Mostrando las entradas con la etiqueta ABC. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta ABC. Mostrar todas las entradas

19/10/2020

 Desolación

Iglesia parroquial de Quibdó, 1934.
Foto: Misioneros Claretianos.


Hace casi un siglo, en septiembre de 1934, docena y media de comerciantes de Quibdó se declararon “confundidos ante el estado de inseguridad en esta población”, en una carta dirigida al entonces Intendente Nacional del Chocó, Adán Arriaga Andrade, la cual estaba firmada por Raúl Cañadas Vivas, Wadir Chacurt, Jorge Bechara, Mario Ferrer, Manuel Valdés, Vespasiano Sanmartín, Trifón Cook, Miguel Karduss, Bichir Meluk, Daniel Chaljub, José Bechara, Manuel J. Barcha, Zaher Hermanos, Benjamín Medina, Gabrio David Sodri, Emilio Yurgaqui & Cía., Félix Meluk y Alfredo Chamat.[1]

Según los comerciantes, “los rateros y ladrones atacan diariamente la propiedad ajena” en Quibdó y son “vagos que, tanto en las poblaciones como en los campos, pretenden resolver el problema de la vida apropiándose de lo ajeno”. A los rateros los ampara, según la carta, la laxitud de la Ley 50 de 1933, que establece en su Artículo 5°: “En ningún proceso judicial, correccional o de policía, podrá ser detenido preventivamente el sindicado, a menos que el delito que se investiga esté sancionado con pena de presidio o de reclusión”[2]. Y a los ladrones, “la suavidad de los castigos”.

Así las cosas, este grupo de comerciantes mayoritariamente sirio-libaneses (los llamados turcos) reclama ayuda del Intendente Arriaga Andrade: “pedimos a usted muy respetuosamente se sirva dictar alguna providencia enérgica y eficaz que ponga a la ciudadanía honrada fuera del alcance de los vagos…”.

Dos meses atrás, Eduardo Castro, del Comando de la Policía Nacional en el Chocó, remite una carta al Director del ABC, con fecha julio 16 de 1934, “para si usted lo estima conveniente, …se sirva publicarla en tan leído diario como una voz de alerta para los padres de familia”[3]. El ABC la publica bajo el título “La policía notifica que hará retirar a los menores a sus casas pasadas las ocho de la noche”.

“Ha resuelto este comando aplicar con todo rigor la disposición vigente de no permitir en la calle niños después de las 8 de la noche, especialmente aquellos cuya presencia en la calle no sea suficientemente justificada”, informa la Policía, aduciendo el bullicio como motivación de la medida: “en vista de los continuos tumultos y desórdenes que a diario vienen fomentado los muchachos en los lugares más públicos de la ciudad”.

Cinco meses después, el Inspector del Corregimiento de Tutunendo, Azael E. Romaña se dirige también al Director del periódico ABC, mediante una carta fechada en esa localidad el 7 de febrero de 1935. Romaña presenta una relación de necesidades y problemas que aquejan a dicha población, referentes a la insuficiencia de la actual escuela para atender una población escolar estimada en 100 niños, que podrían reunirse entre Tutunendo e Ichó; a la falta de servicio telefónico con Quibdó, para casos de emergencia; a la ruina y falta de dotación de la Inspección de Policía del corregimiento; y a “la falta de un agente de Policía, siquiera, para cumplir las órdenes de la Inspección, y para hacer guardar el orden”.[4]

En ese momento, está en plena construcción la carretera Quibdó-Bolívar (Antioquia), situación que, según el relato epistolar del Inspector Romaña, afecta a los tutunendeños: “como los trabajos de la carretera están a corta distancia de Tutunendo, a este lugar se vienen a pernoctar sus obreros y con frecuencia se forman discusiones que exigen la intervención de la autoridad, y sin un colaborador o agente de Policía, no se puede hacer mayor cosa”.

Don Reinaldo Valencia Lozano, Director del ABC, a quien va dirigida la carta, la publica con la siguiente nota: “Todo lo pedido nos parece justo y cabe dentro de las capacidades fiscales de la Intendencia y del municipio. Es necesario averiguar si se necesita la otra escuela, y proceder, ya que el presupuesto no se ha elaborado aún, a apropiar la partida. Y en cuanto a muebles y local para la inspección, que el municipio proceda. Y que proceda la Intendencia a restablecer el servicio telefónico y a enviar siquiera un agente de Policía, o que lo cree el municipio”.

Casi un siglo después, el viernes 16 de octubre de 2020, los comercios grandes de Quibdó cierran antes de la hora habitual. Una que otra tienda de barrio permanece abierta, a la espera de ventas extraordinarias. El ya de por sí frenético y arrevesado tráfico de motos en las vetustas y desvencijadas calles de la ciudad se alborota antes de la hora pico nocturna; pero, no -como en otras ocasiones- por el frenesí festivo típico de los viernes quibdoseños. La gente se interroga mutuamente sobre la hora en la que se va a ir para su casa…

Con una disciplina que el gobierno hubiera deseado en las cuarentenas obligatorias de marzo a septiembre, a las 9 de la noche no hay un alma en el centro de Quibdó. A las 10 de la noche, la gente está encerrada detrás de sus puertas y ventanas. El silencio es inusual y escasamente interrumpido por alguna charla en voz baja dentro de las casas, por el ruido de la televisión o por una que otra conversación por celular, que invariablemente incluye como tema este silencio.

Todo fue producto de una orden. La orden no la dio el gobierno municipal, ni el gobierno departamental; tampoco el gobierno nacional. Pero, la orden se cumplió.



[1] La carta estaba fechada el 18 de septiembre de 1934 y fue publicada por el periódico ABC, de Quibdó, en su edición 2885, del miércoles 19 de septiembre de 1934, bajo el título “El comercio pide protección contra los ladrones y rateros”.

[3] ABC, edición 2.854, julio 17 de 1934.

[4] ABC, edición 2953, 12 de febrero de 1935. En: http://www.choco7dias.com/1018/choco_ayer.html

 

08/06/2020


La Catedral de Quibdó,
de caserón destartalado a popurrí arquitectónico
Iglesia Parroquial de Quibdó, 1934.
Foto: Misioneros Claretianos.
El pasado 13 de mayo se cumplieron 75 años de la ceremonia de bendición de la Primera Piedra de la Catedral San Francisco de Asís, de Quibdó, cuya construcción duró más de 30 años, entre 1945 y 1977. Dicho periodo abarca tanto la época de la Prefectura Apostólica del Chocó como la del Vicariato Apostólico de Quibdó. La Prefectura fue creada por la Santa Sede en 1908, definiéndole como jurisdicción la totalidad del territorio del Chocó y encomendándola a los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (CMF) o Claretianos, quienes llegaron a Quibdó en febrero de 1909, encabezados por el Padre Juan Gil y García como primer Prefecto Apostólico. En 1952, por decisión del Papa Pio XII, la Prefectura es dividida en dos jurisdicciones eclesiásticas diferentes, con la consiguiente distribución del territorio entre ellas: el Vicariato Apostólico de Quibdó, para cuya administración son confirmados los Misioneros Claretianos, encabezados por el Padre Pedro Grau y Arola, quien es ordenado Obispo y nombrado Vicario Apostólico, y el Vicariato Apostólico de Istmina encargado a los Misioneros Javerianos de Yarumal, cuyo nombre oficial es Instituto de Misiones Extranjeras de Yarumal.

El antecedente inmediato de la Catedral es el templo parroquial de Quibdó, construido desde que los Claretianos llegaron a la ciudad, en 1909. Fue casi siempre una edificación de madera, palma, mampostería en barro y techo de zinc, que, aunque bellamente decorada por los misioneros y los fieles locales, sufría permanente deterioro y requería mantenimiento constante; así como era presa fácil de los sucesivos incendios que en el Quibdó de entonces se presentaban. Ello condujo a que, por temporadas, su aspecto exterior e interior no fuera el mejor; al punto que Diego Luis Córdoba se refirió a él como un “caserón destartalado”, que debía ser reemplazado por un edificio digno de la ciudad capital de la Intendencia.

El último domingo del año 1934, según registro del periódico ABC, de Quibdó, “se reunieron, en uno de los salones del convento de los misioneros, los señores Intendente Nacional y Secretario de Hacienda, el Reverendo Padre Cervelló y los caballeros que a continuación se enumeran: don Delfino Díaz R., don Miguel Ángel, don Félix Meluk, don Azarías Valencia, don Manuel F. Barcha, don Juan J. Carrasco, don Enrique Santacoloma, don Guadalupe Rivas Polo, don Julián Meléndez, don Francisco Córdoba, don Julio Perea Quesada y don Guillermo Henry, estudiaron por todos sus aspectos el problema de la iglesia que necesita esta ciudad, con toda urgencia, para reemplazar el “caserón destartalado” de que hablara Diego Luis Córdoba[1]. Este grupo de notables nombró una Junta Administradora de la obra del Templo de San Francisco, como ya se llamaba, encabezada por el Intendente Nacional, Doctor Adán Arriaga Andrade, el Padre Cervelló, el Alcalde Provincial, doctor Jaime Arango, y los señores Delfino Díaz Ruiz, Julio Perea Quesada, Félix Meluk y Francisco Córdoba, quien fue elegido secretario de la junta.

Tal como lo informa el ABC [2], el Intendente se comprometió a apropiar para la obra una suma no menor de cinco mil pesos, del presupuesto de 1935; así como a lograr que el Concejo Municipal de Quibdó hiciera un aporte para el mismo fin. Pero, dicha sesión de la junta no concluyó sin que los demás asistentes hicieran efectivos sus aportes personales a la causa del templo parroquial, así: Misioneros Claretianos, $100; Doctor Arriaga Andrade, $100; Manuel Felipe Barcha Velilla, $100; Félix Meluk, $100; Julio Perea Quesada, $25; Enrique Santacoloma, $25; Delfino Díaz Ruiz, $20; Miguel Ángel Ferrer, $10; Dionisio Echeverry Ferrer, $10; Guadalupe Rivas, $10; Azarías Valencia, $5; Francisco Córdoba, $5; Guillermo Henry, $5.

Además del dinero inicialmente recaudado, hubo en la reunión ofrecimientos significativos y de gran valía para la obra del templo parroquial de San Francisco de Asís. Dionisio Echeverry ofreció sus servicios como Ingeniero, Miguel Ángel F. ofreció su teatro para la realización de funciones con propósitos de recolección de fondos y Julián Meléndez donó cinco barriles de cemento.

El edificio que posteriormente se convirtió en la Catedral tuvo una primera etapa constructiva casi ininterrumpida, que duró aproximadamente una década. Posteriormente, casi siempre por falta de recursos, tuvo suspensiones periódicas que alcanzaron hasta un año. Donaciones en dinero, de distintos gobiernos, de comerciantes, de la ciudadanía quibdoseña y de colectas especiales pro-templo; al igual que extenuantes y fructíferas jornadas de contribuciones en especie, como las marchas de la baldosa realizadas en los años 1970, hicieron posible la culminación casi total de la obra, a fines de esa década, incluyendo modificaciones y ajustes al diseño original, obra del Ingeniero Oscar Castro Conto, quibdoseño, quien estuvo al frente de la construcción durante buena parte de ella.

Catedral de Quibdó, julio 2019.
Foto: Julio César U. H.
La Catedral fue consagrada oficial y solemnemente por el entonces Cardenal de Colombia, Monseñor Aníbal Muñoz Duque, en compañía del entonces Vicario Apostólico de Quibdó, Monseñor Pedro Grau y Arola, quien, al igual que su hermana Mercedes, donó gran parte de su herencia familiar para la terminación de la obra. El Arquitecto e Historiador Luis Fernando González Escobar, en su destacada y ya proverbial obra sobre el patrimonio arquitectónico de Quibdó hasta mediados del siglo XX, anota que “si la Prefectura (Palacio Episcopal) fue una obra ecléctica, pero contenida, con buen diseño y construcción, no lo fue tanto la Catedral, que se distingue desde el diseño por un delirante popurrí donde todos los cánones arquitectónicos se rompieron, tal vez en razón de la formación académica del Ingeniero Oscar Castro C., quien en últimas decidió el diseño que inicialmente planteaba el Hermano Galicia[3].

Castro Conto estudió Ingeniería en Popayán. Es hijo del famoso Rodolfo Castro Baldrich, quien también fue padre de los hermanos Castro Torrijos, de notable aporte a la música folclórica chocoana, y fue reconocido como un ingeniero autodidacta que participó en destacadas obras, como el trazado de la carretera de Quibdó hacia Bolívar (Antioquia) y la construcción del Hospital San Francisco de Asís, obra que fue finalizada por el Hermano Vicente Frumencio Galicia.

Vicente Frumencio Galicia Arrué, popularmente conocido como el Hermano Galicia y quien participó con sus ideas en los diseños originales de la Catedral, es uno de los genios constructores de la Congregación Claretiana en toda su historia misionera en el Chocó y Colombia. Vivió en Quibdó durante 16 años. Ejecutó obras como el Palacio Episcopal de Quibdó, el Colegio Carrasquilla y el Barrio Escolar –demolido para darle paso a un edificio de los que actualmente llaman megacolegios-, bajo diseños del ingeniero catalán Luis Llach, y del Ingeniero alemán E. Altman, en el caso ya mencionado del Hospital.

En la actualidad, la Catedral San Francisco de Asís es uno de los edificios públicos más queridos por la población de Quibdó, tanto por el valor arquitectónico que la gente le atribuye, como por su condición de referente urbano y simbólico de la cultura y de la religiosidad de una ciudad en donde este tipo de símbolos no abundan. Dos imágenes de San Francisco de Asís refuerzan el peso simbólico del lugar.


Una imagen de madera de casi dos metros de altura, preside el lado derecho del altar, mirado de frente. Es el San Pacho que, salvo casos de incendios grandes, solamente sale una vez al año, cada 4 de octubre, a recorrer la ciudad en procesión, adornado con varios metros de collares de oro donados por sus devotos en gratitud por los favores recibidos.

Al fondo, en el ábside del templo, el más grande pintor sacro actualmente vivo en el mundo, Maximino Cerezo Barredo, también Misionero Claretiano, dejó para la historia universal del arte un tríptico mural sobre la historia de la evangelización en América Latina; gracias a la inspiración del misionero chocoano Gonzalo M. de la Torre Guerrero y al auspicio de Monseñor Jorge Iván Castaño Rubio, primer obispo diocesano de Quibdó; ambos claretianos. En la sección central de dicho tríptico, compartiendo escena con Jesús de Nazareth y con San Antonio María Claret, portando una paloma de paz y provisto de símbolos ecológicos, está San Francisco de Asís. A diferencia del otro, este San Francisco pasa la mayor parte del año sin ver la luz ni a la gente de Quibdó, pues hay quienes, desde que los murales fueron pintados, se han empeñado en mantenerlos ocultos de la vista pública, valiéndose de todo tipo de artificios y motivos, como telas y telones, escenas pías e historias sagradas; y tratándolos con tal desdén que no ha importado el uso de puntillas, clavos y pegantes sobre su superficie, elementos estos que paulatinamente han empezado a deteriorar la calidad de las artísticas pinturas.

De este modo, sin parar mientes en el valor teológico y artístico de éstos, hay quienes han decidido unilateralmente ocultar y acallar la verdad que los murales contienen, escribiendo así un nefasto capítulo de la historia de la Catedral de Quibdó, que ojalá no termine en que un día –como ya lo ha hecho en otras ocasiones en las que ha querido sancionar alguna falta de sus devotos- la imagen de San Francisco de Asís se niegue a salir de la Catedral para contener algún incendio o para presidir la procesión anual en su homenaje.


Tríptico mural de Maximino Cerezo Barredo, en el ábside de la Catedral de Quibdó.
Foto tomada de: https://es.wikiloc.com/rutas-senderismo/de-tours-por-quibdo-14406763/photo-8943270




[1] Periódico ABC, Quibdó, Edición 2935, enero 5 de 1935.

[2] Ibidem.

[3] González Escobar, Luis Fernando. QUIBDÓ, Contexto histórico, desarrollo urbano y patrimonio arquitectónico. Centro de publicaciones Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín. Primera edición: febrero 2003. 362 pp. Pp. 235-236.



06/04/2020


Cuarentenas de ayer
Quibdó, años 1970. Fotos: Archivo fotográfico y fílmico del Chocó
1-Tubería de conducción de materiales de la draga que rellenó los pantanos de Quibdó.
2-Quebrada La Yesca en la subida del barrio La Yesquita al Niño Jesús.
3-Carrera Primera, con puerto maderero y construcciones sobrevivientes del incendio de 1966.
4-Indígenas en cercanías de la casa de Don Raúl Cañadas, Carrera 4ª, de la Calle 26 hacia la 25

El lunes 29 de abril de 1935, la Dirección Intendencial de Higiene del Chocó ordenó el cierre de “colegios, escuelas y salones de espectáculos públicos, en atención a que la epidemia de la gripa o influenza se ha recrudecido y está tomando cada día características más graves” [1]. Aún no habían pasado tres meses de la inauguración del Hospital San Francisco de Asís, de Quibdó. Hacía 10 días que se había celebrado la Procesión del santo sepulcro, con bastante concurrencia e incluyendo gente venida de los campos o zonas rurales, como en todas las celebraciones de la Semana Santa de ese año. Veintiún días atrás había sido creada la Cámara de Comercio de Quibdó, con jurisdicción en todo el territorio de la Intendencia del Chocó.

El cierre preventivo fue ordenado por el término de esa semana, pues en todas las casas de Quibdó había cuatro o cinco enfermos y la epidemia ya se extendía hasta Tutunendo. El médico Antonio José Rodríguez, de la Dirección de Higiene, en su acostumbrada visita dominical a ese corregimiento, había constatado con sus propios ojos que allí más del 30% de la población estaba enferma de gripa o influenza y que, incluso, dos enfermos se encontraban en estado agónico. “La consulta externa del Hospital es insuficiente para atender a los exámenes. Las fórmulas se siguen despachando gratuitamente en la Botica Alemana”, informaba el periódico ABC, de Quibdó, en su edición 2991, del 29 de abril de 1935 [2].

El Médico Jefe del hospital era entonces el Doctor Alfonso Borda Mendoza, primero en ocupar dicho cargo, quien había llegado a la ciudad en octubre del año anterior, para asumir el nombramiento hecho por la Intendencia y organizar todo lo necesario para la inauguración del hospital, que se llevaría a cabo el domingo 3 de febrero de 1935.

El territorio chocoano era entonces bastante insalubre, pues, por ejemplo, aún en ciudades como Quibdó abundaban pantanos que actuaban como focos infecciosos, no existía un servicio de agua potable y las aguas servidas corrían libremente por patios y calles, a través de cloacas improvisadas o en los patios de las casas, ya que tampoco había aún servicio de alcantarillado. De ahí que, con acierto admirable para una época en la que aún no se sabía tanto de epidemiología y salud pública como hoy, la Dirección Intendencial de Higiene y el Hospital contaban con un equipo médico dedicado a la realización in situ de campañas intensivas de salubridad.

Así, el Doctor Jesús Sánchez Núñez tenía a su cargo la zona del Litoral Pacífico, que atendía desde Nuquí, pues la colonización dirigida de Bahía Solano aún no estaba concluida y el lugar aún no tenía categoría municipal. La lancha Beato Claret, de propiedad del Padre Francisco Onetti, Misionero Claretiano, le servía frecuentemente de apoyo para su labor, hasta que dispuso de su propia lancha, puesta en funcionamiento a la manera de un centro médico ambulante.

El Bajo Atrato estaba a cargo del Doctor Alfredo Lleras Pizarro, quien tenía su sede en Sautatá, donde se ubicaba el famoso ingenio azucarero de los Meluk y los Abuchar, empresarios sirios que llegaron a tener en ese lugar 400 trabajadores de planta y 18 kilómetros de rieles para el transporte interno del producto de las zafras o temporadas de corte de caña para la producción de azúcar. Gran parte de las campañas sanitarias de esta subregión se llevaban a cabo por vía fluvial, mediante recorridos programados del médico para dar comienzo a las acciones preventivas y de control de enfermedades; así como para prestar sus servicios de consulta médica.

La atención de la zona del San Juan estaba distribuida entre el Doctor Germán Abadía Santamaría, quien atendía desde Istmina, y el Doctor Emilio Dualiby, quien lo hacía desde Condoto. En ambos casos, como lo registran los informes de la época, eran notorios y eficientes los servicios médicos prestados por estos profesionales.

Quibdó estaba a cargo del Doctor Antonio José Rodríguez, reconocido como un “fervoroso partidario de las campañas” [3], pues no solamente fue su promotor, desde la Dirección Intendencial de Higiene, sino que, además, fue precursor en la preparación de personal paramédico, como los llamados inspectores de sanidad, jóvenes chocoanos a quienes él mismo preparó en labores de prevención y atención básica, como apoyo a los médicos encargados, por ejemplo en las campañas contra el pian [4]. En Tadó, Sipí, Nóvita, Condoto e Istmina, los médicos contaban con el apoyo de dichos inspectores de sanidad.

Esta modalidad de cobertura del servicio público de higiene y salud se mantuvo casi igual hasta los primeros años de la vida departamental del Chocó, cuando no pocas cosas provenientes de la era intendencial empezaron a ser modificadas, en nombre de la autonomía que le confería a la región su nueva condición político-administrativa.

Quibdó, Carrera Primera años antes del incendio de 1966.
Foto: Archivo fotográfico y fílmico del Chocó.
A principios de la década de 1960, aunque no habían sido totalmente erradicadas del territorio chocoano, enfermedades como el pian, la anemia tropical, la tuberculosis y el paludismo, entre otras, sí habían sido puestas a raya y su prevalencia se había reducido significativamente. Una mezcla de los avances clínicos y farmacológicos de la ciencia médica, de la promoción de los esquemas de vacunación y de la identificación y validación de medidas de salud pública tan sencillas como el lavado de manos, el aislamiento temporal o cuarentena, la desecación y desinfección de pantanos, hervir el agua y usar zapatos en la medida de lo posible, bañarse a diario y usar ropa limpia, contribuyeron a esos avances. Mucho de lo que hoy nos parece una nimiedad fue en su momento gran novedad y contribuyó a la salvación de muchas vidas.

Para no ir muy lejos, en Quibdó, por ejemplo, el acueducto para la zona central de la ciudad fue inaugurado en el año 1942 y el alcantarillado de la misma zona data de la década de los años 1960; ambas obras fueron producto del trabajo del Instituto de Fomento Municipal, Insfopal, y Acuachocó. Una draga del Ministerio de Obras Públicas rellenó los pantanos del dique del Atrato, casi hasta el lomerío de la ciudad, entre finales de los años 1960 y principios de los 1970. Las vacunas llegaron hasta las propias escuelas y los hogares en esa misma época. Los controles de salud de la población, con énfasis en la niñez, se hacían con regularidad y eficiencia, y gratuitamente, por la Dirección de Higiene; incluso, las escuelas y colegios tenían acceso a un servicio médico gratuito y las autorizaciones para su uso las expedían enfermeras auxiliares que atendían las enfermerías que había en dichos establecimientos. Todo esto modificó radicalmente el panorama de la salud pública de la ciudad, aunque los problemas no desaparecieron.

De hecho, mientras las vacunas se masificaban y toda la población se convenció de su utilidad y accedió a ellas, entre 1950 y 1975, aproximadamente, aún la Dirección de Higiene tenía que vérselas en Quibdó con periódicas y cíclicas epidemias de sarampión, viruela, varicela, paperas y rubeola, por ejemplo. Amplios sectores de la ciudad, sin distingo de clase ni raza, mucho menos de sexo, religión o filiación partidista, eran cada año presa de dichas enfermedades. En una misma casa de aquel Quibdó de hace 50 años fácilmente se encontraban simultáneamente enfermos de sarampión, varicela y viruela, la mayoría de las veces conviviendo en los mismos dormitorios e incluso en las mismas camas.

Los médicos del Hospital San Francisco de Asís, aún ubicado en la loma donde fue originalmente y bellamente construido, y el personal del servicio público de Higiene, una de cuyas últimas ubicaciones fue la casa de don Delfino Díaz en la que hoy funciona la organización Cocomacia (Carrera 3ª entre calles 23 y 24), desplegaban todo su potencial científico y humano para combatir esas olas epidémicas. Y a fe que lo lograban, con una eficacia envidiable, quizás porque a su humanismo y responsabilidad se sumaba el carácter público y gratuito del sistema, que era literalmente un servicio estatal, no un negocio privado.

Es así como, además de los tratamientos que ordenaban para curar la enfermedad ya presente, el personal médico y de enfermería prescribía medidas para impedir su expansión por contagio, tales como el aislamiento temporal o cuarentena, de cuyas bondades convencían a adultos responsables y a niños y jóvenes enfermos; al punto que, durante los días que fueran necesarios, los hermanos sanos no se acercaban a los enfermos aún si compartían el mismo dormitorio en la casa, los enfermos no se asomaban ni a la puerta de la calle y se resignaban a jugar lo que se pudiera jugar desde la cama, acostados. Aunque, claro, no faltaban las infracciones, como aquella frecuente de perseguir al hermano sano por toda la casa intimidándolo con la posibilidad de contagiarlo si no hacía lo que el enfermo quería.

Algo de héroes y heroínas tenían aquellos niños y aquellas niñas que, durante por lo menos una semana y a veces más, soportaban casi sin rascarse aquella monstruosa picazón, ese escozor de mil diablos cuya intensidad no podían explicar porque aún no tenían suficientes palabras para hacerlo. Dos promesas básicas movían su heroísmo: que no les quedarían cicatrices ni manchas indelebles en el cuerpo y que cada vez que se pudiera les comprarían una malta para que se la tomaran como refrigerio, adicional a la comida, que incluía para ellos alimentos o porciones adicionales. El miedo a que las paperas de los hombres se bajaran a los testículos y las de las mujeres a los senos era una cosa que ninguno de los enfermos entendía realmente, pero que sí los asustaba lo suficiente para no correr ni hacer actividades físicas mientras duraba el peligro, un lapso que era controlado por la mamá, quien, alguno de esos días, cuando la niña o el niño ni siquiera lo esperaban, les contestaba que sí a la insistente pregunta matutina diaria acerca de si ya podían salir a jugar.




[1] Periódico ABC. La Dirección de Higiene ordenó hoy cierre de escuelas, colegios y salones de espectáculos. ABC, Quibdó, edición 2991, abril 29 de 1935.

[2] Ibidem.

[3] Periódico ABC, edición 2952, 9 de febrero de 1935. En:

[4] El pian llegó a ser una enfermedad endémica en vastas zonas del mundo, entre los años 1920 y 1970, aproximadamente. En el Chocó fue muy frecuente y gran parte de los esfuerzos médicos durante más de tres décadas se orientaron a su erradicación. Más información acerca de esta enfermedad, puede ser consultada en esta nota de la OMS: https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/yaws

09/12/2019


Con los pies sobre la tierra y la verdad por delante:
La paz y el desarrollo como compromisos éticos
de la comunicación y el periodismo[1]
Reinaldo Valencia Lozano tenía 22 años cuando
importó de Londres una imprenta y fundó el ABC,
periódico que sin duda puede considerarse
el decano de la prensa moderna en el Chocó.
Foto: reproducción tomada de González Escobar, Luis Fernando. 2003.
Quibdó. Contexto histórico, desarrollo urbano y patrimonio arquitectónico.

-PRIMERA PARTE-

Este 8 de diciembre se cumplieron 106 años de la publicación del primer número o primera edición del periódico ABC, decano de la prensa moderna en el Chocó. El Guarengue rinde homenaje a su preclara impronta y al legado de su fundador, Reinaldo Valencia Lozano. En dos partes, publicamos este escrito, que fue presentado como ponencia en el Primer Congreso Internacional de Comunicación para el Chocó. REPENSANDO LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN EN EL DEPARTAMENTO DEL CHOCÓ. Universidad Tecnológica del Chocó Diego Luis Córdoba. Quibdó, 2-4 de mayo de 2019.


Las lecciones del ABC
Entre 1913 (8 de diciembre) y 1944, Reinaldo Valencia Lozano editó, dirigió y publicó en Quibdó 3.950 ediciones del periódico ABC, con una periodicidad que varió conforme a circunstancias económicas, políticas o personales: semanal, día de por medio, diaria; y durante la primera guerra mundial circuló en dos ediciones, matutina y vespertina. Desde su periódico, Valencia fue cabeza visible de una pléyade de intelectuales “como Daniel Valois Arce y Rogerio Velásquez (el primer antropólogo negro en Colombia) y políticos como Diego Luis Córdoba, Ramón Lozano Garcés, Adán Arriaga Andrade o Manuel Mosquera Garcés, entre otros, que determinaron la configuración de una “conciencia de la personalidad colectiva” chocoana, definida desde un “ser geográfico, étnico, histórico y político bien diferenciado”, como lo anota Luis Fernando González[2].

Efraín Gaitán Orjuela, quien vivió más de 40 años en el Chocó, durante los cuales ejerció el periodismo de múltiples maneras, afirmó hace diez años: “Hasta el momento ningún periódico chocoano ha logrado superar al de Reinaldo Valencia en cuanto al número de ediciones: 3.950. Pasarán muchos años, quizá más de un siglo, para que una publicación lo alcance. Si Chocó 7 días, que es en la actualidad el periódico que está saliendo más asiduamente, no dejara de hacerlo ninguna semana, gastaría 77 años para llegar a la edición 3.950”.[3]

Don Reinaldo, como lo llamaban en el Quibdó de su época, era hermano de Jorge Valencia Lozano, considerado uno de los gobernantes más pulcros, ordenados, progresistas y dignos que ha tenido el Chocó; un Intendente Nacional “en cuya administración (1927-1930), por ejemplo, se hizo el trazado de la carretera Quibdó-Tutunendo-Medellín, se adelantó la construcción de la Cárcel Anayancy, del Cementerio San José, Telecom (antiguo); por igual, la construcción del Colegio Carrasquilla, de la Normal de señoritas de Istmina, del Hospital San Francisco; se mejoraron calles y escuelas de la ciudad y se le dio gran importancia e impulso a los asuntos culturales[4].

El ABC registró, durante sus tres décadas de existencia, la vida completa del Chocó y de Quibdó, incluyendo aquellos asuntos trascendentales de la política regional, como la rivalidad interprovincial entre el San Juan y el Atrato, que incluía ideas como convertir la intendencia en dos comisarías; y la lucha por convertirla en un departamento que reemplazara la pérdida de Panamá, al decir de algunos de los escritores del ABC. Aunque algunos autores[5] han documentado cómo en el ABC se privilegió una visión de clase, en detrimento de la visión racial, e incluso se escribieron artículos desfavorables hacia elementos negros de las clases bajas o populares, invisibilizadas por la élite económica y social descendiente de la mulatocracia reinante; otros reconocen que es en el ABC en donde la cuestión racial empezó a aparecer, a través de la pluma de personajes como Ramón Lozano Garcés, Diego Luis Córdoba y Alfonso Meluk: “A partir de los años 1930 surgió una ruptura en el discurso de la prensa regional, la cual se manifestó en la introducción paulatina del tema racial. El término “raza negra”, por ejemplo, que no era de uso frecuente en la prensa chocoana antes de los años de 1930, empezó a ser mencionado regularmente. Este cambio temático reflejaba una transformación en el perfil social de aquellos redactores de los periódicos, especialmente los del A.B.C.[6]

A estas alturas de nuestra historia regional, ya todos sabemos que conseguir la transformación en Departamento de la antigua Intendencia Nacional del Chocó no fue una tarea ni un logro individual; sino un largo y tortuoso proceso de reivindicación y negociación política en todos los ámbitos sociopolíticos, diplomáticos, económicos y culturales, incluyendo el activo papel de la prensa. José E. Mosquera lo resume así, refiriéndose a Reinaldo Valencia y a su ABC: “El impulso del proceso de departamentalización del Chocó fue una de sus principales banderas desde las páginas editoriales del ABC. De manera que, el ABC se convirtió en la tribuna de la lucha de Valencia y de Dionisio Ferrer, Heliodoro Rodríguez, Francisco Córdoba, Armando Meluk, Emiliano Rey, Delfino Díaz, Julio Perea Quesada, Alfonso Meluk, Adán Arriaga Andrade, Salomón Salazar y Guillermo Henry Cuesta para que el Chocó fuera erigido departamento[7].

ABC número 2.672-27 mayo de 1935

De manera, pues, que cuando uno quiere saber qué se comía y qué se bebía en Quibdó, cómo se vestía y cómo se divertía la gente, quién y adónde viajaba, con quién y para qué; o hacerle seguimiento a las acciones de la Intendencia Nacional del Chocó, como la construcción de obras y la dirección de la educación pública, el fomento de la agricultura, la reglamentación de impuestos locales y regionales, la coordinación de acciones con el gobierno nacional para beneficio regional e, incluso, los hechos de violencia, que obviamente eran diferentes y más escasos que ahora…; durante la primera mitad del siglo pasado, que tanto marcó la historia de la ciudad y de la región, basta leer el ABC, en el Archivo Nacional de Colombia, en Bogotá. Obviamente, ello no quiere decir que con esa sola fuente puede uno reconstruir la historia regional del periodo mencionado; pero, sí puede uno, con bastante precisión, delinear el boceto que le permitirá entenderla y abordarla. Testimonio luminoso de ello son los trabajos del Doctor Luis Fernando González Escobar, de la Universidad Nacional de Colombia, a quien le debemos, aprovecho para decirlo, gran parte de lo que sabemos acerca del Chocó en el siglo XX, entre otros periodos y temáticas que él ha abordado, como la historia urbana y arquitectónica de Quibdó, por ejemplo.

Dos lecciones básicas nos quedan de la historia periodística del ABC, pertinentes para los efectos de esta exposición y de este Seminario: 1) la dignidad del periodista como condición indispensable para el ejercicio de su profesión y 2) la responsabilidad de la prensa como parte de la memoria histórica de las sociedades.

La primera lección señalada, o sea, la dignidad profesional, está cimentada en al menos cuatro postulados éticos, fundamentales como guías del ejercicio del periodismo y de cualquier otra forma de comunicación social: (i) el compromiso irrestricto con la verdad, que no solamente en la guerra es la primera víctima; (ii) la independencia, sobre todo de conciencia y de pensamiento, que permita afrontar con altura las coacciones políticas, sociales o económicas; (iii) la ecuanimidad, entendida como equilibrio y rectitud en los juicios, como defensa frente a la tentación de no pensar antes de hablar; (iv) la conciencia plena de que el periodismo materializa la libertad de expresión con un fin fundamental: garantizar el derecho a la información que tiene la gente; por lo cual debe tener primacía sobre la libertad de empresa.

De la segunda lección del ABC, que es la conciencia institucional y personal que la prensa debe tener sobre su función histórica, se derivan algunas de las mejores prácticas del ejercicio periodístico profesional: (i) el impecable manejo de las fuentes de información, que nos habilita para huir a tiempo de las verdades oficiales, de las verdades a medias, de la información filtrada por el criterio de los intereses particulares, de las mentiras disfrazadas de verdades; (ii) la rigurosidad, como garantía de calidad y profundidad de la información, por encima de la inmediatez; como práctica inherente e implícita y como condición sine qua non del ejercicio profesional, que propicie y favorezca siempre la investigación adecuada de los datos, la elección acertada de los géneros periodísticos apropiados, el mejor de los enfoques posibles; (iii) el respeto permanente y sistemático de una especie de principio de distinción entre información, comentario y opinión, que nos permita eludir -con diligencia y oficio- la seducción perniciosa de los sesgos, a la hora de elegir las palabras para titular y encabezar, las imágenes para ilustrar y los adjetivos para ponderar; (iv) el uso correcto, amplio y creativo de esa herramienta básica de trabajo que es la lengua materna, en nuestro caso el Español de Colombia, pues no es admisible un periodismo con limitaciones en su expresión lingüística, dado que estas reducen su eficacia comunicativa.



[1] Ponencia en el Primer Congreso Internacional de Comunicación para el Chocó. REPENSANDO LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN EN EL DEPARTAMENTO DEL CHOCÓ. Universidad Tecnológica del Chocó Diego Luis Córdoba. Quibdó, 2-4 de mayo de 2019.

[2] González Escobar, Luis Fernando. Quibdó, la afrópolis del Atrato. En:

[3] "Estoy en el Chocó por rebelde y por servir a los más pobres". Apartes de una entrevista realizada por Amílcar Cuesta al presbítero Efraín Gaitán Orjuela en el año 2009. Chocó 7 días, Edición N° 802, Quibdó, marzo 18 a 24 de 2011. 

[4] Rivas Lara, César. El Chocó de ayer. En: http://cuentachoco.co/el-choco-de-ayer/

[5]Hernández Maldonado, Juan Fernando. La chocoanidad en el siglo XX. Representaciones sobre el Chocó en el proceso de departamentalización (1913-1944) y en los movimientos cívicos de 1954 y 1987. Trabajo de grado. Pontificia Universidad Javeriana, Facultad de Ciencias Sociales, Carrera de Historia. Bogotá. 2010.

[6] Mena Abadía, Brenda. Discursos sobre un Chocó olvidado. Representaciones sobre raza y región en la prensa chocoana en la primera mitad del siglo XX. Trabajo de grado como Historiadora. Escuela de Ciencias Humanas. Universidad del Rosario. Bogotá, abril 2016.  En:

[7] Mosquera, José E. Reinaldo Valencia, un líder visionario. El Mundo, Medellín, 16 de octubre de 2014.

01/07/2019


El dilecto hijo de Quibdó
Monumento en homenaje a César Conto Ferrer. Quibdó, Parque Centenario.
Foto: Julio César U. H.

En la esquina noroccidental del Parque Centenario, de Quibdó, separado del recién remozado malecón de la orilla del río Atrato por el siempre congestionado y peligroso tráfico de la Carrera Primera, contiguo al atrio de la Catedral San Francisco de Asís, se encuentra un monumento en homenaje a César Conto Ferrer, en donde diariamente cientos de quibdoseños del común se dan cita, se sientan a descansar o a charlar, se protegen del sol o se guarecen de lloviznas leves y pasajeras. El monumento es un templete inaugurado el 12 de octubre de 1924 para recibir los repatriados restos de este poeta, maestro, político, periodista, diplomático, filólogo y patricio liberal, que habían llegado a la ciudad el día anterior, en un barco a vapor llamado Quibdó, que -bordeando el Mar Caribe y remontando el Atrato- los trajo desde Cartagena, adonde habían llegado procedentes de Ciudad de Guatemala, en donde el jueves 2 de julio de 1891 -hace 128 años- murió este protagonista de decenas de batallas contra la hegemonía conservadora, forzosamente exiliado por combatir el oscurantismo, la teocracia y el cogobierno eclesiástico, en defensa de las ideas liberales, la Constitución de Rionegro, la república federal “y, como alimento de ella la educación popular, sin tributos al escolasticismo, libre, laica, científica[1].

Por sus ideas, expresadas con vehemente claridad en los debates públicos y en sus magistrales y fogosos escritos de prensa, principalmente en El Liberal, de Popayán, y por su valentía y arrojo con las armas en la mano cuando no quedó otro camino, en las guerras civiles interpartidistas del último cuarto del siglo XIX; Conto se había convertido en una de las figuras más temidas por los conservadores más godos entre los godos de la época, como el cartagenero Rafael Wenceslao Núñez Moledo y el noviteño Carlos Holguín Mallarino, ambos presidentes de la república, quienes lo hostigaron hasta conseguir que su única escapatoria fuera el destierro hacia un país que, afortunadamente, lo acogió como un defensor de la libertad, como un ser humano bueno y como un intelectual. Tal y como ya había acogido al poeta bayamés José Joaquín Palma Lasso, quien había luchado por la independencia de Cuba al lado de Francisco Maceo, José Martí, Carlos Manuel de Céspedes y Máximo Gómez. Palma Lasso, compositor de la letra del Himno Nacional de Guatemala, pronunciaría, años después, un elogioso poema fúnebre, en el homenaje que un grupo de colombianos le brindara a César Conto, en el bello cementerio central de Ciudad de Guatemala, el Día de Finados del año 1898[2], en el séptimo año de su muerte.

César Conto Ferrer nació el 18 de enero de 1836 en Quibdó (en algunos escritos se afirma que fue específicamente en Neguá), “en el hogar de Nicomedes Conto Pontón y Marciana Ferrer Scarpetta. Siendo Presidente del Cauca, Conto nombró a su connotado primo[3] como Superintendente de Instrucción Pública del Estado, momento este en que Isaacs dejó de ser Conservador y se volvió Liberal; estudió en Cali bajo las enseñanzas de David Peña en el destacado colegio de Santa Librada (fundado por el General Santander) y se graduó de Abogado en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, en Bogotá. Hablaba inglés, francés, alemán, griego, latín e italiano; fue librepensador y miembro muy destacado de la masonería colombiana. A instancias de Murillo Toro, Conto fue el principal dirigente Radical del Cauca y el más destacado contradictor de independientes y conservadores; se enfrentó a los mosqueristas y esclavistas que pululaban en este gran Estado que cubría todo el sur de Colombia[4].

El barrio César Conto es uno de 12 barrios franciscanos de Quibdó, denominados así 
en referencia a su participación en la fiesta anual de San Francisco de Asís o San Pacho, 
durante la cual uno cada día organiza y preside las festividades.
Fotos: Julio César U. H. Imagen: Fundación Fiestas Franciscanas de Quibdó.

Rasgos de César Conto Ferrer ampliamente reconocidos en su época son su pulcritud y su eficiencia como servidor público, particularmente como Presidente del Estado del Cauca, cargo desde el cual, en coherencia con lo más liberal de sus ideas, dio especial importancia a la educación; al punto que, según cuentan, en una ocasión ordenó al encargado del tesoro público que no le pagara su sueldo presidencial si no hallaba la manera de incrementar en mil pesos el presupuesto mensual de este ramo, tal como lo había solicitado el encargado del mismo, su primo Jorge Isaacs Ferrer. Al respecto, un conciso biógrafo de Conto expone: “Conto fue no solo un notable poeta, un excelente repentista, un avezado periodista de combate, sino también un excelente funcionario público, ya en el orden administrativo, ya en el campo jurisdiccional, ora dirigiendo las finanzas del Estado, ora también al frente de la colectividad política, a la que sirvió en la guerra y en la paz, en la fortuna, y en la adversidad, con un desinterés, con una lealtad, con una sensatez de que hay pocos ejemplos en nuestra historia política. Conto, gobernante, echó las bases de muchas realizaciones que otros habrían de aprovechar en el Estado Soberano del Cauca. La navegación fluvial y el ferrocarril del Pacífico obras suyas son. Pero donde cifró más alto su actividad gubernamental fue en el ramo docente, al que consagró, con la cooperación de hombres como Jorge Isaacs, todas sus energías y entusiasmo sin tasa[5].

Igualmente, son de amplio reconocimiento su calidad como poeta, su acierto como traductor de inglés a español y su inagotable ingenio como repentista para construir al vuelo décimas tan bien hechas como divertidas.

Una muestra de lo primero es la siguiente décima:

Los mejores ojos
Ojos azules hay bellos
hay ojos pardos que hechizan
y ojos negros que electrizan
con sus vívidos destellos.
Pero, fijándose en ellos,
se encuentra que, en conclusión,
los mejores ojos son,
por más que todos se alaben,
los que expresar mejor saben
lo que siente el corazón.

Sobre sus dotes de traductor, el poema ¿Cuál?, del gran poeta romántico inglés William Wordsworth, es una buena muestra:

¿Cuál?
(Fragmento)

¿Cuál ha de ser, cuál ha de ser, Dios mío?
Yo a mi esposo miré y él me miró:
Querido Juan que me ama todavía
con la misma ternura de aquel día
en que el cielo bendijo nuestra unión.

Ambos mudos estábamos; yo quise
ese triste silencio interrumpir,
y en voz muy baja y trémula le dije:
“Repite lo que ofrece y lo que exige
en su carta Roberto…” “Dice así:”

Y Juan leyó: “De vuestros siete hijos
dadme uno para siempre, el que escojáis;
y yo, en cambio, os daré tierras y casa;
tendréis fortuna y bienestar sin tasa
y el hambre ahuyentará de vuestro hogar.”
Y pensé en nuestros hijos. ¡Ay, son tantos!
¡Siete que mantener y que educar!...
Luego exclamé con aparente calma:
“Mientras durmiendo están, ¡hijos del alma!,
ven escojamos al que se ha de dar.”

Imagen tomada de: César Conto. Una corona sobre su tumba.
Guatemala. Impreso en la Tipografía Nacional. 1898.

Muestra del admirable ingenio de César Conto Ferrer para el humor y el repentismo es su poesía El carajo:

El carajo
¡Oh que palabra! A su inventor bendigo
que tanta dicha a los mortales trajo
cuando inspirado por celeste musa
dijo… carajo.

No hay trance alguno de la amarga vida
en que no siente con primor un ajo
Por eso el que habla castellano
siempre dice…carajo.

¿Estás muy triste?
¿La contraria suerte tus ilusiones arrancó de cuajo?
No te lamentes, tus suspiros deja
y echa un carajo.

¿Estás alegre?
¿La fortuna ciega te da dinero como dar cascajo?
Toma una copa a su salud y dile:
Gracias…carajo.

Si te fastidia el petulante y necio
si alguien te choca por lo ruin y bajo
das un gemido y entre los dientes dices:
¡vaya al carajo!

Si de un aprieto con donaire sales
garbo ostentando y mucho desparpajo
alzas la frente y con orgullo dices:
¡Qué bien… carajo!

Más si te pifias y salir no puedes
del rudo lance ni por un atajo
sudas de rabia y renegando dices:
¡Qué mal… carajo!

Si a mis querellas corresponde alguna
con un “yo te amo” dicho por lo bajo,
al quinto cielo subiré diciendo
feliz…: ¡carajo!

Mas si una chica me desdeña ingrata
a suplicarle nunca me rebajo
y con su gracia, su hermosura y todo
se va al carajo.

Feliz invento cuanto encierra el mundo
cuanto de bueno hay de tejas para abajo
No vale nada el compararlo todo
con un carajo.

El cartagenero Joaquín Pablo Posada, cerebro de un clásico del periodismo de este género en Colombia: El Alacrán[6], inmortalizó la gran capacidad para la improvisación, la sátira y el humor fino de la que César Conto hizo gala; en el siguiente poema:

De Joaquín Pablo Posada sobre César Conto
Habla como de memoria,
cual si estuviera leyendo,
a su gusto disponiendo
de la fábula y la historia.
Las reglas de la oratoria
no olvida en tales instantes
y sin aires petulantes
brota, en forma de simplezas,
Tequendamas de bellezas,
Niágaras de consonantes.

Con cada palabra mía
hace una décima suya:
que no me la restituya,
pues yo la profanaría.
Con singular maestría,
sin vacilar un segundo,
con giro siempre rotundo,
sin dejar de ser conciso,
puede, hablando de improviso,
darle dos vueltas al mundo.

Deben, a este trovador
los repentistas de Italia
descalzarle la sandalia
de hinojos y con temor.
En mi caso, el estupor
tapó mis entendederas;
y acá inter nos y de veras,
pienso que escuchando a Conto
se calla, porque no es tonto,
hasta José Manuel Lleras.[7]

Sin dejar por fuera ninguno de los múltiples campos de acción de Conto, el periodista, escritor, educador y político liberal Santiago Pérez, Presidente de Colombia entre 1874 y 1876, resumió así el periplo vital de César Conto Ferrer:

“Conto fue alternativamente publicista[8] y legislador, profesor y soldado, magistrado y hombre de letras. […] Varón consular, en el sentido clásico del término, Conto tuvo todas las serenidades y dio muestra oportuna de todas las energías. Aplicó la fuerza del derecho, en las salas de justicia, con la misma impasibilidad con la que aplicó el derecho de la fuerza en los campos de batalla. Administrador del tesoro público, su probidad tuvo la rigidez de la ley. La modestia de su hogar y la humildad de su sepultura son pruebas de su integridad como hombre privado; integridad que estuvo siempre en armonía con los principios y las prácticas del sistema político de que él era alto representante. Tribuno popular, no hubo facción ni clamor que lo intimidase. Orador parlamentario, no hubo razón que no tuviera en cuenta, ni sofisma que lo tomara desprevenido. Escritor correcto sin nimiedad, su argumentación era sólida y su estilo sencillo. Jamás vendió su pluma. Pudo alguna vez no tener razón, pero siempre tuvo dignidad. Poeta popular, en sus versos hay siempre espontaneidad y dulzura. Sus obras de filología llenan perfectamente su objeto. Todo esto, sin aires de magisterio en las letras, sin ceño de autoridad en política, sino jovial y galante con todos, atento con el adversario, respetuoso con el convencido”[9].

Y así, precedido de una honra intachable y de un buen nombre resistente a apodos, de una inteligencia y de una humanidad a toda prueba, afectado por la guerra en todas sus expresiones, César Conto Ferrer llega exiliado y desterrado y expatriado a Guatemala:

“Conto llega a las playas de este país hospitalario; siéntese enfermo, vésele enflaquecido, y está pobre; pobre, él, que había tenido en sus manos puras los tesoros de Colombia; y el Gobierno de Guatemala, sin más formalidad que la fama de que el viajero viniera precedido, le honra brindándole las cátedras de Derecho Civil Patrio y de Historia Universal, que aceptó con reconocimiento”[10].

Busto de César Conto en el interior del templete del monumento en su homenaje,
en el Parque Centenario de Quibdó. Al fondo la puerta principal de la Catedral San Francisco de Asís. Foto: Julio César U. H.

Allí en Guatemala, dignificado por la hospitalidad nacional, acogido por sus compatriotas, querido por sus discípulos, admirado por sus colegas, César Conto Ferrer termina sus días, bajo las pródigas alas coloridas del quetzal sagrado de los mayas, contemplando los durmientes y cónicos volcanes de perfecto vértice y altura increíble. Le duele, sin embargo, la patria, esa de la que extraña “la pompa y el esplendor de mis valles caucanos, el murmullo de la fuente de mi amada tierra, la simpatía de los amigos, la ternura de la familia[11]. El mismísimo Rafael Uribe Uribe visitará posteriormente su tumba, en el Cementerio Central de Ciudad de Guatemala, y dejará -a la usanza de la época- una tarjeta recordatoria. Aquel Día de los Finados, cuando más de media Guatemala se ha volcado al cementerio en donde él está sepultado, es su tumba la más concurrida en el momento en el que colombianos y guatemaltecos se juntan para enaltecer su memoria.

Treinta y tres años después de muerto, César Conto Ferrer regresa a Quibdó consumido por el tiempo, su energía y su materia transformadas, como corresponde al final de la vida. Empacado en una urna. Y ni en este estado se salva de las diatribas y de los denuestos de sus contradictores: “…la iglesia católica declaró “profanado” el recinto donde habían reposado los restos de Conto Ferrer, militante e ideólogo del liberalismo radical en el siglo XIX, y se negaron a celebrar una ceremonia religiosa que debía tener lugar allí. El clérigo español Nicolás Medrano fue el principal vocero del clero en contra de la memoria del ilustre hijo de Quibdó. De Medrano se dice que “combinaba la liturgia con la política partidista[12].

Ese recinto fue el salón principal del edificio de la Intendencia del Chocó, en donde tuvieron la urna con los restos mortales de Conto en cámara ardiente, antes de llevarlos al monumento construido por Luis Llach, “un monumento sencillo y elegante, de airosas proporciones, en la esquina noroeste del Parque Centenario, el cual se inauguró el 12 de octubre de 1924. Un templete con columnas muy a su gusto, de inspiración jónica, que sostenían una cúpula con nervaduras, y posada sobre esta, como remate, un águila imperial. Al interior, la urna de mármol de los talleres de Tito Ricci, de Cartagena[13].

Un templete con columnas muy a su gusto, de inspiración jónica, que sostenían una cúpula con nervaduras, y posada sobre esta, como remate, un águila imperial. Monumento a César Conto Ferrer. Quibdó, 2019. Foto: Julio César U. H.

Allí, cada día, cientos de quibdoseños del común se seguirán encontrando, se seguirán resguardando del sol o de las lloviznas leves y pasajeras, se recostarán en las columnas construidas por Llach Llagostera. Quizás, no leerán aquella inscripción que rodeando la cúpula reza: Quibdó a su dilecto hijo César Conto. Y quizás no se enterarán de que ese busto en el cual se recuestan cuando hace mucho sol o cuando no quieren que los vean es él: César Conto Ferrer.

Otros seguiremos recordando que varias veces, en clase de español, en la Normal de Quibdó, el Profesor Plinio Palacios Muriel recitó el poema aquel que Conto Ferrer tradujo. Y que, una tarde, a la salida, nos contó que él tenía sus dudas sobre la verdad de eso que tanto se decía: que cuando César Conto Ferrer fue Cónsul de Colombia en Londres dizque había puesto un letrero que a la letra decía que se enseñaba inglés a los ingleses.

Colegio Departamental César Conto, en Bellavista (Bojayá), después de la masacre
del 2 de mayo de 2002 (foto arriba) y en ruinas 12 años después (foto abajo).
Fotos: Juan Antonio Sánchez, El Colombiano (arriba) y Javier Sulé (abajo).



[1] Conto Ferrer, César. Testamento Político. En: REPERTORIO AMERICANO, Semanario de Cultura Hispánica. Tomo 9, Núm. 12. San José, Costa Rica, LUNES 24 DE NOVIEMBRE 1924. Pág. 185. Biblioteca Electrónica Scriptorium de la Universidad Nacional, Costa Rica. Consultado en:

[2] Día de los difuntos, 1° de noviembre.

[3] Jorge Isaacs Ferrer.

[4] Llano Isaza, Rodrigo. Poetas liberales. Partido Liberal Colombiano. Academia Liberal de Historia. Bogotá, agosto de 2004. En: https://www.ellibrototal.com/ltotal/?t=1&d=6215

[5] Arboleda, Gustavo. César Conto, su. vida, su memoria. Publicación hecha con motivo del centenario del grande hombre. 1836-1936. Gustavo Arboleda, Edit. 193 págs. Cali, 1936. Boletín Cultural y Bibliográfico. Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. http://www.banrepcultural.org/biblioteca-virtual/credencial-historia/numero-115/gustavo-arboleda-cronista-de-la-historia-politica-y-social

[6] Para mayor información, ver: EL ALACRÁN EN EL PERIODISMO SATÍRICO DEL SIGLO XIX. Por:
Luis Fernando García Núñez. Revista Credencial, enero 2013.

[7] Para captar el tamaño del elogio, invito a los lectores a consultar quién era José Manuel Lleras.

[8] El vocablo publicista, hasta la aparición de la publicidad como profesión, se usaba en el siglo XIX y comienzos del XX, en el sentido de la segunda acepción del Diccionario de la Lengua Española: “Persona que escribe para el público, generalmente de varias materias”.

[9] Santiago Pérez, El Espectador, junio 30 de 1892. En: REPERTORIO AMERICANO, Semanario de Cultura Hispánica. Tomo 9, Núm. 12. San José, Costa Rica, LUNES 24 DE NOVIEMBRE 1924. Pág. 186. Biblioteca Electrónica Scriptorium de la Universidad Nacional, Costa Rica.

[10] Palabras del Doctor Miguel Velasco y Velasco, en el homenaje a César Conto, el 1° de noviembre de 1898, en el Cementerio Central de Ciudad de Guatemala. En: César Conto. Una corona sobre su tumba. GUATEMALA. Impreso en la Tipografía Nacional. 1898. 28 pp. Pág. 19. Nota: Las cátedras son dictadas por César Conto en la Facultad de Derecho y Notariado del Centro, de la Universidad Nacional de Guatemala.

[11] Conto Ferrer, César. Testamento Político. Arriba citado.

[12] Chocó 7 días. Edición N° 1116. Quibdó, mayo 19 a 25 de 2017. Hidalgo, Edgar, ¿Qué sabe usted del Chocó? En: http://www.choco7dias.com/1116/que%20sabe%20ud.htm

[13] González, Luis Fernando. Luis Llach, en busca de las ciudades y la arquitectura en América. Editorial de la Universidad de Costa Rica. 2004. 344 pp. págs. 244-245.