09/11/2020

 “Una versión inverosímil de la vida cotidiana”
-El Chocó en las memorias de Gabo-[1]

Parque Centenario de Quibdó, septiembre de 1954. Foto: Guillermo Sánchez, El Espectador.
Marcha de protesta contra el proyecto gubernamental de desmembración del Departamento del Chocó y su repartición entre Antioquia, Caldas y Valle del Cauca. La bandera es portada por el entonces gobernador militar, Capitán Luis A. Cano. El cuadro que llevan los dos muchachos es "Homenaje al boga", del pintor chocoano Francisco Mosquera Agualimpia.

 

Con motivo de las acciones de la ciudadanía quibdoseña y su dirigencia (Gabriel Meluk Aluma, Ramón Lozano Garcés, Aureliano Perea Aluma, Antonio José Maya, Primo Guerrero, entre otros) para protestar contra el proyecto de desmembración del Departamento del Chocó y su repartición entre los departamentos de Caldas, Antioquia y Valle del Cauca, el escritor colombiano, Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez viajó a Quibdó y a otros lugares del Departamento del Chocó en septiembre de 1954, como enviado especial del diario El Espectador, de Bogotá. Fruto de su trabajo como el reportero que entonces era, Gabo publicó en El Espectador una serie titulada El Chocó que Colombia desconoce, compuesta por cuatro reportajes considerados piezas maestras del periodismo colombiano. El primero de ellos fue publicado el 29 de septiembre de 1954, bajo el título Historia íntima de una manifestación de 400 horas y al mismo dedicamos un artículo en El Guarengue, en octubre de 2018: https://miguarengue.blogspot.com/2018/10/y-el-dia-llegara-de-tu-redencion.html

 

En esta ocasión, les ofrecemos en El Guarengue el extracto de las páginas que a este acontecimiento de su vida profesional y personal le dedicó Gabo en su libro de memorias, Vivir para contarla. Al igual que en los reportajes a los que alude este capítulo de su vida, en este texto brilla la agudeza de García Márquez y esa intuición envidiable de narrador capaz de materializar la actualidad permanente como característica narrativa; aunque, en este caso, sea ayudado por la historia regional del Chocó, que en algunos aspectos pareciera a veces congelada en el tiempo, como una de sus madrugadas de diluvios eternos.


De todos modos, los tiempos no estaban para ferias. El gobierno del general Rojas Pinilla, ya en conflicto abierto con la prensa y gran parte de la opinión pública, había coronado el mes de setiembre con la determinación de repartir el remoto y olvidado departamento del Chocó entre sus tres prósperos vecinos: Antioquia, Caldas y Valle. A Quibdó, la capital, sólo podía llegarse desde Medellín por una carretera de un solo sentido y en tan mal estado que hacían falta más de veinte horas para ciento sesenta kilómetros. Las condiciones de hoy no son mejores.

En la redacción del periódico dábamos por hecho que no había mucho que hacer para impedir el descuartizamiento decretado por un gobierno en malos términos con la prensa liberal. Primo Guerrero, el corresponsal veterano de El Espectador en Quibdó, informó al tercer día que una manifestación popular de familias enteras, incluidos los niños, había ocupado la plaza principal con la determinación de permanecer allí a sol y sereno hasta que el gobierno desistiera de su propósito. Las primeras fotos de las madres rebeldes con sus niños en brazos fueron languideciendo al paso de los días por los estragos de la vigilia en la población expuesta a la intemperie. Estas noticias las reforzábamos a diario en la redacción con notas editoriales o declaraciones de políticos e intelectuales chocoanos residentes en Bogotá, pero el gobierno parecía resuelto a ganar por la indiferencia. Al cabo de varios días, sin embargo, José Salgar se acercó a mi escritorio con su lápiz de titiritero y sugirió que me fuera a investigar qué era lo que en realidad estaba sucediendo en el Chocó. Traté de resistir con la poca autoridad que había ganado por el reportaje de Medellín, pero no me alcanzó para tanto. Guillermo Cano, que escribía de espaldas a nosotros, gritó sin mirarnos:

-¡Váyase, Gabo, que las del Chocó son mejores que las que usted quería ver en Haití!

De modo que me fui sin preguntarme siquiera cómo podía escribirse un reportaje sobre una manifestación de protesta que se negaba a la violencia. Me acompañó el fotógrafo Guillermo Sánchez, quien desde hacía meses me atormentaba con la cantaleta de que hiciéramos juntos reportajes de guerra. Harto de tanto oírlo, le había gritado:

-¿Cuál guerra, carajo!

-No se haga el pendejo, Gabo -me soltó de un golpe la verdad-, que a usted mismo le oigo decir a cada rato que este país está en guerra desde la Independencia.

En la madrugada del martes 21 de setiembre se presentó en la redacción vestido más como un guerrero que como un reportero gráfico, con cámaras y bolsos colgados por todo el cuerpo para irnos a cubrir una guerra amordazada. La primera sorpresa fue que al Chocó se llegaba desde antes de salir de Bogotá por un aeropuerto secundario sin servicios de ninguna clase, entre escombros de camiones muertos y aviones oxidados. El nuestro, todavía vivo por artes de magia, era uno de los Catalina legendarios de la segunda guerra mundial operado para carga por una empresa civil. No tenía sillas. El interior era escueto y sombrío, con pequeñas ventanas nubladas y cargado de bultos de fibras para fabricar escobas. Éramos los únicos pasajeros. El copiloto en mangas de camisa, joven y apuesto como los aviadores de cine, nos enseñó a sentarnos en los bultos de carga que le parecieron más confortables. No me reconoció, pero yo sabía que había sido un beisbolista notable de las ligas de La Matuna en Cartagena.

El decolaje fue aterrador, aun para un pasajero tan rejugado como Guillermo Sánchez, por el bramido atronador de los motores y el estrépito de chatarra del fuselaje, pero una vez estabilizado en el cielo diáfano de la sabana se deslizó con los redaños de un veterano de guerra. Sin embargo, más allá de la escala de Medellín nos sorprendió un aguacero diluviano sobre una selva enmarañada entre dos cordilleras y tuvimos que entrarle de frente. Entonces vivimos lo que tal vez muy pocos mortales han vivido: llovió dentro del avión por las goteras del fuselaje. El copiloto amigo, saltando por entre los bultos de escobas, nos llevó los periódicos del día para que los usáramos como paraguas. Yo me cubrí con el mío hasta la cara no tanto para protegerme del agua como para que no me vieran llorar de terror.

Al término de unas dos horas de suerte y azar el avión se inclinó sobre su izquierda, descendió en posición de ataque sobre una selva maciza y dio dos vueltas exploratorias sobre la plaza principal de Quibdó. Guillermo Sánchez, preparado para captar desde el aire la manifestación exhausta por el desgaste de las vigilias, no encontró sino la plaza desierta. El anfibio destartalado dio una última vuelta para comprobar que no había obstáculos vivos ni muertos en el río Atrato apacible y completó el acuatizaje feliz en el sopor del mediodía.

La iglesia remendada con tablas, las bancas de cemento embarradas por los pájaros y una mula sin dueño que triscaba de las ramas de un árbol gigantesco eran los únicos signos de la existencia humana en la plaza polvorienta y solitaria que a nada se parecía tanto como a una capital africana. Nuestro primer propósito era tomar fotos urgentes de la muchedumbre en pie de protesta y enviarlas a Bogotá en el avión de regreso, mientras atrapábamos información suficiente de primera mano que pudiéramos transmitir por telégrafo para la edición de mañana. Nada de eso era posible, porque no pasó nada.

Recorrimos sin testigos la muy larga calle paralela al río, bordeada de bazares cerrados por el almuerzo y residencias con balcones de madera y techos oxidados. Era el escenario perfecto, pero faltaba el drama. Nuestro buen colega Primo Guerrero, corresponsal de El Espectador, hacía la siesta a la bartola en una hamaca primaveral bajo la enramada de su casa, como si el silencio que lo rodeaba fuera la paz de los sepulcros. La franqueza con la que nos explicó su desidia no podía ser más objetiva. Después de las manifestaciones de los primeros días la tensión había decaído por falta de temas. Se montó entonces una movilización de todo el pueblo con técnicas teatrales, se hicieron algunas fotos que no se publicaron por no ser muy creíbles y se pronunciaron los discursos patrióticos que en efecto sacudieron el país, pero el gobierno permaneció imperturbable. Primo Guerrero, con una flexibilidad ética que quizás hasta Dios se la haya perdonado, mantuvo la protesta viva en la prensa a puro pulso de telegrama.

Nuestro problema profesional era simple: no habíamos emprendido aquella expedición de Tarzán para informar que la noticia no existía. En cambio, teníamos a la mano los medios para que fuera cierta y cumpliera su propósito. Primo Guerrero propuso entonces armar una vez más la manifestación portátil, y a nadie se le ocurrió una idea mejor. Nuestro colaborador más entusiasta fue el capitán Luis A. Cano, el nuevo gobernador nombrado por la renuncia airada del anterior, y tuvo la entereza de demorar el avión para que el periódico recibiera a tiempo las fotos calientes de Guillermo Sánchez. Fue así como la noticia inventada por necesidad terminó por ser la única cierta, magnificada por la prensa y la radio de todo el país y atrapada al vuelo por el gobierno militar para salvar la cara. Esa misma noche se inició una movilización general de los políticos chocoanos -algunos de ellos muy influyentes en ciertos sectores del país- y dos días después el general Rojas Pinilla declaró cancelada su propia determinación de repartir el Chocó a pedazos entre sus vecinos.

Guillermo Sánchez y yo no regresamos a Bogotá de inmediato porque convencimos al periódico de que nos permitiera recorrer el interior del Chocó para conocer a fondo la realidad de aquel mundo fantástico. Al cabo de diez días de silencio, cuando entramos curtidos por el sol y cayéndonos de sueño en la sala de redacción, José Salgar nos recibió feliz, pero en su ley.

-¿Ustedes saben -nos preguntó con su certeza imbatible- cuánto hace que se acabó la noticia del Chocó?

La pregunta me enfrentó por primera vez a la condición mortal del periodismo. En efecto, nadie había vuelto a interesarse por el Chocó desde que se publicó la decisión presidencial de no descuartizarlo. Sin embargo, José Salgar me apoyó en el riesgo de cocinar lo que pudiera de aquel pescado muerto.

Lo que tratamos de transmitir en cuatro largos episodios fue el descubrimiento de otro país inconcebible dentro de Colombia, del cual no teníamos conciencia. Una patria mágica de selvas floridas y diluvios eternos, donde todo parecía una versión inverosímil de la vida cotidiana. La gran dificultad para la construcción de vías terrestres era una enorme cantidad de ríos indómitos, pero tampoco había más de un puente en todo el territorio. Encontramos una carretera de setenta y cinco kilómetros a través de la selva virgen, construida a costos enormes para comunicar la población de Istmina con la de Yuto, pero que no pasaba por la una ni por la otra como represalia del constructor por sus pleitos con los dos alcaldes.

En alguno de los pueblos del interior el agente postal nos pidió llevarle a su colega de Istmina el correo de seis meses. Una cajetilla de cigarrillos nacionales costaba allí treinta centavos, como en el resto del país, pero cuando se demoraba la avioneta semanal de abastecimiento los cigarrillos aumentaban de precio por cada día de retraso, hasta que la población se veía forzada a fumar cigarrillos extranjeros que terminaban por ser más baratos que los nacionales. Un saco de arroz costaba quince pesos más que en el sitio de cultivo porque lo llevaban a través de ochenta kilómetros de selva a lomo de mulas que se agarraban como gatos a las faldas de la montaña. Las mujeres de las poblaciones más pobres cernían oro y platino en los ríos mientras sus hombres pescaban, y los sábados les vendían a los comerciantes viajeros una docena de pescados y cuatro gramos de platino por sólo tres pesos.

Todo esto ocurría en una sociedad famosa por sus ansias de estudiar. Pero, las escuelas eran escasas y dispersas, y los alumnos tenían que viajar varias leguas todos los días a pie y en canoa para ir y volver. Algunas estaban tan desbordadas que un mismo local se usaba los lunes, miércoles y viernes para varones, y los martes, jueves y sábados para niñas. Por fuerza de los hechos eran las más democráticas del país, porque el hijo de la lavandera, que apenas sí tenía qué comer, asistía a la misma escuela que el hijo del alcalde.

Muy pocos colombianos sabíamos entonces que en pleno corazón de la selva chocoana se levantaba una de las ciudades más modernas del país. Se llamaba Andagoya, en la esquina de los ríos San Juan y Condoto, y tenía un sistema telefónico perfecto, muelles para barcos y lanchas que pertenecían a la misma ciudad de hermosas avenidas arboladas. Las casas, pequeñas y limpias, con grandes espacios alambrados y pintorescas escalinatas de madera en el portal, parecían sembradas en el césped. En el centro había un casino con cabaret-restaurante y un bar donde se consumían licores importados a menor precio que en el resto del país. Era una ciudad habitada por hombres de todo el mundo, que habían olvidado la nostalgia y vivían allí mejor que en su tierra bajo la autoridad omnímoda del gerente local de la Chocó Pacífico. Pues Andagoya, en la vida real, era un país extranjero de propiedad privada, cuyas dragas saqueaban el oro y el platino de sus ríos prehistóricos y se los llevaban en un barco propio que salía al mundo entero sin control de nadie por las bocas del río San Juan.

Ése era el Chocó que quisimos revelar a los colombianos sin resultado alguno, pues una vez pasada la noticia todo volvió a su lugar, y siguió siendo la región más olvidada del país. Creo que la razón es evidente: Colombia fue desde siempre un país de identidad caribe abierto al mundo por el cordón umbilical de Panamá. La amputación forzosa nos condenó a ser lo que hoy somos: un país de mentalidad andina con las condiciones propicias para que el canal entre los dos océanos no fuera nuestro sino de los Estados Unidos.



[1] Tomado de: Gabriel García Márquez. Vivir para contarla. Bogotá, Editorial Norma, 2002. 579 pp. Pág. 532-538. Reproducción textual.

02/11/2020

 Halloween Pacífico

La Madre de Agua: http://quimerasyotrascosas.blogspot.com/2016/04/madre-de-agua-mito.html
La Tunda y El Riviel: https://www.talenthouse.com/item/1417595/8ef9a525, https://www.talenthouse.com/item/1417601/0f7f40ef



La Madre Monte, el Indio de Agua, el Riviel, la Tunda, la Llorona, la Madre de Agua, el Duende, la Viudita, El Mohán, la Mula de Cuaresma, el Maravelí, la Patasola, las brujas y el diablo…todo tipo de endriagos habitan la mitología del gran Pacífico suramericano o Chocó Biogeográfico, desde Panamá hasta Esmeraldas (Ecuador), incluso hasta Perú, en algunos casos. Sus apariencias, atuendos, travesuras, maldades y espantos, al igual que sus orígenes, tienen variaciones narrativas según el país y la subregión en la que se cuenten o escenifiquen. Pero, una cosa es común: desde siempre han estado presentes en la vida de los pueblos negros de todos los ríos, los montes y las mares, las ciénagas y los esteros, en las noches y madrugadas, en las lunas menguantes, nuevas y llenas, en las tempestades y los aguaceros eternos. A la luz de las velas, las lámparas de querosín, los mechones o los bombillos de luz macilenta y lánguida, estas criaturas han sorprendido, aterrado, divertido y espantado a niñas y niños de sucesivas generaciones, en noches de cuentos y relatos de sus mayores, abuelas y abuelos. Es el Halloween permanente, que no requiere de un día especial en el año; pero, que sí viene con intensidad a la memoria en los días de todos los santos y de los fieles difuntos, cuando se piensa en la vida, en la muerte, en el Más allá.

De la tradición del Pacífico Sur de Colombia, tomadas de un trabajo sobre creencias religiosas en la Misión de Tumaco[1], llevado a cabo hace más de 30 años por el sacerdote José Miguel Garrido, OCD (Orden de los Carmelitas Descalzos), presentamos en El Guarengue tres piezas orales sobre dos temas fundamentales: el Diablo, a quien el poeta popular le propone que se bautice en la fe católica y aprenda la doctrina, y la Muerte, sobre la cual se deja claro que es para todos sin distinción.

Carta al Diablo

Si el diablo tuviera seso

y a santiguarse aprendiera,

me encargaría de enseñarle

toda la doctrina entera.

Si bautizarse quisiera

con un padre confesor,

le serviría de padrino

le echaría la bendición;

comería de lo mejor:

plátano, panela y queso,

y gozaría por completo

de la mejor alegría.

 

¡Qué bonito no sería

si el diablo tuviera seso!

Le voy a mandar una carta

que me mande a contestar.

Que su padrino lo espera,

que se venga a confesar,

y a la diabla mucho más

y también su cocinera,

toda la familia entera

han de ser bien atendidos;

será nuestro fiel amigo,

si a santiguarse aprendiera.

 

Y como el diablo es tan diablo,

tan serio y tan caballero,

una vez que se confiese

verá las puertas del cielo;

se debe aprender el Credo,

la Magnífica y la Salve,

por la tarde confesarse

y dormir arrepentido;

de todo lo que le digo,

yo me encargo de enseñarle.

 

Ya no llamará más Diablo,

se llamará Juan Manuel,

es nombre que su padrino

se lo debe de poner,

que si no sabe leer

yo le compro su cartera

y lo pongo en la escuela

en junta con los demás;

que yo le enseño a rezar

toda la doctrina entera.


La contesta del Diablo

Anoche leí la carta

que el Diablo me contestó:

Me dice que se confiesa

pero bautizarse, no.

A santiguarse tampoco

porque eso no aguantaba

y que si en caso lo hacía

todito se reventaba;

que a la iglesia no dentraba

ni por oro ni por plata

que para meter la pata

mucha experiencia tenía.

 

En el nombre de María,

anoche leí la carta.

Me dice que de esas cosas

él no quería saber,

que por más que le enseñara

nunca las iba a aprender,

que por eso ni a leer

Jesucristo le enseñó

y por eso no atendió

ninguna de mis ofertas;

esas fueron las respuestas

que el Diablo me contestó.

 

Que mi Dios lo castigó

por grosero y atrevido;

habiendo sido en el cielo

de todos el más querido,

hoy anda de fugitivo

con la mano en la cabeza

y cuando a rezar empieza

el Padre Nuestro y el Credo

temblando, muerto de miedo,

me dice que se confiesa.

 

Y como el diablo era diablo

y que nada le faltaba

que a lo mejor prefería

que otro diablo lo llevara,

que en el infierno gozaba

sin ser amigo de yo.

Tres volcanadas botó

y retumbó en lo profundo;

me dice que viene al mundo,

pero a bautizarse no.

 

La muerte pa’todos

Siendo la muerte pa’todos

pa’mí no hay separación,

la muerte no escoge a nadie

sino al que manda el Señor.

En este valle de lágrimas

varios al pobre no miran,

se les hace el mundo poco

que han de ser para semillas;

pero eso sí que es mentira,

aunque no crean en Dios,

esa es su más perdición;

un día tiene su cobro

una cuenta tan estrecha,

siendo la muerte pa’todos.

 

Estando gordo y robusto

cae uno ahí en su cama,

viene la muerte y le dice:

llegó la hora de pagarla.

Ya de mí no te acordabas,

algunos ya ni me mientan…

a Dios le irás a dar cuenta,

hoy te llevo, pecador,

estés confesado o no,

pa’mí no hay separación.

 

Mata padre, mata obispo,

mata al que tiene corona,

mata a los santos ministros,

ella no escoge persona.

Mata viejos y niñitos,

los mata a los pobrecitos,

aunque no tengan su entierro,

y llegándose a su hora

la muerte no anda escogiendo.

 

Cuando uno está moribundo

por dar cuenta al Creador,

viene la muerte y le dice:

Haz acto de contrición,

porque este sueño es veloz;

cuando de aquí te retires

todo queda en esta vida,

para el que no trabajó;

viene la muerte y lo mata

a aquel que manda el Señor.

 


[1] Garrido, José Miguel, OCD. La Misión de Tumaco. Creencias Religiosas. Biblioteca Carmelitano-Teresiana de Misiones. Tomo VIII. 255 pp. s.f.

26/10/2020

 La ciénaga cercada

Foto: Nereo López.

Un cuento de Manuel Zapata Olivella

(1961)

El viejo Layo, el cuerpo aceitado y duro por los años, se enderezó del chinchorro para recoger la atarraya y demás útiles de pesca. Su mujer le vio el rostro arrugado y no quiso decirle nada de lo que se rumoraba en el pueblo. Probó el arroz y como le era habitual, ni siquiera miró el pescado que ella, por la fuerza de la costumbre, le servía en la orilla del plato. Ya al salir se aventuró a decirle:

—Layo, he oído comentar que la ciénaga...

El viejo se fue alejando a pasos lentos, indiferente a lo que quería decirle su mujer. Su constante práctica de pescador, a la espera silenciosa, le inyectó esa manía de despreocuparse de cuanto le rodeaba. Ni siquiera los aguijones de los mosquitos solían perturbarlo. A la orilla del río, su vida se deshilaba en viajes continuos de la ciénaga a la barranca guiado por la proa de su canoa, única brújula en el itinerario de sus días.

Se embarcó y volvió a tomar el camino del caño. Los primeros rayos de sol oreaban las sementeras de maíz. Metidos por entre los cultivos y gritando a los pájaros, sus dueños madrugaban a recoger las pocas mazorcas que les dejaba la sequía. Comparando la abundancia de su pesca con los raquíticos granos de los agricultores, pensó en el bien recibido de su padre que lo indujo a la pesquería, sin aquerenciarlo a los cultivos. Su vida era más independiente; menos sometida a los caprichos de las lluvias; más libre de trabas con el resto de los hombres.

Esa misma noche, dos extraños se aproximaron a su rancho. Todavía no se había dormido y, desnudo, sentado en el suelo, a la puerta de su casa, los vio llegar y plantarse frente a él. Nada les preguntó, pero sus ojos y su olfato los escrutaban en la oscuridad, identificándolos. Alargó el silencio porque aquellos hombres no hedían a mariscos y, por tanto, no eran gente de su trato. Tras un momento de espera, en vista de que no recibían ninguna bienvenida, aún cuando ellos tampoco habían saludado, uno de los dos exclamó:

—Aquí le traemos esta notificación.

—¿Y qué vaina es esa?

—El alcalde lo cita a la oficina. Debe firmarla —volvió a decir el desconocido, mostrándole una hoja de papel a la luz de una linterna eléctrica.

—¿Qué quiere conmigo el alcalde? A nadie le debo. Además, él sabe que yo no sé firmar.

—Está bien. Ya queda notificado —explicó el hombre con voz autoritaria. —Este señor es testigo, así, pues, mañana debe presentarse a la Alcaldía.

El viejo se rascó la cabeza, chupó nuevamente el tabaco y después de largo tiempo de meditación, midiendo cada una de sus palabras, agregó:

—No será muy temprano, esta noche voy de pesca a la ciénaga.

—Más vale que no lo haga y que se presente temprano a la Alcaldía —afirmó autoritariamente el desconocido.

Desagradole el tono y le respondió con voz descompuesta:

—Mire, quien quiera que sea usted, eso de que vaya a pescar es cosa mía —tomó un poco de respiro esforzándose en construir su frase—. Desde que mi padre murió, nadie me ha señalado la hora en que debo tirar y sacar el anzuelo.

Cumplido el mandato, sin decir más, los extraños se alejaron por donde habían venido. El viejo los siguió con mirada larga y sostenida hasta que se hundieron en la oscuridad. Desde su habitación, la mujer que había oído la charla le dijo:

—Algo jodido te tiene preparado el alcalde. La gente dice que anda metiéndole miedo a los pescadores porque...

La mujer prefirió terminar aquí su comentario. Pensó que tal vez lo que se decía no guardaba relación alguna con la cita del alcalde y no quiso alarmarlo con simples suposiciones.

Afuera los salivazos se hicieron más frecuentes entre una y otra chupada de tabaco. La inquietud por saber lo que el alcalde deseaba de él retuvo despierto al pescador en la barbacoa que le servía de lecho. Tampoco durmió su mujer, pero no cambiaron una sola palabra a todo lo largo de la noche.

Antes de que el alcalde abriera la oficina, ya estaba ahí parado, las manos sobre el palo que había cogido al salir para no llevarlas vacías, costumbre de cargar el arpón y el canalete. El alcalde no lo saludó, dándose con el silencio ínfulas de autoridad. El ceño adusto, más parsimonioso que un oidor, abrió la puerta y después de remover todas las cosas de su lugar se dignó a decir:

—¡Entre!

Layo dio varios pasos y se plantó frente a él.

—Tiene que pagar una multa de diez pesos —le notificó el alcalde sin ceremonia.

—¿Multa por qué? —respondió rápido como fósforo que rastrillaran en la pared.

A pesar de la superioridad que sentía tener sobre el pescador, el funcionario no se atrevió a mirar sus ojos alzados. Con el índice apuntando sobre el suelo, explicó:

—Por pescar en la ciénaga de los señores Argaíz.

—¿Qué ciénaga es esa? Yo nunca me he metido a pescar en ciénagas ajenas, ni sé que existan, siempre lo he hecho en la del pueblo —argumentó el viejo, un poco tranquilizado al saber que se le acusaba por un delito que no había cometido.

—Pues esa ciénaga que usted llama del pueblo —advirtió el alcalde con severidad— es de los señores Argaíz.

Apoyándose sobre el báculo, Layo preguntó con sorna:

—¿De cuándo acá les pertenece y está prohibido pescar ahí?

El alcalde volvió a remover los objetos, reafirmando sus palabras con ademanes:

—Eso lo sabe todo el mundo en el pueblo y usted mismo, aun cuando se haga el sordo.

Cambió de golpe la expresión del pescador. De la sorpresa porque se le acusara de una infracción de la que no se sentía culpable, pasó a la nerviosidad y al coraje. Las palabras que reservara en su mutismo cotidiano se agolparon en sus labios pugnando por salir.

—Conque esos señores Argaíz, no contentos con haber cercado los playones del pueblo, ahora se han cogido la ciénaga. Y usted, señor alcalde, —agregó señalándole con el índice— hijo del viejo Agamenón Torralbo, su padre, que desde pequeño le consta que esas tierras y esa ciénaga son de todo el pueblo, ¿ahora porque ellos lo han hecho alcaldito, comadrea semejante vagabundería? Oiga don Rafael Torralbo Cienfuegos, yo conocí a todos sus abuelos, gente bien medida y le puedo asegurar que ninguno de ellos, que Dios me los tenga en el Cielo, mirarían con buenos ojos que su nombre, el buen nombre de los Torralbo y Cienfuegos, sirva de tapujo al robo y descaro de los Argaíz. Además —dijo para terminar su acusación—, ¿si el pueblo no puede pescar en la ciénaga, de dónde carajo va a sacar el pescado para alimentarse?

El alcalde no tuvo más argumento que dirigirse a un policial, sentado a su diestra en espera de recibir órdenes:

—¡Métame a este atrevido y sinvergüenza al calabozo por irrespeto, desobediencia y falsas acusaciones a la autoridad!

De un salto el policial agarró del cuello al anciano, le arrebató el palo que le hacía de bastón y a empellones lo condujo a la celda donde lo dejó tendido en el suelo de un garrotazo. Media hora después el pueblo se aglomeraba frente a la oficina, rodeando a la mujer del pescador que pedía clemencia al alcalde. Lejos de oír sus súplicas y la de los vecinos, este montó en su mula, y orondo y campante salió a dar un vistazo a sus cultivos de maíz en plena recolección.

A los dos días el viejo Layo fue puesto en libertad bajo la amenaza de encarcelamiento si comentaba lo sucedido o si violaba la prohibición de pescar en la ciénaga de los Argaíz. Algunos vecinos y amigos se reunieron a la puerta de la Alcaldía para rendirle su pesar por el encarcelamiento, mas el viejo Layo partió delante de su mujer sin responderles nada. Sus ojos condenaban con el desprecio la pasividad de esos mismos hombres que se condolían en vez de defender los derechos del pueblo. No concebía que un rótulo de propiedad pudiera escribirse sobre la ciénaga, donde desde la más temprana infancia su padre le enseñó a manejar el cordel y a soltar libremente la atarraya sobre los peces que Dios había echado al agua. Ni las amenazas del alcalde, ni los golpes del gendarme, ni el silencio cobarde del pueblo, le privarían del derecho que sentía tener por aquella ciénaga que vio siempre sin estacas y sin dueños.

Esa tarde, pues, para que todo el pueblo lo viera, bajo los últimos destellos del sol, montó en su champa y ante el asombro de los pescadores que en la barranca del río comentaban la prohibición, el viejo Layo, con atarraya y arpones, tomó rumbo de la ciénaga. Indefectiblemente, sobre la amenaza de la autoridad, se dirigía a cumplir su habitual pesca hasta entonces solo perturbada por los vientos, las lluvias y la sequía.

Al llegar al extremo del caño, encontró que varias estacas hundidas en el agua, impedían el acceso a la ciénaga. En la orilla, sin camisa, luciendo la gorra del uniforme ladeada, un policía montaba guardia con el fusil entre las piernas. No se inmutó al ver al pescador y ya cerca, observando que buscaba un portillo por donde pasar su canoa, le dijo:

—Pague los diez pesos y lo dejo pasar.

—¿Qué diez pesos? —interrogó el anciano, conteniendo su furia por aquella intromisión.

El policía, sin darse prisa, pues le sobraba tiempo para dormir, le explicó:

—Es la orden de los señores Argaíz. Todo el que quiera pescar en su ciénaga debe pagar diez pesos.

Una sonrisa maliciosa se prendió en los labios del viejo, diciéndose en voz alta:

—Ahora comprendo el negocito entre los Argaíz y el alcalde.

Sin importarle el fusil, Layo arrancó una estaca, enderezó la canoa y de un golpe de palanca, entró en las aguas de la ciénaga donde los peces saltaban apelotonados. Y el disparo que el pueblo presentía con inquietud se oyó a todo lo largo de la corriente.

***

Esa noche, acompañada por el silencio de casi todo el pueblo, la mujer no quería perturbar con su llanto la serenidad del viejo Layo. A la luz del mechón se veía su cuerpo semidesnudo como había pasado toda la vida, los ojos cerrados, los labios cosidos por la muerte, más desafiante que nunca.

Tomado de: CUENTOS DE MUERTE Y LIBERTAD. 
Universidad del Valle, 2020

Portada de la edición 2020, coordinada por la Universidad del Valle

 

19/10/2020

 Desolación

Iglesia parroquial de Quibdó, 1934.
Foto: Misioneros Claretianos.


Hace casi un siglo, en septiembre de 1934, docena y media de comerciantes de Quibdó se declararon “confundidos ante el estado de inseguridad en esta población”, en una carta dirigida al entonces Intendente Nacional del Chocó, Adán Arriaga Andrade, la cual estaba firmada por Raúl Cañadas Vivas, Wadir Chacurt, Jorge Bechara, Mario Ferrer, Manuel Valdés, Vespasiano Sanmartín, Trifón Cook, Miguel Karduss, Bichir Meluk, Daniel Chaljub, José Bechara, Manuel J. Barcha, Zaher Hermanos, Benjamín Medina, Gabrio David Sodri, Emilio Yurgaqui & Cía., Félix Meluk y Alfredo Chamat.[1]

Según los comerciantes, “los rateros y ladrones atacan diariamente la propiedad ajena” en Quibdó y son “vagos que, tanto en las poblaciones como en los campos, pretenden resolver el problema de la vida apropiándose de lo ajeno”. A los rateros los ampara, según la carta, la laxitud de la Ley 50 de 1933, que establece en su Artículo 5°: “En ningún proceso judicial, correccional o de policía, podrá ser detenido preventivamente el sindicado, a menos que el delito que se investiga esté sancionado con pena de presidio o de reclusión”[2]. Y a los ladrones, “la suavidad de los castigos”.

Así las cosas, este grupo de comerciantes mayoritariamente sirio-libaneses (los llamados turcos) reclama ayuda del Intendente Arriaga Andrade: “pedimos a usted muy respetuosamente se sirva dictar alguna providencia enérgica y eficaz que ponga a la ciudadanía honrada fuera del alcance de los vagos…”.

Dos meses atrás, Eduardo Castro, del Comando de la Policía Nacional en el Chocó, remite una carta al Director del ABC, con fecha julio 16 de 1934, “para si usted lo estima conveniente, …se sirva publicarla en tan leído diario como una voz de alerta para los padres de familia”[3]. El ABC la publica bajo el título “La policía notifica que hará retirar a los menores a sus casas pasadas las ocho de la noche”.

“Ha resuelto este comando aplicar con todo rigor la disposición vigente de no permitir en la calle niños después de las 8 de la noche, especialmente aquellos cuya presencia en la calle no sea suficientemente justificada”, informa la Policía, aduciendo el bullicio como motivación de la medida: “en vista de los continuos tumultos y desórdenes que a diario vienen fomentado los muchachos en los lugares más públicos de la ciudad”.

Cinco meses después, el Inspector del Corregimiento de Tutunendo, Azael E. Romaña se dirige también al Director del periódico ABC, mediante una carta fechada en esa localidad el 7 de febrero de 1935. Romaña presenta una relación de necesidades y problemas que aquejan a dicha población, referentes a la insuficiencia de la actual escuela para atender una población escolar estimada en 100 niños, que podrían reunirse entre Tutunendo e Ichó; a la falta de servicio telefónico con Quibdó, para casos de emergencia; a la ruina y falta de dotación de la Inspección de Policía del corregimiento; y a “la falta de un agente de Policía, siquiera, para cumplir las órdenes de la Inspección, y para hacer guardar el orden”.[4]

En ese momento, está en plena construcción la carretera Quibdó-Bolívar (Antioquia), situación que, según el relato epistolar del Inspector Romaña, afecta a los tutunendeños: “como los trabajos de la carretera están a corta distancia de Tutunendo, a este lugar se vienen a pernoctar sus obreros y con frecuencia se forman discusiones que exigen la intervención de la autoridad, y sin un colaborador o agente de Policía, no se puede hacer mayor cosa”.

Don Reinaldo Valencia Lozano, Director del ABC, a quien va dirigida la carta, la publica con la siguiente nota: “Todo lo pedido nos parece justo y cabe dentro de las capacidades fiscales de la Intendencia y del municipio. Es necesario averiguar si se necesita la otra escuela, y proceder, ya que el presupuesto no se ha elaborado aún, a apropiar la partida. Y en cuanto a muebles y local para la inspección, que el municipio proceda. Y que proceda la Intendencia a restablecer el servicio telefónico y a enviar siquiera un agente de Policía, o que lo cree el municipio”.

Casi un siglo después, el viernes 16 de octubre de 2020, los comercios grandes de Quibdó cierran antes de la hora habitual. Una que otra tienda de barrio permanece abierta, a la espera de ventas extraordinarias. El ya de por sí frenético y arrevesado tráfico de motos en las vetustas y desvencijadas calles de la ciudad se alborota antes de la hora pico nocturna; pero, no -como en otras ocasiones- por el frenesí festivo típico de los viernes quibdoseños. La gente se interroga mutuamente sobre la hora en la que se va a ir para su casa…

Con una disciplina que el gobierno hubiera deseado en las cuarentenas obligatorias de marzo a septiembre, a las 9 de la noche no hay un alma en el centro de Quibdó. A las 10 de la noche, la gente está encerrada detrás de sus puertas y ventanas. El silencio es inusual y escasamente interrumpido por alguna charla en voz baja dentro de las casas, por el ruido de la televisión o por una que otra conversación por celular, que invariablemente incluye como tema este silencio.

Todo fue producto de una orden. La orden no la dio el gobierno municipal, ni el gobierno departamental; tampoco el gobierno nacional. Pero, la orden se cumplió.



[1] La carta estaba fechada el 18 de septiembre de 1934 y fue publicada por el periódico ABC, de Quibdó, en su edición 2885, del miércoles 19 de septiembre de 1934, bajo el título “El comercio pide protección contra los ladrones y rateros”.

[3] ABC, edición 2.854, julio 17 de 1934.

[4] ABC, edición 2953, 12 de febrero de 1935. En: http://www.choco7dias.com/1018/choco_ayer.html

 

12/10/2020

 ¿Qué pasó

el 12 de octubre?

Isnel Alecio Mosquera Rentería, El Poeta del Pueblo.
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Algo así como una clase de Historia
con Isnel Alecio Mosquera Rentería, El Poeta del Pueblo

Isnel Alecio Mosquera Rentería (Andagoya, Chocó, 1956) es con justicia conocido como El Poeta del Pueblo, así, con todas las mayúsculas posibles. Mayúsculo es Isnel como poeta, un oficio que ejerce de un modo elevado y hábil, y para el cual se nutrió y preparó desde la niñez rural de su pueblo, oyendo décimas y cuartetos de labios de sus mayores, en las faenas de campo y en las noches familiares. Y mayúscula es su vocación de cantor y juglar de su pueblo, motivo principal de su amplia y formidable obra poética.

 

De Miguel A. Caicedo, nuestro Poeta de la Chocoanidad, Isnel retomó la huella vernácula de la nativa tradición campesina, con su habla y su picaresca, sus mil y más historias, decires y sentires. Formado en el ejercicio del magisterio y de la militancia en las causas sociales de su tierra y del mundo, Isnel bebió de la poesía negra, continental y nacional: de Nicolás Guillén, su sóngoro cosongo y sus Motivos del son; de Jorge Artel, el ritmo de sus Tambores en la Noche; del gran Neruda, la grandiosidad del Canto General; y de Candelario Obeso, el ritmo líquido de la Canción del boga ausente y la premura racial de sus Cantos populares de mi tierra.

 

Y así, a lo largo de los años, como si desgranara una infinita mazorca de maíz chococito, de las manos de Isnel han ido saliendo, con una naturalidad alucinante y una sencillez a prueba de cualquier mundana vanidad, decenas, cuarentenas, centenas de poemas sobre todos y cada uno de los temas que conforman la historia del pueblo y de su gente, los hitos reales o inventados de esa historia, los personajes simples y los más encumbrados; en una variedad tal, que asombra su inagotable capacidad para incluir siempre algo novedoso en su producción poética, que con la misma fuerza que conmueve por su rigurosidad, su dureza y su honestidad, divierte y alegra por la creatividad de su humor, elemental a veces, corrosivo en más.

 

Una muestra plena de lo dicho es este poema que hoy, a propósito de la siempre controversial efeméride del 12 de octubre, ofrecemos en El Guarengue. Larga vida a nuestro Poeta del Pueblo.

 

 ¿Qué pasó el 12 de octubre?
Isnel Alecio Mosquera Rentería


El tercer milenio avanza
y seguimos en el cuento
celebrando día de raza
y de un tal descubrimiento
 
Me refiero en lo concreto
al día doce de octubre,
que en los países nuestros
celebrar se ha hecho costumbre
 
Esta es una fecha histórica
sí, para conmemorar
por las consecuencias trágicas
que les voy a recordar
 
Finales del siglo quince,
década de los noventa,
nace en la historia del hombre
una época de afrenta
 
Y nuestra América y África
sufren, como consecuencia,
cinco siglos de saqueo,
de racismo y de violencia
 
Se inicia con la llegada
a este rico continente
de personas europeas
obrando violentamente
 
La España expansionista
se encontró con esta tierra
y a la población nativa
acorraló con la guerra
 
Fue el indio de su territorio
y sus bienes despojado
y sometido al martirio
de un trabajo muy pesado
 
Pues la ambición por el oro
conllevó a que el español
le impusiera al amerindio
trabajar de sol a sol
 
violentara sus costumbres
o estructura cultural
no lo viera como hombre
sino como a un animal
 
En la búsqueda del oro
el hombre indio moría
mientras tanto el invasor
más y más se enriquecía
 
Al transcurrir cierto tiempo
el indio estaba diezmado
y España consideró
que debía ser remplazado
 
La solución que el imperio
dio a esto con prontitud
fue construir un macabro
sistema de esclavitud
 
Viene así a la escena histórica
el esclavismo brutal
y se inicia para África
un período fatal
 
El africano es cazado
como cualquier animal
y en cadenas transportado
al mercado colonial
 
Miles morían en los barcos
en la dura travesía
y al mar se arrojaban muchos
en gesto de rebeldía
 
Porque el viaje era muy largo
y el trato muy inhumano,
con las esposas y grillos
hiriéndoles pies y manos
 
Cuando eran desembarcados
los que arribaban vivos
primero eran sometidos
a procesos selectivos
 
Nunca se dejaban juntos
los de una misma región,
se les castraba el derecho
de la comunicación
 
Eran entonces vendidos
por los llamados negreros,
para haciendas o cultivos
o para entables mineros
 
Su trabajo era extenuante,
en precarias condiciones
laboraban día y noche
en huaches o socavones
 
Las mujeres en las haciendas
eran por el blanco usadas,
a menudo sometidas
a las tortuosas pernadas
 
Sufrieron los africanos
la violación, la tortura,
el crimen y el desarraigo
privados de su cultura
 
Le violaron como al indio
la policromía de dioses
o creencias ancestrales
los invasores atroces
 
Eran indios como negros
términos homogenizantes,
querían decir lo más bajo
por tanto eran degradantes
 
El negro era asimilado
a categoría de mulo,
también animalizado
el indio sin disimulo
 
De allí que todos los nombres
que le dieron a las mezclas
eran también degradantes
por la presencia india y negra
 
Ningún matiz escapó
a aquellos racistas, dardos
el español les lanzó
hasta a sus propios bastardos
 
Cruce de español con india
era llamado mestizo;
mestiza con español
daba origen al castizo
 
El del español con negra
era llamado mulato,
y morisco el resultado
de española con mulato
 
Morisco con española
daban el llamado chino
y llamaban saltatrás
al cruce de india con chino
 
Al saltatrás con mulata
se denominaba lobo
y jíbaro al resultado
de la china con el lobo
 
Del jíbaro con mulata
salía el albarrazado
y de albarrazado y negra
cambujo era el resultado
 
Del cambujo con la india
se generaba el zambaigo
y el calpamulato era
hijo de loba y zambaigo
 
Calpamulata y cambujo
daban el tente en el aire
y notentiendo era el fruto
de mulata y tente en el aire
 
La india y el notentiendo
producían el tornatrás
y el negro con la india zambo
para no alargarme más
 
Era una serie de términos
que siempre minimizaban
a los hombres y mujeres
a quienes se aplicaran
 
Hoy ya en el siglo veintiuno
ha seguido la cuestión:
tanto el negro como el indio
sufren discriminación
 
Fue el trabajo del negro
la fuerza fundamental
para la extracción del oro
en la época colonial
 
En la sociedad burguesa
con todo su dinamismo
es pilar de la riqueza
que ostenta el capitalismo
 
Allá en la ardiente África,
cuna de la humanidad,
el negro ha soportado
el clima y la adversidad
 
Construyó obras enormes
que no es cualquier trabajito,
muestra de ello son la esfinge
y pirámides de Egipto
 
Por ello es insensato
que hoy los racistas tramposos
tilden a los recios negros
de flojos y perezosos
 
La visión antropológica,
se lo quiero recordar,
dice que de raza pura
no se debiera ni hablar
 
El hombre estaba mezclado,
siglos antes de Jesús,
cosa que se ha demostrado
con muy meridiana luz
 
Dejo aquí estas dos preguntas:
¿Amerita celebrar?
¿No es mejor que esta fecha
sea para reflexionar?