Un ejemplo de humanidad y compromiso con la vida.
Evocación de Juana Padilla
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| *Juana Padilla en Tanguí: 1991, 2018 y s.f. FOTOS: Sor Gabriela Vásquez, Voces Defensoras y Cortesía. |
Juana
Padilla Mena, quien el próximo septiembre cumpliría 85 años, falleció el martes
28 de abril de 2026. La noticia nos abrumó a quienes tuvimos la inmensa fortuna
de conocerla. El luto generalizado, el dolor inmediato y una tristeza profunda se convirtieron en un minuto de silencio de las orillas y los montes en la cuenca media del río Atrato, mientras
el cielo lloviznaba afligido instantes antes de que el sol resplandeciera para iluminar el
camino de Juana hacia la eternidad.
Mensajes
unánimes
Las
Seglares Claretianas de la Diócesis de Quibdó, movimiento al que Juana
pertenecía de corazón, anunciaron su fallecimiento a menos de dos horas de
haberse producido: «Hoy, a las 6:25 a.m., se nos fue a la casa del Padre Juana
Padilla (Juanita, la bondad hecha persona). Qué vacío nos deja y qué dolor tan
grande nos produce su separación. Gracias, Juanita, por tu vida llena de
servicio y amor para todas las personas. Te invocamos como madre y matrona del
Atrato. Sigue acompañando a las comunidades en la lucha por la dignidad, la
igualdad, la justicia, la fraternidad y la solidaridad. Nunca te olvidaremos y
seguiremos tu legado. Descansa en paz al lado de tu Señor, el Dios de la Vida».
La
Alcaldía del Medio Atrato, municipio del cual es corregimiento Tanguí, el pueblo
donde Juana vivió desde los ocho años de edad, expresó en su comunicado público
de condolencias: «Hija de Tanguí y, a la vez, madre, tía, abuela, mentora y
líder para todo su pueblo; Juana Padilla, conocida con cariño como “Juanoca”, “mamá
Juana”, “tía Juana” o “doña Juana”, fue una mujer ejemplar: hospitalaria,
bondadosa y una de las grandes matronas de Tanguí». La Diócesis de Quibdó, a
través de la Pastoral Social se refirió a ella como «lideresa, defensora de
derechos humanos, matrona, sabedora, madre, amiga y compañera de trabajo»; y en
el comunicado suscrito por el Obispo anotó: «Doña Juana fue una gran matrona del municipio del Medio Atrato (Tanguí),
se distinguió por una vida llena de servicio, amor y trabajo por la comunidad atrateña».
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| Mensajes de condolencia de la Diócesis de Quibdó,la Alcaldía del Medio Atrato y el Foro Interétnico Solidaridad Chocó (FISCH) por la muerte de la matriarca atrateña Juana Padilla Mena. Imágenes tomadas de la página de Facebook de cada entidad. |
La casa de todos
En su magnífica
investigación sobre la Fiesta de San Antonio de Padua en Tanguí como escenario
y expresión de resistencia festiva, que fue su trabajo de grado para la
Maestría en Antropología de la Universidad de los Andes; José Oscar Córdoba
Lizcano, el nunca bien lamentado misionero claretiano que sucumbió al masivo
ataque del Covid-19 cuando se desempeñaba como Rector de la Uniclaretiana, la
universidad que su congregación religiosa fundó para democratizar el acceso y
el derecho a educación superior de calidad, en su descripción de los rituales
de la fiesta, relata que, cuando la misa del santo termina, la gente se va
agrupando en diversos sitios para charlar y seguir compartiendo: «Siempre hay
lugares privilegiados para estos encuentros: al frente de la capilla, en la
calle principal, en las discotecas y donde nunca falla la gente, que es la
casa de Juana Padilla. Son pocas las personas de Tanguí y de los visitantes
que no pasan en algún momento por esta casa; aquí siempre hay personas
reunidas, convocadas en forma espontánea, ya sean niños, jóvenes, adultos o
todos revueltos. Sin duda es un gran referente. En esta casa se da el
“milagro bíblico” de la multiplicación de los panes, pues hay comida para
quien llegue, aun a veces para personas desconocidas o que poco se conocen en
el pueblo».
Y siempre fue igual, aunque
no estuviera de por medio la fiesta patronal. Como lo vivió la ingeniera
agrónoma Sor Gabriela Vásquez, dieciocho años antes del relato de José Oscar: «Siempre
recuerdo su hermosa sonrisa, nada escasa en cada momento que compartíamos, así
como lo querendona y complaciente. Sus delicados detalles fueron incontables… Ella
sabía que me encantaba el plátano maduro y, cuando sabía que yo llegaba a
Tanguí, me llevaba a la cocina y en un plato cubierto completamente con un
perol de fritar, me mostraba lo que había preparado para mí: 1, 2 o 3 plátanos
maduros, asados a las brasas. Me los servía, acompañados muchas veces de
pescado, también asado o frito, o me servía “vacío”, es decir, solo los
maduros».
Al igual que el ingeniero agrónomo Roberto Velásquez lo experimentó por la
misma época: «Juana Padilla, mujer líderesa y matrona del Medio Atrato, me
recibió en su casa en 1990. Por eso mi primer hogar fue Tanguí».
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| Tanguí, 1991. Luis Ernesto Mosquera, líder comunitario; Sor Gabriela Vásquez, Ingeniera Agrónoma; Juana Padilla y la señora Maruja Torres, madre de Gaby, quien se encontraba de visita. FOTO: Sor Gabriela Vásquez (Gaby). |
La conclusión de José Oscar Córdoba Lizcano es clara y
diciente sobre los alcances de la hospitalidad de Juana Padilla. «Si bien es
cierto que el templo religioso y las discotecas también son lugares de gran
convocatoria, la diferencia entre estos y la casa de Juana Padilla radica en
que esta, a pesar de tener allí su tienda, en tiempos de fiesta permanece
siempre de puertas abiertas; aun en las noches se puede empujar suavemente la
puerta y esta se abrirá. Su sala grande, las tantas habitaciones y camas que
tiene, al igual que la acogida y actitud fraterna y solidaria de Juana, hacen
de esta casa “la casa de todos”».
Y él sí que puede decirlo. En los agradecimientos de su trabajo de grado,
incluye a Juana de la siguiente y significativa manera: «A la comunidad de
Tanguí por participarme su sabiduría, respaldo y acogida durante el necesario
trabajo de campo, en especial a Juana Padilla porque su casa se convirtió en mi
casa y ella en una segunda madre».
Del mismo modo que pueden decirlo las Seglares Claretianas,
como la misionera hispanocolombiana Aurora Bailón, quien ha pasado una buena
parte de su vida en el Chocó y fue durante décadas una de las mejores amigas de
Juana Padilla, quien siempre vivió con todas y cada una de las seglares un
claro ejemplo de sororidad. «Su casa siempre estuvo abierta para recibir al que
llegara, brindándole acogida y hospitalidad. Con estas acciones, su liderazgo
comunitario —ejercido desde la cotidianidad de la vida y dándole un sentido de
trascendencia— llegaba al corazón de la gente y poco a poco fue ampliando su
influencia hasta convertirse en madrina del Atrato».
«Madrina del Atrato, solidaridad hecha luz,
presencia tierna de Dios, ráfaga de viento impetuoso»
Así la llama otro misionero claretiano y poeta, uno de los
curas más recordados en Quibdó y en todo el Atrato: Javier Pulgarín Toro,
en su libro “Flauta de Cristal”.[8] Como lo
explica Aurorita: «Estas expresiones no son gratuitas; corresponden al papel
que ha jugado en la comunidad y en el proceso organizativo del Medio Atrato,
como mujer, matrona, lideresa y sabia comunitaria. Juanita es una mujer
humilde, sencilla, luchadora, alegre y servicial que transmite confianza y
seguridad… Juanita con su sabiduría aconsejaba a niños, jóvenes y adultos con
cariño, honestidad y mucho tacto, buscando el crecimiento de las personas y la
convivencia armónica en la comunidad. Juanita fue una mujer de mucha fe».
Roberto Velásquez, cuyos trabajos como agrónomo
marcaron una época en Tanguí y en todo el Medio Atrato, expresa al respecto: «Ella, acompañante de las
Comunidades Eclesiales de Base, cultivó un evangelio de Jesús popular y
liberador, semilla de la Asociación Campesina Integral del Atrato - ACIA. Juana
es testimonio vivo de solidaridad, alegría y resistencia. Defensora incansable
de la identidad y territorio del pueblo negro».
Sor Gabriela Vásquez (Gaby), cuyo profesionalismo y
capacidad de diálogo con las «epistemologías de la manigua»
de los campesinos medioatrateños hicieron posible avances relevantes en la
cualificación de los sistemas productivos tradicionales del Medio Atrato, anota
en este sentido: «Su casa era la casa de todos los que allí llegábamos:
misioneros, líderes, académicos, artistas, religiosos, etc.; allí sentíamos que
teníamos dónde llegar y quién nos recibiera con alegría y generosidad, pilar
fundamental para los procesos de formación y organización comunitaria. Juana
Padilla apoyó los procesos organizativos como si fueran sus ideales muy
personales, muy sentidos, muy de su comunidad, la que se extendía por todo el
Atrato y sus afluentes… Cada que yo programaba algún evento de capacitación
agronómica, Juana me ayudaba a convocar a las personas pues sabía claramente
quiénes podrían y estarían interesados en participar, como era el caso del
trabajo con la caña, y la elaboración de miel y panela. Muy entusiasmada para
que las fincas fueran biodiversas y productivas, promovió conmigo la siembra de
especies frutales de la zona, como borojó y guayaba, además de las diferentes
especies de plátanos».
Martha Inés Asprilla Pino, Seglar Claretiana, quien compartiera con ella durante más de cuatro décadas, la recuerda conmovida: «Juanita fue una mujer muy significativa para nosotras como misioneras y acompañantes de los procesos organizativos de las comunidades campesinas del Medio Atrato. Era una mujer de mucha energía positiva y de mucha fe, que siempre acogía con abrazos, sonrisas, palabras cálidas; siempre era muy dulce en su expresión: cuando uno hablaba con ella sentía tranquilidad y paz. Con Juana compartimos momentos muy bonitos y momentos muy difíciles, como su secuestro y los desplazamientos forzados de la comunidad, que le ocasionaron mucho dolor. Ella fue siempre eje de la comunidad, la mamá de todo el mundo, una mamá para la gente del Atrato». Gloria Teresa Gómez, quien reside hace algunos años en España, y compartió con Juana a finales de la década de 1980 y comienzos de los 90, cuando trabajó en el Medio Atrato, dijo al saber la noticia: «Me causó mucha tristeza la partida de Juanita. Me ilusionaba ir a Colombia y que ella fuera una de las primeras personas que pudiera saludar y abrazar». Así, entrañable e inolvidable, era Juana.
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| Juana Padilla en su casa de Tanguí, en 1991, con Luis Ernesto Mosquera, líder comunitario; su hija Cristina y la señora Maruja Torres, madre de Gaby. FOTO: Sor Gabriela Vásquez (Gaby). |
Faro
y guía
Juana
Padilla «fue una de las fundadoras de la Asociación Campesina Integral del
Atrato (ACIA), participando en reuniones comunitarias, encuentros zonales y
asambleas generales. El liderazgo de Juanita unido al de otros líderes y
lideresas de Tanguí ayudó a que la comunidad no se vinculara de manera directa
y consciente con alguno de los actores armados que frecuentaban la zona. Tanguí
se convirtió en una comunidad amenazada por todos los actores armados porque
veían en su organización un gran impedimento para el logro de sus intereses».
La
profunda convicción de gente como Juana, como Saturnino, como Florentino,
impidieron que la hecatombe programada por las fuerzas del mal de la política
nacional se produjera en Tanguí. Y en ello incidió la preocupación, muy
afrochocoana desde los tiempos de Diego Luis y de la Generación de la Dignidad, de
ascender a la libertad por la vía de la educación. «También los líderes y
lideresas se preocuparon de que los jóvenes estudiaran y actualmente cuentan
con un buen número de profesionales que inciden de manera directa y positiva en
favor del pueblo», explica Aurora. Lo cual corrobora José
Oscar en su trabajo de grado, donde —luego de presentar una lista
representativa de una docena de profesionales universitarios tanguiseños—
explica: «Es importante resaltar que en las zonas rurales del Chocó no es muy
común que pueblos tan pequeños cuenten con tantos profesionales de incidencia
directa y positiva a favor de la comunidad».
Gaby
relata esta misma parte de la historia desde una perspectiva en la que mixtura
las dotes personales con los aportes comunitarios y organizativos de Juana Padilla:
«Juana era respetada y reconocida con autoridad en las comunidades. Su casa era
también referente para el disfrute y la integración, para atender visitas de
amigos y líderes venidos de otras comunidades y regiones, como hogar que daba la
bienvenida y acogía para el trabajo mancomunado. Participaba en las reuniones,
con su voz retumbante, enérgica y decidida, y sus palabras eran tenidas en
cuenta por su gran reconocimiento en la comunidad. Sentirse negra y, por qué
no, también indígena, y codueña del territorio, ayudó a integrar a la comunidad
para lograr objetivos comunes que, años después, se concretaron en la Ley 70 de
1993».
Parentela
A Juana
Padilla la acompañaban siempre “la mirada constante, la palabra precisa, la
sonrisa perfecta”. Ello explica que uno
pudiera, siempre, ser uno mismo cuando estaba con ella. Pero, también, Juana
tenía su propia familia. Hija de Zoila Mena y de José Lorenzo Padilla, tuvo
cinco hermanos, todos fallecidos. Nació el 8 de septiembre de 1941, en Nauritá,
en la desembocadura del río Nauritá al río Neguá, afluente del río Atrato. «Cuando
tenía 8 años, su familia se fue a vivir a Tanguí». Con Roberto Rodríguez
Córdoba, tuvo cinco hijos, tres hombres y dos mujeres: Roberto Rodríguez
Padilla (Robertico), el mayor, presbítero, misionero claretiano y recientemente
posesionado como rector de la Fundación Universitaria Claretiana, Uniclaretiana.
Norberto (el Coloradito de Juana Padilla), compositor y músico, uno de los más
claros exponentes contemporáneos de la Chirimía chocoana, que hizo de su
agrupación Tanguí Chirimía una institución memorable y con sus composiciones e
interpretaciones refrescó el entonces pasmado panorama de la música vernácula
regional. Ramiro (Ramo), abogado, exalcalde municipal del Medio Atrato, actualmente
asesor jurídico del FISCH (Foro Interétnico Solidaridad Chocó) y de otros
procesos étnico-territoriales; uno de los precursores —junto con Richard
Moreno, hijo de Saturnino— de la propia defensa de los derechos humanos étnicos
y territoriales en las organizaciones del Chocó. Isela (India), quien se
desempeña como docente. Y Juana Cristina (Juanita o Cristi), Trabajadora Social…
Juana Padilla alcanzó a conocer un total de 13 nietos y acogió como propios a los
hijos de su marido.
“Resistencia
festiva”

Juana
Padilla nunca ejerció su compromiso comunitario y social en desmedro de su
familia. Quizás porque en su caso sí que era literalmente cierto que en su
corazón y en su alma, además de su parentela directa, cabía toda su parentela
extensa de Tanguí y del Atrato Medio. Parentelas estas que sufrieron lo que no
está escrito cuando, como lo denunció en su momento el Observatorio para la
Protección de los Defensores de Derechos Humanos, de la Organización Mundial
Contra la Tortura (OMCT) y de la Federación Internacional de Derechos Humanos
(FIDH), «el 30 de agosto de 2007 hacia las 7:30 p.m., guerrilleros del Frente
34 de las FARC incursionaron en la Comunidad de Tanguí y se dirigieron a la
casa de habitación de la Sra. Juana Padilla Mena, una de las fundadoras de la
organización COCOMACIA y madre del alcalde del municipio de Medio Atrato. Una
vez penetraron en la casa de la Sra. Juana Padilla Mena procedieron a retenerla
en contra de su voluntad y con ella retuvieron también al Sr. Rodrigo Rodríguez
Córdoba, líder comunitario y laico misionero de la Diócesis de Quibdó desde
hace 10 años, quien además es hermano del mencionado alcalde». Cuatro días después,
cuando faltaba una semana para su 66° cumpleaños, Juana fue liberada, al igual
que su entenado... Las
ONG que denunciaron su retención se refirieron a ella como «una autoridad
tradicional del pueblo, una matrona comunitaria en torno a la cual se reúne la
comunidad para resolver las dificultades comunitarias».
Como
lo dejó contado José Oscar Córdoba en su investigación sobre la Fiesta de San
Antonio de Padua en Tanguí, Chocó, en el contexto del conflicto armado
(1996-2008): «En las fiestas del 2008, la comunidad hizo un homenaje sentido a
Juana Padilla el día 13 [de junio] durante la procesión de San Antonio. Allí
ella agradeció al santo por su liberación, prometió no abandonar el pueblo y la
gente festejó este hecho con gran alegría. Sin duda, esta fue también una
manera de estimular la resistencia de la comunidad en su territorio ancestral».
Una
vida ejemplar
«Este ha sido un momento de encuentro con muchas personas, no solo de Tanguí, de todo el Atrato, de COCOMACIA, convocadas por Juanita. Hoy, con su partida, vienen los abrazos con cada persona tanguiseña, manifestando profundos sentimientos: …Se nos fue Juanita, que siempre ha sido amor, ternura, solidaridad, compromiso, entrega… Juanita fue todo para nosotros. Nos deja una gran responsabilidad… Hoy Juanita nos ha vuelto a unir... Me abrazan… Tanguí está presente en cada uno de nosotros… En la Funeraria "La Esperanza", en Quibdó, la calle casi no da paso a carros y motos. En el interior de la funeraria no hay espacio para entrar. Juanita en este momento nos ha convocado a todos… al Atrato, a COCOMACIA… No había visto un velorio tan concurrido…». Escribe Justy Sánchez, alma de las Seglares Claretianas, esa misma noche del velorio de Juana Padilla en Quibdó.
Su ejemplo de humanidad y compromiso con la vida vivirá por siempre en la memoria de la comunidad de Tanguí, corregimiento del municipio del Medio Atrato en el departamento del Chocó; y en todas las orillas y todos los montes del Atrato Medio, en donde su vida seguirá siendo baluarte de la memoria y adalid de la justicia social, étnica y ambiental. Gloria eterna a su vida fructífera y comprometida. Perenne será tu recuerdo, gran señora, Juana Padilla... «Quisiera darte el cielo, pero el Dios de la vida te lo dará», cantó su hijo Norberto en la multitudinaria despedida comunitaria que fueron sus exequias en Tanguí el último día de abril.