20/04/2026

 Voces del Darién Chocoano
«Acandí, Cuentos de mar y río»—

Arriba: Flora Vélez Cuervo, Leidy Jhoana Chaverra y Chía Giraldo Mendoza, autoras de los cuentos que obtuvieron el premio en las categorías Infantil, Juvenil y Adultos, respectivamente, en el Concurso Acandí Cuentos de Mar y Río (marzo-abril 2026). Abajo, autores y autoras cuyos cuentos fueron reconocidos con Mención de Honor: Yolvys Mateo De La Cruz Vallecillo, Estiven Arley López Rodelo y Félix Manuel Chaverra Rodelo, Silvana Córdoba Durango y Leinis Cabarcas Perea. FOTOS: Cortesía de autoras y autores, con autorización de sus padres en los casos necesarios. Edición: El Guarengue.

Entre mediados de marzo y abril, en tres categorías: Infantil (8 a 12 años), Juvenil (13 a 20 años) y Adultos (21 años en adelante), el Santuario de Fauna Acandí, Playón y Playona, de la Unidad de Parques Nacionales Naturales de Colombia, los consejos comunitarios COCOMANORTE, COCOMASECO y COCOMASUR, y la Biblioteca Municipal Miguel Vicente Garrido, convocaron a niños y niñas, jóvenes y adultos de la población del municipio de Acandí, en el Darién chocoano, a que relataran en la modalidad de cuento corto o cuento breve historias alrededor de la tortuga Caná y las tradiciones culturales asociadas a su ciclo de vida, a su preservación y a la conservación de sus hábitats. Se trataba de articular la creación narrativa y literaria de la población a las estrategias comunitarias de monitoreo y conservación ambiental de las tortugas Caná y Carey en Acandí, en cuyas playas cada año se escenifica el milagro de la prolongación de la vida de estas especies.

De Acandí para el mundo
De una importancia ambiental mundial equivalente al fenómeno anual de migración, apareamiento y nacimiento de las ballenas jorobadas (Megaptera novaeangliae) en las playas del Pacífico chocoano; es la ocurrencia anual en el Caribe chocoano, ecorregión del Darién, del regreso de decenas de tortugas Caná (Dermochelys coriacea) y Carey (Eretmochelys imbricata) al sitio donde nacieron, para anidar y depositar los huevos de su descendencia; así como la posterior eclosión de dichos huevos, que dará paso al nacimiento de centenares de bebés tortugas que tendrán que luchar centímetro a centímetro para llegar vivas hasta el mar y allí aprender, en compañía de sus mayores, a sobrevivir hasta alcanzar la madurez, cuando su memoria existencial y genética las traerá de regreso hasta la misma playa para depositar sus propios huevos y seguir prolongando la existencia de la especie.

FOTO
SFAPP-Parques Nacionales

Las tortugas Caná son la especie sombrilla de los ecosistemas acandileros; es decir, la Caná es la especie de cuyo bienestar dependen en gran parte la vida y el futuro del resto de las especies que conviven con ella y, por tanto, la calidad de los hábitats que comparten, incluyendo la oferta ambiental para las comunidades humanas. Las Caná pueden llegar a medir casi tres metros (2,50 – 2,70 m) y pesar hasta 900 kg. Su capacidad viajera es también enorme: existen registros de migraciones que muestran viajes de hasta 20.900 kilómetros en 647 días. “Su caparazón de cuero les permite sumergirse hasta 1000 metros de profundidad en busca de su alimentación… Las hembras se reproducen cada 2 o 3 años y en cada estación reproductora llegan a establecer entre 3 y 11 nidos consecutivos cada 9-11 días”.[1] Su llegada a estas playas comienza en el mes de febrero y alcanza puntos culmen entre abril y mayo de cada año. 

Premios por categoría

En cada categoría, un cuento fue distinguido como ganador y a su autora o autor se le otorgarán diversos premios educativos por parte de los organizadores. En cada categoría se otorgaron también menciones de honor: tres en la infantil, una en la juvenil y una en la de adultos.

Con una voz diáfana y natural, una niña de 9 años, Flora Vélez Cuervo, narra el viaje de las tortugas a través de varios mares del mundo, que las llevan a lugares que no llenan sus expectativas vitales, hasta que llegan a una cálida playa de Acandí, donde, además de su origen y su hogar, encuentran a su madre. Este ingenioso cuento: Las tortugas turisteras, que divierte al lector mientras lo ilustra, obtuvo el premio en la categoría infantil. Los dibujos originales con los que su pequeña autora acompañó e iluminó su relato son tan ingeniosos y expresivos como este.

En la categoría juvenil, fue premiado el cuento Adira, de Leidy Jhoana Chaverra Ávila (19 años). Un cuento bien contado y conmovedor acerca del nacimiento de una tortuga en medio del sufrimiento y las agresiones de su entorno, y su lucha para sobrevivir hasta el día en el que pueda cargar por los mares del mundo algo más que su dolor: la satisfacción de haber prolongado la vida de su especie en unas crías que probablemente no tendrían que sufrir las penurias de su madre; en parte gracias a Marley, la humana que todos deberíamos ser en Acandí y en el mundo.

En la categoría de adultos el premio fue otorgado al cuento titulado Yo soy Caná, de Chía Giraldo Mendoza (21 años). “Cada persona en el mundo es como una Caná”, le dice el abuelo a su nieta, que lo acompaña a cumplir con sus labores de apoyo comunitario a la conservación de la tortuga, cuando ella le confiesa que teme olvidar un día el camino a su casa. A partir de esta escena cotidiana, la autora logra no solamente relatar aspectos fundamentales de la conservación de las tortugas marinas; sino que, además, nos muestra de bella manera uno de los núcleos fundamentales de la vida de estas especies: su eterno retorno al origen, que su abuelo sabiamente aplica a los seres humanos.

Otras voces

Por lo general, en el interior del Chocó, que tiene en Quibdó su epicentro, las voces de las llamadas subregiones, como el Darién, no alcanzan ni siquiera a ser ecos lejanos. Y por eso, de vez en cuando, viene bien que —en honor a la diversidad cultural que como a Colombia también caracteriza al Chocó— escuchemos dichas voces. Y qué mejor ocasión que la lectura de estos relatos maravillosos sobre la vida de las tortugas marinas, escritos en Acandí, donde sus autoras y autores, pequeños y grandes, crecen atestiguando este milagro de la vida. 

El Guarengue les da la bienvenida al universo infinito de las tortugas marinas que en Acandí, rincón caribe y darienita del Chocó, son protegidas y conservadas en beneficio ambiental del mundo, llevados de la mano por el talento de quienes escribieron estos breves y sustanciosos cuentos que los invitamos a leer.

Julio César U. H. 
Abril 2026.

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LOS 3 CUENTOS GANADORES DEL CONCURSO


Las tortugas turisteras
Flora Vélez Cuervo – 9 años – Corregimiento de San Francisco, Acandí (Chocó).

Las tortugas Caná han sido por mucho tiempo una atracción turística, pero casi nadie sabe la historia de ellas. Las tortugas Caná van nadando por todo el mundo como turistas. Un día una tortuga nació en una silenciosa y cálida playa; cuando abrió sus ojos, una extraña y brillante luz la llamaba y a sus hermanas también: era la luz de la luna.

Así fue como las tortuguitas iniciaron a recorrer el mundo. Nadaron y nadaron durante días y noches dejándose llevar por las corrientes, hasta que llegaron a las aguas lejanas de Japón. Su primer destino les pareció muy lindo, pero no entendían nada de lo que hablaban allí y el agua les parecía muy fría; entonces, con valentía y curiosidad, decidieron seguir nadando.

Las tortuguitas continuaron su viaje hasta llegar a las cálidas aguas de Malasia. Todo era verde, brillante y nuevo para ellas. Estaban muy contentas, cuando de repente: clap, clap, clap, se larga un monzón, haciendo tanto ruido que las tortuguitas buscaron un refugio en las profundidades. La lluvia no paró por días y el agua comenzó a ponerse turbia, como si la tierra se hubiera mezclado con el mar. Esto no les gustaba mucho, así que continuaron su viaje.

Al día siguiente, las tortuguitas llegaron a Hawái; era el lugar más hermoso que habían visto. Decidieron quedarse, pero en las noches algo cambiaba: en lo más profundo del mar un sonido empezaba a escucharse. Era un antiguo volcán dormido, que mientras descansaba soltaba largos ronquidos. Así que las tortuguitas se fueron en busca de un poco de calma.

Las tortuguitas nadaron y nadaron hasta que llegaron a México. Allí fueron muy bien recibidas. El mar era amable y había mucha vida por descubrir. Curiosas, comenzaron a probar pequeños bocados de mar y se dieron cuenta que todo picaba mucho. Las tortugas no se acostumbraron a esos sabores tan intensos y continuaron su viaje.

Y así nadando juntas llegaron a Acandí. Desde el primer momento, algo en ese lugar les hizo latir el corazón con fuerza. El agua era cálida, la arena era suave como un abrazo; todo se sentía familiar, como un recuerdo lejano. Una necesidad incontrolable las hizo salir a la orilla; allí vieron otras tortugas que se parecían a ellas. Se acercaron con curiosidad, hasta que vieron una gran tortuga que tenía exactamente la misma marca en forma de corazón en su caparazón. En ese instante lo supieron y susurraron: …Mamáaa.

El viaje había sido largo, lleno de mares distintos, sonidos extraños y lugares sorprendentes; pero al final habían encontrado algo más valioso que todo eso; habían encontrado su hogar.

Adira
Leidy Jhoana Chaverra Ávila – 19 años – Vereda Caleta, Acandí (Chocó).

Adira nunca olvidó el dolor de su primer día. Apenas salió del cascarón, la playa se convirtió en un lugar cruel. Las aves descendían sin piedad sobre ella y sus hermanos. Corrieron como pudieron, pero uno a uno desaparecieron, quedando solo pocos. El miedo le oprimía el pecho.

Quedó atrapada bajo un tronco. Intentó escapar, pero al forzarse por una pequeña abertura, desgarró sus aletas traseras. El dolor fue insoportable. Se quedó inmóvil, temblando, esperando lo peor. Los ladridos llegaron después. Un animal intentó alcanzarla. Adira cerró los ojos, resignada… pero el peligro se fue.

Al amanecer, avanzó herida. Entonces, la tierra comenzó a temblar: caballos desbocados cruzaron la playa. Fue golpeada, empujada, y casi aplastada. Cada movimiento dolía, pero no se detuvo. Cuando por fin las olas la alcanzaron, no sintió alivio… solo cansancio.

Pasaron los años. Adira sobrevivió. Un día, guiada por algo profundo, regresó a aquella misma playa. Todo le dolía en el recuerdo, pero también en el cuerpo. Aun así, cavó en la arena y dejó sus huevos con amor y un cuidado infinito. Al terminar, miró el amanecer. No estaba sola. Una humana, Marley, encontró el nido y lo protegió. Marley se despidió de ella: ¡adiós, pequeña madre!

Adira volvió al mar lentamente, observando las grandes olas arrimar a aquella playa, su hogar. El dolor no desapareció, pero ya no era lo único. Porque, por primera vez, sintió que sus crías tal vez no tendrían que sufrir como ella. Y eso… fue suficiente.

Yo soy Caná
Chía Giraldo Mendoza – 21 años – Corregimiento de Sapzurro, Acandí (Chocó).

Volví a soñar con ella. Esta vez estaba más cerca su presencia imponente, dando a entender que la reina del océano volvía a casa.

—¡Niña, levántate que hay que ir a hacer el monitoreo! Era mi abuelo, gritándome desde la calle.

El olor a café colado llenaba la casa. Me paré de un salto, me amarré el pelo como pude y salí corriendo con el vestido todavía medio torcido. En la cocina, mi abuela me entregó el café para que nos acompañara en la noche y me echó la bendición.

—¡Espérame, abuelo! —le grité desde la puerta. Él estaba afuera, con su sombrero viejo y la linterna colgando del cuello. Me miró y se rio.

—Apúrate, muchachita, que las Caná no esperan a nadie.

Caminamos por la playa de Acandí mientras el mar sonaba bajito, como cuando uno habla en secreto. Yo le dije despacito: —Abuelo…, mañana se me acaban las vacaciones y me toca retornar a Medellín, me da miedo que un día olvide mi casa. Él dejó de caminar, me puso la mano en el hombro y miró el mar.

—Escucha bien lo que te voy a decir. Cada persona en el mundo es como una Caná. Salimos, recorremos todo, nos vamos lejos, pero el corazón siempre sabe pa’ dónde volver. Y tu casa siempre va a estar lista pa’ recibirte… Sentí como si el viento me abrazara.

Más adelante vimos las huellas grandes en la arena. Mi abuelo sacó el cuaderno para hacer unos registros y yo le sostuve la linterna. Caminamos suave, sin hacer ruido, como si la playa fuera un templo.

—Mira bien —me dijo—. Esto también es cuidar lo nuestro.

En ese momento entendí que no solo estaba acompañando a mi abuelo… estaba aprendiendo el camino de regreso a casa. Yo soy Caná.

LOS 5 CUENTOS RECONOCIDOS CON MENCIONES DE HONOR

El legado de la tortuga huérfana
Estiven Arley López Rodelo – 11 años – Vereda Playona, Acandí (Chocó).

Había una vez una tortuga muy vieja que quería dejar su descendencia antes de morir. Entonces decidió hacer un largo viaje a una playa muy lejana, llamada La Playona, donde recordó haber nacido. Después de tanto tiempo nadando, la tortuga había llegado a la playa. Primero se aseguró que la playa fuera segura y empezó a poner sus huevos, luego volvió al mar donde no se supo más de su vida.

Después de 60 días eclosionan los huevos. Había entre las crías una muy pequeña y más débil, pero confiaba que podía llegar al mar y ser más fuerte. Después de quitarse la arena de los ojos, vio que la mayoría de sus hermanos fueron devorados por perros y tijeretas. Ella, después de esquivarlos, llegó al mar sin saber los peligros que le esperaban. La tortuguita se puso contenta al llegar al mar, pero de pronto un pez grande tenía las intenciones de comérsela; ella nadó por su vida, vio un agujero por las rocas y se metió, y así logró evitar al pez.

Pasaron años y la tortuguita había crecido, llegó el tiempo de enamorarse y encontró una pareja. Después de aparearse, la tortuga empezó a tener instintos de madre, se acordó donde un día estuvo en peligro y se propuso perder el miedo y decidió visitar nuevamente esa playa para poner sus huevitos. Cuando regresó, se encontró con cosas muy raras, como las personas; pero no se asustó, porque se dio cuenta que ellos la cuidaban y protegían en todo su proceso. Escuchó que se llamaban COCOMASUR. Muy tranquila, dejó sus huevos y regresó al mar. Entonces la tortuga puso sus huevos y de ellos nacieron unas tortuguitas pequeñas que repitieron el mismo proceso.

Moraleja: “nunca te rindas”.

La historia de la tortuga Carey
Félix Manuel Chaverra Rodelo – 9 años – Vereda Playona, Acandí (Chocó).

Había una vez, en una mañana, mi papá, Feliciano, decidió salir temprano a hacer un censo de huellas. Se encontró unas tortuguitas Carey rodeadas de perros. Mi papá Feliciano los ahuyentó y los bebés tortugas se fueron a la mar.

Las tortugas Carey estaban muy agradecidas con mi papá Feliciano. Los bebés tortugas le dijeron: ¡muchas gracias, señor Feliciano por salvarnos la vida! ¡Gracias a usted seremos adultos!

Y colorín colorado, esta historia se ha acabado.

La travesía de la tortuga Caná María
Yolvys Mateo De La Cruz Vallecillo – 11 años – Barrio Olaya, Acandí (Chocó).

María, una tortuga Caná, partió del golfo de México hacia Acandí para visitar a su amiga Julia, la tortuga Carey, y desovar sus huevos. En la península de Yucatán, se encontró con Carlos, un viejo amigo, y le contó su destino. María enfrentó varios problemas: no encontraba la corriente, se encontró con tiburones blancos y confundió una bolsa de plástico con una medusa.

Con la ayuda de Carlos y un pez cirujano llamado José, María superó estos obstáculos. Finalmente, llegaron a las playas de Acandí, donde María se reunió con Julia y desovó sus huevos con cuidado. María le contó a Julia su travesía: buscó la corriente por dos horas, enfrentó a cinco tiburones blancos y comió medusas, incluyendo una bolsa de plástico.

María había pasado por México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá y Colombia para llegar a Acandí. Estaba feliz de haber llegado sana y salva.

El pasaporte de una reina: la residencia de la Caná
Silvana Córdoba Durango – 13 años - Barrio Villa Olga, sector Caramanta, Acandí.

Mi hogar es el océano y mi pasaporte está repleto de sellos tras visitar África, Europa y toda América. Durante siglos he sostenido el equilibrio de los ecosistemas marinos, pero hoy me siento sola. Mi familia desapareció y las noticias que llegan son sombrías: dicen que, si nada cambia, en 30 años mi rastro podría borrarse del mar.

En mis idas y venidas observo cómo se transforma el azul. Aunque nade por rutas distintas, el panorama es el mismo. He visto a mis hermanos morir asfixiados por culpa de unas "extrañas medusas" que han invadido el mar; son insípidas, transparentes y, por más que se digieran, no se desvanecen en el estómago.

Dicen que soy famosa. Tengo monumentos en varios rincones del mundo y otras especies murmuran que me he vuelto presumida porque cada vez me dejo ver menos.

De todos los destinos que visito, guardo un afecto profundo por un rincón en el Caribe: Acandí, Chocó. En Playón y Playona siento que siempre hay una fiesta; no sé si los humanos celebran por naturaleza o si es su forma de darme la bienvenida, pero esa calidez me hace sentir que soy su "animal sombrilla". Guardo recuerdos hermosos de allí: manos humanas limpiando mis nidos, rescatándonos cuando nos perdemos en las desembocaduras de los ríos y guiando a nuestras crías hacia el oleaje.

Sin embargo, hoy quiero hablarle a la gente de ese lugar. Cada vez me cuesta más desovar. Las playas están invadidas por "animales" alargados, de madera y formas extrañas, a los que pido permiso para pasar y no se mueven. Las noches ya no son oscuras; hay luces al fondo que me desorientan y me alejan de la arena. Y lo más triste: unas arañas gigantes han tejido redes pegajosas en la costa; trampas de hilo que cada año nos arrebatan la vida.

Como embajadoras del océano, vamos a tener que hablar con nuestros "managers". Si las condiciones no mejoran, nos veremos obligadas a cancelar nuestras apariciones públicas para siempre.

El tesoro de mi pueblo
Leinis Cabarcas Perea – 31 años – COCOMASECO, Acandí.[2]

Cada año en las playas de mi pueblo ocurre un milagro silencioso: desde lo profundo del mar emerge la tortuga Caná, la más grande del mundo. La tortuga Caná, con su andar pausado y firme, llega a la arena como una viajera ancestral, guiada por un instinto que ni el tiempo ha podido borrar.

Durante la Semana Santa, habitantes y turistas se reúnen para contemplar este espectáculo de vida. Observan asombrados cada paso de su recorrido, desde que rompe la superficie del mar hasta que, con paciencia infinita, deposita sus huevos, asegurando así la continuidad de la especie. Algunos cuentan que antes eran aún más grandes, que el tiempo ha reducido su tamaño, pero lo que no ha cambiado es la emoción que despiertan. Quien las ve por primera vez queda marcado para siempre por su majestuosidad, por su belleza única, por ese misterio que solo la naturaleza sabe guardar.

Los consejos comunitarios COCOMASECO y COCOMASUR son los guardianes de este tesoro vivo. Con dedicación y compromiso, enseñan a propios y visitantes cómo respetar estos espacios, cómo vestir, cómo comportarse y, sobre todo, cómo convertirse en protectores de la vida que habita en nuestras playas, ríos y bosques. Porque este lugar no es solo un paisaje, es un legado, es un hogar que Dios nos regaló, lleno de riquezas, y sin embargo, a veces, son los forasteros quienes parecen comprenderlo primero. Llegan, observan y se maravillan, mientras tanto, nosotros, los que nacimos aquí, olvidamos con facilidad la magnitud del tesoro que nos rodea.

Por eso, el verdadero cambio comienza en lo cotidiano: en no arrojar basura, en enseñar a los niños el valor del respeto por la naturaleza, en entender que cada pequeño gesto sostiene la vida que creemos eterna. Si aprendemos a cuidar lo que tenemos, llegará el día en que la arena ya no guarde huellas y el mar deje de traer consigo este milagro. Y, entonces, entenderemos demasiado tarde que el verdadero tesoro nunca fue solo la tortuga Caná, sino la posibilidad de que siempre vuelva.

LAS AUTORAS Y LOS AUTORES EN SUS PROPIAS PALABRAS[3]

Flora Vélez Cuervo

Flora Vélez Cuervo nació el 14 de noviembre de 2016 en Medellín y al mes de haber nacido llegó a Acandí / San Francisco. Desde entonces es allí donde ha crecido. Ama los animales y estar sumergida en el mar y el río, disfruta cocinar y dibujar. Cuando sea grande quiere ser abogada o comunicadora.

Chía Giraldo Mendoza

Mi nombre es Chía Giraldo Mendoza, soy criada en Sapzurro - Chocó desde los 4 meses de nacida, muralista empírica desde que tengo memoria. El arte es mi medio de comunicación para conectar con la comunidad y el municipio de Acandí es la fuente de inspiración de cada una de mis obras. Me gusta resaltar en cada proyecto la identidad de mi territorio, que cada pared cuente la historia de quienes somos y del pedacito de mundo que habitamos.

Leidy Jhoana Chaverra

Mi nombre es Leidy Jhoana Chaverra. Soy del Consejo local de Caleta. En estos momentos estoy estudiando Administración de Empresas, soy mamá de una niña, y mis hobbies favoritos son dibujar, escribir y sobre todo leer.

Yolvys Mateo De La Cruz Vallecillo

Nació un 10 de agosto de 2014, en Montería, Córdoba; pero desde los primeros días de nacido vive en el municipio de Acandí. Estudió Básica Primaria en la Escuela Inmaculado Corazón de María, cursa actualmente primero de bachillerato en la Institución Educativa Agropecuaria Diego Luis Córdoba. Es hijo de Yolvys De La Cruz y Dinora Vallecillo. Fue miembro de la Mesa de niños, niñas y adolescentes hasta el 2025, le gusta dibujar y escribir, asiduo deportista, un joven que se considera tranquilo y analítico.

Silvana Córdoba Durango

Tiene 13 años, está en noveno grado. Le gusta mucho el tema musico-cultural, ha hecho parte del grupo de danza Jhonny Becerra y actualmente también hace parte de la banda del colegio; disfruta mucho ir a los ríos del municipio de Acandí y pasear. Le impresiona mucho el avistamiento de la tortuga Caná por ser un animal de gran tamaño; además, en sus ratos libres disfruta tomar fotografía a los paisajes.

Estiven Arley López Rodelo y Félix Manuel Chaverra Rodelo

Nuestro hogar es la Playona. El frente de nuestra casa es testigo de la llegada de la tortuga Caná y también de su nacimiento. Nos gusta liberar tortuguitas con nuestro papá, Feliciano.

Leinis Cabarcas Perea

Soy Leinis Cabarcas Perea. Tengo 31 años, soy del municipio de Acandí. Soy Técnica en Trabajo Social Comunitario y Atención integral a la primera infancia; estudiante de octavo semestre en la licenciatura de Educación Física, Recreación y Deportes. Soy líder comunitaria en mi consejo comunitario COCOMASECO y una madre dedicada. Además, soy una amante de la mediación de lectura y escritura.



[1] Datos obtenidos con el apoyo de Victoria Márquez, del Santuario de Fauna Acandí, Playón y Playona, de la Unidad de Parques Nacionales Naturales de Colombia, en Acandí (Chocó).

[2] Aunque es más una crónica que un cuento, la mención de honor le fue otorgada a este trabajo por lo bien logrado y escrito que es el texto, en el que la autora resume acertadamente los elementos fundamentales que hacen necesaria y plausible la conservación de las tortugas marinas y sus hábitats, su trascendencia en la vida de la gente y las comunidades, en la protección de ecosistemas marinos y costeros, y en las dinámicas culturales propias de Acandí.

[3] Todos y cada uno de estos perfiles de presentación fueron elaborados por autoras y autores, a solicitud de El Guarengue; así como la publicación de sus cuentos y fotografías fue autorizada por ellas y ellos, y por sus padres. La compilación de textos de presentación y fotos fue coordinada por Victoria Márquez, Profesional del Santuario de Fauna Acandí, Playón y Playona, de la Unidad de Parques Nacionales Naturales de Colombia, en Acandí (Chocó), quien fue también una de las creadoras y organizadoras del concurso, y una de sus más entusiastas promotoras. A ella y a las autoras y los autores, ¡gracias!

13/04/2026

 Réquiem por el Parque

Vistas del Parque Centenario, de Quibdó, el 24 de marzo de 2026. Fotos: Julio César U. H. / El Guarengue.

Más de un siglo después de haber sido inaugurado y a pocos años de cumplir cien de haber sido bautizado con su nombre actual, el Parque Centenario, de la ciudad de Quibdó, avanza sin remedio hacia su indigna y definitiva ruina, ante la mirada impasible y cómplice de la institucionalidad local, regional y nacional, cuya indiferencia ha alcanzado tal extremo que ya en varias ocasiones las autoridades han preferido desarrollar actos conmemorativos y echar discursos patrios en el atrio de la catedral, de espaldas a esos escombros de la historia en los que ha derivado el parque, o usar el malecón a la orilla del río Atrato; en lugar de utilizar este parque, que desde que existe ha sido el escenario tradicional de las conmemoraciones patrias.

Emplazado en uno de los sitios más céntricos de la capital del departamento del Chocó, los contornos del Parque Centenario también remiten a la historia de la ciudad y la región. Al norte llega hasta la Catedral de San Francisco de Asís, donde comienza la Alameda Reyes (calle 26) y al sur hasta el edificio de la Agencia Cultural del Banco de la República, donde empieza la calle 25 o Pandeyuca. Al oriente, está bordeado por la carrera segunda y los antiguos edificios del Banco de la República y del Colegio de la Presentación (posterior primera sede propia de la Universidad Tecnológica del Chocó), ambos construidos en la primera mitad del siglo XX; y al occidente lo delimita la emblemática Carrera Primera, con su malecón a la orilla del río Atrato, donde una vez quedó todo aquello que el gran incendio de 1966 en sus llamas se llevó. Así, el Parque Centenario forma parte del antiguo corazón de la ciudad, de su primer proyecto sistemático de desarrollo urbano y de su primer conjunto monumental e histórico, que compendia en sí mismo y en sus alrededores una parte significativa de la historia local y regional.

Fue inaugurado en 1910, como Parque de la Independencia o Parque de los Libertadores, en el marco del intenso movimiento nacional de conmemoración del primer centenario de la independencia de Colombia, promovido desde el Estado central; que condujo a la construcción de parques conmemorativos en poblados y ciudades a lo largo y ancho del territorio nacional. En 1930, nuevamente bajo el influjo fervoroso y entusiasta del gobierno nacional para la conmemoración del primer centenario de la muerte de Simón Bolívar, Quibdó no solamente fue escenario de una profusa y solemne celebración de esta efeméride; sino que, además, su Parque de la Independencia pasó a denominarse Parque del Centenario del Libertador, en cuyo homenaje, a finales de ese año, tal como lo informó el periódico ABC del 21 de noviembre, se dio comienzo a «los trabajos para erigir una columna simbólica en el Parque del Centenario». Obelisco este que se sumaría al templete en homenaje a César Conto, de 1924. Posteriormente, finalizando la década de 1960 y comenzando la de 1970, es inaugurado el monumento en homenaje a Diego Luis Córdoba, quien había fallecido en mayo de 1964, en Ciudad de México.

Los monumentos en homenaje a Diego Luis Córdoba y César Conto Ferrer, y la columna u obelisco conmemorativo del centenario de la muerte del Libertador, al igual que las edificaciones y puntos de referencia que lo circundan, le dan al Parque un peso histórico y cultural altamente significativo en términos simbólicos y patrimoniales; que muy poco se le nota hoy, pues su majestad de ayer ha sucumbido bajo el peso del desprecio de la ciudad, sus pobladores y sus autoridades, que han desdibujado su uso y destinación como bien de interés cultural del municipio, permitiendo su decadente ocupación por un abigarrado conjunto de ventorrillos y quincallas en donde el humo de las fritangas, en aceites rendidos hasta límites insalubres, ha reemplazado los aires de trascendencia y monumentalidad que alguna vez tuviera el parque.

Convertido en parte del mobiliario y de los parapetos que cada día montan y desmontan los tenderetes que allí pululan para la venta de licores y comestibles, con la aquiescencia de las autoridades y el beneplácito de la ciudadanía, el conjunto monumental del Parque Centenario, de Quibdó, ha perdido su carácter simbólico y referencial como parte de la memoria histórica y de la riqueza patrimonial de la ciudad. El templete inaugurado en 1924 en homenaje a César Conto Ferrer, de cuyo siglo de existencia ni se dieron por enteradas las autoridades; el obelisco conmemorativo del centenario de la muerte de Simón Bolívar, que en unos años también cumplirá un siglo de estar ahí en el centro del parque; y el monumento a Diego Luis Córdoba, con su busto incluido, en el que se le proclama «padre del departamento, educador y faro de la raza»; al igual que toda la superficie y la estructura del Parque Centenario, han sido carcomidos por una mezcla variopinta de mugre, abandono y desidia. Su devastación definitiva es cosa de poco tiempo.

Parque Centenario, Quibdó, marzo de 2026. Fotos: Julio César U. H. / El Guarengue.

«Dicho parque es un muladar. La suciedad juega allí el palo. A veces hacen el ademán de barrerlo, pero la basura la van arrinconando en diversos sitios del mismo, en donde permanece a la vista del público. Nunca barren debajo de las bancas ni quitan las malezas. En ese único pulmón del caserío, hacen fritangas, convirtiéndolo en cocina a cada rato, y en él se encuentran cortezas de todo género, estiércol, y los rumiantes lo transitan a su antojo»;[1] escribió hace más de 70 años, en julio de 1954, en el periódico La Crítica, de Quibdó, el reconocido intelectual Aristo Velarde, refiriéndose también al Parque Centenario.[2]

En abril de 1998, el insigne escritor Arnoldo Palacios declaró: «El Chocó debe pedir cuentas a los que lo dirigen. No tienen excusas, ya que son de nuestro pueblo, no son extranjeros».



[1] Aristo Velarde. Aspectos. La Crítica. Quibdó-Chocó-Colombia. 2ª época, N° 2, Junio 20 de 1954. 8 pp. Pág. 3ª. Director: Balbino Arriaga C. Administrador: Cosme D. Moreno P.

[2] Algunos artículos previos de El Guarengue sobre la ruina progresiva del Parque Centenario y otros bienes de interés cultural de la ciudad de Quibdó son los siguientes:

Para MinCultura, desde Quibdó. 23 de enero de 2023. https://miguarengue.blogspot.com/2023/01/para-mincultura-desdequibdo-quibdo-ayer.html

El Parque Centenario o las ruinas de la Historia del Chocó. 17 de julio de 2023. https://miguarengue.blogspot.com/2023/07/el-parque-centenario-o-las-ruinas-de-la.html

Descuidos, olvidos e indolencias en la protección del patrimonio cultural de Quibdó y del Chocó. 4 de noviembre de 2024.https://miguarengue.blogspot.com/2024/11/descuidos-olvidos-e-indolencias-en-la.html

06/04/2026

 Recordando al Maestro Miguel A. Caicedo
(La Troje, 30 de agosto de 1919 – Quibdó, 4 de abril de 1995)

El Maestro Miguel A. Caicedo es uno de los autores más prolíficos de las letras chocoanas. FOTOS: El Guarengue y cortesía Emilia Caicedo Osorio (libros).

El sábado 4 de abril de 2026, se cumplieron 31 años de la muerte en Quibdó del Maestro Miguel Antonio Caicedo Mena, nacido en La Troje el 30 de agosto de 1919. Uno de los más grandes autores de la literatura chocoana, el Maestro Caicedo, o Don Miguel, como solía llamarlo la gente, dedicó su vida tanto a la educación como a la producción literaria, histórica y folclórica. Sus trabajos en estas materias contribuyeron significativamente a la documentación de ha historia regional de la educación en el Chocó, al reconocimiento de las vidas y trayectorias de grandes maestros chocoanos, y a la exaltación y cimentación de una conciencia de identidad cultural, étnica y territorial en la sociedad chocoana. Igualmente, la producción literaria e histórica de Don Miguel fue clave para el reconocimiento artístico y cultural del Chocó en el ámbito nacional y para la perdurabilidad de elementos históricos en la memoria oral de la chocoanidad, en los ámbitos local y regional. 

Educador, escritor y poeta, el Maestro Caicedo publicó más de 30 libros de diversos géneros y contenidos: poesía romántica, narraciones de ficción (cuentos y novelas), textos y estudios sobre historia, tradiciones, personajes y cultura del Chocó; al igual que un centenar de poesías costumbristas,[1] la mayor parte de ellas grabadas en su propia voz en los estudios de Radio Universidad del Chocó, y difundidas en los años 80 a través de una colección de casetes que circulaban profusamente en Quibdó y cuya libre reproducción en las populares grabadoras de doble casetera de aquella época redujeron al mínimo los posibles ingresos que por su arte pudo haber recibido el poeta.

Memoria oral de la chocoanidad

Culmen y síntesis ontológica y literaria de su propia chocoanidad, este conjunto de poesías costumbristas o folclóricas, que él mismo declamaba y ponía en escena durante las décadas de los años 70 y 80, constituyen un relato de fragmentos significativos de la vida regional. En cada una de ellas, el Maestro Caicedo narró para la posteridad instantes y vivencias de la vida cotidiana de la región, costumbres, problemáticas y características culturales; con tal riqueza y de tal modo que dichos poemas son, sin duda alguna, parte de la memoria oral de la chocoanidad, textos culturales con los que Don Miguel le dio a conocer a Colombia rasgos de identidad de la región; tal como lo reconoció el Instituto Colombiano de Cultura, Colcultura, antecesor del actual Ministerio, en el Homenaje Nacional a su vida y obra como símbolo y presencia de la cultura chocoana en el país, que se llevó a cabo en el hoy ruinoso Parque Centenario de Quibdó, el 26 de agosto de 1989, a cuatro días de que Don Miguel cumpliera 70 años.

Construidas con los giros dialectales del habla campesina afrochocoana de mediados del siglo XX, basadas en su lenguaje hiperbólico y en la recreación de su proverbial humor; dichas poesías fueron surgiendo en el marco de las primeras aproximaciones investigativas del Maestro Caicedo a las coplas y décimas de la tradición campesina del Chocó, una vez graduado como Licenciado en Filología y Lenguas, en la Universidad de Antioquia. El material resultante de este trabajo le sirió como base para una de sus primeras publicaciones sobre la oralitura regional del Chocó: Del sentimiento en la poesía popular chocoana.

Lo que empezó siendo una investigación

«De allí tomé yo el material para el libro Del sentimiento en la poesía popular chocoana, con el que pensaba optar al título de Magíster; y en el que recopilé esa poesía popular que estaba desapareciendo, como para que sirviera de testimonio de la literatura de ese tiempo. Esa fue la base para que yo pensara que se podía hacer algo distinto y darle a esa misma expresión popular, con ese mismo acento, con la musicalidad que ellos tenían, el carácter de comunitaria; ir haciendo las expresiones que eran generalizadas. Entonces apareció mi obra Recuerdos de la orilla, que tenía en el comienzo la finalidad filológica que yo perseguía, para tener los dos trabajos: estudiar esa forma de vocabulario de la gente, y ponerle un poquito de humor, para que fuera agradable a las personas extrañas, foráneas. Pero poco a poco fui plasmando en ella todos esos sentimientos generalizados: la conducta, el vestido, la diversión, el baile, las costumbres, etcétera. Finalmente, aparecieron 24 poemas en Recuerdos de la orilla. Después yo fui acomodando las circunstancias, de manera que aparecieran tal como están en los casetes de Radio Universidad… En esos casetes están contenidos los aspectos generales, los puntos de vista generalizados de esa misma comunidad; pero, del pueblo, no de las personas ilustradas. Porque el pueblo es el que hace la lengua y, cuando se va a hacer uso del vocabulario chocoano, no se busca el de las personas ilustradas, sino cuál es la modalidad que practica la gente…».[2]

Como es evidente en sus propias palabras, lo que comenzó siendo un trabajo de investigación inicialmente pensado para que le abriera las puertas a un título académico de maestría, se fue convirtiendo en un registro sistemático, apasionado y satisfactorio de rasgos esenciales de la cultura regional; hecho a la manera de los juglares, cronistas y decimeros populares, en cuyo legado se inspiró Miguel A. Caicedo para documentar minuciosamente escenas de la vida cotidiana de la gente, utilizando para ello su propio lenguaje, su habla particular: el idiolecto de la chocoanidad rural; siguiendo una línea similar a la de Candelario Obeso cuando en sus Cantos de mi tierra incorporó el habla de los bogas del río Magdalena y le confirió estatus en la poesía y la literatura colombiana.

Cinco elementos son constantes e identificables en la poesía costumbrista de Miguel A. Caicedo Mena: geografía y toponimia, creencias y religiosidad, parentesco y comunidad, exclusión social, naturaleza y biodiversidad. A través de ellos el poeta le da forma al universo cultural que documenta y registra mediante su voz poética, con mayor o menor preponderancia de uno u otro elemento en cada una de las poesías.

El territorio como rasgo de identidad

Geografía humana y toponimia son, simultáneamente, recursos textuales y elementos de autorreconocimiento e identidad cultural, en el conjunto de la poesía folclórica del Maestro Caicedo. Así, por ejemplo, en Negra del bunde amargo, la sensualidad, el goce, la alegría, la felicidad de la danza, la lúdica del cuerpo, la energía de la pasión, recorren de sur a norte, de occidente a oriente, transversalmente y en diagonal, todo el territorio del Chocó, como recorre el baile los territorios del amor.

NEGRA DEL BUNDE AMARGO
(Miguel A. Caicedo) - Fragmento

¡Bunde! recuerdo amargo sobre la negra zamba
sarcasmo en contraste de lo que pasó.
Y la negrita agita las piernas, ¡caramba!
cómo suena un bunde allá en Taridó
 
Suenas y resuenas en bailes y rumbas
en incendio amargo de La Isla y Capá
y como el cuerpo en ansias, que cimbra,
retumbas allá en Primavera y en Capurganá.
Bebará arde en bunde, Bojayá lo tumba,
bunde salpicado de Mutumbudó
Calor de unas venas que se rompen zumba
sobre las riberas de Lloró y Pató.
 
Y bailan y sudan con la patizamba,
la greñé risueña como la cuscús.
Todas las negritas se saben La Bamba
en Tadó, Aguaclara, Cabí, Managrú,
Riosucio, Troje, Pepé, Munguidó,
Calima, Sapzurro y en Togoromá.
En Beté, la negra no el bunde olvidó,
ni en Istmina, El Tambo, ni en Charambirá.
 
[...]

Así mismo ocurre en El Bochinche. Los topónimos y la geografía chocoana son recursos narrativos que el poeta Caicedo usa para denotar con precisión los alcances del gigantesco barullo que el propio tío de la niña María arma alrededor de su buen nombre y de su honra, vapuleada hasta en los últimos rincones del Chocó.

EL BOCHINCHE 
(Miguel A. Caicedo) - Fragmento

[...]
Mi tío una talde le contó a Tomasa,
la mojana esa, la muy cara’e taza
y esa lengua’e lima que too critica
regó la noticia puallá en Cacarica,
se jue pa’ Sapzurro y sin maj ni máj,
cuando Ña Camila iba a Panamá,
lerijo quizquera que me habían visto
charlando celquita con un tal Calixto
en la casa vieja de Má Trenirá.
Y esa jijuemadre, bebiendo su biche,
en un tamborito por allá en Curiche,
a una tal Josefa cogió y le contó,
que según decían en Bahía Solano,
yo manque chiquita ya quebraba grano,
que yo era tan viva que tenía tré,
con Pacho, Calixto y Pedro Manué
 
Y esa cosa, mana, allí no queró
y lo pior de too, llegó a Coreró,
corrió por la costa, Panguí y Arusí,
Utría y El Valle, La Playa y Coquí;
pasó por Pizarro y allá en Viruró
una vieja de desas la cosa enreró
y rijo quizquera que me habían visto
con Pacho encerrara en la casa vieja
de mi tía Ana Clara.
[...] 

Ritos y fiestas, creencias y mitos
En la poesía folclórica de Miguel A. Caicedo, ritos y fiestas, creencias y mitos son elementos narrativos y escénicos, a la vez que atributos culturales que el poeta toma de la religiosidad popular. Así, por ejemplo, en La gran fiesta patronal, poema dedicado a la Fiesta de San Pacho en Quibdó, el poeta nos recuerda uno de los dones proverbiales y ancestrales de los santos en la tradición religiosa del pueblo en la región chocoana: apagar incendios.

LA GRAN FIESTA PATRONAL
(Miguel A. Caicedo)
--Fragmento--
[…]

Luego la fe creció desmesurada,
después de aquel incendio del Convento,
cuando la gente, muy desesperada,
tuvo una gran idea de momento
y por sublime inspiración divina,
en una acción que resultó genial,
a San Francisco puso en una esquina
allá cerquita de la Catedral
y antes de que la llama lo atacara,
en forma inusitada, extraña o rara,
el viento sur se agigantó valiente
y demostrando un inmenso poderío
hizo del fuego una columna ardiente,
la convirtió en un arco y la clavó en el río.
[…] 

En la religión del pueblo, los santos tienen también virtudes curativas, campo en el cual sobresale el Santo Eccehomo, del corregimiento de Raspadura, municipio de Unión Panamericana, en el suroriente del Chocó. Sus características de personalidad, milagros y formas de relación con sus devotos los narra el poeta Caicedo, con detalle, en varios de sus poemas, como en Eudomenia la cotuda, donde el compa Nicasio nos regala un cuadro de personalidad y atributos de este santo:

Y este santo es bueno, pues fíjese vea,
busté ve a sus plantas zapato, batea,
pico, pala, cacho, y mano y ojo en purito oro,
que le hicieron mancos y tuertos y cojos:
según el milagro, asina el endoso,
¡qué santo tan bueno y tan milagroso!
Ve, compa Nicasio, y a yo qué me dice,
si yo lo conozco, cuando se enoja
también hay que ver; si no hubiera sido
po’un señor Orozco, que me jue llegando
como ángel de guarda, llegó derechito
como una pedrada en un ojo tuelto
y antes de salise, me dijo: le alvielto
quereje de tale mirando la cara,
porque va y se embrava y no le ayuda nara.

El diálogo entre compadres continúa, explicando lo sucedido a Eudomenia, quien “tenía unos cotos como calabazo” y “unos lobanilloj colgando en los brazoj”, y buscó toda clase de recursos para su curación, hasta que alguien le aconsejó:

Bujté ‘tá en sus brete ej por puda locura
váyase ahora mesmo a vé ese gran santo
que hace loj milagroj allá en Raspaúra.

Ña Euromenia así lo hace y, dado que con sus alhajas le retribuye el favor al santo, “a poquito tiempo se quedó sin nara”. Pero ahora, sin impedimentos estéticos, se dedica a una vida hedonista y sibarita: fiestas van y fiestas vienen, desprecia varones, selecciona a los que le gustan, viste elegantemente, se vuelve hasta presumida y le enrostra al santo su presunto interés material a cambio del milagro; atrayendo así una de las nefastas y típicas vindicaciones del santo.

 Y un día en un baile pol ta’e charlatana,
¡póngale conato! y an luego no venga
con que no va’cré. En mitá del baile,
no hablando en voj baja, dijo:
ey, crijtiano, que hasta entre los santoj
anda el interé, ahora estoy bonita
es porque rí mi alhaja.
 
Acabó la pieza y se jue a sentá
y no bien lo hizo, cuando ¡choroló!
No se pare, mano, ¿qué jue que pasó?
Puej los trej coldone y el par de zalcillo
le cayeron juntos encima’él vestío.
[…]
Ahí anda Euromenia con suj lobanilloj,
ya son cuatro cotoj colgando, vea, ve
aremá, pa’que no se pueda poné loj zalcilloj
ahora en cada oreja le cuelga un choibá.

Parentesco y comunidad
Las estructuras de parentesco, familiaridad y vecindad, bases sobre las que históricamente se han construido los entornos comunitarios en las aldeas de orillas y montes del Chocó, subrayan sin nombrarlo el carácter colectivo de la cultura regional, a la vez que aportan picaresca y color a la narrativa. En este aspecto, la pieza clásica del repertorio costumbrista del Maestro Caicedo es El parentesco.
 

EL PARENTESCO
(Miguel A. Caicedo)
Oía una vieja buenos comentarios
que hacían tres mozas por aspectos varios
acerca de una muchacha bonita
que hacia ellos venía en la tardecita
y cuando la bella muy cerca pasaba
la vieja ufanada así la llamaba:
Vevé vo ejta niña, la’rel traje velde
atendeme hijita que nara se pielde.
Ey, si tai bonita, qué bonita tai,
‘ecime una cosita: ¿cómo te ñamai?
Yo me llamo Rosa y mi apelativo
es de los Moreno de allá donde vivo.
Decime una cosa, ¿voj di’aonde vení?
¿Vos no habís viviro es allá en Tanguí?
No, señora, vea, yo soy de Purré,
vivo en Pacurita porque me casé
y hace algunos días me vine pa’cá
a buscá remedios en el hospital
y ahora ej que el mérico, er dotó Pipí
dizque yo antuavía no me puero í.
 
Ay, contame mi arma, qué’s lo que tenés.
Ay, l’he cogiro un orio a la calne’ré,
no puero ve el queso, Jesús creo en Dios Pagre,
ni la calne’puelco ni la cola’e bagre.
Tate quieta, mija, que’se no ej aiciente.
Decime una cosa, ¿tu papá es Vicente?
No, señora, vea, mi taita se ñamaba Juan
y era hijo del brujo ñamase Juabián.
¿…Y Juabián no eda diallá ‘e Tajuato,
que tenía roza pu’acá en el Atrato
y en di’ai jue que un día se jue pa’ Purré,
se cogió allá arriba con Mana Pascuala,
qu’era la chapiara pa’ barré la sala
y en toas las jiestas eda la primeda,
muy bonita ella, donosa, julleda,
antej que’se día que yo me venía
me’rió una polleda que no le selvía…?
 
No, señora, uté ta muy errada, porque esa no eda
puej la mama mía se ñamaba Esnera
y antej trabajaba en la Carretera.
Ahhhhh…¡mi mana Esmera, ahora sí caí:
esa buena moza de allá re Cabí!
Crijtiano, ¿no rigo que la sangre tira?
Eso le’recía yo a Ña Casimira
la hija mayorcita de mi Marcha Emilia,
una gente sabe quién ej su juamilia.
Di’ande que te vire ya lo ariviné,
na’má jue pa’ eso que yo te ñamé.
Ya sabei, mijita, que así tan viejita y tan arrugaíta
y voj tan bonita y tan jovencita,
di’ai mesmito somoj. Si veij a Manuel,
decile que siempre yo me acuerdo d’él
que yo no m’he muelto, que tuavía toy viva,
que no sea maluco, que a rato me escriba
y que cuando él venga diallá de Cabí
cualquier día de dejtos nos vemos pu’ahí.

Foto: Claudia L. Alvarez, 1986.
Los versos finales de El Parentesco son una muestra de la queja recurrente de los mayores sobre las distancias en las relaciones familiares y comunitarias, cuya tradición no las admite, pues resultan incomprensibles cuando, a lo largo de diversas generaciones de parientes, los troncos familiares se han cultivado a partir de la cercanía y la solidaridad. En ese sentido, el poema La carta es un precioso ejemplo del valor simbólico y material del parentesco y la cercanía como fundamentos del sentido de la vida. Se trata del entrañable dolor de una madre, que intenta transmitirle a su hijo ausente cuánto pesa su abandono, a través de una carta que ni siquiera puede escribir ella misma; pero que dicta con vigor y determinación hasta lograr exactamente que en lo escrito que de dicho todo lo que ella ha pensado y dictado.

LA CARTA
(Miguel A. Caicedo)
Jacinta, una vieja de allá de Negría,
la vieja más vieja en esa región,
para un hijo ausente mandó el otro día
le hiciera una carta Felipe Ramón.
Hízola el muchacho con gran precaución,
se la leyó a la vieja con puntos y comas,
y le dijo: Uhmmm, tá muy bueno too
lo que le pusitéis; pero, yo quería ponele argo más.
Ecile, pongamos, que el choncho chiripe,
que trajo su taita de Togoromá,
se me alzó una talde po’el chuscal pa’bajo:
ya van cuatro lunaj y no ha vuelto má.
Abajo ponele que no sea embustedo,
esagraecío, negro jaibaná,
que un día me dijo que iba pa Purricha
y an luego yo supe que taba en Catrú.
Ahora es que me cuenta que está ijque puallá
ande unos que ricen quizque jauruyú.
Añerile ai mesmo que yo toy enjuerma
y no tengo plata pa dime a curá,
que yo toy ‘esnura que no tengo ropa
y ansina no puero bajá a la ciurá.
Ah, y también añerile que pollo y gallina
de los que me trujo ya no tengo má,
que cambié loj huevo por queso y arró
y ni an pipa tengo ya con qué fumá.
Ahí mejmo añerile que toy muelta de hambre,
que no tengo perro que cace animal,
que cambié los huevos por panela y sal,
y el gato cañengo no sirve pa ná.
También añerile que un día de muelte
yo empeñé la alhaja de má Trinidá,
que se tá peldiendo, que venga a sacala,
polque yo no puero bajá a la ciurá.
Cuantimá ponele que se venga a veme,
que ejte chiro ‘e vieja ya no aguanta má,
que si se demora pa vení volando,
cuando venga encuentra el cuelpo ‘e su mama
comío ‘e gusano, sin necesirá.

Abandono y exclusión
Víctimas históricas del saqueo y expoliación de sus territorios y recursos, ignoradas y excluidas por un Estado que ni siquiera aporta a la satisfacción de sus necesidades básicas, los datos de la realidad estructural de las comunidades orilleras de la región chocoana también encuentran eco en la voz del poeta Miguel A. Caicedo, quien los recoge sin estridencias en su poesía costumbrista, con sentimiento profundo y profunda dignidad. Es magistral en este sentido, por claro y concreto, sencillo y contundente, el crudo relato de La pordiosera.

 

LA PORDIOSERA
(Miguel A. Caicedo)
En una de aquestas ciudades chocoanas,
a la que amo mucho y cuánto no sé,
conteniendo el llanto en una mañana,
me contó esta historia sin saber por qué
una sesentona que al paso encontré.
 
Yo tenía mi roza, junto a la ranchita
roriara de toro, le’rigo, señó.
Allá taba el milpeso con el chuntaúro,
churima y bejuco, el palo’e pacó
y loj racimitoj de guineo maúro,
er guamo, el bareo, la parma’e nolí,
al lao er saledo y el almirajó.
Había un raicero cerquita pu’ahí
ande yo pescaba o echaba el horró
y mi comirita nunca me jualtaba
pa´dale a mi hijito su ñame y arró.
 
Tenía un colino cerquita de ahí.
Le’rigo que ‘taba bonito bonito
y entre rato, vea, mi yuca covaba
y cuando cosa mejó no topaba
siempre cocinaba mis primitivito
o era un pite’queso con dulce’guayaba;
y cuando la cosa mu’maluca taba,
si no conseguía zapote o caimito
bajaba a la playa a mazamorriá
y argo yo lej daba a mij muchachito,
los encomendaba a María y José,
y nara faltaba pa’ su tentempié.
 
Una taldecita llegó un hombre d’ésoj
con un gringo altote, le’rigo, veavé,
le’rió a mi marío ijque ochenta peso
pa’ comprale too o si no iba a ve
y que en too caso tenía que vendé
porque eran las leises con la autorirá.
Y en la mañanita, usté no lo cré
apenaj purimo venino en su potro
porque ahí mesmito se formó el traqueo
y máquina p’un lao y máquina pu’el otro.
Y adioj la playita del mazamorreo,
la palma’e champimpe con el borojó,
ey, la trincherita, también el raicero
di’onde yo sacaba cargao el horró,
adioj la piñita, jartón y Tahití
y tóo lo que había pa’ uno viví.
 
Yo no tuve escuela, pa’ sabé escrebí,
ay, pol dioj le digo, ¡qué suelte incutrina!
Yo no sé naíta pa’hacé en ojuicina,
tampoco ‘e cocina no sé ni un ninín:
allá en mi orillita era la sin maj
pa’hacé mi tumbito y asá mi cachín.
Yo ya toy muy vieja pa’lavá y planchá.
Si yo argo le piro, perdone, señó,
jue que la injusticia y la mala suelte
se loj llevó a toos y yo ejtoy de muelte
de’ande que me vive de allá de Acosó.
 
Buscando la vira, hollé con mis plantas
Mumbú, San Isidro, San Miguel, Las Santas,
‘tuve en San Lorenzo y allá en Profundó,
en Cértegui ‘tuve, veavé, señó
y en un poco’e palte que ya ni’an me acueldo,
allá en Platinero, Caliche e Iró.
Tóos se murieron y he quedao solita
yo no tengo, vea, ni’an una alhajita
pa énterrá a mi hijito que se me murió
y toy en ayuna, sin comé narita,
piriéndole a toros una limosnita,
¡una limosnita, por amor de Dios!

Otra variante del mismo problema es abordada por el Maestro Caicedo en La bichera, poema en el cual retrata el enfrentamiento que hubo, a mediados del siglo 20, entre la producción tradicional de aguardiente o licor casero, artesanal, conocido como biche, adelantada fundamentalmente por mujeres; y los políticos y funcionarios encargados del posicionamiento comercial del aguardiente o "genérico" producido por la Fábrica de Licores del Chocó, a costa de la proscripción y persecución del biche.

LA BICHERA (Miguel A. Caicedo)
--Fragmento--
[...]

Veanles ve esa figura, veanvé,
conmigo ijque vení a sacá su anché
y no se fija, gente del infierno,
que a nosotros nos tiene su gobierno
muriéndonos de hambre y sin trabajo
y no le importa uno de acá abajo;
no le compran la caña ni el guarapo,
ni la miel, y se buscan esoj sapos
pa’ no ‘ejale a uno ‘e qué viví.
No puede sé que uno deje así pogrí
el sudor de la frente sin provecho
y el tal genérico se mande ar pecho;
si a uno nara le compran ejta gente
con qué’j que va’comprale su aguardiente.
Quijque van a vorvé, que vuervan pué,
ya yo sé, pa’ salímeles primero
y aunque se vuelvan sapo curandero
a yo ya no me vuerven a cogé.

Naturaleza y biodiversidad
La exuberancia de la naturaleza y el uso que hace el campesino de la biodiversidad y de los recursos naturales que ella le ofrece aparecen como elementos definitorios de la vida cotidiana de los personajes de las poesías folclóricas o costumbristas de Miguel A. Caicedo y, por ende, de su propia y sólida identidad. Lo acabamos de ver en el minucioso inventario que hace La pordiosera de recursos para la subsistencia y el bienestar… El conocimiento detallado y la identificación de estos recursos son parte sustancial de la cultura; de ahí que en La bogotana el poeta Caicedo retrate el riesgo de la erosión cultural por la pérdida o subvaloración de estos saberes: rendida ante la hegemonía cultural, La Bogotana cede al oropel citadino esta seña de su identidad.

LA BOGOTANA
(Miguel A. Caicedo)
Un bello domingo de mañana clara
sucedió este caso que no es cosa rara.
Entre tanta gente que en la plaza había,
con su minifalda, cartera brillante,
iba una muchacha llena de alegría
y junto a una vieja quedó de repente,
miró yerbas frescas, plátanos, maduros,
y al fin se detuvo en los chontaduros.
Oiga, veavé, señora, ¿es que estas frutillas
las traen ahora de los merellines o ‘re Bogotá?
Y dijo la vieja: ve, ¿vo’en qué que taj,
pa’recí que nunca viste pijivay?
Cansara ‘e metete tus tré al desayuno,
yo sé que tu taita nomá era Ño Bruno.
Y la joven esa, ya por no callar,
en una salida que el diablo inspiró,
en caso omiso, volvió a preguntar,
cuando señalaba un almirajó:
oiga, ¿y el tubérculo que tiene ese palo
se come así crúo o hay que cocínalo?
Quitate ‘e mi vista, ve, vo, ejta muchacha,
voj seguramente fuisteis jue ‘re cacha,
porque aquí la gente que viene ilustrara
nunca va saliendo con esaj bobara.
Cristiano, no’rigo que el Chocó es de malas,
esta tierra de uno si está muy fregara,
que hasta el que no sirve tiene que negala.
Eso se lo decía yo a Mana Pascuala,
que ejtaj patirrucias que se van de aquí
nomás que han pasado ya de Munguirrí
y ya ijque son paisaj o son bogotanas
y andan ej con ganaj de ta’re julana.
Aquí comen caga con su mananilla,
la ráij de mafafa que dicen ñamón,
avientan su chure, jaltan su babilla
y hasta hechas laj bobas comen su chamón.
Viven en la orilla buscando bocón,
achicando pozaj, asando cachín,
se jartan de iguana, comen su ratón
y si no hay más nara se llenan de achín.
Se van pa’llá juera quijque a trabajá
y a poquito vienen de mui’encopetara,
dijque no conocen las cosas de acá,
que too ‘ta malo, no sirve pa’ nara
y creen que ellas valen maj que los demás.
La catilinaria confundió a la joven,
que buscó refugio en la explicación
y buscando el modo de evitar la riña
entregó a la vieja esta sinrazón:
oiga, yo le’rigo, aguaite nomá,
porque usté no sabe jue que se enojó;
por eso, yo, ahora, le entro a explicá
que yo, di antes si era de acá del Chocó;
pero, hace seis meses vivo en Bogotá.

El médico de los brujos trae también una muestra de la pródiga oferta de la naturaleza. Así quien la use sea un embaucador y un avivato de orilla, esta pieza ilustra el uso de plantas con fines curativos y un poco de gastronomía.

EL MÉDICO DE LOS BRUJOS 
(Miguel A. Caicedo)
--Fragmento--
[….]
que ella ijque tenía que viví en paruma
y comé bastante de cosa baluma
como el aguacate, pacó, chuntaúro,
con atrancagato, rellena y maúro,
con chere curao y con chicharrón,
con yuca golpiara y cardo’e bocón
[…]
antoncej venía ese tal dotó
a hacé unos regüeltoj con goma’e jojoche
pa’untale en el cuelpo a la prima noche;
también mejorana, orozú y albaca,
ay, pol dioj, mi gente, cosa tan bellaca.
Maj luego le’raba ijque beberizo
de la verdolaga con el altamiso
gallinaza, mora y otro poco’e mil
que traía del monte, también toronjil,
con la celedonia y concha’e jenené
[….]
En la mañanita, ese era un apuro
pa’ darle los baños con el cascajero,
malva, siempreviva y un poquito’e blero,
casa’e muchilero con el limoncillo,
sauco y golondrina con el botoncillo
y an luego la toma de estopa de coco
con hoja’e mastranco y ráij de heliotropo.

Un relato poético

Foto: Claudia L. Alvarez, 1986

Tenemos pues que las cinco categorías que acabamos de ilustrar: 1) geografía y toponimia; 2) mundo festivo y mágico-religioso; 3) parentesco y familiaridad; 4) la cuestión social; 5) naturaleza, recursos y biodiversidad, funcionan como sintagmas o núcleos alrededor de los cuales se estructura el relato poético de la ruralidad afrochocoana en los versos costumbristas del gran Miguel A. Caicedo. De tal manera que, además de piezas únicas e individuales, sus poemas costumbristas forman un corpus o cunjunto a través del cual el Maestro relata y presenta un universo temático concebido y construido para caracterizar de modo íntegro y agudo, comprehensivo y englobante, sin pretensiones científicas, pero sí con profunda y envidiable intuición exegética, una especie de boceto del ser cultural de la chocoanidad.

Con una estructura definida y constante, fácilmente reconocible para su análisis; y con un dominio castizo del idioma, hábil y recursivo como el que más en la confección precisa de los versos de sus poesías, Miguel A. Caicedo encuentra siempre la rima justa, nunca forzada, añadiendo infaltablemente un nuevo dato en cada línea, un dato nuevo en cada verso; ilustrando así a quien lo oye o lo lee con detalles del contexto, la situación, los personajes, el nudo y el desenlace de la anécdota fabulosa que en cada poesía cuenta, cual acontecimiento de la historia regional que uno en su memoria guarda para citar, de modo cabal, si en algún momento fuera justo y necesario, y suficiente no fuera la academia para dar cuenta del presente y del ayer.
 
Además de su gracia inigualable y el poderoso encanto que ejercen en sus lectores y oyentes, las poesías folclóricas o costumbristas de Miguel A. Caicedo funcionan como textos culturales, como memoria oral de la vida pueblerina, rural, comarcana, vecinal, al igual que como crónicas precisas del mundo quibdoseño de la ciudad. Es decir, como relatos colectivos de aquella chocoanidad vívida que es su materia elemental, a la cual dedicó el Maestro cada uno de los minutos de su vida intelectual y literaria.


[1] Un resumen completo de la producción literaria del Maestro Caicedo fue publicado en El Guarengue el 26 de agosto de 2019, en el texto Panorámica de Miguel A. Caicedo:

https://miguarengue.blogspot.com/2019/08/panoramica-de-miguel-a.html

[2] Caicedo Mena, Miguel A. entrevistado por Julio César Uribe Hermocillo. Quibdó, septiembre de 1986.