26/10/2026

 Lo que el fuego se llevó 

★La ciudad que quemó el incendio.
Quibdó 1954 (Foto: Guillermo Sánchez-El Espectador), Quibdó 1957 (Foto: Nereo López).

Entre las 9 de la noche del miércoles 26 de octubre de 1966 y la madrugada del día siguiente —cuando los rescoldos aún humeaban bajo el rocío matinal— las llamas de un histórico incendio, que cambiaría para siempre la historia local y regional de Quibdó y el Chocó, se llevaron consigo gran parte de la zona céntrica de la ciudad. Extensos sectores residenciales, comerciales e institucionales, a lo largo y ancho de las carreras primera, segunda y tercera, desde la cabecera del pueblo hasta las inmediaciones del templo parroquial, fueron consumidos por el fuego, que ardió a tutiplén ante los ojos de la ciudadanía y las autoridades, que no contaban con medios idóneos para hacerle frente a tan grande desventura.[1] El entonces Gobernador del Chocó, Ramón Mosquera Rivas, rememoró así la impresionante claridad con que las llamas iluminaron por horas gran parte de la ciudad: «Llegué a la zona de iniciación del incendio, donde el fuego había alcanzado alturas de más de 30 metros y la ciudad, inclusive la orilla opuesta del Río Atrato, se veía iluminada, como si fuera una noche de plenilunio».[2]

La ciudad que se quemó aquella noche tenía como referente espacial a la carrera primera, paralela al río Atrato. Su trazado, sus bocacalles y callejones, sus dinámicas comerciales, de servicios y de aprovisionamiento, confluían en esta avenida principal y en el inmenso río tutelar que atraviesa medio departamento, en cuyas riberas se sitúa la ciudad. Una serie de puertos, nombrados según los productos que en ellos se desembarcaban o el principal comercio que en ellos se ubicaba, eran escenario diario y semanal de las relaciones familiares, sociales y comerciales del campo atrateño con el poblado quibdoseño, al igual que de intercambios comerciales regionales y nacionales. En dichos puertos se desarrollaba, de modo todavía cuantioso hace 60 años, el intercambio comercial con Cartagena y el Caribe, a través de las denominadas “lanchas”, embarcaciones de madera de mediano calado, para transporte de carga principalmente, aunque también de pasajeros. De este modo llegaban a la ciudad el infaltable queso costeño, las vajillas chinas con sus floridos decorados, que marcaron toda una época en las casas de la ciudad, y la siempre esperada Kola Román; además de licores finos y baratos, abarrotes, mercancías y víveres. En su viaje de regreso, las lanchas cargaban madera de todo tipo y de todo bosque, previamente negociada por patrones y tripulantes, a su paso por los aserríos, pueblos y orillas del trayecto entre Quibdó y Cartagena.

En dichos puertos, a los que se accedía desde la calle por precarios y resbaladizos senderos y pasadizos, se resolvía gran parte de la vida de la ciudad que se quemó en aquella noche eterna de hace 60 años. Allí, en esas orillas donde se hincaban los guayacanes que sostenían las casas que miraban hacia la carrera primera y cuyas paliaderas daban hacia el río; se llevaba a cabo, los sábados desde el amanecer, el mercado semanal donde la población quibdoseña compraba a los campesinos del Atrato y sus afluentes todo tipo de productos agrícolas, pescado fresco y salado, hierbas medicinales y de condimento, carne de monte, algodón cerrero, panelas aliñadas, frutas de cosecha, artesanías y utensilios: desde cucharas y recipientes de mate o totumo y pesados manducos y rayos de madera para estregar ropa, hasta canastos, abanicos (pepenas) y sombreros de chocolatillo, bolsas y gorros de cabecinegro, piedras de moler y objetos decorativos hechos en madera de balso.

Con las casas de dos pisos y techos a cuatro aguas, con sus patios y balcones, sus corredores y zaguanes, sus puertas dobles, sus balcones de bolillo y sus ventanas, sus amplias alcobas, sus salones generosos y el crujido de sus escaleras; también se fue entre las llamas de aquel incendio la vieja arquitectura en madera, de inspiración caribe, que aún predominaba en la ciudad por influencia de los maestros carpinteros antillanos, que a principios del siglo XX llegaron al Chocó procedentes de Barranquilla, Cartagena y Panamá para construirle a los gringos de las empresas mineras sus casas y edificaciones en Andagoya y Condoto, La Vuelta y Lloró. Los últimos vestigios de esta arquitectura cayeron en desuso después de la llamada Remodelación de Quibdó, cuando los ladrillos y el cemento, las rejas de hierro y los techos de eternit se erigieron en nuevos emblemas de progreso urbano, seguridad y modernidad.

La bucólica periferia de aquella ciudad apacible donde el lomerío oriental y las quebradas La Yesca, La Aurora y El Caraño todavía eran sitios de paseo y excursión, de baño diario o recreativo, de lavado de ropa, de pesca y de extracción de leña, frutos silvestres y carbón vegetal; también se diluyó entre el humo lejano del incendio. Aquella periferia, rural y semirrural, se registraba en el imaginario quibdoseño bajo la noción de “monte”, con la que solía denominarse toda área no poblada y situada más allá de la cuadrícula central y de los conglomerados barriales que se habían conformado a partir de la apertura de la Alameda Reyes, en la primera década del siglo XX, y de la Avenida Istmina o Vía Interoceánica, en 1925. Convertidas en área de expansión urbana y poblamiento masivo y espontáneo de aquel nuevo Quibdó, que fue creciendo con escaso o nulo control y sin la menor planificación; las quebradas y las lomas perdieron su carácter de referentes espaciales como límites de la ciudad hacia el oriente, el norte y el sur; de modo que las intenciones de los planes de urbanización, concebidos en los tiempos de la Intendencia Nacional, fueron reemplazados por la simple venta de “mejoras”, próspero negocio que las autoridades municipales y la fe pública se limitaron a refrendar en cada transacción.

Remodelación de Quibdó después del incendio del 26 de octubre de 1966. La escena fue captada en un sector de la Carrera 1a. contiguo a la plaza de mercado. Al fondo se alcanza a ver el emblemático edificio de la Beneficencia del Chocó, conocido como el «8 Pisos». FOTO: Alberto Saldarriaga-Colección fotográfica. Banco de la República-Biblioteca Virtual.

Con los planes de la Remodelación, impulsados por el gobierno del presidente liberal Carlos Lleras Restrepo y coordinados por la Corporación Nacional para el Desarrollo del Chocó, creada para ese fin y posteriormente convertida en autoridad ambiental; llegaron a la ciudad y a la región las nuevas tendencias de urbanización dirigida y planificada bajo estándares y diseños uniformes, bajo el cobijo institucional del Banco Central Hipotecario y el Instituto de Crédito Territorial. Las llamadas casas de la Remodelación y las sucesivas urbanizaciones del barrio Niño Jesús son dos hitos del desarrollo urbano de Quibdó en aquellos años, que cambiaron para siempre las dinámicas de expansión y poblamiento de la ciudad, al igual que su estética, su arquitectura, su distribución social, sus dinámicas barriales y su dimensión ambiental y cultural.

En el amplio sector céntrico de Quibdó, unidades de vivienda en serie reemplazaron las que desaparecieron entre las llamas del incendio. Con sus perfiles geométricos visualmente atractivos en conjunto y la inclusión de andenes y balcones, servicios sanitarios modernos, timbres de llamado y áreas con potencial de establecimiento comercial en el primer piso; dichas viviendas irrumpieron exitosamente en la ciudad aún martirizada por la tragedia del incendio, aunque sus residentes siguieran extrañando la amplitud de sus antiguos espacios. De la pulcritud de aquellos conjuntos y su presencia ostensible en el espacio urbano, poco queda hoy: la mugre y la desidia, el ruido y la desfiguración producida por el tráfago cotidiano han reemplazado lo que nunca se supo si realmente fue una buena idea; pero que, en cualquier caso, era mejor que lo actual.

El barrio Niño Jesús, que fue el primer plan de vivienda social del Estado en Quibdó, dirigido principalmente a sectores con capacidad de pago, como los empleados oficiales (maestros, funcionarios, policías), se ejecutó en varias etapas y convirtió en área de desarrollo urbano una vasta zona antes semirrural de la ciudad, situada más allá de la loma de San Martín, en inmediaciones de la quebrada La Yesca y el río Cabí, que desde los años 40 se convirtió en fuente de abastecimiento del acueducto de Quibdó. Símbolo de estatus social y de comodidad habitacional, por varios años el Niño Jesús fue el principal referente de la ciudad que todos los quibdoseños querían habitar; hasta que sectores de la población empleados en entidades públicas o en el magisterio oficial mejoraron sustancialmente su situación económica y fueron adquiriendo y construyendo por su propia cuenta grandes extensiones en la antigua periferia de la ciudad, transformando el sueño colectivo en una visión de estricto estilo personal y de adscripción de clase social.

Trabajos de relleno de zonas de pantanos en Quibdó, años 70, con materiales extraídos del río Atrato por una draga del MOPT, conducidos por tubería de hierro a través de las calles y los barrios. Foto 1: Carrera 1a. entre calles 27 y 28. Foto 2: Vía de acceso hacia el barrio Niño Jesús desde la calle 20, en el barrio La Yesquita; al fondo en las lomas de San Martín se ven los tanques de almacenamiento del acueducto de Quibdó. FOTOS: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó.

A dichos hitos se sumó el prolongado y persistente trabajo de desecación de pantanos y relleno del dique aluvial del Atrato, en sentido occidente oriente, es decir, desde la orilla del río hacia adentro del antiguo pueblo. Este trabajo fue llevado a cabo como parte de la Remodelación de Quibdó, a través de una draga del Ministerio de Obras Públicas y Transporte, que durante varios años y con materiales extraídos del río Atrato, hizo urbanizables antiguas áreas de palmares y pantanos que se ubicaban entre las orillas del río, las planicies inundables de las quebradas y las colinas orientales de la vieja ciudad. De este modo, según los propósitos y expresiones oficiales, se sanearon y recuperaron extensas áreas de Quibdó; así como se convirtieron en suelos urbanos, para poblamiento y construcción, las áreas por donde antiguamente discurrían las quebradas El Paraíso y El Nausígamo, en las que creció el populoso barrio Kennedy. Una situación similar ocurrió en los terrenos aledaños a la desembocadura de la quebrada La Yesca, donde el antiguo "Pueblo Mugre" se convertiría en el no menos populoso barrio San Vicente.

10 años después del incendio, tuvo lugar otro hito urbanístico cuya trascendencia llega hasta nuestros días: el Malecón de Quibdó. Originalmente concebido como muelle fluvial y como obra de contención complementaria a los rellenos de la ciudad, para mitigar las inundaciones periódicas del río Atrato, rápidamente el malecón fue asumido por la población quibdoseña como espacio público de asueto, recreación y actividad cultural, y como escenario simbólico de relación cotidiana y directa con el río Atrato. En palabras del poeta y líder cultural quibdoseño Juancho Velasco, quien desde la inauguración del mismo abogaba por su prolongación hasta las desembocaduras de las quebradas La Yesca por el sur y El Caraño por el norte, el malecón fue la oportunidad que a los quibdoseños nos dio el incendio para dejar de darle la espalda al río e integrarlo a la vida de la ciudad más allá de sus usos comerciales y de transporte.

La Remodelación tras el incendio del 26 de octubre de 1966 y las nuevas dinámicas de poblamiento y expansión urbana que le sucedieron transformarían a Quibdó de tal modo que la antigua ciudad prácticamente desapareció; y no solamente surgió una nueva en su lugar, sino que a esta se añadió otra con población equivalente a la original. Aunque frecuentemente se pregona que el Chocó está excesivamente diagnosticado, nunca en estos 60 años que han transcurrido desde aquel incendio, con motivo del cual fue surgiendo la nueva ciudad, se ha hecho un balance específico, sistemático y juicioso del significado y las consecuencias de aquella inmensa intervención oficial en la que participaron conjuntamente los gobiernos nacional, regional y local.

60 años después de aquella tragedia que devino en hito histórico de la región y la ciudad, a Quibdó lo aquejan una serie de males típicamente urbanos de las aglomeraciones humanas que crecen sin orden ni concierto. Con el absurdo caos de su tráfico vehicular, pareciera haber más motos que gente en la ciudad, convertida en una enorme plaza de mercado, en una disparatada galería comercial, en una central de abastos cuyas secciones son los antiguos vecindarios de los barrios, y en una enorme y permanente feria a cielo abierto, como el Guayaquil de otrora en Medellín. Quibdó sobrevive a sus crudas violencias cotidianas, mientras alberga una cantidad insólita y absurda de prenderías o compraventas, residencias de paso y hoteles de bajo costo, farmacias y droguerías, agencias de apuestas y de giros de dinero, cantinas y cuchitriles de venta de pollo frito, que plantean serias dudas sobre las vocaciones económicas reales de la ciudad.

En un texto escrito hace 60 años para la revista Cromos, el poeta nadaísta Gonzalo Arango, de cuya muerte se cumplió medio siglo hace un mes, escribió sobre Quibdó y su incendio lo siguiente: «Hoy amanecieron los periódicos en llamas con el incendio de Quibdó. Me sentí desolado con la tragedia. […] Yo sé que cuando Quibdó desaparezca de las primeras páginas de los periódicos, de la pantalla de televisión, y la desgracia no sea más una noticia para la avidez y el sentimentalismo del público, entonces el Chocó volverá a desaparecer del mapa, cercenado, condenado a su negritud sin porvenir. Un manto de indiferencia y olvido caerá inexorable, con sus lluvias eternas, sobre la desolación de ese territorio. Nadie volverá a pensar en Quibdó, en su pobreza, en su desamparo. Y esa indiferencia futura —y no sus escombros— es lo que constituye para mí el drama de su situación actual; que en el Chocó es un drama eterno. El de antes del incendio, el de después, el de siempre».[3]

60 años después del incendio del 26 de octubre de 1966 y 77 días después del terremoto del 10 de agosto de 2026, Quibdó se merece, literalmente, una nueva oportunidad; con todo y lo que decirlo tiene de lugar común y frase de cajón.



[1] Sobre el incendio del 26 de octubre de 1966 y la expansión urbana posterior de Quibdó, algunos textos publicados anteriormente en El Guarengue son los siguientes:

*Cuando la Normal quedaba lejos de Quibdó. 

https://miguarengue.blogspot.com/2022/12/cuando-la-normal-quedaba-lejosde-quibdo.html

*De incendios y bomberos: 2 efemérides de Quibdó y el Chocó. 

https://miguarengue.blogspot.com/2026/07/de-incendios-y-bomberos-2-efemerides-de.html

*Quibdó seis décadas después de su incendio.

https://miguarengue.blogspot.com/2025/10/quibdo-seis-decadas-despues-de-su.html

*3 sucesos históricos del Chocó en la Gobernación de Ramón Mosquera Rivas.

https://miguarengue.blogspot.com/2024/09/3-sucesos-historicos-del-choco-en-la.html

*Recuerdos del incendio. https://miguarengue.blogspot.com/2022/10/recuerdos-del-incendio-asi-era-la.html

*Un diciembre triste. Quibdó 1966. https://miguarengue.blogspot.com/2021/12/un-diciembre-triste-quibdo-1966-carrera.html

*53 años después. https://miguarengue.blogspot.com/2019/10/53-anos-despues-asi-era-la-carrera.html

[2] Ramón Mosquera Rivas. Recuerdos de un hijo de mineros. Editorial Difusión, Medellín, s.f. 231 páginas. Pág. 180.

[3] Gonzalo Arango. Chocó en llamas. Cromos N° 2.565. Bogotá, noviembre 28 de 1966, p.p.: 10 - 12.

19/10/2026

Mucho ruido y pocas nueces  

 «El ciclón fue temeroso
y nos hizo mucho daño;
pero más daño nos hacen
esos que se llevan todo
por años, años y años».
Cuco Valoy. El ciclón, 1980.
 

Protesta callejera en Quibdó durante el Paro cívico regional de mayo de 1987.
FOTO: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó.

Setenta días después de la tragedia del 10 de agosto de 2026, a propósito de su reconstrucción, existe consenso regional en torno a la idea de que el Chocó no puede quedar como estaba antes del terremoto. Esta idea, así expresada, es en esencia totalmente plausible y uno no podría no estar de acuerdo con ella. Lo que sí genera dudas es la manera como se ha venido ilustrando y tratando de concretar la idea, con el paso de los días.

Por un lado, en los discursos sobre el tipo de desarrollo del Chocó que puede impulsarse en el marco de la reconstrucción posterremoto, se ha venido instalando una tendencia retórica, de origen corporativo, en virtud de la cual se evita llamar a las cosas por su nombre y se volvió frecuente recurrir a eufemismos y consignas que le quitan peso a los significados mediante la trivialización de los significantes. “Cerrar brechas”, "conectar necesidades con oportunidades", “convertir prioridades en proyectos”, “habilitar la producción, diversificar la economía y generar nuevas oportunidades”, “crear riqueza en vez de administrar pobreza”, “convertir acuerdos en acción”… son algunas de estas consignas, eslóganes o lemas —vanos e insustanciales como casi todos los lugares comunes— de dicho universo retórico para referirse al futuro de la región en cuanto a desarrollo.

Por otro lado, de un modo temerario y descontextualizado, algunos discursos en boga sobre el desarrollo del Chocó están transitando caminos regresivos, que se bifurcan en dos sentidos contradictorios. En primer lugar, promueven el reposicionamiento de la peor parte del antiguo debate entre conservación y desarrollo. Por esta vía, desde el púlpito neoliberal de la globalización económica, se ha vuelto a predicar el sermón diario y dominical de que “no podemos seguir siendo guardianes del territorio”, y de paso se increpa continuamente a resguardos indígenas y a consejos comunitarios de comunidades negras para que relativicen la salvaguarda y el carácter colectivo de sus territorialidades, y le den paso a este enfoque de progreso. Por esta vía, como salida a la precariedad económica del Chocó, se ofrecen los ríos de leche y miel que supuestamente manarán y fluirán si mercantilizamos hasta el último rincón del territorio regional y convertimos en “productos” todos y cada uno de los “activos” y "especies promisorias" que a la región chocoana le depara su espléndida biodiversidad.

En segundo lugar, simultáneamente con la proclama del derecho a la autodeterminación y la toma de decisiones propias sobre el propio destino; se invita con inusitado entusiasmo a los empresarios colombianos, al sector privado, a que se dignen fijar sus multibillonarios ojos en estas tierras, necesitadas de capital que las redima de su pobreza y las rescate de su abandono. Además de los ríos de leche y miel, lloverá café en el campo, no habrá nadie sin empleo y el dinero será cotidiano milagro nacido de la filantropía industrial, del altruismo financiero, de la magnanimidad empresarial y gremial. Todo ello enmarcado en el supuesto carácter benefactor de los grandes grupos y consorcios económicos, cuya sensibilidad corporativa, unida a la enésima promesa gubernamental de redención y salvación del Chocó, produciría el “milagro” con el que ahora se nombra toda acción estatal.

No es humano el desarrollo si no incluye en términos reales a la gente, con todo y sus visiones del mundo, sus maneras propias de habitarlo, relacionarse con él y servirse de él para su bienestar individual y colectivo. No tiene nada de sostenible ponerle precio de mercado a la Naturaleza, para luego ofrecerla, concederla y venderla a quienes paguen más por ella y, entregado el jugoso cheque, proceden a explotarla en función de sus utilidades. Cada tanto, lo humano y lo sostenible regresan a escena en calidad de comodines discursivos, para adjetivar y adornar los palabreríos detrás de los cuales se oculta la necia codicia, que conduce sin remedio a ecocidios y etnocidios irreparables. La solución real de problemas históricos de calidad de vida y garantía de derechos de la población chocoana debe anteponerse a cuanta hipérbole se le ocurra a los nuevos predicadores de la megalomanía desarrollista; que hoy, como hace un siglo, no ven en estas mares y en estas selvas, en estos montes y en estos ríos, más que riquezas por obtener, así camuflen sus intenciones con los nuevos eufemismos que suele traer consigo el extractivismo.

La creación de condiciones elementales de dignidad humana en el Chocó es prioritaria y urgente. Ha llegado la hora de ponerle fin a tantos y tan aparatosos como intrascendentes discursos estatales, a tantas y fatuas puestas en escena, a tantas  y tan ruidosas promesas de "ayudas" multimillonarias que hasta ahora solo existen en las palabras que el viento se llevó. Es tiempo ya de comenzar efectivamente el resarcimiento material de fondo de las víctimas del crudo desastre del 10 de agosto de 2026; al igual que la reconstrucción de infraestructura educativa y sanitaria, cultural y comunitaria. A partir de ahí, hay algo claro en el camino: es imprescindible que se se resuelva, de una vez por todas y en su totalidad, el conjunto de necesidades básicas insatisfechas que el pueblo chocoano ha arrastrado a lo largo del último siglo y que han sido reiteradamente planteadas en las cíclicas protestas de los paros cívicos, cuyos siempre incumplidos acuerdos marcan claramente rutas en ese sentido. 

Por sentido común y para evitar que después se diga que hay problemas "de caja" para financiar la solución de los grandes problemas del Chocó, relacionados con la inexistencia de servicios calificados, modernos y permanentes de agua potable, electricidad, internet, telefonía, salud, vías, educación, empleo, producción, cultura, seguridad alimentaria, medio ambiente, etcétera, etcétera; lo recomendable es comenzar por garantizarle a toda la población chocoana esas condiciones de elemental dignidad, que históricamente se le adeudan al departamento y a sus 31 municipios. Es deber de chocoanidad trabajar en este momento histórico para que la región supere su abandono secular.

De lo contrario, seguiremos alimentando el clásico escenario de mucho ruido y pocas nueces, típico de todas las ocasiones, pasajeras, en las que los problemas del Chocó se hacen evidentes a los ojos del país. La dignidad de los pueblos requiere —además de los fundamentos simbólicos que le permiten estructurarse como sociedad— una base material sólida y perdurable en la que pueda sustentarse una vida en paz y bienestar.

«Nuestra revolución no es un concurso de retórica. Nuestra revolución no es un enfrentamiento de frases. [...] Nuestra revolución solo tendrá valor si, al mirar detrás de nosotros, a ambos lados y delante de nosotros, podemos decir que los burkineses son, gracias a la revolución, un poco más felices, porque tienen agua potable para beber, una alimentación abundante, suficiente, porque tienen una salud de hierro, una educación, viviendas decentes, porque van mejor vestidos, porque tienen derecho a disfrutar del tiempo libre; porque tienen la oportunidad de gozar de más libertad, más democracia, más dignidad. Nuestra revolución no tendrá razón de ser hasta que pueda responder de manera concreta a estas cuestiones»; expresó el entonces presidente de Burkina Faso, Thomas Sankara (1949-1987), en un discurso pronunciado en Bobo-Dioulasso el 2 de octubre de 1987.


12/10/2026

 «Teresa, en cuya frente el cielo empieza» 

*FOTO: Julio César U. H. Quibdó, octubre 2017. 

Estaba comenzando 4° de primaria, en la Anexa a la Normal de Quibdó, cuando mi mamá, al final de una de nuestras charlas periódicas, que habían comenzado antes de que yo aprendiera a hablar, me contó quiénes eran los hermanos Castro Torrijos y cuál era su importancia para la música chocoana, la tradición y el folclor de la región.[1] En Ecos del Atrato acababa de sonar «El rey del río», en una interpretación de Bovea y sus vallenatos;[2] que la inspiró para la explicación y para que, previo a la misma, me diera una serenata minimalista y didáctica, cual potpurrí hecho de coros y fragmentos de cada canción, con voz afinada y bonita. «El rey del río», «María La O», «Juana Blandón», «Barujo y la pelotera», «Maximina»  y «Amira Waldo» son las que recuerdo que cantó y tarareó.

Al finalizar, cayó en la cuenta de que le faltaban dos o tres cosas para el almuerzo que estaba preparando, y yo —que desde que tuve uso de razón fui su mandadero oficial— salí a comprarlas en la plaza de mercado. Al regresar, la encontré cantando «Noche criolla», un bolero bonito de Agustín Lara, que mi mamá conocía de memoria en la bonita versión de Toña La Negra.[3] Terminado el bolero, una promoción en la emisora invitaba a un programa de Emil Nauffal Dualiby que pasaban los sábados por la noche, en el que, con agradable voz y gran talento, Emil interpretaba poesía colombiana con una bien lograda mezcla de lectura correcta, medida y bien entonada, y un poco de dramatismo en la declamación. 

Así como la canción de Bovea la había inspirado para hablarme de los Castro Torrijos, la promoción del programa poético —que tenía de fondo un poema de Dora Castellanos— hizo que mi mamá recordara y recitara con naturalidad y belleza: «Teresa, en cuya frente el cielo empieza…»; y después sonriera, fingiéndose vanidosa con los gestos de su expresiva cara y la luminosa risa de sus ojos verdes, y me dijera que ese era el primer verso de una poesía que había sido escrita pensando en ella… Enseguida, sin más rodeos, mientras lavaba un manojo de hierbas frescas, recitó completo el poema…

Soneto a Teresa
Eduardo Carranza

Teresa, en cuya frente el cielo empieza,
como el aroma en la sien de la flor.
Teresa, la del suave desamor
y el arroyuelo azul en la cabeza.

Teresa, en espiral de ligereza,
y uva, y rosa, y trigo surtidor;
tu cuerpo es todo el río del amor
que nunca acaba de pasar. Teresa.

Niña por quien el día se levanta,
por quien la noche se levanta y canta,
en pie sobre los sueños, su canción.

Teresa, en fin, por quien ausente vivo,
por quien con mano enamorada escribo,
por quien de nuevo existe el corazón.

Al finalizar, mi mamá hizo una divertida venia, al mejor estilo de los declamadores de oficio, para indicar que "eso era todo"... Riéndose, con una risa que le llenaba completamente la cara, me contó que esa poesía se llamaba "Soneto a Teresa" y que la había escrito —quién sabe para quién— uno de los poetas más importantes del país: Eduardo Carranza. Me reí con ella y guardé en mi cabeza para siempre el primer verso del soneto.

Llegados los tristes días en los que la lumbre de su memoria se fue apagando y del prodigio que fuera no quedaron más que míseros rescoldos, que se extinguían con la misma fugacidad con la que chisporroteaban por un instante en su alma o en su mente; en ocasiones, a mi mamá alcanzaban a brillarle los ojos cuando yo la miraba sonriente y le decía sutilmente: «Teresa, en cuya frente el cielo empieza…»; después de lo cual le leía todo el soneto, mientras su atención y su mirada navegaban a la deriva por aquellas mares del tiempo tan lejanas y nubladas, a veces tempestuosas, que ni ella misma alcanzaba a percatarse de los rumbos que en ese momento transitaba.

Mi mamá nació en Quibdó un sábado. Era 15 de octubre. Cumpliría 94 años de vida este jueves. Su partida de bautismo —en donde consta que Leonardo Garrido fue su padrino y Cándida Mosquera fue su madrina— la asentó el padre Nicolás Medrano, misionero y músico, fundador de la Banda de San Francisco. A propósito de su cumpleaños, he pensado especialmente en ella, he rememorado escenas como las de las canciones de los Castro Torrijos y el Soneto a Teresa; y he recordado algo que me dijo varias veces sobre la preservación del patrimonio regional, sin usar ninguna de las dos palabras: ni preservación, ni patrimonio. 

Y pensando en los dos meses transcurridos después del terremoto de magnitud 7.4, que el pasado 10 de agosto hirió y segó vidas chocoanas, conturbó espíritus y quebrantó corazones, lesionó esperanzas y destrozó sueños; recordé también que ella, como la mayoría de sus amigas de infancia y una buena parte de los adultos de los vecindarios quibdoseños en los que vivíamos cuando ocurrió lo que aquí he rememorado, era de las que creían —y eso le daba mucho miedo— que cuando hacía tanto calor que el agua almacenada en los tanques de hierro de 55 galones que había en casi todas las casas de Quibdó parecía acabada de hervir; mientras el sol reverberaba en los techos de zinc, en las aguas del Atrato, Quito y Cabí, La Aurora, La Yesca y El Caraño, e incluso en el café con leche de los charcos de las calles; y las tablas de los pisos y paredes de las casas crujían y crujían, y ni siquiera las nubes se movían...era porque iba a temblar.

Pensando en que los terremotos también resquebrajan, agrietan y fragmentan el alma de los pueblos, su cultura, su ser común y su identidad compartida; recordé que mi mamá, hace un poco más de medio siglo, decía firmemente que había obras que alguien debería tomarse el trabajo de grabarlas y guardarlas, para que siempre estuvieran disponibles, y publicarlas para que todo el mundo las conociera y las mantuviera presentes. En su lista, que era bastante prolija, incluía las canciones de los Castro Torrijos, Miguel Vicente Garrido y Víctor Dueñas; las músicas de chirimía de clarineteros de la época, como Mario Becerra, Oscar Salamandra, Daniel Rodríguez y Antero Agualimpia, entre otros; las guitarras y voces del Trío Atrato, los sones, boleros y guarachas de Los Negritos del Ritmo, las retretas de los domingos con la Banda de San Francisco; así como antiguas coplas y poesías vernáculas que ella había oído desde niña en las casas y calles de Quibdó; los cuentos que contábamos, las adivinanzas que echábamos y los juegos que jugábamos en las noches de luna; las rondas, los romances y los cantos chocoanos que nos enseñaban en la escuela o aprendíamos en los andenes y esquinas de los vecindarios; los bailes típicos que se bailaban en las fiestas y en los actos culturales; los rezos y jaculatorias, los ritos y los cantos de los velorios y los sepelios…porque si no, decía firme y seria, se iban a resultar perdiendo con el paso de los años. Inclusive, habría que pensar en hacer algo con la lengua y las tradiciones de los "cholos", añadía enfáticamente.


[1] Sobre la trayectoria y la obra musical de los hermanos Castro Torrijos, recomendamos la lectura de este maravilloso trabajo: Alejandro Tobón Restrepo y otros (2005). Entre Sones y Abozaos. Aproximación etnomusicológica a la obra de tres músicos de la tradición popular chocoana. Universidad de Antioquia, Grupo de Investigación Valores Musicales Regionales, Colección premios nacionales de cultura.

[2] El rey del río, Bovea y sus Vallenatos:

https://youtu.be/c1OWRnTpAHU?si=WdcnKu7PGDo-0q-0

05/10/2026

 Dones y hazañas de Pobreza Perea y Pacha Copete 
—Un relato de Miguel A. Caicedo (1976)—

Poeta y narrador de la chocoanidad, investigador de la oralitura regional, el Maestro Miguel A. Caicedo Mena documentó elementos y manifestaciones del patrimonio cultural inmaterial del Chocó, como los relatos que hoy publicamos; en los cuales se hacen referencias al sacerdote chocoano Demetrio Salazar Castillo, nacido en Sipí, quien fue párroco de Tadó durante más de dos décadas, a principios del siglo XX, y como tal se desempeñaba cuando los Misioneros Claretianos llegaron al Chocó, en 1909. FOTOS: Misioneros Claretianos (1929), Claudia Álvarez (1986).
Hace 50 años, en octubre de 1976, bajo la dirección del antropólogo Giorgio Mario Manzini, en una edición de 119 páginas, con 19 artículos de temáticas diversas, e impresa en la Tipografía Salesiana, de Medellín; la recién creada Universidad Tecnológica del Chocó «Diego Luis Córdoba» publicó el N° 1 de la “Revista de la Universidad del Chocó”. Todo un acontecimiento editorial en la historia bibliográfica de la región, en un momento en el que apenas comenzaban a otorgarse los primeros grados en la UTCH.

En tiempos en los que —a raíz del trágico y doloroso desastre ocasionado por el terremoto del 10 de agosto de 2026— la reconstrucción y el desarrollo regional del Chocó están a la orden del día; en El Guarengue, evocamos y hacemos honor a este acontecimiento histórico para la región: la primera publicación oficial de carácter académico de la primera institución pública de educación superior del departamento. Y lo ligamos a la grata memoria de los 107 años del natalicio del inolvidable Maestro Miguel A. Caicedo Mena, poeta y narrador de la chocoanidad e investigador de la oralitura regional; cronista, biógrafo e historiador de la educación pública en la región; educador de toda la vida y de todos los niveles; cofundador de la UTCH y de la Normal Superior Manuel Cañizales; guía y ejemplo de compromiso cultural con el Chocó. Para deleite de quienes leen El Guarengue, reproducimos uno de los textos del Maestro Caicedo publicado en esa primera edición de la Revista de la Universidad del Chocó, bajo el título de “Personajes mágico-folclóricos del Chocó”, en las páginas 9 a 13 de la revista.

El disfrute literario e histórico, mágico y folclórico, de estos textos del Maestro Miguel A. Caicedo sea también una invitación a quienes tienen en sus manos hacerlo a que hagan lo necesario para que la UTCH vuelva a ser lo que comenzó a ser cuando empezaba y después fue, lamentablemente, dejando de serlo: un baluarte de educación y cultura, un escenario de construcción de conocimiento regional. Igualmente, sea esta una nueva ocasión para reivindicar la debida y digna inclusión de la dimensión cultural de la región chocoana en los planes de reconstrucción y desarrollo regional profusamente anunciados después del terremoto. El patrimonio cultural y el acervo histórico son esenciales, no accesorios, en la persistencia del sentido de la vida de los pueblos.

Julio César U. H.
5 de octubre de 2026

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Pobreza Perea
Por Miguel A. Caicedo

Aunque todos la recuerdan más por la facilidad para encontrar tesoros escondidos o perdidos, tenía la propiedad de la “ubicación”, es decir, podía ir a cualquier parte y traer la noticia que se le pidiera, ya fuera del Viejo Mundo o de América. Por esto aseguraban que volaba.

Cuentan que el padre Demetrio Salazar Castillo, quien fuera un verdadero patriarca de la ciudad de Tadó, justamente merecedor del cariño de su pueblo, por sus virtudes y la preocupación por la solución de los problemas regionales, informado de las actuaciones de Pobreza, la llamó para reconvenirla a propósito del mal ejemplo que daba a la juventud y le prohibió que volviera a volar, manifestándole que, de volver a hacerlo, él mismo se encargaría de orar para que después de su muerte fuera arrojada a los profundos infiernos.

La conminación del padre hizo bastante mella en el espíritu de la famosa mujer, tanto que más tarde, en una conversación con varios amigos, se lamentaba: «Vean ve el cura ese, ha venido a quitarme mi diversión. Esas cosas las hago por distraerme, por ir a conocer y darme cuenta de lo que pasa por allá. Por ejemplo, yo estuve en Bogotá cuando presidenciaron a Olaya Herrera. Era un hombre grandote y le pusieron una bandera atravesada, que tenía una cosa grande y redonda con un pajarote montado en una cinta letrada y unas cosas ahí junto a un gorro colorao».

En una ocasión, a propósito de la pérdida del cofre de alhajas que el padre había enterrado en el patio interior de su casa, el pobre sacristán, acusado de habérselas robado, aconsejó al clérigo que llamara a Pobreza. El cura se negó en principio, pero no le quedó otro recurso que citarla. Acudió ella y ya en el predio comenzó: «Vea ve, usted sabe que la tierra gira con sus cosas. Por ese hoyo grande que han hecho aquí buscando su tesoro, pueden ir hasta lo más hondo y no lo topan. Eso está es allá en la raíz de ese naranjo». Indicado el sitio, fueron a excavar y casi dañan el continente con el primer barretonazo. Allí estaba precisamente y a poca profundidad.

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Francisca Copete Perea
Por Miguel A. Caicedo

Todos la llamaban “La Pacha”, menos el cura, que le daba el sobrenombre de “mi Cochompita”. […] Mantenía su puerta cerrada y solo la abría a las cinco de la tarde. Así, quienes iban a consultarle debían tocar. Entonces era cuando ella protestaba: «¡Maldita sea la jodencia! Ya vienen con su calentura de no dejarlo a uno quieto. Buscan su pereque pa vení con la borrachera de no dejalo a uno ni dormí». Y luego, dirigiéndose al visitante: «A ve qué es lo que querés. Ajá, ya sé, voj venís es a tal o cual cosa».

Su hija Rosana manifestaba que ella no aprendió nada porque, cuando su mamá estaba conversando con los otros o preparándose para su trabajo, se retiraba para no disgustarla. Pero, es testigo de que cuando quería se hacía invisible, especialmente cuando se trataba de sus enemigos.

Un día se presentó el profesor Gregorio Gamboa con otras personas, para averiguar el paradero de unas reses que habían desaparecido en Istmina, y ella le dijo: «Dejate la pendejada y corré ligero hacia El Tambo. Allá están tus vacas. La una la van a picá hoy y la otra está amarrada en un coronillo detrás de la casa. Inmediatamente se dirigieron hacia el lugar indicado. Cuando llegaron, encontraron en verdad una vaca atada al frente de la mansión. Los mayores no estaban. Preguntaron a un pequeño por la otra y les contestó: «allá atrás está amarrada en ese coronillo que ven». Fueron y la encontraron tal cual.

Cuando el avión de Satena se estrelló contra el cerro de San Nicolás,[1] algunos parientes de los tripulantes fueron a consultarle a La Pacha sobre la suerte de los accidentados y ella manifestó: «Yo ya estuve allá. Lo que pasa es que no pude bajar hasta el plan porque eso estaba muy oscuro. Lo que sí sostengo es que unos están vivos y dando vueltas por ahí. Si logran llegar ligero, los salvan». Sobre esa afirmación de La Pacha, creo que no queda duda alguna si recuerdan la forma en que fueron encontrados los cadáveres.[2]

Gabriel "Lito" Baldrich y Marina Mejía de Baldrich.
Foto: Archivo fotográfico y fílmico del Chocó. s.f.
Doña Marina Mejía de Baldrich, esposa de don Gabriel “Lito” Baldrich, gerente de Avianca en la ciudad de Quibdó, fue a entrevistarse con La Pacha, buscando solución a un problema, tal vez de pérdida de algunos objetos; pero, llegó en las horas de la tarde, es decir, cuando ya la vidente no podía atenderla, de acuerdo con su horario. Para qué hablar de la forma como la recibió.

—En todo caso, yo ya no estoy en más borrachera de estar viendo carajadas. Esa es mucha joda, carajo. Si quiere más bien por la mañana vuelve.

—Es que yo tengo que irme hoy porque me llega un primo en el avión de mañana, es decir, debo regresarme hoy.

—¿Y usted dónde es que vive?

—Yo vivo en La Yesquita.

—¡Mentira! Usted vive en la Alameda, más acacito de la cárcel. Y ese primo suyo no llega mañana, sino el miércoles.

Doña Marina no pudo contestar, por el impacto sorpresivo del descubrimiento de la verdad; pues ella le había dado una dirección falsa, la cual había sido corregida por su interlocutora; lo cual dio oportunidad a esta para continuar.

—Ese pariente suyo no va a encontrá cupo en el avión. Lo va a mandar al aeropuerto, pero un señor va a llegar un poquito adelante y él va a tener que aplazar el viaje hasta el miércoles.

Doña Marina no se sorprendió cuando pudo verificar la efectividad de sus otras gestiones, pero su admiración creció cuando subió al aeropuerto y se hizo mayor el miércoles a la hora de almuerzo cuando interrogado su primo contestó:

—Cómo les parece… Me puse a esperar un taxi y todos pasaban ocupados. Por fin conseguí uno y cuando llegué a la venta de tiquetes me dijo el funcionario: «Lástima, hace un minuto vendí el cupo que quedaba.

[…]

Un párroco de Tadó, cuyo nombre se me olvida, un día cualquiera subió al púlpito y comenzó a regañar a la gente: «Ahora les ha dado por creer que dizque existen espantos, brujas y mulas de cuaresma. Eso es herejía. Deben mantener la mente puesta en Dios y su bondad infinita. Etc.,etc.

Sabedora La Pacha, manifestó: «¡Ajá! Con que sí, no». Y aprovechando una de las visitas frecuentes del cura, quien era su amigo, le dijo: «Vevé, en esa casa que ustedes tienen por allá arriba dizque pa reuniones con los campesinos hay un entierro un poquito más arriba de donde termina el rozao, al pie del lechero que se ve desde el patio.

El padre formó viaje para ir a constatar. Llegó y con una barra que hundió en la raíz del árbol indicado pegó en algo que dio la sensación de ser un baúl o cosa parecida. Como quiera que La Pacha se lo recomendara, el clérigo esperó que fueran las diez de la noche. Sin decirle a nadie, se dirigió al lugar a la hora precisa. Ya profundizaba, cuando empezó a sentirse nervioso, lo cual juzgó propio del momento; pero, la cuestión se puso incómoda cuando observó que a unos diez metros, frente a él, una sombra enorme se agachaba y se levantaba para abrir unos enormes brazos. Envalentonado, el clérigo arremetió contra lo que veía y se detuvo cuando sintió un fuerte aletazo sobre la mejilla izquierda, que lo echó al suelo. Cayó bocarriba y así vio que un caballo negro con patas de candela se le venía encima, al son mortificante de una campanilla. Aterrado, no le quedaron más que las de Villadiego.

Como era costumbre, el cura salió a dar un paseo vespertino. Cuando pasaba frente a la casa de La Pacha, saludó y ella muy complacida, con una risita picaresca, lo llamó.

—Vevé, vení acá.

—¿Qué te pasa, mi Cochompita?

—Yo soy la que quiero saber qué fue lo que te pasó anoche.

—¡Cómo así!

—Con que no creés en espanto, bruja y mula, ¿no? Y ese bulto que se te agachaba y se levantaba, ¿no era un espanto? ¿Y esos golpes con el ala no te los dio una bruja? Y ese caballo con campana y patas de candela que te hizo correr, ¿no era la mula?

—¡¡¡Pacha!!!

—Eso es pa que veás que sí hay de esas cosas

Dicen que desde entonces se hicieron más amigos y las visitas fueron casi diarias. Cuando el clérigo se marchó, pocos meses después murió su amiga.

Portada, portadilla, página de créditos institucionales y sumario o resumen del N° 1 de la "Revista de la Universidad del Chocó", publicada hace 50 años, en octubre de 1976. Un hito editorial en la historia del libro y la lectura en la región. Imágenes tomadas de la edición digitalizada por la Hemeroteca del Chocó.

[1] Se refiere al accidente de un avión DC3 de la aerolínea estatal Satena, que se estrelló contra el cerro de San Nicolás, en los Farallones del Citará, el 21 de enero de 1972. El avión hacía el trayecto Medellín-Quibdó y los 36 ocupantes del vuelo murieron; entre ellos el obispo Gerardo Valencia Cano, Vicario Apostólico de Buenaventura, destacado Teólogo de la Liberación y pionero de la inclusión de la perspectiva étnica afrodescendiente en la pastoral católica colombiana. La ruta del avión continuaría hacia Bahía Solano y después a Buenaventura. Un grupo de campesinos logró el rescate de un número que se calculó en más de veinte cuerpos, días después de que el área fuera declarada camposanto (29 de enero), por lo infructuosa que había sido la búsqueda.

[2] Según relatos de los campesinos de las veredas San Bernardo y Farallones, municipio de Bolívar (Antioquia), varios de los cuerpos rescatados estaban sentados o recostados cuando los encontraron; lo cual hizo pensar que pudieron haber sobrevivido durante algún tiempo y morir después a consecuencia del agravamiento de sus heridas.

N. B. El texto original del relato de Miguel A. Caicedo y las imágenes de la revista fueron tomados de la edición digitalizada, catalogada y archivada en la Hemeroteca del Chocó, de la UTCH, por Gonzalo Díaz Cañadas. El texto fue editado sin modificar su contenido, con excepción del título, que originalmente fue “Personajes mágico-folclóricos del Chocó”.

28/09/2026

 Estampas quibdoseñas (VIII) 
Añoranza franciscana

*Fiestas de San Pacho en Quibdó, ca. 1972. Carrera primera con calle 25. Escena del recorrido de la representación o comparsa de un barrio por las calles de la ciudad, en su día asignado dentro de la festividad, con su carroza alegórica o disfraz. Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó / El Guarengue.

Las golondrinas de agosto se estaban terminando de marchar, para seguir volando en su migración anual, cuando el ambiente de fiesta se empezaba a arrimar y aglomerar en los atardeceres multicolores del río medio seco, cuya playa aún caliente las brisas de septiembre no lograban refrescar.

Era una especie de aroma, que uno no atinaba a saber de dónde salía, pero ahí estaba, y se podía percibir tan claramente como el de los palos cargados de coronillas que a lo largo del año abundaban en las orillas de La Yesca; o el de los bocachicos y dentones del Atrato fritándose en las calderos de todas las casas, a mañana y noche, por los tiempos de la semana santa; o el de los marañones cuando pintaban de intenso carmesí y blanco profundo las calles y las casas en aquellas cosechas prodigiosas que dos veces por año nos permitían a los niños de escuela hacernos a una mejor idea de cuánto eran cientos y cuánto eran miles.

Quizás porque salía de todas partes, no parecía salir de ninguna. Como el aroma de la flor de galán de noche o el de los palos de sauco en las mañanitas, que uno podía percibir de lejos sin ni siquiera alcanzar a ver las plantas de donde salían. Era un aroma que todo lo envolvía y que en todo lugar y momento estaba presente. En la alegría de las mujeres que cantaban boleros antillanos y sones chocoanos en las cocinas y en los patios de sus casas. En la frescura de los hombres que silbaban tonadas de chirimía llevando la melodía del clarinete, mientras marcaban con sus manos los golpes de la tambora. En los tumultos y algarabías de cambamberos y cambamberas de esquina que entre risotadas de andén planeaban sus atuendos para las comparsas que pronto protagonizarían. En las conversaciones de vecindario sobre guarapos y sancochos, vacalocas y procesiones, pasacalles y retretas, misas y disfraces, jolgorios y verbenas. En la limpieza del pueblo, para la que el Municipio pedía a los vecinos desyerbar y barrer la porción correspondiente al frente de sus andenes. Y hasta en el cacareo premonitorio de gallinas y pollos en los patios, en donde solían secarse al sol los hábitos franciscanos recién desempolvados y lavados para la manda anual.

Cada tanto, por la calle pasaba algún músico con su instrumento y mientras saludaba al paso repasaba mentalmente melodías y acordes, rumbo a los ensayos de la banda en el balcón del coro de la iglesia parroquial. En las casas de las matronas de los barrios se abrían las alcancías de madera en las que durante una buena parte del año los transeúntes habían depositado billetes o monedas, luego de santiguarse ante la pequeña imagen del santo de la que siempre estaban acompañadas aquellas huchas. Llegada era también la hora de mandar a cada familia del barrio un sobre timbrado a nombre de la junta franciscana para que en él depositaran su ofrenda. Al contenido de las alcancías y los sobres se sumaría lo recolectado por concepto de venta de rifas y comidas, tómbolas y bailes caseros, bingos y reinados callejeros. Y a ese monto se sumarían las contribuciones de unos cuantos comerciantes, funcionarios importantes, alcaldía y gobernación, visitantes ilustres y devotos ausentes; con todo lo cual se costearía la metódica y prolija elaboración de las carrozas alegóricas o disfraces que presidirían la comparsa de cada barrio en su día correspondiente de la fiesta, incluyendo el guarapo que durante el recorrido se bebería; y la confección del altar, arco o monumento religioso para que se posara, en estación sagrada, la imagen oficial del santo a su paso por el barrio, durante la procesión solemne del día clásico de su festividad anual.

San Pacho estaba listo. San Pacho estaba a punto de comenzar. Tan lejos de cálculos de utilidad y economía, como cerca de la general alegría: «fe, cultura y civismo» se decía y se sentía; y la fiesta era una fiesta de barrios y vecindarios, de todo el pueblo y toda la ciudad. Ya era, aunque todavía no se le dijera así, un bien cultural, una alhaja preciosa del cofre colectivo de la chocoanidad, pulida por la historia como una filigrana del patrimonio regional.


21/09/2026

 Yolanda Cerón: 
25 años de desolación

*Ángel María Estacio, del Consejo Comunitario de ACAPA, fue uno de los grandes amigos y compañeros de trabajo de Yolanda Cerón durante muchos años de navegación por los ríos y las mares del Pacífico nariñense; durante los cuales —además del mejor y más profesional lanchero— fue líder responsable y comprometido dirigente. FOTOS: 1-Felipe Alarcón, 2020. CNMH. 2-Archivo El Guarengue, 2000.

...Veinticinco años después de su muerte, la vida de Yolanda Cerón Delgado es y seguirá siendo un ejemplo de autenticidad, compromiso y valentía en la defensa de la vida y los derechos de la gente del Pacífico afrocolombiano.


Reproducimos en El Guarengue los apartes iniciales y el primer capítulo de la biografía de Yolanda publicada por el Centro Nacional de Memoria Histórica[1] en cumplimiento de una orden judicial orientada al reconocimiento de su vida, a la dignificación de su memoria y a una mínima reparación del enorme daño causado a su nombre por parte de sus asesinos…


Honramos el compromiso genuino e inquebrantable de Yolanda con la dignidad étnica y territorial de las comunidades negras, y su enorme valentía en la defensa de los derechos humanos y la vida. Honramos su entrañable afecto y su incondicional amistad.


Julio César U. H.

19 09 2026

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«El 19 de septiembre de 2001, a las 12:15 de la tarde, Yolanda Cerón Delgado fue asesinada al frente de la Iglesia de La Merced en Tumaco. Quienes la conocieron sabían que esto podría pasar. Incluso ella misma lo sabía. Su tenacidad e incansable lucha para lograr la titulación colectiva de tierras a favor de las comunidades negras del Pacífico nariñense, así como sus constantes denuncias por las violaciones a los derechos humanos que se cometían en Tumaco nunca fueron bien vistas por los sectores políticos, económicos y militares más extremistas y radicales de la región.

«Seis años después —luego de postularse a los beneficios de la Ley de Justicia y Paz— Guillermo Pérez Alzate, quien era el comandante paramilitar del Bloque Libertadores del Sur, confesó haber ordenado la muerte de la hermana Yolanda Cerón. En el momento de la confesión, Pérez Alzate dijo que había dado esa orden porque ella, supuestamente, era colaboradora de la guerrilla del ELN. Un señalamiento absurdo y mentiroso.

«Luego de reconocer este y muchos delitos más, el 29 de septiembre de 2014, la Sala de Justicia y Paz del Tribunal Superior del Distrito Judicial de Bogotá profirió la sentencia judicial contra Guillermo Pérez Alzate y otros desmovilizados del Bloque Libertadores del Sur. En dicha sentencia, para dignificar el nombre de Yolanda Cerón, se le ordenó al Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) escribir y publicar una biografía de la religiosa. La forma en que quedó redactada dicha orden fue la siguiente: “Exhortar al Centro Nacional de Memoria Histórica para que proceda a la reconstrucción de una historia de vida emblemática de la religiosa Yolanda Cerón Delgado, previa concertación y consentimiento de la familia de la nombrada y de la Diócesis de Tumaco, acorde con los objetivos plasmados en la parte motiva de la decisión”».

[…]

La noticia

«El miércoles 19 de septiembre de 2001, Miriam Cerón estaba trabajando en el centro de salud de Berruecos cuando recibió la llamada. Al escuchar la noticia que venía del otro lado de la bocina, Miriam dejó caer el teléfono y empezó a gritar desesperadamente: “¡No! ¡No puede ser! ¡No creo, no creo! ¡Mi hermana no! ¡Mi hermana no!”.

Carlos, el hermano menor de la familia Cerón –que por la diferencia de edad con sus cinco hermanas siempre fue tratado por ellas como un sobrino– acababa de llegar del colegio a la casa y desde allí alcanzó a escuchar los gritos de su tía Miriam. De inmediato cruzó la calle, entró al centro de salud, y al enterarse de lo que había sucedido, supo que debía enfrentar lo que nadie en la familia quería hacer: darle la noticia a don Pedro Cerón, el papá de Yolanda.

Carlos corrió hacia el cementerio a encontrar a su papá, quien ya venía de regreso a casa con una estopa llena de yerba. Don Pedro la había recogido, precisamente, para alimentar a los cuyes que tanto le gustaba comer a Yolanda cada vez que ella iba a visitarlos a Berruecos. Antes de hablarle, Carlos tomó aire y sin pensarlo mucho le dijo: “Papá, tenemos que irnos para Pasto”. Don Pedro, con el tono áspero que lo caracterizaba y que mantenía intacto a sus ochenta años, le contestó cortante: “¡Ja! Estarás loco. ¿Acaso estoy enfermo?”. Pero Carlos insistió: “Papá, es que nos toca irnos a todos. Vea que mis tías y mis primos ya se están alistando. Solo falta usted”. Don Pedro entonces se alteró y alzando la voz le replicó: “¿Y es que acaso me van a llevar a la fuerza? Yo no voy y punto. Se acabó”. Ante semejante reacción, y porque creyó que su padre tal vez no podría soportar la noticia, Carlos solo atinó a decir: “Papá, es que han herido a la tía Yolanda. Nos vamos para Pasto en la Toyota que nos prestó el doctor del puesto de salud”. Don Pedro, desconcertado, soltó la estopa de yerba y corrió lo más rápido que pudo a alistarse para el viaje.

Quien llamó a Miriam al puesto de salud de Berruecos fue su cuñado Celio. Minutos antes, él había acabado de sentarse junto a su familia a almorzar en su casa, ubicada en el barrio Villa de los Ríos, en Pasto. Entonces sonó el teléfono. Ángela, una de sus hijas, se levantó a contestar y lo primero que le dijeron era que llamaban desde Tumaco y que necesitaban hablar con Celio porque le había pasado algo grave a Yolanda. Antes de pasarle el teléfono a su padre todos en la mesa alcanzaron a escuchar cuando Ángela, casi sin aire y antes de desmadejarse, le preguntó a quien había llamado: “¿Muerta?”.

De inmediato, María Lupercia Cerón, hermana de Yolanda y esposa de Celio, no solo se angustió por su hermana, sino también por German, su hijo mayor, quien justo había viajado a Tumaco dos semanas antes para acompañar a Yolanda debido a las amenazas de muerte que había recibido durante los últimos meses.

Unos minutos antes de que todo esto pasara, en Tumaco, a las once y cincuenta y cinco de la mañana, Ángel María Estacio, el lanchero que transportaba a Yolanda por ríos y mares, acababa de reunirse con ella en la sede de la Pastoral Social, que en esa época estaba ubicada al lado del Parque Nariño. Luego de haber planeado un viaje que los dos realizarían a la vereda San Pedro del Vino, Ángel María se despidió de Yolanda y decidió caminar unas pocas cuadras hasta la casa de su hermana, que vivía por la calle de El Bucanero. A los quince minutos salió de la casa y se encontró con un compañero que le preguntó si la hermana Yolanda estaba en Tumaco. Ángel se lo confirmó y el compañero le dijo que por ahí estaban diciendo que la habían matado. Ángel, un poco molesto e incrédulo, le pidió que se pusiera serio. El compañero le aconsejó que lo mejor era ver las noticias. En vez de eso, Ángel salió corriendo hacia el Parque Nariño, pero cuando llegó ya habían levantado a Yolanda y la habían llevado al Hospital San Andrés.

Pocos segundos después del atentado, el padre carmelita Guillermo León Correa estaba organizando los papeles de su escritorio en la sede de la Pastoral Social de Tumaco. Al terminar, se dirigió a cerrar la ventana y vio que una multitud corría hacia la esquina del Parque Nariño armando una algarabía. El padre Guillermo cerró la oficina, bajó las escaleras, atravesó el patio con prisa y se encontró con la profesora Carmelina, que lo previno de salir, advirtiéndole que podrían matarlo. El padre, confundido, le preguntó qué era lo que había pasado. La profesora Carmelina le contestó con la frase que tantas veces habría de repetirse ese día: “Mataron a la hermana Yolanda”».



[1] Centro Nacional de Memoria Histórica (2021), Yolanda Cerón: la hermana del Pacífico. Una biografía ilustrada, CNMH, Bogotá. Primera edición: septiembre de 2021. ISBN DIGITAL: 978-958-5500-67-9. 248 pp. Pg.12, 17-18. El libro completo puede obtenerse en el siguiente enlace: https://centrodememoriahistorica.gov.co/wp-content/uploads/2021/09/Yolanda-Ceron.-La-hermana-del-Paci%CC%81fico.-Una-biografia-ilustrada.pdf

El nombre del hermano menor de Yolanda, “German”, se debe leer con acento en la primera sílaba y no en la última. (Nota del texto original).