05/10/2026

 Dones y hazañas de Pobreza Perea y Pacha Copete 
—Un relato de Miguel A. Caicedo (1976)—

Poeta y narrador de la chocoanidad, investigador de la oralitura regional, el Maestro Miguel A. Caicedo Mena documentó elementos y manifestaciones del patrimonio cultural inmaterial del Chocó, como los relatos que hoy publicamos; en los cuales se hacen referencias al sacerdote chocoano Demetrio Salazar Castillo, nacido en Sipí, quien fue párroco de Tadó durante más de dos décadas, a principios del siglo XX, y como tal se desempeñaba cuando los Misioneros Claretianos llegaron al Chocó, en 1909. FOTOS: Misioneros Claretianos (1929), Claudia Álvarez (1986).
Hace 50 años, en octubre de 1976, bajo la dirección del antropólogo Giorgio Mario Manzini, en una edición de 119 páginas, con 19 artículos de temáticas diversas, e impresa en la Tipografía Salesiana, de Medellín; la recién creada Universidad Tecnológica del Chocó «Diego Luis Córdoba» publicó el N° 1 de la “Revista de la Universidad del Chocó”. Todo un acontecimiento editorial en la historia bibliográfica de la región, en un momento en el que apenas comenzaban a otorgarse los primeros grados en la UTCH.

En tiempos en los que —a raíz del trágico y doloroso desastre ocasionado por el terremoto del 10 de agosto de 2026— la reconstrucción y el desarrollo regional del Chocó están a la orden del día; en El Guarengue, evocamos y hacemos honor a este acontecimiento histórico para la región: la primera publicación oficial de carácter académico de la primera institución pública de educación superior del departamento. Y lo ligamos a la grata memoria de los 107 años del natalicio del inolvidable Maestro Miguel A. Caicedo Mena, poeta y narrador de la chocoanidad e investigador de la oralitura regional; cronista, biógrafo e historiador de la educación pública en la región; educador de toda la vida y de todos los niveles; cofundador de la UTCH y de la Normal Superior Manuel Cañizales; guía y ejemplo de compromiso cultural con el Chocó. Para deleite de quienes leen El Guarengue, reproducimos uno de los textos del Maestro Caicedo publicado en esa primera edición de la Revista de la Universidad del Chocó, bajo el título de “Personajes mágico-folclóricos del Chocó”, en las páginas 9 a 13 de la revista.

El disfrute literario e histórico, mágico y folclórico, de estos textos del Maestro Miguel A. Caicedo sea también una invitación a quienes tienen en sus manos hacerlo a que hagan lo necesario para que la UTCH vuelva a ser lo que comenzó a ser cuando empezaba y después fue, lamentablemente, dejando de serlo: un baluarte de educación y cultura, un escenario de construcción de conocimiento regional. Igualmente, sea esta una nueva ocasión para reivindicar la debida y digna inclusión de la dimensión cultural de la región chocoana en los planes de reconstrucción y desarrollo regional profusamente anunciados después del terremoto. El patrimonio cultural y el acervo histórico son esenciales, no accesorios, en la persistencia del sentido de la vida de los pueblos.

Julio César U. H.
5 de octubre de 2026

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Pobreza Perea
Por Miguel A. Caicedo

Aunque todos la recuerdan más por la facilidad para encontrar tesoros escondidos o perdidos, tenía la propiedad de la “ubicación”, es decir, podía ir a cualquier parte y traer la noticia que se le pidiera, ya fuera del Viejo Mundo o de América. Por esto aseguraban que volaba.

Cuentan que el padre Demetrio Salazar Castillo, quien fuera un verdadero patriarca de la ciudad de Tadó, justamente merecedor del cariño de su pueblo, por sus virtudes y la preocupación por la solución de los problemas regionales, informado de las actuaciones de Pobreza, la llamó para reconvenirla a propósito del mal ejemplo que daba a la juventud y le prohibió que volviera a volar, manifestándole que, de volver a hacerlo, él mismo se encargaría de orar para que después de su muerte fuera arrojada a los profundos infiernos.

La conminación del padre hizo bastante mella en el espíritu de la famosa mujer, tanto que más tarde, en una conversación con varios amigos, se lamentaba: «Vean ve el cura ese, ha venido a quitarme mi diversión. Esas cosas las hago por distraerme, por ir a conocer y darme cuenta de lo que pasa por allá. Por ejemplo, yo estuve en Bogotá cuando presidenciaron a Olaya Herrera. Era un hombre grandote y le pusieron una bandera atravesada, que tenía una cosa grande y redonda con un pajarote montado en una cinta letrada y unas cosas ahí junto a un gorro colorao».

En una ocasión, a propósito de la pérdida del cofre de alhajas que el padre había enterrado en el patio interior de su casa, el pobre sacristán, acusado de habérselas robado, aconsejó al clérigo que llamara a Pobreza. El cura se negó en principio, pero no le quedó otro recurso que citarla. Acudió ella y ya en el predio comenzó: «Vea ve, usted sabe que la tierra gira con sus cosas. Por ese hoyo grande que han hecho aquí buscando su tesoro, pueden ir hasta lo más hondo y no lo topan. Eso está es allá en la raíz de ese naranjo». Indicado el sitio, fueron a excavar y casi dañan el continente con el primer barretonazo. Allí estaba precisamente y a poca profundidad.

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Francisca Copete Perea
Por Miguel A. Caicedo

Todos la llamaban “La Pacha”, menos el cura, que le daba el sobrenombre de “mi Cochompita”. […] Mantenía su puerta cerrada y solo la abría a las cinco de la tarde. Así, quienes iban a consultarle debían tocar. Entonces era cuando ella protestaba: «¡Maldita sea la jodencia! Ya vienen con su calentura de no dejarlo a uno quieto. Buscan su pereque pa vení con la borrachera de no dejalo a uno ni dormí». Y luego, dirigiéndose al visitante: «A ve qué es lo que querés. Ajá, ya sé, voj venís es a tal o cual cosa».

Su hija Rosana manifestaba que ella no aprendió nada porque, cuando su mamá estaba conversando con los otros o preparándose para su trabajo, se retiraba para no disgustarla. Pero, es testigo de que cuando quería se hacía invisible, especialmente cuando se trataba de sus enemigos.

Un día se presentó el profesor Gregorio Gamboa con otras personas, para averiguar el paradero de unas reses que habían desaparecido en Istmina, y ella le dijo: «Dejate la pendejada y corré ligero hacia El Tambo. Allá están tus vacas. La una la van a picá hoy y la otra está amarrada en un coronillo detrás de la casa. Inmediatamente se dirigieron hacia el lugar indicado. Cuando llegaron, encontraron en verdad una vaca atada al frente de la mansión. Los mayores no estaban. Preguntaron a un pequeño por la otra y les contestó: «allá atrás está amarrada en ese coronillo que ven». Fueron y la encontraron tal cual.

Cuando el avión de Satena se estrelló contra el cerro de San Nicolás,[1] algunos parientes de los tripulantes fueron a consultarle a La Pacha sobre la suerte de los accidentados y ella manifestó: «Yo ya estuve allá. Lo que pasa es que no pude bajar hasta el plan porque eso estaba muy oscuro. Lo que sí sostengo es que unos están vivos y dando vueltas por ahí. Si logran llegar ligero, los salvan». Sobre esa afirmación de La Pacha, creo que no queda duda alguna si recuerdan la forma en que fueron encontrados los cadáveres.[2]

Rafael "Lito" Baldrich y Marina Mejía de Baldrich.
Foto: Archivo fotográfico y fílmico del Chocó. s.f.
Doña Marina Mejía de Baldrich, esposa de don Rafael “Lito” Baldrich, gerente de Avianca en la ciudad de Quibdó, fue a entrevistarse con La Pacha, buscando solución a un problema, tal vez de pérdida de algunos objetos; pero, llegó en las horas de la tarde, es decir, cuando ya la vidente no podía atenderla, de acuerdo con su horario. Para qué hablar de la forma como la recibió.

—En todo caso, yo ya no estoy en más borrachera de estar viendo carajadas. Esa es mucha joda, carajo. Si quiere más bien por la mañana vuelve.

—Es que yo tengo que irme hoy porque me llega un primo en el avión de mañana, es decir, debo regresarme hoy.

—¿Y usted dónde es que vive?

—Yo vivo en La Yesquita.

—¡Mentira! Usted vive en la Alameda, más acacito de la cárcel. Y ese primo suyo no llega mañana, sino el miércoles.

Doña Marina no pudo contestar, por el impacto sorpresivo del descubrimiento de la verdad; pues ella le había dado una dirección falsa, la cual había sido corregida por su interlocutora; lo cual dio oportunidad a esta para continuar.

—Ese pariente suyo no va a encontrá cupo en el avión. Lo va a mandar al aeropuerto, pero un señor va a llegar un poquito adelante y él va a tener que aplazar el viaje hasta el miércoles.

Doña Marina no se sorprendió cuando pudo verificar la efectividad de sus otras gestiones, pero su admiración creció cuando subió al aeropuerto y se hizo mayor el miércoles a la hora de almuerzo cuando interrogado su primo contestó:

—Cómo les parece… Me puse a esperar un taxi y todos pasaban ocupados. Por fin conseguí uno y cuando llegué a la venta de tiquetes me dijo el funcionario: «Lástima, hace un minuto vendí el cupo que quedaba.

[…]

Un párroco de Tadó, cuyo nombre se me olvida, un día cualquiera subió al púlpito y comenzó a regañar a la gente: «Ahora les ha dado por creer que dizque existen espantos, brujas y mulas de cuaresma. Eso es herejía. Deben mantener la mente puesta en Dios y su bondad infinita. Etc.,etc.

Sabedora La Pacha, manifestó: «¡Ajá! Con que sí, no». Y aprovechando una de las visitas frecuentes del cura, quien era su amigo, le dijo: «Vevé, en esa casa que ustedes tienen por allá arriba dizque pa reuniones con los campesinos hay un entierro un poquito más arriba de donde termina el rozao, al pie del lechero que se ve desde el patio.

El padre formó viaje para ir a constatar. Llegó y con una barra que hundió en la raíz del árbol indicado pegó en algo que dio la sensación de ser un baúl o cosa parecida. Como quiera que La Pacha se lo recomendara, el clérigo esperó que fueran las diez de la noche. Sin decirle a nadie, se dirigió al lugar a la hora precisa. Ya profundizaba, cuando empezó a sentirse nervioso, lo cual juzgó propio del momento; pero, la cuestión se puso incómoda cuando observó que a unos diez metros, frente a él, una sombra enorme se agachaba y se levantaba para abrir unos enormes brazos. Envalentonado, el clérigo arremetió contra lo que veía y se detuvo cuando sintió un fuerte aletazo sobre la mejilla izquierda, que lo echó al suelo. Cayó bocarriba y así vio que un caballo negro con patas de candela se le venía encima, al son mortificante de una campanilla. Aterrado, no le quedaron más que las de Villadiego.

Como era costumbre, el cura salió a dar un paseo vespertino. Cuando pasaba frente a la casa de La Pacha, saludó y ella muy complacida, con una risita picaresca, lo llamó.

—Vevé, vení acá.

—¿Qué te pasa, mi Cochompita?

—Yo soy la que quiero saber qué fue lo que te pasó anoche.

—¡Cómo así!

—Con que no creés en espanto, bruja y mula, ¿no? Y ese bulto que se te agachaba y se levantaba, ¿no era un espanto? ¿Y esos golpes con el ala no te los dio una bruja? Y ese caballo con campana y patas de candela que te hizo correr, ¿no era la mula?

—¡¡¡Pacha!!!

—Eso es pa que veás que sí hay de esas cosas

Dicen que desde entonces se hicieron más amigos y las visitas fueron casi diarias. Cuando el clérigo se marchó, pocos meses después murió su amiga.

Portada, portadilla, página de créditos institucionales y sumario o resumen del N° 1 de la "Revista de la Universidad del Chocó", publicada hace 50 años, en octubre de 1976. Un hito editorial en la historia del libro y la lectura en la región. Imágenes tomadas de la edición digitalizada por la Hemeroteca del Chocó.

[1] Se refiere al accidente de un avión DC3 de la aerolínea estatal Satena, que se estrelló contra el cerro de San Nicolás, en los Farallones del Citará, el 21 de enero de 1972. El avión hacía el trayecto Medellín-Quibdó y los 36 ocupantes del vuelo murieron; entre ellos el obispo Gerardo Valencia Cano, Vicario Apostólico de Buenaventura, destacado Teólogo de la Liberación y pionero de la inclusión de la perspectiva étnica afrodescendiente en la pastoral católica colombiana. La ruta del avión continuaría hacia Bahía Solano y después a Buenaventura. Un grupo de campesinos logró el rescate de un número que se calculó en más de veinte cuerpos, días después de que el área fuera declarada camposanto (29 de enero), por lo infructuosa que había sido la búsqueda.

[2] Según relatos de los campesinos de las veredas San Bernardo y Farallones, municipio de Bolívar (Antioquia), varios de los cuerpos rescatados estaban sentados o recostados cuando los encontraron; lo cual hizo pensar que pudieron haber sobrevivido durante algún tiempo y morir después a consecuencia del agravamiento de sus heridas.

N. B. El texto original del relato de Miguel A. Caicedo y las imágenes de la revista fueron tomados de la edición digitalizada, catalogada y archivada en la Hemeroteca del Chocó, de la UTCH, por Gonzalo Díaz Cañadas. El texto fue editado sin modificar su contenido, con excepción del título, que originalmente fue “Personajes mágico-folclóricos del Chocó”.