16/02/2026

Útiles escolares: 
De los tiempos de la Santacoloma y la Claret en Quibdó

Cuadernos escolares grapados y con pastas de cartón, de los años 60 y 70; que paulatinamente fueron reemplazados por los cuadernos argollados y plastificados. FOTOS: Mercado Libre.

Si algún elemento de la lista de útiles escolares que pedían cada año en las escuelas de Quibdó no lo tenían en la Santacoloma ni en la Claret, que eran las dos únicas papelerías de la ciudad hace más de medio siglo, cuando estábamos en primaria; tocaba esperar a que en alguna de las dos lo trajeran, a los días, a las semanas o a los meses; o tocaba hablar con la maestra o el maestro para que lo cambiaran por otro o aceptaran el que hubiera disponible, así no fuera exactamente la misma referencia que él o ella habían indicado. Eran los tiempos en que los cuadernos a los que le sobraban hojas suficientes en un año se podían usar al siguiente; los lapiceros, lápices, estilógrafos, colores, se utilizaban hasta que se acababan, sin importar si era este año o el de más allá; así como los forros de los cuadernos, si estaban en buen estado, pasaban a los cuadernos del año siguiente, junto con los juegos geométricos y hasta los cuadernos de dibujo si aún les quedaban hojas. Eran los tiempos en que soplar el sacapuntas después de usarlo era un acto irresponsable y temerario, casi imperdonable.

Cuadernos y materias

Los elementos principales de la lista de útiles que en la escuela nos pedían cada año eran los cuadernos, que según las materias eran de mayor o menor número de hojas. Así, los cuadernos de Canto y de Religión eran de 20 hojas, que alcanzaban de sobra para todo el año. Hubo dos veces, en cuarto y quinto de primaria, en las que no usamos más de cinco hojas del cuaderno de Canto y no usamos ninguna del cuaderno de Religión, con excepción de la primera, en la que diligentemente lo habíamos marcado.

El cuaderno de dibujo, un delgado bloc horizontal de unas 15 a 20 hojas gruesas, traía intercaladas hojas delgadas y transparentes, que nos salvaban la patria a quienes en dibujo el talento no nos alcanzaba más que para trazar bolitas y palitos, simulando caras y cuerpos de figuras humanas; ya que con aquellas hojas sedosas calcábamos mapas, rostros de personajes históricos, plantas, animales y cualquier otra figura que nos mandaran a dibujar y que existiera en algún libro, revista o periódico; pues cuando no, ¡pailas!, nos tocaba buscar a alguno de los talentos del salón o del barrio y convencerlo para que nos hiciera el dibujo.

De 100 hojas eran los cuadernos de Matemáticas, que dividíamos en Aritmética y Geometría; los de Sociales, una de cuyas mitades se destinaba a Geografía y la otra a Historia; y los de Naturales, que repartíamos en Botánica, Zoología y Mineralogía. Los de Lenguaje eran de 80 hojas, y de 50 los de Tareas, que era donde debían copiarse y resolverse las infaltables “Tarea para mañana” o “Tarea para el lunes”, que la maestra o el maestro de turno anotaban, en los tableros verdes de madera o de cemento, combinando la tiza blanca con algunas de colores y escribiendo con los clásicos trazos de sus bonitas caligrafías. En segundo y tercero nos pedían también un cuaderno de 40 hojas, que era solamente para Escritura: en él se consignaban los dictados que hacía la maestra o el maestro, los relatos que nos requerían, como el clásico de responder a la pregunta de qué había hecho uno en las vacaciones, uno que otro ejercicio de redacción libre sobre temas como el Día de la madre o la Independencia nacional, y la versión escrita de alguno de los cuentos tradicionales de la región, como los del tío Tigre y el tío Conejo.

¿Tienes lápiz, lapicero, tienes tinta en el tintero…?

Completaban la lista de útiles escolares un lápiz y dos lapiceros, una caja de colores, un borrador y un juego geométrico, y un estilógrafo recargable, sencillo, que en la Anexa a la Normal pedían en 4° y 5° de primaria, y para el cual debíamos tener siempre a mano una provisión de tinta azul; que no se reemplazaba con el extracto de uvas de monte que una vez hicimos en el camino hacia Cabí y con el que una vez intentamos llenarlo, sin éxito.

FOTOS: Mercado Libre.

El juego geométrico básico se componía de un transportador, dos escuadras de 60 y 45 grados, una regla de 30 cm, y un compás de los que traían un compartimiento ajustable para insertarles el lápiz. Borradores había de diversos precios y calidades. El más barato, casi siempre de un color blanco desteñido, se deshacía, se desboronaba literalmente en cada borrada, de modo que en poco tiempo quedaba convertido en uno o varios trozos tan minúsculos que ni con los pequeños dedos pulgar, índice y medio de la mano del niño más pequeño era posible sostenerlos; así que la tarea de borrar terminaba siendo casi tan imposible como la de dibujar para quienes no sabíamos hacerlo.

Los lapiceros eran dos: el azul para copiar los textos, el rojo para poner los títulos. El lápiz lo usábamos para dos cosas básicamente, para copiar en borrador cosas que después debíamos pasar en limpio con lapicero o con estilógrafo, y para anotar y hacer las tareas en el cuaderno respectivo.

Aún no llegábamos a los 10 años de edad cuando aprendimos a escribir con estilógrafo; y el profesor Róger Hinestroza, quien nos enseñó, nos supervisaba hasta que alcanzábamos la pericia suficiente para que la pluma nunca se torciera ni se inundara al escribir, y para recargarla correctamente con la tinta que venía en aquellos frascos triangulares de vidrio que tan bonitos nos parecían. Que no se nos fuera a caer el estilógrafo al piso, y menos de punta, fue durante 4° y 5° de primaria uno de nuestras principales preocupaciones escolares.

Como la caja de lápices de colores que nos pedían era de la cantidad y marca que cada uno pudiera comprar, no hubo nunca problema en que, mientras unos teníamos cajitas de 6 colores diminutos marca Recreo, que venían en un empaque debilucho de cartón; había quienes tuvieran cajas de 24 y hasta de 36 colores, marca Prismacolor, largos, variados, bonitos, empacados en una caja de pasta transparente tan fina como los lápices, que se acomodaba como un dispensador o paleta de colores.

Fólderes y 5 materias

FOTOS: Mercado Libre.

Cuando pasábamos a la Normal, ya los requisitos sobre distribución, tamaño, número de hojas y contenidos de los cuadernos los fijábamos nosotros mismos. Los cuadernos de espirales empezaban a reemplazar los grapados en el lomo que siempre habíamos usado, y se habían puesto de moda los primeros 5 materias, cuyo uso rápidamente se volvió tan frecuente como el de los llamados fólderes, aquellas libretas o pastas duras y argolladas que se recargaban con hojas sueltas, que vendían por paquetes y que también venían con renglones rayados o cuadriculados, según la necesidad o requisito. Manejar aquellos fólderes terminaba siendo un arte, para garantizar que el mecanismo de apertura y cierre de las argollas —luego de unos cuantos golpes y caídas del fólder— llegara al final de año funcionando correctamente. Así mismo, había que evitar que a las hojas se les dañara la perfección de sus orificios, de tanto meterlas y sacarlas cuando uno estudiaba determinada materia o las prestaba para que un compañero se pusiera al día; para lo cual se habían inventado unos pequeños círculos autoadhesivos, que se pegaban en las hojas del fólder, en cada uno de los tres orificios o por lo menos en el del centro o en los dos de los extremos, según la disponibilidad de los adminículos estos, que nunca era mucha.

Decálogo escolar

Papelería Santacoloma, en Quibdó,
a finales de los años 50.
FOTO: Archivo Fotográfico
y Fílmico del Chocó.

Desde que uno entraba a primerito, en escuelas como la Anexa a la Normal Superior de Quibdó, aprendía —en las filas por cursos que se hacían en el patio al comienzo de las jornadas, en los recreos, en los salones de clase, en las caminatas de casi tres kilómetros que a diario hacíamos para ir y volver de la casa a la escuela y de la escuela a la casa— una serie de usos y costumbres, restricciones, precauciones, que en conjunto formaban una especie de decálogo escolar tácito para el autocuidado de los útiles escolares, que todos y cada uno de los alumnos conocíamos más que el propio reglamento escolar; y que incluía no morder los borradores, para que duraran más; no arañar los forros plásticos de los cuadernos, por más atractivos que se vieran los surcos que dejaban las uñas sobre sus lisas superficies de colores opacos; no soplar las minas de los lapiceros, so pena de terminar con el uniforme, la boca, los dedos y la cara manchados; no dejar caer los lápices, ni sacarles punta más allá del límite, para evitar que el sacapuntas o el piso se quedaran con la mina de grafito y redujeran más de la cuenta la longitud del lápiz; no arrancar las hojas de los cuadernos, a menos que fueran las de la mitad o a menos que se tuviera la precaución de —una vez desprendida una hoja buscar su contraparte en el otro extremo del cuaderno y retirarla también, previa constatación de que no fuera una que ya estuviera copiada; y, por supuesto, ajustados a la más antigua tradición escolar, no soplar nunca el sacapuntas después de usarlo, ni siquiera si era el de uno.

09/02/2026

 El Comité de Acción Chocoana (1954) 
y la codicia del vecindario 

*Parque Centenario. Quibdó, septiembre de 1954. A la izquierda la iglesia parroquial, dos décadas después consagrada como iglesia catedral, y a la derecha la entonces sede del Banco de la República. Foto: Guillermo Sánchez, El Espectador / Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó. Marcha de protesta contra el proyecto gubernamental de desmembración del Departamento del Chocó y su repartición entre Antioquia, Caldas y el Valle. La bandera es portada por quien ejercía como gobernador militar, el Capitán Luis A. Cano. El cuadro que llevan los dos muchachos es "Homenaje al boga", del pintor chocoano Francisco Mosquera Agualimpia.

No habían transcurrido ni siquiera siete años completos de la expedición de la ley que creó el Departamento del Chocó, cuando empresarios y políticos antioqueños, caldenses y vallunos intrigaron ante el alto mando de la dictadura militar de Rojas Pinilla para que este acogiera la idea de que el Chocó no era viable como entidad territorial y que por ello lo mejor era que el gobierno lo repartiera como un botín entre los departamentos de Antioquia, Valle del Cauca y Caldas, adjudicándole a cada uno, según sus puntos limítrofes, la mayor cantidad de tesoros posibles, cuyas bondades y utilidades —al decir de los falsarios anexionistas— se reflejarían en el bienestar de la población chocoana; como si la identidad regional y la historia fueran meros asuntos fiscales que pudieran suplirse con pordiosería y se canjearan por unas cuantas limosnas de los nuevos dueños de lo ajeno.

Más que una simple ocurrencia

Los integrantes del Comité de Acción Chocoana, que lideraron el exitoso movimiento de defensa de la unidad territorial y de la vida institucional del Chocó como Departamento, en el segundo semestre del año 1954, en pleno régimen de Rojas Pinilla; tenían claro que el proyecto de repartir el territorio chocoano entre sus codiciosos vecinos no era una simple y solitaria ocurrencia del gobernante de facto. Antioquia, Caldas (que entonces aún abarcaba lo que después serían Quindío y Risaralda) y el Valle estaban evidentemente detrás de dicha intentona, como habían estado al acecho desde siempre —en cada división política y administrativa del país para correr sus límites al antojo de sus ambiciones.

El 26 de julio de 1954 —tal como lo informó en su edición del 1° de agosto el semanario quibdoseño La Crítica, periódico mimeografiado cuyo director era Balbino Arriaga Castro y su administrador Cosme Moreno—, “en las primeras horas de la noche, se reunieron en los salones del H. Concejo Municipal los caballeros que forman la directiva del Comité de Acción Chocoana, para tratar puntos de vital importancia para el Chocó”; y como resultado de dicha reunión redactaron y suscribieron “un Manifiesto dirigido al Primer Magistrado de la Nación en defensa de la integridad regional”, para cuya entrega personal “fueron comisionados los más prestantes ciudadanos chocoanos residentes en la capital de la República”.[1]

Las alarmas de “La Crítica”

Se trataba de una declaración pública dirigida a Rojas Pinilla, con la fuerza de una constancia histórica, que fue ampliamente difundida en Quibdó para alertar a la ciudadanía y prepararla frente a lo que se venía. Constaba de siete puntos y estaba firmada por trece dignatarios del Comité de Acción Chocoana: su presidente, Guillermo Valencia Ibáñez; Ramón Lozano Garcés y Alvaro Cuesta Lenis, en calidad de vicepresidentes; Primo Guerrero Córdoba, secretario; y nueve vocales: Gabriel Meluk Aluma, Luis Felipe Díaz Paz, Aureliano Perea Aluma, Armando Luna Roa, César A. Hurtado, Julio Álvarez Cuesta, Carlos A. Mosquera, Oscar Serna A. y Andrés Fernando Villa. 

Este último, conocido en los medios intelectuales y periodísticos como Aristo Velarde, por el seudónimo con el que firmaba sus escritos, había dado la alarma quince días atrás en su habitual sección “Asteriscos”, en el semanario La Crítica: “Una emisora capitalina ha dejado entrever, al comentar los últimos desaciertos administrativos que se vienen sucediendo dentro de la vida política del Chocó, la posibilidad de que este sea desmembrado y repartido entre sus vecinos, los departamentos de Antioquia, Caldas y Valle, que no de ahora han estado ávidos de ensanchar sus respectivos territorios a costa de este jirón patrio, en el cual la desventura se ha ensañado”.[2]

En el mismo sentido de lo planteado por Aristo Velarde, en un artículo sin firma publicado en la misma edición de La Crítica del 11 de julio de 1954, en la página 3ª, bajo el título “Primera campanada de somatén”, se expresaba: “Se ha hablado en algunos círculos políticos de la conveniencia de desmembrar el Departamento y repartir esta unidad geográfica, social, histórica que es el Chocó entre los poderosos y expectantes vecinos que nos acogotan por el Este y por el Sur. Este Chocó […] ya no solo es tierra de conquista, sino zona experimental de coloniaje”. Y concluye el artículo —luego de recordar que esta maniobra ya fue intentada “desde los albores de nuestra erección como Intendencia”— con una declaración de compromiso y un llamado al pueblo chocoano: “Por todos los conductos y por todos los medios decorosos y honestos, a costa de los mayores sacrificios, de nuestros personales resquemores, de nuestra propia vanidad, tenemos que conservar intacto para nuestros hijos el patrimonio que recibimos de nuestros mayores… Este grito de alerta, este clamor de auxilio, esta campanada de angustia, es clarinada que debe tenernos a todos insomnes”.[3]

Una constancia histórica

Portada y página 3a. del semanario quibdoseño LA CRÍTICA, 1° de agosto de 1954, con la Declaración del Comité de Acción Chocoana rechazando la supresión del Departamento del Chocó y la repartición de su territorio entre Antioquia, Caldas y Valle. Carrera Primera y Parque Centenario de Quibdó en septiembre de 1954; al fondo se ve la marcha de protesta. FOTOS: El Guarengue. El Espectador / Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó.
Concisa y bien escrita, la Declaración oficial del Comité de Acción Chocoana dedica los dos últimos de sus siete puntos a poner en evidencia el papel del avaro vecindario antioqueño, caldense y valluno, en tan delicada cuestión. Así, en el punto seis, aludiendo al histórico saqueo territorial del que ha sido víctima el Chocó, se pone de presente que en más de una ocasión los vecinos se han anexionado tierras a las que después pocas bolas les paran: “nunca podremos olvidar que los territorios arrebatados al Chocó en el presente siglo, para agregarlos a Antioquia, Caldas y el Valle, son hoy las zonas más abandonadas de esos departamentos”.[4] Y en el último punto de la Declaración, el Comité expresa claramente su extrañeza frente al impúdico e inmoral proceder del vecindario en relación con el proyecto de ponerle fin a la vida departamental del Chocó y despedazarlo para entregárselo a ellos: “el Chocó no entiende cómo los departamentos de Antioquia, Caldas y el Valle, que debieran ser sus buenos vecinos, están interesados en arrebatarle porciones de su territorio, menos aún por motivos económicos de raigambre egoísta, como el de Caldas, de salir al mar por territorio propio, y el de Antioquia, de tener costas sobre el mar Pacífico y de no quedarse ahora al margen de la carretera panamericana, cuya ruta se ha señalado por territorio chocoano”.[5] 

Las actuaciones del Valle, no menos conocidas, habían sido suficientemente expuestas en medios como el semanario La Crítica, que, advirtiendo sobre la alta probabilidad de que el riesgo inminente del plan anexionista se hiciera realidad, anotaba en su edición del 11 de julio de 1954: “si a la vista de las continuas secesiones de nuestro territorio por los lados del San Juan y del Calima hacia el Valle, la palabra y la acción oficiales se silencian a pesar de las informaciones y advertencias; si por los lindes de Versalles y de Albán los gobernantes extraños dan posesiones y adjudican baldíos chocoanos sin que nuestras autoridades se percaten de ello…no parece otra cosa que las “primeras avanzadas” de nuestros futuros patronos…”.[6]

Medidas contra el abandono

Además de su claro testimonio acerca de la intervención indebida del vecindario en el devenir institucional del departamento y en su integridad territorial, la Declaración del Comité de Acción Chocoana, del 26 de julio de 1954, trajo también a la escena pública otra constatación, no por conocida y reiterada menos trascendental, sobre las relaciones entre Colombia y el Chocó: “consideramos que al Chocó se le ha abandonado desde hace muchos años y que mientras el resto del país recibe los beneficios de las utilidades de los dólares de exportación, de las regalías y del apoyo de la Nación con cuantiosos auxilios, esta región fronteriza de cuyos placeres auríferos y platiníferos se extraen anualmente varios millones de pesos, sin beneficio para ella, se le mantiene incomunicada en su interior, y unida por tierra al interior del resto del país únicamente por una vía en mal estado”.[7]

En consecuencia con lo anterior, recordándole a Rojas Pinilla que él ha prometido ponerse del lado de los débiles de Colombia, el Comité de Acción Chocoana le manifiesta que confía en que, por su patriotismo, “nos dará rápidamente los medios para salvar esta comarca, a cuyo efecto le pedimos clamorosamente tomar las siguientes medidas: Crear un Consejo de Administración que asesore al Gobernador y supla la Asamblea, que tuvo una vida efímera; construir las carreteras Quibdó-Bahía Solano, Cartago-Nóvita, Pueblo Rico-Las Ánimas-Costa del Pacífico; intensificación y extensión del crédito agrario, industrial y minero; volver a hacer sanidad e higiene en el Chocó; atender mejor la educación pública primaria, secundaria, agrícola y artesanal”.[8]

Rojas Pinilla en Tutunendo, 
corregimiento del municipio de Quibdó,
en 1949, siendo Ministro de Correos
y Telégrafos. FOTO: Archivo Fotográfico
y Fílmico del Chocó.
La contención de un disparate, la conjura de una ignominia

En septiembre de 1954, con el Comité de Acción Chocoana como guía, apoyo y promotor de las protestas, el intenso movimiento ciudadano en contra de la tentativa de supresión del Chocó y su repartición entre vecinos limítrofes, sumado a las gestiones adelantadas en Bogotá por chocoanos ya reconocidos en la escena política e intelectual nacional; dio al traste con la tentativa del régimen, azuzado por los poderes económicos y políticos del vecindario, de eliminar del mapa político y administrativo de Colombia al departamento del Chocó e incrementar el tamaño y las riquezas de sus tres vecinos. Júbilo en las calles y en el Parque del Centenario de la Independencia, en Quibdó. El disparate había sido contenido. El Chocó le había ganado la partida al régimen militar y a sus más enconados detractores; tal como lo había expresado y pronosticado el semanario quibdoseño La Crítica, refiriéndose al Comité de Acción Chocoana: “La importante Junta de defensa no tiene carácter partidista alguno, sino eminentemente patriótico; allí hay liberales y conservadores; los linderos sociales, raciales o egoístas han desaparecido frente a la necesidad de defender lo que es para todos tan caro y grato. Estamos seguros que, bajo la égida de tan prestigiosos profesionales, la lucha por este solar querido será coronada por el mejor de los triunfos”.[9]

Casi tres cuartos de siglo después de aquella ignominia institucional y política, que el pueblo chocoano y su dirigencia conjuraron a través de la lucha y la unidad, la intromisión de los vecinos no cesa. Antioquia, fanfarrona y engreída de sus delirios de grandeza, planea y dirige a su amaño instrumentos legales, mas no legítimos, de planificación sobre los dos mares del Chocó e impulsa autocráticamente proyectos de infraestructura en suelo que no le pertenece, como un túnel en la carretera aún sin terminar entre ese departamento y el Chocó, que evidentemente sirve más al propósito de facilitar la salida de la producción minera de concentrados polimetálicos de la Mina de El Roble, en El Carmen de Atrato, donde hay claramente intereses económicos antioqueños; que a la mejora de las condiciones de transporte del pueblo chocoano. Así como el actual alcalde de su ciudad capital, en su administración anterior, y el entonces gobernador Luis Pérez, promovieron abiertamente una recolección de dinero para financiar, por diversos medios, la lucha contra la decisión oficial de reconocer al actual municipio de Belén de Bajirá como territorio chocoano y no antioqueño.

Resistir al engaño, enarbolar la dignidad

No obstante, hoy como ayer, pululan en cada trance electoral los supuestos y nuevos mejores amigos y vecinos del Chocó, que impúdicamente llegan hasta las calles de Quibdó y otros municipios a pescar en el río revuelto de los votos amañados... Toda una vida de falsas vecindades, que al menor descuido corren desvergonzadamente la cerca como si se tratara de alguna ubérrima finca debería ser suficiente para resistir al embuste y a la insidia; renovando e izando la oriflama de la dignidad, como lo hiciera en su momento el Comité de Acción Chocoana.



[2] De Aristo Velarde. ¿SE ANEXIONARÁ EL CHOCÓ? La Crítica, Quibdó, 11 de julio de 1954. 2ª época, N° 5. Pág. 4.

[5] Ídem. Ibid.

[6] PRIMERA CAMPANADA DE SOMATÉN. La Crítica, Quibdó, 11 de julio de 1954. 2ª época, N° 5. Pág. 3ª.

[7] EL GRITO DE ALERTA CHOCOANO. Declaración del Comité de Acción Chocoana, 26 de julio de 1954. La Crítica (Un vocero del pueblo al servicio del Chocó, de la libertad y de la democracia). 2ª época-N° 8. Quibdó, Chocó, Colombia, 1° de agosto de 1954. 8 pp. Pág. 1 y 3.

[8] Ibidem.

[9] NOTÍCULAS. La Crítica. Un vocero del pueblo al servicio del Chocó, de la libertad y de la democracia. 2ª época-N° 8. Quibdó, Chocó, Colombia, 1° de agosto de 1954. 8 pp. Pág. 3ª.

02/02/2026

 El Comité de Salvación Pública del Chocó 
y el Paro Cívico de 1965

Servando Ferrer García, corresponsal del diario El Tiempo en Quibdó, dejó para la historia un detallado reportaje sobre los hechos que condujeron a la renuncia del Gobernador del Chocó, Eladio Enrique Martínez Chaverra (Foto: Archivo fotográfico y fílmico del Chocó) y a la realización del Paro Cívico regional de 1965. Recortes El Tiempo: Collage El Guarengue.

En vísperas de la Navidad del año 1965, diez meses antes del incendio que devastaría la ciudad y cambiaría para siempre la historia local y regional, se constituyó en Quibdó el Comité de Salvación Pública del Chocó, que convocó al pueblo chocoano a un paro cívico a partir del jueves 16 de diciembre a las 12 y un minuto del día.

Este comité fue una respuesta colectiva, espontánea e inmediata frente al conflicto regional por la soberanía nacional y los derechos de la gente, suscitado entre —por un ladola población de Bebedó, la alcaldía de Istmina, la gobernación del Chocó, y —por otro el inveterado poder de la compañía minera gringa Chocó Pacífico, un artificio corporativo a través del cual se adelantaron durante más de la mitad del siglo XX todos los desmanes habidos y por haber en materia ambiental, social, económica, cultural y racial contra la población chocoana; al amparo de todo tipo de artilugios jurídicos y arbitrariedades, en el marco de ventajosas concesiones y luengos permisos de explotación de metales preciosos en la antigua Provincia del San Juan, en los ríos San Juan, Condoto, Opogodó, y en el área de Lloró y La Vuelta, en el Alto Atrato y el Andágueda.

En noviembre de 1965, una draga de la compañía minera Chocó Pacífico, que adelantaba trabajos en inmediaciones de la población de Bebedó —en ese entonces corregimiento del Municipio de Istmina—, ocasionó daños irreparables en suelos y bosques, destruyó cultivos de intercambio y pancoger de propiedad de campesinos de esta localidad y sus alrededores, además de provocar deslizamientos masivos de tierras y avenidas torrenciales de ríos y quebradas, preludio y amenaza de daños aún mayores. En cumplimiento de sus atribuciones legales, las autoridades se apersonaron de la situación y, luego de diligente análisis in situ, con base en la legislación vigente, tasaron los perjuicios que la empresa minera debía pagar a los pobladores damnificados en la suma de cuatrocientos mil pesos de la época ($400.000), equivalentes aproximadamente a un poco más de quinientos millones actuales. Prevalida de su poder y acostumbrada a alegar siempre todas las formalidades posibles, a través de su numeroso y siempre obsecuente equipo de abogados, la compañía minera se negó a pagar. Por lo cual, el Alcalde de Istmina ordenó la suspensión de las operaciones de la draga identificada con el número seis en el registro de maquinarias de la empresa extranjera.

Los ministerios de Minas y de Gobierno intervinieron en la situación y enviaron desde Bogotá sendas comisiones oficiales; las cuales, al final de sus trabajos, concluyeron —como lo informó detalladamente el periódico El Tiempo, en un reportaje de Servando Ferrer García, su corresponsal en Quibdó—[1] que el daño aún no era grave y que se podrían prevenir los perjuicios sobrevinientes mediante la ejecución de obras de defensa a lo largo de aquellas orillas y aquellos montes chocoanos tan lejos de Dios y tan cerca de la angurria de las empresas mineras multinacionales y de sus serviles socios nacionales… “Con base en estos informes, el Ministerio de Gobierno autorizó a la compañía a continuar sus labores, es decir, que permitió la movilización de la draga, que permanecía inactiva por orden del alcalde de Istmina. Esta determinación del gobierno nacional provocó un movimiento encabezado por un grupo de ciudadanos de ese departamento, que se constituyeron en el comité denominado de “Salvación pública del Chocó”. A su vez, el gobernador encargado del Chocó, Eladio Enrique Martínez, se solidarizó con el alcalde y con la citada junta cívica y presentó renuncia ante el gobierno central”; aduciendo entre otras cosas que lo decidido por el gobierno nacional se trataba de un “hecho que supedita a intereses particulares extranjeros los inalienables intereses de la comunidad chocoana”; por lo cual, concluye: “Mi dignidad de chocoano y apasionado amante de esta tierra me impone el deber de renunciar a la Gobernación del Chocó, que ejerzo en calidad de encargado, para dejarle la libertad de escoger su representante seccional”.[2]

El abogado, intelectual y dirigente político Ramón Lozano Garcés renunció a su candidatura al Senado por el Partido Liberal, el 11 de diciembre de 1965, por los mismos motivos que el entonces Gobernador del Chocó, Eladio Enrique Martínez Chaverra. Su carta de renuncia, dirigida a Carlos Lleras Retrepo, entonces dirigente y candidato liberal a la presidencia, fue publicada bajo el título de "La Constitución pisoteada". FOTOS: Facebook-Ramón Lozano Garcés "Centenario".

En el Comité por la Defensa Pública del Chocó participaba el prestigioso abogado y líder político Ramón Lozano Garcés, apoderado del Municipio de Istmina en la causa de Bebedó; quien había sido nombrado miembro de honor, en homenaje a su trayectoria de recia batalla jurídica contra las empresas extranjeras y en defensa de los intereses regionales y nacionales y de la soberanía del país. Adicionalmente y para mayor mérito, Lozano Garcés acababa de renunciar a su candidatura al senado por el Partido Liberal, mediante una carta dirigida a Carlos Lleras Restrepo, dirigente y candidato liberal a la presidencia, que fue publicada bajo el título de “La Constitución pisoteada”; y en la cual, refiriéndose al motivo de su renuncia, que no era otro que la decisión nacional de apoyar a la empresa minera, en detrimento de los intereses del municipio de Istmina, afirmó: “Yo no seré notario, ni testigo indiferente de esta protocolización melancólica de la indignidad nacional, de esta agonía del régimen de derecho...”.[3]

Completaban el comité sus dos principales promotores, Joaquín Rodríguez Asprilla y Guido Perea Mosquera, así como Jaime Sarria Misas, Aurelio Rivas Mosquera, Manuel Barcha Garcés, Aurelio Mosquera Perea, Francisco Cuesta Velásquez, Reinaldo Perea, Francisco Baldrich, Adán González, Luis Moreno, Adela Maturana de Casas, Imelda Velasco Mosquera, Emma Jiménez v. de Valencia, Amira López de López y Hernán García.[4]

El 14 de diciembre de 1965, el Comité por la Defensa Pública del Chocó llamó al pueblo chocoano a un paro indefinido en reclamo de respeto hacia las autoridades locales y regionales, y en exigencia del cumplimiento, por parte de la empresa minera, de la sanción impuesta por dichas autoridades.

“El Comité de salvación pública del Chocó, teniendo en cuenta:

 

Que en el día de hoy se cumplió la orden inconstitucional e ilegal del ministro de Gobierno a las fuerzas de policía del Chocó que violan el Statu Quo en el dragado de Bebedó.

 

Que el gobernador del Chocó en vista del proceder abusivo del gobierno nacional ha presentado renuncia de su cargo.

 

Que los actos anotados colocan al pueblo del Chocó en situación de inferioridad en relación con los otros pueblos de Colombia y por lo mismo quedamos los chocoanos en el caso de legítima defensa frente a un ataque aleve a derechos que nos garantizan las leyes del país, cuya juridicidad ha quedado herida de muerte, resuelve:

 

Decretar un paro cívico que debe empezar el día jueves 16 de los corrientes a las 12 y un minuto del día en las poblaciones de Quibdó, Istmina, Andagoya, Condoto, Nóvita y el resto del territorio chocoano.

 

Autorízase a la mesa directiva para determinar el modus operandi en el paro cívico que se decreta.

 

El paro cívico solo podrá levantarse cuando lo determine este comité.

Tres días después de este comunicado, y atendiendo su propia resolución, el comité determinó el modus operandi del paro. Desde la Gobernación del Chocó, con pleno apoyo del saliente gobernador Martínez Chaverra, un agrónomo nacido en Beté con una larga trayectoria en la función pública, el Comité expidió el siguiente comunicado.

Boletín Informativo

En el despacho de la Gobernación a las doce del día de hoy se llegó al siguiente Acuerdo Patriótico entre el Gobernador del Departamento, el Comandante de la Policía Nacional, la Cámara Junior y el Comité de Salvación Pública del Chocó.

 

Primero: La policía seguirá prestando servicio normal de vigilancia tal como lo hizo en el día de ayer y continuará acuartelada.

 

Segundo: El comercio mediante acuerdo con sus miembros colaborará al éxito del paro trabajando medio día y cerrando medio día.

 

Tercero: Los empleados públicos podrán trabajar medio día y quedarán libres el otro medio día para sumarse al Paro.

 

Cuarto: Habrá libertad absoluta para transporte terrestre y fluvial.

 

Quinto: El paro cívico deberá continuarse tal como se inició, en forma pacífica, ordenada y completa, bajo la responsabilidad de los dirigentes, para evitar atropellos y desmanes a las personas y a los bienes.

 

Queda en esta forma garantizado el éxito del Paro Cívico en todo el territorio chocoano y se espera por lo tanto la colaboración entusiasta y permanente de todos los chocoanos y de quienes no siendo chocoanos se sientan vinculados a esta causa.

 

Quibdó, diciembre 17 de 1965

 

Comité de Salvación Pública del Chocó, Cámara Junior, Jefe de Organización y Propaganda.

El 17 de diciembre de 1965, el denominado Comité de Salvación Pública del Chocó comunicó a la sociedad chocoana el "modus operandi" del paro, con pleno respaldo de la Gobernación. A la derecha, el Gobernador del Chocó, Eladio Enrique Martínez Chaverra, acompañado de Teresa Martínez de Varela, Nicanor Mena Perea, Manuel Barcha Garcés, Antonio de J. Murillo y demás secretarios de despacho de su equipo de gobierno, en un desfile público (octubre 1965), con  participación de estudiantes del Colegio Carrasquilla y del Instituto Pedagógico Femenino. FOTOS: Archivo fotográfico y fílmico del Chocó.

Curtido en luchas cívicas como camino para avanzar en el reconocimiento de sus derechos y en la obtención de mínimos vitales de respeto a su dignidad, por parte del Estado colombiano y la sociedad nacional; el pueblo chocoano había salido a las calles una década antes de aquel paro cívico —en septiembre de 1954—, para impedir que a solamente siete años de su creación como departamento su territorio fuera indecorosamente repartido entre sus ambiciosos vecinos, encabezados, cómo no, por la voraz Antioquia. Dos años después —en agosto de 1967— protagonizaría la Huelga de agua y luz, para reclamar el cumplimiento de los planes de reconstrucción de Quibdó después del pavoroso incendio que la había destruido el 26 de octubre de 1966. Y veinte años después, en mayo de 1987, en una gesta histórica que empezó a poner la región a tono con la actualidad, un nuevo paro cívico daría comienzo a una nueva época de reivindicaciones, que aún no termina. De hecho, el actual Comité Cívico por la Salvación y la Dignidad del Chocó, en comunicado del pasado 24 de enero, informó que “ante la decisión del Gobierno Nacional de cambiar la destinación de recursos que estaban previstos para financiar algunas vías del Chocó, y otros proyectos estratégicos para la región; al igual que el incumplimiento a los acuerdos firmados en el 2016, ha determinado reactivar el PARO CÍVICO departamental, suspendido en el 2017”.[5]

En curso de esa decisión los voceros del comité y gobernantes de la región han acordado el establecimiento de una mesa de diálogo con el gobierno nacional: “El Viceministro para el Dialogo Social y los Derechos Humanos y la Vicepresidencia de la República en articulación con la gobernadora del Chocó, la alcaldesa de Atrato y voceros del Comité Cívico  por la Salvación y Dignidad del Chocó, sostuvieron un dialogo los días 27 y 28 de enero, frente a los seguimientos de los acuerdos del Paro Cívico, con el objetivo de trazar una ruta para el cumplimiento de los compromisos. Se acordó que para seguir avanzando es fundamental llevar a cabo la mesa de diálogo en el territorio chocoano las próximas semanas, con participación de funcionarios del más alto nivel del gobierno nacional”.[6]

“De no encontrar eco a nuestras solicitudes, continuaremos, con todo rigor, las acciones de movilización convocadas a partir del día 12 de febrero del año en curso, a las cuales estamos invitando a todas las fuerzas vivas de la chocoanidad”; advierte finalmente el Comunicado para la Comunidad Chocoana, del 24 de enero de 2026, expedido por el Comité Cívico por la Salvación y la Dignidad del Chocó.

Hoy, como ayer, seguramente habrá que gritar en las calles que el pueblo no se rinde, carajo, o que ni por el más ni por el menos, ni por el putas retrocedemos; pues la institucionalidad colombiana, así se deshaga en promesas en cada coyuntura electoral, ha demostrado en la práctica que al Chocó solamente lo oye cuando, organizado, protesta masivamente en las calles y en las plazas.



[2] Ídem. Ibidem. Sin negritas en el texto original.

[3] El texto completo de la carta de Ramón Lozano Garcés y el mensaje completo de renuncia a la Gobernación por parte de Eladio Enrique Martínez Chaverra fueron publicados en El Guarengue bajo el título: 2 renuncias memorables. Septiembre 4 de 2023: https://miguarengue.blogspot.com/2023/09/2-renuncias-memorables-eladio-enrique.html

[4] EL TIEMPO, miércoles 15 de diciembre de 1965. Renunció el Gobernador del Chocó. Página 21. Por: Ferrer, corresponsal.

[5] Comité Cívico por la Salvación y la Dignidad del Chocó. Comunicado para la Comunidad Chocoana (24 de enero de 2026).

[6] Gobierno Nacional y Comité Cívico por la salvación y dignidad del Chocó definen ruta para mesa de alto nivel en el territorio. https://www.mininterior.gov.co/noticias/gobierno-nacional-y-comite-civico-por-la-salvacion-y-dignidad-del-choco-definen-ruta-para-mesa-de-alto-nivel-en-el-territorio/

26/01/2026

 “Balance mensual de un maestro chocoano” (1955)

Portada del periódico La Crítica, Quibdó, febrero 1955 (recorte de imagen de una edición digitalizada por la Hemeroteca del Chocó). Panorámica de la Normal Superior de Quibdó, 1942 (Foto: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó).

La Normal Superior de Quibdó, que cumple 90 años de existencia en septiembre de 2026, graduó sus primeros 29 maestros en 1940 y 1941: “Los primeros grados fueron concedidos en 1940 y los graduados alcanzaron el número de 15; en 1941 se expidieron grados a 14 normalistas más”, anota el Informe del Intendente Nacional del Chocó, Dionisio Echeverry Ferrer, en 1942. La creación masiva de escuelas rurales y urbanas en todo el territorio chocoano, como parte de una estrategia nacional y regional de universalización de la educación pública como derecho de todos los sectores sociales de la región, impulsada a partir de 1934, hizo posible que el ejercicio del magisterio se convirtiera en nueva y estable profesión para la juventud del Chocó.

No obstante, dos décadas después del comienzo de aquella especie de revolución educativa, las normales de la región comenzaron a exceder con su oferta de maestros y maestras la demanda del sistema escolar público del recién creado Departamento del Chocó. A ello se sumaron fenómenos como las primeras impuntualidades en el pago de sueldos y prestaciones a los maestros, al igual que la falta de incentivos que en condiciones similares sí existían y se reconocían en otras regiones del país; la creciente manipulación de nombramientos, traslados y ascensos por parte de administradores del sector educativo y dirigentes de los movimientos políticos regionales; y el manejo poco eficiente de los recursos, hasta el punto de que a finales de la década de 1960 hubo periodos en los que se convirtió en algo común el pago de la nómina en especie, con cajas de aguardiente Platino de la Fábrica de Licores del Chocó; y, hacia finales de los años 70 y la década de los 80, fue corriente la situación de un magisterio trabajando a debe, con tantos meses acumulados sin recibir su paga que los comerciantes les cerraban los créditos y los agiotistas —muchos de ellos adscritos al poder político que había permeado el sector— hicieron su agosto durante todos los meses del año, durante largos años.

Este conjunto de fenómenos contribuiría a que se generalizaran y se convirtieran en hecho corriente año tras año, desde mediados de la década de 1970, las migraciones masivas de maestras y maestros del Chocó recién graduados hacia múltiples regiones de Colombia; en muchas de las cuales protagonizarían significativos e incluso heroicos procesos de “colonización” educativa, llegando a lugares donde ni siquiera los maestros egresados de las normales de las propias regiones aceptaban llegar; una historia esta que aún está por contar, pero de algunos de cuyos aspectos centrales nos ocuparemos durante este año en El Guarengue, a propósito del nonagésimo aniversario de fundación de la Normal Superior de Quibdó, de donde nos graduamos como parte de la primera promoción de Maestros Bachilleres.

Por ahora, como una muestra significativa de los comienzos de la crisis a la cual nos acabamos de referir, les ofrecemos el testimonio de un maestro acerca de la problemática económica que el magisterio chocoano ya empezaba a vivir. Bajo el título de “Balance mensual de un maestro chocoano”, el texto fue publicado el 13 de febrero de 1955, en el periódico La Crítica —Un vocero del pueblo al servicio del Chocó, de la libertad y de la democracia—, fundado y publicado en Quibdó por Balbino Arriaga Castro (director) y Cosme Damián Moreno P. (administrador), impreso en mimeógrafo. Luego de presentar con cifras la relación de gastos de su sueldo, el maestro autor del texto anota como constancia y premonición: “…este cúmulo de problemas tan serios […] está obligando a mis colegas a emigrar en busca de mejoras económicas y garantías sociales”... 

Las condiciones han cambiado radicalmente, en gran parte gracias a los maestros y las maestras que contribuyeron a abrir el camino que hoy el magisterio chocoano transita, comparativamente, con innegable comodidad. Leer este testimonio es un detalle de mínima memoria histórica con quienes contribuyeron a abrir y a hacer más expedito ese camino.

Julio César U. H. 

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Balance mensual de un maestro chocoano
(Periódico La Crítica. Quibdó, febrero 13 de 1955. 2ª Época, N° 31, 8 páginas, pág. 2)

Esta angustiosa y miserable vida que llevamos me obliga en este instante a decir la verdad y nada más que la verdad; antes de entrar en materia, me introspecciono y recuerdo que tanto mis primeros educadores como los textos de urbanidad me han enseñado que todo cuanto sucede en la casa y en la escuela no tiene por qué llevarse a la calle; pero, ya en esta apremiante ocasión, voy a enterrar esos consejos tan indispensables para toda persona y ceñirme a la pura y santa verdad.

Un maestro de la primera categoría y al servicio del Departamento del Chocó gana mensualmente el fabuloso sueldo -según enemigos del magisterio- de la irrisoria suma de $170,00, de los cuales necesaria e imperiosamente tiene que gastar:

1-En alimentación, como barata………………$ 90
2-Arreglo de ropa……………………………........$ 10
3-Arrendamiento de pieza para vivir………..$ 10
4-Cuota para la Caja de previsión social……$ 5,10
5-Cuota para la Cooperativa del magisterio.$ 5,20
6-Para estampillas……………………………….....$ 0,20
7-Para cuatro nóminas empleados…………….$ 0,20
Total……………………………………………….........$120,50

Sin lugar a ninguna clase de duda, esto es cuanto gasta el maestro, abnegado educador chocoano, mensualmente, no dejando de advertir, sí, que la alimentación, arreglo de ropa y pieza para vivir aparecen a estos módicos precios porque se trata del maestro Fulano de tal, hijo o sobrino de la comadre de mi abuela y que vino de tan lejos a trabajar por acá. Tampoco se debe dejar pasar por lo alto que única y exclusivamente me estoy refiriendo a un maestro que sea soltero. ¿Qué os diré de los casados y con cuatro o más hijos?

Ahora bien, deduciendo los costos anteriores a la nómina del perseverante y mesurado maestro ($170 menos $120,50), le viene a quedar un saldo de $49,50, dizque para mandar a hacer un vestido, hacer remontar sus zapatos para poder asistir a las clases, comprar útiles y textos de consulta, comprar parte del material para la casita que ha pensado construir, y ayudar a sus padres. Todavía no he incluido los gastos por concepto de jabón de baño, desodorante, pasta dentífrica y las drogas que tiene que comprar a precios alterados cuando enferma en esos lugares, porque hasta allá no se extiende el servicio de la Caja de previsión social.

¿Qué le podrá quedar al humilde apóstol de la educación, para ahorrar en la prestigiosa Caja Colombiana de Ahorros? ¿Qué diremos entonces de los maestros de categorías inferiores y que devengan menos? Respóndase, amable lector.


19/01/2026

 Fútbol chocoano: 100 años de historia

Euclides Pacheco, maestro del bombo y leyenda de la percusión en la Chirimía Chocoana; Jesús Lozano Asprilla, adalid de la fundación de la Universidad Tecnológica del Chocó y su primer rector; y Senén Mosquera, histórico arquero de Millonarios; forman parte de la historia del fútbol chocoano, que en 2026 cumple 100 años y que desde la década de 1950 tuvo en la cancha de la Normal de Quibdó su escenario privilegiado. FOTOS: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó / El Guarengue.

Se cumplen, en agosto de este 2026 que comienza, 100 años del acontecimiento que bien puede considerarse como hito fundacional del fútbol chocoano: la inauguración en Quibdó del Campo de Fútbol Rita María Valencia, primer escenario deportivo de la ciudad destinado a este deporte y nombrado así en homenaje de gratitud a la Reina de los Estudiantes, quien apoyó ante su hermano Jorge Valencia Lozano, que era entonces el Intendente Nacional del Chocó, a pioneros de la promoción local y regional del fútbol, tales como el célebre compositor Rubén Castro Torrijos y el Maestro Pedro Serna, uno de los primeros músicos y directores de la legendaria Banda de Música de San Francisco de Asís, en su empeño para que la Intendencia agilizara la construcción y adecuación de dicha obra, que ya se encontraba en marcha y que estaba ubicada en el espacio que posteriormente fue ocupado por un programa de vivienda del Instituto de Crédito Territorial, ICT, en la actual Carrera 7ª entre los barrios Pandeyuca (calle 25) y Yescagrande (calle 24).

En su edición del 10 de agosto de 1926, el periódico ABC describe aquella primera cancha de fútbol de Quibdó: “El campo no tiene que envidiar nada a sus similares de otras poblaciones. Queda situado en la esquina que forman la Avenida Istmina y la calle séptima. Está cercado de concreto de más o menos 2 pies de altura. Su pavimento es perfecto y apropiado. Está adornado con columnas. Tiene una superficie de 3.600 metros".[1]

Con campo de arena, dotada de graderías de madera y con su perímetro demarcado en concreto, esa cancha de fútbol pasaría a ser uno de los escenarios favoritos de la población quibdoseña para su esparcimiento los fines de semana. Además de la pesca y los paseos en el río Atrato, los baños y tardes de recreo en los distintos charcos de la quebrada La Yesca, las caminatas hacia las afueras de Quibdó y las retretas dominicales de la banda de música en el Parque Centenario; la comunidad quibdoseña de finales de la década de 1920 encontró —en este escenario— diversión adicional en la asistencia a los juegos de aquel deporte novedoso, tan novedoso que aún no se conocía en todo el país y aún tendrían que pasar dos décadas para que se disputara por primera vez el campeonato oficial de fútbol profesional colombiano.

En poco tiempo, luego de la inauguración de aquel campo de juego, el fútbol ganó favoritismo entre la juventud quibdoseña en general y, en particular, entre los estudiantes del histórico Colegio Carrasquilla, quienes, además de integrar el equipo oficial de su institución, se alinearon también, junto a otros jóvenes, en equipos como el Team 20 de Julio, Águilas, Buitres, Kin-K-Yu F.B.C. y Quibdó F.B.C., que en la primera década del fútbol chocoano fueron los equipos emblemáticos de la ciudad; a los cuales se sumarían las selecciones provinciales del Atrato y del San Juan, cuyos enfrentamientos marcaron una época de buen fútbol y fervorosa afición hasta bien entrada la década de los años 1960, cuando ya este deporte había consolidado su popularidad en el país y en la región, y había producido los primeros talentos de exportación del Chocó hacia los equipos profesionales del país. “Además de los acostumbrados baños en la quebrada La Yesca, la actividad física había estado muy limitada. Con la construcción de la cancha de fútbol, en el año 1926, cambió por completo la actividad de los hombres, especialmente de los estudiantes. Un deporte que en el interior del país entró a través de los clubes sociales, en Quibdó fue una actividad popular desde el inicio”, anota Luis Fernando González en su clásico trabajo sobre la historia del desarrollo urbano de Quibdó hasta 1950.[2]

Entre 1941 y 1942, fueron inauguradas las instalaciones de la Escuela Normal Superior de Quibdó en las afueras de la ciudad, en terrenos aledaños al río Cabí. Aunque al principio no estuvo del todo lista y mucho menos adecuada, se construyó allí una cancha de dimensiones más amplias y reglamentarias que la inaugurada en 1926, que hasta entonces había sido el escenario único y representativo del fútbol en Quibdó. Desde la década de 1950, el campo de fútbol de la Normal se convirtió en punto de referencia y escenario de cita dominguera de los quibdoseños. Los espectadores de aquellos inolvidables partidos y campeonatos locales y regionales fueron testigos, domingo a domingo, de la creciente calidad del fútbol chocoano, que muy pronto incorporaría al campeonato profesional colombiano sus primeros e indiscutibles talentos. El equipo de la Escuela Normal Superior de Quibdó se convertiría en el eterno rival del Carrasquilla en tan gloriosas épocas de aquel fútbol brillante, calidoso, que tanto disfrutaría la gente de aquella ciudad donde aún los niños jugaban en la calle y se bañaban en el aguacero, la gente se moría de vieja y las puertas de las casas se cerraban con trancas de madera.

En su edición del domingo 2 de enero de 1955, el periódico quibdoseño La Crítica, que se definía como “un vocero del pueblo al servicio del Chocó, de la libertad y de la democracia”, dirigido por Balbino Arriaga C. y administrado por Cosme D. Moreno P., informa en una breve crónica detalles de uno de los clásicos partidos entre las selecciones del Atrato y del San Juan. En esta pieza periodística —para honra, prez y memoria de la historia del fútbol chocoano— quedó registrado el hecho de que uno de los más grandes percusionistas de la Chirimía Chocoana, el maestro del bombo Euclides Pacheco, actuando como baluarte de la defensa del equipo del Atrato, “cede un penalti” —en el minuto 43 del segundo tiempo—; el cual es ejecutado por el entonces brillante delantero de la Selección del San Juan y muchos años después promotor y líder de la fundación de la Universidad Tecnológica del Chocó y su primer Rector, Jesús Lozano Asprilla; quien con todo cálculo y potencia dispara hacia el centro del arco, pensando que el arquero volaría hacia cualquiera de los dos lados, sin contar con que el gran Senén Mosquera, que actuaba como guardametas de la Selección Atrato y llegaría a ser una leyenda de la portería en el fútbol colombiano al servicio de Millonarios, se quedaría inmóvil hasta que el hábil delantero pateara y de modo inesperado rechazaría con doble puño la pelota con la que el gran Chucho Lozano pretendía engañarlo.

El partido de fútbol entre las selecciones Atrato y San Juan resultó, como se esperaba, un encuentro reñido. Bajo el arbitraje del colegiado don Ángel Palacios P., se realizó la competencia en la que se enfrentaron la experiencia de los atrateños y el corajudo empeño de los sanjuaneños; la actuación del árbitro fue buena, generalmente. El partido terminó con el score de 1-0, por goal obtenido mediante un tiro rastrero de Millo García, quien puso en ventaja a los atrateños. Es de lamentar la inexplicable actuación de Alejandro Hinestroza, portero titular del conjunto Campeón Departamental (Normal Foot-ball Club), frente a esta circunstancia. Cierto que la lluvia y el mal estado de la cancha habían tornado el esférico resbaladizo, pero, aun así, el tiro era atajable.

 

El coraje con el que jugó el cuadro representativo del San Juan no solo era digno de proporcionarles el empate, sino que hasta pudo darles el triunfo. En todo caso, el empate hubiera sido justo y hasta parece que la Providencia lo hubiera buscado cuando, a la altura de los 43 minutos del segundo tiempo, Euclides Pacheco cedió un penalty cuando no se explicaba.

 

Pero, digamos otra cosa; el keeper del conjunto Atrato, Senén Mosquera, estaba en una tarde consagratoria. Solo así pudo contener el empuje de los delanteros sanjuaneños, quienes llegaron hasta hacerle cinco tiros consecutivos desde la línea de candela y más tarde, cuando todos se mostraban satisfechos por el posible empate, que como ya dijimos hubiera sido lo más justo, rechazó con doble puño el tiro violento con que Chucho Lozano le cobrara el penalty. En esta jugada se presentaron por igual la experiencia del cañonero y la del arquero. Lozano, en espera de que Mosquera hiciera la espectacular estirada ante el disparo, le lanzó la pelota encima, pero este no se movió y defendió el triunfo de la Selección Atrato.[3]

El buen trabajo del árbitro Ángel Palacios P.; el gol de Millo García, que según el cronista pudo ser evitado por el portero de la Selección San Juan, Alejandro Hinestroza, quien era titular en el mismo puesto en la nómina del equipo Normal Foot-ball Club, que en ese momento ostentaba el título de Campeón Departamental; la experiencia de Chucho Lozano y la tarde consagratoria de Senén Mosquera; son datos valiosos que, aparte del detalle narrativo del penalti, nos deja en sus tres párrafos la crónica del periódico La Crítica para beneficio de la historia de los cien años del fútbol chocoano. Del mismo modo que el uso de palabras inglesas en el texto, como score, goal, Foot-ball, penalty, keeper, dan cuenta de que el fútbol seguía siendo tan nuevo que aún había que recurrir a las palabras originales para denominarlo como deporte y para nombrar sus incidencias y puestos en la cancha; así como el empleo, en algunos casos hiperbólico, de voces como cañonero y línea de candela, encuentro, partido y competencia, nos muestran las adaptaciones del lenguaje periodístico de la época para informar sobre fútbol y la habilidad narrativa del autor de la crónica publicada hace 71 años en aquel periódico quibdoseño que se imprimía en mimeógrafo.

Campo de Fútbol Rita María Valencia, Quibdó, abril de 1927. Inaugurada en agosto de 1926, esta fue la primera cancha de fútbol que existió en Quibdó y la única hasta la apertura de la cancha de la Normal Superior a finales de la década de 1940. Allí comenzó el fútbol chocoano, que en 2026 cumple 100 años de historia. FOTO: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó.

Medio siglo después de inaugurada la primera cancha de fútbol de Quibdó, de conformados los primeros equipos y jugados los primeros partidos; dos décadas después del memorable partido en el que quien sería uno de los mejores arqueros de Colombia le taparía un penalti —cedido por uno de los mejores intérpretes del bombo en la chirimía chocoana— a quien sería fundador y primer rector de la primera universidad pública del Chocó; fue fundado el torneo de fútbol Amistades del San Juan, que en el presente enero acaba de celebrar en Andagoya su 51ª versión; y que junto a la Copa Faraón, en Cértegui, y al Día del futbolista chocoano, en el estadio de la Normal, en Quibdó, entre otros certámenes, le dan continuidad a la maravillosa tradición del fútbol vacacional en una región que, aun sin atención gubernamental, ha encontrado en este deporte una manera amable de sobrellevar su suerte, en escenarios que bien podrían ser más dignos y reglamentarios; pero que continúan siendo tan concurridos como hace 100 años lo fue la primera cancha de fútbol de Quibdó: el Campo Rita María Valencia.[4]

A Cacha y Papora (QEPD), dos cracks de estos 100 años de historia...



[1] Periódico ABC N° 1238. Quibdó, 10 de agosto de 1926. N.B.: aunque esté en desuso esta acepción, pavimento también se refiere al suelo que se interviene para dejarlo plano, afirmado y sólido, con materiales distintos al concreto. Así que, si bien el cerramiento del campo era en concreto, la cancha no lo era.

[2] González Escobar, Luis Fernando. Quibdó, contexto histórico, desarrollo urbano y patrimonio arquitectónico. Centro de publicaciones Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín, febrero 2003. 362 pp. Pág. 173.

[3] LA CRÍTICA. Quibdó-Chocó-Colombia. 2ª época, Número 28, Enero 2 1955. 8 páginas. Página 2. Croniquillas de ACC. Archivos digitales 1954 y 1955, cortesía Gonzalo Díaz Cañadas.

[4] Detalles adicionales sobre los primeros años del fútbol chocoano, la primera cancha en Quibdó y algunas figuras de leyenda de este deporte en el Chocó pueden leerse en De la estirpe de Senén Mosquera. El Guarengue, 1° de abril de 2024: https://miguarengue.blogspot.com/2024/04/de-la-estirpe-de-senen-mosquera-jhon.html