23/03/2026

 «Tranquilidad viene de tranca» 
La expulsión de Diego Luis Córdoba 
de la Universidad de Antioquia en 1928 
*Nacidos en 1907, con pocos días de diferencia, Diego Luis Córdoba, Adán Arriaga Andrade y Manuel Mosquera Garcés forman parte de la llamada Generación Chocoanista o Generación del Carrasquilla (en alusión al colegio de Quibdó donde estudiaron). FOTOS: 1-Foto Obando, 1933. Tomada de Retorno al olvido, de María Eugenia García Córdoba. 2-Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó (~1940). 3-Colegio Mayor de San Bartolomé (~1926).

Vidas paralelas

Durante la mayor parte de su existencia, en su ejercicio político y en su vida pública, los abogados, parlamentarios y políticos chocoanos Diego Luis Córdoba y Adán Arriaga Andrade vivieron vidas paralelas, que comenzaron con su propio nacimiento, en el mismo año y con una diferencia de un mes largo. El año, 1907: Diego Luis el 21 de julio y Arriaga Andrade el 24 de agosto. Natalicio que también compartían con otro de sus coetáneos y contemporáneos: Manuel Mosquera Garcés, quien nació el 22 de junio de 1907, y cuyo paralelismo vital con los liberales Arriaga y Córdoba se rompió cuando abrazó las ideas conservadoras y la militancia en dicho partido; aunque en la amistad y en asuntos de interés común para el Chocó mantuviera afectos e ideales compartidos tanto con Arriaga como con Córdoba. «Es una lástima, Manuel, que tú, siendo negro, seas conservador; un liberal, José Hilario López, libertó a nuestros antepasados», dicen que le dijo un día en Quibdó Diego Luis a Manuel. «Entre tú y yo hay una gran diferencia: es que tú eres un manumiso de José Hilario López y yo soy un redimido de San Pedro Claver», fue la respuesta de Mosquera.[1] 

En Quibdó y en Medellín

El paralelismo de las vidas de Adán Arriaga Andrade y Diego Luis Córdoba continúa durante su época de estudiantes. En una lista del curso Cuarto del Colegio Carrasquilla de Quibdó, de 1923, ambos figuran como condiscípulos y comparten salón con Manuel Mosquera Garcés.[2] Posteriormente, ambos completarán su bachillerato en el Colegio San José, de Medellín; e ingresarán a formarse como abogados en la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia; donde comparten aulas, ideas y sueños con estudiantes antioqueños que, como ellos, brillarán en los ámbitos políticos, jurídicos e institucionales de sus respectivas regiones y del país. Y juntos estarán en aquellos claustros universitarios cuando, a raíz de la huelga de estudiantes en protesta por la cerrazón ideológica de la universidad y la cuestionable calidad de algunos profesores, Diego Luis Córdoba sea eufemísticamente expulsado de la Universidad, y Adán Arriaga Andrade reivindique y resalte su calidad y su valía como estudiante, desde las páginas de la revista Estudios de Derecho, que empezará a dirigir tiempo después de la huelga.

La huelga universitaria de 1928

El Maestro Gerardo Molina, uno de los intelectuales más lúcidos en el campo de la construcción de las ideas liberales en Colombia, y quien —desde su encuentro con él en la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia construyó una sólida amistad con Diego Luis Córdoba; lo recordó de la siguiente manera hace 40 años en su prólogo al libro que sobre Córdoba publicara el escritor chocoano César E. Rivas Lara: «Una de las mejores etapas de mi vida estuvo marcada por mi amistad con Diego Luis Córdoba. Nos conocimos en Medellín, al comienzo de 1927, cuando iniciamos estudios de Derecho en la Universidad de Antioquia. Era la época en que cada cual trataba de completar el descubrimiento del mundo y de buscar la manera de realizarse. Pronto hallé en el condiscípulo lo que buscaba. Él era inquieto mentalmente hablando, es decir, inconforme. Por eso no tardamos en encontrarnos en posiciones de rechazo a la Universidad imperante. La veíamos autoritaria, cerrada a la crítica, o sea, conventual. Diego Luis era incisivo y penetrante, y por eso me hizo ver cosas que yo no sospechaba en la enseñanza que recibíamos».[3]

Mario Aramburo Restrepo y Gerardo Molina Ramírez, compañeros de Diego Luis Córdoba en la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia; y Miguel Moreno Jaramillo, el decano que los expulsó por su participación en la huelga de estudiantes de 1928. FOTOS: El Colombiano, Universidad Nacional de Colombia, Colegio de Abogados de Medellín.
Sometimiento o “emigración”

Y a renglón seguido rememoró el desarrollo de la huelga universitaria de la cual él mismo y Diego Luis Córdoba serían artífices y promotores, junto a compañeros de carrera que, al igual que ellos, serían expulsados de la Universidad de Antioquia y viajarían a Bogotá para culminar sus estudios y graduarse como abogados en la Universidad Nacional de Colombia. Escribió el Maestro Gerardo Molina en el mencionado prólogo al libro del profesor Rivas Lara: «Luego vino la prueba de fuego: en los salones de clase cundió la protesta por los malos profesores, y pronto vimos que no quedaba otro recurso que cerrar los libros y cruzarnos de brazos. Fue la famosa huelga universitaria de 1928. Diego Luis fue uno de los adalides. Queríamos una cátedra que le diera entrada a todo género de conocimientos, donde hubiera controversia; donde no estuviera prohibido pensar. Pero no tardamos en estrellarnos contra el muro: las directivas del plantel rechazaron nuestras peticiones a nombre del orden, y se proclamó el principio de autoridad; fue entonces cuando se nos dijo que “tranquilidad viene de tranca”. Se nos puso ante la alternativa: o nos sometíamos sin condiciones, o emigrábamos. Nuestro camino quedaba trazado: Diego Luis Córdoba, Mario Aramburo, Julián Uribe Cadavid, Emilio Robledo Uribe, Francisco Barrera, el que esto escribe y otros buscamos el alero protector de la Universidad Nacional de Bogotá».[4]

No al vino viejo en odres nuevos

«La inauguración de locales, el remozamiento de fachadas, la mejora de los laboratorios, el incremento de las bibliotecas (cosas que no por secundarias son menos plausibles) de nada servirán si el espíritu de la Universidad caduca permanece inmutable. No queremos que se nos sirva “el viejo vino en odres nuevos”; es preferible que la negruzca y fea y agrietada vasija de otros tiempos rebose del licor vivificante y generoso de los nuevos idearios», escribió al respecto Adán Arriaga Andrade, en su primer texto de las Notas Editoriales de la revista Estudios de Derecho, como nuevo director de la publicación a partir de ese número, editado con posterioridad a los sucesos de la huelga.[5] Su comentario, socarronamente, aludía a la inauguración de la nueva sede de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Antioquia, un año antes, el 29 de junio de 1927; en cuya ceremonia el propio Arriaga Andrade había pronunciado un discurso formal en nombre de los estudiantes, a petición de los directivos de la Facultad.

Los emigrantes

Y en la sección de la revista denominada con la palabra latina VARIA (Varios), Arriaga Andrade registró la salida de sus compañeros de estudios expulsados de la Universidad, usando con sarcasmo el epíteto de emigrantes para referirse a ellos, en alusión al eufemismo del decano Miguel Moreno Jaramillo y demás directivos universitarios cuando, invocando el principio de autoridad, les exigieron elegir entre dos posibilidades: aceptar la situación que allí se vivía sin ninguna condición ni crítica, o “emigrar”, es decir, abandonar la universidad; pues, como se los manifestaron: “tranquilidad viene de tranca” y con la tranca ideológica buscaban cerrarle el paso a quienes, como Diego Luis Córdoba, Gerardo Molina y Mario Aramburo, habían perturbado el orden con su impulso a la huelga… «Para Bogotá, a continuar sus estudios de Derecho, siguieron nuestros condiscípulos Ramón O. Arcila, Luis Guillermo Insignares, Francisco Barrera, Mario Aramburo, Diego Luis Córdoba, Jesús María Arias, Julián Uribe y Francisco Monsalve, miembros los cinco últimos del Centro Jurídico. Lamentamos profundamente que los recientes acontecimientos universitarios hubieran obligado a los distinguidos amigos a emigrar, en busca de un ambiente menos asfixiante y de mayor tolerancia, y les auguramos (a ellos, cuyas luces, talento y consagración honraban a la Escuela) éxitos copiosos en la altiplanicie muisca».[6]

Los suavecitos

Las notas de Arriaga Andrade en la sección VARIA de la revista Estudios de Derecho se refirieron también a la necesidad de renovar los cargos directivos que en el Centro Jurídico ocupaban los estudiantes expulsados, entre ellos la presidencia, que estaba a cargo de Diego Luis Córdoba. Igualmente, Arriaga dedica un texto a explicar específicamente el problema que han venido viviendo con la cátedra de Criminología, y critica frontalmente el favorecimiento de las directivas de la Escuela de Derecho a estudiantes contrarios a la huelga: «a los dos o tres suavecitos se les ha premiado su adhesión a la causa del Principio de Autoridad con una concesión desmesurada»,[7] que no era otra que facilitarles a tal punto su preparación para el examen de esta materia, que resultaba imposible que llegaren a reprobarlo.

Juntos por el Chocó

Diego Luis Córdoba, uno de los más fogosos, inteligentes y fructíferos parlamentarios que ha pasado por el Congreso de Colombia; “padre del departamento del Chocó y faro de la raza”, como se le proclama en el descuidado y deteriorado monumento a su memoria en el Parque Centenario de Quibdó; fue, pues, expulsado de la Universidad de Antioquia en 1928 a causa de sus ideas, con base en las cuales rápidamente alcanzaría reconocimiento nacional como genuino liberal más allá del partido—, por sus ideas progresistas, su apoyo a la causa obrera y estudiantil, su envidiable erudición y la brillantez de su cátedra universitaria. Adán Arriaga Andrade, su homólogo vital y durante mucho tiempo su aliado político, quien lo enalteció y lo defendió ante la universidad que había prescindido de él como estudiante, sería también juicioso parlamentario, acertado gobernante, magistrado probo e histórico ministro del Trabajo, desde el cual se convertiría en padre del Derecho Laboral en Colombia. Juntos, Córdoba y Arriaga, abrirían caminos de justicia social y garantía de derechos para sectores marginales de todo el país y con especial devoción para su gente del Chocó... No siempre los institutores aciertan en sus decisiones, no siempre las instituciones eligen a los mejores.



[1] Entrevista de Pietro Pisano a Libardo Arriaga Copete, 27 de agosto de 2008. En: Pisano, Pietro. Liderazgo político “negro” en Colombia 1943-1964. Bogotá, Universidad Nacional de Colombia. Facultad de Ciencias Humanas. Departamento de Historia. 2012. 260 pp. (Biblioteca Abierta. Historia). ISBN: 978-958761-157-1. Pág. 121.

[2] Ramón Mosquera Rivas. Recuerdos de un hijo de mineros. Medellín-Colombia, 1985. Editorial Difusión. 229 pp. Pág. 32.

[3] Gerardo Molina. Prólogo a Perfiles de Diego Luis Córdoba, de César E. Rivas Lara. 1ª Edición, 1986. 466 pp. Pág. 13.

[4] Ibidem. Pág. 14.

[5] Estudios de Derecho. Revista mensual del Centro Jurídico. Facultad de Derecho, Universidad de Antioquia. Vol. 14 N° 147. Medellín, junio de 1928. Pág. 917.

[6] Ibidem. Pág. 946.

[7] Ibidem. Pp. 946-947.

16/03/2026

 Arcenio Chamapuro,
 el comunicador innato de los indígenas del Chocó  

*Arcenio Chamapuro González (1957-2026). FOTOS: cortesía.

Por las mañanas, cuando se despertaba, Arcenio Chamapuro cantaba vallenatos a todo pulmón. También al mediodía, después de almuerzo. Y por las noches, ni se diga. La grabadora grande siempre lista y los casetes de Diomedes Díaz, cuyas letras y tonadas se sabía en su totalidad y cuya ubicación en las cintas conocía de memoria, lo acompañaban en casi todos los momentos del día. Su voz, que no sonaba del todo desafinada y que en algunas canciones hasta llegaba a ser medida y acompasada, se oía por toda la casa y llegaba hasta la calle. La sede del Centro de Pastoral Indigenista, CPI, era aquella casa, donde Arcenio vivía como parte de su equipo de trabajo; en la calle 20, en el barrio La Yesquita, de Quibdó, una casa que lindaba por detrás con la sede de la OREWA y donde años más tarde nacería y se inauguraría la Universidad Claretiana. Una de sus compañeras de equipo de aquella época lo recuerda de la siguiente manera: “Cantor mañanero, libre, alegre y saltarín, como los ríos del Chocó. Así recuerdo a mi compañero Wounaan del equipo del CPI, con el que tuve la fortuna de compartir una misma casa y un trabajo por las diferentes comunidades del Chocó… Nunca lo vi de mal humor. Tranquilo, transparente, seguro de sí mismo..., con el único propósito de trabajar por el bienestar y la dignidad de la comunidad Wounaan. Gracias, Arcenio Chamapuro, por llegar o cruzarse en mi camino.[1]

Finalizaban los años 80. Los 90 apremiaban. Nacida en 1979, la histórica OREWA (Organización Regional Embera Wounaan) había conseguido en menos de una década la proeza de legalizar como resguardos casi la mitad de los territorios tradicionales indígenas del Chocó. Se aprestaba, en asocio con las también históricas ACIA (Asociación Campesina Integral del Atrato) y ACADESAN (Asociación Campesina del San Juan) y con el apoyo irrestricto de la Diócesis de Quibdó y su Centro de Pastoral Indigenista, CPI, a armar un histórico alboroto en torno a los 500 años de colonización de América, con dos vertientes principales: un trabajo interétnico en apoyo a la defensa de los derechos territoriales y culturales de las comunidades negras, que desembocaría en un  artículo transitorio de la nueva Constitución Política de Colombia, que ordenaba la expedición de una norma en ese sentido, que sería la Ley 70 de 1993 o Ley de comunidades negras; y una campaña sistemática de información sobre el alcance de lo ocurrido cinco siglos atrás, en un intento de desmontar el infundio de llamar descubrimiento a una invasión, a un genocidio, al exterminio cultural, a la esclavización y al saqueo, productos de la insaciable codicia europea por los metales preciosos de estas tierras… "Que nuestro silencio se convierta en un solo grito: Unidad, Tierra, Cultura y Autonomía", era la consigna claro y sonora de los indígenas del Chocó.

Arcenio Chamapuro había llegado a Quibdó, a la sede de la OREWA, delegado por las comunidades del Bajo San Juan para que se sumara como su representante a los programas que la organización lideraba en beneficio de la gente indígena del Chocó. Fue por eso por lo que se integró a los procesos educativos de la Escuela de Formación de Líderes Indígenas del Chocó; tal como lo recuerda Alberto Áchito Lubiaza, uno de los fundadores y líderes históricos de esta emblemática organización étnica, que fue pionera y precursora de la defensa de los derechos de quienes hasta que la OREWA surgió no eran más que cholos. “…Él estuvo acá, contribuyendo en toda la andanza del proceso organizativo. Era muy allegado a todos nosotros y lo teníamos como un amigo y como un hermano y un compañero. Participó en las capacitaciones que se hacían en los diferentes programas de la OREWA, como Educación, Salud, Producción, hasta que llegó el momento en que él asumiera el trabajo de comunicación; y así se fue formando en la parte de comunicación…”.[2]

Dionicio Cabrera, Mariela Lana, Harold Ismare, Dalila Peña y Arcenio Chamapuro fueron algunos de los jóvenes que conformaron un grupo inicial de comunicadores indígenas que la OREWA y el CPI nos encargaron para que les brindáramos herramientas conceptuales y prácticas que los habilitaran para la tarea fundamental de comunicarle a su propia gente lo que su organización decía y hacía; y generar contenidos que contribuyeran a posicionar, en los ámbitos institucionales y sociales del Chocó, la validez y justicia de su proceso organizativo y de reivindicación de derechos. Desde el recientemente creado Departamento de Comunicación Social de la Diócesis de Quibdó, y con el apoyo adicional de Olga Edith Quiroga Parra, Comunicadora Social contratada por la propia OREWA, le pusimos manos a la obra. “Se vio que necesitábamos tener unos jóvenes formados en comunicación. En esa época, nosotros teníamos un programa radial en Ecos del Atrato, que se transmitía los días sábados… Contratamos un profesional en Comunicación y Arcenio entró a hacer parte de un equipo de jóvenes, con dos jóvenes más, para hacer la divulgación de todos los problemas de las comunidades y la situación de derechos humanos que se estaban viviendo…”.[3]

El Centro de Pastoral Indigenista, CPI, había sido fundado por los Misioneros Claretianos como un escenario institucional de renovación y adaptación, a los nuevos tiempos y a las nuevas formas de pastoral y evangelización, del trabajo que desde 1909 ellos mismos habían adelantado con los indígenas del Chocó; un trabajo que había incluido la creación de internados cuya misión era lograr que los indígenas dejaran de ser lo que eran para convertirse en lo que misioneros y Estado mandaban que fueran. Tenía, pues, todo el sentido que Arcenio Chamapuro estuviera ahí y que, ad portas de la memoria dolorosa y triste de los 500 años, formara parte de aquel equipo.

Arcenio Chamapuro era hijo del pueblo Wounaan, un pueblo que, como le gustaba contarlo a él en sus relatos de aprendiz de tradiciones, había nacido en una playa del Baudó en donde las mares del Pacífico infinito acogían los raudales de aquellos ríos torrentosos que en caída libre bajaban de la misteriosa serranía y hermanaban su salitre con la dulzura prehistórica de aquellas aguas, de aquella selva, de aquellos montes. Allí, en aquel interfluvio histórico, los Wounaan habían llegado a la vida para formar comunidad con Ewandam, de cuya disputa con las fuerzas del mal habían nacido las palmas de chontaduro y de wérregue, y las aguas del mar habían sido saladas para siempre. 

Ante la noticia de su fallecimiento, Francisco Palacios, de Radio Nacional de Colombia, en Quibdó, lo recordó de la siguiente manera: “Nos duele, me congoja en lo personal, porque lo conocí, porque alcancé y sé que también me llegó a considerar como un amigo; porque pudimos hablar de muchas situaciones y sobre todo porque era un hombre muy preocupado por el tema social, no solamente de las poblaciones pertenecientes al pueblo Wounaan, sino también del departamento del Chocó en general… Un hombre con una visión de unidad, un hombre que entendía que no éramos indígenas, negros y mestizos, sino que somos un pueblo y que como pueblo deberíamos respetarnos, entendernos; y parte de eso fueron sus ejercicios en sus últimos años de dar a conocer a través de redes sociales o a través de videos institucionales, todo lo que tiene que ver con la cosmovisión del pueblo Wounaan; sobre todo, su historia, que ha sido muy invisibilizada en nuestro territorio…”.[4]

Notas públicas de condolencia por la muerte de Arcenio Chamapuro.

En ese mismo sentido, en un comunicado público a propósito de la muerte de Arcenio Chamapuro (1957-2026), la organización regional de autoridades Wounaan, Woundeko, expresó: “Líder del pueblo Wounaan y de la comunidad Unión Balsalito, del municipio de Litoral del San Juan, falleció el 9 de marzo del año 2026. Su partida deja un profundo dolor y un gran vacío en todos los pueblos Wounaan. Arcenio fue un líder luchador, comprometido con la defensa de los derechos y bienestar de nuestro pueblo, dedicando su vida a preservar la cultura y el territorio del pueblo Wounaan. Su trabajo, dedicación y legado permanecerán siempre en la memoria y en el corazón de nuestras comunidades. Como pueblo Wounaan nos unimos en solidaridad y acompañamiento a todos sus familiares, amigos y a la comunidad que hoy siente esta gran pérdida. Su lucha y su ejemplo seguirán guiando el camino de nuestro pueblo Wounaan”.[5] Por su parte, la Organización Nacional de la Nación Wounaan de Colombia, Durrabdurr, expresó, en una nota pública de condolencia fechada el 9 de marzo de 2026: “Arcenio Chamapuro González fue un líder comprometido con su pueblo. Aportó ideas y trabajo en la construcción y creación de la asociación Camawa, de la Nación Wounaan, y también fue comunicador de la organización regional Woundeko. Su palabra y su pensamiento hicieron parte del camino de organización y defensa de los derechos del pueblo Wounaan”.

Hasta el final de su vida, además de desempeñarse como comunicador de los procesos de su pueblo e incluso en la radio comercial y en la oficina de prensa oficial de la Alcaldía Municipal del Litoral del San Juan, Arsenio cantó vallenatos; y aunque no se convirtió en cantante de oficio, como llegamos a pensar que lo haría a principios de la década de 1990, sí se convirtió en promotor y mánager de conjuntos vallenatos conformados por indígenas. “Además de ser líder comunicacional, además de ser gestor cultural, además de ser promotor musical, Arcenio también sirvió como gestor de puentes institucionales, y de esa manera también permitió ayudar a visibilizar de mejor forma al pueblo Wounaan”, recuerda Francisco Palacios, quien también rememora el papel de Arcenio como enlace de su gente con los medios: “Cuando ingreso a Radio Nacional de Colombia, para el año 2018, principios de 2019; Arcenio, además de realizar sus procesos habituales de comunicación sobre lo que ocurría en su territorio, lo que podríamos llamar el periodismo del día a día, empezó un proceso de visibilizar las condiciones culturales y sobre todo las bondades culturales propias del pueblo Wounaan, en municipios como El Litoral del San Juan y municipios del Baudó, en el departamento del Chocó. En ese proceso, Arcenio fungió como promotor e incluso mánager de algunas agrupaciones vallenatas, como Los Hijos del Vallenato y Los Patrones del Vallenato. Gracias a ese puente de Arcenio con la Radio Nacional, a nivel regional y también en el orden institucional nacional, pudimos dar a conocer algunas de las canciones y de los éxitos de estas dos agrupaciones, pero al mismo tiempo acercarnos a comunidades del pueblo Wounaan, a través de la Asociación Woundeko”.[6]

Arcenio Chamapuro era un Wounaan de origen y raíz, que desde joven se empeñó a profundidad en la difusión de los procesos organizativos y las luchas de los pueblos indígenas del Chocó y de otras regiones a las que apoyó con su trabajo. Era un comunicador innato, con gran capacidad de expresar fluidamente en su lengua materna, al igual que en español como segunda lengua, explicaciones claras sobre complejos procesos ambientales, históricos y culturales de su gente; sin rebusques innecesarios y yendo al quid de cada asunto, pues, desde sus comienzos en el aprendizaje y ejercicio de la comunicación, había entendido que las piezas informativas, como relatos periodísticos que son, pierden más de lo que ganan cuando a sus autores se les va la mano en florituras y perendengues que los acercan a la vacuidad de la retórica y los alejan de la elocuencia de la narrativa.


[1] Alcira Larrota, compañera de trabajo de Arcenio Chamapuro en el Centro de Pastoral Indígena, CPI, de Quibdó. Testimonio vía WhatsApp, 10 de marzo de 2026.

[2] Alberto Áchito Lubiaza, fundador y dirigente de la OREWA. Testimonio vía WhatsApp, 10 de marzo de 2026.

[3] Ibidem.

[4] Francisco Palacios, Radio Nacional de Colombia - Quibdó. Testimonio vía WhatsApp, 10 de marzo de 2026.

[5] Woundeko, Organización del Pueblo Wounaan de Colombia. 10 de marzo de 2026.

[6] Francisco Palacios, Radio Nacional de Colombia - Quibdó. Testimonio vía WhatsApp, 10 de marzo de 2026.

N.B. Se optó por escribir Arcenio, en vez de Arsenio, debido a que esa fue la grafía utilizada en todos los textos escritos que fue posible consultar.

09/03/2026

 “Free Angela Davis” 

Cada vez que os digan que el feminismo ya no es necesario o que hemos ido demasiado lejos, recordad a Angela Davis diciendo que “el feminismo es la idea radical que sostiene que las mujeres somos personas”. Irene Montero, El País, 7 de marzo 2026.[1]

FOTOS: National Museum of American History.

Aquella calcomanía perfectamente impresa en blanco y negro era de un tamaño quizá un poco más grande que el de una postal: 10 cm por 15 cm, se me ocurre ahora; pero, en todo caso, como mandada a hacer para pegarla en el espacio interior de la portada del fólder o pasta argollada de tamaño media carta, donde se acomodaban —unos con hojas rayadas, otros con hojas cuadriculadas— los cuadernos de once de las catorce materias que nos tocaba cursar aquel año: Educación Religiosa y Moral, Filosofía e Historia de la Educación, Comportamiento y Salud, Español, Inglés, Química, Física, Análisis Matemático, Historia del Arte y Artes Plásticas, Antropología, y Psicología Educativa… Ya que Prácticas Docentes tenía su cuaderno aparte, un cuaderno argollado y grande, de los llamados catedráticos o académicos, que era el famoso Preparador de Clases, el cual nos revisaban, corregían, calificaban y firmaban semanalmente los maestros consejeros de la Anexa a la Normal y otras escuelas, como la de Cabí o la de Medrano, en donde hacíamos dichas prácticas; Educación Física no necesitaba cuaderno; y para Taller de Ayudas Educativas usábamos todos un cuaderno de dibujo, en el cual realizábamos los ejercicios sobre perspectiva, línea del horizonte, punto de fuga y otra serie de conceptos que, para nuestro propio infortunio creativo, no supimos aprovechar en ese momento, con todo y la sabiduría del profesor Jorge I. Moreno, un artista académicamente formado, que hizo todo lo que estuvo a su alcance para que entendiéramos la importancia práctica que para los maestros tenían aquellos conceptos y el valor de la historia del arte, materia que también él nos enseñaba.

Empezábamos Sexto, que era nuestro último año o curso en la Normal Superior de Quibdó, donde nos graduaríamos un 2 de diciembre de 1977 con el título de Maestros Bachilleres; cuando decidí pegar en el fólder aquella calcomanía, luego de tres años de mirarla y mirarla todos los días, y de leer y releer la revista que la había traído inserta; una revista enviada desde Radio Habana Cuba, emisora adonde yo había escrito atendiendo una invitación recurrente de sus promociones matutinas y nocturnas, en la que se pregonaba que a quien quisiera saber más de “mujeres de la revolución” le bastaba escribir diciéndolo, y a vuelta de correo recibiría una revista sobre el tema; como en efecto ocurrió casi dos meses después de haber enviado mi carta desde la oficina del correo aéreo de Quibdó.

Aquella calcomanía, una especie de bonus de la publicación cubana, era perfecta en su impresión mate y en la alta definición de la fotografía; brillante en cuanto a la contundencia de su mensaje; inspiradora por la inagotable profundidad de la mirada y el semblante de aquella mujer de cuya joven y fructuosa vida informaba un conciso artículo de la revista, que también traía poemas de Dulce María Loynaz y una semblanza de la famosa Yeyé, Haydée Santamaría. Supe entonces los detalles de aquel acontecimiento de 1972, cuando aquella mujer afroamericana, intelectual, profesora universitaria, de menos de treinta años, había hecho temblar los cimientos del poder estatal de un país lejano que posaba de gran democracia, pero que no solamente perseguía a sus ciudadanos negros, sino que además —imperialista y violador de todo tipo de derechos— había instalado dictaduras criminales (valga la redundancia) como la chilena y un elenco de tiranos de bolsillo en toda Centroamérica y Suramérica.

Pin Free Angela Davis (ETSY), Haydée Santamaría (Adelante.cu), Dulce María Loynaz (Ciespal)

Angela Davis aparecía retratada con aquel peinado majestuoso que por aquellos años conocíamos en Quibdó como Afro; un peinado que los periodistas deportivos y de farándula llamaban African Look y que gente negra famosa, como el futbolista caleño Diego Edison Umaña y la cantante bugueña Amparito (Amparo Escobar), habían popularizado y posicionado en Colombia; y que en Quibdó engalanaría las cabezas de los muchachos y las muchachas durante un buen tiempo, con la misma profusión con la que después se extendería el uso de las cremas de aliser en las mujeres y de las calvas, rasuradas o al rape, en los hombres.

Sobre su afro perfecto estaba impresa la consigna que exigía su liberación: Free Angela Davis, pues había sido cínicamente entrampada por las autoridades gringas para vincularla a un delito y así encarcelarla, como lo hicieron entre 1972 y 1973; luego de vilipendiarla de todas las maneras posibles por su militancia en el Partido Comunista y por sus discursos públicos y académicos, innovadores y revolucionarios, en escenarios políticos y académicos como el de la UCLA, donde era profesora y había sido también alumna de filosofía de Marcuse, quien en reemplazo de Adorno había dirigo su tesis de grado

Esa imagen y ese texto conformarían una pieza antológica, del mismo alcance que la icónica imagen del Che Guevara fotografiado por Alberto Korda o la de Marx retratado por John Mayall, en Londres, en 1875; con la diferencia de que la de Angela Davis fue una de las primeras piezas de activismo antirracial y propaganda en defensa de los derechos humanos, que se reproduciría también en afiches, pines y botones, estampados de camisetas y pancartas para las decenas de marchas de protesta que se llevaron a cabo en todo el mundo y presionaron su liberación después de un año de cárcel y de la demostración en juicio de su total inocencia.

Angela Davis llegó, pues, al Quibdó de mi adolescencia a través de aquella imagen bella, diciente y significativa de la calcomanía que, sin desprenderla de su pegante ni adherirla a ninguna parte, mantuve siempre a mano entre 1974 (cuando recibí la revista y la calcomanía) y 1977, cuando finalmente encontré el lugar en el que pensé que merecía ser fijada: mi fólder de estudiante del último año de la Normal Superior de Quibdó. A partir de ahí, y de saber por esa revista cubana cómo y por qué había sido agraviada, Angela Davis se convirtió en la mujer de mis sueños: de mis sueños de libertad, de mis sueños de igualdad, de mis sueños de justicia, de mis sueños de equidad. A los quince años no se sabe más, como bien lo dice Paraules d'amor, de Serrat; pero, supe entonces lo suficiente: que Angela Davis pasaría a ser una insignia intelectual del norte de las luchas por la extinción del racismo, el machismo y el clasismo y por la vigencia y garantía de los derechos humanos… e iluminaría el camino del feminismo desde la perspectiva racial y de clase, y como una ética de perspectiva histórica aplicable en toda sociedad.

Portada de la primera edición del libro clásico de Angela Davis (1981) y autógrafo suyo de 1984. FOTOS: Bauman Rare Books.

Cuatro décadas antes de la entronización de la imagen de Angela Davis en mi cuaderno de maestro a punto de graduarme, el 8 de marzo de 1934 —cuando aún no estaba institucionalizado este día del calendario anual como el Día Internacional de la Mujer—, el Consejo Administrativo de la Intendencia Nacional del Chocó había expedido el Acuerdo Nº 7 de 1934, creando los primeros colegios públicos para mujeres, en las ciudades de Quibdó e Istmina. Adán Arriaga Andrade, como Intendente Nacional del Chocó, Diego Torrijos como Secretario, y el Director de Educación Pública, Vicente Barrios Ferrer, firmaron el histórico acuerdo, a partir del cual fueron nombradas las educadoras Clementina Rodríguez, en Quibdó, y Carmelita Arriaga, en Istmina, como primeras directoras de los colegios acabados de crear.

Con el patrocinio estatal de la formación pedagógica de maestras y la apertura de aquellos dos colegios para mujeres, se empezaba a escribir una nueva y trascendental página de la historia de la mujer en el Chocó; que cuarenta años después —cuando ya Angela Davis formaba parte de la cotidianidad de mi vida de colegial, por lo menos en una foto—, sería nuevamente enriquecida cuando decenas de mujeres, todas ellas maestras, contribuirían a institucionalizar en la región el acceso a la educación superior, a través de la hoy desvencijada y maltrecha Universidad Tecnológica del Chocó Diego Luis Córdoba, UTCH.

De este modo, paradójicamente, las excluidas históricas de la educación en el Chocó terminarían convirtiéndose en pioneras de la misma, pues como maestras rurales recorrieron la región y en pocos años redujeron significativamente la cantidad de población iletrada; y posteriormente abanderaron el proceso de promoción, inscripciones, ingreso y matrícula de las primeras generaciones de mujeres estudiantes de la UTCH, en su mayoría maestras, que encontrarían allí la oportunidad de profesionalizarse para cualificar el ejercicio de su magisterio. Gracias a ellas, en menos de un siglo, el acceso de las mujeres a la educación dejó de ser una rareza, un hecho aislado o un privilegio extraordinario en el Chocó. Parte de los sueños de Angela Davis se estaban cumpliendo por estos lares, tan lejanos de los suyos.[2]



[2] Un resumen de la vida y trayectoria de Angela Davis puede leerse en: https://es.wikipedia.org/wiki/Angela_Davis

Una sinopsis de su obra clásica: Women, Race & Class / Mujeres, Raza y Clase, se encuentra en: https://en.wikipedia.org/wiki/Women,_Race_and_Class; o en https://es.wikipedia.org/wiki/Mujeres,_raza_y_clase

02/03/2026

 La murga de Panamá: 
El Malo en los vecindarios quibdoseños

*Las carátulas de los trabajos de Willie Colón fueron siempre parte de las historias que contaban sus discos. FOTOS: Fania.

La Salsa era entonces un bien común de los vecindarios y barrios quibdoseños, de sus andenes y sus patios, de sus esquinas y sus callejones. Música entrañable, que parecía nacida en estos lares y quizás por eso circulaba con naturalidad casi patrimonial por cuanto escenario de ocio o de festejo surgiera en la vida cotidiana de aquel Quibdó en el que asistimos desde la niñez al nacimiento de esta marca rítmica y sonora de identidad caribe, hispana, latina y afro-caribe-hispano-latino-americana; por obra y gracia de aquellos inmigrantes que, a partir de las más crudas batallas cotidianas por el respeto a su dignidad humana, se abrieron campo en esa excluyente y prepotente nación donde la libertad a fin de cuentas no es más que una estatua regalada por otro país; inmigrantes que fundieron en el crisol de su memoria cultural y musical los ritmos de sus tradiciones insulares, con los de su contemporaneidad y los que de su nostalgia de patria y ancestralidad les nacían día a día, para darle forma a esa maravilla tan certeramente bautizada como Salsa.

Eran los tiempos en los que reunirse para charlar en los andenes de las casas o —cuando el sol acuciaba y obligaba a los contertulios a resguardarse en la sombra— en los andenes del otro costado de la calle o al pie del mostrador de la tienda, junto a la vitrina del queso, era cosa que podía durar todo el día en cualquier calle, barrio o vecindario de Quibdó. Y podía empezar a la mitad de la mañana y prolongarse hasta entrada la noche, momento en el cual ya el grupo era más numeroso; pues quienes faltaban habían sido convocados, a través de pelaítos que eran capaces de ir hasta el otro extremo del pueblo si era necesario, para llevarle la razón a dos o tres perencejos más, de que acá en la casa de  Fulano lo estaban esperando tres zutanos, dos peranos y otro perencejito; que aún no habían comprado anisado porque estaban aguardando a que él llegara, que por ahora solamente iban en el consumo extendido de vandumias y una que otra cerveza, fría y espumosa, que de cuando en cuando se atravesaba por ahí.

Publicidad en el periódico Citará,
Quibdó 1996.

De este modo, aunque desde siempre hubo toda una tradición de bailes caseros y de tómbolas juveniles y noches de amistad y amor en grilles como Piamonte, Capricornio, La Ponceña o El 23; la salsa también estaba asociada al goce diurno, al canto en solitario o en grupo, a la conversación de amigos que se reunían a matar el tiempo (“Vamos a dar una vuelta / un serrucho para la botella / Nos sentamos en la escalera / y cantamos canciones viejas”); cuando aún en Quibdó no era tiempo pa matar y aún no sabíamos que todas y cada una de sus calles llegarían a ser la propia calle luna, calle sol; cuando todos éramos una mezcla de cantantes y soneros mayores y cada jornada vivida, gozada, jugada, cantada, oída y conversada era como el día de mi suerte que pronto llegará. Porque, aunque “sufrir es parte de mi vida ya / sin un complejo de inferioridad / por eso no me canso de esperar / pues un día Dios a mí me ayudará /…; el día que eso suceda, escuche usted / a todo el mundo yo le ayudaré / Porque tarde o temprano usted verá / cómo el día de mi suerte llegará / Ya lo verá” …

Inolvidable es aquel diciembre —aún estábamos en la escuela primaria— en el que vivimos el asalto navideño y panameño de La Murga (¡¡¡¡¡Fafafafáaa, fafafafáaa, Fafafafáaa, fafafafáaa / Fafafafafafa, fafafafafafá!!!!!), que de inmediato nos aprendimos, junto con el nombre de Yomo Toro. Impactados por el solitario trombón con el que comenzaba la impecable intro de aquella magnífica canción, hasta los guayacanes de las casas temblaban, reverberaban, y solo parecían aquietarse o aclimatarse cuando al trombón se sumaban uno tras otro los compases de la percusión, el fraseo de las trompetas, y en pocos segundos la maravillosa conjunción de la orquesta toda, por el arte de la magia de aquel Colón que sí que nos guiaba hacia nuevos y maravillosos descubrimientos.

A los equipos de sonido de los vecinos; a Radio El Sol, de Cali; y a Ecos del Atrato y Brisas del Citará, de Quibdó; le debemos el habernos aprendido, de pe a pa, o de re a fa, todas y cada una de las canciones de aquella época gloriosa en que la salsa nació, cuando después de mil vueltas y negocios en la Fania se concentró. De manera que bien temprano en la vida supimos que “el bembé africano es”, porque nos lo confirmó “Che che colé, qué bueno é’: Ya yo sé que te gustó, quieres bailarlo otra vez, pues ponte bien los zapatos, que los tienes al revés”.

Por esa vía supimos que no solamente se trataba de “panameña, panameña, qué buena estás; panameña, panameña, qué linda vas; panameña, panameña, vamo’ a bailá, ¡…aeee, eeea…!”; sino que también se trataba de una dominicana igual de linda y de buena, y de una borinqueña tan buena y tan linda como las anteriores; y por ahí derecho supimos del aguinaldo y aprendimos a cantar lolelolai, lelolai… “Lolailelolé, lolailelolá, aunque usted no quiera, le vengo a cantar y a felicitar con voz de alegría, yo traigo armonía a su santo hogar¡Se acerca la navidad y a todos nos va a alegrar el jibarito cantando aires de felicidad!” … guiados por el prodigio de las cuerdas del cuatro de Yomo Toro y por la voz, siempre, siempre, la voz, de aquel cantante que para fortuna de nuestras vidas oímos en los mejores momentos de la suya: Héctor Lavoe.

Héctor Lavoe (1969) y Rubén Blades (1979).
FOTOS: Wikipedia y Fania.

Todo tiene su final

Todo tiene su final, nada dura para siempre / tenemos que recordar que no existe eternidad / 
Como el lindo clavel solo quiso florecer / y enseñarnos su belleza y marchito perecer…”.

Sí, todo tiene su final, incluso la perspectiva innovadora y culturalmente memorable de la música que hizo de Willie Colón (1950-2026) uno de los creadores más conspicuos de la Salsa; una perspectiva que, al igual que el espíritu de su formidable “Camino al barrio”, por el que transitó durante tanto tiempo; de su homenaje a los velorios de los angelitos negros con aquel baquiné caribeño; y de su tributo de Aguanile a las alabanzas y cantos corales de los creyentes populares afroamericanos; fue desapareciendo año tras año, para darle paso a la cansina y periódica provocación del rechazo generalizado frente a sus impotables opiniones políticas y sociales. 

Óigame, compadre Alejandro, dígame de las cosas, cómo van caminando…”.

Dicen Chucho, Jacinto y Ramón / que la cosa está que arde
Dicen que la situación / no está buena para nadie.
Pero Pablo, Felipe y Simón / no salen de fiesta y baile
y exclaman con emoción / la cosa está mejor que antes
Todo es según el color / del cristal con que se mira”.

Sin embargo, con todo y lo desdibujados que pueden haber sido los últimos años de su existencia en materia de identidad y de dignidad cultural; sería un despropósito y un gesto de deslealtad histórica —por lo menos con la memoria de nuestras vidas— escracharlo por esa indeseable realidad; o soslayar su inmensa valía musical dentro del universo afro-caribe-hispano-latino-americano, que lo hizo un socio inmejorable del narrador y poeta Rubén Blades; o desconocer el hecho palmario de que Colón y sus contemporáneos, además de revolucionar la música como bien lo hicieron, fueron también bastiones de resistencia cultural en aquellos años en los que esta historia se convirtió en parte sustancial del lado A y del lado B del LP un poco rayado y desgastado, pero siempre vigente y sonoro, del tocadiscos del alma de los salseros de aquel Quibdó donde la salsa formaba parte de la vida.


23/02/2026

 Banderas: 
Un poema de Miguel A. Caicedo 
sobre las protestas de 1954 en el Chocó

Coronel Carlos Ortiz Torres,  último Gobernador Militar de Rojas Pinilla en el Chocó; Jorge Bechara, entonces Secretario de Educación del Departamento, y Miguel A. Caicedo, en ese momento Rector del Colegio Carrasquilla. Quibdó, 1956. Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó. A la derecha: vista original de la publicación del poema Banderas, del Maestro Caicedo, en el periódico La Opinión, de Quibdó. Collage de El Guarengue, a partir de recortes de imagen de la edición digitalizada del periódico.

Entre julio y septiembre de 1954, bajo la coordinación, impulso y vocería del Comité de Acción Chocoana —con una recta final de continuas y diversas marchas y manifestaciones de protesta entre el sábado 11 y el viernes 25 de septiembre de 1954—, se llevó a cabo en Quibdó una de las más significativas gestas ciudadanas de la historia regional: el movimiento cívico en contra del proyecto de desmembración del entonces recién creado Departamento del Chocó. Dicho proyecto había sido aupado por el régimen militar de Rojas Pinilla, constreñido por las élites económicas y políticas de Antioquia, Valle y Caldas (que aún contenía los territorios de los futuros departamento de Quindío y Risaralda), desde siempre codiciosos e invasivos vecinos del Chocó; bajo el supuesto de que solamente a través de esta inicua vía hallaría la esquina noroccidental de Colombia, con sus dos mares y su conexión biológica, histórica y cultural con Panamá y Mesoamérica, la materialización de sus justas aspiraciones de bienestar y progreso.

“En los comienzos del presente siglo, la extensión territorial de la Provincia del Chocó era de 75.000 kilómetros cuadrados y a partir de 1905 tal área quedó reducida a 47.000 kilómetros cuadrados, por virtud de actividades expansionistas de los departamentos de Antioquia, Caldas y Valle, por lo cual estos crecieron territorialmente a expensas de la unidad chocoana en 28.000 kilómetros cuadrados. […] Durante el lapso en que el Chocó fue Intendencia, los departamentos de Antioquia y Valle mantuvieron parcelado el territorio en lo electoral y judicial ejerciendo influencias con menoscabo de la dignidad del pueblo chocoano… Al mismo tiempo que el Departamento del Valle, por conducto de sus autoridades, ha pretendido desconocer la jurisdicción de las autoridades chocoanas en ciertas zonas que les son limítrofes, y el Departamento de Caldas ha venido fomentando movimientos de segregación en regiones como la de San José del Palmar y otras de la Provincia del San Juan”;[1] expresó el Comité de Acción Chocoana en una declaración pública del 6 de septiembre de 1954, suscrita por Ricardo Echeverry Ferrer, Luis Felipe Díaz Paz, César Hurtado, Ramón Lozano Garcés, Aureliano Perea Aluma, Marino Abadía Valencia, Armando Torres, Esther Valdés Ortiz, Luz María de Meluk y Primo Guerrero, en su calidad de Secretario General del Comité.

Es bien conocido que aquellas históricas protestas de septiembre de 1954 fueron el escenario en el que se popularizó "Lamento chocoano", de Miguel Vicente Garrido, canción que hoy forma parte del repertorio musical vernáculo del Chocó; una tonada tan nostálgica y triste como lo anuncia su título, pero tan digna como lo expresa su letra, que ha acompañado por más de medio siglo las desventuras, las luchas y las esperanzas de un pueblo que sigue confiando en que el fin de su resignación dará paso a su redención; y que, sea por añoranza o por reivindicación, es cantada siempre a la manera de un himno a la dignidad, a la utopía y a la resistencia chocoana.[2]

Menos conocido es el hecho de que también el insigne educador e intelectual, escritor y poeta de la chocoanidad, Miguel A. Caicedo (La Troje, 30 de agosto 1919-Quibdó, 5 de abril de 1995), tuvo arte y parte en la memoria de esta gesta. En aquella época, el Maestro Caicedo, quien dedicó su vida a la educación y a la producción literaria, poética e histórica; publicaba relatos, cuentos y poesías líricas y folclóricas en el periódico La Crítica, de Quibdó, utilizando como seudónimo un anagrama, AULIO CIMMA CEGED, compuesto con las letras de su primer nombre y su primer apellido completos y las iniciales de su segundo nombre y su segundo apellido: MIGUEL A. CAICEDO M.

“Con motivo del inaudito desfile que, en la tarde del día 15 de los corrientes, se llevó a cabo en Quibdó, con asistencia general de los habitantes, quienes portaban distintas banderas alusivas, nuestro colaborador AULIO CIMMA CEGED, compuso el significativo poema BANDERAS, que gustosamente publicamos”; anota La Crítica, en su edición del 19 de septiembre de 1954.[3] 

Como parte de la memoria de los movimientos cívicos del Chocó y como muestra del papel que el arte ha jugado en los mismos, les ofrecemos en El Guarengue este poco conocido poema del Maestro Miguel Antonio Caicedo Mena, escrito en 1954, en homenaje a una de las marchas de protesta contra la desmembración del Chocó.

BANDERAS
Miguel A. Caicedo, 1954

¡Banderas…banderas…banderas!
Banderas de verde y amarillo y verde.
Verde de la esperanza
de la vida y el hombre.
Amarillo del oro
con entrañas de tierra.
Verde como la selva
y como el fruto verde.
Las llevan las hembras
que con voz herida
(niña, anciana, joven casada soltera)
pregonan la fuente de la eterna vida
la herencia imborrable de hueste altanera.

¡Banderas…banderas…banderas!
Banderas de blanco, de rojo y de negro,
Rojo que hierve sangre
y en la espina del duelo
une a blancos y negros
en común agonía,
son batidas por hombres
del presente y futuro
junto al mártir que siente
que en su pecho de niño
han sembrado amargura
y al momento inseguro
abre pura conciencia
con blancura de armiño
para hacerse testigo
de la Historia ante el mundo.

¡Banderas…banderas…banderas!
Banderas en grises que verde contienen
el gris de la tarde y el Chocó que llora,
verde saturado de la dulce espera
y gris del platino que el filón valora
y junto a la patria,
que va ondeando altiva,
por todas las calles cruzan las banderas
y vibran los himnos
los himnos triunfales
del Chocó y Colombia.

En coro constante de llanto profundo
que bajo el delirio la verdad reclama,
como gritos mudos
flotan las banderas.
Banderas de verde y amarillo y verde
Banderas de blanco, de rojo y de negro
Banderas en grises que contienen verde
Banderas sublimes de Colombia bella
Y por todas partes…
¡Banderas…banderas…banderas!


[1] Declaración del Comité de Acción Chocoana, Quibdó, septiembre 6 de 1954. En: La Crítica, 2ª época N° 14. Quibdó, septiembre 12 de 1954. 8 pp. Pág. 5.

[2] “…Y el día llegará de tu redención”. El Guarengue, 8 de octubre de 2018.

https://miguarengue.blogspot.com/2018/10/y-el-dia-llegara-de-tu-redencion.html

[3] Un poema alusivo. En: La Crítica, 2ª época N° 15. Quibdó, septiembre 19 de 1954. 8 pp. Pág. 5ª

 

16/02/2026

Útiles escolares: 
De los tiempos de la Santacoloma y la Claret en Quibdó

Cuadernos escolares grapados y con pastas de cartón, de los años 60 y 70; que paulatinamente fueron reemplazados por los cuadernos argollados y plastificados. FOTOS: Mercado Libre.

Si algún elemento de la lista de útiles escolares que pedían cada año en las escuelas de Quibdó no lo tenían en la Santacoloma ni en la Claret, que eran las dos únicas papelerías de la ciudad hace más de medio siglo, cuando estábamos en primaria; tocaba esperar a que en alguna de las dos lo trajeran, a los días, a las semanas o a los meses; o tocaba hablar con la maestra o el maestro para que lo cambiaran por otro o aceptaran el que hubiera disponible, así no fuera exactamente la misma referencia que él o ella habían indicado. Eran los tiempos en que los cuadernos a los que le sobraban hojas suficientes en un año se podían usar al siguiente; los lapiceros, lápices, estilógrafos, colores, se utilizaban hasta que se acababan, sin importar si era este año o el de más allá; así como los forros de los cuadernos, si estaban en buen estado, pasaban a los cuadernos del año siguiente, junto con los juegos geométricos y hasta los cuadernos de dibujo si aún les quedaban hojas. Eran los tiempos en que soplar el sacapuntas después de usarlo era un acto irresponsable y temerario, casi imperdonable.

Cuadernos y materias

Los elementos principales de la lista de útiles que en la escuela nos pedían cada año eran los cuadernos, que según las materias eran de mayor o menor número de hojas. Así, los cuadernos de Canto y de Religión eran de 20 hojas, que alcanzaban de sobra para todo el año. Hubo dos veces, en cuarto y quinto de primaria, en las que no usamos más de cinco hojas del cuaderno de Canto y no usamos ninguna del cuaderno de Religión, con excepción de la primera, en la que diligentemente lo habíamos marcado.

El cuaderno de dibujo, un delgado bloc horizontal de unas 15 a 20 hojas gruesas, traía intercaladas hojas delgadas y transparentes, que nos salvaban la patria a quienes en dibujo el talento no nos alcanzaba más que para trazar bolitas y palitos, simulando caras y cuerpos de figuras humanas; ya que con aquellas hojas sedosas calcábamos mapas, rostros de personajes históricos, plantas, animales y cualquier otra figura que nos mandaran a dibujar y que existiera en algún libro, revista o periódico; pues cuando no, ¡pailas!, nos tocaba buscar a alguno de los talentos del salón o del barrio y convencerlo para que nos hiciera el dibujo.

De 100 hojas eran los cuadernos de Matemáticas, que dividíamos en Aritmética y Geometría; los de Sociales, una de cuyas mitades se destinaba a Geografía y la otra a Historia; y los de Naturales, que repartíamos en Botánica, Zoología y Mineralogía. Los de Lenguaje eran de 80 hojas, y de 50 los de Tareas, que era donde debían copiarse y resolverse las infaltables “Tarea para mañana” o “Tarea para el lunes”, que la maestra o el maestro de turno anotaban, en los tableros verdes de madera o de cemento, combinando la tiza blanca con algunas de colores y escribiendo con los clásicos trazos de sus bonitas caligrafías. En segundo y tercero nos pedían también un cuaderno de 40 hojas, que era solamente para Escritura: en él se consignaban los dictados que hacía la maestra o el maestro, los relatos que nos requerían, como el clásico de responder a la pregunta de qué había hecho uno en las vacaciones, uno que otro ejercicio de redacción libre sobre temas como el Día de la madre o la Independencia nacional, y la versión escrita de alguno de los cuentos tradicionales de la región, como los del tío Tigre y el tío Conejo.

¿Tienes lápiz, lapicero, tienes tinta en el tintero…?

Completaban la lista de útiles escolares un lápiz y dos lapiceros, una caja de colores, un borrador y un juego geométrico, y un estilógrafo recargable, sencillo, que en la Anexa a la Normal pedían en 4° y 5° de primaria, y para el cual debíamos tener siempre a mano una provisión de tinta azul; que no se reemplazaba con el extracto de uvas de monte que una vez hicimos en el camino hacia Cabí y con el que una vez intentamos llenarlo, sin éxito.

FOTOS: Mercado Libre.

El juego geométrico básico se componía de un transportador, dos escuadras de 60 y 45 grados, una regla de 30 cm, y un compás de los que traían un compartimiento ajustable para insertarles el lápiz. Borradores había de diversos precios y calidades. El más barato, casi siempre de un color blanco desteñido, se deshacía, se desboronaba literalmente en cada borrada, de modo que en poco tiempo quedaba convertido en uno o varios trozos tan minúsculos que ni con los pequeños dedos pulgar, índice y medio de la mano del niño más pequeño era posible sostenerlos; así que la tarea de borrar terminaba siendo casi tan imposible como la de dibujar para quienes no sabíamos hacerlo.

Los lapiceros eran dos: el azul para copiar los textos, el rojo para poner los títulos. El lápiz lo usábamos para dos cosas básicamente, para copiar en borrador cosas que después debíamos pasar en limpio con lapicero o con estilógrafo, y para anotar y hacer las tareas en el cuaderno respectivo.

Aún no llegábamos a los 10 años de edad cuando aprendimos a escribir con estilógrafo; y el profesor Róger Hinestroza, quien nos enseñó, nos supervisaba hasta que alcanzábamos la pericia suficiente para que la pluma nunca se torciera ni se inundara al escribir, y para recargarla correctamente con la tinta que venía en aquellos frascos triangulares de vidrio que tan bonitos nos parecían. Que no se nos fuera a caer el estilógrafo al piso, y menos de punta, fue durante 4° y 5° de primaria uno de nuestras principales preocupaciones escolares.

Como la caja de lápices de colores que nos pedían era de la cantidad y marca que cada uno pudiera comprar, no hubo nunca problema en que, mientras unos teníamos cajitas de 6 colores diminutos marca Recreo, que venían en un empaque debilucho de cartón; había quienes tuvieran cajas de 24 y hasta de 36 colores, marca Prismacolor, largos, variados, bonitos, empacados en una caja de pasta transparente tan fina como los lápices, que se acomodaba como un dispensador o paleta de colores.

Fólderes y 5 materias

FOTOS: Mercado Libre.

Cuando pasábamos a la Normal, ya los requisitos sobre distribución, tamaño, número de hojas y contenidos de los cuadernos los fijábamos nosotros mismos. Los cuadernos de espirales empezaban a reemplazar los grapados en el lomo que siempre habíamos usado, y se habían puesto de moda los primeros 5 materias, cuyo uso rápidamente se volvió tan frecuente como el de los llamados fólderes, aquellas libretas o pastas duras y argolladas que se recargaban con hojas sueltas, que vendían por paquetes y que también venían con renglones rayados o cuadriculados, según la necesidad o requisito. Manejar aquellos fólderes terminaba siendo un arte, para garantizar que el mecanismo de apertura y cierre de las argollas —luego de unos cuantos golpes y caídas del fólder— llegara al final de año funcionando correctamente. Así mismo, había que evitar que a las hojas se les dañara la perfección de sus orificios, de tanto meterlas y sacarlas cuando uno estudiaba determinada materia o las prestaba para que un compañero se pusiera al día; para lo cual se habían inventado unos pequeños círculos autoadhesivos, que se pegaban en las hojas del fólder, en cada uno de los tres orificios o por lo menos en el del centro o en los dos de los extremos, según la disponibilidad de los adminículos estos, que nunca era mucha.

Decálogo escolar

Papelería Santacoloma, en Quibdó,
a finales de los años 50.
FOTO: Archivo Fotográfico
y Fílmico del Chocó.

Desde que uno entraba a primerito, en escuelas como la Anexa a la Normal Superior de Quibdó, aprendía —en las filas por cursos que se hacían en el patio al comienzo de las jornadas, en los recreos, en los salones de clase, en las caminatas de casi tres kilómetros que a diario hacíamos para ir y volver de la casa a la escuela y de la escuela a la casa— una serie de usos y costumbres, restricciones, precauciones, que en conjunto formaban una especie de decálogo escolar tácito para el autocuidado de los útiles escolares, que todos y cada uno de los alumnos conocíamos más que el propio reglamento escolar; y que incluía no morder los borradores, para que duraran más; no arañar los forros plásticos de los cuadernos, por más atractivos que se vieran los surcos que dejaban las uñas sobre sus lisas superficies de colores opacos; no soplar las minas de los lapiceros, so pena de terminar con el uniforme, la boca, los dedos y la cara manchados; no dejar caer los lápices, ni sacarles punta más allá del límite, para evitar que el sacapuntas o el piso se quedaran con la mina de grafito y redujeran más de la cuenta la longitud del lápiz; no arrancar las hojas de los cuadernos, a menos que fueran las de la mitad o a menos que se tuviera la precaución de —una vez desprendida una hoja buscar su contraparte en el otro extremo del cuaderno y retirarla también, previa constatación de que no fuera una que ya estuviera copiada; y, por supuesto, ajustados a la más antigua tradición escolar, no soplar nunca el sacapuntas después de usarlo, ni siquiera si era el de uno.