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22/09/2025

 3 textos históricos sobre las Fiestas 
de San Pacho en Quibdó 

●Quibdó a principios de la década de 1930.
Fotos: Misioneros Claretianos / Archivo El Guarengue.
Del 19 de septiembre al 5 de octubre se celebran en Quibdó, capital del departamento del Chocó, las Fiestas Patronales de San Francisco de Asís o Fiestas de San Pacho, inscritas en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, por la séptima reunión del Comité Intergubernamental para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, que se llevó a cabo en la Sede de la UNESCO del 3 al 7 de diciembre de 2012.

A propósito de la trigésimo septuagésima séptima (377ª) edición de las fiestas, contando desde su primera celebración, en 1648; ofrecemos en El Guarengue tres textos ilustrativos sobre sus orígenes, su historia y su devenir. El primero, referente al origen de la festividad, es tomado del artículo “La Fiesta de San Francisco de Asís en Quibdó”, publicado en el volumen 4 de la Revista Colombiana de Folclore, en 1960, por el etnólogo, investigador e intelectual chocoano Rogerio Velásquez Murillo (Sipí, 9 de agosto de 1908-Quibdó, 7 de enero de 1965); un trabajo pionero en cuanto a la documentación de fiestas populares en comunidades afrodescendientes de Colombia y de las relaciones entre raza, religión, política, territorio y poder.

Los otros dos textos son notas de prensa, publicados en el periódico ABC, de Quibdó, en octubre de 1930 y en octubre de 1939: el uno sin autor, como breve crónica a cargo del ABC y el otro firmado por FERMÍN, sin ninguna identificación adicional de su autor. En ambos casos se destaca la creciente importancia popular de las fiestas; lo cual se explica porque su esquema celebrativo y ritual, incluyendo al pueblo sin distingos de ninguna clase y convirtiendo los vecindarios y barrios en escenario privilegiado de las fiestas, data de 1926, cuando se conmemoraban setecientos años de la muerte del santo. 

De modo que, cuando se publican estos dos textos en el periódico ABC, San Pacho vive los primeros años de su periodo formativo contemporáneo, de estandarización de su estructura ritual, producto del trabajo liderado por Balbino Arriaga Castro, Azarías Valencia, Julio Perea Quesada y Raimunda Cuesta, quienes en nombre de la comunidad quibdoseña concertaron cada detalle con el representante de los misioneros claretianos, padre Nicolás Medrano, quien por las mismas fechas estrenará el solemne himno religioso “Gloria a San Francisco de Asís”, popularmente conocido como los Gozos Franciscanos, inmediatamente incorporado al alma franciscana de la ciudad... ¡Bienvenidos, pues, a este breve paseo por las historias de San Pacho en Quibdó!.

Julio César U. H.

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Sobre el origen de la fiesta – Rogerio Velásquez[1]

Rogerio Velásquez.
FOTO: Archivo El
Guarengue

Con el apoyo de don Pedro Zapata de Mendoza, Gobernador de Cartagena, penetró al alto Chocó un franciscano denodado, exminero de plata de Mariquita, conocido con el nombre de fray Matías Abad. Limosnero del Convento de Cartagena, en sus primeros años de apostolado, aunque amigo decidido de la predicación entre los infieles que demoraban en el lejano Darién, partió a aquellos territorios en compañía del Hermano Jacinto Hurtado y de cuatro indios conocedores del idioma de los que se proponía pacificar. Con el visto bueno de los mandatarios civiles y eclesiásticos dejó la Heroica el 24 de agosto de 1648.[2]

"A los nueve días de salir de Antioquia, llegó a la primera población de indios llamada Arquía, que él denominó Santa Cruz de Arquía, donde permaneció quince días instruyendo a los indios en la religión. Llegó luego a Buenavista, donde hizo como en Arquía y continuó más de cincuenta leguas, encontrando muchos poblados de trecho en trecho, en los cuales lo recibieron muy bien. Prosiguiendo su camino, dos leguas antes de llegar al Atrato, le salió al encuentro un capitán con cincuenta indios armados, pero al ver que no llevaba armas ni gente y saber con qué fin iba, le agasajaron mucho y le llevaron a su pueblo, situado a orillas del Atrato, que él llamó San Francisco".[3]

Posesionado de la tierra, dispuso inmediatamente la construcción de la iglesia que no habían logrado ni Sancho el Fuerte, ni Gómez Hernández, el vencedor de los urraos, ni Melchor Velásquez, ni Diego Martin de Ávila, ni Francisco Redondo, ni Melchor Salazar, capitán de los chocóes, ni menos el adelantado de Antioquia, don Juan Vélez de Guevara y Salamanca. En carta a don Pedro Zapata informa cómo se llevó a cabo el levantamiento de la fábrica, los días de trabajo y el número de operarios. Terminada el 4 de octubre, la consagró a San Francisco con la primera fiesta solemne que se hizo en esa tierra, que había constituido una pesadilla para la Corona desde la iniciación de la Conquista.

Fray Gregorio Arcila Robledo, al hablar de esta conmemoración, escribe: "Fray Matías, con buenos modales y óptimo trato, se ganó el afecto de los innumerables naturales que pululaban en el corazón de nuestra provincia de oro; en terreno regalado por el capitán de nuestra Orden, les levantó su buena iglesia a la vera del majestuoso río, y una vez terminada, con las dificultades y carencia de todos los elementos indispensables que bien se deja comprender, hizo la solemne dedicación a nuestro Padre San Francisco de Asís, enarbolando él, a la cabeza del desfile de canoas, la sagrada imagen del Seráfico Padre; un cacique iba adelante tocando una campanilla, después el grueso de los neófitos por él catequizados, marchaban pausada y devotamente, mientras fray Matías entonaba, cantando las letanías de la Santísima Virgen Inmaculada: "Madre Inmaculada, ruega por nosotros".[4]

Doña Julia Herráez S. de Escariche, refiriéndose al mismo asunto, declara: "Ese día, como festividad de San Francisco, hubo procesión por el río en quince canoas, yendo fray Matías en medio con un Cristo y una imagen de San Francisco; al llegar a la iglesia desembarcaron todos y penetraron en ella; hincados de rodillas, fray Matías cantó Tedeum, terminando la fiesta con una buena comida "donde tuvimos pescado".[5] Desde esa fecha hasta hoy, Atrato ha continuado la devoción. Jesuitas y capuchinos, dominicanos o mercedarios, carmelitas o sacerdotes seculares la han respetado y propagado. Creada la Prefectura Apostólica del Chocó, en enero de 1909, y establecidos los Hijos del Corazón de María como directores espirituales de la región, la memoria de San Francisco ha ganado en profundidad y en extensión sobre los hombres y la tierra.

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Las fiestas de San Francisco, Patrono de Quibdó
–Periódico ABC, martes 7 de octubre de 1930–

Quibdó, iglesia parroquial, 1930.
En primer plano, templete en homenaje
a César Conto Ferrer, Parque Centenario. 
FOTO: Misioneros Claretianos. 
Archivo El Guarengue.

La fiesta del patrono de la ciudad va tomando día por día mayores ímpetus. Los que se mantenían al margen hoy participan de ella, y todo promete que en los años venideros tendrá resonancia que ni siquiera se imaginan.

Gentes de todos los contornos, con la proximidad de la fiesta –única de Quibdó– acuden presurosos a participar de ella. Y los nativos que pueden hacerlo, costean viajes, no importa la distancia, para desempeñar ciertos papeles que les tocan, en sus barrios. Los festejos de San Francisco han tomado algo más de tres días. Nadie ha tenido en cuenta los agudos momentos porque atraviesa el país y la fiesta se hizo con esplendor no visto.

Como números de sensación vimos el descenso efectuado desde la torre del reloj al parque del Centenario por la aplaudida artista señora Teresa Medina de Echavarría, del Circo Imperial de Variedades. Se usó para ello una manila en vez del cable de acero que se acostumbra, y estuvo a punto de sufrir grave percance por haber cedido la cuerda más de lo esperado. Este número, que dio muestras del gran valor de esta artista, conquistole a la compañía el aprecio de todas las capas sociales que, con entusiasmo no registrado antes, han llenado el cupo de su teatro provisional para presenciar las tres funciones que llevan hasta ahora dadas. Para Quibdó ha sido una fortuna la llegada del circo en horas en que ni siquiera se podía contar con la diversión cinematográfica.

La procesión que la lluvia impidió el sábado, se verificó el domingo con gran solemnidad. Los barrios. como siempre, vistieron sus mejores galas, luciendo, ante todo, magníficos trabajos ejecutados por hábiles manos de mujer.

La bendición de los campos ayer, desde la colina de la Virgen, solemnísima, y las artillerías no cesaron en sus descargas en todos estos números. En el acto habló en nombre de la junta organizadora de las fiestas el señor Balbino Arriaga Castro. Su oración versó sobre 'la ley' y al final fue muy aplaudido.

Las fiestas concluyeron con un último rugido del Goliat, cañón de la época de los españoles, que se conserva y dispara en muy determinadas fechas. La banda de San Francisco alertó a la ciudad con magníficos estrenos musicales y en cuanto a las murgas, que con frecuencia salían a las calles, pusieron una nota alegre en todos los semblantes.

Felicitamos a la junta organizadora de estos festejos en honor del patrono de Quibdó y muy especialmente al Reverendo Padre Miró, párroco de la ciudad, por sus esfuerzos que a cada momento puso en acción para que la fiesta resultara digna de Quibdó y de su patrono.

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El de Asís
–Periódico ABC, jueves 12 de octubre de 1939–

Periódico ABC, Quibdó. 12 de octubre de 1939. Hemeroteca del Chocó / El Guarengue.

Nosotros hemos adivinado en la sangre misma de este pueblo de Quibdó una consagración irrevocable al culto de San Francisco de Asís, que en cada año que sucede parece cobrar mayor entusiasmo y no menos esplendor. Desde el 4 de septiembre por la noche, llega a los habitantes el anuncio recordatorio del patrono al son de músicas alegres y bajo el estampido del cañón. Entonces, la conciencia colectiva despierta y se dispone a ejecutar los preparativos de la fiesta, acoplando energías y esfuerzos supremos. Es que el fervor de los quibdoseños es fuerza que impulsa el espíritu y le hace sobrepasar hasta el infinito, por su Dios y por su Santo.

Y el proceso genial y simpático del novenario, con sus músicas regionales y la invariable vacaloca, ponen en las almas contento y alegría infinitos y forman un capítulo de nuestras costumbres que vamos legando a las generaciones futuras como el génesis de nuestro propio vivir. Es esta la fuente de un cristalizado de armonía conjunta, que concentra almas y confunde corazones en torno de la memoria de quien tocó los dones sobrenaturales sobre el pedestal de la mansedumbre.

Por eso el 4 de octubre culmina en esta villa la fiesta esplendorosa y magnífica, que enloquece a los fieles y los impulsa a exteriorizar todo el sentimiento bajo los arcos triunfales que dan paso al Santo por todas las calles como el rey soberano que recorre sus dominios y los bendice. Todo sonríe y todo lo hermoso acude a esta romería triunfal del patrono de Asís, como sediento de beber en la fuente pura de la caridad y del dulce consuelo, el amor sublime que acerca las almas y las eleva hasta el Cielo.

Así hemos recogido las impresiones de esta bella fiesta que cada año tiene mayores atractivos y abre un círculo más extenso a la consagración y al fervor, que son como los lazos de una estrecha unión entre los quibdoseños y marcan con caracteres imborrables pasajes de amor y de ternuras, que en muchas ocasiones al año siguiente se recuerdan con lágrimas en memoria de los que ya se fueron. Pero este pueblo tiene la fortaleza en el alma y con resignación, firme y decidido, todo lo entrega y todo lo rinde a San Francisco en una profesión de fe insuperable como que El todo lo recibe y todo lo espera.

Así será siempre, porque las directivas de las festividades cuentan con elementos de decisión inquebrantable, como don Alcibíades Garces, los hermanos Valencia y otros, que sin escasear ponen para su esplendor todo el acervo de sus energías materiales y espirituales y se entregan de lleno a la solución de inconvenientes y a salvar obstáculos que a otros de menos harían vacilar y aun retroceder. Bien por estos centinelas de la vanguardia franciscana.

Y para este pueblo, que año tras año fomenta con mayor entusiasmo el día de su santo, entonamos un himno de alabanzas y le deseamos un futuro de todas las venturas.

FERMÍN. Octubre de 1939.


[1] Velásquez Murillo, Rogerio . 1960. “La Fiesta de San Francisco de Asís en Quibdó”. Revista Colombiana de Folklore, volumen 4, 1960. Pp. 16-37. https://www.bibliotecadigitaldebogota.gov.co/resources/2910695/

[2] Contraloría. 1943.Geografía Económica de Colombia. Chocó. Imprenta Nacional. Bogotá.

[3] Herráez S. de Escariche, Julia. 1946. Don Pedro Zapata de Mendoza, Gobernador de Cartagena de Indias. Imprenta y Litografía I.G.A.S.A. María Auxiliadora, Sevilla.

[4] Arcila Robledo, Gregorio. 1951. Los Franciscanos en Colombia. Imprenta Nacional, Bogotá.

[5] Herráez S. de Escariche, Julia. Op. cit.

04/07/2022

 Gonzalo de la Torre
Una vida de servicio al pueblo 
(2ª parte)

FOTO: Misioneros Claretianos
Provincia Colombia-Venezuela.

El Telegrama Negro

Hay quienes dicen que diez mil. Otros hablan de cien mil o más. No se sabe cuántos telegramas o marconis pidiéndole a la Asamblea Nacional Constituyente y al gobierno nacional el reconocimiento de la existencia y los derechos del pueblo negro de Colombia fueron enviados -entre marzo y mayo de 1991- por decenas de comunidades de los ríos, los montes y los esteros de la región del Pacífico. Hombres y mujeres del campesinado negro de todas las comarcas de esta región juntaban monedas para ajustar el valor calculado de envío -a través de la empresa estatal Telecom- de aquel texto originalmente redactado por el Misionero Claretiano Gonzalo María de la Torre Guerrero, quien para entonces dirigía la Misión Claretiana del Medio Atrato y quien, el pasado 6 de junio, cumplió 90 años de una vida ejemplar, dedicada enteramente al servicio de la causa de la justicia y la paz, que en sus siempre claras e inspiradoras palabras es la Causa del Reino, del Evangelio, de Jesús: la Causa del Amor. El Telegrama Negro era el nombre de esta campaña, concebida por Gonzalo una noche de domingo, en la casa de los Claretianos, en el barrio La Esmeralda, de Quibdó, y que en pocos días se convirtió en un suceso nacional que cumplió su cometido de llamar la atención tanto del alto gobierno como de los constituyentes, que en ese momento estaban avocados a la recta final de la redacción del texto constitucional que a partir del 4 de julio de ese año reemplazaría un vejestorio jurídico anacrónico que databa de 1886.[1]

Pionero y precursor

Pionero en casi todos los campos del conocimiento y del desarrollo social en los que ha incursionado como estudioso y como misionero, Gonzalo de la Torre eligió los estudios bíblicos como marco para el entendimiento de la sociedad y su transformación hacia condiciones de justicia y equidad. Un camino que parecería obvio, por su condición de sacerdote y religioso católico; pero que, a la hora de la verdad, no lo es tanto, pues, incluso entre altos jerarcas eclesiásticos, es más frecuente el errático uso de la biblia como un recetario moral o como catálogo de frases de autoayuda -motivacionales o intimidantes- que como luz para la comprensión de las sociedades y realidades actuales a partir de los relatos de las realidades y sociedades antiguas, como el pueblo de Israel, y de los relatos de la vida pública de Jesús.

Dotado de una lucidez envidiable, de la que deriva su capacidad -tan natural como inagotable- de anticiparse al futuro cuando de solucionar problemas se trata, para Gonzalo de la Torre estaba claro, hace cuarenta años, que en las comunidades afroatrateñas pervivían una tradición, una cultura y una identidad expresas en sus formas de tenencia, posesión y herencia de la tierra; manifiestas en sus peculiares ciclos y sistemas ancestrales de producción;  patentes en sus expresiones religiosas propias, en sus redes de parentesco y en su extensa forma de ser familia; visibles en sus manifestaciones artísticas, en su inconmensurable oralidad, en sus rituales de todo orden, en sus diáfanas relaciones con todos y cada uno de los seres y espacios de su entorno natural… Una tradición, una cultura y una identidad sobre las cuales se cimentaba la vida de estos pueblos que durante varios siglos se habían empeñado -contra todo mal y adversidad, contra toda ignominia y negación de su ser- a construir y a vivir un modo propio de ser y estar en el mundo, basado en principios de armonía, en un sentido comunitario y plural de la vida, en formas de ser y estar orientadas a que todos pudieran ser y estar juntos, en las orillas de sus ríos, en los senderos de los montes que llevaban trazados en la memoria… De allí que Gonzalo llegó al hito creativo del Telegrama Negro, por el camino de la convicción que siempre lo acompañó, desde 1979, cuando dio comienzo a su trasegar misionero en el Medio Atrato chocoano, de que las comunidades afroatrateñas -y por extensión las comunidades afrodescendientes de toda Colombia- eran portadoras y sujetos de una tradición, de una cultura, de una identidad, que, desde su punto de vista, debían ser reconocidas por la nación colombiana, como en efecto lo fueron por vez primera en la historia nacional a través del artículo transitorio 55 de la Constitución Política de Colombia de 1991, que hizo posible que dos años después, el 27 de agosto de 1993, el presidente de la república sancionara en Quibdó la Ley 70 o Ley de comunidades negras, que el año entrante cumple treinta años de expedición y vigencia.

Más de una década antes, Gonzalo María de la Torre Guerrero había comenzado a construir lo que sabia y hábilmente resumió en la docena de palabras que componían el párrafo del Telegrama Negro. Treinta y cuatro años después de haber salido del Chocó, cuando apenas contaba trece años de edad, para adelantar su proceso de formación como misionero claretiano, “en enero de 1979, regresé al Chocó y la obediencia religiosa me ubicó en el Medio Atrato, con la responsabilidad de atender unos 45 caseríos afrodescendientes, de los cuales el entonces Corregimiento de Beté era el centro geográfico. Aquí, recorriendo comunidades, conviviendo con ellas y acompañándolas en su organización social, en sus pequeños proyectos comunitarios, aprendí a vivir a fondo la negritud, recuperando y fortificando mis esquemas simbólicos mentales afroatrateños originales que a la hora de la verdad no habían muerto, a pesar de tan larga ausencia”[2].

En el Medio Atrato

Para afrontar la problemática de desatención de la primera infancia en el Medio Atrato en los años 1980, Gonzalo de la Torre y su equipo de seglares claretianas idearon los hogares infantiles comunitarios, trasladando a la organización formal la red natural de apoyo que entre las mujeres negras de la región ha existido desde siempre en cuanto al cuidado y la crianza de los hijos. La esencia de su funcionamiento fue la base utilizada en la estructuración del modelo de atención a la primera infancia que posteriormente, a instancias de la señora Carolina Isakson de Barco, sería adoptado por el ICBF (Instituto Colombiano de Bienestar Familiar), un modelo que aún sigue vigente.

Frente a los graves problemas de salud en la población medioatrateña de todas las edades, Gonzalo y su equipo diseñaron los primeros programas de atención integral que incluían de manera sólida componentes orientados a la prevención de enfermedades y dolencias recurrentes. A estos programas invitaron y vincularon tanto a las promotoras oficiales que trabajaban en los escasos y destartalados puestos de salud, como a yerbateros y parteras, sobanderos y todo tipo de agentes tradicionales de la medicina popular; quienes -apoyados por médicos y enfermeras que hacían trabajo voluntario- participaban en talleres y practicaban sus saberes de modo organizado y bajo un modelo comunitario y solidario. Médicos como Jorge Carvajal, universidades como la de Antioquia y experimentados conocedores de plantas medicinales como Lucho Trujillo formaron parte de estas experiencias, a instancias de Gonzalo. De modo que, por ejemplo, hace cuarenta años, cuando aún esta práctica era casi una herejía contraria al canon vigente de atención en salud, ya Gonzalo estaba promoviendo el reconocimiento de las parteras tradicionales, la valoración de su sabiduría y conocimientos, y la cualificación y mejoramiento de sus prácticas mediante el diálogo de saberes entre ellas, los facultativos, las promotoras oficiales y las enfermeras profesionales. Yerbateros, lectores de orina, componedores de huesos, curanderos de oficio, matronas sabias en los artilugios de la preparación de baños y bebidas medicinales para todo tipo de males, tuvieron cabida en condiciones de equidad en los programas de salud ideados y promovidos por Gonzalo, en los cuales fue decisiva la participación de mujeres nacidas para sanar y amparar a los demás, como Martha Inés Asprilla, mi madrina, de manos milagrosas y corazón infinito; Justa Victoria Sánchez, la siempre cálida y presente Justy; e Idalides Córdoba, a quien asistían la fuerza de un ciclón y una bondad de brisa fresca a la hora del calor.

De las ideas de Gonzalo salió también el programa de alfabetización comunitaria y educación popular del Medio Atrato, que bebió de fuentes como la alfabetización liberadora de Paulo Freire y la educación popular del grupo de Dimensión Educativa en Colombia. Bajo la consigna de Leer la realidad, este programa incluyó un creativo y riguroso proceso de construcción de cartillas como material didáctico propio de alfabetización y postalfabetización, cuyos contenidos fueron construidos en equipo y cuyos elementos visuales fueron dibujos exclusivos del gran artista claretiano Maximino Cerezo Barredo, autor del tríptico mural sobre la evangelización de América Latina, en el ábside de la Catedral de Quibdó. Con ustedes. Fe y acción, unas cartillas de formación bíblica dirigidas a las comunidades eclesiales de base (CEB) que el equipo misionero venía organizando con la gente de la región fueron un antecedente clave en este proceso educativo dentro del cual se formaron muchos de los líderes y lideresas que posteriormente promoverían y dirigirían la naciente organización campesina, Asociación Campesina Integral del Atrato (ACIA), que posteriormente se convertiría en COCOMACIA, el Consejo Comunitario Mayor de comunidades negras más grande del país y con el título de propiedad territorial colectiva más extenso que haya sido otorgado en el marco de la Ley 70 de 1993. “El día en que los campesinos se dieron cuenta de que educándose valían el doble”, llamó Gonzalo al trascendental acontecimiento del programa de alfabetización.

Una mente prodigiosa

Observador profundo y respetuoso del detalle y la esencia de los procesos, Gonzalo de la Torre analizó la organización de las mortuorias o mutuales funerarias de las comunidades negras del Atrato y del Chocó, que hacían posible que la muerte de un miembro cualquiera de la comunidad se convirtiera en un asunto de todos y, además de ayudarlo a bien morir, a transitar de este mundo al de los ancestros, los enormes costos de lo que ya se había venido convirtiendo en un lujoso negocio también fueran asumidos por todos mediante aportes solidarios y creativas formas de ahorro y apoyo colectivo. Igualmente, se ocupó detalladamente de entender las formas de intercambio de mano de obra entre vecinos, familias y parientes, así como el funcionamiento y organización de formas colectivas y solidarias de trabajo mediante las cuales se facilitaba la recolección de cosechas, la construcción de viviendas, la ejecución de obras comunales y la suplencia de ausencias por enfermedad de las cabezas de los troncos familiares. En esta especie de instituciones comunitarias (mortuorias, mingas, mano cambiada), se inspiró Gonzalo para empezar a trabajar con su equipo misionero y con la gente en el establecimiento de proyectos comunitarios de diversas escalas, en áreas económicas que formaran parte de los sistemas productivos locales, los cuales respondían a lógicas y ciclos perfectamente delimitados a lo largo del año, según las condiciones climáticas y los ritmos de la naturaleza, la tradición histórica y el cuidado de los suelos. De allí nacieron iniciativas de economía local, comunitaria, propia, como los trapiches, las trilladoras de arroz, los talleres de carpintería y ebanistería, de manualidades y costura, y las primeras experiencias e intentos de comercialización conjunta de productos entre diversos productores de cada comunidad. La miel de caña de los trapiches entró a formar parte de la canasta familiar, en reemplazo de la costosa azúcar que había que traer de Quibdó. El arroz bien trillado y de buena calidad garantizó el aprovisionamiento permanente de las familias y pequeños excedentes por venta a los hogares infantiles comunitarios. Los talleres de carpintería proveyeron materiales para el mejoramiento de las viviendas. La venta organizada de los productos y su traslado a mercados externos como Quibdó incrementaron los ingresos. Estaba en marcha una experiencia de economía alternativa novedosa, fundamentada en las prácticas culturales de las comunidades, cuyas ideas originales habían nacido de la prodigiosa mente de Gonzalo de la Torre; de modo que, cuarenta años atrás, cuando nadie daba un peso por la capacidad empresarial de los campesinos negros del Medio Atrato para sacar adelante iniciativas de esas que hoy llaman emprendimientos, Gonzalo ponía su nombre como garantía para que su congregación religiosa y diversas agencias e instituciones de cooperación aportaran recursos económicos para desarrollar este tipo de proyectos. Fe y acción, evangelio y vida, iglesia, pueblo y compromiso, eran realidades ineludibles y constitutivas de la vocación misionera de Gonzalo.

Fotos: Archivo personal y Steve Cagan (izq.)
Contra el racismo

En el mismo sentido de estos procesos con las comunidades negras afroatrateñas, Gonzalo de la Torre había actuado en pro de la dignidad y los derechos de las comunidades indígenas del Chocó, especialmente durante los seis años (1970-1976) en los que se desempeñó como Superior de la Provincia Occidental de Colombia de los Misioneros Claretianos, momento en el cual quibdoseños de su generación soñaban con que muy pronto tendrían un amigo obispo.

Para la historia queda, por ejemplo, que fue Luz Colombia Zarkanchenko de González, actuando como Gobernadora del Chocó, quien suprimió por decreto un oprobio racista que se llamaba la “Fiesta del Indio”, a instancias de Gonzalo de la Torre, quien como Superior Provincial le había brindado todos los argumentos sobre la inconveniencia de mantener ese acto institucional de racismo. Insidiosamente inducidos al consumo desenfrenado de licor, indígenas que habían sido traídos desde diversos lugares del Chocó, eran reunidos en el parque principal de Quibdó -al final de la semana santa católica- para convertirlos en reyes de burlas, mediante su participación en juegos y concursos; y para entregarles al final unas cuantas baratijas y regalos. La Gobernadora Luz Colombia, fallecida hace dos años en Miami, donde residía, suspendió para siempre ese denigrante disparate, atendiendo la sugerencia y la solicitud de Gonzalo, quien como superior de su congregación también había dado un vuelco al anacrónico y poco evangélico manejo que algunos de sus compañeros claretianos venían dándole a los internados indígenas, como el de Aguasal, en el Alto Andágueda; dando comienzo a una completa renovación de la pastoral indígena, que incluyó la creación de un centro especializado en esta área misionera y la promoción de procesos educativos y organizativos que conducirían, en 1979, al surgimiento de la Organización Regional Embera Wounaan, OREWA, que durante muchos años fue faro de la dignificación de la vida de estos pueblos, la titulación de sus resguardos y el reconocimiento de sus derechos políticos, sociales, económicos, culturales.

Pequeñas revoluciones

Especialista en Sagradas Escrituras, con un grado, entre otros, del Instituto bíblico franciscano, de Jerusalén, donde estudió arqueología, historia, lingüística, hermenéutica, recorrió palmo a palmo y con ojos de investigador la llamada Tierra santa, y tuvo sus primeras inspiraciones acerca de todo lo que podría hacer cuando regresara a Colombia; Gonzalo ha sido siempre un dedicado estudioso y un juicioso autor de artículos especializados sobre diversas materias bíblicas. Sus aleccionadores cursos sobre la creación en el Génesis, las parábolas que narró Jesús, las mujeres en la biblia y el método hermenéutico de su propia cosecha que ha promovido en los escenarios académicos desde hace varias décadas, al igual que sus múltiples publicaciones en diversos medios especializados, lo han convertido en una referencia indispensable cuando de estudios bíblicos serios y rigurosos se trata. Desde ese lugar teológico, Gonzalo ha influido profundamente, a lo largo de su vida, en las instancias de la iglesia por donde ha pasado, como la Congregación Claretiana, a la que pertenece, y la iglesia quibdoseña, en la cual ha estado inserto desde que era prefectura apostólica del Chocó, después como vicariato y posteriormente como diócesis. Gonzalo de la Torre no solamente promovió, sino que él mismo participó en su redacción, una de las declaraciones eclesiales de mayor impacto en la historia de la presencia católica en el Pacífico colombiano: las opciones pastorales del Vicariato Apostólico de Quibdó (1983), originalmente siete, y que como Diócesis se han venido complementando hasta llegar a once en la actualidad. La opción fundamental por la vida, expresa en las opciones por los pobres y oprimidos, por una evangelización liberadora, por las comunidades eclesiales de base, por las organizaciones de base, por la defensa del territorio y por una iglesia inculturada, constituyeron una pequeña revolución pastoral y misionera para esta jurisdicción y desde hace cuarenta años han guiado un trabajo comprometido por la defensa de los derechos de las comunidades negras, de los pueblos indígenas y de la sociedad chocoana en general.

El Obispo Jorge Iván Castaño Rubio, también claretiano, lideró la renovación de la iglesia de Quibdó y su puesta a tono con la historia. En ese sentido apoyó y auspició las ideas de su hermano de congregación Gonzalo de la Torre en cuanto a opciones pastorales. Así mismo Monseñor Castaño y Gonzalo promovieron e hicieron posible el trabajo artístico en Quibdó de otro claretiano universal, uno de los artistas sacros más importantes del siglo XX: Maximino Cerezo Barredo, autor del bello escudo diocesano y del tríptico mural sobre la historia de la evangelización en América Latina, en el ábside de la Catedral San Francisco de Asís, que es una obra monumental, bella, precisa y testimonial, que desafortunadamente ha sido subvalorada por sectores oficiales de la propia iglesia, que no pierden oportunidad de ocultarla a los ojos del público y que, buscando reemplazarla por telones y decorados con frecuencia bastante tridentinos han empezado incluso a deteriorarla. Esta obra debería ser declarada bien patrimonial de la ciudad.

Y así sucesivamente

Y así sucesivamente, podríamos seguir evocando acciones y procesos en los que Gonzalo María de la Torre Guerrero ha sido un precursor y un pionero, áreas y materias en las que se adelantó a su tiempo con iniciativas que -hace cuarenta o cincuenta años- eran miradas con desdén y recelo, y que hoy forman parte del repertorio discursivo hasta de los más retrógrados; tales como la inclusión del enfoque de género y de la perspectiva étnica y territorial en el trabajo misionero, en los procesos educativos y organizativos; la promoción de la etnoeducación y de la educación popular; el fomento a la literatura regional del Chocó, mediante el apoyo y mecenazgo a escritores reconocidos (Miguel A. Caicedo, Carlos Arturo Caicedo Licona) y en su momento aún no del todo reconocidos (Isnel Mosquera, el Poeta del Pueblo); el rescate y posicionamiento del alabao chocoano, su resignificación e introducción en escenarios diferentes al fúnebre, y la recuperación de la copla campesina como elemento de la tradición y como herramienta de comunicación y educación. Etcétera, etcétera.

Gonzalo de la Torre es, además, un escritor talentoso, poeta y narrador: la colección “Amada negra, Amada-Pueblo”, de la cual ha publicado ya cuatro volúmenes, es una muestra de su talento; y su cuento Chombalinda, inédito, es un ejemplo de lo que podría haber hecho si hubiera tenido más tiempo para la literatura. Es también un fotógrafo impecable, que en tiempos de fotografía análoga tenía su propio cuarto oscuro para revelar sus negativos y copiar sus fotos. Y no lo hace nada mal como compositor, como podrá corroborarlo quien oiga el himno de la Universidad Claretiana[3], cuyos arreglos los hizo Alexis Lozano, con letra y música de Gonzalo. Tampoco la erra en diseño y arquitectura: durante dos décadas orientó la construcción de infraestructura promovida por los claretianos en el Medio Atrato y en Quibdó, con base en planos correctamente elaborados en papel milimetrado o en hojas cuadriculadas de tamaño oficio.

“Todo comenzó en un rincón de la selva chocoana”[4]

Gonzalo María de la Torre Guerrero es, indudablemente, un Maestro, en todo el sentido de la palabra y con inicial mayúscula. De ahí que sea a él a quien se le haya ocurrido la creación de una universidad en el Chocó, aún en contra de quienes pensaban que fundarla en Quibdó era una mala idea y que Medellín o Cali eran una mejor opción. Su infinita paciencia, su inquebrantable fe y su admirable persistencia triunfaron: la inicialmente FUCLA, hoy Uniclaretiana, con él como fundador, nació en Quibdó y su sede principal allí se quedó, en el mismo lugar del barrio La Yesquita en donde Gonzalo se crio.

Gonzalo María de la Torre Guerrero es, indudablemente, uno de los mejores seres humanos que uno pueda conocer en la vida.



[1] Además de la campaña del Telegrama Negro, las organizaciones ACIA, ACADESAN, OBAPO, con el apoyo de la Diócesis de Quibdó y de la OREWA, protagonizaron una toma pacífica de varios días a la Catedral, la Alcaldía y la sede del INCORA en Quibdó, así como una visita sorpresiva a la Embajada de Haití en Bogotá; como mecanismos de presión para que la Constituyente incluyera a las comunidades negras en la nueva constitución política de Colombia.

[2] De la Torre Guerrero, Gonzalo M. Mi contexto histórico. En: Amada Negra, Amada-Pueblo. Proyecto y claves de comprensión. Medellín, 2020. 90 pp. Pág. 8.

[3] El Himno de Uniclaretiana puede oírse aquí: https://uniclaretiana.edu.co/simbologia

[4] Esta expresión la usó Gonzalo en su discurso de presentación pública de la Universidad Claretiana, el 20 de junio de 2007, en Quibdó.

18/10/2021

Nicolás Medrano - 3ª Parte

 Un desaire histórico 
y una despedida multitudinaria
El Misionero Claretiano Nicolás Medrano
-3ª Parte- 

Iglesia parroquial de Quibdó, 1934.
César Conto Ferrer y Jorge Isaacs Ferrer.
Padre Nicolás Medrano.
FOTOS: Misioneros Claretianos y Univalle
.

Después de más de veinte años de presencia y trabajo como misionero claretiano en la Prefectura Apostólica del Chocó, especialmente en Quibdó, adonde había llegado en febrero de 1911; el sábado 8 de septiembre de 1934, el Padre Nicolás Medrano partió de Quibdó con rumbo a Bogotá por la vía hacia Antioquia. Un grupo de notables quibdoseños lo acompañó en el comienzo de su viaje, hasta el kilómetro 17 de aquella carretera entonces en construcción, cerrando así los actos de despedida del connotado misionero, que habían incluido un acto multitudinario en la noche del jueves 6 y una velada cultural en la noche del 7 de septiembre.

Por efecto de su nombramiento como parte del gobierno provincial de los Claretianos en Colombia, cuya sede era Bogotá, el Padre Medrano debía trasladarse a esa ciudad para cumplir las funciones que le fueran encomendadas en materia de relaciones con la delegación del Papa en Colombia, con el gobierno colombiano y con los propios misioneros de su congregación. Esta vez de modo permanente y no como a mediados del año 1923, cuando su estadía en Bogotá -al servicio de dichos menesteres- no llegó a seis meses, de modo que a fines de ese año ya estaba de regreso en Quibdó y a la vuelta de un año está nuevamente ejerciendo como Párroco y como Superior de su comunidad en la ciudad, al igual que como Proprefecto y Vicario Delegado, hasta el momento de su traslado definitivo.

El periódico ABC, en su edición del viernes 7 de septiembre de 1934, publicó una crónica titulada “La despedida del Rvdo. Padre Medrano. Más de cuatro mil personas acudieron en peregrinación a manifestar sus sentimientos por su viaje”[1]. Allí, además narrar detalles de los actos de despedida celebrados en Quibdó y ponderar la importancia del Padre Medrano para la ciudad, ABC deja claro su desacuerdo con la designación del Padre Medrano para un “puesto secundario” en Bogotá y califica de “lamentable error esa designación”.

“Algunos admiradores del Reverendo Padre Nicolás Medrano, Párroco de Quibdó, organizaron en el día de ayer una manifestación en la cual debía decirse la palabra de despedida al querido padre, por oradores que fueron nombrados pocas horas antes de que se efectuara el acto. Unos cuantos carteles en las esquinas daban el aviso de este propósito y a las ocho y media de la noche estaba la plazoleta frente al edificio en construcción de los Misioneros completamente atestada de gentes de todas las clases, de todos los barrios.


Allí se confundieron en un solo haz todas las capas sociales para decir su palabra de despedida al distinguido párroco. Y es que el Padre Medrano lleva corridos veinticuatro años de luchas en el Chocó y por consiguiente ha echado raíces en el corazón de las gentes. La noticia de su designación para un puesto secundario en Bogotá ha causado grave malestar. Sin duda ninguna, y después de haber visto la imponentísima exteriorización de los sentimientos del pueblo de Quibdó, puede afirmarse que fue un lamentable error esa designación”[2].

La crónica de ABC destaca también la presencia del Padre Grau, Pedro Grau y Arola, quien dos décadas después será ordenado obispo y nombrado como primer Vicario Apostólico de Quibdó, cargo que desempeñará durante 30 años, hasta junio de 1983, cuando otro claretiano, Jorge Iván Castaño Rubio, lo sucederá y abrirá nuevas y memorables páginas en la historia de los claretianos y de la iglesia católica en el Chocó y en el Pacífico Colombiano.

Misioneros Claretianos en Quibdó, 1960.
En el centro, sentado, Pedro Grau y Arola,
Vicario Apostólico de Quibdó.
FOTO: Archivo fotográfico y fílmico del Chocó.

Igualmente, la crónica hace referencia a las calidades humanas del Padre Medrano, exalta su aporte a la música regional a través de la organización de la Banda de San Francisco y reconoce su vinculación a las obras materiales que han significado progreso para la ciudad.

“El Padre Medrano, que ha sido el mejor amigo y consejero y ha tomado parte en casi todas las obras de algún relieve en esta ciudad, estaba supremamente conmovido. Le acompañaba el Padre Grau y algunos otros miembros de la comunidad. En nombre de la ciudad hablaron los señores Matías Bustamante Mesa y Rodolfo Castro, ambos interpretaron bellamente el momento que vivía ese núcleo de habitantes quibdoseños, y fueron aplaudidos largamente. A esas palabras contestó el padre Medrano con una de sus más bellas oraciones. Los aplausos interrumpían al orador y las lágrimas de sinceridad y afecto se dejaron ver en muchos rostros.


La banda de San Francisco, la única que ha tenido verdadera organización en esta tierra y que él fundara y llevara con su esfuerzo y consejo hasta obtener fama que hoy disfruta con justicia, amenizó el acto con algunas selecciones de su repertorio”[3].

En la noche de ese viernes 7 de septiembre, organizada por el Padre Juan D. de las Heras y su grupo artístico, se homenajea al Padre Nicolás Medrano con una velada cultural, en la cual -como en el acto del día anterior- el homenajeado no puede evitar la tristeza por su inminente partida de una ciudad donde ha pasado hasta ese momento la mayor parte de su vida como sacerdote y misionero claretiano. Al otro día, el Padre Medrano empieza su viaje, esta vez sin regreso, lejos de Quibdó, en medio del afecto y la gratitud de un pueblo que agradece sus aportes, reconoce sus virtudes y olvida sus errores; en una muestra colectiva de consideración y aprecio a la cual se suma el gobierno intendencial: “La Intendencia, por su parte, interpretando los sentimientos de la ciudad, ha dictado un bello decreto de despedida al Padre Medrano en que se relievan sus virtudes y espíritu progresista que lo informan”[4].

Quibdó es entonces una ciudad floreciente en mitad de la selva, a orillas del Atrato que la conecta con el mundo; una ciudad noble y generosa con quienes a ella llegan desde los sitios más remotos del planeta. Ello explica que, en septiembre de 1934, en el momento de la despedida del Padre Nicolás Medrano, hasta los sectores más liberales de la ciudad, empezando por el periódico ABC, parecieran haber olvidado que diez años atrás, en octubre de 1924, la comunidad claretiana de Quibdó desairó a la región con sus despiadadas diatribas en contra de César Conto Ferrer, con ocasión de la repatriación de sus restos mortales y su disposición en una urna situada dentro de un templete construido en su honor por el arquitecto catalán Luis Llach, monumento que aún existe en la esquina noroccidental del Parque Centenario de Quibdó[5].

Dicho monumento fue inaugurado el 12 de octubre de 1924 para recibir los repatriados restos del poeta, maestro, político, periodista, diplomático, filólogo y patricio liberal, que habían llegado a la ciudad el día anterior, en un barco a vapor llamado Quibdó, que los trajo desde Cartagena, adonde habían llegado procedentes de Ciudad de Guatemala, en donde el jueves 2 de julio de 1891 -hace 130 años- murió este protagonista de decenas de batallas contra la hegemonía conservadora, forzosamente exiliado por combatir el oscurantismo, la teocracia y el cogobierno eclesiástico, en defensa de las ideas liberales, la Constitución de Rionegro, la república federal “y, como alimento de ella la educación popular, sin tributos al escolasticismo, libre, laica, científica”[6].

Treinta y tres años después de muerto, regresaba César Conto Ferrer a Quibdó consumido por el tiempo, su energía y su materia transformadas, empacadas sus cenizas en una urna de mármol de los talleres de Tito Ricci, de Cartagena. Y ni en este estado se salva de las diatribas y de los denuestos de sus contradictores: “…la iglesia católica declaró “profanado” el recinto donde habían reposado los restos de Conto Ferrer, militante e ideólogo del liberalismo radical en el siglo XIX, y se negaron a celebrar una ceremonia religiosa que debía tener lugar allí. El clérigo español Nicolás Medrano fue el principal vocero del clero en contra de la memoria del ilustre hijo de Quibdó. De Medrano se dice que “combinaba la liturgia con la política partidista”[7]. Ese recinto fue el salón principal del edificio de la Intendencia del Chocó, en donde tuvieron la urna con los restos mortales de Conto en cámara ardiente, antes de llevarlos al monumento construido por Luis Llach: “un templete con columnas muy a su gusto, de inspiración jónica, que sostenían una cúpula con nervaduras, y posada sobre esta, como remate, un águila imperial”[8].

Templete en homenaje a César Conto Ferrer.
Quibdó, Parque Centenario, julio 2019.
FOTOS: Julio César U. H.

La misa que los misioneros se negaron a celebrar en el salón principal de la Intendencia tuvo lugar en el templo parroquial o iglesia de San Francisco de Asís (actual catedral de Quibdó). Fue presidida por el Padre Jacinto Bau, quien expresó -en nombre de los claretianos, cuyo superior era el Padre Medrano- que el homenaje a César Conto Ferrer era un agravio para la iglesia, porque Conto había sido un impío perseguidor de la fe católica y la religión. Las ideas liberales de Conto Ferrer y sus batallas contra la sangrienta y oscurantista hegemonía conservadora; sus luchas y sus acciones de gobierno como presidente del Estado Soberano del Cauca, en pro de la educación popular y universal, laica, científica y libre, acompañado de su primo Jorge Isaacs Ferrer, a quien nombró como Superintendente de Instrucción Pública del Estado; son la fuente y el principal motivo de descalificación y denuesto de los claretianos de aquella época hacia César Conto Ferrer.

A pesar del improperio, que mucho dolió a la ciudadanía quibdoseña, la urna con los restos de César Conto Ferrer fue emplazada en el interior del templete construido en su memoria y homenaje, en medio de sentidos discursos pronunciados por personalidades como Guillermo Henry y Lisandro Mosquera. Una edición especial del periódico ABC dedicada a la memoria de Conto Ferrer circuló aquel domingo y fue profusamente leída en la ciudad. Tan profusamente leída como la crónica de la despedida del Padre Nicolás Medrano, publicada diez años después por ABC, en la cual no se hace mención alguna del histórico baldón de Medrano y sus compañeros claretianos en contra de la memoria de un hombre al que tanto le adeuda Colombia.


[1] Periódico ABC, Quibdó, 7 de septiembre de 1934. Edición Nº 2879.

[2] Periódico ABC, Quibdó, 7 de septiembre de 1934. Edición Nº 2879.

[3] Idem. Ibidem.

[4] Ibidem.

[5] La historia completa de la repatriación de los restos de César Conto Ferrer, incluyendo un resumen de su vida, puede leerse en El Guarengue (julio de 2019): https://miguarengue.blogspot.com/2019/07/el-dilecto-hijo-dequibdo-monumento-en.html

[6] Conto Ferrer, César. Testamento Político. En: REPERTORIO AMERICANO, Semanario de Cultura Hispánica. Tomo 9, Núm. 12. San José, Costa Rica, LUNES 24 DE NOVIEMBRE 1924. Pág. 185. Biblioteca Electrónica Scriptorium de la Universidad Nacional, Costa Rica.

[7] Chocó 7 días. Edición N° 1116. Quibdó, mayo 19 a 25 de 2017. Hidalgo, Edgar, ¿Qué sabe usted del Chocó?

[8] González, Luis Fernando. Luis Llach, en busca de las ciudades y la arquitectura en América. Editorial de la Universidad de Costa Rica. 2004. 344 pp. págs. 244-245.

11/10/2021

Nicolás Medrano 2ª Parte

 El Misionero Claretiano 
Nicolás Medrano
-Segunda Parte-

Portada del Informe de los 25 años de los Misioneros
Claretianos en el Chocó 1909-1934

Ofrecemos en El Guarengue la segunda parte de nuestra serie sobre uno de los misioneros claretianos más reconocidos y recordados en la historia de esta congregación católica en la región del Chocó, en la esquina noroccidente de Colombia: el sacerdote español Nicolás Medrano. El Padre Medrano, con cuyo nombre fue bautizado un barrio de la ciudad, influyó significativamente en el progreso material de Quibdó en particular, por su vinculación a obras de infraestructura en las que se cifraron los sueños de progreso de la sociedad local de principios del siglo XX. Así como tuvo mucho que ver con el desarrollo de la música y con el proceso de reorganización de la fiesta patronal de San Francisco de Asís, hace 100 años.

 

La primera parte de esta serie, a propósito de la festividad de San Francisco de Asís, estuvo dedicada al papel del Padre Nicolás Medrano y su apoyo en la estandarización ceremonial y ritual de las fiestas de San Pacho, hoy patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, incluyendo su histórico legado del himno Gloria a San Francisco, conocido como los Gozos Franciscanos, bajo cuya sacra música transcurre uno de los momentos cumbre de la devoción franciscana quibdoseña, en la madrugada del 4 de octubre. 

Puede leerse en: https://miguarengue.blogspot.com/2021/10/nicolas-medrano-el-misioneroclaretiano.html 

 

Con motivo del 12 de octubre, publicamos hoy esta segunda parte de la serie, dedicada a mostrar el papel activo del Padre Nicolás Medrano en el establecimiento de los internados indígenas en la Prefectura Apostólica del Chocó, como estrategia de implantación del proyecto educativo y civilizador de los misioneros claretianos entre los indígenas de la región; gestión esta con resultados no tan plausibles como los de su legado musical.

 

En la tercera y última parte, además de otras acciones del Padre Medrano en los campos religioso, artístico y cultural, rememoraremos un episodio protagonizado por el Padre Nicolás Medrano relacionado con el homenaje a César Conto Ferrer, el 12 de octubre de 1924, cuando se inauguró el templete del Parque Centenario de Quibdó, que aún existe, para recibir los repatriados restos de este quibdoseño insigne, poeta, maestro, político, periodista, diplomático, filólogo y patricio liberal; y finalizaremos con la sin par despedida que Quibdó le brindó al misionero, en septiembre de 1934.

 

La gestión del Padre Medrano para el establecimiento de los internados indígenas

Actuando en calidad de Vicario Delegado y en representación del Prefecto Apostólico, Padre Francisco Gutiérrez CMF, quien había renunciado a su cargo por prolongados quebrantos de salud; en octubre de 1930, el Padre Nicolás Medrano tomó las riendas de un asunto trascendental para el trabajo de los misioneros claretianos en la Prefectura Apostólica del Chocó, creada en 1908. Dicho asunto era el funcionamiento de las escuelas “frecuentadas por indios”, y la gestión del Padre Medrano terminó convirtiéndose en el hito de origen del establecimiento de los denominados Internados Indígenas en esta jurisdicción eclesiástica, con el fin de cristalizar la “reducción de los indios”, para mejor cumplimiento de los propósitos educativos que le habían sido encargados por el Gobierno Nacional a los misioneros, en virtud del Tratado de Misiones suscrito por Colombia con la Santa Sede, en el marco del Concordato entre ambos estados.

Era domingo el 14 de febrero de 1909, cuando, remontando el Atrato, luego de haber bordeado el litoral Caribe desde Cartagena, los Misioneros Claretianos llegaron a Quibdó para asumir los destinos de la Prefectura Apostólica del Chocó, erigida el 28 de abril de 1908, mediante decreto del Papa Pío X. Aquel grupo de pioneros, cuyos integrantes eran todos de nacionalidad española, lo conformaban el Padre Juan Gil y García, primer Prefecto Apostólico, y seis misioneros más: los sacerdotes Juan Codinach, Andrés Villá y José Fernández, y los Hermanos Coadjutores Hilario Goñi, Félix Reca y Ramón Casáis. Completaban el grupo los padres Agustín Quiroga y Nicolás Lanas, y el Hermano Coadjutor Urbano Simón, quienes se habían adelantado al grupo para prepararlo todo en Quibdó antes de la llegada del Prefecto, quien, “en compañía del Reverendísimo Padre Martín Alsina, Superior General del Instituto, subía a Bogotá a ofrecer sus respetos a las supremas autoridades de la República. Y, cumplidas las primeras obligaciones de cortesía, se presentaba ante el puerto de Quibdó, el día 14 de febrero del año arriba mencionado”[1]. El Padre Nicolás Medrano llegaría a la ciudad dos años después, en febrero de 1911 y, salvo una breve ausencia menor de seis meses, permanecería hasta octubre de 1934.

Como lo relata el informe de los primeros veinticinco años de trabajo misionero de los Claretianos en el Chocó, mientras en Roma se tramitaba el nombramiento de un nuevo Prefecto Apostólico, ante el inevitable retiro del Padre Gutiérrez por motivos de salud, el Padre Nicolás Medrano, “sobre cuyos hombros descansaban los destinos de la grey, interpuso su saber y su no escasa influencia para hacer cristalizar la idea de la REDUCCIÓN DE LOS INDIOS[2]. Un viaje a Bogotá; distintas conversaciones con el Ministro de Educación Nacional; consultas con el Abogado del Ministerio y varios otros pasos imprescindibles en ocasiones semejantes: oficios y notas que son de rúbrica para llenar los trámites que requieren negocios de la naturaleza del que tratamos”[3].

Los dos primeros prefectos apostólicos del Chocó:
los padres Juan Gil García y Francisco Gutiérrez Lorente.
Fotos: Misioneros Claretianos, Informe 1911-1915.

El Ministro de Educación Nacional era entonces Abel Francisco Carbonell, quien formaba parte del gabinete de Enrique Olaya Herrera, recién posesionado como Presidente de la República en reemplazo de Miguel Abadía Méndez, cuyo último ministro de esa cartera había sido el chocoano Eliseo Arango. Según carta del Padre Medrano al ministro Carbonell, fechada el 10 de octubre de 1930, 20 escuelas están en ese momento a cargo de la Prefectura Apostólica del Chocó, “9 son frecuentadas exclusivamente por indios, y las 11 restantes por negros y mulatos. Los indios matriculados en este año ascienden a 274; los negros y mulatos a 362; total, 636 matrículas”[4]. No es muy bueno el estado de instalaciones y mobiliario de las escuelas, que “carecen hasta de bancos para sentarse los alumnos, y casi no tienen ya libros ni útiles de ningún género”[5], informa la carta, en la cual se anota que 19 escuelas están a cargo de maestras y solamente una a cargo de un maestro.

“Pero el objeto directo de este Memorial es tratar únicamente de las escuelas frecuentadas por indios... Casi todas ellas están situadas en lugares ásperos del Municipio de Pueblorrico, Departamento de Caldas, aunque en lo eclesiástico son dependientes de esta Prefectura o Inspección”, aclara y precisa el Padre Medrano en su carta. Y le advierte al Ministro de Educación que, “debido a múltiples circunstancias, ni el porvenir de estas escuelas es halagador, ni los actuales resultados son satisfactorios”[6]. Se queja el Padre Medrano de que “los tambos o habitaciones de los indios están separados unos de otros; y varios distan algunas horas del lugar donde la escuela funciona”. Y anota que “por esta causa la asistencia es muy irregular y esta irregularidad en nada contribuye al buen resultado que se intenta”. Igualmente, se refiere a las deficiencias locativas: “los locales son verdaderamente míseros: la carencia de muebles y de útiles casi total, y ni ese Ministerio ni la Prefectura cuenta con fondos para remediar esas necesidades”; y lamenta las dificultades que padecen los misioneros para sus visitas a los indios: “por tan pésimos y peligrosos caminos, las visitas son difíciles, y a pesar de todo, un Padre las recorre con harta frecuencia con sacrificios y dispendios de ropa, calzado, bestias, y no pocas veces de la propia vida: y todo sin retribución de ningún género”[7].

Comunidad Claretiana de Quibdó en 1918,
incluyendo al Padre Nicolás Medrano
y al Prefecto Apostólico Francisco Gutiérrez.
Foto: Archivo fotográfico y fílmico del Chocó.

Hijo de su tiempo y de sus convicciones, producto de su formación y de su origen, y genuino representante del proyecto misionero claretiano de ese entonces, el Padre Nicolás Medrano concluye -en su carta del 10 de octubre de 1930 al Ministro de Educación de Colombia- que, según lo que ha expuesto sobre las escuelas de indios manejadas por la Prefectura: “La poca instrucción y educación o civilización que pueda recibir el indio, la pierde con seguridad al volver a su tambo”. 

Dicho corolario le sirve como base al connotado misionero Medrano para proponerle al Ministro de Educación que las escuelas de indios sean reemplazadas por concentraciones o reducciones, es decir por un solo sitio en donde los indios se concentren para recibir la educación de maestras, monjas y misioneros, en lugar de vivir en tambos dispersos y asistir periódicamente a las escuelas: “Por esto creemos que debe cambiarse de método, reduciendo estas escuelas a un solo CENTRO o REDUCCION, o como se llame, regentado por alguna Comunidad de Religiosas, donde puedan recogerse los indios y ser alimentados, vestidos y curados en sus enfermedades, como si estuvieran en un internado”[8].

Para apuntalar la propuesta, el Padre Medrano ofrece poner al servicio de su concreción un edificio de la Prefectura en San Antonio del Chamí y le propone al ministro comprar una finca y un trapiche aledaños, “ya para alimentación, ya para hacer adquirir a los indios hábitos de trabajo y de cultivo”[9].Y anticipándose a la probable objeción relacionada con los altos costos del establecimiento de los internados, el misionero pregunta y propone al ministro lo siguiente: “¿No se podrían invertir en esto las sumas que devengan actualmente los maestros de las 9 escuelas? El Gobierno asigna para esas escuelas la cantidad de $ 5.040 anuales, y esa cantidad se gasta para reportar frutos escasos y a la postre nulos; ¿no estará mejor y más justamente empleada en esta reforma, más provechosa para los mismos indios y de más sólidos resultados? Tal vez con ella pudieran vivir las Religiosas encargadas de ese centro, y dar albergue a mayor o menor número de indios, según el alcance de esos recursos”[10].

El Padre Medrano finaliza su propuesta económica sugiriéndole al Ministro de Educación que considere la posibilidad de cerrar también las 11 escuelas no indígenas o pasarlas al manejo de la Intendencia del Chocó, con el fin de usar también el dinero que en ellas se emplea para financiar los internados o reducciones de indios en áreas más lejanas como Aguasal; con todo y el buen trabajo que algunas de estas escuelas adelantan y que él mismo reconoce en la carta: “Verdad es que sería lástima clausurar algunas de ellas por lo florecientes que están y el interés que demuestran los padres y madres, y los alumnos: mas, si el señor Ministro estima más oportuno y conveniente el atender a los indios, habría que posponer ese sentimiento a la mayor conveniencia pública: aparte de que esas escuelas florecientes (no son todas) pudiera muy bien atenderlas la Intendencia”[11]. Y así, luego de una breve fórmula de cortesía como despedida, termina la carta que el misionero claretiano Nicolás Medrano suscribe el viernes 10 de octubre de 1930, con destino al Ministro de Educación de Colombia, mediante la cual propone cambiar las escuelas nacionales del Chocó por internados indígenas.

Prefecto Apostólico Francisco Sanz y Pascual.
Foto: Archivo fotográfico y fílmico del Chocó

El nuevo Prefecto Apostólico, Padre Francisco Sanz, posesionado en febrero de 1931, le da el empujón faltante al proyecto de los internados, una idea en cuya concepción también habían participado el Padre Francisco Onetti y el Padre Fermín Larrazábal, quien a la fecha había regresado a España; pero en cuya materialización sería definitiva la intervención del Padre Nicolás Medrano. En noviembre de 1931, un año después de la histórica carta del Padre Medrano, el Ministerio de Educación autoriza al Prefecto Sanz para que utilice los recursos del presupuesto de las escuelas en la organización de los internados, de común acuerdo con el Intendente Nacional y el Director de Educación Pública del Chocó. Se establecerá entonces un primer internado en Purembará, en jurisdicción de Pueblorrico, en cuyo proceso de diseño y construcción participó la mismísima Madre Laura Montoya, hoy Santa, y posteriormente el de Catrú, en la zona del Baudó; para adoctrinar a los indígenas en la fe católica, castellanizarlos e introducirlos en costumbres lo más lejanas posibles de las suyas propias originales, en un trabajo adelantado conjuntamente con las Misioneras de María Inmaculada y de Santa Catalina de Siena, conocidas como Religiosas de la Madre Laura o Misioneras Lauritas.

Los resultados del trabajo de los internados en la “transformación admirable” de los indios son registrados, en 1936, por el Padre Constancio Pinto, también misionero claretiano, en sus crónicas de la Casa-Misión de Pueblo Rico (1913-1935)[12]: “ya hoy muchos de ellos se confiesan y comulgan, visten como blancos, saben leer y escribir, todos reciben el sacramento del bautismo y se casan por la Iglesia. No huyen del sacerdote, antes lo buscan, porque ven en él a un padre y a un amigo que no desea sino hacerles bien; pero a pesar de esa transformación aún se encuentran en muchos de ellos resabios de vida salvaje; tales son la creencia en sus brujos y la costumbre de las bebezones”. Refiriéndose al Internado de Purembará, el Padre Pinto anota que los 20 indios huérfanos allí internos, al finalizar el año, “saldrían del colegio olvidando completamente su idioma, hablando perfectamente el castellano y con costumbres muy distintas de las que ven en sus mayores. Serán con el tiempo el principio de un nuevo pueblo que sin duda surgirá a los alrededores del colegio”[13].

 San Antonio del Chamí, Pueblorrico, Quibdó y Purembará.
Fotos: Misioneros Claretianos. Informe 1934.

Los alcances de la estrategia "civilizadora" de los internados indígenas, materializada gracias a las gestiones del Padre Nicolás Medrano, son resumidos en una juiciosa investigación sobre el trabajo realizado entre los indios del Chocó y de Urabá por los misioneros claretianos y carmelitas, entre 1908 y 1952, de la siguiente manera:

“El objetivo último de estos internados era el de establecer un “faro en la selva”, como decían los textos, que guiara a los habitantes “abandonados” de esa región hacia “la luz”. Estos centros, además de “civilizar” a los nativos mediante la enseñanza de varias asignaturas y ciertas labores como lengua castellana, aritmética, las “verdades” de la fe, las técnicas modernas y “racionales” de agricultura, oficios prácticos, etc., debían infundir en ellos el amor hacia la patria colombiana. Una vez hubieran logrado convertir a los neófitos, éstos se irían asentando paulatinamente alrededor del faro y conformando un poblado en el cual implementarían todas las enseñanzas impartidas en el colegio en pos de una vida “civilizada”[14].


Sus gestiones conducentes a la creación de los internados indígenas son, pues, otro capítulo de considerable relevancia en el trabajo que durante más de 20 años adelantó el misionero claretiano Nicolás Medrano en el Chocó. Un capítulo de no muy grata memoria y de consecuencias no tan plausibles como sus aportes a las fiestas de San Francisco de Asís en Quibdó. Luces y sombras, como suele decir la iglesia cuando de sus propios errores se trata.



[1] Bodas de Plata Misionales de la Congregación de Misioneros Hijos del I. Corazón de María en el Chocó 1909 – 1934. Quibdó, 14 de febrero de 1934. 228 pp. Pág. 18.

[2] Las mayúsculas pertenecen al texto original.

[3] Bodas de Plata Misionales de la Congregación de Misioneros Hijos del I. Corazón de María en el Chocó 1909 – 1934. Quibdó, 14 de febrero de 1934. 228 pp. Pág. 38.

[4] Idem. Ibidem. Pág. 39-40

[5] Ibidem, pág. 40.

[6] Idem. Ibidem.

[7] Ibidem.

[8] Ibidem.

[9] Ibidem.

[10] Ibidem. Pág. 44.

[11] Idem. Ibidem.

[13] Idem. Pág. 246-247

[14] Díaz Baiges, David. “Convertir para Dios y transformar para la patria”. Misioneros claretianos y carmelitas descalzos entre los “indios errantes” del Chocó y Urabá, Colombia (1908-1952). Tesis doctoral Universitat de Barcelona. Capítulo 5, pág.251. Barcelona, septiembre 2018.