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23/05/2022

 “En Colombia, el Centro queda en el centro
y además queda en lo alto:
Colombia es lo que se ve desde Monserrate”

Delfín Grueso y Darío Henao.
Entrevista en La Palabra-Universidad del Valle, mayo 2022
.

Colombia vive una de las campañas electorales más superficiales y truculentas que se haya vivido en mucho tiempo. En lugar de un debate de ideas sobre gobernanza y futuro, en las expresiones públicas recogidas por los medios de comunicación y las redes sociales predominan las frases vacuas y efectistas, las salidas cantinflescas y el apabullamiento del contrario con gritos altisonantes, embustes y descalificaciones; principalmente desde el sector que ha dominado la escena política nacional en los últimos veinte años, el cual se acostumbró a hacer y decir lo que le da la gana, incluso si ello implica violar masivamente el ordenamiento jurídico del país.

La situación es muy grave. “Nuestra democracia está en peligro”, advierte en su columna semanal, ayer, el prestigioso académico e investigador Rodrigo Uprimny[1], pues las elecciones de 2022, según su análisis, “parecen combinar los peores rasgos” de las elecciones más tormentosas de los últimos tiempos, las de 1970 y 1990, “pues tenemos un gobierno parcializado, como en 1970, en un contexto de violencia creciente, como en 1990”. Uprimny nos recuerda que, en las elecciones de 1970, el presidente Carlos Lleras Restrepo se parcializó abiertamente a favor del candidato Misael Pastrana y en contra del candidato Rojas Pinilla, con las consecuencias ampliamente conocidas; tal como hoy lo hace impunemente el presidente impuesto por el ubérrimo innombrable a favor de su impuesto sucesor y en contra de quien considera una especie de enemigo natural. Uprimny rememora también que las elecciones de 1990 se llevaron a cabo después de los magnicidios “que cegaron la vida de tres candidatos presidenciales (Galán, Jaramillo y Pizarro), a lo cual habría que sumar el exterminio en marcha de la Unión Patriótica, las masacres en el campo y los atentados dinamiteros en las ciudades”. “Pero al menos en 1990 el gobierno Barco se abstuvo de intervenir en política y no mostró parcialidad hacia ningún candidato”, nos consuela el Doctor Uprimny.

Como si no fuera suficientemente grave este escenario del Estado y el gobierno al servicio de una candidatura a la que se le nota el origen y la paternidad en su procacidad y pobreza verbal, e incluso en su acento y en su desaliñada apariencia; como si no fuera suficientemente grave esta creciente y maligna reedición intencional de todas las formas de violencia posibles, luego del cumplimiento irrestricto de la promesa de hacer trizas la paz; nos está tocando vivir en medio de un desmesurado y exacerbado ambiente de racismo, caracterizado por ataques directos, hechos con alevosía, ruindad y grosería, amén de ignorancia, por parte de todo tipo de gentes que, prevalidas de su conexión con el poder y de su supuesta superioridad individual, y a falta de argumentos para controvertir, recurren al insulto racista y a la exclusión por motivos de clase, género y pertenencia territorial.

Herederos de la tradición ideológica excluyente que sustenta en Colombia y en América la construcción de nación, estos agentes de la desigualdad y del odio racial, territorial, de clase y de género, están enraizados en un contexto histórico que nos identifica como país. Para ubicarnos en dicho contexto de un modo sólido y fundamentado, en lugar de andar respondiendo necedades, traemos en El Guarengue el atinado análisis de un intelectual negro, profesor de una de las mejores universidades del país, el Doctor Delfín Ignacio Grueso Vanegas[2], entrevistado por el también prestigioso intelectual y profesor Darío Henao Restrepo[3], quienes en una charla sostenida a raíz de la publicación del artículo “Francia Márquez, el espejo que desnuda a Colombia”, por parte del profesor Grueso, desmenuzan con precisión y claridad los intríngulis del racismo histórico en Colombia. Guiado por las preguntas y comentarios de su ilustre entrevistador, el ilustre Doctor Grueso nos lleva de la mano por los caminos de la historia nacional en los que se hunden las raíces de este racismo alborotado y mezquino, desvergonzado y enfermizo, que añade al escenario electoral de la Colombia presente una alta cuota adicional y antiética de violencia simbólica. 

Esta entrevista fue publicada originalmente en su versión audiovisual por el Periódico Cultural La Palabra, de la Facultad de Humanidades de la Universidad del Valle, el 11 de mayo de 2022 y reproducida en YouTube.[4] En El Guarengue la transcribimos por el valor adicional que tiene su lectura. Bienvenidas/os a esta esclarecedora pieza histórica y filosófica.

Julio César U. H.

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Entrevista de Darío Henao a Delfín Grueso 

DARÍO HENAO RESTREPO: Hoy tenemos a un invitado muy importante para lo que está pasando en Colombia en estos meses de debate electoral, de muchas controversias, de trabajo sucio y de todo lo que desnuda a este país. Vamos a hablar con Delfín Ignacio Grueso, un profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad del Valle, Doctor en Filosofía Política, director de uno de los grupos más importantes de la Facultad de Humanidades, el Grupo Praxis. Él ha escrito recientemente un ensayo que se llama “Francia Márquez, el espejo que desnuda a Colombia”[5], que es un artículo de fondo, que creo que amerita que reflexionemos sobre él, y habrá pues algunas preguntas con relación a este tema y a otros que, por supuesto, tienen mucho que ver con este… Empecemos por preguntarte: ¿en qué momento te surge esta extraordinaria iniciativa de hacer esta reflexión, que yo considero una de las más redondas y profundas que se ha hecho sobre este tema de lo que ha suscitado la figura de Francia Márquez al ser escogida como candidata vicepresidencial de Gustavo Petro?. Hay otras candidatas también de origen afro en otras banderías; pero, ¿qué te ha suscitado a ti el escribir este ensayo?

DELFÍN GRUESO VANEGAS: El momento político colombiano es un momento muy álgido, como lo has dicho. Es una campaña en la que se juegan muchas cosas y por lo tanto es una campaña en la que se preveía, y ahora lo estamos viendo, la guerra sucia. Aún estamos a un mes antes de la primera vuelta, la guerra sucia va a ser un protagonista. Y en la guerra sucia, por el perfil de Francia Márquez, se ha echado mano de unas reservas que están allí en el imaginario de nación: básicamente, el racismo fuerte que entre nosotros sobrevive después de dos siglos de vida republicana, la exclusión racial a los grupos étnicos y la exclusión regional a los territorios. La exclusión de un centralismo soberbio, ensimismado y orgulloso, y la misoginia, el clasismo, todo esto, convergen en una persona que se vuelve objeto de una saña, de una virulencia en donde los malquerientes echan mano cuando pueden de todo el reservorio, de todo ese acumulado de patriarcalismo, de misoginia, de racismo, de desprecio por los territorios, de desprecio por la provincia, por la tierra caliente, por todo lo que no es esta región andina, este centralismo que nos ha gobernado durante siglos. Y en la semana previa al momento en el que escribí el artículo, con la muy desafortunada comparación que hace una cantante entre Francia Márquez y un simio, una virulencia que además la cantante ha seguido mostrando, una saña muy fuerte que ha marcado el tono de buena parte de esta campaña… Bueno, esa semana se puso sobre el tapete, pienso yo, como nunca antes en la campaña y como casi nunca con esa franqueza despectiva y virulenta, ese racismo contra esta mujer. Y yo creí el momento oportuno para pensar ¿qué está pasando aquí? ¿qué se expresa en esa virulencia? Porque hay otras mujeres y hay otros representantes afro, pero no han despertado contra ellos ese nivel de sarcasmo, de virulencia, de desprecio. Por supuesto, que también está el perfil de la persona; es decir, no se trata de una persona urbana, de una persona de clase media, de una persona conectada con los círculos de poder o de lo que sea, sino que se trata de una líder de un territorio muy puntual en lucha contra proyectos de explotación minera, en defensa de un río, en defensa de una comunidad…todo eso suma, suma para que se convierta en un objeto privilegiado de desprecio.

DHR: Tú hablas, para iniciar el artículo, colocas claramente qué es lo que se pone al desnudo con este proceso que se está enfocando contra la figura y lo que representa Francia Márquez… Hablamos del patriarcalismo, del centralismo, que ya lo has mencionado, un racismo espantoso y un clasismo; con otra cosa que es mucho más grave, que hace parte de lo que Alfonso Múnera llama el fracaso de la nación, el desconocimiento de las regiones, un país que desconoce sus regiones, que desconoce dijéramos la periferia… Hablemos un poco de este asunto, que dijéramos es uno de los líos que Colombia no ha podido resolver. Yo en eso comparto mucho lo que dice Alfonso, que esta es una nación que no se ha terminado de construir, como debería ser…

DGV: En América, el proceso o la relación Estado-Nación es inverso al que se da en Europa. Allá, supuestamente, tampoco es tan cierto eso, las naciones preexisten a la creación de los estados; y en América los estados se crean sin que haya nación, se les encarga a los estados la tarea de crear nación. Y hay un fracaso a lo largo del continente en relación con esto de cómo el Estado crea nación. Esto ocurre en México y en Chile y en Uruguay y en Bolivia y en Ecuador. En todas partes está el racismo, en todas partes está el conflicto entre el centro y la periferia, en toda parte se han perpetuado estructuras coloniales. Pero, en Colombia, hemos vivido eso con ciertas particularidades. Por eso es que se dan cosas que no se dan en el resto del continente; y una de ellas es la inequidad social, la concentración de la riqueza, la concentración de la propiedad de la tierra… Y también en Colombia la tensión Centro-Periferia, que se da en todas partes. En algunas partes, el centro queda en la costa, como en Argentina o como en Perú; en otras partes, el centro queda en el centro, como ocurre en México o en Colombia. Pero, aquí hay una variable muy importante, ya que mencionas a Múnera, que es: el Centro queda en el centro y además queda en lo alto. La altitud es una variable que no se da en otras partes, de pronto en Bolivia un poco; pero hay un imaginario que Múnera muy bien señala, que comienza con El sabio Caldas: la idea de que la cultura, la civilización y la decencia, comienza en las alturas y que las zonas bajas son zonas donde no puede haber cultura. Entonces, más que un olvido de la provincia, que eso se da en toda América Latina, aquí hay es algo mucho más grave que el olvido, más grave que la invisibilización, y es una voluntad de exclusión, es decir, es algo intencional, algo expresado con formato científico, y es una mutación simbólica de la patria. Recuerda lo que entendíamos hace cuarenta, cincuenta, ochenta años, por música colombiana… ¿Qué es la música de Colombia? Es la música andina. Ahí no cabe nada que sea de los valles interandinos, ni de las dos costas, y menos aún la Orinoquía y la Amazonía. Entonces, aquí se ha amputado el territorio nacional en contra de las dos costas, en contra de los valles interandinos y en contra de la Amazonía y la Orinoquía. Ese centralismo mezclado con altitud es un rasgo muy importante de Colombia. Las tierras calientes no hacen parte del imaginario de Nación, hay una exclusión territorial, que además han sido los espacios territoriales en los cuales la guerra y el conflicto se han dado siempre; es decir, las guerras del siglo XIX y el siglo XX han corrido la frontera de esa patria imaginaria, porque las guerras se dan de preferencia en la región más allá de la tierra de la patria colombiana, que es la patria que se ve desde Monserrate. Por eso, yo traigo a colación a Miguel Antonio Caro. Yo combino un poco al Sabio Caldas y Miguel Antonio Caro con ese centralismo que muestra que Colombia es lo que se ve desde Monserrate. Lo demás no existe, es tierra de negros, es tierra de indios, es tierra de víboras, es tierra de zancudos, es tierra caliente, y eso no es parte de la patria decente, ¿no? Tú recuerdas, por ejemplo, cuando García Márquez va a recibir el Premio Nobel a Estocolmo y lleva una cantidad de vallenatos y cosas de cumbia, y la gente decente dice: cómo van a hacer el oso a Estocolmo, a Europa, a mostrar esa cantidad de negros y de corronchos… Esa es Colombia. Esa es la Colombia que está negando a esa Colombia que se llama ahora la Colombia profunda. Y eso vuelve y se expresa ahora con lo de Francia Márquez: la forma como se habla allá, los valores que hay allá, eso hay que desconocerlo, porque eso no es parte de la Colombia decente que se quiere mostrar, del imaginario de Nación que nuestras élites quieren construir.

DHR: Se acaba de publicar este libro del Profesor Luis Carlos Castillo: “Natanael Díaz, un poeta en los laberintos de la política”. Manuel Zapata lo consideraba uno de los grandes iniciadores de la reivindicación de la negritud en Colombia. Fue un parlamentario, fue un líder, un gran luchador y estuvo en los movimientos de la época progresistas en su momento; lástima que haya muerto tan joven. Pero, te digo esto es porque esta región que hoy se encarna en una figura como la de Francia Márquez pues ya tiene un antecedente en figuras como la de Natanael Díaz, para que hagamos la conexión, y por qué es tan importante esto que ya ha pasado y que vuelve y se pone en escena con la figura de Francia Márquez.

La Palabra. Univalle 2022.

DGV: Es una oportunidad buena para revisar la Historia oficial del país. En un debate de vicepresidentes, el candidato a la vicepresidencia de Ingrid Betancur, que es un coronel, le dice a Francia Márquez: a ustedes les dio la libertad José Hilario López. Eso es lo que la historia patria dice: los negros tienen que estar agradecidos por la forma como un presidente liberal les ha dado la libertad. Claro, eso desconoce la participación de los negros macheteros del Cauca en la revolución del medio siglo del XIX. A ellos nadie les regaló nada. Esta región del Palo y de lo que ahora se llama Puerto Tejada, esta región del Norte del Cauca: Quintero, Villarrica, Gualí, esta región, eran regiones fundamentalmente de negros cimarrones. A diferencia de los negros de la Costa Pacífica, de Guapi, Timbiquí y Tumaco, la historia de la lucha en el Norte del Cauca es diferente; incluso, toma en cuenta que, si bien mis ancestros vienen de la Costa Pacífica, de Barbacoas y de Tumaco, los que somos Grueso, los que somos Arboleda, los que somos López y Ortiz en la Costa Pacífica, Mosquera, tenemos el apellido de los amos. En el Norte del Cauca, los que son Mina, Posú, Balanta, Lucumí, Carabalí, son etnias africanas. Es una diferencia importante entre ser negro del Litoral y ser negro del Norte del Cauca. Y eso va ligado a la historia de la resistencia palenquera y cimarrona del Norte del Cauca. Hilario López, pero, sobre todo Tomás Cipriano de Mosquera y José María Obando, hacen sus guerras del siglo XIX en buena parte con negros del Norte del Cauca; incluso, Tomás Cipriano de Mosquera tiene un hijo negro, que muere en batalla. Los negros tomaron las armas por su libertad. Eso se olvida. No fue ningún regalo. Y los negros continúan en lucha. Francia Márquez sigue luchando todavía por el río Ovejas, por su región, por su comunidad. Y en la mitad están estos negros como, por ejemplo, Natanael Díaz o Sabas Casarán. Cualquiera que sea del norte caucano le preguntas quién fue Sabas Casarán y tú ves por ejemplo en la violencia de los años 50 y 60 la lucha por la tierra, la lucha contra la concentración de la tierra que luego hacen los ingenios, la lucha por la defensa del minifundio del norte del Cauca. Puerto Tejada, por ejemplo, era un municipio cacaotero y había una estructura de minifundio en todo el Norte del Cauca, que se fue destruyendo por el monopolio de la caña del azúcar. Entonces hay una tradición de lucha. Estos negros han luchado por su cultura, por su tierra, por su región, por su comunidad, por su territorio. Entonces eso no es nuevo, solo que ahora aparece en el escenario nacional, pero la historia patria lo ha negado. En el Norte del Cauca los negros lucharon por su libertad quizás más que los negros de la Costa Pacífica, y esa tradición se sigue recogiendo en Francia Márquez.

La otra lucha, la lucha indígena, tiene otra historia también y tiene mucho que ver con la soberbia, el desprecio racial de las familias payanesas, que era al fin y al cabo la ciudad más próspera, más poderosa de la Colonia, donde había una concentración de riqueza increíble. Comparada con Bogotá, que era una ciudad más bien pobre, Popayán era un lugar muy, muy importante, y ahí se perpetuó; no en vano sacaron siete presidentes después y no en vano las guerras que desangraron a este país en el siglo XIX eran guerras entre parientes de una misma calle de Popayán, entre familias payanesas, y eso marcó la historia del país. Y en relación con las comunidades indígenas, hay toda una historia de lucha, de resistencia, en el Cauca, como en ninguna otra parte de Colombia. Yo creo que ni los embera ni los wayú, ni en ninguna otra parte de Colombia la lucha indígena ha tenido la trascendencia, la envergadura, la historia que tiene la lucha indígena caucana.

Entonces, claro, no es gratuito que esta mujer venga de allá. Entre otras luchas campesinas, la larga tradición de lucha negra y la larga tradición de lucha indígena, el Cauca era y sigue siendo un laboratorio. Desde cuando era el Gran Cauca hasta ahora sigue siendo algo que refleja mucho este país. La exclusión, el desprecio y la tensión permanente en la relación con la tierra y con la cultura está allí. Yo veo en Francia Márquez un fenómeno que vuelve y expresa ahora en la segunda década del siglo XXI unas tensiones que vienen del medio siglo XIX. Están en lo mismo, en las luchas.

Norte del Cauca y Sabas Casarán. La Palabra, Univalle 2022.

DHR: Bueno, hay algo en lo que que tú llamas mucho la atención, en temas como el del racismo, lo que exige en los imaginarios, en las costumbres, en el lenguaje, en el día a día, que no acepta esa otredad distinta, esa diversidad que es y sigue siendo excluida y que vale pena pues que enfaticemos y hagamos conciencia a nuestra población, a nuestra ciudadanía, sobre lo problemático que sigue siendo eso en nuestro país, los imaginarios, las costumbres… Eso hasta en los chistes del día a día eso se sigue sintiendo.

DGV: Sí, el racismo está vivo. Bueno, está vivo en muchas partes. Está vivo en Estados Unidos. Fíjate, por ejemplo, el gobierno de Trump y lo que ha seguido después del gobierno de Trump, es el resentimiento de la población blanca, y sobre todo de los supremacistas blancos, el resentimiento por el gobierno de Obama. Ellos no están dispuestos a soportar otro negro en el poder. Y se pensaba que el gobierno de Obama iba a cauterizar heridas viejas e iba a dejar atrás el racismo, y parece que no, que está más vivo que nunca. El racismo ha vuelto en los Estados Unidos y está en toda América Latina. En este momento, en Chile hay un conflicto muy poderoso con los mapuches, de nuevo. Es decir, la gente no se soporta, un país que es orgullosamente europeizante, un país que se propuso exterminar, como también se propuso hacerlo Uruguay y Argentina… en el cono sur el único país que triunfó en ese propósito fue Uruguay, exterminó por completo a los charrúas; pero, Argentina no pudo exterminar por completo a los indígenas, aunque hubo guerras contra los indígenas. Si tú lees la poesía de Borges a sus abuelos, esas guerras del desierto son exterminio de indígenas, como en los Estados Unidos. Y en Chile también con los mapuches. Entonces, esas tensiones están allí, volviendo… Bueno, y el resto de América Andina… Perú, Ecuador, Bolivia y también Colombia. Por ejemplo, en relación con estas políticas argentinas de exterminio del indígena y la importación de sangre nueva, eso ya está con el origen mismo de la historia argentina, con [Domingo Faustino] Sarmiento, con sus dilemas “civilización o barbarie” y fueron relativamente exitosos en exterminar al indio y al negro. Borges decía con orgullo que en Argentina no hay negros, cuando se acabó la esclavitud los tiramos al mar o los tiramos a Brasil. Argentina tuvo ese proyecto y lo logró. Pero, Colombia nunca tuvo una política de estado racista; pero, el racismo es muy fuerte en Colombia. Aquí nunca hubo políticas eugenésicas, en otras partes sí las hubo. Sin embargo, no hay que olvidar el momento “científico”, que a Colombia llegó tarde; porque en Colombia el positivismo no tuvo la historia que tiene en México o en Argentina o en el resto de América Latina, o en Cuba, por ejemplo. Aquí en buena parte hubo otro tipo de exclusión. Pero, en el siglo XX, a comienzos del siglo XX, hay un momento en que los médicos, los intelectuales de ambos partidos, comienzan a darle formato científico al racismo, y eso es importante no olvidarlo. El debate de las razas en Colombia, que se da entre 1908 y 1940, en el que intervienen intelectuales de ambos partidos y donde se trata de leer en clave científica por qué somos tan atrasados y la respuesta es: siempre cae la culpa sobre el negro, sobre el indio, sobre el mulato. Tipos como Laureano Gómez caen todos en esa cosa.  Y eso es importante porque eso le dio un refuerzo “científico”, entre comillas, al racismo, que hoy en día no se sostiene. Después de la segunda guerra mundial, nadie se atreve a decir eso; pero, el racismo está allí, eso le dio un refuerzo en Colombia muy importante. Y vuelve, tú ves: a una mujer le dicen que es un simio.

DHR: Vamos a hablar un poco de lo que sigue circulando entre nosotros, que son los estereotipos: el costeño perezoso, el indio ladino, el pastuso bruto…, todas estas cosas que existen entre nosotros, que son producto de ese lastre del cual comenzamos a librarnos, pero que, en casos como este, vuelven a patalear, vuelven a colear, y que tú, como un pensador de la política, nos digas ante eso qué hacer…

DGV: Hay que profundizar en nuestro imaginario, hay que profundizar en nuestra historia, hay que revisar el lenguaje, hay que plantear el debate, hay que tematizar lo que se oculta, hay que -incluso- revisa el humor, revisar el lenguaje, porque excluimos de muchas formas y a veces inconscientemente. Somos machistas y somos racistas y somos clasistas de maneras que no tenemos conciencia de que lo somos. Fíjate nosotros cómo… cualquier extranjero que llega a Colombia y nos oye hablar de estratos, estrato 5, estrato 6, ellos dicen: esta gente es tan… ha naturalizado un lenguaje excluyente. Uno dice: yo vivo en el estrato 6 o en el estrato 4, y cualquier extranjero le dice: qué odioso que un pueblo haya aceptado esa clasificación, la que nos divide por clases, la que nos divide por raza, la que nos divide por ingresos. Eso hay que tematizarlo. Hay cosas que el ojo de un foráneo puede ver y aquí no lo vemos, no somos conscientes de eso… Entonces, hay que verbalizar, hay que tematizar, hay que visibilizar, y en eso puede ayudar mucho la Academia, los sociólogos, los historiadores, los antropólogos, ayudarnos a tomar conciencia de cuán excluyentes somos, de cuán soberbios somos en la relación con el otro. En Colombia hemos tenido un momento muy importante, un momento jurídico-político que fue la reforma del 91 que un poco sacudió ese imaginario de nación que nos heredó Miguel Antonio Caro, que es muy bogotano, muy católico, muy blanco, muy excluyente; se logró un reconocimiento constitucional de que somos un país poliétnico y multicultural; pero, ese reconocimiento todavía está en el papel. Se han logrado avances, claro, en lo político, en lo jurídico, en lo educativo; pero, todavía tenemos mucho por hacer. Y este fenómeno de Francia Márquez pone sobre el tapete, a propósito de lo político, cuánto todavía tenemos pendiente en materia de la inclusión en el proceso inacabado de construcción de nación. Estamos allí muy crudos y es necesario tomar conciencia. Estos terremotos deben sacudir un poco nuestro imaginario de nación, pensar otra vez qué somos como país, no solamente la Selección Colombia. Aquí hay una cosa muy importante que tenemos que revisar: la composición étnica, cultural, religiosa, social de este país, que ha sufrido una amputación que sigue siendo poderosa.


[1] Dejusticia. Nuestra democracia está en peligro. Rodrigo Uprimny Yepes, mayo 22 de 2022. En: https://www.dejusticia.org/column/nuestra-democracia-esta-en-peligro/

[2] Egresado de la Universidad del Valle, en donde se graduó como Licenciado y como Magister en Filosofía, al igual que de Sociólogo, el Profesor Delfín Ignacio Grueso Vanegas es también Doctor en Filosofía de Indiana University. Trabaja como profesor e investigador en su alma mater, la Universidad del Valle, donde dirige el Grupo Praxis, uno de los más reputados en materia de reflexión, investigación y producción académica en el área de Humanidades de esta prestigiosa universidad colombiana.

[3] Darío Henao Restrepo es Licenciado en Letras de la Universidad del Valle, Magister en Literatura Latinoamericana y Doctor en Letras Neolatinas de la Universidad Federal de Rio de Janeiro. Actualmente, en la Universidad del Valle, es Decano de la Facultad de Humanidades, Director del Centro Virtual Isaacs y del periódico cultural La Palabra. Coordinó el homenaje a Manuel Zapata Olivella en el centenario de su nacimiento, incluyendo la reedición de sus libros y la realización del exitoso documental sobre su vida.

[4] Aquí puede verse completo el video de la entrevista: https://www.youtube.com/watch?v=JXg-JEEpisY

[5] El artículo del Doctor Delfín Grueso fue publicado originalmente en Razón Pública, el 3 de abril: https://razonpublica.com/francia-marquez-espejo-desnuda-colombia/ Días después, fue publicado también en el periódico cultural La Palabra, de la Universidad del Valle, con algunas variaciones de edición: https://lapalabra.univalle.edu.co/francia-marquez-el-espejo-que-desnuda-a-colombia/

26/10/2020

 La ciénaga cercada

Foto: Nereo López.

Un cuento de Manuel Zapata Olivella

(1961)

El viejo Layo, el cuerpo aceitado y duro por los años, se enderezó del chinchorro para recoger la atarraya y demás útiles de pesca. Su mujer le vio el rostro arrugado y no quiso decirle nada de lo que se rumoraba en el pueblo. Probó el arroz y como le era habitual, ni siquiera miró el pescado que ella, por la fuerza de la costumbre, le servía en la orilla del plato. Ya al salir se aventuró a decirle:

—Layo, he oído comentar que la ciénaga...

El viejo se fue alejando a pasos lentos, indiferente a lo que quería decirle su mujer. Su constante práctica de pescador, a la espera silenciosa, le inyectó esa manía de despreocuparse de cuanto le rodeaba. Ni siquiera los aguijones de los mosquitos solían perturbarlo. A la orilla del río, su vida se deshilaba en viajes continuos de la ciénaga a la barranca guiado por la proa de su canoa, única brújula en el itinerario de sus días.

Se embarcó y volvió a tomar el camino del caño. Los primeros rayos de sol oreaban las sementeras de maíz. Metidos por entre los cultivos y gritando a los pájaros, sus dueños madrugaban a recoger las pocas mazorcas que les dejaba la sequía. Comparando la abundancia de su pesca con los raquíticos granos de los agricultores, pensó en el bien recibido de su padre que lo indujo a la pesquería, sin aquerenciarlo a los cultivos. Su vida era más independiente; menos sometida a los caprichos de las lluvias; más libre de trabas con el resto de los hombres.

Esa misma noche, dos extraños se aproximaron a su rancho. Todavía no se había dormido y, desnudo, sentado en el suelo, a la puerta de su casa, los vio llegar y plantarse frente a él. Nada les preguntó, pero sus ojos y su olfato los escrutaban en la oscuridad, identificándolos. Alargó el silencio porque aquellos hombres no hedían a mariscos y, por tanto, no eran gente de su trato. Tras un momento de espera, en vista de que no recibían ninguna bienvenida, aún cuando ellos tampoco habían saludado, uno de los dos exclamó:

—Aquí le traemos esta notificación.

—¿Y qué vaina es esa?

—El alcalde lo cita a la oficina. Debe firmarla —volvió a decir el desconocido, mostrándole una hoja de papel a la luz de una linterna eléctrica.

—¿Qué quiere conmigo el alcalde? A nadie le debo. Además, él sabe que yo no sé firmar.

—Está bien. Ya queda notificado —explicó el hombre con voz autoritaria. —Este señor es testigo, así, pues, mañana debe presentarse a la Alcaldía.

El viejo se rascó la cabeza, chupó nuevamente el tabaco y después de largo tiempo de meditación, midiendo cada una de sus palabras, agregó:

—No será muy temprano, esta noche voy de pesca a la ciénaga.

—Más vale que no lo haga y que se presente temprano a la Alcaldía —afirmó autoritariamente el desconocido.

Desagradole el tono y le respondió con voz descompuesta:

—Mire, quien quiera que sea usted, eso de que vaya a pescar es cosa mía —tomó un poco de respiro esforzándose en construir su frase—. Desde que mi padre murió, nadie me ha señalado la hora en que debo tirar y sacar el anzuelo.

Cumplido el mandato, sin decir más, los extraños se alejaron por donde habían venido. El viejo los siguió con mirada larga y sostenida hasta que se hundieron en la oscuridad. Desde su habitación, la mujer que había oído la charla le dijo:

—Algo jodido te tiene preparado el alcalde. La gente dice que anda metiéndole miedo a los pescadores porque...

La mujer prefirió terminar aquí su comentario. Pensó que tal vez lo que se decía no guardaba relación alguna con la cita del alcalde y no quiso alarmarlo con simples suposiciones.

Afuera los salivazos se hicieron más frecuentes entre una y otra chupada de tabaco. La inquietud por saber lo que el alcalde deseaba de él retuvo despierto al pescador en la barbacoa que le servía de lecho. Tampoco durmió su mujer, pero no cambiaron una sola palabra a todo lo largo de la noche.

Antes de que el alcalde abriera la oficina, ya estaba ahí parado, las manos sobre el palo que había cogido al salir para no llevarlas vacías, costumbre de cargar el arpón y el canalete. El alcalde no lo saludó, dándose con el silencio ínfulas de autoridad. El ceño adusto, más parsimonioso que un oidor, abrió la puerta y después de remover todas las cosas de su lugar se dignó a decir:

—¡Entre!

Layo dio varios pasos y se plantó frente a él.

—Tiene que pagar una multa de diez pesos —le notificó el alcalde sin ceremonia.

—¿Multa por qué? —respondió rápido como fósforo que rastrillaran en la pared.

A pesar de la superioridad que sentía tener sobre el pescador, el funcionario no se atrevió a mirar sus ojos alzados. Con el índice apuntando sobre el suelo, explicó:

—Por pescar en la ciénaga de los señores Argaíz.

—¿Qué ciénaga es esa? Yo nunca me he metido a pescar en ciénagas ajenas, ni sé que existan, siempre lo he hecho en la del pueblo —argumentó el viejo, un poco tranquilizado al saber que se le acusaba por un delito que no había cometido.

—Pues esa ciénaga que usted llama del pueblo —advirtió el alcalde con severidad— es de los señores Argaíz.

Apoyándose sobre el báculo, Layo preguntó con sorna:

—¿De cuándo acá les pertenece y está prohibido pescar ahí?

El alcalde volvió a remover los objetos, reafirmando sus palabras con ademanes:

—Eso lo sabe todo el mundo en el pueblo y usted mismo, aun cuando se haga el sordo.

Cambió de golpe la expresión del pescador. De la sorpresa porque se le acusara de una infracción de la que no se sentía culpable, pasó a la nerviosidad y al coraje. Las palabras que reservara en su mutismo cotidiano se agolparon en sus labios pugnando por salir.

—Conque esos señores Argaíz, no contentos con haber cercado los playones del pueblo, ahora se han cogido la ciénaga. Y usted, señor alcalde, —agregó señalándole con el índice— hijo del viejo Agamenón Torralbo, su padre, que desde pequeño le consta que esas tierras y esa ciénaga son de todo el pueblo, ¿ahora porque ellos lo han hecho alcaldito, comadrea semejante vagabundería? Oiga don Rafael Torralbo Cienfuegos, yo conocí a todos sus abuelos, gente bien medida y le puedo asegurar que ninguno de ellos, que Dios me los tenga en el Cielo, mirarían con buenos ojos que su nombre, el buen nombre de los Torralbo y Cienfuegos, sirva de tapujo al robo y descaro de los Argaíz. Además —dijo para terminar su acusación—, ¿si el pueblo no puede pescar en la ciénaga, de dónde carajo va a sacar el pescado para alimentarse?

El alcalde no tuvo más argumento que dirigirse a un policial, sentado a su diestra en espera de recibir órdenes:

—¡Métame a este atrevido y sinvergüenza al calabozo por irrespeto, desobediencia y falsas acusaciones a la autoridad!

De un salto el policial agarró del cuello al anciano, le arrebató el palo que le hacía de bastón y a empellones lo condujo a la celda donde lo dejó tendido en el suelo de un garrotazo. Media hora después el pueblo se aglomeraba frente a la oficina, rodeando a la mujer del pescador que pedía clemencia al alcalde. Lejos de oír sus súplicas y la de los vecinos, este montó en su mula, y orondo y campante salió a dar un vistazo a sus cultivos de maíz en plena recolección.

A los dos días el viejo Layo fue puesto en libertad bajo la amenaza de encarcelamiento si comentaba lo sucedido o si violaba la prohibición de pescar en la ciénaga de los Argaíz. Algunos vecinos y amigos se reunieron a la puerta de la Alcaldía para rendirle su pesar por el encarcelamiento, mas el viejo Layo partió delante de su mujer sin responderles nada. Sus ojos condenaban con el desprecio la pasividad de esos mismos hombres que se condolían en vez de defender los derechos del pueblo. No concebía que un rótulo de propiedad pudiera escribirse sobre la ciénaga, donde desde la más temprana infancia su padre le enseñó a manejar el cordel y a soltar libremente la atarraya sobre los peces que Dios había echado al agua. Ni las amenazas del alcalde, ni los golpes del gendarme, ni el silencio cobarde del pueblo, le privarían del derecho que sentía tener por aquella ciénaga que vio siempre sin estacas y sin dueños.

Esa tarde, pues, para que todo el pueblo lo viera, bajo los últimos destellos del sol, montó en su champa y ante el asombro de los pescadores que en la barranca del río comentaban la prohibición, el viejo Layo, con atarraya y arpones, tomó rumbo de la ciénaga. Indefectiblemente, sobre la amenaza de la autoridad, se dirigía a cumplir su habitual pesca hasta entonces solo perturbada por los vientos, las lluvias y la sequía.

Al llegar al extremo del caño, encontró que varias estacas hundidas en el agua, impedían el acceso a la ciénaga. En la orilla, sin camisa, luciendo la gorra del uniforme ladeada, un policía montaba guardia con el fusil entre las piernas. No se inmutó al ver al pescador y ya cerca, observando que buscaba un portillo por donde pasar su canoa, le dijo:

—Pague los diez pesos y lo dejo pasar.

—¿Qué diez pesos? —interrogó el anciano, conteniendo su furia por aquella intromisión.

El policía, sin darse prisa, pues le sobraba tiempo para dormir, le explicó:

—Es la orden de los señores Argaíz. Todo el que quiera pescar en su ciénaga debe pagar diez pesos.

Una sonrisa maliciosa se prendió en los labios del viejo, diciéndose en voz alta:

—Ahora comprendo el negocito entre los Argaíz y el alcalde.

Sin importarle el fusil, Layo arrancó una estaca, enderezó la canoa y de un golpe de palanca, entró en las aguas de la ciénaga donde los peces saltaban apelotonados. Y el disparo que el pueblo presentía con inquietud se oyó a todo lo largo de la corriente.

***

Esa noche, acompañada por el silencio de casi todo el pueblo, la mujer no quería perturbar con su llanto la serenidad del viejo Layo. A la luz del mechón se veía su cuerpo semidesnudo como había pasado toda la vida, los ojos cerrados, los labios cosidos por la muerte, más desafiante que nunca.

Tomado de: CUENTOS DE MUERTE Y LIBERTAD. 
Universidad del Valle, 2020

Portada de la edición 2020, coordinada por la Universidad del Valle