26/10/2026

 Lo que el fuego se llevó 

★La ciudad que quemó el incendio.
Quibdó 1954 (Foto: Guillermo Sánchez-El Espectador), Quibdó 1957 (Foto: Nereo López).

Entre las 9 de la noche del miércoles 26 de octubre de 1966 y la madrugada del día siguiente —cuando los rescoldos aún humeaban bajo el rocío matinal— las llamas de un histórico incendio, que cambiaría para siempre la historia local y regional de Quibdó y el Chocó, se llevaron consigo gran parte de la zona céntrica de la ciudad. Extensos sectores residenciales, comerciales e institucionales, a lo largo y ancho de las carreras primera, segunda y tercera, desde la cabecera del pueblo hasta las inmediaciones del templo parroquial, fueron consumidos por el fuego, que ardió a tutiplén ante los ojos de la ciudadanía y las autoridades, que no contaban con medios idóneos para hacerle frente a tan grande desventura.[1] El entonces Gobernador del Chocó, Ramón Mosquera Rivas, rememoró así la impresionante claridad con que las llamas iluminaron por horas gran parte de la ciudad: «Llegué a la zona de iniciación del incendio, donde el fuego había alcanzado alturas de más de 30 metros y la ciudad, inclusive la orilla opuesta del Río Atrato, se veía iluminada, como si fuera una noche de plenilunio».[2]

La ciudad que se quemó aquella noche tenía como referente espacial a la carrera primera, paralela al río Atrato. Su trazado, sus bocacalles y callejones, sus dinámicas comerciales, de servicios y de aprovisionamiento, confluían en esta avenida principal y en el inmenso río tutelar que atraviesa medio departamento, en cuyas riberas se sitúa la ciudad. Una serie de puertos, nombrados según los productos que en ellos se desembarcaban o el principal comercio que en ellos se ubicaba, eran escenario diario y semanal de las relaciones familiares, sociales y comerciales del campo atrateño con el poblado quibdoseño, al igual que de intercambios comerciales regionales y nacionales. En dichos puertos se desarrollaba, de modo todavía cuantioso hace 60 años, el intercambio comercial con Cartagena y el Caribe, a través de las denominadas “lanchas”, embarcaciones de madera de mediano calado, para transporte de carga principalmente, aunque también de pasajeros. De este modo llegaban a la ciudad el infaltable queso costeño, las vajillas chinas con sus floridos decorados, que marcaron toda una época en las casas de la ciudad, y la siempre esperada Kola Román; además de licores finos y baratos, abarrotes, mercancías y víveres. En su viaje de regreso, las lanchas cargaban madera de todo tipo y de todo bosque, previamente negociada por patrones y tripulantes, a su paso por los aserríos, pueblos y orillas del trayecto entre Quibdó y Cartagena.

En dichos puertos, a los que se accedía desde la calle por precarios y resbaladizos senderos y pasadizos, se resolvía gran parte de la vida de la ciudad que se quemó en aquella noche eterna de hace 60 años. Allí, en esas orillas donde se hincaban los guayacanes que sostenían las casas que miraban hacia la carrera primera y cuyas paliaderas daban hacia el río; se llevaba a cabo, los sábados desde el amanecer, el mercado semanal donde la población quibdoseña compraba a los campesinos del Atrato y sus afluentes todo tipo de productos agrícolas, pescado fresco y salado, hierbas medicinales y de condimento, carne de monte, algodón cerrero, panelas aliñadas, frutas de cosecha, artesanías y utensilios: desde cucharas y recipientes de mate o totumo y pesados manducos y rayos de madera para estregar ropa, hasta canastos, abanicos (pepenas) y sombreros de chocolatillo, bolsas y gorros de cabecinegro, piedras de moler y objetos decorativos hechos en madera de balso.

Con las casas de dos pisos y techos a cuatro aguas, con sus patios y balcones, sus corredores y zaguanes, sus puertas dobles, sus balcones de bolillo y sus ventanas, sus amplias alcobas, sus salones generosos y el crujido de sus escaleras; también se fue entre las llamas de aquel incendio la vieja arquitectura en madera, de inspiración caribe, que aún predominaba en la ciudad por influencia de los maestros carpinteros antillanos, que a principios del siglo XX llegaron al Chocó procedentes de Barranquilla, Cartagena y Panamá para construirle a los gringos de las empresas mineras sus casas y edificaciones en Andagoya y Condoto, La Vuelta y Lloró. Los últimos vestigios de esta arquitectura cayeron en desuso después de la llamada Remodelación de Quibdó, cuando los ladrillos y el cemento, las rejas de hierro y los techos de eternit se erigieron en nuevos emblemas de progreso urbano, seguridad y modernidad.

La bucólica periferia de aquella ciudad apacible donde el lomerío oriental y las quebradas La Yesca, La Aurora y El Caraño todavía eran sitios de paseo y excursión, de baño diario o recreativo, de lavado de ropa, de pesca y de extracción de leña, frutos silvestres y carbón vegetal; también se diluyó entre el humo lejano del incendio. Aquella periferia, rural y semirrural, se registraba en el imaginario quibdoseño bajo la noción de “monte”, con la que solía denominarse toda área no poblada y situada más allá de la cuadrícula central y de los conglomerados barriales que se habían conformado a partir de la apertura de la Alameda Reyes, en la primera década del siglo XX, y de la Avenida Istmina o Vía Interoceánica, en 1925. Convertidas en área de expansión urbana y poblamiento masivo y espontáneo de aquel nuevo Quibdó, que fue creciendo con escaso o nulo control y sin la menor planificación; las quebradas y las lomas perdieron su carácter de referentes espaciales como límites de la ciudad hacia el oriente, el norte y el sur; de modo que las intenciones de los planes de urbanización, concebidos en los tiempos de la Intendencia Nacional, fueron reemplazados por la simple venta de “mejoras”, próspero negocio que las autoridades municipales y la fe pública se limitaron a refrendar en cada transacción.

Remodelación de Quibdó después del incendio del 26 de octubre de 1966. La escena fue captada en un sector de la Carrera 1a. contiguo a la plaza de mercado. Al fondo se alcanza a ver el emblemático edificio de la Beneficencia del Chocó, conocido como el «8 Pisos». FOTO: Alberto Saldarriaga-Colección fotográfica. Banco de la República-Biblioteca Virtual.

Con los planes de la Remodelación, impulsados por el gobierno del presidente liberal Carlos Lleras Restrepo y coordinados por la Corporación Nacional para el Desarrollo del Chocó, creada para ese fin y posteriormente convertida en autoridad ambiental; llegaron a la ciudad y a la región las nuevas tendencias de urbanización dirigida y planificada bajo estándares y diseños uniformes, bajo el cobijo institucional del Banco Central Hipotecario y el Instituto de Crédito Territorial. Las llamadas casas de la Remodelación y las sucesivas urbanizaciones del barrio Niño Jesús son dos hitos del desarrollo urbano de Quibdó en aquellos años, que cambiaron para siempre las dinámicas de expansión y poblamiento de la ciudad, al igual que su estética, su arquitectura, su distribución social, sus dinámicas barriales y su dimensión ambiental y cultural.

En el amplio sector céntrico de Quibdó, unidades de vivienda en serie reemplazaron las que desaparecieron entre las llamas del incendio. Con sus perfiles geométricos visualmente atractivos en conjunto y la inclusión de andenes y balcones, servicios sanitarios modernos, timbres de llamado y áreas con potencial de establecimiento comercial en el primer piso; dichas viviendas irrumpieron exitosamente en la ciudad aún martirizada por la tragedia del incendio, aunque sus residentes siguieran extrañando la amplitud de sus antiguos espacios. De la pulcritud de aquellos conjuntos y su presencia ostensible en el espacio urbano, poco queda hoy: la mugre y la desidia, el ruido y la desfiguración producida por el tráfago cotidiano han reemplazado lo que nunca se supo si realmente fue una buena idea; pero que, en cualquier caso, era mejor que lo actual.

El barrio Niño Jesús, que fue el primer plan de vivienda social del Estado en Quibdó, dirigido principalmente a sectores con capacidad de pago, como los empleados oficiales (maestros, funcionarios, policías), se ejecutó en varias etapas y convirtió en área de desarrollo urbano una vasta zona antes semirrural de la ciudad, situada más allá de la loma de San Martín, en inmediaciones de la quebrada La Yesca y el río Cabí, que desde los años 40 se convirtió en fuente de abastecimiento del acueducto de Quibdó. Símbolo de estatus social y de comodidad habitacional, por varios años el Niño Jesús fue el principal referente de la ciudad que todos los quibdoseños querían habitar; hasta que sectores de la población empleados en entidades públicas o en el magisterio oficial mejoraron sustancialmente su situación económica y fueron adquiriendo y construyendo por su propia cuenta grandes extensiones en la antigua periferia de la ciudad, transformando el sueño colectivo en una visión de estricto estilo personal y de adscripción de clase social.

Trabajos de relleno de zonas de pantanos en Quibdó, años 70, con materiales extraídos del río Atrato por una draga del MOPT, conducidos por tubería de hierro a través de las calles y los barrios. Foto 1: Carrera 1a. entre calles 27 y 28. Foto 2: Vía de acceso hacia el barrio Niño Jesús desde la calle 20, en el barrio La Yesquita; al fondo en las lomas de San Martín se ven los tanques de almacenamiento del acueducto de Quibdó. FOTOS: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó.

A dichos hitos se sumó el prolongado y persistente trabajo de desecación de pantanos y relleno del dique aluvial del Atrato, en sentido occidente oriente, es decir, desde la orilla del río hacia adentro del antiguo pueblo. Este trabajo fue llevado a cabo como parte de la Remodelación de Quibdó, a través de una draga del Ministerio de Obras Públicas y Transporte, que durante varios años y con materiales extraídos del río Atrato, hizo urbanizables antiguas áreas de palmares y pantanos que se ubicaban entre las orillas del río, las planicies inundables de las quebradas y las colinas orientales de la vieja ciudad. De este modo, según los propósitos y expresiones oficiales, se sanearon y recuperaron extensas áreas de Quibdó; así como se convirtieron en suelos urbanos, para poblamiento y construcción, las áreas por donde antiguamente discurrían las quebradas El Paraíso y El Nausígamo, en las que creció el populoso barrio Kennedy. Una situación similar ocurrió en los terrenos aledaños a la desembocadura de la quebrada La Yesca, donde el antiguo "Pueblo Mugre" se convertiría en el no menos populoso barrio San Vicente.

10 años después del incendio, tuvo lugar otro hito urbanístico cuya trascendencia llega hasta nuestros días: el Malecón de Quibdó. Originalmente concebido como muelle fluvial y como obra de contención complementaria a los rellenos de la ciudad, para mitigar las inundaciones periódicas del río Atrato, rápidamente el malecón fue asumido por la población quibdoseña como espacio público de asueto, recreación y actividad cultural, y como escenario simbólico de relación cotidiana y directa con el río Atrato. En palabras del poeta y líder cultural quibdoseño Juancho Velasco, quien desde la inauguración del mismo abogaba por su prolongación hasta las desembocaduras de las quebradas La Yesca por el sur y El Caraño por el norte, el malecón fue la oportunidad que a los quibdoseños nos dio el incendio para dejar de darle la espalda al río e integrarlo a la vida de la ciudad más allá de sus usos comerciales y de transporte.

La Remodelación tras el incendio del 26 de octubre de 1966 y las nuevas dinámicas de poblamiento y expansión urbana que le sucedieron transformarían a Quibdó de tal modo que la antigua ciudad prácticamente desapareció; y no solamente surgió una nueva en su lugar, sino que a esta se añadió otra con población equivalente a la original. Aunque frecuentemente se pregona que el Chocó está excesivamente diagnosticado, nunca en estos 60 años que han transcurrido desde aquel incendio, con motivo del cual fue surgiendo la nueva ciudad, se ha hecho un balance específico, sistemático y juicioso del significado y las consecuencias de aquella inmensa intervención oficial en la que participaron conjuntamente los gobiernos nacional, regional y local.

60 años después de aquella tragedia que devino en hito histórico de la región y la ciudad, a Quibdó lo aquejan una serie de males típicamente urbanos de las aglomeraciones humanas que crecen sin orden ni concierto. Con el absurdo caos de su tráfico vehicular, pareciera haber más motos que gente en la ciudad, convertida en una enorme plaza de mercado, en una disparatada galería comercial, en una central de abastos cuyas secciones son los antiguos vecindarios de los barrios, y en una enorme y permanente feria a cielo abierto, como el Guayaquil de otrora en Medellín. Quibdó sobrevive a sus crudas violencias cotidianas, mientras alberga una cantidad insólita y absurda de prenderías o compraventas, residencias de paso y hoteles de bajo costo, farmacias y droguerías, agencias de apuestas y de giros de dinero, cantinas y cuchitriles de venta de pollo frito, que plantean serias dudas sobre las vocaciones económicas reales de la ciudad.

En un texto escrito hace 60 años para la revista Cromos, el poeta nadaísta Gonzalo Arango, de cuya muerte se cumplió medio siglo hace un mes, escribió sobre Quibdó y su incendio lo siguiente: «Hoy amanecieron los periódicos en llamas con el incendio de Quibdó. Me sentí desolado con la tragedia. […] Yo sé que cuando Quibdó desaparezca de las primeras páginas de los periódicos, de la pantalla de televisión, y la desgracia no sea más una noticia para la avidez y el sentimentalismo del público, entonces el Chocó volverá a desaparecer del mapa, cercenado, condenado a su negritud sin porvenir. Un manto de indiferencia y olvido caerá inexorable, con sus lluvias eternas, sobre la desolación de ese territorio. Nadie volverá a pensar en Quibdó, en su pobreza, en su desamparo. Y esa indiferencia futura —y no sus escombros— es lo que constituye para mí el drama de su situación actual; que en el Chocó es un drama eterno. El de antes del incendio, el de después, el de siempre».[3]

60 años después del incendio del 26 de octubre de 1966 y 77 días después del terremoto del 10 de agosto de 2026, Quibdó se merece, literalmente, una nueva oportunidad; con todo y lo que decirlo tiene de lugar común y frase de cajón.



[1] Sobre el incendio del 26 de octubre de 1966 y la expansión urbana posterior de Quibdó, algunos textos publicados anteriormente en El Guarengue son los siguientes:

*Cuando la Normal quedaba lejos de Quibdó. 

https://miguarengue.blogspot.com/2022/12/cuando-la-normal-quedaba-lejosde-quibdo.html

*De incendios y bomberos: 2 efemérides de Quibdó y el Chocó. 

https://miguarengue.blogspot.com/2026/07/de-incendios-y-bomberos-2-efemerides-de.html

*Quibdó seis décadas después de su incendio.

https://miguarengue.blogspot.com/2025/10/quibdo-seis-decadas-despues-de-su.html

*3 sucesos históricos del Chocó en la Gobernación de Ramón Mosquera Rivas.

https://miguarengue.blogspot.com/2024/09/3-sucesos-historicos-del-choco-en-la.html

*Recuerdos del incendio. https://miguarengue.blogspot.com/2022/10/recuerdos-del-incendio-asi-era-la.html

*Un diciembre triste. Quibdó 1966. https://miguarengue.blogspot.com/2021/12/un-diciembre-triste-quibdo-1966-carrera.html

*53 años después. https://miguarengue.blogspot.com/2019/10/53-anos-despues-asi-era-la-carrera.html

[2] Ramón Mosquera Rivas. Recuerdos de un hijo de mineros. Editorial Difusión, Medellín, s.f. 231 páginas. Pág. 180.

[3] Gonzalo Arango. Chocó en llamas. Cromos N° 2.565. Bogotá, noviembre 28 de 1966, p.p.: 10 - 12.

1 comentario:

  1. Buena crónica

    Juancho Velasco decía *"El incendio de 1966 ha sido el mejor alcalde de Quibdó, el que le devolvió la mirada al río"*

    Escribí un artículo desde la mirada cultural "El incendio de 1966, el que acabó la identidad quibdoseña"

    Gracias Julio, por buscar regresarnos esa identidad

    Douglas

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