10/08/2026

 El santoral de la señora Bernabela

*Imágenes Wikipedia / Wikimedia Commons, Archivo El Guarengue
En los temblores de tierra nunca atinó a saber a cuál de sus tantos santos rezarle, así que entre «¡Dios mío!» y «¡Dios mío!», y uno que otro «¡Jesucristo bendito!», el movimiento pasaba y le quedaban el mareo y el susto, que se iban diluyendo mientras comentaba con la gente, en la mitad de la calle, los detalles de lo ocurrido. Pero, cuando eran las tempestades las que apremiaban sus más hondas angustias y le alborotaban el miedo de que algo malo pudiera pasar en la casa donde vivía con sus hijos, ahí sí la señora Bernabela sabía a quién recurrir, y entonces exclamaba: «¡Santa Bárbara bendita, amparanos y favorecenos!»; dicho así sin acento esdrújulo, porque también a los santos y santas los trataba de vos, como a sus mejores amistades del vecindario. Tapaba con sábanas, toallas o fundas los espejos grandes, y ponía bocabajo la luna de los pequeños; buscaba de prisa el manojo de hojas secas de palma que había guardado desde el último domingo de ramos, lo encendía y sahumaba con él los rincones de la casa; se santiguaba, miraba a lo alto, se asomaba por una rendija hacia la calle y hacia el patio e inmediatamente después de unos cuantos truenos y de un rayo invocaba nuevamente el amparo y la protección de Santa Bárbara.

Su miedo, aquel miedo, no tenía tanto que ver con la autoprotección como con la protección de su prole, que desde el primer parto se convirtió en su razón de ser y de vivir, en una especie de blasón existencial que terminó dándole a su vida la mayor parte del sentido que ella le atribuía; reservando solamente una ínfima porción del mismo para sus pequeñas y grandes aspiraciones, como la de no ir a morir ahogada, por ejemplo; pues ya hace años había concluido que esta era la peor muerte que podría existir, por el desespero que uno debía sentir, según lo explicó siempre, mientras evocaba la tarde aquella en la que tragó tanta agua que casi se ahoga en el río Atrato, cuando la procelosa champa en la que se embarcó rumbo a la inmensa playa que emerge en verano —como una isla de oscura arena y piedrilla fina— se volteó en el preciso instante en el que estaba a punto de tocar la orilla, debido al ajetreo excesivo y a la bullanguera prisa de la muchachada, que no veía la hora de pisar con sus propios pies aquella maravilla que siempre había tenido al alcance de su vista y que ahora tendría, por unas horas, al alcance de sus pasos y de su alegría.

En las épocas más calamitosas de la economía doméstica —cuando ni leña había para prender el viejo fogón del patio donde cocinaba el agua de tomar, y los Esso Candela permanecías apagados por falta de querosín para encenderlos y por falta de comida para cocinar en sus llamas—, con una mano en la cintura y su mejilla derecha apoyada contra el puño de la otra, o con los brazos cruzados, los ojos aguados y achantada a más no poder, mirando el infinito que más lejano tuviera: unas veces árboles, cielo y agua de la quebrada La Yesca, otras veces las tablas gastadas o el cemento basto de los ladrillos de una pared sin repellar, sentada o de pie, musitaba: «¡San Cayetano bendito, socorrenos, por el amor de Dios!».

Invocando mentalmente la proverbial diligencia implícita en su nombre, a San Expedito lo miraba y lo miraba, en su colorida estampa de legionario romano, empacado en un marco rústico, de vidrio medio opaco; un cuadro que le había comprado a un cacharrero que le había asegurado que este era un santo efectivo y que, si no le daba resultado, se comprometía a cambiárselo por otro objeto del mismo precio que tuviera en su surtido. Sin embargo, aunque casi siempre recurría a él después de haberle rogado a San Judas Tadeo, que era algo así como su santo titular para las causas difíciles, siempre reconoció que la ayuda del legionario nunca le había fallado; y terminó pensando que este había aceptado de buen grado su papel de suplente.

A la Mano Poderosa, que toda su vida relacionó con rezos secretos —de los cuales conocía dos o tres, como la oración para estancar la sangre de las heridas—, por lo general se limitaba a encenderle una vela que fuera única y exclusivamente para ella. La veía como un refuerzo, poderoso como su nombre, en aquellos casos en los que el favor pedido era muy grande, como que su hijo mayor, el que desde hacía una década se había ido a trabajar en las bananeras de Urabá y después a unas fincas en Venezuela, y desde allá le mandaba plata, regresara en alguna de las seis o siete navidades que ella calculaba que le quedaban por celebrar en la vida. Y así lo hacía porque no le gustaba mucho meterse con esa Mano Poderosa, pues uno nunca sabía cómo podían reaccionar aquellos cinco dedos desplegados que parecían sostener el cielo del cual emergían, incluyendo a una buena parte de sus divinidades, y en el centro de cuya palma, desplegada e impoluta, exhibía una cortada como de navaja o cuchillo, en lugar de la perforación desgarradora de un clavo rústico de hierro, detalle este que a la señora Bernabela y a sus amigas —Anta, Rubena y Chiá— les parecía que le sumaba gravedad a la ya de por sí grave escena; así como les parecía que esa Ánima Sola, ardiendo en esas llamas del purgatorio era más una amenaza que una promesa y por eso mejor ni la invocaban o lo hacían solamente cuando tenían serias dudas sobre la posibilidad de que un difunto llegara o no directamente al cielo.

Entre ellas cuatro —y ocasionalmente con una que otra parienta—, la señora Bernabela, Anta, Chiá y Rubena, se prestaban los santos durante días o semanas, según necesidades reales y disponibilidad de cada imagen, pues la que estaba ocupada resolviendo un asunto no podía salir de su casa. Por lo menos una vez año, el día de todos los santos, los reunían en una de las casas, los alumbraban y les rezaban conjuntamente para encargarles asuntos que previamente habían discutido y acordado como trascendentales y tan complicados que era mejor sumar las fuerzas, en vez de actuar por separado. En esas ocasiones, el total de la imaginería veía el nuevo día en la casa a la que ese año le hubiera correspondido el alumbramiento, hasta que todas las velas se apagaran; pues, de lo contrario, no funcionarían los exvotos y los prodigios no ocurrirían o no serían alcanzados.

Desde la víspera del día de la fiesta de San Francisco de Asís, de San Antonio, del Santo Ecce Homo, de la Virgen del Carmen y de San Martín de Porres, cuyas imágenes poseían las cuatro amigas en sus altares caseros, cada una ponía alrededor del homenajeado los demás santos con los que contara en sus haberes devocionales. Y al pie de su imagen se encendía una única candela, una veladora de las que vendían en la casa cural, que eran las mejores porque estaban bendecidas por el propio Vicario o por un misionero delegado por él para tan sagrado fin. En este caso, recurrían principalmente a la fuerza del santo del día, aunque al hacerla le pedían a los demás que metieran también su mano, ya que nunca sobraba una ayuda.

Solamente una vez en toda una vida devocional conjunta, la señora Bernabela y sus amigas tuvieron una desavenencia, que no terminó en cisma porque ella antepuso lo mejor de su afecto de amiga y les pidió que no fueran a pelear por eso; que hicieran el esfuerzo de respetarle ese pequeño disentimiento, después de tantas discrepancias resueltas a lo largo de esta amistad antigua y ejemplar y de estas devociones compartidas y fructuosas. Ocurrió el día en que Rubena y Esperanza (que era el nombre de pila de Anta) llegaron a su casa alborozadas con una estampa de la Virgen de Nuestra Señora del Rosario de Fátima, que acababan de comprar a la salida de misa en una capilla que hace poco había empezado a funcionar por los lados de la antigua cabecera del pueblo. Era la última estampa, le advirtieron, para que no fuera a pensar que a ellas no se les había ocurrido comprar cuatro, una para cada una de las amigas; mientras llegaban los cuadros, que unas legionarias de María de la parroquia del pueblo les habían dicho que llegaban por ahí dentro de uno o dos meses y que hoy mismo iban a encargar.

La señora Bernabela miró con cariño a sus amigas, les recordó que las cuatro habían repasado juntas los detalles de la historia de la Virgen de Fátima y les pidió que se acordaran de lo que ella en su momento les había dicho sobre el exceso de oro y pedrería en esa corona imperial y sobre ese mandato suyo de convertir el rezo del rosario en una cruzada contra supuestos herejes a los que se les achacaban los males del mundo. «Yo ya estoy muy vieja y he rezado mucho en la vida como para venir ahora, a estas alturas, a ponerme a acolitar cruzadas y menos contra países que ni siquiera sé dónde quedan». 

Mientras las invitaba a que más bien rezaran un rosario pidiendo protección para el pueblo, para que nunca más un incendio —como el de hace unos meses— lo destruyera de ese modo tan triste e irremediable; les pidió que no olvidaran que así había empezado la cruzada de los políticos en las tribunas, incluida la prensa, y de los curas en los púlpitos, incluidos los obispos, contra todo lo que les pareciera liberal, autorizando así a los chulavitas para hacer y deshacer en nombre del Corazón de Jesús, como en nombre de Cristo Rey ya lo habían hecho en México, y en nombre del orden y la paz había pasado lo que pasó aquí nomás en el río Munguidó.

Alma bendita, que en paz descanse, la señora Bernabela declaró para sí misma, para sus amigas y para los santos de su altar, tanto los presentes como los ausentes, los propios como los prestados, que con ella no contaran para esas cosas. «¡Dios me libre!», exclamó, antes de pararse de su silla de mariapalito para ir hasta su cuarto y buscar entre la cartera la camándula nueva que sus amigas le habían regalado en el último cumpleaños. En ese momento, justo para comenzar el rosario, entró por la puerta Chiá, la amiga que faltaba en el ramillete devocional de esta amistad de toda la vida.


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