15/07/2024

 Marco Realpe Borja 
Hugo Salazar Valdés 
Rogerio Velásquez Murillo 
3 poemas, 3 poetas, 3 chocoanos –

*1-Marco Realpe Borja conArmando Orozco Tovar, poeta bogotano de ascendencia chocoana. Foto: Proclama del Cauca. 2-Hugo Salazar Valdés. 3-Rogerio Velásquez. (2 y 3: Archivo El Guarengue).
Como un “Homenaje al Primer Congreso de la Cultura Negra de las Américas”, realizado en Cali del 24 al 28 de agosto de 1977, la revista Letras Nacionales -una publicación que fue un hito literario, editorial y cultural en la historia de las letras de Colombia- dedicó su N° 35 a “El negro en la literatura colombiana”
.

“Fundada en 1965 por Manuel Zapata Olivella, la revista Letras Nacionales …se propuso darle voz a los escritores colombianos, al igual que reivindicar un lugar a los indígenas, mestizos y negros en el relato histórico nacional a través de expresiones culturales como la música, el arte, el folclore y el lenguaje. Después de 20 años de actividad incesante nos dejó un legado de 46 números publicados”[1].

Además de un relato de Arnoldo Palacios (Entre nos, hermano) y un extraordinario cuento de Carlos Arturo Truque Asprilla (Sonatina para dos tambores), en aquella histórica edición monográfica de Letras Nacionales, una revista que llegó a ser libro de cabecera de los profesores de literatura de los colegios de bachillerato del país, a quienes se les ofrecía un descuento del 50% en la suscripción; se publicaron tres poemas -de tres chocoanos- que ni entonces ni ahora son los más conocidos.

Los tres poemas de autores chocoanos fueron publicados al lado de poemas hoy clásicos de la literatura afrocolombiana, como los de Jorge Artel, Candelario Obeso, Helcías Martán Góngora, Juan Zapata Olivella, Javier Auqué Lara, Hernando Santos Rodríguez, Alfredo Vanín, José Luis Díaz Granados, y -algo innovador para la época, hace menos de 50 años- un poema de Edelma Zapata Pérez (hija de Manuel Zapata Olivella); y otro de la poeta chocoana Luz Colombia Zarkanchenko Mosquera de González, quien fuera Gobernadora del Chocó y Alcaldesa de Quibdó, y a quien cabe el honor de haber suprimido un adefesio racista que denominaban la fiesta del indio y se celebraba en la semana santa en Quibdó.

Aquí están -en El Guarengue- aquellos tres poemas, significativos e históricos; precedido cada uno de una síntesis de la importancia de su autor, para honra y prez de la literatura afrochocoana y de su lugar en la literatura colombiana y afrocolombiana. De Marco Realpe Borja, Orfeo negro. Salmo de los obreros, de Hugo Salazar Valdés, Y del gran Rogerio Velásquez Murillo, Palabras sobre el hijo.

I
Marco Realpe Borja (Quibdó, 1927 – Bogotá, 2014) es el menos conocido de estos tres chocoanos cuya poética voz quedó inscrita en la historia de la poesía de Colombia. “Nació en Quibdó el 28 de marzo de 1927. Pedagogo, escritor y poeta. Funcionario del Ministerio de Educación. Obras: Un canto civil a Whitman y otros poemas, Bogotá, 1959. La barca de Ulyses. Poesía. Bogotá, 1976”; nos informa la revista Letras Nacionales[2]. Y Armando Orozco Tovar, un poeta bogotano de ascendencia chocoana, con notoria admiración, profundo respeto y evidente afecto, nos cuenta que, según decía Realpe, en su juventud en el Chocó, “la única avanzada de la “civilización” eran las dragas de la compañía gringa “Chocó Pacifico”, la empresa yanqui extractora del oro y del platino en Andagoya”[3].

“Realpe recordaba a mi abuelo paisa, oriundo de Yarumal, Antioquia, quien llegó a ser en Istmina un próspero comerciante y luego funcionario encargado de pagar las nóminas de maestros. Me habló de mi padre, autor de poemas como: “Papitú”, “Gualí” y “Romance del negro minero”; que fue su profesor de educación física”; rememora Orozco y concluye: “Realpe fue maestro y un hombre sabio, parco y elegante” y dejó “una novela inédita, que nunca terminó”[4].

El Orfeo negro de Marco Realpe Borja es una expedición vital, casi una peregrinación, hacia el ser y la identidad. “Mi madre me parió a la orilla de un río… Aquí estoy… Soy un alba insaciable…”; pregona, clara, su voz poética, afrochocoana.

Orfeo negro
Marco Realpe Borja

Mi madre me parió a la orilla de un río
no tuve médicos ni enfermeras
Me envolvieron el ombligo
con el cuero de una culebra

Y aquí estoy:
Hombres blancos.

Nací junto al río
Y una cauda de caimanes
arrulló mis gemidos
No como vosotros que congeláis la luna
detrás de una ventana.

Porque la luna es el parto
en las oscuras mitades de la noche.
Porque la luna es el vientre
de una mujer en el río.

Me embrujaron los ojos de los venados en la sombra
y fui tras una jauría en el atardecer.
En las manos de un indio los monos aulladores
me despertaron entre los maizales

Mi sangre se balancea
en el pulso de las aguas,
y así nació mi instinto.

Porque soy lo indescifrable entre vosotros
he nutrido mi sangre en las húmedas plumas
de un pájaro multicolor
y traigo un loco almizcle
de la algarabía de los micos.

Pero oídme: ya no tiemblan mis lanzas
como antaño en las selvas del Congo,
ni desfallezco en los atardeceres
que hunden su cola
donde empieza lo verde.

Por mi nariz no cabe todo el viento
que necesito, ni el dilatado espacio.
Ya no danzo ni grito
y menos gesticulo,
porque llevo en mis manos
el certero arpón.

Soy un alba insaciable.
Ansia de un río y magia de mi canto:

Aquí estoy,
Hombres blancos.

(Tomado de su libro LA BARCA DE ULYSES. Bogotá, 1976. Pp. 13-14)


II
Hugo Salazar Valdés (Condoto, 28 de febrero de 1922 – Cali, 8 de febrero de 1977) es un poeta consumado, que destinó a la poesía una buena parte de su vida, hasta construir su propio y soberano mundo poético y hallar en él su propia y legítima voz, con sonoridades y acentos de su tierra patria afrochocoana, afrocolombiana, afroamericana; y con solidaridades y compromisos de clase como los de su estremecedor Salmo de los obreros. Todo lo cual forma un conjunto que lo sitúa como el poeta afrochocoano de mayor reconocimiento en la literatura colombiana y afrocolombiana, y “como un escritor de conocimiento obligatorio para construir el panorama de la poesía colombiana y latinoamericana”[5].

Salmo de los obreros
Hugo Salazar Valdés

Morid, obreros del planeta,
caed, esclavos del desastre,
servid de abonos a la tierra
que es el destino de la carne;
hundid los huesos hasta el polvo
y en el silencio de los árboles,
porque en el tiempo que vivimos
otro derecho es un ultraje.

Caed, caed, negras hormigas,
cebado pasto de animales,
foscos murciélagos del día,
coro de tisis galopante,
caed de fiebre y beriberi
en la inconciencia del magnate,
que habla de amor y democracia
y promete nuevas edades
en un futuro fementido
encarcelado por sus llaves.

Morid, lechuzas, perros, sapos,
fétida tribu denigrante;
morid de sed y de miseria
que vuestra vida hay que explotarse,
mientras otros, en los salones,
con aspavientos y donaires,
hacen rodar vuestras migajas
en su alegría desbordante,
porque vosotros, chusma oscura,
sois la canalla despreciable.

Morid, caed, escarabajos,
obreros no: ¡raza de mártires!
caed ahora que mañana
vuestros hijos serán iguales
a vuestros príncipes de hoy
en los estrados populares,
donde una fuerza incorruptible
hará las leyes inviolables.

Han de caer como los ídolos
porque son de barro deleznable
y porque el polvo de los muertos
que se pudrieron bajo el aire
cuajó una masa de centellas
y fieros rayos fulminantes
que viene ahondando en forma sísmica
como los monstruos seculares.

Caed ahora que mañana
seréis la cruz del estandarte
en que se apoya la alegría
de las anchas manos cordiales,
y al nuevo mundo que vendrá,
humanizado, de verdades,
de puro amor, de fe en el hombre,
y en el derrumbe de las cárceles,
cobren fulgor vuestras memorias
en el coro de himnos triunfales.[6]

III
Rogerio Velásquez Murillo (Sipí, 9 de agosto de 1908 – Quibdó, 7 de enero de 1965) es más conocido por su trabajo como etnólogo, como investigador de las sociedades y culturas del Pacífico colombiano, particularmente de las comunidades afrodescendientes de la región, y en especial las afrochocoanas. De ahí que la revista Letras Nacionales lo presente como “pedagogo, escritor, poeta, cuentista y, sobre todo, un penetrante investigador de la cultura negra en nuestro país”, que “tiene inédita una gran obra investigativa”[7]. Su prosa pulcra y sin rebusques, su vívida capacidad narrativa y la profundidad de sus contenidos, son marcas distintivas del trabajo de Don Rogerio; aunque los momentos poéticos notables que alcanza en su novela Las memorias del odio prefiguran al poeta, que es menos conocido que el narrador.

Publicado originalmente en una antología de poesía colombiana, en 1964, su poema Palabras sobre el hijo es un recorrido histórico y simbólico por la América diversa, plural, una tierra donde caben cien patrias, cuyos hijos portarán un día estandartes de justicia y libertad. Un periplo por la tristeza de Atahualpa y las cimas del Aconcagua, por el Grito de Ipiranga y las tierras del Baudó.

Palabras sobre el hijo
Rogerio Velásquez

Moreno como arcilla,
limpio como una espada,
cocido por un mundo
que tiene los ardores de una fragua,
libre como el espacio
que cobija tierra de cien patrias,
ha nacido tu hijo
pregón de nuestra raza.

En alto la cabeza
donde la luz del cristianismo canta.
Con un pueblo de herencias en la sangre
que vienen de mi África.
Los dedos retorcidos
como un bosque de anclas.
Con los brazos tendidos
para cruzar los ríos
que siempre van al mar y que se encaran
con el cristal de voces de las algas.
Tu hijo, nuestro hijo,
será un haz de laureles y de lanzas.

Yo lo llevé en las minas y en los mástiles
Bajo los socavones me iba quemando el alma.
En la fiebre del golfo
era procela nave que cruzaba
como joya y espíritu.
Allá en el Cabo Grande,
en Cuba y Panamá, como suspiro
subía a mis palabras.

Con señales mandingas
habló en Barquisimeto
cuando el hombre era flor que se moría
inmóvil, indeciso, con su rabia.
San Martín y Bolívar en tu hijo
encontraron la esencia de sus lágrimas.

Tu hijo es un anillo
de la tristeza de Atahualpa.
Del pensar y el sentir de los araucos
lebreles de candela de las pampas.
En la noche terrible fue alarido
bronco, raudo, feroz como una garra.
Tu hijo en San Mateo quemó el cielo.
Tu hijo que ha nacido
de tu dolor y mis entrañas,
tiró a los aires sus rugidos secos
en el dentado grito de Ipiranga.

Tierra de promisión será tu hijo
como el Baudó que le acompaña.
Equilibrado como las alturas
que se arrodillan en el Aconcagua.
Soñador, en su acción, cantará triste
a los dioses que fueron, en tu habla...
¡América, tu hijo
será una suma de estandartes libres
y la justicia de cien patrias!

(Tomado del libro 21 AÑOS DE POESÍA COLOMBIANA 1942-1963. Bogotá, 1964. Pág. 379-371)

Hugo Salazar Valdés publicó varias antologías poéticas. La poesía de Rogerio Velásquez es menos conocida que sus artículos antropológicos e históricos y su novela Las memorias del odio. La barca de Ulyses es el poemario emblemático de Marco Realpe Borja. FOTOS: Mercado Libre y archivo El Guarengue.
...Tres poemas, tres poetas, tres chocoanos, que podrían formar parte de una antología poética regional, si se atendiera la urgencia patrimonial de organizar y publicar una Biblioteca de la Chocoanidad; para que sus voces y otras tantas fueran leídas, oídas y sentidas por su gente en todo el Chocó y desde allí para Colombia y el mundo.

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[1] Garcés, José Luis. Revista Letras Nacionales. Universidad del Valle. Centro Virtual Isaacs. Portal cultural del Pacífico Colombiano. https://zapataolivella.univalle.edu.co/letras-nacionales/

[2] Letras Nacionales N° 35, agosto 1977. Pág. 116.

[3] Armando Orozco Tovar. El último poeta negro del Chocó. Proclama, 18 octubre, 2015. https://www.proclamadelcauca.com/el-ultimo-poeta-negro-del-choco/

[4] Ibidem.

[5] Martínez, Fabio. Hugo Salazar Valdés: una poética olvidada. Poligramas 35, primer semestre 2011, ISSN 0120-4130. Pp. 43-53. Pág. 43.

[6] A diferencia de los otros dos poemas de autores chocoanos, la revista Letras Nacionales no incluye la fuente de donde fue reproducido este poema de Hugo Salazar Valdés.

[7] Letras Nacionales N° 35, agosto 1977. Pág. 113.

08/07/2024

 Del pensamiento de Diego Luis Córdoba

Foto Obando, 1933.
Tomada de: Retorno al Olvido,
María Eugenia García Córdoba.

A 117 años de su nacimiento en Neguá y a 60 años de su muerte en México, Diego Luis Córdoba sigue siendo relevante en la historia de las ideas políticas y el ejercicio parlamentario en Colombia. Su pensamiento, avanzado para la época; y sus famosos discursos, coherentes y contundentes, siguen siendo estudiados en claustros universitarios, investigaciones y trabajos de grado: “Probablemente el personaje chocoano más importante del siglo XX sea Diego Luis Córdoba, el abogado neguaseño que impulsaría la transformación de la sociedad chocoana de principios de siglo “agobiada por fricciones interétnicas, negación de derechos culturales y discriminación sociorracial y educacional” (Friedemann, 1997), y que muchos años después de su muerte serviría como “inspirador del proceso de reivindicación socioeconómica y política de las comunidades negras” (Friedemann, 1997)”.[1]

Su esclarecida inteligencia y su sólida formación sociojurídica y humanística, unidas a su autorreconocimiento como negro, como chocoano y como defensor de los derechos de su gente y de sectores de clase o de especial vulnerabilidad en la Colombia de los años 1930 -cuando comienza su rutilante carrera política-, como los obreros, los campesinos y las mujeres; convirtieron a Diego Luis en una figura de gran reconocimiento en el panorama político y en las luchas sociales de su época.

“Amo al Chocó hasta lo indecible, con un amor más acendrado que el amor del hijo por el padre, lo amo con el amor de la madre por su hijo. Me doctoré en Derecho, para defender los de mi tierra; me licencié en Filosofía y Letras para pensar más hondo en sus problemas y cantar con regocijo sus virtudes”; declararía Diego Luis en su discurso durante la celebración de sus 30 años de trabajo parlamentario, organizada por la Dirección Nacional Liberal, a la cual pertenecía.[2]

Y en Cértegui (Chocó), la tierra del gran Arnoldo Palacios, ante la multitud campesina arrobada por su presencia de caudillo, había proclamado, en una de sus extensas giras políticas por las orillas y los montes del Chocó: “Compañeros trabajadores: el negro y el blanco son iguales. La tierra es del que la cultiva; desde ahora ninguno de vosotros pagará más derechos por trabajar la tierra legada por Dios a todos los hombres; hasta hoy los terratenientes en el Chocó. Tanto el negro como el blanco tienen derecho a educarse y obtener becas del gobierno. Vosotros, trabajadores, obreros y campesinos del universo, uníos para luchar contra las oligarquías, contra los patrones, contra las dictaduras”[3].

Jorge Artel, el grandioso poeta cartagenero, lo inmortalizaría con su sencillo, profundo y sentido “el pueblo te quiere a ti, Diego Luis, el pueblo te quiere a ti”[4]. Y los campesinos de las orillas del Chocó, en las salas de estar de cuyas casas hubo durante muchos años un retrato enmarcado de Diego Luis, entre trago y trago de biche o anisado, lo consagraron en su proverbial consigna: “¡Viva el gran partido liberal, viva el negro Diego Luis Córdoba, y al que no le guste que se muerda el codo y beba agua!”[5].

Soberanía regional y nacional

El intelectual y escritor chocoano Libardo Arriaga Copete, como lo registró el investigador Pietro Pisano, relata una anécdota según la cual el joven Diego Luis Córdoba, interrogado una vez sobre los confines del Chocó, contestaría que: “El Chocó limita por el norte con el Mar de las Antillas, por donde llegaban los bajeles cargados de negros esclavos con destino a las minas de oro; por el sur, con el Valle del Cauca, de donde eran los blancos despiadados que atormentaban a los negros esclavos en las minas; y, por el oriente, con Antioquia, donde los blancos llevaban el hierro en las manos, porque en el cuello lo llevaban los negros”[6]Esta última parte de la declaración de aquel joven Diego Luis es una clara alusión a la cuarta estrofa del Himno antioqueño, de Epifanio Mejía, que proclama a los cuatro vientos: “Yo que nací altivo y libre / sobre una sierra antioqueña / ¡Llevo el hierro entre las manos, / porque en el cuello me pesa!”.

Varias décadas después de aquella juvenil declaración, el ya no tan joven, pero tampoco viejo, Diego Luis, en el discurso que pronunció como agradecimiento al homenaje que le brindó la Dirección Nacional Liberal, el 5 de diciembre de 1963 (tenía 57 años), para celebrar sus 30 años como parlamentario; ratificó el sentido de su frase en relación con el vecindario del Chocó. “Me encumbré a los escaños del Congreso para hacer del Chocó un departamento, al igual de Antioquia, de Caldas y del Valle del Cauca. Pero, quiero denunciar a la Madre Colombia que estos hermanos son injustos. Del Chocó se aferran para limitarle el territorio y acrecentar el de ellos; en vez de invadir a su hermano con el pito de las fábricas, con el mugido de sus ganados y con el oro verde de la energía eléctrica…”, expresó Diego Luis con firmeza y precisión, con clarividencia.[7]

En el mismo sentido, pero esta vez en defensa de la soberanía nacional, mediante un histórico discurso, que Luis Eduardo Nieto Caballero reportó como el más extenso pronunciado en el Congreso de Colombia y “récord en la oratoria mundial”[8], Diego Luis rechazó de plano la aprobación parlamentaria del Tratado de Comercio de 1935 con Estados Unidos. “Con clarividencia de la cuestión nacional, Diego Luis Córdoba dejaba constancia en el Senado de que “el tratado es un obstáculo insalvable para el progreso industrial del país”[9]. Dicho tratado había sido suscrito por los delegados del gobierno nacional en septiembre de 1935; “en febrero del año siguiente fue aprobado por la Cámara de Representantes con sólo cinco votos en contra y en abril del mismo año el Senado le dio el visto bueno con un solo voto en contra, el históricamente valioso de Diego Luis Córdoba del Chocó”[10].

Las ideas socialistas

Diego Luis comenzó sus estudios universitarios de Derecho en la Universidad de Antioquia, en Medellín. De allí fue expulsado, en 1928, a causa de su liderazgo en una protesta estudiantil en exigencia del mejoramiento de la calidad académica. “Diego Luis Córdoba, Mario Aramburo, Julián Uribe Cadavid, Emilio Robledo Uribe, Francisco Barrera”, Gerardo Molina y otros, “buscamos el alero protector de la Universidad Nacional de Bogotá”[11], cuenta el Maestro Gerardo Molina, con quien Diego Luis cultivaría larga y fructífera amistad, y compartiría ideales y luchas en la capital del país, como ya lo había hecho en las aulas universitarias de Medellín. En la Universidad Nacional de Colombia, Diego Luis y el Maestro Molina se graduarían como abogados en 1932 y juntos emprenderían búsquedas políticas que fueron claves para la consolidación de ideas contemporáneas, progresistas y revolucionarias, en el panorama político nacional.

El Maestro Gerardo Molina recuerda que él y Diego Luis fueron partícipes activos en la campaña electoral de Olaya Herrera, que lo conduciría a la presidencia como el primer gobernante del periodo de la República Liberal. “Córdoba y yo, y otros muchos, participamos en la campaña, pronunciando discursos, y saboreamos los jugos de la victoria”[12]. Este hecho contribuyó al ingreso de ambos a la vida política activa, más allá de la militancia, en un momento en el que nacían en su ideario las tendencias socialistas: “Con esto se nos abrieron las avenidas de la vida pública. Provistos de un título universitario, nuestros nombres figuraron en las listas para ir al Congreso. Pero nuestro cerebro empezaba a albergar ideas que no eran aún el Socialismo, pero que apuntaban en esa dirección. ¿Por qué ocurrió eso? No era de la enseñanza recibida en las aulas, porque allí las doctrinas políticas no tenían sitio; no era tampoco consecuencia de nuestras lecturas al respecto, que aún eran precarias: era más bien el producto de nuestros orígenes sociales. Diego Luis venía del Chocó, donde reina un atraso horrendo, que se traducía en pavorosos niveles de vida para la mayoría de la población… Yo venía de las tierras antioqueñas, sensibilizado por la desprotección de los pequeños campesinos y de los mineros y por el poder inverosímil de los clérigos… El hecho fue que constituimos en la Cámara lo que se llamó “la pareja socialista”.[13]

Una explicación similar del origen de las ideas socialistas en el pensamiento de Diego Luis la proporcionó Arnoldo Palacios, en su clásico reportaje de 1945, publicado en el semanario Sábado. “Como socialista-marxista-revolucionario, ha sido compañero con Gerardo Molina. El socialismo de Diego Luis Córdoba no se formó en la lectura de Marx, porque esos libros le sirvieron para saber la denominación de las doctrinas que él sentía, para sistematizarlas y aprenderlas científicamente. Había observado grandes terratenientes explotadores del campesino cultivador de la tierra durante toda su existencia; había sentido la desigualdad económica, política, social; había comprendido el prejuicio contra su raza. Por eso, cuando leyó a Marx exclamó: “Yo he sido socialista”.[14]

FOTO: Archivo
fotográfico y fílmico
del Chocó.
Desde esa perspectiva, a su combativa labor parlamentaria, en la que desde un principio descolló por la inteligencia y agudeza de sus análisis y por la calidad y profundidad de su oratoria; Diego Luis le sumó una activa participación en el apoyo y la defensa de las luchas obreras nacionales.

Más de cuatrocientas huelgas se llevaron a cabo en Colombia, entre 1919 y 1945, según el diligente registro realizado por Mauricio Archila en su valiosa investigación sobre el movimiento obrero en ese periodo.[15] Cinco de ellas se desarrollaron en el Chocó. En julio de 1920 y en abril de 1935, fueron a huelga los trabajadores del Ingenio Sautatá, en el Bajo Atrato. En 1938, ciento diez braceros de Cértegui (septiembre) y los trabajadores del Municipio de Quibdó (noviembre) recurrieron también a la huelga. Y, en 1941, dos mil obreros de la empresa minera estadounidense Chocó Pacífico, se declararon en huelga durante casi dos meses, del 3 de julio al 26 de agosto, en Andagoya y otros sitios de operación de la compañía.[16]

Diego Luis Córdoba apoyó a los trabajadores petroleros de Barrancabermeja, en abril de 1938: “No quedándoles más alternativa, los petroleros se lanzaron a la huelga, recibiendo apoyo político de las fuerzas lopistas a lo largo del país. Cuando el dirigente socialista Diego Luis Córdoba pronunciaba un discurso de solidaridad con los huelguistas, las fuerzas del orden dispararon contra la multitud que lo escuchaba, con saldo de tres muertos y varios heridos”[17].

Igualmente, “cuando la huelga de las obreras de El Papagayo, ellas inmediatamente mandaron llamar a Diego Luis, quien enseguida abandonó el recinto del Congreso y fue a servirles. La policía se le atraviesa para no dejarlo hablar, pero se trepa a una tapia y comienza su arenga. La policía obstinada contra él pide a los bomberos; estos le apuntan un chorro de agua, como si fuesen a apagar un incendio; efectivamente, Córdoba estaba incendiando el ambiente con su verbo. Al fin no logró resistir la potencia de la manguera y cayó al suelo, destrozándose el brazo derecho”[18]. Se trataba de 40 trabajadoras de la Fábrica de Confites y Galletas El Papagayo, quienes se tomaron las instalaciones de la fábrica en Bogotá, entre el 5 y el 27 de diciembre de 1935.[19]

Conciencia étnica, conciencia de clase

Consciente y convencido de que “en el Chocó coincide la clase proletaria con el pueblo de raza negra, ultrajado como proletario y como negro”, rápidamente en su juventud y en los comienzos de su vida intelectual, Diego Luis se autorreconoció como negro y a su identidad racial le sumó sus ideas liberales y socialistas. Su amistad con Natanael Díaz contribuiría a que Diego Luis se vinculara al brillante y valeroso grupo de intelectuales negros del Pacífico y del Caribe que para ese momento formaban parte de lo que el investigador Francisco Javier Flórez Bolívar ha denominado inteligentemente “La vanguardia intelectual y política de la nación”, en su maravilloso trabajo de “Historia de una intelectualidad negra y mulata en Colombia, 1877-1947”.[20]

Diego Luis Córdoba y Natanael Díaz (3° y 4° de izquierda a derecha) con sus colegas congresistas. Bogotá, 1947. Fuente: Archivo familiar Eduardo Díaz Saldaña. Tomada de: Tesis de grado de Maestría, de Rosa María Chamorro Cuello. Pontificia Universidad Javeriana.

El 20 de junio de 1943, en Bogotá, un grupo de jóvenes universitarios protagonizó una protesta que daría origen a la primera organización afrodescendiente de Colombia. En la Biblioteca Nacional, “exigieron canciones de Marian Anderson y Paul Robeson… luego declamaron versos del poeta momposino Candelario Obeso y el poeta cartagenero Jorge Artel en varios bares del centro de la capital y finalizaron en la Plaza de Bolívar, plantándose frente a la estatua del Libertador para recriminarle no haber cumplido la promesa que le había hecho a Alexandre Pétion de abolir la esclavitud tan pronto como coronara la victoria en la lucha por la Independencia”.[21] Estos jóvenes eran Natanael Díaz, Manuel Zapata Olivella, Helcías Martán Góngora, Marino Viveros, Delia Zapata Olivella, Adolfo Mina Balanta y Víctor Viveros, y unos cuantos más; y tenían como objetivo decirle a la sociedad colombiana que aquí existían negros, cuyos aportes también habían contribuido a la construcción de la nación.

Estos jóvenes negros, que provenían del Caribe y del Pacífico de Colombia, una vez graduados en sus respectivas profesiones, irrumpirían luminosamente en la escena intelectual, política, social y artística de Colombia, y por primera vez en la historia del país reivindicarían públicamente su condición racial y étnica de negros como un factor histórico y cultural, como un símbolo de identidad.

Aquel día de junio, que aquellos jóvenes denominaron el Día Negro, se constituyó el Club Negro de Colombia, cuyo principal legado fue la creación del Centro de Estudios Afrocolombianos, en 1947. “La primera Junta Directiva del Centro de Estudios Afrocolombianos, CEA, estuvo integrada por Manuel Zapata Olivella, Marino Viveros, César Alonso y Carlos Calderón Mosquera, y un equipo asesor de lujo, integrado por Natanael Díaz, Diego Luis Córdoba, Baldomero Sanín Cano, Alberto Miramón, Gregorio Hernández de Alba, Dulcey Vergara, Guillermo Nanneti y el profesor Luis Duque Gómez, director del Instituto Etnológico Nacional”.[22] Arnoldo Palacios también se vincularía poco después al CEA, hasta su viaje a París, en 1949.

Diego Luis había llegado, pues, al lugar apropiado para darle continuidad al cultivo de su formación humanística, a la cualificación de su pensamiento y sus ideas, al pulimiento y consolidación de su compromiso. “Yo soy marxista y como tal, no puedo ser racista ni tener complejo racial alguno, ni de superioridad, ni de inferioridad. Para el marxista todas las razas son intrínsecamente iguales. Lo que acontece es que a algunas les falta oportunidad para que sus capacidades se manifiesten… La raza negra, por estar en posición de inferioridad económica, urge a sus integrantes la realización de algo por su levantamiento…Yo he sido afortunado respecto de lo aludido, porque el Chocó tiene el noventa por ciento de población negra, que vive en condiciones económicas primarias. Entonces para mí como socialista, el plato lo he encontrado servido, porque coincide con la lucha de clases propiciada por los marxistas, con la lucha de razas. En el Chocó la clase explotada es la negra y la explotadora es la blanca. Hay desde luego, excepciones, negros explotadores. Por eso, mis convicciones y mi campaña me han hecho chocar con algunos hermanos de raza. Como marxista me preocupo por la lucha de clases, pero en el Chocó al tiempo que lucho, como he dicho, por los ideales socialistas, lucho por mi raza. El día en que los negros tengan las posiciones económicas, intelectuales y sociales a que tienen derecho, ese día no tendrá razón mi lucha racial”; le explica Diego Luis a Natanael Díaz en una entrevista que este le hace y publica en el semanario Sábado bajo el título “Un negro visto por otro negro”, el 9 de agosto de 1947.[23] Años atrás, el 10 de enero de 1939, había declarado al periódico ABC, de Quibdó: “Mi lucha no ha consistido nunca en decretar la guerra del negro contra el blanco, sino en reclamar para el negro iguales oportunidades”.

Un final monumental

A 117 años de su nacimiento en Neguá y a 60 años de su muerte en México, ante la vista de la ciudadanía y de la institucionalidad pública, bajo el cielo atrateño de la orilla del río y del malecón, se deteriora desde hace ya varios años el monumento a la memoria de Diego Luis Córdoba, en el que se le declara padre del departamento del Chocó y faro de la raza; situado en la esquina suroccidental del céntrico Parque Centenario de Quibdó, contiguo al edificio del Banco de la República. Del mismo modo, es notoria la ruina de la totalidad de este histórico lugar que es el parque, donde también se encuentran el templete en homenaje a César Conto Ferrer, que en octubre de este año cumple cien años, y la columna conmemorativa del centenario de la independencia de Colombia, inaugurada hace más de un siglo.[24]

Cada tarde el otrora digno monumento, inaugurado poco después de su muerte, es convertido en parte del local y el mobiliario de un ventorrillo callejero que utiliza a su antojo el espacio público, ante la mirada de la ciudadanía y de la institucionalidad. Como si nadie supiera o a nadie le importara quién es Diego Luis, cuyas ideas conservan una vigencia extraordinaria, como suele ocurrir con el pensamiento de aquellos seres humanos cuya grandeza les reserva un puesto memorable dentro de la Historia.

Monumento a Diego Luis Córdoba. Quibdó, Parque Centenario, marzo 2024. Fotos; Julio César U. H.


[1] Hernández Maldonado, Juan Fernando (2010). Pontificia Universidad Javeriana. Facultad de Ciencias Sociales. Carrera de Historia. Trabajo de Grado presentado para optar al título de Historiador. 88 pp. Pág. 36.

[2] Diego Luis Córdoba. Discurso en el Homenaje a sus 30 años de parlamentario, ofrecido por la Dirección Nacional Liberal. Diciembre 5 de 1963. https://youtu.be/nbw9oGfUa7Q

[3] Palacios, Arnoldo. Diego Luis Córdoba. Publicado en: Sábado, 28 de julio de 1945. Incluido en: Cuando yo empezaba. Biblioteca Digital de Bogotá-Alcaldía Mayor. Edición digital: Bogotá, febrero de 2014. ISBN: 978-958-8877-13-6. 155 pp. Pág. 18-27.

[4] Diego Luis Córdoba en la voz de Jorge Artel. En: https://www.senalmemoria.co/articulos/diego-luis-cordoba-en-voz-de-jorge-artel Fecha de grabación: ca. 1994. Fecha de emisión: 1994. Lugar de grabación: Bogotá.

[5] Palacios, Arnoldo. Cuando yo empezaba. Biblioteca Digital de Bogotá-Alcaldía Mayor. Edición digital: Bogotá, febrero de 2014. ISBN: 978-958-8877-13-6. 155 pp. Pág. 20.

[6] Pisano, Pietro. Liderazgo político “negro” en Colombia 1943-1964. Universidad Nacional de Colombia, 2012. 260 pp. Pág. 155.

[7] Diego Luis Córdoba. Discurso en el Homenaje a sus 30 años de parlamentario, ofrecido por la Dirección Nacional Liberal. Diciembre 5 de 1963. https://youtu.be/nbw9oGfUa7Q

[8] Palacios, Arnoldo. Cuando yo empezaba. Biblioteca Digital de Bogotá-Alcaldía Mayor. Edición digital: Bogotá, febrero de 2014. ISBN: 978-958-8877-13-6. 155 pp. Pág. 24.

[9] Ocampo, José Fernando. El Tratado de Comercio de 1935 con Estados Unidos: Antecedente para no repetir. Deslinde. Edición 34, junio 15 de 2009. 11 pp. Página 6. https://deslinde.co/el-tratado-de-comercio-de-1935-antecedente-para-no-repetir/

[10] Ibidem.

[11] Rivas Lara, César E. Perfiles de Diego Luis Córdoba. 1ª edición, octubre 1986. Medellín, Editorial Lealon. 467 pp. Pág. 14.

[12] Ibidem.

[13] Ibidem. Pp. 14-15

[15] Ibidem. Pág.421-435

[16] Sobre la situación de los trabajadores en el Ingenio Sautatá, el cuento Monedas de aluminio, de Manuel Lozano Peña, brinda una excelente perspectiva: Lozano Peña, Manuel. Monedas de Aluminio y otras Narraciones. Primera edición: agosto de 1989. Editorial Lealon, Medellín. 102 pp. Pág. 25.

Sobre el sindicato de la Chocó Pacífico y las irregularidades de esta empresa minera norteamericana, se pueden leer en El Guarengue:

*Confluencias, 27 de enero de 2020. 

*2 renuncias memorables: Eladio Enrique Martínez Chaverra y Ramón Lozano Garcés, 4 de septiembre de 2023 https://miguarengue.blogspot.com/2023/09/2-renuncias-memorables-eladio-enrique.html 

*DYNA N° 9 - 1934. Un retrato del Chocó de entonces. 3ª Parte. https://miguarengue.blogspot.com/2023/04/dyna-n-9-1934-un-retrato-del-choco-de.html

[17] Archila Neira, Mauricio. Cultura e identidad obrera en Colombia: 1910-1945 / 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: CLACSO; Bogotá: CINEP, 2024. Libro digital, PDF - (Temas) Archivo Digital: descarga y online-ISBN 978-987-813-712-4. 516 pp. Pág. 298.

[18] Palacios, Arnoldo. “Diego Luis Córdoba”. Publicado en: Sábado, 28 de julio de 1945. Incluido en: Cuando yo empezaba. Biblioteca Digital de Bogotá-Alcaldía Mayor. Edición digital: Bogotá, febrero de 2014. ISBN: 978-958-8877-13-6. 155 pp. Pág. 22-23.

[19] Archila Neira, Mauricio. Obra citada. Pág. 430.

[20] Flórez Bolívar, Francisco Javier. La vanguardia intelectual y política de la nación. Historia de una intelectualidad negra y mulata en Colombia, 1877-1947. Primera edición: marzo de 2023. Editorial Planeta Colombiana S. A. 383 pp.

[21] Chamorro Cuello, Rosa María. Los Ochenta Años del Club Negro de Colombia. Cedetrabajo, 21 de junio de 2023. https://cedetrabajo.org/los-ochenta-anos-del-club-negro-de-colombia/

[22] Chamorro Cuello, Rosa María. El Club Negro de Colombia, de 1943, suceso intelectual y político. El cruce de los conceptos de raza y clase en las ideas de Manuel Zapata Olivella y Natanael Díaz. Tesis de grado para optar al título de Maestra en Estudios Afrocolombianos que otorga la Pontificia Universidad Javeriana de Colombia. Pontificia Universidad Javeriana. Facultad de Ciencias Sociales. Maestría en Estudios Afrocolombianos. Noviembre 2023. 141 pp. Pág. 24-25

[23] Citada en: Chamorro Cuello, Rosa María. El Club Negro de Colombia, de 1943, suceso intelectual y político. Obra citada. Pág. 86-87-

[24] Ver: El Parque Centenario o las ruinas de la Historia del Chocó. https://miguarengue.blogspot.com/2023/07/el-parque-centenario-o-las-ruinas-de-la.html

01/07/2024

 “Allí se podría producir 
el primer arroz del mundo”

*Quibdó, 1930. Panorámica de la ciudad desde el río Atrato.
FOTO: Misioneros Claretianos.
Archivo fotográfico y fílmico del Chocó.

A mediados de julio de 1934, el Agrónomo Nacional asignado a la Intendencia del Chocó recorrió palmo a palmo la Costa Pacífica y el Baudó. “Después de haber realizado un minucioso y prolongado examen de sus tierras y de sus necesidades, relacionadas con el ramo que ejerce”[1], el doctor José M. Torres Herrera culminó su itinerario en la población de Pie de Pató, donde habló con admiración de la fertilidad de las vegas y las tierras del río Baudó, y aseguró en reunión con los campesinos “que allí se podría producir el primer arroz del mundo”[2].

Dos semanas atrás, a tono con los francos propósitos de promover sistemáticamente la producción agrícola regional, presentes en la Intendencia Nacional del Chocó desde el primer momento de su creación; el insigne educador Lisandro Mosquera Lozano, quien ejercía como Director de la Sección de Agricultura y Estadística de esta entidad, había sido comisionado para asistir al Congreso Agrícola Nacional, en Bogotá, por invitación del Ministerio de Agricultura. Lo acompañaría el entonces joven universitario Ramón Lozano Garcés (iba a cumplir 22 años), quien había sido nombrado por la Sociedad de Agricultores como su delegado. “Ambas designaciones son un acierto, porque en el Congreso se van a tratar problemas nacionales de vital importancia y los designados tienen capacidades para ello”, consideró el diario ABC, de Quibdó, en su nota informativa al respecto, publicada el jueves 3 de julio de 1934.[3]

Parte importante del recorrido y de la visita del agrónomo Torres Herrera por los campos del litoral Pacífico chocoano y por las tierras del Baudó tenía que ver con el desarrollo de acciones de un programa nacional de fomento agrícola, que había comenzado en el último gobierno de la Hegemonía Conservadora, el de Miguel Abadía Méndez, cuyo Ministro de Agricultura y Comercio, José Antonio Montalvo, había promovido -a partir de 1928- la introducción oficial del cultivo masivo de arroz en la Costa Pacífica de Colombia.

Dicho programa tendría continuidad en los gobiernos del primer presidente de la República Liberal, Enrique Olaya Herrera (1930-1934), y sus sucesores: Alfonso López Pumarejo, quien visitó el Chocó tres meses después de su posesión, en noviembre de 1934, para inaugurar el Congreso Minero Nacional y para reunirse con los dirigentes políticos locales del Atrato y el San Juan, en Istmina y Quibdó; y Eduardo Santos Montejo, quien ordenó “traslados de partidas en las apropiaciones del Presupuesto interno del Ministerio de Guerra… [para] emprender una campaña de intensificación y fomento agrícolas, especialmente en lo relacionado con el cultivo del arroz; en las regiones apropiadas de la Intendencia Nacional del Chocó”; que incluía “el incremento del cultivo del arroz, la distribución de semilla mejorada, el empleo de maquinaria de cultivo y trilla, y el montaje de plantas de beneficio para la selección de semillas y descascaradoras del grano”[4].

Seis mil pesos fue la suma destinada “para iniciar, organizar y desarrollar una campaña del cultivo y beneficio de arroz en las regiones aptas, económicamente, de la Intendencia del Chocó”, las cuales habían sido identificadas por los Agrónomos Nacionales, como Torres Herrera y Alberto Nanclares, y Francisco Luis Arenas, contratado directamente por la Intendencia; y los Prácticos Agrícolas, como Luis Carlos Sánchez, que ejercía cuando fue decretado el comienzo de la campaña. La destinación específica establecida por el decreto era “para compra de maquinarias, semillas, insecticidas, fungicidas, vehículos de transporte (canoa motorizada), lubricantes, combustibles, construcción de enramadas, montaje e instalación de maquinarias, pago de jornales y demás gastos similares que sean necesarios para el desarrollo y fomento de esta industria”.[5]

La suma prevista fue girada, sin falta, como lo ordenaba el decreto, “a la orden del Intendente Nacional del Chocó”, Adán Arriaga Andrade, cuya administración venía dando continuidad a las acciones de fomento agrícola que habían comenzado predecesores suyos en el cargo, como Jorge Valencia Lozano, Heliodoro Rodríguez y Emiliano Rey B., quienes durante sus periodos se interesaron vivamente, como escribió el periódico ABC en 1930, “en impulsar la agricultura en el Chocó, única fuente de riqueza que podrá redimirnos económicamente”.[6]

El “Agrónomo de la campaña de arroz” era Manuel Antorveza, quien fue uno de los primeros profesionales en dar noticias a la comunidad científica sobre la existencia del borojó, a Víctor Manuel Patiño, connotado científico vallecaucano, que al momento era Director de la Estación Agroforestal del Calima; y a quien el botánico español José Cuatrecasas le dedicó la nomenclatura de esta especie, Borojoa Patinoi: “Conocíamos desde 1941 la existencia de esta planta en el Chocó, en virtud de referencias verbales del malogrado agrónomo Manuel A. Antorveza, entonces director de la Estación Agrícola de Armero, confirmadas después, a principios de 1945, por el botánico José Cuatrecasas, con motivo de la recolección de material de herbario el año anterior”; escribió el doctor Patiño.[7]

En desarrollo de sus funciones, el agrónomo Antorveza fue comisionado en el artículo 2° del decreto 1893 de 1939 (septiembre 23) para trasladarse a la Intendencia del Chocó “con el objeto de hacer un reconocimiento de las regiones aptas para este cultivo, y establecer en ellas campos de cultivo, suministrando a los agricultores semillas y elementos necesarios para la defensa de los cultivos y para que instale máquinas trilladoras, piladoras y clasificadoras, indispensables para el servicio de los cultivadores”.[8] El Práctico Agrícola del Chocó, señor Luis Carlos Sánchez, quedó a las órdenes del Agrónomo Antorveza, y lo acompañó durante todo el recorrido por la región.

Treinta años después de establecida formalmente la producción de arroz en el Chocó, la región producía un promedio anual de 5.000 toneladas. Bolívar (60.000) y el Tolima (58.000) ocupaban los primeros lugares en la producción nacional, que en 1956 superó en el país las 300.000 toneladas, en 195.000 hectáreas cultivadas.[9] Aunque, finalmente, la región chocoana no produjo el primer arroz del mundo, este cultivo se popularizó en toda su geografía, así como su comercio y su consumo se extendieron ampliamente, desde principios del siglo XX; pasando a ocupar un lugar relevante en la alimentación cotidiana de la población, al mismo nivel del plátano, el banano y otras musáceas, por ejemplo. Fácil de almacenar para los periodos críticos, pilado manualmente y guardadas sus semillas para los cultivos familiares, el arroz se unió al pescado salado y seco como reserva alimentaria para distintas épocas del año, junto al plátano que día a día se podía traer de las parcelas familiares de las fincas tradicionales establecidas en los montes contiguos a las viviendas de la gente, en las riberas de los ríos.

Quibdó, 1930. Carrera Primera,
Iglesia parroquial y convento 
de los Misioneros Claretianos.
Archivo fotográfico y fílmico del Chocó.

Variedades de arroz como: Blanco, Cuatro-mesero, Chino grande, Chino pequeño, Panameño, Cuarenta días, Mestizo, Marfil, Coloradito, entre otras, entrarían a formar parte de la riqueza fitogenética de los sistemas tradicionales de producción de las comunidades negras e indígenas del Chocó; sistemas estos que, desde los años 30 del siglo XX, empezaron a ser documentados y cualificados, en un trabajo conjunto entre campesinos, indígenas e ingenieros agrónomos -chocoanos o vinculados largamente a la región- como José Ángel Córdoba Valencia, Carmelo Rentería, Elías Córdoba, Hernán Cortez, Lácides Mosquera, Salomón García, Jesús Alexis Moya, Omar Zapata, Roberto Velásquez, Sor Gabriela Vásquez, Lorenzo Martínez, entre otros profesionales, cuyo trabajo en torno a todo el sistema contribuyó a su consolidación, para bien de la seguridad alimentaria regional.

Diversos intentos, gubernamentales, comunitarios, con apoyo de la cooperación internacional, de elevar la producción de arroz en el Chocó a volúmenes adecuados para su comercialización local y regional fueron fracasando sucesivamente, por diversos factores. Actualmente, se llevan a cabo nuevos intentos empresariales comunitarios, en subregiones como el Medio Atrato, mediante la reactivación de procesos productivos y la puesta en funcionamiento de infraestructura y maquinaria, cuyos orígenes se remontan a los esfuerzos conjuntos entre el extinto Ecofondo y Cocomacia, a principios de este siglo. Que el mercado local y regional del Chocó consuma arroz producido en las comunidades, bajo estándares agroecológicos y prácticas vernáculas, sigue siendo un sueño que crece, como el mismo el arroz.

Del mismo modo, y para fortuna de la gastronomía chocoana, gracias a la popularización del arroz en la región, ingresaron profusamente a su catálogo culinario y a los calderos de sus cocinas todo tipo de preparaciones basadas en este cereal: el arroz blanco de todos los días; el arroz vacío de cuando no hay nada más; el arroz clavado con queso, de las bodas o comidas caseras de los grupos de amigos; el arroz con coco para comer con pescados de mar; el arroz empedrado con fríjoles blancos de cabecita negra, de los almuerzos especiales; el arroz con longaniza de los homenajes y conmemoraciones; los inefables pasteles de arroz de las navidades y las pascuas; el arroz con queso rallado para salir del paso; y el atollado, siempre suculento. Entre otras exquisiteces, que las hay como arroz.



[1] Periódico ABC, Quibdó, edición 2.857, 24 de julio de 1934.Pie de Pató. Ecos de la visita del doctor Torres Herrera, Agrónomo Nacional.

[2] Ibidem.

[3] Periódico ABC, Quibdó, edición 2.848, 3 de julio de 1934. Salió para Bogotá el delegado de la Intendencia al Congreso Agrícola. La sociedad de agricultores designó a Lozano Garcés.

[4] DECRETO 1893 DE 1939 (septiembre 23). Por el cual se hacen traslados de partidas en las apropiaciones del Presupuesto interno del Ministerio de Guerra. Presidente, Eduardo Santos. Jorge Gartner, Ministro de la Economía Nacional.

[5] Ibidem, Artículo 1°.

[6] Periódico ABC, Quibdó, edición 2296, 20 de octubre de 1930.

[7] Patiño, Víctor Manuel. NOTICIA SOBRE EL BOROJÓ, UNA NUEVA ESPECIE FRUTAL DE LA COSTA COLOMBIANA DEL PACÍFICO.

https://www.accefyn.com/revista/Vol_7/28/478_noticia_sobre%20el%20borojo.pdf

[8] DECRETO 1893 DE 1939 (septiembre 23). Por el cual se hacen traslados de partidas en las apropiaciones del Presupuesto interno del Ministerio de Guerra. Presidente, Eduardo Santos. Jorge Gartner, Ministro de la Economía Nacional. Artículo 2°.

[9] Rodríguez Prieto, Fabio. Semillas de cambio: Prácticas científicas y agrícolas en la historia del arroz en Colombia (1950-2013). Bogotá, octubre de 2019. Universidad de los Andes, Facultad de Ciencias Sociales. Departamento de Historia. Doctorado en Historia.

https://repositorio.uniandes.edu.co/entities/publication/2de16b67-c0fb-4152-84ce-4772c871ffea