14/09/2026

 Terremoto cultural (III) 
De cholos e indios a etnias y pueblos

Valiosos estudios e investigaciones sobre los pueblos indígenas de la región chocoana se han adelantado y publicado, con el apoyo de los Misioneros Claretianos y la Diócesis de Quibdó. Potenciar estos trabajos desde la perspectiva de investigadores y autores indígenas es un reto para la recuperación del patrimonio cultural de estos pueblos. FOTOS: Julio César U. H. / El Guarengue.

Cholos

Llegaban los sábados en la madrugada, en sus canoas longilíneas y seguras, poco celosas, curadas y amansadas en aluviones y crecientes, entre aguaceros y diluvios, bajo neblinas densas y soles abrasadores. A veces, el tiempo les rendía más de la cuenta, porque había más agua en los ríos por los que bajaban hasta el Atrato para llegar al mercado sabatino de Quibdó. En esas ocasiones, acompañados por el lucero del río Quito, en el último trecho de cuyo cauce solían guarecerse y orillarse, dormitaban hasta el alba usando como lecho la carga de sus embarcaciones y como frazada una o dos hojas de plátano y la camisa que sus mujeres les habían entregado limpia para que se la pusieran cuando fueran a caminar en guayuco por las calles de la ciudad. En cuanto el lucero llegaba a su brillo máximo, pocos segundos antes de diluirse en la reciedumbre de las primeras luces del amanecer, se levantaban en un santiamén, se frotaban los ojos y la cabeza con agua fría que recogían del río en el cuenco hermético de sus manos, se deleitaban con unos cuantos sorbos, se enjuagaban la boca, y examinaban en el cielo los signos del tiempo, mientras saciaban su sed de recién despertados.

Canaleteando suavemente, sin prisa, ponían rumbo hacia la margen opuesta, donde las luces nocturnas de Quibdó estaban terminando de apagarse. Y se arrimaban a esa orilla extensa  donde —para cumplir la cita de aquel mercado semanal que alimentaba y aprovisionaba a los quibdoseños— se congregaban decenas de campesinos del Atrato alto y medio, de todos sus afluentes y cabeceras, y adonde en tiempos de pescado llegaban también, después de varias jornadas de viaje, las inmensas canoas de los pescadores de Riosucio y de todas las ciénagas del Bajo Atrato, que fueron pioneros en el uso de motores Johnson fuera de borda.

Por lo general, ofrecían en aquel mercado utensilios y herramientas, como piedras de moler y varas de pesca, catangas grandes de bejuco y medianas o pequeñas de tetera o chocolatillo; trastos de cocina y comedor hechos de mate o totumo, como cucharas de varios tamaños, escudillas, cedazos o coladores; carne salada de puerco, guagua, saíno, guatín, tatabro, tortuga; frutas como chirimoya, naranja, limones, caimitos, chontaduros, zapotes, táparos y milpesos; uno que otro pato, una que otra gallina y unos cuantos huevos; talismanes de chocho y manojos de hierbas para baños medicinales; brea, bija, maíz y algodón cerrero para rellenar almohadas. En medio del ajetreo matutino, alcanzaban a hacer —aun con las limitaciones de su castellano— contratos verbales para cumplir encargos especiales de yerbas, carnes de monte, maderas o utensilios...que debían traer el sábado siguiente.

Terminadas las ventas, en una operación rápida para ahorrar tiempo y aligerar el regreso a sus lugares de origen, caminaban hacia los graneros y tiendas, almacenes de variedades, boticas y cacharrerías del comercio quibdoseño; en busca de sal fina para comida y gruesa para salar y conservar carne; velas, querosín y mechas para sus quinqués; nailon, anzuelos, plomo, cáñamo y piolas para varas, atarrayas, catangas y otras artes de pesca; puntillas o clavos para diversos menesteres domésticos; manteca de cerdo o sebo de res; arroz y panela, cuando no habían logrado intercambiarlos con sus compadres en la orilla; cigarros y tabacos para ceremonias y rituales o para las cachimbas de los viejos; de vez en cuando fríjoles, lentejas o leche en polvo, café y chocolate; herramientas caseras y de labor: machetes hachas, cuchillos; recatones para la punta de las palancas; veterina y árnica, uno que otro analgésico y purgantes, para usos medicinales en personas y animales, y azufre para espantar bichos y culebras; prendas de vestir por lo menos una vez al año: franelas y camisas caqui o blancas para los hombres, yardas de coleta o popelina colorida para las parumas de las mujeres, retales de falla o yute para los taparrabos, pampanillas o guayucos de los hombres; fósforos, petates, pilas…

Emberas en Quibdó (aprox. 1970), en la carrera cuarta entre calles 25 y 26. 
FOTO: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó.

Caminaban siempre juntos por las calles. Mujeres, niñas y niños tomados de la mano. El jefe de familia por lo general adelante, ataviado con su pampanilla y su camisa, a veces con candongas en las orejas, collares de monedas y narigueras de plata o aluminio. Con parumas y el torso semidescubierto las mujeres adultas, las jovencitas y las niñas; los niños con sus guayucos o en pantalonetas; unas y otros pintados con jagua y luciendo collares de cuentas según la edad y condición. Hablando en su propia lengua, caminaban descalzos y a prisa, mirando y siendo mirados, por las calles de la ciudad. Mientras el jefe de familia, acompañado de algún otro hombre adulto y a veces de un jovencito, hacía las compras en cada sitio en el que paraban o respondía preguntas de transeúntes, curas o funcionarios de oficina; las mujeres se espulgaban la cabeza mutuamente y espulgaban las de niñas y niños, mientras masticaban pepas de árbol del pan, chontaduro, alguna otra fruta, o comían trozos de pescado y banano o plátano que solían traer en un perol de aluminio.

Eran los indígenas chocoanos, que semanalmente llegaban al mercado sabatino de la orilla del río Atrato en Quibdó, y a quienes genéricamente todo el mundo llamaba “cholos”; y de quienes —hasta mediados de los años 70— se enseñaba en las clases de Sociales de las escuelas públicas que eran los primitivos pobladores del Chocó; que pertenecían a una gran familia lingüística, de la cual se desprendían “todos sus dialectos”; que tenían sus propias costumbres y creían en sus propios mitos y dioses; que vivían en la selva y a la orilla de los ríos, principalmente en las partes altas o nacimientos; que eran de piel cobriza y pelo lacio; y que todos los ríos del Chocó cuyo nombre terminara en “do” se llamaban así porque en la lengua de los indios “do” equivalía a río en castellano.

Indios

Los pueblos indígenas del Chocó no pasaban entonces de ser los “cholos”, de cuyas parumas y guayucos, collares y candongas, brazaletes y narigueras, desnudeces, lenguas y borracheras, todo el mundo se burlaba. Burla esta que hallaba su momento cumbre en un burdo escenario de institucionalización del racismo, el menosprecio y el lugar subordinado que ocupaban en la pirámide social chocoana hasta el último cuarto del siglo XX: la denominada "fiesta del indio", que la institucionalidad pública, la iglesia y la sociedad quibdoseña realizaban cada año. Insidiosamente inducidos al consumo desenfrenado de licor, indígenas que habían sido traídos desde diversos lugares del Chocó eran reunidos en el parque principal de Quibdó -al final de la semana santa católica- para convertirlos en reyes de burlas, mediante su participación en juegos y concursos, y para entregarles al final unas cuantas baratijas a manera de regalos.

Etnias

Portada de la revista JAI-BIA del Centro de
Pastoral Indigenista de Quibdó. 
Edición especial 500 años de 
colonización europea en América.

El surgimiento de un nuevo modelo de pastoral indígena católica, a instancias del misionero claretiano chocoano Gonzalo M. de la Torre Guerrero, desembocó en la creación del Centro de Pastoral Indigenista y en el surgimiento de la Organización Regional Embera Wounaan, OREWA (1979), que fue durante muchos años faro de la dignificación de la vida de estos pueblos, la titulación de sus resguardos y el reconocimiento de sus derechos políticos, sociales, económicos, culturales. Ello permitió que por intervención directa del Padre de la Torre, como superior provincial de los claretianos, y de los también misioneros Héctor Castrillón y Rafael Figueroa, la entonces Gobernadora del Chocó, Luz Colombia Zarkanchenko de González —segunda mujer en ocupar dicho cargo, luego de Dorila Perea de Moore— expidiera un decreto suprimiendo el repudiable oprobio de la “fiesta del indio”.

Pueblos

Distribuidos en una docena de organizaciones étnicas, actualmente forman parte del Chocó unos cien mil indígenas de los pueblos Wounaan, Emberá Dóbida, Emberá Katío, Emberá Chamí, Eyábida y Gunadule; que según las proyecciones del último censo nacional de población equivalen aproximadamente al 15% del total de habitantes del departamento.[1]

No obstante los significativos e históricos cambios que se han producido en cuanto al tratamiento de las realidades indígenas en las políticas públicas y en las percepciones sociales de los demás integrantes de la población chocoana; un mes después del terremoto de magnitud 7.4, las cifras oficiales publicadas por las alcaldías, la gobernación y la UNGRD no presentan datos específicos consolidados sobre daños en los pueblos indígenas del Chocó. Con base en la información producida a través del monitoreo étnico de la Defensoría del Pueblo y las publicaciones de algunas organizaciones propias de estos pueblos, se calcula que más de un centenar de comunidades indígenas de por lo menos 20 de los 30 municipios afectados por la tragedia en el Chocó, sufrieron daños significativos en cuanto a infraestructura educativa y de salud, vivienda y otros bienes comunitarios.

«El sismo generó una notable afectación de pueblos étnicos, tanto indígenas como negros y afrocolombianos. Las afectaciones comprenden viviendas e infraestructura comunitaria, educativa y sanitaria, servicios públicos, medios de vida y condiciones de bienestar individual y colectivo. A ello se suman necesidades humanitarias persistentes, dificultades de acceso a territorios rurales y dispersos, amenazas posteriores o concurrentes y diferencias importantes en los niveles de verificación, registro y respuesta institucional. Todo ello configura una emergencia territorial y multidimensional», expresó la Defensoría del Pueblo este 11 de septiembre. Y le recordó al Gobierno Nacional que la recuperación y reconstrucción de las comunidades debe hacerse de modo «planificado, integral y participativo, fundamentado en la protección de los derechos humanos»; y que «este proceso implica una planeación del desarrollo que integre las diversas visiones territoriales y culturales. Además de reconstruir la infraestructura, debe restaurar el tejido social, cultural y emocional que resultó lastimado… [e] implica también la obligación de impedir que la historia vuelva a escribirse con las mismas omisiones y vulneraciones de derechos».[2]

Indígenas embera en Pie de Pató, municipio de Alto Baudó, durante una visita de la Gobernadora del Chocó después del terremoto del 10 de agosto de 2026. FOTOS: Gobernación del Chocó. Edición: El Guarengue.
Patrimonios

En el sentido planteado por la Defensoría, quizás esta sea una oportunidad para que, en términos de justicia étnica, de restauración y salvaguarda del patrimonio cultural de los pueblos indígenas del Chocó; se adelanten acciones integrales orientadas a la recuperación de la historia de estos pueblos y a la documentación de sus realidades culturales actuales. En ese sentido, por ejemplo, se podría promover la creación de un grupo especial de trabajo sobre oralitura y literatura, de todos y cada uno de los pueblos indígenas del Chocó, para la identificación de fuentes y obras de la tradición y de la creación de comunidades y autores/as de las etnias indígenas del Chocó, incluyendo narraciones y mitos de origen, héroes culturales, rituales y ceremonias, relatos y cuentos, fábulas y juegos; y extendiendo el trabajo a otros componentes, como su coreografía y su música, su pintura facial y corporal, sus manifestaciones espirituales y artísticas de todos los órdenes. Igualmente, podrían adelantarse estudios sistemáticos y rigurosos sobre el estado actual de las lenguas maternas de estos pueblos en el Chocó.

Los conocimientos recuperados y producidos a partir de estas y otras acciones que se identifiquen y desarrollen serían la base para el diseño, producción y publicación de materiales en todo tipo de formatos, en versiones bilingües, tanto para las propias comunidades indígenas y sus instituciones educativas y organizativas, como para las demás instituciones educativas, culturales y étnicas del Chocó; y para la constitución de colecciones y repositorios que contribuyan a la preservación y difusión de las identidades indígenas desde sus propios saberes, historias y conocimientos. Materiales y procesos como los mencionados constituirían una base apropiada para fundamentar la introducción de cátedras de estudios indígenas en escuelas, colegios y universidades de la región, e incluso en espacios formativos de oenegés culturales y de organizaciones étnicas afrochocoanas.

Todo lo anterior en coordinación con organizaciones de los propios pueblos, con la orientación de sus propios sabedores y sabedoras, y la dirección de sus propios estudiosos e intelectuales; con el apoyo de especialistas las diversas materias comprometidos ética y científicamente con la causa, desde una perspectiva de recuperación y producción propia de conocimientos como fundamentos de la educación y el desarrollo propios, y no como simple recopilación etnográfica para la obtención de méritos académicos.

Tal vez por este camino avancemos un poco más en dejar de ver como “cholos” a los pueblos indígenas del Chocó, y en su percepción y reconocimiento como pueblos originarios que forman parte esencial y constitutiva de la Chocoanidad; en lugar de reducirlos, casi arqueológicamente, a la condición de “primitivos pobladores”. El reconocimiento del ser, la identidad y la plena capacidad de los pueblos indígenas del Chocó como sujetos históricos de derechos, en un territorio compartido, hará más expeditas y fructíferas las perspectiva comunes de futuro para la región. Y de paso, seguramente, contribuirá a que la exigencia de los propios derechos se haga sin menoscabo de los derechos de los demás.



[1] Datos tomados de: Chocó indígena: un territorio en permanente emergencia social. https://agendapropia.co/articles/choc-indgena-un-territorio-que-requiere-ayuda-humanitaria?lang=es

[2] Defensoría del Pueblo. Colombia. A un mes del sismo, expresamos nuestra solidaridad y llamamos a una recuperación basada en los derechos humanos. https://www.defensoria.gov.co/-/a-un-mes-del-sismo-expresamos-nuestra-solidaridad-y-llamamos-a-una-recuperacion-basada-en-los-derechos-humanos

07/09/2026

 Terremoto cultural (2ª Parte)
—Literatura y reconstrucción— 

Los escritores y las escritoras del Chocó no pueden seguir siendo más mentados que leídos. La creación de una Biblioteca de la Chocoanidad debe ser parte sustancial de la recuperación del patrimonio material e inmaterial de la región. Collage: JCUH/Archivo El Guarengue.  

Los terremotos también resquebrajan, agrietan y fragmentan el alma de los pueblos: su cultura, su ser común y su identidad compartida, que son fuente primigenia de las maneras como cada pueblo y cada sociedad comprenden el mundo, lo relatan y lo recrean para narrarse a sí mismos, para registrar su historia, documentarla, y garantizar así que cada generación —a lo largo del tiempo, tanto el de los calendarios como el de los ciclos de la propia historia— sea portadora, transmisora y cesionaria del acervo plural y diverso constitutivo de dicha tradición, de sus relatos y sus cotidianidades, sus redes de parentesco y vecindad, sus hierofanías, sus solemnidades y conmemoraciones, sus rituales y devociones, sus celebraciones, coreografías y fiestas, sus mitos, sus cuentos y sus cantos, sus sabores y sus cocinas, sus ocios y holganzas, sus sistemas ancestrales de producción… Y por ello, este conjunto trascendente del orden cultural debe también tener un lugar en los procesos de reconstrucción —simbólica y material— que suceden a las tragedias y desastres como los que acontecieron a raíz del terremoto del lunes 10 de agosto de 2026, a las 7:34 de la mañana.

Don Rogerio

«¿Hay instrucción en nuestro pueblo?», pregunta con su agudeza característica y su talante visionario, en un artículo publicado en el periódico ABC, de Quibdó, el 21 de diciembre de 1929, el escritor e intelectual chocoano Rogerio Velásquez Murillo (Sipí, 1908-Quibdó, 1965), uno de los más grandes intelectuales de la chocoanidad, pionero y precursor en diversos campos del desarrollo de las ciencias sociales y humanas en Colombia, como la etnohistoria y la antropología de comunidades negras del Chocó y del Pacífico colombiano, cuyo universo cultural él documentó con tino, riqueza y versatilidad etnográfica y literaria. Y expresa sin rodeos: «La poca introducción de libros en el territorio chocoano es la causa de la ignorancia que impera en nuestro pueblo. La muchedumbre no lee, no investiga, porque no tiene en dónde […] Los gobiernos seccionales no se han preocupado. Han enseñado con su silencio al pueblo que el libro no se necesita. Han tenido a las masas en la noche de su propia estulticia, sin preocuparse en darles la luz de la civilización».[1]

Noventa y siete años después de aquella glosa histórica de Don Rogerio, en el departamento del Chocó hay un total de 38 bibliotecas, vinculadas a la Red Nacional de Bibliotecas Públicas de Colombia (RNBP): 33 municipales, 4 de resguardos indígenas y 1 de carácter departamental, la Biblioteca Arnoldo Palacios, que desde su apertura en diciembre de 2017 se convirtió en uno de los escenarios culturales de mayor importancia en Quibdó y de gran influencia en el Chocó. Catorce de estas bibliotecas, incluyendo la departamental, sufrieron daños de consideración por el terremoto del 10 de agosto de 2026. Hoy se encuentran cerradas, a la espera de su evaluación estructural definitiva y de las correspondientes reparaciones, restauraciones y reconstrucciones.

Licona

Publicado en 1980, “El Chocó por dentro” es una especie de compendio del pensamiento de quien indudablemente es uno de los más memorables escritores del siglo XX en el Chocó: Carlos Arturo Caicedo Licona (Quibdó, 1945-1923), sobre el desarrollo del territorio y de la gente negra de la que entonces él llamó la Nación Afrochocoana y reivindicó como una nación dentro del Estado colombiano. En el texto introductorio a su aleccionador libro, el propio Licona expresó bellamente un sueño de pensador, dirigente y escritor: «Este escrito no va para los eruditos; va para los de nuestra condición. Puede ser leído en cualquiera de nuestros ranchos y guardado detrás de la lamparita que ilumina el chisporroteo quejoso ofrendado a los dioses para que detengan los martillazos lacerantes en nuestros estómagos vacíos».[2] 

Don Rogerio y Licona

La clamorosa reivindicación de Don Rogerio en 1929, sobre la apremiante necesidad de que el pueblo chocoano tuviera acceso expedito a libros, ha encontrado respuesta entre la última década del siglo XX y el cuarto de siglo que ya hemos recorrido del XXI, lapso en el cual el número y la cobertura geográfica de las bibliotecas públicas municipales se incrementó sustancialmente; de modo que en la actualidad hay por lo menos una biblioteca en cada municipio del departamento, además de la biblioteca departamental y de la biblioteca del Banco de la República en Quibdó, próxima a cumplir 40 años, cuya apertura llenó literalmente un vacío de muchos años y poco a poco, junto al auditorio de eventos, se convirtió en motor del área cultural del banco, que hoy —para bien del pueblo chocoano— ha devenido en Agencia Cultural, con una rica y variada oferta de saberes, tradiciones, artes y conocimientos de la ciudad y la región, del país y el mundo.

Lo que sí no ha encontrado respuesta es el sueño de Carlos Arturo Caicedo Licona acerca de que “El Chocó por dentro” formara parte de la cotidianidad de los ranchos ribereños de la manigua chocoana. Aunque contamos con bibliotecas públicas que ponen al alcance de la población importantes y valiosas colecciones de libros, estas incluyen una cantidad bastante limitada de títulos y libros de autores chocoanos. Y no porque no quieran incluirlos, sino porque los ejemplares existentes de dichos títulos y libros son tan pero tan escasos que solamente se encuentran dispersos en bibliotecas y colecciones personales y particulares; con excepción, claro está, de títulos incluidos en colecciones como la Biblioteca del Darién (Colcultura, 1994), la Biblioteca de Literatura Afrocolombiana (2008-2010) y la Biblioteca de Escritoras Colombianas (2022), ambas del Ministerio de Cultura.

En estas circunstancias, hemos llegado a un punto en el que, aunque se pregona un justo orgullo regional por la producción intelectual, literaria, poética, de una serie de autores y autoras del Chocó, casi nadie realmente ha leído sus obras, debido precisamente a la escasez o inexistencia de las publicaciones, entre otros factores; de manera que en la práctica son bastante mencionados, pero muy poco leídos.

Deber cultural, urgencia patrimonial

Foto: Julio César U. H.

Es, pues, una urgencia patrimonial, una tarea perentoria e ineludible, rescatar del olvido y salvar de su inminente desaparición una buena cantidad de obras literarias de autores chocoanos que, escritas a mano o en máquinas de escribir manuales o automáticas, en originales corregidos también a mano, se vertieron directamente a las galeras o al offset de las imprentas; de modo que sus manuscritos desaparecieron y los textos se conservan exclusivamente en ediciones impresas que son literalmente únicas, ya que son libros que nunca fueron reeditados y de los cuales no existen versiones digitales. Aquellos libros impresos por esa única vez fueron desapareciendo de los anaqueles de las oficinas institucionales de Quibdó y el resto del Chocó, de las bibliotecas de los colegios, de las pequeñas colecciones particulares de maestros y profesionales; hasta llegar al punto en el que nos encontramos hoy, cuando de la mayoría de esos libros quedan tan pocos ejemplares que uno celebra cuando halla uno y lo preserva mediante el recurso espurio de una fotocopia.

Es posible, incluso, que de algunos títulos publicados no queden ejemplares o, por lo menos, no sepamos dónde podría encontrarse alguno. Las inclemencias del tiempo, del clima, del entorno, de la falta de curaduría, han puesto también su cuota de devastación en esta especie de desastre cultural, literario, bibliográfico y patrimonial del Chocó, ignorado sistemáticamente por las instituciones y autoridades locales, regionales y nacionales; y por las entidades culturales y de cooperación internacional, que han excluido de sus intereses y presupuestos a la literatura chocoana, pues privilegian el patrocinio de otras manifestaciones artísticas en las que prácticamente han encasillado en los últimos años al arte y a la cultura de la región.

Biblioteca de la Chocoanidad

Por lo menos un centenar de títulos, de una treintena de autores y autoras del Chocó, serían la base para la constitución y puesta en marcha de un fondo o colección editorial de autores chocoanos: una Biblioteca de la Chocoanidad, a través de la cual se reediten y rescaten, se resguarden y preserven, obras hoy desperdigadas, poco conocidas e ignotas, de tantos autores de la región que siguen siendo más mentados que leídos; y cuya identificación y listado, ad hoc y ad honorem, hemos adelantado desde hace una década y hemos  difundido y promocionado reiterativamente en diversos escenarios culturales y a través de El Guarengue-Relatos del Chocó profundo; y lo vamos a seguir haciendo como un deber grande de patria chica y un imperativo patrimonial de la chocoanidad.

A través de una Biblioteca de la Chocoanidad, las nuevas generaciones del Chocó —a las que tantas veces sus maestros y adultos responsables reconvienen por el desconocimiento de la tradición y de la historia de la región— podrán disponer de fuentes literarias y documentales en donde nutrir su intelecto, su gusto y su alma en relación con dicha tradición y podrán acceder a la multiplicidad de perspectivas y voces de un conjunto representativo de autores y autoras, cuyas obras serían reeditadas y reimpresas en una colección de excelencia editorial; con una presentación, unos formatos y una identidad gráfica bien logrados, memorables, a la altura de la importancia histórica y cultural de los textos; en ediciones dignas y asequibles... Todo ello bajo una curaduría rigurosa, seria, alejada de intereses individuales y de lucros particulares, comprometida con las letras y el talento de la región.

Collage: JCUH / El Guarengue

Rogerio Velásquez, Miguel A. Caicedo, Carlos Arturo Caicedo Licona, Arnoldo Palacios, Carlos Arturo Truque, César E. Rivas Lara, Hugo Salazar Valdés, Néstor Emilio Mosquera Perea, Isnel Alecio Mosquera Rentería, Gonzalo M. de la Torre Guerrero, Marco Realpe Borja, Juan B. Velasco Mosquera, Carlos Calderón Mosquera, Sergio Antonio Mosquera Mosquera, Ramón Lozano Garcés, Diego Luis Córdoba, Ramón Mosquera Rivas, Adán Arriaga Andrade, Daniel Valois Arce, Esteban Caicedo Córdoba, Manuel Lozano Peña, Pedro Adán Caicedo Licona, María Dualiby Maluf, Teresa Martínez de Varela, Eyda María Caicedo Osorio, Emilia Caicedo Osorio, Laura Victoria Valencia Rentería, Luz Colombia Zarkanchenko de González, Amalialú Posso Figueroa, Ana Gilma Ayala, Reinaldo Valencia Lozano, César Conto Ferrer, Ricardo Carrasquilla, junto a otros autores no chocoanos de nacimiento, pero que pasaron gran parte de su vida en el Chocó y han documentado en sus obras realidades significativas y percepciones sobre la gente y el territorio chocoano, como el historiador Luis Fernando González, que desde hace cuarenta años viene investigando y difundiendo hitos, acontecimientos y procesos históricos del Chocó de los que poco sabíamos; y los misioneros claretianos Alcides Fernández, con sus alas sobre la selva del Darién; Constancio Pinto, con su diccionario español-katío-español; Héctor Castrillón con su Chocó indio; y Javier Pulgarín, con su bella poesía, tan universal como atrateña; son algunos de los integrantes del elenco que podría servir como base para poner en marcha una Biblioteca de la Chocoanidad.

Los escritores y las escritoras del Chocó no pueden seguir siendo más mentados que leídos. La creación de una Biblioteca de la Chocoanidad, con el auspicio económico y el apoyo técnico de las instituciones públicas del sector cultural, las autoridades regionales y la cooperación internacional; debe ser parte sustancial de la recuperación, restauración y reconstrucción de los bienes culturales y del patrimonio material e inmaterial de la región, en el marco de la dinamización de sus procesos de desarrollo. El pueblo chocoano tiene pleno derecho a acceder de modo expedito y cualificado a la tradición literaria de su tierra, a las historias y los relatos de sus autores y autoras, de sus narradores, narradoras y poetas.

Igualmente, la gestión cultural regional demanda procesos continuos, consistentes, colectivos y comunitarios de lectura y escritura, oralitura e historia local, a partir de la consolidación de una red regional de bibliotecas públicas, que en conjunto con las instituciones educativas locales y grupos culturales, promuevan espacios de encuentro y gestión comunitaria del patrimonio cultural. Estos y otros temas relacionados, como el mejoramiento, revalorización y resignificación de espacios públicos, conjuntos históricos y monumentales, bienes de interés cultural reconocidos o no; así como la documentación y preservación de manifestaciones del acervo musical y coreográfico regional, forman parte de próximas entregas de El Guarengue en esta serie sobre el terremoto cultural en el Chocó.

Quibdó. Foto: Julio César U. H.

«Entiendo yo que hay que instruir a las masas. Hay que enseñarlas. Hay que hacerlas comprender que el libro es el nuevo Sinaí de la sabiduría. Hay que decirle al obrerismo que el libro es conductor de pueblos, develador de revoluciones, piedra, faro, luz. Hay que enseñar que debe ser militante del ideal escrito, para que de esa manera labre su victoria en justicia y libertad, luchando hasta coronar la meta, convencido evidentemente de que será fuerte y potente, espíritu y no carne, antorcha y no tea, hombre y no cosa, en el no lejano futurismo social […] Educar al pueblo es hacer patria. Pues hagámosla. Colmémoslo de ilustración hasta donde sea posible, por medio de bibliotecas, de conferencias, etc., etc., que esa semilla en el surco del pueblo germinará maravillosamente»;[3] escribió el gran Rogerio Velásquez Murillo. Salvo las hipérboles propias de percepciones y teorías en boga hace un siglo, a Don Rogerio no le cabía más razón. Y más copiosos serán los frutos de la ilustración si leer incluye a quienes relatan el ser y el alma de la región. ©


[1] Rogerio Velásquez Murillo. ¿Hay instrucción en nuestro pueblo? Periódico ABC, Quibdó, 21 de diciembre de1929.

[2] Caicedo Licona, Carlos Arturo. El Chocó por dentro. Medellín, diciembre de 1980. Editorial Lealon. 118 pp. Pág. 20 (Introducción).

[3] Rogerio Velásquez Murillo. ¿Hay instrucción en nuestro pueblo? Periódico ABC, Quibdó, 21 de diciembre de1929.

31/08/2026

 Terremoto cultural
—Primera parte—

Un proceso adecuado de reconstrucción regional del Chocó debe incluir el componente étnico y cultural; no como una variable más, sino como esencia y pilar de la dignidad y los derechos de los pueblos. FOTOS: Gobernación del Chocó. 1-Gobernadora del Chocó en Brubatá, municipio de Tadó. 2. Pie de Pató (Alto Baudó), visita de la Gobernadora del Chocó.

Los terremotos hieren y siegan vidas, conturban espíritus, quebrantan corazones, lesionan esperanzas, destrozan sueños… Centenares de casas levantadas a lo largo de toda la vida, ladrillo a ladrillo, peso a peso, domingo a domingo, navidad tras navidad, prima tras prima, año tras año, se desploman con todo adentro, incluyendo ilusiones y certezas, que tan escasas suelen ser para quienes nacieron más cerca del infortunio que de la ventura; o sufren daños cuyo arreglo es equivalente a empezar de nuevo… Niños y niñas balbucientes aprenderán primero a decir la palabra «temblor» que a pronunciar su nombre… Y las historias locales de las comunidades; por ejemplo, Bahía Solano, con sus temblores y desastres de 1970, o Murindó y sus alrededores, en la cuenca media del Atrato, con sus temblores de 1992 y sus catástrofes aún irresueltas; terminarán delimitadas por el antes y el después de aquellos eventos trágicos. Al igual que la historia de Quibdó, que durante 60 años tuvo como hito el incendio del 26 de octubre de 1966 y que a partir de ahora, junto a la historia de 29 municipios más del departamento del Chocó, estará signada por el reciente terremoto.

Los terremotos también resquebrajan, agrietan y fragmentan el alma de los pueblos: su cultura, su ser común y su identidad compartida, que son la fuente de sus formas de entender, recrear y habitar el mundo, sus percepciones y relatos de la historia, sus cotidianidades, sus redes de parentesco y vecindad, sus hierofanías, sus solemnidades y conmemoraciones, sus rituales y devociones, sus celebraciones y sus fiestas, sus mitos y sus danzas, sus cuentos y sus cantos, sus sabores, sus cocinas, sus labores, sus holganzas…, en fin: todo aquello que —enraizado en sus orígenes y tradiciones— le comunica sentido a la existencia… Y este conjunto de manifestaciones, sagradas como la vida misma, constituyen el patrimonio material e inmaterial de los pueblos y sus culturas, los sistemas propios de vida y bienestar sobre los cuales cada pueblo y cada sociedad expresan su ser y reafirman su identidad ante el resto de la humanidad…

Y es por ello por lo que, sin que haya dudas sobre la prioridad absoluta que tienen la defensa de la vida y la atención de la emergencia, es también necesario e indispensable que —llegado el momento oportuno y como parte de los procesos de restitución de las condiciones de vida perdidas en el desastre— se adelanten evaluaciones de daños, perjuicios y afectaciones al patrimonio cultural y a todos los bienes materiales e inmateriales que lo componen o están asociados al mismo. Y que a este componente sustancial de la vida se le encuentre también su justo sitio en los procesos de (re)construcción que posteriores a la atención humanitaria y a la mitigación de la emergencia; con la mira puesta en una existencia cultural plenamente reconocida y valorada como parte de la historia nacional y del carácter multiétnico y pluricultural de la Nación.

Balances preliminares

En ese sentido, cuatro días después del terremoto del 10 de agosto de 2026, el Ministerio de Cultura de Colombia presentó un balance preliminar de afectación de bienes de interés cultural en el país.[1] Según el reporte, 40 de estos resultaron afectados, en los departamentos de Antioquia, Cauca, Chocó, Caldas, Risaralda, Quindío y Valle del Cauca; 22 con afectación alta, 13 con afectación media y 5 con afectación baja.

Colegio Carrasquilla 1950.
Hospital de Quibdó 1940.
Archivo fotográfico y fílmico
del Chocó / El Guarengue.

Dos de esos bienes inmuebles de interés cultural del ámbito nacional ubicados en Quibdó fueron incluidos en dicho reporte: el edificio original del Colegio Carrasquilla, en la zona céntrica de la ciudad, con afectación media; y el antiguo edificio del Hospital San Francisco de Asís, inaugurado en 1935, donde funciona hoy el Colegio Santacoloma, con afectación alta. Según informes confiables, aunque extraoficiales y también preliminares, el Carrasquilla sufrió fisuras de mampostería, desprendimiento de muros y ruptura de una columna en el segundo piso; y el Colegio Santacoloma presenta fisuras y grietas múltiples en mampostería, desprendimiento de muros y posible ruptura de estructura.

Ocho manifestaciones del Patrimonio Cultural Inmaterial fueron incluidas en el informe del Ministerio de Cultura como afectadas directamente por el terremoto; entre ellas, los «Gualíes, alabaos y levantamientos de tumba. Ritos mortuorios de las comunidades afro del municipio del Medio San Juan», departamento del Chocó, que están inscritos desde 2014 en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial del ámbito nacional de Colombia. Esta manifestación, que anualmente congrega a portadores, cultores y herederos de prácticas, cánticos y rituales fúnebres en un Encuentro en Andagoya —que sigue siendo tan genuino como las manifestaciones que lo concitan—, ve interrumpidas sus dinámicas por las prioridades vitales derivadas de la atención de la emergencia por los daños y perjuicios que sufrieron las comunidades a raíz del terremoto del 10 de agosto.

Cuatro días después del balance preliminar de afectación de bienes culturales, el Ministerio expidió la resolución N° 0536 del 18 de agosto de 2026 «por medio de la cual autoriza la intervención en modalidad de primeros auxilios y acciones urgentes a los Bienes de Interés Cultural y Centros Históricos ubicados en zonas afectadas por el sismo que se registró el pasado 10 de agosto e identificados por la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo o la autoridad competente». La resolución incluye una lista detallada de las acciones autorizadas como parte de la emergencia en bienes afectados, al igual que intervenciones destinadas a «salvaguardar edificios antiguos y hacerlos más resistentes ante posibles réplicas».[2]

Otras afectaciones

Aunque no fueron incluidas en el reporte inicial del Ministerio de Cultura, cuya actualización no ha sido publicada hasta la fecha, las Fiestas de San Pacho en Quibdó —que desde el año 2012 fueron inscritas en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura)— han sido objeto de amplio debate y controversia pública, desde las primeras horas posteriores al terremoto, sobre la conveniencia o no de su realización entre septiembre y octubre. Al parecer, hay consenso en torno al desarrollo exclusivo de su componente devocional, orientándolo hacia la memoria ritual en torno a la tragedia que vive el Chocó; tal como se viene haciendo en las Fiestas de la Virgen de la Pobreza, que comenzaron el 30 de agosto y se prolongarán hasta el 8 de septiembre, en el municipio de Tadó.

«Ante la emergencia ocasionada por el sismo, la Alcaldía de Quibdó informa la suspensión de las actividades culturales, artísticas y de aglomeración de las Fiestas de San Pacho 2026 que están a cargo de la Administración Municipal. Hoy nuestra prioridad es la vida, la atención de las familias afectadas y la recuperación de Quibdó»;[3] informó en un comunicado del 22 de agosto la Alcaldía de Quibdó. Por su parte, la Gobernadora del Chocó, a propósito de la alborada mayor de las fiestas, que se celebra cada año el 3 de septiembre, declaró que se conservan la fe y el sentimiento de comunidad que caracterizan al pueblo quibdoseño y que las celebraciones religiosas podrían ser también un momento de catarsis colectiva.

En el cementerio San José, de Quibdó —que está cumpliendo un siglo de haber sido inaugurado— se presentaron daños que, al parecer, constituyen pérdida total del portal del osario, antiguamente capilla y escenario de discursos de despedida a los difuntos. Mientras que la catedral San Francisco de Asís presenta fisuras en algunas áreas y desprendimiento de un capitel; que, según evaluación, no constituyen riesgos mayores ni impiden su uso. Tanto el cementerio como la catedral son bienes de interés cultural del ámbito municipal.

Santuario de Nuestra Señora del Rosario, en el municipio de Condoto (Chocó) antes y despues del terremoto. FOTOS: Facebook El Gomelo Publimóvil Condoto y Alcaldía Municipal de Condoto.

El Santuario de Nuestra Señora del Rosario de Condoto, templo reconocido como bien de interés cultural del ámbito municipal, se encuentra en situación crítica y fue declarado no habitable; lo cual ha suscitado preocupación ciudadana ante la posibilidad de que tenga que ser demolido. Al respecto, la Alcaldía informó en su cuenta de Facebook: «Tras las valoraciones realizadas por dos equipos técnicos especializados, se determinó que la estructura presenta riesgo de colapso. Por esta razón, y actuando con responsabilidad, hemos dispuesto su clausura temporal y el cierre preventivo de las vías en sus alrededores».[4]

Publicaciones de prensa como las de la revista Cambio han informado, además, sobre los daños severos que sufrieron otras infraestructuras culturales de Quibdó, como el Centro de Memoria Afrodiaspórica Muntú Bantú, creación y trabajo del profesor e historiador Sergio Mosquera; el Teatro Andamio; el movimiento La Diva del Ritmo Exótico; y la Casa Ubuntú, del famoso bailarín Misael Córdoba. Igualmente, se ha informado de afectaciones de diversa gravedad en 14 bibliotecas públicas de las 38 que existen en el Chocó, entre ellas la Biblioteca Departamental Arnoldo de los Santos Palacios, de Quibdó, actualmente cerrada.

La importancia de los datos

Por supuesto, faltan muchísimos datos. Si levantar el censo de damnificados del terremoto es tarea compleja en el Chocó, los inventarios de daños en el patrimonio cultural probablemente sean más difíciles de consolidar. «Tampoco es razonable que la protección del patrimonio dependa de que un equipo especializado pueda desplazarse desde Bogotá después del desastre. Organismos de socorro, autoridades territoriales e instituciones culturales necesitan protocolos y capacidades previas. El reto no consiste únicamente en fortalecer al Ministerio en Bogotá, sino en construir capacidades permanentes en las regiones y redes de trabajo con autoridades, organismos de socorro, universidades, instituciones culturales y comunidades», anota en una publicación de la Silla Vacía Mario Omar Fernández, experto en conservación del patrimonio y Profesor Asociado del Laboratorio de Estudios del Arte y Patrimonio (LEAP), de la Universidad de los Andes.[5]

De ahí la enorme importancia que tiene que los equipos locales de gestión del riesgo de desastres y las oficinas encargadas del sector cultural, aun con sus limitaciones de recursos, trabajen en coordinación con la Gobernación del Chocó y, apoyándose en universidades y grupos que vienen diagnosticando viviendas y edificaciones, y en la Dirección de Patrimonio del Ministerio de Cultura, con la participación de líderes culturales locales y de las propias comunidades; se apersonen de la situación y hagan todo lo que esté a su alcance para consolidar datos ciertos sobre los daños al patrimonio cultural, tanto material como inmaterial. Solamente así será posible que este núcleo de la vida de la región chocoana, de su gente y de sus municipios, sea debidamente incluido en los planes de (re)construcción de los cuales ya se está hablando, sin mayores menciones a los alcances culturales del proceso.

«En una emergencia de esta magnitud, la falta de información no es un problema menor: lo que no se identifica difícilmente puede protegerse, priorizarse o recuperarse», explica el profesor Fernández, y resalta la importancia del trabajo local y micro en cuanto a diagnósticos, balances e inventarios: «...un terremoto no afecta únicamente edificios. En museos, archivos y bibliotecas, el daño puede continuar después del sismo. Agua, polvo, humedad, incendios, colapso de estanterías y manipulación inadecuada pueden producir pérdidas irreversibles».[6]

Coyuntura y estructura

Andagoya, 10 de agosto de 2026.
Vivienda afectada por el terremoto.
FOTO: Alcaldía Municipal Medio San Juan.

Con el paso de los días después del terremoto, se ha venido asentando la idea de que la recuperación material y socioeconómica del Chocó no puede consistir en volverlo a dejar como estaba, pues como estaba no estaba bien. En ese mismo sentido, es vital que la restitución de las condiciones de vida de la población chocoana hacia el ejercicio de su dignidad y sus derechos contemple e incluya, con rigurosidad y consistencia, el conjunto de los fundamentos culturales de la región, tanto de comunidades afrochocoanas como de pueblos indígenas. Tal previsión abarca no solamente la reconstrucción de bienes patrimoniales declarados como tales y la concertación o patrocinio de fiestas, festivales y otros eventos masivos. Hay más, muchísimo más de fondo, que suele ser invisible durante las evaluaciones de daños y afectaciones. Y de lo cual será necesario hablar en la conversación pública que actualmente suscita el futuro del Chocó.

El patrimonio cultural y el acervo histórico son esenciales, no accesorios, en la persistencia del sentido de la vida de los pueblos. Máxime cuando se trata de pueblos étnicos, ya que de tal sentido dependen la esperanza y el futuro. «Garantizar los derechos es tan importante como atender los daños», ha dicho la Defensoría del Pueblo.



[5] La Silla Vacía. El patrimonio cultural estaba en riesgo desde antes del terremoto. Mario Omar Fernández, Profesor asociado del Laboratorios de Estudios del Arte y Patrimonio (LEAP) de la Universidad de los Andes. 26 de agosto de 2026. https://www.lasillavacia.com/red-de-expertos/red-social/el-patrimonio-cultural-estaba-en-riesgo-desde-antes-del-terremoto/

[6] Ibidem.

24/08/2026

 Don Pedro Abdo García: 
un adiós a la mano amiga del Chocó 

*Esta histórica imagen, obra del fotógrafo chocoano Jeison Riascos, fue tomada en mayo de 2017, cuando don Pedro Abdo García tenía 89 años. Como una muestra de apoyo al paro cívico que entonces se llevaba a cabo, don Pedro posó enarbolando la bandera del Chocó, que efectivamente había portado durante las protestas cívicas de los años 1954, 1967 y 1987. FOTO: Jeison Riascos (El Murcy).

Faltaban unas cuantas horas para que se cumpliera una semana del terremoto de magnitud 7.4 que asoló 481 municipios de 16 departamentos de Colombia, entre ellos 30 del Chocó, cuando falleció en Medellín, el domingo 16 de agosto de 2026, a los 98 años de edad, don Pedro Abdo García Borja, a quien cada cual, según los pareceres de su cercanía y de su percepción, nombraba con distinto apelativo: don Pedro, Abdo, don Pedro Abdo, el señor Abdo; pero, a quien infinidad de coterráneos de sectores humildes de la población quibdoseña y chocoana llamaron durante muchos años «la Mano Amiga».

Al atardecer de aquel de domingo, lo primero que muchos hicimos —pues no era dable que incurriéramos en el desliz de añadirle a una tragedia que ya se sabía enorme la incertidumbre de un hecho trágico sin confirmar— fue preguntar por aquí y más allá si era cierta la noticia que en algunos grupos de WhatsApp y en el infaltable Facebook se había dado de modo no del todo afirmativo, casi como un simple rumor: “nos informan que falleció en Medellín don Pedro Abdo García”. Cuando fue refrendada a través de diversos familiares del ilustre y recordado difunto, comenzaron a circular textos e imágenes dando cuenta de la lamentable novedad. Entonces algo se ensombreció en el interior de muchas almas quibdoseñas que, además de la oscuridad de aquella noche nublada y casi lluviosa, cargaban por dentro la descomunal procesión del sufrimiento por el terremoto, y por fuera las huellas del cansancio, de la tristeza y de las lágrimas yertas, secas, en sus rostros, miradas, ojos y semblantes.

Reconocimientos y admiraciones

«Se nos fue la mano amiga», me escribió un quibdoseño de vieja data a quien le pregunté si ya sabía del insuceso; y añadió: «Yo creo que don Pedro Abdo era el último personaje de esa generación de prohombres chocoanos que hicieron grande nuestra región: un hombre cívico por excelencia, emprendedor total, comerciante de empuje, político reflexivo».[1] Varios contertulios coincidieron en considerarlo un prohombre de los de antaño, de los que —como suele decirse en ocasiones como esta— ya no quedan. «El último cordobista», lo llamaron algunos, aludiendo a su militancia en una de las corrientes fundacionales del ejercicio político, de la vida pública y de la institucionalidad del Estado en el Chocó: el Cordobismo, denominado así en alusión a Diego Luis Córdoba, uno de los más preclaros integrantes de la Generación de la Dignidad, que no solamente condujo al Chocó de Intendencia Nacional a Departamento, sino que lo situó en puestos de relevancia en los ámbitos parlamentarios, gubernamentales, culturales e intelectuales del país. Al respecto, un amigo escribió: «Abdo no fue estudiado, como se dice coloquialmente, pero fue respetado en el movimiento político Cordobista. Yo le decía que era el último cordobista honesto. Creo es el último de su generación, tanto comercial, como política». Buscando añadir un poco de realismo en las idealizaciones de la muerte, otro contertulio escribió: «De Pedro Abdo, pienso que fue un hombre que hizo empresa, empezando por su tienda y las siguientes escalas comerciales, no tan desligadas de ventajas asociadas a la politiquería tradicional; lo cual no le resta méritos a su don de gentes y a esa contagiosa amabilidad a flor de piel».

Y así, sucesivamente, se desgranaron reconocimientos y elogios, admiraciones y homenajes a una vida y una carrera pública de alguien que literalmente comenzó desde abajo y llegó hasta cimas donde antes no llegaban los afrochocoanos humildes, los “no estudiados”, y mucho menos si eran de origen campesino.

Múltiples notas de condolencia fueron publicadas por el fallecimiento de Pedro Abdo García, entre ellas algunas elaboradas con aplicaciones de IA que generaron imágenes ajenas al personaje, como las del Comando Departamental Cordobista y la Alcaldía de Lloró, esta última con un texto tan genérico y vago que puede aplicarse a cualquier personaje. Fuentes: Facebook entidades. Collage El Guarengue.

Desde abajo

Nacido en 1928 en la vereda Canchidó, del municipio de Lloró, donde el bravío Andágueda y el cristalino Capá confluyen con la majestad del alto río Atrato; Pedro Abdo era hijo de Tomás Domingo García y Asunción Borja Rentería. Tenía un poco más de 15 años cuando, sin haber concluido la escuela primaria, se aventuró hacia Quibdó, con una sola muda de ropa, como pasajero en una balsa, un transporte que todavía hoy muchos jóvenes de la zona y del Alto Andágueda utilizan para bajar de un poblado a otro, siguiendo la corriente de los ríos.

Hizo de todo para conseguir el sustento. Con una mezcla de intuición, humildad y ganas de salir adelante, Pedro Abdo labró paso a paso su carrera comercial, hasta llegar a construir negocios y acumular capitales propios, con los cuales descolló —en la década de los años 50— como uno de los primeros afrochocoanos en incursionar en el comercio de Quibdó, dominado entonces por comerciantes del Caribe, turcos y antioqueños.

Aviso publicitario de una marquetería de propiedad de Pedro Abdo García, en el periódico La Crítica, de Quibdó, del 14 de noviembre de 1954. Recortes y edición: El Guarengue.

Embolador reconocido de clientela fija y distinguida, a la que le cobraba 10 centavos por el servicio, y de clientes más populares a los que les cobraba 5 centavos o lo que ellos pudieran darle; ayudante y carguero en bodegas de víveres, como la de sus hermanos Ramón y Martín; vendedor ambulante de cerveza y de plátano, en carretilla de madera de tres ruedas; artesano de cuadros decorativos que él mismo elaboraba con imágenes que recortaba de revistas y montaba sobre cartón, simulando un marco, y que vendía a precio promocional por medias docenas; obrero de carreteras del Ministerio de Obras Públicas; mensajero de casas de familia, una especie de precursor de la entrega de pedidos a domicilio en Quibdó; con escasos 20 años, Pedro Abdo García ya había incursionado en las primeras y visionarias aventuras comerciales, que lo llevarían a concebir y crear sus primeros negocios.

Habida cuenta de que los campesinos de todo el Atrato y sus afluentes llegaban a Quibdó en la madrugada de los sábados a vender —en los puertos y el mercado de la orilla del Atrato— plátano, maíz, frutas, pescado, carne de monte, gallinas y patos, huevos, bija, algodón para almohadas, cestería de fibras de palma tetera o chocolatillo, panelas aliñadas con frutas, biche, vasijas y enseres de mate o totumo, rallos y bateas para lavado de ropa, dulces y conservas caseras, yerbas medicinales, aromáticas y de condimento, y todo tipo de encargos que las familias citadinas les hicieran; con lo cual el día se les iba yendo sin poder comprar a tiempo sus propios mercados: velas, querosín, sal, granos, víveres, medicinas de botica, telas, linternas, cuadernos, lápices, etc.; Pedro Abdo fue logrando que algunos campesinos le entregaran sus listas con los productos que necesitaban comprar en el comercio quibdoseño, y él iba y los compraba a precios mayoristas y se los facturaba a precio de venta al detal. Esa diferencia de precios, además de los centavos adicionales con que los campesinos lo retribuían, constituían sus ganancias. Sábado a sábado, mes a mes, gracias a su diligencia, pulcritud y amabilidad en dicho servicio, su clientela se incrementó y también sus ganancias, que sin ser todavía una fortuna crecieron lo suficiente para contar con lo que sería uno de sus primeros capitales de inversión, el cual le permitiría alquilar un local, con bodega y tienda, donde él mismo personalmente le despacharía a esos mismos clientes el mercado que antes iba y compraba por ellos en otros negocios de la plaza comercial quibdoseña. Refinó entonces lo que hoy llaman su «estrategia de fidelización» de clientes: antes, cuando iba de champa en champa, de canoa en canoa, les ofrecía a los campesinos una copa de vino Seco Bandera para el frío que cogían en toda una jornada bogando por el Atrato y vendiendo en los puertos de Quibdó, más un tabaco o un cigarrillo Dandy, según el gusto de cada uno. Ahora, en su propio local, cuando los campesinos iban a dejarle su lista de compras, Pedro Abdo les brindaba un trago de anisado o una cerveza, además del cigarrillo o el tabaco que eligieran; a los más jóvenes los atendía con un refresco y a los niños con bolones de chicle, confites de banana o de anís, o pequeños trocitos de queso costeño. Igual, por extensión, empezaría a hacerlo, hasta convertirse en el local favorito de ese «nicho de mercado», con las empleadas domésticas de las familias quibdoseñas, la mayoría de las cuales terminó engrosando su extensa y satisfecha clientela.

Afectado por el trágico y enorme incendio del 26 de octubre de 1966, que devastó todo el comercio de la carrera primera de Quibdó, donde él se había ubicado, primero en un quiosco comprado al comerciante baudoseño Ranulfo Castro, y luego en un local arrendado; Pedro Abdo García se levantó y siguió. «Antes de 1966, Abdo ya era un comerciante próspero; tenía una bodega de víveres en la carrera primera y mi padre era su agente de negocios del queso traído desde Magangué y el azúcar del Valle del Cauca, por vía férrea hasta Bolombolo, y luego por la trocha hasta Quibdó», en tiempos en los que todo el comercio se surtía de Cartagena por la vía fluvial del Atrato; recuerda un hijo de don Benigno Moya, un hombre que trabajó varios años para Pedro Abdo antes de independizarse y convertirse en otro de los tenderos y comerciantes de renombre en Quibdó. «Después del incendio, Abdo no se doblegó, su visión comercial se mantuvo y continuó con un negocio de víveres al por mayor, pero más adelante vio en los combustibles una oportunidad», remata su relato Jesús Alexis, hijo de don Benigno, quien también recuerda con nostalgia que «tuve la fortuna de gozar de su aprecio, por la amistad con mi padre», de quien don Pedro también fue compadre, cuando se convirtió en padrino de una de sus hijas.

Servicentro Esso N° 89-La Confianza

Edificio de la Empresa Comercial La Confianza,
en Quibdó, 1965. Remodelado completamente,
en este edificio funciona actualmente la 
Gobernación del Chocó. FOTO: Archivo
Fotográfico y Fílmico del Chocó.

Luego de mil peripecias, incluyendo un tiempo como empleado de la legendaria Empresa Comercial La Confianza, de propiedad de Juan Restrepo, el Ñato Aquileo, Mario Montero y Joaquín Hincapié, empresa ésta que, además de servicios de ferretería, era la expendedora de combustibles y lubricantes para vehículos automotores, para los recién introducidos motores fuera de borda Johnson, trapiches y otras máquinas, además del querosín para fogones domésticos Esso Candela, quinqués y lámparas artesanales; Pedro Abdo García Borja desplegaría al máximo su condición de visionario comercial. Pasado el incendio de 1966, comprado el edificio de La Confianza por el gobierno para funcionamiento de la Gobernación del Chocó, don Pedro se imaginó una enorme y moderna estación de servicio, en un terreno situado en la calle 30 entre carreras séptima y octava, e hizo todo lo necesario para materializar aquel hit comercial, que rápidamente y aún más con el paso de los años llegó a ser tan importante que se convirtió incluso en referencia geográfica para situarse en la ciudad.

La ubicación de «la Bomba de Abdo», como pronto fue conocida y se conoce hasta hoy, en la entrada a Quibdó por la carretera desde Medellín, fue parte sustancial de su éxito y una muestra del carácter visionario de don Pedro Abdo; pues era inevitable que por allí pasaran todos los vehículos que llegaban a la ciudad por dicha vía, que durante mucho tiempo fue también el único paso para quienes venían del aeropuerto El Caraño. Su denominación oficial y comercial era Servicentro Esso N° 89-La Confianza, tal como figuraba en las pequeñas y elegantes agendas, en los calendarios y demás piezas promocionales que cada año, sin falta, entregaba don Pedro Abdo García a clientes, proveedores, empleados, amigos y vecinos, como parte de los típicos regalos navideños de anchetas de rancho y licores. En esas agendas, cuyo tamaño no excedía la mitad de un celular de los más comunes y corrientes de hoy, a uno le daba gusto encontrar con nombre, dirección y número de teléfono (430) aquel establecimiento comercial; donde, en un local alquilado cuyo pago mensual se cuadraba entre dineros en efectivo y cruce de cuentas por trabajos hechos a los carros de don Pedro Abdo, tuvo su taller durante casi una década el mejor mecánico de Quibdó: Arturo Herrera Giraldo.

Civismo y filantropía

Como pregonero, portaestandarte y agitador de masas, don Pedro Abdo García Borja participó activamente en el movimiento de protesta de septiembre de 1954, promovido y organizado por el Comité de Acción Chocoana; mediante el cual se impidió el cumplimiento de la ignominiosa pretensión del régimen militar de Rojas Pinilla —acicateado por el codicioso vecindario antioqueño, valluno y caldense— de desintegrar al Chocó como departamento y repartir su territorio entre las jurisdicciones de esos tres malos vecinos. Tenía 26 años.

Doce años después, en un jeep que era el único vehículo de los bomberos locales, hacia las 10 de la noche del 26 de octubre de 1966, don Pedro recorrió las calles de Quibdó para avisar del percance y concitar a la población a que se reuniera a la orilla del río para intentar entre todos contener las llamas del gran incendio que en ese momento devastaba la zona céntrica de la ciudad. Se le había ocurrido formar una cadena humana desde la orilla del río hasta los sitios del incendio o los adyacentes, con todo tipo de recipientes, que comenzaban llenos y llegaban a su destino casi vacíos. La cadena fue infructuosa. Y don Pedro Abdo terminó estrellado en aquel carro, con lesiones que, afortunadamente, entre el calor del incendio, el pavor del desastre y sus alcances mínimos, no pasaron a mayores; aunque cuentan que se le afectó el antebrazo derecho, por lo cual le tocó aprender a escribir su firma con la mano izquierda.

En agosto del año siguiente, a pesar de todo el movimiento gubernamental promovido por el presidente Lleras Restrepo para atender la emergencia de la tragedia y proceder a la reconstrucción de la ciudad, Quibdó no contaba regularmente con los dos servicios que ya se reconocían como esenciales en las ciudades: agua y luz. El acueducto ya no funcionaba tan bien como hasta antes del incendio; y la planta eléctrica de la carrera primera permanecía más dañada que en funcionamiento. Entonces, estudiantes de los colegios, maestros, comerciantes, ciudadanía en general, salieron a las calles a la famosa Huelga de Agua y Luz. Era 22 de agosto de 1967 y allí estaba, presente y activo, promoviendo y ayudando, don Pedro Abdo García… La luz, que ahora se llama “energía”, se sigue yendo, a veces hasta por 24 y más horas, como acaba de suceder entre viernes y sábado del último fin de semana. Y el agua, con un acueducto que tuvieron el descaro de inaugurar sin verificar su real funcionamiento, no es potable, ni es permanente, ni llega siquiera a la mitad de la población.

Veinte años después de la Huelga, cuando ya don Pedro Abdo llegaba a los 60 años de edad, también participó de lleno y apoyó económica y logísticamente el Paro Cívico de 1987, uno de los más fructíferos en cuanto a logros materiales para la región. Y, en 2017, cuando ya contaba 89 años, quedó retratado para la posteridad —en una imagen del fotógrafo chocoano Jeison Riascos (X: Talento Chocoano / El Murcy)— su apoyo al movimiento cívico, empuñando de nuevo la bandera del Chocó, mientras transcurría otro paro de grande, justa y prolongada lucha.

Y así, sucesivamente, en cada causa local y regional, don Pedro Abdo García siempre dijo presente. Incluso en la festividad religiosa de la Virgen del Carmen, patrona de choferes y transportadores, que con el paso de los años y su apoyo económico, organizativo, su convocatoria y su presencia, se convirtió en una celebración anual representativa en Quibdó, desde la parroquia del barrio Huapango.

Y, cómo no, en cada causa individual de sus múltiples ahijados, de parientes cercanos o lejanos, de hijos de sus amigos, de gente que a él recurría con problemas tan reales como no tener con qué enterrar a un pariente, comprar una fórmula médica o unos útiles escolares, allí estuvo don Pedro Abdo García Borja, sin que su mano izquierda supiera lo que hacía su derecha, ejerciendo una filantropía permanente y admirable, que fue la que condujo a que tanta gente terminara considerándolo «la Mano Amiga» y convirtiéndose en caudal electoral para su participación política, que lo condujo a la Cámara de Representantes; aunque nunca, como tanta gente lo quiso, alcanzara la alcaldía de Quibdó, ciudad de donde sí fue concejal cuando andaba por los 30 años. «Me indignaba cuando me informaban que una familia no tenía dinero para problemas graves de salud o para el velorio y el entierro de uno de los suyos. Apoyé a muchas familias, sin tener en consideración su filiación política. Yo era para todo el mundo, liberal, conservador, independiente», recordó él mismo en un evento público hace más de una década.

Placa conmemorativa en homenaje al grupo de fundadores de la Normal Superior Manuel Cañizales, de Quibdó. En el segundo renglón a la izquierda, aparece el nombre de Pedro Abdo García. La placa fue instalada en 1995, en una pared de la entrada del edificio, y la fotografía fue tomada el 9 de agosto de 2019. FOTO: Julio César U. H.

Gran impulsor de la Cámara de Comercio del Chocó, del Cuerpo de Bomberos y de la Casa de la Cultura de Quibdó; Pedro Abdo formó parte también del grupo de fundadores del Colegio Manuel Cañizales, concebido para contrarrestar la exclusión de una buena cantidad de niñas y jóvenes, especialmente de los sectores populares de Quibdó y de áreas rurales de este y otros municipios,  que no conseguían acceder a la educación pública en el Instituto Femenino Integrado. De modo que un grupo de personalidades, profesionales y educadores chocoanos se asociaron para fundar, en 1964, el Colegio Manuel Cañizales, que actualmente es una Normal Superior.

«El mejor ciudadano del Chocó»

Pedro Abdo García Borja
2010. Foto: UTCH.

«Pedro Abdo era un ícono de la chocoanidad. Uno de los referentes, si no el primero, que siempre se tenía en cuenta cuando había una dificultad, cuando ocurría una catástrofe o se requería la ayuda de alguien que no esperara nada a cambio. Fue de conocimiento público que no era un profesional formado en las aulas, pero sí un maestro de la vida, un comerciante natural, rebelde y político de sangre, entregado al servicio de todos sin distingos de raza, sexo, color o posición socioeconómica. Abdo vivió la satisfacción y el gozo que genera servir sin mirar a quién. Fue más lejos de lo que él mismo pensó y lo recordaremos como un gran ser humano. Gracias por todo, Pedro Abdo García Borja. El mejor ciudadano del Chocó». Estas palabras, escritas por Valentín Enoc Guerrero Córdoba a su gran amigo Pedro Eliécer García, hijo de don Pedro Abdo, sintetizan en cierta forma lo que mucha gente de Quibdó y del Chocó pensó cuando se supo la noticia de su muerte.

A 79 años de la creación del departamento, a 72 años del movimiento que defendió su integridad territorial y jurídica, a 59 años de la Huelga de Agua y Luz, a 60 años del gran incendio que transformó la vida y la historia de Quibdó y del Chocó, a 39 años de un paro cívico histórico, a dos semanas del terremoto del 10 de agosto…, en estos momentos en los que la región y su gente viven nuevamente circunstancias excepcionales e incertidumbres de futuro, su memoria de vida sea fuente de inspiración y esperanza para construir desde los escombros la digna certeza de un nuevo Chocó. ¡Adiós, don Pedro Abdo García!



[1] Todos los testimonios citados, a menos que se indique su fuente específica, forman parte de diversas conversaciones o chats de WhatsApp de los días 16 y 17 de agosto de 2026, en las que participaron, entre otros: Jorge Valencia Valencia, Jesús Alexis Moya Gamboa, Valentín Enoc Guerrero Córdoba, Lascario Barboza Díaz, Jesús Elías Córdoba Valencia y Rafael «Nabuco» Bolaños Henao.

Gracias también a Américo Murillo Londoño, memorioso cronista de la vida quibdoseña, quien fue compañero de correrías políticas de Pedro Abdo, y aportó precisiones importantes después de publicado el texto.