«Una de las porciones más
ricas y bellas,
y una de las más abandonadas
y desvinculadas del resto del Chocó»
—El
Pacífico chocoano en 1921, visto por Jorge Valencia Lozano—
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| Mapa 1: Prefectura Apostólica del Chocó, 1925-Misioneros Claretianos. Mapa 2: Intendencia Nacional del Chocó, 1907. FOTOS: Archivo El Guarengue. |
A finales de 2026, cumple el Chocó ciento veinte años de los comienzos
de su vida institucional propia en la época republicana de Colombia, con la
creación de la Intendencia Nacional (Decreto 1347 del 5 de noviembre de 1906);
para la cual se tomaron como base sus antiguas provincias: Atrato y San Juan,
con las poblaciones y municipios preexistentes. Se crearon, además, tres nuevos
municipios, de transitoria duración: San Rafael de Neguá, San Nicolás de
Titumate y Litoral del Pacífico; este último con cabecera en la población de
Juradó y «formado por una faja de cinco leguas de latitud sobre las costas del
Pacífico, comprendida desde Punta Ardita hasta Morro de Micos, en la boca del
río Chorí».
De modo que dos municipios: Baudó y Litoral del Pacífico abarcaron en términos
políticos y administrativos esta costa chocoana en el momento en el que nace la
Intendencia.
Más de una década después de su creación y entrada en funcionamiento, el
proceso de organización de la Intendencia aún estaba en ciernes. El Chocó, en
palabras de su Intendente Nacional en el informe que presenta al ministerio de
Gobierno en junio de 1921, es «una intendencia cuyas rentas no alcanzan para
pagar su propio servicio público»; a lo cual «se agrega que los auxilios
nacionales decretados a favor de la Intendencia han sido letra muerta hasta la
fecha». Lo cual hace arduo y
difícil el proceso de institucionalización de la Intendencia y de sus provincias
y municipios como expresiones territoriales del nuevo orden político y
administrativo del Chocó.
Las distancias geográficas y la precariedad de las vías y los medios de transporte
entorpecen los afanes de integración regional que, mal que bien, cada
intendente ha pretendido impulsar. Las
zonas limítrofes con Panamá, tanto por el Darién como por el Pacífico, se perciben a
veces tanto o más lejanas de la capital de la Intendencia que la propia capital
de Colombia. Así, por ejemplo, llegar desde Quibdó hasta el Litoral Pacífico, es
en aquella época toda una expedición. Veintidós días, 16 horas y 30 minutos
duraba, a principios del siglo 20, el viaje desde el interior del Chocó hasta
la septentrional población de Juradó, según los cálculos de los Misioneros
Claretianos, incluidos en su informe quinquenal 1911-1915: «El tiempo que se
invierte para visitar estos poblados desde Istmina, es como sigue: hasta Pie de
Pepé, un día; de aquí a la Boca de Pepé, en el Baudó, dos días; desde este
punto, bajando el río Baudó hasta Pizarro, tres días y medio; de Pizarro a
Pelisá, por el mar, cuatro horas y media; de aquí a Pavasa, día y medio; de
Pavasa a Cuevita, un día; de este punto a Nuquí, día y medio; de Nuquí al
Valle, un día; del Valle a Cupica, seis días; de Cupica a Coredó, cuatro días;
de Coredó a Juradó, cerca del límite de Panamá, un día».
Al Intendente Nicanor Restrepo
Giraldo, como a sus antecesores, le preocupan los problemas que para la gestión le plantean aquellas zonas distantes de su sede de gobierno. Y para empezar a encontrar soluciones, por lo menos en uno de los casos que más vasta extensión de territorio involucra, comisiona al entonces Secretario General de la Intendencia, el abogado quibdoseño Jorge Valencia
Lozano, para que elabore un informe sobre el Pacífico chocoano, que describa la región, valore sus problemáticas e identifique salidas para las mismas. El resultado de dicho trabajo será incluido por el Intendente en su su informe de 1921 al Ministerio de Gobierno, en un acápite titulado “Litoral del Pacífico”, con esta nota de presentación: «Mi Secretario General, doctor Jorge
Valencia Lozano, joven de relevantes prendas de honorabilidad e ilustración,
hizo un estudio de la marcha de la administración pública de dicho territorio y
de sus más apremiantes necesidades, el cual me permito insertar a continuación
por considerarlo de suma importancia».
Promesa reiterada, constante y recurrente de progreso material, desarrollo
económico y futuro mejor para el Chocó y Colombia ha sido el litoral chocoano
del Pacífico a lo largo de la historia. Su Naturaleza pródiga y diversa en
recursos para la vida y la economía, el elogiado abrigo y la ponderada profundidad
connaturales de sus ensenadas y bahías, la holgura y extensión de sus playas,
la puntualidad sempiterna de sus mareas, la abundancia de agua y biodiversidad en sus selvas y en sus ríos, y en la serranía del Baudó, han sido históricamente los
fundamentos de dicha promesa, nunca cumplida, pero cíclicamente renovada.
Jorge Valencia Lozano sería posteriormente Intendente
Nacional del Chocó entre enero y abril de 1923, febrero a mayo de 1924 y
febrero de 1927 a septiembre de 1930. Conozcamos en El Guarengue su perspectiva sobre el litoral Pacífico chocoano, escrita hace 105 años.
Julio César U. H.
Abril 2026.
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Litoral Pacífico (Quibdó, mayo 25 de 1921)
Jorge Valencia Lozano
De acuerdo con la orden impartida al suscrito por el señor Intendente,
concretaré en este documento las razones que militan en pro de una
reorganización de la costa del Pacífico perteneciente a la Intendencia del
Chocó.
La costa chocoana del Pacífico se extiende desde las bocas del San Juan
hasta Juradó o, mejor, un poco más al norte, en la frontera con Panamá, en una
extensión de 620 kilómetros, y es una de las porciones
más ricas y bellas de la Intendencia, así como al mismo tiempo una de las más
abandonadas y desvinculadas del resto del Chocó. Es la costa, desde el San
Juan hasta la frontera con Panamá, baja, de fácil acceso, y brinda seguros y
cómodos refugios o bahías, entre los cuales sobresale la ensenada de Utría; y
solo en reducidas secciones la serranía se acerca a aquella y la vuelve
escarpada. La serranía de Baudó permanece intocada, encierra las mayores
potencialidades para el desarrollo de vastas empresas, y se halla favorecida en
las cumbres por un clima benigno y seco. Diversos ríos, y todos ellos sumamente
fértiles, descienden de sus flancos, unos por la ruta del Oriente, hacia el
profundo y mando Atrato, y otros por la vía del Occidente, pero mucho más cortos
e impetuosos que los primeros, hacia el Pacífico. Entre estos, son dignos de
mención el río Juradó, centro de la llamada «región de Juradó» y muy rico en
productos de gran valor industrial; la quebrada de Limones, que cae a la bahía
de Cupica, es notable por considerársele indispensable para la construcción del
canal interoceánico de Napipí; el río de El Valle, muy rico en taguas, y cuya
cuenca, que penetra bastante en la serranía de Baudó, puede ser asiento de una
considerable actividad industrial; y el río Tribugá.
Entre los ríos que descienden al Atrato, se distinguen, de norte a sur,
el Salaquí, el Truandó, el Napipí, el Bojayá, el Buey y el Munguidó. El Napipí
es conocido en todas partes, por considerársele como el eje de la construcción
del canal interoceánico de este nombre. El Bojayá es quizá el río más fértil de
la región del Atrato, y tiene entre los otros la ventaja de ser poco anegadizas
sus orillas; además brinda, por su posición y por la manera como se interna en
las cuencas de la serranía de Baudó hacia la costa del Pacífico, facilidades
para la comunicación con la costa por ferrocarril, carretera o camino de
herradura.
Mas entre todos los ríos que son hijos de la serranía de Baudó,
sobresale el que lleva el mismo nombre, y el cual nace no lejos de los
manantiales que dan también origen al río Bojayá: se extiende mansamente a lo
largo de la serranía, rodando de norte a sur, en dirección opuesta al Atrato,
al cual corre paralelo, para desembocar al Pacífico, en el pueblo de Pizarro,
por una sola e inmensa boca. Este río, que ofrece un aspecto de salvaje
lozanía, está llamado a convertirse en un emporio de riqueza. Si el Atrato en
su curso inferior es lento, el Baudó permanece casi estacionario, pues además
de que es perezoso desde muy arriba, la marea lo contiene y cuando esta sube lo
hace regresar hacia sus manantiales.
Puede decirse que la marea sube hasta más allá del pueblo de Pepé,
población mezquina, empapada en la más profunda melancolía, por el silencio que
hoy la rodea. El caudal del Baudó se desliza por una comarca de mediana
amplitud; pero en Pizarro, frente al mar, la anchura es tal que las riberas
tienden a verse azules. La riqueza de sus bosques, la fertilidad de sus orillas
—quizás las más fértiles de los innumerables ríos de esta región— hacen de este
río uno de nuestros tesoros más preciados.
Por diversas razones de orden sociológico y topográfico, la costa del
Pacífico ha permanecido al margen de las diversas actividades del Chocó, y ha
sido honda su desvinculación con el resto de la Intendencia. En el oficio
número 189 dirigido por el suscrito al señor Secretario General de la
Presidencia de la República, figuran algunas consideraciones sobre la población
y el aislamiento de dicha costa, oficio que no reproduzco hoy por alargar este
memorándum.
El inmenso y rico pedazo de tierra encerrado entre el Pacífico y el
Atrato, la frontera con Panamá (hoy claramente definida conforme a la ley de
1855 por la aprobación del Tratado del 6 de abril de 1914 con los Estados
Unidos) y el río San Juan, en el trayecto que va de este a oeste, no residen
sino 9.582 habitantes. Tan enorme desproporción entre el territorio y la
población ha sido la causa que explica el lamentable estado de esa región, una
de las llamadas a desempeñar papel importante en el progreso del Chocó y de la
misma Nación.
Permanece aislada aquella costa del resto de la Intendencia por la
interposición de la serranía de Baudó, la cual presenta varios istmos o pasos
en el tránsito del Atrato hasta la costa, en la sección que recorre el río
Baudó, lo cual hace difíciles y costosos los viajes. En la parte en que la
cordillera no se haya atravesada por el río Baudó, es también penoso el viaje,
porque los ríos son largos, secos en las partes altas, y sobre todo verdaderos
desiertos montuosos en donde se carece de todos los recursos para la
existencia.
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Jorge Valencia Lozano. Archivo fotográfico y fílmico del Chocó |
A agravar la situación lastimosa que han confrontado los aborígenes de
la costa concurre la circunstancia de carecer de centros de aprovisionamiento
para sus necesidades y las de su comercio e industrias, por lo cual se ven
precisados a acudir a Panamá en busca de salida para su trabajo y el
abastecimiento que demanda la vida, a pesar de la repugnancia con que apelan a
esa vía. Ir de Juradó a Buenaventura a vender productos naturales por valores
necesariamente reducidos, para volver al hogar con mercancías y útiles de
precio escaso, es imposible, por cuanto la lejanía de los extremos de la costa
se traduce en alza del valor del viaje y del tiempo que en él se invierte, con
la circunstancia especialísima —que el pobre campesino no puede vencer— de que
en la mayor parte del tiempo reinan en la costa vientos sures que favorecerán
la ruta hacia Panamá, situada al norte, y en cambio se oponen al viaje hacia
Buenaventura, situada al sur de toda la costa, y el único puerto nacional
colombiano en donde las gentes del Pacífico chocoano podrían negociar, es
decir, vender los productos de su industria y adquirir los artículos necesarios
para su consumo. A ello se agrega que no es el mercado de Buenaventura propicio
para las transacciones del Chocó, por lo cual los viajes serían, cuando menos,
improductivos para los costeños. Por todas estas razones se ven siempre
impelidos a negociar en Panamá, con la cual se ha establecido y robustecido el
único comercio de nuestra costa del Pacífico.
[…]
Y la escasez del personal de la costa se traduce en falta de elementos
capaces para el desempeño de las funciones públicas: ello es la otra de las
causas de las cuales proviene el mal estado de aquella región. Nuquí figura
como uno de los centros mejores de la costa, y es penoso manifestar que el
Jurado Electoral, por ejemplo, no pudo funcionar en las elecciones que acaban
de pasar, no obstante el vivo interés que tomó en ello la Intendencia, por la
razón sencilla, así lo manifiestas las notas de la Prefectura y de la Alcaldía,
de no haber allí personas competentes para integrar aquella importante
corporación. El Concejo Municipal no tiene existencia allí, por la misma razón,
y ese es un Municipio sin Personero, y sin Juez y sin Tesorero.
Comparten con Nuquí la supremacía —valga la expresión— de la costa,
Pizarro, asiento del Municipio de Baudó, situado en el extremo sur de la región
y en el curso inferior del río de su nombre; El Valle, situado hacia la mitad
de la costa, y por consiguiente en posición favorable para el desarrollo de la
actividad gubernamental; y Juradó, opuesta a Pizarro, es decir, en el extremo
norte de la ribera del mar.
Interesa, pues, con el fin de obviar todo este cúmulo de adversas circunstancias,
buscar una fórmula eficaz para atender a las necesidades más urgentes de la
región, en la cual, como se ve proclamado por las diversas y constantes
comunicaciones de las pocas autoridades que allí funcionan, no tienen
existencia real y jurídica los Municipios, a cuyo encargo ha dejado la ley el
mejoramiento local de las regiones del país. Un Prefecto situado en una costa
inmensa y desierta, la cual es difícil recorrer con frecuencia, sin municipios
efectivos que vigilar, con alcaldes que, por tanto, carecen de medios
materiales para hacer progresar los pueblos y mejorar sus condiciones, es un
simple funcionario de la región, o un mero rodaje burocrático que demanda
gastos, los cuales, aplicados discretamente por medio de simples alcaldes e
inspectores de policía, al mejoramiento de la costa, darían otros resultados,
resultados visibles, siquiera sean modestos, en la obra imperiosa de atender,
en cuanto sea posible, a la mejor vida de aquellos compatriotas necesitados,
por lo menos, de caminos que faciliten su comunicación con las orillas del
Atrato, a través del río Baudó y la serranía de este nombre.
Esa fórmula sería la creación de un municipio que englobase los actuales
de Nuquí y Juradó, pues el de Baudó, con un poco de interés por parte de las
autoridades provinciales del San Juan y de la Intendencia, puede seguir
desarrollando solo sus actividades. Ese municipio deberá ser dotado con un jefe
competente, versado en el manejo de los asuntos públicos, de carácter, celoso
cumplidor de su deber, y sería secundado por inspectores de policía en los
caseríos de Juradó, Cupica y El Valle, a los que deberán también asignarse
sueldos suficientes a fin de que las buenas dotaciones permitan la selección
del personal. Estas autoridades deben estar ayudadas por algunos agentes de la
Policía Intendencial, sobre todo en Juradó.
Y como las rentas que pertenecen a los municipios se pierden allí, por
cuanto no se cobran, puesto que no funcionan las entidades encargadas de
dirigir su inversión y hacerlas efectivas, y de ello se deriva que la costa no
contribuye en nada para atender a las necesidades públicas de la misma, en
cuanto esas rentas aparecen como cedidas a los municipios por la Intendencia o
autorizadas por ella, sería preciso darles carácter de intendenciales y
encomendar su cobro e inversión a una Junta que resida en la capital de la
nueva entidad. Junta que sería compuesta por el Alcalde, el Personero Municipal,
el Presidente del Concejo y dos vecinos, nombrados uno por la Intendencia y
otro por el Concejo Municipal, y a falta de este por la misma Intendencia. El
producto de las rentas así recaudadas se destinará íntegramente a mejorar los
sueldos de todos los empleados y a realizar las obras públicas más urgentes.
Y para allegar fondos que contribuyan a sostener el servicio público y
el fomento que esta costa requiere, la Intendencia haría bien al solicitar que
se le concediera el usufructo de los bosques de taguas, no explotados por particulares,
y de las coqueras que se encuentren en el mismo caso, por cuanto el producto de
esa explotación daría, es al menos lo probable, elementos para atender a las
más urgentes necesidades de la región. Mas fuera lo mejor que se otorgase no el
usufructo sobre las coqueras y los bosques de taguas en general, sino la
propiedad sobre algunos de dichos bosques, pues en este caso sería más segura y
eficiente la organización que la Intendencia diera a esta renta, por cuanto
contaría con el dominio sobre ellas, factor económico de valor incalculable en
la producción de riquezas.
Tal es a grandes rasgos la situación de la costa chocoana del Pacífico,
y tales son las disposiciones que una constante meditación señalan como las
únicas que, hoy por hoy, dadas las circunstancias sui géneris de aquella
ribera, son aplicables con provecho al mejoramiento de la misma. Los adagios,
que encierran un fondo enorme de sabiduría, tienen esta frase: “a grandes
males, grandes remedios”, y, aunque la organización que la Intendencia tiene en
proyecto para la costa se aparta algo de la costumbre general del país, ello
mismo está indicando que solo con medidas de esta índole podrá lograrse una
modesta pero continua y sólida marcha administrativa en aquellas regiones. Esta
reorganización no está llamada a hacer progresar visiblemente la costa del
Pacífico, porque tal anhelo está vinculado en muy hondas necesidades, que
requieren un mayor esfuerzo para operar la transformación del desierto en
emporio; su progreso requiere la inversión de grandes capitales para obras
públicas, de carácter vasto, como colonias, ciudades, caminos, y ellas no
corresponden sino a la Nación. Finalmente, es fenómenos sociológico el que debe
operarse en la costa del Pacífico para realizar su engrandecimiento: el
fenómeno de la población, es decir, el consistente en poblar aquella orilla. Lo
que compete por el momento a la Intendencia es regularizar lo más que pueda la
vida pública en aquellas regiones, para que sea efectiva la obligación que
tiene el Estado de ofrecer seguridad a los hombres, al trabajo y a las
industrias. En cambio, sus ideales respecto de la costa son amplísimos, y el
compendio de ellos sería la realización de todo cuanto contribuya a hacer de
ella una de las más ricas y prósperas secciones de Colombia.
El Secretario General, Jorge
Valencia Lozano.
Quibdó, mayo 25 de 1921.