25/05/2026

 Memoria de Virgilio Bueno Rubio

Dos terceras partes de su vida las dedicó Virgilio Bueno Rubio a la educación en el Chocó desde una perspectiva popular, étnica e intercultural, en todos los ámbitos a los cuales estuvo vinculado: instituciones eclesiales y universitarias, escuelas y colegios, organizaciones indígenas y afrochocoanas, y entidades nacionales e internacionales de cooperación. Con el paso de los años, sin dejar de lado sus reflexiones teológicas, pedagógicas y sociales, su trabajo en derechos humanos, ni sus inquietudes artísticas, que incluían un talento notable para las artes gráficas, el diseño, la ilustración, la diagramación y la adaptación pedagógica de publicaciones a contextos y sujetos determinados; Virgilio se decantó por la etnoeducación o educación propia, área de su conocimiento en la cual aportó en diversos escenarios comunitarios e institucionales, a través de apoyo pedagógico y asesoría profesional.

Nacido en Quibdó, el 24 de noviembre de 1959, Virgilio Bueno Rubio «falleció en la madrugada del 15 de abril de 2026, en el barrio San Judas Tadeo, en la casa donde vivía con su hija menor (Luz de Luna), la cual fue su cuidadora principal durante su enfermedad; en la casa también vivía con su última pareja sentimental, Gladys Córdoba Mosquera (madre de su última hija) y su hijastra (Mileidy Mena Córdoba, hija de Gladys) a la cual educó desde pequeña como su propia hija».[1]

Lamentaciones

Su deceso, dado a conocer ampliamente a través de redes sociales, suscitó gran cantidad de mensajes de reconocimiento a su vida. «Su paso por este mundo estuvo marcado por la entrega, la vocación y un compromiso genuino con la formación de otros. Su dedicación en impartir conocimiento como docente fue profundamente gratificante y ampliamente reconocida por quienes tuvieron el privilegio de ser sus estudiantes y colegas. Fue un profesional íntegro y un educador ejemplar. Más allá de su ejercicio profesional, fue un gran amigo: cercano, solidario y siempre dispuesto a brindar una palabra oportuna y un gesto sincero», escribió la Corporación Chocó Joven.

Yuli María Londoño lo recordó en sus épocas de estudiante de bachillerato: «Virgilio, en tu caminar hiciste gala y honor a tu apellido; te recuerdo como un joven serio, estudioso, silencioso y muy respetuoso en tu paso por el glorioso Armando Luna Roa». Jesús Elías Córdoba Valencia escribió: «Su condición humana hacía honor y superaba a su apellido. Descanse en paz, apreciado Virgilio Bueno, excelente ser humano, gran profesional». Carmen Arroyo lo recordó como colega: «Descansa en paz, Virgilio Bueno Rubio, mi compañero de trabajo en la IE Carrasquilla Industrial». Ana del Carmen Sánchez Hernández lo recordó como su acompañante académico: «Dios lo acoja en su reino, mi compañero de Maestría, gran ser humano». Consuelo Delgado Aguilar escribió: «¡Ay, qué pesar ese profesor como era de decente! Dios lo lleve a gozar del reino. Siempre lo recordaré como una persona muy callada y educada». Yariba Arriaga anotó: «Fortaleza para la familia. Grandes enseñanzas nos dejaste, profe. Paz en su tumba».[2]

Las numerosas lamentaciones que generó la noticia de la muerte de Virgilio trajeron a la memoria una anécdota sobre el juego de palabras con sus apellidos. El entonces Obispo de Quibdó, Monseñor Jorge Iván Castaño Rubio, bromista como era, solía decir que con él las cosas no pasaban de castaño a oscuro, sino de castaño a rubio; y que ojalá Virgilio fuera realmente bueno, pues de rubio —igual que él— no tenía más que el apellido… Bromas aparte, el obispo Jorge Iván valoraba la inteligencia de Virgilio y su creatividad para el diseño, en los trabajos que por aquel entonces (década de 1990) hacía Virgilio en Gráficas La Aurora, la imprenta del Vicariato y posterior Diócesis de Quibdó.

Todas estas expresiones, presentes y pasadas, valorando la vida y el trabajo de Virgilio Bueno Rubio, hicieron más notorio y evidente el hecho, inexplicable, de que la Diócesis de Quibdó y la Universidad Claretiana (Uniclaretiana), a las que Virgilio dedicó años de su vida, no hubieran publicado en sus medios institucionales ni la más mínima condolencia pública sobre su muerte. Menos mal que, como bien lo anota su hija Luz de Luna Bueno Córdoba, «Virgilio siempre fue una persona desinteresada y sencilla, que hacía su trabajo por vocación y por compromiso con las comunidades y por sus ideales de justicia social, y no buscaba gloria, honores o reconocimientos, aunque social y académicamente los mereciera todos».

Docente

Virgilio conoció los intríngulis de la educación pública desde su infancia, ya que estudió su primaria en el antiguo Barrio Escolar de Quibdó, en la Escuela Camilo Torres, y su bachillerato en el colegio Armando Luna Roa. Años después, ejercería con reconocida solvencia como docente de cuanta asignatura le tocó, en el Instituto Femenino Integrado, los colegios Carrasquilla, Claret y Pedro Grau, de Quibdó; y en los colegios Antonio Abad Hinestroza, de Yuto, y Matías Trespalacios, de Cértegui; en ninguno de los cuales consiguió encontrar el eco que buscaba para sus inquietudes pedagógicas y curriculares, aunque sí logró dejar su huella como buen docente. Al respecto, su hija Luz de Luna Bueno Córdoba anota: «Virgilio era un hombre multifacético, que se desempeñó como maestro en distintos niveles de formación, impartiendo asignaturas como educación artística, informática, educación religiosa, matemáticas, competencias comunicativas, actividades de investigación científica e incluso artes marciales (Taekwondo), y en cada grupo que tuvo a su cargo dejó una huella, marcó a sus estudiantes por su manera tan dinámica, calmada, compasiva y sencilla de enseñar».

Evangelizador y artista

Durante por lo menos dos décadas, Virgilio estuvo también vinculado directamente a los trabajos pastorales del Vicariato y posterior Diócesis de Quibdó. Trabajó en Pastoral Juvenil; y en Pastoral Urbana, como animador de las llamadas CEB, Comunidades Eclesiales de Base; en muchas ocasiones simultáneamente con su labor como docente, de la cual derivaba los ingresos para subsistir y sostener a su familia. Hasta que la reorganización del Vicariato hecha por el Obispo Jorge Iván Castaño Rubio, a partir de 1983, y la estructura pastoral de la Diócesis, categoría a la cual fue elevado el Vicariato en 1990, hicieron posible que el trabajo pastoral de Virgilio, como el de todos los evangelizadores populares de aquel entonces, fuera reconocido dignamente a través de un contrato y un salario ajustados a la ley. Una labor en la que mucho tuvo que ver quien administraba la Pastoral Social del Vicariato y la Diócesis, el entonces misionero claretiano Jaime Salazar, quien también promovió la potenciación del trabajo creativo de Virgilio en la imprenta Gráficas La Aurora.

Virgilio fue uno de los más aventajados agentes de pastoral de Quibdó en cuanto a la comprensión y puesta en marcha del Plan de Pastoral del Vicariato y de la Diócesis, promulgado en el episcopado de Monseñor Castaño Rubio; plan en el cual se proclamó que todo el trabajo debería girar en torno a la opción fundamental por la vida en todas sus expresiones, preferencialmente en el trabajo con los pobres y oprimidos, mediante una evangelización liberadora que contribuyera a su organización en las CEB y en las formas organizativas sociales y étnicas, en defensa de la identidad cultural y del territorio y los recursos naturales, como sustentos de la vida.

De allí que no sorprendiera su posterior vinculación al Centro Bíblico Camino, de los Misioneros Claretianos, el cual era dirigido por el biblista Gonzalo María de la Torre Guerrero y fue semilla de la Universidad Claretiana. Allí, como lo narra Justy Sánchez Caballero, quien lo vivió directamente y fue testiga de su papel, a mediados de la década de los 90, Virgilio se convirtió en alma artística de otro proyecto teológicamente revolucionario del Maestro Gonzalo: la Muestra Bíblica, que entre decisiones acertadas, burocracias académicas y más de una indulgencia ganada con padrenuestros ajenos, terminó trasladada a Medellín hace unos años y convertida en el Museo Bíblico Claretiano.

En un texto escrito especialmente para este homenaje de El Guarengue a Virgilio Bueno Rubio, Justy Sánchez relata:

«Fue en este entonces cuando Virgilio apareció mostrando su potencial artístico. Cuando Gonzalo propuso hacer algunas maquetas más significativas de la Biblia, como el Templo de Jerusalén, la Torre de Babel, la casa de Belén, entre muchas con las que se quería mostrar con más claridad el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, para que así fuera más pedagógica o comprensible su lectura para las personas que se fueron inscribiendo al estudio en el reciente “Centro Camino”.

 

Virgilio, como creativo, para Gonzalo de la Torre, nuestro Maestro, fue la persona indicada que se dispuso para la construcción de las maquetas, que dan testimonio de su paso en la Muestra Bíblica, hoy Museo Bíblico Claretiano en Medellín (en la Web, MUBIC: https://museobiblico.uniclaretiana.edu.co/mubic/). Virgilio se convirtió en profesor, igual que todas las personas que intervinimos en la construcción de las maquetas, ya que nos tocaba estudiar duro cada una de las maquetas que iba sugiriendo el estudio contextualizado de la Biblia. El estudio fue muy exigente y con mucho detalle para luego enseñarle a los potenciales alumnos.

 

Con la “Muestra Bíblica” y Virgilio como creativo, sin que fuera este el objetivo, nació la Fundación Universitaria Claretiana (Uniclaretiana), a la que Virgilio dedicó mucho tiempo como profesor, y donde demostró sus grandes valores de compañero, amigo y evangelizador, desde la Academia. ¡Gracias, Virgilio, por todas tus enseñanzas!».[3]

El talento artístico de Virgilio Bueno Rubio sería también definitivo para la materialización de una idea original del pintor Gustavo López, entonces presbítero de la Diócesis de Quibdó, de una puesta en escena sobre el saqueo sistemático del Chocó durante los 500 años que de la colonización europea se cumplieron en 1992. Bajo la dirección de Gustavo y con el talento escultórico de Virgilio y su ingenio para la preparación adecuada de materiales, se construyó una carroza de protesta de las que en las Fiestas de San Pacho en Quibdó son llamadas disfraces. En el desfile que cada año congrega las carrozas o disfraces de todos los denominados barrios franciscanos de Quibdó, el 3 de octubre de 1992, la carroza fue situada al final del recorrido y acompañada por un nutrido grupo de líderes indígenas y afrochocoanos, así como por personal del equipo de la Diócesis. Finalizado el desfile, al lado de una pequeña glorieta, al frente del edificio de la Gobernación del Chocó, donde reposaba el monumento original en honor al patricio liberal Benjamín Herrera, la carroza con la alegoría de protesta por los cinco siglos de ignominia transcurridos fue incinerada en señal de protesta. Gustavo López y Virgilio Bueno Rubio, en compañía de una pequeña multitud que coreaba consignas, fueron testigos de cómo su arte desaparecía consumido por las llamas.

Etnoeducador

«Hoy, el Consejo Comunitario General del San Juan, ACADESAN, rinde tributo a un hombre que hizo de la enseñanza un acto de fe y resistencia. El Licenciado Virgilio Bueno Rubio no solo fue un docente de secundaria y universidad; fue un arquitecto de la Etnoeducación Intercultural. Con más de 18 años de entrega, Virgilio nos enseñó que el aprendizaje autónomo es la herramienta más poderosa para la libertad de nuestros pueblos. Su huella en la formación de docentes y en la construcción de nuestros modelos educativos (PEI-PEC) es, y será, una guía ineludible para el Chocó. Como experto en diagramación y didáctica, supo darle forma y orden a nuestros sueños como comunidad. Hoy, nos corresponde a nosotros seguir diagramando ese futuro que él tanto proyectó. Desde ACADESAN, enviamos un mensaje de fortaleza a sus familiares y allegados. Su nombre queda grabado en la memoria viva del San Juan».[4]

Este diciente mensaje de ACADESAN, una de las organizaciones étnicas y territoriales históricas del Pacífico y del Chocó, resume el rol que Virgilio desempeñó durante dos décadas como impulsor de la educación propia o etnoeducación en la región. Para ACADESAN, específicamente, Virgilio trabajó como apoyo pedagógico y asesor en su estratégico PEC, Proyecto Etnoeducativo Comunitario, concebido para sustentar en materia étnica, histórica y cultural los planes educativos institucionales (PEI) de los establecimientos educativos que funcionan en el territorio colectivo de ACADESAN. «Magende Suto Prieto: la voz viva de nuestra gente negra en el San Juan», es el nombre del proyecto, inspirado en una expresión de la lengua palenquera. El 15 de abril de 2026, a las 9 de la mañana, Virgilio tenía planeado participar de una reunión virtual con sus compañeros/as de trabajo en este entrañable proceso; a la cual no pudo asistir porque murió en la madrugada.

Legado y herencia

En un mensaje publicado el día de su muerte, uno de sus amigos, Jairo Valoyes Martínez, se refirió a Virgilio como «un ser humano excepcional, […] ejemplo de responsabilidad, vocación y entrega. […] Hoy su partida enluta nuestros corazones, pero también nos invita a recordar con gratitud su vida, sus enseñanzas y los momentos compartidos. Su legado permanecerá vivo en cada recuerdo y en cada persona que fue tocada por su nobleza».

En su funeral, otro de sus amigos, Jesús Médicis Leudo Muriel, expresó: «Uno de mis amigos entrañables es Virgilio Bueno Rubio, que hoy se va. Virgilio fue mi amigo desde el año 85, que trabajamos en el Carrasquilla, luego renunciamos, pensamos que era mejor trabajar independientes, teníamos sus ideales… Virgilio fue un hombre referente, honesto, transparente, trabajador, filántropo; nunca se le negaba a nadie para decir: puedo hacerle este favor o darle esta enseñanza, porque fue un gran maestro. Virgilio vive, su espíritu vive y va a estar en nuestras mentes y corazones, porque lo vamos a recordar siempre en lo que fue: un valiente, un maestro».

Y la reconocida educadora y escritora, investigadora y gestora cultural Ana Gilma Ayala Santos expresó: «Apreciado Virgilio, gracias por las enseñanzas que me dejas; gracias por hacer parte de mi proyecto editorial. Vuela alto, que tu sencillez y capacidad académica sean baluartes para las nuevas generaciones y pilares de resistencia. Descansa en paz, amigo».

Luz de Luna, su hija menor, escribió para El Guarengue: «Virgilio desde su juventud encaminó su vida al servicio de los demás, ejerció un gran liderazgo en procesos con comunidades afrodescendientes e indígenas. Su compromiso con una educación propia, pertinente y transformadora, orientada a la paz, la justicia social y el fortalecimiento cultural de los territorios étnicos, es innegable. La entrega que tuvo hasta su último día de vida, orientando, guiando y apoyando a las personas, comunidades e instituciones, incluso estando afectado en su salud y/o hospitalizado, merecía más reconocimiento, tanto en vida, como de manera póstuma». Y en la misa de exequias finalizó la despedida de su papá con estas palabras: «Su legado nunca morirá, estará vivo siempre en mí y en cada una de las personas a quienes formó. ¡Te amaré por siempre, Padre!».

La sonrisa con la que Virgilio Bueno Rubio se despidió de Gladys su pareja en la noche del 14 de abril, antes de quedarse dormido para siempre, es una parte de su herencia con la que uno también podría quedarse. Virgilio era zurdo. Y los zurdos suelen caminar por el mundo con una sonrisa hecha de genuina bondad y un talento tan enorme que a veces les cuesta saber qué hacer con él… ¡Gracias por todo, amigo Virgilio!



[1] Los testimonios de Luz de Luna Bueno Córdoba que aparecen citados en esta publicación de El Guarengue son tomados de un texto en el que la hija menor de Virgilio Bueno Rubio, generosamente, se refirió a todos los aspectos que le fueron consultados acerca de la vida y la trayectoria de su padre. Igualmente, las fotografías utilizadas fueron cedidas por Luz de Luna para esta publicación. El presbítero Alirio Ortiz, de la Diócesis de Quibdó y amigo de Virgilio, y Efraín Ferrer de la Torre, Coordinador de la Editorial Uniclaretiana, apoyaron también la realización de este homenaje.

[2] Los textos de condolencia por la muerte de Virgilio Bueno Rubio fueron tomados de diversas publicaciones de Facebook, y en todos los casos se les hizo corrección de estilo, básicamente puntuación y ortografía.

[3] Justy Sánchez Caballero. VIRGILIO BUENO RUBIO - Un gran creativo, Soñador y Maestro, con estudios bíblicos que ayudaron a todos a hacer posible el “Sueño” propuesto por Gonzalo de la Torre CMF. Quibdó, 23 de mayo de 2026. Especial para El Guarengue.

[4] ACADESAN en Facebook, 15 de abril de 2026:

https://www.facebook.com/reel/1702054750962123


18/05/2026

 Pachanga y Papá Juan 

Comercio maderero en la Carrera Primera de Quibdó (s.f. y 1989). Hasta bien entrada la década de 1990, gran parte del actual malecón y demás espacio público circundante era usado por comerciantes madereros como depósito y zona de cargue de trozas o polines de maderas finas de los bosques del Atrato en camiones con rumbo a Medellín y Pereira. Los cortejos fúnebres de las 3 p.m., que salían de la catedral rumbo al cementerio, debían transitar entre camiones, polines y polineros. FOTOS: 1-Archivo fotográfico y fílmico del Chocó y 2-Julio César U. H.

Por lo menos una vez al mes, en las mejores épocas de nuestra infancia, íbamos a cine en el Teatro César Conto, cuya entrada se ubicaba sobre la carrera tercera de Quibdó, en un amplio hall del Ocho Pisos, edificio que —vetusto y todo— aún se yergue con algo de su vieja vanidad hacia el cielo quibdoseño.

Los pasteles de Taurina

Un pastel chocoano de arroz, envuelto en hojas de bijao calientes, mojadas, resbaladizas, brillantes a la luz de la pantalla del cine, era el snack con el que nos adentrábamos gozosos en aquella penumbra previa a la película. Tan icónicos como aquel teatro que alcanzó su ruina en manos del abandono y la desidia, y que ya cumple dos periodos presidenciales caminando nuevamente hacia allá, entre promesas tan incumplidas como reiteradas; eran los pasteles de Taurina, que ella misma vendía todas las tardes al frente del teatro, hasta donde llegaba desde La Yesquita con su enorme olla de aluminio repleta de estos pequeños manjares de arroz embijado, aliñado, cuya presa era un centímetro de tocino gordo perdido entre el delicioso y mantecoso potaje de arroz.

Pachanga

En la entrada del Teatro César Conto, veíamos con frecuencia a Pachanga. Al caer la tarde, después del largo baño que se daba en el río Atrato cuando terminaba su jornada de trabajo, Pachanga llegaba hasta allí, en el hombro su eterno y desteñido trapo rojo de tela de dulceabrigo, de pantalones cortos, sin camisa y descalzo o con una camisilla de esqueleto y unas sandalias de caucho “Todos-tenemos”, a curiosear, como nosotros, los anuncios de las película. Igual que a nosotros, a Pachanga le gustaban aquellos afiches coloridos con dibujos a mano, del tamaño de una hoja de cartulina, y las fotografías en blanco y negro, casi siempre impresas en papel brillante, del tamaño de medio cuarto o un cuarto entero de cartulina, con los que se promocionaban las películas. Viendo unos y otras, como nosotros, Pachanga se embelesaba. Y entonces empezaba a musitar, a hablar entre dientes, como si estuviera comentando las escenas.

Nunca supimos quién —en ese pueblo de mamagallistas de oficio— inventó la especie de que lo que pasaba era que Pachanga hablaba inglés y no le gustaba que lo oyeran; y por eso masticaba las palabras y se las volvía a tragar apenas le salían, mientras se imaginaba las historias de las películas que estaban en cartelera y las que próximamente serían estrenos. Más de una vez nos le acercamos, con precaución de espías de película de guerra, para que él no se fuera a enojar —como decían que lo hacía si uno lo molestaba— o a espantar, y entonces se fuera, quién sabe para dónde, y nosotros nos perdiéramos la oportunidad de saber si de verdad lo que hablaba era inglés.

Cuando nos lo encontramos dentro del teatro, antes de la función de matinal o matiné de los domingos, pensábamos que cómo sería si algún día, cuando Pachanga entrara, solamente quedara una silla justo al lado de nosotros. Pero, nunca se dio. Y las veces que nosotros entramos y ya él estaba sentado, podríamos habernos acomodado al lado de Pachanga, pero no fuimos capaces de hacerlo. Nos lo impidió siempre un temor nacido de la leyenda de que a Pachanga no le gustaba que uno anduviera en confiancitas con él y que cuando se enojaba lo mandaba a uno lejos de una trompada o de un grito, según fuera uno adulto o niño. Sin embargo, Pachanga siempre esbozaba una sonrisa, a modo de saludo antes de seguir de largo, cuando se topaba en la calle con muchachitos de escuela como nosotros, para quien él era una especie de héroe.

1-Edificio Ocho Pisos, vista frontal. Carrera Tercera. con calle 24. 2-Edificio Ocho Pisos, vista posterior y entrada a la obra del nuevo teatro César Conto. 3-Construcción del nuevo teatro César Conto, en la Carrera Tercera con calle 24A. FOTOS: Julio César U. H., Quibdó, marzo de 2026.

Papá Juan

Papá Juan cargaba una nevera sobre su espalda y en su cuello llevaba una toalla pequeña, la primera vez que yo lo vi de cerca. Caminaba presuroso, a pesar de la carga, por la calle de Munguidocito. Lo seguí, para ver hasta dónde llegaba. Descargó la nevera en una tienda pequeña, por los lados de Cristo Rey; y entonces me di cuenta, porque él lo dijo, que venía enfilado desde la Cabecera, casi un kilómetro atrás. Me impresionó su estatura: no alcanzaba la de Atanasio Pisapasito, pero sí medía casi Pachanga y medio.

A diferencia de Pachanga, Papá Juan vestía siempre camisa y pantalones largos, suficientemente usados, como ropa de trabajo. Sus camisas podían ser de manga corta o larga e incluso algunas veces, quizás porque el calor apremiaba, vimos a Papá Juan con camisas a las que le habían desprendido las mangas. Aunque la mayor parte del tiempo caminaba descalzo, tenía unos tenis de lona y caucho, de los que en Quibdó se conocían como champios, que a veces se ponía cuando descargaba los camiones que viajaban por la trocha entre Quibdó y Antioquia.

Con su trapo rojo al hombro
y descalzo, se ve a Papá Juan
en la carrera 1a. con calle 25,
en Quibdó. Foto sin datar.
Cortesía: Américo Murillo 
Londoño. 

Papá Juan no se calveaba, ni tenía barriga, como Pachanga. Pero sí se motilaba bajito, de modo que uno podía ver cómo las virutas blancas y negras se iban tupiendo sobre su cabeza antes de que él decidiera volverse a peluquear el pequeño y compacto afro que se le formaba. Su barba, rala, era también canosa. O no se la afeitaba mucho o no le crecía mucho, pues casi siempre se le alcanzaba a ver como una sombra o una nube rodeando su mentón, grisácea y oscura como cuando iba a llover, blancuzca y dispersa como cuando el aguacero terminaba en una simple llovizna. Entre el pelo y la barba, si uno lo miraba de refilón, Papá Juan tenía cierto aire al Sonero Mayor, Ismael Rivera. Alto, longilíneo, plano y musculoso, casi macizo, Papá Juan tenía pinta de abuelo joven. Mientras que Pachanga, si bien era también bastante macizo, quizás más que Papá Juan, era de baja estatura, regordete —aunque era templada su barriga no tan prominente— y sus brazos eran bastante menos largos. Así que, mientras Papá Juan podía, él solo, alzar un enfriador, una estufa o una nevera, porque sus brazos le alcanzaban para abarcarlos y levantarlos en peso; Pachanga podía alzarlos y transportarlos, todos y cada uno de ellos, pero la longitud de sus brazos no le alcanzaba para rodearlos, abarcarlos y levantarlos con su propia fuerza. Papá Juan tenía el aguaje de Sonny Liston. Pachanga tenía la parsimonia de Angelo Dundee.

Papá Juan saludaba con palabras e incluso por su nombre a gente que conocía. Pachanga, por lo general, lo hacía con gestos; y sus palabras eran ininteligibles cuando hablaba, así fueran en español y no en el supuesto inglés que los ladinos del pueblo habían inventado que él dominaba.

Polineros

Pachanga y Papá Juan fueron dos de los cargueros, coteros o estibadores más conocidos en Quibdó entre finales de los años 60 —época del gran incendio que devastó esperanzas y capitales, historias y porvenires, en el centro de la ciudad— y la década de los 70, cuyo advenimiento trajo la remodelación o reconstrucción parcial de la ciudad, la expansión de los planes de vivienda del Inscredial en el barrio Niño Jesús y la interconexión eléctrica.

También por aquellos tiempos, y ante los ojos de todo el mundo, la orilla del río contigua a la Carrera Primera —donde el incendio de 1966 había arrasado casas y comercios— fue convertida por comerciantes antioqueños en depósito y zona de cargue de polines de miles de metros cúbicos de madera fina, que a mañana y tarde salían con rumbo a Medellín y Pereira en los camiones que allí mismo se parqueaban. Pachanga y Papá Juan estuvieron entre los primeros polineros, como se denominó a los cargueros que se especializaron en subir las enormes trozas de madera o polines hasta los camiones y acomodarlas tan perfectamente como en un juego de Jenga. 

En decenas de camiones, cada semana, viajaban —compradas a precio de huevo— extensiones cada vez más grandes de selva atrateña; a la luz del día y a sabiendas de cuanta autoridad o institución pública tuviera o no que ver con el asunto. En aquellos camiones también se iban los sudores y los achaques de los polineros, cuyos despliegues de fuerza tenían menos de proeza que de tributo a la necesidad, y cuya vida se esfumaba día a día  a la misma velocidad que las riquezas de estos montes que a pulso ellos cargaban a cambio de su subsistencia.

Aunque no pasó de ser un detalle adicional y no verificado de la leyenda, se decía que ambos habían sido bogas en el Atrato, antes de asentarse en Quibdó. Lo que sí fue evidente es que, antes de convertirse en un par de titanes dentro del gremio de cargueros, coteros, estibadores o polineros de la ciudad, los dos trabajaron en oficios varios, trasteos y acarreos domésticos y comerciales. Pachanga se llamaba Domingo Martínez. Papá Juan se llamaba José Ángel Palacios. Pero, de su vida y de su muerte nadie nunca supo nada más.

11/05/2026

 En el Día del Maestro 

*Escudo de la Normal de Quibdó y Mosaico de graduados del curso 6°A del año 1977. Fotos: Julio César U. H. / El Guarengue.

Se conmemora y celebra este 15 de mayo, como cada año, el Día del Maestro. Una fecha en la que siempre será grato recordar a quienes guiaron los primeros pasos escolares de nuestras vidas, el descubrimiento de las primeras letras y el acceso a los primeros conocimientos formales y sistemáticos sobre diversas materias. Cómo no recordar, por ejemplo, a mi maestra de primeras letras, María Olga Mena de Calimeño, la Seño Olaya; y a su hermana, la Seño Bibiana Mena, quien fue mi maestra en segundo y tercero de primaria. Igualmente, al profesor Roger Hinestroza Moreno, con quien aprendimos, en los cursos 4° B y 5° B, que el oro es tenaz, dúctil y maleable; que el agua en estado puro es «inodora, incolora e insabora»; que la tierra gira sobre sí misma como un trompo gira sobre su herrón; y que todos los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren, incluso si son seres humanos tan buenos y maestros tan excelsos como él.

Con la Seño Olaya en primero, la Seño Bibiana en segundo y tercero, y el Profesor Roger en cuarto y quinto, transcurrió nuestra educación primaria en la Escuela Anexa a la Normal Superior de Quibdó, dirigida entonces por otro maestro insigne, tan serio como afable: don Arnulfo Herrera Lenis, de quien siempre tuvimos un saludo atento y su preocupación por nuestro bienestar, que sentía como parte sustancial de su trabajo de Director. De sus manos recibimos el diploma de 5º de Primaria, que a la mayoría nos dio paso a continuar los estudios en la Escuela Normal Superior de Quibdó.

Allí en la Normal, que en el 2026 cumple 90 años de existencia, nos encontramos también con maestros memorables, como Gonzalo Moreno Lemos (Historia Moderna y Contemporánea de América), Plinio Palacios Muriel (Castellano, Redacción y Ortografía; Español), Luz Amparo Mosquera (Introducción a las Ciencias; Biología; Química), Edgar Moreno (Aritmética, Álgebra, Geometría), Tirso Quesada Martínez (Inglés), Jorge I. Moreno (Dibujo, Taller de Material Didáctico, Historia del Arte y Taller de Ayudas Educativas), Imelba Valencia de Valencia (Coordinadora de Prácticas Pedagógicas), Francisco Caicedo Matute (Fundamentos y Técnicas de la Educación, Coordinador de Prácticas), Héctor Moya Guerrero (Comportamiento y Salud), Jesús Cuesta Porras (Física, Análisis Matemático) y el Padre Rodrigo Maya Yepes, quien en sus entretenidas clases de Religión, haciendo uso de materiales didácticos de vanguardia, como los radiodramas de la serie «El Padre Vicente, Diario de un cura de barrio», original de Mario Kaplún (1923-1998), famoso maestro, escritor y teórico de las Ciencias de la Comunicación en América Latina, nos mostró las novedades de la cuestión social y el humanismo que a la iglesia católica habían llegado con el Concilio Vaticano II. Todo ello bajo la magnífica rectoría de don Jorge Valencia Díaz, cuya presencia en la Normal incluyó los seis años que cursamos ahí hasta graduarnos.

El profesor Gonzalo Moreno Lemos y su esposa. 
Foto cedida por Rose Mary Moreno Castillo. s.f.

GOLEM
Capítulo aparte en nuestra memoria normalista ocupa Gonzalo Moreno Lemos (GOMOLEMOS o GOLEM), quien fue nuestro inolvidable director de grupo de 3° a 6°. Cuatro años en los que se tomó seriamente su labor, orientada a que nosotros fuéramos buenos compañeros, solidarios y fraternos (la Hermandad de Golem, nos llama ahora uno de los guasones del salón); a que fuéramos buenos estudiantes y no nos metiéramos en problemas disciplinarios; y a que desde cuatro años atrás hiciéramos lo necesario para que llegado el momento tuviéramos con qué celebrar nuestro grado y adelantar algunas acciones conmemorativas.

Así, gracias al sentido común y al pragmatismo del profesor Gonzalo, fue posible que, al llegar al último año de estudios, contáramos con un fondo económico común, suficiente para pagar la elaboración de un bonito mosaico de graduados, que fue tan diestramente diseñado y ejecutado por uno de los artistas del salón: José Mosley Tréllez Moreno (JOMOSTREMO), como inopinadamente extraviado años después por nuestra querida Normal, seguramente como parte de algún lote de trebejos o cachivaches estorbosos o entre los escombros de una de sus tantas reparaciones locativas, previas a su megaestructura actual. Gracias a la idea de GOLEM, a los 24 estudiantes de 6° A 1977 nos quedaron fotos individuales en blanco y negro, tamaño documento, de las mismas que fueron utilizadas para el mosaico, y una copia fotográfica de bolsillo, plastificada, de los diplomas y del propio mosaico; todas ellas con esa calidad inobjetable de revelado y copia que permite su conservación en buen estado casi medio siglo después.

Con recursos de ese mismo fondo y una pequeña cuota adicional, recogida mes a mes, antes de graduarnos fuimos de paseo a Tadó, en donde nos hospedaron en los dormitorios del internado de la Escuela Vocacional Agropecuaria, en la que el profesor Gonzalo había trabajado antes de la Normal de Quibdó. Baños de río, torneos deportivos, juego de billar, bailadero, regreso a oscuras por la carretera a media noche desde el pueblo hasta la Vocacional, muchas risas y una sensación de estar empezando a descubrir el mundo, nos quedaron en la memoria de aquel paseo.

El profesor Gonzalo Moreno Lemos
el día de su grado como Licenciado
en Sociales, en la UTCH.
Foto cedida por Rose Mary
Moreno Castillo. s.f.
Nacido en Bagadó–Chocó, el 5 de abril de 1.936 y fallecido en Cali el 6 de diciembre del 2000; Gonzalo Moreno Lemos, quien este año habría cumplido 90, formó parte de las primeras cohortes de estudiantes de la Universidad Tecnológica del Chocó Diego Luis Córdoba, UTCH, donde recibió en 1978 su título de Licenciado Ciencias Sociales y Económicas. Antes de llegar a la Normal de Quibdó, donde se había graduado como Maestro Superior, el profesor Gonzalo Moreno Lemos trabajó en escuelas primarias de Unguía (Darién chocoano) y Lloró (alto Atrato); de donde pasó a la famosa Escuela Vocacional Agropecuaria de Tadó, EVA, que para entonces contaba con un internado para alojar a los jóvenes de las zonas rurales. De allí pasó a la Escuela Normal Nacional para Varones de Quibdó, que fue donde lo dejamos cuando nos graduamos y nos despedimos de él como nuestro querido Director de Grupo. Lo volveríamos a ver en dos o tres ocasiones, en los años subsiguientes, cuando muchos de nosotros ya no vivíamos en Quibdó e íbamos a saludarlo en vacaciones en su casa del barrio Niño Jesús, vecina de los antiguos predios de la Normal, donde vivía con su esposa Argentina Castillo Obregón, oriunda de Lloró, de cuyo matrimonio nacieron 6 hijos, 2 hombres y cuatro mujeres: Gonzalo Zenón, Rose Mary, Elvia Nery, Nancy Argentina, Jhon Gonzalo y Orly Sugey Moreno Castillo.

Gonzalo Moreno Lemos fue un erudito profesor de Geografía y de Historia. Su curso de Historia Moderna y Contemporánea de América, que nos impartió cuando estábamos en tercer grado en la Normal, fue un significativo recorrido por los caminos del continente entre la segunda mitad del siglo XIX y lo que iba transcurrido del siglo XX. Además de los datos canónicos sobre independencias y repúblicas, partidos y guerras civiles, el profesor Gonzalo nos habló de la prepotencia antidemocrática de los Estados Unidos, de sus violaciones internas de derechos humanos y civiles; nos habló de Cuba y su naciente socialismo, de Chile y la violenta dictadura de Pinochet; y de la existencia y el papel de la OEA, cuyo Secretario General de aquel momento era el ecuatoriano Galo Plaza; entre otros tópicos y datos que resultaban bastante atractivos, pues no era frecuente que los cursos oficiales de Historia de los colegios incluyeran datos inteligibles del presente, ya que la enseñanza escolar de la historia se asociaba por lo general a pasados que entre más remotos fueran más históricos se consideraban. En ese sentido, fue genial estudiar Historia con Gonzalo.

Su voz de tribuno se iba entonando a medida que avanzaban los minutos de sus exposiciones en clase, hasta alcanzar volúmenes tales que podía oírse en los claustros del segundo piso, donde quedaba aquella aula y en un poco más de medio edificio de la antigua Normal. Verbos como remembrar y barruntar, sustantivos como barrunto, remembranza y trasunto, y adjetivos como epónimo, que parecían sacados de un crucigrama dominical de los que Bolaños y yo aún no éramos capaces de resolver; se los oímos por primera vez al profesor Gonzalo, quien no solamente los usaba en sus clases, sino también en las charlas con el grupo o en conversaciones individuales sobre disciplina o rendimiento escolar, momentos estos en los que el tribuno se transformaba en consejero y su voz tenía otro tono y un acento indescifrable, que al difunto CAJA y a mí nos divertía mucho imitar.

6°A 1977 cuarenta años después (28 de diciembre de 2017). Encuentro conmemorativo en Quibdó. Los dos primeros de la fila de abajo, de derecha a izquierda son Jesús Erwin Mosquera (JEMA), fallecido el 23 de mayo de 2021; y Jhon Alberto Córdoba Ampudia (CAJA), fallecido el 6 de enero de 2026. FOTO: Archivo El Guarengue

Fueron buenos esos once años de nuestras vidas, que pasamos en la Escuela Normal Superior de Quibdó: cinco de ellos en su Escuela Anexa y como normalistas los otros seis. Perenne gratitud con quienes lo hicieron posible desde su magisterio, como Roger y Golem. Gracias a  los compañeros con quienes la camaradería original nacida en los pupitres y recreos escolares se ha conservado y cultivado a lo largo de nuestras vidas, desde la última vez que cantamos oficialmente el Himno de la Normal, aquel primer viernes de ese diciembre inolvidable, cuando vimos por última vez a Gonzalo Moreno Lemos vestido con un pantalón azul rey, un saco gris, una camisa blanca y una corbata negra, sentado en uno de los extremos de la mesa principal, sonriente, satisfecho, feliz de estrechar nuestras manos en el momento en el que nos hacían entrega de nuestro diploma de Maestros Bachilleres.

04/05/2026

  Un ejemplo de humanidad y compromiso con la vida.  
Evocación de Juana Padilla 

*Juana Padilla en Tanguí: 1991, 2018 y s.f. FOTOS: Sor Gabriela Vásquez, Voces Defensoras y Cortesía.

Juana Padilla Mena, quien el próximo septiembre cumpliría 85 años, falleció el martes 28 de abril de 2026. La noticia nos abrumó a quienes tuvimos la inmensa fortuna de conocerla. El luto generalizado, el dolor inmediato y una tristeza profunda se convirtieron en un minuto de silencio de las orillas y los montes en la cuenca media del río Atrato, mientras el cielo lloviznaba afligido instantes antes de que el sol resplandeciera para iluminar el camino de Juana hacia la eternidad.

Mensajes unánimes

Las Seglares Claretianas de la Diócesis de Quibdó, movimiento al que Juana pertenecía de corazón, anunciaron su fallecimiento a menos de dos horas de haberse producido: «Hoy, a las 6:25 a.m., se nos fue a la casa del Padre Juana Padilla (Juanita, la bondad hecha persona). Qué vacío nos deja y qué dolor tan grande nos produce su separación. Gracias, Juanita, por tu vida llena de servicio y amor para todas las personas. Te invocamos como madre y matrona del Atrato. Sigue acompañando a las comunidades en la lucha por la dignidad, la igualdad, la justicia, la fraternidad y la solidaridad. Nunca te olvidaremos y seguiremos tu legado. Descansa en paz al lado de tu Señor, el Dios de la Vida».

La Alcaldía del Medio Atrato, municipio del cual es corregimiento Tanguí, el pueblo donde Juana vivió desde los ocho años de edad, expresó en su comunicado público de condolencias: «Hija de Tanguí y, a la vez, madre, tía, abuela, mentora y líder para todo su pueblo; Juana Padilla, conocida con cariño como “Juanoca”, “mamá Juana”, “tía Juana” o “doña Juana”, fue una mujer ejemplar: hospitalaria, bondadosa y una de las grandes matronas de Tanguí».[1] La Diócesis de Quibdó, a través de la Pastoral Social se refirió a ella como «lideresa, defensora de derechos humanos, matrona, sabedora, madre, amiga y compañera de trabajo»; y en el comunicado suscrito por el Obispo anotó: «Doña Juana fue una gran matrona del municipio del Medio Atrato (Tanguí), se distinguió por una vida llena de servicio, amor y trabajo por la comunidad atrateña».

Mensajes de condolencia de la Diócesis de Quibdó,la Alcaldía del Medio Atrato y el Foro Interétnico Solidaridad Chocó (FISCH) por la muerte de la matriarca atrateña Juana Padilla Mena. Imágenes tomadas de la página de Facebook de cada entidad.

La casa de todos

En su magnífica investigación sobre la Fiesta de San Antonio de Padua en Tanguí como escenario y expresión de resistencia festiva, que fue su trabajo de grado para la Maestría en Antropología de la Universidad de los Andes; José Oscar Córdoba Lizcano, el nunca bien lamentado misionero claretiano que sucumbió al masivo ataque del Covid-19 cuando se desempeñaba como Rector de la Uniclaretiana, la universidad que su congregación religiosa fundó para democratizar el acceso y el derecho a educación superior de calidad, en su descripción de los rituales de la fiesta, relata que, cuando la misa del santo termina, la gente se va agrupando en diversos sitios para charlar y seguir compartiendo: «Siempre hay lugares privilegiados para estos encuentros: al frente de la capilla, en la calle principal, en las discotecas y donde nunca falla la gente, que es la casa de Juana Padilla. Son pocas las personas de Tanguí y de los visitantes que no pasan en algún momento por esta casa; aquí siempre hay personas reunidas, convocadas en forma espontánea, ya sean niños, jóvenes, adultos o todos revueltos. Sin duda es un gran referente. En esta casa se da el “milagro bíblico” de la multiplicación de los panes, pues hay comida para quien llegue, aun a veces para personas desconocidas o que poco se conocen en el pueblo».[2]

Y siempre fue igual, aunque no estuviera de por medio la fiesta patronal. Como lo vivió la ingeniera agrónoma Sor Gabriela Vásquez, dieciocho años antes del relato de José Oscar: «Siempre recuerdo su hermosa sonrisa, nada escasa en cada momento que compartíamos, así como lo querendona y complaciente. Sus delicados detalles fueron incontables… Ella sabía que me encantaba el plátano maduro y, cuando sabía que yo llegaba a Tanguí, me llevaba a la cocina y en un plato cubierto completamente con un perol de fritar, me mostraba lo que había preparado para mí: 1, 2 o 3 plátanos maduros, asados a las brasas. Me los servía, acompañados muchas veces de pescado, también asado o frito, o me servía “vacío”, es decir, solo los maduros».[3] Al igual que el ingeniero agrónomo Roberto Velásquez lo experimentó por la misma época: «Juana Padilla, mujer líderesa y matrona del Medio Atrato, me recibió en su casa en 1990. Por eso mi primer hogar fue Tanguí».[4]

Tanguí, 1991. Luis Ernesto Mosquera, líder comunitario; Sor Gabriela Vásquez, Ingeniera Agrónoma; Juana Padilla y la señora Maruja Torres, madre de Gaby, quien se encontraba de visita. FOTO: Sor Gabriela Vásquez (Gaby).

La conclusión de José Oscar Córdoba Lizcano es clara y diciente sobre los alcances de la hospitalidad de Juana Padilla. «Si bien es cierto que el templo religioso y las discotecas también son lugares de gran convocatoria, la diferencia entre estos y la casa de Juana Padilla radica en que esta, a pesar de tener allí su tienda, en tiempos de fiesta permanece siempre de puertas abiertas; aun en las noches se puede empujar suavemente la puerta y esta se abrirá. Su sala grande, las tantas habitaciones y camas que tiene, al igual que la acogida y actitud fraterna y solidaria de Juana, hacen de esta casa “la casa de todos”».[5] Y él sí que puede decirlo. En los agradecimientos de su trabajo de grado, incluye a Juana de la siguiente y significativa manera: «A la comunidad de Tanguí por participarme su sabiduría, respaldo y acogida durante el necesario trabajo de campo, en especial a Juana Padilla porque su casa se convirtió en mi casa y ella en una segunda madre».[6]

Del mismo modo que pueden decirlo las Seglares Claretianas, como la misionera hispanocolombiana Aurora Bailón, quien ha pasado una buena parte de su vida en el Chocó y fue durante décadas una de las mejores amigas de Juana Padilla, quien siempre vivió con todas y cada una de las seglares un claro ejemplo de sororidad. «Su casa siempre estuvo abierta para recibir al que llegara, brindándole acogida y hospitalidad. Con estas acciones, su liderazgo comunitario —ejercido desde la cotidianidad de la vida y dándole un sentido de trascendencia— llegaba al corazón de la gente y poco a poco fue ampliando su influencia hasta convertirse en madrina del Atrato».[7]

«Madrina del Atrato, solidaridad hecha luz, presencia tierna de Dios, ráfaga de viento impetuoso»

Así la llama otro misionero claretiano y poeta, uno de los curas más recordados en Quibdó y en todo el Atrato: Javier Pulgarín Toro, en su libro “Flauta de Cristal”.[8] Como lo explica Aurorita: «Estas expresiones no son gratuitas; corresponden al papel que ha jugado en la comunidad y en el proceso organizativo del Medio Atrato, como mujer, matrona, lideresa y sabia comunitaria. Juanita es una mujer humilde, sencilla, luchadora, alegre y servicial que transmite confianza y seguridad… Juanita con su sabiduría aconsejaba a niños, jóvenes y adultos con cariño, honestidad y mucho tacto, buscando el crecimiento de las personas y la convivencia armónica en la comunidad. Juanita fue una mujer de mucha fe».[9]

Roberto Velásquez, cuyos trabajos como agrónomo marcaron una época en Tanguí y en todo el Medio Atrato, expresa al respecto: «Ella, acompañante de las Comunidades Eclesiales de Base, cultivó un evangelio de Jesús popular y liberador, semilla de la Asociación Campesina Integral del Atrato - ACIA. Juana es testimonio vivo de solidaridad, alegría y resistencia. Defensora incansable de la identidad y territorio del pueblo negro».[10]

Sor Gabriela Vásquez (Gaby), cuyo profesionalismo y capacidad de diálogo con las «epistemologías de la manigua»[11] de los campesinos medioatrateños hicieron posible avances relevantes en la cualificación de los sistemas productivos tradicionales del Medio Atrato, anota en este sentido: «Su casa era la casa de todos los que allí llegábamos: misioneros, líderes, académicos, artistas, religiosos, etc.; allí sentíamos que teníamos dónde llegar y quién nos recibiera con alegría y generosidad, pilar fundamental para los procesos de formación y organización comunitaria. Juana Padilla apoyó los procesos organizativos como si fueran sus ideales muy personales, muy sentidos, muy de su comunidad, la que se extendía por todo el Atrato y sus afluentes… Cada que yo programaba algún evento de capacitación agronómica, Juana me ayudaba a convocar a las personas pues sabía claramente quiénes podrían y estarían interesados en participar, como era el caso del trabajo con la caña, y la elaboración de miel y panela. Muy entusiasmada para que las fincas fueran biodiversas y productivas, promovió conmigo la siembra de especies frutales de la zona, como borojó y guayaba, además de las diferentes especies de plátanos».[12]

Martha Inés Asprilla Pino, Seglar Claretiana, quien compartiera con ella durante más de cuatro décadas, la recuerda conmovida: «Juanita fue una mujer muy significativa para nosotras como misioneras y acompañantes de los procesos organizativos de las comunidades campesinas del Medio Atrato. Era una mujer de mucha energía positiva y de mucha fe, que siempre acogía con abrazos, sonrisas, palabras cálidas; siempre era muy dulce en su expresión: cuando uno hablaba con ella sentía tranquilidad y paz. Con Juana compartimos momentos muy bonitos y momentos muy difíciles, como su secuestro y los desplazamientos forzados de la comunidad, que le ocasionaron mucho dolor. Ella fue siempre eje de la comunidad, la mamá de todo el mundo, una mamá para la gente del Atrato». Gloria Teresa Gómez, quien reside hace algunos años en España, y compartió con Juana a finales de la década de 1980 y comienzos de los 90, cuando trabajó en el Medio Atrato, dijo al saber la noticia: «Me causó mucha tristeza la partida de Juanita. Me ilusionaba ir a Colombia y que ella fuera una de las primeras personas que pudiera saludar y abrazar». Así, entrañable e inolvidable, era Juana.

Juana Padilla en su casa de Tanguí, en 1991, con Luis Ernesto Mosquera, líder comunitario; su hija Cristina y la señora Maruja Torres, madre de Gaby. FOTO: Sor Gabriela Vásquez (Gaby).

Faro y guía

Juana Padilla «fue una de las fundadoras de la Asociación Campesina Integral del Atrato (ACIA), participando en reuniones comunitarias, encuentros zonales y asambleas generales. El liderazgo de Juanita unido al de otros líderes y lideresas de Tanguí ayudó a que la comunidad no se vinculara de manera directa y consciente con alguno de los actores armados que frecuentaban la zona. Tanguí se convirtió en una comunidad amenazada por todos los actores armados porque veían en su organización un gran impedimento para el logro de sus intereses».[13]

La profunda convicción de gente como Juana, como Saturnino, como Florentino, impidieron que la hecatombe programada por las fuerzas del mal de la política nacional se produjera en Tanguí. Y en ello incidió la preocupación, muy afrochocoana desde los tiempos de Diego Luis y de la Generación de la Dignidad, de ascender a la libertad por la vía de la educación. «También los líderes y lideresas se preocuparon de que los jóvenes estudiaran y actualmente cuentan con un buen número de profesionales que inciden de manera directa y positiva en favor del pueblo», explica Aurora.[14] Lo cual corrobora José Oscar en su trabajo de grado, donde —luego de presentar una lista representativa de una docena de profesionales universitarios tanguiseños— explica: «Es importante resaltar que en las zonas rurales del Chocó no es muy común que pueblos tan pequeños cuenten con tantos profesionales de incidencia directa y positiva a favor de la comunidad».[15]

Gaby relata esta misma parte de la historia desde una perspectiva en la que mixtura las dotes personales con los aportes comunitarios y organizativos de Juana Padilla: «Juana era respetada y reconocida con autoridad en las comunidades. Su casa era también referente para el disfrute y la integración, para atender visitas de amigos y líderes venidos de otras comunidades y regiones, como hogar que daba la bienvenida y acogía para el trabajo mancomunado. Participaba en las reuniones, con su voz retumbante, enérgica y decidida, y sus palabras eran tenidas en cuenta por su gran reconocimiento en la comunidad. Sentirse negra y, por qué no, también indígena, y codueña del territorio, ayudó a integrar a la comunidad para lograr objetivos comunes que, años después, se concretaron en la Ley 70 de 1993».[16]

Parentela

A Juana Padilla la acompañaban siempre “la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta”.[17] Ello explica que uno pudiera, siempre, ser uno mismo cuando estaba con ella. Pero, también, Juana tenía su propia familia. Hija de Zoila Mena y de José Lorenzo Padilla, tuvo cinco hermanos, todos fallecidos. Nació el 8 de septiembre de 1941, en Nauritá, en la desembocadura del río Nauritá al río Neguá, afluente del río Atrato. «Cuando tenía 8 años, su familia se fue a vivir a Tanguí».[18] Con Roberto Rodríguez Córdoba, tuvo cinco hijos, tres hombres y dos mujeres: Roberto Rodríguez Padilla (Robertico), el mayor, presbítero, misionero claretiano y recientemente posesionado como rector de la Fundación Universitaria Claretiana, Uniclaretiana. Norberto (el Coloradito de Juana Padilla), compositor y músico, uno de los más claros exponentes contemporáneos de la Chirimía chocoana, que hizo de su agrupación Tanguí Chirimía una institución memorable y con sus composiciones e interpretaciones refrescó el entonces pasmado panorama de la música vernácula regional. Ramiro (Ramo), abogado, exalcalde municipal del Medio Atrato, actualmente asesor jurídico del FISCH (Foro Interétnico Solidaridad Chocó) y de otros procesos étnico-territoriales; uno de los precursores —junto con Richard Moreno, hijo de Saturnino— de la propia defensa de los derechos humanos étnicos y territoriales en las organizaciones del Chocó. Isela (India), quien se desempeña como docente. Y Juana Cristina (Juanita o Cristi), Trabajadora Social… Juana Padilla alcanzó a conocer un total de 13 nietos y acogió como propios a los hijos de su marido.

“Resistencia festiva”

Juana Padilla nunca ejerció su compromiso comunitario y social en desmedro de su familia. Quizás porque en su caso sí que era literalmente cierto que en su corazón y en su alma, además de su parentela directa, cabía toda su parentela extensa de Tanguí y del Atrato Medio. Parentelas estas que sufrieron lo que no está escrito cuando, como lo denunció en su momento el Observatorio para la Protección de los Defensores de Derechos Humanos, de la Organización Mundial Contra la Tortura (OMCT) y de la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH), «el 30 de agosto de 2007 hacia las 7:30 p.m., guerrilleros del Frente 34 de las FARC incursionaron en la Comunidad de Tanguí y se dirigieron a la casa de habitación de la Sra. Juana Padilla Mena, una de las fundadoras de la organización COCOMACIA y madre del alcalde del municipio de Medio Atrato. Una vez penetraron en la casa de la Sra. Juana Padilla Mena procedieron a retenerla en contra de su voluntad y con ella retuvieron también al Sr. Rodrigo Rodríguez Córdoba, líder comunitario y laico misionero de la Diócesis de Quibdó desde hace 10 años, quien además es hermano del mencionado alcalde».[19] Cuatro días después, cuando faltaba una semana para su 66° cumpleaños, Juana fue liberada, al igual que su entenado... Las ONG que denunciaron su retención se refirieron a ella como «una autoridad tradicional del pueblo, una matrona comunitaria en torno a la cual se reúne la comunidad para resolver las dificultades comunitarias»[20].

Como lo dejó contado José Oscar Córdoba en su investigación sobre la Fiesta de San Antonio de Padua en Tanguí, Chocó, en el contexto del conflicto armado (1996-2008): «En las fiestas del 2008, la comunidad hizo un homenaje sentido a Juana Padilla el día 13 [de junio] durante la procesión de San Antonio. Allí ella agradeció al santo por su liberación, prometió no abandonar el pueblo y la gente festejó este hecho con gran alegría. Sin duda, esta fue también una manera de estimular la resistencia de la comunidad en su territorio ancestral».[21]

Una vida ejemplar

«Este ha sido un momento de encuentro con muchas personas, no solo de Tanguí, de todo el Atrato, de COCOMACIA, convocadas por Juanita. Hoy, con su partida, vienen los abrazos con cada persona tanguiseña, manifestando profundos sentimientos: …Se nos fue Juanita, que siempre ha sido amor, ternura, solidaridad, compromiso, entrega… Juanita fue todo para nosotros. Nos deja una gran responsabilidad… Hoy Juanita nos ha vuelto a unir... Me abrazan… Tanguí está presente en cada uno de nosotros… En la Funeraria "La Esperanza", en Quibdó, la calle casi no da paso a carros y motos. En el interior de la funeraria no hay espacio para entrar. Juanita en este momento nos ha convocado a todos… al Atrato, a COCOMACIA… No había visto un velorio tan concurrido…». Escribe Justy Sánchez, alma de las Seglares Claretianas, esa misma noche del velorio de Juana Padilla en Quibdó.

Su ejemplo de humanidad y compromiso con la vida vivirá por siempre en la memoria de la comunidad de Tanguí, corregimiento del municipio del Medio Atrato en el departamento del Chocó; y en todas las orillas y todos los montes del Atrato Medio, en donde su vida seguirá siendo baluarte de la memoria y adalid de la justicia social, étnica y ambiental. Gloria eterna a su vida fructífera y comprometida. Perenne será tu recuerdo, gran señora, Juana Padilla... «Quisiera darte el cielo, pero el Dios de la vida te lo dará», cantó su hijo Norberto en la multitudinaria despedida comunitaria que fueron sus exequias en Tanguí el último día de abril.



[1] Facebook Alcaldía del Medio Atrato, 28 de abril, 11:49 a.m. 

https://www.facebook.com/share/p/1BKUsmf4aZ/

[3] Testimonio de Sor Gabriela Vásquez para El Guarengue, 28 de abril de 2026.

[5] José Oscar Córdoba Lizcano. “Resistencia festiva. Fiesta de San Antonio de Padua en Tanguí (1996-2008) en el contexto del conflicto armado”. Universidad de los Andes. Facultad de Ciencias Sociales. Departamento de Antropología. Trabajo de grado presentado para optar al título de Magíster en Antropología. Bogotá, Enero 2009. 122 pág. Pág. 81.

[6] Ibidem. Pág. 3.

[8] Javier Pulgarín Toro. Flauta de cristal. Medellín (Colombia): Editorial Nuevo Milenio, 2009.

[9] Aurora Bailón. Seglares Claretianas Quibdó. Reseña de Juana Padilla Mena, para El Guarengue. Mayo 02 de 2026.

[10] Testimonio de Roberto Velásquez para El Guarengue, 28 de abril de 2026.

[11] Este concepto es original de Jhonmer Hinestroza Ramírez y fue tema y título de su tesis de doctorado en Ciencias Sociales en la Universidad Pontificia Bolivariana, UPB, de Medellín (Colombia)Epistemologías de la manigua: genealogía de su esclavización en el Chocó, Colombia / 1ª edición – Medellín: UPB. 2023 – 269 páginas. (Colección Ciencias Sociales, 25). ISBN: 978-628-500-109-3 (versión digital).

[14] Ídem, Ibidem.

[15] José Oscar Córdoba Lizcano. “Resistencia festiva. Fiesta de San Antonio de Padua en Tanguí (1996-2008) en el contexto del conflicto armado”. Universidad de los Andes. Facultad de Ciencias Sociales. Departamento de Antropología. Trabajo de grado presentado para optar al título de Magíster en Antropología. Bogotá, Enero 2009. 122 pág. Pág. 46.

[16] Testimonio de Sor Gabriela Vásquez para El Guarengue, 28 de abril de 2026.

[17] Silvio Rodríguez. Ojalá. 1978.

[18] Aurora Bailón. Seglares Claretianas Quibdó. Reseña de Juana Padilla Mena, para El Guarengue. Mayo 02 de 2026.

[19] OMCT. Colombia 05.09.07. Desaparición forzada de la Sra. Juana Padilla Mena y del Sr. Rodrigo Rodríguez Córdoba, dos líderes comunitarios.

https://www.omct.org/es/recursos/llamamientos-urgentes/forced-disappearance-of-ms-juana-padilla-mena-and-mr-rodrigo-rodr%C3%ADguez-c%C3%B3rdoba-two-community-leaders

[20] Ibidem.

[21] José Oscar Córdoba Lizcano. Trabajo citado. Pág. 106.

N.B. Mi gratitud para Gaby y Aurorita, por sus invaluables aportes documentales para la escritura, edición y publicación de este texto de El Guarengue. Gracias también a Roberto Velásquez, a mi madrina Martha Inés, a la jovencita Gloria Teresa, a Justy Sánchez y a mi amigo José Oscar en la eternidad de la memoria.

Julio César U. H.