06/04/2026

 Recordando al Maestro Miguel A. Caicedo
(La Troje, 30 de agosto de 1919 – Quibdó, 4 de abril de 1995)

El Maestro Miguel A. Caicedo es uno de los autores más prolíficos de las letras chocoanas. FOTOS: El Guarengue y cortesía Emilia Caicedo Osorio (libros).

El sábado 4 de abril de 2026, se cumplieron 31 años de la muerte en Quibdó del Maestro Miguel Antonio Caicedo Mena, nacido en La Troje el 30 de agosto de 1919. Uno de los más grandes autores de la literatura chocoana, el Maestro Caicedo, o Don Miguel, como solía llamarlo la gente, dedicó su vida tanto a la educación como a la producción literaria, histórica y folclórica. Sus trabajos en estas materias contribuyeron significativamente a la documentación de ha historia regional de la educación en el Chocó, al reconocimiento de las vidas y trayectorias de grandes maestros chocoanos, y a la exaltación y cimentación de una conciencia de identidad cultural, étnica y territorial en la sociedad chocoana. Igualmente, la producción literaria e histórica de Don Miguel fue clave para el reconocimiento artístico y cultural del Chocó en el ámbito nacional y para la perdurabilidad de elementos históricos en la memoria oral de la chocoanidad, en los ámbitos local y regional. 

Educador, escritor y poeta, el Maestro Caicedo publicó más de 30 libros de diversos géneros y contenidos: poesía romántica, narraciones de ficción (cuentos y novelas), textos y estudios sobre historia, tradiciones, personajes y cultura del Chocó; al igual que un centenar de poesías costumbristas,[1] la mayor parte de ellas grabadas en su propia voz en los estudios de Radio Universidad del Chocó, y difundidas en los años 80 a través de una colección de casetes que circulaban profusamente en Quibdó y cuya libre reproducción en las populares grabadoras de doble casetera de aquella época redujeron al mínimo los posibles ingresos que por su arte pudo haber recibido el poeta.

Memoria oral de la chocoanidad

Culmen y síntesis ontológica y literaria de su propia chocoanidad, este conjunto de poesías costumbristas o folclóricas, que él mismo declamaba y ponía en escena durante las décadas de los años 70 y 80, constituyen un relato de fragmentos significativos de la vida regional. En cada una de ellas, el Maestro Caicedo narró para la posteridad instantes y vivencias de la vida cotidiana de la región, costumbres, problemáticas y características culturales; con tal riqueza y de tal modo que dichos poemas son, sin duda alguna, parte de la memoria oral de la chocoanidad, textos culturales con los que Don Miguel le dio a conocer a Colombia rasgos de identidad de la región; tal como lo reconoció el Instituto Colombiano de Cultura, Colcultura, antecesor del actual Ministerio, en el Homenaje Nacional a su vida y obra como símbolo y presencia de la cultura chocoana en el país, que se llevó a cabo en el hoy ruinoso Parque Centenario de Quibdó, el 26 de agosto de 1989, a cuatro días de que Don Miguel cumpliera 70 años.

Construidas con los giros dialectales del habla campesina afrochocoana de mediados del siglo XX, basadas en su lenguaje hiperbólico y en la recreación de su proverbial humor; dichas poesías fueron surgiendo en el marco de las primeras aproximaciones investigativas del Maestro Caicedo a las coplas y décimas de la tradición campesina del Chocó, una vez graduado como Licenciado en Filología y Lenguas, en la Universidad de Antioquia. El material resultante de este trabajo le sirió como base para una de sus primeras publicaciones sobre la oralitura regional del Chocó: Del sentimiento en la poesía popular chocoana.

Lo que empezó siendo una investigación

«De allí tomé yo el material para el libro Del sentimiento en la poesía popular chocoana, con el que pensaba optar al título de Magíster; y en el que recopilé esa poesía popular que estaba desapareciendo, como para que sirviera de testimonio de la literatura de ese tiempo. Esa fue la base para que yo pensara que se podía hacer algo distinto y darle a esa misma expresión popular, con ese mismo acento, con la musicalidad que ellos tenían, el carácter de comunitaria; ir haciendo las expresiones que eran generalizadas. Entonces apareció mi obra Recuerdos de la orilla, que tenía en el comienzo la finalidad filológica que yo perseguía, para tener los dos trabajos: estudiar esa forma de vocabulario de la gente, y ponerle un poquito de humor, para que fuera agradable a las personas extrañas, foráneas. Pero poco a poco fui plasmando en ella todos esos sentimientos generalizados: la conducta, el vestido, la diversión, el baile, las costumbres, etcétera. Finalmente, aparecieron 24 poemas en Recuerdos de la orilla. Después yo fui acomodando las circunstancias, de manera que aparecieran tal como están en los casetes de Radio Universidad… En esos casetes están contenidos los aspectos generales, los puntos de vista generalizados de esa misma comunidad; pero, del pueblo, no de las personas ilustradas. Porque el pueblo es el que hace la lengua y, cuando se va a hacer uso del vocabulario chocoano, no se busca el de las personas ilustradas, sino cuál es la modalidad que practica la gente…».[2]

Como es evidente en sus propias palabras, lo que comenzó siendo un trabajo de investigación inicialmente pensado para que le abriera las puertas a un título académico de maestría, se fue convirtiendo en un registro sistemático, apasionado y satisfactorio de rasgos esenciales de la cultura regional; hecho a la manera de los juglares, cronistas y decimeros populares, en cuyo legado se inspiró Miguel A. Caicedo para documentar minuciosamente escenas de la vida cotidiana de la gente, utilizando para ello su propio lenguaje, su habla particular: el idiolecto de la chocoanidad rural; siguiendo una línea similar a la de Candelario Obeso cuando en sus Cantos de mi tierra incorporó el habla de los bogas del río Magdalena y le confirió estatus en la poesía y la literatura colombiana.

Cinco elementos son constantes e identificables en la poesía costumbrista de Miguel A. Caicedo Mena: geografía y toponimia, creencias y religiosidad, parentesco y comunidad, exclusión social, naturaleza y biodiversidad. A través de ellos el poeta le da forma al universo cultural que documenta y registra mediante su voz poética, con mayor o menor preponderancia de uno u otro elemento en cada una de las poesías.

El territorio como rasgo de identidad

Geografía humana y toponimia son, simultáneamente, recursos textuales y elementos de autorreconocimiento e identidad cultural, en el conjunto de la poesía folclórica del Maestro Caicedo. Así, por ejemplo, en Negra del bunde amargo, la sensualidad, el goce, la alegría, la felicidad de la danza, la lúdica del cuerpo, la energía de la pasión, recorren de sur a norte, de occidente a oriente, transversalmente y en diagonal, todo el territorio del Chocó, como recorre el baile los territorios del amor.

NEGRA DEL BUNDE AMARGO
(Miguel A. Caicedo) - Fragmento

¡Bunde! recuerdo amargo sobre la negra zamba
sarcasmo en contraste de lo que pasó.
Y la negrita agita las piernas, ¡caramba!
cómo suena un bunde allá en Taridó
 
Suenas y resuenas en bailes y rumbas
en incendio amargo de La Isla y Capá
y como el cuerpo en ansias, que cimbra,
retumbas allá en Primavera y en Capurganá.
Bebará arde en bunde, Bojayá lo tumba,
bunde salpicado de Mutumbudó
Calor de unas venas que se rompen zumba
sobre las riberas de Lloró y Pató.
 
Y bailan y sudan con la patizamba,
la greñé risueña como la cuscús.
Todas las negritas se saben La Bamba
en Tadó, Aguaclara, Cabí, Managrú,
Riosucio, Troje, Pepé, Munguidó,
Calima, Sapzurro y en Togoromá.
En Beté, la negra no el bunde olvidó,
ni en Istmina, El Tambo, ni en Charambirá.
 
[...]

Así mismo ocurre en El Bochinche. Los topónimos y la geografía chocoana son recursos narrativos que el poeta Caicedo usa para denotar con precisión los alcances del gigantesco barullo que el propio tío de la niña María arma alrededor de su buen nombre y de su honra, vapuleada hasta en los últimos rincones del Chocó.

EL BOCHINCHE 
(Miguel A. Caicedo) - Fragmento

[...]
Mi tío una talde le contó a Tomasa,
la mojana esa, la muy cara’e taza
y esa lengua’e lima que too critica
regó la noticia puallá en Cacarica,
se jue pa’ Sapzurro y sin maj ni máj,
cuando Ña Camila iba a Panamá,
lerijo quizquera que me habían visto
charlando celquita con un tal Calixto
en la casa vieja de Má Trenirá.
Y esa jijuemadre, bebiendo su biche,
en un tamborito por allá en Curiche,
a una tal Josefa cogió y le contó,
que según decían en Bahía Solano,
yo manque chiquita ya quebraba grano,
que yo era tan viva que tenía tré,
con Pacho, Calixto y Pedro Manué
 
Y esa cosa, mana, allí no queró
y lo pior de too, llegó a Coreró,
corrió por la costa, Panguí y Arusí,
Utría y El Valle, La Playa y Coquí;
pasó por Pizarro y allá en Viruró
una vieja de desas la cosa enreró
y rijo quizquera que me habían visto
con Pacho encerrara en la casa vieja
de mi tía Ana Clara.
[...] 

Ritos y fiestas, creencias y mitos
En la poesía folclórica de Miguel A. Caicedo, ritos y fiestas, creencias y mitos son elementos narrativos y escénicos, a la vez que atributos culturales que el poeta toma de la religiosidad popular. Así, por ejemplo, en La gran fiesta patronal, poema dedicado a la Fiesta de San Pacho en Quibdó, el poeta nos recuerda uno de los dones proverbiales y ancestrales de los santos en la tradición religiosa del pueblo en la región chocoana: apagar incendios.

LA GRAN FIESTA PATRONAL
(Miguel A. Caicedo)
--Fragmento--
[…]

Luego la fe creció desmesurada,
después de aquel incendio del Convento,
cuando la gente, muy desesperada,
tuvo una gran idea de momento
y por sublime inspiración divina,
en una acción que resultó genial,
a San Francisco puso en una esquina
allá cerquita de la Catedral
y antes de que la llama lo atacara,
en forma inusitada, extraña o rara,
el viento sur se agigantó valiente
y demostrando un inmenso poderío
hizo del fuego una columna ardiente,
la convirtió en un arco y la clavó en el río.
[…] 

En la religión del pueblo, los santos tienen también virtudes curativas, campo en el cual sobresale el Santo Eccehomo, del corregimiento de Raspadura, municipio de Unión Panamericana, en el suroriente del Chocó. Sus características de personalidad, milagros y formas de relación con sus devotos los narra el poeta Caicedo, con detalle, en varios de sus poemas, como en Eudomenia la cotuda, donde el compa Nicasio nos regala un cuadro de personalidad y atributos de este santo:

Y este santo es bueno, pues fíjese vea,
busté ve a sus plantas zapato, batea,
pico, pala, cacho, y mano y ojo en purito oro,
que le hicieron mancos y tuertos y cojos:
según el milagro, asina el endoso,
¡qué santo tan bueno y tan milagroso!
Ve, compa Nicasio, y a yo qué me dice,
si yo lo conozco, cuando se enoja
también hay que ver; si no hubiera sido
po’un señor Orozco, que me jue llegando
como ángel de guarda, llegó derechito
como una pedrada en un ojo tuelto
y antes de salise, me dijo: le alvielto
quereje de tale mirando la cara,
porque va y se embrava y no le ayuda nara.

El diálogo entre compadres continúa, explicando lo sucedido a Eudomenia, quien “tenía unos cotos como calabazo” y “unos lobanilloj colgando en los brazoj”, y buscó toda clase de recursos para su curación, hasta que alguien le aconsejó:

Bujté ‘tá en sus brete ej por puda locura
váyase ahora mesmo a vé ese gran santo
que hace loj milagroj allá en Raspaúra.

Ña Euromenia así lo hace y, dado que con sus alhajas le retribuye el favor al santo, “a poquito tiempo se quedó sin nara”. Pero ahora, sin impedimentos estéticos, se dedica a una vida hedonista y sibarita: fiestas van y fiestas vienen, desprecia varones, selecciona a los que le gustan, viste elegantemente, se vuelve hasta presumida y le enrostra al santo su presunto interés material a cambio del milagro; atrayendo así una de las nefastas y típicas vindicaciones del santo.

 Y un día en un baile pol ta’e charlatana,
¡póngale conato! y an luego no venga
con que no va’cré. En mitá del baile,
no hablando en voj baja, dijo:
ey, crijtiano, que hasta entre los santoj
anda el interé, ahora estoy bonita
es porque rí mi alhaja.
 
Acabó la pieza y se jue a sentá
y no bien lo hizo, cuando ¡choroló!
No se pare, mano, ¿qué jue que pasó?
Puej los trej coldone y el par de zalcillo
le cayeron juntos encima’él vestío.
[…]
Ahí anda Euromenia con suj lobanilloj,
ya son cuatro cotoj colgando, vea, ve
aremá, pa’que no se pueda poné loj zalcilloj
ahora en cada oreja le cuelga un choibá.

Parentesco y comunidad
Las estructuras de parentesco, familiaridad y vecindad, bases sobre las que históricamente se han construido los entornos comunitarios en las aldeas de orillas y montes del Chocó, subrayan sin nombrarlo el carácter colectivo de la cultura regional, a la vez que aportan picaresca y color a la narrativa. En este aspecto, la pieza clásica del repertorio costumbrista del Maestro Caicedo es El parentesco.
 

EL PARENTESCO
(Miguel A. Caicedo)
Oía una vieja buenos comentarios
que hacían tres mozas por aspectos varios
acerca de una muchacha bonita
que hacia ellos venía en la tardecita
y cuando la bella muy cerca pasaba
la vieja ufanada así la llamaba:
Vevé vo ejta niña, la’rel traje velde
atendeme hijita que nara se pielde.
Ey, si tai bonita, qué bonita tai,
‘ecime una cosita: ¿cómo te ñamai?
Yo me llamo Rosa y mi apelativo
es de los Moreno de allá donde vivo.
Decime una cosa, ¿voj di’aonde vení?
¿Vos no habís viviro es allá en Tanguí?
No, señora, vea, yo soy de Purré,
vivo en Pacurita porque me casé
y hace algunos días me vine pa’cá
a buscá remedios en el hospital
y ahora ej que el mérico, er dotó Pipí
dizque yo antuavía no me puero í.
 
Ay, contame mi arma, qué’s lo que tenés.
Ay, l’he cogiro un orio a la calne’ré,
no puero ve el queso, Jesús creo en Dios Pagre,
ni la calne’puelco ni la cola’e bagre.
Tate quieta, mija, que’se no ej aiciente.
Decime una cosa, ¿tu papá es Vicente?
No, señora, vea, mi taita se ñamaba Juan
y era hijo del brujo ñamase Juabián.
¿…Y Juabián no eda diallá ‘e Tajuato,
que tenía roza pu’acá en el Atrato
y en di’ai jue que un día se jue pa’ Purré,
se cogió allá arriba con Mana Pascuala,
qu’era la chapiara pa’ barré la sala
y en toas las jiestas eda la primeda,
muy bonita ella, donosa, julleda,
antej que’se día que yo me venía
me’rió una polleda que no le selvía…?
 
No, señora, uté ta muy errada, porque esa no eda
puej la mama mía se ñamaba Esnera
y antej trabajaba en la Carretera.
Ahhhhh…¡mi mana Esmera, ahora sí caí:
esa buena moza de allá re Cabí!
Crijtiano, ¿no rigo que la sangre tira?
Eso le’recía yo a Ña Casimira
la hija mayorcita de mi Marcha Emilia,
una gente sabe quién ej su juamilia.
Di’ande que te vire ya lo ariviné,
na’má jue pa’ eso que yo te ñamé.
Ya sabei, mijita, que así tan viejita y tan arrugaíta
y voj tan bonita y tan jovencita,
di’ai mesmito somoj. Si veij a Manuel,
decile que siempre yo me acuerdo d’él
que yo no m’he muelto, que tuavía toy viva,
que no sea maluco, que a rato me escriba
y que cuando él venga diallá de Cabí
cualquier día de dejtos nos vemos pu’ahí.

Foto: Claudia L. Alvarez, 1986.
Los versos finales de El Parentesco son una muestra de la queja recurrente de los mayores sobre las distancias en las relaciones familiares y comunitarias, cuya tradición no las admite, pues resultan incomprensibles cuando, a lo largo de diversas generaciones de parientes, los troncos familiares se han cultivado a partir de la cercanía y la solidaridad. En ese sentido, el poema La carta es un precioso ejemplo del valor simbólico y material del parentesco y la cercanía como fundamentos del sentido de la vida. Se trata del entrañable dolor de una madre, que intenta transmitirle a su hijo ausente cuánto pesa su abandono, a través de una carta que ni siquiera puede escribir ella misma; pero que dicta con vigor y determinación hasta lograr exactamente que en lo escrito que de dicho todo lo que ella ha pensado y dictado.

LA CARTA
(Miguel A. Caicedo)
Jacinta, una vieja de allá de Negría,
la vieja más vieja en esa región,
para un hijo ausente mandó el otro día
le hiciera una carta Felipe Ramón.
Hízola el muchacho con gran precaución,
se la leyó a la vieja con puntos y comas,
y le dijo: Uhmmm, tá muy bueno too
lo que le pusitéis; pero, yo quería ponele argo más.
Ecile, pongamos, que el choncho chiripe,
que trajo su taita de Togoromá,
se me alzó una talde po’el chuscal pa’bajo:
ya van cuatro lunaj y no ha vuelto má.
Abajo ponele que no sea embustedo,
esagraecío, negro jaibaná,
que un día me dijo que iba pa Purricha
y an luego yo supe que taba en Catrú.
Ahora es que me cuenta que está ijque puallá
ande unos que ricen quizque jauruyú.
Añerile ai mesmo que yo toy enjuerma
y no tengo plata pa dime a curá,
que yo toy ‘esnura que no tengo ropa
y ansina no puero bajá a la ciurá.
Ah, y también añerile que pollo y gallina
de los que me trujo ya no tengo má,
que cambié loj huevo por queso y arró
y ni an pipa tengo ya con qué fumá.
Ahí mejmo añerile que toy muelta de hambre,
que no tengo perro que cace animal,
que cambié los huevos por panela y sal,
y el gato cañengo no sirve pa ná.
También añerile que un día de muelte
yo empeñé la alhaja de má Trinidá,
que se tá peldiendo, que venga a sacala,
polque yo no puero bajá a la ciurá.
Cuantimá ponele que se venga a veme,
que ejte chiro ‘e vieja ya no aguanta má,
que si se demora pa vení volando,
cuando venga encuentra el cuelpo ‘e su mama
comío ‘e gusano, sin necesirá.

Abandono y exclusión
Víctimas históricas del saqueo y expoliación de sus territorios y recursos, ignoradas y excluidas por un Estado que ni siquiera aporta a la satisfacción de sus necesidades básicas, los datos de la realidad estructural de las comunidades orilleras de la región chocoana también encuentran eco en la voz del poeta Miguel A. Caicedo, quien los recoge sin estridencias en su poesía costumbrista, con sentimiento profundo y profunda dignidad. Es magistral en este sentido, por claro y concreto, sencillo y contundente, el crudo relato de La pordiosera.

 

LA PORDIOSERA
(Miguel A. Caicedo)
En una de aquestas ciudades chocoanas,
a la que amo mucho y cuánto no sé,
conteniendo el llanto en una mañana,
me contó esta historia sin saber por qué
una sesentona que al paso encontré.
 
Yo tenía mi roza, junto a la ranchita
roriara de toro, le’rigo, señó.
Allá taba el milpeso con el chuntaúro,
churima y bejuco, el palo’e pacó
y loj racimitoj de guineo maúro,
er guamo, el bareo, la parma’e nolí,
al lao er saledo y el almirajó.
Había un raicero cerquita pu’ahí
ande yo pescaba o echaba el horró
y mi comirita nunca me jualtaba
pa´dale a mi hijito su ñame y arró.
 
Tenía un colino cerquita de ahí.
Le’rigo que ‘taba bonito bonito
y entre rato, vea, mi yuca covaba
y cuando cosa mejó no topaba
siempre cocinaba mis primitivito
o era un pite’queso con dulce’guayaba;
y cuando la cosa mu’maluca taba,
si no conseguía zapote o caimito
bajaba a la playa a mazamorriá
y argo yo lej daba a mij muchachito,
los encomendaba a María y José,
y nara faltaba pa’ su tentempié.
 
Una taldecita llegó un hombre d’ésoj
con un gringo altote, le’rigo, veavé,
le’rió a mi marío ijque ochenta peso
pa’ comprale too o si no iba a ve
y que en too caso tenía que vendé
porque eran las leises con la autorirá.
Y en la mañanita, usté no lo cré
apenaj purimo venino en su potro
porque ahí mesmito se formó el traqueo
y máquina p’un lao y máquina pu’el otro.
Y adioj la playita del mazamorreo,
la palma’e champimpe con el borojó,
ey, la trincherita, también el raicero
di’onde yo sacaba cargao el horró,
adioj la piñita, jartón y Tahití
y tóo lo que había pa’ uno viví.
 
Yo no tuve escuela, pa’ sabé escrebí,
ay, pol dioj le digo, ¡qué suelte incutrina!
Yo no sé naíta pa’hacé en ojuicina,
tampoco ‘e cocina no sé ni un ninín:
allá en mi orillita era la sin maj
pa’hacé mi tumbito y asá mi cachín.
Yo ya toy muy vieja pa’lavá y planchá.
Si yo argo le piro, perdone, señó,
jue que la injusticia y la mala suelte
se loj llevó a toos y yo ejtoy de muelte
de’ande que me vive de allá de Acosó.
 
Buscando la vira, hollé con mis plantas
Mumbú, San Isidro, San Miguel, Las Santas,
‘tuve en San Lorenzo y allá en Profundó,
en Cértegui ‘tuve, veavé, señó
y en un poco’e palte que ya ni’an me acueldo,
allá en Platinero, Caliche e Iró.
Tóos se murieron y he quedao solita
yo no tengo, vea, ni’an una alhajita
pa énterrá a mi hijito que se me murió
y toy en ayuna, sin comé narita,
piriéndole a toros una limosnita,
¡una limosnita, por amor de Dios!

Otra variante del mismo problema es abordada por el Maestro Caicedo en La bichera, poema en el cual retrata el enfrentamiento que hubo, a mediados del siglo 20, entre la producción tradicional de aguardiente o licor casero, artesanal, conocido como biche, adelantada fundamentalmente por mujeres; y los políticos y funcionarios encargados del posicionamiento comercial del aguardiente o "genérico" producido por la Fábrica de Licores del Chocó, a costa de la proscripción y persecución del biche.

LA BICHERA (Miguel A. Caicedo)
--Fragmento--
[...]

Veanles ve esa figura, veanvé,
conmigo ijque vení a sacá su anché
y no se fija, gente del infierno,
que a nosotros nos tiene su gobierno
muriéndonos de hambre y sin trabajo
y no le importa uno de acá abajo;
no le compran la caña ni el guarapo,
ni la miel, y se buscan esoj sapos
pa’ no ‘ejale a uno ‘e qué viví.
No puede sé que uno deje así pogrí
el sudor de la frente sin provecho
y el tal genérico se mande ar pecho;
si a uno nara le compran ejta gente
con qué’j que va’comprale su aguardiente.
Quijque van a vorvé, que vuervan pué,
ya yo sé, pa’ salímeles primero
y aunque se vuelvan sapo curandero
a yo ya no me vuerven a cogé.

Naturaleza y biodiversidad
La exuberancia de la naturaleza y el uso que hace el campesino de la biodiversidad y de los recursos naturales que ella le ofrece aparecen como elementos definitorios de la vida cotidiana de los personajes de las poesías folclóricas o costumbristas de Miguel A. Caicedo y, por ende, de su propia y sólida identidad. Lo acabamos de ver en el minucioso inventario que hace La pordiosera de recursos para la subsistencia y el bienestar… El conocimiento detallado y la identificación de estos recursos son parte sustancial de la cultura; de ahí que en La bogotana el poeta Caicedo retrate el riesgo de la erosión cultural por la pérdida o subvaloración de estos saberes: rendida ante la hegemonía cultural, La Bogotana cede al oropel citadino esta seña de su identidad.

LA BOGOTANA
(Miguel A. Caicedo)
Un bello domingo de mañana clara
sucedió este caso que no es cosa rara.
Entre tanta gente que en la plaza había,
con su minifalda, cartera brillante,
iba una muchacha llena de alegría
y junto a una vieja quedó de repente,
miró yerbas frescas, plátanos, maduros,
y al fin se detuvo en los chontaduros.
Oiga, veavé, señora, ¿es que estas frutillas
las traen ahora de los merellines o ‘re Bogotá?
Y dijo la vieja: ve, ¿vo’en qué que taj,
pa’recí que nunca viste pijivay?
Cansara ‘e metete tus tré al desayuno,
yo sé que tu taita nomá era Ño Bruno.
Y la joven esa, ya por no callar,
en una salida que el diablo inspiró,
en caso omiso, volvió a preguntar,
cuando señalaba un almirajó:
oiga, ¿y el tubérculo que tiene ese palo
se come así crúo o hay que cocínalo?
Quitate ‘e mi vista, ve, vo, ejta muchacha,
voj seguramente fuisteis jue ‘re cacha,
porque aquí la gente que viene ilustrara
nunca va saliendo con esaj bobara.
Cristiano, no’rigo que el Chocó es de malas,
esta tierra de uno si está muy fregara,
que hasta el que no sirve tiene que negala.
Eso se lo decía yo a Mana Pascuala,
que ejtaj patirrucias que se van de aquí
nomás que han pasado ya de Munguirrí
y ya ijque son paisaj o son bogotanas
y andan ej con ganaj de ta’re julana.
Aquí comen caga con su mananilla,
la ráij de mafafa que dicen ñamón,
avientan su chure, jaltan su babilla
y hasta hechas laj bobas comen su chamón.
Viven en la orilla buscando bocón,
achicando pozaj, asando cachín,
se jartan de iguana, comen su ratón
y si no hay más nara se llenan de achín.
Se van pa’llá juera quijque a trabajá
y a poquito vienen de mui’encopetara,
dijque no conocen las cosas de acá,
que too ‘ta malo, no sirve pa’ nara
y creen que ellas valen maj que los demás.
La catilinaria confundió a la joven,
que buscó refugio en la explicación
y buscando el modo de evitar la riña
entregó a la vieja esta sinrazón:
oiga, yo le’rigo, aguaite nomá,
porque usté no sabe jue que se enojó;
por eso, yo, ahora, le entro a explicá
que yo, di antes si era de acá del Chocó;
pero, hace seis meses vivo en Bogotá.

El médico de los brujos trae también una muestra de la pródiga oferta de la naturaleza. Así quien la use sea un embaucador y un avivato de orilla, esta pieza ilustra el uso de plantas con fines curativos y un poco de gastronomía.

EL MÉDICO DE LOS BRUJOS 
(Miguel A. Caicedo)
--Fragmento--
[….]
que ella ijque tenía que viví en paruma
y comé bastante de cosa baluma
como el aguacate, pacó, chuntaúro,
con atrancagato, rellena y maúro,
con chere curao y con chicharrón,
con yuca golpiara y cardo’e bocón
[…]
antoncej venía ese tal dotó
a hacé unos regüeltoj con goma’e jojoche
pa’untale en el cuelpo a la prima noche;
también mejorana, orozú y albaca,
ay, pol dioj, mi gente, cosa tan bellaca.
Maj luego le’raba ijque beberizo
de la verdolaga con el altamiso
gallinaza, mora y otro poco’e mil
que traía del monte, también toronjil,
con la celedonia y concha’e jenené
[….]
En la mañanita, ese era un apuro
pa’ darle los baños con el cascajero,
malva, siempreviva y un poquito’e blero,
casa’e muchilero con el limoncillo,
sauco y golondrina con el botoncillo
y an luego la toma de estopa de coco
con hoja’e mastranco y ráij de heliotropo.

Un relato poético

Foto: Claudia L. Alvarez, 1986

Tenemos pues que las cinco categorías que acabamos de ilustrar: 1) geografía y toponimia; 2) mundo festivo y mágico-religioso; 3) parentesco y familiaridad; 4) la cuestión social; 5) naturaleza, recursos y biodiversidad, funcionan como sintagmas o núcleos alrededor de los cuales se estructura el relato poético de la ruralidad afrochocoana en los versos costumbristas del gran Miguel A. Caicedo. De tal manera que, además de piezas únicas e individuales, sus poemas costumbristas forman un corpus o cunjunto a través del cual el Maestro relata y presenta un universo temático concebido y construido para caracterizar de modo íntegro y agudo, comprehensivo y englobante, sin pretensiones científicas, pero sí con profunda y envidiable intuición exegética, una especie de boceto del ser cultural de la chocoanidad.

Con una estructura definida y constante, fácilmente reconocible para su análisis; y con un dominio castizo del idioma, hábil y recursivo como el que más en la confección precisa de los versos de sus poesías, Miguel A. Caicedo encuentra siempre la rima justa, nunca forzada, añadiendo infaltablemente un nuevo dato en cada línea, un dato nuevo en cada verso; ilustrando así a quien lo oye o lo lee con detalles del contexto, la situación, los personajes, el nudo y el desenlace de la anécdota fabulosa que en cada poesía cuenta, cual acontecimiento de la historia regional que uno en su memoria guarda para citar, de modo cabal, si en algún momento fuera justo y necesario, y suficiente no fuera la academia para dar cuenta del presente y del ayer.
 
Además de su gracia inigualable y el poderoso encanto que ejercen en sus lectores y oyentes, las poesías folclóricas o costumbristas de Miguel A. Caicedo funcionan como textos culturales, como memoria oral de la vida pueblerina, rural, comarcana, vecinal, al igual que como crónicas precisas del mundo quibdoseño de la ciudad. Es decir, como relatos colectivos de aquella chocoanidad vívida que es su materia elemental, a la cual dedicó el Maestro cada uno de los minutos de su vida intelectual y literaria.


[1] Un resumen completo de la producción literaria del Maestro Caicedo fue publicado en El Guarengue el 26 de agosto de 2019, en el texto Panorámica de Miguel A. Caicedo:

https://miguarengue.blogspot.com/2019/08/panoramica-de-miguel-a.html

[2] Caicedo Mena, Miguel A. entrevistado por Julio César Uribe Hermocillo. Quibdó, septiembre de 1986.