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08/03/2021

De excluidas a pioneras: Mujeres y educación en el Chocó

 De excluidas a pioneras
Mujeres y educación en el Chocó


En una entrevista de hace cinco años, cuando le pidieron aconsejar a las nuevas generaciones, Nazly Lozano Eljure respondió sin dudarlo: “a todas las mujeres afrodescendientes, mi consejo es que estudien; porque el estudio es lo que lo saca a uno adelante. Si uno sabe desempeñar el cargo, a uno no lo pueden discriminar. Entonces hay que estudiar y prepararse cada día más[1].

Chachi, como es popularmente conocida la doctora Lozano Eljure entre sus paisanos de Condoto, sus amistades y familiares, fue la primera mujer afrodescendiente y chocoana en ocupar un ministerio en el gobierno nacional de Colombia, el de Justicia, a principios de marzo de 1984. El Presidente de la República era Belisario Betancur, quien la nombró Ministra en uno de los momentos más aciagos de la historia delictiva del país, cuando los carteles del narcotráfico acababan de asesinar al ministro titular, Rodrigo Lara Bonilla, con quien ella trabajaba como viceministra. Gestionar la primera extradición de un narcotraficante en Colombia fue parte de su trabajo como titular del Ministerio.

Lozano Eljure, quien fue también Secretaria de Educación del Departamento del Chocó a mediados de la década de los años 1960, sabía de qué estaba hablando al recomendar la educación como el camino de las mujeres afrodescendientes para salir adelante. Fue justamente la educación, desde comienzos del siglo XX, la que contribuyó a que las mujeres chocoanas, que paradójicamente habían sido excluidas de este derecho o limitadas en su ejercicio por diversos factores, entraran a la escena social de la región como algo más que señoritas virtuosas, distinguidas y bellas, gentiles y encantadoras, aptas para contraer matrimonio; como algo más que esposas dignas, fieles e intachables, señoras de sus maridos, de quienes debían portar el apellido en signo de filiación o pertenencia; como algo más que madres admirables y dedicadas, amorosas y sacrificadas.

Aunque en su esencia mantiene la impronta formativa orientada a preparar a las mujeres para los que se consideraban sus deberes conyugales y maternales, a través de la educación religiosa y moral, y del aprendizaje de labores domésticas y de administración del hogar, incluyendo artes de culinaria y repostería, bordado, costura y jardinería, comportamiento en sociedad y buenas maneras; el Colegio de La Presentación, abierto en Quibdó luego de la llegada en 1912 de las monjas de la congregación del mismo nombre, marca una nueva etapa en la educación de las mujeres en el Chocó. El colegio es un nuevo escenario de interacción y de socialización para quienes, antes de este, solamente tenían oportunidad de cursar la educación primaria y después eran educadas exclusivamente por sus madres y por institutrices, en el caso de familias pudientes.

Con todo y eso, el Colegio de La Presentación da comienzo a la educación formal, sistemática, ligada a un pénsum y cumpliendo normativas públicas, es decir, inaugura el intento del Estado colombiano por garantizar a un sector de las mujeres del Chocó su derecho a la educación, aun con su inocultable y reprochable carácter excluyente marcado por los requisitos de ingreso; los cuales, como lo escribió el Maestro Miguel A. Caicedo Mena, “eran exactamente impedimento para las hijas del pueblo” y “de esa manera quedaron cerradas las puertas de secundaria para las negritas”[2]. Igual sucederá en Istmina, donde, hacia 1916, abrieron las monjas un colegio similar al de Quibdó, también por encargo gubernamental y con la misma prescripción de expedir un título de “Instrucción Suficiente” a quienes culminaran los estudios.

El antiguo Colegio de la Presentación, en Quibdó,
fue posteriormente la primera sede propia de la UTCH.
Foto: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó.

Con la tercera década del siglo XX, llegan hasta Quibdó los vientos renovadores del acceso del liberalismo al poder nacional y esta página de exclusión socioeconómica y racial empieza a ser corregida. El Intendente Nacional del Chocó, Adán Arriaga Andrade, nombra a Vicente Barrios Ferrer en el cargo de Director de Educación Pública, cuando está finalizando el periodo presidencial de Enrique Olaya Herrera y está a punto de comenzar el de Alfonso López Pumarejo. Se producirán entonces dos de los tres hitos históricos de mayor trascendencia en la historia del Chocó en cuanto se refiere al derecho a la educación del pueblo en general y de las mujeres en particular: la puesta en marcha de un programa intendencial de formación pedagógica de maestras y la creación de los primeros “colegios intendenciales para señoritas”, en Quibdó e Istmina, cuya dirección será encargada también a mujeres. El tercer hito es la apertura de la primera oportunidad real de acceso del pueblo chocoano y de sus mujeres a educación superior.

La dupla Arriaga Andrade–Barrios Ferrer, en una decisión literalmente revolucionaria y visionaria, que aún no ha sido plenamente reconocida por la institucionalidad ni por la sociedad chocoana de hoy, adscribió la Intendencia a los planes nacionales de formación de talento humano en materia pedagógica; haciendo posible un programa financiado con recursos públicos para que grupos de mujeres viajaran a las ciudades colombianas en donde la Revolución en marcha de López Pumarejo había emprendido la renovación del sistema educativo público, mediante la introducción de modernos principios pedagógicos europeos, con base en los cuales se crearon los institutos pedagógicos y las escuelas normales de varones y de señoritas.

Así las cosas, del Chocó viajaron a Bogotá, con los fines formativos mencionados: María Dualiby Maluf, Judith Ferrer, Carmen Isabel Andrade, Eyda Castro Aluma y Margarita Ferrer Cuesta; así como un grupo de hombres que, como ellas, serían después notables educadores: Nicolás Rojas Mena, Marcos Maturana Chaverra, Ramiro Álvarez Cuesta, Saulo Sánchez Córdoba, Vicente Ferrer Serna y Nicolás Castro Aluma. A Popayán viajaron Tulia Moya Guerrero, Edelmira Cañadas, Julia Sánchez, Clara Rosa Perea, Tita Quejada, Visitación Murillo, Teresa Campos, Digna Asprilla y Josefina Rodríguez.[3]

El 8 de marzo de 1934, cuando aún no estaba institucionalizado este día del calendario anual como el Día internacional de la Mujer, el Consejo Administrativo de la Intendencia Nacional del Chocó expidió el Acuerdo Nº 7 de 1934, “por el cual se crean sendos colegios para señoritas en las ciudades de Quibdó e Istmina”[4]. El Acuerdo establece, en su artículo 2º, que dichos establecimientos “funcionarán con el plan de gobierno para la enseñanza secundaria y normalista…”[5]. En su artículo 3º fija los sueldos de las directoras y subdirectoras. En su artículo 4º establece que el colegio de Quibdó empieza a funcionar el 1º de abril y el de Istmina el 1º de mayo… Firman el Intendente Nacional del Chocó, Adán Arriaga Andrade, Diego Torrijos como secretario, y el Director de Educación Pública, Vicente Barrios Ferrer. Clementina Rodríguez, en Quibdó, y Carmelita Arriaga, en Istmina, fueron nombradas como primeras directoras de los colegios acabados de crear.

Con el patrocinio de la formación pedagógica de maestras y la apertura de dos colegios para mujeres, podemos decir -usando un lugar común o echando mano del cajón de frases hechas- que la historia de la mujer en el Chocó se partió en dos. Como volverá a partirse cuando, 40 años después, decenas de mujeres -casi todas ellas maestras- contribuyan a institucionalizar en la región el acceso a la educación superior, por la creación de la Universidad Tecnológica del Chocó Diego Luis Córdoba, nombrada así en homenaje a uno de los principales impulsores de toda esta revolución.

A partir de entonces, desde mediados de la década de 1930, decenas de mujeres se dispersaron por la geografía regional, a medida que el gobierno fue abriendo escuelas rurales y urbanas en todo el territorio de la Intendencia y del Departamento, creado en 1947. De modo que las mujeres fueron pioneras de la democratización de la ciencia y el saber en la región. Las mujeres fueron precursoras de la implantación familiar y comunitaria del valor de la educación como medio de nivelación social y de acceso a los derechos. Las mujeres fueron las que primero llegaron a sitios que ni siquiera los mapas registraban, para llevar una voz de esperanza y de dignidad a quienes ni siquiera tenían conciencia de su valor como seres humanos. Y fueron mujeres, las mismas mujeres a las que durante tanto tiempo de la educación se excluyó, quienes se encargaron de regar la semilla de la educación a lo largo y ancho de un territorio sin más vías que sus ríos y quebradas, sus caminos de monte y sus trochas recién comenzadas. Y fueron mujeres quienes modelaron los perfiles básicos de una sociedad rural naciente al conocimiento de la naciente modernidad, naciente a la conciencia de pertenecer a un departamento y a una nación, naciente al entendimiento de principios constitucionales básicos de derechos y deberes.

Otro visionario reemplazaría a Vicente Barrios Ferrer en la Dirección de Educación Pública de la Intendencia Nacional del Chocó: Ramiro Álvarez Cuesta, quien consolidó el papel de la mujer chocoana en la educación mediante la creación del Instituto Pedagógico Femenino. Posteriormente, serían creados el Instituto Politécnico Femenino y el Instituto de Bachillerato Femenino, así como el Instituto de Comercio. Se buscaba por esta vía que las mujeres accedieran a la educación en diferentes campos y vocaciones: como maestras, como técnicas en artes y oficios, como bachilleres preparadas para continuar estudios superiores en profesiones liberales y como expertas en los nuevos campos de secretariado, contabilidad, taquigrafía, mecanografía y relaciones públicas, que las oficinas públicas y el desarrollo empresarial del país requerían en ese momento.

Con esta oferta, desde los planes educativos oficiales, se buscaba poner a Quibdó y al Chocó al día en materia de tendencias contemporáneas de educación de mujeres. La creación simultánea de Escuelas Normales de Varones y de Señoritas en todo el país concretó la perspectiva estatal, perspectiva que fue bien recibida por las familias chocoanas, las cuales asumieron que la pedagogía, la educación, el magisterio, eran realmente una oportunidad válida y apropiada de desarrollo personal de sus hijas en el campo profesional. El famoso Instituto Femenino Integrado, IFI, el de la jardinera azul y la blusa blanca como uniforme sencillo, distintivo y memorable, reuniría después todas las ofertas educativas en sus modalidades de bachillerato, entre finales de 1960 y principios de la década de 1970, en QuibdóSin embargo, gran cantidad de niñas y jóvenes, especialmente de los sectores populares de Quibdó y provenientes de áreas rurales de este y otros municipios, no lograban acceder al IFI. Ante lo cual, un grupo de profesionales y educadores chocoanos se asociaron para fundar el Colegio Manuel Cañizales, cuya creación oficial se produjo en el año 1964. En 1968, el colegio se convirtió en la Normal Femenina Manuel Cañizales y en 1975 pasó a ser un establecimiento anexo a la Universidad Tecnológica del Chocó, convirtiéndose en escenario educativo primordial para las prácticas pedagógicas de la Facultad de Educación de la UTCH. 

Foto: Julio César U. H. Agosto 2019
Tal como consta en la no muy cuidada placa conmemorativa que está ubicada en una pared de la portería del Cañizales, fueron 20 los integrantes del grupo de fundadores de esta institución de invaluable aporte a la democratización de la educación de la mujer en Quibdó y en el Chocó. 17 hombres y 3 mujeres integran el excelso grupo: José de Calasanz Mosquera, Pedro Abdo García, Heraclio Sánchez Moya, René Castillo Borja, Antonio Murillo Palacios, Osías Mosquera Arriaga, Alejandro Mosquera Moreno, Marino Bejarano, Paulina Cuesta de Valoyes, Miguel A. Caicedo Mena, Luisa Sánchez, Enriqueta Chalá de Perea, Atanacio Palacios Serna, Adán González Hinestroza, José H. Asprilla, Neftalí Mosquera M., Manuel Córdoba, Rafael Copete Torres, Álvaro Cuesta Lenis, Gonzalo González Hinestroza. La recordada Maestra María Ezequiela Urrutia de Castro estuvo al frente de la organización de la Escuela Anexa al Cañizales, cuando este se convirtió en Normal femenina.

El 6 de marzo de 1972, a las 7 de la noche, en el Colegio Carrasquilla de Quibdó, con la participación de los primeros 208 estudiantes y la presencia de las autoridades civiles, militares y eclesiásticas de la región, se celebró el acto oficial de inauguración de la Universidad Tecnológica del Chocó Diego Luis Córdoba; y al otro día, a las 6 de la tarde, comenzaron oficialmente las clases del primer periodo académico de la institución. Este es el tercer hito histórico de inserción de las mujeres chocoanas en el escenario educativo como mecanismo para ampliar su aparición como sujeto activo en los diversos ámbitos de la vida del Chocó.

Cuando surge la UTCH, aún era reducido el número de mujeres chocoanas que habían accedido a la educación superior y recibido títulos profesionales. Se destacaban, entre otras, Dorila Perea de Moore (primera mujer en ocupar la Gobernación del Chocó), Luz Colombia Zarkanchenko de González (primera mujer que fue titular de la Alcaldía de Quibdó y segunda en la Gobernación) y Nazly Lozano Eljure, primera mujer afrodescendiente y chocoana en ser nombrada en un viceministerio y en un ministerio. Mujeres como ellas tres nacen en el Chocó en un momento histórico de la Nación en el que mujeres de otras regiones han emprendido luchas reivindicativas de sus derechos y han logrado -en la década de los 30- que se expidan leyes orientadas a garantizar la igualdad jurídica de la mujer, su acceso a la universidad y su posibilidad de ocupar cargos públicos, y así sucesivamente hasta llegar a la aprobación del voto femenino, en agosto de 1954.

En Quibdó, el 16 de enero de 1972, se había abierto el primer proceso de inscripciones para estudiantes de la Universidad Tecnológica del Chocó, primera institución de educación superior que abría sus puertas en la región. Nuevamente, las mujeres fueron pioneras en el campo educativo regional, al inscribirse copiosamente para conformar la primera cohorte de los diferentes programas académicos de la UTCH, desafiando y enfrentando así la incredulidad y mala propaganda de quienes -de mala fe- desacreditaban el proceso de fundación de la UTCH y le auguraban con ardentía un estruendoso fracaso. Adicionalmente, estas mujeres, en más de un caso, debieron enfrentar a sus propios maridos y familiares, que les reclamaban porque supuestamente descuidarían sus hogares, sus matrimonios, sus hijos; al igual que lidiar con algunos de sus colegas en el ejercicio del magisterio, quienes las acusaban de descuidar sus labores docentes por atender sus labores discentes. Emilia Caicedo Osorio, primera estudiante matriculada en la UTCH, ha contado muy bien esta historia, así como también ha narrado el ejemplar trabajo de promoción que ella y sus colegas hicieron para que más y más mujeres ingresaran a la universidad, yendo de casa en casa, hablando con cada una de las potenciales candidatas, informándolas, motivándolas, convenciéndolas.

Una vez más el tesón y la determinación primaron sobre el afán de subordinación y exclusión. Mujeres chocoanas de todos los estratos y procedencias encontraron en la UTCH una oportunidad para seguirse cualificando profesionalmente y aportaron su presencia, su participación y su esfuerzo de estudiantes al nacimiento de la universidad y a su consolidación institucional. De hecho, casi la mitad del primer grupo total de estudiantes de la UTCH fueron mujeres, quienes se desempeñaban, en su mayoría, como maestras de primaria o secundaria, en escuelas y colegios de Quibdó, además de estar casadas, tener hijos y no ser ya unas jovencitas. Nada las detuvo y entraron revestidas de dignidad y pundonor, prevalidas de inteligencia y deseos de superación, por las puertas recién abiertas de la educación superior pública en el Chocó, y allí se graduaron, en su mayoría, en junio de 1976. El título de licenciatura en Educación, en los programas de Matemáticas y Física, Ciencias Sociales, Bioquímica, Psicopedagogía y Administración Educativa, e Idiomas, así como en Trabajo Social y en la Tecnología en Administración de Empresas, cuyos grados fueron otorgados en 1975, contribuirían a mejorar sus condiciones laborales, su desempeño profesional y su autovaloración personal.

Paradójicamente, en la historia del Chocó, las excluidas de la educación acabaron convirtiéndose en pioneras de la misma. Gracias a ellas, en menos de un siglo, el acceso de las mujeres a la educación progresivamente dejó de ser una rareza, un hecho aislado o un privilegio extraordinario en la región.

 


[2] Caicedo M., Miguel A. Sólidos pilares de la educación chocoana. Mayo de 1992, Editorial Lealon. 75 pp. Pág. 14.

[3] Las listas son tomadas de: Caicedo M., Miguel A., Sólidos pilares de la educación chocoana. Op. cit. Pág. 32-33.

[4] Ibidem, pág. 34

[5] Ibidem, pág. 34

13/04/2020


“Un hospital de primera clase,
digno de cualquier ciudad de Colombia”
Hospital San Francisco de Asís recién inaugurado (1935).
Nicolás Medrano, Misionero Claretiano, 
y los intendentes nacionales del Chocó 

Jorge Valencia Lozano y Adán Arriaga Andrade fueron artífices de la obra.
Fotos: cortesía Gonzalo Díaz, 
Archivo fotográfico y fílmico del Chocó.

Collage: El Guarengue.

Un cuarto de siglo, tres intentos previos, dos primeras piedras y unos cuantos intendentes nacionales del Chocó se necesitaron para que el Hospital San Francisco de Asís, de Quibdó, en donde hoy funciona el Colegio Santacoloma, fuera definitivamente inaugurado y dado al servicio como “un hospital de primera clase, digno de cualquier ciudad de Colombia” [1], el domingo 3 de febrero de 1935, en una ceremonia cuyo acto central fue “una misa campal, con asistencia de las autoridades civiles y eclesiásticas y elementos de todas las capas sociales” [2].

En dicho acto, se extrañó la presencia del Padre Nicolás Medrano, un Misionero Claretiano que durante muchos años fue Párroco de Quibdó, posición desde la cual puso gran empeño y dedicó bastante tiempo para contribuir a la concreción de tan magna obra, que, según decían sus amigos, había sido una idea suya. Medrano se había marchado de Quibdó cinco meses atrás, en cumplimiento de un nuevo encargo de su congregación religiosa y luego de una serie de nutridas y entusiastas despedidas, que incluyeron acompañarlo en el tramo inicial de su viaje, hasta el kilómetro 17 de la vía de Quibdó hacia Antioquia.

En efecto, el Padre Medrano –desde el púlpito del templo parroquial de Quibdó, actual Catedral, y mediante conversaciones directas con la gente- promovió desde el año 1910 la idea de crear un hospital bien organizado en la ciudad. De inmediato, la Intendencia acogió la idea y, conjuntamente con el misionero, conformó una junta para el efecto y dispuso un auxilio económico para empezar a materializarla. Ese dinero fue utilizado para comprar una casa, en la Alameda Reyes, que en ese momento se consideró adecuada para empezar la construcción. “Aquella casa pertenecía al señor Medina, jefe de ebanistas del taller de los señores Zúñiga & Ángel. Pero se observó bien pronto que no servía para el objeto” [3], por lo cual fue vendida.

Nicolás Medrano,
misionero claretiano,
fue uno de los más entusiastas
promotores de la construcción
del Hospital San Francisco
de Asís, de Quibdó
El segundo intento de construcción empezó, entonces, en un terreno donado por el comerciante sirio Félix Meluk, que formaba parte de una extensa propiedad suya conocida como El Paraíso [4], ubicada en el llamado Barrio Norte, un sector hacia donde ya todas las miradas enfocaban el futuro desarrollo urbano de Quibdó. En ese sitio, tal como lo registró el periódico ABC, “la junta del hospital, de la cual era alma el Padre Medrano, comenzó a levantar, desgraciadamente sin método y sin dirección técnica, el nuevo edificio. Sobre los postes de madera, se colocó una techumbre de tejas de cemento, y –claro está– no soportaron el enorme peso, y el edificio en construcción se vino a tierra” [5]. Obstinación, pertinacia o terquedad, Medrano y su séquito no se dieron por vencidos y esta vez ensayaron con un techo de hierro para la edificación amplia y de dos pisos que, en su mente -tan entusiasta como escasamente conocedora de las artes de la construcción- concebían. Como era de esperarse, los fondos se agotaron sin que el hospital fuera una realidad.

Ya había transcurrido más de una década desde que la idea del hospital fuera concebida y puesta en marcha y todavía no pasaba de serlo, cuando el recién posesionado Intendente Nacional del Chocó, Miguel Vargas Vásquez, gestionó un nuevo auxilio económico para intentar -por tercera vez- la anhelada construcción. Así, en octubre de 1924, coincidiendo con las festividades por la repatriación de los restos de César Conto Ferrer [6], “se colocó la primera piedra de un nuevo edificio, de cemento, por los lados de la Avenida Istmina, detrás del monumento a Tomás Pérez. Vargas Vásquez dejó señalada la partida para acometer la obra” [7].

Antes de que fuera nuevamente acometida la construcción en el nuevo sitio elegido, personal de la oficina pública de Higiene, otros funcionarios de la Intendencia y un grupo de ciudadanos notables de la ciudad, introdujeron una discusión acerca del lugar donde debía construirse el hospital y propusieron que se hiciera en las afueras de la ciudad, en un sitio donde circulara aire fresco y puro, rodeado de vegetación, lejos de las residencias de las familias quibdoseñas; es decir, “en una de las colinas que rodean a la ciudad”. Vicente Martínez Ferrer, quien reemplazó de modo interino al Intendente Vargas Vásquez, “miró con simpatía la idea, y se puso a su servicio. Con él se escogió el terreno, que es el mismo donde actualmente se levanta el Hospital. Hubo polémica ardorosa. Los Reverendos Padres Misioneros, en una hoja que publicaban por entonces, y en periódicos políticos que en sus talleres se editaban, calificaron de defectuoso el sitio escogido. La ciencia dictaminó entonces que era precisamente lo contrario: había aires puros, y los desagües salían hacia el norte de la ciudad” [8]. Aún con la vehemencia de la oposición liderada por el Padre Medrano, acostumbrado como estaba a intervenir en todo tipo de asuntos de la ciudad y a imponer su criterio siempre que lo dejaran; la Intendencia tomó la que consideró la mejor decisión.

Así las cosas, luego de tres intentos fallidos, la Intendencia ordenó que el nuevo hospital fuera construido en concreto, un material de reciente aparición en la ciudad y que ya había empezado a ser usado en las demás obras intendenciales. Mediante el Decreto Nº 203 del 7 de mayo de 1925, que Jorge Valencia Lozano firmaba en calidad de Secretario de Gobierno, “se decidió localizar el nuevo hospital en las afueras de la ciudad, ‘hacia el noroeste, en un sitio pintoresco, sobre una de las pintorescas colinas que enmarcan el área urbana, donde hay árboles y hay agua y se respira salud’” [9].

Insistentes, los opositores a dicha decisión alegaron también que lo inaccesible del sitio escogido y los costosos banqueos de tierras que se requerirían para adecuar los terrenos y para construir la vía de acceso elevaban excesivamente e inconvenientemente los costos de la obra. “A pesar de las críticas, la decisión sobre el sitio escogido se mantuvo”; y, el 9 de agosto de 1926, se colocó la primera piedra en el lugar “donde se iría a levantar ahora sí definitivamente el Hospital de San Francisco de Asís…acto en el cual el poeta antioqueño residenciado en Quibdó, Carlos Mazo, pronunció una oración a la caridad” [10] .

Empezaron entonces los trabajos de construcción. Pero, como lo explica detalladamente Luis Fernando González [11], no habían transcurrido tres meses cuando el Consejo Administrativo de la Intendencia, en octubre de 1926, ordenó suspenderlos por incumplimiento de requisitos, pues los planos y presupuestos definitivos no contaban con su aprobación. En estas circunstancias, y para subsanar lo faltante, la misma Intendencia contrató al ingeniero alemán E. Altman para que hiciera los diseños definitivos del hospital, cuyos planos fueron entregados en marzo de 1927, a un costo de $300, incluidos en el total de $12.000 destinados para las obras. Altman formaba parte de una empresa de ingenieros que, en esos días, visitaba Quibdó como parte de un contrato nacional de diseño de algunas vías interdepartamentales que debían comunicar al Chocó con el Valle y otros departamentos.

Un decreto intendencial del 21 de marzo de 1927 ordenó reanudar las labores de construcción del hospital, bajo la supervisión de la Dirección de Obras Públicas de la Intendencia, a cargo de Leonidas Chaux Ferrer, y con sujeción a los planos elaborados por Altman. Dos años después, el 30 de julio de 1929, el hospital fue inaugurado por Jorge Valencia Lozano, quien -luego de un lapso de interinidad- había sido nombrado Intendente en propiedad. El acto incluyó un elocuente y florido discurso del Padre Nicolás Medrano.

Jorge Valencia Lozano,
uno de los gobernantes
históricos del Chocó.
El Intendente Valencia Lozano no solamente había garantizado el flujo de recursos necesarios para finalizar la construcción del hospital. También se había ocupado de garantizar la apertura de la vía de acceso al sitio, la construcción de la calzada y demás obras complementarias. Y el Hospital quedó terminado entonces: su dotación de instrumental de cirugía, de equipo sanitario, de todo cuanto era indispensable, hasta la batería de cocina, todo de primera clase, la hizo ese gobierno, y allí quedó en espera del momento oportuno para la apertura de sus servicios” [12]. Pero, dicho momento aún debería esperar varios años, pues a pocas semanas de la inauguración del hospital empezaron a sentirse en la región los efectos de la denominada Gran Depresión o Crisis Económica de 1929, que se prolongaría casi hasta el final de la década de los años 1930 y que afectó profundamente a la economía nacional, ya que disminuyó el giro de recursos de inversión hacia las regiones; y a la economía regional, caracterizada por su casi total dependencia del sector primario, que padeció la caída en picada de la demanda internacional de materias primas.

Ello explica por qué los gobiernos que sucedieron al de Jorge Valencia Lozano poco o nada hicieron o pudieron hacer para poner en funcionamiento la magnífica y completa obra que era el Hospital; a tal punto de descuido que, como lo informó el periódico ABC en febrero de 1935, en su edición de la víspera de la inauguración definitiva, del hospital “desaparecieron camas, colchones, y otros elementos, que hace unas cuantas semanas, en avisos públicos, reclamaba la Alcaldía, pero que retienen aún en su poder elementos de significación de esta capital, sin que se les dé un ardite reintegrarlos” [13].

Adán Arriaga Andrade,
uno de los chocoanos
más destacados en el
ámbito político nacional
.
Adán Arriaga Andrade pondría fin a esta absurda penuria de la salud en Quibdó. Bajo su administración, la Intendencia restauró de modo admirable un edificio que ya estaba casi en ruinas, luego de más de cinco años de abandono. Y así, el 3 de febrero de 1935, bajo una brisa suave, aunque no abundante, ante una concurrencia copiosa y feliz de la población quibdoseña, se inauguró y dio al servicio definitivamente el hermoso y funcional edificio del Hospital San Francisco de Asís, que abrió sus puertas ese mismo día, “completamente nuevo, totalmente dotado de lo que había ido desapareciendo, y con su equipo de médicos y enfermeras sirviendo, y elementos de botica, y con garantía de vida con fondos intendenciales” [14]. “Para su dirección, la Intendencia, animada del propósito caritativo y altruista de favorecer a los chocoanos enfermos, contrató los servicios del eminentísimo y consagrado médico doctor Alfonso Borda Mendoza, quien se encuentra en la ciudad y al frente del hospital desde hace algunos meses, y los de cuatro hermanas de la caridad”, explicó el Secretario de Gobierno de la Intendencia, Gerardo García Gómez, en entrevista concedida al periódico ABC, una semana después.

Camilo Mayo Córdoba, dirigente cívico y político, uno de los primeros comerciantes negros exitosos y notables de la ciudad, padre del primer arquitecto negro graduado en Colombia (Camilo Mayo Caicedo, de la Universidad Nacional), resumió el valor de las gestiones gubernamentales de los intendentes Valencia Lozano y Arriaga Andrade en relación con el hospital, en un escrito que publicó en el periódico ABC, en abril de 1935, es decir, poco menos de tres meses después de la inauguración de dicha obra:

“Ningún Intendente del Chocó se había interesado tanto y sinceramente por la masa que este gobierno [el de Adán Arriaga Andrade], y vamos a demostrarlo con honradez como es nuestra norma. El otro Intendente progresista, el Dr. Jorge Valencia Lozano, a quien sería injusticia negar todos los esfuerzos que realizó durante su gobierno, en beneficio de los obreros mediante el desarrollo de grandes obras públicas, y becando a muchos desagradecidos de toda clase, tuvo el feliz pensamiento de la construcción y terminación del Hospital de San Francisco de esta ciudad, lo que logró terminar y arreglar con todos los enseres necesarios, luego se quedó ahí cerrado esperando un Intendente de buena voluntad sincera que lo diera al servicio. Hoy en día gracias a este caballero [Adán Arriaga Andrade], que es orgullo del Chocó, ya tenemos este Hospital prestando un gran servicio, no a la clase alta sino a los más humildes de esta democracia, porque somos los más pobres y los que más necesitamos de tratamientos, ya que por falta de recursos se le moría a uno su doliente antes del tiempo y a nuestro juicio este solo acto vale la pena de agradecer”[15].

Adán Arriaga Andrade completó pues la gesta de Jorge Valencia Lozano y de sus predecesores en el campo de la salud pública de la ciudad. El Doctor Borda Mendoza y su equipo médico y de enfermería tendrían su primera prueba de fuego transcurridos escasos tres meses de la apertura del hospital, cuando una epidemia de gripa o influenza amenazó con hacer estragos en Quibdó y el número de enfermos creció tanto que rebasó el centenar que el hospital estaba en capacidad de atender normalmente. No obstante, gracias al trabajo conjunto del personal de la Dirección Intendencial de Higiene y del Hospital San Francisco de Asís, esta crisis sanitaria pudo ser airosamente conjurada.

Escalera de acceso al antiguo Hospital San Francisco de Asís, de Quibdó, hoy Colegio Santacoloma.
Imagen tomada de: 




[1] Periódico ABC. El Hospital. Edición 2949, 2 de febrero de 1935. Reproducido en: http://www.choco7dias.com/1006/choco_ayer.html

[2] Ibidem, Periódico ABC.

[3] Ibidem, Periódico ABC.

[4] Actual Barrio Kennedy.

[5] Periódico ABC. El Hospital. Edición 2949, 2 de febrero de 1935. Reproducido en: http://www.choco7dias.com/1006/choco_ayer.html.

[7] Periódico ABC. El Hospital. Edición 2949, 2 de febrero de 1935. Reproducido en: http://www.choco7dias.com/1006/choco_ayer.html
La ubicación a la cual hace referencia el artículo del ABC corresponde hoy a un sector adyacente al Colegio Carrasquilla, en el Barrio El Silencio. La Avenida Istmina es la actual Carrera 9ª.

[8] Ibidem, Periódico ABC.

[9] González Escobar, Luis Fernando. Quibdó, contexto histórico, desarrollo urbano y patrimonio arquitectónico. Centro de publicaciones Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín, febrero 2003. 362 pp. Pág. 275.

[10] Ibidem, pág. 276.

[11] Ibidem.

[12] Periódico ABC. El Hospital. Edición 2949, 2 de febrero de 1935. Reproducido en: http://www.choco7dias.com/1006/choco_ayer.html

[13] Ibidem, Periódico ABC.

[14] Ibidem, Periódico ABC.

[15] Mayo C., Camilo. Vale más el bien general que el bien particular. Periódico ABC edición 2987, abril 23 de 1935. http://www.choco7dias.com/1078/choco_ayer.html



15/04/2019


Por la trocha del olvido
Foto Esteban Vanegas, El Colombiano:
https://www.elcolombiano.com/multimedia/imagenes/asi-esta-la-carretera-a-quibdo-BE8565201

I
Inconclusión
El 21 de marzo de 1935, jueves, el Intendente Nacional del Chocó, Adán Arriaga Andrade, recibió el telegrama en donde le informaban que los trabajos de construcción de la carretera habían comenzado. 84 años después, esta sigue inconclusa, como los sueños de progreso y modernidad que hace más de un siglo inspiraron la idea de su apertura.

La carretera Quibdó-Bolívar es un símbolo palpable y todavía bastante intransitable de la dejadez y el descuido, la apatía y la desidia, la desatención y la negligencia de Colombia hacia el Chocó. Una exigencia reiterada en cada paro cívico por la salvación y la dignidad de la región. Una promesa recurrente y manida de cuanto candidato a todo lo habido y por haber existe y ha existido. Una trocha cuyo destino final, al parecer, no es otro que el olvido.

II
Fortunati
A mediados del mes de julio de 1934, el gobierno colombiano aún no había decidido cuál carretera sería construida para comunicar al Chocó con el resto del país. El Doctor Adán Arriaga Andrade, entonces Intendente Nacional, declaró a El Espectador: “hasta el momento, nada ha quedado decidido en firme, porque se resolvió esperar el dictamen del Consejo de Vías sobre cuál de las tres carreteras enunciadas en la Ley 19 de 1933 (Bolívar-Quibdó, Cartago-Nóvita y Apía-Istmina) es la más corta y económica desde el punto de vista técnico y la que mejor consulta los altos intereses nacionales[1].

Arriaga Andrade consideraba que la primera vía era la más aconsejable, entre otras cosas, porque con ella se pondría el oro del Chocó al alcance de los antioqueños: “En mi concepto no cabe duda de que la más aconsejable y urgente es la carretera Quibdó-Bolívar, aún en el caso de que cualquiera de las otras fuera un poco más corta y algo menos costosa. Por el aspecto político y administrativo, la vinculación más interesante es la de la capital de la región, que es Quibdó. Por el aspecto económico, esa carretera es la única inmediatamente reproductiva, y cuyo beneficio empezaría a sentirse desde el mismo día en que lleguen los primeros automóviles a las orillas del Atrato, tanto porque ella parte del centro de gravedad de la zona cafetera antioqueña, que así se vería liberada del absurdo y costoso rodeo que hoy se le obliga a dar a sus productos, como porque atraviesa la zona aurífera más rica de Colombia que se pondría al alcance del único pueblo verdaderamente minero, que es el antioqueño[2].

Cuatro meses después, también en el periódico ABC, el prestante y reconocido ingeniero antioqueño Gabriel Sanín Villa manifestaba su apoyo a la opinión del Intendente sobre la conveniencia de esta carretera, en comparación con las otras dos. Seguro de las ventajas comerciales, agrícolas, laborales, e incluso etnológicas, de la presencia de sus paisanos en el Chocó, que se ampliaría gracias a la carretera; Sanín Villa escribió: “cuando dicha carretera esté en servicio, la mayor parte del comercio de la intendencia se hará con Antioquia; personal antioqueño irá sin tardanza a trabajar los riquísimos veneros de su suelo, y habrá una inmediata inyección de sangre antioqueña, de trascendental conveniencia para la etnología de la región chocoana. Además, para la exportación del café de la región del suroeste de Antioquia esta vía es de una importancia definitiva[3].

Ese mismo día, también en el ABC, el Teatro Quibdó anunciaba el pronto debut de “Fortunati, el formidable mago de la ilusión[4].


III
Fausta noticia
En Colombia había empezado a desarrollarse la industria nacional, con capitales provenientes de la minería de oro y de la producción cafetera, renglón en el cual, en 1930, ya el país había alcanzado el segundo puesto en el mundo. Así que se encontraba en pleno apogeo la industria textil en la ciudad de Medellín, de donde llegó a Quibdó Bernardo Uribe Botero, en junio de 1934, como representante de Coltejer, Fabricato, Santafé y otras fábricas de hilados y tejidos.

Provisto de completos muestrarios de los productos, de gran simpatía y de un verbo amplio y convincente, Uribe Botero tenía un propósito claro: que los comerciantes de Quibdó y de otras poblaciones del Chocó se interesaran en la distribución de estos productos nacionales y reemplazaran con ellos los productos extranjeros que hasta entonces habían vendido, los cuales les llegaban del exterior por el río Atrato, desde Cartagena.

Estamos seguros de que, produciendo Antioquia artículos de primera calidad, a precios más bajos que los que se dan a la venta con procedencia del exterior, y sin ser de inferior calidad, el comercio de Quibdó, y del Chocó todo, dejará de ser tributario del mercado extranjero y aprovechará la presencia del señor Uribe Botero, y la del señor Alberto Jones, quien continuó su viaje hacia el San Juan, para intensificar sus relaciones con Antioquia, departamento al cual quedaremos definitivamente vinculados cuando esté terminada la carretera de Quibdó a Bolívar”, proclamaba la nota de la edición 2.847 del periódico ABC, publicada el sábado 30 de junio de 1934, en la cual se saludaba al agente viajero.

Efectivamente, no habían pasado tres meses de este suceso comercial, cuando el entonces Gobernador de Antioquia, Juan J. Ángel, primer liberal en ocupar ese cargo, le comunicó al Intendente Nacional del Chocó, Adán Arriaga Andrade, que la Junta del Ferrocarril de Antioquia había autorizado la noche anterior la celebración de un contrato con la Nación, para la construcción de la carretera Quibdó-Bolívar. Según instrucciones, para dicho contrato debía usarse la misma minuta utilizada en el documento similar suscrito el 19 de junio de ese año, entre el Departamento de Caldas y los ministros de Hacienda y de Obras Públicas, para la construcción de la carretera Apía-Istmina.

Podemos, pues, contar ya con la pronta realización de este anhelo que ambos hemos tenido, de unirnos con esa Intendencia”, anotaba el Gobernador Ángel en su comunicación, la cual finalizaba con la promesa, al Doctor Arriaga Andrade, de que lo tendría informado de cuanto se relacionara con la carretera. Con su cordial saludo y votos por el bienestar personal y por el éxito de las labores del Intendente Arriaga, el Gobernador Ángel se suscribía como “amigo afectísimo”, el 9 de octubre de 1934.[5]

Menos de seis meses después de aquella comunicación, el 21 de marzo de 1935, Adán Arriaga Andrade recibió un telegrama fechado en Bolívar (Antioquia), firmado por Ricardo de la Cuesta, Ingeniero Jefe de la Carretera, que a la letra decía: “Complázcome comunicarle acabamos iniciar trabajos carretera Bolívar - Quibdó. Esperamos activará campaña para llevar feliz término vinculación pueblo chocoano. Cordial saludo.

El mismo día, el Intendente respondió: Pueblo chocoano recibe alborozado fausta noticia. Continuaré poniendo todo mi empeño al servicio rápida realización obra redentora que, afortunadamente, hase encomendado ingenieros de su competencia y dinamismo. Retorno cordial saludo. Servidor. Así quedó guardado para la posteridad en la edición del periódico ABC del viernes 22 de marzo de 1935.

Foto Esteban Vanegas, El Colombiano:
https://www.elcolombiano.com/multimedia/imagenes/asi-esta-la-carretera-a-quibdo-BE8565201

IV
Varias chatarras destartaladas y un carromato descomunal
Hace 40 años, el tramo de la carretera entre El Carmen de Atrato y Quibdó era aún más peligroso que en la actualidad. Así mismo, era mil veces más difícil conseguir en qué hacer el viaje. El único servicio comercial diario que existía era Rápido Ochoa, que pasaba por el Corregimiento de El 7, como parte de la ruta Medellín-Quibdó, con sus buses destartalados, chatarra pura, a los que les sonaba hasta la pintura y parecía que se fueran a desbaratar en la secuencia de huecos que había en cada una de las múltiples y sinuosas curvas de la vía. Para coger estos buses, y viajar en ellos de pie, porque siempre venían repletos, era necesario recorrer, muchas veces a pie, los tres kilómetros que hay entre la cabecera municipal de El Carmen y El 7, pues entonces no había tampoco un servicio de transporte regular para este trayecto.

Adicionalmente, los lunes entre seis y seis y media de la mañana, de la plaza principal del pueblo salía hacia Quibdó un bus de escalera o Línea, conocido como La Carmeleña. Era la proveedora semanal de verduras, legumbres, frutas, algo de carne y lácteos, para el mercado quibdoseño de la Alameda Reyes. Cuando la trocha se taponaba por un derrumbe catastrófico, tan frecuentes como los aguaceros, La Carmeleña no podía llegar y entonces escaseaban los productos que ella transportaba.

En uno u otro vehículo, era eterno este viaje de apenas 90 kilómetros. Sin percances en la vía, las chatarras de Rápido Ochoa no se gastaban menos de seis horas y La Carmeleña no menos de ocho. Con percances en la vía, el trayecto se cubría hasta en 12 horas, que fácilmente se convertían en 24 cuando tocaba dormir en la vía, a la espera de que surtiera efecto el recado enviado -en un carro de buena voluntad- al punto que más cercano estuviera, Quibdó o El 7, para que mandaran el buldócer y la volqueta que removiera el derrumbe correspondiente; o para que trajeran el repuesto que le permitiera al chofer de turno hacerle al vehículo una tumaqueña suficiente para que llegara a su destino.

Foro RCN Radio.
https://www.rcnradio.com/colombia/antioquia/
una-tractomula-se-volco-la-via-medellin-quibdo-dias-apertura
 
En todos los viajes era inevitable pensar en la aterradora probabilidad de que esos armatostes -las chatarras destartaladas de Rápido Ochoa o el carromato descomunal que era la Línea de El Carmen- terminaran –con todo y uno- allá en el fondo de esos precipicios a través de los cuales el recién nacido Atrato discurría impetuoso y tronando con movimientos raudos entre rocas y peñascos del tamaño de una casa. A través del vidrio empantanado y sucio de la precaria ventana del bus -a la que casi nunca le funcionaba el mecanismo de apertura- o a través de los intersticios del gentío y de los bultos de carga de la Línea, al desvalido y aterrado pasajero le tocaba observar conturbado el nada alentador momento en el que una de las dos llantas traseras –y a veces las dos- parecía quedar volando en el aire durante unos segundos, en los pasos estrechos, que eran casi todos, o en las curvas cerradas, que eran casi todas; pues el frágil y casi siempre erosionado suelo no soportaba el peso del armatoste y la estrechez de la única calzada era tal que el vehículo no cabía completo. Pues no habían cambiado mucho las cosas desde los primeros años de su inauguración, cuando los carros tenían que reversar hasta cinco kilómetros para encontrar un cambiadero o paso amplio, a modo de berma, en donde poder darse vía o cambiar, como contaba Chepe Uribe, durante muchos años funcionario del Ministerio de Obras Públicas en el cargo de Inspector de Carreteras, y como lo confirmaban los heroicos camioneros de la época.

A lo largo de los tres cuartos de siglo que han transcurrido desde que se dio al servicio esta carretera, decenas de vehículos y cientos de personas han terminado su viaje antes de llegar a su destino. En incontables ocasiones, carros y gente han ido a parar en el fondo o a la orilla de los ríos La Playa, Hábita o Atrato, en uno cualquiera de aquellos puntos que quedaron llamándose con números indicativos de los campamentos instalados durante la épica construcción de la vía: El 7, El 8, El 9, El 12, El 15, El 18, El 90, El 20 o El 21. También en el río Tutunendo terminaron su viaje unos cuantos pasajeros, entre ellos funcionarios y trabajadores de mantenimiento de la propia vía, cuando al paso de una volqueta, en los años 70, el antiguo puente se cayó.

Hoy, como ayer, desde El Carmen de Atrato sigue siendo más fácil ir hasta Medellín que hasta Quibdó. Sin embargo, cuando un derrumbe tapona la carretera, ahora existe una ventaja y es que con los teléfonos móviles o celulares se puede pedir más pronto la ayuda necesaria. Eso sí, se necesita mucha y muy buena suerte para que en el punto del percance la señal sea suficiente para poder llamar, pues en la mayoría del trayecto la señal es inexistente. Como inexistente parece ser, si a esta carretera nos atuviéramos, el futuro del Chocó.




[1] ABC, Quibdó, edición 2855. 18 de julio de 1934.
[2] Ibidem.
[3] ABC, Quibdó, edición 2916. 26 de noviembre de 1934.
[4] Ibidem.
[5] ABC, Quibdó, edición 2897. 13 de octubre de 1934.