Recordando al Maestro Miguel A. Caicedo
(La
Troje, 30 de agosto de 1919 – Quibdó, 4 de abril de 1995)
![]() |
| El Maestro Miguel A. Caicedo es uno de los autores más prolíficos de las letras chocoanas. FOTOS: El Guarengue y cortesía Emilia Caicedo Osorio (libros). |
Memoria
oral de la chocoanidad
Culmen y síntesis ontológica y literaria de su propia chocoanidad, este conjunto de poesías costumbristas o folclóricas, que él mismo declamaba y ponía en escena durante las décadas de los años 70 y 80, constituyen un relato de fragmentos significativos de la vida regional. En cada una de ellas, el Maestro Caicedo narró para la posteridad instantes y vivencias de la vida cotidiana de la región, costumbres, problemáticas y características culturales; con tal riqueza y de tal modo que dichos poemas son, sin duda alguna, parte de la memoria oral de la chocoanidad, textos culturales con los que Don Miguel le dio a conocer a Colombia rasgos de identidad de la región; tal como lo reconoció el Instituto Colombiano de Cultura, Colcultura, antecesor del actual Ministerio, en el Homenaje Nacional a su vida y obra como símbolo y presencia de la cultura chocoana en el país, que se llevó a cabo en el hoy ruinoso Parque Centenario de Quibdó, el 26 de agosto de 1989, a cuatro días de que Don Miguel cumpliera 70 años.
Construidas con los giros dialectales del habla campesina afrochocoana de mediados del siglo XX, basadas en su lenguaje hiperbólico y en la recreación de su proverbial humor; dichas poesías fueron surgiendo en el marco de las primeras aproximaciones investigativas del Maestro Caicedo a las coplas y décimas de la tradición campesina del Chocó, una vez graduado como Licenciado en Filología y Lenguas, en la Universidad de Antioquia. El material resultante de este trabajo le sirió como base para una de sus primeras publicaciones sobre la oralitura regional del Chocó: Del sentimiento en la poesía popular chocoana.
Lo que
empezó siendo una investigación
«De allí tomé yo el material para el libro Del sentimiento en la poesía popular chocoana, con el que pensaba optar al título de Magíster; y en el que recopilé esa poesía popular que estaba desapareciendo, como para que sirviera de testimonio de la literatura de ese tiempo. Esa fue la base para que yo pensara que se podía hacer algo distinto y darle a esa misma expresión popular, con ese mismo acento, con la musicalidad que ellos tenían, el carácter de comunitaria; ir haciendo las expresiones que eran generalizadas. Entonces apareció mi obra Recuerdos de la orilla, que tenía en el comienzo la finalidad filológica que yo perseguía, para tener los dos trabajos: estudiar esa forma de vocabulario de la gente, y ponerle un poquito de humor, para que fuera agradable a las personas extrañas, foráneas. Pero poco a poco fui plasmando en ella todos esos sentimientos generalizados: la conducta, el vestido, la diversión, el baile, las costumbres, etcétera. Finalmente, aparecieron 24 poemas en Recuerdos de la orilla. Después yo fui acomodando las circunstancias, de manera que aparecieran tal como están en los casetes de Radio Universidad… En esos casetes están contenidos los aspectos generales, los puntos de vista generalizados de esa misma comunidad; pero, del pueblo, no de las personas ilustradas. Porque el pueblo es el que hace la lengua y, cuando se va a hacer uso del vocabulario chocoano, no se busca el de las personas ilustradas, sino cuál es la modalidad que practica la gente…».[2]
Como es evidente en sus propias palabras, lo que comenzó siendo un trabajo de investigación inicialmente pensado para que le abriera las puertas a un título académico de maestría, se fue convirtiendo en un registro sistemático, apasionado y satisfactorio de rasgos esenciales de la cultura regional; hecho a la manera de los juglares, cronistas y decimeros populares, en cuyo legado se inspiró Miguel A. Caicedo para documentar minuciosamente escenas de la vida cotidiana de la gente, utilizando para ello su propio lenguaje, su habla particular: el idiolecto de la chocoanidad rural; siguiendo una línea similar a la de Candelario Obeso cuando en sus Cantos de mi tierra incorporó el habla de los bogas del río Magdalena y le confirió estatus en la poesía y la literatura colombiana.
Cinco elementos son constantes e identificables en la poesía costumbrista de Miguel A. Caicedo Mena: geografía y toponimia, creencias y religiosidad, parentesco y comunidad, exclusión social, naturaleza y biodiversidad. A través de ellos el poeta le da forma al universo cultural que documenta y registra mediante su voz poética, con mayor o menor preponderancia de uno u otro elemento en cada una de las poesías.
El
territorio como rasgo de identidad
Geografía humana y toponimia son, simultáneamente, recursos textuales y elementos de autorreconocimiento e identidad cultural, en el conjunto de la poesía folclórica del Maestro Caicedo. Así, por ejemplo, en Negra del bunde amargo, la sensualidad, el goce, la alegría, la felicidad de la danza, la lúdica del cuerpo, la energía de la pasión, recorren de sur a norte, de occidente a oriente, transversalmente y en diagonal, todo el territorio del Chocó, como recorre el baile los territorios del amor.
¡Bunde! recuerdo amargo
sobre la negra zamba
sarcasmo en contraste de lo
que pasó.
Y la negrita agita las
piernas, ¡caramba!
cómo suena un bunde allá en
Taridó
Suenas y resuenas en bailes
y rumbas
en incendio amargo de La
Isla y Capá
y como el cuerpo en ansias,
que cimbra,
retumbas allá en Primavera
y en Capurganá.
Bebará arde en bunde,
Bojayá lo tumba,
bunde salpicado de
Mutumbudó
Calor de unas venas que se
rompen zumba
sobre las riberas de Lloró
y Pató.
Y bailan y sudan con la
patizamba,
la greñé risueña como la
cuscús.
Todas las negritas se saben
La Bamba
en Tadó, Aguaclara, Cabí,
Managrú,
Riosucio, Troje, Pepé,
Munguidó,
Calima, Sapzurro y en
Togoromá.
En Beté, la negra no el
bunde olvidó,
ni en Istmina, El Tambo, ni
en Charambirá.
[...]
Así mismo ocurre en El Bochinche. Los topónimos y la geografía chocoana son recursos narrativos que el poeta Caicedo usa para denotar con precisión los alcances del gigantesco barullo que el propio tío de la niña María arma alrededor de su buen nombre y de su honra, vapuleada hasta en los últimos rincones del Chocó.
EL BOCHINCHE
(Miguel A. Caicedo) - Fragmento
la mojana esa, la muy
cara’e taza
y esa lengua’e lima que too
critica
regó la noticia puallá en
Cacarica,
se jue pa’ Sapzurro y sin
maj ni máj,
cuando Ña Camila iba a
Panamá,
lerijo quizquera que me
habían visto
charlando celquita con un
tal Calixto
en la casa vieja de Má
Trenirá.
Y esa jijuemadre, bebiendo
su biche,
en un tamborito por allá en
Curiche,
a una tal Josefa cogió y le
contó,
que según decían en Bahía
Solano,
yo manque chiquita ya
quebraba grano,
que yo era tan viva que
tenía tré,
con Pacho, Calixto y Pedro
Manué
y lo pior de too, llegó a
Coreró,
corrió por la costa, Panguí
y Arusí,
Utría y El Valle, La Playa
y Coquí;
pasó por Pizarro y allá en
Viruró
una vieja de desas la cosa
enreró
y rijo quizquera que me
habían visto
con Pacho encerrara en la
casa vieja
de mi tía Ana Clara.
[...]
Ritos y
fiestas, creencias y mitos
En la
poesía folclórica de Miguel A. Caicedo, ritos y fiestas, creencias y mitos son
elementos narrativos y escénicos, a la vez que atributos culturales que el
poeta toma de la religiosidad popular. Así, por ejemplo, en La gran
fiesta patronal, poema dedicado a la Fiesta de San Pacho en Quibdó, el
poeta nos recuerda uno de los dones proverbiales y ancestrales de los santos en
la tradición religiosa del pueblo en la región chocoana: apagar incendios.
LA GRAN FIESTA PATRONAL
(Miguel A. Caicedo)
--Fragmento--
[…]
Luego la fe creció
desmesurada,
después de aquel incendio
del Convento,
cuando la gente, muy
desesperada,
tuvo una gran idea de
momento
y por sublime inspiración
divina,
en una acción que resultó
genial,
a San Francisco puso en una
esquina
allá cerquita de la
Catedral
y antes de que la llama lo
atacara,
en forma inusitada, extraña
o rara,
el viento sur se agigantó
valiente
y demostrando un inmenso
poderío
hizo del fuego una columna
ardiente,
la convirtió en un arco y
la clavó en el río.
[…]
En la religión del pueblo, los santos tienen también virtudes curativas, campo en el cual sobresale el Santo Eccehomo, del corregimiento de Raspadura, municipio de Unión Panamericana, en el suroriente del Chocó. Sus características de personalidad, milagros y formas de relación con sus devotos los narra el poeta Caicedo, con detalle, en varios de sus poemas, como en Eudomenia la cotuda, donde el compa Nicasio nos regala un cuadro de personalidad y atributos de este santo:
Y este
santo es bueno, pues fíjese vea,
busté ve a sus plantas
zapato, batea,
pico, pala, cacho, y mano y
ojo en purito oro,
que le hicieron mancos y
tuertos y cojos:
según el milagro, asina el
endoso,
¡qué santo tan bueno y tan
milagroso!
Ve, compa Nicasio, y a yo
qué me dice,
si yo lo conozco, cuando se
enoja
también hay que ver; si no
hubiera sido
po’un señor Orozco, que me
jue llegando
como ángel de guarda, llegó
derechito
como una pedrada en un ojo
tuelto
y antes de salise, me dijo:
le alvielto
quereje de tale mirando la
cara,
porque va y se embrava y no
le ayuda nara.
El diálogo entre compadres continúa, explicando lo sucedido a Eudomenia, quien “tenía unos cotos como calabazo” y “unos lobanilloj colgando en los brazoj”, y buscó toda clase de recursos para su curación, hasta que alguien le aconsejó:
Bujté ‘tá en sus brete ej
por puda locura
váyase ahora mesmo a vé ese
gran santo
que hace loj milagroj allá
en Raspaúra.
Ña Euromenia así lo hace y, dado que con sus alhajas le retribuye el favor al santo, “a poquito tiempo se quedó sin nara”. Pero ahora, sin impedimentos estéticos, se dedica a una vida hedonista y sibarita: fiestas van y fiestas vienen, desprecia varones, selecciona a los que le gustan, viste elegantemente, se vuelve hasta presumida y le enrostra al santo su presunto interés material a cambio del milagro; atrayendo así una de las nefastas y típicas vindicaciones del santo.
¡póngale conato! y an luego
no venga
con que no va’cré. En mitá
del baile,
no hablando en voj baja,
dijo:
ey, crijtiano, que hasta
entre los santoj
anda el interé, ahora estoy
bonita
es porque rí mi alhaja.
y no bien lo hizo, cuando
¡choroló!
No se pare, mano, ¿qué jue
que pasó?
Puej los trej coldone y el
par de zalcillo
le cayeron juntos encima’él
vestío.
[…]
Ahí anda Euromenia con suj
lobanilloj,
ya son cuatro cotoj
colgando, vea, ve
aremá, pa’que no se pueda
poné loj zalcilloj
ahora en cada oreja le
cuelga un choibá.
Parentesco
y comunidad
Las
estructuras de parentesco, familiaridad y vecindad, bases sobre las que
históricamente se han construido los entornos comunitarios en las aldeas de
orillas y montes del Chocó, subrayan sin nombrarlo el carácter colectivo de la cultura
regional, a la vez que aportan picaresca y color a la narrativa. En este
aspecto, la pieza clásica del repertorio costumbrista del Maestro Caicedo
es El parentesco.
EL PARENTESCO
(Miguel A. Caicedo)
Oía una vieja buenos
comentarios
que hacían tres mozas por
aspectos varios
acerca de una muchacha
bonita
que hacia ellos venía en la
tardecita
y cuando la bella muy cerca
pasaba
la vieja ufanada así la
llamaba:
Vevé vo ejta niña, la’rel
traje velde
atendeme hijita que nara se
pielde.
Ey, si tai bonita, qué
bonita tai,
‘ecime una cosita: ¿cómo te
ñamai?
Yo me llamo Rosa y mi
apelativo
es de los Moreno de allá
donde vivo.
Decime una cosa, ¿voj
di’aonde vení?
¿Vos no habís viviro es
allá en Tanguí?
No, señora, vea, yo soy de
Purré,
vivo en Pacurita porque me
casé
y hace algunos días me vine
pa’cá
a buscá remedios en el
hospital
y ahora ej que el mérico,
er dotó Pipí
dizque yo antuavía no me
puero í.
Ay, l’he cogiro un orio a
la calne’ré,
no puero ve el queso, Jesús
creo en Dios Pagre,
ni la calne’puelco ni la
cola’e bagre.
Tate quieta, mija, que’se
no ej aiciente.
Decime una cosa, ¿tu papá
es Vicente?
No, señora, vea, mi taita
se ñamaba Juan
y era hijo del brujo ñamase
Juabián.
¿…Y Juabián no eda diallá
‘e Tajuato,
que tenía roza pu’acá en el
Atrato
y en di’ai jue que un día
se jue pa’ Purré,
se cogió allá arriba con
Mana Pascuala,
qu’era la chapiara pa’
barré la sala
y en toas las jiestas eda
la primeda,
muy bonita ella, donosa,
julleda,
antej que’se día que yo me
venía
me’rió una polleda que no
le selvía…?
puej la mama mía se ñamaba
Esnera
y antej trabajaba en la
Carretera.
Ahhhhh…¡mi mana Esmera,
ahora sí caí:
esa buena moza de allá re
Cabí!
Crijtiano, ¿no rigo que la
sangre tira?
Eso le’recía yo a Ña
Casimira
la hija mayorcita de mi
Marcha Emilia,
una gente sabe quién ej su
juamilia.
Di’ande que te vire ya lo
ariviné,
na’má jue pa’ eso que yo te
ñamé.
Ya sabei, mijita, que así
tan viejita y tan arrugaíta
y voj tan bonita y tan
jovencita,
di’ai mesmito somoj. Si
veij a Manuel,
decile que siempre yo me
acuerdo d’él
que yo no m’he muelto, que
tuavía toy viva,
que no sea maluco, que a
rato me escriba
y que cuando él venga
diallá de Cabí
cualquier día de dejtos nos
vemos pu’ahí.
![]() |
| Foto: Claudia L. Alvarez, 1986. |
LA CARTA
(Miguel A. Caicedo)
Jacinta, una vieja de allá
de Negría,
la vieja más vieja en esa
región,
para un hijo ausente mandó
el otro día
le hiciera una carta Felipe
Ramón.
Hízola el muchacho con gran
precaución,
se la leyó a la vieja con
puntos y comas,
y le dijo: Uhmmm, tá muy
bueno too
lo que le pusitéis; pero,
yo quería ponele argo más.
Ecile, pongamos, que el
choncho chiripe,
que trajo su taita de
Togoromá,
se me alzó una talde po’el
chuscal pa’bajo:
ya van cuatro lunaj y no ha
vuelto má.
Abajo ponele que no sea
embustedo,
esagraecío, negro jaibaná,
que un día me dijo que iba
pa Purricha
y an luego yo supe que taba
en Catrú.
Ahora es que me cuenta que
está ijque puallá
ande unos que ricen quizque
jauruyú.
Añerile ai mesmo que yo toy
enjuerma
y no tengo plata pa dime a
curá,
que yo toy ‘esnura que no
tengo ropa
y ansina no puero bajá a la
ciurá.
Ah, y también añerile que
pollo y gallina
de los que me trujo ya no
tengo má,
que cambié loj huevo por
queso y arró
y ni an pipa tengo ya con
qué fumá.
Ahí mejmo añerile que toy
muelta de hambre,
que no tengo perro que cace
animal,
que cambié los huevos por
panela y sal,
y el gato cañengo no sirve
pa ná.
También añerile que un día
de muelte
yo empeñé la alhaja de má
Trinidá,
que se tá peldiendo, que
venga a sacala,
polque yo no puero bajá a
la ciurá.
Cuantimá ponele que se
venga a veme,
que ejte chiro ‘e vieja ya
no aguanta má,
que si se demora pa vení
volando,
cuando venga encuentra el
cuelpo ‘e su mama
comío ‘e gusano, sin
necesirá.
Abandono
y exclusión
Víctimas históricas del saqueo y expoliación de sus territorios y recursos, ignoradas y excluidas por un Estado que ni siquiera aporta a la satisfacción de sus necesidades básicas, los datos de la realidad estructural de las comunidades orilleras de la región chocoana también encuentran eco en la voz del poeta Miguel A. Caicedo, quien los recoge sin estridencias en su poesía costumbrista, con
sentimiento profundo y profunda dignidad. Es magistral en este sentido, por
claro y concreto, sencillo y contundente, el crudo relato de La
pordiosera.
LA
PORDIOSERA
(Miguel A. Caicedo)
En una de aquestas ciudades
chocoanas,
a la que amo mucho y cuánto
no sé,
conteniendo el llanto en
una mañana,
me contó esta historia sin
saber por qué
una sesentona que al paso
encontré.
roriara de toro, le’rigo,
señó.
Allá taba el milpeso con el
chuntaúro,
churima y bejuco, el palo’e
pacó
y loj racimitoj de guineo
maúro,
er guamo, el bareo, la
parma’e nolí,
al lao er saledo y el
almirajó.
Había un raicero cerquita
pu’ahí
ande yo pescaba o echaba el
horró
y mi comirita nunca me
jualtaba
pa´dale a mi hijito su ñame
y arró.
Le’rigo que ‘taba bonito
bonito
y entre rato, vea, mi yuca
covaba
y cuando cosa mejó no
topaba
siempre cocinaba mis
primitivito
o era un pite’queso con
dulce’guayaba;
y cuando la cosa mu’maluca
taba,
si no conseguía zapote o
caimito
bajaba a la playa a
mazamorriá
y argo yo lej daba a mij
muchachito,
los encomendaba a María y
José,
y nara faltaba pa’ su
tentempié.
con un gringo altote,
le’rigo, veavé,
le’rió a mi marío ijque
ochenta peso
pa’ comprale too o si no
iba a ve
y que en too caso tenía que
vendé
porque eran las leises con
la autorirá.
Y en la mañanita, usté no
lo cré
apenaj purimo venino en su
potro
porque ahí mesmito se formó
el traqueo
y máquina p’un lao y
máquina pu’el otro.
Y adioj la playita del
mazamorreo,
la palma’e champimpe con el
borojó,
ey, la trincherita, también
el raicero
di’onde yo sacaba cargao el
horró,
adioj la piñita, jartón y
Tahití
y tóo lo que había pa’ uno
viví.
ay, pol dioj le digo, ¡qué
suelte incutrina!
Yo no sé naíta pa’hacé en
ojuicina,
tampoco ‘e cocina no sé ni
un ninín:
allá en mi orillita era la
sin maj
pa’hacé mi tumbito y asá mi
cachín.
Yo ya toy muy vieja pa’lavá
y planchá.
Si yo argo le piro,
perdone, señó,
jue que la injusticia y la
mala suelte
se loj llevó a toos y yo
ejtoy de muelte
de’ande que me vive de allá
de Acosó.
Mumbú, San Isidro, San Miguel,
Las Santas,
‘tuve en San Lorenzo y allá
en Profundó,
en Cértegui ‘tuve, veavé,
señó
y en un poco’e palte que ya
ni’an me acueldo,
allá en Platinero, Caliche
e Iró.
Tóos se murieron y he
quedao solita
yo no tengo, vea, ni’an una
alhajita
pa énterrá a mi hijito que
se me murió
y toy en ayuna, sin comé
narita,
piriéndole a toros una
limosnita,
¡una limosnita, por amor de
Dios!
Otra variante del mismo problema es abordada por el Maestro Caicedo en La bichera, poema en el cual retrata el enfrentamiento que hubo, a mediados del siglo 20, entre la producción tradicional de aguardiente o licor casero, artesanal, conocido como biche, adelantada fundamentalmente por mujeres; y los políticos y funcionarios encargados del posicionamiento comercial del aguardiente o "genérico" producido por la Fábrica de Licores del Chocó, a costa de la proscripción y persecución del biche.
LA BICHERA (Miguel A. Caicedo)
--Fragmento--
[...]
Veanles ve esa figura,
veanvé,
conmigo ijque vení a sacá
su anché
y no se fija, gente del
infierno,
que a nosotros nos tiene su
gobierno
muriéndonos de hambre y sin
trabajo
y no le importa uno de acá
abajo;
no le compran la caña ni el
guarapo,
ni la miel, y se buscan
esoj sapos
pa’ no ‘ejale a uno ‘e qué
viví.
No puede sé que uno deje
así pogrí
el sudor de la frente sin
provecho
y el tal genérico se mande
ar pecho;
si a uno nara le compran
ejta gente
con qué’j que va’comprale
su aguardiente.
Quijque van a vorvé, que
vuervan pué,
ya yo sé, pa’ salímeles
primero
y aunque se vuelvan sapo
curandero
a yo ya no me vuerven a
cogé.
Naturaleza
y biodiversidad
La
exuberancia de la naturaleza y el uso que hace el campesino de la biodiversidad
y de los recursos naturales que ella le ofrece aparecen como elementos
definitorios de la vida cotidiana de los personajes de las poesías folclóricas
o costumbristas de Miguel A. Caicedo y, por ende, de su propia y sólida
identidad. Lo acabamos de ver en el minucioso inventario que hace La
pordiosera de recursos para la subsistencia y el bienestar… El conocimiento
detallado y la identificación de estos recursos son parte sustancial de la
cultura; de ahí que en La bogotana el poeta Caicedo retrate el riesgo de la
erosión cultural por la pérdida o subvaloración de estos saberes: rendida ante la hegemonía cultural, La Bogotana cede al oropel
citadino esta seña de su identidad.
LA
BOGOTANA
(Miguel A. Caicedo)
Un bello domingo de mañana
clara
sucedió este caso que no es
cosa rara.
Entre tanta gente que en la
plaza había,
con su minifalda, cartera
brillante,
iba una muchacha llena de
alegría
y junto a una vieja quedó
de repente,
miró yerbas frescas,
plátanos, maduros,
y al fin se detuvo en los
chontaduros.
Oiga, veavé, señora, ¿es
que estas frutillas
las traen ahora de los
merellines o ‘re Bogotá?
Y dijo la vieja: ve, ¿vo’en
qué que taj,
pa’recí que nunca viste
pijivay?
Cansara ‘e metete tus tré
al desayuno,
yo sé que tu taita nomá era
Ño Bruno.
Y la joven esa, ya por no
callar,
en una salida que el diablo
inspiró,
en caso omiso, volvió a
preguntar,
cuando señalaba un
almirajó:
oiga, ¿y el tubérculo que
tiene ese palo
se come así crúo o hay que
cocínalo?
Quitate ‘e mi vista, ve,
vo, ejta muchacha,
voj seguramente fuisteis
jue ‘re cacha,
porque aquí la gente que
viene ilustrara
nunca va saliendo con esaj
bobara.
Cristiano, no’rigo que el
Chocó es de malas,
esta tierra de uno si está
muy fregara,
que hasta el que no sirve
tiene que negala.
Eso se lo decía yo a Mana
Pascuala,
que ejtaj patirrucias que
se van de aquí
nomás que han pasado ya de
Munguirrí
y ya ijque son paisaj o son
bogotanas
y andan ej con ganaj de
ta’re julana.
Aquí comen caga con su
mananilla,
la ráij de mafafa que dicen
ñamón,
avientan su chure, jaltan
su babilla
y hasta hechas laj bobas
comen su chamón.
Viven en la orilla buscando
bocón,
achicando pozaj, asando
cachín,
se jartan de iguana, comen
su ratón
y si no hay más nara se
llenan de achín.
Se van pa’llá juera quijque
a trabajá
y a poquito vienen de
mui’encopetara,
dijque no conocen las cosas
de acá,
que too ‘ta malo, no sirve
pa’ nara
y creen que ellas valen maj
que los demás.
La catilinaria confundió a
la joven,
que buscó refugio en la
explicación
y buscando el modo de
evitar la riña
entregó a la vieja esta
sinrazón:
oiga, yo le’rigo, aguaite
nomá,
porque usté no sabe jue que
se enojó;
por eso, yo, ahora, le
entro a explicá
que yo, di antes si era de
acá del Chocó;
pero, hace seis meses vivo
en Bogotá.
El médico de los brujos trae también una muestra de la pródiga oferta de la naturaleza. Así quien la use sea un embaucador y un avivato de orilla, esta pieza ilustra el uso de plantas con fines curativos y un poco de gastronomía.
EL MÉDICO DE LOS BRUJOS
(Miguel A. Caicedo)
--Fragmento--
[….]
que ella ijque tenía que
viví en paruma
y comé bastante de cosa
baluma
como el aguacate, pacó,
chuntaúro,
con atrancagato, rellena y
maúro,
con chere curao y con
chicharrón,
con yuca golpiara y cardo’e
bocón
[…]
antoncej venía ese tal dotó
a hacé unos regüeltoj con
goma’e jojoche
pa’untale en el cuelpo a la
prima noche;
también mejorana, orozú y
albaca,
ay, pol dioj, mi gente,
cosa tan bellaca.
Maj luego le’raba ijque
beberizo
de la verdolaga con el
altamiso
gallinaza, mora y otro
poco’e mil
que traía del monte,
también toronjil,
con la celedonia y concha’e
jenené
[….]
En la mañanita, ese era un
apuro
pa’ darle los baños con el
cascajero,
malva, siempreviva y un
poquito’e blero,
casa’e muchilero con el
limoncillo,
sauco y golondrina con el
botoncillo
y an luego la toma de
estopa de coco
con hoja’e mastranco y ráij
de heliotropo.
Un
relato poético
![]() |
Foto: Claudia L. Alvarez, 1986 |
Con una
estructura definida y constante, fácilmente reconocible para su análisis; y con
un dominio castizo del idioma, hábil y recursivo como el que más en la
confección precisa de los versos de sus poesías, Miguel A. Caicedo encuentra
siempre la rima justa, nunca forzada, añadiendo infaltablemente un nuevo dato
en cada línea, un dato nuevo en cada verso; ilustrando así a quien lo oye o lo
lee con detalles del contexto, la situación, los personajes, el nudo y el
desenlace de la anécdota fabulosa que en cada poesía cuenta, cual
acontecimiento de la historia regional que uno en su memoria guarda para citar,
de modo cabal, si en algún momento fuera justo y necesario, y suficiente no
fuera la academia para dar cuenta del presente y del ayer.
[1] Un resumen completo de la producción literaria
del Maestro Caicedo fue publicado en El Guarengue el 26 de agosto de 2019, en
el texto Panorámica de Miguel A. Caicedo:
https://miguarengue.blogspot.com/2019/08/panoramica-de-miguel-a.html
[2] Caicedo Mena, Miguel A. entrevistado por Julio
César Uribe Hermocillo. Quibdó, septiembre de 1986.


