10/10/2022

 Quibdó,
Sueño y realidad arquitectónica

-Luis Fernando González Escobar 
y Fernando Orozco-

Portada de la publicación de Fernando Orozco M.
y Luis Fernando González Escobar.
 1994.
FOTO: El Guarengue.

Presentamos en El Guarengue fragmentos relevantes de la publicación que bajo este título fue realizada hace casi 30 años por los investigadores de la Universidad Nacional de Colombia Fernando Orozco M., Profesor, y Luis Fernando González Escobar, arquitectos ambos; en un momento en el que González -hoy doctorado en Historia y uno de los investigadores que más conocimiento ha producido en las tres últimas décadas sobre la formación social de la región chocoana desde la perspectiva arquitectónica y sociocultural- había culminado un trabajo auspiciado por el Instituto Colombiano de Cultura, Colcultura, titulado Patrimonio Arquitectónico de Quibdó en la primera mitad del siglo XX (1992), que se convertiría en el primero de una serie de maravillosos libros sobre estos temas y estas realidades de la chocoanidad.

González había llegado a Quibdó como parte del equipo de trabajo del Plan de mejoramiento de la microcuenca La Yesca, para el cual CODECHOCÓ (en ese entonces Corporación Nacional para el Desarrollo del Chocó) había contratado al Centro de Estudios del Hábitat Popular, CEHAP, hoy Escuela del Hábitat, de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín. Desde el principio, con ojo certero y avizor, Luis Fernando identificó los vacíos y carencias de material investigativo y documental acerca de la evolución arquitectónica y urbana de Quibdó, escenario en el cual halló de inmediato una vocación ineludible y vital que lo vincularía para siempre a la tierra chocoana, a su gente y a su patrimonio.

La publicación de Orozco y González fue originalmente el folleto o catálogo de presentación de una exposición fotográfica y textual titulada también “Quibdó, sueño y realidad arquitectónica”, que se llevó a cabo en 1994 en el auditorio del Banco de la República, cuya Área Cultural en Quibdó auspició y editó el trabajo, y cuyo Departamento Editorial tuvo a cargo la impresión y producción del folleto.

A falta de huellas materiales o vestigios de su arquitectura colonial, la investigación de Luis Fernando González, compilada en este trabajo conjunto con Fernando Orozco, da cuenta de las evidencias halladas sobre el devenir social y cultural, urbano y arquitectónico del asentamiento llamado Quibdó en la segunda mitad del siglo XIX y a lo largo del siglo XX, cuya primera mitad será definitiva en la configuración histórica de toda la región chocoana y en el proceso de construcción de ciudad por parte de diversos sectores de una sociedad en proceso de construcción de su identidad y de un proyecto político regional.

El establecimiento de rutas regulares de navegación para el transporte de carga y pasajeros entre Cartagena y Quibdó, a través del río Atrato, como en la época colonial; y el temprano desarrollo de la aeronavegación comercial mediante los hidroaviones de la SCADTA, que también encuentran en el Atrato su puerto de llegada; son dos acontecimientos que contribuirán a que Quibdó establezca una conexión y una relación permanentes con el mundo, un tanto más sólida que la que sostenía con la lejana Colombia andina, a la cual poco acceso tenía por ausencia de vías expeditas, aunque de ella dependiera en materia política a partir de la creación del Chocó como Intendencia Nacional, desde 1907, y hasta 1947, cuando la región accederá a la categoría política y administrativa de Departamento, manteniendo a Quibdó como su capital.

Dichos acontecimientos marcarán la historia de este sueño en medio de la selva -que es Quibdó- como acertadamente lo nombran y nos lo muestran Orozco y González en este trabajo admirable, que fue quizás uno de los primeros resúmenes históricos de nuestro ascenso y apogeo como ciudad y como región en el siglo XX; y también de nuestro ocaso histórico, que empezó como un declive económico y terminó en una estruendosa decadencia política: declive y decadencia que coadyuvaron a nuestra actual y nunca del todo lamentada tragedia social. La lectura o relectura de este trabajo quizá logre sustraernos de la crudeza de nuestra realidad presente -incluyendo el adefesio arquitectónico y constructivo en el cual fue convertida toda la ciudad- y nos brinde nuevamente reflexiones y pistas sobre lo que fuimos, para imaginar lo que aún podríamos ser; como hace casi tres décadas, cuando el texto fue originalmente publicado.[1]

Julio César Uribe Hermocillo

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Quibdó, Sueño y realidad arquitectónica
-Luis Fernando González Escobar y Fernando Orozco-

PRESENTACIÓN

En el siglo XX es cuando se concretan y se esfuman gran parte de las aspiraciones de la población y de la región chocoana. La exposición y este catálogo pretenden, por lo tanto, al dar cuenta de los hechos arquitectónicos y urbanos más notables de este período, trazar una historia de esta región. Los pobladores de otras ciudades descubrirán en esta relación particular, cómo su historia regional se expresa y se conserva así mismo en su propio patrimonio, que es importante conservar.

El fenómeno cultural de Quibdó en el presente siglo puede acotarse en tres momentos claves que se enmarcan con acontecimientos políticos, económicos y físico-ambientales.

Un primer momento, entre 1907 y 1916 aproximadamente, es el de la unificación chocoana. Sus antecedentes se encuentran en épocas anteriores, pero sólo se concretan a comienzos del siglo con la creación de la intendencia como hecho político más importante.

El segundo momento llega hasta los años treinta y se caracterizó por la materialización de las empresas económicas, culturales y religiosas, así como por la presencia de signos y símbolos urbanos más estables. Obras de arquitectura religiosa, pública o privada, con acentos republicanos y vernáculos, proliferan en el paisaje urbano.

El tercer período arranca de los años treinta y se remonta hasta los años cincuenta y sesenta. Inicialmente surgen propuestas arquitectónicas nacidas de la modernidad: edificios como la Normal de Varones, la vieja sede del Banco de la República y el Edificio Nacional, hoy desaparecido, son buenos ejemplos del diálogo entre lo tradicional y lo moderno. En materia política, la creación del Departamento del Chocó, en 1947, sella las aspiraciones ideológicas de los prohombres quibdoseños y de la población en general.

En un segundo momento de esta etapa comienza a desdibujarse toda la fisonomía urbana por la acción de los factores adversos como el incendio de 1966 y la implementación de modelos que no guardan relación con el medio físico y social. Quibdó, como todas las ciudades capitales, ve desaparecer gran parte de sus áreas representativas como patrimonio cultural. No obstante, el valor expresivo, significacional y social, de los monumentos existentes en Quibdó en la actualidad, está a la altura de los más representativos del país. Por ello y por ser fieles testimonios de lo unido por una cultura, merecen protegerse adecuadamente.

EL SUEÑO DE LA MODERNIDAD, LAS BASES

El despertar del siglo XX sienta las bases del sueño de la modernidad en la capital chocoana. Varios acontecimientos marcaron el inicio de esta tendencia que se extendió entre la clase dirigente de la época, determinando tanto la arquitectura como la vida ciudadana.

En el orden político, la creación de la intendencia del Chocó mediante el Decreto 1347 de 1906, hecho realidad en 1907, señaló para la región un nuevo orden administrativo. Las provincias del San Juan y del Atrato formaron un solo ente jurisdiccional, dejando atrás la dependencia del Cauca, aunque con subordinación político-administrativa de Bogotá. Bajo esta situación se iniciaron una serie de obras intendenciales, especialmente en el ramo de las obras públicas, como fueron el camino hacia Antioquia, el saneamiento ambiental de Quibdó -con la desecación de pantanos- y la dotación de sedes institucionales inexistentes hasta entonces.

También en lo político se destacó el fusilamiento de Manuel Saturio Valencia, el último fusilado colombiano, ocurrido en Quibdó el 7 de mayo de 1907. Históricamente este hecho marca el inicio de los cambio sociales e interraciales en el Chocó, especialmente en su capital. La muerte del incendiario de Quibdó fue interpretada y asumida de forma muy diversa por distintos sectores de población, a lo largo del siglo XX; fundamental será su repercusión en el impulso social de la población negra hasta desplazar del manejo político-administrativo a las antiguas elites de dirigentes.

En términos culturales, el gobierno de Rafael Reyes incentivó la prensa con la introducción de una moderna imprenta, encomendada al manizaleño Carlos A. Orrego, impresor y maestro, quien ha sido considerado como el padre del periodismo chocoano. Pero, quizás el fenómeno cultural más importante de comienzos de siglo fue la llegada, el 14 de febrero de 1909, de los misioneros Claretianos. Con ellos se dio inicio a la Prefectura Apostólica del Chocó, creada el 28 de abril de 1908, según disposición del concordato del siglo XIX. Algunos de estos misioneros se dedicaron a actividades culturales como la música, el teatro y la arquitectura, destacándose entre ellos el Padre Nicolás Medrano y el Hermano Vicente Galicia.

Izquierda: Colegio Carrasquilla y Escuela Modelo (hoy Palacio Municipal). Derecha: Casa Bechara (Carrera 4ª x Calle 24) y Casa Castro (Carrera 1ª x Calle 30). Imágenes tomadas de la publicación original de Orozco y González (1994).

LA IDENTIDAD CHOCOANA

Los nuevos grupos económicos y sociales que, desde el decenio del ochenta del siglo XIX, hicieron su entrada al Chocó por el bajo y medio Atrato hasta llegar a Quibdó, lo hicieron silenciosamente. Su interés estuvo centrado en el manejo del comercio y la explotación maderera, agrícola, ganadera y minera.

Para los dos primeros decenios del siglo XX, los sirio-libaneses Meluk, Abuchar y Bechara, entre otros, fueron los dueños de las principales casas comerciales. De la unión de estos inmigrantes con los nativos chocoanos surgió además otro grupo social que se fue destacando en el campo intelectual, al reclamar su propio espacio en la creación de la identidad chocoana. Este conglomerado, más liberal de pensamiento que sus antecesores, fue abriendo una brecha en las ideas anquilosadas de la aristocracia dominante hasta comienzos de siglo.

Es destacable también, el ascenso social de los comerciantes negros que habían hecho fortuna en la minería y entraron de lleno a participar de las actividades comerciales. De este sector surgiría la nueva clase dirigente chocoana, aliada con los hijos de los inmigrantes.

La consolidación de la prensa desempeñó un papel fundamental en lo que se denominó la democratización de la cultura en Quibdó. Con la imprenta intendencial proliferaron las publicaciones, que llegaron a su clímax en el republicanismo, cuando surgieron alrededor de ocho periódicos. La prensa fue así el hilo conductor que introdujo la ansiedad modernista, la poesía, la novela, el cine y el automóvil. El mundo y su estremecedora guerra fueron vividos y seguidos a través del periódico A.B.C., fundado por Reinaldo Valencia, que sin lugar a dudas fue la radiografía de Quibdó entre 1913 y 1944, cuando desaparece.

En 1916, como consecuencia de la primera guerra mundial y de la revolución bolchevique, descendió la producción de platino en los montes Urales: el Chocó se convirtió en el mayor productor mundial de este mineral. Los altos precios concretaron en parte los sueños de progreso que se venían incubando. Crece la economía, aumenta la navegación fluvial a vapor, se fundan pequeñas empresas de gaseosas, pastas, jabones, muebles, hielo, etc. y surgen algunas empresas agroindustriales, como el ingenio de Sautatá.

El precio del platino le permitió al Chocó, y a Quibdó en particular, incorporarse en igualdad o en mejores condiciones a la dinámica de la economía nacional, que entonces se fundamentaba en los mercados regionales. Este hecho favoreció a las ciudades del Caribe y a las ubicadas en las arterias fluviales que conectaban con el mismo, como es el caso de Quibdó.

QUIBDÓ LA CIUDAD AMABLE

Quibdó, bautizada por la prensa extranjera como "ciudad amable" en razón de la cordialidad con la cual se acogía a los visitantes, recibió un flujo externo que varió los hábitos y costumbres de sus pobladores.

Procedentes de Europa y Estados Unidos llegaban los alimentos y los bienes de consumo, y antes que estos, los poetas, los novelistas y otros personajes. Por ello, no se hacía raro que las ideas desbordaran lo coloquial y la fragilidad formal de la población, para reclamar nuevos elementos que recordaran al menos los lejanos parajes civilizados.

Después del telégrafo y de la prensa en 1907, llegaron el cine en 1914, la luz eléctrica entre 1913 y 1920, el automóvil en 1921 y el hidroavión en 1923. Con ellos, el mundo estaba más cerca. Se acortaron las distancias y se agilizaron las comunicaciones, formando así parte del universo civilizado: desde el "claro en la selva" los chocoano eran ciudadano del mundo.

El gusto por lo francés y lo europeo fue incorporado en la vida diaria: la gestualidad, el vestir, el dialogar, etc., estaban cargados de amaneramiento exótico. Este hecho se vio reflejado en las famosas tertulias, denominadas "Rendez-vouz", como práctica del diálogo inteligente en bares de la ciudad.

PENSAMIENTO Y DESARROLLO URBANO

La concepción racional de la ciudad era en medio de la selva una contraposición al caos circundante: fue imperativo ordenarla de acuerdo con las nuevas exigencias.

El espacio público y las calles tomaron otra dimensión al incorporar nuevas actividades. La recreación, antes circunscrita a la vivienda, se convirtió en acto social que requirió una escenografía urbana. Los lugares fundamentales de la nueva vida social de Quibdó fueron entonces la plaza Centenario y la quebrada la Yesca y, entre estos dos, la calle como elemento conector. La plaza, herencia colonial sin elemento significacional alguno, pasó a ser el parque, como escenario de múltiples rituales de la vida republicana, enmarcados por las rejas, por los árboles y por la presencia del templete que acogía la banda de músicos. La retreta fue la disculpa para mostrarse, para la galantería y el amor festivo. Para cumplir este ritual alrededor del parque, era necesario vestirse según los dictámenes de la última moda, así fuera confeccionada en el taller de Ruperto Asprilla que mantenía "la última moda de París".

El espacio público como elemento nucleador e identificatorio de los nuevos aires de chocoanidad se expresó en cinco parques para los inicios del decenio de los años treinta: el parque Benjamín Herrera, el Jorge Isaacs, la Plaza Tomás Pérez, el parque César Conto y el parque Centenario. En este último se implantó el templete a César Conto en 1923, notable por ser el primero en recrear elementos de la historia chocoana. En año posteriores se completó el amoblamiento con nuevos elementos, como el obelisco erigido en honor de los padres de la patria o el monumento que honró la memoria de Diego Luis Córdoba.

La calle, de ser un simple conector vial, alcanzó la dimensión de alameda o avenida. Entonces fueron famosas la Alameda Reyes (por Rafael Reyes) y la Alameda Istmina o avenida Boyacá. Estas calles en tierra fueron arborizadas con árboles simbólicos como el ciprés, durante la marcha del árbol de 1919. En otros casos, como en la Alameda Istmina, se colocaron columnas neoclásicas a lo largo del recorrido.

A partir de las nuevas vías, la ciudad se expandió al Oriente y al Norte. En 1924 se propuso el plan de urbanización del barrio norte, como una especie de suburbio para las nuevas elites, los comerciantes.

Más que la expansión urbana, la connotación simbólica de este hecho significó el triunfo de la ciudad sobre las condiciones adversas del territorio, pues para edificar hubo de hacerse el suelo desecando pantanos y abriendo selva.

PENSAMIENTO Y DESARROLLO ARQUITECTÓNICO

Quibdó heredó del siglo XIX una arquitectura en madera que fue enriquecida en los primeros decenios del siglo XX. Su limitado repertorio formal fue aumentando con la capacidad económica de sus moradores.

Las casonas de la calle primera, por ejemplo, mostraban amplios salones con pinturas que simulaban cortinajes, columnas y cielorrasos del siglo XIX. En las fachadas se incorporaron frontones y portales de madera y balcones cada vez más vistosos, dotados de rejas metálicas importadas.

Los comerciantes negros en ascenso y el pueblo en general adoptaron también de diferentes maneras estos lenguajes, tratando de rivalizar con las minorías blancas y mulatas.

Los adalides de la renovación arquitectónica trataron de impedir la construcción de casas pajizas, pues era inconcebible que, al lado de las casas modernas y en momentos en los cuales el alumbrado público estaba por instalarse, se permitieran edificaciones de baja calidad. La ideología del cambio y la modernidad exigió que los dirigentes implantaran sobre el tejido urbano edificaciones gubernamentales que fuesen representativas de esta nueva ideología. Más allá del hecho funcional se debían buscar formas simbólicas que dignificaran el nuevo paisaje urbano.

Las ideas estaban claras y los materiales en cierta forma también eran conocidos. El cemento, por ejemplo. se introdujo desde 1916, y entre 1922 y 1923 ya se habían pavimentado la calle de la Paz, hoy carrera primera y la calle segunda. Se habían constituido también las llamadas "fábricas de piedra artificial" o prefabricados de concreto.

El Hospital San Francisco de Asís (izquierda), además de su llamativa y funcional arquitectura, fue en su momento un modelo de atención de la salud pública de los quibdoseños y chocoanos. La navegación a vapor entre Cartagena y Quibdó fue fundamental para el desarrollo urbano, cultural, arquitectónico y económico de la ciudad y la región. Imágenes tomadas de la publicación original de Orozco y González (1994).

LA ARQUITECTURA INSTITUCIONAL Y LOS SÍMBOLOS URBANOS

La administración quiso suplir la ausencia de sedes institucionales mediante la construcción, a comienzos del siglo, de un vasto programa de edificaciones públicas. A partir de 1908 y sucesivamente se erigieron el mercado, el matadero, la casa consistorial, la cárcel y posteriormente el hospital. Pero la gran mayoría de estos edificios fueron construidos en madera y sin ninguna trascendencia simbólica para la comunidad, con excepción quizás de la casa consistorial o casa de gobierno, por lo cual pasaron inadvertidas.

Las edificaciones que dieron rienda suelta a las aspiraciones más cosmopolitas y europeizantes de la población vendrían con la penitenciaría y la Escuela Modelo. Ambas obras fueron concebidas en un lenguaje historicista, con acentos neoclásicos, por el ingeniero catalán Luis Llach Llostera. Fueron iniciadas en forma paralela en 1923, bajo la dirección constructiva del mismo Llach, llegando a convertirse en las primeras edificaciones construidas totalmente en concreto, hacia 1926.

Con el diseño en este mismo año de los pilonos egipcios de acceso al cementerio de San José, por parte del mismo Llach, se abrió para los moradores el sueño historicista, plasmado en la novela Quibdó (1925).

La educación participó también de este sueño historicista con el edificio destinado para el colegio Carrasquilla, construido como un homenaje a Ricardo Carrasquilla, prohombre quibdoseño, en el centenario de su nacimiento. Esta obra, iniciada en 1926, tardó en construirse 16 años.

En 1930, después del incendio de la sede de la Prefectura Apostólica, se encargó un nuevo diseño al ingeniero Luis Llach. Este realizó un proyecto a partir de un patio en claustro, con claras influencias mediterráneas. Esta obra, notable por su calidad espacial y finura en los detalles, fue encomendada al Hermano Claretiano Vicente Galicia, quien inicia labores en 1931, las cuales son concluidas en 1942 por una firma barranquillera.

Es significativo de este período que la gran mayoría de los diseños fueron encargados al ingeniero Llach y que la labor constructiva estuviese a cargo del hermano Vicente Galicia y del maestro Rodolfo Castro Baldrich.

Este ciclo historicista se cierra de manera anacrónica en 1946 cuando se da inicio a la construcción de la catedral San Francisco. Esta obra de poco valor arquitectónico, producto del ingeniero chocoano Oscar Castro, se terminó, aunque no a cabalidad, en 1979.

Todo el proceso que hemos enunciado en Quibdó discurrió paralelamente con el historicismo propio de las ciudades colombianas en los primeros decenios de este siglo. En su evolución dejó en Quibdó un cuerpo arquitectónico no muy numeroso, ni de tan altas calidades estilísticas como en otras ciudades, pero sí representativo de los ímpetus culturales de una región, con algunos ejemplos notables, como es el caso del Palacio Episcopal.

[…]

EL RACIONALISMO, OTRA AVANZADA GUBERNAMENTAL

En 1932, el gobierno central construyó el Edificio Nacional con diseño del arquitecto Rafael Ruiz. Este edificio, si bien mezclaba elementos historicistas con elementos geométricos Art-Decó, fue el punto de partida para una arquitectura racionalista que, manejada desde las oficinas de Bogotá, impulsó el empleo de los conceptos en boga.

Luego fue el Banco de la República quien en 1938 construyó su sede con un claro lenguaje racionalista. Volúmenes de una geometría pura, exenta de cualquier decoración, contrastan con las casas de madera de dos pisos sobre el parque Centenario.

La avanzada continuó el mismo año, con la Escuela Normal de Varones, diseñada por el arquitecto Alberto Wills Ferro, el mismo que diseñó la Biblioteca Nacional. Su propuesta constituyó un proyecto de nuevo lenguaje para la población, con intención de acertar con el medio ambiente a través de su cubierta y patios claustrales. Estas tres edificaciones, de las cuales sobreviven dos, son la impronta racionalista que dejó el gobierno nacional.

Tras de estos ejemplos van otros proyectos, entre los cuales se destaca el de la zona escolar[2], un edificio simple, discreto, pero de un claro manejo de las condiciones medioambientales de la ciudad. Este proyecto del Hermano Galicia, a pesar de los añadidos posteriores, es un buen ejemplo de respeto por la ciudad y el ciudadano.

Ya a finales del decenio de los años cincuenta, cuando el Chocó es departamento, en el gobierno de Gustavo Roja Pinilla se plantean tres proyectos importantes para la ciudad: los denominados ocho pisos, cinco pisos y el hotel Citará. Estas edificaciones, con influencias de Le Corbusier, y especialmente el Ocho pisos, se convertirán en símbolos, no tanto por sus calidades arquitectónicas, como por su condición de referentes espaciales al romper la silueta de la antigua ciudad de máximo tres pisos. Su calificativo de "Ocho pisos" representa la valoración de su importancia en altura, por encima incluso de la catedral.

[…]   


[1] Aunque disponemos de la versión impresa original del folleto, los textos han sido tomados de la versión de dicha publicación digitalizada por la Biblioteca Luis Ángel Arango, en julio de 1994 y publicada posteriormente en la Biblioteca Virtual del Banco de la República: Quibdó, Sueño y realidad arquitectónica. Fernando Orozco M., Luis Fernando González Escobar. Banco de la República, Área Cultural. Exposición, Quibdó, 1994. 36 pp.

https://babel.banrepcultural.org/digital/collection/p17054coll18/id/465/

[2] Se refiere al conjunto arquitectónico conocido popularmente en Quibdó como Barrio Escolar, el cual fue demolido hace unos años, para construir en su lugar uno de esos edificios gigantescos que ahora llaman “megacolegios”.

03/10/2022

 San Pacho 2022
-10 años como patrimonio de la humanidad-
Afiche oficial de San Pacho 2022
y Procesión franciscana del 4 de octubre de 2008
(Foto: León Darío Peláez)

Este  miércoles 5 de octubre culmina la edición 2022 de las Fiestas de San Pacho o Fiestas de San Francisco de Asís, en Quibdó, una manifestación cultural que existe desde hace 374 años y cuyo formato ritual o estructura básica actual data de hace un siglo. Las festividades de este año coinciden con el décimo aniversario de su inscripción, en diciembre de 2012, en la lista representativa del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, de la Unesco[1].

La inscripción de manifestaciones culturales en la denominada Lista representativa del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad (La lista) es una decisión que el Comité Intergubernamental para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial (El comité) toma anualmente, a solicitud de los estados partes interesados -por intermedio de sus respectivas autoridades culturales nacionales-, en el marco de la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, que fue aprobada por la Conferencia General de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, UNESCO, en su 32ª reunión, celebrada en París del 29 de septiembre al 17 de octubre de 2003; y que Colombia suscribió en el año 2008[2]. Conforme a lo prescrito en el artículo 16 de la Convención, la Lista es mantenida y publicada por el Comité “para dar a conocer mejor el patrimonio cultural inmaterial, lograr que se tome mayor conciencia de su importancia y propiciar formas de diálogo que respeten la diversidad cultural”[3].

Dicha inscripción no es, pues, como a veces se pregona erróneamente, un galardón o premio que se otorgue periódicamente a algunas manifestaciones, por méritos superiores, dentro de una competencia o concurso; sino un reconocimiento a determinados atributos de las mismas, que las hacen merecedoras del aprecio universal y del compromiso de su preservación como parte integrante del acervo cultural del conjunto de la humanidad, especialmente por su potencial de “enriquecer la diversidad cultural y la creatividad humana”[4]. Reconocimiento este al que siempre, sin falta, se llega por solicitud formal de las entidades culturales nacionales de cada estado parte de la convención, en nuestro caso, el Ministerio de Cultura, y el completo cumplimiento de los requisitos de postulación y nominación establecidos, previo análisis de la documentación por el Comité y los expertos que este tenga a bien comisionar para su estudio.

San Pacho fue considerado e incluido en La lista durante la 7ª sesión del Comité, que se reunió del 3 al 7 de diciembre de 2012 en las oficinas centrales de la Unesco en París. Formó parte de un grupo de 36 nominaciones, entre las cuales fueron también consideradas e incluidas en la lista las prácticas culturales asociadas a la elaboración de sombreros de paja toquilla (los famosos sombreros Panamá), en Ecuador; las manifestaciones artísticas del carnaval de Recife, en Brasil; el repentismo como arte poético de la improvisación y su acompañamiento musical tradicional, en Cuba; los diablos danzantes del Corpus Christi, en Venezuela; la lutería de violines en Cremona (Italia); los cantos corales de Klapa, en Dalmacia (Croacia); la fiesta mayor de San Ignacio de Moxos, en Bolivia; las prácticas y expresiones culturales vinculadas al balafón, de las comunidades senufo de Malí, Burkina Faso y Costa de Marfil, y más de veinte manifestaciones adicionales de igual número de países. El comité que tomó dichas decisiones estaba integrado por representantes de los siguientes estados partes de la convención: Albania, Azerbaiyán, Bélgica, Brasil, Burkina Faso, China, República Checa, Egipto, Grecia, Granada, Indonesia, Japón, Kirguistán, Letonia, Madagascar, Marruecos, Namibia, Nicaragua, Nigeria, Perú, España, Túnez, Uganda y Uruguay.[5]

Previo a este reconocimiento universal, San Pacho había sido incluido en la lista equivalente del ámbito nacional, por parte del Ministerio de Cultura de Colombia, mediante la Resolución Nº 1895 del 20 de septiembre de 2011 (firmada por la entonces ministra Mariana Garcés Córdoba), "por la cual se incluye la manifestación Fiestas de San Francisco de Asís, o San Pacho, en Quibdó (Chocó) en la Lista representativa de patrimonio cultural inmaterial del ámbito nacional y se aprueba su Plan Especial de Salvaguardia"[6].

Tanto en el ámbito nacional como en el mundial, la inclusión o inscripción de una manifestación cultural en la lista representativa es una medida de salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial, que busca promover el respeto universal del mismo y la sensibilización sobre su importancia, en los planos local, nacional e internacional, para generar reconocimiento recíproco entre manifestaciones culturales, comunidades, grupos, individuos y sociedades como protagonistas, sujetos o portadores de las mismas, al igual que cooperación y asistencia en todos los niveles para cumplir estos fines, que en el caso de la Convención de la Unesco están fijados en su artículo 1º.

Ser patrimonio cultural inmaterial de la humanidad demanda, pues, de las manifestaciones que son consideradas como tales, compromisos, medidas y acciones óptimas para el cumplimiento de dichos fines y objetivos. Así que, al cumplirse diez años del reconocimiento a San Pacho por parte de la Unesco, sería oportuno adelantar una evaluación serena, constructiva y autocrítica sobre tópicos tan importantes como la comunicación que de la fiesta se está haciendo, la cual pareciera carecer de herramientas y procesos de fondo en cuanto a la generación, producción y divulgación de contenidos, al alcance de la humanidad entera, que le permitan a cualquier usuario en cualquier lugar del mundo entender los elementos simbólicos, materiales e históricos que le dan a esta fiesta su valor patrimonial universal.

Un recorrido por los medios informativos públicos actuales de las Fiestas de San Pacho o Fiestas de San Francisco de Asís, de Quibdó, que mañana llegan a su fin con la solemne procesión franciscana y pasado mañana con la ceremonia de bajada de banderas, hace evidente que las fiestas carecen hoy por hoy de una estrategia de comunicación que vaya más allá de la difusión de información básica sobre lugares, sitios, horarios y programaciones de eventos de la fiesta, y del registro parcial fotográfico o videográfico y la difusión de uno que otro de estos eventos. Esta carencia constituye una seria limitación en materia de los compromisos y tareas institucionales que demanda el hecho de que la fiesta haya sido inscrita -hace ya 10 años, que se cumplen en diciembre de 2022- en la lista representativa del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, de la Unesco; tareas y compromisos que en su mayoría, en casi todos los aspectos, incluidos los componentes de comunicación, divulgación y educación, están contemplados en el Plan especial de salvaguardia de las fiestas, PES.

El último mensaje de la cuenta de Twitter de las Fiestas de San Pacho (@SanPachoBendito) es del 28 de diciembre de 2021. El penúltimo es del 19 de septiembre y anuncia la lectura del bando inaugural de las festividades del año pasado. Esta cuenta, que se anuncia como establecida desde 2011, alberga material desde el año 2016; pero, no contiene nada nuevo desde las fechas antes indicadas. En sus datos de identificación, la cuenta incluye un vínculo a la web de las fiestas (www.fiestasdesanpacho.co) que no conduce a ninguna parte: “No se puede acceder a este sitio” es la respuesta de la internet.

Gran parte de la actividad informativa de las fiestas, en su edición 2022, se concentra en una página de Facebook identificada como “Fan Page Oficial de las Fiestas de San Pacho, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad”, en la que se publican múltiples fotografías, piezas promocionales y un video diario, por cada barrio al que le corresponden las actividades festivas. Se incluyen también una dirección de correo electrónico para contacto, el vínculo inactivo a la inexistente web y un vínculo a una cuenta de Instagram en cuya identificación se lee: “¡Bienvenidos al Perfil Oficial de las Fiestas de San Pacho!”. Esta cuenta, en la cual se publican casi los mismos contenidos que en la de Facebook, tiene cerca de 3.000 seguidores y en ella se han publicado a diario, desde agosto, cuando las llamadas alboraditas, fotografías, videos y material gráfico promocional de San Pacho 2022. La cuenta alberga igualmente material gráfico de años anteriores, desde el año 2016, y en su portada incluye también el vínculo disfuncional a la inexistente web de las fiestas.

San Pacho 2022. Imágenes: Facebook Fiestas de San Pacho.

Es innegable la importancia que tiene este cubrimiento informativo oficial, a través de Facebook y de Instagram, tanto para su fin intrínseco de mantener al día a los usuarios de estos medios como para que la entidad que tiene a su cargo la coordinación de las fiestas mantenga su carácter de fuente principal de información sobre las mismas. Igualmente, son innegables la vistosidad y el colorido de los diseños del material promocional de la fiesta, así sus contenidos dejen de lado elementos simbólicos elementales, como -en el caso de este año- darle realce al décimo aniversario de la declaratoria de patrimonialidad de la Unesco e incluir en todas las piezas promocionales el dato de que la fiesta se lleva a cabo en Quibdó, Chocó, Colombia. Es innegable también la utilidad informativa que tiene la difusión de uno que otro testimonio de líderes barriales acerca de tópicos clásicos como la bandera y la historia del barrio, las invitaciones a la convivencia y la paz, y la divulgación del lema franciscano de Paz y bien.

No obstante los elementos positivos indicados, y reconociendo de entrada que la cantidad y periodicidad de contenidos informativos sobre las fiestas de San Pacho se incrementó sustancialmente en los diez años que han transcurrido desde que fueron incluidas en la lista patrimonial de la Unesco; es importante señalar que la información proporcionada no tiene carácter universal, pues únicamente es del todo comprensible para quienes ya conocen la fiesta y saben de sus eventos, especialmente para los propios sujetos de la misma, es decir, los sanpacheros presentes y ausentes. De resto, quien no conozca las fiestas de San Pacho o a duras penas tenga una noción sobre estas, se pierde en el colorido mar promocional de las mismas sin captar la esencia de lo que le están informando, pues la información que se le ofrece carece de elementos que le permitan entender y captar dicha esencia: es información pertinente para iniciados y conocedores, no para sujetos exógenos. De ahí que sea tan frecuente la confusión consistente en equiparar la fiesta de San Pacho con un carnaval similar a otros de reconocida universalidad como el de Río de Janeiro y el de Barranquilla, ya que gran parte de la información gira en torno al colorido del vestuario o caché de las comparsas y al alborozo del bunde; en detrimento de otros componentes de singular y al parecer olvidada trascendencia, como los disfraces o puestas en escena o alegorías que cada barrio transporta en carroza en el recorrido de su día, elementos estos que, evidentemente, han sido desplazados de la escena por las lujosas y carnavalescas comparsas.

Diez años después de su reconocimiento como patrimonio de la humanidad, hay preguntas que una evaluación de la fiesta debería responder. ¿No valdría la pena que la Fiesta de San Francisco de Asís o San Pacho, en Quibdó, contara con una estrategia integral de comunicación institucional, más allá de un par de cuentas divulgativas en Facebook y en Instagram, y superando los anacronismos de la visión instrumental…? ¿No sería importante que se retomara la construcción y mantenimiento de un sitio web con un diseño apropiado a los fines de divulgación universal, a toda la humanidad, del valor patrimonial de esta manifestación cultural de la chocoanidad; como parte de la estrategia de comunicación y de una política de documentación e investigación de la fiesta? ¿No ayudaría a la divulgación del valor patrimonial de la fiesta elaborar una publicación conmemorativa en formato de lujo y con contenidos de alta calidad de la celebración de la misma durante los diez años transcurridos desde su inclusión en la lista de la Unesco? ¿Qué tanto se ha avanzado, desde la fundación responsable de la administración de la fiesta, en la estructuración del Museo Franciscano, en la recuperación de la memoria material y documental dispersa y en la puesta en marcha de una política sobre investigación y documentación de las Fiestas, tal como se establece en el PES y en la resolución del Ministerio de Cultura que la declaró patrimonio nacional?

La experiencia de la web que hace unos años existió y funcionó sería básica para proyectar una nueva web, un portal o sitio, en donde se almacenara suficiente documentación gráfica, visual, auditiva, textual, de carácter documental, histórico, conceptual, además de noticias de la actualidad sanpachera y micrositios barriales. De modo que San Pacho estuviera disponible en el mundo entero al alcance de un clic y los contenidos de la web -en español y en inglés- contribuyeran a ilustrar a los usuarios y potenciales visitantes sobre la trascendencia y valor patrimonial de la fiesta. Superar el reduccionismo noticioso y esa especie de endogamia informativa que caracteriza a la comunicación actual de la Fiesta de San Pacho en Quibdó sería una contribución invaluable a la salvaguardia de la fiesta y a su conexión con el país y el mundo, para que el resto de la humanidad conozca y sienta esta fiesta como parte de su patrimonio cultural inmaterial.

Imágenes: Facebook Fiestas de San Pacho.



[1] La decisión del Comité de la Unesco de inscribir a San Pacho en la lista representativa de patrimonio cultural inmaterial de la humanidad puede consultarse en: https://ich.unesco.org/en/Decisions/7.COM/11.9

[2] El texto completo de esta convención se puede leer en: https://ich.unesco.org/es/convenci%C3%B3n

[3] UNESCO. Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial. Capítulo IV. Artículo 16. En: https://ich.unesco.org/es/convenci%C3%B3n

[5] La lista completa de las nominaciones que fueron consideradas por la Unesco en la misma sesión que la Fiesta de San Pacho puede consultarse aquí: https://ich.unesco.org/en/11-representative-list-00520

[6] La Resolución Nº 1895 del 20 de septiembre de 2011, del Ministerio de Cultura puede consultarse en: https://www.mincultura.gov.co/prensa/noticias/Documents/Patrimonio/09-Resoluci%C3%B3n%201895%202011%20San%20Pacho,%20Quibd%C3%B3.PDF

 

26/09/2022

 El ejemplo de Yolanda

**Collage Viva La Ciudadanía. Semanario virtual. Octubre 2016.

Yolanda Cerón Delgado fue asesinada en Tumaco, al mediodía del 19 de septiembre de 2001, en el atrio de la iglesia de Nuestra Señora de La Merced, en el Parque Nariño. La orden de su asesinato, vil como el que más, fue dada por un comandante paramilitar que se hacía llamar Pablo Sevillano, quien confesó su atrocidad 20 años después, ante la Comisión de la Verdad, en una audiencia de reconocimiento de responsabilidades llevada a cabo en el municipio de Rionegro, al oriente del departamento de Antioquia, el 25 de junio del año pasado.

Allí se hicieron presentes para testimoniar su dolor, su admiración y su reconocimiento a Yolanda, dos de sus compañeros más cercanos y frecuentes de andanzas organizativas y luchas comunitarias: Ángel María Estacio y María Valeria Mina, con quienes Yolanda trabajó en el fortalecimiento y consolidación de la Asociación Campesina del río Patía Grande, sus Brazos y la Ensenada de Tumaco, ACAPA, desde finales de la década de 1980. En nombre de su gente de los municipios de Mosquera, Francisco Pizarro y Tumaco, él en versos, ella en canto, ambos con el alma bañada en lágrimas, rememoraron la trayectoria de Yolanda y su compromiso incondicional con la causa y el proceso que conduciría a estas comunidades a la obtención del título colectivo de sus territorios, en el marco de la Ley 70 de 1993, en virtud de la cual su organización se consolidaría como uno de los consejos comunitarios más representativos de las comunidades negras de la región.

Yolanda había informado a las autoridades civiles, a los militares de la Armada y a la policía de Tumaco que esto iba a suceder. Ante la duda sistemática y la despiadada conseja de que sus denuncias carecían de fundamento, Yolanda atendió la rastrera exigencia de que les entregara a los militares las pruebas de que la estaban amenazando y de que su muerte era inminente. En un detallado memorial les entregó las evidencias de su fatídica e irracional condena a muerte y puso de presente la indudable connivencia entre militares y paramilitares en Tumaco y sus alrededores. Sin miramientos ni vacilaciones, sin tapujos, Yolanda escribió y escribió, en su oficina de la Pastoral Social de la Diócesis de Tumaco, adonde había llegado con la humildad característica de su ser y de su congregación religiosa: la Orden de la Compañía de María Nuestra Señora, conocida como La Enseñanza, fundada en 1.607 por Juana de Lestonnac (1556-1640), quien era sobrina de Montaigne. Una congregación a la cual Yolanda se sentía totalmente orgullosa de pertenecer, y de la cual -siempre- lamentó haberse tenido que retirar, con la misma sinceridad y grandeza de espíritu con la cual a ella un día ingresó.

Yolanda misma fue hasta la Armada, en Tumaco, hasta la Alcaldía, hasta la Policía, hasta cuanta oficina le dijeron que fuera, y radicó la comunicación que había escrito con sus dedos volando sobre el teclado del computador, casi a la misma velocidad de su mente prodigiosa. Cuando la escribió, estaba pensando en su papá, que tanto la había querido en la vida. Estaba pensado en la gente de la Playa de Salahonda, que con tanto amor la había acogido sin medida. Estaba pensando en sus hermanas de La Enseñanza, a quienes tanta sororidad les debía. Estaba pensando en una nueva forma de amor, inédita hasta hace pocos años para ella… A los pocos días de que su caso, denuncia incluida, fuera tratado en uno de esos tristemente célebres e inocuos consejos de seguridad, en donde un militar tuvo la desfachatez de afirmar que el escrito parecía obra de la guerrilla, Yolanda fue asesinada, al mediodía de aquel 19 de septiembre de 2001, cuando salía de la oficina a buscar su almuerzo.

Hoy, 21 años después del horrendo crimen de Yolanda Cerón Delgado, que durante un tiempo paralizó de miedo a las comunidades y a la iglesia de Tumaco, es bastante frecuente, hasta convertirla en lugar común, citar como síntesis del legado de Yolanda una frase que ella pronunció en una entrevista durante el acto de entrega del título colectivo del territorio de comunidades negras a la ACAPA, el 29 de agosto del año 2.000, en la vereda La Playa, del Municipio de Salahonda, cuyo nombre oficial es Francisco Pizarro; quizás por la inexistencia de otros registros completos de sus palabras, intervenciones, enseñanzas y charlas durante su activa vida misionera, religiosa, de liderazgo social y de defensa de los derechos humanos. “El principal mensaje es que no se desanimen, que sigan adelante, que el trabajo apenas empieza”, fue la frase de Yolanda, grabada para la posteridad como parte de una entrevista que ella concede en ese momento y en la cual resume el proceso de obtención de aquel título colectivo del que ella -así nunca lo reconociera, como corresponde a su infinita modestia- fue artífice y motor; al igual que fue artífice e inspiradora de significativos cambios en el enfoque y las acciones pastorales del Vicariato Apostólico, posteriormente diócesis, de Tumaco. “Fueron las mismas comunidades las que trabajaron, las que lucharon, las que elaboraron su historia, su censo, sus prácticas tradicionales de producción. En síntesis, fueron las comunidades las protagonistas de este proceso de unidad, de organización, hacia la construcción de un futuro mejor para ellas y para sus hijos”. Así resumió Yolanda el proceso, en la entrevista mencionada, ese martes 29 de agosto de hace 22 años, un año antes de su triste muerte.[1]

Desde su llegada al Vicariato Apostólico de Tumaco, a mediados de la década de 1980, para integrarse a la misión que las religiosas de La Enseñanza tenían en La Playa de Salahonda, Yolanda trajo nuevos vientos a su congregación. Aunque era tímida por naturaleza, entabló rápidamente una conexión especial con mujeres del lugar que empezaron a encontrar en ella a una amiga cercana y a una interlocutora sobre temas de preocupación comunitaria, una persona realmente y vivamente interesada en su vida cotidiana, en su presente y en su futuro, en sus historias, en su familia, en los secretos de estas mares y estos montes, de estas orillas y estas playas, varios de cuyos asentamientos datan de hace más de cuatro siglos. Así que pronto Yolanda se hizo a un lugar entre la gente y fue acogida plenamente en la vida comunitaria y en el trabajo pastoral de sus hermanas de congregación. Martina Granja, Mercedes Yepes, Teotista Alarcón, María Valeria Mina, Ángel María Estacio y Juan Carlos Angulo, quien la conoció siendo un niño de escuela primaria, son algunas de las personas con las que Yolanda se amistó y fraternizó para siempre y con quienes -entre decenas más de líderes y lideresas del Patía Grande- construyó paso a paso el proceso organizativo de las comunidades, reunido en ACAPA.

El Padre José Ricardo Cruel Angulo, un sacerdote que conoció a Yolanda desde su llegada al entonces Vicariato Apostólico, sintetizó así su aporte al trabajo de esta iglesia local: “La Diócesis de Tumaco venía en un trabajo importante de pastoral; pero, a través de esta espiritualidad, este compromiso de Yolanda, la diócesis empieza a ver otros horizontes, empieza a asumir las culturas que están dentro de su territorio como muy importantes y las empieza a asumir como propias, en el sentido de ponerse de su lado, de acompañarlas en sus procesos de reivindicación de sus derechos”[2]. Por su parte, el obispo emérito de Tumaco, Gustavo Girón Higuita, quien dirigió los destinos pastorales de esta jurisdicción como Vicariato y como Diócesis, reconoció también el papel de Yolanda en la renovación del trabajo eclesial: “Fue ella realmente una de las propulsoras mayores en nuestra diócesis de este trabajo de favorecer las comunidades negras y apoyarlas. Ella sentía muy en su corazón la suerte de todas estas comunidades”.[3]

A través de su evidente y genuino compromiso en defensa de la vida, de su ejemplar humildad y de su capacidad inagotable para estudiar y comprender la realidad social de las comunidades, Yolanda se ganó paulatinamente la confianza del clero local y de los misioneros de la Orden de Carmelitas Descalzos, a la cual también pertenecía el obispo Girón Higuita. Sus propuestas e ideas empezaron a calar en la visión pastoral de esta iglesia, lo cual se tradujo en apoyos cada vez mayores al proceso de comunidades negras en la región. De fondo estaba la noción de espiritualidad de Yolanda: “Espiritualidad es también esa forma de ser, de pensar, de vivir y de comprometernos por la que hemos optado y con la que queremos contribuir a la construcción de la nueva sociedad en el día a día. Es el sentido que le damos a lo que hacemos, incluso a los errores”, escribió Yolanda en una nota personal, de su puño y letra, en junio de 1994. Este párrafo también la sintetiza.

“Sin la presencia de la Hermana Yolanda, yo no veo reparación posible. Porque la Hermana significaba mucho para nosotros. Para mí la reparación más importante que nos podrían hacer las personas que mataron a la Hermana sería garantizarnos todos los derechos por los cuales nosotros hemos venido luchando”, expresó Juan Carlos Angulo, dirigente histórico de ACAPA, quien desde los ocho años de edad compartió el proceso organizativo con Yolanda, en un homenaje en el décimo aniversario de la muerte de esta mujer ejemplar.

Veintiún años después de su muerte, la vida de Yolanda Cerón Delgado es y seguirá siendo un ejemplo de autenticidad, compromiso y valentía en la defensa de la vida y los derechos de la gente del Pacífico afrocolombiano.



[1] La breve entrevista a Yolanda Cerón está incluida en un video en homenaje a su vida, producido por la Diócesis de Tumaco en el año 2011. "El trabajo apenas empieza", es su título y puede verse en: https://www.youtube.com/watch?v=70XTvlszlxU

[2] "El trabajo apenas empieza". Video homenaje a Yolanda Cerón. Diócesis de Tumaco, 2011. En: https://www.youtube.com/watch?v=70XTvlszlxU

[3] Ibidem.

19/09/2022

 Cuarenta mil almas y diez mil caimanes

Mapa oficial de la Intendencia Nacional del Chocó, 1907.

Es lunes. En el puerto platanero de Quibdó quedan todavía algunas canoas ranchadas en donde han pernoctado bogas y campesinos que llegaron en la madrugada del sábado para el mercado semanal de la ciudad. Aún quedan dos semanas del mes de marzo de este año de 1930, que tan inope se ha ido tornando debido a la enorme crisis económica del mundo, cuyos estragos han alcanzado a la Intendencia Nacional del Chocó. Dentro de un mes exactamente, el 17 de abril, será jueves santo, primer día del triduo pascual de este año. Dentro de unos quince o veinte días, poco antes de que comience la semana santa, Abraham Hauad demandará al municipio de Condoto ante el juez primero del circuito provincial del San Juan, doctor Sergio Abadía Arango. El comerciante turco reclama el reconocimiento económico de una serie de órdenes de pago que ha comprado hasta por la mitad de su precio a distintos contratistas y empleados públicos, quienes no tuvieron otra salida ante la precariedad actual de su situación económica.

Hay conmoción por todas partes de la Intendencia. Desde Bogotá, el representante a la Cámara Reinaldo Valencia sostiene que el Chocó va camino a la ruina y, en Quibdó, su amigo y contertulio, Lisandro Mosquera Lozano, califica como desconsoladora la situación de privaciones, hambre y desolación que se vive en la provincia del San Juan, de donde acaba de regresar luego de larga estadía como empleado intendencial. El Intendente Nacional, Jorge Valencia Lozano, ha ordenado esta mañana la suspensión definitiva y hasta nueva orden de todos los trabajos en las obras públicas que en el momento se adelantan en la ciudad capital, entre ellas la construcción de la casa de gobierno o palacio intendencial, y la apertura de servicios del Hospital San Francisco de Asís, cuya construcción básica está prácticamente terminada. Están exhaustas las arcas de la Intendencia y la deuda por concepto del servicio público se incrementa cada día. Así que, según lo explica el Intendente, la medida es preventiva de males peores y ha sido tomada para afrontar una situación fiscal que él considera pavorosa y frente a la cual le han pedido desde Bogotá que tenga paciencia. Paciencia a la cual él le ha sumado su característica responsabilidad.

Un mes atrás, el domingo 9 de febrero de 1930, se realizaron las elecciones presidenciales en toda Colombia. El triunfo del liberal boyacense Enrique Olaya Herrera puso fin a la hegemonía conservadora de casi medio siglo en el poder. El poeta payanés Guillermo Valencia (conservador) y el General Alfredo Vásquez Cobo (disidente conservador), por más de 120 mil y más de 150 mil votos de diferencia, respectivamente, fueron los derrotados. En el Chocó, únicamente en El Carmen de Atrato y en Tadó no triunfó el candidato liberal. En El Carmen, los resultados fueron: 107 votos por Valencia contra solamente 32 por Olaya y 12 por Ospina; en Tadó ganó Vásquez Cobo, con 634 votos, frente a 462 de Olaya Herrera y 20 de Valencia. De resto, Olaya Herrera barrió literalmente en las urnas chocoanas. En Quibdó, por ejemplo, Valencia obtuvo 93 votos, contra 1.187 del candidato liberal y 173 del disidente conservador, quien incluso también le ganó a Valencia en Bagadó, Istmina, Tadó, Nóvita y Sipí. En estos dos últimos y en el municipio de Baudó, Valencia obtuvo cero votos. En resumen, de la votación total de 7.173 votos en el Chocó, solo el 8% correspondió al conservador Valencia; Vásquez Cobo lo duplicó, con el 17%; y Olaya Herrera obtuvo una abultada mayoría de 5.381 votos (75%) y es ahora el nuevo presidente, con quien se inaugurará el periodo conocido como la República Liberal, que tantos cambios traerá al país en todos los aspectos.

En este nuevo escenario, que incluye un incremento significativo del número de votantes en todo el país, han puesto sus esperanzas de progreso los liberales chocoanos, gran parte de ellos gente del pueblo raso, como los campesinos a quienes se les están madurando decenas de raciones de plátanos que no alcanzaron a venderse el sábado, día de mercado en el puerto platanero, a la orilla del río Atrato. Ya han dormido dos noches seguidas ahí mismo, en sus canoas ranchadas, de modo que no pueden seguir esperando. Así que venden lo que pueden a precio de huevo y regalan el resto a parientes y conocidos, para poder regresar a sus orillas de siempre, no sea que se les vaya la semana aquí en Quibdó, esperando lo que no va a llegar tan pronto como ellos quisieran: un precio mejor, tanto para su plátano y demás productos, como para la sal, el querosín, el árnica y otras dos o tres cosas indispensables que alcanzaron a comprar con los reales que consiguieron con las ventas.

Olaya Herrera y López Pumarejo en el ámbito nacional,
Valencia Lozano y Arriaga Andrade en el ámbito regional,
estuvieron entre los primeros artífices del cambio en el Chocó,
a partir de la década de 1930.
FOTOS: Licencia Creative Commons Wikipedia.
Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó.

“Cerca de la mitad de la población campesina, es decir, 40.000 escombros humanos que agonizan, roídos por el pian y la miseria, sobre el suelo más rico de Colombia, exigen la inmediata intervención del Estado”, escribirá cinco años después Adán Arriaga Andrade, el patricio liberal, padre del derecho laboral colombiano, quien fue también uno de los mejores administradores de la Intendencia Nacional del Chocó[1]. A las carencias estructurales en educación, salud e ingresos, el pueblo chocoano hubo de sumarle los variados males provenientes de la crisis económica mundial del año 1929, que seguirían vigentes por algunos años más, aunque no a todos los sectores de la región los afectarán por igual.

Mientras despiden masivamente a sus obreros o los obligan a trabajar sin paga durante el tiempo que los capataces dictaminen, las empresas mineras extranjeras, como la Chocó Pacífico en Istmina, Andagoya y Condoto, terminarán de raspar prolijamente con sus dragas -como se raspan de un caldero los restos del crujiente arroz pegado- las orillas y los lechos de los ríos hasta agotar las existencias de metales preciosos en las cantidades que para ellas resultan atractivas y rentables, y dejarle el cascote y la desesperanza a los mineros de batea y almocafre.

Mientras los campesinos entresacan uno que otro palo para sus casas y enseres, y cultivan día a día lo que el sábado llevarán al mercado de Quibdó, de las selvas chocoanas, especialmente del Medio y Bajo Atrato, continuarán saliendo maderas finas y productos no maderables, como tagua, balata, ipecacuana y quina. Igualmente, miles de animales de monte morirán torturados por sus verdugos extranjeros, a quienes les interesa exclusivamente su piel, altamente cotizada en los mercados internacionales de la fatuidad marroquinera. De hecho, este lunes 17 de marzo de 1930, están de paso por Quibdó los alemanes Otto Benz y Frank Keep, quienes vienen de Atrato abajo y llevan rumbo hacia el río Baudó, “para continuar en su empresa de cacería de caimanes”, como lo narra una nota del periódico ABC, que los entrevista con un entusiasmo digno de mejor causa, para que ellos relaten sus sórdidas tácticas de caza, mediante las cuales, en 1929 lograron exportar cerca de 10.000 pieles, es decir, mataron cerca de 10.000 caimanes.

“¿Qué número de caimanes calcula usted, Míster Benz, que se hayan destruido por los cazadores?”, pregunta el cronista del diario ABC, de Quibdó. “A ciencia cierta no puedo precisar. En estas labores se hallan empeñados muchos habitantes del Bajo Atrato, y mientras una parte trabaja, por ejemplo, en la ciénaga de Tadía, la otra se encuentra diseminada en las demás, que como usted sabe, son muchísimas. En la ciénaga del Limón, se mataban de 30 a 40 animales por noche, entre los individuos que trabajamos allí. Esto duró por varias semanas. En la llamada La Honda, una de las más grandes del Atrato, se cazaron, también entre todos los que estábamos en cacería, algo más de 600”; responden con satisfacción los alemanes, a quienes ABC despide con inusitado entusiasmo: “Dimos un estrecho apretón a estos dos hombres de buena voluntad, que se dedican día y noche al trabajo, y les manifestamos nuestros agradecimientos por los datos que dejamos transcritos”[2]. En el mes que acaba de pasar, febrero de 1930, calculan los alemanes que mataron 900 caimanes.

Cuatro días antes, en Condoto, se lleva a cabo una reunión de liberales “con el objeto de acordar el obsequio de una tarjeta de oro al doctor Enrique Olaya Herrera, por su resonante triunfo en el debate presidencial”[3]. Este hecho da una idea del tamaño de las esperanzas que, en medio de la crisis, han suscitado en el Chocó las promesas liberales de cambio, que se materializarán en los significativos avances de la tierra chocoana, en el curso de dos décadas, cuyo comienzo se debe -justo es reconocerlo- al gobierno de  “Concentración nacional”, de Olaya Herrera, bajo el lema “Hagamos de Colombia un pueblo grande”, y al gobierno de la “Revolución en marcha”, de Alfonso López Pumarejo.

El acceso a educación superior de buena calidad -financiada por el Estado- para los abundantes talentos regionales marcará positivamente el devenir de la comarca, que de la mano de sus propios hijos alcanzará su sueño de progreso y autonomía, cifrado en la obtención de la categoría política de departamento. El mejoramiento e incremento de la oferta e infraestructura de educación primaria y secundaria de carácter público y gratuito en la región contribuirá a la democratización de la vida ciudadana, a la ruptura de barreras de exclusión y al acceso de las mujeres a escenarios diferentes al matrimonio y el hogar. La inauguración del primer hospital que mereció tal nombre en el Chocó, el hoy decadente San Francisco de Asís, traerá consigo ejemplares campañas de salubridad en todos los rincones de la región, mediante las cuales se erradicarán endemias y epidemias, disminuyendo significativamente las periódicas mortandades en los campos del Chocó. Amplios y eficientes programas de apoyo a la agricultura y a la producción en las zonas rurales, dirigidos por agrónomos y técnicos que recorren el territorio chocoano, contribuirán al mejoramiento de las economías locales y a la estabilización del mercado regional. Una fábrica oficial de licores y una lotería de beneficencia incrementarán los caudales propios del nuevo departamento. La infraestructura de la región alcanzará puntos de auge hasta entonces impensables, incluyendo edificios públicos dignos, trazado y pavimentación de calles, la primera carretera hacia el interior del país, plantas eléctricas, servicios telegráficos y el primer acueducto de Quibdó… 

Estos y otros acontecimientos de verdadera gobernanza le darán sustento a la esperanza. Buenos tiempos han llegado y permanecerán hasta que dure -como emblema del liderazgo regional y distintivo del servicio público- el compromiso con la propia tierra y la propia gente, a través del ejercicio profesional idóneo, digno y honrado.


[1] El texto completo de Arriaga Andrade fue materia de un artículo de El Guarengue: Como si hoy fuera ayer. Los problemas del Chocó según Adán Arriaga Andrade, que puede leerse en: https://miguarengue.blogspot.com/2020/03/como-si-hoy-fuera-ayer-los-problemas.html

[2] ABC, Quibdó, 17 de marzo de 1930. Edición Nº 2157. La cacería de caimanes en el Atrato ha dado magníficos resultados. En La Honda se pescaron 600. Diez mil pieles se exportaron en 1929.

[3] ABC, Quibdó, 13 de marzo de 1930. Tarjeta de oro para el Presidente Olaya Herrera.

12/09/2022

 Vandumias

*FOTOS: archivo El Guarengue*

Las frutas nativas ocupaban la primera línea de los mecatos de nuestra época. Nos gustaban tanto, que suspirábamos por ellas cuando su tiempo de cosecha se acercaba, cuando en los palos de los patios de las casas de Quibdó o en las canoas campesinas del mercado a la orilla del Atrato aparecían las primicias de marañón o de zapote, de guama o de caimito, por ejemplo. Las consumíamos a placer, insaciablemente, en los recreos de la escuela o del colegio, en los paseos escolares o familiares, en las caminatas o patotas de amigos sentados en los andenes y esquinas de los barrios donde pasábamos los ratos de ocio echando chistes y mentiras, contando anécdotas y cuentos. Las frutas -chocoanas- eran parte de nuestra vida cotidiana. Nadie, ningún adulto, -y eso era quizá lo mejor- tenía que exhortarnos, obligarnos o motivarnos a comerlas. Por el contrario, muchas veces nos pedían limitar el consumo so pena de un dolor de barriga por empacho o indigestión.

Y es por eso que hay sabores y aromas, consistencias y colores, que se quedaron para siempre en la memoria y forman parte del elenco estelar de la sapidez de nuestras vidas. El deleite cremoso de una pepa de árbol del pan cuya concha retirábamos con los propios dedos. La dulzura refrescante de un tarro de caña de azúcar, dulce o agria, pelada a diente limpio y chupada hasta dejarla convertida en un bagazo mustio. La inefable presencia de un marañón maduro, de sabor tan impecable como la belleza de sus flores tapizando los patios con el mismo color del cielo atrateño en un crepúsculo de verano. El olor impecable y liso del caimito maduro y su sabor pegajoso y lento. El colorido tesoro escondido de las cinco pepas carnosas de un zapote bien maduro y su jugo escurriéndose por la comisura de los labios. La agridulzura de una guayaba biche y la candidez rosada de una guayaba madura deshaciéndose en la boca. Una coronilla aguándonos la boca o un lulo con sal estremeciéndonos la vida. Aquella dulzura única de la que solo se sabe cuando se come piña chocoana. El sabor aterciopelado y blanquecino de la guama, cuyas pepas entreabiertas casi siempre terminaban de aretes, narigueras o uñas postizas en los juegos infantiles. El placer glorioso, amarillo y polvoroso de un chontaduro con sal o con un buen pedazo de panela campesina aliñada.

Pero, no todo eran frutas en el reino infantil de las vandumias de los tiempos idos hace menos tiempo del que podría pensarse. También estaban las delicias que salían de las manos y de las cocinas de las señoras que las vendían en el andén de sus casas o en los recreos de escuelas y colegios o en las canastas y bandejas que recorrían las calles en las manos o sobre las cabezas de sus hijas y sus hijos. De este embrujo misceláneo formaban parte la sosiega de maíz (cancharina, cofio o cuscús, en otras regiones); las cocadas: de panela y coco, asadas, de piña, de papaya; las panelitas de leche y las velitas, los panes dulces y las cucas; las panochas y panderos; los pandeyucas y las runchas; los envueltos de coco, de maduro, de choclo y de sal o de masa simple; los queques y enyucados, los domplines y las donas; las masitas fritas con queso y las hojaldras calientes y crujientes; los pasteles de Taurina a la entrada o salida del Teatro César Conto; las parvas de la panadería La Caucana: pan batido de punta, cubanitos y borrachos; el maní tostado en cucurucho de papel, que en su bicicleta vendía el manisero. O aquellos pequeños banquetes consistentes en tres o cuatro ensartas de sardinas fritas (cocó o rabicolorada), con plátano cocido o en tajadas fritas; o simplemente arroz vacío o arroz con queso clavado y hasta longaniza, de vez en cuando; que se preparaban en las inolvidables bodas, aquellas divertidas reuniones de amigos que en las tardes se juntaban en la cocina de una casa para cocinar lo que resultara del conjunto de ingredientes que entre todos llevaban o compraban… Todo ello acompañado de kolitas caseras y avenas con leche o sin leche, jugos de borojó y lulo, badea y guayaba agria, etcétera, etcétera, de cuanta fruta hubiera, que para eso siempre había.

El auge o frenesí de los empaques plásticos, principalmente chuspas
-de todos los tamaños y para todos los usos-,
se dio en Quibdó a finales de la década de 1970.
Antes de eso todos los empaques eran de materiales reciclables,
como papel Kraft, hojas y cortezas vegetales.
FOTOS: Mercado Libre.

Éramos felices y lo sabíamos, aunque no lo proclamáramos ni lo dijéramos mucho, y aunque a veces -dadas las condiciones del entorno- no lo pareciera. De lo que sí no sabíamos entonces era de lo saludable que comíamos, de lo sanas que en general eran nuestras vandumias. Tampoco supimos nunca, en aquellos maravillosos años, que el papel de envolver, que era como llamábamos al Kraft de diversas densidades en el que nos entregaban desde el queso costeño en las tiendas hasta los medicamentos en las farmacias, los adornos de modistería en las cacharrerías, los panes calientes de los hornos caseros de barro de los barrios de nuestra infancia, las parvas de la Panadería La Caucana, los cucuruchos de maní que en su bicicleta vendía el sonriente manisero, e incluso las hojaldras que vendían las señoras en las esquinas y en los andenes de sus casas; eran la mejor envoltura que podría haber y que, años después de haber inundado las casas, las calles, los barrios, los solares, las quebradas y los ríos, la vida toda, de plástico de todos los tamaños, usos, densidades y composiciones, la humanidad toda desearía regresar a aquellos tiempos en los que nosotros vivimos y que, para ello, sería necesario imponer tributos por parte del Estado.

Nada mal nos habría ido a los quibdoseños de hace medio siglo con la reforma tributaria que actualmente se tramita en el Congreso de Colombia en materia de impuestos a los mecatos y antojos, o vandumias, en la jerga local de la época. De ser aprobada esta sección de la ley propuesta, se impondrían gravámenes a la comida ultraprocesada -también conocida como comida chatarra, por obvias razones de su escasa o nula calidad nutritiva- y a las bebidas azucaradas, aquellas que, además de saborizantes artificiales y agua -casi siempre carbonatada- contienen azúcar añadida o añadido, que de ambas maneras, en masculino y femenino, se puede endulzar hasta el hastío un falso jugo, una gaseosa o menjurjes similares de esos que se convirtieron, para desgracia de la nutrición y la salud del pueblo colombiano, en bebidas más consumidas que el agua o los jugos de frutas de verdad. Igual de bien nos habría ido respecto al gravamen a los plásticos de un solo uso, aquellos que se usan y se tiran a la basura o al río después de que el producto que ellos envuelven es extraído o consumido.


05/09/2022

 La Alborada General
de las Fiestas de San Pacho


"El 3 de septiembre en la noche, sale la Alborada.
Toditos los barrios se juntan en la madrugada
y entre voladores, chirimías, todos celebramos,
y vibra en nosotros la fe que le tenemos a San Pacho".
Homenaje a San Pacho. Hansel Camacho.[1]

San Francisco de Asís en oración.
Francisco de Zurbarán, siglo XVII.
San Francisco de Asís. Fragmento de un mural
de Maximino Cerezo Barredo, en Quibdó.

En la tarde del 3 de octubre de 1226, a los 44 años de edad, Francisco de Asís murió en su pueblo natal. Menos de dos años después, el 16 de julio de 1228, fue canonizado por quien en vida había sido uno de sus mejores amigos y a quien le había vaticinado que alcanzaría el papado: Ugolino de Segni, quien había sido gran defensor de las denominadas órdenes mendicantes -como la orden franciscana- y quien al ser elegido sumo pontífice de la iglesia católica adoptó el nombre de Gregorio IX.

Siete siglos después de la muerte de San Francisco de Asís, a mediados del año 1926, a unos diez mil kilómetros de distancia en línea recta de aquella pequeña ciudad italiana en cuya basílica se hallan los restos del santo, cuya tumba es visitada cada año por millones de turistas peregrinos; a orillas del río Atrato, en Quibdó, una población con una docena de calles y una decena de carreras, cuya población no pasa de 25.000 habitantes, agrupados en siete barrios, repartidos en doce sectores; un grupo de hombres y mujeres que gozan de reconocimiento popular y cuentan con ascendiente sobre sus vecinos promueven acciones para fortalecer y organizar mejor la fiesta que en homenaje a este santo se viene celebrando cada año -desde 1648- en la ciudad que los vio nacer o en donde transcurren sus vidas en la actualidad.[2]

Puede que la Iglesia mande la parada en todo lo referente a los asuntos religiosos; pero, el pueblo es depositario y sujeto de sus tradiciones, de sus creencias, de su espíritu festivo y bien puede mandar la parada en lo referente a cómo organizar las cosas de la mejor manera, pues ideas no es precisamente lo que falta. Esto piensa el honorable ciudadano liberal Balbino Arriaga Castro, cuyas ideas sobre el particular son apoyadas por amplios sectores del comercio y de la sociedad local. Don Azarías Valencia y don Julio Perea Quesada, al igual que una reconocida matrona del barrio de la Yesca[3], la señora Raimunda Cuesta, quienes mantienen relaciones cordiales con los padres claretianos, misioneros a cargo de la Prefectura Apostólica y de la parroquia de Quibdó, secundan a don Balbino y lo acompañan en la dirección de su empeño.

Sucesivas reuniones se llevan a cabo en un pequeño despacho de la iglesia parroquial, situada en el costado norte de la plaza central de Quibdó, que desde 1910 ha sido bautizada Centenario de la Independencia, en conmemoración de dicha efeméride de Colombia, y en donde hasta la actualidad permanece en su lugar un obelisco o columna conmemorativa del magno acontecimiento. Los señores Arriaga, Valencia y Perea, y la señora Cuesta, tratan de estar siempre presentes en estas reuniones con el misionero claretiano español Nicolás Medrano, hombre en quien -salvo algunas diferencias ideológicas, que mejor no se tocan para no empañar el asunto central- todos reconocen espíritu progresista, talento artístico y verdadera preocupación por la grey. De hecho, es el Padre Medrano quien ha tomado, literalmente, la batuta de la idea de crear una banda municipal de música a la altura de las capacidades artísticas que abundan en estos lares, como él mismo lo reconoce, y de esta ciudad que cada día se parece más a un halo iridiscente de la luz del progreso en la remota mitad de la copiosa selva atrateña.

Ideas van, ideas vienen. Días y semanas transcurren, desde el mes de María, que fue cuando empezaron en forma los intercambios entre Medrano y varios grupos de quibdoseños sobre la tradición franciscana. Sucesivas reuniones después de las misas dominicales, encuentros casuales en los salones sociales y cafés de la ciudad, charlas particulares entre mujeres y hombres de distintas zonas, oficios, instituciones y gremios de la ciudad. La siembra en tierra buena da buena cosecha: “De esa época datan algunos de los elementos fundamentales del esquema ceremonial de la celebración de las Fiestas de San Francisco de Asís o San Pacho, en Quibdó, en los que se integran componentes religiosos y componentes seculares o laicos de la festividad, tales como la asignación de un día a cada barrio, las carrozas alegóricas o disfraces, los monumentos o altares religiosos o arcos que se preparan para la procesión solemne del 4 de octubre, las alboradas y desayunos franciscanos con los que comienza el día de cada barrio, las comparsas barriales organizadas por vecinos y amigos, y las desaparecidas vacalocas”[4].

La Alborada General, en su modalidad de recorrido por todos y cada uno de los barrios y pregón del comienzo de las fiestas, es un elemento sustancial incluido también en la estructura adoptada hace casi un siglo para esta celebración anual en homenaje al santo patrono de la ciudad -entre el 19 de septiembre y el 5 de octubre- que desde el año 2012 fue reconocida por la Unesco como Patrimonio cultural inmaterial de la Humanidad.

Igualmente, este nuevo esquema celebrativo de las fiestas de San Pacho incluyó también las representaciones o juntas barriales, que confluyen en una junta organizadora central, en ambos casos con el liderazgo de hombres y mujeres cuya legitimidad en la representación proviene de ese nuevo eje de identidad que es el barrio, nuevo escenario de la vida cotidiana y de la cultura de las comunidades y familias que en él se asientan, que en cierto sentido suple a la orilla y al pequeño caserío rural como espacios comunes, de confluencia y encuentro. “Los barrios en que se divide la ciudad para festejar a San Francisco se dieron cita anoche, a las doce, para anunciar el mes que falta para la fecha del patrono; con varias salvas de artillería y recorrido de la banda de músicos por las calles”, informa el diario ABC, el jueves 4 de septiembre de 1930, en una nota titulada Alborada general de las fiestas franciscanas.

Treinta años después de publicada aquella nota de prensa, el gran Rogerio Velásquez Murillo, primer antropólogo negro de Colombia, chocoano y eminente precursor de la etnografía en las comunidades negras del país, registró la alborada general en su clásico artículo “La Fiesta de San Francisco de Asís en Quibdó” [5], publicado en la Revista Colombiana de Folklore. En dicho texto, Rogerio Velásquez empieza por explicar y contextualizar el sentido de esta alborada y deja claro que esta parte de la fiesta es una novedad introducida a finales de la década de los años 20 del siglo XX:

“COMIENZOS DE LA FESTIVIDAD

El 4 de septiembre de cada año, a las doce de la noche, se da el aviso colectivo de que la fiesta se avecina. La manera escogida para noticiar a los católicos es la de disparar, desde todos los ángulos del pueblo, cohetes y pedreros, con el escándalo de gentes que gritan y cantan con la chirimía a la cabeza. Esta forma de alistarse para los eventos patronales nació en 1929, con motivo del centenario del Santo, y se conserva y practica por orgullo local”[6].

Es muy probable que el dato de 1929 sea un lapsus calami de la revista, que transcribió ese año en vez de 1926, que fue realmente cuando en Quibdó -a instancias de los misioneros claretianos- se le dio relieve a la efeméride de la muerte del santo, de la cual se conmemoraban entonces 700 años. No obstante, con lapsus o sin él, el dato del investigador Velásquez confirma y deja claro que es a finales de los años 20 cuando se reconfigura la estructura de la fiesta y toma fuerza el esquema barrial. De ahí que en el siguiente párrafo y con su mirada etnográfica, don Rogerio nos describa los detalles del transcurso de la alborada, destacando entre ellos -como elemento central- la importancia del barrio como escenario de la fiesta patronal de la ciudad y, de contera, la importancia de los líderes barriales de la misma, que a lo largo de los años serán considerados jefes y presidentes de los barrios.

Las fiestas de San Pacho incorporan así la configuración cultural y la apropiación territorial del escenario urbano de Quibdó por la comunidad negra, integrada tanto por miembros notables -con presencia en el ámbito social, económico y político de la ciudad- como por el pueblo raso, de procedencia rural, que ha llegado de los campos aledaños al centro poblado y ha reproducido aquí, en este nuevo espacio, su estilo lineal y ribereño de poblamiento en las tres grandes quebradas de Quibdó: La Yesca, La Aurora y El Caraño; en sus diques y pantanos y en el lomerío adyacente que se extiende hacia el oriente, es decir, hacia adentro, en lenguaje campesino.

Esta imagen de San Francisco de Asís,
en la Catedral de Quibdó, fue declarada
bien de interés cultural del ámbito nacional,
en el año 2006. En 2021 fue restaurada
por el Ministerio de Cultura.
FOTO: León Darío Peláez, 2008.
Las fiestas de San Pacho, así mismo, hacen posible el reconocimiento de una cierta dosis de poder a miembros de cada comunidad barrial a quienes sus vecinos invisten de autoridad para gobernar ese tramo feliz de la vida que son los días que dura la fiesta. De ahí que -como lo relata Rogerio Velásquez- en ese momento -y quizá hasta los años ochenta- no haya participación en eventos centrales de la fiesta, como la alborada general, de la comunidad blanca mestiza que ha detentado el poder político y económico, y que ha hecho de la distribución espacial original de la ciudad, con la carrera primera, paralela al río Atrato, como epicentro de todas las manifestaciones e instancias de poder, un reducto exclusivo y en gran medida excluyente. Tal concentración de poder, delimitación espacial incluida, es simbólicamente fragmentada por la estructura barrial que ahora será el escenario y territorio de las fiestas patronales, y por el poder conferido a los vecinos que las lideran en sus vecindarios, en estos nuevos escenarios de familia, comunidad y cultura popular en los que -desde principios del siglo XX- se convierten los barrios de Quibdó, como una nueva expresión de la antigua casa grande de la zona rural.

Este es el relato de Rogerio Velásquez al respecto:

“La concurrencia, ingiriendo bebidas, inicia un recorrido por los diversos barrios, que esperan el tumulto. En las casas de los jefes de cada uno de aquéllos, los músicos, sin esperar otra gratificación que algunas copas de aguardiente, ejecutan piezas antiguas, como bundes y bambucos. Descortesía que resiente es la de pasar de largo por las habitaciones de los cabecillas sin hacer lo que se ha dicho. Sólo la Banda de Música de San Francisco, única en la ciudad, tiene el privilegio de cruzar los arrabales sin detenerse en ninguna parte.

 

Cuando los ejecutantes se dispersan, se forman murgas parciales que amanecen cantando y bailando en las calles o en casas amigas. En este regocijo, como en otros que veremos, no cooperan ni participan hombres de la raza blanca”[7].

Ha pasado casi un siglo después de la introducción, en la estructura organizativa de la festividad, de la Alborada General de las Fiestas Patronales de San Francisco de Asís, en Quibdó, Chocó, Colombia, en su modalidad de pregón festivo que ahora recorre los barrios de la ciudad y no se limita, como hace un tiempo, a una breve procesión devocional por las inmediaciones del templo parroquial. Han pasado sesenta y dos años después de la publicación de un artículo en el que Don Rogerio Velásquez describe con precisión etnográfica este acontecimiento inaugural de la fiesta. Este sábado 3 de septiembre de 2022, una de las promociones publicadas convocando a los quibdoseños a participar de la Alborada General pregona: Desde hoy 3 de septiembre, la ciudad de Quibdó se viste de fiesta… y el resto de su texto es paráfrasis de la ya inmortal canción -del artista chocoano Hansel Camacho- “Homenaje a San Pacho”, que -treinta años después de su lanzamiento- es una expresión simbólica integral de la fiesta: una maravillosa y melodiosa versión -en ritmo de salsa y con sabor barrial- de ese otro emblema de la fiesta que es el solemne himno religioso “Gloria a San Francisco de Asís”, popularmente conocido como los Gozos Franciscanos, obra del misionero claretiano Nicolás Medrano, quien lo compuso como parte de la reestructuración de la fiesta en la tercera década del siglo XX.

Los significados y significantes de acontecimientos centrales de las Fiestas de San Pacho como la Alborada General, vistos en perspectiva histórica y en clave simbólica de etnicidad y cultura popular, son los que en el devenir de la tradición convierten a San Pacho en “la fiesta de mi pueblo”, como reza el lema distintivo de las festividades en este año 2022. No es en la vana opulencia del caché, que emula los carnavales de simple consumo turístico de otras latitudes, en donde se asienta el carácter patrimonial que para la humanidad toda tienen estas fiestas, según la declaratoria y el reconocimiento de la Unesco. La solemnidad de la tradición reside en su esencia, más que en los aditamentos con los que cada época la acicale.


[1] La canción completa, que se convirtió de facto en himno de la fiesta, puede oírse en:

https://www.youtube.com/watch?v=EoNz5avj8BA

[2] Los datos sobre el perímetro urbano de Quibdó están basados en un artículo de Andrés Fernando Villa, quien bajo el seudónimo de Aristo Velarde describe la ciudad en el periódico ABC a principios de la década de 1930. El texto de Villa es citado en: González Escobar, Luis Fernando. QUIBDÓ, Contexto histórico, desarrollo urbano y patrimonio arquitectónico. Centro de publicaciones Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín. Primera edición: febrero 2003. 362 pp. Pp. 190-191.

[3] Hasta la década de 1930, el actual barrio Yesca Grande se llamaba solamente La Yesca, sin el calificativo, que se le añadió para diferenciarlo del populoso barrio de La Yesquita, uno de los barrios de mayor peso y tradición en la celebración de las Fiestas de San Pacho, en Quibdó. Ambos nombres aluden a la quebrada que discurre por ambos barrios: La Yesca, que desemboca al río Atrato y es eje de poblamiento urbano desde mediados del siglo XX.

[4] El Guarengue, 4 de octubre de 2021. Nicolás Medrano, el Misionero Claretiano que compuso los Gozos Franciscanos. Primera Parte. En:

https://miguarengue.blogspot.com/2021/10/nicolas-medrano-el-misioneroclaretiano.html

[5] Velásquez Murillo, Rogerio. “La Fiesta de San Francisco de Asís en Quibdó”. Revista Colombiana de Folklore, volumen 4, 1960. Págs. 16-37.

En: https://www.bibliotecadigitaldebogota.gov.co/resources/2910695/

[6] Idem. Ibidem.

[7] Idem. Ibidem.