Del
pensamiento de Diego Luis Córdoba
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Foto Obando, 1933. Tomada de: Retorno al Olvido, María Eugenia García Córdoba. |
A 117 años
de su nacimiento en Neguá y a 60 años de su muerte en México, Diego Luis
Córdoba sigue siendo relevante en la historia de las ideas políticas y el ejercicio
parlamentario en Colombia. Su pensamiento, avanzado para la época; y sus famosos
discursos, coherentes y contundentes, siguen siendo estudiados en claustros
universitarios, investigaciones y trabajos de grado: “Probablemente el
personaje chocoano más importante del siglo XX sea Diego Luis Córdoba, el
abogado neguaseño que impulsaría la transformación de la sociedad chocoana de principios
de siglo “agobiada por fricciones interétnicas, negación de derechos culturales
y discriminación sociorracial y educacional” (Friedemann, 1997), y que muchos
años después de su muerte serviría como “inspirador del proceso de
reivindicación socioeconómica y política de las comunidades negras”
(Friedemann, 1997)”.
Su esclarecida
inteligencia y su sólida formación sociojurídica y humanística, unidas a su autorreconocimiento
como negro, como chocoano y como defensor de los derechos de su gente y de
sectores de clase o de especial vulnerabilidad en la Colombia de los años 1930
-cuando comienza su rutilante carrera política-, como los obreros, los
campesinos y las mujeres; convirtieron a Diego Luis en una figura de gran
reconocimiento en el panorama político y en las luchas sociales de su época.
“Amo al
Chocó hasta lo indecible, con un amor más acendrado que el amor del hijo por el
padre, lo amo con el amor de la madre por su hijo. Me doctoré en Derecho, para
defender los de mi tierra; me licencié en Filosofía y Letras para pensar más
hondo en sus problemas y cantar con regocijo sus virtudes”; declararía Diego
Luis en su discurso durante la celebración de sus 30 años de trabajo
parlamentario, organizada por la Dirección Nacional Liberal, a la cual pertenecía.
Y en
Cértegui (Chocó), la tierra del gran Arnoldo Palacios, ante la multitud
campesina arrobada por su presencia de caudillo, había proclamado, en una de
sus extensas giras políticas por las orillas y los montes del Chocó: “Compañeros
trabajadores: el negro y el blanco son iguales. La tierra es del que la
cultiva; desde ahora ninguno de vosotros pagará más derechos por trabajar la
tierra legada por Dios a todos los hombres; hasta hoy los terratenientes en el
Chocó. Tanto el negro como el blanco tienen derecho a educarse y obtener becas
del gobierno. Vosotros, trabajadores, obreros y campesinos del universo, uníos
para luchar contra las oligarquías, contra los patrones, contra las dictaduras”.
Jorge
Artel, el grandioso poeta cartagenero, lo inmortalizaría con su sencillo, profundo y
sentido “el pueblo te quiere a ti, Diego Luis, el pueblo te quiere a ti”. Y los campesinos de las
orillas del Chocó, en las salas de estar de cuyas casas hubo durante muchos
años un retrato enmarcado de Diego Luis, entre trago y trago de biche o anisado,
lo consagraron en su proverbial consigna: “¡Viva el gran partido liberal, viva
el negro Diego Luis Córdoba, y al que no le guste que se muerda el codo y beba
agua!”.
Soberanía
regional y nacional
El
intelectual y escritor chocoano Libardo Arriaga Copete, como lo registró el
investigador Pietro Pisano, relata una anécdota según la cual el joven Diego
Luis Córdoba, interrogado una vez sobre los confines del Chocó, contestaría
que: “El Chocó limita por el norte con el Mar de las Antillas, por donde
llegaban los bajeles cargados de negros esclavos con destino a las minas de
oro; por el sur, con el Valle del Cauca, de donde eran los blancos despiadados
que atormentaban a los negros esclavos en las minas; y, por el oriente, con
Antioquia, donde los blancos llevaban el hierro en las manos, porque en el
cuello lo llevaban los negros”. Esta última
parte de la declaración de aquel joven Diego Luis es una clara alusión a la
cuarta estrofa del Himno antioqueño, de Epifanio Mejía, que proclama a los
cuatro vientos: “Yo que nací altivo y libre / sobre una sierra antioqueña / ¡Llevo
el hierro entre las manos, / porque en el cuello me pesa!”.
Varias
décadas después de aquella juvenil declaración, el ya no tan joven, pero
tampoco viejo, Diego Luis, en el discurso que pronunció como agradecimiento al homenaje
que le brindó la Dirección Nacional Liberal, el 5 de diciembre de 1963 (tenía
57 años), para celebrar sus 30 años como parlamentario; ratificó el sentido de su
frase en relación con el vecindario del Chocó. “Me encumbré a los escaños del
Congreso para hacer del Chocó un departamento, al igual de Antioquia, de Caldas
y del Valle del Cauca. Pero, quiero denunciar a la Madre Colombia que estos
hermanos son injustos. Del Chocó se aferran para limitarle el territorio y
acrecentar el de ellos; en vez de invadir a su hermano con el pito de las
fábricas, con el mugido de sus ganados y con el oro verde de la energía
eléctrica…”, expresó Diego Luis con firmeza y precisión, con clarividencia.
En el
mismo sentido, pero esta vez en defensa de la soberanía nacional, mediante un
histórico discurso, que Luis Eduardo Nieto Caballero reportó como el más
extenso pronunciado en el Congreso de Colombia y “récord en la oratoria mundial”, Diego Luis rechazó de
plano la aprobación parlamentaria del Tratado de Comercio de 1935 con Estados
Unidos. “Con clarividencia de la cuestión nacional, Diego Luis Córdoba dejaba
constancia en el Senado de que “el tratado es un obstáculo insalvable para el
progreso industrial del país”. Dicho tratado había sido
suscrito por los delegados del gobierno nacional en septiembre de 1935; “en
febrero del año siguiente fue aprobado por la Cámara de Representantes con sólo
cinco votos en contra y en abril del mismo año el Senado le dio el visto bueno
con un solo voto en contra, el históricamente valioso de Diego Luis Córdoba del
Chocó”.
Las
ideas socialistas
Diego Luis
comenzó sus estudios universitarios de Derecho en la Universidad de Antioquia,
en Medellín. De allí fue expulsado, en 1928, a causa de su liderazgo en una
protesta estudiantil en exigencia del mejoramiento de la calidad académica. “Diego
Luis Córdoba, Mario Aramburo, Julián Uribe Cadavid, Emilio Robledo Uribe,
Francisco Barrera”, Gerardo Molina y otros, “buscamos el alero protector de la
Universidad Nacional de Bogotá”, cuenta el Maestro
Gerardo Molina, con quien Diego Luis cultivaría larga y fructífera amistad, y compartiría
ideales y luchas en la capital del país, como ya lo había hecho en las aulas
universitarias de Medellín. En la Universidad Nacional de Colombia, Diego Luis
y el Maestro Molina se graduarían como abogados en 1932 y juntos emprenderían
búsquedas políticas que fueron claves para la consolidación de ideas contemporáneas,
progresistas y revolucionarias, en el panorama político nacional.
El Maestro
Gerardo Molina recuerda que él y Diego Luis fueron partícipes activos en la
campaña electoral de Olaya Herrera, que lo conduciría a la presidencia como el
primer gobernante del periodo de la República Liberal. “Córdoba y yo, y otros
muchos, participamos en la campaña, pronunciando discursos, y saboreamos los
jugos de la victoria”. Este hecho contribuyó al
ingreso de ambos a la vida política activa, más allá de la militancia, en un
momento en el que nacían en su ideario las tendencias socialistas: “Con esto se
nos abrieron las avenidas de la vida pública. Provistos de un título
universitario, nuestros nombres figuraron en las listas para ir al Congreso.
Pero nuestro cerebro empezaba a albergar ideas que no eran aún el Socialismo,
pero que apuntaban en esa dirección. ¿Por qué ocurrió eso? No era de la
enseñanza recibida en las aulas, porque allí las doctrinas políticas no tenían
sitio; no era tampoco consecuencia de nuestras lecturas al respecto, que aún
eran precarias: era más bien el producto de nuestros orígenes sociales. Diego
Luis venía del Chocó, donde reina un atraso horrendo, que se traducía en
pavorosos niveles de vida para la mayoría de la población… Yo venía de las
tierras antioqueñas, sensibilizado por la desprotección de los pequeños
campesinos y de los mineros y por el poder inverosímil de los clérigos… El
hecho fue que constituimos en la Cámara lo que se llamó “la pareja socialista”.
Una
explicación similar del origen de las ideas socialistas en el pensamiento de
Diego Luis la proporcionó Arnoldo Palacios, en su clásico reportaje de 1945,
publicado en el semanario Sábado. “Como
socialista-marxista-revolucionario, ha sido compañero con Gerardo Molina. El
socialismo de Diego Luis Córdoba no se formó en la lectura de Marx, porque esos
libros le sirvieron para saber la denominación de las doctrinas que él sentía,
para sistematizarlas y aprenderlas científicamente. Había observado grandes
terratenientes explotadores del campesino cultivador de la tierra durante toda
su existencia; había sentido la desigualdad económica, política, social; había
comprendido el prejuicio contra su raza. Por eso, cuando leyó a Marx exclamó:
“Yo he sido socialista”.
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FOTO: Archivo fotográfico y fílmico del Chocó. |
Desde esa
perspectiva, a su combativa labor parlamentaria, en la que desde un principio
descolló por la inteligencia y agudeza de sus análisis y por la calidad y
profundidad de su oratoria; Diego Luis le sumó una activa participación en el
apoyo y la defensa de las luchas obreras nacionales.
Más de
cuatrocientas huelgas se llevaron a cabo en Colombia, entre 1919 y 1945, según
el diligente registro realizado por Mauricio Archila en su valiosa
investigación sobre el movimiento obrero en ese periodo. Cinco de ellas se
desarrollaron en el Chocó. En julio de 1920 y en abril de 1935, fueron a huelga
los trabajadores del Ingenio Sautatá, en el Bajo Atrato. En 1938, ciento diez
braceros de Cértegui (septiembre) y los trabajadores del Municipio de Quibdó
(noviembre) recurrieron también a la huelga. Y, en 1941, dos mil obreros de la
empresa minera estadounidense Chocó Pacífico, se declararon en huelga durante casi
dos meses, del 3 de julio al 26 de agosto, en Andagoya y otros sitios de
operación de la compañía.
Diego Luis
Córdoba apoyó a los trabajadores petroleros de Barrancabermeja, en abril de
1938: “No quedándoles más alternativa, los petroleros se lanzaron a la huelga,
recibiendo apoyo político de las fuerzas lopistas a lo largo del país. Cuando
el dirigente socialista Diego Luis Córdoba pronunciaba un discurso de
solidaridad con los huelguistas, las fuerzas del orden dispararon contra la
multitud que lo escuchaba, con saldo de tres muertos y varios heridos”.
Igualmente,
“cuando la huelga de las obreras de El Papagayo, ellas inmediatamente mandaron
llamar a Diego Luis, quien enseguida abandonó el recinto del Congreso y fue a
servirles. La policía se le atraviesa para no dejarlo hablar, pero se trepa a
una tapia y comienza su arenga. La policía obstinada contra él pide a los
bomberos; estos le apuntan un chorro de agua, como si fuesen a apagar un
incendio; efectivamente, Córdoba estaba incendiando el ambiente con su verbo.
Al fin no logró resistir la potencia de la manguera y cayó al suelo,
destrozándose el brazo derecho”. Se trataba de 40
trabajadoras de la Fábrica de Confites y Galletas El Papagayo, quienes se
tomaron las instalaciones de la fábrica en Bogotá, entre el 5 y el 27 de
diciembre de 1935.
Conciencia
étnica, conciencia de clase
Consciente
y convencido de que “en el Chocó coincide la clase proletaria con el pueblo de
raza negra, ultrajado como proletario y como negro”, rápidamente en su juventud
y en los comienzos de su vida intelectual, Diego Luis se autorreconoció como
negro y a su identidad racial le sumó sus ideas liberales y socialistas. Su amistad
con Natanael Díaz contribuiría a que Diego Luis se vinculara al brillante y
valeroso grupo de intelectuales negros del Pacífico y del Caribe que para ese
momento formaban parte de lo que el investigador Francisco Javier Flórez
Bolívar ha denominado inteligentemente “La vanguardia intelectual y política de la
nación”, en su maravilloso trabajo de “Historia de una intelectualidad negra y
mulata en Colombia, 1877-1947”.
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| Diego Luis Córdoba y Natanael Díaz (3° y 4° de izquierda a derecha) con sus colegas congresistas. Bogotá, 1947. Fuente: Archivo familiar Eduardo Díaz Saldaña. Tomada de: Tesis de grado de Maestría, de Rosa María Chamorro Cuello. Pontificia Universidad Javeriana. |
El 20 de
junio de 1943, en Bogotá, un grupo de jóvenes universitarios protagonizó una
protesta que daría origen a la primera organización afrodescendiente de
Colombia. En la Biblioteca Nacional, “exigieron canciones de Marian Anderson y
Paul Robeson… luego declamaron versos del poeta momposino Candelario Obeso y el
poeta cartagenero Jorge Artel en varios bares del centro de la capital y
finalizaron en la Plaza de Bolívar, plantándose frente a la estatua del
Libertador para recriminarle no haber cumplido la promesa que le había hecho a
Alexandre Pétion de abolir la esclavitud tan pronto como coronara la victoria
en la lucha por la Independencia”. Estos jóvenes eran Natanael
Díaz, Manuel Zapata Olivella, Helcías Martán Góngora, Marino Viveros, Delia
Zapata Olivella, Adolfo Mina Balanta y Víctor Viveros, y unos cuantos más; y tenían
como objetivo decirle a la sociedad colombiana que aquí existían negros, cuyos
aportes también habían contribuido a la construcción de la nación.
Estos jóvenes
negros, que provenían del Caribe y del Pacífico de Colombia, una vez graduados
en sus respectivas profesiones, irrumpirían luminosamente en la escena
intelectual, política, social y artística de Colombia, y por primera vez en la historia del país reivindicarían
públicamente su condición racial y étnica de negros como un factor histórico y cultural, como un símbolo de identidad.
Aquel día
de junio, que aquellos jóvenes denominaron el Día Negro, se constituyó el Club Negro de Colombia, cuyo principal
legado fue la creación del Centro de Estudios Afrocolombianos, en 1947. “La
primera Junta Directiva del Centro de Estudios Afrocolombianos, CEA, estuvo
integrada por Manuel Zapata Olivella, Marino Viveros, César Alonso y Carlos
Calderón Mosquera, y un equipo asesor de lujo, integrado por Natanael Díaz,
Diego Luis Córdoba, Baldomero Sanín Cano, Alberto Miramón, Gregorio Hernández
de Alba, Dulcey Vergara, Guillermo Nanneti y el profesor Luis Duque Gómez,
director del Instituto Etnológico Nacional”. Arnoldo Palacios también se vincularía poco después al CEA,
hasta su viaje a París, en 1949.
Diego Luis
había llegado, pues, al lugar apropiado para darle continuidad al cultivo de su
formación humanística, a la cualificación de su pensamiento y sus ideas, al
pulimiento y consolidación de su compromiso. “Yo soy marxista y como tal, no
puedo ser racista ni tener complejo racial alguno, ni de superioridad, ni de inferioridad.
Para el marxista todas las razas son intrínsecamente iguales. Lo que acontece
es que a algunas les falta oportunidad para que sus capacidades se manifiesten…
La raza negra, por estar en posición de inferioridad económica, urge a sus
integrantes la realización de algo por su levantamiento…Yo he sido afortunado
respecto de lo aludido, porque el Chocó tiene el noventa por ciento de
población negra, que vive en condiciones económicas primarias. Entonces para mí
como socialista, el plato lo he encontrado servido, porque coincide con la
lucha de clases propiciada por los marxistas, con la lucha de razas. En el
Chocó la clase explotada es la negra y la explotadora es la blanca. Hay desde
luego, excepciones, negros explotadores. Por eso, mis convicciones y mi campaña
me han hecho chocar con algunos hermanos de raza. Como marxista me preocupo por
la lucha de clases, pero en el Chocó al tiempo que lucho, como he dicho, por
los ideales socialistas, lucho por mi raza. El día en que los negros tengan las
posiciones económicas, intelectuales y sociales a que tienen derecho, ese día
no tendrá razón mi lucha racial”; le explica Diego Luis a Natanael Díaz en una entrevista
que este le hace y publica en el semanario Sábado bajo el título “Un
negro visto por otro negro”, el 9 de agosto de 1947. Años
atrás, el 10 de enero de 1939, había declarado al periódico ABC, de Quibdó: “Mi
lucha no ha consistido nunca en decretar la guerra del negro contra el blanco,
sino en reclamar para el negro iguales oportunidades”.
Un final
monumental
A 117 años
de su nacimiento en Neguá y a 60 años de su muerte en México, ante la vista de
la ciudadanía y de la institucionalidad pública, bajo el cielo atrateño de la
orilla del río y del malecón, se deteriora desde hace ya varios años el
monumento a la memoria de Diego Luis Córdoba, en el que se le declara padre del
departamento del Chocó y faro de la raza; situado en la esquina suroccidental
del céntrico Parque Centenario de Quibdó, contiguo al edificio del Banco de la
República. Del mismo modo, es notoria la ruina de la totalidad de este histórico
lugar que es el parque, donde también se encuentran el templete en homenaje a
César Conto Ferrer, que en octubre de este año cumple cien años, y la columna
conmemorativa del centenario de la independencia de Colombia, inaugurada hace
más de un siglo.
Cada tarde
el otrora digno monumento, inaugurado poco después de su muerte, es convertido
en parte del local y el mobiliario de un ventorrillo callejero que utiliza a
su antojo el espacio público, ante la mirada de la ciudadanía y de la
institucionalidad. Como si nadie supiera o a nadie le importara quién es Diego
Luis, cuyas ideas conservan una vigencia extraordinaria,
como suele ocurrir con el pensamiento de aquellos seres humanos cuya grandeza les
reserva un puesto memorable dentro de la Historia.
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| Monumento a Diego Luis Córdoba. Quibdó, Parque Centenario, marzo 2024. Fotos; Julio César U. H. |
*Confluencias, 27 de enero de 2020.