Terremoto cultural
(III)
De cholos e indios a etnias
y pueblos
Cholos
Llegaban los sábados en la madrugada, en sus canoas longilíneas y seguras, poco celosas, curadas y amansadas en aluviones y crecientes, entre aguaceros y diluvios, bajo neblinas densas y soles abrasadores. A veces, el tiempo les rendía más de la cuenta, porque había más agua en los ríos por los que bajaban hasta el Atrato para llegar al mercado sabatino de Quibdó. En esas ocasiones, acompañados por el lucero del río Quito, en el último trecho de cuyo cauce solían guarecerse y orillarse, dormitaban hasta el alba usando como lecho la carga de sus embarcaciones y como frazada una o dos hojas de plátano y la camisa que sus mujeres les habían entregado limpia para que se la pusieran cuando fueran a caminar en guayuco por las calles de la ciudad. En cuanto el lucero llegaba a su brillo máximo, pocos segundos antes de diluirse en la reciedumbre de las primeras luces del amanecer, se levantaban en un santiamén, se frotaban los ojos y la cabeza con agua fría que recogían del río en el cuenco hermético de sus manos, se deleitaban con unos cuantos sorbos, se enjuagaban la boca, y examinaban en el cielo los signos del tiempo, mientras saciaban su sed de recién despertados.
Canaleteando suavemente, sin prisa, ponían rumbo hacia la margen opuesta, donde las luces nocturnas de Quibdó estaban terminando de apagarse. Y se arrimaban a esa orilla extensa donde —para cumplir la cita de aquel mercado semanal que alimentaba y aprovisionaba a los quibdoseños— se congregaban decenas de campesinos del Atrato alto y medio, de todos sus afluentes y cabeceras, y adonde en tiempos de pescado llegaban también, después de varias jornadas de viaje, las inmensas canoas de los pescadores de Riosucio y de todas las ciénagas del Bajo Atrato, que fueron pioneros en el uso de motores Johnson fuera de borda.
Por lo general, ofrecían en aquel mercado utensilios y herramientas, como piedras de moler y varas de pesca, catangas grandes de bejuco y medianas o pequeñas de tetera o chocolatillo; trastos de cocina y comedor hechos de mate o totumo, como cucharas de varios tamaños, escudillas, cedazos o coladores; carne salada de puerco, guagua, saíno, guatín, tatabro, tortuga; frutas como chirimoya, naranja, limones, caimitos, chontaduros, zapotes, táparos y milpesos; uno que otro pato, una que otra gallina y unos cuantos huevos; talismanes de chocho y manojos de hierbas para baños medicinales; brea, bija, maíz y algodón cerrero para rellenar almohadas. En medio del ajetreo matutino, alcanzaban a hacer —aun con las limitaciones de su castellano— contratos verbales para cumplir encargos especiales de yerbas, carnes de monte, maderas o utensilios...que debían traer el sábado siguiente.
Terminadas las ventas, en una operación rápida para ahorrar tiempo y aligerar el regreso a sus lugares de origen, caminaban hacia los graneros y tiendas, almacenes de variedades, boticas y cacharrerías del comercio quibdoseño; en busca de sal fina para comida y gruesa para salar y conservar carne; velas, querosín y mechas para sus quinqués; nailon, anzuelos, plomo, cáñamo y piolas para varas, atarrayas, catangas y otras artes de pesca; puntillas o clavos para diversos menesteres domésticos; manteca de cerdo o sebo de res; arroz y panela, cuando no habían logrado intercambiarlos con sus compadres en la orilla; cigarros y tabacos para ceremonias y rituales o para las cachimbas de los viejos; de vez en cuando fríjoles, lentejas o leche en polvo, café y chocolate; herramientas caseras y de labor: machetes hachas, cuchillos; recatones para la punta de las palancas; veterina y árnica, uno que otro analgésico y purgantes, para usos medicinales en personas y animales, y azufre para espantar bichos y culebras; prendas de vestir por lo menos una vez al año: franelas y camisas caqui o blancas para los hombres, yardas de coleta o popelina colorida para las parumas de las mujeres, retales de falla o yute para los taparrabos, pampanillas o guayucos de los hombres; fósforos, petates, pilas…
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| Emberas en Quibdó (aprox. 1970), en la carrera cuarta entre calles 25 y 26. FOTO: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó. |
Eran los indígenas chocoanos, que semanalmente llegaban al mercado sabatino de la orilla del río Atrato en Quibdó, y a quienes genéricamente todo el mundo llamaba “cholos”; y de quienes —hasta mediados de los años 70— se enseñaba en las clases de Sociales de las escuelas públicas que eran los primitivos pobladores del Chocó; que pertenecían a una gran familia lingüística, de la cual se desprendían “todos sus dialectos”; que tenían sus propias costumbres y creían en sus propios mitos y dioses; que vivían en la selva y a la orilla de los ríos, principalmente en las partes altas o nacimientos; que eran de piel cobriza y pelo lacio; y que todos los ríos del Chocó cuyo nombre terminara en “do” se llamaban así porque en la lengua de los indios “do” equivalía a río en castellano.
Indios
Los pueblos indígenas del Chocó no pasaban entonces de ser los “cholos”, de cuyas parumas y guayucos, collares y candongas, brazaletes y narigueras, desnudeces, lenguas y borracheras, todo el mundo se burlaba. Burla esta que hallaba su momento cumbre en un burdo escenario de institucionalización del racismo, el menosprecio y el lugar subordinado que ocupaban en la pirámide social chocoana hasta el último cuarto del siglo XX: la denominada "fiesta del indio", que la institucionalidad pública, la iglesia y la sociedad quibdoseña realizaban cada año. Insidiosamente inducidos al consumo desenfrenado de licor, indígenas que habían sido traídos desde diversos lugares del Chocó eran reunidos en el parque principal de Quibdó -al final de la semana santa católica- para convertirlos en reyes de burlas, mediante su participación en juegos y concursos, y para entregarles al final unas cuantas baratijas a manera de regalos.
Etnias
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| Portada de la revista JAI-BIA del Centro de Pastoral Indigenista de Quibdó. Edición especial 500 años de colonización europea en América. |
Pueblos
Distribuidos en una docena de organizaciones étnicas, actualmente forman parte del Chocó unos cien mil indígenas de los pueblos Wounaan, Emberá Dóbida, Emberá Katío, Emberá Chamí, Eyábida y Gunadule; que según las proyecciones del último censo nacional de población equivalen aproximadamente al 15% del total de habitantes del departamento.[1]
No obstante los significativos e históricos cambios que se han producido en cuanto al tratamiento de las realidades indígenas en las políticas públicas y en las percepciones sociales de los demás integrantes de la población chocoana; un mes después del terremoto de magnitud 7.4, las cifras oficiales publicadas por las alcaldías, la gobernación y la UNGRD no presentan datos específicos consolidados sobre daños en los pueblos indígenas del Chocó. Con base en la información producida a través del monitoreo étnico de la Defensoría del Pueblo y las publicaciones de algunas organizaciones propias de estos pueblos, se calcula que más de un centenar de comunidades indígenas de por lo menos 20 de los 30 municipios afectados por la tragedia en el Chocó, sufrieron daños significativos en cuanto a infraestructura educativa y de salud, vivienda y otros bienes comunitarios.
«El sismo generó una notable afectación de pueblos étnicos, tanto indígenas como negros y afrocolombianos. Las afectaciones comprenden viviendas e infraestructura comunitaria, educativa y sanitaria, servicios públicos, medios de vida y condiciones de bienestar individual y colectivo. A ello se suman necesidades humanitarias persistentes, dificultades de acceso a territorios rurales y dispersos, amenazas posteriores o concurrentes y diferencias importantes en los niveles de verificación, registro y respuesta institucional. Todo ello configura una emergencia territorial y multidimensional», expresó la Defensoría del Pueblo este 11 de septiembre. Y le recordó al Gobierno Nacional que la recuperación y reconstrucción de las comunidades debe hacerse de modo «planificado, integral y participativo, fundamentado en la protección de los derechos humanos»; y que «este proceso implica una planeación del desarrollo que integre las diversas visiones territoriales y culturales. Además de reconstruir la infraestructura, debe restaurar el tejido social, cultural y emocional que resultó lastimado… [e] implica también la obligación de impedir que la historia vuelva a escribirse con las mismas omisiones y vulneraciones de derechos».[2]
PatrimoniosEn el sentido planteado por la Defensoría, quizás esta sea una oportunidad para que, en términos de justicia étnica, de restauración y salvaguarda del patrimonio cultural de los pueblos indígenas del Chocó; se adelanten acciones integrales orientadas a la recuperación de la historia de estos pueblos y a la documentación de sus realidades culturales actuales. En ese sentido, por ejemplo, se podría promover la creación de un grupo especial de trabajo sobre oralitura y literatura, de todos y cada uno de los pueblos indígenas del Chocó, para la identificación de fuentes y obras de la tradición y de la creación de comunidades y autores/as de las etnias indígenas del Chocó, incluyendo narraciones y mitos de origen, héroes culturales, rituales y ceremonias, relatos y cuentos, fábulas y juegos; y extendiendo el trabajo a otros componentes, como su coreografía y su música, su pintura facial y corporal, sus manifestaciones espirituales y artísticas de todos los órdenes. Igualmente, podrían adelantarse estudios sistemáticos y rigurosos sobre el estado actual de las lenguas maternas de estos pueblos en el Chocó.
Los conocimientos recuperados y producidos a partir de estas y otras acciones que se identifiquen y desarrollen serían la base para el diseño, producción y publicación de materiales en todo tipo de formatos, en versiones bilingües, tanto para las propias comunidades indígenas y sus instituciones educativas y organizativas, como para las demás instituciones educativas, culturales y étnicas del Chocó; y para la constitución de colecciones y repositorios que contribuyan a la preservación y difusión de las identidades indígenas desde sus propios saberes, historias y conocimientos. Materiales y procesos como los mencionados constituirían una base apropiada para fundamentar la introducción de cátedras de estudios indígenas en escuelas, colegios y universidades de la región, e incluso en espacios formativos de oenegés culturales y de organizaciones étnicas afrochocoanas.
Todo lo anterior en coordinación con organizaciones de los propios pueblos, con la orientación de sus propios sabedores y sabedoras, y la dirección de sus propios estudiosos e intelectuales; con el apoyo de especialistas las diversas materias comprometidos ética y científicamente con la causa, desde una perspectiva de recuperación y producción propia de conocimientos como fundamentos de la educación y el desarrollo propios, y no como simple recopilación etnográfica para la obtención de méritos académicos.
Tal vez por este camino avancemos un poco más en dejar de ver como “cholos” a los pueblos indígenas del Chocó, y en su percepción y reconocimiento como pueblos originarios que forman parte esencial y constitutiva de la Chocoanidad; en lugar de reducirlos, casi arqueológicamente, a la condición de “primitivos pobladores”. El reconocimiento del ser, la identidad y la plena capacidad de los pueblos indígenas del Chocó como sujetos históricos de derechos, en un territorio compartido, hará más expeditas y fructíferas las perspectiva comunes de futuro para la región. Y de paso, seguramente, contribuirá a que la exigencia de los propios derechos se haga sin menoscabo de los derechos de los demás.
[1] Datos
tomados de: Chocó indígena: un territorio en permanente emergencia social. https://agendapropia.co/articles/choc-indgena-un-territorio-que-requiere-ayuda-humanitaria?lang=es
[2] Defensoría del Pueblo. Colombia. A un mes del
sismo, expresamos nuestra solidaridad y llamamos a una recuperación basada en
los derechos humanos. https://www.defensoria.gov.co/-/a-un-mes-del-sismo-expresamos-nuestra-solidaridad-y-llamamos-a-una-recuperacion-basada-en-los-derechos-humanos


















