17/08/2026

 Los epicentros del Chocó 

«Pero no llores, Quisqueya, que lucharemos,
tus hijos buenos te reconstruiremos».
Cuco Valoy, El ciclón (Himno a la reconstrucción), 1980.

La Gobernadora del Chocó, Nubia Carolina Córdoba Curi, en San José del Palmar, el 12 de agosto de 2026. FOTO: Gobernación del Chocó. Mapa IGAC 2002: municipios del Chocó.

Chontaduro y terremoto

Facebook Alcaldía
San José del Palmar.
En el puente festivo que hoy termina estarían culminando también las Fiestas del Chontaduro 2026 en el municipio de San José del Palmar, las cuales habían sido convocadas por la Alcaldía Municipal para los días 14 al 17 de agosto. El terremoto de magnitud 7.4, ocurrido a las 7:34 a.m. del lunes 10 de agosto, cuyo epicentro se ubicó en territorio palmareño, cambió completamente el panorama y convirtió a este municipio en centro de interés nacional e internacional como referente de una tragedia que afectó 15 departamentos y 472 municipios de Colombia, 120.671 familias y 185.996 personas, incluyendo 287 personas fallecidas y 4.147 heridas; según balance oficial del 16 de agosto a las 6:30 p.m., de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD).[1]

Chontaduro y biodiversidad

San José del Palmar está situado en el suroriente del Chocó, en límites con Risaralda y el Valle del Cauca, departamentos estos con los que comparte áreas protegidas del Parque Nacional Natural Tatamá y la Serranía de Los Paraguas, donde se ubican ecosistemas con las más altas tasas de biodiversidad del Chocó Biogeográfico, en gran parte por su condición de corredor de conectividad entre el Pacífico y la zona Andina, en la Cordillera Occidental. Cuando una prolongada, incontrolada y devastadora epidemia fitosanitaria destruyó casi totalmente los cultivos de chontaduro en zonas del Atrato, San Juan y Baudó, que hasta entonces habían sido grandes productoras de esta apetecida fruta, San José del Palmar se posicionó como el principal productor regional e incursionó exitosamente en el mercado de sus vecinos Pereira y otros municipios de Risaralda y del Norte del Valle.

Un abrazo intermunicipal

Los municipios chocoanos de Condoto, Nóvita y Sipí rodean en el mapa, como en un abrazo cartográfico y fraternal, a San José del Palmar, un lugar cuya vía carreteable de acceso directo lo conecta con el Valle del Cauca y Risaralda, no con el Chocó. Junto al municipio también andino de El Carmen de Atrato —que limita con Antioquia—, donde se ubica el nacimiento del río Atrato en los Farallones del Citará; San José del Palmar presenta las máximas elevaciones del departamento del Chocó: los cerros de Tamaná, con 4200 m y Tatamá, con 3950 m; el cerro de Torrá, con 3670 m, el cual forma parte de la Serranía de Los Paraguas; y las estribaciones denominadas Galápagos, en límites con el Valle del Cauca, a una altura de hasta 3000 m.

Sin noticias

Tal situación geográfica, sumada a las deficiencias locales y regionales de infraestructura vial y a la constante falla de los servicios de telefonía e internet en el Chocó, impidieron durante más de medio día del 10 de agosto que la región, el país y el mundo se enteraran de qué había pasado exactamente en el epicentro del terremoto, cuyos estragos en departamentos y ciudades vecinas, así como en Quibdó y otros 28 municipios chocoanos hacían temer lo peor. No obstante, al caer la tarde de ese primer día de la tragedia, la Gobernadora del Chocó, Nubia Carolina Córdoba Curi, quien visitaría el municipio a primera hora del día 12 de agosto, había logrado establecer que allí no había muertos ni heridos, a pesar de que el epicentro estaba a tan solo 20 km de la plaza del pueblo y eran graves los daños de viviendas, obras y edificios públicos y comunitarios.

WhatsApp

Mientras el pueblo palmareño poco sabía de lo que a esa hora temprana estaba ocurriendo en el país, y el país se preguntaba por la suerte de aquel municipio —de cuya existencia no sabían hasta el momento muchos colombianos—, aquella mañana en Quibdó la ristra diaria de motocicletas cuya barahúnda es la nota cotidiana de la ciudad desde que amanece hasta la media noche, se intensificó por el doloroso desespero de quienes habían dejado a sus hijos en escuelas y colegios unos minutos antes, y ahora —ocurrido el terremoto— se devolvían a recogerlos, mientras se enteraban en el trayecto de las peores noticias, procedentes de distintos y populosos sectores y barrios de Quibdó, como Nicolás Medrano, Zona Minera, el Jardín y la Zona Norte, entre otros, cuyas noticias circularon profusamente por WhatsApp antes de que comenzaran a fallar las conexiones telefónicas y de internet, y se interrumpiera también el servicio de energía eléctrica por circuitos y luego en toda la ciudad.

La Gobernadora

Reporte original de ocurrencia del terremoto del 10 de agosto de 2026, del Servicio Geológico Colombiano. Reportes de la Gobernación del Chocó sobre la situación de emergencia.

Ya a esa hora, en un acto de plausible gestión institucional del desastre, cuyas proporciones apenas empezaban a establecerse, la Gobernadora del Chocó se apersonó de su papel de liderazgo y vocería regional para el manejo de la situación; el cual ha mantenido y mantiene tras el paso de los días, con una empatía y una energía admirables, y con notable capacidad de análisis integral y panorámico de la tragedia. Menos de un cuarto de hora después del terremoto, en su cuenta de X (antiguo Twitter), la Gobernadora expresó: «Acabamos de pasar un grave evento sísmico en el departamento del Chocó. Nos preocupan las réplicas. Aunque el epicentro fue San José del Palmar, en la capital Quibdó hay heridos y graves daños en las edificaciones. Ya estamos haciendo la evaluación de daños para emitir el primer reporte oficial»[2].

Dos horas después del terremoto, la Gobernación emitió el primer reporte de situación regional, el cual fue actualizado por lo menos en 6 boletines más a lo largo de ese día, y otros tantos desde ese día hasta hoy. De modo que la información oficial va siendo consolidada, tanto para efectos de asistencia oficial regional y nacional, como para conocimiento de la población quibdoseña y chocoana, que entre lágrimas abundantes y silencios tristes, gritos de dolor, rezos y plegarias, reclamos e imprecaciones, intentaba conjurar y afrontar los males del desastre, comunicarse con sus parientes de fuera del Chocó, averiguar por su gente en ciudades tan destrozadas como Cali, Pereira, Manizales, y guardar algo de calma para ponerse a salvo con sus grupos familiares, laborales, académicos, barriales… 29 municipios afectados de los 31 que tiene el departamento, 13 personas fallecidas, 310 heridas, más de 12 mil familias damnificadas, 3.128 viviendas destruidas y más de 19.000 viviendas averiadas , 267 edificios de instituciones educativas afectados, son algunas de las cifras de la tragedia en el Chocó, según el reporte #12 de la Gobernación, del 15 de agosto a las 6:30 p.m.

Como un terremoto de siglos

Las carencias estructurales de sus municipios, y del departamento todo, en asuntos tan básicos y primarios en materia de desarrollo, como vías de transporte, servicios hospitalarios, agua potable, energía eléctrica, telefonía e internet, volvieron a revelarle al país y al mundo que San José del Palmar y el Chocó no son solamente epicentro de este cruel terremoto: también lo son de la desigualdad histórica y estructural en Colombia, tan cruel como un terremoto que durara siglos. De hecho, aunque en ello cuentan también la mediocridad y el facilismo del periodismo de los grandes medios de comunicación del país, hasta en los primeros informes periodísticos de la tragedia el Chocó fue excluido y pareciera que esta solamente hubiera ocurrido en las demás ciudades y departamentos, lamentablemente afectados, y al territorio chocoano solamente le correspondiera —como un eslogan— su condición de epicentro del terremoto y la trágica presea de que este fuera el movimiento sísmico de mayor magnitud en los últimos 25 años.

Recordando a Bahía Solano, 1970

El próximo 26 de septiembre se cumplirán 56 años de los tres sismos (magnitudes 6.5, 5.8 y 6.6) que asolaron a Bahía Solano entre la primera hora del día, la media mañana y la alta noche, y cuyas réplicas mantuvieron en zozobra permanente a sus habitantes, atemorizándolos de tal modo que a la media noche la mayoría de la gente ya había decidido irse del pueblo.

A solo tres semanas de su posesión como gobernador del Chocó, el abogado liberal Andrés Rumié Mosquera llegó a Bahía Solano para ver con sus propios ojos la destrucción de la que había sido objeto esta población, la mayor parte de cuyas edificaciones se habían venido abajo a causa de los tres feroces sismos, que por fortuna solamente dejaron dos personas heridas. También el presidente de Colombia, Misael Pastrana Borrero, estaba recién posesionado, no llevaba más de mes y medio en el cargo.

Pobladores de Bahía Solano
esperando ser evacuados en avión.
Grietas en el camino hacia el aeropuerto.
Sismos en Bahía Solano, septiembre
de 1970. FOTOS: capturas
de pantalla video Fundación
Patrimonio Fílmico de Colombia.

En un informe de noviembre de 1971, publicado en la revista del Instituto Panamericano de Geografía e Historia, el geofísico y sismólogo colombiano Jesús Emilio Ramírez Gómez, S. J., pionero de estas ciencias en Colombia y fundador del Instituto Geofísico de los Andes, documentó lo ocurrido en Bahía Solano: «El primer temblor que tomó por sorpresa a los pobladores de Puerto Mutis, El Valle, Mecana y caseríos vecinos, tuvo lugar el día 26 de septiembre de 1970 y fue registrado en los sismógrafos de Bogotá a las 7h 3m 33.5s. Se le asignó una magnitud de 6.5 en la escala Richter. Además de la alarma general, se agrietaron varios edificios. Siguió otra sacudida un poco más fuerte a las 9h 58m 3s. Así se iniciaron algunos deslizamientos en las colinas vecinas y se aumentaron las averías en las casas. Ya esto hizo que se pidiera auxilio a las autoridades del país. La Cruz Roja envió socorros y viajó el Gobernador del Chocó Dr. Andrés Rumié M. Poco después llegaron en avioneta el presidente, el director ejecutivo y el director técnico de la Corporación del Chocó, doctores Obregón, Núñez y Peñuela. Aquel día no se encendieron las cocinas y cada cual quería comentar en su casa o en la calle los incidentes del momento». [3]

Pero aún faltaba más. «A las 10h 39m 38s de la noche, estando aún casi toda la gente en las calles o en el parque, sobrevino el terremoto fuerte que dejó como saldo dos heridos, derribó a tierra algunas personas, y acabó con las casas averiadas, desvencijó las de madera o las dejó en posición precaria…».[4]  104 casas quedaron en ruinas; 64, fuertemente averiadas; ligeramente averiadas, 56; y sin averías aparentes, 43. El pánico fue tan grande como la ruina material: al tercer día de la tragedia, un poco más de 900 de las 2.400 personas que entonces vivían en Bahía Solano habían sido evacuadas por mar o por vía aérea, hacia Quibdó, Buenaventura, Medellín y Bogotá.

Bajo la coordinación del Dr. Rumié, Gobernador del Chocó, y del General José Joaquín Matallana, director nacional de la Defensa Civil, «se estableció un puente aéreo de socorro entre Bahía Solano y las ciudades de Quibdó, Medellín y Bogotá para el transporte de personas y recursos, como alimentos, drogas, carpas y frazadas. Aviones de la FAC, Satena, Cessnyca, de la Policía, de la Caja Agraria y de la Corporación del Chocó realizaron permanentes aterrizajes y despegues. El lunes 28 por la tarde, núcleos humanos con sicosis de fuga se aglomeraban en el aeropuerto esperando ser despachados. Dos niños nacieron en el terminal aéreo y otros dos a bordo de la fragata Pascual de Andagoya. Esta nave llegó a Buenaventura el lunes y con el Córdoba trasladó por vía marítima a unos 400 habitantes hasta Bahía Utría. Por la vía aérea habían salido el martes 29 por la tarde unas 520 personas; es decir, una tercera parte de la población se evacuó en tres días».[5]

Caminar por un suelo agrietado, por encima de cárcavas en las que bien cabrían un hombre de pie, a lo largo, y un niño acostado, a lo ancho; vivir el descontrol continuo de las aguas del mar, de las quebradas, del río, y hasta el desajuste de las puntuales mareas; ver los riesgos de los deslizamientos en las colinas cercanas y la mayor parte de las construcciones del pueblo desplomadas, destrozadas, fragmentadas o despedazadas; todo ello exacerbó el miedo, que se incrementaba con cada réplica de los temblores: más de cien registraron los sismógrafos en Bogotá durante los primeros cinco días del desastre en Bahía Solano. De ahí que nadie quisiera quedarse y la mayor parte optara por marcharse; aunque después de seis meses emprendieran su retorno. Atrás dejaban, destruidos o inservibles, además de sus casas, la iglesia, el cementerio, la casa cural, el colegio de las monjas Lauritas, la capilla del hospital, los edificios de Telecom, la Caja Agraria, la Alcaldía y los cuarteles. «Los edificios más afectados fueron los que estaban más cerca de las colinas, y los de menos daños estaban a mayor distancia. Los del otro lado del río Gella sufrieron un poco. Allí se derrumbó la casa más antigua de todas, edificada hacía 35 años y perteneciente a Mercedes Cecaida. Otra con más de 30 años, de Elvira Gutiérrez, quedó en pie».[6]

60 años de una inconclusión

Otro aniversario trágico para el Chocó se conmemora el próximo 26 de octubre, cuando se cumplen 60 años de una tragedia que marcó para siempre la historia local y regional de Quibdó y el Chocó, y se convirtió en un hito a partir del cual la espiral del progreso de la región pareció detenerse y devino en decadente bucle de estancamiento y retroceso. Un incendio de enormes proporciones consumió a Quibdó de sur a norte durante más de ocho horas continuas, desde las 9 de la noche del 26 de octubre de 1966, comenzando en la cabecera del pueblo y extendiéndose hasta las inmediaciones del templo parroquial, que en ese entonces aún no había sido consagrado como catedral. La remodelación y reconstrucción de Quibdó se adelantaron de modo parcial, nunca se concluyeron.

“El miedo y la esperanza viven juntos”[7]

«En el Pacífico se están presentando fenómenos inversos en el marco del Fenómeno del Niño, que implican fuertes lluvias y avenidas torrenciales en las horas de la noche. Esto está empeorando la situación de los damnificados por el sismo, aumentando el riesgo de las infraestructuras y traslapando dos emergencias que afectan a los damnificados por partida doble. Ya hemos generado el reporte a la sala de crisis nacional», informó la Gobernadora del Chocó en un tuit de su cuenta de X, en la mañana del domingo 16 de agosto... Epicentro de sismos y terremotos, de incendios e inundaciones, de derrumbes y deslizamientos, pero —sobre todo— epicentro histórico de la marginación y el olvido, del engaño y la discriminación; el Chocó es la tierra en donde es muchísimo menos cierta la entelequia en boga de que lo material no importa, porque lo material se recupera. Desde los centros y lugares de poder siempre será difícil captar en su esencia los padecimientos de la periferia, aún más si esta periferia lleva por nombre Chocó.

Da miedo dormir por las noches y que el aguacero inunde las casas destrozadas por el terremoto y las acabe de echar abajo; miedo a que una de tantas réplicas culmine lo que comenzó el remezón del lunes 10, como sucedió hace más de medio siglo en Bahía Solano, entre el temblor de las 7 de la mañana y y el de las 10 y media de la noche. Pero también hay esperanza, y no tanto porque esta sea lo último que se pierde, sino porque parecería inconcebible que —ante la copiosa, generosa y hasta inesperada ayuda humanitaria, de media Colombia hacia el Chocó— la respuesta gubernamental no estuviera a la altura de la solidaridad ciudadana y se quedara en la mera atención caritativa de la emergencia, incrementando así la deuda histórica del país con la región y manteniéndola como epicentro del terremoto secular de la exclusión y el abandono.



[3] El terremoto de Bahía Solano. Jesús Emilio Ramírez, S. J. Geofísica Panamericana Vol. 1 N° 1, pp. 97-109. Instituto Panamericano de Geografía e Historia. Noviembre 1971. Pág. 103.

[4] Ídem. Ibidem.

[5] Ibidem, pág. 106.

[6] Ibidem, pág. 105.

[7] Joan Manuel Serrat, Feria Internacional del Libro de Guadalajara, diciembre 2025.

10/08/2026

 El santoral de la señora Bernabela

*Imágenes Wikipedia / Wikimedia Commons, Archivo El Guarengue
En los temblores de tierra nunca atinó a saber a cuál de sus tantos santos rezarle, así que entre «¡Dios mío!» y «¡Dios mío!», y uno que otro «¡Jesucristo bendito!», el movimiento pasaba y le quedaban el mareo y el susto, que se iban diluyendo mientras comentaba con la gente, en la mitad de la calle, los detalles de lo ocurrido. Pero, cuando eran las tempestades las que apremiaban sus más hondas angustias y le alborotaban el miedo de que algo malo pudiera pasar en la casa donde vivía con sus hijos, ahí sí la señora Bernabela sabía a quién recurrir, y entonces exclamaba: «¡Santa Bárbara bendita, amparanos y favorecenos!»; dicho así sin acento esdrújulo, porque también a los santos y santas los trataba de vos, como a sus mejores amistades del vecindario. Tapaba con sábanas, toallas o fundas los espejos grandes, y ponía bocabajo la luna de los pequeños; buscaba de prisa el manojo de hojas secas de palma que había guardado desde el último domingo de ramos, lo encendía y sahumaba con él los rincones de la casa; se santiguaba, miraba a lo alto, se asomaba por una rendija hacia la calle y hacia el patio e inmediatamente después de unos cuantos truenos y de un rayo invocaba nuevamente el amparo y la protección de Santa Bárbara.

Su miedo, aquel miedo, no tenía tanto que ver con la autoprotección como con la protección de su prole, que desde el primer parto se convirtió en su razón de ser y de vivir, en una especie de blasón existencial que terminó dándole a su vida la mayor parte del sentido que ella le atribuía; reservando solamente una ínfima porción del mismo para sus pequeñas y grandes aspiraciones, como la de no ir a morir ahogada, por ejemplo; pues ya hace años había concluido que esta era la peor muerte que podría existir, por el desespero que uno debía sentir, según lo explicó siempre, mientras evocaba la tarde aquella en la que tragó tanta agua que casi se ahoga en el río Atrato, cuando la procelosa champa en la que se embarcó rumbo a la inmensa playa que emerge en verano —como una isla de oscura arena y piedrilla fina— se volteó en el preciso instante en el que estaba a punto de tocar la orilla, debido al ajetreo excesivo y a la bullanguera prisa de la muchachada, que no veía la hora de pisar con sus propios pies aquella maravilla que siempre había tenido al alcance de su vista y que ahora tendría, por unas horas, al alcance de sus pasos y de su alegría.

En las épocas más calamitosas de la economía doméstica —cuando ni leña había para prender el viejo fogón del patio donde cocinaba el agua de tomar, y los Esso Candela permanecías apagados por falta de querosín para encenderlos y por falta de comida para cocinar en sus llamas—, con una mano en la cintura y su mejilla derecha apoyada contra el puño de la otra, o con los brazos cruzados, los ojos aguados y achantada a más no poder, mirando el infinito que más lejano tuviera: unas veces árboles, cielo y agua de la quebrada La Yesca, otras veces las tablas gastadas o el cemento basto de los ladrillos de una pared sin repellar, sentada o de pie, musitaba: «¡San Cayetano bendito, socorrenos, por el amor de Dios!».

Invocando mentalmente la proverbial diligencia implícita en su nombre, a San Expedito lo miraba y lo miraba, en su colorida estampa de legionario romano, empacado en un marco rústico, de vidrio medio opaco; un cuadro que le había comprado a un cacharrero que le había asegurado que este era un santo efectivo y que, si no le daba resultado, se comprometía a cambiárselo por otro objeto del mismo precio que tuviera en su surtido. Sin embargo, aunque casi siempre recurría a él después de haberle rogado a San Judas Tadeo, que era algo así como su santo titular para las causas difíciles, siempre reconoció que la ayuda del legionario nunca le había fallado; y terminó pensando que este había aceptado de buen grado su papel de suplente.

A la Mano Poderosa, que toda su vida relacionó con rezos secretos —de los cuales conocía dos o tres, como la oración para estancar la sangre de las heridas—, por lo general se limitaba a encenderle una vela que fuera única y exclusivamente para ella. La veía como un refuerzo, poderoso como su nombre, en aquellos casos en los que el favor pedido era muy grande, como que su hijo mayor, el que desde hacía una década se había ido a trabajar en las bananeras de Urabá y después a unas fincas en Venezuela, y desde allá le mandaba plata, regresara en alguna de las seis o siete navidades que ella calculaba que le quedaban por celebrar en la vida. Y así lo hacía porque no le gustaba mucho meterse con esa Mano Poderosa, pues uno nunca sabía cómo podían reaccionar aquellos cinco dedos desplegados que parecían sostener el cielo del cual emergían, incluyendo a una buena parte de sus divinidades, y en el centro de cuya palma, desplegada e impoluta, exhibía una cortada como de navaja o cuchillo, en lugar de la perforación desgarradora de un clavo rústico de hierro, detalle este que a la señora Bernabela y a sus amigas —Anta, Rubena y Chiá— les parecía que le sumaba gravedad a la ya de por sí grave escena; así como les parecía que esa Ánima Sola, ardiendo en esas llamas del purgatorio era más una amenaza que una promesa y por eso mejor ni la invocaban o lo hacían solamente cuando tenían serias dudas sobre la posibilidad de que un difunto llegara o no directamente al cielo.

Entre ellas cuatro —y ocasionalmente con una que otra parienta—, la señora Bernabela, Anta, Chiá y Rubena, se prestaban los santos durante días o semanas, según necesidades reales y disponibilidad de cada imagen, pues la que estaba ocupada resolviendo un asunto no podía salir de su casa. Por lo menos una vez año, el día de todos los santos, los reunían en una de las casas, los alumbraban y les rezaban conjuntamente para encargarles asuntos que previamente habían discutido y acordado como trascendentales y tan complicados que era mejor sumar las fuerzas, en vez de actuar por separado. En esas ocasiones, el total de la imaginería veía el nuevo día en la casa a la que ese año le hubiera correspondido el alumbramiento, hasta que todas las velas se apagaran; pues, de lo contrario, no funcionarían los exvotos y los prodigios no ocurrirían o no serían alcanzados.

Desde la víspera del día de la fiesta de San Francisco de Asís, de San Antonio, del Santo Ecce Homo, de la Virgen del Carmen y de San Martín de Porres, cuyas imágenes poseían las cuatro amigas en sus altares caseros, cada una ponía alrededor del homenajeado los demás santos con los que contara en sus haberes devocionales. Y al pie de su imagen se encendía una única candela, una veladora de las que vendían en la casa cural, que eran las mejores porque estaban bendecidas por el propio Vicario o por un misionero delegado por él para tan sagrado fin. En este caso, recurrían principalmente a la fuerza del santo del día, aunque al hacerla le pedían a los demás que metieran también su mano, ya que nunca sobraba una ayuda.

Solamente una vez en toda una vida devocional conjunta, la señora Bernabela y sus amigas tuvieron una desavenencia, que no terminó en cisma porque ella antepuso lo mejor de su afecto de amiga y les pidió que no fueran a pelear por eso; que hicieran el esfuerzo de respetarle ese pequeño disentimiento, después de tantas discrepancias resueltas a lo largo de esta amistad antigua y ejemplar y de estas devociones compartidas y fructuosas. Ocurrió el día en que Rubena y Esperanza (que era el nombre de pila de Anta) llegaron a su casa alborozadas con una estampa de la Virgen de Nuestra Señora del Rosario de Fátima, que acababan de comprar a la salida de misa en una capilla que hace poco había empezado a funcionar por los lados de la antigua cabecera del pueblo. Era la última estampa, le advirtieron, para que no fuera a pensar que a ellas no se les había ocurrido comprar cuatro, una para cada una de las amigas; mientras llegaban los cuadros, que unas legionarias de María de la parroquia del pueblo les habían dicho que llegaban por ahí dentro de uno o dos meses y que hoy mismo iban a encargar.

La señora Bernabela miró con cariño a sus amigas, les recordó que las cuatro habían repasado juntas los detalles de la historia de la Virgen de Fátima y les pidió que se acordaran de lo que ella en su momento les había dicho sobre el exceso de oro y pedrería en esa corona imperial y sobre ese mandato suyo de convertir el rezo del rosario en una cruzada contra supuestos herejes a los que se les achacaban los males del mundo. «Yo ya estoy muy vieja y he rezado mucho en la vida como para venir ahora, a estas alturas, a ponerme a acolitar cruzadas y menos contra países que ni siquiera sé dónde quedan». 

Mientras las invitaba a que más bien rezaran un rosario pidiendo protección para el pueblo, para que nunca más un incendio —como el de hace unos meses— lo destruyera de ese modo tan triste e irremediable; les pidió que no olvidaran que así había empezado la cruzada de los políticos en las tribunas, incluida la prensa, y de los curas en los púlpitos, incluidos los obispos, contra todo lo que les pareciera liberal, autorizando así a los chulavitas para hacer y deshacer en nombre del Corazón de Jesús, como en nombre de Cristo Rey ya lo habían hecho en México, y en nombre del orden y la paz había pasado lo que pasó aquí nomás en el río Munguidó.

Alma bendita, que en paz descanse, la señora Bernabela declaró para sí misma, para sus amigas y para los santos de su altar, tanto los presentes como los ausentes, los propios como los prestados, que con ella no contaran para esas cosas. «¡Dios me libre!», exclamó, antes de pararse de su silla de mariapalito para ir hasta su cuarto y buscar entre la cartera la camándula nueva que sus amigas le habían regalado en el último cumpleaños. En ese momento, justo para comenzar el rosario, entró por la puerta Chiá, la amiga que faltaba en el ramillete devocional de esta amistad de toda la vida.


03/08/2026

 Estampas quibdoseñas (VII)
—Un pueblo en acción—

Quibdó, septiembre 1954. Carrera Primera, Parque Centenario e iglesia parroquial. Al fondo, manifestación de protesta contra la intentona de desmembración del Chocó por parte del régimen militar de Rojas Pinilla. Foto: El Espectador.

Asamblea de comités de Acción Chocoana

Entre el 5 y el 8 de agosto de 1955, un mes largo antes de cumplirse un año de la gesta ciudadana de defensa de la categoría departamental del Chocó, frente a la intentona de suprimirlo y repartir su territorio entre los integrantes del agalludo vecindario: Antioquia, Valle y Caldas[1], cuyos industriales, políticos y empresarios habían convencido al régimen de Rojas Pinilla de la fallida desmembración; se reunió en Quibdó la primera Asamblea de Comités de Acción Chocoana, constituida por los órganos locales confluyentes en el gran Comité, que asumió la defensa —literalmente aguerrida— de la dignidad, la territorialidad y la institucionalidad de la región, ante la desfachatez del poder nacional y de su ambicioso séquito, cuyo descarado ataque sería conjurado en septiembre de 1954.[2]

La plana mayor de la lucha chocoanista se hizo presente en aquella asamblea. Representantes de los comités de diversas ciudades y poblaciones del Chocó y Colombia llegaron hasta Quibdó. Por el comité de Bogotá participaron el ya famoso parlamentario Diego Luis Córdoba y don Jorge Abadía; por el de Cartagena, el destacado educador Saulo Sánchez Córdoba; por el comité de Popayán, don Alcibíades Garcés, el prestigioso locutor, programador y administrador de La Voz del Chocó, pionera de la radio pública regional;[3] y por Barranquilla, Leopoldino Machado, reconocido tribuno liberal, quien propuso originalmente la idea de llevar a cabo la asamblea; en la cual se hicieron presentes también delegados de los comités de Medellín y El Bagre (Antioquia); pueblos del San Juan y el Baudó, la Costa Pacífica, El Carmen de Atrato, Bagadó, Riosucio y Acandí.

Como quedó registrado en el periódico La Crítica, de propiedad de Cosme Moreno y cuyo director era Balbino Arriaga Castro, a la magna asamblea llegaron «también delegados por los universitarios chocoanos y nutrida representación de los invitados de honor. Como representantes del gobierno departamental asistieron los doctores Absalón Lozano y Carlos Augusto Agudelo, secretarios de Hacienda y Obras Públicas, respectivamente, como también el Licenciado Don Heliodoro Conto A., Secretario de Educación. La mujer chocoana se hizo presente con la asistencia de las damas señora Teresa de Varela y señoritas Amelia Barrios F. y Licenciada Carmen Serna».[4]

Los oradores principales de la 1ª Asamblea de Comités de Acción Chocoana fueron el doctor Ramón Lozano Garcés, Presidente del Comité, quien la inauguró; Aureliano Perea Aluma, del Comité Ejecutivo; Saulo Sánchez Córdoba, delegado por el comité de Cartagena; y Diego Luis Córdoba, quien pronunció el discurso de clausura del evento. El Tiempo y el Diario del Caribe llegaron hasta Quibdó con sus enviados especiales, Luis Enrique Osorio y Alfonso Fuenmayor, respectivamente. «Las conclusiones de la asamblea son el resultado de la misión dignamente cumplida por esos desvelados hijos de la tierra, que sienten sus dolores y piden la misericordia de su justa salvación», anotó en su reseña el periódico La Crítica.[5]

Sociedad de Mejoras Públicas

Cuatro días antes de la inauguración de la Asamblea Plenaria del Comité de Acción Chocoana, otra organización ciudadana de beneficio colectivo, la Sociedad de Mejoras Públicas de Quibdó (SMP), se reunió en la casa del señor Deofanor Valencia y eligió a sus directivos para un nuevo periodo reglamentario: Presidente, Lascario Barboza Avendaño; Vicepresidente, Juan de Dios Garcés; Tesorero, Ismael Aldana Montes; Fiscal, Cosme D. Moreno; Vocales: Fernando Martínez Velásquez y Rafael Vargas Valoyes.

Como lo reseñó el periódico La Crítica en su edición del día siguiente, la SMP llevó a cabo su primera sesión con los nuevos directivos el viernes 12 de agosto de 1955, «con cuórum completo, en el salón de recibo del consultorio del Doctor Lascario Barboza A.». Allí fue nombrado secretario el señor Juan María Moreno y se requirió al nuevo tesorero que prestara la respectiva fianza ante las autoridades, para que así recibiera el cargo de manos de su predecesor, don David Ochoa R.

Un mes después, en un hecho sin antecedentes, ya que los cargos de esta entidad se desempeñaban ad honorem; su antiguo secretario, Marco Tulio Murillo, «denunció y embargó» a la Sociedad de Mejoras Públicas de Quibdó por una suma indeterminada de dinero a cuenta de los servicios prestados en el periodo anterior. Mientras que el recién nombrado secretario no asumió su cargo y en su lugar fue nombrada la educadora Belisa Ayala de Velásquez, esposa del eminente intelectual Rogerio Velásquez Murillo.[6] «Ya tomó posesión del importante y delicado cargo de la Secretaría de la SMP doña Belisa Ayala de Velásquez, a quien se le nota un marcado interés por el mejoramiento de la ciudad. Doña Belisa no exige remuneración alguna, porque sabe de espíritu público».[7]

Quibdó-Parque Centenario antes del incendio de 1966. Fotos: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó (sin fecha).

En la misma nota en la que informa sobre la posesión de la nueva secretaria, el periódico quibdoseño La Crítica anota que «La Sociedad de Mejoras Públicas de Quibdó viene laborando con interés desde hace varios días, a fin de darle nueva vida. Obra de ella son los trabajos en el parque del Centenario, cuya arborización y ornato quedaron a cargo del Ingeniero Agrónomo Dr. Luis Julián Moreno. […] Se espera que el Tesorero entre en ejercicio para entrar en otras actividades, como es la adquisición del local donde funcionarán la Sociedad de Mejoras Públicas de Quibdó y la Sociedad de Agricultores del Chocó (SACH)».[8]

Sociedad de Agricultores del Chocó

Unos meses antes, el 25 de junio de 1955, había sido reorganizada la Sociedad de Agricultores del Chocó (SACH). Una de sus primeras gestiones, llevada a cabo un mes después, fue la reunión de la Comisión de Crédito Agrario de la SACH con el recién nombrado Gobernador Militar, Coronel Carlos Ortiz Torres, para el establecimiento de acuerdos que permitieran reactivar la prestación de servicios crediticios por parte de la Caja de Crédito Agrario de Quibdó, a través de un trabajo conjunto entre las autoridades, la Zona Agropecuario del Chocó y la SACH, cuyos comisionados para este tema y participantes en la reunión fueron Manuel Valdés Becerra, Lascario Barboza Avendaño, Higinio Lozano Garcés y Juan Carrasco Posso.

Además de los acuerdos para la reactivación del crédito agrario en la región, la comisión de la SACH consiguió el compromiso del Gobernador en el sentido de garantizar que el contratista de producción de la Fábrica de Licores del Chocó hiciera compra preferencial de panela y miel a los productores chocoanos.

El 30 de agosto de 1955, en una breve nota de su edición N° 43, el periódico La Crítica, de Quibdó, informa que «la SMP y la SACH funcionarán en un mismo local; según nos han informado, será en el mismo que ocupó el doctor Gabriel Meluk con su oficina de abogado, en la calle 5ª junto al café “El Oasis”»

Directorio profesional

Un año atrás, un nutrido grupo de profesionales chocoanos, cuyo prestigio trascendería los límites de su vida y del mapa del Chocó, anunciaba sus servicios en un “Directorio Profesional”, que el periódico La Crítica publicaba en cada edición como parte de sus avisos publicitarios.

Lascario Barboza Avendaño ofrecía sus servicios como Médico y Cirujano, en su consultorio de la carrera 1ª frente al parque del Centenario; su número de teléfono era el 1-3-7.

Ramón Lozano Garcés se anunciaba así: «Abogado de la U. de A. Atiende toda clase de asuntos penales, civiles, laborales y administrativos. Litiga ante los juzgados de Quibdó e Istmina. Carrera 1ª. Tel. # 4-6-8».

«El Dr. Aureliano Perea Aluma ha abierto nuevamente su oficina de abogado en esta ciudad. Calle 8ª entre carreras 1ª y 2ª. Bajos de la casa de herederos de Don Erasmo Rengifo. Puede ocuparlo desde el próximo lunes 2 de agosto». Se informaba en un aviso de La Crítica, del 1° de agosto de 1954.

Julio Figueroa Villa, Médico y Cirujano; los abogados Gabriel Meluk Aluma, Próspero Ferrer Ibáñez, Medardo Ferrer Ferrer, Evelio Valois Arrunátegui; y el Ingeniero Civil Oscar Castro Conto, quien en ese momento trabajaba en la construcción del templo de San Francisco de Asís, posterior catedral de Quibdó; también formaban parte del directorio profesional que publicada el periódico La Crítica.

Directorio Profesional del Periódico La Crítica, Quibdó, 1954. Recortes y edición: El Guarengue.

Igualmente, publicaba un aviso en La Crítica, de Quibdó, un jovencito de 16 años, que cuatro años más tarde deslumbraría a nacionales y extranjeros participantes en el Simposio Americano sobre Zonas Húmedas Tropicales, con su trabajo de diagramación, diseño, dibujos e ilustraciones de portadas y portadillas de una Monografía del Chocó, que a instancias del Gobernador Miguel Ángel Arcos fuera presentada por Rodolfo Castro Torrijos en este evento de importancia mundial. Dicho jovencito era Balbino Arriaga Ariza,[9] futuro pintor y laureado Maestro de Artes Plásticas de la Universidad Nacional de Colombia. El texto de su publicidad era el siguiente: «Balbino Arriaga Jr. Se encarga de todo trabajo relacionado con pintura, en decorados y dibujos, copia de planos, retoque de imágenes, etc. Ocúpelo. Quibdó, Avenida Istmina frente Colegio Carrasquilla»... 

Todos y cada uno, desde sus lugares y profesiones, seguían trabajando por la dignidad del Chocó, aun en medio de aquel régimen militar que del desprecio por la región había pasado a la zalamería y a la diligente atención institucional.



[1] En ese momento, el departamento de Caldas incluía en su jurisdicción los territorios de los actuales Caldas, Quindío y Risaralda.

[2]  El Comité de Acción Chocoana (1954) y la codicia del vecindario. El Guarengue, 9 de febrero de 2026. https://miguarengue.blogspot.com/2026/02/el-comite-de-accion-chocoana-1954-y-la.html

[3] Ver: La primera emisora del Chocó. El Guarengue, 15 de febrero de 2021. https://miguarengue.blogspot.com/2021/02/laprimera-emisora-del-choco-proposito.html

[4] LA PRIMERA ASAMBLEA PLENARIA DE COMITÉS DE ACCIÓN CHOCOANA. La Crítica. Un vocero del pueblo al servicio del Chocó, de la libertad y la democracia. Quibdó-Chocó-Colombia. N° 39, junio 18 de 1955. 8 pp. Pág. 3. Archivo Hemeroteca del Chocó.

[5] Ídem. Ibidem. N.B. El Diario de Barranquilla es realmente el Diario del Caribe, de Barranquilla.

[6] Entre otros artículos de El Guarengue sobre Rogerio Velásquez Murillo, pueden leerse:

*Recordando a Rogerio Velásquez. 4 de enero de 2021.

https://miguarengue.blogspot.com/2021/01/recordando-rogeriovelasquez-rogerio.html

*Rogerio Velásquez: un pionero, un precursor. 8 de enero de 2024.

https://miguarengue.blogspot.com/2024/01/rogerio-velasquez-un-p-ionero-un.html

[7] La Crítica. Un vocero del pueblo al servicio del Chocó, de la libertad y la democracia. Quibdó-Chocó-Colombia. N° 44, septiembre 16 de 1955. 8 pp. Pág. 5. Archivo Hemeroteca del Chocó.

[8] Ídem. Ibidem.

[9] Sobre la vida y trayectoria de este artista, en El Guarengue, 18 de marzo de 2024, Balbino Arriaga Ariza: “Los colores del Atrato”. https://miguarengue.blogspot.com/2024/03/balbino-arriaga-ariza-los-colores-del.html

27/07/2026

 Victoria y Cornelia 

*1-Fragmento del Mural «Historia de la Ley 70», de Fredy Sánchez Caballero, en la Universidad Claretiana de Quibdó. 2-Ana Victoria Torres en un cuadro recordatorio en la sede de Cocomacia en Quibdó. 3-Logotipo original de la Asociación Campesina Integral del Atrato, ACIA, hoy COCOMACIA, dibujado por Maximino Cerezo Barredo. FOTOS: Archivo El Guarengue.

Si así no hubiera sido, quizás no estaríamos contando el cuento. Fueron tiempos en los que innumerables horas, días completos y semanas enteras —con lluvia, trueno o relámpago— se destinaron al desarrollo de capacitaciones, reuniones y talleres, en los montes y las orillas, escuelas y capillas, de cuanto pueblo se le midió a recibir, alojar, alimentar y cuidar a los participantes que llegaban en representación de sus comunidades para asistir a estos eventos que, aunque eran diferentes a los escenarios que desde antiguo convocaban a parientes y visitantes de otras orillas y otros montes, como los velorios y las últimas novenas, las fiestas patronales, los bautizos y los matrimonios; tenían en común su carácter colectivo y su propósito comunitario.

Por meses y años, entre mediados de los 80 y principios de los 90, hasta que capacitarse y formarse se convirtió en parte de la vida cotidiana; a los quehaceres diarios y a los calendarios anuales de socolas y siembras, de faenas de pesca y caza, de recolección y cosecha, de entresacas forestales, de azoteas de yerbas y patios de frutales, de cateo y barequeo, de fiestas patronales y conmemoraciones especiales, en las comunidades afrochocoanas del Atrato Medio, se le sumaron las actividades de capacitación, los talleres de formación de líderes y la construcción de propuestas conducentes al reconocimiento étnico de las comunidades negras y, por consiguiente, a la garantía jurídica y material de sus derechos como pueblos en los ámbitos territorial, cultural, económico y social. Un proceso que desembocaría en la inclusión del Artículo 55 Transitorio, en la Constitución Política de Colombia de 1991, y en la expedición de la Ley 70 de 1993 o Ley de Comunidades Negras, por mandato constitucional.

Nacida, pues, en las entrañas de estos montes, en las orillas del Atrato y sus afluentes, al abrigo de las quebradas y de la profundidad de las ciénagas, la Ley 70 de 1993 fue fruto de un proceso colectivo cuyos orígenes se remontan a aquellos esfuerzos formativos y organizativos que -una década antes de su expedición- se llevaron a cabo en pueblos de la cuenca media del río Atrato, como Beté, Campo Alegre y Tanguí, Las Mercedes y Tagachí, El Tigre, La Boba, Palo Blanco y Buchadó, y en caseríos y pueblos de ríos afluentes como Munguidó y Bebará, Arquía y Murrí, Buey y Bebaramá, Bojayá y Murindó, Ichó, Tutunendo y Neguá. Tales esfuerzos contaron con el auspicio de la Iglesia Católica, a través del Vicariato y posterior Diócesis de Quibdó, los Misioneros Claretianos y los Misioneros del Verbo Divino, las Hermanas Agustinas Misioneras y las Misioneras Lauritas, al igual que las misioneras del Movimiento de Seglares Claretianos y de la Unión de Seglares Misioneros (USEMI).

Hasta el momento en el que este proceso comenzó, las capacitaciones eran cosa de maestros o maestras, inspectores de policía y promotoras de salud, que generalmente debían viajar hasta Quibdó para recibirlas. Hasta entonces, las únicas reuniones eran las que se hacían para asuntos de las juntas de acción comunal o para cuestiones de las mortuorias comunitarias locales y de las fiestas patronales, o cada cierto tiempo con políticos en trance de campaña electoral, que llegaban desde Quibdó de cuerpo presente o a través de sus emisarios. Y los talleres eran una noción más asociada a la fabricación o reparación de cosas, que a la construcción colectiva de conocimientos útiles para comprender mejor la realidad social y política e intentar transformarla a favor de quienes, teniendo derechos, no los conocían y por lo mismo no los reivindicaban y de contera mucho menos gozaban de ellos.

Históricamente, eran los hombres quienes habían asumido vocerías, representaciones y liderazgos que implicaran contactos hacia afuera de las comunidades. Las representaciones, vocerías y liderazgos de las mujeres se ligaban a la vida interna de los pueblos y parentelas, linealmente establecidos a lo largo de aquellas orillas del Atrato, a su tradición familiar, a su mundo espiritual, a su devenir cultural y a las actividades de su dominio dentro de la distribución de roles en los sistemas tradicionales de producción que sustentaban la economía local y regional; y que, en gran parte, funcionaban gracias al aprovisionamiento, a la logística, a la inspiración y al apoyo que las mujeres brindaban a sus maridos, padres, hijos, abuelos, tíos, entenados, sobrinos, nietos, vecinos, compadres y paisanos… De modo, pues, que en las capacitaciones, reuniones y talleres de los primeros tiempos la presencia de las mujeres como participantes plenas era escasa, efímera, discontinua. Por lo general, a las mujeres se les encomendaba la administración de provisiones y la preparación de alimentos, los servicios de cocina y comedor, la coordinación de hospedajes y atención a los visitantes, que casi siempre permanecían por lo menos cuatro o cinco días como huéspedes de las comunidades en donde se llevaban a cabo los talleres.

Río Atrato. Foto: Guiller Ossa/El Tiempo.

En un escenario con predominio masculino en la participación y representación de las comunidades convocadas, la presencia de las mujeres se hizo notoria, tanto por su escaso número, como por su abundante calidad. En poco tiempo, gracias a su evidente inteligencia y su enorme capacidad de análisis y síntesis, a la originalidad y pertinencia de sus planteamientos culturales e históricos, dos mujeres enarbolarían sin aspavientos las primeras y más genuinas banderas de equidad de género en el proceso organizativo del Medio Atrato: Ana Victoria Torres y Zulma Cornelia Chaverra, quienes, de tú a tú con los hombres, participaron en la construcción de cada propuesta, de cada acción, de cada paso en el camino hacia la consolidación de una organización campesina de corte étnico y territorial, y hacia la reivindicación de un territorio propio y de sus derechos como pueblo.

En cada taller, en cada reunión, en cada asamblea, las palabras de Victoria y de Cornelia tenían tanta determinación en su tono como inteligencia en su sentido. Pioneras de la causa campesina y de la participación y reconocimiento de las mujeres en los procesos organizativos locales y regionales; sus discursos estaban siempre articulados a su praxis inagotable. Sus cuadernos de notas de los talleres y reuniones eran siempre la mejor y más organizada fuente que uno podía consultar cuando necesitaba recordar un dato, meses después de los eventos de capacitación. Y fue así como abrieron caminos y espacios para que las mujeres pasaran de cocinar en los encuentros campesinos a liderar, dirigir y orientar los procesos organizativos de modo competente y comprometido, incluyendo su perspectiva de mujeres, pobres, campesinas y negras, como siempre lo repitieron con énfasis Victoria y Cornelia.

Mediante sus voces vigorosas, sus ideas sólidas, sus figuras representativas y comprometidas con el bienestar y el desarrollo de su gente; Victoria y Cornelia, junto a compañeras de los primeros tiempos de COCOMACIA (Consejo Comunitario Mayor de la Asociación Campesina Integral del Atrato), como Dominga Bejarano, Teresa Moya, Encarnación Machado, Juana Padilla, Facunda Mosquera, Francisca Valoyes, Inocencia Rivas, Blasina Martínez, Emilfa Mosquera, Mirian Magaña, Enerith Martínez, Ana María Martínez, Lorenza Mena, Ana Rosa Heredia, Justa Germania Córdoba, Julia Susana Mena, María del Socorro Mosquera; y misioneras seglares afrochocoanas como Marta Inés Asprilla; Idalides, Genoveva y Fabiola Córdoba; Guachá, Gache, Merlin y Maruja, aportaron con claro liderazgo y férrea convicción, desde su ser de mujeres, a la consolidación del proceso étnico y territorial del Atrato Medio; y por ello siempre estarán en la memoria y en la historia de la lucha por los derechos de las comunidades negras de Colombia, así no figuren en los relatos ni en la memoria de quienes –incluso sin saberlo- gracias a ellas enarbolan hoy esas banderas.

Un homenaje afectuoso y sincero, con motivo de la conmemoración, este 25 de julio, del Día Internacional de las Mujeres Negras Afrolatinoamericanas, Caribeñas y de la Diáspora, a Victoria y a Cornelia, y a todas aquellas mujeres afrochocoanas que de modo genuino y admirable trazaron senderos históricos en la defensa de sus derechos y del bien común, en un territorio que hoy es propiedad colectiva de las comunidades: la cuenca media del río Atrato, en cuyas orillas dejaron ellas su herencia imperecedera.

20/07/2026

 «El opio de los pueblos» y el primer Mundial

*1-Afiche del primer Mundial de Fútbol, Uruguay 1930. 2-Alineaciones iniciales y esquema táctico (2-3-5) de las selecciones de Uruguay (arriba) y Argentina en la Final de aquel primer campeonato. 3-José Leandro Andrade Quiroz (La maravilla negra), mediocampista afrouruguayo que formó parte de la selección campeona del primer Mundial. FOTOS: Wikipedia. Edición: El Guarengue.

A pesar de la FIFA, de su impresentable presidente y de su aún más impresentable nuevo mejor amigo, millones de impenitentes aficionados acabamos de asistir a otro Mundial de Fútbol, un ritual masivo que desde hace casi un siglo convoca cada cuatro años a la humanidad entera. En memoria de este acontecimiento, les ofrecemos en El Guarengue dos breves textos (maravillosos como todos los suyos) de uno de los fanáticos y militantes más comprometidos con esta causa compartida por gente de todo el mundo: Eduardo Galeano, en su ya clásico libro «El fútbol a sol y sombra» (Siglo XXI Editores, 1995).

En «¿El opio de los pueblos?», Galeano se refiere a la devoción y a la desconfianza que simultáneamente despierta el fútbol. «El Mundial del 30» es una especie de crónica sucinta de antecedentes y acontecimientos del primer Mundial de Fútbol, jugado en Montevideo, del 13 al 30 de julio de 1930. Uruguay ganó aquella primera copa, luego de disputar la final con Argentina. José Leandro Andrade Quiroz, un mediocampista afrouruguayo, formó parte de la nómina campeona. Un árbitro belga, con una indumentaria bastante peculiar, aunque común en la época, pitó aquella primera Final. El inmortal Carlos Gardel, el Zorzal criollo, cantó para los equipos días antes de aquel histórico partido final.

Julio César U. H.
20.07.2026

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¿El opio de los pueblos?

¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales.

En 1880, en Londres, Rudyard Kipling se burló del fútbol y de «las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan». Un siglo después, en Buenos Aires, Jorge Luis Borges fue más que sutil: dictó una conferencias sobre el tema de la inmortalidad el mismo día, y a la misma hora, en que la selección argentina estaba disputando su primer partido en el Mundial del 78.

El desprecio de muchos intelectuales conservadores se funda en la certeza de que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo merece. Poseída por el fútbol, la plebe piensa con los pies, que es lo suyo, y en ese goce subalterno se realiza. El instinto animal se impone a la razón humana, la ignorancia aplasta a la Cultura, y así la chusma tiene lo que quiere.

En cambio, muchos intelectuales de izquierda descalifican al fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria. Pan y circo, circo sin pan: hipnotizados por la pelota, que ejerce una perversa fascinación, los obreros atrofian su conciencia y se dejan llevar como un rebaño por sus enemigos de clase.

Cuando el fútbol dejó de ser cosas de ingleses y de ricos, en el Río de la Plata nacieron los primeros clubes populares, organizados en los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los puertos. En aquel entonces, algunos dirigentes anarquistas y socialistas denunciaron esta maquinación de la burguesía destinada a evitar las huelgas y enmascarar las contradicciones sociales.

La difusión del fútbol en el mundo era el resultado de una maniobra imperialista para mantener en la edad infantil a los pueblos oprimidos. Sin embargo, el club Argentinos Juniors nació llamándose Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros anarquistas ahorcados un primero de mayo, y fue un primero de mayo el día elegido para dar nacimiento al club Chacarita, bautizado en una biblioteca anarquista de Buenos Aires. En aquellos primeros años del siglo, no faltaron intelectuales de izquierda que celebraron al fútbol en lugar de repudiarlo como anestesia de la conciencia. Entre ellos, el marxista italiano Antonio Gramsci, que elogió «este reino de la lealtad humana ejercida al aire libre».

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1-José Nasazzi, capitán de Uruguay, Manuel Ferreira, capitán de Argentina, y en el centro el árbitro belga John Langenus; dando comienzo al partido final del primer Mundial de Fútbol, en el Estadio Centenario, en Montevideo, el 30 de julio de 1930. FOTO: Wikipedia. 2-Selección Uruguay, 1930, ganadora del primer Mundial. Arriba: Álvaro Gestido, José Nasazzi, Enrique Ballestrero (portero), Ernesto Mascheroni, José Leandro Andrade (La maravilla negra) y Lorenzo Fernández. Abajo: Pablo Dorado, Héctor Scarone, Héctor Castro, José Pedro Cea y Victoriano Santos Iriarte. FOTO: Los Sports / Wikipedia. Edición: El Guarengue.
El Mundial del 30

Un terremoto sacudía el sur de Italia enterrando a mil quinientos napolitanos. Marlene Dietrich interpretaba El ángel azul. Stalin culminaba su usurpación de la revolución rusa. Se suicidaba el poeta Vladimir Maiakovski. Los ingleses arrojaban a la cárcel a Mahatma Gandhi, que exigía la independencia y queriendo patria había paralizado a la India, mientras bajo las mismas banderas Augusto César Sandino alzaba a los campesinos de Nicaragua en las otras Indias, las nuestras, y los marines norteamericanos intentaban vencerlo por hambre incendiando las siembras.

En los Estados Unidos había quien bailaba el reciente boogie-woogie, pero la euforia de los locos años 20 había sido noqueada por los feroces golpes de la crisis del 29. La Bolsa de Nueva York había caído a pique y el derrumbe había volteado los precios internacionales y estaba arrastrando al abismo a varios gobiernos latinoamericanos. En el despeñadero de la crisis mundial, la ruina del precio del estaño tumbaba al presidente Hernando Siles, en Bolivia, y colocaba en su lugar a un general; mientras el desplome de los precios de la carne y el trigo derribaban al presidente Hipólito Yrigoyen, en la Argentina, y en su lugar instalaba a otro general. En la República Dominicana, la caída del precio del azúcar abría el largo ciclo de la dictadura del también general Rafael Leonidas Trujillo, que inauguraba su poder bautizando con su nombre a la capital y al puerto.

En el Uruguay, el Golpe de Estado iba a estallar tres años después. En 1930, el país sólo tenía ojos y oídos para el primer Campeonato Mundial de Fútbol. Las victorias uruguayas en las dos últimas olimpíadas, disputadas en Europa, habían convertido al Uruguay en el inevitable anfitrión del primer torneo.

Doce naciones llegaron al puerto de Montevideo. Toda Europa estaba invitada, pero sólo cuatro seleccionados europeos atravesaron el océano hacia estas playas del sur:

Eso está muy lejos de todo —decían en Europa— y el pasaje sale caro.

Un barco trajo desde Francia el trofeo Jules Rimet, acompañado por el propio don Jules, presidente de la FIFA, y por la selección francesa de fútbol, que vino a regañadientes.

Uruguay estrenó con bombos y platillos un monumental escenario construido en ocho meses. El estadio se llamó Centenario, para celebrar el cumpleaños de la Constitución que un siglo antes había negado los derechos civiles a las mujeres, a los analfabetos y a los pobres. En las tribunas no cabía un alfiler cuando Uruguay y Argentina disputaron la final del campeonato. El estadio era un mar de sombreros de paja. También los fotógrafos usaban sombreros, y cámaras con trípode. Los arqueros llevaban gorras y el juez lucía un bombachudo negro que le cubría las rodillas.

La final del Mundial del 30 no mereció más que una columna de veinte líneas en el diario italiano La Gazzetta dello Sport. Al fin y al cabo, se estaba repitiendo la historia de las Olimpíadas de Amsterdam, en 1928; los dos países del río de la Plata ofendían a Europa mostrando dónde estaba el mejor fútbol del mundo.

Como en el 28, Argentina quedó en segundo lugar. Uruguay, que iba perdiendo 2 a 1 en el primer tiempo, acabó ganando 4 a 2 y se consagró campeón. Para arbitrar la final, el belga John Langenus había exigido un seguro de vida, pero no ocurrió nada más grave que algunas trifulcas en las gradas. Después, un gentío apedreó el consulado uruguayo en Buenos Aires.

El tercer lugar del campeonato correspondió a los Estados Unidos, que contaba en sus filas con unos cuantos jugadores escoceses recién nacionalizados, y el cuarto puesto fue para Yugoslavia. Ni un solo partido terminó empatado. El argentino Stábile encabezó la lista de goleadores, con ocho tantos, seguido por el uruguayo Cea, con cinco. El francés Louis Laurent hizo el primer gol de las historia de los mundiales, jugando contra México.