: Jeison Riascos (El Murcy).

Faltaban unas cuantas horas para que se cumpliera una semana del terremoto de magnitud 7.4 que asoló 481 municipios de 16 departamentos de Colombia, entre ellos 30 del Chocó, cuando falleció en Medellín, el domingo 16 de agosto de 2026, a los 98 años de edad, don Pedro Abdo García Borja, a quien cada cual, según los pareceres de su cercanía y de su percepción, nombraba con distinto apelativo: don Pedro, Abdo, don Pedro Abdo, el señor Abdo; pero, a quien infinidad de coterráneos de sectores humildes de la población quibdoseña y chocoana llamaron durante muchos años «la Mano Amiga».

Al atardecer de aquel de domingo, lo primero que muchos hicimos —pues no era dable que incurriéramos en el desliz de añadirle a una tragedia que ya se sabía enorme la incertidumbre de un hecho trágico sin confirmar— fue preguntar por aquí y más allá si era cierta la noticia que en algunos grupos de WhatsApp y en el infaltable Facebook se había dado de modo no del todo afirmativo, casi como un simple rumor: “nos informan que falleció en Medellín don Pedro Abdo García”. Cuando fue refrendada a través de diversos familiares del ilustre y recordado difunto, comenzaron a circular textos e imágenes dando cuenta de la lamentable novedad. Entonces algo se ensombreció en el interior de muchas almas quibdoseñas que, además de la oscuridad de aquella noche nublada y casi lluviosa, cargaban por dentro la descomunal procesión del sufrimiento por el terremoto, y por fuera las huellas del cansancio, de la tristeza y de las lágrimas yertas, secas, en sus rostros, miradas, ojos y semblantes.

Reconocimientos y admiraciones

«Se nos fue la mano amiga», me escribió un quibdoseño de vieja data a quien le pregunté si ya sabía del insuceso; y añadió: «Yo creo que don Pedro Abdo era el último personaje de esa generación de prohombres chocoanos que hicieron grande nuestra región: un hombre cívico por excelencia, emprendedor total, comerciante de empuje, político reflexivo».[1] Varios contertulios coincidieron en considerarlo un prohombre de los de antaño, de los que —como suele decirse en ocasiones como esta— ya no quedan. «El último cordobista», lo llamaron algunos, aludiendo a su militancia en una de las corrientes fundacionales del ejercicio político, de la vida pública y de la institucionalidad del Estado en el Chocó: el Cordobismo, denominado así en alusión a Diego Luis Córdoba, uno de los más preclaros integrantes de la Generación de la Dignidad, que no solamente condujo al Chocó de Intendencia Nacional a Departamento, sino que lo situó en puestos de relevancia en los ámbitos parlamentarios, gubernamentales, culturales e intelectuales del país. Al respecto, un amigo escribió: «Abdo no fue estudiado, como se dice coloquialmente, pero fue respetado en el movimiento político Cordobista. Yo le decía que era el último cordobista honesto. Creo es el último de su generación, tanto comercial, como política». Buscando añadir un poco de realismo en las idealizaciones de la muerte, otro contertulio escribió: «De Pedro Abdo, pienso que fue un hombre que hizo empresa, empezando por su tienda y las siguientes escalas comerciales, no tan desligadas de ventajas asociadas a la politiquería tradicional; lo cual no le resta méritos a su don de gentes y a esa contagiosa amabilidad a flor de piel».

Y así, sucesivamente, se desgranaron reconocimientos y elogios, admiraciones y homenajes a una vida y una carrera pública de alguien que literalmente comenzó desde abajo y llegó hasta cimas donde antes no llegaban los afrochocoanos humildes, los “no estudiados”, y mucho menos si eran de origen campesino.

Múltiples notas de condolencia fueron publicadas por el fallecimiento de Pedro Abdo García, entre ellas algunas elaboradas con aplicaciones de IA que generaron imágenes ajenas al personaje, como las del Comando Departamental Cordobista y la Alcaldía de Lloró, esta última con un texto tan genérico y vago que puede aplicarse a cualquier personaje. Fuentes: Facebook entidades. Collage El Guarengue.

Desde abajo

Nacido en 1928 en la vereda Canchidó, del municipio de Lloró, donde el bravío Andágueda y el cristalino Capá confluyen con la majestad del alto río Atrato; Pedro Abdo era hijo de Tomás Domingo García y Asunción Borja Rentería. Tenía un poco más de 15 años cuando, sin haber concluido la escuela primaria, se aventuró hacia Quibdó, con una sola muda de ropa, como pasajero en una balsa, un transporte que todavía hoy muchos jóvenes de la zona y del Alto Andágueda utilizan para bajar de un poblado a otro, siguiendo la corriente de los ríos.

Hizo de todo para conseguir el sustento. Con una mezcla de intuición, humildad y ganas de salir adelante, Pedro Abdo labró paso a paso su carrera comercial, hasta llegar a construir negocios y acumular capitales propios, con los cuales descolló —en la década de los años 50— como uno de los primeros afrochocoanos en incursionar en el comercio de Quibdó, dominado entonces por comerciantes del Caribe, turcos y antioqueños.

Aviso publicitario de una marquetería de propiedad de Pedro Abdo García, en el periódico La Crítica, de Quibdó, del 14 de noviembre de 1954. Recortes y edición: El Guarengue.

Embolador reconocido de clientela fija y distinguida, a la que le cobraba 10 centavos por el servicio, y de clientes más populares a los que les cobraba 5 centavos o lo que ellos pudieran darle; ayudante y carguero en bodegas de víveres, como la de sus hermanos Ramón y Martín; vendedor ambulante de cerveza y de plátano, en carretilla de madera de tres ruedas; artesano de cuadros decorativos que él mismo elaboraba con imágenes que recortaba de revistas y montaba sobre cartón, simulando un marco, y que vendía a precio promocional por medias docenas; obrero de carreteras del Ministerio de Obras Públicas; mensajero de casas de familia, una especie de precursor de la entrega de pedidos a domicilio en Quibdó; con escasos 20 años, Pedro Abdo García ya había incursionado en las primeras y visionarias aventuras comerciales, que lo llevarían a concebir y crear sus primeros negocios.

Habida cuenta de que los campesinos de todo el Atrato y sus afluentes llegaban a Quibdó en la madrugada de los sábados a vender —en los puertos y el mercado de la orilla del Atrato— plátano, maíz, frutas, pescado, carne de monte, gallinas y patos, huevos, bija, algodón para almohadas, cestería de fibras de palma tetera o chocolatillo, panelas aliñadas con frutas, biche, vasijas y enseres de mate o totumo, rallos y bateas para lavado de ropa, dulces y conservas caseras, yerbas medicinales, aromáticas y de condimento, y todo tipo de encargos que las familias citadinas les hicieran; con lo cual el día se les iba yendo sin poder comprar a tiempo sus propios mercados: velas, querosín, sal, granos, víveres, medicinas de botica, telas, linternas, cuadernos, lápices, etc.; Pedro Abdo fue logrando que algunos campesinos le entregaran sus listas con los productos que necesitaban comprar en el comercio quibdoseño, y él iba y los compraba a precios mayoristas y se los facturaba a precio de venta al detal. Esa diferencia de precios, además de los centavos adicionales con que los campesinos lo retribuían, constituían sus ganancias. Sábado a sábado, mes a mes, gracias a su diligencia, pulcritud y amabilidad en dicho servicio, su clientela se incrementó y también sus ganancias, que sin ser todavía una fortuna crecieron lo suficiente para contar con lo que sería uno de sus primeros capitales de inversión, el cual le permitiría alquilar un local, con bodega y tienda, donde él mismo personalmente le despacharía a esos mismos clientes el mercado que antes iba y compraba por ellos en otros negocios de la plaza comercial quibdoseña. Refinó entonces lo que hoy llaman su «estrategia de fidelización» de clientes: antes, cuando iba de champa en champa, de canoa en canoa, les ofrecía a los campesinos una copa de vino Seco Bandera para el frío que cogían en toda una jornada bogando por el Atrato y vendiendo en los puertos de Quibdó, más un tabaco o un cigarrillo Dandy, según el gusto de cada uno. Ahora, en su propio local, cuando los campesinos iban a dejarle su lista de compras, Pedro Abdo les brindaba un trago de anisado o una cerveza, además del cigarrillo o el tabaco que eligieran; a los más jóvenes los atendía con un refresco y a los niños con bolones de chicle, confites de banana o de anís, o pequeños trocitos de queso costeño. Igual, por extensión, empezaría a hacerlo, hasta convertirse en el local favorito de ese «nicho de mercado», con las empleadas domésticas de las familias quibdoseñas, la mayoría de las cuales terminó engrosando su extensa y satisfecha clientela.

Afectado por el trágico y enorme incendio del 26 de octubre de 1966, que devastó todo el comercio de la carrera primera de Quibdó, donde él se había ubicado, primero en un quiosco comprado al comerciante baudoseño Ranulfo Castro, y luego en un local arrendado; Pedro Abdo García se levantó y siguió. «Antes de 1966, Abdo ya era un comerciante próspero; tenía una bodega de víveres en la carrera primera y mi padre era su agente de negocios del queso traído desde Magangué y el azúcar del Valle del Cauca, por vía férrea hasta Bolombolo, y luego por la trocha hasta Quibdó», en tiempos en los que todo el comercio se surtía de Cartagena por la vía fluvial del Atrato; recuerda un hijo de don Benigno Moya, un hombre que trabajó varios años para Pedro Abdo antes de independizarse y convertirse en otro de los tenderos y comerciantes de renombre en Quibdó. «Después del incendio, Abdo no se doblegó, su visión comercial se mantuvo y continuó con un negocio de víveres al por mayor, pero más adelante vio en los combustibles una oportunidad», remata su relato Jesús Alexis, hijo de don Benigno, quien también recuerda con nostalgia que «tuve la fortuna de gozar de su aprecio, por la amistad con mi padre», de quien don Pedro también fue compadre, cuando se convirtió en padrino de una de sus hijas.

Servicentro Esso N° 89-La Confianza

Edificio de la Empresa Comercial La Confianza,
en Quibdó, 1965. Remodelado completamente,
en este edificio funciona actualmente la 
Gobernación del Chocó. FOTO: Archivo
Fotográfico y Fílmico del Chocó.

Luego de mil peripecias, incluyendo un tiempo como empleado de la legendaria Empresa Comercial La Confianza, de propiedad de Juan Restrepo, el Ñato Aquileo, Mario Montero y Joaquín Hincapié, empresa ésta que, además de servicios de ferretería, era la expendedora de combustibles y lubricantes para vehículos automotores, para los recién introducidos motores fuera de borda Johnson, trapiches y otras máquinas, además del querosín para fogones domésticos Esso Candela, quinqués y lámparas artesanales; Pedro Abdo García Borja desplegaría al máximo su condición de visionario comercial. Pasado el incendio de 1966, comprado el edificio de La Confianza por el gobierno para funcionamiento de la Gobernación del Chocó, don Pedro se imaginó una enorme y moderna estación de servicio, en un terreno situado en la calle 30 entre carreras séptima y octava, e hizo todo lo necesario para materializar aquel hit comercial, que rápidamente y aún más con el paso de los años llegó a ser tan importante que se convirtió incluso en referencia geográfica para situarse en la ciudad.

La ubicación de «la Bomba de Abdo», como pronto fue conocida y se conoce hasta hoy, en la entrada a Quibdó por la carretera desde Medellín, fue parte sustancial de su éxito y una muestra del carácter visionario de don Pedro Abdo; pues era inevitable que por allí pasaran todos los vehículos que llegaban a la ciudad por dicha vía, que durante mucho tiempo fue también el único paso para quienes venían del aeropuerto El Caraño. Su denominación oficial y comercial era Servicentro Esso N° 89-La Confianza, tal como figuraba en las pequeñas y elegantes agendas, en los calendarios y demás piezas promocionales que cada año, sin falta, entregaba don Pedro Abdo García a clientes, proveedores, empleados, amigos y vecinos, como parte de los típicos regalos navideños de anchetas de rancho y licores. En esas agendas, cuyo tamaño no excedía la mitad de un celular de los más comunes y corrientes de hoy, a uno le daba gusto encontrar con nombre, dirección y número de teléfono (430) aquel establecimiento comercial; donde, en un local alquilado cuyo pago mensual se cuadraba entre dineros en efectivo y cruce de cuentas por trabajos hechos a los carros de don Pedro Abdo, tuvo su taller durante casi una década el mejor mecánico de Quibdó: Arturo Herrera Giraldo.

Civismo y filantropía

Como pregonero, portaestandarte y agitador de masas, don Pedro Abdo García Borja participó activamente en el movimiento de protesta de septiembre de 1954, promovido y organizado por el Comité de Acción Chocoana; mediante el cual se impidió el cumplimiento de la ignominiosa pretensión del régimen militar de Rojas Pinilla —acicateado por el codicioso vecindario antioqueño, valluno y caldense— de desintegrar al Chocó como departamento y repartir su territorio entre las jurisdicciones de esos tres malos vecinos. Tenía 26 años.

Doce años después, en un jeep que era el único vehículo de los bomberos locales, hacia las 10 de la noche del 26 de octubre de 1966, don Pedro recorrió las calles de Quibdó para avisar del percance y concitar a la población a que se reuniera a la orilla del río para intentar entre todos contener las llamas del gran incendio que en ese momento devastaba la zona céntrica de la ciudad. Se le había ocurrido formar una cadena humana desde la orilla del río hasta los sitios del incendio o los adyacentes, con todo tipo de recipientes, que comenzaban llenos y llegaban a su destino casi vacíos. La cadena fue infructuosa. Y don Pedro Abdo terminó estrellado en aquel carro, con lesiones que, afortunadamente, entre el calor del incendio, el pavor del desastre y sus alcances mínimos, no pasaron a mayores; aunque cuentan que se le afectó el antebrazo derecho, por lo cual le tocó aprender a escribir su firma con la mano izquierda.

En agosto del año siguiente, a pesar de todo el movimiento gubernamental promovido por el presidente Lleras Restrepo para atender la emergencia de la tragedia y proceder a la reconstrucción de la ciudad, Quibdó no contaba regularmente con los dos servicios que ya se reconocían como esenciales en las ciudades: agua y luz. El acueducto ya no funcionaba tan bien como hasta antes del incendio; y la planta eléctrica de la carrera primera permanecía más dañada que en funcionamiento. Entonces, estudiantes de los colegios, maestros, comerciantes, ciudadanía en general, salieron a las calles a la famosa Huelga de Agua y Luz. Era 22 de agosto de 1967 y allí estaba, presente y activo, promoviendo y ayudando, don Pedro Abdo García… La luz, que ahora se llama “energía”, se sigue yendo, a veces hasta por 24 y más horas, como acaba de suceder entre viernes y sábado del último fin de semana. Y el agua, con un acueducto que tuvieron el descaro de inaugurar sin verificar su real funcionamiento, no es potable, ni es permanente, ni llega siquiera a la mitad de la población.

Veinte años después de la Huelga, cuando ya don Pedro Abdo llegaba a los 60 años de edad, también participó de lleno y apoyó económica y logísticamente el Paro Cívico de 1987, uno de los más fructíferos en cuanto a logros materiales para la región. Y, en 2017, cuando ya contaba 89 años, quedó retratado para la posteridad —en una imagen del fotógrafo chocoano Jeison Riascos (X: Talento Chocoano / El Murcy)— su apoyo al movimiento cívico, empuñando de nuevo la bandera del Chocó, mientras transcurría otro paro de grande, justa y prolongada lucha.

Y así, sucesivamente, en cada causa local y regional, don Pedro Abdo García siempre dijo presente. Incluso en la festividad religiosa de la Virgen del Carmen, patrona de choferes y transportadores, que con el paso de los años y su apoyo económico, organizativo, su convocatoria y su presencia, se convirtió en una celebración anual representativa en Quibdó, desde la parroquia del barrio Huapango.

Y, cómo no, en cada causa individual de sus múltiples ahijados, de parientes cercanos o lejanos, de hijos de sus amigos, de gente que a él recurría con problemas tan reales como no tener con qué enterrar a un pariente, comprar una fórmula médica o unos útiles escolares, allí estuvo don Pedro Abdo García Borja, sin que su mano izquierda supiera lo que hacía su derecha, ejerciendo una filantropía permanente y admirable, que fue la que condujo a que tanta gente terminara considerándolo «la Mano Amiga» y convirtiéndose en caudal electoral para su participación política, que lo condujo a la Cámara de Representantes; aunque nunca, como tanta gente lo quiso, alcanzara la alcaldía de Quibdó, ciudad de donde sí fue concejal cuando andaba por los 30 años. «Me indignaba cuando me informaban que una familia no tenía dinero para problemas graves de salud o para el velorio y el entierro de uno de los suyos. Apoyé a muchas familias, sin tener en consideración su filiación política. Yo era para todo el mundo, liberal, conservador, independiente», recordó él mismo en un evento público hace más de una década.

Placa conmemorativa en homenaje al grupo de fundadores de la Normal Superior Manuel Cañizales, de Quibdó. En el segundo renglón a la izquierda, aparece el nombre de Pedro Abdo García. La placa fue instalada en 1995, en una pared de la entrada del edificio, y la fotografía fue tomada el 9 de agosto de 2019. FOTO: Julio César U. H.

Gran impulsor de la Cámara de Comercio del Chocó, del Cuerpo de Bomberos y de la Casa de la Cultura de Quibdó; Pedro Abdo formó parte también del grupo de fundadores del Colegio Manuel Cañizales, concebido para contrarrestar la exclusión de una buena cantidad de niñas y jóvenes, especialmente de los sectores populares de Quibdó y de áreas rurales de este y otros municipios,  que no conseguían acceder a la educación pública en el Instituto Femenino Integrado. De modo que un grupo de personalidades, profesionales y educadores chocoanos se asociaron para fundar, en 1964, el Colegio Manuel Cañizales, que actualmente es una Normal Superior.

«El mejor ciudadano del Chocó»

Pedro Abdo García Borja
2010. Foto: UTCH.

«Pedro Abdo era un ícono de la chocoanidad. Uno de los referentes, si no el primero, que siempre se tenía en cuenta cuando había una dificultad, cuando ocurría una catástrofe o se requería la ayuda de alguien que no esperara nada a cambio. Fue de conocimiento público que no era un profesional formado en las aulas, pero sí un maestro de la vida, un comerciante natural, rebelde y político de sangre, entregado al servicio de todos sin distingos de raza, sexo, color o posición socioeconómica. Abdo vivió la satisfacción y el gozo que genera servir sin mirar a quién. Fue más lejos de lo que él mismo pensó y lo recordaremos como un gran ser humano. Gracias por todo, Pedro Abdo García Borja. El mejor ciudadano del Chocó». Estas palabras, escritas por Valentín Enoc Guerrero Córdoba a su gran amigo Pedro Eliécer García, hijo de don Pedro Abdo, sintetizan en cierta forma lo que mucha gente de Quibdó y del Chocó pensó cuando se supo la noticia de su muerte.

A 79 años de la creación del departamento, a 72 años del movimiento que defendió su integridad territorial y jurídica, a 59 años de la Huelga de Agua y Luz, a 60 años del gran incendio que transformó la vida y la historia de Quibdó y del Chocó, a 39 años de un paro cívico histórico, a dos semanas del terremoto del 10 de agosto…, en estos momentos en los que la región y su gente viven nuevamente circunstancias excepcionales e incertidumbres de futuro, su memoria de vida sea fuente de inspiración y esperanza para construir desde los escombros la digna certeza de un nuevo Chocó. ¡Adiós, don Pedro Abdo García!



[1] Todos los testimonios citados, a menos que se indique su fuente específica, forman parte de diversas conversaciones o chats de WhatsApp de los días 16 y 17 de agosto de 2026, en las que participaron, entre otros: Jorge Valencia Valencia, Jesús Alexis Moya Gamboa, Valentín Enoc Guerrero Córdoba, Lascario Barboza Díaz, Jesús Elías Córdoba Valencia y Rafael «Nabuco» Bolaños Henao.

Gracias también a Américo Murillo Londoño, memorioso cronista de la vida quibdoseña, quien fue compañero de correrías políticas de Pedro Abdo, y aportó precisiones importantes después de publicado el texto. 

17/08/2026

 Los epicentros del Chocó 

«Pero no llores, Quisqueya, que lucharemos,
tus hijos buenos te reconstruiremos».
Cuco Valoy, El ciclón (Himno a la reconstrucción), 1980.

La Gobernadora del Chocó, Nubia Carolina Córdoba Curi, en San José del Palmar, el 12 de agosto de 2026. FOTO: Gobernación del Chocó. Mapa IGAC 2002: municipios del Chocó.

Chontaduro y terremoto

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San José del Palmar.
En el puente festivo que hoy termina estarían culminando también las Fiestas del Chontaduro 2026 en el municipio de San José del Palmar, las cuales habían sido convocadas por la Alcaldía Municipal para los días 14 al 17 de agosto. El terremoto de magnitud 7.4, ocurrido a las 7:34 a.m. del lunes 10 de agosto, cuyo epicentro se ubicó en territorio palmareño, cambió completamente el panorama y convirtió a este municipio en centro de interés nacional e internacional como referente de una tragedia que afectó 15 departamentos y 472 municipios de Colombia, 120.671 familias y 185.996 personas, incluyendo 287 personas fallecidas y 4.147 heridas; según balance oficial del 16 de agosto a las 6:30 p.m., de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD).[1]

Chontaduro y biodiversidad

San José del Palmar está situado en el suroriente del Chocó, en límites con Risaralda y el Valle del Cauca, departamentos estos con los que comparte áreas protegidas del Parque Nacional Natural Tatamá y la Serranía de Los Paraguas, donde se ubican ecosistemas con las más altas tasas de biodiversidad del Chocó Biogeográfico, en gran parte por su condición de corredor de conectividad entre el Pacífico y la zona Andina, en la Cordillera Occidental. Cuando una prolongada, incontrolada y devastadora epidemia fitosanitaria destruyó casi totalmente los cultivos de chontaduro en zonas del Atrato, San Juan y Baudó, que hasta entonces habían sido grandes productoras de esta apetecida fruta, San José del Palmar se posicionó como el principal productor regional e incursionó exitosamente en el mercado de sus vecinos Pereira y otros municipios de Risaralda y del Norte del Valle.

Un abrazo intermunicipal

Los municipios chocoanos de Condoto, Nóvita y Sipí rodean en el mapa, como en un abrazo cartográfico y fraternal, a San José del Palmar, un lugar cuya vía carreteable de acceso directo lo conecta con el Valle del Cauca y Risaralda, no con el Chocó. Junto al municipio también andino de El Carmen de Atrato —que limita con Antioquia—, donde se ubica el nacimiento del río Atrato en los Farallones del Citará; San José del Palmar presenta las máximas elevaciones del departamento del Chocó: los cerros de Tamaná, con 4200 m y Tatamá, con 3950 m; el cerro de Torrá, con 3670 m, el cual forma parte de la Serranía de Los Paraguas; y las estribaciones denominadas Galápagos, en límites con el Valle del Cauca, a una altura de hasta 3000 m.

Sin noticias

Tal situación geográfica, sumada a las deficiencias locales y regionales de infraestructura vial y a la constante falla de los servicios de telefonía e internet en el Chocó, impidieron durante más de medio día del 10 de agosto que la región, el país y el mundo se enteraran de qué había pasado exactamente en el epicentro del terremoto, cuyos estragos en departamentos y ciudades vecinas, así como en Quibdó y otros 28 municipios chocoanos hacían temer lo peor. No obstante, al caer la tarde de ese primer día de la tragedia, la Gobernadora del Chocó, Nubia Carolina Córdoba Curi, quien visitaría el municipio a primera hora del día 12 de agosto, había logrado establecer que allí no había muertos ni heridos, a pesar de que el epicentro estaba a tan solo 20 km de la plaza del pueblo y eran graves los daños de viviendas, obras y edificios públicos y comunitarios.

WhatsApp

Mientras el pueblo palmareño poco sabía de lo que a esa hora temprana estaba ocurriendo en el país, y el país se preguntaba por la suerte de aquel municipio —de cuya existencia no sabían hasta el momento muchos colombianos—, aquella mañana en Quibdó la ristra diaria de motocicletas cuya barahúnda es la nota cotidiana de la ciudad desde que amanece hasta la media noche, se intensificó por el doloroso desespero de quienes habían dejado a sus hijos en escuelas y colegios unos minutos antes, y ahora —ocurrido el terremoto— se devolvían a recogerlos, mientras se enteraban en el trayecto de las peores noticias, procedentes de distintos y populosos sectores y barrios de Quibdó, como Nicolás Medrano, Zona Minera, el Jardín y la Zona Norte, entre otros, cuyas noticias circularon profusamente por WhatsApp antes de que comenzaran a fallar las conexiones telefónicas y de internet, y se interrumpiera también el servicio de energía eléctrica por circuitos y luego en toda la ciudad.

La Gobernadora

Reporte original de ocurrencia del terremoto del 10 de agosto de 2026, del Servicio Geológico Colombiano. Reportes de la Gobernación del Chocó sobre la situación de emergencia.

Ya a esa hora, en un acto de plausible gestión institucional del desastre, cuyas proporciones apenas empezaban a establecerse, la Gobernadora del Chocó se apersonó de su papel de liderazgo y vocería regional para el manejo de la situación; el cual ha mantenido y mantiene tras el paso de los días, con una empatía y una energía admirables, y con notable capacidad de análisis integral y panorámico de la tragedia. Menos de un cuarto de hora después del terremoto, en su cuenta de X (antiguo Twitter), la Gobernadora expresó: «Acabamos de pasar un grave evento sísmico en el departamento del Chocó. Nos preocupan las réplicas. Aunque el epicentro fue San José del Palmar, en la capital Quibdó hay heridos y graves daños en las edificaciones. Ya estamos haciendo la evaluación de daños para emitir el primer reporte oficial»[2].

Dos horas después del terremoto, la Gobernación emitió el primer reporte de situación regional, el cual fue actualizado por lo menos en 6 boletines más a lo largo de ese día, y otros tantos desde ese día hasta hoy. De modo que la información oficial va siendo consolidada, tanto para efectos de asistencia oficial regional y nacional, como para conocimiento de la población quibdoseña y chocoana, que entre lágrimas abundantes y silencios tristes, gritos de dolor, rezos y plegarias, reclamos e imprecaciones, intentaba conjurar y afrontar los males del desastre, comunicarse con sus parientes de fuera del Chocó, averiguar por su gente en ciudades tan destrozadas como Cali, Pereira, Manizales, y guardar algo de calma para ponerse a salvo con sus grupos familiares, laborales, académicos, barriales… 29 municipios afectados de los 31 que tiene el departamento, 13 personas fallecidas, 310 heridas, más de 12 mil familias damnificadas, 3.128 viviendas destruidas y más de 19.000 viviendas averiadas , 267 edificios de instituciones educativas afectados, son algunas de las cifras de la tragedia en el Chocó, según el reporte #12 de la Gobernación, del 15 de agosto a las 6:30 p.m.

Como un terremoto de siglos

Las carencias estructurales de sus municipios, y del departamento todo, en asuntos tan básicos y primarios en materia de desarrollo, como vías de transporte, servicios hospitalarios, agua potable, energía eléctrica, telefonía e internet, volvieron a revelarle al país y al mundo que San José del Palmar y el Chocó no son solamente epicentro de este cruel terremoto: también lo son de la desigualdad histórica y estructural en Colombia, tan cruel como un terremoto que durara siglos. De hecho, aunque en ello cuentan también la mediocridad y el facilismo del periodismo de los grandes medios de comunicación del país, hasta en los primeros informes periodísticos de la tragedia el Chocó fue excluido y pareciera que esta solamente hubiera ocurrido en las demás ciudades y departamentos, lamentablemente afectados, y al territorio chocoano solamente le correspondiera —como un eslogan— su condición de epicentro del terremoto y la trágica presea de que este fuera el movimiento sísmico de mayor magnitud en los últimos 25 años.

Recordando a Bahía Solano, 1970

El próximo 26 de septiembre se cumplirán 56 años de los tres sismos (magnitudes 6.5, 5.8 y 6.6) que asolaron a Bahía Solano entre la primera hora del día, la media mañana y la alta noche, y cuyas réplicas mantuvieron en zozobra permanente a sus habitantes, atemorizándolos de tal modo que a la media noche la mayoría de la gente ya había decidido irse del pueblo.

A solo tres semanas de su posesión como gobernador del Chocó, el abogado liberal Andrés Rumié Mosquera llegó a Bahía Solano para ver con sus propios ojos la destrucción de la que había sido objeto esta población, la mayor parte de cuyas edificaciones se habían venido abajo a causa de los tres feroces sismos, que por fortuna solamente dejaron dos personas heridas. También el presidente de Colombia, Misael Pastrana Borrero, estaba recién posesionado, no llevaba más de mes y medio en el cargo.

Pobladores de Bahía Solano
esperando ser evacuados en avión.
Grietas en el camino hacia el aeropuerto.
Sismos en Bahía Solano, septiembre
de 1970. FOTOS: capturas
de pantalla video Fundación
Patrimonio Fílmico de Colombia.

En un informe de noviembre de 1971, publicado en la revista del Instituto Panamericano de Geografía e Historia, el geofísico y sismólogo colombiano Jesús Emilio Ramírez Gómez, S. J., pionero de estas ciencias en Colombia y fundador del Instituto Geofísico de los Andes, documentó lo ocurrido en Bahía Solano: «El primer temblor que tomó por sorpresa a los pobladores de Puerto Mutis, El Valle, Mecana y caseríos vecinos, tuvo lugar el día 26 de septiembre de 1970 y fue registrado en los sismógrafos de Bogotá a las 7h 3m 33.5s. Se le asignó una magnitud de 6.5 en la escala Richter. Además de la alarma general, se agrietaron varios edificios. Siguió otra sacudida un poco más fuerte a las 9h 58m 3s. Así se iniciaron algunos deslizamientos en las colinas vecinas y se aumentaron las averías en las casas. Ya esto hizo que se pidiera auxilio a las autoridades del país. La Cruz Roja envió socorros y viajó el Gobernador del Chocó Dr. Andrés Rumié M. Poco después llegaron en avioneta el presidente, el director ejecutivo y el director técnico de la Corporación del Chocó, doctores Obregón, Núñez y Peñuela. Aquel día no se encendieron las cocinas y cada cual quería comentar en su casa o en la calle los incidentes del momento». [3]

Pero aún faltaba más. «A las 10h 39m 38s de la noche, estando aún casi toda la gente en las calles o en el parque, sobrevino el terremoto fuerte que dejó como saldo dos heridos, derribó a tierra algunas personas, y acabó con las casas averiadas, desvencijó las de madera o las dejó en posición precaria…».[4]  104 casas quedaron en ruinas; 64, fuertemente averiadas; ligeramente averiadas, 56; y sin averías aparentes, 43. El pánico fue tan grande como la ruina material: al tercer día de la tragedia, un poco más de 900 de las 2.400 personas que entonces vivían en Bahía Solano habían sido evacuadas por mar o por vía aérea, hacia Quibdó, Buenaventura, Medellín y Bogotá.

Bajo la coordinación del Dr. Rumié, Gobernador del Chocó, y del General José Joaquín Matallana, director nacional de la Defensa Civil, «se estableció un puente aéreo de socorro entre Bahía Solano y las ciudades de Quibdó, Medellín y Bogotá para el transporte de personas y recursos, como alimentos, drogas, carpas y frazadas. Aviones de la FAC, Satena, Cessnyca, de la Policía, de la Caja Agraria y de la Corporación del Chocó realizaron permanentes aterrizajes y despegues. El lunes 28 por la tarde, núcleos humanos con sicosis de fuga se aglomeraban en el aeropuerto esperando ser despachados. Dos niños nacieron en el terminal aéreo y otros dos a bordo de la fragata Pascual de Andagoya. Esta nave llegó a Buenaventura el lunes y con el Córdoba trasladó por vía marítima a unos 400 habitantes hasta Bahía Utría. Por la vía aérea habían salido el martes 29 por la tarde unas 520 personas; es decir, una tercera parte de la población se evacuó en tres días».[5]

Caminar por un suelo agrietado, por encima de cárcavas en las que bien cabrían un hombre de pie, a lo largo, y un niño acostado, a lo ancho; vivir el descontrol continuo de las aguas del mar, de las quebradas, del río, y hasta el desajuste de las puntuales mareas; ver los riesgos de los deslizamientos en las colinas cercanas y la mayor parte de las construcciones del pueblo desplomadas, destrozadas, fragmentadas o despedazadas; todo ello exacerbó el miedo, que se incrementaba con cada réplica de los temblores: más de cien registraron los sismógrafos en Bogotá durante los primeros cinco días del desastre en Bahía Solano. De ahí que nadie quisiera quedarse y la mayor parte optara por marcharse; aunque después de seis meses emprendieran su retorno. Atrás dejaban, destruidos o inservibles, además de sus casas, la iglesia, el cementerio, la casa cural, el colegio de las monjas Lauritas, la capilla del hospital, los edificios de Telecom, la Caja Agraria, la Alcaldía y los cuarteles. «Los edificios más afectados fueron los que estaban más cerca de las colinas, y los de menos daños estaban a mayor distancia. Los del otro lado del río Gella sufrieron un poco. Allí se derrumbó la casa más antigua de todas, edificada hacía 35 años y perteneciente a Mercedes Cecaida. Otra con más de 30 años, de Elvira Gutiérrez, quedó en pie».[6]

60 años de una inconclusión

Otro aniversario trágico para el Chocó se conmemora el próximo 26 de octubre, cuando se cumplen 60 años de una tragedia que marcó para siempre la historia local y regional de Quibdó y el Chocó, y se convirtió en un hito a partir del cual la espiral del progreso de la región pareció detenerse y devino en decadente bucle de estancamiento y retroceso. Un incendio de enormes proporciones consumió a Quibdó de sur a norte durante más de ocho horas continuas, desde las 9 de la noche del 26 de octubre de 1966, comenzando en la cabecera del pueblo y extendiéndose hasta las inmediaciones del templo parroquial, que en ese entonces aún no había sido consagrado como catedral. La remodelación y reconstrucción de Quibdó se adelantaron de modo parcial, nunca se concluyeron.

“El miedo y la esperanza viven juntos”[7]

«En el Pacífico se están presentando fenómenos inversos en el marco del Fenómeno del Niño, que implican fuertes lluvias y avenidas torrenciales en las horas de la noche. Esto está empeorando la situación de los damnificados por el sismo, aumentando el riesgo de las infraestructuras y traslapando dos emergencias que afectan a los damnificados por partida doble. Ya hemos generado el reporte a la sala de crisis nacional», informó la Gobernadora del Chocó en un tuit de su cuenta de X, en la mañana del domingo 16 de agosto... Epicentro de sismos y terremotos, de incendios e inundaciones, de derrumbes y deslizamientos, pero —sobre todo— epicentro histórico de la marginación y el olvido, del engaño y la discriminación; el Chocó es la tierra en donde es muchísimo menos cierta la entelequia en boga de que lo material no importa, porque lo material se recupera. Desde los centros y lugares de poder siempre será difícil captar en su esencia los padecimientos de la periferia, aún más si esta periferia lleva por nombre Chocó.

Da miedo dormir por las noches y que el aguacero inunde las casas destrozadas por el terremoto y las acabe de echar abajo; miedo a que una de tantas réplicas culmine lo que comenzó el remezón del lunes 10, como sucedió hace más de medio siglo en Bahía Solano, entre el temblor de las 7 de la mañana y y el de las 10 y media de la noche. Pero también hay esperanza, y no tanto porque esta sea lo último que se pierde, sino porque parecería inconcebible que —ante la copiosa, generosa y hasta inesperada ayuda humanitaria, de media Colombia hacia el Chocó— la respuesta gubernamental no estuviera a la altura de la solidaridad ciudadana y se quedara en la mera atención caritativa de la emergencia, incrementando así la deuda histórica del país con la región y manteniéndola como epicentro del terremoto secular de la exclusión y el abandono.



[3] El terremoto de Bahía Solano. Jesús Emilio Ramírez, S. J. Geofísica Panamericana Vol. 1 N° 1, pp. 97-109. Instituto Panamericano de Geografía e Historia. Noviembre 1971. Pág. 103.

[4] Ídem. Ibidem.

[5] Ibidem, pág. 106.

[6] Ibidem, pág. 105.

[7] Joan Manuel Serrat, Feria Internacional del Libro de Guadalajara, diciembre 2025.

10/08/2026

 El santoral de la señora Bernabela

*Imágenes Wikipedia / Wikimedia Commons, Archivo El Guarengue
En los temblores de tierra nunca atinó a saber a cuál de sus tantos santos rezarle, así que entre «¡Dios mío!» y «¡Dios mío!», y uno que otro «¡Jesucristo bendito!», el movimiento pasaba y le quedaban el mareo y el susto, que se iban diluyendo mientras comentaba con la gente, en la mitad de la calle, los detalles de lo ocurrido. Pero, cuando eran las tempestades las que apremiaban sus más hondas angustias y le alborotaban el miedo de que algo malo pudiera pasar en la casa donde vivía con sus hijos, ahí sí la señora Bernabela sabía a quién recurrir, y entonces exclamaba: «¡Santa Bárbara bendita, amparanos y favorecenos!»; dicho así sin acento esdrújulo, porque también a los santos y santas los trataba de vos, como a sus mejores amistades del vecindario. Tapaba con sábanas, toallas o fundas los espejos grandes, y ponía bocabajo la luna de los pequeños; buscaba de prisa el manojo de hojas secas de palma que había guardado desde el último domingo de ramos, lo encendía y sahumaba con él los rincones de la casa; se santiguaba, miraba a lo alto, se asomaba por una rendija hacia la calle y hacia el patio e inmediatamente después de unos cuantos truenos y de un rayo invocaba nuevamente el amparo y la protección de Santa Bárbara.

Su miedo, aquel miedo, no tenía tanto que ver con la autoprotección como con la protección de su prole, que desde el primer parto se convirtió en su razón de ser y de vivir, en una especie de blasón existencial que terminó dándole a su vida la mayor parte del sentido que ella le atribuía; reservando solamente una ínfima porción del mismo para sus pequeñas y grandes aspiraciones, como la de no ir a morir ahogada, por ejemplo; pues ya hace años había concluido que esta era la peor muerte que podría existir, por el desespero que uno debía sentir, según lo explicó siempre, mientras evocaba la tarde aquella en la que tragó tanta agua que casi se ahoga en el río Atrato, cuando la procelosa champa en la que se embarcó rumbo a la inmensa playa que emerge en verano —como una isla de oscura arena y piedrilla fina— se volteó en el preciso instante en el que estaba a punto de tocar la orilla, debido al ajetreo excesivo y a la bullanguera prisa de la muchachada, que no veía la hora de pisar con sus propios pies aquella maravilla que siempre había tenido al alcance de su vista y que ahora tendría, por unas horas, al alcance de sus pasos y de su alegría.

En las épocas más calamitosas de la economía doméstica —cuando ni leña había para prender el viejo fogón del patio donde cocinaba el agua de tomar, y los Esso Candela permanecías apagados por falta de querosín para encenderlos y por falta de comida para cocinar en sus llamas—, con una mano en la cintura y su mejilla derecha apoyada contra el puño de la otra, o con los brazos cruzados, los ojos aguados y achantada a más no poder, mirando el infinito que más lejano tuviera: unas veces árboles, cielo y agua de la quebrada La Yesca, otras veces las tablas gastadas o el cemento basto de los ladrillos de una pared sin repellar, sentada o de pie, musitaba: «¡San Cayetano bendito, socorrenos, por el amor de Dios!».

Invocando mentalmente la proverbial diligencia implícita en su nombre, a San Expedito lo miraba y lo miraba, en su colorida estampa de legionario romano, empacado en un marco rústico, de vidrio medio opaco; un cuadro que le había comprado a un cacharrero que le había asegurado que este era un santo efectivo y que, si no le daba resultado, se comprometía a cambiárselo por otro objeto del mismo precio que tuviera en su surtido. Sin embargo, aunque casi siempre recurría a él después de haberle rogado a San Judas Tadeo, que era algo así como su santo titular para las causas difíciles, siempre reconoció que la ayuda del legionario nunca le había fallado; y terminó pensando que este había aceptado de buen grado su papel de suplente.

A la Mano Poderosa, que toda su vida relacionó con rezos secretos —de los cuales conocía dos o tres, como la oración para estancar la sangre de las heridas—, por lo general se limitaba a encenderle una vela que fuera única y exclusivamente para ella. La veía como un refuerzo, poderoso como su nombre, en aquellos casos en los que el favor pedido era muy grande, como que su hijo mayor, el que desde hacía una década se había ido a trabajar en las bananeras de Urabá y después a unas fincas en Venezuela, y desde allá le mandaba plata, regresara en alguna de las seis o siete navidades que ella calculaba que le quedaban por celebrar en la vida. Y así lo hacía porque no le gustaba mucho meterse con esa Mano Poderosa, pues uno nunca sabía cómo podían reaccionar aquellos cinco dedos desplegados que parecían sostener el cielo del cual emergían, incluyendo a una buena parte de sus divinidades, y en el centro de cuya palma, desplegada e impoluta, exhibía una cortada como de navaja o cuchillo, en lugar de la perforación desgarradora de un clavo rústico de hierro, detalle este que a la señora Bernabela y a sus amigas —Anta, Rubena y Chiá— les parecía que le sumaba gravedad a la ya de por sí grave escena; así como les parecía que esa Ánima Sola, ardiendo en esas llamas del purgatorio era más una amenaza que una promesa y por eso mejor ni la invocaban o lo hacían solamente cuando tenían serias dudas sobre la posibilidad de que un difunto llegara o no directamente al cielo.

Entre ellas cuatro —y ocasionalmente con una que otra parienta—, la señora Bernabela, Anta, Chiá y Rubena, se prestaban los santos durante días o semanas, según necesidades reales y disponibilidad de cada imagen, pues la que estaba ocupada resolviendo un asunto no podía salir de su casa. Por lo menos una vez año, el día de todos los santos, los reunían en una de las casas, los alumbraban y les rezaban conjuntamente para encargarles asuntos que previamente habían discutido y acordado como trascendentales y tan complicados que era mejor sumar las fuerzas, en vez de actuar por separado. En esas ocasiones, el total de la imaginería veía el nuevo día en la casa a la que ese año le hubiera correspondido el alumbramiento, hasta que todas las velas se apagaran; pues, de lo contrario, no funcionarían los exvotos y los prodigios no ocurrirían o no serían alcanzados.

Desde la víspera del día de la fiesta de San Francisco de Asís, de San Antonio, del Santo Ecce Homo, de la Virgen del Carmen y de San Martín de Porres, cuyas imágenes poseían las cuatro amigas en sus altares caseros, cada una ponía alrededor del homenajeado los demás santos con los que contara en sus haberes devocionales. Y al pie de su imagen se encendía una única candela, una veladora de las que vendían en la casa cural, que eran las mejores porque estaban bendecidas por el propio Vicario o por un misionero delegado por él para tan sagrado fin. En este caso, recurrían principalmente a la fuerza del santo del día, aunque al hacerla le pedían a los demás que metieran también su mano, ya que nunca sobraba una ayuda.

Solamente una vez en toda una vida devocional conjunta, la señora Bernabela y sus amigas tuvieron una desavenencia, que no terminó en cisma porque ella antepuso lo mejor de su afecto de amiga y les pidió que no fueran a pelear por eso; que hicieran el esfuerzo de respetarle ese pequeño disentimiento, después de tantas discrepancias resueltas a lo largo de esta amistad antigua y ejemplar y de estas devociones compartidas y fructuosas. Ocurrió el día en que Rubena y Esperanza (que era el nombre de pila de Anta) llegaron a su casa alborozadas con una estampa de la Virgen de Nuestra Señora del Rosario de Fátima, que acababan de comprar a la salida de misa en una capilla que hace poco había empezado a funcionar por los lados de la antigua cabecera del pueblo. Era la última estampa, le advirtieron, para que no fuera a pensar que a ellas no se les había ocurrido comprar cuatro, una para cada una de las amigas; mientras llegaban los cuadros, que unas legionarias de María de la parroquia del pueblo les habían dicho que llegaban por ahí dentro de uno o dos meses y que hoy mismo iban a encargar.

La señora Bernabela miró con cariño a sus amigas, les recordó que las cuatro habían repasado juntas los detalles de la historia de la Virgen de Fátima y les pidió que se acordaran de lo que ella en su momento les había dicho sobre el exceso de oro y pedrería en esa corona imperial y sobre ese mandato suyo de convertir el rezo del rosario en una cruzada contra supuestos herejes a los que se les achacaban los males del mundo. «Yo ya estoy muy vieja y he rezado mucho en la vida como para venir ahora, a estas alturas, a ponerme a acolitar cruzadas y menos contra países que ni siquiera sé dónde quedan». 

Mientras las invitaba a que más bien rezaran un rosario pidiendo protección para el pueblo, para que nunca más un incendio —como el de hace unos meses— lo destruyera de ese modo tan triste e irremediable; les pidió que no olvidaran que así había empezado la cruzada de los políticos en las tribunas, incluida la prensa, y de los curas en los púlpitos, incluidos los obispos, contra todo lo que les pareciera liberal, autorizando así a los chulavitas para hacer y deshacer en nombre del Corazón de Jesús, como en nombre de Cristo Rey ya lo habían hecho en México, y en nombre del orden y la paz había pasado lo que pasó aquí nomás en el río Munguidó.

Alma bendita, que en paz descanse, la señora Bernabela declaró para sí misma, para sus amigas y para los santos de su altar, tanto los presentes como los ausentes, los propios como los prestados, que con ella no contaran para esas cosas. «¡Dios me libre!», exclamó, antes de pararse de su silla de mariapalito para ir hasta su cuarto y buscar entre la cartera la camándula nueva que sus amigas le habían regalado en el último cumpleaños. En ese momento, justo para comenzar el rosario, entró por la puerta Chiá, la amiga que faltaba en el ramillete devocional de esta amistad de toda la vida.