08/06/2026

 Elecciones, intuiciones, decisiones...

*Portada de Buscando mi madredediós, edición colombiana 2019. Arnoldo Palacios en Francia. Enrique Olaya Herrera, 1910. FOTOS: El Guarengue, MinCultura, Benjamín de la Calle/Wikipedia.

El domingo 9 de febrero de 1930, hubo elecciones presidenciales en Colombia. Enrique Olaya Herrera, candidato del Partido Liberal, triunfó con 369.934 votos (44.6 % del total); más de 120.000 votos por encima del poeta payanés Guillermo Valencia, candidato oficial del Partido Conservador, quien obtuvo 240.360 (29.0 %); y por más de 150 mil votos sobre el General Alfredo Vásquez Cobo, candidato extraoficial del Partido Conservador, cuya votación alcanzó el 25.7 %, con 213.583 votos.[1]

Una decisión clara

En la Intendencia Nacional del Chocó, el liberal Olaya Herrera barrió también con sus contendores, ya que obtuvo 5.381 votos (76.1 %), contra 830 del General y 505 del poeta payanés. Únicamente en dos municipios no triunfó el candidato liberal: en El Carmen de Atrato, donde ganó Valencia con 107 votos, contra 32 de Olaya y 12 de Vásquez; y en Tadó, donde el triunfo fue para Vásquez Cobo, con 634 votos, seguido de Olaya Herrera con 462 y Valencia con 20 votos.[2] En Quibdó, 1.187 votantes eligieron a Olaya Herrera; mientras que Valencia solamente llegó a 93 votos y el General Vásquez Cobo a 173. En Nóvita y Sipí, Valencia obtuvo cero votos, al igual que en el municipio de Baudó, donde la mayoría de Olaya Herrera fue tan aplastante que obtuvo 442 votos de los 443 depositados; en Bagadó, 212 de 257; en Istmina, 1.616 de 1.705; y en Riosucio, 99 de 111.

Acceso a derechos

Después de más de tres décadas de Hegemonía Conservadora, incluyendo la Guerra de los Mil días; Enrique Olaya Herrera se convirtió en el primer presidente del periodo conocido como la República Liberal, que llega para la región chocoana en el intermedio de su vida institucional, entre su condición de Intendencia a partir de 1907 y su creación como departamento en noviembre de 1947. De modo que los gobiernos liberales, empezando con Olaya Herrera, los dos periodos de Alfonso López Pumarejo y los gobiernos de Eduardo Santos y Alberto Lleras Camargo, contribuirán en gran medida al propósito de consolidar la institucionalidad pública en el Chocó y propiciar de modo sistemático avances significativos en cuanto al acceso masivo a derechos y servicios por parte de la población chocoana en diversos campos.

Así, por ejemplo, el acceso universal y gratuito a educación pública —que los primeros profesionales chocoanos proclamaban como una necesidad prioritaria de su gente— se concretó con la creación masiva de escuelas rurales y urbanas; la formación de maestras y maestros en Bogotá, Tunja y Popayán; la creación de colegios intendenciales para mujeres y de escuelas normales para la formación in situ del magisterio; y el refuerzo del programa intendencial de becas universitarias; entre otras acciones. Igual que el desarrollo de infraestructura, en cuanto a caminos vecinales y las primeras vías secundarias, el comienzo de la construcción de la carretera de Quibdó hacia Antioquia; y la consolidación del transporte fluvial de carga y pasajeros entre Cartagena y Quibdó. La inauguración del primer hospital público en Quibdó y la organización de un servicio público de Higiene fueron fundamentales para el desarrollo de campañas intensivas contra epidemias como el pian, el paludismo, la tuberculosis, la anemia tropical, y para combatir la desnutrición generalizada en áreas rurales. El fomento de la agricultura regional, con la introducción masiva del arroz, el cacao, la caña de azúcar y el plátano, el montaje de molinos y trilladoras, la creación de mecanismos de apoyo oficial a la venta y comercialización de productos agrícolas, pecuarios y pesqueros; al igual que el fomento a establecimientos industriales en las ciudades de Quibdó e Istmina; contribuirían significativamente a la dinamización económica de la región y al ingreso del campesinado y la emergente clase obrera en el mercado laboral. Así mismo, no de poca monta fue el apoyo de los gobiernos liberales a iniciativas culturales en los campos de la música, la danza, la literatura, la prensa y la radio pública.

Intuiciones de un liberal

La trascendencia para el Chocó de la República Liberal fue vislumbrada en la entonces pequeña población de Cértegui, que era corregimiento del municipio de Tadó. Allí, un visionario capitán político liberal, de gran ascendiente sobre la población, apasionado y culto, fervoroso y entusiasta, barruntó con gran acierto el significado de la candidatura de Olaya Herrera para la comunidad negra del Chocó y lo que en materia de derechos y reconocimientos traería consigo un gobierno liberal. Se trataba de Venancio Palacios, el papá del gran escritor Arnoldo Palacios, quien junto a la señora Magdalena Mosquera, su madre, ejercerían grande influencia en aquel niño, cuya inteligencia era para ellos signo de que en algún punto de su vida a su hijo lo estaba esperando la gloria.

En los relatos XXXVII al XLII de los ciento cinco que componen las trescientas cincuenta páginas de su libro Buscando mi madredediós, Arnoldo Palacios dejó narrados para la posteridad los hechos previos y posteriores de aquella jornada electoral en su aldea natal, ocurridos cuando él apenas estaba cumpliendo 6 años de edad. En el relato XXXVII-La batalla electoral, Venancio Palacios, en ejercicio de sus funciones de capitanía política liberal reparte propaganda con la imagen de Olaya Herrera: «Evidente, el hombre, a través de su rostro manifiesta un interés inusitado por la conversación. Mi papá le enseñó unas hojitas grandes de papel que ostentaban la cara y medio cuerpo de un personaje blanco, elegante, de corbatín. El visitante observaba la hoja, sosteniéndola arriba y abajo entre los dedos de ambas manos, con sumo acato; estremecido de emoción contemplaba él y sonreía. Mi papá volvió a tomar la hoja y junto con muchas otras hizo un rollo, que amarró con un pedacito de cáñamo y se lo entregó al señor».[3] Arnoldo Palacios, niño, se queda con la intriga de saber quién será el señor de la imagen en el afiche.

José Laó pinta a Olaya Herrera

En el relato XXXVIII-El Mago del pincel, Arnoldo Palacios nos relata bellamente la escena en la cual no solamente descubre quién es el hombre cuya imagen anda repartiendo su papá, sino que, además, aparece en todo su esplendor artístico su primo José Laó Moreno Palacios, talentoso joven que dos años después recibiría una beca de la Intendencia del Chocó para estudiar en la Escuela de Bellas Artes de Bogotá, y se convertiría en pintor y escultor… Venancio Palacios le ha encargado a su sobrino un retrato de Olaya Herrera y su estupefacción no tiene límites cuando ve el resultado de su pedido…: «Y como las cosas son así, de pronto advierte uno por allí el nudo que ata a un asunto con otro. Un día, después del desayuno, resulta José Laó con un cuadro: ¡He! El retrato del hombre blanco de corbatín, de medio cuerpo, pegado sobre una tabla, igualito a los santos de la iglesia, con un marco pintado de caoba; pero sin dorado; alrededor, una cinta con los colores de la bandera colombiana, amarillo, azul y rojo. “Mire a ver, tío Venancio, si así era como usted lo quería” —balbuceó José Laó, entregándoselo. Mi papá se abisma. Recula un pie, echa el busto y la cabeza atrás, alza el cuadro, permanece boquiabierto, ya contemplando la obra, ya mirando a José Laó. Estábamos en el salón. Yo me había acurrucado a los pies de Laó. Al fin: “¡Magdalena!... ¡Mis hijos!... ¡Vengan a ver!... Este José Laó no debe malograrse en el Chocó. Cueste lo que cueste irá a la Escuela de Bellas Artes de Bogotá” —prometió mi papá. Mi mamá, Ernestina, Rosa, Elba, Escila. Todas se fueron presentando asustadas, mucho más Escila, de cuatro años. Bueno, se calmaron ante ese gigante que quería salirse del cuadro. Mi papá se dirige al balcón; contra el espaldar de una silla coloca el retrato frente a la calle e inmediatamente se baja. Nosotros estamos arriba. Cértegui está como adormecido. Nadie por esos pedazos. Mi papá en medio de la calle contempla la efigie.»

«De un momento a otro estalla un grito: “¡Viva el partido liberal!”. Del fondo de una casa contestó otra voz, imponente: “¡Viva!”. De repente las esquinas se sintieron animadas por grupitos que no se sabía de dónde brotaban. Mi papá con las manos en la espalda se paseaba en su andén. Y no fue cuento, sino que el piso de abajo, su sastrería, se llenó de gente. Él era el capitán. Para homenajear a sus copartidarios mi papá mandó a José Laó le comprara unas botellas de aguardiente y cerveza. Como no había asientos suficientes, se sentaba el que podía; el que no, permanecía de pie. Ya el cuadro había descendido de la silla del balcón para ser colgado en sitio de honor».

«Liberalismo es libertad. Conservatismo es tiranía»

Rafael Uribe Uribe, JM Vargas Vila y
Benajmín Herrera. FOTOS:
Museo de Antioquia, Wikipedia,
Biblioteca Luis Ángel Arango.

«Hablaban de candidato a la presidencia de la República, de triunfo; que desde ya hace medio siglo los conservadores estaban en el gobierno; que la gente necesitaba libertad, escuelas, colegios para los negros. El blanco aquel del cuadro, de corbatín, se llamaba Enrique Olaya Herrera; este era precisamente el candidato liberal. En la conversación se oían otros nombres, como general Benjamín Herrera, Vargas Vila, Uribe Uribe... “Lo que es al conservador, a ese Vázquez Cobo, lo derrotamos”. “Esta vez sí es positivo”. “Liberalismo es libertad. Conservatismo es tiranía”. “Con razón escribió Vargas Vila, cuando murió el traidor de Núñez: la tierra acaba de tragarse con asco al monstruo de la tiranía” —afirma Licosiome. “Los tiranos perecen, los pueblos son eternos... No sé quién dijo así, pero yo lo repito” —corroboró un joven que no bebía ni fumaba, pero a quien los mayores prestaban atención. Era mi primo Carlos Nicolás Moreno, hermano de José Laó».[4]

Y así sucesivamente, en los relatos XXXIX al XLII de Buscando mi madredediós, Arnoldo Palacios narra los acontecimientos que rodearon la elección presidencial en Cértegui, en aquel febrero de 1930. «El triunfo estaba asegurado, pero había que activar, moverse. Todos los liberales de Cértegui y alrededores tendrían que presentarse a votar. […] Naturalmente, a veces, mi papá dejaba escapar cierta sospecha a medida que se avecinaban las elecciones. Los conservadores podían crear problemas. Había que estar alerta en caso de ataque, de guerra».[5] De modo que Venancio reúne a sus hijos y los instruye sobre lo que deben hacer si esto llegare a suceder.

«Al fin las elecciones. La víspera, día de mercado, llegó mucha gente a Cértegui. Escondido, algo que no se sabía bien qué era, mantenía tenso el aire de regocijo. Nuestra casa se parecía a la iglesia: entraba gente, salía gente; mi papá leía papeles, explicaba. Servía aguardiente, se ofrecía café. Con algunos, a quienes se hacía subir al piso alto, mi papá hablaba en tono confidencial. Mucha de aquella gente casi nunca venía al pueblo, ni a las fiestas, y había acudido desde la víspera de los comicios, movilizada por mi papá».[6]

«Rotundo triunfo liberal»

Venancio llama a un carnicero para que sacrifique uno de sus puercos y lo organice para alimentar a la multitud de parientes y amigos que han venido al pueblo para la votación. La tensión y la expectativa crecen. Ha llegado la hora y con ella la victoria. Arnoldo Palacios nos lo cuenta así: «A las cuatro en punto de la tarde requinta la requinta, va Arnovio González con el redoblante. El aire tenso: “¡Viva el partido liberal!” —estalla la multitud. Se cerró el jurado. En ese momento el telegrafista pasó a ser el centro número uno de la atención: ¿El país estaría en calma? ¿Habría habido muertos en alguna parte? En Cértegui, rotundo triunfo liberal. Cinco o seis conservadores. Y eso fue felicitar y felicitar a mi papá, capitán, a sus eminentes colaboradores, Licosiome, Mario Arriaga, Luis Felipe Vivas, el joven Carlos Moreno, en fin... A las siete de la noche, quizá, se sabría el resultado. “Si los godos no entregan el poder, por lo menos en Cértegui lo mantendremos por la fuerza”, fue el mensaje de mi papá a sus fieles, quienes ya se habían embarcado rumbo a sus orillas…». Y entre los que quedaron —una pequeña multitud— se va desgranando una charla salpicada de nostalgias, de sonrisas, de gracejos, de buenos y malos recuerdos: todos recuerdan lo duro que ha sido ser liberal en el país, la atrocidad de las persecuciones de los conservadores y su desprecio por los derechos de la gente, las crueldades de la Guerra de los Mil días, la zozobra permanente... Se rememoran hazañas y prodigios como la del paisano Domingo Londoño esquivando las balas godas, y la proeza del doctor Heliodoro Rodríguez en su asombrosa toma de Tadó; y de paso se pondera la eficacia de las oraciones y los conjuros secretos para eludir y confundir al enemigo y vencerlo en las batallas... Se cultiva la esperanza de que el liberalismo llegue al poder, a ver si por fin este pueblo y todo el Chocó —que han votado claramente por la libertad y los derechos, la paz y el bienestar— obtienen un lugar digno en la sociedad nacional…


[2] Todos los datos del Chocó fueron tomados del periódico ABC, de Quibdó, del 19 de marzo de 1930, edición N° 2.158.

[3] Arnoldo Palacios. Buscando mi madredediós. Octubre de 2009. Universidad del Valle, Ministerio de Cultura. ISBN 978-958-670-753-4. 345 páginas. Pág. 154.

[4] Ibidem, pp. 155-156.

[5] Ibidem, pág. 157.

[6] Ibidem, pág. 158.

01/06/2026

 2 textos electorales...

1-Portada Cien años de soledad, 1984 (BNC). 2-Tío Tigre y Tío Conejo. Ilustración de una estampilla de la serie Cuentos Infantiles Venezolanos, del Instituto Postal Telegráfico, IPOSTEL. 1987. 
La literatura y la oralitura suelen ilustrar la realidad de nuestras sociedades. He aquí un par de ejemplos, a propósito de lo ocurrido ayer en la primera votación para elegir al nuevo presidente de Colombia. 

Un fragmento de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, en el que se relata el episodio de las primeras elecciones realizadas en Macondo, con el trasfondo de las confrontaciones del bipartidismo conservador y liberal en medio del cual se desenvolvió durante décadas la vida política nacional, incluyendo la crueldad de las guerras, la normalización de las trampas y la ruindad hacia los contradictores... Este domingo, aunque no se amañaron las papeletas en las urnas, Apolinar Moscote sí desgranó —cual verdades reveladas— toda clase de infundios y falacias para explicarle a Aureliano Buendía las diferencias entre bandos y así apuntalar como buena la más proterva novelería.

Un cuento popular de la serie de Tío Tigre y Tío Conejo, personajes clásicos de la oralitura colombiana y latinoamericana, nos relata la fabulesca elección de El rey de los animales, en la cual pretende el tigre emular y vencer al temido león. La astucia del tunante Tío Conejo, sus artimañas y su voto, terminarán definiendo la elección..., en contra de Tío Tigre.

Julio César U. H.

El Guarengue, junio 1° de 2026.

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1
Elecciones en Macondo

En cierta ocasión, en vísperas de las elecciones, don Apolinar Moscote regresó de uno de sus frecuentes viajes, preocupado por la situación política del país. Los liberales estaban decididos a lanzarse a la guerra. Como Aureliano tenía en esa época nociones muy confusas sobre las diferencias entre conservadores y liberales, su suegro le daba lecciones esquemáticas. Los liberales, le decía, eran masones; gente de mala índole, partidaria de ahorcar a los curas, de implantar el matrimonio civil y el divorcio, de reconocer iguales derechos a los hijos naturales que a los legítimos, y de despedazar al país en un sistema federal que despojara de poderes a la autoridad suprema. Los conservadores, en cambio, que habían recibido el poder directamente de Dios, propugnaban por la estabilidad del orden público y la moral familiar; eran los defensores de la fe de Cristo, del principio de autoridad, y no estaban dispuestos a permitir que el país fuera descuartizado en entidades autónomas. Por sentimientos humanitarios, Aureliano simpatizaba con la actitud liberal respecto de los derechos de los hijos naturales, pero de todos modos no entendía cómo se llegaba al extremo de hacer una guerra por cosas que no podían tocarse con las manos. Le pareció una exageración que su suegro se hiciera enviar para las elecciones seis soldados armados con fusiles, al mando de un sargento, en un pueblo sin pasiones políticas. No sólo llegaron, sino que fueron de casa en casa decomisando armas de cacería, machetes y hasta cuchillos de cocina, antes de repartir entre los hombres mayores de veintiún años las papeletas azules con los nombres de los candidatos conservadores, y las papeletas rojas con los nombres de los candidatos liberales.

La víspera de las elecciones el propio don Apolinar Moscote leyó un bando que prohibía desde la medianoche del sábado, y por cuarenta y ocho horas, la venta de bebidas alcohólicas y la reunión de más de tres personas que no fueran de la misma familia. Las elecciones transcurrieron sin incidentes. Desde las ocho de la mañana del domingo se instaló en la plaza la urna de madera custodiada por los seis soldados. Se votó con entera libertad, como pudo comprobarlo el propio Aureliano, que estuvo casi todo el día con su suegro vigilando que nadie votara más de una vez. A las cuatro de la tarde, un repique de redoblante en la plaza anunció el término de la jornada, y don Apolinar Moscote selló la urna con una etiqueta cruzada con su firma. Esa noche, mientras jugaba dominó con Aureliano, le ordenó al sargento romper la etiqueta para contar los votos. Había casi tantas papeletas rojas como azules, pero el sargento sólo dejó diez rojas y completó la diferencia con azules. Luego volvieron a sellar la urna con una etiqueta nueva y al día siguiente a primera hora se la llevaron para la capital de la provincia. «Los liberales irán a la guerra», dijo Aureliano. Don Apolinar no desatendió sus fichas de dominó. «Si lo dices por los cambios de papeletas, no irán -dijo-. Se dejan algunas rojas para que no haya reclamos.» Aureliano comprendió las desventajas de la oposición. «Si yo fuera liberal —dijo— iría a la guerra por esto de las papeletas.» Su suegro lo miró por encima del marco de los anteojos. —Ay, Aurelito —dijo—, si tú fueras liberal, aunque fueras mi yerno, no hubieras visto el cambio de las papeletas.

Lo que en realidad causó indignación en el pueblo no fue el resultado de las elecciones, sino el hecho de que los soldados no hubieran devuelto las armas. Un grupo de mujeres habló con Aureliano para que consiguiera con su suegro la restitución de los cuchillos de cocina. Don Apolinar Moscote le explicó, en estricta reserva, que los soldados se habían llevado las armas decomisadas como prueba de que los liberales se estaban preparando para la guerra. Lo alarmó el cinismo de la declaración. No hizo ningún comentario, pero cierta noche en que Gerineldo Márquez y Magnífico Visbal hablaban con otros amigos del incidente de los cuchillos, le preguntaron si era liberal o conservador. Aureliano no vaciló: —Si hay que ser algo, sería liberal —dijo—, porque los conservadores son unos tramposos. 

Cien años de soledad. Ed. Oveja Negra, 1984. Pp. 98-99

2
El Rey de los animales

Se reunieron los animales del monte para elegir rey. Ya hacía días que el tigre y unos amigos venían diciendo que por qué gracia tenía que ser siempre el león, y que quién lo había elegido. Ese día, los animales fueron llegando y fueron diciendo por quién votaba cada uno. Ya por la tardecita, la votación estaba empatada: la mitad por el tigre y la mitad por el león. Se pusieron a ver qué animal faltaba por votar y el único era el conejo. Ahí mismito el tigre se voló ligerito y se fue a buscarlo a la cueva, donde vivía. Cuando llegó, lo encontró acostado.

—¿Qué le pasa, tío Conejo? ¿Cómo es que no ha venido a las elecciones, como están de buenas?

—¡Qué va, tío Tigre! Yo lo que estoy es muriéndome. Con una tontina y un desaliento…

—¡Eso no quiere decir nada! Camine en un momentico vamos a votar.

—Yo no voy, tío Tigre. ¿Meterme esa caminada ahora, con este desaliento?

El tigre se quedó como cavilando, y dijo:

—Si es eso, tío Conejo, camine yo lo llevo montado hasta allá.

El conejo decía que no, que estaba muy maluco, y el tigre insistía en que fuera. Hasta que el conejo dijo:

—Bueno pues, tío Tigre. Yo sí voy, pero con una condición: que usted me lleve montado y me vuelva a traer a la casa.

—Listos —contestó el tigre—. ¡Apure pues!

El conejo se metió otra vez a la cueva y al ratico fue saliendo dizque de sombrero alón, de poncho y carriel, de zamarros y de botas. En la mano traía una silla de vaquería.

—¿Y eso qué es? —dijo el tigre, abriendo tamañas pepas de ojos.

—¡Una silla!

—No, tío Conejo. ¡Ni riesgos! Yo no me dejo poner eso. Bien pueda monte así no más. Pero silla, no.

—Está bien —dijo el conejo, haciendo cara como de conformidad—. Entonces no voy. Si no he de ir bien sentado, bien cómodo, no voy—. Ya se iba a echar para adentro otra vez, cuando el tigre dijo:

—Aguarde, tío Conejo. Camine, a ver... póngame esa silla pues...

El conejo se la puso, le apretó bien la cincha y se volvió a entrar a la cueva.

El tigre se impacientaba, viendo que ya se hacía tarde. Cuando salió el conejo con una jáquima y un freno.

—¡Freno sí no! —rugió el tigre—. ¡Freno sí no, hermano!

—¡Pero si yo no sé montar sin freno! —dijo el conejo.

—Freno sí no. Móntese así, que yo lo llevo con harto fundamento.

—No, tío Tigre. Yo sin freno no monto. Entonces dejemos así la cosa. Preste a ver yo le quito la silla para que se vaya.

—Aguarde, tío Conejo. Vea… póngame pues el freno, pero con harta mañita, que yo no soy una mula.

El conejo le puso la jáquima, le acomodó el freno y le apretó bien la barbada. Después se volvió a meter a la cueva y salió de espuelas.

—¿Espuelas? ¿Espuelas a mí? —gemía el tigre—. Yo para qué necesito espuelas, tío Conejo. Eso es un insulto, una humillación para mí.

—No se preocupe, tío Tigre, que si no las necesita, yo no se las rastrillo tampoco. Pero, vea: si no quiere, no vamos… ¿oyó?

—No, no, no. No se demore más, tío Conejo, que nos va a coger la noche.

Con mucha parsimonia montó el conejo, se arrellanó bien en la silla, templó las riendas y le rastrilló las espuelas al tigre. Éste pegó qué brinco y salió corriendo a cuantas tenía. El conejo apenas templaba las patas en los estribos de cobre y se agarraba bien el sombrero. El tigre corrió como un rayo dejando atrás potreros, saltando vallados, trepando cuestas y bajando lomas, como una exhalación.

A lo que llegaron donde estaban todos los animales, entró el conejo voleando el sombrero y todos le gritaban que viva y se quedaron aterrados de verlo montado en el tigre. El conejo se fue acercando, al trotecito, a la mesa donde estaban los jurados: el oso, el armadillo y la tatabra. Todos se callaron, a ver por quién iba a votar el conejo:

—Yo… voto para rey de los animales… ¡por el león! Porque lo que es al tigre, lo dejo más bien para silla.

*Cuentos para contar. Cuentos populares colombianos. Primera edición, abril 2011. 162 pp. Pág. 85-87. ISBN 978-958-98845-7-7.


25/05/2026

 Memoria de Virgilio Bueno Rubio

Dos terceras partes de su vida las dedicó Virgilio Bueno Rubio a la educación en el Chocó desde una perspectiva popular, étnica e intercultural, en todos los ámbitos a los cuales estuvo vinculado: instituciones eclesiales y universitarias, escuelas y colegios, organizaciones indígenas y afrochocoanas, y entidades nacionales e internacionales de cooperación. Con el paso de los años, sin dejar de lado sus reflexiones teológicas, pedagógicas y sociales, su trabajo en derechos humanos, ni sus inquietudes artísticas, que incluían un talento notable para las artes gráficas, el diseño, la ilustración, la diagramación y la adaptación pedagógica de publicaciones a contextos y sujetos determinados; Virgilio se decantó por la etnoeducación o educación propia, área de su conocimiento en la cual aportó en diversos escenarios comunitarios e institucionales, a través de apoyo pedagógico y asesoría profesional.

Nacido en Quibdó, el 24 de noviembre de 1959, Virgilio Bueno Rubio «falleció en la madrugada del 15 de abril de 2026, en el barrio San Judas Tadeo, en la casa donde vivía con su hija menor (Luz de Luna), la cual fue su cuidadora principal durante su enfermedad; en la casa también vivía con su última pareja sentimental, Gladys Córdoba Mosquera (madre de su última hija) y su hijastra (Mileidy Mena Córdoba, hija de Gladys) a la cual educó desde pequeña como su propia hija».[1]

Lamentaciones

Su deceso, dado a conocer ampliamente a través de redes sociales, suscitó gran cantidad de mensajes de reconocimiento a su vida. «Su paso por este mundo estuvo marcado por la entrega, la vocación y un compromiso genuino con la formación de otros. Su dedicación en impartir conocimiento como docente fue profundamente gratificante y ampliamente reconocida por quienes tuvieron el privilegio de ser sus estudiantes y colegas. Fue un profesional íntegro y un educador ejemplar. Más allá de su ejercicio profesional, fue un gran amigo: cercano, solidario y siempre dispuesto a brindar una palabra oportuna y un gesto sincero», escribió la Corporación Chocó Joven.

Yuli María Londoño lo recordó en sus épocas de estudiante de bachillerato: «Virgilio, en tu caminar hiciste gala y honor a tu apellido; te recuerdo como un joven serio, estudioso, silencioso y muy respetuoso en tu paso por el glorioso Armando Luna Roa». Jesús Elías Córdoba Valencia escribió: «Su condición humana hacía honor y superaba a su apellido. Descanse en paz, apreciado Virgilio Bueno, excelente ser humano, gran profesional». Carmen Arroyo lo recordó como colega: «Descansa en paz, Virgilio Bueno Rubio, mi compañero de trabajo en la IE Carrasquilla Industrial». Ana del Carmen Sánchez Hernández lo recordó como su acompañante académico: «Dios lo acoja en su reino, mi compañero de Maestría, gran ser humano». Consuelo Delgado Aguilar escribió: «¡Ay, qué pesar ese profesor como era de decente! Dios lo lleve a gozar del reino. Siempre lo recordaré como una persona muy callada y educada». Yariba Arriaga anotó: «Fortaleza para la familia. Grandes enseñanzas nos dejaste, profe. Paz en su tumba».[2]

Las numerosas lamentaciones que generó la noticia de la muerte de Virgilio trajeron a la memoria una anécdota sobre el juego de palabras con sus apellidos. El entonces Obispo de Quibdó, Monseñor Jorge Iván Castaño Rubio, bromista como era, solía decir que con él las cosas no pasaban de castaño a oscuro, sino de castaño a rubio; y que ojalá Virgilio fuera realmente bueno, pues de rubio —igual que él— no tenía más que el apellido… Bromas aparte, el obispo Jorge Iván valoraba la inteligencia de Virgilio y su creatividad para el diseño, en los trabajos que por aquel entonces (década de 1990) hacía Virgilio en Gráficas La Aurora, la imprenta del Vicariato y posterior Diócesis de Quibdó.

Todas estas expresiones, presentes y pasadas, valorando la vida y el trabajo de Virgilio Bueno Rubio, hicieron más notorio y evidente el hecho, inexplicable, de que la Diócesis de Quibdó y la Universidad Claretiana (Uniclaretiana), a las que Virgilio dedicó años de su vida, no hubieran publicado en sus medios institucionales ni la más mínima condolencia pública sobre su muerte. Menos mal que, como bien lo anota su hija Luz de Luna Bueno Córdoba, «Virgilio siempre fue una persona desinteresada y sencilla, que hacía su trabajo por vocación y por compromiso con las comunidades y por sus ideales de justicia social, y no buscaba gloria, honores o reconocimientos, aunque social y académicamente los mereciera todos».

Docente

Virgilio conoció los intríngulis de la educación pública desde su infancia, ya que estudió su primaria en el antiguo Barrio Escolar de Quibdó, en la Escuela Camilo Torres, y su bachillerato en el colegio Armando Luna Roa. Años después, ejercería con reconocida solvencia como docente de cuanta asignatura le tocó, en el Instituto Femenino Integrado, los colegios Carrasquilla, Claret y Pedro Grau, de Quibdó; y en los colegios Antonio Abad Hinestroza, de Yuto, y Matías Trespalacios, de Cértegui; en ninguno de los cuales consiguió encontrar el eco que buscaba para sus inquietudes pedagógicas y curriculares, aunque sí logró dejar su huella como buen docente. Al respecto, su hija Luz de Luna Bueno Córdoba anota: «Virgilio era un hombre multifacético, que se desempeñó como maestro en distintos niveles de formación, impartiendo asignaturas como educación artística, informática, educación religiosa, matemáticas, competencias comunicativas, actividades de investigación científica e incluso artes marciales (Taekwondo), y en cada grupo que tuvo a su cargo dejó una huella, marcó a sus estudiantes por su manera tan dinámica, calmada, compasiva y sencilla de enseñar».

Evangelizador y artista

Durante por lo menos dos décadas, Virgilio estuvo también vinculado directamente a los trabajos pastorales del Vicariato y posterior Diócesis de Quibdó. Trabajó en Pastoral Juvenil; y en Pastoral Urbana, como animador de las llamadas CEB, Comunidades Eclesiales de Base; en muchas ocasiones simultáneamente con su labor como docente, de la cual derivaba los ingresos para subsistir y sostener a su familia. Hasta que la reorganización del Vicariato hecha por el Obispo Jorge Iván Castaño Rubio, a partir de 1983, y la estructura pastoral de la Diócesis, categoría a la cual fue elevado el Vicariato en 1990, hicieron posible que el trabajo pastoral de Virgilio, como el de todos los evangelizadores populares de aquel entonces, fuera reconocido dignamente a través de un contrato y un salario ajustados a la ley. Una labor en la que mucho tuvo que ver quien administraba la Pastoral Social del Vicariato y la Diócesis, el entonces misionero claretiano Jaime Salazar, quien también promovió la potenciación del trabajo creativo de Virgilio en la imprenta Gráficas La Aurora.

Virgilio fue uno de los más aventajados agentes de pastoral de Quibdó en cuanto a la comprensión y puesta en marcha del Plan de Pastoral del Vicariato y de la Diócesis, promulgado en el episcopado de Monseñor Castaño Rubio; plan en el cual se proclamó que todo el trabajo debería girar en torno a la opción fundamental por la vida en todas sus expresiones, preferencialmente en el trabajo con los pobres y oprimidos, mediante una evangelización liberadora que contribuyera a su organización en las CEB y en las formas organizativas sociales y étnicas, en defensa de la identidad cultural y del territorio y los recursos naturales, como sustentos de la vida.

De allí que no sorprendiera su posterior vinculación al Centro Bíblico Camino, de los Misioneros Claretianos, el cual era dirigido por el biblista Gonzalo María de la Torre Guerrero y fue semilla de la Universidad Claretiana. Allí, como lo narra Justy Sánchez Caballero, quien lo vivió directamente y fue testiga de su papel, a mediados de la década de los 90, Virgilio se convirtió en alma artística de otro proyecto teológicamente revolucionario del Maestro Gonzalo: la Muestra Bíblica, que entre decisiones acertadas, burocracias académicas y más de una indulgencia ganada con padrenuestros ajenos, terminó trasladada a Medellín hace unos años y convertida en el Museo Bíblico Claretiano.

En un texto escrito especialmente para este homenaje de El Guarengue a Virgilio Bueno Rubio, Justy Sánchez relata:

«Fue en este entonces cuando Virgilio apareció mostrando su potencial artístico. Cuando Gonzalo propuso hacer algunas maquetas más significativas de la Biblia, como el Templo de Jerusalén, la Torre de Babel, la casa de Belén, entre muchas con las que se quería mostrar con más claridad el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, para que así fuera más pedagógica o comprensible su lectura para las personas que se fueron inscribiendo al estudio en el reciente “Centro Camino”.

 

Virgilio, como creativo, para Gonzalo de la Torre, nuestro Maestro, fue la persona indicada que se dispuso para la construcción de las maquetas, que dan testimonio de su paso en la Muestra Bíblica, hoy Museo Bíblico Claretiano en Medellín (en la Web, MUBIC: https://museobiblico.uniclaretiana.edu.co/mubic/). Virgilio se convirtió en profesor, igual que todas las personas que intervinimos en la construcción de las maquetas, ya que nos tocaba estudiar duro cada una de las maquetas que iba sugiriendo el estudio contextualizado de la Biblia. El estudio fue muy exigente y con mucho detalle para luego enseñarle a los potenciales alumnos.

 

Con la “Muestra Bíblica” y Virgilio como creativo, sin que fuera este el objetivo, nació la Fundación Universitaria Claretiana (Uniclaretiana), a la que Virgilio dedicó mucho tiempo como profesor, y donde demostró sus grandes valores de compañero, amigo y evangelizador, desde la Academia. ¡Gracias, Virgilio, por todas tus enseñanzas!».[3]

El talento artístico de Virgilio Bueno Rubio sería también definitivo para la materialización de una idea original del pintor Gustavo López, entonces presbítero de la Diócesis de Quibdó, de una puesta en escena sobre el saqueo sistemático del Chocó durante los 500 años que de la colonización europea se cumplieron en 1992. Bajo la dirección de Gustavo y con el talento escultórico de Virgilio y su ingenio para la preparación adecuada de materiales, se construyó una carroza de protesta de las que en las Fiestas de San Pacho en Quibdó son llamadas disfraces. En el desfile que cada año congrega las carrozas o disfraces de todos los denominados barrios franciscanos de Quibdó, el 3 de octubre de 1992, la carroza fue situada al final del recorrido y acompañada por un nutrido grupo de líderes indígenas y afrochocoanos, así como por personal del equipo de la Diócesis. Finalizado el desfile, al lado de una pequeña glorieta, al frente del edificio de la Gobernación del Chocó, donde reposaba el monumento original en honor al patricio liberal Benjamín Herrera, la carroza con la alegoría de protesta por los cinco siglos de ignominia transcurridos fue incinerada en señal de protesta. Gustavo López y Virgilio Bueno Rubio, en compañía de una pequeña multitud que coreaba consignas, fueron testigos de cómo su arte desaparecía consumido por las llamas.

Etnoeducador

«Hoy, el Consejo Comunitario General del San Juan, ACADESAN, rinde tributo a un hombre que hizo de la enseñanza un acto de fe y resistencia. El Licenciado Virgilio Bueno Rubio no solo fue un docente de secundaria y universidad; fue un arquitecto de la Etnoeducación Intercultural. Con más de 18 años de entrega, Virgilio nos enseñó que el aprendizaje autónomo es la herramienta más poderosa para la libertad de nuestros pueblos. Su huella en la formación de docentes y en la construcción de nuestros modelos educativos (PEI-PEC) es, y será, una guía ineludible para el Chocó. Como experto en diagramación y didáctica, supo darle forma y orden a nuestros sueños como comunidad. Hoy, nos corresponde a nosotros seguir diagramando ese futuro que él tanto proyectó. Desde ACADESAN, enviamos un mensaje de fortaleza a sus familiares y allegados. Su nombre queda grabado en la memoria viva del San Juan».[4]

Este diciente mensaje de ACADESAN, una de las organizaciones étnicas y territoriales históricas del Pacífico y del Chocó, resume el rol que Virgilio desempeñó durante dos décadas como impulsor de la educación propia o etnoeducación en la región. Para ACADESAN, específicamente, Virgilio trabajó como apoyo pedagógico y asesor en su estratégico PEC, Proyecto Etnoeducativo Comunitario, concebido para sustentar en materia étnica, histórica y cultural los planes educativos institucionales (PEI) de los establecimientos educativos que funcionan en el territorio colectivo de ACADESAN. «Magende Suto Prieto: la voz viva de nuestra gente negra en el San Juan», es el nombre del proyecto, inspirado en una expresión de la lengua palenquera. El 15 de abril de 2026, a las 9 de la mañana, Virgilio tenía planeado participar de una reunión virtual con sus compañeros/as de trabajo en este entrañable proceso; a la cual no pudo asistir porque murió en la madrugada.

Legado y herencia

En un mensaje publicado el día de su muerte, uno de sus amigos, Jairo Valoyes Martínez, se refirió a Virgilio como «un ser humano excepcional, […] ejemplo de responsabilidad, vocación y entrega. […] Hoy su partida enluta nuestros corazones, pero también nos invita a recordar con gratitud su vida, sus enseñanzas y los momentos compartidos. Su legado permanecerá vivo en cada recuerdo y en cada persona que fue tocada por su nobleza».

En su funeral, otro de sus amigos, Jesús Médicis Leudo Muriel, expresó: «Uno de mis amigos entrañables es Virgilio Bueno Rubio, que hoy se va. Virgilio fue mi amigo desde el año 85, que trabajamos en el Carrasquilla, luego renunciamos, pensamos que era mejor trabajar independientes, teníamos sus ideales… Virgilio fue un hombre referente, honesto, transparente, trabajador, filántropo; nunca se le negaba a nadie para decir: puedo hacerle este favor o darle esta enseñanza, porque fue un gran maestro. Virgilio vive, su espíritu vive y va a estar en nuestras mentes y corazones, porque lo vamos a recordar siempre en lo que fue: un valiente, un maestro».

Y la reconocida educadora y escritora, investigadora y gestora cultural Ana Gilma Ayala Santos expresó: «Apreciado Virgilio, gracias por las enseñanzas que me dejas; gracias por hacer parte de mi proyecto editorial. Vuela alto, que tu sencillez y capacidad académica sean baluartes para las nuevas generaciones y pilares de resistencia. Descansa en paz, amigo».

Luz de Luna, su hija menor, escribió para El Guarengue: «Virgilio desde su juventud encaminó su vida al servicio de los demás, ejerció un gran liderazgo en procesos con comunidades afrodescendientes e indígenas. Su compromiso con una educación propia, pertinente y transformadora, orientada a la paz, la justicia social y el fortalecimiento cultural de los territorios étnicos, es innegable. La entrega que tuvo hasta su último día de vida, orientando, guiando y apoyando a las personas, comunidades e instituciones, incluso estando afectado en su salud y/o hospitalizado, merecía más reconocimiento, tanto en vida, como de manera póstuma». Y en la misa de exequias finalizó la despedida de su papá con estas palabras: «Su legado nunca morirá, estará vivo siempre en mí y en cada una de las personas a quienes formó. ¡Te amaré por siempre, Padre!».

La sonrisa con la que Virgilio Bueno Rubio se despidió de Gladys su pareja en la noche del 14 de abril, antes de quedarse dormido para siempre, es una parte de su herencia con la que uno también podría quedarse. Virgilio era zurdo. Y los zurdos suelen caminar por el mundo con una sonrisa hecha de genuina bondad y un talento tan enorme que a veces les cuesta saber qué hacer con él… ¡Gracias por todo, amigo Virgilio!



[1] Los testimonios de Luz de Luna Bueno Córdoba que aparecen citados en esta publicación de El Guarengue son tomados de un texto en el que la hija menor de Virgilio Bueno Rubio, generosamente, se refirió a todos los aspectos que le fueron consultados acerca de la vida y la trayectoria de su padre. Igualmente, las fotografías utilizadas fueron cedidas por Luz de Luna para esta publicación. El presbítero Alirio Ortiz, de la Diócesis de Quibdó y amigo de Virgilio, y Efraín Ferrer de la Torre, Coordinador de la Editorial Uniclaretiana, apoyaron también la realización de este homenaje.

[2] Los textos de condolencia por la muerte de Virgilio Bueno Rubio fueron tomados de diversas publicaciones de Facebook, y en todos los casos se les hizo corrección de estilo, básicamente puntuación y ortografía.

[3] Justy Sánchez Caballero. VIRGILIO BUENO RUBIO - Un gran creativo, Soñador y Maestro, con estudios bíblicos que ayudaron a todos a hacer posible el “Sueño” propuesto por Gonzalo de la Torre CMF. Quibdó, 23 de mayo de 2026. Especial para El Guarengue.

[4] ACADESAN en Facebook, 15 de abril de 2026:

https://www.facebook.com/reel/1702054750962123


18/05/2026

 Pachanga y Papá Juan 

Comercio maderero en la Carrera Primera de Quibdó (s.f. y 1989). Hasta bien entrada la década de 1990, gran parte del actual malecón y demás espacio público circundante era usado por comerciantes madereros como depósito y zona de cargue de trozas o polines de maderas finas de los bosques del Atrato en camiones con rumbo a Medellín y Pereira. Los cortejos fúnebres de las 3 p.m., que salían de la catedral rumbo al cementerio, debían transitar entre camiones, polines y polineros. FOTOS: 1-Archivo fotográfico y fílmico del Chocó y 2-Julio César U. H.

Por lo menos una vez al mes, en las mejores épocas de nuestra infancia, íbamos a cine en el Teatro César Conto, cuya entrada se ubicaba sobre la carrera tercera de Quibdó, en un amplio hall del Ocho Pisos, edificio que —vetusto y todo— aún se yergue con algo de su vieja vanidad hacia el cielo quibdoseño.

Los pasteles de Taurina

Un pastel chocoano de arroz, envuelto en hojas de bijao calientes, mojadas, resbaladizas, brillantes a la luz de la pantalla del cine, era el snack con el que nos adentrábamos gozosos en aquella penumbra previa a la película. Tan icónicos como aquel teatro que alcanzó su ruina en manos del abandono y la desidia, y que ya cumple dos periodos presidenciales caminando nuevamente hacia allá, entre promesas tan incumplidas como reiteradas; eran los pasteles de Taurina, que ella misma vendía todas las tardes al frente del teatro, hasta donde llegaba desde La Yesquita con su enorme olla de aluminio repleta de estos pequeños manjares de arroz embijado, aliñado, cuya presa era un centímetro de tocino gordo perdido entre el delicioso y mantecoso potaje de arroz.

Pachanga

En la entrada del Teatro César Conto, veíamos con frecuencia a Pachanga. Al caer la tarde, después del largo baño que se daba en el río Atrato cuando terminaba su jornada de trabajo, Pachanga llegaba hasta allí, en el hombro su eterno y desteñido trapo rojo de tela de dulceabrigo, de pantalones cortos, sin camisa y descalzo o con una camisilla de esqueleto y unas sandalias de caucho “Todos-tenemos”, a curiosear, como nosotros, los anuncios de las película. Igual que a nosotros, a Pachanga le gustaban aquellos afiches coloridos con dibujos a mano, del tamaño de una hoja de cartulina, y las fotografías en blanco y negro, casi siempre impresas en papel brillante, del tamaño de medio cuarto o un cuarto entero de cartulina, con los que se promocionaban las películas. Viendo unos y otras, como nosotros, Pachanga se embelesaba. Y entonces empezaba a musitar, a hablar entre dientes, como si estuviera comentando las escenas.

Nunca supimos quién —en ese pueblo de mamagallistas de oficio— inventó la especie de que lo que pasaba era que Pachanga hablaba inglés y no le gustaba que lo oyeran; y por eso masticaba las palabras y se las volvía a tragar apenas le salían, mientras se imaginaba las historias de las películas que estaban en cartelera y las que próximamente serían estrenos. Más de una vez nos le acercamos, con precaución de espías de película de guerra, para que él no se fuera a enojar —como decían que lo hacía si uno lo molestaba— o a espantar, y entonces se fuera, quién sabe para dónde, y nosotros nos perdiéramos la oportunidad de saber si de verdad lo que hablaba era inglés.

Cuando nos lo encontramos dentro del teatro, antes de la función de matinal o matiné de los domingos, pensábamos que cómo sería si algún día, cuando Pachanga entrara, solamente quedara una silla justo al lado de nosotros. Pero, nunca se dio. Y las veces que nosotros entramos y ya él estaba sentado, podríamos habernos acomodado al lado de Pachanga, pero no fuimos capaces de hacerlo. Nos lo impidió siempre un temor nacido de la leyenda de que a Pachanga no le gustaba que uno anduviera en confiancitas con él y que cuando se enojaba lo mandaba a uno lejos de una trompada o de un grito, según fuera uno adulto o niño. Sin embargo, Pachanga siempre esbozaba una sonrisa, a modo de saludo antes de seguir de largo, cuando se topaba en la calle con muchachitos de escuela como nosotros, para quien él era una especie de héroe.

1-Edificio Ocho Pisos, vista frontal. Carrera Tercera. con calle 24. 2-Edificio Ocho Pisos, vista posterior y entrada a la obra del nuevo teatro César Conto. 3-Construcción del nuevo teatro César Conto, en la Carrera Tercera con calle 24A. FOTOS: Julio César U. H., Quibdó, marzo de 2026.

Papá Juan

Papá Juan cargaba una nevera sobre su espalda y en su cuello llevaba una toalla pequeña, la primera vez que yo lo vi de cerca. Caminaba presuroso, a pesar de la carga, por la calle de Munguidocito. Lo seguí, para ver hasta dónde llegaba. Descargó la nevera en una tienda pequeña, por los lados de Cristo Rey; y entonces me di cuenta, porque él lo dijo, que venía enfilado desde la Cabecera, casi un kilómetro atrás. Me impresionó su estatura: no alcanzaba la de Atanasio Pisapasito, pero sí medía casi Pachanga y medio.

A diferencia de Pachanga, Papá Juan vestía siempre camisa y pantalones largos, suficientemente usados, como ropa de trabajo. Sus camisas podían ser de manga corta o larga e incluso algunas veces, quizás porque el calor apremiaba, vimos a Papá Juan con camisas a las que le habían desprendido las mangas. Aunque la mayor parte del tiempo caminaba descalzo, tenía unos tenis de lona y caucho, de los que en Quibdó se conocían como champios, que a veces se ponía cuando descargaba los camiones que viajaban por la trocha entre Quibdó y Antioquia.

Con su trapo rojo al hombro
y descalzo, se ve a Papá Juan
en la carrera 1a. con calle 25,
en Quibdó. Foto sin datar.
Cortesía: Américo Murillo 
Londoño. 

Papá Juan no se calveaba, ni tenía barriga, como Pachanga. Pero sí se motilaba bajito, de modo que uno podía ver cómo las virutas blancas y negras se iban tupiendo sobre su cabeza antes de que él decidiera volverse a peluquear el pequeño y compacto afro que se le formaba. Su barba, rala, era también canosa. O no se la afeitaba mucho o no le crecía mucho, pues casi siempre se le alcanzaba a ver como una sombra o una nube rodeando su mentón, grisácea y oscura como cuando iba a llover, blancuzca y dispersa como cuando el aguacero terminaba en una simple llovizna. Entre el pelo y la barba, si uno lo miraba de refilón, Papá Juan tenía cierto aire al Sonero Mayor, Ismael Rivera. Alto, longilíneo, plano y musculoso, casi macizo, Papá Juan tenía pinta de abuelo joven. Mientras que Pachanga, si bien era también bastante macizo, quizás más que Papá Juan, era de baja estatura, regordete —aunque era templada su barriga no tan prominente— y sus brazos eran bastante menos largos. Así que, mientras Papá Juan podía, él solo, alzar un enfriador, una estufa o una nevera, porque sus brazos le alcanzaban para abarcarlos y levantarlos en peso; Pachanga podía alzarlos y transportarlos, todos y cada uno de ellos, pero la longitud de sus brazos no le alcanzaba para rodearlos, abarcarlos y levantarlos con su propia fuerza. Papá Juan tenía el aguaje de Sonny Liston. Pachanga tenía la parsimonia de Angelo Dundee.

Papá Juan saludaba con palabras e incluso por su nombre a gente que conocía. Pachanga, por lo general, lo hacía con gestos; y sus palabras eran ininteligibles cuando hablaba, así fueran en español y no en el supuesto inglés que los ladinos del pueblo habían inventado que él dominaba.

Polineros

Pachanga y Papá Juan fueron dos de los cargueros, coteros o estibadores más conocidos en Quibdó entre finales de los años 60 —época del gran incendio que devastó esperanzas y capitales, historias y porvenires, en el centro de la ciudad— y la década de los 70, cuyo advenimiento trajo la remodelación o reconstrucción parcial de la ciudad, la expansión de los planes de vivienda del Inscredial en el barrio Niño Jesús y la interconexión eléctrica.

También por aquellos tiempos, y ante los ojos de todo el mundo, la orilla del río contigua a la Carrera Primera —donde el incendio de 1966 había arrasado casas y comercios— fue convertida por comerciantes antioqueños en depósito y zona de cargue de polines de miles de metros cúbicos de madera fina, que a mañana y tarde salían con rumbo a Medellín y Pereira en los camiones que allí mismo se parqueaban. Pachanga y Papá Juan estuvieron entre los primeros polineros, como se denominó a los cargueros que se especializaron en subir las enormes trozas de madera o polines hasta los camiones y acomodarlas tan perfectamente como en un juego de Jenga. 

En decenas de camiones, cada semana, viajaban —compradas a precio de huevo— extensiones cada vez más grandes de selva atrateña; a la luz del día y a sabiendas de cuanta autoridad o institución pública tuviera o no que ver con el asunto. En aquellos camiones también se iban los sudores y los achaques de los polineros, cuyos despliegues de fuerza tenían menos de proeza que de tributo a la necesidad, y cuya vida se esfumaba día a día  a la misma velocidad que las riquezas de estos montes que a pulso ellos cargaban a cambio de su subsistencia.

Aunque no pasó de ser un detalle adicional y no verificado de la leyenda, se decía que ambos habían sido bogas en el Atrato, antes de asentarse en Quibdó. Lo que sí fue evidente es que, antes de convertirse en un par de titanes dentro del gremio de cargueros, coteros, estibadores o polineros de la ciudad, los dos trabajaron en oficios varios, trasteos y acarreos domésticos y comerciales. Pachanga se llamaba Domingo Martínez. Papá Juan se llamaba José Ángel Palacios. Pero, de su vida y de su muerte nadie nunca supo nada más.

11/05/2026

 En el Día del Maestro 

*Escudo de la Normal de Quibdó y Mosaico de graduados del curso 6°A del año 1977. Fotos: Julio César U. H. / El Guarengue.

Se conmemora y celebra este 15 de mayo, como cada año, el Día del Maestro. Una fecha en la que siempre será grato recordar a quienes guiaron los primeros pasos escolares de nuestras vidas, el descubrimiento de las primeras letras y el acceso a los primeros conocimientos formales y sistemáticos sobre diversas materias. Cómo no recordar, por ejemplo, a mi maestra de primeras letras, María Olga Mena de Calimeño, la Seño Olaya; y a su hermana, la Seño Bibiana Mena, quien fue mi maestra en segundo y tercero de primaria. Igualmente, al profesor Roger Hinestroza Moreno, con quien aprendimos, en los cursos 4° B y 5° B, que el oro es tenaz, dúctil y maleable; que el agua en estado puro es «inodora, incolora e insabora»; que la tierra gira sobre sí misma como un trompo gira sobre su herrón; y que todos los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren, incluso si son seres humanos tan buenos y maestros tan excelsos como él.

Con la Seño Olaya en primero, la Seño Bibiana en segundo y tercero, y el Profesor Roger en cuarto y quinto, transcurrió nuestra educación primaria en la Escuela Anexa a la Normal Superior de Quibdó, dirigida entonces por otro maestro insigne, tan serio como afable: don Arnulfo Herrera Lenis, de quien siempre tuvimos un saludo atento y su preocupación por nuestro bienestar, que sentía como parte sustancial de su trabajo de Director. De sus manos recibimos el diploma de 5º de Primaria, que a la mayoría nos dio paso a continuar los estudios en la Escuela Normal Superior de Quibdó.

Allí en la Normal, que en el 2026 cumple 90 años de existencia, nos encontramos también con maestros memorables, como Gonzalo Moreno Lemos (Historia Moderna y Contemporánea de América), Plinio Palacios Muriel (Castellano, Redacción y Ortografía; Español), Luz Amparo Mosquera (Introducción a las Ciencias; Biología; Química), Edgar Moreno (Aritmética, Álgebra, Geometría), Tirso Quesada Martínez (Inglés), Jorge I. Moreno (Dibujo, Taller de Material Didáctico, Historia del Arte y Taller de Ayudas Educativas), Imelba Valencia de Valencia (Coordinadora de Prácticas Pedagógicas), Francisco Caicedo Matute (Fundamentos y Técnicas de la Educación, Coordinador de Prácticas), Héctor Moya Guerrero (Comportamiento y Salud), Jesús Cuesta Porras (Física, Análisis Matemático) y el Padre Rodrigo Maya Yepes, quien en sus entretenidas clases de Religión, haciendo uso de materiales didácticos de vanguardia, como los radiodramas de la serie «El Padre Vicente, Diario de un cura de barrio», original de Mario Kaplún (1923-1998), famoso maestro, escritor y teórico de las Ciencias de la Comunicación en América Latina, nos mostró las novedades de la cuestión social y el humanismo que a la iglesia católica habían llegado con el Concilio Vaticano II. Todo ello bajo la magnífica rectoría de don Jorge Valencia Díaz, cuya presencia en la Normal incluyó los seis años que cursamos ahí hasta graduarnos.

El profesor Gonzalo Moreno Lemos y su esposa. 
Foto cedida por Rose Mary Moreno Castillo. s.f.

GOLEM
Capítulo aparte en nuestra memoria normalista ocupa Gonzalo Moreno Lemos (GOMOLEMOS o GOLEM), quien fue nuestro inolvidable director de grupo de 3° a 6°. Cuatro años en los que se tomó seriamente su labor, orientada a que nosotros fuéramos buenos compañeros, solidarios y fraternos (la Hermandad de Golem, nos llama ahora uno de los guasones del salón); a que fuéramos buenos estudiantes y no nos metiéramos en problemas disciplinarios; y a que desde cuatro años atrás hiciéramos lo necesario para que llegado el momento tuviéramos con qué celebrar nuestro grado y adelantar algunas acciones conmemorativas.

Así, gracias al sentido común y al pragmatismo del profesor Gonzalo, fue posible que, al llegar al último año de estudios, contáramos con un fondo económico común, suficiente para pagar la elaboración de un bonito mosaico de graduados, que fue tan diestramente diseñado y ejecutado por uno de los artistas del salón: José Mosley Tréllez Moreno (JOMOSTREMO), como inopinadamente extraviado años después por nuestra querida Normal, seguramente como parte de algún lote de trebejos o cachivaches estorbosos o entre los escombros de una de sus tantas reparaciones locativas, previas a su megaestructura actual. Gracias a la idea de GOLEM, a los 24 estudiantes de 6° A 1977 nos quedaron fotos individuales en blanco y negro, tamaño documento, de las mismas que fueron utilizadas para el mosaico, y una copia fotográfica de bolsillo, plastificada, de los diplomas y del propio mosaico; todas ellas con esa calidad inobjetable de revelado y copia que permite su conservación en buen estado casi medio siglo después.

Con recursos de ese mismo fondo y una pequeña cuota adicional, recogida mes a mes, antes de graduarnos fuimos de paseo a Tadó, en donde nos hospedaron en los dormitorios del internado de la Escuela Vocacional Agropecuaria, en la que el profesor Gonzalo había trabajado antes de la Normal de Quibdó. Baños de río, torneos deportivos, juego de billar, bailadero, regreso a oscuras por la carretera a media noche desde el pueblo hasta la Vocacional, muchas risas y una sensación de estar empezando a descubrir el mundo, nos quedaron en la memoria de aquel paseo.

El profesor Gonzalo Moreno Lemos
el día de su grado como Licenciado
en Sociales, en la UTCH.
Foto cedida por Rose Mary
Moreno Castillo. s.f.
Nacido en Bagadó–Chocó, el 5 de abril de 1.936 y fallecido en Cali el 6 de diciembre del 2000; Gonzalo Moreno Lemos, quien este año habría cumplido 90, formó parte de las primeras cohortes de estudiantes de la Universidad Tecnológica del Chocó Diego Luis Córdoba, UTCH, donde recibió en 1978 su título de Licenciado Ciencias Sociales y Económicas. Antes de llegar a la Normal de Quibdó, donde se había graduado como Maestro Superior, el profesor Gonzalo Moreno Lemos trabajó en escuelas primarias de Unguía (Darién chocoano) y Lloró (alto Atrato); de donde pasó a la famosa Escuela Vocacional Agropecuaria de Tadó, EVA, que para entonces contaba con un internado para alojar a los jóvenes de las zonas rurales. De allí pasó a la Escuela Normal Nacional para Varones de Quibdó, que fue donde lo dejamos cuando nos graduamos y nos despedimos de él como nuestro querido Director de Grupo. Lo volveríamos a ver en dos o tres ocasiones, en los años subsiguientes, cuando muchos de nosotros ya no vivíamos en Quibdó e íbamos a saludarlo en vacaciones en su casa del barrio Niño Jesús, vecina de los antiguos predios de la Normal, donde vivía con su esposa Argentina Castillo Obregón, oriunda de Lloró, de cuyo matrimonio nacieron 6 hijos, 2 hombres y cuatro mujeres: Gonzalo Zenón, Rose Mary, Elvia Nery, Nancy Argentina, Jhon Gonzalo y Orly Sugey Moreno Castillo.

Gonzalo Moreno Lemos fue un erudito profesor de Geografía y de Historia. Su curso de Historia Moderna y Contemporánea de América, que nos impartió cuando estábamos en tercer grado en la Normal, fue un significativo recorrido por los caminos del continente entre la segunda mitad del siglo XIX y lo que iba transcurrido del siglo XX. Además de los datos canónicos sobre independencias y repúblicas, partidos y guerras civiles, el profesor Gonzalo nos habló de la prepotencia antidemocrática de los Estados Unidos, de sus violaciones internas de derechos humanos y civiles; nos habló de Cuba y su naciente socialismo, de Chile y la violenta dictadura de Pinochet; y de la existencia y el papel de la OEA, cuyo Secretario General de aquel momento era el ecuatoriano Galo Plaza; entre otros tópicos y datos que resultaban bastante atractivos, pues no era frecuente que los cursos oficiales de Historia de los colegios incluyeran datos inteligibles del presente, ya que la enseñanza escolar de la historia se asociaba por lo general a pasados que entre más remotos fueran más históricos se consideraban. En ese sentido, fue genial estudiar Historia con Gonzalo.

Su voz de tribuno se iba entonando a medida que avanzaban los minutos de sus exposiciones en clase, hasta alcanzar volúmenes tales que podía oírse en los claustros del segundo piso, donde quedaba aquella aula y en un poco más de medio edificio de la antigua Normal. Verbos como remembrar y barruntar, sustantivos como barrunto, remembranza y trasunto, y adjetivos como epónimo, que parecían sacados de un crucigrama dominical de los que Bolaños y yo aún no éramos capaces de resolver; se los oímos por primera vez al profesor Gonzalo, quien no solamente los usaba en sus clases, sino también en las charlas con el grupo o en conversaciones individuales sobre disciplina o rendimiento escolar, momentos estos en los que el tribuno se transformaba en consejero y su voz tenía otro tono y un acento indescifrable, que al difunto CAJA y a mí nos divertía mucho imitar.

6°A 1977 cuarenta años después (28 de diciembre de 2017). Encuentro conmemorativo en Quibdó. Los dos primeros de la fila de abajo, de derecha a izquierda son Jesús Erwin Mosquera (JEMA), fallecido el 23 de mayo de 2021; y Jhon Alberto Córdoba Ampudia (CAJA), fallecido el 6 de enero de 2026. FOTO: Archivo El Guarengue

Fueron buenos esos once años de nuestras vidas, que pasamos en la Escuela Normal Superior de Quibdó: cinco de ellos en su Escuela Anexa y como normalistas los otros seis. Perenne gratitud con quienes lo hicieron posible desde su magisterio, como Roger y Golem. Gracias a  los compañeros con quienes la camaradería original nacida en los pupitres y recreos escolares se ha conservado y cultivado a lo largo de nuestras vidas, desde la última vez que cantamos oficialmente el Himno de la Normal, aquel primer viernes de ese diciembre inolvidable, cuando vimos por última vez a Gonzalo Moreno Lemos vestido con un pantalón azul rey, un saco gris, una camisa blanca y una corbata negra, sentado en uno de los extremos de la mesa principal, sonriente, satisfecho, feliz de estrechar nuestras manos en el momento en el que nos hacían entrega de nuestro diploma de Maestros Bachilleres.