30/03/2026

Hugo Salazar Valdés:
 Una voz chocoana en la poesía colombiana

●FOTOS: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó,
Centro Virtual Isaacs y archivo El Guarengue.

Se cumplen, en este marzo de 2026 que ahora termina, ciento cuatro años del nacimiento en Condoto del poeta chocoano Hugo Salazar Valdés; así como en febrero se cumplieron 29 años de su muerte. Once antologías: cinco de poesía colombiana, cuatro de poesía afroamericana y dos de poesía afrocolombiana, han incluido poemas de Salazar Valdés, de quien el profesor Fabio Martínez, uno de sus más acertados estudiosos, ha dicho que es «un escritor de conocimiento obligatorio para construir el panorama de la poesía colombiana y latinoamericana»;[1] y a quien la crítica literaria nacional de mediados del siglo XX elogió y no dudó en reconocerle un lugar en el panorama de la poética colombiana. Javier Arango Ferrer lo consideró como uno de los poetas afrocolombianos que daba lustre a la poesía colombiana; y Jaime Mejía Duque afirmó que Salazar Valdés «constituye hoy por hoy en Colombia el representante de la poesía chocoana».[2]

11 poemarios y una antología íntima

Archivo El Guarengue

Antes de su fallecimiento, Hugo Salazar Valdés publicó once libros de poemas: Sal y Lluvia (1948); Carbones en el alba (1951); Dimensión de la tierra (1952); Casi la luz (1954); La patria convocada (1955); El héroe cantado (1956); Toda la voz (1958); Pleamar (1975); Las raíces sonoras (1976); Rostro iluminado del Chocó (1980); y Poemas amorosos (1991).

Antología Íntima es su duodécimo poemario, publicado en el 2010, trece años después de su muerte, como parte de la Biblioteca de Literatura Afrocolombiana, del Ministerio de Cultura.[3] Se trata de una selección cuidadosa y significativa de poemas de las diversas etapas y facetas del conjunto de su obra, que fue realizada por el propio autor; quien al respecto manifestó: «De mis precipitadas publicaciones he revisado y corregido los poemas que componen esta antología, y, como lo he hecho ante mí y para mí, agradeceré al posible lector que por alguna circunstancia desee referirse a mis escritos, hacerlo afirmándose preferentemente en los textos que aparecen aquí».[4]

Búsquedas e itinerancias

Hugo Salazar Valdés nació en Condoto en marzo de 1922, y murió en Cali en febrero de 1997. Hijo de Jorge Salazar y Marciana Valdés. Hermano de Reinaldo, Vicente, Mercedes, Iván, Jorge, Guillermo, Elizabeth y Luis. Padre de Alba y Carmen Salazar Paz, y de Gladys, Hugo y Jorge Salazar Idrobo.

Sobre esa época, el poeta escribió: «Yo nací un día de marzo, en Condoto, población del Chocó, en el corazón de la selva. Mis años iniciales transcurrieron sin importancia, como los del hijo de un comerciante de pueblo. De mi padre heredé el culto por el espíritu, que contrasta en el fondo de mi ser con el temperamento un tanto despreocupado de mi madre».[5] De modo que, rápidamente, el joven poeta es consciente de la necesidad de seguir el camino al que lo conduzcan sus búsquedas existenciales y artísticas; y por ello, «ante las escasas posibilidades culturales que le brinda una pequeña ciudad minera y tropical, como es su ciudad natal, decide vagabundear por las ciudades del sur del país y anclar, finalmente, en Popayán, la antigua capital del Estado del Cauca, donde realiza sus estudios literarios y se nutre de la atmósfera literaria reinante de la época».[6]

A partir de 1948, trabaja como periodista en Popayán y como profesor de literatura en varios colegios del Cauca y el Valle del Cauca; mientras escribe y publica su primer libro de poemas. En 1953, se traslada a Bogotá y con el apoyo del poeta Rafael Maya, a quien admiraba y había conocido en Popayán, es nombrado como coordinador de la revista del Teatro Colón. Posteriormente, cuando el intelectual chocoano Daniel Valois Arce —escritor, abogado, político y diplomático— es el director de la Biblioteca Nacional de Colombia, Hugo Salazar Valdés es nombrado en la subdirección; cargo del cual pasará a la Secretaría General de Extensión Cultural Nacional del Ministerio de Educación. Tanto en el Colón, como en la Biblioteca y en el Ministerio, Salazar Valdés se relacionará e interactuará provechosamente con grandes intelectuales de la época, algunos de ellos también del Caribe y del Pacífico; de modo que en ese lapso logra incursionar en círculos intelectuales y artísticos, y empezar a ser reconocido como poeta.

Popayán, Bogotá, periodismo, cultura y poesía

Este periplo vital e intelectual es resumido por el poeta Hugo Salazar Valdés en un artículo de homenaje al poeta Rafael Maya, que es publicado en 1982 en el Boletín Cultural y Bibliográfico, una de las publicaciones de mayor calidad y prestigio en su género, de la biblioteca pública más importante del país: la Biblioteca Luis Ángel Arango, del Banco de la República.

«En 1948 me veía en Popayán haciendo pinitos en el periódico que orientaba Jaime Paredes Pardo. Por ese tiempo llegó de visita el maestro Rafael Maya, y un grupo de jóvenes fuimos a saludarlo. Para 1953 me hallaba en Bogotá. Había dejado mi refugio en el barrio Bolívar y me había embarcado en la aventura de residir en la capital. Allá estaba el maestro. Bajo su égida conseguí un hueco en el presupuesto oficial, y me encargaron de la revista del Teatro Colón. Casi un año permanecí registrando el acontecer artístico de la vieja casona. A desempeñarme con acierto ayudaron la nobleza del historiador Guillermo Hernández de Alba; del maestro en asuntos musicales Otto de Greiff; del melómano y comentarista, Hernando Caro; del maestro Andrés Pardo Tovar; del hoy crítico de literatura, Jaime Mejía, y de otros conocidos y amigos como Carmelina Soto, Félix Raffán, Efraín Rojas, Constante Bolaños y Eduardo Santa, quienes contribuyeron con sus colaboraciones al interés de la revista».

«Corría 1955. En la calle 24 con carrera 8ª, funcionaba la Extensión Cultural Nacional con todas sus dependencias, y yo como secretario de la misma. En ese mismo local quedaba la dirección de la revista "Bolívar" en las buenas manos del maestro Maya. Igualmente funcionaban allí los departamentos de folclor, a cargo del poeta Helcías Martán Góngora; de bellas artes, que dirigía Héctor Rojas Herazo, y Fernando Arbeláez, quien había merecido el premio al mejor canto a la ciudad de Manizales, se hallaba al frente del Colón en jornada continua».[7]

Maestro inolvidable

Habiendo cumplido aquellos trascendentales encargos culturales, Hugo Salazar Valdés obtiene reconocimiento en ámbitos intelectuales y culturales capitalinos, pues también ha publicado ya sus primeros libros de poesía. Se radica entonces en Cali, donde trabaja en una segunda etapa como docente. "Mis experiencias en la pedagogía fueron pocas. Hui apresuradamente de su mundo, por ser uno de sus imperativos el orden, y yo no he podido ser, nunca, ordenado. Mis versos fueron escritos al azar, entre la muerte y la blasfemia, que Dios me perdonó, en la pechera de la camisa muchas veces.

De esa época lo recuerda quien entonces fuera su alumno: Fabio Martínez, escritor, investigador y profesor titular de la Universidad del Valle, quien se convertirá a la postre en uno de los más destacados estudiosos de su antiguo maestro de colegio.

«Conocí a Hugo Salazar Valdés cuando a finales de 1960 cursaba mis estudios de bachillerato en el Instituto Politécnico Municipal. El colegio se jactó durante esos seis años académicos de tener entre sus profesores a tres escritores de la región que se ocupaban en aquel entonces de la enseñanza del Español y la Literatura: el escritor y periodista de Sevilla (Valle), Lino Gil Jaramillo; el poeta de Supía (Caldas), Gilberto Garrido; y el poeta de Condoto (Chocó), Hugo Salazar Valdés. El más conocido de los tres bardos era Lino Gil Jaramillo, a quien veíamos cada domingo en las páginas de El País y El Espectador con su melena revuelta, su pipa de caoba y su impecable vestido entero. El más desconocido era Hugo Salazar Valdés, que como Lino Gil vestía de una manera pulcra e intachable, con la pequeña diferencia de que, en vez de usar corbata, tenía una colección de corbatines que combinaba cada día de la semana. Hugo Salazar era un mulato elegante, alto y espigado, que comenzó a tener un aprecio especial entre sus alumnos por la forma como dictaba los cursos sobre el Quijote, la poesía de origen árabe y la poesía latinoamericana. El profesor, en vez de hacer una exposición formal sobre Cervantes, el poema de origen árabe “Abenámar”, los Poemas humanos de César Vallejo o la poesía negra del cubano Nicolás Guillén, sacaba a relucir sus capacidades histriónicas y los interpretaba en clase. Era un performance rítmico y sincopado que seducía hasta al más lento de la clase, una especie de poética pedagógica que rompía con los moldes de la escolástica tradicional tan en boga por aquellos años».[8]

Un mundo poético propio y soberano

Elegía suplicante, Elegía azul, Dimensión de la Tierra, El mar bifronte, entre otros poemas, constituyen los hitos poéticos de la época en la que Salazar Valdés ha empezado a consolidar su propia voz. En ellos, el poeta «encuentra las primeras claves de su poesía, que lo llevarán a inventar un universo poético único y singular: el mundo marino y selvático con sus negros y negras ancestrales traídos a la fuerza desde África».[9] Aunque, como lo explica el profesor Fabio Martínez, «es en los poemas “Baila negro”, “La negra María Teresa” e “Historia de Mary Bann” donde el poeta, después de beber de los vasos comunicantes dados por la cultura de Occidente, vuelve a su origen, a sus raíces de negro mulato y transterrado, y le canta a su raza, ya no con el sufrimiento que imponía la rigidez del lenguaje de los gramáticos de la lengua, sino con la libertad que impone el lenguaje rítmico y sincopado de los pueblos afroamericanos».[10]

Cuando los tumultuosos años 60 ya se han enseñoreado en la historia del mundo, la fidelidad de Hugo Salazar Valdés al movimiento de Piedra y Cielo, que al decir de sus críticos fue un recurso de mímesis para acceder al canon hegemónico, ha llegado a su fin. Alejado de las influencias de Eduardo Carranza y cercano a las resonantes voces de Candelario Obeso, Nicolás Guillén, Luis Palés Matos y Helcías Martán Góngora, su amigo, colega y Pacífico coterráneo; después de destinar a la poesía una buena parte de su vida, Hugo Salazar Valdés ha logrado construir su propio y soberano mundo poético y enunciarlo con su propia y legítima voz, que es la voz de un poeta consumado, la voz del poeta chocoano de mayor y más merecido reconocimiento en la literatura colombiana y latinoamericana, afrocolombiana y afroamericana. 

Nihil obstat, ni siquiera el olvido y el desconocimiento con el que es arropado por su propia tierra, como institucionalmente se acostumbra con cuanto escritor o poeta haya parido este suelo, cuyos nombres salen a relucir únicamente cuando son funcionales a los discursos vacuos de las turbias lides de la politiquería.

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[1] Fabio Martínez. Escritor y profesor titular Universidad del Valle. Hugo Salazar Valdés: una poética olvidada. Prólogo, en: Hugo Salazar Valdés. ANTOLOGÍA ÍNTIMA. Biblioteca de Autores Afrocolombianos. Tomo 12. Ministerio de Cultura, 2010. 112 pp. Págs. 11-26.

[2] Citados en: Laurence Prescott. Voces del litoral recóndito: tres poetas de la costa colombiana del Pacifico. The Pennsylvania State University. Asociación de Colombianistas https://colombianistas.org/wordpress/wp-content/themes/pleasant/REC/REC%2029/Art%C3%ADculos/7.REC_29_LawrencePrescott.pdf

[3] Hugo Salazar Valdés. ANTOLOGÍA ÍNTIMA. Biblioteca de Autores Afrocolombianos. Tomo 12. Ministerio de Cultura, 2010. 112 pp.

https://babel.banrepcultural.org/digital/collection/p17054coll7/id/11/

[4] Hugo Salazar Valdés. ANTOLOGÍA ÍNTIMA. Biblioteca de Autores Afrocolombianos. Tomo 12. Ministerio de Cultura, 2010. 112 pp. Pág. 25

[5] Hugo Salazar Valdés. Un poco de mí mismo. En: TODA LA VOZ. Imprenta Nacional. Bogotá D. E., 1958.

[6] Fabio Martínez. Escritor y profesor titular Universidad del Valle. Hugo Salazar Valdés: una poética olvidada. Prólogo, en: Hugo Salazar Valdés. ANTOLOGÍA ÍNTIMA. Op. Cit.

[7] Hugo Salazar Valdés. Mi maestro Rafael Maya. Boletín Cultural y Bibliográfico. Vol. 19 Núm. 01 (1982).

[8] Fabio Martínez. Escritor y profesor titular Universidad del Valle. Hugo Salazar Valdés: una poética olvidada. Prólogo, en: Hugo Salazar Valdés. ANTOLOGÍA ÍNTIMA. Op. Cit.

[9] Ibidem.

[10] Ibidem.

N.B. En la mayor parte de las notas biográficas sobre Hugo Salazar Valdés, incluida la de su Antología Íntima publicada por el Ministerio de Cultura (2010), se da como fecha de su fallecimiento el año 1977. No obstante, aquí hemos preferido el dato de febrero de 1997, incluido en un texto que fue elaborado con apoyo de su hijo Hugo Salazar Idrobo; el cual puede leerse en el siguiente enlace:

https://historiapersonajesafro.blogspot.com/2011/07/hugo-salzar-valdes-1922-1997.html


23/03/2026

 «Tranquilidad viene de tranca» 
La expulsión de Diego Luis Córdoba 
de la Universidad de Antioquia en 1928 
*Nacidos en 1907, con pocos días de diferencia, Diego Luis Córdoba, Adán Arriaga Andrade y Manuel Mosquera Garcés forman parte de la llamada Generación Chocoanista o Generación del Carrasquilla (en alusión al colegio de Quibdó donde estudiaron). FOTOS: 1-Foto Obando, 1933. Tomada de Retorno al olvido, de María Eugenia García Córdoba. 2-Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó (~1940). 3-Colegio Mayor de San Bartolomé (~1926).

Vidas paralelas

Durante la mayor parte de su existencia, en su ejercicio político y en su vida pública, los abogados, parlamentarios y políticos chocoanos Diego Luis Córdoba y Adán Arriaga Andrade vivieron vidas paralelas, que comenzaron con su propio nacimiento, en el mismo año y con una diferencia de un mes largo. El año, 1907: Diego Luis el 21 de julio y Arriaga Andrade el 24 de agosto. Natalicio que también compartían con otro de sus coetáneos y contemporáneos: Manuel Mosquera Garcés, quien nació el 22 de junio de 1907, y cuyo paralelismo vital con los liberales Arriaga y Córdoba se rompió cuando abrazó las ideas conservadoras y la militancia en dicho partido; aunque en la amistad y en asuntos de interés común para el Chocó mantuviera afectos e ideales compartidos tanto con Arriaga como con Córdoba. «Es una lástima, Manuel, que tú, siendo negro, seas conservador; un liberal, José Hilario López, libertó a nuestros antepasados», dicen que le dijo un día en Quibdó Diego Luis a Manuel. «Entre tú y yo hay una gran diferencia: es que tú eres un manumiso de José Hilario López y yo soy un redimido de San Pedro Claver», fue la respuesta de Mosquera.[1] 

En Quibdó y en Medellín

El paralelismo de las vidas de Adán Arriaga Andrade y Diego Luis Córdoba continúa durante su época de estudiantes. En una lista del curso Cuarto del Colegio Carrasquilla de Quibdó, de 1923, ambos figuran como condiscípulos y comparten salón con Manuel Mosquera Garcés.[2] Posteriormente, ambos completarán su bachillerato en el Colegio San José, de Medellín; e ingresarán a formarse como abogados en la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia; donde comparten aulas, ideas y sueños con estudiantes antioqueños que, como ellos, brillarán en los ámbitos políticos, jurídicos e institucionales de sus respectivas regiones y del país. Y juntos estarán en aquellos claustros universitarios cuando, a raíz de la huelga de estudiantes en protesta por la cerrazón ideológica de la universidad y la cuestionable calidad de algunos profesores, Diego Luis Córdoba sea eufemísticamente expulsado de la Universidad, y Adán Arriaga Andrade reivindique y resalte su calidad y su valía como estudiante, desde las páginas de la revista Estudios de Derecho, que empezará a dirigir tiempo después de la huelga.

La huelga universitaria de 1928

El Maestro Gerardo Molina, uno de los intelectuales más lúcidos en el campo de la construcción de las ideas liberales en Colombia, y quien —desde su encuentro con él en la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia construyó una sólida amistad con Diego Luis Córdoba; lo recordó de la siguiente manera hace 40 años en su prólogo al libro que sobre Córdoba publicara el escritor chocoano César E. Rivas Lara: «Una de las mejores etapas de mi vida estuvo marcada por mi amistad con Diego Luis Córdoba. Nos conocimos en Medellín, al comienzo de 1927, cuando iniciamos estudios de Derecho en la Universidad de Antioquia. Era la época en que cada cual trataba de completar el descubrimiento del mundo y de buscar la manera de realizarse. Pronto hallé en el condiscípulo lo que buscaba. Él era inquieto mentalmente hablando, es decir, inconforme. Por eso no tardamos en encontrarnos en posiciones de rechazo a la Universidad imperante. La veíamos autoritaria, cerrada a la crítica, o sea, conventual. Diego Luis era incisivo y penetrante, y por eso me hizo ver cosas que yo no sospechaba en la enseñanza que recibíamos».[3]

Mario Aramburo Restrepo y Gerardo Molina Ramírez, compañeros de Diego Luis Córdoba en la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia; y Miguel Moreno Jaramillo, el decano que los expulsó por su participación en la huelga de estudiantes de 1928. FOTOS: El Colombiano, Universidad Nacional de Colombia, Colegio de Abogados de Medellín.
Sometimiento o “emigración”

Y a renglón seguido rememoró el desarrollo de la huelga universitaria de la cual él mismo y Diego Luis Córdoba serían artífices y promotores, junto a compañeros de carrera que, al igual que ellos, serían expulsados de la Universidad de Antioquia y viajarían a Bogotá para culminar sus estudios y graduarse como abogados en la Universidad Nacional de Colombia. Escribió el Maestro Gerardo Molina en el mencionado prólogo al libro del profesor Rivas Lara: «Luego vino la prueba de fuego: en los salones de clase cundió la protesta por los malos profesores, y pronto vimos que no quedaba otro recurso que cerrar los libros y cruzarnos de brazos. Fue la famosa huelga universitaria de 1928. Diego Luis fue uno de los adalides. Queríamos una cátedra que le diera entrada a todo género de conocimientos, donde hubiera controversia; donde no estuviera prohibido pensar. Pero no tardamos en estrellarnos contra el muro: las directivas del plantel rechazaron nuestras peticiones a nombre del orden, y se proclamó el principio de autoridad; fue entonces cuando se nos dijo que “tranquilidad viene de tranca”. Se nos puso ante la alternativa: o nos sometíamos sin condiciones, o emigrábamos. Nuestro camino quedaba trazado: Diego Luis Córdoba, Mario Aramburo, Julián Uribe Cadavid, Emilio Robledo Uribe, Francisco Barrera, el que esto escribe y otros buscamos el alero protector de la Universidad Nacional de Bogotá».[4]

No al vino viejo en odres nuevos

«La inauguración de locales, el remozamiento de fachadas, la mejora de los laboratorios, el incremento de las bibliotecas (cosas que no por secundarias son menos plausibles) de nada servirán si el espíritu de la Universidad caduca permanece inmutable. No queremos que se nos sirva “el viejo vino en odres nuevos”; es preferible que la negruzca y fea y agrietada vasija de otros tiempos rebose del licor vivificante y generoso de los nuevos idearios», escribió al respecto Adán Arriaga Andrade, en su primer texto de las Notas Editoriales de la revista Estudios de Derecho, como nuevo director de la publicación a partir de ese número, editado con posterioridad a los sucesos de la huelga.[5] Su comentario, socarronamente, aludía a la inauguración de la nueva sede de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Antioquia, un año antes, el 29 de junio de 1927; en cuya ceremonia el propio Arriaga Andrade había pronunciado un discurso formal en nombre de los estudiantes, a petición de los directivos de la Facultad.

Los emigrantes

Y en la sección de la revista denominada con la palabra latina VARIA (Varios), Arriaga Andrade registró la salida de sus compañeros de estudios expulsados de la Universidad, usando con sarcasmo el epíteto de emigrantes para referirse a ellos, en alusión al eufemismo del decano Miguel Moreno Jaramillo y demás directivos universitarios cuando, invocando el principio de autoridad, les exigieron elegir entre dos posibilidades: aceptar la situación que allí se vivía sin ninguna condición ni crítica, o “emigrar”, es decir, abandonar la universidad; pues, como se los manifestaron: “tranquilidad viene de tranca” y con la tranca ideológica buscaban cerrarle el paso a quienes, como Diego Luis Córdoba, Gerardo Molina y Mario Aramburo, habían perturbado el orden con su impulso a la huelga… «Para Bogotá, a continuar sus estudios de Derecho, siguieron nuestros condiscípulos Ramón O. Arcila, Luis Guillermo Insignares, Francisco Barrera, Mario Aramburo, Diego Luis Córdoba, Jesús María Arias, Julián Uribe y Francisco Monsalve, miembros los cinco últimos del Centro Jurídico. Lamentamos profundamente que los recientes acontecimientos universitarios hubieran obligado a los distinguidos amigos a emigrar, en busca de un ambiente menos asfixiante y de mayor tolerancia, y les auguramos (a ellos, cuyas luces, talento y consagración honraban a la Escuela) éxitos copiosos en la altiplanicie muisca».[6]

Los suavecitos

Las notas de Arriaga Andrade en la sección VARIA de la revista Estudios de Derecho se refirieron también a la necesidad de renovar los cargos directivos que en el Centro Jurídico ocupaban los estudiantes expulsados, entre ellos la presidencia, que estaba a cargo de Diego Luis Córdoba. Igualmente, Arriaga dedica un texto a explicar específicamente el problema que han venido viviendo con la cátedra de Criminología, y critica frontalmente el favorecimiento de las directivas de la Escuela de Derecho a estudiantes contrarios a la huelga: «a los dos o tres suavecitos se les ha premiado su adhesión a la causa del Principio de Autoridad con una concesión desmesurada»,[7] que no era otra que facilitarles a tal punto su preparación para el examen de esta materia, que resultaba imposible que llegaren a reprobarlo.

Juntos por el Chocó

Diego Luis Córdoba, uno de los más fogosos, inteligentes y fructíferos parlamentarios que ha pasado por el Congreso de Colombia; “padre del departamento del Chocó y faro de la raza”, como se le proclama en el descuidado y deteriorado monumento a su memoria en el Parque Centenario de Quibdó; fue, pues, expulsado de la Universidad de Antioquia en 1928 a causa de sus ideas, con base en las cuales rápidamente alcanzaría reconocimiento nacional como genuino liberal más allá del partido—, por sus ideas progresistas, su apoyo a la causa obrera y estudiantil, su envidiable erudición y la brillantez de su cátedra universitaria. Adán Arriaga Andrade, su homólogo vital y durante mucho tiempo su aliado político, quien lo enalteció y lo defendió ante la universidad que había prescindido de él como estudiante, sería también juicioso parlamentario, acertado gobernante, magistrado probo e histórico ministro del Trabajo, desde el cual se convertiría en padre del Derecho Laboral en Colombia. Juntos, Córdoba y Arriaga, abrirían caminos de justicia social y garantía de derechos para sectores marginales de todo el país y con especial devoción para su gente del Chocó... No siempre los institutores aciertan en sus decisiones, no siempre las instituciones eligen a los mejores.



[1] Entrevista de Pietro Pisano a Libardo Arriaga Copete, 27 de agosto de 2008. En: Pisano, Pietro. Liderazgo político “negro” en Colombia 1943-1964. Bogotá, Universidad Nacional de Colombia. Facultad de Ciencias Humanas. Departamento de Historia. 2012. 260 pp. (Biblioteca Abierta. Historia). ISBN: 978-958761-157-1. Pág. 121.

[2] Ramón Mosquera Rivas. Recuerdos de un hijo de mineros. Medellín-Colombia, 1985. Editorial Difusión. 229 pp. Pág. 32.

[3] Gerardo Molina. Prólogo a Perfiles de Diego Luis Córdoba, de César E. Rivas Lara. 1ª Edición, 1986. 466 pp. Pág. 13.

[4] Ibidem. Pág. 14.

[5] Estudios de Derecho. Revista mensual del Centro Jurídico. Facultad de Derecho, Universidad de Antioquia. Vol. 14 N° 147. Medellín, junio de 1928. Pág. 917.

[6] Ibidem. Pág. 946.

[7] Ibidem. Pp. 946-947.

16/03/2026

 Arcenio Chamapuro,
 el comunicador innato de los indígenas del Chocó  

*Arcenio Chamapuro González (1957-2026). FOTOS: cortesía.

Por las mañanas, cuando se despertaba, Arcenio Chamapuro cantaba vallenatos a todo pulmón. También al mediodía, después de almuerzo. Y por las noches, ni se diga. La grabadora grande siempre lista y los casetes de Diomedes Díaz, cuyas letras y tonadas se sabía en su totalidad y cuya ubicación en las cintas conocía de memoria, lo acompañaban en casi todos los momentos del día. Su voz, que no sonaba del todo desafinada y que en algunas canciones hasta llegaba a ser medida y acompasada, se oía por toda la casa y llegaba hasta la calle. La sede del Centro de Pastoral Indigenista, CPI, era aquella casa, donde Arcenio vivía como parte de su equipo de trabajo; en la calle 20, en el barrio La Yesquita, de Quibdó, una casa que lindaba por detrás con la sede de la OREWA y donde años más tarde nacería y se inauguraría la Universidad Claretiana. Una de sus compañeras de equipo de aquella época lo recuerda de la siguiente manera: “Cantor mañanero, libre, alegre y saltarín, como los ríos del Chocó. Así recuerdo a mi compañero Wounaan del equipo del CPI, con el que tuve la fortuna de compartir una misma casa y un trabajo por las diferentes comunidades del Chocó… Nunca lo vi de mal humor. Tranquilo, transparente, seguro de sí mismo..., con el único propósito de trabajar por el bienestar y la dignidad de la comunidad Wounaan. Gracias, Arcenio Chamapuro, por llegar o cruzarse en mi camino.[1]

Finalizaban los años 80. Los 90 apremiaban. Nacida en 1979, la histórica OREWA (Organización Regional Embera Wounaan) había conseguido en menos de una década la proeza de legalizar como resguardos casi la mitad de los territorios tradicionales indígenas del Chocó. Se aprestaba, en asocio con las también históricas ACIA (Asociación Campesina Integral del Atrato) y ACADESAN (Asociación Campesina del San Juan) y con el apoyo irrestricto de la Diócesis de Quibdó y su Centro de Pastoral Indigenista, CPI, a armar un histórico alboroto en torno a los 500 años de colonización de América, con dos vertientes principales: un trabajo interétnico en apoyo a la defensa de los derechos territoriales y culturales de las comunidades negras, que desembocaría en un  artículo transitorio de la nueva Constitución Política de Colombia, que ordenaba la expedición de una norma en ese sentido, que sería la Ley 70 de 1993 o Ley de comunidades negras; y una campaña sistemática de información sobre el alcance de lo ocurrido cinco siglos atrás, en un intento de desmontar el infundio de llamar descubrimiento a una invasión, a un genocidio, al exterminio cultural, a la esclavización y al saqueo, productos de la insaciable codicia europea por los metales preciosos de estas tierras… "Que nuestro silencio se convierta en un solo grito: Unidad, Tierra, Cultura y Autonomía", era la consigna claro y sonora de los indígenas del Chocó.

Arcenio Chamapuro había llegado a Quibdó, a la sede de la OREWA, delegado por las comunidades del Bajo San Juan para que se sumara como su representante a los programas que la organización lideraba en beneficio de la gente indígena del Chocó. Fue por eso por lo que se integró a los procesos educativos de la Escuela de Formación de Líderes Indígenas del Chocó; tal como lo recuerda Alberto Áchito Lubiaza, uno de los fundadores y líderes históricos de esta emblemática organización étnica, que fue pionera y precursora de la defensa de los derechos de quienes hasta que la OREWA surgió no eran más que cholos. “…Él estuvo acá, contribuyendo en toda la andanza del proceso organizativo. Era muy allegado a todos nosotros y lo teníamos como un amigo y como un hermano y un compañero. Participó en las capacitaciones que se hacían en los diferentes programas de la OREWA, como Educación, Salud, Producción, hasta que llegó el momento en que él asumiera el trabajo de comunicación; y así se fue formando en la parte de comunicación…”.[2]

Dionicio Cabrera, Mariela Lana, Harold Ismare, Dalila Peña y Arcenio Chamapuro fueron algunos de los jóvenes que conformaron un grupo inicial de comunicadores indígenas que la OREWA y el CPI nos encargaron para que les brindáramos herramientas conceptuales y prácticas que los habilitaran para la tarea fundamental de comunicarle a su propia gente lo que su organización decía y hacía; y generar contenidos que contribuyeran a posicionar, en los ámbitos institucionales y sociales del Chocó, la validez y justicia de su proceso organizativo y de reivindicación de derechos. Desde el recientemente creado Departamento de Comunicación Social de la Diócesis de Quibdó, y con el apoyo adicional de Olga Edith Quiroga Parra, Comunicadora Social contratada por la propia OREWA, le pusimos manos a la obra. “Se vio que necesitábamos tener unos jóvenes formados en comunicación. En esa época, nosotros teníamos un programa radial en Ecos del Atrato, que se transmitía los días sábados… Contratamos un profesional en Comunicación y Arcenio entró a hacer parte de un equipo de jóvenes, con dos jóvenes más, para hacer la divulgación de todos los problemas de las comunidades y la situación de derechos humanos que se estaban viviendo…”.[3]

El Centro de Pastoral Indigenista, CPI, había sido fundado por los Misioneros Claretianos como un escenario institucional de renovación y adaptación, a los nuevos tiempos y a las nuevas formas de pastoral y evangelización, del trabajo que desde 1909 ellos mismos habían adelantado con los indígenas del Chocó; un trabajo que había incluido la creación de internados cuya misión era lograr que los indígenas dejaran de ser lo que eran para convertirse en lo que misioneros y Estado mandaban que fueran. Tenía, pues, todo el sentido que Arcenio Chamapuro estuviera ahí y que, ad portas de la memoria dolorosa y triste de los 500 años, formara parte de aquel equipo.

Arcenio Chamapuro era hijo del pueblo Wounaan, un pueblo que, como le gustaba contarlo a él en sus relatos de aprendiz de tradiciones, había nacido en una playa del Baudó en donde las mares del Pacífico infinito acogían los raudales de aquellos ríos torrentosos que en caída libre bajaban de la misteriosa serranía y hermanaban su salitre con la dulzura prehistórica de aquellas aguas, de aquella selva, de aquellos montes. Allí, en aquel interfluvio histórico, los Wounaan habían llegado a la vida para formar comunidad con Ewandam, de cuya disputa con las fuerzas del mal habían nacido las palmas de chontaduro y de wérregue, y las aguas del mar habían sido saladas para siempre. 

Ante la noticia de su fallecimiento, Francisco Palacios, de Radio Nacional de Colombia, en Quibdó, lo recordó de la siguiente manera: “Nos duele, me congoja en lo personal, porque lo conocí, porque alcancé y sé que también me llegó a considerar como un amigo; porque pudimos hablar de muchas situaciones y sobre todo porque era un hombre muy preocupado por el tema social, no solamente de las poblaciones pertenecientes al pueblo Wounaan, sino también del departamento del Chocó en general… Un hombre con una visión de unidad, un hombre que entendía que no éramos indígenas, negros y mestizos, sino que somos un pueblo y que como pueblo deberíamos respetarnos, entendernos; y parte de eso fueron sus ejercicios en sus últimos años de dar a conocer a través de redes sociales o a través de videos institucionales, todo lo que tiene que ver con la cosmovisión del pueblo Wounaan; sobre todo, su historia, que ha sido muy invisibilizada en nuestro territorio…”.[4]

Notas públicas de condolencia por la muerte de Arcenio Chamapuro.

En ese mismo sentido, en un comunicado público a propósito de la muerte de Arcenio Chamapuro (1957-2026), la organización regional de autoridades Wounaan, Woundeko, expresó: “Líder del pueblo Wounaan y de la comunidad Unión Balsalito, del municipio de Litoral del San Juan, falleció el 9 de marzo del año 2026. Su partida deja un profundo dolor y un gran vacío en todos los pueblos Wounaan. Arcenio fue un líder luchador, comprometido con la defensa de los derechos y bienestar de nuestro pueblo, dedicando su vida a preservar la cultura y el territorio del pueblo Wounaan. Su trabajo, dedicación y legado permanecerán siempre en la memoria y en el corazón de nuestras comunidades. Como pueblo Wounaan nos unimos en solidaridad y acompañamiento a todos sus familiares, amigos y a la comunidad que hoy siente esta gran pérdida. Su lucha y su ejemplo seguirán guiando el camino de nuestro pueblo Wounaan”.[5] Por su parte, la Organización Nacional de la Nación Wounaan de Colombia, Durrabdurr, expresó, en una nota pública de condolencia fechada el 9 de marzo de 2026: “Arcenio Chamapuro González fue un líder comprometido con su pueblo. Aportó ideas y trabajo en la construcción y creación de la asociación Camawa, de la Nación Wounaan, y también fue comunicador de la organización regional Woundeko. Su palabra y su pensamiento hicieron parte del camino de organización y defensa de los derechos del pueblo Wounaan”.

Hasta el final de su vida, además de desempeñarse como comunicador de los procesos de su pueblo e incluso en la radio comercial y en la oficina de prensa oficial de la Alcaldía Municipal del Litoral del San Juan, Arsenio cantó vallenatos; y aunque no se convirtió en cantante de oficio, como llegamos a pensar que lo haría a principios de la década de 1990, sí se convirtió en promotor y mánager de conjuntos vallenatos conformados por indígenas. “Además de ser líder comunicacional, además de ser gestor cultural, además de ser promotor musical, Arcenio también sirvió como gestor de puentes institucionales, y de esa manera también permitió ayudar a visibilizar de mejor forma al pueblo Wounaan”, recuerda Francisco Palacios, quien también rememora el papel de Arcenio como enlace de su gente con los medios: “Cuando ingreso a Radio Nacional de Colombia, para el año 2018, principios de 2019; Arcenio, además de realizar sus procesos habituales de comunicación sobre lo que ocurría en su territorio, lo que podríamos llamar el periodismo del día a día, empezó un proceso de visibilizar las condiciones culturales y sobre todo las bondades culturales propias del pueblo Wounaan, en municipios como El Litoral del San Juan y municipios del Baudó, en el departamento del Chocó. En ese proceso, Arcenio fungió como promotor e incluso mánager de algunas agrupaciones vallenatas, como Los Hijos del Vallenato y Los Patrones del Vallenato. Gracias a ese puente de Arcenio con la Radio Nacional, a nivel regional y también en el orden institucional nacional, pudimos dar a conocer algunas de las canciones y de los éxitos de estas dos agrupaciones, pero al mismo tiempo acercarnos a comunidades del pueblo Wounaan, a través de la Asociación Woundeko”.[6]

Arcenio Chamapuro era un Wounaan de origen y raíz, que desde joven se empeñó a profundidad en la difusión de los procesos organizativos y las luchas de los pueblos indígenas del Chocó y de otras regiones a las que apoyó con su trabajo. Era un comunicador innato, con gran capacidad de expresar fluidamente en su lengua materna, al igual que en español como segunda lengua, explicaciones claras sobre complejos procesos ambientales, históricos y culturales de su gente; sin rebusques innecesarios y yendo al quid de cada asunto, pues, desde sus comienzos en el aprendizaje y ejercicio de la comunicación, había entendido que las piezas informativas, como relatos periodísticos que son, pierden más de lo que ganan cuando a sus autores se les va la mano en florituras y perendengues que los acercan a la vacuidad de la retórica y los alejan de la elocuencia de la narrativa.


[1] Alcira Larrota, compañera de trabajo de Arcenio Chamapuro en el Centro de Pastoral Indígena, CPI, de Quibdó. Testimonio vía WhatsApp, 10 de marzo de 2026.

[2] Alberto Áchito Lubiaza, fundador y dirigente de la OREWA. Testimonio vía WhatsApp, 10 de marzo de 2026.

[3] Ibidem.

[4] Francisco Palacios, Radio Nacional de Colombia - Quibdó. Testimonio vía WhatsApp, 10 de marzo de 2026.

[5] Woundeko, Organización del Pueblo Wounaan de Colombia. 10 de marzo de 2026.

[6] Francisco Palacios, Radio Nacional de Colombia - Quibdó. Testimonio vía WhatsApp, 10 de marzo de 2026.

N.B. Se optó por escribir Arcenio, en vez de Arsenio, debido a que esa fue la grafía utilizada en todos los textos escritos que fue posible consultar.

09/03/2026

 “Free Angela Davis” 

Cada vez que os digan que el feminismo ya no es necesario o que hemos ido demasiado lejos, recordad a Angela Davis diciendo que “el feminismo es la idea radical que sostiene que las mujeres somos personas”. Irene Montero, El País, 7 de marzo 2026.[1]

FOTOS: National Museum of American History.

Aquella calcomanía perfectamente impresa en blanco y negro era de un tamaño quizá un poco más grande que el de una postal: 10 cm por 15 cm, se me ocurre ahora; pero, en todo caso, como mandada a hacer para pegarla en el espacio interior de la portada del fólder o pasta argollada de tamaño media carta, donde se acomodaban —unos con hojas rayadas, otros con hojas cuadriculadas— los cuadernos de once de las catorce materias que nos tocaba cursar aquel año: Educación Religiosa y Moral, Filosofía e Historia de la Educación, Comportamiento y Salud, Español, Inglés, Química, Física, Análisis Matemático, Historia del Arte y Artes Plásticas, Antropología, y Psicología Educativa… Ya que Prácticas Docentes tenía su cuaderno aparte, un cuaderno argollado y grande, de los llamados catedráticos o académicos, que era el famoso Preparador de Clases, el cual nos revisaban, corregían, calificaban y firmaban semanalmente los maestros consejeros de la Anexa a la Normal y otras escuelas, como la de Cabí o la de Medrano, en donde hacíamos dichas prácticas; Educación Física no necesitaba cuaderno; y para Taller de Ayudas Educativas usábamos todos un cuaderno de dibujo, en el cual realizábamos los ejercicios sobre perspectiva, línea del horizonte, punto de fuga y otra serie de conceptos que, para nuestro propio infortunio creativo, no supimos aprovechar en ese momento, con todo y la sabiduría del profesor Jorge I. Moreno, un artista académicamente formado, que hizo todo lo que estuvo a su alcance para que entendiéramos la importancia práctica que para los maestros tenían aquellos conceptos y el valor de la historia del arte, materia que también él nos enseñaba.

Empezábamos Sexto, que era nuestro último año o curso en la Normal Superior de Quibdó, donde nos graduaríamos un 2 de diciembre de 1977 con el título de Maestros Bachilleres; cuando decidí pegar en el fólder aquella calcomanía, luego de tres años de mirarla y mirarla todos los días, y de leer y releer la revista que la había traído inserta; una revista enviada desde Radio Habana Cuba, emisora adonde yo había escrito atendiendo una invitación recurrente de sus promociones matutinas y nocturnas, en la que se pregonaba que a quien quisiera saber más de “mujeres de la revolución” le bastaba escribir diciéndolo, y a vuelta de correo recibiría una revista sobre el tema; como en efecto ocurrió casi dos meses después de haber enviado mi carta desde la oficina del correo aéreo de Quibdó.

Aquella calcomanía, una especie de bonus de la publicación cubana, era perfecta en su impresión mate y en la alta definición de la fotografía; brillante en cuanto a la contundencia de su mensaje; inspiradora por la inagotable profundidad de la mirada y el semblante de aquella mujer de cuya joven y fructuosa vida informaba un conciso artículo de la revista, que también traía poemas de Dulce María Loynaz y una semblanza de la famosa Yeyé, Haydée Santamaría. Supe entonces los detalles de aquel acontecimiento de 1972, cuando aquella mujer afroamericana, intelectual, profesora universitaria, de menos de treinta años, había hecho temblar los cimientos del poder estatal de un país lejano que posaba de gran democracia, pero que no solamente perseguía a sus ciudadanos negros, sino que además —imperialista y violador de todo tipo de derechos— había instalado dictaduras criminales (valga la redundancia) como la chilena y un elenco de tiranos de bolsillo en toda Centroamérica y Suramérica.

Pin Free Angela Davis (ETSY), Haydée Santamaría (Adelante.cu), Dulce María Loynaz (Ciespal)

Angela Davis aparecía retratada con aquel peinado majestuoso que por aquellos años conocíamos en Quibdó como Afro; un peinado que los periodistas deportivos y de farándula llamaban African Look y que gente negra famosa, como el futbolista caleño Diego Edison Umaña y la cantante bugueña Amparito (Amparo Escobar), habían popularizado y posicionado en Colombia; y que en Quibdó engalanaría las cabezas de los muchachos y las muchachas durante un buen tiempo, con la misma profusión con la que después se extendería el uso de las cremas de aliser en las mujeres y de las calvas, rasuradas o al rape, en los hombres.

Sobre su afro perfecto estaba impresa la consigna que exigía su liberación: Free Angela Davis, pues había sido cínicamente entrampada por las autoridades gringas para vincularla a un delito y así encarcelarla, como lo hicieron entre 1972 y 1973; luego de vilipendiarla de todas las maneras posibles por su militancia en el Partido Comunista y por sus discursos públicos y académicos, innovadores y revolucionarios, en escenarios políticos y académicos como el de la UCLA, donde era profesora y había sido también alumna de filosofía de Marcuse, quien en reemplazo de Adorno había dirigo su tesis de grado

Esa imagen y ese texto conformarían una pieza antológica, del mismo alcance que la icónica imagen del Che Guevara fotografiado por Alberto Korda o la de Marx retratado por John Mayall, en Londres, en 1875; con la diferencia de que la de Angela Davis fue una de las primeras piezas de activismo antirracial y propaganda en defensa de los derechos humanos, que se reproduciría también en afiches, pines y botones, estampados de camisetas y pancartas para las decenas de marchas de protesta que se llevaron a cabo en todo el mundo y presionaron su liberación después de un año de cárcel y de la demostración en juicio de su total inocencia.

Angela Davis llegó, pues, al Quibdó de mi adolescencia a través de aquella imagen bella, diciente y significativa de la calcomanía que, sin desprenderla de su pegante ni adherirla a ninguna parte, mantuve siempre a mano entre 1974 (cuando recibí la revista y la calcomanía) y 1977, cuando finalmente encontré el lugar en el que pensé que merecía ser fijada: mi fólder de estudiante del último año de la Normal Superior de Quibdó. A partir de ahí, y de saber por esa revista cubana cómo y por qué había sido agraviada, Angela Davis se convirtió en la mujer de mis sueños: de mis sueños de libertad, de mis sueños de igualdad, de mis sueños de justicia, de mis sueños de equidad. A los quince años no se sabe más, como bien lo dice Paraules d'amor, de Serrat; pero, supe entonces lo suficiente: que Angela Davis pasaría a ser una insignia intelectual del norte de las luchas por la extinción del racismo, el machismo y el clasismo y por la vigencia y garantía de los derechos humanos… e iluminaría el camino del feminismo desde la perspectiva racial y de clase, y como una ética de perspectiva histórica aplicable en toda sociedad.

Portada de la primera edición del libro clásico de Angela Davis (1981) y autógrafo suyo de 1984. FOTOS: Bauman Rare Books.

Cuatro décadas antes de la entronización de la imagen de Angela Davis en mi cuaderno de maestro a punto de graduarme, el 8 de marzo de 1934 —cuando aún no estaba institucionalizado este día del calendario anual como el Día Internacional de la Mujer—, el Consejo Administrativo de la Intendencia Nacional del Chocó había expedido el Acuerdo Nº 7 de 1934, creando los primeros colegios públicos para mujeres, en las ciudades de Quibdó e Istmina. Adán Arriaga Andrade, como Intendente Nacional del Chocó, Diego Torrijos como Secretario, y el Director de Educación Pública, Vicente Barrios Ferrer, firmaron el histórico acuerdo, a partir del cual fueron nombradas las educadoras Clementina Rodríguez, en Quibdó, y Carmelita Arriaga, en Istmina, como primeras directoras de los colegios acabados de crear.

Con el patrocinio estatal de la formación pedagógica de maestras y la apertura de aquellos dos colegios para mujeres, se empezaba a escribir una nueva y trascendental página de la historia de la mujer en el Chocó; que cuarenta años después —cuando ya Angela Davis formaba parte de la cotidianidad de mi vida de colegial, por lo menos en una foto—, sería nuevamente enriquecida cuando decenas de mujeres, todas ellas maestras, contribuirían a institucionalizar en la región el acceso a la educación superior, a través de la hoy desvencijada y maltrecha Universidad Tecnológica del Chocó Diego Luis Córdoba, UTCH.

De este modo, paradójicamente, las excluidas históricas de la educación en el Chocó terminarían convirtiéndose en pioneras de la misma, pues como maestras rurales recorrieron la región y en pocos años redujeron significativamente la cantidad de población iletrada; y posteriormente abanderaron el proceso de promoción, inscripciones, ingreso y matrícula de las primeras generaciones de mujeres estudiantes de la UTCH, en su mayoría maestras, que encontrarían allí la oportunidad de profesionalizarse para cualificar el ejercicio de su magisterio. Gracias a ellas, en menos de un siglo, el acceso de las mujeres a la educación dejó de ser una rareza, un hecho aislado o un privilegio extraordinario en el Chocó. Parte de los sueños de Angela Davis se estaban cumpliendo por estos lares, tan lejanos de los suyos.[2]



[2] Un resumen de la vida y trayectoria de Angela Davis puede leerse en: https://es.wikipedia.org/wiki/Angela_Davis

Una sinopsis de su obra clásica: Women, Race & Class / Mujeres, Raza y Clase, se encuentra en: https://en.wikipedia.org/wiki/Women,_Race_and_Class; o en https://es.wikipedia.org/wiki/Mujeres,_raza_y_clase

02/03/2026

 La murga de Panamá: 
El Malo en los vecindarios quibdoseños

*Las carátulas de los trabajos de Willie Colón fueron siempre parte de las historias que contaban sus discos. FOTOS: Fania.

La Salsa era entonces un bien común de los vecindarios y barrios quibdoseños, de sus andenes y sus patios, de sus esquinas y sus callejones. Música entrañable, que parecía nacida en estos lares y quizás por eso circulaba con naturalidad casi patrimonial por cuanto escenario de ocio o de festejo surgiera en la vida cotidiana de aquel Quibdó en el que asistimos desde la niñez al nacimiento de esta marca rítmica y sonora de identidad caribe, hispana, latina y afro-caribe-hispano-latino-americana; por obra y gracia de aquellos inmigrantes que, a partir de las más crudas batallas cotidianas por el respeto a su dignidad humana, se abrieron campo en esa excluyente y prepotente nación donde la libertad a fin de cuentas no es más que una estatua regalada por otro país; inmigrantes que fundieron en el crisol de su memoria cultural y musical los ritmos de sus tradiciones insulares, con los de su contemporaneidad y los que de su nostalgia de patria y ancestralidad les nacían día a día, para darle forma a esa maravilla tan certeramente bautizada como Salsa.

Eran los tiempos en los que reunirse para charlar en los andenes de las casas o —cuando el sol acuciaba y obligaba a los contertulios a resguardarse en la sombra— en los andenes del otro costado de la calle o al pie del mostrador de la tienda, junto a la vitrina del queso, era cosa que podía durar todo el día en cualquier calle, barrio o vecindario de Quibdó. Y podía empezar a la mitad de la mañana y prolongarse hasta entrada la noche, momento en el cual ya el grupo era más numeroso; pues quienes faltaban habían sido convocados, a través de pelaítos que eran capaces de ir hasta el otro extremo del pueblo si era necesario, para llevarle la razón a dos o tres perencejos más, de que acá en la casa de  Fulano lo estaban esperando tres zutanos, dos peranos y otro perencejito; que aún no habían comprado anisado porque estaban aguardando a que él llegara, que por ahora solamente iban en el consumo extendido de vandumias y una que otra cerveza, fría y espumosa, que de cuando en cuando se atravesaba por ahí.

Publicidad en el periódico Citará,
Quibdó 1996.

De este modo, aunque desde siempre hubo toda una tradición de bailes caseros y de tómbolas juveniles y noches de amistad y amor en grilles como Piamonte, Capricornio, La Ponceña o El 23; la salsa también estaba asociada al goce diurno, al canto en solitario o en grupo, a la conversación de amigos que se reunían a matar el tiempo (“Vamos a dar una vuelta / un serrucho para la botella / Nos sentamos en la escalera / y cantamos canciones viejas”); cuando aún en Quibdó no era tiempo pa matar y aún no sabíamos que todas y cada una de sus calles llegarían a ser la propia calle luna, calle sol; cuando todos éramos una mezcla de cantantes y soneros mayores y cada jornada vivida, gozada, jugada, cantada, oída y conversada era como el día de mi suerte que pronto llegará. Porque, aunque “sufrir es parte de mi vida ya / sin un complejo de inferioridad / por eso no me canso de esperar / pues un día Dios a mí me ayudará /…; el día que eso suceda, escuche usted / a todo el mundo yo le ayudaré / Porque tarde o temprano usted verá / cómo el día de mi suerte llegará / Ya lo verá” …

Inolvidable es aquel diciembre —aún estábamos en la escuela primaria— en el que vivimos el asalto navideño y panameño de La Murga (¡¡¡¡¡Fafafafáaa, fafafafáaa, Fafafafáaa, fafafafáaa / Fafafafafafa, fafafafafafá!!!!!), que de inmediato nos aprendimos, junto con el nombre de Yomo Toro. Impactados por el solitario trombón con el que comenzaba la impecable intro de aquella magnífica canción, hasta los guayacanes de las casas temblaban, reverberaban, y solo parecían aquietarse o aclimatarse cuando al trombón se sumaban uno tras otro los compases de la percusión, el fraseo de las trompetas, y en pocos segundos la maravillosa conjunción de la orquesta toda, por el arte de la magia de aquel Colón que sí que nos guiaba hacia nuevos y maravillosos descubrimientos.

A los equipos de sonido de los vecinos; a Radio El Sol, de Cali; y a Ecos del Atrato y Brisas del Citará, de Quibdó; le debemos el habernos aprendido, de pe a pa, o de re a fa, todas y cada una de las canciones de aquella época gloriosa en que la salsa nació, cuando después de mil vueltas y negocios en la Fania se concentró. De manera que bien temprano en la vida supimos que “el bembé africano es”, porque nos lo confirmó “Che che colé, qué bueno é’: Ya yo sé que te gustó, quieres bailarlo otra vez, pues ponte bien los zapatos, que los tienes al revés”.

Por esa vía supimos que no solamente se trataba de “panameña, panameña, qué buena estás; panameña, panameña, qué linda vas; panameña, panameña, vamo’ a bailá, ¡…aeee, eeea…!”; sino que también se trataba de una dominicana igual de linda y de buena, y de una borinqueña tan buena y tan linda como las anteriores; y por ahí derecho supimos del aguinaldo y aprendimos a cantar lolelolai, lelolai… “Lolailelolé, lolailelolá, aunque usted no quiera, le vengo a cantar y a felicitar con voz de alegría, yo traigo armonía a su santo hogar¡Se acerca la navidad y a todos nos va a alegrar el jibarito cantando aires de felicidad!” … guiados por el prodigio de las cuerdas del cuatro de Yomo Toro y por la voz, siempre, siempre, la voz, de aquel cantante que para fortuna de nuestras vidas oímos en los mejores momentos de la suya: Héctor Lavoe.

Héctor Lavoe (1969) y Rubén Blades (1979).
FOTOS: Wikipedia y Fania.

Todo tiene su final

Todo tiene su final, nada dura para siempre / tenemos que recordar que no existe eternidad / 
Como el lindo clavel solo quiso florecer / y enseñarnos su belleza y marchito perecer…”.

Sí, todo tiene su final, incluso la perspectiva innovadora y culturalmente memorable de la música que hizo de Willie Colón (1950-2026) uno de los creadores más conspicuos de la Salsa; una perspectiva que, al igual que el espíritu de su formidable “Camino al barrio”, por el que transitó durante tanto tiempo; de su homenaje a los velorios de los angelitos negros con aquel baquiné caribeño; y de su tributo de Aguanile a las alabanzas y cantos corales de los creyentes populares afroamericanos; fue desapareciendo año tras año, para darle paso a la cansina y periódica provocación del rechazo generalizado frente a sus impotables opiniones políticas y sociales. 

Óigame, compadre Alejandro, dígame de las cosas, cómo van caminando…”.

Dicen Chucho, Jacinto y Ramón / que la cosa está que arde
Dicen que la situación / no está buena para nadie.
Pero Pablo, Felipe y Simón / no salen de fiesta y baile
y exclaman con emoción / la cosa está mejor que antes
Todo es según el color / del cristal con que se mira”.

Sin embargo, con todo y lo desdibujados que pueden haber sido los últimos años de su existencia en materia de identidad y de dignidad cultural; sería un despropósito y un gesto de deslealtad histórica —por lo menos con la memoria de nuestras vidas— escracharlo por esa indeseable realidad; o soslayar su inmensa valía musical dentro del universo afro-caribe-hispano-latino-americano, que lo hizo un socio inmejorable del narrador y poeta Rubén Blades; o desconocer el hecho palmario de que Colón y sus contemporáneos, además de revolucionar la música como bien lo hicieron, fueron también bastiones de resistencia cultural en aquellos años en los que esta historia se convirtió en parte sustancial del lado A y del lado B del LP un poco rayado y desgastado, pero siempre vigente y sonoro, del tocadiscos del alma de los salseros de aquel Quibdó donde la salsa formaba parte de la vida.