03/08/2026

 Estampas quibdoseñas (VII)
—Un pueblo en acción—

Quibdó, septiembre 1954. Carrera Primera, Parque Centenario e iglesia parroquial. Al fondo, manifestación de protesta contra la intentona de desmembración del Chocó por parte del régimen militar de Rojas Pinilla. Foto: El Espectador.

Asamblea de comités de Acción Chocoana

Entre el 5 y el 8 de agosto de 1955, un mes largo antes de cumplirse un año de la gesta ciudadana de defensa de la categoría departamental del Chocó, frente a la intentona de suprimirlo y repartir su territorio entre los integrantes del agalludo vecindario: Antioquia, Valle y Caldas[1], cuyos industriales, políticos y empresarios habían convencido al régimen de Rojas Pinilla de la fallida desmembración; se reunió en Quibdó la primera Asamblea de Comités de Acción Chocoana, constituida por los órganos locales confluyentes en el gran Comité, que asumió la defensa —literalmente aguerrida— de la dignidad, la territorialidad y la institucionalidad de la región, ante la desfachatez del poder nacional y de su ambicioso séquito, cuyo descarado ataque sería conjurado en septiembre de 1954.[2]

La plana mayor de la lucha chocoanista se hizo presente en aquella asamblea. Representantes de los comités de diversas ciudades y poblaciones del Chocó y Colombia llegaron hasta Quibdó. Por el comité de Bogotá participaron el ya famoso parlamentario Diego Luis Córdoba y don Jorge Abadía; por el de Cartagena, el destacado educador Saulo Sánchez Córdoba; por el comité de Popayán, don Alcibíades Garcés, el prestigioso locutor, programador y administrador de La Voz del Chocó, pionera de la radio pública regional;[3] y por Barranquilla, Leopoldino Machado, reconocido tribuno liberal, quien propuso originalmente la idea de llevar a cabo la asamblea; en la cual se hicieron presentes también delegados de los comités de Medellín y El Bagre (Antioquia); pueblos del San Juan y el Baudó, la Costa Pacífica, El Carmen de Atrato, Bagadó, Riosucio y Acandí.

Como quedó registrado en el periódico La Crítica, de propiedad de Cosme Moreno y cuyo director era Balbino Arriaga Castro, a la magna asamblea llegaron «también delegados por los universitarios chocoanos y nutrida representación de los invitados de honor. Como representantes del gobierno departamental asistieron los doctores Absalón Lozano y Carlos Augusto Agudelo, secretarios de Hacienda y Obras Públicas, respectivamente, como también el Licenciado Don Heliodoro Conto A., Secretario de Educación. La mujer chocoana se hizo presente con la asistencia de las damas señora Teresa de Varela y señoritas Amelia Barrios F. y Licenciada Carmen Serna».[4]

Los oradores principales de la 1ª Asamblea de Comités de Acción Chocoana fueron el doctor Ramón Lozano Garcés, Presidente del Comité, quien la inauguró; Aureliano Perea Aluma, del Comité Ejecutivo; Saulo Sánchez Córdoba, delegado por el comité de Cartagena; y Diego Luis Córdoba, quien pronunció el discurso de clausura del evento. El Tiempo y el Diario del Caribe llegaron hasta Quibdó con sus enviados especiales, Luis Enrique Osorio y Alfonso Fuenmayor, respectivamente. «Las conclusiones de la asamblea son el resultado de la misión dignamente cumplida por esos desvelados hijos de la tierra, que sienten sus dolores y piden la misericordia de su justa salvación», anotó en su reseña el periódico La Crítica.[5]

Sociedad de Mejoras Públicas

Cuatro días antes de la inauguración de la Asamblea Plenaria del Comité de Acción Chocoana, otra organización ciudadana de beneficio colectivo, la Sociedad de Mejoras Públicas de Quibdó (SMP), se reunió en la casa del señor Deofanor Valencia y eligió a sus directivos para un nuevo periodo reglamentario: Presidente, Lascario Barboza Avendaño; Vicepresidente, Juan de Dios Garcés; Tesorero, Ismael Aldana Montes; Fiscal, Cosme D. Moreno; Vocales: Fernando Martínez Velásquez y Rafael Vargas Valoyes.

Como lo reseñó el periódico La Crítica en su edición del día siguiente, la SMP llevó a cabo su primera sesión con los nuevos directivos el viernes 12 de agosto de 1955, «con cuórum completo, en el salón de recibo del consultorio del Doctor Lascario Barboza A.». Allí fue nombrado secretario el señor Juan María Moreno y se requirió al nuevo tesorero que prestara la respectiva fianza ante las autoridades, para que así recibiera el cargo de manos de su predecesor, don David Ochoa R.

Un mes después, en un hecho sin antecedentes, ya que los cargos de esta entidad se desempeñaban ad honorem; su antiguo secretario, Marco Tulio Murillo, «denunció y embargó» a la Sociedad de Mejoras Públicas de Quibdó por una suma indeterminada de dinero a cuenta de los servicios prestados en el periodo anterior. Mientras que el recién nombrado secretario no asumió su cargo y en su lugar fue nombrada la educadora Belisa Ayala de Velásquez, esposa del eminente intelectual Rogerio Velásquez Murillo.[6] «Ya tomó posesión del importante y delicado cargo de la Secretaría de la SMP doña Belisa Ayala de Velásquez, a quien se le nota un marcado interés por el mejoramiento de la ciudad. Doña Belisa no exige remuneración alguna, porque sabe de espíritu público».[7]

Quibdó-Parque Centenario antes del incendio de 1966. Fotos: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó (sin fecha).

En la misma nota en la que informa sobre la posesión de la nueva secretaria, el periódico quibdoseño La Crítica anota que «La Sociedad de Mejoras Públicas de Quibdó viene laborando con interés desde hace varios días, a fin de darle nueva vida. Obra de ella son los trabajos en el parque del Centenario, cuya arborización y ornato quedaron a cargo del Ingeniero Agrónomo Dr. Luis Julián Moreno. […] Se espera que el Tesorero entre en ejercicio para entrar en otras actividades, como es la adquisición del local donde funcionarán la Sociedad de Mejoras Públicas de Quibdó y la Sociedad de Agricultores del Chocó (SACH)».[8]

Sociedad de Agricultores del Chocó

Unos meses antes, el 25 de junio de 1955, había sido reorganizada la Sociedad de Agricultores del Chocó (SACH). Una de sus primeras gestiones, llevada a cabo un mes después, fue la reunión de la Comisión de Crédito Agrario de la SACH con el recién nombrado Gobernador Militar, Coronel Carlos Ortiz Torres, para el establecimiento de acuerdos que permitieran reactivar la prestación de servicios crediticios por parte de la Caja de Crédito Agrario de Quibdó, a través de un trabajo conjunto entre las autoridades, la Zona Agropecuario del Chocó y la SACH, cuyos comisionados para este tema y participantes en la reunión fueron Manuel Valdés Becerra, Lascario Barboza Avendaño, Higinio Lozano Garcés y Juan Carrasco Posso.

Además de los acuerdos para la reactivación del crédito agrario en la región, la comisión de la SACH consiguió el compromiso del Gobernador en el sentido de garantizar que el contratista de producción de la Fábrica de Licores del Chocó hiciera compra preferencial de panela y miel a los productores chocoanos.

El 30 de agosto de 1955, en una breve nota de su edición N° 43, el periódico La Crítica, de Quibdó, informa que «la SMP y la SACH funcionarán en un mismo local; según nos han informado, será en el mismo que ocupó el doctor Gabriel Meluk con su oficina de abogado, en la calle 5ª junto al café “El Oasis”»

Directorio profesional

Un año atrás, un nutrido grupo de profesionales chocoanos, cuyo prestigio trascendería los límites de su vida y del mapa del Chocó, anunciaba sus servicios en un “Directorio Profesional”, que el periódico La Crítica publicaba en cada edición como parte de sus avisos publicitarios.

Lascario Barboza Avendaño ofrecía sus servicios como Médico y Cirujano, en su consultorio de la carrera 1ª frente al parque del Centenario; su número de teléfono era el 1-3-7.

Ramón Lozano Garcés se anunciaba así: «Abogado de la U. de A. Atiende toda clase de asuntos penales, civiles, laborales y administrativos. Litiga ante los juzgados de Quibdó e Istmina. Carrera 1ª. Tel. # 4-6-8».

«El Dr. Aureliano Perea Aluma ha abierto nuevamente su oficina de abogado en esta ciudad. Calle 8ª entre carreras 1ª y 2ª. Bajos de la casa de herederos de Don Erasmo Rengifo. Puede ocuparlo desde el próximo lunes 2 de agosto». Se informaba en un aviso de La Crítica, del 1° de agosto de 1954.

Julio Figueroa Villa, Médico y Cirujano; los abogados Gabriel Meluk Aluma, Próspero Ferrer Ibáñez, Medardo Ferrer Ferrer, Evelio Valois Arrunátegui; y el Ingeniero Civil Oscar Castro Conto, quien en ese momento trabajaba en la construcción del templo de San Francisco de Asís, posterior catedral de Quibdó; también formaban parte del directorio profesional que publicada el periódico La Crítica.

Directorio Profesional del Periódico La Crítica, Quibdó, 1954. Recortes y edición: El Guarengue.

Igualmente, publicaba un aviso en La Crítica, de Quibdó, un jovencito de 16 años, que cuatro años más tarde deslumbraría a nacionales y extranjeros participantes en el Simposio Americano sobre Zonas Húmedas Tropicales, con su trabajo de diagramación, diseño, dibujos e ilustraciones de portadas y portadillas de una Monografía del Chocó, que a instancias del Gobernador Miguel Ángel Arcos fuera presentada por Rodolfo Castro Torrijos en este evento de importancia mundial. Dicho jovencito era Balbino Arriaga Ariza,[9] futuro pintor y laureado Maestro de Artes Plásticas de la Universidad Nacional de Colombia. El texto de su publicidad era el siguiente: «Balbino Arriaga Jr. Se encarga de todo trabajo relacionado con pintura, en decorados y dibujos, copia de planos, retoque de imágenes, etc. Ocúpelo. Quibdó, Avenida Istmina frente Colegio Carrasquilla»... 

Todos y cada uno, desde sus lugares y profesiones, seguían trabajando por la dignidad del Chocó, aun en medio de aquel régimen militar que del desprecio por la región había pasado a la zalamería y a la diligente atención institucional.



[1] En ese momento, el departamento de Caldas incluía en su jurisdicción los territorios de los actuales Caldas, Quindío y Risaralda.

[2]  El Comité de Acción Chocoana (1954) y la codicia del vecindario. El Guarengue, 9 de febrero de 2026. https://miguarengue.blogspot.com/2026/02/el-comite-de-accion-chocoana-1954-y-la.html

[3] Ver: La primera emisora del Chocó. El Guarengue, 15 de febrero de 2021. https://miguarengue.blogspot.com/2021/02/laprimera-emisora-del-choco-proposito.html

[4] LA PRIMERA ASAMBLEA PLENARIA DE COMITÉS DE ACCIÓN CHOCOANA. La Crítica. Un vocero del pueblo al servicio del Chocó, de la libertad y la democracia. Quibdó-Chocó-Colombia. N° 39, junio 18 de 1955. 8 pp. Pág. 3. Archivo Hemeroteca del Chocó.

[5] Ídem. Ibidem. N.B. El Diario de Barranquilla es realmente el Diario del Caribe, de Barranquilla.

[6] Entre otros artículos de El Guarengue sobre Rogerio Velásquez Murillo, pueden leerse:

*Recordando a Rogerio Velásquez. 4 de enero de 2021.

https://miguarengue.blogspot.com/2021/01/recordando-rogeriovelasquez-rogerio.html

*Rogerio Velásquez: un pionero, un precursor. 8 de enero de 2024.

https://miguarengue.blogspot.com/2024/01/rogerio-velasquez-un-p-ionero-un.html

[7] La Crítica. Un vocero del pueblo al servicio del Chocó, de la libertad y la democracia. Quibdó-Chocó-Colombia. N° 44, septiembre 16 de 1955. 8 pp. Pág. 5. Archivo Hemeroteca del Chocó.

[8] Ídem. Ibidem.

[9] Sobre la vida y trayectoria de este artista, en El Guarengue, 18 de marzo de 2024, Balbino Arriaga Ariza: “Los colores del Atrato”. https://miguarengue.blogspot.com/2024/03/balbino-arriaga-ariza-los-colores-del.html

27/07/2026

 Victoria y Cornelia 

*1-Fragmento del Mural «Historia de la Ley 70», de Fredy Sánchez Caballero, en la Universidad Claretiana de Quibdó. 2-Ana Victoria Torres en un cuadro recordatorio en la sede de Cocomacia en Quibdó. 3-Logotipo original de la Asociación Campesina Integral del Atrato, ACIA, hoy COCOMACIA, dibujado por Maximino Cerezo Barredo. FOTOS: Archivo El Guarengue.

Si así no hubiera sido, quizás no estaríamos contando el cuento. Fueron tiempos en los que innumerables horas, días completos y semanas enteras —con lluvia, trueno o relámpago— se destinaron al desarrollo de capacitaciones, reuniones y talleres, en los montes y las orillas, escuelas y capillas, de cuanto pueblo se le midió a recibir, alojar, alimentar y cuidar a los participantes que llegaban en representación de sus comunidades para asistir a estos eventos que, aunque eran diferentes a los escenarios que desde antiguo convocaban a parientes y visitantes de otras orillas y otros montes, como los velorios y las últimas novenas, las fiestas patronales, los bautizos y los matrimonios; tenían en común su carácter colectivo y su propósito comunitario.

Por meses y años, entre mediados de los 80 y principios de los 90, hasta que capacitarse y formarse se convirtió en parte de la vida cotidiana; a los quehaceres diarios y a los calendarios anuales de socolas y siembras, de faenas de pesca y caza, de recolección y cosecha, de entresacas forestales, de azoteas de yerbas y patios de frutales, de cateo y barequeo, de fiestas patronales y conmemoraciones especiales, en las comunidades afrochocoanas del Atrato Medio, se le sumaron las actividades de capacitación, los talleres de formación de líderes y la construcción de propuestas conducentes al reconocimiento étnico de las comunidades negras y, por consiguiente, a la garantía jurídica y material de sus derechos como pueblos en los ámbitos territorial, cultural, económico y social. Un proceso que desembocaría en la inclusión del Artículo 55 Transitorio, en la Constitución Política de Colombia de 1991, y en la expedición de la Ley 70 de 1993 o Ley de Comunidades Negras, por mandato constitucional.

Nacida, pues, en las entrañas de estos montes, en las orillas del Atrato y sus afluentes, al abrigo de las quebradas y de la profundidad de las ciénagas, la Ley 70 de 1993 fue fruto de un proceso colectivo cuyos orígenes se remontan a aquellos esfuerzos formativos y organizativos que -una década antes de su expedición- se llevaron a cabo en pueblos de la cuenca media del río Atrato, como Beté, Campo Alegre y Tanguí, Las Mercedes y Tagachí, El Tigre, La Boba, Palo Blanco y Buchadó, y en caseríos y pueblos de ríos afluentes como Munguidó y Bebará, Arquía y Murrí, Buey y Bebaramá, Bojayá y Murindó, Ichó, Tutunendo y Neguá. Tales esfuerzos contaron con el auspicio de la Iglesia Católica, a través del Vicariato y posterior Diócesis de Quibdó, los Misioneros Claretianos y los Misioneros del Verbo Divino, las Hermanas Agustinas Misioneras y las Misioneras Lauritas, al igual que las misioneras del Movimiento de Seglares Claretianos y de la Unión de Seglares Misioneros (USEMI).

Hasta el momento en el que este proceso comenzó, las capacitaciones eran cosa de maestros o maestras, inspectores de policía y promotoras de salud, que generalmente debían viajar hasta Quibdó para recibirlas. Hasta entonces, las únicas reuniones eran las que se hacían para asuntos de las juntas de acción comunal o para cuestiones de las mortuorias comunitarias locales y de las fiestas patronales, o cada cierto tiempo con políticos en trance de campaña electoral, que llegaban desde Quibdó de cuerpo presente o a través de sus emisarios. Y los talleres eran una noción más asociada a la fabricación o reparación de cosas, que a la construcción colectiva de conocimientos útiles para comprender mejor la realidad social y política e intentar transformarla a favor de quienes, teniendo derechos, no los conocían y por lo mismo no los reivindicaban y de contera mucho menos gozaban de ellos.

Históricamente, eran los hombres quienes habían asumido vocerías, representaciones y liderazgos que implicaran contactos hacia afuera de las comunidades. Las representaciones, vocerías y liderazgos de las mujeres se ligaban a la vida interna de los pueblos y parentelas, linealmente establecidos a lo largo de aquellas orillas del Atrato, a su tradición familiar, a su mundo espiritual, a su devenir cultural y a las actividades de su dominio dentro de la distribución de roles en los sistemas tradicionales de producción que sustentaban la economía local y regional; y que, en gran parte, funcionaban gracias al aprovisionamiento, a la logística, a la inspiración y al apoyo que las mujeres brindaban a sus maridos, padres, hijos, abuelos, tíos, entenados, sobrinos, nietos, vecinos, compadres y paisanos… De modo, pues, que en las capacitaciones, reuniones y talleres de los primeros tiempos la presencia de las mujeres como participantes plenas era escasa, efímera, discontinua. Por lo general, a las mujeres se les encomendaba la administración de provisiones y la preparación de alimentos, los servicios de cocina y comedor, la coordinación de hospedajes y atención a los visitantes, que casi siempre permanecían por lo menos cuatro o cinco días como huéspedes de las comunidades en donde se llevaban a cabo los talleres.

Río Atrato. Foto: Guiller Ossa/El Tiempo.

En un escenario con predominio masculino en la participación y representación de las comunidades convocadas, la presencia de las mujeres se hizo notoria, tanto por su escaso número, como por su abundante calidad. En poco tiempo, gracias a su evidente inteligencia y su enorme capacidad de análisis y síntesis, a la originalidad y pertinencia de sus planteamientos culturales e históricos, dos mujeres enarbolarían sin aspavientos las primeras y más genuinas banderas de equidad de género en el proceso organizativo del Medio Atrato: Ana Victoria Torres y Zulma Cornelia Chaverra, quienes, de tú a tú con los hombres, participaron en la construcción de cada propuesta, de cada acción, de cada paso en el camino hacia la consolidación de una organización campesina de corte étnico y territorial, y hacia la reivindicación de un territorio propio y de sus derechos como pueblo.

En cada taller, en cada reunión, en cada asamblea, las palabras de Victoria y de Cornelia tenían tanta determinación en su tono como inteligencia en su sentido. Pioneras de la causa campesina y de la participación y reconocimiento de las mujeres en los procesos organizativos locales y regionales; sus discursos estaban siempre articulados a su praxis inagotable. Sus cuadernos de notas de los talleres y reuniones eran siempre la mejor y más organizada fuente que uno podía consultar cuando necesitaba recordar un dato, meses después de los eventos de capacitación. Y fue así como abrieron caminos y espacios para que las mujeres pasaran de cocinar en los encuentros campesinos a liderar, dirigir y orientar los procesos organizativos de modo competente y comprometido, incluyendo su perspectiva de mujeres, pobres, campesinas y negras, como siempre lo repitieron con énfasis Victoria y Cornelia.

Mediante sus voces vigorosas, sus ideas sólidas, sus figuras representativas y comprometidas con el bienestar y el desarrollo de su gente; Victoria y Cornelia, junto a compañeras de los primeros tiempos de COCOMACIA (Consejo Comunitario Mayor de la Asociación Campesina Integral del Atrato), como Dominga Bejarano, Teresa Moya, Encarnación Machado, Juana Padilla, Facunda Mosquera, Francisca Valoyes, Inocencia Rivas, Blasina Martínez, Emilfa Mosquera, Mirian Magaña, Enerith Martínez, Ana María Martínez, Lorenza Mena, Ana Rosa Heredia, Justa Germania Córdoba, Julia Susana Mena, María del Socorro Mosquera; y misioneras seglares afrochocoanas como Marta Inés Asprilla; Idalides, Genoveva y Fabiola Córdoba; Guachá, Gache, Merlin y Maruja, aportaron con claro liderazgo y férrea convicción, desde su ser de mujeres, a la consolidación del proceso étnico y territorial del Atrato Medio; y por ello siempre estarán en la memoria y en la historia de la lucha por los derechos de las comunidades negras de Colombia, así no figuren en los relatos ni en la memoria de quienes –incluso sin saberlo- gracias a ellas enarbolan hoy esas banderas.

Un homenaje afectuoso y sincero, con motivo de la conmemoración, este 25 de julio, del Día Internacional de las Mujeres Negras Afrolatinoamericanas, Caribeñas y de la Diáspora, a Victoria y a Cornelia, y a todas aquellas mujeres afrochocoanas que de modo genuino y admirable trazaron senderos históricos en la defensa de sus derechos y del bien común, en un territorio que hoy es propiedad colectiva de las comunidades: la cuenca media del río Atrato, en cuyas orillas dejaron ellas su herencia imperecedera.

20/07/2026

 «El opio de los pueblos» y el primer Mundial

*1-Afiche del primer Mundial de Fútbol, Uruguay 1930. 2-Alineaciones iniciales y esquema táctico (2-3-5) de las selecciones de Uruguay (arriba) y Argentina en la Final de aquel primer campeonato. 3-José Leandro Andrade Quiroz (La maravilla negra), mediocampista afrouruguayo que formó parte de la selección campeona del primer Mundial. FOTOS: Wikipedia. Edición: El Guarengue.

A pesar de la FIFA, de su impresentable presidente y de su aún más impresentable nuevo mejor amigo, millones de impenitentes aficionados acabamos de asistir a otro Mundial de Fútbol, un ritual masivo que desde hace casi un siglo convoca cada cuatro años a la humanidad entera. En memoria de este acontecimiento, les ofrecemos en El Guarengue dos breves textos (maravillosos como todos los suyos) de uno de los fanáticos y militantes más comprometidos con esta causa compartida por gente de todo el mundo: Eduardo Galeano, en su ya clásico libro «El fútbol a sol y sombra» (Siglo XXI Editores, 1995).

En «¿El opio de los pueblos?», Galeano se refiere a la devoción y a la desconfianza que simultáneamente despierta el fútbol. «El Mundial del 30» es una especie de crónica sucinta de antecedentes y acontecimientos del primer Mundial de Fútbol, jugado en Montevideo, del 13 al 30 de julio de 1930. Uruguay ganó aquella primera copa, luego de disputar la final con Argentina. José Leandro Andrade Quiroz, un mediocampista afrouruguayo, formó parte de la nómina campeona. Un árbitro belga, con una indumentaria bastante peculiar, aunque común en la época, pitó aquella primera Final. El inmortal Carlos Gardel, el Zorzal criollo, cantó para los equipos días antes de aquel histórico partido final.

Julio César U. H.
20.07.2026

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¿El opio de los pueblos?

¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales.

En 1880, en Londres, Rudyard Kipling se burló del fútbol y de «las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan». Un siglo después, en Buenos Aires, Jorge Luis Borges fue más que sutil: dictó una conferencias sobre el tema de la inmortalidad el mismo día, y a la misma hora, en que la selección argentina estaba disputando su primer partido en el Mundial del 78.

El desprecio de muchos intelectuales conservadores se funda en la certeza de que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo merece. Poseída por el fútbol, la plebe piensa con los pies, que es lo suyo, y en ese goce subalterno se realiza. El instinto animal se impone a la razón humana, la ignorancia aplasta a la Cultura, y así la chusma tiene lo que quiere.

En cambio, muchos intelectuales de izquierda descalifican al fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria. Pan y circo, circo sin pan: hipnotizados por la pelota, que ejerce una perversa fascinación, los obreros atrofian su conciencia y se dejan llevar como un rebaño por sus enemigos de clase.

Cuando el fútbol dejó de ser cosas de ingleses y de ricos, en el Río de la Plata nacieron los primeros clubes populares, organizados en los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los puertos. En aquel entonces, algunos dirigentes anarquistas y socialistas denunciaron esta maquinación de la burguesía destinada a evitar las huelgas y enmascarar las contradicciones sociales.

La difusión del fútbol en el mundo era el resultado de una maniobra imperialista para mantener en la edad infantil a los pueblos oprimidos. Sin embargo, el club Argentinos Juniors nació llamándose Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros anarquistas ahorcados un primero de mayo, y fue un primero de mayo el día elegido para dar nacimiento al club Chacarita, bautizado en una biblioteca anarquista de Buenos Aires. En aquellos primeros años del siglo, no faltaron intelectuales de izquierda que celebraron al fútbol en lugar de repudiarlo como anestesia de la conciencia. Entre ellos, el marxista italiano Antonio Gramsci, que elogió «este reino de la lealtad humana ejercida al aire libre».

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1-José Nasazzi, capitán de Uruguay, Manuel Ferreira, capitán de Argentina, y en el centro el árbitro belga John Langenus; dando comienzo al partido final del primer Mundial de Fútbol, en el Estadio Centenario, en Montevideo, el 30 de julio de 1930. FOTO: Wikipedia. 2-Selección Uruguay, 1930, ganadora del primer Mundial. Arriba: Álvaro Gestido, José Nasazzi, Enrique Ballestrero (portero), Ernesto Mascheroni, José Leandro Andrade (La maravilla negra) y Lorenzo Fernández. Abajo: Pablo Dorado, Héctor Scarone, Héctor Castro, José Pedro Cea y Victoriano Santos Iriarte. FOTO: Los Sports / Wikipedia. Edición: El Guarengue.
El Mundial del 30

Un terremoto sacudía el sur de Italia enterrando a mil quinientos napolitanos. Marlene Dietrich interpretaba El ángel azul. Stalin culminaba su usurpación de la revolución rusa. Se suicidaba el poeta Vladimir Maiakovski. Los ingleses arrojaban a la cárcel a Mahatma Gandhi, que exigía la independencia y queriendo patria había paralizado a la India, mientras bajo las mismas banderas Augusto César Sandino alzaba a los campesinos de Nicaragua en las otras Indias, las nuestras, y los marines norteamericanos intentaban vencerlo por hambre incendiando las siembras.

En los Estados Unidos había quien bailaba el reciente boogie-woogie, pero la euforia de los locos años 20 había sido noqueada por los feroces golpes de la crisis del 29. La Bolsa de Nueva York había caído a pique y el derrumbe había volteado los precios internacionales y estaba arrastrando al abismo a varios gobiernos latinoamericanos. En el despeñadero de la crisis mundial, la ruina del precio del estaño tumbaba al presidente Hernando Siles, en Bolivia, y colocaba en su lugar a un general; mientras el desplome de los precios de la carne y el trigo derribaban al presidente Hipólito Yrigoyen, en la Argentina, y en su lugar instalaba a otro general. En la República Dominicana, la caída del precio del azúcar abría el largo ciclo de la dictadura del también general Rafael Leonidas Trujillo, que inauguraba su poder bautizando con su nombre a la capital y al puerto.

En el Uruguay, el Golpe de Estado iba a estallar tres años después. En 1930, el país sólo tenía ojos y oídos para el primer Campeonato Mundial de Fútbol. Las victorias uruguayas en las dos últimas olimpíadas, disputadas en Europa, habían convertido al Uruguay en el inevitable anfitrión del primer torneo.

Doce naciones llegaron al puerto de Montevideo. Toda Europa estaba invitada, pero sólo cuatro seleccionados europeos atravesaron el océano hacia estas playas del sur:

Eso está muy lejos de todo —decían en Europa— y el pasaje sale caro.

Un barco trajo desde Francia el trofeo Jules Rimet, acompañado por el propio don Jules, presidente de la FIFA, y por la selección francesa de fútbol, que vino a regañadientes.

Uruguay estrenó con bombos y platillos un monumental escenario construido en ocho meses. El estadio se llamó Centenario, para celebrar el cumpleaños de la Constitución que un siglo antes había negado los derechos civiles a las mujeres, a los analfabetos y a los pobres. En las tribunas no cabía un alfiler cuando Uruguay y Argentina disputaron la final del campeonato. El estadio era un mar de sombreros de paja. También los fotógrafos usaban sombreros, y cámaras con trípode. Los arqueros llevaban gorras y el juez lucía un bombachudo negro que le cubría las rodillas.

La final del Mundial del 30 no mereció más que una columna de veinte líneas en el diario italiano La Gazzetta dello Sport. Al fin y al cabo, se estaba repitiendo la historia de las Olimpíadas de Amsterdam, en 1928; los dos países del río de la Plata ofendían a Europa mostrando dónde estaba el mejor fútbol del mundo.

Como en el 28, Argentina quedó en segundo lugar. Uruguay, que iba perdiendo 2 a 1 en el primer tiempo, acabó ganando 4 a 2 y se consagró campeón. Para arbitrar la final, el belga John Langenus había exigido un seguro de vida, pero no ocurrió nada más grave que algunas trifulcas en las gradas. Después, un gentío apedreó el consulado uruguayo en Buenos Aires.

El tercer lugar del campeonato correspondió a los Estados Unidos, que contaba en sus filas con unos cuantos jugadores escoceses recién nacionalizados, y el cuarto puesto fue para Yugoslavia. Ni un solo partido terminó empatado. El argentino Stábile encabezó la lista de goleadores, con ocho tantos, seguido por el uruguayo Cea, con cinco. El francés Louis Laurent hizo el primer gol de las historia de los mundiales, jugando contra México.

13/07/2026

 De incendios y bomberos: 
2 efemérides de Quibdó y el Chocó  

*Arriba: área del barrio Pablo Sexto, de Quibdó (Chocó), destruida por un incendio en la madrugada del viernes 10 de julio de 2026. FOTO: Alcaldía de Quibdó. Abajo: área de la ciudad de Quibdó destruida por el incendio del 26 de octubre de 1966. FOTOS. Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó.

Las llamas de las conflagraciones —así le dicen a los incendios en los noticieros— son voraces en sentido literal. Por definición, si nada se los impide, arrasan con desmesura y en un santiamén lo que a su paso encuentran. Consumen por igual las tablas de piso y de pared de las casas, los caballetes, parapetos y cerchas de sus techos de zinc, las puertas y las ventanas de madera. Ahúman, queman y tiznan, como la fragua de una maldición, el hierro o aluminio de ventanas, varillas, láminas, puertas y rejas, cerraduras y candados; y el cemento y los ladrillos de las estructuras de concreto. Y junto a todo ello, más las pertenencias —pocas o muchas— de los habitantes de cada casa quemada que se convierte en cenizas y rescoldos, las llamas de los incendios queman también alegrías presentes, tristezas pasadas y primicias por venir; abrasan esperanzas antiguas e ilusiones recientes; calcinan recuerdos y chamuscan olvidos. En fin, además de lo material, incineran todo aquello intangible que formó parte del origen, la construcción progresiva y la ocupación o morada de cada una de aquellas casas, calles y barrios que sucumben a la inevitable devastación del fuego, que en ciudades como la capital del Chocó toda la vida ha ardido a tutiplén, ante la eterna ausencia de la infraestructura necesaria y de un cuerpo de bomberos suficientemente dotado para conjurar y mitigar a tiempo este tipo de tragedias.

El primer cuerpo de bomberos de Quibdó fue creado hace cien años, en 1926, cuando la ciudad crecía en medio de sueños de modernidad, gracias a su próspero intercambio comercial con Cartagena, y desde allí con el mundo, a través del mar Caribe y el río Atrato; y gracias a la institucionalidad municipal e intendencial, que con denuedo trabajaban en pro de una urbe donde se gozara de infraestructura, comodidades y servicios. Según datos del Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó, los primeros bomberos de Quibdó fueron Arcindo Arriaga, Ramón Lozano, Basilio Caicedo (quien era el Personero Municipal), Manuel A. Porras, Miguel Rengifo (conocido como “Cambarala”), Catalino Córdoba y Luis Ernesto Hidalgo.[1]

Integrantes del primer cuerpo de bomberos de Quibdó, en 1926, posan con sus equipos para el control de incendios, en la carrera Primera, en el centro de la ciudad, un área que cuarenta años después sería arrasado por un mayúsculo incendio. FOTO: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó / Cortesía: Familia Scarpetta Quintana, Cali. / Tatica Ayala, Quibdó.
En 1966, cuarenta años después de su creación, al Cuerpo de Bomberos de Quibdó le resultó imposible —con el personal y los recursos de los que disponía— conjurar o mitigar la enorme catástrofe que marcó para siempre la historia local y regional de Quibdó y el Chocó, y se convirtió en un hito a partir del cual la espiral del progreso de la región pareció detenerse y devino en decadente bucle de estancamiento y retroceso. Aquel incendio, del cual se cumplen 60 años en octubre próximo, consumió a Quibdó de sur a norte durante más de ocho horas continuas, desde las 9 de la noche del 26 de octubre de 1966, comenzando en la cabecera del pueblo y extendiéndose hasta las inmediaciones del templo parroquial, que en ese entonces aún no había sido consagrado como catedral. El periodista Carlos Díaz Carrasco resumió así el devastador recorrido del incendio y la visión que a los ojos del aterrado caminante ofrecía Quibdó en las primeras horas del otro día: «Las llamas iniciaron su avasallador paso por el almacén de Crescencio Maturana, ubicado en la parte sur de la Carrera Primera (Cabecera) y consumieron todo lo que encontraron hacia las carreras Segunda, Tercera y Cuarta (Yesquita) hasta la esquina de la Calle 25 con la Carrera Primera. El incendio duró hasta las 7 de la mañana del día 27. El espectáculo era dantesco, solo escombros humeantes alteraban el triste panorama y unas personas apostadas en la zona miraban con tristeza en lo que habían quedado sus patrimonios después de tantos años de trabajo honesto».[2] La ciudad entera era presa de la desolación y el desconcierto. Hermanos en la desdicha, los quibdoseños aún lloraban, con lágrimas o sin ellas, cuando amaneció el otro día, mientras contemplaban las ruinas que todavía humeaban después de que las llamas habían terminado extinguiéndose por sí solas, cuando no encontraron a su paso nada más por consumir y una leve llovizna en la madrugada aplacó un poco la temperatura ambiente.[3]

Sesenta años después, tampoco fue posible para los bomberos de Quibdó conjurar el nuevo desastre ocasionado por otro incendio, aunque obviamente fue valioso su trabajo posterior. Según datos de las autoridades, 36 viviendas, medio centenar de familias, centenar y medio de personas, además de una abuela y su nieto de 5 años pavorosamente muertos en el desastre, conforman el triste conjunto de daños y perjuicios directos producidos por el incendio ocurrido durante toda la madrugada del viernes 10 de julio en el barrio Pablo Sexto, en Quibdó; un sector de la ciudad cuyo poblamiento data de hace un poco más de medio siglo, a orillas de la cuenca baja de la quebrada La Yesca, antes de su desembocadura en el río Atrato; en un área inundable ubicada en límites entre el antiguo y tradicional barrio de La Yesquita, el ribereño barrio de San Vicente y la última etapa de urbanización del barrio Niño Jesús, que es el plan de vivienda social de carácter estatal más grande y de mayor cobertura construido en Quibdó a finales de los años 60 y comienzos de los 70, con posterioridad al gran incendio del 26 de octubre de 1966.

Al amanecer del 10 de julio de 2026, cuando la consternación y la tristeza invadían incluso a la chocoanidad en la diáspora, Yeison Córdoba Moreno —habitante del barrio Pablo Sexto— le contó con detalles a una corresponsal local de un telenoticiero nacional cuán vanos fueron los intentos de los habitantes del barrio para tratar de contener las llamas. Las cadenas humanas para aventar agua manualmente fueron infructuosas y más bien se dedicaron a salvar del fuego todos los enseres y pertenencias de las viviendas que les fue posible retirar a tiempo y sin riesgos para su integridad física. Intentaron recurrir a las tuberías del acueducto que pasan por debajo de las casas, para tratar —aunque fuera mínimamente— de detener o aplacar las llamas; pero, no había suministro de agua. Y cuando los bomberos llegaron, a destiempo según el relato de Córdoba Moreno a la periodista Andrea Estrella, sus mangueras no tenían la extensión necesaria para llegar hasta el sitio donde el incendio había comenzado.[4] Nuevamente, como en cada incendio de todos los que en un siglo ha sido imposible mitigar, conjurar, apagar, las llamas ardieron hasta que no encontraron más alimento.

1-Escena del incendio del 10 de julio de 2026, en el barrio Pablo Sexto de Quibdó. FOTO: Alcaldía. 2-Escena del incendio del 26 de octubre de 2026, en la carrera 1a. de Quibdó. FOTO: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó / © Atribuida a Raúl Vásquez.

Además de concitar a la ciudadanía, en nombre de la solidaridad, la compasión y el paisanaje, para que ejerza abundante caridad mediante donaciones de todo tipo de elementos y enseres indispensables para las víctimas y aportes en dinero que permitan atender urgencias y casos especiales; es de esperar que las autoridades locales y regionales ya estén haciendo uso de las herramientas institucionales a su alcance, para garantizar efectivamente y en el menor tiempo posible la reconstrucción material de las condiciones de vida de toda esa gente que, como lo dijo la presidenta de la Junta de Acción Comunal del barrio Pablo Sexto, lo perdieron todo y lo único que les quedó fue la piyama que llevaban puesta. Así mismo, entidades como la Diócesis de Quibdó deberán extender sus acciones más allá del socorro y la limosna, para contribuir con algún proyecto de pastoral social que aporte al bienestar duradero de la población damnificada. Y la ciudadanía, organizaciones sociales y étnicas, oenegés, que admirablemente desplegaron todas sus capacidades para ayudar a los paisanos del barrio víctimas de la tragedia, deberán usar esas mismas capacidades para impulsar y apoyar a las autoridades en la proyección y materialización de un futuro halagüeño y pronto para quienes quedaron «sin donde echarse un sueño»... Aunque es una admirable forma de solidaridad, que en lo inmediato siempre será grata y bienvenida, la caridad no es sostenible, como sí lo son las acciones institucionales rigurosamente planificadas y ejecutadas para superar los estragos materiales de los desastres. 

Un siglo después de creado el primer cuerpo de bomberos de Quibdó, incendio tras incendio, hasta llegar al que hace 60 años devastó la ciudad y al que 60 años después de este arrasó un sector de un barrio popular; las autoridades e instituciones públicas de los ámbitos nacional, departamental y municipal de Colombia, el Chocó y Quibdó, tienen el ineludible deber de tomarse en serio tan grave y antiguo problema y trabajar conjuntamente en su solución. En una ciudad y un departamento en donde gran parte de la vida institucional ha terminado resolviéndose en una sucesión interminable de eventos a lo largo del año, que demandan altos costos de logística, y en donde se convirtió en obligatoria la financiación pública de conciertos multitudinarios y enormemente costosos, en todas y cada una de las fiestas patronales; quizás fuera posible destinar parte de esos recursos para empezar a solventar tan antiguo como trascendental problema. Esa sería una conmemoración significativa de las efemérides mencionadas y una contribución histórica al bienestar local y regional.



[2] Carlos Díaz Carrasco. Monerías. Hechos y personajes. CD sin fecha. Corte 6: El incendio de Quibdó.

[3] Entre otras publicaciones de El Guarengue-Relatos del Chocó profundo sobre el incendio de 1966 en Quibdó, puede leerse “Recuerdos del incendio”, en: https://miguarengue.blogspot.com/2022/10/recuerdos-del-incendio-asi-era-la.html

06/07/2026

 Teresita: audacia y talento. 
Remembranza de Teresa Martínez de Varela 

*Teresa Martínez de Varela (1964). Portada de dos de sus obras más representativas. FOTOS: X-@gruponiche. Universidad CES. Archivo El Guarengue.

A mediados del siglo XX, en tiempos de la violencia interpartidista y de la copiosa presencia militar del régimen de Rojas Pinilla, pasando por los tumultuosos años 60 y hasta comienzos de la década de los 80, Teresa Martínez de Varela —Teresita para sus contemporáneos, familiares y amistades cercanas— brilla disruptivamente en el ámbito público de Quibdó, del Chocó y de Colombia; llevando a cuestas su apellido de casada, aun después de «veinte años de divorcio espontáneo, sin trámites civiles ni eclesiásticos, completamente desvinculados el uno del otro».[1]

Teresita escribe y declama brindis y versos de cumpleaños; poesías románticas, religiosas, patrióticas, épicas e históricas, en versos ajustados a las más convencionales rimas y a los más canónicos ritmos, a los temas recurrentes y a las preceptivas clásicas de sonetos, endechas y similares; escribe y publica una novela de amor romántico con personajes paisas, que transcurre durante la segunda guerra mundial; redacta y envía cartas y memoriales a parlamentarios y gobernantes sobre temas sociales y culturales del Chocó; se integra al Comité de Acción Chocoana, que defiende la condición departamental de la región ante los embates de sus malos vecinos; compone acrósticos para la hija de Ospina Pérez y para la de Rojas Pinilla, y a este le dedica poemas y discursos en los que alaba su decisión de no llevar a cabo la desmembración del Chocó, como lo habían convencido de hacerlo, en 1954, los empresarios y políticos antioqueños, caldenses y vallunos; redacta, declama y dedica poemas a sus amigas cercanas y a monjas de La Presentación; escribe exaltaciones poéticas a las reinas departamentales y nacionales de belleza y a líderes y prohombres de la política regional; dedica sus versos a las ciudades por donde pasa, incluyendo solidaridades francas como la que alienta su poema “A Condoto, en su hora crucial histórica”, en apoyo a la valiente lucha de esta población, en 1974, contra la depredación de la empresa minera estadounidense Chocó Pacífico; alaba a Dios en todas sus formas, a los santos, hierofanías y advocaciones sacras que guían su fe católica; convierte en poesía cada pensamiento filosófico, cada etapa de su vida (en tono confesional y autobiográfico), cada lección moral que considera útil divulgar, cada anécdota relevante que ha vivido; compone himnos a cuanto colegio o institución se lo piden… Es una máquina de escribir, con el teclado en el alma. «Teresita es, en mi concepto, la mujer más destacada del Chocó en el siglo XX en el campo de las artes literarias»,[2] afirma el escritor chocoano César E. Rivas Lara.

De este modo, y con su dedicado desempeño como maestra en escuelas rurales y en colegios urbanos, como el Intendencial de Istmina, la Normal de Varones y el Instituto Pedagógico de Quibdó, popularmente conocido como el IPÉ y como secretaria de Educación del Chocó; Teresa Martínez de Varela irrumpe en la escena pública y construye su lugar y hace oír su voz en una sociedad como la de entonces, en donde las cosas que ella hace están vedadas a las mujeres; máxime cuando se trata de una mujer separada, que lleva peinados cuidados y vistosos, que diseña y viste trajes coloridos, con encajes y escotes, volantes y mangas sisas, que luce maxifaldas en los actos solemnes y minifaldas en momentos casuales, que se maquilla y usa tacones; que baila con soltura en las fiestas sociales y danza con arte los aires del folclor; que produce y dirige obras de teatro y crea grupos folclóricos; que escribe y pronuncia todo tipo de discursos (patrióticos, religiosos, conmemorativos) en todo tipo de ocasiones; que pregunta aquí y averigua allá por cada tema que le interesa de la historia y la cultura regional… 

Pero, también, Teresita ejerce el periodismo con un profesionalismo que ya quisieran para sí muchos de quienes con superficialidad y servilismo mienten a diario en medios impresos, digitales, radiales y televisivos. Así lo hace, por ejemplo, cuando es acreditada por el Comité de Acción Chocoana, como una de sus representantes en la Caravana de Periodistas al Chocó, que en enero de 1955 «recorrió el departamento para conocer a fondo la situación de sus territorios, las necesidades de su gente y el avance de la carretera Panamericana».[3] Organizada por el régimen militar como desagravio por las ofensas inferidas a la región chocoana en septiembre de 1954, mediante el burdo intento de dar por terminada su condición departamental, alcanzada menos de una década atrás, y la repartición de su territorio entre sus agalludos vecinos; la Caravana «visitó las ciudades y poblados de Buenaventura, Pizarro, Utría, Bahía Solano, Nuquí, Juradó, Cupica, Andagoya, Istmina, Cértegui, Lloró, Quibdó, Domingodó, Arquía, Beté, Bella Vista, Puerto Martínez, Curbaradó, Domingodó, Riosucio, Acandí, Sapzurro y Puerto Obaldía, Unguía, Turbo, Cartagena y Jaqué, en Panamá»;[4] en «un viaje de veintiún días, a lo largo de 301 millas náuticas por territorios de océano, selva y río, con treinta y siete hombres y una sola mujer: Teresa Martínez de Varela. Era enero de 1955 y ella era la única periodista acreditada para hacer ese viaje. Una transgresora desde la marginalidad».[5] Una transgresora incluso en su vestuario: «Blue jeans, cachucha, lentes oscuros y camisa sport, así iba vestida Teresa en la Caravana. Llevaba un atuendo que no estaba de moda para las mujeres de su época; es que, de hecho, ella no estaba acorde con las mujeres de su época».[6]

En la Caravana de Periodistas al Chocó, Teresa Martínez de Varela despliega lo mejor de su capacidad de observación y etnografía. Y se revela como una narradora versátil, que documenta la realidad con lenguaje impecable y preciso, y nos transmite su esencia con poética voz, a través de las crónicas que crea y escribe mientras viaja. «En Caravana de periodistas por dentro, a través de dieciocho crónicas en una región a la que pocas veces voltea a mirar el ojo del país, Teresa nos relata su propia Odisea: se atraviesan el romance, cuando tiene una experiencia mágica en Utría; la incomodidad, cuando recibe la visita inesperada de su esposo en Domingodó; la violencia de la naturaleza, cuando sobreviven al ciclón en Jaqué; o la violencia de género, cuando es sometida a observaciones dudosas sobre su dignidad o a comportarse de cierta manera durante el viaje».[7]

Portada de la primera edición de Mi Cristo negro (1983).
Teresa Martínez de Varela (1983). FOTOS: Cuenta Chocó y Museartes.

Tres décadas después del histórico hito de su presencia y participación en aquella caravana, Teresa Martínez de Varela graba otra huella indeleble en su trayectoria personal y literaria. Con fondos propios, provenientes de su pensión de jubilación, y luego de una dedicación que en el epílogo del libro menciona como «quince consecutivos y fatigantes años de investigación», —a los 70 años de edad, en 1983— publica la primera edición de “Mi Cristo negro”, novela histórica que la inscribirá definitivamente en los anales de la literatura regional del Chocó, de la literatura nacional de Colombia, de la literatura afrocolombiana y afroamericana.

Aunque Miguel A. Caicedo (La palizada, 1952) y Rogerio Velásquez (Memorias del odio, 1953) habían escrito y publicado sus versiones sobre Manuel Saturio Valencia, registrado como el último condenado a muerte en Colombia, antes de la abolición jurídica de la pena capital; con "Mi Cristo negro", Teresa Martínez de Varela consigue algo inédito hasta entonces: elevar definitivamente a Saturio a la categoría de ícono y mártir social, regional y racial del Chocó, y posicionarlo como símbolo de las luchas étnicas, socioeconómicas, culturales, políticas y regionales que tendrán lugar en el siglo XX, con posterioridad a su fusilamiento (martes 7 de mayo de 1907), y que comienzan de lleno con la institucionalización de la región chocoana a partir de la entonces reciente creación de la Intendencia Nacional del Chocó, que al momento apenas comenzaba a organizarse y a funcionar; y encuentran su culmen en el surgimiento paulatino y esplendoroso de una generación de profesionales afrochocoanos, mayoritariamente hombres, pero de la cual formó parte Teresita, que dio lustre a la vida intelectual y política de la región, y la posicionó en todos los ámbitos de la institucionalidad nacional.

Como se lee en el prólogo a la segunda edición de Mi Cristo negro, publicada en 2021 por el Ministerio de Cultura, como parte de la Biblioteca de Escritoras Colombianas, «Teresa Martínez de Varela escribió Mi Cristo negro con la esperanza de devolverle el honor a Manuel Saturio Valencia, el último fusilado en Colombia, y sacar su nombre del lodo. Sin embargo, su trabajo no es solo un acto de reparación, es sobre todo una empresa contra el olvido, que parece ser una de las enfermedades de todas las épocas».[8]

Nacida en Quibdó como Teresa de Jesús Martínez Arce, el 1° de julio de 1913; Teresa Martínez de Varela murió el 16 de junio de 1998. Aunque fue siempre una mujer de ideas conservadoras, un tanto moralista y dogmática en materia religiosa; su histórica decisión de responder a las múltiples vocaciones y cualidades artísticas de las que estaba dotada, en lugar de sumirse en su tragedia de esposa traicionada, entre las cuatro paredes de su hogar; hizo posible que su voz de mujer emergiera copiosa y audaz, con talento suficiente para brillar con luz propia y esencia original, a través de una obra poética, narrativa, dramática y musical que tiene su sello, su acento y un lugar de mérito en el panorama del arte y la literatura del Chocó.


[1] Teresa Martínez de Varela. Sinopsis de una tormenta de amor. En: Cantos de amor y soledades. Obra poética. Compiladoras: Úrsula Mena Lozano, Aura Rosa Herrera Campillo. Bogotá, junio 2009. 440 pp. Pág. 224.

[2] Rivas Lara, César. Prefacio a: Mena Lozano, Úrsula, En honor a la verdad. Teresa Martínez de Varela (1913-1998). 2ª edición. Bogotá, D. C., octubre 2017. 200 pp. Pág. 12.

[3] Teresa Martínez de Varela. Medellín, Universidad CES. Editorial CES, 2023. Caravana de periodistas por dentro. Odisea de los Cuna Cunas del Darién. Editorial CES, Colección Raíces 05. ISBN: 978-958-5101-97-5. 184 páginas. Pág. 14.

[4] Ídem. Ibidem.

[5] Ídem. Ibidem.

[6] Ídem. Pág. 17.

[7] Teresa Martínez de Varela. Medellín, Universidad CES. Editorial CES, 2023. Obra citada. Nota Editorial, pág. 9.

[8] Teresa Martínez de Varela. Mi Cristo negro. Biblioteca de Escritoras Colombianas, 2021. 658 pp. Prólogo a esta edición. Pág. 23.