25/05/2020


4 voces chocoanistas
Río Atrato, 2020. Foto: Julio César U. H.
El esplendor del Chocó, y de Quibdó en particular, durante la primera mitad del siglo XX y hasta principios de la década de los años 1960, se marchitó. Se extinguieron las voces claras, enérgicas y comprometidas que habían enarbolado una bandera chocoanista ante la Nación colombiana y propuesto caminos de solución para conducir a la región a estadios mayores de humanidad, de bienestar, de equidad, de inclusión.

El Guarengue presenta cuatro ejemplos de la época, cuatro voces de aquellos tiempos. Veinte años antes de que el Maestro Miguel Vicente Garrido convierta este sentimiento en himno de la chocoanidad inconforme, un alcalde provincial plantea de modo contundente que “el Chocó debe obrar su propia redención” y que ya llegó la hora de hacerlo. Uno de los gobernantes más pulcros y progresistas que ha tenido el Chocó se refiere a la incomunicación vial como pecado máximo de Colombia hacia el Chocó. Y las reconocidas voces de dos de los más grandes parlamentarios de la región y del país, que en su momento ocuparon todo el escenario del Congreso de Colombia.


“Mis 41 años de vida me han enseñado la tristísima lección de que el Chocó es el hijo bastardo de Colombia, así de los ciudadanos del país como del gobierno central. Yo estoy convencido de que, para el gobierno central, el Chocó, nosotros, constituimos una fastidiosa carga. En consecuencia, he llegado tras mucho pensar a la tristísima conclusión de que el Chocó tiene que obrar su propia redención. He llegado a la hora (para mi es ya llegada) de dejar a un lado sentimientos quijotescos y pensar seriamente en presentarnos a labrar nuestra propia suerte. La naturaleza sabia y pródiga, nos legó un hogar rico más allá de toda concepción para Colombia… Yo propongo sencillamente a mis hermanos del Chocó, a su gobierno, así al actual como a los futuros, el desarrollo de una política intensa y firmemente nacionalista, dentro de la unidad nacional. Es decir, que trabajemos arduamente nosotros los del Chocó por el Chocó y para el Chocó”.

Sergio Villa Valencia, Alcalde Provincial del Pacífico. ABC, enero 3 de 1935.


“En efecto, el pecado máximo de la república es haber mantenido los territorios nacionales en el mismo estado de absurda incomunicación que durante la colonia; y, entre ellos, especialmente el Chocó, cuya vecindad a Panamá, cuyas posibilidades de un canal interoceánico que atraen sobre él las miradas voraces de las grandes potencias, y cuya prodigiosa riqueza platinífera y aurífera hacen más inexplicable y peligroso este abandono”.

Adán Arriaga Andrade, Intendente Nacional del Chocó. ABC, agosto de 1934.


“Me encumbré en los escaños del Congreso para hacer del Chocó un departamento al igual que Antioquia, Caldas y el Valle del Cauca; pero quiero denunciar a la madre Colombia que estos hermanos son injustos: del Chocó sólo se acuerdan para limitarlo en territorio y acrecentarse ellos, en vez de invadir a su hermano con el pito de las fábricas, con el mugido de sus ganados y con el oro verde de la energía eléctrica”.

Diego Luis Córdoba. Discurso pronunciado en
su homenaje a los treinta años de ejercicio parlamentario.[1]



“En el Chocó, por lo menos más de cuatro ríos han sido alterados en su curso; mueren constantemente ciudadanos colombianos porque las dragas atraviesan cables de acero en los ríos, que caen sobre los champanes y las compañías no pagan esas vidas.  Destruyen la riqueza agrícola, porque, para poder trabajar, las grúas tienen forzosamente que remover la tierra y entonces, honorables representantes, las riberas de los ríos chocoanos que estaban antes poblados de pequeños mineros, se encuentran hoy desolados, únicamente con las montañas de piedra que van dejando las dragas al paso de su poder arrasador”. 

Ramón Lozano Garcés.
Intervención como Representante a la Cámara en la sesión
del día 4 de agosto de 1959, “La situación minera del país”.[2]



18/05/2020


Una intendencia y dos comisarías 

Entre junio de 1911 y julio de 1915, el territorio del actual Departamento del Chocó estuvo conformado por la Intendencia Nacional del Chocó, la Comisaría de Juradó y la Comisaría de Urabá; estas dos últimas creadas mediante el Decreto Nº 540, del 7 de junio de 1911, expedido por Carlos E. Restrepo como Presidente de la República y Pedro M. Carreño, como Ministro de Gobierno, con áreas segregadas del Chocó, principalmente, y con una pequeña porción de Antioquia.

En julio de 1915, habiéndose percatado de que la creación de las comisarías de Urabá y Juradó no había contribuido realmente al logro de los fines originales de incrementar el poblamiento y propiciar el desarrollo en estas zonas apartadas, el gobiernos nacional puso fin a la medida. El ordenamiento político-administrativo fue modificado nuevamente y a la Intendencia Nacional del Chocó se le reintegraron las partes de su territorio que habían sido segregadas para delimitar las comisarías.

En ambos casos, la colonización y el poblamiento se aceleraron años después. En la década de los años 1930, con patrocinio económico y logístico del gobierno central, se promovió la creación de la Colonia Agrícola de Bahía Solano (1935), en el Pacífico chocoano. En los años 1950, el gobierno de Antioquia promovió la colonización de su parte de Urabá, con fines de fortalecimiento de la industria bananera; mientras que un misionero claretiano promovió la colonización, por parte de cordobeses y antioqueños, del sector chocoano de esa región, en los años 1960.

El territorio delimitado para la Comisaría de Urabá era básicamente el que rodeaba el golfo del mismo nombre. El Municipio de Acandí fue establecido como su capital y a él se adscribieron los corregimientos de Titumate, Turbo y Necoclí. El Censo de 1912 reporta para esta comisaría un total de 6.476 habitantes, 5.000 de los cuales son “salvajes”, que es la categoría con la cual el censo registró a los indígenas “no civilizados”; el dato de cuya población podía ser consolidado por la autoridad local con base en observaciones propias e informaciones de pobladores, y oficializado mediante una comunicación formal dirigida a la organización censal y a las autoridades regionales y nacionales. Los otros 1.746 habitantes corresponden a la población del Municipio de Acandí y sus tres corregimientos, en los cuales hay 799 hombres y 677 mujeres.

La Comisaría de Juradó, por su parte, abarcaba la Costa Pacífica Chocoana. Incluía dos municipios: Pizarro, con los corregimientos de Cuevita, Arusí y Nuquí; y Litoral, con los corregimientos de Nabugá, Gella y Juradó. Como capital, se fijó inicialmente al propio poblado de Juradó; pero, como lo informa el Censo General de la República de Colombia levantado el 5 de marzo de 1912, “por dificultades de localidad, la capital reside temporalmente en Pizarro” [1]. Esto es, que resultaba más fácil llegar a Pizarro que a Juradó y, por tanto, era más práctico administrar la Comisaría desde allá y no desde aquí.

En el Censo de 1912 [2], se registra una población de 8.207 habitantes para la Comisaría de Juradó: 5.657 en el Municipio de Pizarro y sus corregimientos (2.844 hombres y 2.813 mujeres); 1050 habitantes en el Municipio del Litoral y sus corregimientos (540 hombres, 510 mujeres); y 1.500 “salvajes”, cuya discriminación por sexo no presenta el censo, seguramente por la manera en la que fue, como se indicó antes, calculado el dato.

En el mismo censo, Quibdó, capital de la Intendencia Nacional del Chocó, tiene 15.756 habitantes: 7.566 hombres y 8.190 mujeres. La población total de la Intendencia es de 68.127 habitantes: 58.127 habitantes en las poblaciones de Quibdó, Bagadó, Riosucio, Carmen, Neguá, Istmina, Tadó, Baudó, Nóvita, Condoto y Pueblorrico [3], de los cuales 30.892 son mujeres y 27.235 son hombres. Los 10.000 habitantes restantes aparecen clasificados como “irreductibles”, otra categoría similar a “salvajes”, en referencia a los indígenas que no han podido ser reducidos por autoridades civiles y misioneros a través de internados indígenas.

Juradó: https://es.wikipedia.org/wiki/Comisar%C3%ADa_de_Jurad%C3%B3

Fomentar el poblamiento y desarrollo de zonas apartadas de la Intendencia del Chocó, como la Costa Pacífica y el Darién, fue el propósito principal del gobierno nacional con la creación de las comisarías de Juradó y Urabá. Esto incluyó, en el campo económico, promover con mayor ahínco la siembra de plantaciones de banano con fines de exportación, en el territorio de la Comisaría de Urabá; y de arroz, coco y cítricos en la Comisaría de Juradó, en donde además se aspiraba a que la población incursionara en la pesca a gran escala, con fines comerciales. Para ello, desde Bogotá son nombrados los llamados Agrónomos Nacionales, quienes vienen con la misión de diseñar y establecer con la población planes agrícolas y pecuarios, así como de aprovechamiento forestal y pesquero, según las directrices trazadas por los ministerios nacionales. José M. Torres Herrera y Alberto Nanclares son dos de aquellos agrónomos, que en la década de los años 1930 recorrieron estos territorios diagnosticando, planificando y brindando su asesoría a los agricultores y pescadores.

La creación de las comisarías de Juradó y Urabá apuntaba también a fortalecer el sentido de patria y de nacionalidad entre colombianos que vivían lejos de Quibdó y aún más de Bogotá, pero muy cerca de Panamá, de la recién perdida y aún no plenamente lamentada Panamá. De allí que fuera una práctica frecuente entre los policías de los pequeños destacamentos presentes en dichas zonas empezar y terminar el día izando la bandera y entonando el Himno Nacional. Esta labor simbólica sería complementada, sin falta, por los maestros que llegaban hasta esos lugares a llevar los conocimientos básicos de la ciencia, los principios y dogmas de la religión, y los denominados valores nacionales; así como por los misioneros que cada cierto tiempo pasaban por estos lugares administrando sacramentos pendientes.

“Hacer patria” se llamaba a ese conjunto de acciones materiales e inmateriales con las cuales se reafirmaba la soberanía colombiana en tierras que –en la mayoría de los casos– ni los gobernantes regionales conocían. El conjunto incluía, mal que bien, conocer y atender las necesidades de la gente, así como ayudarlos a materializar sus proyectos de vida y convertirlos en parte de un proyecto de Nación. Quizás hoy también falte “hacer patria” en sitios como Pizarro, Nuquí, Bahía Solano, Juradó y Acandí; por no mencionar los otros veinticinco municipios que hoy conforman el Departamento que sucedió a la antigua Intendencia del Chocó.



[1] Censo General de la República de Colombia levantado el 5 de marzo de 1912, presentado al Congreso en sus sesiones ordinarias de 1912 por el Ministro de Gobierno Doctor Pedro M. Carreño. 

[2] Ibidem.

[3] Pueblorrico es actualmente Pueblo Rico, un municipio de Risaralda.

11/05/2020


El Chocó
Gonzalo Arango con el poeta popular chocoano Blas María
y una mujer llamada Andrea, en Quibdó, 1965.

Foto: René Orozco Echeverry.

Por Gonzalo Arango [1]


(Fragmento) 

En Condoto quedaba toda la tristeza del mundo. Juré volver algún día, si algún día yo fuera Dios para redimirlos, pero como ser Dios no está en mis planes, por eso nunca volveré. Por desgracia, a diez kilómetros de su miseria hay una mina que podría redimirlos: ¡su mina! Pero las dragas de La Chocó Pacífico escarban día y noche en busca de las esquivas chispas del infierno: el platino. Y mientras los negros tosen tuberculosis y se entierran vivos en los socavones, el amo se despereza, desayuna con un vaso de whisky, y arroja tres maldiciones en inglés: una contra la lluvia, otra contra los zancudos, y la otra contra el negro maldito de su destino.

Poco antes de que Dios hiciera el sol y la luna, era ya de noche y llovía sobre el Atrato. Río caudaloso que cruza la selva, uno de los más hondos del mundo. Arrastra en su cauce la belleza más fabulosa y la miseria más horripilante: paisajes paradisíacos, leyendas de dioses muertos, razas sumergidas en la noche inmemorial.

El Atrato se hace caudaloso en Lloró, donde se le derrama un río de lágrimas: el Andágueda. De allí hacia el norte, el río antropófago se devora con una sed insaciable la vida de medio país, mil afluentes que multiplican sus aguas, para desembocar exhausto y torrentoso en el Caribe, preñando de agua dulce la Bahía de Colombia en el Golfo del Darién, esa violación profunda y azul del Atlántico que, muerto de sed de tierra, se traga un vasto territorio de selva virgen con el insaciable lamido de sus olas.

Sentado en un balcón que da sobre el río, a media noche, oigo su silencio. El Espíritu de Dios baja sobre las aguas, o tal vez canta. Cuando el Espíritu de Dios duerme, sobre el río se desliza furtivamente el silencio. Sobre este silencio, aumentado por la quietud aterradora de la selva, como un ferrocarril de agua, susurra el remo solitario de una piragua piloteada por un pescador negro, o por un cholo ebrio de chicha perdido en la noche, sin saber si la corriente baja, o sube, o se estancó. Tal es la quietud. Pero el cholo se orientará por el latido de su sangre, por la memoria casi borrosa del lejano y milenario imperio de donde vino, aguas oscuras, aguas al fondo de la prehistoria, hacia el origen remoto y olvidado de sí mismo.

La vida del Chocó está formada de oscuridad y tormentas como en el Génesis. El soplo luminoso de Dios no ha maldecido aún el barro del que engendró el espíritu. Por eso, este terrón tenebroso de selva es un vestigio del paraíso que sobrevive a la maldición divina, y conserva su primitiva inocencia.

Fieros rayos acuchillan el cielo y cae la lluvia. El aguacero puede durar días y noches o no terminar nunca. Da la sensación de que el cielo aplastara la tierra, y uno se pregunta: “Dios mío, ¿de qué misterio vengo, será acaso del misterio de tu olvido? Y, hacia qué región del misterio va mi ser, ¿será también hacia la nada de tu olvido cósmico?”.

Me incliné sobre la baranda podrida que da al río, y miré al fondo. Tal vez allá encontraría la respuesta, o tal vez no. Nada era verdad: el río y yo éramos parte del misterio de Dios.

Página de la revista Cromos con la publicación
de El Chocó, de Gonzalo Arango, julio 1965.
La lluvia silencia el dolor de los hombres y ahoga sus sueños. En la orilla lejana, como un fuego fantasma, titila la luz de un pescador. O ¿será un pez estrella que salta hacia su origen divino? Súbitamente la luz desaparece en las aguas.

Llega la mañana, mezcla de perfume de selva y avara luz de sol. Entonces la orilla se convierte en un alegre festival sobre el barro: piraguas de cholos que se embarcaron en la selva hace días y noches navegando aguas abajo, bajo un torrente de lluvias o un torrente de estrellas, y ahora atracan en la orilla pestilente con sus racimos de frutas, jaulas de pájaros, micos salvajes, collares de finas almendras, amuletos de dioses, arcos y flechas envenenadas, calabazas de chicha, y fuera de venta, hermosas cholas semidesnudas que cubren sus senos con collares, y se maquillan con tinturas vegetales. Por su parte, la negramenta aporta al mercado enormes racimos de plátanos, plateados manojos de peces que chapotean agonizantes en las canoas.

A medida que el sol se despliega en el cielo y brilla nítido entre las nubes, en el mercado acuático los negros despliegan sus sonrisas blancas en un alegre alboroto de ofertas y demandas, con un pie en las canoas y otro en el barro. Y tres razas que viven del río se mezclan en la orilla en busca de alimento, como animales anfibios.

En el malecón alquilo una canoa y subo por el río rumbo a la selva. Avanzo algunos kilómetros bajo un sol de candela y atraco en “Pueblo Mugre”. Paso el día charlando con bellas nativas y soy feliz. El sol se pone en la curva de la selva, cae la noche. Como hemos bebido dos calabazas de chicha que compramos a los cholos, me siento un poco borracho y sin ganas de regresar. Uno de los nativos me ofrece una estera para dormir, y en la cocina huele a pescado. Me quedo. Asoman las primeras estrellas. Purifico mi alma de racionalismos amargos, mis últimos gusanos de ciudad. Morirán en mí, poco a poco, mientras yo resucito. Ya mueren, los oigo morir, pues no soportan esta dicha. Mi cuerpo será un templo y en él preparo los altares de los nuevos dioses. La noche será un dios. Libre de la servidumbre mental, me desnudo como una fruta y reclamo un sitio bajo las estrellas, entre los árboles. Florezco de amor al mundo, a los reinos eternos de la naturaleza. Soy súbdito de esos reinos. Me tiendo sobre la tierra y la oigo germinar como un vientre. Es el amor de Dios quien la fecunda. Soy hijo natural de ese amor. De cara al cielo celebro mi vida como un milagro. Los últimos pájaros emigran a sus nidos en la selva. También ellos celebran con sus cantos la gloria de Dios. Mi corazón, como un petardo, estalla de dicha. Rezo en silencio a los dioses que ignoro. Dios debe ser este himno de adoración que sale del corazón de todo lo viviente.

Dios, tú existes en esta selva. Te pido perdón si en las ciudades te niego. No sé quién eres, ni qué eres. Yo soy mortal y razonable. Pero creo en el misterio de este universo que amo sin comprender. Oh, Dios mío, Tú eres también un misterio, pero ¡existes!

Cromos Nº 2.495. Bogotá, julio 5 de 1965, pp. 12 - 16.

Gonzalo Arango en Quibdó en uno de los embarcaderos
a orillas del río Atrato. 1965. Foto: René Orozco Echeverry.
Para la época, Johnson era la marca dominante en motores 
fuera de borda; al punto que durante mucho tiempo
la gente llamó Johnson a cualquier motor fuera de borda,
sin importar su marca.




[1] Gonzalo Arango nació en Andes (Antioquia), en 1931, y murió en Gachancipá (Cundinamarca), en 1976. Escritor, periodista y poeta, fue el fundador del Nadaísmo. El presente texto fue tomado de la web gonzaloarango.com: https://www.gonzaloarango.com/ideas/elchoco.html

04/05/2020


Ay, Bojayá…

Santísima trinidad,
¿qué fue lo que me pasó?
se me ausenta de mi lado
la prenda que Dios me dio
 (Estrofa de un alabao chocoano)


Bellavista
Cristo de Bojayá
¿Por qué si aquel crimen de guerra, del cual han pasado ya dieciocho años, se cometió en Bellavista, el mundo entero terminó conociéndolo como la Masacre de Bojayá?

En Colombia poco o nada se sabía de la existencia de este pueblo orillero antes de la masacre de aquel jueves 2 de mayo de 2002. Cuarenta y ocho horas después de la tragedia, dos periodistas que se colaron en un vuelo militar hacia el lugar, uno extranjero, que se valió de su extranjería para colarse y abogó por el otro, que era un colombiano, informaron que el sitio se llamaba Bojayá. También Bojayá lo llamaron los militares de alto rango y baja estofa que allí llegaron a negar los hechos sin tener ni la más remota idea de lo ocurrido y sin haber cruzado palabra alguna con algún sobreviviente. Igual hicieron los primeros funcionarios del gobierno nacional a los que, desde Bogotá, les tocó hablar de lo que no sabían: dijeron que lo que hubiera pasado había pasado en Bojayá.

Desde entonces no hubo poder humano que hiciera posible que a los sobrevivientes de la masacre les pararan bolas cuando llamaban Bellavista a su pueblo, a ese pueblo ahora destrozado, martirizado, ensangrentado y, además, con su nombre cambiado. Ellos mismos, con el paso de los días, terminaron diciendo Bojayá, en lugar de Bellavista. Hasta mucho tiempo después, cuando sobrevivientes y renacientes llamaron Nuevo Bellavista al asentamiento que, después de una década y cientos de peripecias, les fue finalmente entregado, para que allí –a poco más de un kilómetro río arriba del sitio donde vieron morir a su gente– trataran de continuar sus vidas.

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Leyner
Así, con este nombre breve, más o menos sonoro, llamativo y nada difícil de recordar, podría haberse titulado el documental "Bojayá, entre fuegos cruzados" (Bojayá Caught in the crossfire), que miles de colombianos vimos en la noche del sábado 2 de mayo, a través del canal público de televisión de Bogotá, en el 18º aniversario de la dolorosa y horrísona masacre que cada año recordamos con pavor, tristeza y dolor. Si acaso, para efectos de énfasis y mayor recordación entre audiencias no tan informadas, a este título se le podría añadir un subtítulo que lo relacionara con Bojayá[1].

El título del documental y las piezas promocionales de su presentación ofrecen más de lo que realmente vimos. En lugar de un recorrido panorámico y polifónico a través del acontecimiento de la masacre, antes, durante y después de ella, nos encontramos con una narración estructurada alrededor de Leyner Palacios, no solamente como eje de la historia, sino también como único referente de la misma, pues las menciones visuales y testimoniales de otros personajes (la abuela que perdió dos nietos y el padre que perdió cinco hijos) son apariciones casi de figurantes. Y por ello la narración está hecha a su medida, a la medida de Leyner, con el ritmo narrativo de él, de su vida hoy pública como víctima, sobreviviente y vocero de quienes padecieron esta atrocidad; pero, con una vocería que bien pudo haber sido validada narrativamente mediante la inclusión de unos cuantos testimonios de algunas víctimas y de las asociaciones de víctimas, de las misioneras y misioneros que vivieron la tragedia y del Consejo Comunitario Mayor de Comunidades Negras al cual pertenece Bojayá, como parte de la Zona 9 en la división organizativa del territorio que esta organización ha manejado desde hace por lo menos 30 años.

En fin, el punto, para dejarlo claro y evitar a toda costa tergiversaciones problemáticas, es que si el documental es una narración de la historia de vida de Leyner y su papel como vocero de los derechos de las víctimas, lo cual no tiene nada de malo, ni de inapropiado, ni de censurable o criticable, su título debió referirse a ese, que es su tema, y no a la tragedia de Bojayá, que es el tema colateral, la historia paralela; una historia que Leyner narra e interpreta y analiza con sus propias palabras, pero que realmente no es plenamente contada por el documental, que pudo haberse valido de imágenes fijas de apoyo y de los testimonios de otros sujetos que lo vivieron en carne propia, para documentar aquel momento trágico y transportar al espectador –por la vía de las imágenes, como corresponde al cine; y no predominantemente por la vía de las palabras de Leyner, algo más propio del medio sonoro- desde el abandono previo, pasando por el dolor de la masacre y la incertidumbre de tener que asumir otra vida, hasta llegar a un presente en el que Leyner brilla como la voz de su gente en los diversos ámbitos de su vida de víctimas eternas de múltiples violencias que, en lugar de desaparecer, se renuevan periódicamente.

Incluso, la familia de Leyner mereció mejor suerte narrativa que esa imagen estereotipada de la mujer como una sombra silenciosa que se ocupa de criar los hijos, que lo entrega todo en el ámbito privado de la vida; mientras su consorte se la juega a fondo y corre riesgos en el ámbito público, sin que ella tenga ninguna ligazón con ese ámbito, exclusivamente reservado a él, y no vaya más allá de esperar resignada y cíclicamente el retorno de su marido, cual Penélope atrateña. Y mejor suerte narrativa que ese papel casi de extra de la hija mayor de Leyner, una adolescente cuya experiencia de vida durante la masacre, cuando tenía solamente dos años de nacida, merecía más que ser contada en palabras por su papá y escenificada mediante una recreación dramática. Por no hablar del niño, a quien las palabras de su papá enuncian como todo un personaje, pero que en la narración nunca llega a serlo.

Leyner se merece este documental. Eso está claro y es indudable. Pero, también su familia, sus compañeros de tragedia y de infortunio, también Bojayá como un todo, merecían ser más que un leitmotiv.



[1] Algo así como “Leyner, el clamor de Bojayá” o “Leyner, una voz que clama desde Bojayá”, por ejemplo.

27/04/2020


Teletrabajos
Foto y edición: Julio César U. H.

Laura
A Laura le preocupa el notable incremento del consumo de energía eléctrica registrado en la factura que ya le llegó y que será mayor el próximo mes, cuando incluya la temporada alta de la cuarentena y no solamente sus primeros días. Nadie le va a ayudar a pagar esa factura, como tampoco le van a reconocer ni un peso por los gastos en los que incurrió para garantizar la logística necesaria para convertir en oficina un rincón de su casa: compró una silla ergonómica, porque la del comedor que estaba usando amenazaba con dejarla sin espalda; compró un escritorio apropiado para la nueva silla, pues ahora la inadecuada era la mesa del comedor; compró un plan mensual de Internet que alcance para atender su trabajo, pues antes no tenía porque no lo necesitaba, pero, ahora, los datos del plan de su celular ya no dan abasto; compró unos audífonos y un micrófono de buena calidad, pues los de dotación no registran ni los sonidos del silencio, para atender la media docena de reuniones diarias en las que le toca estar durante las nueve horas que trabaja de lunes a viernes. Todo eso con su tarjeta de crédito, la cual paga con su sueldo mensual de un poco más de dos salarios mínimos, que es el mismo con el que paga las cuotas del crédito del apartamento y del carro, los servicios públicos domiciliarios, los impuestos, el mercado y sus artículos de aseo personal, una botella de vino al mes, su ropa y el tercer posgrado que está haciendo, así como la ayuda mensual que le da desde hace varios años a una parienta pobre para ayudarle un poco con los gastos de su ahijada.

Luzma
Luzma casi se va de espaldas cuando se enteró de que un mando medio de la empresa en la que trabaja, uno de esos reyezuelos serviles de cuanto jefe se le atraviese y tirano despiadado de cuanto empleado de menor rango se cruce en su camino, había propuesto que le suspendieran temporalmente el contrato de trabajo, haciendo uso de los artículos de una ley y de un decreto que citó con solvencia ante la concurrencia de una teleconferencia de jefes y subjefes a través de Zoom, una semana después de que la empresa hubiera mandado al personal a que realizara trabajo en casa, sin haber ni siquiera mirado las respuestas a la encuesta sobre facilidades tecnológicas y condiciones domésticas de cada empleado para trabajar en su casa, que a la carrera hicieron a pocas horas de haber comunicado la medida mediante una circular del Gerente General. Luzma había dicho claramente, en aquella encuesta tan veloz como inútil, que ella no tiene computador, que en su casa a duras penas hay servicio de luz eléctrica y que ella no tiene ni mesa ni silla apropiadas para trabajar allá la jornada de ocho horas diarias, ni un ambiente propicio, pues ella, sus tres hermanos, su mamá y su papá viven en un espacio tan reducido que de milagro tienen diferenciados los sitios de dormida de cada quien. Pero, ni sus múltiples jefes, ni el reyezuelo entrometido, habían leído su encuesta ni sus correos, en los que ella les advirtió claramente su imposibilidad de trabajar en casa y les propuso que ella seguía yendo a la oficina, para cumplir con sus obligaciones. El Gerente ordena que le faciliten un computador portátil; pero, queda por solucionar lo del internet. Es entonces cuando surge la propuesta de despedirla hasta que pase la emergencia, pues qué más podemos hacer; pero, es también entonces cuando Isa, una compañera de trabajo de Luzma que ya ha hablado el asunto con su esposo, interviene en la reunión y ofrece su casa para que Luzma se vaya a pasar allá la cuarentena y así pueda trabajar, para poder seguir ayudando con el salario mínimo que se gana al sostenimiento de su hogar, como también lo hacían los demás miembros de su familia hasta que decretaron el aislamiento obligatorio y ellos no pudieron volver a salir a rebuscarse cada día.

Sandra
Como los presos de las películas antiguas el tiempo de su cautiverio, así registra Sandra sus días de inactividad, que ya llegan a cuarenta, mediante rayas trazadas con lo que queda de un lápiz negro Nº 2 tan gastado que pareciera que su hijo mayor, el que cursa séptimo grado, lo hubiera usado para hacer las tareas desde el preescolar. Su hijo menor se burla de ella y, precisamente, le dice que parece una interna de correccional gringa, marcando cada día que pasa sobre la superficie al lado del espejo en el que se maquilla y se peina cada mañana antes de empezar su viaje de dos horas hacia el salón de belleza en el que trabaja como manicurista, y al cual no se sabe cuándo podrá volver. Aunque está inscrita en cuanto programa de ayuda gubernamental han anunciado para gente como ella, madre soltera, estrato 2, dependiente de un ingreso diario, Sandra no ha recibido más que la propaganda oficial. Ya casi va a empezar el segundo mes de arriendo que no podrá pagar. En la tienda de la esquina ya le dijeron que después del próximo mercado no le fían más. Sus clientas viven al otro extremo de la ciudad y a distancia no les puede hacer las uñas. Por debajo de la puerta de su casa acaban de deslizar un papel del tamaño de una tarjeta de presentación de las que Sandra una vez mandó a imprimir para promocionar sus servicios de estilista profesional. El papelito ofrece préstamos con un novedoso plan de intereses y una forma de pago que en el texto llaman, escrito así, Kuarentena, y que no explican en qué consiste, pues quien quiera saber debe llamar al número telefónico que allí aparece anotado. Sandra le da mil pesos a su hijo menor y le dice que vuele hasta la droguería del barrio y le haga una recarga a su celular; pero, que se mueva, carajo, que para antier es tarde.


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N.B: Las tres historias son reales. Cada una ocurre en una ciudad diferente.




20/04/2020


Sssssshhhhh…

Cantar desde los balcones en las noches… Aplaudir todos los días a determinada hora para felicitar y agradecer a quienes ahora hay que llamar héroes o asistenciales o sanitarios, en lugar de médicos/as o enfermeras/os… Tocar una canción entre varios músicos, cada uno desde su casa, al frente de la cámara de su computador y bajo la coordinación y organización de alguno de ellos o del director cuando se trata de una sinfónica, filarmónica o similar... Sentarse frente al televisor a ver y oír a los gobernantes hablando durante horas, diciendo lo mismo cuatro decenas de veces, de distintas maneras, todos los días, en el mismo sentido, del mismo modo y en sentido contrario... Cumplir citas virtuales para celebrar cumpleaños o para charlar un rato, mostrarse los cuartos, los escritorios, las comidas, los animales, las caras y los cuerpos, la vestimenta, mientras cada uno se toma una copa de vino cuyo sitio de compra se cuentan y cuyo precio se presumen, pero, no por caro y bueno, sino por barato y pasable o aceptable, como se estila ahora… Especular, casi hasta la apuesta, si la cuarentena será o no extendida cuando finalice su término actual; si los muertos de la región serán tantos o cuantos en el boletín de esta tarde… Defender los unos, los otros reprochar, condescendiendo los unos y sin miramientos los otros, a la esposa del alcalde o del gobernador, que, prevalida de un autotítulo de gestora, con ínfulas de gobernante, con poses de funcionaria y actitud de benefactora, sigue repartiendo mercados, tomándose fotos mientras lo hace y poniendo su imagen como fondo en las tarjetas digitales mediante las cuales la entidad llama a la solidaridad, como si uno no supiera que no es una foto de catálogo, sino una cónyuge propasándose por vanidad…

…Y así, sucesivamente, de día y de noche, a toda hora.

Leer y releer las, mínimo, 5 o 6 páginas de cada decreto de emergencia, haciendo y volviendo a hacer exégesis jurídicas, comprensiones lectoras, rondas de opinión y consideraciones varias… Mirar y mirar, comentar y comentar cifras, mapas, infografías, gráficos, explicaciones, aplicaciones, preocupaciones, opiniones… Oír, desde que amanece y a todo taco, emisoras de radio que hablan de cifras, de gráficos, de explicaciones, de aplicaciones, de preocupaciones, de opiniones, de interpretaciones… Ver telenoticieros porque sí y porque no, aún a sabiendas de lo que van a decir, de lo que van a mostrar, de lo que van a especular… Buscar en las autodenominadas redes sociales qué es lo último, hasta dar con el médico chino o indonesio que vive hace 40 años en una aldea de Pernambuco, en un caserío de Usulatán, en un villorrio de Chiriquí o en un poblado africano de un país siempre indeterminado, y que ha probado, en el laboratorio de biología molecular del mesón de la cocina de su casa, que basta una toma de bicarbonato de sodio diluido en agua caliente con unas gotas de limón de patio ajeno y vinagre de frutas de supermercado barato, para contener la pandemia; mientras en todo el mundo decenas de universidades y grupos privados de investigación buscan afanosamente, con miles de millones de dólares puestos por media docena de laboratorios farmacéuticos, que se babean por ser los primeros en conseguirlo, sintetizar vacunas o tratamientos efectivos contra el malhadado virus que tiene doblegado el mundo y a su merced hasta los más soberbios tiranos, escríbase su nombre en inglés, en mejicano o en portugués, incluso en alguna lengua de caracteres cirílicos o ideográficos.

…Y así, sucesivamente, de día y de noche, a toda hora.

Conectarse desde temprano a los medios virtuales institucionales o empresariales, para cumplir con el teletrabajo o el trabajo en casa, que en muchos casos incluye dar señales permanentes de actividad laboral o dejar constancias de que se está trabajando durante el tiempo de trabajo; así como tolerar los estrambóticos horarios de quienes no encuentran nada mejor que hacer en su propia casa que trabajar… Asistir a clases magistrales virtuales con duración de una hora o más, evitando distraerse por la parsimonia docente o por la dispersión discente, por los ruidos de la calle y de la casa o por los propios ruidos de la conciencia soñolienta o perezosa, que no termina de adaptarse a un esquema académico inusual… Quejarse de viva voz por el inusitado incremento del costo de las facturas de los servicios públicos y lamentar sin ambages la certeza inmodificable de que ni los patronos ni las universidades ni los colegios van a contribuir a su pago…

…Y así, sucesivamente, de día y de noche, a toda hora, sin un minuto de silencio.

¿Podríamos quedarnos callados y dejar de hacer ruido tan siquiera durante un minuto, una noche de estas?

Arco del Triunfo, París, abril 2020.
Foto: CordonPress. Tomada de National Geographic España. https://www.nationalgeographic.com.es/fotografia/ciudades-
fantasma-calles-vacias-por-coronavirus_15336/11


13/04/2020


“Un hospital de primera clase,
digno de cualquier ciudad de Colombia”
Hospital San Francisco de Asís recién inaugurado (1935).
Nicolás Medrano, Misionero Claretiano, 
y los intendentes nacionales del Chocó 

Jorge Valencia Lozano y Adán Arriaga Andrade fueron artífices de la obra.
Fotos: cortesía Gonzalo Díaz, 
Archivo fotográfico y fílmico del Chocó.

Collage: El Guarengue.

Un cuarto de siglo, tres intentos previos, dos primeras piedras y unos cuantos intendentes nacionales del Chocó se necesitaron para que el Hospital San Francisco de Asís, de Quibdó, en donde hoy funciona el Colegio Santacoloma, fuera definitivamente inaugurado y dado al servicio como “un hospital de primera clase, digno de cualquier ciudad de Colombia” [1], el domingo 3 de febrero de 1935, en una ceremonia cuyo acto central fue “una misa campal, con asistencia de las autoridades civiles y eclesiásticas y elementos de todas las capas sociales” [2].

En dicho acto, se extrañó la presencia del Padre Nicolás Medrano, un Misionero Claretiano que durante muchos años fue Párroco de Quibdó, posición desde la cual puso gran empeño y dedicó bastante tiempo para contribuir a la concreción de tan magna obra, que, según decían sus amigos, había sido una idea suya. Medrano se había marchado de Quibdó cinco meses atrás, en cumplimiento de un nuevo encargo de su congregación religiosa y luego de una serie de nutridas y entusiastas despedidas, que incluyeron acompañarlo en el tramo inicial de su viaje, hasta el kilómetro 17 de la vía de Quibdó hacia Antioquia.

En efecto, el Padre Medrano –desde el púlpito del templo parroquial de Quibdó, actual Catedral, y mediante conversaciones directas con la gente- promovió desde el año 1910 la idea de crear un hospital bien organizado en la ciudad. De inmediato, la Intendencia acogió la idea y, conjuntamente con el misionero, conformó una junta para el efecto y dispuso un auxilio económico para empezar a materializarla. Ese dinero fue utilizado para comprar una casa, en la Alameda Reyes, que en ese momento se consideró adecuada para empezar la construcción. “Aquella casa pertenecía al señor Medina, jefe de ebanistas del taller de los señores Zúñiga & Ángel. Pero se observó bien pronto que no servía para el objeto” [3], por lo cual fue vendida.

Nicolás Medrano,
misionero claretiano,
fue uno de los más entusiastas
promotores de la construcción
del Hospital San Francisco
de Asís, de Quibdó
El segundo intento de construcción empezó, entonces, en un terreno donado por el comerciante sirio Félix Meluk, que formaba parte de una extensa propiedad suya conocida como El Paraíso [4], ubicada en el llamado Barrio Norte, un sector hacia donde ya todas las miradas enfocaban el futuro desarrollo urbano de Quibdó. En ese sitio, tal como lo registró el periódico ABC, “la junta del hospital, de la cual era alma el Padre Medrano, comenzó a levantar, desgraciadamente sin método y sin dirección técnica, el nuevo edificio. Sobre los postes de madera, se colocó una techumbre de tejas de cemento, y –claro está– no soportaron el enorme peso, y el edificio en construcción se vino a tierra” [5]. Obstinación, pertinacia o terquedad, Medrano y su séquito no se dieron por vencidos y esta vez ensayaron con un techo de hierro para la edificación amplia y de dos pisos que, en su mente -tan entusiasta como escasamente conocedora de las artes de la construcción- concebían. Como era de esperarse, los fondos se agotaron sin que el hospital fuera una realidad.

Ya había transcurrido más de una década desde que la idea del hospital fuera concebida y puesta en marcha y todavía no pasaba de serlo, cuando el recién posesionado Intendente Nacional del Chocó, Miguel Vargas Vásquez, gestionó un nuevo auxilio económico para intentar -por tercera vez- la anhelada construcción. Así, en octubre de 1924, coincidiendo con las festividades por la repatriación de los restos de César Conto Ferrer [6], “se colocó la primera piedra de un nuevo edificio, de cemento, por los lados de la Avenida Istmina, detrás del monumento a Tomás Pérez. Vargas Vásquez dejó señalada la partida para acometer la obra” [7].

Antes de que fuera nuevamente acometida la construcción en el nuevo sitio elegido, personal de la oficina pública de Higiene, otros funcionarios de la Intendencia y un grupo de ciudadanos notables de la ciudad, introdujeron una discusión acerca del lugar donde debía construirse el hospital y propusieron que se hiciera en las afueras de la ciudad, en un sitio donde circulara aire fresco y puro, rodeado de vegetación, lejos de las residencias de las familias quibdoseñas; es decir, “en una de las colinas que rodean a la ciudad”. Vicente Martínez Ferrer, quien reemplazó de modo interino al Intendente Vargas Vásquez, “miró con simpatía la idea, y se puso a su servicio. Con él se escogió el terreno, que es el mismo donde actualmente se levanta el Hospital. Hubo polémica ardorosa. Los Reverendos Padres Misioneros, en una hoja que publicaban por entonces, y en periódicos políticos que en sus talleres se editaban, calificaron de defectuoso el sitio escogido. La ciencia dictaminó entonces que era precisamente lo contrario: había aires puros, y los desagües salían hacia el norte de la ciudad” [8]. Aún con la vehemencia de la oposición liderada por el Padre Medrano, acostumbrado como estaba a intervenir en todo tipo de asuntos de la ciudad y a imponer su criterio siempre que lo dejaran; la Intendencia tomó la que consideró la mejor decisión.

Así las cosas, luego de tres intentos fallidos, la Intendencia ordenó que el nuevo hospital fuera construido en concreto, un material de reciente aparición en la ciudad y que ya había empezado a ser usado en las demás obras intendenciales. Mediante el Decreto Nº 203 del 7 de mayo de 1925, que Jorge Valencia Lozano firmaba en calidad de Secretario de Gobierno, “se decidió localizar el nuevo hospital en las afueras de la ciudad, ‘hacia el noroeste, en un sitio pintoresco, sobre una de las pintorescas colinas que enmarcan el área urbana, donde hay árboles y hay agua y se respira salud’” [9].

Insistentes, los opositores a dicha decisión alegaron también que lo inaccesible del sitio escogido y los costosos banqueos de tierras que se requerirían para adecuar los terrenos y para construir la vía de acceso elevaban excesivamente e inconvenientemente los costos de la obra. “A pesar de las críticas, la decisión sobre el sitio escogido se mantuvo”; y, el 9 de agosto de 1926, se colocó la primera piedra en el lugar “donde se iría a levantar ahora sí definitivamente el Hospital de San Francisco de Asís…acto en el cual el poeta antioqueño residenciado en Quibdó, Carlos Mazo, pronunció una oración a la caridad” [10] .

Empezaron entonces los trabajos de construcción. Pero, como lo explica detalladamente Luis Fernando González [11], no habían transcurrido tres meses cuando el Consejo Administrativo de la Intendencia, en octubre de 1926, ordenó suspenderlos por incumplimiento de requisitos, pues los planos y presupuestos definitivos no contaban con su aprobación. En estas circunstancias, y para subsanar lo faltante, la misma Intendencia contrató al ingeniero alemán E. Altman para que hiciera los diseños definitivos del hospital, cuyos planos fueron entregados en marzo de 1927, a un costo de $300, incluidos en el total de $12.000 destinados para las obras. Altman formaba parte de una empresa de ingenieros que, en esos días, visitaba Quibdó como parte de un contrato nacional de diseño de algunas vías interdepartamentales que debían comunicar al Chocó con el Valle y otros departamentos.

Un decreto intendencial del 21 de marzo de 1927 ordenó reanudar las labores de construcción del hospital, bajo la supervisión de la Dirección de Obras Públicas de la Intendencia, a cargo de Leonidas Chaux Ferrer, y con sujeción a los planos elaborados por Altman. Dos años después, el 30 de julio de 1929, el hospital fue inaugurado por Jorge Valencia Lozano, quien -luego de un lapso de interinidad- había sido nombrado Intendente en propiedad. El acto incluyó un elocuente y florido discurso del Padre Nicolás Medrano.

Jorge Valencia Lozano,
uno de los gobernantes
históricos del Chocó.
El Intendente Valencia Lozano no solamente había garantizado el flujo de recursos necesarios para finalizar la construcción del hospital. También se había ocupado de garantizar la apertura de la vía de acceso al sitio, la construcción de la calzada y demás obras complementarias. Y el Hospital quedó terminado entonces: su dotación de instrumental de cirugía, de equipo sanitario, de todo cuanto era indispensable, hasta la batería de cocina, todo de primera clase, la hizo ese gobierno, y allí quedó en espera del momento oportuno para la apertura de sus servicios” [12]. Pero, dicho momento aún debería esperar varios años, pues a pocas semanas de la inauguración del hospital empezaron a sentirse en la región los efectos de la denominada Gran Depresión o Crisis Económica de 1929, que se prolongaría casi hasta el final de la década de los años 1930 y que afectó profundamente a la economía nacional, ya que disminuyó el giro de recursos de inversión hacia las regiones; y a la economía regional, caracterizada por su casi total dependencia del sector primario, que padeció la caída en picada de la demanda internacional de materias primas.

Ello explica por qué los gobiernos que sucedieron al de Jorge Valencia Lozano poco o nada hicieron o pudieron hacer para poner en funcionamiento la magnífica y completa obra que era el Hospital; a tal punto de descuido que, como lo informó el periódico ABC en febrero de 1935, en su edición de la víspera de la inauguración definitiva, del hospital “desaparecieron camas, colchones, y otros elementos, que hace unas cuantas semanas, en avisos públicos, reclamaba la Alcaldía, pero que retienen aún en su poder elementos de significación de esta capital, sin que se les dé un ardite reintegrarlos” [13].

Adán Arriaga Andrade,
uno de los chocoanos
más destacados en el
ámbito político nacional
.
Adán Arriaga Andrade pondría fin a esta absurda penuria de la salud en Quibdó. Bajo su administración, la Intendencia restauró de modo admirable un edificio que ya estaba casi en ruinas, luego de más de cinco años de abandono. Y así, el 3 de febrero de 1935, bajo una brisa suave, aunque no abundante, ante una concurrencia copiosa y feliz de la población quibdoseña, se inauguró y dio al servicio definitivamente el hermoso y funcional edificio del Hospital San Francisco de Asís, que abrió sus puertas ese mismo día, “completamente nuevo, totalmente dotado de lo que había ido desapareciendo, y con su equipo de médicos y enfermeras sirviendo, y elementos de botica, y con garantía de vida con fondos intendenciales” [14]. “Para su dirección, la Intendencia, animada del propósito caritativo y altruista de favorecer a los chocoanos enfermos, contrató los servicios del eminentísimo y consagrado médico doctor Alfonso Borda Mendoza, quien se encuentra en la ciudad y al frente del hospital desde hace algunos meses, y los de cuatro hermanas de la caridad”, explicó el Secretario de Gobierno de la Intendencia, Gerardo García Gómez, en entrevista concedida al periódico ABC, una semana después.

Camilo Mayo Córdoba, dirigente cívico y político, uno de los primeros comerciantes negros exitosos y notables de la ciudad, padre del primer arquitecto negro graduado en Colombia (Camilo Mayo Caicedo, de la Universidad Nacional), resumió el valor de las gestiones gubernamentales de los intendentes Valencia Lozano y Arriaga Andrade en relación con el hospital, en un escrito que publicó en el periódico ABC, en abril de 1935, es decir, poco menos de tres meses después de la inauguración de dicha obra:

“Ningún Intendente del Chocó se había interesado tanto y sinceramente por la masa que este gobierno [el de Adán Arriaga Andrade], y vamos a demostrarlo con honradez como es nuestra norma. El otro Intendente progresista, el Dr. Jorge Valencia Lozano, a quien sería injusticia negar todos los esfuerzos que realizó durante su gobierno, en beneficio de los obreros mediante el desarrollo de grandes obras públicas, y becando a muchos desagradecidos de toda clase, tuvo el feliz pensamiento de la construcción y terminación del Hospital de San Francisco de esta ciudad, lo que logró terminar y arreglar con todos los enseres necesarios, luego se quedó ahí cerrado esperando un Intendente de buena voluntad sincera que lo diera al servicio. Hoy en día gracias a este caballero [Adán Arriaga Andrade], que es orgullo del Chocó, ya tenemos este Hospital prestando un gran servicio, no a la clase alta sino a los más humildes de esta democracia, porque somos los más pobres y los que más necesitamos de tratamientos, ya que por falta de recursos se le moría a uno su doliente antes del tiempo y a nuestro juicio este solo acto vale la pena de agradecer”[15].

Adán Arriaga Andrade completó pues la gesta de Jorge Valencia Lozano y de sus predecesores en el campo de la salud pública de la ciudad. El Doctor Borda Mendoza y su equipo médico y de enfermería tendrían su primera prueba de fuego transcurridos escasos tres meses de la apertura del hospital, cuando una epidemia de gripa o influenza amenazó con hacer estragos en Quibdó y el número de enfermos creció tanto que rebasó el centenar que el hospital estaba en capacidad de atender normalmente. No obstante, gracias al trabajo conjunto del personal de la Dirección Intendencial de Higiene y del Hospital San Francisco de Asís, esta crisis sanitaria pudo ser airosamente conjurada.

Escalera de acceso al antiguo Hospital San Francisco de Asís, de Quibdó, hoy Colegio Santacoloma.
Imagen tomada de: 




[1] Periódico ABC. El Hospital. Edición 2949, 2 de febrero de 1935. Reproducido en: http://www.choco7dias.com/1006/choco_ayer.html

[2] Ibidem, Periódico ABC.

[3] Ibidem, Periódico ABC.

[4] Actual Barrio Kennedy.

[5] Periódico ABC. El Hospital. Edición 2949, 2 de febrero de 1935. Reproducido en: http://www.choco7dias.com/1006/choco_ayer.html.

[7] Periódico ABC. El Hospital. Edición 2949, 2 de febrero de 1935. Reproducido en: http://www.choco7dias.com/1006/choco_ayer.html
La ubicación a la cual hace referencia el artículo del ABC corresponde hoy a un sector adyacente al Colegio Carrasquilla, en el Barrio El Silencio. La Avenida Istmina es la actual Carrera 9ª.

[8] Ibidem, Periódico ABC.

[9] González Escobar, Luis Fernando. Quibdó, contexto histórico, desarrollo urbano y patrimonio arquitectónico. Centro de publicaciones Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín, febrero 2003. 362 pp. Pág. 275.

[10] Ibidem, pág. 276.

[11] Ibidem.

[12] Periódico ABC. El Hospital. Edición 2949, 2 de febrero de 1935. Reproducido en: http://www.choco7dias.com/1006/choco_ayer.html

[13] Ibidem, Periódico ABC.

[14] Ibidem, Periódico ABC.

[15] Mayo C., Camilo. Vale más el bien general que el bien particular. Periódico ABC edición 2987, abril 23 de 1935. http://www.choco7dias.com/1078/choco_ayer.html