24/08/2026

 Don Pedro Abdo García: 
un adiós a la mano amiga del Chocó 

*Esta histórica imagen, obra del fotógrafo chocoano Jeison Riascos, fue tomada en mayo de 2017, cuando don Pedro Abdo García tenía 89 años. Como una muestra de apoyo al paro cívico que entonces se llevaba a cabo, don Pedro posó enarbolando la bandera del Chocó, que efectivamente había portado durante las protestas cívicas de los años 1954, 1967 y 1987. FOTO: Jeison Riascos (El Murcy).

Faltaban unas cuantas horas para que se cumpliera una semana del terremoto de magnitud 7.4 que asoló 481 municipios de 16 departamentos de Colombia, entre ellos 30 del Chocó, cuando falleció en Medellín, el domingo 16 de agosto de 2026, a los 98 años de edad, don Pedro Abdo García Borja, a quien cada cual, según los pareceres de su cercanía y de su percepción, nombraba con distinto apelativo: don Pedro, Abdo, don Pedro Abdo, el señor Abdo; pero, a quien infinidad de coterráneos de sectores humildes de la población quibdoseña y chocoana llamaron durante muchos años «la Mano Amiga».

Al atardecer de aquel de domingo, lo primero que muchos hicimos —pues no era dable que incurriéramos en el desliz de añadirle a una tragedia que ya se sabía enorme la incertidumbre de un hecho trágico sin confirmar— fue preguntar por aquí y más allá si era cierta la noticia que en algunos grupos de WhatsApp y en el infaltable Facebook se había dado de modo no del todo afirmativo, casi como un simple rumor: “nos informan que falleció en Medellín don Pedro Abdo García”. Cuando fue refrendada a través de diversos familiares del ilustre y recordado difunto, comenzaron a circular textos e imágenes dando cuenta de la lamentable novedad. Entonces algo se ensombreció en el interior de muchas almas quibdoseñas que, además de la oscuridad de aquella noche nublada y casi lluviosa, cargaban por dentro la descomunal procesión del sufrimiento por el terremoto, y por fuera las huellas del cansancio, de la tristeza y de las lágrimas yertas, secas, en sus rostros, miradas, ojos y semblantes.

Reconocimientos y admiraciones

«Se nos fue la mano amiga», me escribió un quibdoseño de vieja data a quien le pregunté si ya sabía del insuceso; y añadió: «Yo creo que don Pedro Abdo era el último personaje de esa generación de prohombres chocoanos que hicieron grande nuestra región: un hombre cívico por excelencia, emprendedor total, comerciante de empuje, político reflexivo».[1] Varios contertulios coincidieron en considerarlo un prohombre de los de antaño, de los que —como suele decirse en ocasiones como esta— ya no quedan. «El último cordobista», lo llamaron algunos, aludiendo a su militancia en una de las corrientes fundacionales del ejercicio político, de la vida pública y de la institucionalidad del Estado en el Chocó: el Cordobismo, denominado así en alusión a Diego Luis Córdoba, uno de los más preclaros integrantes de la Generación de la Dignidad, que no solamente condujo al Chocó de Intendencia Nacional a Departamento, sino que lo situó en puestos de relevancia en los ámbitos parlamentarios, gubernamentales, culturales e intelectuales del país. Al respecto, un amigo escribió: «Abdo no fue estudiado, como se dice coloquialmente, pero fue respetado en el movimiento político Cordobista. Yo le decía que era el último cordobista honesto. Creo es el último de su generación, tanto comercial, como política». Buscando añadir un poco de realismo en las idealizaciones de la muerte, otro contertulio escribió: «De Pedro Abdo, pienso que fue un hombre que hizo empresa, empezando por su tienda y las siguientes escalas comerciales, no tan desligadas de ventajas asociadas a la politiquería tradicional; lo cual no le resta méritos a su don de gentes y a esa contagiosa amabilidad a flor de piel».

Y así, sucesivamente, se desgranaron reconocimientos y elogios, admiraciones y homenajes a una vida y una carrera pública de alguien que literalmente comenzó desde abajo y llegó hasta cimas donde antes no llegaban los afrochocoanos humildes, los “no estudiados”, y mucho menos si eran de origen campesino.

Múltiples notas de condolencia fueron publicadas por el fallecimiento de Pedro Abdo García, entre ellas algunas elaboradas con aplicaciones de IA que generaron imágenes ajenas al personaje, como las del Comando Departamental Cordobista y la Alcaldía de Lloró, esta última con un texto tan genérico y vago que puede aplicarse a cualquier personaje. Fuentes: Facebook entidades. Collage El Guarengue.

Desde abajo

Nacido en 1928 en la vereda Canchidó, del municipio de Lloró, donde el bravío Andágueda y el cristalino Capá confluyen con la majestad del alto río Atrato; Pedro Abdo era hijo de Tomás Domingo García y Asunción Borja Rentería. Tenía un poco más de 15 años cuando, sin haber concluido la escuela primaria, se aventuró hacia Quibdó, con una sola muda de ropa, como pasajero en una balsa, un transporte que todavía hoy muchos jóvenes de la zona y del Alto Andágueda utilizan para bajar de un poblado a otro, siguiendo la corriente de los ríos.

Hizo de todo para conseguir el sustento. Con una mezcla de intuición, humildad y ganas de salir adelante, Pedro Abdo labró paso a paso su carrera comercial, hasta llegar a construir negocios y acumular capitales propios, con los cuales descolló —en la década de los años 50— como uno de los primeros afrochocoanos en incursionar en el comercio de Quibdó, dominado entonces por comerciantes del Caribe, turcos y antioqueños.

Aviso publicitario de una marquetería de propiedad de Pedro Abdo García, en el periódico La Crítica, de Quibdó, del 14 de noviembre de 1954. Recortes y edición: El Guarengue.

Embolador reconocido de clientela fija y distinguida, a la que le cobraba 10 centavos por el servicio, y de clientes más populares a los que les cobraba 5 centavos o lo que ellos pudieran darle; ayudante y carguero en bodegas de víveres, como la de sus hermanos Ramón y Martín; vendedor ambulante de cerveza y de plátano, en carretilla de madera de tres ruedas; artesano de cuadros decorativos que él mismo elaboraba con imágenes que recortaba de revistas y montaba sobre cartón, simulando un marco, y que vendía a precio promocional por medias docenas; obrero de carreteras del Ministerio de Obras Públicas; mensajero de casas de familia, una especie de precursor de la entrega de pedidos a domicilio en Quibdó; con escasos 20 años, Pedro Abdo García ya había incursionado en las primeras y visionarias aventuras comerciales, que lo llevarían a concebir y crear sus primeros negocios.

Habida cuenta de que los campesinos de todo el Atrato y sus afluentes llegaban a Quibdó en la madrugada de los sábados a vender —en los puertos y el mercado de la orilla del Atrato— plátano, maíz, frutas, pescado, carne de monte, gallinas y patos, huevos, bija, algodón para almohadas, cestería de fibras de palma tetera o chocolatillo, panelas aliñadas con frutas, biche, vasijas y enseres de mate o totumo, rallos y bateas para lavado de ropa, dulces y conservas caseras, yerbas medicinales, aromáticas y de condimento, y todo tipo de encargos que las familias citadinas les hicieran; con lo cual el día se les iba yendo sin poder comprar a tiempo sus propios mercados: velas, querosín, sal, granos, víveres, medicinas de botica, telas, linternas, cuadernos, lápices, etc.; Pedro Abdo fue logrando que algunos campesinos le entregaran sus listas con los productos que necesitaban comprar en el comercio quibdoseño, y él iba y los compraba a precios mayoristas y se los facturaba a precio de venta al detal. Esa diferencia de precios, además de los centavos adicionales con que los campesinos lo retribuían, constituían sus ganancias. Sábado a sábado, mes a mes, gracias a su diligencia, pulcritud y amabilidad en dicho servicio, su clientela se incrementó y también sus ganancias, que sin ser todavía una fortuna crecieron lo suficiente para contar con lo que sería uno de sus primeros capitales de inversión, el cual le permitiría alquilar un local, con bodega y tienda, donde él mismo personalmente le despacharía a esos mismos clientes el mercado que antes iba y compraba por ellos en otros negocios de la plaza comercial quibdoseña. Refinó entonces lo que hoy llaman su «estrategia de fidelización» de clientes: antes, cuando iba de champa en champa, de canoa en canoa, les ofrecía a los campesinos una copa de vino Seco Bandera para el frío que cogían en toda una jornada bogando por el Atrato y vendiendo en los puertos de Quibdó, más un tabaco o un cigarrillo Dandy, según el gusto de cada uno. Ahora, en su propio local, cuando los campesinos iban a dejarle su lista de compras, Pedro Abdo les brindaba un trago de anisado o una cerveza, además del cigarrillo o el tabaco que eligieran; a los más jóvenes los atendía con un refresco y a los niños con bolones de chicle, confites de banana o de anís, o pequeños trocitos de queso costeño. Igual, por extensión, empezaría a hacerlo, hasta convertirse en el local favorito de ese «nicho de mercado», con las empleadas domésticas de las familias quibdoseñas, la mayoría de las cuales terminó engrosando su extensa y satisfecha clientela.

Afectado por el trágico y enorme incendio del 26 de octubre de 1966, que devastó todo el comercio de la carrera primera de Quibdó, donde él se había ubicado, primero en un quiosco comprado al comerciante baudoseño Ranulfo Castro, y luego en un local arrendado; Pedro Abdo García se levantó y siguió. «Antes de 1966, Abdo ya era un comerciante próspero; tenía una bodega de víveres en la carrera primera y mi padre era su agente de negocios del queso traído desde Magangué y el azúcar del Valle del Cauca, por vía férrea hasta Bolombolo, y luego por la trocha hasta Quibdó», en tiempos en los que todo el comercio se surtía de Cartagena por la vía fluvial del Atrato; recuerda un hijo de don Benigno Moya, un hombre que trabajó varios años para Pedro Abdo antes de independizarse y convertirse en otro de los tenderos y comerciantes de renombre en Quibdó. «Después del incendio, Abdo no se doblegó, su visión comercial se mantuvo y continuó con un negocio de víveres al por mayor, pero más adelante vio en los combustibles una oportunidad», remata su relato Jesús Alexis, hijo de don Benigno, quien también recuerda con nostalgia que «tuve la fortuna de gozar de su aprecio, por la amistad con mi padre», de quien don Pedro también fue compadre, cuando se convirtió en padrino de una de sus hijas.

Servicentro Esso N° 89-La Confianza

Edificio de la Empresa Comercial La Confianza,
en Quibdó, 1965. Remodelado completamente,
en este edificio funciona actualmente la 
Gobernación del Chocó. FOTO: Archivo
Fotográfico y Fílmico del Chocó.

Luego de mil peripecias, incluyendo un tiempo como empleado de la legendaria Empresa Comercial La Confianza, de propiedad de Juan Restrepo, el Ñato Aquileo, Mario Montero y Joaquín Hincapié, empresa ésta que, además de servicios de ferretería, era la expendedora de combustibles y lubricantes para vehículos automotores, para los recién introducidos motores fuera de borda Johnson, trapiches y otras máquinas, además del querosín para fogones domésticos Esso Candela, quinqués y lámparas artesanales; Pedro Abdo García Borja desplegaría al máximo su condición de visionario comercial. Pasado el incendio de 1966, comprado el edificio de La Confianza por el gobierno para funcionamiento de la Gobernación del Chocó, don Pedro se imaginó una enorme y moderna estación de servicio, en un terreno situado en la calle 30 entre carreras séptima y octava, e hizo todo lo necesario para materializar aquel hit comercial, que rápidamente y aún más con el paso de los años llegó a ser tan importante que se convirtió incluso en referencia geográfica para situarse en la ciudad.

La ubicación de «la Bomba de Abdo», como pronto fue conocida y se conoce hasta hoy, en la entrada a Quibdó por la carretera desde Medellín, fue parte sustancial de su éxito y una muestra del carácter visionario de don Pedro Abdo; pues era inevitable que por allí pasaran todos los vehículos que llegaban a la ciudad por dicha vía, que durante mucho tiempo fue también el único paso para quienes venían del aeropuerto El Caraño. Su denominación oficial y comercial era Servicentro Esso N° 89-La Confianza, tal como figuraba en las pequeñas y elegantes agendas, en los calendarios y demás piezas promocionales que cada año, sin falta, entregaba don Pedro Abdo García a clientes, proveedores, empleados, amigos y vecinos, como parte de los típicos regalos navideños de anchetas de rancho y licores. En esas agendas, cuyo tamaño no excedía la mitad de un celular de los más comunes y corrientes de hoy, a uno le daba gusto encontrar con nombre, dirección y número de teléfono (430) aquel establecimiento comercial; donde, en un local alquilado cuyo pago mensual se cuadraba entre dineros en efectivo y cruce de cuentas por trabajos hechos a los carros de don Pedro Abdo, tuvo su taller durante casi una década el mejor mecánico de Quibdó: Arturo Herrera Giraldo.

Civismo y filantropía

Como pregonero, portaestandarte y agitador de masas, don Pedro Abdo García Borja participó activamente en el movimiento de protesta de septiembre de 1954, promovido y organizado por el Comité de Acción Chocoana; mediante el cual se impidió el cumplimiento de la ignominiosa pretensión del régimen militar de Rojas Pinilla —acicateado por el codicioso vecindario antioqueño, valluno y caldense— de desintegrar al Chocó como departamento y repartir su territorio entre las jurisdicciones de esos tres malos vecinos. Tenía 26 años.

Doce años después, en un jeep que era el único vehículo de los bomberos locales, hacia las 10 de la noche del 26 de octubre de 1966, don Pedro recorrió las calles de Quibdó para avisar del percance y concitar a la población a que se reuniera a la orilla del río para intentar entre todos contener las llamas del gran incendio que en ese momento devastaba la zona céntrica de la ciudad. Se le había ocurrido formar una cadena humana desde la orilla del río hasta los sitios del incendio o los adyacentes, con todo tipo de recipientes, que comenzaban llenos y llegaban a su destino casi vacíos. La cadena fue infructuosa. Y don Pedro Abdo terminó estrellado en aquel carro, con lesiones que, afortunadamente, entre el calor del incendio, el pavor del desastre y sus alcances mínimos, no pasaron a mayores; aunque cuentan que se le afectó el antebrazo derecho, por lo cual le tocó aprender a escribir su firma con la mano izquierda.

En agosto del año siguiente, a pesar de todo el movimiento gubernamental promovido por el presidente Lleras Restrepo para atender la emergencia de la tragedia y proceder a la reconstrucción de la ciudad, Quibdó no contaba regularmente con los dos servicios que ya se reconocían como esenciales en las ciudades: agua y luz. El acueducto ya no funcionaba tan bien como hasta antes del incendio; y la planta eléctrica de la carrera primera permanecía más dañada que en funcionamiento. Entonces, estudiantes de los colegios, maestros, comerciantes, ciudadanía en general, salieron a las calles a la famosa Huelga de Agua y Luz. Era 22 de agosto de 1967 y allí estaba, presente y activo, promoviendo y ayudando, don Pedro Abdo García… La luz, que ahora se llama “energía”, se sigue yendo, a veces hasta por 24 y más horas, como acaba de suceder entre viernes y sábado del último fin de semana. Y el agua, con un acueducto que tuvieron el descaro de inaugurar sin verificar su real funcionamiento, no es potable, ni es permanente, ni llega siquiera a la mitad de la población.

Veinte años después de la Huelga, cuando ya don Pedro Abdo llegaba a los 60 años de edad, también participó de lleno y apoyó económica y logísticamente el Paro Cívico de 1987, uno de los más fructíferos en cuanto a logros materiales para la región. Y, en 2017, cuando ya contaba 89 años, quedó retratado para la posteridad —en una imagen del fotógrafo chocoano Jeison Riascos (X: Talento Chocoano / El Murcy)— su apoyo al movimiento cívico, empuñando de nuevo la bandera del Chocó, mientras transcurría otro paro de grande, justa y prolongada lucha.

Y así, sucesivamente, en cada causa local y regional, don Pedro Abdo García siempre dijo presente. Incluso en la festividad religiosa de la Virgen del Carmen, patrona de choferes y transportadores, que con el paso de los años y su apoyo económico, organizativo, su convocatoria y su presencia, se convirtió en una celebración anual representativa en Quibdó, desde la parroquia del barrio Huapango.

Y, cómo no, en cada causa individual de sus múltiples ahijados, de parientes cercanos o lejanos, de hijos de sus amigos, de gente que a él recurría con problemas tan reales como no tener con qué enterrar a un pariente, comprar una fórmula médica o unos útiles escolares, allí estuvo don Pedro Abdo García Borja, sin que su mano izquierda supiera lo que hacía su derecha, ejerciendo una filantropía permanente y admirable, que fue la que condujo a que tanta gente terminara considerándolo «la Mano Amiga» y convirtiéndose en caudal electoral para su participación política, que lo condujo a la Cámara de Representantes; aunque nunca, como tanta gente lo quiso, alcanzara la alcaldía de Quibdó, ciudad de donde sí fue concejal cuando andaba por los 30 años. «Me indignaba cuando me informaban que una familia no tenía dinero para problemas graves de salud o para el velorio y el entierro de uno de los suyos. Apoyé a muchas familias, sin tener en consideración su filiación política. Yo era para todo el mundo, liberal, conservador, independiente», recordó él mismo en un evento público hace más de una década.

Placa conmemorativa en homenaje al grupo de fundadores de la Normal Superior Manuel Cañizales, de Quibdó. En el segundo renglón a la izquierda, aparece el nombre de Pedro Abdo García. La placa fue instalada en 1995, en una pared de la entrada del edificio, y la fotografía fue tomada el 9 de agosto de 2019. FOTO: Julio César U. H.

Gran impulsor de la Cámara de Comercio del Chocó, del Cuerpo de Bomberos y de la Casa de la Cultura de Quibdó; Pedro Abdo formó parte también del grupo de fundadores del Colegio Manuel Cañizales, concebido para contrarrestar la exclusión de una buena cantidad de niñas y jóvenes, especialmente de los sectores populares de Quibdó y de áreas rurales de este y otros municipios,  que no conseguían acceder a la educación pública en el Instituto Femenino Integrado. De modo que un grupo de personalidades, profesionales y educadores chocoanos se asociaron para fundar, en 1964, el Colegio Manuel Cañizales, que actualmente es una Normal Superior.

«El mejor ciudadano del Chocó»

Pedro Abdo García Borja
2010. Foto: UTCH.

«Pedro Abdo era un ícono de la chocoanidad. Uno de los referentes, si no el primero, que siempre se tenía en cuenta cuando había una dificultad, cuando ocurría una catástrofe o se requería la ayuda de alguien que no esperara nada a cambio. Fue de conocimiento público que no era un profesional formado en las aulas, pero sí un maestro de la vida, un comerciante natural, rebelde y político de sangre, entregado al servicio de todos sin distingos de raza, sexo, color o posición socioeconómica. Abdo vivió la satisfacción y el gozo que genera servir sin mirar a quién. Fue más lejos de lo que él mismo pensó y lo recordaremos como un gran ser humano. Gracias por todo, Pedro Abdo García Borja. El mejor ciudadano del Chocó». Estas palabras, escritas por Valentín Enoc Guerrero Córdoba a su gran amigo Pedro Eliécer García, hijo de don Pedro Abdo, sintetizan en cierta forma lo que mucha gente de Quibdó y del Chocó pensó cuando se supo la noticia de su muerte.

A 79 años de la creación del departamento, a 72 años del movimiento que defendió su integridad territorial y jurídica, a 59 años de la Huelga de Agua y Luz, a 60 años del gran incendio que transformó la vida y la historia de Quibdó y del Chocó, a 39 años de un paro cívico histórico, a dos semanas del terremoto del 10 de agosto…, en estos momentos en los que la región y su gente viven nuevamente circunstancias excepcionales e incertidumbres de futuro, su memoria de vida sea fuente de inspiración y esperanza para construir desde los escombros la digna certeza de un nuevo Chocó. ¡Adiós, don Pedro Abdo García!



[1] Todos los testimonios citados, a menos que se indique su fuente específica, forman parte de diversas conversaciones o chats de WhatsApp de los días 16 y 17 de agosto de 2026, en las que participaron, entre otros: Jorge Valencia Valencia, Jesús Alexis Moya Gamboa, Valentín Enoc Guerrero Córdoba, Lascario Barboza Díaz, Jesús Elías Córdoba Valencia y Rafael «Nabuco» Bolaños Henao.

Gracias también a Américo Murillo Londoño, memorioso cronista de la vida quibdoseña, quien fue compañero de correrías políticas de Pedro Abdo, y aportó precisiones importantes después de publicado el texto. 

17/08/2026

 Los epicentros del Chocó 

«Pero no llores, Quisqueya, que lucharemos,
tus hijos buenos te reconstruiremos».
Cuco Valoy, El ciclón (Himno a la reconstrucción), 1980.

La Gobernadora del Chocó, Nubia Carolina Córdoba Curi, en San José del Palmar, el 12 de agosto de 2026. FOTO: Gobernación del Chocó. Mapa IGAC 2002: municipios del Chocó.

Chontaduro y terremoto

Facebook Alcaldía
San José del Palmar.
En el puente festivo que hoy termina estarían culminando también las Fiestas del Chontaduro 2026 en el municipio de San José del Palmar, las cuales habían sido convocadas por la Alcaldía Municipal para los días 14 al 17 de agosto. El terremoto de magnitud 7.4, ocurrido a las 7:34 a.m. del lunes 10 de agosto, cuyo epicentro se ubicó en territorio palmareño, cambió completamente el panorama y convirtió a este municipio en centro de interés nacional e internacional como referente de una tragedia que afectó 15 departamentos y 472 municipios de Colombia, 120.671 familias y 185.996 personas, incluyendo 287 personas fallecidas y 4.147 heridas; según balance oficial del 16 de agosto a las 6:30 p.m., de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD).[1]

Chontaduro y biodiversidad

San José del Palmar está situado en el suroriente del Chocó, en límites con Risaralda y el Valle del Cauca, departamentos estos con los que comparte áreas protegidas del Parque Nacional Natural Tatamá y la Serranía de Los Paraguas, donde se ubican ecosistemas con las más altas tasas de biodiversidad del Chocó Biogeográfico, en gran parte por su condición de corredor de conectividad entre el Pacífico y la zona Andina, en la Cordillera Occidental. Cuando una prolongada, incontrolada y devastadora epidemia fitosanitaria destruyó casi totalmente los cultivos de chontaduro en zonas del Atrato, San Juan y Baudó, que hasta entonces habían sido grandes productoras de esta apetecida fruta, San José del Palmar se posicionó como el principal productor regional e incursionó exitosamente en el mercado de sus vecinos Pereira y otros municipios de Risaralda y del Norte del Valle.

Un abrazo intermunicipal

Los municipios chocoanos de Condoto, Nóvita y Sipí rodean en el mapa, como en un abrazo cartográfico y fraternal, a San José del Palmar, un lugar cuya vía carreteable de acceso directo lo conecta con el Valle del Cauca y Risaralda, no con el Chocó. Junto al municipio también andino de El Carmen de Atrato —que limita con Antioquia—, donde se ubica el nacimiento del río Atrato en los Farallones del Citará; San José del Palmar presenta las máximas elevaciones del departamento del Chocó: los cerros de Tamaná, con 4200 m y Tatamá, con 3950 m; el cerro de Torrá, con 3670 m, el cual forma parte de la Serranía de Los Paraguas; y las estribaciones denominadas Galápagos, en límites con el Valle del Cauca, a una altura de hasta 3000 m.

Sin noticias

Tal situación geográfica, sumada a las deficiencias locales y regionales de infraestructura vial y a la constante falla de los servicios de telefonía e internet en el Chocó, impidieron durante más de medio día del 10 de agosto que la región, el país y el mundo se enteraran de qué había pasado exactamente en el epicentro del terremoto, cuyos estragos en departamentos y ciudades vecinas, así como en Quibdó y otros 28 municipios chocoanos hacían temer lo peor. No obstante, al caer la tarde de ese primer día de la tragedia, la Gobernadora del Chocó, Nubia Carolina Córdoba Curi, quien visitaría el municipio a primera hora del día 12 de agosto, había logrado establecer que allí no había muertos ni heridos, a pesar de que el epicentro estaba a tan solo 20 km de la plaza del pueblo y eran graves los daños de viviendas, obras y edificios públicos y comunitarios.

WhatsApp

Mientras el pueblo palmareño poco sabía de lo que a esa hora temprana estaba ocurriendo en el país, y el país se preguntaba por la suerte de aquel municipio —de cuya existencia no sabían hasta el momento muchos colombianos—, aquella mañana en Quibdó la ristra diaria de motocicletas cuya barahúnda es la nota cotidiana de la ciudad desde que amanece hasta la media noche, se intensificó por el doloroso desespero de quienes habían dejado a sus hijos en escuelas y colegios unos minutos antes, y ahora —ocurrido el terremoto— se devolvían a recogerlos, mientras se enteraban en el trayecto de las peores noticias, procedentes de distintos y populosos sectores y barrios de Quibdó, como Nicolás Medrano, Zona Minera, el Jardín y la Zona Norte, entre otros, cuyas noticias circularon profusamente por WhatsApp antes de que comenzaran a fallar las conexiones telefónicas y de internet, y se interrumpiera también el servicio de energía eléctrica por circuitos y luego en toda la ciudad.

La Gobernadora

Reporte original de ocurrencia del terremoto del 10 de agosto de 2026, del Servicio Geológico Colombiano. Reportes de la Gobernación del Chocó sobre la situación de emergencia.

Ya a esa hora, en un acto de plausible gestión institucional del desastre, cuyas proporciones apenas empezaban a establecerse, la Gobernadora del Chocó se apersonó de su papel de liderazgo y vocería regional para el manejo de la situación; el cual ha mantenido y mantiene tras el paso de los días, con una empatía y una energía admirables, y con notable capacidad de análisis integral y panorámico de la tragedia. Menos de un cuarto de hora después del terremoto, en su cuenta de X (antiguo Twitter), la Gobernadora expresó: «Acabamos de pasar un grave evento sísmico en el departamento del Chocó. Nos preocupan las réplicas. Aunque el epicentro fue San José del Palmar, en la capital Quibdó hay heridos y graves daños en las edificaciones. Ya estamos haciendo la evaluación de daños para emitir el primer reporte oficial»[2].

Dos horas después del terremoto, la Gobernación emitió el primer reporte de situación regional, el cual fue actualizado por lo menos en 6 boletines más a lo largo de ese día, y otros tantos desde ese día hasta hoy. De modo que la información oficial va siendo consolidada, tanto para efectos de asistencia oficial regional y nacional, como para conocimiento de la población quibdoseña y chocoana, que entre lágrimas abundantes y silencios tristes, gritos de dolor, rezos y plegarias, reclamos e imprecaciones, intentaba conjurar y afrontar los males del desastre, comunicarse con sus parientes de fuera del Chocó, averiguar por su gente en ciudades tan destrozadas como Cali, Pereira, Manizales, y guardar algo de calma para ponerse a salvo con sus grupos familiares, laborales, académicos, barriales… 29 municipios afectados de los 31 que tiene el departamento, 13 personas fallecidas, 310 heridas, más de 12 mil familias damnificadas, 3.128 viviendas destruidas y más de 19.000 viviendas averiadas , 267 edificios de instituciones educativas afectados, son algunas de las cifras de la tragedia en el Chocó, según el reporte #12 de la Gobernación, del 15 de agosto a las 6:30 p.m.

Como un terremoto de siglos

Las carencias estructurales de sus municipios, y del departamento todo, en asuntos tan básicos y primarios en materia de desarrollo, como vías de transporte, servicios hospitalarios, agua potable, energía eléctrica, telefonía e internet, volvieron a revelarle al país y al mundo que San José del Palmar y el Chocó no son solamente epicentro de este cruel terremoto: también lo son de la desigualdad histórica y estructural en Colombia, tan cruel como un terremoto que durara siglos. De hecho, aunque en ello cuentan también la mediocridad y el facilismo del periodismo de los grandes medios de comunicación del país, hasta en los primeros informes periodísticos de la tragedia el Chocó fue excluido y pareciera que esta solamente hubiera ocurrido en las demás ciudades y departamentos, lamentablemente afectados, y al territorio chocoano solamente le correspondiera —como un eslogan— su condición de epicentro del terremoto y la trágica presea de que este fuera el movimiento sísmico de mayor magnitud en los últimos 25 años.

Recordando a Bahía Solano, 1970

El próximo 26 de septiembre se cumplirán 56 años de los tres sismos (magnitudes 6.5, 5.8 y 6.6) que asolaron a Bahía Solano entre la primera hora del día, la media mañana y la alta noche, y cuyas réplicas mantuvieron en zozobra permanente a sus habitantes, atemorizándolos de tal modo que a la media noche la mayoría de la gente ya había decidido irse del pueblo.

A solo tres semanas de su posesión como gobernador del Chocó, el abogado liberal Andrés Rumié Mosquera llegó a Bahía Solano para ver con sus propios ojos la destrucción de la que había sido objeto esta población, la mayor parte de cuyas edificaciones se habían venido abajo a causa de los tres feroces sismos, que por fortuna solamente dejaron dos personas heridas. También el presidente de Colombia, Misael Pastrana Borrero, estaba recién posesionado, no llevaba más de mes y medio en el cargo.

Pobladores de Bahía Solano
esperando ser evacuados en avión.
Grietas en el camino hacia el aeropuerto.
Sismos en Bahía Solano, septiembre
de 1970. FOTOS: capturas
de pantalla video Fundación
Patrimonio Fílmico de Colombia.

En un informe de noviembre de 1971, publicado en la revista del Instituto Panamericano de Geografía e Historia, el geofísico y sismólogo colombiano Jesús Emilio Ramírez Gómez, S. J., pionero de estas ciencias en Colombia y fundador del Instituto Geofísico de los Andes, documentó lo ocurrido en Bahía Solano: «El primer temblor que tomó por sorpresa a los pobladores de Puerto Mutis, El Valle, Mecana y caseríos vecinos, tuvo lugar el día 26 de septiembre de 1970 y fue registrado en los sismógrafos de Bogotá a las 7h 3m 33.5s. Se le asignó una magnitud de 6.5 en la escala Richter. Además de la alarma general, se agrietaron varios edificios. Siguió otra sacudida un poco más fuerte a las 9h 58m 3s. Así se iniciaron algunos deslizamientos en las colinas vecinas y se aumentaron las averías en las casas. Ya esto hizo que se pidiera auxilio a las autoridades del país. La Cruz Roja envió socorros y viajó el Gobernador del Chocó Dr. Andrés Rumié M. Poco después llegaron en avioneta el presidente, el director ejecutivo y el director técnico de la Corporación del Chocó, doctores Obregón, Núñez y Peñuela. Aquel día no se encendieron las cocinas y cada cual quería comentar en su casa o en la calle los incidentes del momento». [3]

Pero aún faltaba más. «A las 10h 39m 38s de la noche, estando aún casi toda la gente en las calles o en el parque, sobrevino el terremoto fuerte que dejó como saldo dos heridos, derribó a tierra algunas personas, y acabó con las casas averiadas, desvencijó las de madera o las dejó en posición precaria…».[4]  104 casas quedaron en ruinas; 64, fuertemente averiadas; ligeramente averiadas, 56; y sin averías aparentes, 43. El pánico fue tan grande como la ruina material: al tercer día de la tragedia, un poco más de 900 de las 2.400 personas que entonces vivían en Bahía Solano habían sido evacuadas por mar o por vía aérea, hacia Quibdó, Buenaventura, Medellín y Bogotá.

Bajo la coordinación del Dr. Rumié, Gobernador del Chocó, y del General José Joaquín Matallana, director nacional de la Defensa Civil, «se estableció un puente aéreo de socorro entre Bahía Solano y las ciudades de Quibdó, Medellín y Bogotá para el transporte de personas y recursos, como alimentos, drogas, carpas y frazadas. Aviones de la FAC, Satena, Cessnyca, de la Policía, de la Caja Agraria y de la Corporación del Chocó realizaron permanentes aterrizajes y despegues. El lunes 28 por la tarde, núcleos humanos con sicosis de fuga se aglomeraban en el aeropuerto esperando ser despachados. Dos niños nacieron en el terminal aéreo y otros dos a bordo de la fragata Pascual de Andagoya. Esta nave llegó a Buenaventura el lunes y con el Córdoba trasladó por vía marítima a unos 400 habitantes hasta Bahía Utría. Por la vía aérea habían salido el martes 29 por la tarde unas 520 personas; es decir, una tercera parte de la población se evacuó en tres días».[5]

Caminar por un suelo agrietado, por encima de cárcavas en las que bien cabrían un hombre de pie, a lo largo, y un niño acostado, a lo ancho; vivir el descontrol continuo de las aguas del mar, de las quebradas, del río, y hasta el desajuste de las puntuales mareas; ver los riesgos de los deslizamientos en las colinas cercanas y la mayor parte de las construcciones del pueblo desplomadas, destrozadas, fragmentadas o despedazadas; todo ello exacerbó el miedo, que se incrementaba con cada réplica de los temblores: más de cien registraron los sismógrafos en Bogotá durante los primeros cinco días del desastre en Bahía Solano. De ahí que nadie quisiera quedarse y la mayor parte optara por marcharse; aunque después de seis meses emprendieran su retorno. Atrás dejaban, destruidos o inservibles, además de sus casas, la iglesia, el cementerio, la casa cural, el colegio de las monjas Lauritas, la capilla del hospital, los edificios de Telecom, la Caja Agraria, la Alcaldía y los cuarteles. «Los edificios más afectados fueron los que estaban más cerca de las colinas, y los de menos daños estaban a mayor distancia. Los del otro lado del río Gella sufrieron un poco. Allí se derrumbó la casa más antigua de todas, edificada hacía 35 años y perteneciente a Mercedes Cecaida. Otra con más de 30 años, de Elvira Gutiérrez, quedó en pie».[6]

60 años de una inconclusión

Otro aniversario trágico para el Chocó se conmemora el próximo 26 de octubre, cuando se cumplen 60 años de una tragedia que marcó para siempre la historia local y regional de Quibdó y el Chocó, y se convirtió en un hito a partir del cual la espiral del progreso de la región pareció detenerse y devino en decadente bucle de estancamiento y retroceso. Un incendio de enormes proporciones consumió a Quibdó de sur a norte durante más de ocho horas continuas, desde las 9 de la noche del 26 de octubre de 1966, comenzando en la cabecera del pueblo y extendiéndose hasta las inmediaciones del templo parroquial, que en ese entonces aún no había sido consagrado como catedral. La remodelación y reconstrucción de Quibdó se adelantaron de modo parcial, nunca se concluyeron.

“El miedo y la esperanza viven juntos”[7]

«En el Pacífico se están presentando fenómenos inversos en el marco del Fenómeno del Niño, que implican fuertes lluvias y avenidas torrenciales en las horas de la noche. Esto está empeorando la situación de los damnificados por el sismo, aumentando el riesgo de las infraestructuras y traslapando dos emergencias que afectan a los damnificados por partida doble. Ya hemos generado el reporte a la sala de crisis nacional», informó la Gobernadora del Chocó en un tuit de su cuenta de X, en la mañana del domingo 16 de agosto... Epicentro de sismos y terremotos, de incendios e inundaciones, de derrumbes y deslizamientos, pero —sobre todo— epicentro histórico de la marginación y el olvido, del engaño y la discriminación; el Chocó es la tierra en donde es muchísimo menos cierta la entelequia en boga de que lo material no importa, porque lo material se recupera. Desde los centros y lugares de poder siempre será difícil captar en su esencia los padecimientos de la periferia, aún más si esta periferia lleva por nombre Chocó.

Da miedo dormir por las noches y que el aguacero inunde las casas destrozadas por el terremoto y las acabe de echar abajo; miedo a que una de tantas réplicas culmine lo que comenzó el remezón del lunes 10, como sucedió hace más de medio siglo en Bahía Solano, entre el temblor de las 7 de la mañana y y el de las 10 y media de la noche. Pero también hay esperanza, y no tanto porque esta sea lo último que se pierde, sino porque parecería inconcebible que —ante la copiosa, generosa y hasta inesperada ayuda humanitaria, de media Colombia hacia el Chocó— la respuesta gubernamental no estuviera a la altura de la solidaridad ciudadana y se quedara en la mera atención caritativa de la emergencia, incrementando así la deuda histórica del país con la región y manteniéndola como epicentro del terremoto secular de la exclusión y el abandono.



[3] El terremoto de Bahía Solano. Jesús Emilio Ramírez, S. J. Geofísica Panamericana Vol. 1 N° 1, pp. 97-109. Instituto Panamericano de Geografía e Historia. Noviembre 1971. Pág. 103.

[4] Ídem. Ibidem.

[5] Ibidem, pág. 106.

[6] Ibidem, pág. 105.

[7] Joan Manuel Serrat, Feria Internacional del Libro de Guadalajara, diciembre 2025.

10/08/2026

 El santoral de la señora Bernabela

*Imágenes Wikipedia / Wikimedia Commons, Archivo El Guarengue
En los temblores de tierra nunca atinó a saber a cuál de sus tantos santos rezarle, así que entre «¡Dios mío!» y «¡Dios mío!», y uno que otro «¡Jesucristo bendito!», el movimiento pasaba y le quedaban el mareo y el susto, que se iban diluyendo mientras comentaba con la gente, en la mitad de la calle, los detalles de lo ocurrido. Pero, cuando eran las tempestades las que apremiaban sus más hondas angustias y le alborotaban el miedo de que algo malo pudiera pasar en la casa donde vivía con sus hijos, ahí sí la señora Bernabela sabía a quién recurrir, y entonces exclamaba: «¡Santa Bárbara bendita, amparanos y favorecenos!»; dicho así sin acento esdrújulo, porque también a los santos y santas los trataba de vos, como a sus mejores amistades del vecindario. Tapaba con sábanas, toallas o fundas los espejos grandes, y ponía bocabajo la luna de los pequeños; buscaba de prisa el manojo de hojas secas de palma que había guardado desde el último domingo de ramos, lo encendía y sahumaba con él los rincones de la casa; se santiguaba, miraba a lo alto, se asomaba por una rendija hacia la calle y hacia el patio e inmediatamente después de unos cuantos truenos y de un rayo invocaba nuevamente el amparo y la protección de Santa Bárbara.

Su miedo, aquel miedo, no tenía tanto que ver con la autoprotección como con la protección de su prole, que desde el primer parto se convirtió en su razón de ser y de vivir, en una especie de blasón existencial que terminó dándole a su vida la mayor parte del sentido que ella le atribuía; reservando solamente una ínfima porción del mismo para sus pequeñas y grandes aspiraciones, como la de no ir a morir ahogada, por ejemplo; pues ya hace años había concluido que esta era la peor muerte que podría existir, por el desespero que uno debía sentir, según lo explicó siempre, mientras evocaba la tarde aquella en la que tragó tanta agua que casi se ahoga en el río Atrato, cuando la procelosa champa en la que se embarcó rumbo a la inmensa playa que emerge en verano —como una isla de oscura arena y piedrilla fina— se volteó en el preciso instante en el que estaba a punto de tocar la orilla, debido al ajetreo excesivo y a la bullanguera prisa de la muchachada, que no veía la hora de pisar con sus propios pies aquella maravilla que siempre había tenido al alcance de su vista y que ahora tendría, por unas horas, al alcance de sus pasos y de su alegría.

En las épocas más calamitosas de la economía doméstica —cuando ni leña había para prender el viejo fogón del patio donde cocinaba el agua de tomar, y los Esso Candela permanecías apagados por falta de querosín para encenderlos y por falta de comida para cocinar en sus llamas—, con una mano en la cintura y su mejilla derecha apoyada contra el puño de la otra, o con los brazos cruzados, los ojos aguados y achantada a más no poder, mirando el infinito que más lejano tuviera: unas veces árboles, cielo y agua de la quebrada La Yesca, otras veces las tablas gastadas o el cemento basto de los ladrillos de una pared sin repellar, sentada o de pie, musitaba: «¡San Cayetano bendito, socorrenos, por el amor de Dios!».

Invocando mentalmente la proverbial diligencia implícita en su nombre, a San Expedito lo miraba y lo miraba, en su colorida estampa de legionario romano, empacado en un marco rústico, de vidrio medio opaco; un cuadro que le había comprado a un cacharrero que le había asegurado que este era un santo efectivo y que, si no le daba resultado, se comprometía a cambiárselo por otro objeto del mismo precio que tuviera en su surtido. Sin embargo, aunque casi siempre recurría a él después de haberle rogado a San Judas Tadeo, que era algo así como su santo titular para las causas difíciles, siempre reconoció que la ayuda del legionario nunca le había fallado; y terminó pensando que este había aceptado de buen grado su papel de suplente.

A la Mano Poderosa, que toda su vida relacionó con rezos secretos —de los cuales conocía dos o tres, como la oración para estancar la sangre de las heridas—, por lo general se limitaba a encenderle una vela que fuera única y exclusivamente para ella. La veía como un refuerzo, poderoso como su nombre, en aquellos casos en los que el favor pedido era muy grande, como que su hijo mayor, el que desde hacía una década se había ido a trabajar en las bananeras de Urabá y después a unas fincas en Venezuela, y desde allá le mandaba plata, regresara en alguna de las seis o siete navidades que ella calculaba que le quedaban por celebrar en la vida. Y así lo hacía porque no le gustaba mucho meterse con esa Mano Poderosa, pues uno nunca sabía cómo podían reaccionar aquellos cinco dedos desplegados que parecían sostener el cielo del cual emergían, incluyendo a una buena parte de sus divinidades, y en el centro de cuya palma, desplegada e impoluta, exhibía una cortada como de navaja o cuchillo, en lugar de la perforación desgarradora de un clavo rústico de hierro, detalle este que a la señora Bernabela y a sus amigas —Anta, Rubena y Chiá— les parecía que le sumaba gravedad a la ya de por sí grave escena; así como les parecía que esa Ánima Sola, ardiendo en esas llamas del purgatorio era más una amenaza que una promesa y por eso mejor ni la invocaban o lo hacían solamente cuando tenían serias dudas sobre la posibilidad de que un difunto llegara o no directamente al cielo.

Entre ellas cuatro —y ocasionalmente con una que otra parienta—, la señora Bernabela, Anta, Chiá y Rubena, se prestaban los santos durante días o semanas, según necesidades reales y disponibilidad de cada imagen, pues la que estaba ocupada resolviendo un asunto no podía salir de su casa. Por lo menos una vez año, el día de todos los santos, los reunían en una de las casas, los alumbraban y les rezaban conjuntamente para encargarles asuntos que previamente habían discutido y acordado como trascendentales y tan complicados que era mejor sumar las fuerzas, en vez de actuar por separado. En esas ocasiones, el total de la imaginería veía el nuevo día en la casa a la que ese año le hubiera correspondido el alumbramiento, hasta que todas las velas se apagaran; pues, de lo contrario, no funcionarían los exvotos y los prodigios no ocurrirían o no serían alcanzados.

Desde la víspera del día de la fiesta de San Francisco de Asís, de San Antonio, del Santo Ecce Homo, de la Virgen del Carmen y de San Martín de Porres, cuyas imágenes poseían las cuatro amigas en sus altares caseros, cada una ponía alrededor del homenajeado los demás santos con los que contara en sus haberes devocionales. Y al pie de su imagen se encendía una única candela, una veladora de las que vendían en la casa cural, que eran las mejores porque estaban bendecidas por el propio Vicario o por un misionero delegado por él para tan sagrado fin. En este caso, recurrían principalmente a la fuerza del santo del día, aunque al hacerla le pedían a los demás que metieran también su mano, ya que nunca sobraba una ayuda.

Solamente una vez en toda una vida devocional conjunta, la señora Bernabela y sus amigas tuvieron una desavenencia, que no terminó en cisma porque ella antepuso lo mejor de su afecto de amiga y les pidió que no fueran a pelear por eso; que hicieran el esfuerzo de respetarle ese pequeño disentimiento, después de tantas discrepancias resueltas a lo largo de esta amistad antigua y ejemplar y de estas devociones compartidas y fructuosas. Ocurrió el día en que Rubena y Esperanza (que era el nombre de pila de Anta) llegaron a su casa alborozadas con una estampa de la Virgen de Nuestra Señora del Rosario de Fátima, que acababan de comprar a la salida de misa en una capilla que hace poco había empezado a funcionar por los lados de la antigua cabecera del pueblo. Era la última estampa, le advirtieron, para que no fuera a pensar que a ellas no se les había ocurrido comprar cuatro, una para cada una de las amigas; mientras llegaban los cuadros, que unas legionarias de María de la parroquia del pueblo les habían dicho que llegaban por ahí dentro de uno o dos meses y que hoy mismo iban a encargar.

La señora Bernabela miró con cariño a sus amigas, les recordó que las cuatro habían repasado juntas los detalles de la historia de la Virgen de Fátima y les pidió que se acordaran de lo que ella en su momento les había dicho sobre el exceso de oro y pedrería en esa corona imperial y sobre ese mandato suyo de convertir el rezo del rosario en una cruzada contra supuestos herejes a los que se les achacaban los males del mundo. «Yo ya estoy muy vieja y he rezado mucho en la vida como para venir ahora, a estas alturas, a ponerme a acolitar cruzadas y menos contra países que ni siquiera sé dónde quedan». 

Mientras las invitaba a que más bien rezaran un rosario pidiendo protección para el pueblo, para que nunca más un incendio —como el de hace unos meses— lo destruyera de ese modo tan triste e irremediable; les pidió que no olvidaran que así había empezado la cruzada de los políticos en las tribunas, incluida la prensa, y de los curas en los púlpitos, incluidos los obispos, contra todo lo que les pareciera liberal, autorizando así a los chulavitas para hacer y deshacer en nombre del Corazón de Jesús, como en nombre de Cristo Rey ya lo habían hecho en México, y en nombre del orden y la paz había pasado lo que pasó aquí nomás en el río Munguidó.

Alma bendita, que en paz descanse, la señora Bernabela declaró para sí misma, para sus amigas y para los santos de su altar, tanto los presentes como los ausentes, los propios como los prestados, que con ella no contaran para esas cosas. «¡Dios me libre!», exclamó, antes de pararse de su silla de mariapalito para ir hasta su cuarto y buscar entre la cartera la camándula nueva que sus amigas le habían regalado en el último cumpleaños. En ese momento, justo para comenzar el rosario, entró por la puerta Chiá, la amiga que faltaba en el ramillete devocional de esta amistad de toda la vida.


03/08/2026

 Estampas quibdoseñas (VII)
—Un pueblo en acción—

Quibdó, septiembre 1954. Carrera Primera, Parque Centenario e iglesia parroquial. Al fondo, manifestación de protesta contra la intentona de desmembración del Chocó por parte del régimen militar de Rojas Pinilla. Foto: El Espectador.

Asamblea de comités de Acción Chocoana

Entre el 5 y el 8 de agosto de 1955, un mes largo antes de cumplirse un año de la gesta ciudadana de defensa de la categoría departamental del Chocó, frente a la intentona de suprimirlo y repartir su territorio entre los integrantes del agalludo vecindario: Antioquia, Valle y Caldas[1], cuyos industriales, políticos y empresarios habían convencido al régimen de Rojas Pinilla de la fallida desmembración; se reunió en Quibdó la primera Asamblea de Comités de Acción Chocoana, constituida por los órganos locales confluyentes en el gran Comité, que asumió la defensa —literalmente aguerrida— de la dignidad, la territorialidad y la institucionalidad de la región, ante la desfachatez del poder nacional y de su ambicioso séquito, cuyo descarado ataque sería conjurado en septiembre de 1954.[2]

La plana mayor de la lucha chocoanista se hizo presente en aquella asamblea. Representantes de los comités de diversas ciudades y poblaciones del Chocó y Colombia llegaron hasta Quibdó. Por el comité de Bogotá participaron el ya famoso parlamentario Diego Luis Córdoba y don Jorge Abadía; por el de Cartagena, el destacado educador Saulo Sánchez Córdoba; por el comité de Popayán, don Alcibíades Garcés, el prestigioso locutor, programador y administrador de La Voz del Chocó, pionera de la radio pública regional;[3] y por Barranquilla, Leopoldino Machado, reconocido tribuno liberal, quien propuso originalmente la idea de llevar a cabo la asamblea; en la cual se hicieron presentes también delegados de los comités de Medellín y El Bagre (Antioquia); pueblos del San Juan y el Baudó, la Costa Pacífica, El Carmen de Atrato, Bagadó, Riosucio y Acandí.

Como quedó registrado en el periódico La Crítica, de propiedad de Cosme Moreno y cuyo director era Balbino Arriaga Castro, a la magna asamblea llegaron «también delegados por los universitarios chocoanos y nutrida representación de los invitados de honor. Como representantes del gobierno departamental asistieron los doctores Absalón Lozano y Carlos Augusto Agudelo, secretarios de Hacienda y Obras Públicas, respectivamente, como también el Licenciado Don Heliodoro Conto A., Secretario de Educación. La mujer chocoana se hizo presente con la asistencia de las damas señora Teresa de Varela y señoritas Amelia Barrios F. y Licenciada Carmen Serna».[4]

Los oradores principales de la 1ª Asamblea de Comités de Acción Chocoana fueron el doctor Ramón Lozano Garcés, Presidente del Comité, quien la inauguró; Aureliano Perea Aluma, del Comité Ejecutivo; Saulo Sánchez Córdoba, delegado por el comité de Cartagena; y Diego Luis Córdoba, quien pronunció el discurso de clausura del evento. El Tiempo y el Diario del Caribe llegaron hasta Quibdó con sus enviados especiales, Luis Enrique Osorio y Alfonso Fuenmayor, respectivamente. «Las conclusiones de la asamblea son el resultado de la misión dignamente cumplida por esos desvelados hijos de la tierra, que sienten sus dolores y piden la misericordia de su justa salvación», anotó en su reseña el periódico La Crítica.[5]

Sociedad de Mejoras Públicas

Cuatro días antes de la inauguración de la Asamblea Plenaria del Comité de Acción Chocoana, otra organización ciudadana de beneficio colectivo, la Sociedad de Mejoras Públicas de Quibdó (SMP), se reunió en la casa del señor Deofanor Valencia y eligió a sus directivos para un nuevo periodo reglamentario: Presidente, Lascario Barboza Avendaño; Vicepresidente, Juan de Dios Garcés; Tesorero, Ismael Aldana Montes; Fiscal, Cosme D. Moreno; Vocales: Fernando Martínez Velásquez y Rafael Vargas Valoyes.

Como lo reseñó el periódico La Crítica en su edición del día siguiente, la SMP llevó a cabo su primera sesión con los nuevos directivos el viernes 12 de agosto de 1955, «con cuórum completo, en el salón de recibo del consultorio del Doctor Lascario Barboza A.». Allí fue nombrado secretario el señor Juan María Moreno y se requirió al nuevo tesorero que prestara la respectiva fianza ante las autoridades, para que así recibiera el cargo de manos de su predecesor, don David Ochoa R.

Un mes después, en un hecho sin antecedentes, ya que los cargos de esta entidad se desempeñaban ad honorem; su antiguo secretario, Marco Tulio Murillo, «denunció y embargó» a la Sociedad de Mejoras Públicas de Quibdó por una suma indeterminada de dinero a cuenta de los servicios prestados en el periodo anterior. Mientras que el recién nombrado secretario no asumió su cargo y en su lugar fue nombrada la educadora Belisa Ayala de Velásquez, esposa del eminente intelectual Rogerio Velásquez Murillo.[6] «Ya tomó posesión del importante y delicado cargo de la Secretaría de la SMP doña Belisa Ayala de Velásquez, a quien se le nota un marcado interés por el mejoramiento de la ciudad. Doña Belisa no exige remuneración alguna, porque sabe de espíritu público».[7]

Quibdó-Parque Centenario antes del incendio de 1966. Fotos: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó (sin fecha).

En la misma nota en la que informa sobre la posesión de la nueva secretaria, el periódico quibdoseño La Crítica anota que «La Sociedad de Mejoras Públicas de Quibdó viene laborando con interés desde hace varios días, a fin de darle nueva vida. Obra de ella son los trabajos en el parque del Centenario, cuya arborización y ornato quedaron a cargo del Ingeniero Agrónomo Dr. Luis Julián Moreno. […] Se espera que el Tesorero entre en ejercicio para entrar en otras actividades, como es la adquisición del local donde funcionarán la Sociedad de Mejoras Públicas de Quibdó y la Sociedad de Agricultores del Chocó (SACH)».[8]

Sociedad de Agricultores del Chocó

Unos meses antes, el 25 de junio de 1955, había sido reorganizada la Sociedad de Agricultores del Chocó (SACH). Una de sus primeras gestiones, llevada a cabo un mes después, fue la reunión de la Comisión de Crédito Agrario de la SACH con el recién nombrado Gobernador Militar, Coronel Carlos Ortiz Torres, para el establecimiento de acuerdos que permitieran reactivar la prestación de servicios crediticios por parte de la Caja de Crédito Agrario de Quibdó, a través de un trabajo conjunto entre las autoridades, la Zona Agropecuario del Chocó y la SACH, cuyos comisionados para este tema y participantes en la reunión fueron Manuel Valdés Becerra, Lascario Barboza Avendaño, Higinio Lozano Garcés y Juan Carrasco Posso.

Además de los acuerdos para la reactivación del crédito agrario en la región, la comisión de la SACH consiguió el compromiso del Gobernador en el sentido de garantizar que el contratista de producción de la Fábrica de Licores del Chocó hiciera compra preferencial de panela y miel a los productores chocoanos.

El 30 de agosto de 1955, en una breve nota de su edición N° 43, el periódico La Crítica, de Quibdó, informa que «la SMP y la SACH funcionarán en un mismo local; según nos han informado, será en el mismo que ocupó el doctor Gabriel Meluk con su oficina de abogado, en la calle 5ª junto al café “El Oasis”»

Directorio profesional

Un año atrás, un nutrido grupo de profesionales chocoanos, cuyo prestigio trascendería los límites de su vida y del mapa del Chocó, anunciaba sus servicios en un “Directorio Profesional”, que el periódico La Crítica publicaba en cada edición como parte de sus avisos publicitarios.

Lascario Barboza Avendaño ofrecía sus servicios como Médico y Cirujano, en su consultorio de la carrera 1ª frente al parque del Centenario; su número de teléfono era el 1-3-7.

Ramón Lozano Garcés se anunciaba así: «Abogado de la U. de A. Atiende toda clase de asuntos penales, civiles, laborales y administrativos. Litiga ante los juzgados de Quibdó e Istmina. Carrera 1ª. Tel. # 4-6-8».

«El Dr. Aureliano Perea Aluma ha abierto nuevamente su oficina de abogado en esta ciudad. Calle 8ª entre carreras 1ª y 2ª. Bajos de la casa de herederos de Don Erasmo Rengifo. Puede ocuparlo desde el próximo lunes 2 de agosto». Se informaba en un aviso de La Crítica, del 1° de agosto de 1954.

Julio Figueroa Villa, Médico y Cirujano; los abogados Gabriel Meluk Aluma, Próspero Ferrer Ibáñez, Medardo Ferrer Ferrer, Evelio Valois Arrunátegui; y el Ingeniero Civil Oscar Castro Conto, quien en ese momento trabajaba en la construcción del templo de San Francisco de Asís, posterior catedral de Quibdó; también formaban parte del directorio profesional que publicada el periódico La Crítica.

Directorio Profesional del Periódico La Crítica, Quibdó, 1954. Recortes y edición: El Guarengue.

Igualmente, publicaba un aviso en La Crítica, de Quibdó, un jovencito de 16 años, que cuatro años más tarde deslumbraría a nacionales y extranjeros participantes en el Simposio Americano sobre Zonas Húmedas Tropicales, con su trabajo de diagramación, diseño, dibujos e ilustraciones de portadas y portadillas de una Monografía del Chocó, que a instancias del Gobernador Miguel Ángel Arcos fuera presentada por Rodolfo Castro Torrijos en este evento de importancia mundial. Dicho jovencito era Balbino Arriaga Ariza,[9] futuro pintor y laureado Maestro de Artes Plásticas de la Universidad Nacional de Colombia. El texto de su publicidad era el siguiente: «Balbino Arriaga Jr. Se encarga de todo trabajo relacionado con pintura, en decorados y dibujos, copia de planos, retoque de imágenes, etc. Ocúpelo. Quibdó, Avenida Istmina frente Colegio Carrasquilla»... 

Todos y cada uno, desde sus lugares y profesiones, seguían trabajando por la dignidad del Chocó, aun en medio de aquel régimen militar que del desprecio por la región había pasado a la zalamería y a la diligente atención institucional.



[1] En ese momento, el departamento de Caldas incluía en su jurisdicción los territorios de los actuales Caldas, Quindío y Risaralda.

[2]  El Comité de Acción Chocoana (1954) y la codicia del vecindario. El Guarengue, 9 de febrero de 2026. https://miguarengue.blogspot.com/2026/02/el-comite-de-accion-chocoana-1954-y-la.html

[3] Ver: La primera emisora del Chocó. El Guarengue, 15 de febrero de 2021. https://miguarengue.blogspot.com/2021/02/laprimera-emisora-del-choco-proposito.html

[4] LA PRIMERA ASAMBLEA PLENARIA DE COMITÉS DE ACCIÓN CHOCOANA. La Crítica. Un vocero del pueblo al servicio del Chocó, de la libertad y la democracia. Quibdó-Chocó-Colombia. N° 39, junio 18 de 1955. 8 pp. Pág. 3. Archivo Hemeroteca del Chocó.

[5] Ídem. Ibidem. N.B. El Diario de Barranquilla es realmente el Diario del Caribe, de Barranquilla.

[6] Entre otros artículos de El Guarengue sobre Rogerio Velásquez Murillo, pueden leerse:

*Recordando a Rogerio Velásquez. 4 de enero de 2021.

https://miguarengue.blogspot.com/2021/01/recordando-rogeriovelasquez-rogerio.html

*Rogerio Velásquez: un pionero, un precursor. 8 de enero de 2024.

https://miguarengue.blogspot.com/2024/01/rogerio-velasquez-un-p-ionero-un.html

[7] La Crítica. Un vocero del pueblo al servicio del Chocó, de la libertad y la democracia. Quibdó-Chocó-Colombia. N° 44, septiembre 16 de 1955. 8 pp. Pág. 5. Archivo Hemeroteca del Chocó.

[8] Ídem. Ibidem.

[9] Sobre la vida y trayectoria de este artista, en El Guarengue, 18 de marzo de 2024, Balbino Arriaga Ariza: “Los colores del Atrato”. https://miguarengue.blogspot.com/2024/03/balbino-arriaga-ariza-los-colores-del.html