Elecciones,
intuiciones, decisiones...
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| *Portada de Buscando mi madredediós, edición colombiana 2019. Arnoldo Palacios en Francia. Enrique Olaya Herrera, 1910. FOTOS: El Guarengue, MinCultura, Benjamín de la Calle/Wikipedia. |
El domingo 9 de febrero de 1930, hubo elecciones
presidenciales en Colombia. Enrique Olaya Herrera, candidato del Partido
Liberal, triunfó con 369.934 votos (44.6 % del total); más de 120.000 votos por
encima del poeta payanés Guillermo Valencia, candidato oficial del Partido
Conservador, quien obtuvo 240.360 (29.0 %); y por más de 150 mil votos sobre el
General Alfredo Vásquez Cobo, candidato extraoficial del Partido Conservador, cuya votación alcanzó
el 25.7 %, con 213.583 votos.
Una decisión clara
En la Intendencia Nacional del Chocó, el liberal
Olaya Herrera barrió también con sus contendores, ya que obtuvo 5.381 votos
(76.1 %), contra 830 del General y 505 del poeta payanés. Únicamente en dos
municipios no triunfó el candidato liberal: en El Carmen de Atrato, donde ganó
Valencia con 107 votos, contra 32 de Olaya y 12 de Vásquez; y en Tadó, donde el
triunfo fue para Vásquez Cobo, con 634 votos, seguido de Olaya Herrera con 462
y Valencia con 20 votos.
En Quibdó, 1.187 votantes eligieron a Olaya Herrera; mientras que Valencia solamente
llegó a 93 votos y el General Vásquez Cobo a 173. En Nóvita y Sipí, Valencia
obtuvo cero votos, al igual que en el municipio de Baudó, donde la mayoría de
Olaya Herrera fue tan aplastante que obtuvo 442 votos de los 443 depositados;
en Bagadó, 212 de 257; en Istmina, 1.616 de 1.705; y en Riosucio, 99 de 111.
Acceso a derechos
Después de más de tres décadas de Hegemonía Conservadora,
incluyendo la Guerra de los Mil días; Enrique Olaya Herrera se
convirtió en el primer presidente del periodo conocido como la República
Liberal, que llega para la región chocoana en el intermedio de su vida
institucional, entre su condición de Intendencia a partir de 1907 y su
creación como departamento en noviembre de 1947. De modo que los gobiernos
liberales, empezando con Olaya Herrera, los dos periodos de Alfonso López
Pumarejo y los gobiernos de Eduardo Santos y Alberto Lleras Camargo, contribuirán en gran medida
al propósito de consolidar la institucionalidad pública en el Chocó y propiciar
de modo sistemático avances significativos en cuanto al acceso masivo a derechos
y servicios por parte de la población chocoana en diversos campos.
Así, por ejemplo, el acceso universal y gratuito a educación
pública —que los primeros profesionales chocoanos proclamaban como una
necesidad prioritaria de su gente— se concretó con la creación masiva de
escuelas rurales y urbanas; la formación de maestras y maestros en Bogotá, Tunja
y Popayán; la creación de colegios intendenciales para mujeres y de escuelas
normales para la formación in situ del magisterio; y el refuerzo del programa
intendencial de becas universitarias; entre otras acciones. Igual que el desarrollo de
infraestructura, en cuanto a caminos vecinales y las primeras vías secundarias, el comienzo de la construcción de la carretera de Quibdó hacia Antioquia; y la
consolidación del transporte fluvial de carga y pasajeros entre Cartagena y
Quibdó. La inauguración del primer hospital público en Quibdó y la organización
de un servicio público de Higiene fueron fundamentales para el desarrollo de campañas
intensivas contra epidemias como el pian, el paludismo, la tuberculosis, la anemia tropical, y para combatir la desnutrición generalizada en áreas
rurales. El fomento de la agricultura regional, con la introducción masiva del
arroz, el cacao, la caña de azúcar y el plátano, el montaje de molinos y
trilladoras, la creación de mecanismos de apoyo oficial a la venta y comercialización
de productos agrícolas, pecuarios y pesqueros; al igual que el fomento a
establecimientos industriales en las ciudades de Quibdó e Istmina;
contribuirían significativamente a la dinamización económica de la región y al
ingreso del campesinado y la emergente clase obrera en el mercado laboral. Así mismo, no
de poca monta fue el apoyo de los gobiernos liberales a iniciativas culturales
en los campos de la música, la danza, la literatura, la prensa y la radio
pública.
Intuiciones de un liberal
La trascendencia para el Chocó de la República Liberal fue vislumbrada
en la entonces pequeña población de Cértegui, que era corregimiento del
municipio de Tadó. Allí, un visionario capitán político liberal, de gran
ascendiente sobre la población, apasionado y culto, fervoroso y entusiasta, barruntó
con gran acierto el significado de la candidatura de Olaya Herrera para la comunidad
negra del Chocó y lo que en materia de derechos y reconocimientos traería
consigo un gobierno liberal. Se trataba de Venancio Palacios, el papá del gran
escritor Arnoldo Palacios, quien junto a la señora Magdalena Mosquera, su
madre, ejercerían grande influencia en aquel niño, cuya inteligencia era para
ellos signo de que en algún punto de su vida a su hijo lo estaba esperando la gloria.
En los relatos XXXVII al XLII de los ciento cinco
que componen las trescientas cincuenta páginas de su libro Buscando mi
madredediós, Arnoldo Palacios dejó narrados para la posteridad los hechos previos
y posteriores de aquella jornada electoral en su aldea natal, ocurridos cuando
él apenas estaba cumpliendo 6 años de edad. En el relato XXXVII-La batalla
electoral, Venancio Palacios, en ejercicio de sus funciones de capitanía
política liberal reparte propaganda con la imagen de Olaya Herrera: «Evidente, el hombre, a través de su rostro manifiesta un interés
inusitado por la conversación. Mi papá le enseñó unas hojitas grandes de papel
que ostentaban la cara y medio cuerpo de un personaje blanco, elegante, de
corbatín. El visitante observaba la hoja, sosteniéndola arriba y abajo entre
los dedos de ambas manos, con sumo acato; estremecido de emoción contemplaba él
y sonreía. Mi papá volvió a tomar la hoja y junto con muchas otras hizo un
rollo, que amarró con un pedacito de cáñamo y se lo entregó al señor».
Arnoldo Palacios, niño, se queda con la intriga de saber quién será el señor de
la imagen en el afiche.
José Laó pinta a Olaya Herrera
En el relato XXXVIII-El Mago del pincel, Arnoldo
Palacios nos relata bellamente la escena en la cual no solamente descubre quién
es el hombre cuya imagen anda repartiendo su papá, sino que, además, aparece en
todo su esplendor artístico su primo José Laó Moreno Palacios, talentoso joven
que dos años después recibiría una beca de la Intendencia del Chocó para
estudiar en la Escuela de Bellas Artes de Bogotá, y se convertiría en pintor y escultor…
Venancio Palacios le ha encargado a su sobrino un retrato de Olaya Herrera y su
estupefacción no tiene límites cuando ve el resultado de su pedido…: «Y como las cosas son así, de pronto advierte uno por allí el nudo que
ata a un asunto con otro. Un día, después del desayuno, resulta José Laó con un
cuadro: ¡He! El retrato del hombre blanco de corbatín, de medio cuerpo, pegado
sobre una tabla, igualito a los santos de la iglesia, con un marco pintado de
caoba; pero sin dorado; alrededor, una cinta con los colores de la bandera
colombiana, amarillo, azul y rojo. “Mire a ver, tío Venancio, si así era como
usted lo quería” —balbuceó José Laó, entregándoselo. Mi papá se abisma. Recula
un pie, echa el busto y la cabeza atrás, alza el cuadro, permanece
boquiabierto, ya contemplando la obra, ya mirando a José Laó. Estábamos en el
salón. Yo me había acurrucado a los pies de Laó. Al fin: “¡Magdalena!... ¡Mis
hijos!... ¡Vengan a ver!... Este José Laó no debe malograrse en el Chocó.
Cueste lo que cueste irá a la Escuela de Bellas Artes de Bogotá” —prometió mi
papá. Mi mamá, Ernestina, Rosa, Elba, Escila. Todas se fueron presentando
asustadas, mucho más Escila, de cuatro años. Bueno, se calmaron ante ese
gigante que quería salirse del cuadro. Mi papá se dirige al balcón; contra el
espaldar de una silla coloca el retrato frente a la calle e inmediatamente se
baja. Nosotros estamos arriba. Cértegui está como adormecido. Nadie por esos
pedazos. Mi papá en medio de la calle contempla la efigie.»
«De un momento a otro estalla un grito: “¡Viva el
partido liberal!”. Del fondo de una casa contestó otra voz, imponente: “¡Viva!”.
De repente las esquinas se sintieron animadas por grupitos que no se sabía de
dónde brotaban. Mi papá con las manos en la espalda se paseaba en su andén. Y
no fue cuento, sino que el piso de abajo, su sastrería, se llenó de gente. Él
era el capitán. Para homenajear a sus copartidarios mi papá mandó a José Laó le
comprara unas botellas de aguardiente y cerveza. Como no había asientos
suficientes, se sentaba el que podía; el que no, permanecía de pie. Ya el
cuadro había descendido de la silla del balcón para ser colgado en sitio de
honor».
«Liberalismo es libertad. Conservatismo es
tiranía»
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Rafael Uribe Uribe, JM Vargas Vila y Benajmín Herrera. FOTOS: Museo de Antioquia, Wikipedia, Biblioteca Luis Ángel Arango. |
«Hablaban de candidato a la presidencia de la
República, de triunfo; que desde ya hace medio siglo los conservadores estaban
en el gobierno; que la gente necesitaba libertad, escuelas, colegios para los
negros. El blanco aquel del cuadro, de corbatín, se llamaba Enrique Olaya
Herrera; este era precisamente el candidato liberal. En la conversación se oían
otros nombres, como general Benjamín Herrera, Vargas Vila, Uribe Uribe... “Lo
que es al conservador, a ese Vázquez Cobo, lo derrotamos”. “Esta vez sí es
positivo”. “Liberalismo es libertad. Conservatismo es
tiranía”. “Con razón escribió Vargas Vila, cuando murió el traidor de
Núñez: la tierra acaba de tragarse con asco al monstruo de la tiranía” —afirma
Licosiome. “Los tiranos perecen, los pueblos son eternos... No sé quién dijo
así, pero yo lo repito” —corroboró un joven que no bebía ni fumaba, pero a
quien los mayores prestaban atención. Era mi primo Carlos Nicolás Moreno,
hermano de José Laó».
Y así sucesivamente, en los relatos XXXIX al XLII
de Buscando mi madredediós, Arnoldo Palacios narra los acontecimientos que
rodearon la elección presidencial en Cértegui, en aquel febrero de 1930. «El triunfo estaba asegurado, pero había que activar, moverse. Todos los
liberales de Cértegui y alrededores tendrían que presentarse a votar. […] Naturalmente,
a veces, mi papá dejaba escapar cierta sospecha a medida que se avecinaban las
elecciones. Los conservadores podían crear problemas. Había que estar alerta en
caso de ataque, de guerra».
De modo que Venancio reúne a sus hijos y los instruye sobre lo que deben hacer si esto
llegare a suceder.
«Al fin las elecciones. La víspera, día de
mercado, llegó mucha gente a Cértegui. Escondido, algo que no se sabía bien qué
era, mantenía tenso el aire de regocijo. Nuestra casa se parecía a la iglesia: entraba
gente, salía gente; mi papá leía papeles, explicaba. Servía aguardiente, se
ofrecía café. Con algunos, a quienes se hacía subir al piso alto, mi papá
hablaba en tono confidencial. Mucha de aquella gente casi nunca venía al
pueblo, ni a las fiestas, y había acudido desde la víspera de los comicios,
movilizada por mi papá».
«Rotundo triunfo liberal»
Venancio llama a un carnicero para que sacrifique uno de sus puercos y lo organice para alimentar a la
multitud de parientes y amigos que han venido al pueblo para la votación. La
tensión y la expectativa crecen. Ha llegado la hora y con ella la victoria. Arnoldo
Palacios nos lo cuenta así: «A las cuatro en punto de la tarde requinta la
requinta, va Arnovio González con el redoblante. El aire tenso: “¡Viva el
partido liberal!” —estalla la multitud. Se cerró el jurado. En ese momento el
telegrafista pasó a ser el centro número uno de la atención: ¿El país estaría
en calma? ¿Habría habido muertos en alguna parte? En Cértegui, rotundo triunfo
liberal. Cinco o seis conservadores. Y eso fue felicitar y felicitar a mi papá,
capitán, a sus eminentes colaboradores, Licosiome, Mario Arriaga, Luis Felipe
Vivas, el joven Carlos Moreno, en fin... A las siete de la noche, quizá, se
sabría el resultado. “Si los godos no entregan el poder, por lo menos en
Cértegui lo mantendremos por la fuerza”, fue el mensaje de mi papá a sus
fieles, quienes ya se habían embarcado rumbo a sus orillas…».
Y entre los que quedaron —una pequeña multitud— se va desgranando una charla salpicada de nostalgias, de sonrisas, de gracejos, de buenos y malos recuerdos: todos recuerdan lo duro que ha sido ser liberal en el país, la atrocidad de las persecuciones de los
conservadores y su desprecio por los derechos de la gente, las crueldades de la Guerra de los Mil días, la
zozobra permanente... Se rememoran hazañas y prodigios como la del paisano Domingo Londoño esquivando las balas godas, y la proeza del doctor
Heliodoro Rodríguez en su asombrosa toma de Tadó; y de paso se pondera la eficacia de las oraciones y los conjuros secretos para eludir y confundir al
enemigo y vencerlo en las batallas... Se cultiva la esperanza de que el liberalismo llegue al poder, a ver
si por fin este pueblo y todo el Chocó —que han votado claramente por la libertad y los derechos, la paz y el bienestar— obtienen un lugar digno en la sociedad nacional…