13/07/2020


2 Homenajes
Atrato. Foto: Guillermo Ossa, El Tiempo.
El Guarengue evoca la memoria de la recién fallecida Dominga Bejarano de Moreno, a quien la historia recordará por su infatigable liderazgo en los procesos organizativos locales y regionales del Medio Atrato, el Chocó y el Pacífico, a los cuales dedicó más de media vida. En tiempos en los que era una rareza que las mujeres saltaran de los roles domésticos -a los que eran reducidas- a la escena pública de construcción de procesos de reivindicación de derechos étnicos, políticos, económicos y sociales; Dominga y otras mujeres medioatrateñas contribuyeron vivamente a la generación de hitos como el nacimiento de COCOMACIA.

Igualmente, recordamos en El Guarengue al maestro y poeta Carlos Mazo, quien al decir de Don Alfredo Cujar Garcés es “el antioqueño que más nos ha querido[1]; y quien vivió en Quibdó entre 1922 y 1926, combinando su trabajo pedagógico (fue profesor del Colegio Carrasquilla) con la consolidación de su oficio poético. A orillas del río tutelar de la ciudad, Mazo escribió el que se considera como su más excelso poema: Canto al Atrato.

A una atrateña de nacimiento, que en las orillas de este río nació, vivió y murió, y a quien deslizó su pluma sobre el papel en blanco para tributar su arte al gran lago andante, un homenaje compartido.

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I
Dominga
Luego de más de media vida dedicada al servicio de la causa de los procesos organizativos de las comunidades negras, especialmente en el Medio Atrato, este jueves 9 de julio de 2020, murió la señora Dominga Bejarano de Moreno, quien el pasado 15 de junio había cumplido 86 años de edad.
Dominga Bejarano de Moreno, 2015. Foto: Mónica Castaño, FAO.

Durante muchos años, Dominga fue Presidenta de la ANUC Seccional Chocó. También de FEPRIA (Federación de Productores del Río Atrato), una organización apoyada por la cooperación holandesa (Proyecto DIAR-Desarrollo Integral Agrícola y Rural), que trabajó en la comercialización de arroz en los años 1980; y de ASPRODEMA (Asociación de Productores del Medio Atrato), un proyecto campesino surgido a principios de este siglo, a partir de recursos de ECOFONDO, el fondo ambiental extinto hace ya una década. Igualmente, cómo no, Dominga lideró y presidió el Consejo Comunitario Local de su pueblo, Tagachí, como parte de COCOMACIA (Consejo Comunitario Mayor de la Asociación Campesina Integral del Atrato), que es quizás la organización más emblemática en la historia de los procesos organizativos de las comunidades negras en Colombia y de la cual Dominga fue artífice y cofundadora. Como ella misma lo reconocía siempre que contaba su historia de vida, Dominga fue precursora de dichos procesos organizativos gracias a la formación social que recibió en los procesos de comunidades eclesiales de base (CEB) y de Alfabetización popular, promovidos por el Equipo Misionero del Medio Atrato, las Seglares Claretianas, el Vicariato Apostólico y la Diócesis de Quibdó.

Dominga es inolvidable, como aquellas compañeras de su época que aportaron desde su ser de mujeres de claro liderazgo en el Medio Atrato: Ana Victoria Torres, Zulma Cornelia Chaverra, Teresa Moya y Encarnación Machado. Todas ellas fueron pioneras de la causa campesina y de la causa feminista, en tanto, sin mucho discurso; pero, con una praxis inagotable, abrieron caminos y espacios para que las mujeres pasaran de cocinar en los encuentros campesinos a liderar, dirigir y orientar los procesos organizativos desde su perspectiva de mujeres, pobres, campesinas y negras. Sus voces vigorosas, sus ideas sólidas, sus figuras representativas y comprometidas con el bienestar y el desarrollo de su gente, siempre estarán en la memoria y en la historia de la lucha por los derechos de las comunidades negras en Colombia, así muchas veces no figuren en las narrativas ni en la memoria de quienes –incluso sin saberlo- gracias a ellas enarbolan hoy esas banderas.

Paz en la tumba de Dominga Bejarano de Moreno, sea perpetua la memoria de su vida.


II
Carlos Mazo
Carlos Mazo. Pintura
de Darío Sevillano Álvarez (2015),
Pinacoteca municipal sopetranera.
Trashumante y andariego, después de recorrer, entre 1916 y 1921, prácticamente todos los pueblos de Antioquia como educador, Carlos Mazo Argüelles recaló en Quibdó a los 27 años de edad. A la orilla del Atrato, en ese claro de la modernidad en medio de la selva que era entonces la ciudad, permaneció entre 1922 y 1926.

En Quibdó, Mazo vivió una especie de retiro o quinquenio sabático, pues, aunque ejerció el magisterio en el Colegio Carrasquilla, buena parte de su tiempo lo dedicó a las tertulias en los salones sociales, a la organización de actividades culturales en los teatros de la ciudad y a la consolidación de su obra poética, de la cual la Alcaldía de Quibdó publicó la primera antología.

Carlos Mazo nació en Sopetrán el 4 de noviembre de 1895. Allí mismo, al occidente de Antioquia, al pie del fervoroso Cauca, falleció el 10 de julio de 1939. Para recordarlo, a 81 años de su muerte, nada mejor que releer el que es considerado su poema mejor logrado.



Canto al Atrato
Carlos Mazo

Te hablo de aquí, de la ciudad bañada,
por tu espesa corriente aletargada
en la quietud profunda de un remanso.
De la ciudad que a ti se inclina,
como si se inclinara sobre el ancho lomo
de un gran león adormecido y manso.

El cielo se ennegrece; nubarrones inmensos
llegan en oscuro enjambre
como águilas que buscan en legiones
con qué saciar los ímpetus del hambre.
Rompe la lluvia su ánfora crujiente,
rebrama el huracán, revienta el trueno;
mas tú impasible, espléndido y sereno,
te vas hinchando silenciosamente.
Y sigues entre espumas multiformes,
sin visos de pavor ni aullidos roncos,
meciendo dulcemente los enormes
cadáveres de ramas y de troncos.

Y eres, cuando el misterio de la luna
derrama en ti su luminoso lampo,
como una inmensa y pálida laguna
en la infinita soledad del campo.
La ciudad duerme: místico momento
del rito nocturnal. Nada se escucha…
La selva calla…
Se ha apagado el viento…
En una lejanísima casucha
un trémulo fulgor apenas brilla.
Y los árboles altos de tu orilla,
al destacarse en el confín incierto,
fingen en mí fantásticos delirios,
que son enormes y dolientes cirios.
Te vas hinchando silenciosamente…
al pie del lecho de un monarca muerto.

¡Adiós!... Te hablé de la ciudad bañada
por tu espesa corriente aletargada
en la quietud profunda de un remanso…
De la ciudad que a ti se inclina,
como si se inclinara sobre al ancho lomo
de un gran león adormecido y manso.






[1] LA COLUMNA DE MENA MENA. ¿Ingratitud y olvido? (Nadie ha engrandecido tanto al Chocó como sus cantores y poetas). En: http://www.angelfire.com/co/scipion/choco7dias/445/mena_mena.htm

06/07/2020


Hitos y coincidencias
Diego Luis Córdoba y Adán Arriaga Andrade nacieron en el mismo año en el que fue creada la Intendencia Nacional del Chocó y forman parte de una generación excelsa y meritoria de chocoanos verdaderamente comprometidos con la suerte de su tierra natal.

Un poco menos de 50.000 almas, como se solía decir en aquella época, poblaban este territorio cuando fue creada la Intendencia Nacional del Chocó [1], mediante un decreto dado en Madrid (Cundinamarca) y firmado por Rafael Reyes como Presidente de la República. Era el Decreto Nº 1347, del 5 de noviembre de 1906, que en su quincuagésimo primero y último artículo establecía su vigencia desde el 1º de enero de 1907 [2], y en sus artículos segundo y tercero establecía, respectivamente, los límites y la organización político administrativa de la Intendencia en dos provincias, Atrato y San Juan, compuestas por un total de trece municipios, diez de los cuales ya existían como tales y tres eran creados por el mismo decreto.

Cuando el General Rafael Reyes -boyacense y Conservador- asumió la Presidencia, Colombia aún olía a pólvora interpartidista de la Guerra de los Mil días y en la conciencia de sus dirigentes, aún los más pérfidos y taimados, pesaba como una flota de buques la “pérdida” de Panamá. En la tierra chocoana, antes hermana de tamborito y mejorana de la tierra panameña, y ahora su simple y limítrofe vecina, también se percibía ese aroma y se sentía dicho peso. De modo que una naciente dirigencia provincial -varios de cuyos integrantes habían sido soldados, capitanes y coroneles de la guerra-, conformada por comerciantes e incipientes empresarios, presionó al triunfante Conservatismo para que reemplazara a Popayán por Bogotá como centro de poder y gobierno; y así las provincias del Atrato y del San Juan dejaran de pertenecer al Cauca y juntas formaran una nueva unidad territorial que fuera administrada directamente desde la capital del país.

Era el sentir de esa dirigencia que Popayán no solamente quedaba distante, a veces tanto como Bogotá, sino que para su aristocracia las tierras del Chocó eran únicamente fuente de metales preciosos, de maderas finas y otros productos de la selva, y su gente no era más que mano de obra barata y siempre disponible, cuando más socios empresariales minoritarios o centinelas de sus intereses por estos lares. El Presidente Reyes, en nombre de la reconstrucción de la nación y de la salvaguarda de su soberanía, estaba dispuesto a crear –como efectivamente lo hizo- cuanta entidad territorial sirviera a sus propósitos políticos a la vez que previniera nuevas secesiones territoriales,pues el palo no estaba para cucharas y el país no resistiría otra Panamá.

Así las cosas, efectivamente, el decreto de creación de la Intendencia Nacional del Chocó ordenaba en su artículo 1º: “Sepáranse del Departamento del Cauca las Provincias de San Juan y del Atrato, las cuales constituirán la Intendencia nacional del Chocó, que será administrada directamente por el Gobierno”. La Provincia del San Juan quedó conformada (artículo 3º) “por los municipios de Baudó, Condoto, Sipí, Tadó, Novita e Istmina (San Pablo), que será su cabecera”. Y la del Atrato compuesta por cuatro municipios ya existentes: Quibdó (cabecera provincial), Bagadó, Carmen y Lloró, y por tres municipios que  el mismo decreto creaba: San Nicolás de Titumate, San Rafael de Neguá y Litoral del Pacífico.[3] Un año después, Titumate sería regresado a su condición de corregimiento y posteriormente sería parte del Municipio de Acandí. La capital de la Intendencia se fijó en Quibdó.

Carta geográfica de la Intendencia 
del Chocó, 1928.
La estructura de gobierno y el periodo del gobernante intendencial fueron definidos en el Capítulo II-Administración y personal, del Decreto Nº 1347, del 5 de noviembre de 1906: “La Intendencia será administrada por un empleado superior, Agente inmediato del Gobierno, que se denominará Intendente; por los Alcaldes provinciales, por los Alcaldes municipales y por los inspectores de policía. El Intendente durará en su destino por un período de tres años, y servirá de fecha inicial el 1º de enero siguiente al de su elección[4].

Aun en su condición de empleado y agente inmediato del gobierno nacional, al Intendente se le fijaron, además de las funciones vigentes para los gobernadores departamentales, unas treinta funciones adicionales, que abarcaban los más diversos campos de la administración y el ejercicio de la autoridad, en los campos de la instrucción pública, comunicaciones, vías y caminos, navegación fluvial, presupuestos y personal, infraestructura pública y reglamentación de las más diversas materias.

El desarrollo y cumplimiento de tales funciones permitió un evidente avance en las condiciones de vida de la región, ya que los presupuestos elaborados por el Intendente y su Consejo de Administración, aunque sujetos a la refrendación del Gobierno Nacional, hicieron posible la creación de escuelas urbanas y rurales, la apertura de caminos y carreteras, la construcción de edificios públicos, procesos de urbanización y ornato de las cabeceras municipales y la atención organizada de graves problemas sociales de salud y alimentación. Por ejemplo, casi por primera vez, se adelantaron obras de saneamiento básico de los poblados, como la desecación de pantanos, la construcción de cloacas y albañales; y se desarrollaron campañas sistemáticas de vacunación y visitas médicas in situ para atención primaria en salud, en un territorio que era presa permanente de epidemias de pian, tuberculosis, anemia, paludismo y otras enfermedades tropicales. 

Igualmente, la Intendencia tramitó ante Bogotá el nombramiento de los llamados Agrónomos Nacionales, que recorrían el territorio brindando asesoría y promoviendo programas de fomento agropecuario a través de los cuales se buscaba la diversificación de los campos y su modernización, la mejora de los ingresos y la garantía de alimentación de los campesinos negros, cuyas vidas transcurrían lejos de los centros de poder y del poder mismo, lejos de los beneficios del crecimiento económico que empezaba a vivir la región, reducidos a ser proveedores agrícolas y de productos maderables y no maderables del bosque en un mercado dominado por los comerciantes y empresarios blancos. Del mismo modo, en cabeceras municipales como Quibdó e Istmina, la gente negra del común estaba sujeta a la servidumbre doméstica y a la práctica de oficios como cargue y descargue, albañilería y ayudantía de construcción, carpintería, rocería, entre otros; y a su utilización como mano de obra en minas que funcionaban de manera similar a como lo hacían en la Colonia, aunque sin relación formal de esclavización.

Al Intendente se le encargó también “atender con el mayor interés a la civilización de los habitantes del territorio, procurando reducir a poblaciones fijas a los indígenas errantes y acostumbrarlos por medios suaves a la obediencia y sujeción de las leyes, para lo cual debe fomentar el establecimiento y desarrollo de las misiones[5]. Este propósito nacional estaba enmarcado en el Tratado de Misiones suscrito con base en el Concordato de 1887 entre el Estado Vaticano y la República de Colombia, en virtud del cual y bajo mandato de Rafael Núñez, el Estado colombiano se proclamó tan confesional como su contraparte, condición que le duraría más de un siglo, hasta la Constitución de 1991.

Mapa de la Prefectura Apostólica
del Chocó, 1925.
Regionalmente, tal propósito "civilizador" se cumplió con creces a partir de la creación de la Prefectura Apostólica del Chocó, en 1908, desde la cual los Misioneros Claretianos, llegados a Quibdó en febrero de 1909, establecieron internados indígenas en Catrú, para la zona del Baudó; en Aguasal, para el Alto Andágueda; y en Lloró, para el Alto y Medio Atrato; como centros de castellanización, cristianización y aculturación de cuanto indígena chocoano tuvieran a su alcance. Así mismo, fundaron pueblos y estaciones misionales desde los cuales, además de desplegar sus esfuerzos hacia los indígenas, impartían catecismo y sacramentos a la población negra, en cuyos asentamientos construyeron templos y promovieron prácticas religiosas formales, que hasta hoy subsisten, como las fiestas patronales, las oraciones y rezos, y el uso devocional de la imaginería católica 

El Decreto Nº 1347, del 5 de noviembre de 1906, mediante el cual se crea y organiza la Intendencia Nacional del Chocó, incluye también capítulos referentes a las siguientes materias: legislación aplicable en la nueva entidad administrativa, régimen municipal, organización judicial, notariado y registro, elección, escuelas, colonización y misiones, vías de comunicación, establecimientos de castigo, policía, publicaciones oficiales y disposiciones varias. 51 artículos y 15 capítulos lo componen.

Tal como lo ordena el mismo decreto, la Intendencia Nacional del Chocó nace oficialmente el 1º de enero de 1907. Cuatro meses y una semana después, el martes 7 de mayo, es fusilado en Quibdó el abogado, músico y poeta negro Manuel Saturio Valencia, quien también combatiera como Capitán del bando conservador en la Guerra de los Mil días; bajo la acusación de incendiario de la ciudad, en hechos supuestamente ocurridos en la noche del 1º de mayo, que según la mayoría de sus biógrafos no fueron más que una falsedad orquestada por la élite para cobrarle a Saturio, con su vida, el haber desafiado de diversas maneras el poder blanco dominante.

Seis meses después del nacimiento de la Intendencia, en Neguá, el domingo 21 de julio, nacería Diego Luis Córdoba [6]. Siete meses después, nació en Lloró Adán Arriaga Andrade, el sábado 24 de agosto [7]. Ramón Mosquera Rivas había nacido un año y medio antes, en San Pablo, cabecera municipal de Istmina, el jueves 13 de julio de 1905 [8]. Los tres son miembros de una generación excelsa que no solamente obtuvo un merecido sitio en el ámbito intelectual y político de Colombia, sino que también combinaron sus esfuerzos, voluntades y talentos para que la región igualmente tuviera un lugar más digno en los escenarios nacionales.

El nacimiento institucional del Chocó en el siglo XX coincide, pues, con la muerte y el nacimiento de preclaros símbolos de la lucha racial en el campo de la política regional y nacional; una lucha y una causa cuyo primer fruto de trascendencia fue el acceso de profesionales negros a instancias políticas de gobierno y representación, desde las cuales lideraron el proceso que condujo -cuarenta años después de la creación de la Intendencia- a la creación del Departamento del Chocó, como un escalón más hacia el reconocimiento de este territorio y de su gente. Curiosamente, los actos legislativos que dan vida a ambos hitos fueron firmados por presidentes de la república adscritos al Partido Conservador: Rafael Reyes firmó el decreto que creó la Intendencia, Mariano Ospina Pérez firmó la ley que creó el Departamento del Chocó. La Calle 26 de Quibdó lleva el nombre de Alameda Reyes. La desaparecida Escuela Industrial de Quibdó llevaba el nombre de Mariano Ospina Pérez. Manuel Saturio Valencia también pertenecía al Partido Conservador.

Rafael Reyes firmó el decreto que creó la Intendencia.
Mariano Ospina Pérez firmó la ley que creó el Departamento del Chocó.

29/06/2020


Recordando al Brujo
El Brujo, Alfonso Córdoba Mosquera, acompañado por el guitarrista Gabriel Enán Mosquera.
Foto: Cortesía Douglas Cújar

Cuando falleció, el 26 de junio de 2009, El Brujo estaba a dos meses de cumplir 83 años de vida, de una vida dedicada al arte en por lo menos una decena de manifestaciones: canto, composición, orfebrería, escultura, pintura, narración, lutería, caligrafía, artesanía, talla de madera. Como un homenaje a su memoria, en el 11º aniversario de su muerte, El Guarengue reproduce este reportaje de Cromos, publicado en El Espectador el 17 de septiembre de 2014 y escrito por la periodista Gloria Castrillón. Un recorrido por su existencia, maravillosamente llena de artística brujería.

La magia creadora de Alfonso Córdoba, el Brujo del Chocó

En Quibdó nació y murió este genio creador de las artes chocoanas. Su talento cubrió la música, el canto, la joyería, la artesanía. Fue uno de los personajes más importantes del Chocó el siglo pasado. Una joya de la música.

Mientras correteaba por el barrio La Yesquita, de Quibdó, Alfonso Córdoba era feliz escuchando la música cubana y caribeña que en medio del bullicio del puerto se colaba y llegaba para endulzarle el alma. La cadencia y el sabor de los boleros, sones, calipsos y tangos se le fueron metiendo en la piel. En su cabeza revoloteaban las historias que le escuchaba a su padre, don Salomón, gran boga que encantaba a sus pasajeros con sus relatos remontando el río y las inverosímiles leyendas de don Cupertino Mosquera, el amigo de la casa que llegaba a alimentarle su ánimo aventurero.

Semejante mezcolanza en un solo cuerpecito –era tan delgado y frágil como vivaz– no podía terminar en otra cosa que no fuera genialidad. Y eso fue Alfonso Córdoba, un genio.  Le decían el «Brujo» porque no había otra forma de explicar la sabiduría que derrochó hasta el último de sus días. De sus prodigiosas manos salieron desde canciones y joyas, hasta guitarras, bongos y una escritura adornada y escrupulosa que nadie pudo replicarle. 

Nació en Quibdó, en 1926, apenas tres días antes de que San Francisco de Asís, el patrono de los quibdoseños, cumpliera 500 años. Para ese año las fiestas de San Pacho vivieron un cambio fundamental porque se integraron al mismo tiempo la banda del pueblo –esa que estaba destinada solo para las procesiones de la virgen– las chirimías (conjuntos de música tradicional) y la pólvora. 

Y fue allá, en La Yesquita, donde nacieron los grupos folclóricos y artesanos que revolucionaron la fiesta de San Francisco, y la sacaron de las paredes de la Catedral para llevarla a los barrios, por allá en 1898. Fueron los yesquiteños quienes se apropiaron de San Francisco y lo llamaron San Pacho, como quien le habla al vecino, y lo adoraron con alegorías africanas e indígenas. Allá, en ese mismo barrio donde retumbaba la sonoridad de los abozaos y alabaos, nació el Brujo, en esos días de revolución. Como si fuera una premonición de la revolución que él le haría años más tarde en el mundo de la cultura de esta ciudad.

Su infancia estuvo marcada por la música. Fue a la escuela pública y en apenas cuatro años que cursó se hizo notar. No solo era buen estudiante, como era previsible, sino que se destacó por ser «muy pulido», como recuerda don Alfredo Cújar, compañero de pupitre. Recitaba poesía como nadie y cantaba con el mismo timbre y estilo de Bienvenido Granda. «El Brujo fue fiel intérprete de la Sonora Matancera», recuerda el amigo de infancia en su casa, a pocos metros de la catedral de Quibdó. Ya por esa época se hizo célebre por su talento para hacer pequeñas tallas en madera de los santos que adornaban la iglesia. 

Era tal su inquietud que, al crecer, Quibdó se le quedó pequeña. Aunque amaba su pueblo y era feliz recorriendo el Baudó, el Atrato o el San Juan en busca de buenas maderas y oro para fabricar cuanta cosa se le ocurría, el Brujo tuvo que volar pronto para encontrarle sosiego a su alma aventurera. Por aquella época los quibdoseños no buscaban su futuro en Cali o Medellín, como lo hacen hoy. En aquel tiempo preferían tomar un barco de vapor que los llevara, en un día y medio, a Barranquilla o Cartagena, ciudades mágicas y exuberantes para perderse en la bohemia y la música. 

Allá fue a parar el Brujo. En Barranquilla colmó su inquietud de orfebre con unos joyeros italianos de los que aprendió técnicas y secretos insospechados; conformó una familia (tuvo cuatro hijos con Margarita Herrera) y pudo crear su primer grupo musical, Los mayorales del ritmo. Fueron 18 años de vida artística, tocando, cantando, creando.

Al regresar a su Quibdó del alma, la ciudad seguía siendo un hervidero musical. De alguna manera el Brujo sentía que era momento de volver a la tierra para sembrar todo aquello que había recogido en tierras lejanas (Cartagena, Galapa, Mompox). «Él se devolvió porque extrañaba su tierra, él se inspiraba en la selva y siempre prefirió la música del Pacífico, la del Caribe le parecía repetitiva y pobre de letra», dice Daysi, una de las nietas que le sigue los pasos en la música. Su llegada a Quibdó marcó un antes y un después en la vida de este pueblo.

Foto: Cortesía Douglas Cújar.

El negrito contento
«Yo soy un negrito contento / que a Dios le doy las gracias / por haberme dado como bendición / la dicha, de haber nacido en el Chocó».

Pulido como siempre, ahora con boina, ropa elegante y finos tratos con la gente, el Brujo llegó como un huracán que lo revuelca todo. Cantaba su Negrito contento –primer gran éxito musical– y traía debajo del brazo canciones, partituras, joyas y mucho ingenio. Le faltaron manos y tiempo para hacer lo que quería. Lo primero fue conformar su primer grupo en Quibdó. Se juntó con un maestro de escuela que no ejercía por andar de carpintero, con tres empleados de la cárcel –dos expertos en contabilidad y uno en manejo de armas–, y con un puñado de músicos que estaban desperdigados. De ahí salió algo llamado Los negritos del ritmo. Eran Lucho Palomeque, Santos Moreno Blandón, Carlos Rengifo, Augusto Lozano, Eduardo Halaby, Carlos Bechara, y el Brujo, entre otros, bajo la dirección de Neptolio Córdoba. Esa fue la primera orquesta moderna de Quibdó que tocaba en el único hotel cinco estrellas de la ciudad, el Citará. Era la primera vez que músicos de los barrios populares tocaban para los más pudientes, y era la primera vez que una orquesta de semejantes dimensiones tocaba en vivo en el pueblo. Y era en aquellas memorables fiestas que un jovencito pobre y talentoso lograba colarse para deleitarse con la música. Una noche, en medio de un receso de la orquesta, ese jovencito tomó prestada la trompeta para robarle unas notas, escondido en un baño. Ese jovencito se llamaba Jairo Varela.

Asentado en La Yesquita, El Brujo no se conformó con su éxito musical. Mientras buscaba la oportunidad de grabar un disco, puso su taller de orfebrería. Con sus manos inquietas y sabias fabricó sus propios instrumentos para la orquesta, diseñó las más hermosas joyas con técnicas que nadie en el Chocó conocía y escribía y escribía canciones con esa letra inimitable. La faceta de orfebre del Brujo dejó a todos boquiabiertos. Trabajaba la filigrana como ninguno en su tierra y además fabricó una herramienta que hasta el sol de hoy no se ha reemplazado y que les cambió la vida a los joyeros del Chocó. Se inventó un soplete para soldar el metal que se operaba con el pie y no con la boca, como durante siglos se hizo, a costa de la vida de los orfebres que morían contaminados por el mercurio y otros gases tóxicos. Sus creaciones le dieron la vuelta al mundo y con una de ellas se ganó el Premio Nacional de Artesanías de Colombia en 2005.

Pero su regreso a La Yesquita no fue solo para poner su joyería. Apenas llegó se vinculó a las fiestas de San Pacho, tan importantes para este barrio donde se gestó la pueblerización de la celebración religiosa. Y ahí también revolucionó. Hasta ese momento, cada barrio desfilaba con un disfraz, una carroza grande sobre la que se montaban muñecos cabezones que representaban personajes de la picaresca local, siguiendo la costumbre traída siglos atrás por los padres claretianos. Al Brujo se le ocurrió que había que cambiar aquella cosa estática y sosa y que el muñeco cabezón debía ser reemplazado por figuras en movimiento que representaran la realidad de su pueblo oprimido. Así que se encerraba en el patio de su casa todas las noches armado con martillos, clavos, poleas y maderas. 

De ahí en adelante, las fiestas de San Pacho no volvieron a ser las mismas. Cada disfraz que hacía el Brujo era para criticar a la Iglesia, a los políticos corruptos, al saqueo del oro por parte de las multinacionales, al olvido del Estado… no dejó títere con cabeza.  Cada San Pacho, la ciudad entera esperaba con ansias los disfraces que salían de su taller. Cada creación era el secreto mejor guardado de La Yesquita. Muchas veces intentaron, sin éxito, escabullirse hacia el patio de la casa para descubrir su última idea. Se hizo mito viviente entre los muchachitos más inquietos del barrio que buscaban a un señor que era brujo y que fabricaba inventos maravillosos. Todos querían verlo trabajar. «Él estaba rodeado de misterio, yo fui a conocerlo y estar ahí para alcanzarle el martillo, conseguirle los clavos o cargarle la madera», recuerda Carlos Valencia, uno de los más traviesos vecinitos del sector, hoy conocido como «Tostao», integrante de Chocquibtown, quien se convirtió años más tarde en uno de sus aprendices en la música.
  
Lo cierto es que en Quibdó, en cada San Pacho, la gente se negaba a aceptar esos cabezones estáticos antiguos; todos reclamaban «movimiento, movimiento». 

Foto: Najle Silva.

El negrito en Bogotá
No contento con revolucionar la joyería, la música y las fiestas de San Pacho, el Brujo seguía en su empeño de grabar un disco. Los vientos del momento decían que era Bogotá la ciudad donde la música del Pacífico podía florecer. Una generación de talentosos músicos emigró desde el Atrato a la capital. La mayoría de ellos aprendió los secretos de la música en la Catedral de Quibdó, formados por el padre Isaac Rodríguez. De esa manera, el Brujo llegó a Bogotá, entre otros, con Jairo Varela, Alexis Lozano y un blanco de ojos verdes al que le decían Macabí, uno de los mejores pianistas del Chocó. Con ellos soñó grabar, por fin, un disco.

Llegaron a Bogotá en 1979. Tocaron las puertas de los sitios que le rendían culto a la salsa, hasta que lograron instalarse en Ramón Antigua, en la calle 82 con 16. «El sitio estaba quebrado, no era nada –recuerda Leonardo Álvarez, el dueño– pero, con la voz auténtica del Brujo y la genialidad de esos músicos, en poco tiempo floreció y ya no le cabía la gente». Intelectuales, políticos, artistas, todos caían seducidos por el encanto del Brujo. Cada fin de semana se hacían concursos para descubrir talentos y, después del cierre oficial, los bohemios más empedernidos se quedaban de puertas para adentro para escuchar las historias fantásticas que aquel negrito contento les relataba con su magia chocoana. «Cuando el Brujo cantaba los boleros era el momento estelar de la noche. En boca suya escuché por primera vez La caderona, en su estilo tan único», recuerda Carlos Vives, que en aquel momento era un universitario samario de 21 años que llegaba a meseriar y soñaba con cantar un bolero al lado del Brujo. 

Alexis Lozano dice que en aquel momento estaban buscando el éxito con Niche, pero en algún momento se descartó la idea de que el Brujo fuera el cantante, como se había pensado. «Era cuestión de estilo, Jairo buscaba un cantante de salsa». Alexis y el Brujo se quedaron en Bogotá y conformaron El negro y su timba y Alexis y su banda, dos grupos que crecieron en paralelo al grupo Guayacán, mientras Jairo Varela se iba a Nueva York persiguiendo el éxito con Niche.

«Fue una vida difícil. Él vivió en el barrio Santafé porque allá se concentraban los caleños, los calentanos, y también vivió en Fontibón, en una casa que Jairo tenía para los músicos», dice Douglas Cújar, un arquitecto que se dejó fascinar por las historias del Brujo y se dedicó a investigarle la vida, hasta convertirse en su biógrafo no oficial.

En ese apartamento del Santafé vivieron hasta doce personas, todos músicos y cantantes destacados, según recuerda Félix Mena, el hijo mayor (aunque no de sangre) del Brujo. Dice que su padre se cansó de buscar el éxito y se devolvió para Quibdó porque lo jalaba el amor por sus nueve hijos. 

Retornó con el mismo ímpetu de antes a seguir buscando la forma de grabar. Lo hizo en Medellín con Alexis y con el Trío Atrato. No paró de escribir y crear. Formó músicos y joyeros y siguió ganándose los concursos de disfraces en cada San Pacho. Solo Mianmco, un gran amigo y artesano, logró ponerle competencia y arrebatarle varios premios. «A veces a él se le acababa la madera y me pedía. Yo se la llevaba hasta su casa», recuerda el anciano en su taller, donde todavía trabaja como el último de los grandes disfraceros del Chocó.

Solo dejó su Quibdó del alma cuando le hicieron una propuesta de hacer talleres de orfebrería en Bogotá. Pasaba varias horas del día en una casa del barrio Teusaquillo conocida como la casa de los Mojarra, porque allí ensayaban, entre otros, Mojarra Eléctrica, Chocquibtown y La 33. Fue su reencuentro con viejos amigos como Tostao y con la buena vibra de un puñado de muchachos chocoanos que le aprendían al Brujo con cada anécdota que les contaba. Vivió algunos años hasta que el corazón le falló y tuvo que volver a su tierra. 

Foto: Najle Silva
Llegó agotado y enfermo, pero su pueblo lo adoraba y le reconocía su entrega al arte. También le llegaron reconocimientos nacionales, como el que le hizo la ministra de Cultura Paula Moreno; y el festival Petronio Álvarez le dedicó una de sus versiones.

Al final de sus días, el Brujo fue reconocido. Tal vez no tanto como se merecía, reconoce su hija Johana. «Hubo placas y discursos, pero eso no es suficiente». Y lo dice porque dentro de un baúl que guarda su viuda hay más de 500 canciones inéditas. Un gran tesoro que se quedó allí, escrito en la hermosa caligrafía del Brujo, pero que no logró convertirse en canciones por la falta de apoyo al talento que en el Chocó surge a borbotones.

Poco antes de su muerte, y en medio del homenaje en el Petronio Álvarez (2007), Alexis Lozano se lo llevó a su casa en Cali y le grabó tres discos, uno de boleros, otro de timba y uno más de folclor, que permanecen inéditos aún. Esa es la última herencia de un hombre que revolucionó las artes de su pueblo chocoano, desde el primero hasta el último de sus días.


22/06/2020


¿Un cementerio sin sepulturas?
Pórtico de acceso al único cementerio de Quibdó. Foto: Chocó 7 días.

A fines del año 1926, luego de cuatro años de construcción, fueron enterrados los primeros muertos en el Cementerio San José, de Quibdó, capital de la entonces Intendencia Nacional del Chocó. Por las calles de la ciudad ya circulaban automóviles, había servicio de luz eléctrica y hacía tres años había acuatizado el primer hidroavión en la orilla del Atrato. La Carrera Primera, entonces Calle de la Paz, había sido pavimentada tres años atrás y tanto el cemento como los elementos constructivos vaciados en concreto, por ejemplo, columnas, eran ya de uso corriente en las obras civiles de aquella ciudad que, al decir de algunos viajeros, era un claro de modernidad en medio de la selva.

Cuando el cementerio fue inaugurado, aún faltaba terminar su portada o pórtico, con un diseño de forma trapezoidal por su inspiración egipcia y rematado por una clepsidra o reloj de agua y por una guadaña, como expresiones simbólicas de la eternidad y del paso de la muerte, y como sellos historicistas de su diseñador, el gran arquitecto de Quibdó en la primera mitad del siglo XX, el ingeniero catalán Luis Llach Llagostera, quien llegó a la ciudad procedente de Cartagena y dejó su impronta en una vasta y exquisita obra constructiva, que se extendería a Centroamérica, en particular a Costa Rica, donde también sus obras son de culto y forman parte del patrimonio nacional.

A la sazón, Quibdó contaba ya una década de progreso material sostenido, visible en las obras públicas y en el incremento de pequeñas industrias, construcciones de casas y establecimiento de locales comerciales que expendían productos procedentes de los Estados Unidos, de Inglaterra y de Francia, los cuales entraban a la ciudad en los vapores de carga y pasajeros que circulaban por el río Atrato, procedentes de Cartagena, ciudad en donde la mayoría de las casas y sociedades comerciales tenían sus sedes principales. Tal prosperidad se cimentaba en el hecho histórico de que, a partir de 1916, como consecuencia de la Primera Guerra Mundial y de la situación política interna de Rusia por la Revolución Bolchevique (1917), el Chocó pasó a ser el mayor productor mundial de platino, desplazando a la región de los Montes Urales, cuya producción se paralizó por dichas causas. De modo que “el precio del platino le permitió al Chocó, y a Quibdó en particular, incorporarse en igualdad o en mejores condiciones a la dinámica de la economía nacional, que entonces se fundamentaba en los mercados regionales. Este hecho favoreció a las ciudades del Caribe y a las ubicadas en las arterias fluviales que conectaban con el mismo, como es el caso de Quibdó[1].

El Cementerio San José fue inaugurado el 26 de octubre de 1926, con una capacidad de 60 bóvedas, con una planta de diseño oval proyectada así por Llach debido a las condiciones del terreno. La construcción, que incluyó ladrillos fabricados por la Compañía Industrial Quibdoseña, estuvo a cargo de Rodolfo Castro Baldrich, el famoso ingeniero empírico que también participó en la construcción del Hospital San Francisco de Asís, en el trazado del camino de Quibdó a Bolívar (Antioquia) y en la primera etapa constructiva del Colegio Carrasquilla, entre otras obras significativas, y quien llegó a ser Director de Obras Públicas de la Intendencia.

Por los mismos días en los que el Cementerio San José fue inaugurado, el Consejo Administrativo de la Intendencia ordenó suspender los trabajos de construcción del Hospital San Francisco de Asís, habida cuenta de que se adelantaban sin el cumplimiento de los requisitos, pues los planos y presupuestos definitivos de la obra no contaban con su aprobación. Fue entonces cuando la misma Intendencia contrató al ingeniero alemán E. Altman, quien se encontraba trabajando en una empresa de ingeniería contratada por el Gobierno Nacional para adelantar diseños de vías desde el Chocó hacia el Valle y otros departamentos, para que elaborara los planos con todas las condiciones necesarias; hecho lo cual, las obras del Hospital se reanudaron, luego de que Altman entregara los planos, en marzo de 1927.

La ubicación del cementerio formaba parte de los propósitos de expansión de la ciudad hacia esa zona, contemplados en el llamado Plan de Urbanización del Barrio Norte, así como pretendía dar comienzo a un polo de crecimiento hacia el oriente de la ciudad, junto con el Hospital y con la apertura de la nueva conexión del camino hacia Antioquia, que antes de eso estaba definido por la Alameda Reyes hacia Las Margaritas y pasando por las estribaciones de la Loma de San Judas.

Dado que se dio al servicio sin terminar las obras finales de embellecimiento, el Consejo Administrativo de la Intendencia Nacional del Chocó, mediante el Acuerdo Nº 7 del 24 de octubre de 1928, aprobó la inversión de hasta 800 pesos para el cementerio, en el mismo capítulo de Obras Públicas en el que se incluyeron 36.000 pesos “para trazado y construcción de la carretera Quibdó-Bolívar”; 10.000 pesos “para la construcción de los hospitales de San Francisco de Quibdó y Nuestra Señora de las Mercedes, de Istmina”; y 6.000 pesos “para construcción del nuevo Colegio de Carrasquilla de Quibdó, y mejoras en la plaza del mismo nombre”. Este Acuerdo, suscrito por Jorge Valencia Lozano, como Intendente y Presidente del Consejo Administrativo de la Intendencia, fue aprobado mediante el Decreto 2088 de 1928, suscrito por el Presidente de la República, Miguel Abadía Méndez, y por su Ministro de Gobierno, Enrique J. Arrázola.[2]

Templete del Cementerio San José, de Quibdó. Foto: Julio César U. H., junio 2018.
Casi un siglo después de inaugurado el Cementerio San José, de Quibdó, sus administradores informan -a finales de abril de 2020- que en el mismo solamente se dispone de 100 bóvedas y que el 20% del predio estaría disponible para construcción de nuevas sepulturas. A principios de junio, la disponibilidad se redujo a 50 bóvedas para la inhumación o entierro de cadáveres. Hace 5 días, en un “Comunicado sobre la situación actual del cementerio San José, del municipio de Quibdó, en el contexto del colapso del sistema de salud y el alto índice de homicidios en la ciudad”, emitido por la Diócesis de Quibdó y firmado por el Párroco de la Catedral (que tiene a su cargo la administración del camposanto) y por el Obispo diocesano, se informa detalladamente sobre la incapacidad del cementerio para albergar los muertos por venir, si las cifras siguen como vienen durante el año y, especialmente, por la combinación entre homicidios o muertes violentas y fallecimientos por Covid-19 y por otras causas. Se anuncia en el comunicado que, para afrontar la situación, se ha acordado construir 700 bóvedas: “la parroquia Catedral San Francisco de Asís realizará la construcción de 200 bóvedas, y las otras 500 estarán bajo la responsabilidad de la Alcaldía de Quibdó y la Gobernación del Chocó[3].

Según los reportes de la Secretaría de Salud de la Gobernación del Departamento del Chocó, hace un mes, el 21 de mayo de 2020, había 80 casos confirmados de contaminación por Covid-19 en el Chocó, de los cuales 63 correspondían a Quibdó. Un mes después, ayer 21 de junio, la misma fuente informa que en total hay 995 casos positivos, de los cuales 891 corresponden a Quibdó. Es decir, que en el lapso de un mes el Chocó ha tenido un incremento mayor al 1.100% (mil cien por ciento) en los casos positivos. Y en Quibdó, comparando la población total (aproximadamente, 130.000 habitantes) y los casos actuales, se puede decir que hay por lo menos un enfermo por manzana.

No será la aguapanela con limón y bicarbonato de sodio la toma milagrosa que nos salve de los muertos que resultarán de tan impresionante situación, los cuales se sumarán a los muertos en hechos violentos, a los 70 homicidios que, según el comunicado de la Diócesis, han ocurrido en lo que va del año 2020. La situación es literalmente grave, preocupante, tan escandalosa que perturba la paz de los sepulcros. Un siglo después, Quibdó está a punto de tener un cementerio sin sepulturas.

Foto: Julio César U. H.



[1] Orozco M., Fernando y Luis Fernando González E. Quibdó, sueño y realidad arquitectónica. Banco de la República, Área Cultural – Quibdó, 1994. 36 pp. Pág. 13.

[2] DIARIO OFICIAL. AÑO LXIV. Nº 20954. 26 NOVIEMBRE. PAG. 4. DECRETO 2088 DE 1928 (octubre 24). Por el cual se aprueba el Acuerdo número 7 del Consejo Administrativo de la Intendencia del Chocó.

[3] Diócesis de Quibdó-Gobierno Eclesiástico. Comunicado sobre la situación actual del cementerio San José, del municipio de Quibdó, en el contexto del colapso del sistema de salud y el alto índice de homicidios en la ciudad. 2 pp. Pág. 2.

15/06/2020


Semblanza de Ramón Lozano Garcés
Por Alfredo Cújar Garcés [1]
Ramón Lozano Garcés en Kingston, Jamaica,
en sus tiempos de Embajador de Colombia en ese país.

Ramón Lozano Garcés nació en Quibdó, el 24 de septiembre de 1912, y murió el 22 de septiembre de 1983. Es un integrante destacado de la denominada Generación Chocoanista, de la cual también formaron parte, entre otros, Diego Luis Córdoba, Manuel Mosquera Garcés, Adán Arriaga Andrade y Daniel Valois Arce, quienes salieron del Chocó, a partir de la década de 1920, a formarse en las más prestigiosas universidades públicas de Medellín, Bogotá y Popayán, y después de graduados accedieron a espacios políticos nacionales, desde los cuales trabajaron conjuntamente en la construcción de un proyecto regional para el Chocó, cuya base fue la conversión de la entonces Intendencia en Departamento del Chocó. Lozano Garcés se distinguió como parlamentario inteligente, fogoso y defensor a ultranza de la soberanía nacional frente a los intereses del capital extranjero en los recursos mineros y forestales de Colombia. Su denodada lucha por la defensa de los mineros chocoanos no tiene antecedentes ni parangón en la historia regional. “Más vale morir de pie que vivir de rodillas” es una de sus frases, que resume su lucha de toda una vida.

Por su calidad literaria y el valioso resumen que hace de la trayectoria de Ramón Lozano Garcés, El Guarengue reproduce este escrito de Don Alfredo Cújar Garcés, quibdoseño eminente y conocedor como el que más de la vida social, cultural, económica y política del siglo XX en el Chocó.


Sus ojos fijos en el horizonte, como escrutando el destino de su pueblo, irradiaban ese tono de humildad que marcó su vida irremediablemente, su sino vital y humanitario que le acompañaría en el proceso luminoso de su carrera. En mi retina de niño entonces, quedó para siempre en el paisaje parroquial la figura de un hombre reflexivo y sereno cruzando la calle principal de su barrio, Yescagrande. Triunfante o derrotado, como el soldado que regresa de la guerra con las heridas frescas, pero con la esperanza viva. Justicia social para su pueblo fue su emblema y su grito en las mil batallas de su vida. Por eso y para eso nació y vivió. Agotando todas las fuerzas de su existencia, perdió la última batalla con la muerte, pero no con la injusticia. Todavía sus amigos luchan por su ideario y sus sueños.

Su destino de líder comenzó desde los 18 años de edad, cuando se involucra en los problemas y conflictos sociales y económicos de su tierra natal. Estudia Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad de Antioquia, de Medellín, en donde sus calidades intelectuales lo sitúan en la primera avanzada estudiantil. Allí, en foros y congresos, da muestra de su condición innata de dirigente y conductor.

A su regreso a la ciudad natal, Quibdó, se vincula en el sector político que comandaba Adán Arriaga Andrade. Allí encajan sus ideas de izquierda. El desempeño oficial de algunos cargos públicos lo compenetra más a fondo con la realidad y el padecimiento del Departamento del Chocó, la región más pobre de Colombia. Brota del fondo del alma su inconformidad por el trato y comportamiento estatal con su tierra. No hubo organización cívica política de la que no hiciera parte Ramón Lozano. Su postura física y su oratoria engalanada de una prosa fresca y convincente calaba en el corazón de los chocoanos. Sus dotes íntimas de poeta, escritor y catedrático, hicieron presencia inconfundible en su elocuencia juvenil, que despertaba entusiasmo y simpatía popular.

Después de la decepción ocasionada por el pacto suscrito por Adán Arriaga y Diego Luis Córdoba, en un acuerdo político denominado “El Eje”, Lozano Garcés se afianza en la arena política regional con cuerpo y alma. Con Leopoldino Machado, conforman un movimiento político Anti-Eje, denominado “Binomio”, que los lleva al congreso nacional en varias oportunidades. No hubo un solo instante en donde no latieran en su corazón los problemas de su terruño. Apropió como suyo el dolor de los mineros del Chocó, materia de su predilección de la que era maestro y figura nacional. Los mineros de la región aurífera del río San Juan hicieron de él su bandera. Compartió con ellos resonantes triunfos en la lid del derecho y también sus agonías por el despojo del imperialismo norteamericano a los nativos.

Hubo una etapa crucial de su trayectoria vital, cuando ejerció el litigio público, en donde la Rama Judicial dominada por sus adversarios políticos, le cerró todas las puertas. El ejercicio de su profesión entró en un campo minado en donde Lozano Garcés no podía pisar. Circuló, entonces, de su autoría, un documento público: “Banderas a media asta”, que fue constancia de la situación judicial. Lozano Garcés fue acusado también, por sus detractores, de subversivo, en tiempos del gobierno militar de Gustavo Rojas Pinilla (1954-1957). Fue vigilado día y noche, en sus actividades civiles y políticas. Estuvo encarcelado injustamente por defender a los mineros del San Juan (1956). Esta etapa de su trayectoria lesionó para siempre su corazón.

Ramón Lozano Garcés pudo haber sido rico si su lucha hubiere estado al servicio de los poderosos y del capital norteamericano. Pobre, humilde y resignado, despreció las mieles de las cumbres para compartir con los más humildes de su tierra el plato vacío y desprovisto de los chocoanos.

Este extraordinario exponente de la chocoanidad fue de los últimos productos de la racha de valores humanos que se inició en los albores del siglo XX, hasta los años treinta. Tiempo en que se dieron ministros, consejeros de estado, contralores, miembros de altas cortes y embajadores, como él mismo lo fue. Era la época en la que el Chocó surgió como potencia en la formación de maestros, exportador de metales preciosos y de talento humano.

Este hombre, humilde y pobre dio la muestra sublime de su modestia y sencillez cuando acude, en silla de ruedas, apoyado en el brazo de sus amigos, a la Asamblea Departamental para conseguir la gracia de una pequeña pensión. Una honda lección de humildad para la historia del Chocó, y hoy para la tan cuestionada honradez pública.

Queda en el espacio colombiano como un gigantesco interrogante: ¿hasta cuándo la injusticia y la deuda social con el Departamento del Chocó? Fue la razón indeclinable de su lucha y de su vida.


[1] Publicada el 1º de julio de 2012, en la página de Facebook Ramón Lozano Garcés "Centenario": https://www.facebook.com/RamonLozanoGarcesCentenario/