08/06/2020


La Catedral de Quibdó,
de caserón destartalado a popurrí arquitectónico
Iglesia Parroquial de Quibdó, 1934.
Foto: Misioneros Claretianos.
El pasado 13 de mayo se cumplieron 75 años de la ceremonia de bendición de la Primera Piedra de la Catedral San Francisco de Asís, de Quibdó, cuya construcción duró más de 30 años, entre 1945 y 1977. Dicho periodo abarca tanto la época de la Prefectura Apostólica del Chocó como la del Vicariato Apostólico de Quibdó. La Prefectura fue creada por la Santa Sede en 1908, definiéndole como jurisdicción la totalidad del territorio del Chocó y encomendándola a los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (CMF) o Claretianos, quienes llegaron a Quibdó en febrero de 1909, encabezados por el Padre Juan Gil y García como primer Prefecto Apostólico. En 1952, por decisión del Papa Pio XII, la Prefectura es dividida en dos jurisdicciones eclesiásticas diferentes, con la consiguiente distribución del territorio entre ellas: el Vicariato Apostólico de Quibdó, para cuya administración son confirmados los Misioneros Claretianos, encabezados por el Padre Pedro Grau y Arola, quien es ordenado Obispo y nombrado Vicario Apostólico, y el Vicariato Apostólico de Istmina encargado a los Misioneros Javerianos de Yarumal, cuyo nombre oficial es Instituto de Misiones Extranjeras de Yarumal.

El antecedente inmediato de la Catedral es el templo parroquial de Quibdó, construido desde que los Claretianos llegaron a la ciudad, en 1909. Fue casi siempre una edificación de madera, palma, mampostería en barro y techo de zinc, que, aunque bellamente decorada por los misioneros y los fieles locales, sufría permanente deterioro y requería mantenimiento constante; así como era presa fácil de los sucesivos incendios que en el Quibdó de entonces se presentaban. Ello condujo a que, por temporadas, su aspecto exterior e interior no fuera el mejor; al punto que Diego Luis Córdoba se refirió a él como un “caserón destartalado”, que debía ser reemplazado por un edificio digno de la ciudad capital de la Intendencia.

El último domingo del año 1934, según registro del periódico ABC, de Quibdó, “se reunieron, en uno de los salones del convento de los misioneros, los señores Intendente Nacional y Secretario de Hacienda, el Reverendo Padre Cervelló y los caballeros que a continuación se enumeran: don Delfino Díaz R., don Miguel Ángel, don Félix Meluk, don Azarías Valencia, don Manuel F. Barcha, don Juan J. Carrasco, don Enrique Santacoloma, don Guadalupe Rivas Polo, don Julián Meléndez, don Francisco Córdoba, don Julio Perea Quesada y don Guillermo Henry, estudiaron por todos sus aspectos el problema de la iglesia que necesita esta ciudad, con toda urgencia, para reemplazar el “caserón destartalado” de que hablara Diego Luis Córdoba[1]. Este grupo de notables nombró una Junta Administradora de la obra del Templo de San Francisco, como ya se llamaba, encabezada por el Intendente Nacional, Doctor Adán Arriaga Andrade, el Padre Cervelló, el Alcalde Provincial, doctor Jaime Arango, y los señores Delfino Díaz Ruiz, Julio Perea Quesada, Félix Meluk y Francisco Córdoba, quien fue elegido secretario de la junta.

Tal como lo informa el ABC [2], el Intendente se comprometió a apropiar para la obra una suma no menor de cinco mil pesos, del presupuesto de 1935; así como a lograr que el Concejo Municipal de Quibdó hiciera un aporte para el mismo fin. Pero, dicha sesión de la junta no concluyó sin que los demás asistentes hicieran efectivos sus aportes personales a la causa del templo parroquial, así: Misioneros Claretianos, $100; Doctor Arriaga Andrade, $100; Manuel Felipe Barcha Velilla, $100; Félix Meluk, $100; Julio Perea Quesada, $25; Enrique Santacoloma, $25; Delfino Díaz Ruiz, $20; Miguel Ángel Ferrer, $10; Dionisio Echeverry Ferrer, $10; Guadalupe Rivas, $10; Azarías Valencia, $5; Francisco Córdoba, $5; Guillermo Henry, $5.

Además del dinero inicialmente recaudado, hubo en la reunión ofrecimientos significativos y de gran valía para la obra del templo parroquial de San Francisco de Asís. Dionisio Echeverry ofreció sus servicios como Ingeniero, Miguel Ángel F. ofreció su teatro para la realización de funciones con propósitos de recolección de fondos y Julián Meléndez donó cinco barriles de cemento.

El edificio que posteriormente se convirtió en la Catedral tuvo una primera etapa constructiva casi ininterrumpida, que duró aproximadamente una década. Posteriormente, casi siempre por falta de recursos, tuvo suspensiones periódicas que alcanzaron hasta un año. Donaciones en dinero, de distintos gobiernos, de comerciantes, de la ciudadanía quibdoseña y de colectas especiales pro-templo; al igual que extenuantes y fructíferas jornadas de contribuciones en especie, como las marchas de la baldosa realizadas en los años 1970, hicieron posible la culminación casi total de la obra, a fines de esa década, incluyendo modificaciones y ajustes al diseño original, obra del Ingeniero Oscar Castro Conto, quibdoseño, quien estuvo al frente de la construcción durante buena parte de ella.

Catedral de Quibdó, julio 2019.
Foto: Julio César U. H.
La Catedral fue consagrada oficial y solemnemente por el entonces Cardenal de Colombia, Monseñor Aníbal Muñoz Duque, en compañía del entonces Vicario Apostólico de Quibdó, Monseñor Pedro Grau y Arola, quien, al igual que su hermana Mercedes, donó gran parte de su herencia familiar para la terminación de la obra. El Arquitecto e Historiador Luis Fernando González Escobar, en su destacada y ya proverbial obra sobre el patrimonio arquitectónico de Quibdó hasta mediados del siglo XX, anota que “si la Prefectura (Palacio Episcopal) fue una obra ecléctica, pero contenida, con buen diseño y construcción, no lo fue tanto la Catedral, que se distingue desde el diseño por un delirante popurrí donde todos los cánones arquitectónicos se rompieron, tal vez en razón de la formación académica del Ingeniero Oscar Castro C., quien en últimas decidió el diseño que inicialmente planteaba el Hermano Galicia[3].

Castro Conto estudió Ingeniería en Popayán. Es hijo del famoso Rodolfo Castro Baldrich, quien también fue padre de los hermanos Castro Torrijos, de notable aporte a la música folclórica chocoana, y fue reconocido como un ingeniero autodidacta que participó en destacadas obras, como el trazado de la carretera de Quibdó hacia Bolívar (Antioquia) y la construcción del Hospital San Francisco de Asís, obra que fue finalizada por el Hermano Vicente Frumencio Galicia.

Vicente Frumencio Galicia Arrué, popularmente conocido como el Hermano Galicia y quien participó con sus ideas en los diseños originales de la Catedral, es uno de los genios constructores de la Congregación Claretiana en toda su historia misionera en el Chocó y Colombia. Vivió en Quibdó durante 16 años. Ejecutó obras como el Palacio Episcopal de Quibdó, el Colegio Carrasquilla y el Barrio Escolar –demolido para darle paso a un edificio de los que actualmente llaman megacolegios-, bajo diseños del ingeniero catalán Luis Llach, y del Ingeniero alemán E. Altman, en el caso ya mencionado del Hospital.

En la actualidad, la Catedral San Francisco de Asís es uno de los edificios públicos más queridos por la población de Quibdó, tanto por el valor arquitectónico que la gente le atribuye, como por su condición de referente urbano y simbólico de la cultura y de la religiosidad de una ciudad en donde este tipo de símbolos no abundan. Dos imágenes de San Francisco de Asís refuerzan el peso simbólico del lugar.


Una imagen de madera de casi dos metros de altura, preside el lado derecho del altar, mirado de frente. Es el San Pacho que, salvo casos de incendios grandes, solamente sale una vez al año, cada 4 de octubre, a recorrer la ciudad en procesión, adornado con varios metros de collares de oro donados por sus devotos en gratitud por los favores recibidos.

Al fondo, en el ábside del templo, el más grande pintor sacro actualmente vivo en el mundo, Maximino Cerezo Barredo, también Misionero Claretiano, dejó para la historia universal del arte un tríptico mural sobre la historia de la evangelización en América Latina; gracias a la inspiración del misionero chocoano Gonzalo M. de la Torre Guerrero y al auspicio de Monseñor Jorge Iván Castaño Rubio, primer obispo diocesano de Quibdó; ambos claretianos. En la sección central de dicho tríptico, compartiendo escena con Jesús de Nazareth y con San Antonio María Claret, portando una paloma de paz y provisto de símbolos ecológicos, está San Francisco de Asís. A diferencia del otro, este San Francisco pasa la mayor parte del año sin ver la luz ni a la gente de Quibdó, pues hay quienes, desde que los murales fueron pintados, se han empeñado en mantenerlos ocultos de la vista pública, valiéndose de todo tipo de artificios y motivos, como telas y telones, escenas pías e historias sagradas; y tratándolos con tal desdén que no ha importado el uso de puntillas, clavos y pegantes sobre su superficie, elementos estos que paulatinamente han empezado a deteriorar la calidad de las artísticas pinturas.

De este modo, sin parar mientes en el valor teológico y artístico de éstos, hay quienes han decidido unilateralmente ocultar y acallar la verdad que los murales contienen, escribiendo así un nefasto capítulo de la historia de la Catedral de Quibdó, que ojalá no termine en que un día –como ya lo ha hecho en otras ocasiones en las que ha querido sancionar alguna falta de sus devotos- la imagen de San Francisco de Asís se niegue a salir de la Catedral para contener algún incendio o para presidir la procesión anual en su homenaje.


Tríptico mural de Maximino Cerezo Barredo, en el ábside de la Catedral de Quibdó.
Foto tomada de: https://es.wikiloc.com/rutas-senderismo/de-tours-por-quibdo-14406763/photo-8943270




[1] Periódico ABC, Quibdó, Edición 2935, enero 5 de 1935.

[2] Ibidem.

[3] González Escobar, Luis Fernando. QUIBDÓ, Contexto histórico, desarrollo urbano y patrimonio arquitectónico. Centro de publicaciones Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín. Primera edición: febrero 2003. 362 pp. Pp. 235-236.



01/06/2020


Los Negritos del Ritmo
Los Negritos del Ritmo (1970, aprox.). En primera fila: 
Augusto Lozano, El Brujo, Neptolio Palacios (¿?), El Gringo Valdés y Santos Moreno Blandón
Durante por lo menos una década, desde mediados de los años 1960 hasta mediados de los 1970, la agrupación musical Los Negritos del Ritmo ocupó casi por completo la escena musical de Quibdó y de gran parte del Chocó, sobre todo en el campo festivo y bailable. Fue una conjunción de talentos impulsada por el trompetista y bajista Santos Moreno Blandón, y por el compositor, intérprete y saxofonista Augusto Lozano (Augustico). Asomarse por las persianas laterales de la fachada del antiguo Hotel Citará, para intentar ver algo de sus presentaciones o averiguar dónde estaban ensayando para llegar hasta allá y tener el gusto de oírlos, formó parte de la diversión de una niñez y una juventud a quienes estaba vedado el ingreso a dichos sitios. Colarse a sus presentaciones en Mi Ranchito fue práctica de jóvenes avezados de la época, mientras que la mayoría escuchaba desde afuera en tardes de sábado o domingo, hasta el anochecer.

El Guarengue ofrece dos textos en memoria de este fabuloso, histórico e inolvidable conjunto musical quibdoseño, del cual -infortunadamente- es escasa la memoria documental. El primero es del abogado, melómano, coleccionista e investigador musical Luis Ramón Garcés Herazo, quibdoseño, quien actualmente reside en Bogotá. Tomado de su libro Antología musical del Caribe americano, tan voluminoso como documentado y agradable de leer. El segundo es la transcripción de un comentario del gran periodista y conocedor de las tradiciones quibdoseñas Carlos “El Mono” Díaz, basado en sus propios recuerdos sobre esta agrupación.

I
Del Jazz Band de Carlos Borromeo
a Los Negritos del Ritmo
Por Luis Ramón Garcés Herazo
(Tomado de “Antología musical del Caribe americano”[1])

A mediados de los años 60 y después de repetidas reuniones y tertulias improvisadas en casa de Santos Moreno Blandón, realizadas en la Calle de las Águilas (Calle 23 con Carrera 4ª y 5ª) de Quibdó, se organizó un grupo de músicos a instancias del comerciante Belisario Valencia, quien nos informó que obsequió los primeros uniformes del conjunto, Los Negritos del Ritmo. Ellos fueron desde ese entonces el soporte de todas las fiestas y reuniones, no sólo en la capital sino en el resto del Departamento.

Para tal fecha, quienes abanderaban la enseñanza musical popular en nuestro medio eran el Maestro Pedro Serna y todavía el sacerdote español Isaac Rodríguez, en principio sólo inclinado por los aspectos corales y religiosos. Mientras las serenatas locales, bazares y veladas estudiantiles en el Colegio Carrasquilla y el Teatro Claret, de tiempo atrás, eran animadas por Gilberto “Caballero” Couttin y Manuel Santacoloma, “Mane-Mane”, dueto conocido entonces como “Los Garrido”. Todavía al iniciarse el 2005, nuestro querido Mane-Mane, con su descomplicada simpatía, nos acompañaba en reuniones y tertulias musicales en el desvencijado Quibdó y añoraba como nosotros los idos tiempos del ayer, con nostalgia y pesadumbre. Para el 2 de mayo de 2005, se nos informó de su deceso. ¡Cómo te extrañamos, Manolo!

La agrupación Los Negritos del Ritmo prácticamente arrebató en Quibdó el primer lugar de popularidad local al Jazz Band, de Carlos Borromeo Cuesta, pionero de un novedoso experimento musical sólo manejado por él: la batería, tambor redoblante, platillo, cencerro de madera y bombo de pedal, aplicados a los grupos de chirimía. El tema preferido del conjunto era el mapalé titulado El cebú. Su hegemonía tuvo vigencia firme después de 1950 y el grupo se conformó con Oscar Salamandra y Daniel Rodríguez (clarinetes), José del Carmen Rentería (Tata) en el saxofón, Pedro Serna (bombardino) y Juancito Cuesta (redoblante): ¡de inolvidable y grata recordación! Años después, Juancito y Lucho Cuesta intentaron vanamente retomar este experimento musical creado por su tío Carlos; pero, no funcionó, porque la moda musical lo habría hecho pasar inadvertido en ese momento.

Los Negritos del Ritmo era un grupo dirigido por el saxo-clarinetista Neptolio Córdoba, del cual hicieron parte: Eduardo Halaby, Alfonso “El Brujo” Córdoba (también eximio compositor), como vocalistas; después Aristarco Perea (Arista), Napoleón Cossio, César Murillo (Muñeco) y las voces femeninas Betty Álvarez, Beatriz Blandón Moreno y Elizabeth García Ayala. Además: Carlos Bechara (Manimeño), güiros y maracas; Enrique López y Juan Maturana (Chiquito), en los timbales; Lucho “Tumbadora” Palomeque; Augusto Lozano (también vocalista y compositor) como saxofonista; Santos Moreno, trompetista; Julio César Valdés (El Gringo), segunda guitarra, bajo y vocalista; Lucho “Cayayo” Rentería, primera guitarra y guitarra piano.

El repertorio de Los Negritos del Ritmo se basaba en temas regionales (Tierra de promisión, Chocó tierra mía y El negrito contento); la música costeña de Pacho Galán, Pedro Laza y Lucho Bermúdez; lo mismo que la interpretada por Los Melódicos y la Billo’s Caracas Boy, ambas de Venezuela y de moda en la época.

Los Negritos del Ritmo, en sus últimos años de existencia, fueron artistas “de planta” del recordado Grill Mi Ranchito, de propiedad del conocido comerciante Don Fermín García (Alameda Reyes, Carrera 6ª, esquina) y recibieron serias ofertas para grabar en Medellín, luego de alternar exitosamente en Quibdó con Los Corraleros de Majagual y con Peregoyo y su Combo Vacaná[2]. Este proyecto no se cristalizó nunca, ignoramos las razones”.

Antiguo Hotel Citará, Quibdó.

II
El esfuerzo de unos muchachos muy queridos
Por Carlos Manuel Díaz Carrasco, El Mono Díaz[3].

“Era extraño que en un ambiente musical como ha sido tradicional el del Chocó y el de Quibdó, no contáramos con una agrupación musical organizada. La única había sido el Jazz Band, de Carlos Borromeo; pero, era una orquesta que no tenía cantantes. Sin embargo, con el regreso de Augustico Lozano a Quibdó, comenzó a gestarse una agrupación con muchachos aficionados a la interpretación de los instrumentos musicales y otros a quienes les gustaba el canto. Y organizaron lo que salió a la palestra como Los Negritos del Ritmo.

No vamos a decir que era una orquesta de primerísima categoría, no. Eran unos muchachos que soplaban instrumentos al piso y creían que estaban interpretando muy bien la pieza que les habían pedido o que tenían en su repertorio. Ahí estaba Lucho “Tumbadora”; estaba “El Gringo” Valdés; estaba Neptolio Palacios, el del clarinete, que era el que marcaba el compás; estaba Augustico Lozano, que tocaba saxofón; Santos, que era el trompetista; y, además de esos que tocaban instrumentos, tenían como cantante a Aristo Perea y el Gordo Halaby Rentería.

Eran apreciados en Quibdó. En todo tuntún que había estaban Los Negritos del Ritmo. Le ofrecieron a esa juventud de la época las mejores tardes en el Hotel Citará para que se divirtieran sanamente. Era un esfuerzo de un grupo de muchachos muy queridos, todos amigos, que la gente respaldó sin reservas. Y yo, en particular, reconozco que marcaron una época dentro de la era musical de Quibdó. Desgraciadamente, no sé las razones; pero, el grupo se fue desintegrando hasta desaparecer; y muchos de sus integrantes ya no están entre nosotros. Los recordamos con mucho afecto, con mucho cariño, y yo evoco en este momento oír a Los Negritos del Ritmo, con El Gordo Halaby, mi hermano y mi amigo, interpretando “La danza de la chiva”. Nadie lo pudo hacer mejor que él, nadie lo pudo musicalizar mejor que Los Negritos del Ritmo”.



[1] Garcés Herazo, Luis Ramón. Antología musical del Caribe americano. Bogotá, Opciones Gráficas Editores, 2012. 594 pp. Pp. 520-521.

[2] Esta palabra se la inventó Peregoyo juntando las dos primeras letras de los nombres Valle, Cauca y Nariño, como un homenaje y una forma de expresar que su música recogía el sentir de los tres departamentos.

[3] Transcripción de una grabación de audio publicada por John Díaz Cañadas en: https://co.ivoox.com/es/negritos-del-ritmo-audios-mp3_rf_12826890_1.html

25/05/2020


4 voces chocoanistas
Río Atrato, 2020. Foto: Julio César U. H.
El esplendor del Chocó, y de Quibdó en particular, durante la primera mitad del siglo XX y hasta principios de la década de los años 1960, se marchitó. Se extinguieron las voces claras, enérgicas y comprometidas que habían enarbolado una bandera chocoanista ante la Nación colombiana y propuesto caminos de solución para conducir a la región a estadios mayores de humanidad, de bienestar, de equidad, de inclusión.

El Guarengue presenta cuatro ejemplos de la época, cuatro voces de aquellos tiempos. Veinte años antes de que el Maestro Miguel Vicente Garrido convierta este sentimiento en himno de la chocoanidad inconforme, un alcalde provincial plantea de modo contundente que “el Chocó debe obrar su propia redención” y que ya llegó la hora de hacerlo. Uno de los gobernantes más pulcros y progresistas que ha tenido el Chocó se refiere a la incomunicación vial como pecado máximo de Colombia hacia el Chocó. Y las reconocidas voces de dos de los más grandes parlamentarios de la región y del país, que en su momento ocuparon todo el escenario del Congreso de Colombia.


“Mis 41 años de vida me han enseñado la tristísima lección de que el Chocó es el hijo bastardo de Colombia, así de los ciudadanos del país como del gobierno central. Yo estoy convencido de que, para el gobierno central, el Chocó, nosotros, constituimos una fastidiosa carga. En consecuencia, he llegado tras mucho pensar a la tristísima conclusión de que el Chocó tiene que obrar su propia redención. He llegado a la hora (para mi es ya llegada) de dejar a un lado sentimientos quijotescos y pensar seriamente en presentarnos a labrar nuestra propia suerte. La naturaleza sabia y pródiga, nos legó un hogar rico más allá de toda concepción para Colombia… Yo propongo sencillamente a mis hermanos del Chocó, a su gobierno, así al actual como a los futuros, el desarrollo de una política intensa y firmemente nacionalista, dentro de la unidad nacional. Es decir, que trabajemos arduamente nosotros los del Chocó por el Chocó y para el Chocó”.

Sergio Villa Valencia, Alcalde Provincial del Pacífico. ABC, enero 3 de 1935.


“En efecto, el pecado máximo de la república es haber mantenido los territorios nacionales en el mismo estado de absurda incomunicación que durante la colonia; y, entre ellos, especialmente el Chocó, cuya vecindad a Panamá, cuyas posibilidades de un canal interoceánico que atraen sobre él las miradas voraces de las grandes potencias, y cuya prodigiosa riqueza platinífera y aurífera hacen más inexplicable y peligroso este abandono”.

Adán Arriaga Andrade, Intendente Nacional del Chocó. ABC, agosto de 1934.


“Me encumbré en los escaños del Congreso para hacer del Chocó un departamento al igual que Antioquia, Caldas y el Valle del Cauca; pero quiero denunciar a la madre Colombia que estos hermanos son injustos: del Chocó sólo se acuerdan para limitarlo en territorio y acrecentarse ellos, en vez de invadir a su hermano con el pito de las fábricas, con el mugido de sus ganados y con el oro verde de la energía eléctrica”.

Diego Luis Córdoba. Discurso pronunciado en
su homenaje a los treinta años de ejercicio parlamentario.[1]



“En el Chocó, por lo menos más de cuatro ríos han sido alterados en su curso; mueren constantemente ciudadanos colombianos porque las dragas atraviesan cables de acero en los ríos, que caen sobre los champanes y las compañías no pagan esas vidas.  Destruyen la riqueza agrícola, porque, para poder trabajar, las grúas tienen forzosamente que remover la tierra y entonces, honorables representantes, las riberas de los ríos chocoanos que estaban antes poblados de pequeños mineros, se encuentran hoy desolados, únicamente con las montañas de piedra que van dejando las dragas al paso de su poder arrasador”. 

Ramón Lozano Garcés.
Intervención como Representante a la Cámara en la sesión
del día 4 de agosto de 1959, “La situación minera del país”.[2]



18/05/2020


Una intendencia y dos comisarías 

Entre junio de 1911 y julio de 1915, el territorio del actual Departamento del Chocó estuvo conformado por la Intendencia Nacional del Chocó, la Comisaría de Juradó y la Comisaría de Urabá; estas dos últimas creadas mediante el Decreto Nº 540, del 7 de junio de 1911, expedido por Carlos E. Restrepo como Presidente de la República y Pedro M. Carreño, como Ministro de Gobierno, con áreas segregadas del Chocó, principalmente, y con una pequeña porción de Antioquia.

En julio de 1915, habiéndose percatado de que la creación de las comisarías de Urabá y Juradó no había contribuido realmente al logro de los fines originales de incrementar el poblamiento y propiciar el desarrollo en estas zonas apartadas, el gobiernos nacional puso fin a la medida. El ordenamiento político-administrativo fue modificado nuevamente y a la Intendencia Nacional del Chocó se le reintegraron las partes de su territorio que habían sido segregadas para delimitar las comisarías.

En ambos casos, la colonización y el poblamiento se aceleraron años después. En la década de los años 1930, con patrocinio económico y logístico del gobierno central, se promovió la creación de la Colonia Agrícola de Bahía Solano (1935), en el Pacífico chocoano. En los años 1950, el gobierno de Antioquia promovió la colonización de su parte de Urabá, con fines de fortalecimiento de la industria bananera; mientras que un misionero claretiano promovió la colonización, por parte de cordobeses y antioqueños, del sector chocoano de esa región, en los años 1960.

El territorio delimitado para la Comisaría de Urabá era básicamente el que rodeaba el golfo del mismo nombre. El Municipio de Acandí fue establecido como su capital y a él se adscribieron los corregimientos de Titumate, Turbo y Necoclí. El Censo de 1912 reporta para esta comisaría un total de 6.476 habitantes, 5.000 de los cuales son “salvajes”, que es la categoría con la cual el censo registró a los indígenas “no civilizados”; el dato de cuya población podía ser consolidado por la autoridad local con base en observaciones propias e informaciones de pobladores, y oficializado mediante una comunicación formal dirigida a la organización censal y a las autoridades regionales y nacionales. Los otros 1.746 habitantes corresponden a la población del Municipio de Acandí y sus tres corregimientos, en los cuales hay 799 hombres y 677 mujeres.

La Comisaría de Juradó, por su parte, abarcaba la Costa Pacífica Chocoana. Incluía dos municipios: Pizarro, con los corregimientos de Cuevita, Arusí y Nuquí; y Litoral, con los corregimientos de Nabugá, Gella y Juradó. Como capital, se fijó inicialmente al propio poblado de Juradó; pero, como lo informa el Censo General de la República de Colombia levantado el 5 de marzo de 1912, “por dificultades de localidad, la capital reside temporalmente en Pizarro” [1]. Esto es, que resultaba más fácil llegar a Pizarro que a Juradó y, por tanto, era más práctico administrar la Comisaría desde allá y no desde aquí.

En el Censo de 1912 [2], se registra una población de 8.207 habitantes para la Comisaría de Juradó: 5.657 en el Municipio de Pizarro y sus corregimientos (2.844 hombres y 2.813 mujeres); 1050 habitantes en el Municipio del Litoral y sus corregimientos (540 hombres, 510 mujeres); y 1.500 “salvajes”, cuya discriminación por sexo no presenta el censo, seguramente por la manera en la que fue, como se indicó antes, calculado el dato.

En el mismo censo, Quibdó, capital de la Intendencia Nacional del Chocó, tiene 15.756 habitantes: 7.566 hombres y 8.190 mujeres. La población total de la Intendencia es de 68.127 habitantes: 58.127 habitantes en las poblaciones de Quibdó, Bagadó, Riosucio, Carmen, Neguá, Istmina, Tadó, Baudó, Nóvita, Condoto y Pueblorrico [3], de los cuales 30.892 son mujeres y 27.235 son hombres. Los 10.000 habitantes restantes aparecen clasificados como “irreductibles”, otra categoría similar a “salvajes”, en referencia a los indígenas que no han podido ser reducidos por autoridades civiles y misioneros a través de internados indígenas.

Juradó: https://es.wikipedia.org/wiki/Comisar%C3%ADa_de_Jurad%C3%B3

Fomentar el poblamiento y desarrollo de zonas apartadas de la Intendencia del Chocó, como la Costa Pacífica y el Darién, fue el propósito principal del gobierno nacional con la creación de las comisarías de Juradó y Urabá. Esto incluyó, en el campo económico, promover con mayor ahínco la siembra de plantaciones de banano con fines de exportación, en el territorio de la Comisaría de Urabá; y de arroz, coco y cítricos en la Comisaría de Juradó, en donde además se aspiraba a que la población incursionara en la pesca a gran escala, con fines comerciales. Para ello, desde Bogotá son nombrados los llamados Agrónomos Nacionales, quienes vienen con la misión de diseñar y establecer con la población planes agrícolas y pecuarios, así como de aprovechamiento forestal y pesquero, según las directrices trazadas por los ministerios nacionales. José M. Torres Herrera y Alberto Nanclares son dos de aquellos agrónomos, que en la década de los años 1930 recorrieron estos territorios diagnosticando, planificando y brindando su asesoría a los agricultores y pescadores.

La creación de las comisarías de Juradó y Urabá apuntaba también a fortalecer el sentido de patria y de nacionalidad entre colombianos que vivían lejos de Quibdó y aún más de Bogotá, pero muy cerca de Panamá, de la recién perdida y aún no plenamente lamentada Panamá. De allí que fuera una práctica frecuente entre los policías de los pequeños destacamentos presentes en dichas zonas empezar y terminar el día izando la bandera y entonando el Himno Nacional. Esta labor simbólica sería complementada, sin falta, por los maestros que llegaban hasta esos lugares a llevar los conocimientos básicos de la ciencia, los principios y dogmas de la religión, y los denominados valores nacionales; así como por los misioneros que cada cierto tiempo pasaban por estos lugares administrando sacramentos pendientes.

“Hacer patria” se llamaba a ese conjunto de acciones materiales e inmateriales con las cuales se reafirmaba la soberanía colombiana en tierras que –en la mayoría de los casos– ni los gobernantes regionales conocían. El conjunto incluía, mal que bien, conocer y atender las necesidades de la gente, así como ayudarlos a materializar sus proyectos de vida y convertirlos en parte de un proyecto de Nación. Quizás hoy también falte “hacer patria” en sitios como Pizarro, Nuquí, Bahía Solano, Juradó y Acandí; por no mencionar los otros veinticinco municipios que hoy conforman el Departamento que sucedió a la antigua Intendencia del Chocó.



[1] Censo General de la República de Colombia levantado el 5 de marzo de 1912, presentado al Congreso en sus sesiones ordinarias de 1912 por el Ministro de Gobierno Doctor Pedro M. Carreño. 

[2] Ibidem.

[3] Pueblorrico es actualmente Pueblo Rico, un municipio de Risaralda.

11/05/2020


El Chocó
Gonzalo Arango con el poeta popular chocoano Blas María
y una mujer llamada Andrea, en Quibdó, 1965.

Foto: René Orozco Echeverry.

Por Gonzalo Arango [1]


(Fragmento) 

En Condoto quedaba toda la tristeza del mundo. Juré volver algún día, si algún día yo fuera Dios para redimirlos, pero como ser Dios no está en mis planes, por eso nunca volveré. Por desgracia, a diez kilómetros de su miseria hay una mina que podría redimirlos: ¡su mina! Pero las dragas de La Chocó Pacífico escarban día y noche en busca de las esquivas chispas del infierno: el platino. Y mientras los negros tosen tuberculosis y se entierran vivos en los socavones, el amo se despereza, desayuna con un vaso de whisky, y arroja tres maldiciones en inglés: una contra la lluvia, otra contra los zancudos, y la otra contra el negro maldito de su destino.

Poco antes de que Dios hiciera el sol y la luna, era ya de noche y llovía sobre el Atrato. Río caudaloso que cruza la selva, uno de los más hondos del mundo. Arrastra en su cauce la belleza más fabulosa y la miseria más horripilante: paisajes paradisíacos, leyendas de dioses muertos, razas sumergidas en la noche inmemorial.

El Atrato se hace caudaloso en Lloró, donde se le derrama un río de lágrimas: el Andágueda. De allí hacia el norte, el río antropófago se devora con una sed insaciable la vida de medio país, mil afluentes que multiplican sus aguas, para desembocar exhausto y torrentoso en el Caribe, preñando de agua dulce la Bahía de Colombia en el Golfo del Darién, esa violación profunda y azul del Atlántico que, muerto de sed de tierra, se traga un vasto territorio de selva virgen con el insaciable lamido de sus olas.

Sentado en un balcón que da sobre el río, a media noche, oigo su silencio. El Espíritu de Dios baja sobre las aguas, o tal vez canta. Cuando el Espíritu de Dios duerme, sobre el río se desliza furtivamente el silencio. Sobre este silencio, aumentado por la quietud aterradora de la selva, como un ferrocarril de agua, susurra el remo solitario de una piragua piloteada por un pescador negro, o por un cholo ebrio de chicha perdido en la noche, sin saber si la corriente baja, o sube, o se estancó. Tal es la quietud. Pero el cholo se orientará por el latido de su sangre, por la memoria casi borrosa del lejano y milenario imperio de donde vino, aguas oscuras, aguas al fondo de la prehistoria, hacia el origen remoto y olvidado de sí mismo.

La vida del Chocó está formada de oscuridad y tormentas como en el Génesis. El soplo luminoso de Dios no ha maldecido aún el barro del que engendró el espíritu. Por eso, este terrón tenebroso de selva es un vestigio del paraíso que sobrevive a la maldición divina, y conserva su primitiva inocencia.

Fieros rayos acuchillan el cielo y cae la lluvia. El aguacero puede durar días y noches o no terminar nunca. Da la sensación de que el cielo aplastara la tierra, y uno se pregunta: “Dios mío, ¿de qué misterio vengo, será acaso del misterio de tu olvido? Y, hacia qué región del misterio va mi ser, ¿será también hacia la nada de tu olvido cósmico?”.

Me incliné sobre la baranda podrida que da al río, y miré al fondo. Tal vez allá encontraría la respuesta, o tal vez no. Nada era verdad: el río y yo éramos parte del misterio de Dios.

Página de la revista Cromos con la publicación
de El Chocó, de Gonzalo Arango, julio 1965.
La lluvia silencia el dolor de los hombres y ahoga sus sueños. En la orilla lejana, como un fuego fantasma, titila la luz de un pescador. O ¿será un pez estrella que salta hacia su origen divino? Súbitamente la luz desaparece en las aguas.

Llega la mañana, mezcla de perfume de selva y avara luz de sol. Entonces la orilla se convierte en un alegre festival sobre el barro: piraguas de cholos que se embarcaron en la selva hace días y noches navegando aguas abajo, bajo un torrente de lluvias o un torrente de estrellas, y ahora atracan en la orilla pestilente con sus racimos de frutas, jaulas de pájaros, micos salvajes, collares de finas almendras, amuletos de dioses, arcos y flechas envenenadas, calabazas de chicha, y fuera de venta, hermosas cholas semidesnudas que cubren sus senos con collares, y se maquillan con tinturas vegetales. Por su parte, la negramenta aporta al mercado enormes racimos de plátanos, plateados manojos de peces que chapotean agonizantes en las canoas.

A medida que el sol se despliega en el cielo y brilla nítido entre las nubes, en el mercado acuático los negros despliegan sus sonrisas blancas en un alegre alboroto de ofertas y demandas, con un pie en las canoas y otro en el barro. Y tres razas que viven del río se mezclan en la orilla en busca de alimento, como animales anfibios.

En el malecón alquilo una canoa y subo por el río rumbo a la selva. Avanzo algunos kilómetros bajo un sol de candela y atraco en “Pueblo Mugre”. Paso el día charlando con bellas nativas y soy feliz. El sol se pone en la curva de la selva, cae la noche. Como hemos bebido dos calabazas de chicha que compramos a los cholos, me siento un poco borracho y sin ganas de regresar. Uno de los nativos me ofrece una estera para dormir, y en la cocina huele a pescado. Me quedo. Asoman las primeras estrellas. Purifico mi alma de racionalismos amargos, mis últimos gusanos de ciudad. Morirán en mí, poco a poco, mientras yo resucito. Ya mueren, los oigo morir, pues no soportan esta dicha. Mi cuerpo será un templo y en él preparo los altares de los nuevos dioses. La noche será un dios. Libre de la servidumbre mental, me desnudo como una fruta y reclamo un sitio bajo las estrellas, entre los árboles. Florezco de amor al mundo, a los reinos eternos de la naturaleza. Soy súbdito de esos reinos. Me tiendo sobre la tierra y la oigo germinar como un vientre. Es el amor de Dios quien la fecunda. Soy hijo natural de ese amor. De cara al cielo celebro mi vida como un milagro. Los últimos pájaros emigran a sus nidos en la selva. También ellos celebran con sus cantos la gloria de Dios. Mi corazón, como un petardo, estalla de dicha. Rezo en silencio a los dioses que ignoro. Dios debe ser este himno de adoración que sale del corazón de todo lo viviente.

Dios, tú existes en esta selva. Te pido perdón si en las ciudades te niego. No sé quién eres, ni qué eres. Yo soy mortal y razonable. Pero creo en el misterio de este universo que amo sin comprender. Oh, Dios mío, Tú eres también un misterio, pero ¡existes!

Cromos Nº 2.495. Bogotá, julio 5 de 1965, pp. 12 - 16.

Gonzalo Arango en Quibdó en uno de los embarcaderos
a orillas del río Atrato. 1965. Foto: René Orozco Echeverry.
Para la época, Johnson era la marca dominante en motores 
fuera de borda; al punto que durante mucho tiempo
la gente llamó Johnson a cualquier motor fuera de borda,
sin importar su marca.




[1] Gonzalo Arango nació en Andes (Antioquia), en 1931, y murió en Gachancipá (Cundinamarca), en 1976. Escritor, periodista y poeta, fue el fundador del Nadaísmo. El presente texto fue tomado de la web gonzaloarango.com: https://www.gonzaloarango.com/ideas/elchoco.html

04/05/2020


Ay, Bojayá…

Santísima trinidad,
¿qué fue lo que me pasó?
se me ausenta de mi lado
la prenda que Dios me dio
 (Estrofa de un alabao chocoano)


Bellavista
Cristo de Bojayá
¿Por qué si aquel crimen de guerra, del cual han pasado ya dieciocho años, se cometió en Bellavista, el mundo entero terminó conociéndolo como la Masacre de Bojayá?

En Colombia poco o nada se sabía de la existencia de este pueblo orillero antes de la masacre de aquel jueves 2 de mayo de 2002. Cuarenta y ocho horas después de la tragedia, dos periodistas que se colaron en un vuelo militar hacia el lugar, uno extranjero, que se valió de su extranjería para colarse y abogó por el otro, que era un colombiano, informaron que el sitio se llamaba Bojayá. También Bojayá lo llamaron los militares de alto rango y baja estofa que allí llegaron a negar los hechos sin tener ni la más remota idea de lo ocurrido y sin haber cruzado palabra alguna con algún sobreviviente. Igual hicieron los primeros funcionarios del gobierno nacional a los que, desde Bogotá, les tocó hablar de lo que no sabían: dijeron que lo que hubiera pasado había pasado en Bojayá.

Desde entonces no hubo poder humano que hiciera posible que a los sobrevivientes de la masacre les pararan bolas cuando llamaban Bellavista a su pueblo, a ese pueblo ahora destrozado, martirizado, ensangrentado y, además, con su nombre cambiado. Ellos mismos, con el paso de los días, terminaron diciendo Bojayá, en lugar de Bellavista. Hasta mucho tiempo después, cuando sobrevivientes y renacientes llamaron Nuevo Bellavista al asentamiento que, después de una década y cientos de peripecias, les fue finalmente entregado, para que allí –a poco más de un kilómetro río arriba del sitio donde vieron morir a su gente– trataran de continuar sus vidas.

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Leyner
Así, con este nombre breve, más o menos sonoro, llamativo y nada difícil de recordar, podría haberse titulado el documental "Bojayá, entre fuegos cruzados" (Bojayá Caught in the crossfire), que miles de colombianos vimos en la noche del sábado 2 de mayo, a través del canal público de televisión de Bogotá, en el 18º aniversario de la dolorosa y horrísona masacre que cada año recordamos con pavor, tristeza y dolor. Si acaso, para efectos de énfasis y mayor recordación entre audiencias no tan informadas, a este título se le podría añadir un subtítulo que lo relacionara con Bojayá[1].

El título del documental y las piezas promocionales de su presentación ofrecen más de lo que realmente vimos. En lugar de un recorrido panorámico y polifónico a través del acontecimiento de la masacre, antes, durante y después de ella, nos encontramos con una narración estructurada alrededor de Leyner Palacios, no solamente como eje de la historia, sino también como único referente de la misma, pues las menciones visuales y testimoniales de otros personajes (la abuela que perdió dos nietos y el padre que perdió cinco hijos) son apariciones casi de figurantes. Y por ello la narración está hecha a su medida, a la medida de Leyner, con el ritmo narrativo de él, de su vida hoy pública como víctima, sobreviviente y vocero de quienes padecieron esta atrocidad; pero, con una vocería que bien pudo haber sido validada narrativamente mediante la inclusión de unos cuantos testimonios de algunas víctimas y de las asociaciones de víctimas, de las misioneras y misioneros que vivieron la tragedia y del Consejo Comunitario Mayor de Comunidades Negras al cual pertenece Bojayá, como parte de la Zona 9 en la división organizativa del territorio que esta organización ha manejado desde hace por lo menos 30 años.

En fin, el punto, para dejarlo claro y evitar a toda costa tergiversaciones problemáticas, es que si el documental es una narración de la historia de vida de Leyner y su papel como vocero de los derechos de las víctimas, lo cual no tiene nada de malo, ni de inapropiado, ni de censurable o criticable, su título debió referirse a ese, que es su tema, y no a la tragedia de Bojayá, que es el tema colateral, la historia paralela; una historia que Leyner narra e interpreta y analiza con sus propias palabras, pero que realmente no es plenamente contada por el documental, que pudo haberse valido de imágenes fijas de apoyo y de los testimonios de otros sujetos que lo vivieron en carne propia, para documentar aquel momento trágico y transportar al espectador –por la vía de las imágenes, como corresponde al cine; y no predominantemente por la vía de las palabras de Leyner, algo más propio del medio sonoro- desde el abandono previo, pasando por el dolor de la masacre y la incertidumbre de tener que asumir otra vida, hasta llegar a un presente en el que Leyner brilla como la voz de su gente en los diversos ámbitos de su vida de víctimas eternas de múltiples violencias que, en lugar de desaparecer, se renuevan periódicamente.

Incluso, la familia de Leyner mereció mejor suerte narrativa que esa imagen estereotipada de la mujer como una sombra silenciosa que se ocupa de criar los hijos, que lo entrega todo en el ámbito privado de la vida; mientras su consorte se la juega a fondo y corre riesgos en el ámbito público, sin que ella tenga ninguna ligazón con ese ámbito, exclusivamente reservado a él, y no vaya más allá de esperar resignada y cíclicamente el retorno de su marido, cual Penélope atrateña. Y mejor suerte narrativa que ese papel casi de extra de la hija mayor de Leyner, una adolescente cuya experiencia de vida durante la masacre, cuando tenía solamente dos años de nacida, merecía más que ser contada en palabras por su papá y escenificada mediante una recreación dramática. Por no hablar del niño, a quien las palabras de su papá enuncian como todo un personaje, pero que en la narración nunca llega a serlo.

Leyner se merece este documental. Eso está claro y es indudable. Pero, también su familia, sus compañeros de tragedia y de infortunio, también Bojayá como un todo, merecían ser más que un leitmotiv.



[1] Algo así como “Leyner, el clamor de Bojayá” o “Leyner, una voz que clama desde Bojayá”, por ejemplo.