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09/09/2019


Deberes de Chocoanidad
 
Crepúsculo de viernes. Quibdó, agosto 2019.
Foto: Julio César U. H.
Además de suspirar cuando a nuestra mente llegan –líquidas, cristalinas, refrescantes, ensoñadoras, montunas, selváticas, risueñas y gráciles- la imagen y la palabra Tutunendo… Además de cocinar, cada vez que podemos y estemos donde estemos, los alimentos propicios para el ser y la nostalgia de la identidad... Además de lamentar que los pueblos en los que nacimos hayan sido absorbidos por ese advenedizo monstruo tragaldabas de la tradición, que todo lo convierte en cuchitril comercial... Además de no perder la costumbre de silbar canciones que nos gustan, así nos miren raro en las calles de las urbes del interior del país en donde terminamos habitando... Además de seguir llamando interior del país a todo lo que queda al occidente de la Cordillera Occidental, sin saber por qué lo llamamos así... Además de seguir delirando por la gravedad opaca del bombardino y por los mágicos arpegios largos del clarinete y por la reciedumbre del golpe del mazo sobre el templado cuero del bombo y por la estridencia de los platillos y los repiques del requinto de la chirimía chocoana… Además de seguir creyendo que algún día “la resignación de tu corazón se agotará y el día llegará de tu redención”... Además de tararear, casi siempre sin motivo y en el momento menos pensado, “tus ojazos como el sol de la mañana, tus palabras, tu mirar, tu sonreír, enmarcaron tus encantos de chocoana y explicaron el afán de mi existir Además de seguir creyendo que a la orilla del Atrato en Quibdó acontecen los crepúsculos más bonitos de todo el planeta Tierra y que es en estas tierras donde mejor se baila en todo el universo... Además de explicarle a todo el que se nos atraviesa cuáles son nuestros males, por qué es que nos pasa lo que nos pasa, por qué la pobreza acosa a nuestra gente hasta la muerte y el desempleo se roba la esperanza del alma de nuestros hombres y nuestras mujeres... Además de jurarnos permanentemente que, si de nosotros dependiera y si en nuestras manos estuviera, eso no sería así…

Además de todo eso y mucho más, hay unas cuantas acciones -como las siguientes- que son algo así como deberes de chocoanidad que estamos llamados a honrar.

Conocer…
Conocer, leer y comentar los ensayos de Rogerio Velásquez, para inspirarnos en sus recorridos a través de la vida de lo que él llamo negredumbre, refiriéndose a la negritud doliente, abandonada, despreciada por Colombia, desconocida, civilmente inexistente hasta que llegaron los tiempos electorales y las cedulaciones para dicho fin; la negritud que habita los tremedales, los ríos cual arterias del sistema vital de la selva, bajo el gobierno de la Naturaleza, el rayo, la tempestad, la lluvia eterna, el sol tan majestuoso como candente sobre unas vidas que tienen sentido porque son vividas colectivamente, en familia extensa, en redes de parentesco, en comunidades, en grupos, en pluralidad.

Sentarnos…
Sentarnos a escuchar, como en los tiempos de los cuentos de Tío Tigre y Tío Conejo, en los atarnocheceres frescos o en aquellas noches en las que los diluvios imparables sosiegan el calor, las poesías de Miguel A. Caicedo, como capítulos de nuestra propia historia, para encontrarnos allí con la geografía y la toponimia de la propia tierra, con los ritos y las fiestas, las creencias y los mitos que forman parte de la identidad; con las estructuras de parentesco, familiaridad y vecindad, que subrayan sin nombrarlo el carácter colectivo de la cultura regional; con el abandono y la pobreza, y el sentimiento de exclusión, narrados sin estridencias, con sentimiento profundo y profunda dignidad; en un marco de humor al mejor estilo hiperbólico del campesino atrateño, baudoseño o sanjuaneño y haciendo uso de su castellano antiguo, de su habla peculiar.

Pensar…
Pensar seriamente, sin menoscabo alguno de la admiración que sentimos por el Maestro Miguel Vicente Garrido, ni del cariño que le profesamos, ni de la honra, el orgullo y la gratitud que su obra musical y su talento nos inspiran, y evitando caer en debates distractores e infructuosos acerca de lo irrespetuoso que a algunos les parecerá el solo hecho de pensar en esto; que ya va siendo hora de que reconsideremos la pertinencia simbólica del Himno del Chocó que con tanta convicción cantamos[1]. (i) Porque no es justo que tributo rindamos a gente cuya oriundez chocoana hemos tenido que rogar y casi disputar, a gente de indudable ascendencia esclavista, integrantes de familias que atesoraron sus fortunas en entables mineros y grandes haciendas, a gente que –no nos digamos mentiras- no son los hijos más gloriosos de esta tierra, ni son intelectuales sin par… (ii) Y porque no es congruente con ningún sueño de desarrollo propio y autónomo, desde la perspectiva del ser de la chocoanidad, cantarle –en tono de oferta para los modelos económicos extractivos y de enclave- a las riquezas minerales de este territorio, a la virginidad de sus selvas, a los megaproyectos de canales interoceánicos, etc., por el prurito obsecuente de congraciarnos con Colombia a partir del ofrecimiento de nuestras riquezas, para acceder –ya sabemos a qué precio- al título de tierra más rica de nuestra rica nación(iii) Estas narrativas y estos imaginarios de vencidos frente a vencedores, con lenguajes coloniales implícitos y subordinaciones casi voluntarias frente a las hegemonías de clase y raza, geografía y cultura, historia y economía, poco contribuyen a la dignidad de la chocoanidad; como tampoco contribuye en nada la recurrencia de resaltar, en banderas y escudos municipales del Chocó, la madera de la selva, el oro y el platino, como los símbolos del ser local, a través del infaltable amarillo y el gris que de la bandera departamental enhorabuena fue cambiado por el azul de la multitud de aguas que discurren por estas tierras. Como si el resumen y síntesis de una historia tan compleja como la de esta región fueran, precisamente, los elementos que motivaron su triste camino desde la Colonia española.

Reflexionar…
La Yesca en el Barrio La Yesquita.
Quibdó, agosto 2019.
Foto: Julio César U. H.
Reflexionar acerca de nuestra connivencia con la excluyente política nacional cuando damos cabida a esas entelequias distractoras que ahora llaman emprendimientos, que nos ofrecen –a sabiendas de que no lo son- como solución al escandaloso desempleo que campea en la región; trasladando así, del modo más cínico, a la sufriente gente que día a día se la juega para no morir en el intento de sobrevivir en medio de su extrema y escandalosa precariedad, la obligación y la responsabilidad de generar sus propios ingresos, de inventarse su propio empleo; cuando todos sabemos que garantizar el acceso a trabajo decente y al ejercicio pleno de los derechos forma parte –por definición- de las principales obligaciones de un Estado social de Derecho.

Analizar…
Analizar detenidamente cuál debe ser, ahora, el papel de las agencias internacionales de cooperación al desarrollo y los países que benévolamente han aportado a paliar el desgarrador drama de las víctimas del conflicto armado en el Chocó, tendiéndoles la mano que en la mayor parte de los últimos 25 años el Estado colombiano no les ha tendido; para dilucidar si no es ya el momento de que su mirada compasiva y humanitaria hacia la gente, por su condición de víctimas del conflicto armado, se transforme en una mirada hacia la gente como sujeto de desarrollo, en su propio y legítimo territorio, desde su propia perspectiva y desde su propia identidad.

Cielo quibdoseño desde el Parque Manuel Mosquera Garcés.
Agosto 2019. Foto: Julio César U. H.
Conocer, sentarnos, pensar, reflexionar, analizar, son también deberes de chocoanidad. Lo es también apersonarnos de la misión de salvaguardar las fiestas de San Pacho, conteniendo, por ejemplo, esa avalancha anual de importación acrítica de elementos escénicos y estéticos de otros carnavales, como el de Barranquilla o el de Pasto, por muy bonitos o lujosos que estos sean. Y protegerlas de perversiones como la autodenominada economía naranja, discurso hueco, oferta vana, casi consigna, sin fundamento real, que repiten como loros los funcionarios cercanos al presidente designado, a falta de algo serio qué decir en el campo de la cultura.




[1] La letra del Himno puede leerse aquí: http://www.choco.gov.co/departamento/nuestro-himno

26/08/2019


Panorámica de Miguel A. Caicedo



En el centenario de su natalicio, les ofrecemos en El Guarengue una síntesis de los aportes del Poeta de la Chocoanidad, Miguel Antonio Caicedo Mena, a la educación pública, a la historia y a la cultura regional del Chocó, así como a su difusión en el ámbito nacional. Con este artículo termina nuestra serie Un chocoano llamado Miguel.

El 30 de agosto de 2019 se cumplen 100 años del nacimiento del educador, escritor y poeta chocoano Miguel Antonio Caicedo Mena, quien publicó más de 30 libros de diversos géneros y contenidos: poesía romántica, narraciones de ficción (cuentos y novelas), textos y estudios sobre historia, tradiciones, personajes y cultura del Chocó; al igual que 100 poesías costumbristas -gran parte de ellas grabadas en su propia voz en Radio Universidad del Chocó- a través de las cuales, valiéndose del lenguaje de los campesinos chocoanos, de su hiperbólico lenguaje y de sus rasgos de humor, narró para la posteridad instantes y vivencias de la vida cotidiana de la región, costumbres, problemáticas y características culturales; con tal riqueza y de tal modo que dichos poemas son, sin duda alguna, parte de la memoria oral de la chocoanidad, textos culturales a través de los cuales Colombia ha podido conocer rasgos de la identidad de esta región. Así lo reconoció el Instituto Colombiano de Cultura, Colcultura, precedente del actual Ministerio, en el Homenaje Nacional a su vida y obra como símbolo y presencia de la cultura chocoana en el país, que se llevó a cabo en el Parque Centenario de Quibdó, el 26 de agosto de 1989, a cuatro días de que Don Miguel cumpliera 70 años.

Miguel Antonio Caicedo Mena dedicó su vida a la educación y a la producción literaria, histórica y folclórica. Así aportó a la consolidación de la identidad cultural chocoana, a su reconocimiento en el ámbito nacional y a la perdurabilidad de elementos históricos, como parte de la memoria oral de la chocoanidad.

Imágenes cortesía Emilia Caicedo Osorio.

Sus aportes a la educación pública en el Chocó
De origen humilde, nacido en el Corregimiento de La Troje (Municipio de Quibdó) y fallecido el 4 de abril de 1995, en Quibdó, Miguel Antonio Caicedo Mena fue protagonista de primer orden en el proceso de organización, cualificación y proyección de la educación pública en la Intendencia y en el Departamento del Chocó, primero como estudiante y después como maestro, educador, profesor, docente.

Como estudiante, Caicedo formó parte del primer grupo de jóvenes negros y de escasos recursos que -en el marco de políticas incluyentes de la Intendencia del Chocó, lideradas por Adán Arriaga Andrade y Vicente Barrios Ferrer- ingresaron en los años 30 por primera vez al Colegio Carrasquilla, de Quibdó, superaron el quinto grado de secundaria y finalizaron su bachillerato en el Liceo Antioqueño, en Medellín, también con apoyo gubernamental.

Allá en Medellín, Caicedo se graduó con honores como Licenciado en Filología y Lenguas Clásicas y Modernas, en el Instituto de Filología y Literatura de la Universidad de Antioquia. En ese marco, Caicedo emprendió su primer trabajo de investigación académica sobre la poesía popular chocoana en los siglos XIX y XX, el cual fue fundamental para su decisión de incursionar como poeta costumbrista, hasta alcanzar la excelsitud que el Chocó y Colombia entera conocieron.

Mientras estudiaba en Medellín, Miguel A. Caicedo se codeó con intelectuales y literatos importantes de la época (Manuel Mejía Vallejo, Dolly Mejía Morales, Jorge Bechara Hernández, William Namen H.), en tertulias y reuniones literarias; y fue invitado a quedarse trabajando como profesor. Sin embargo, regresó a Quibdó a trabajar como maestro en todos los establecimientos educativos de la época, los cuales carecían de profesionales de la educación titulados o licenciados, como él; de modo que contribuyó, en esta condición, a la aprobación del Colegio Carrasquilla en todos los grados de bachillerato y al enaltecimiento de la Normal Superior de Quibdó como una de las más grandes proveedoras de maestros para la nación. De ambos colegios fue Rector y Profesor.

Del mismo modo, luego de una temporada docente fuera del Chocó, Miguel A. Caicedo contribuyó a la reorganización de la educación secundaria en el Departamento, a instancias del entonces Gobernador Carlos Hernán Perea. Desde esta posición, Don Miguel apoyó e impulsó la aprobación del ciclo completo de secundaria en varios colegios del Chocó. Como parte de sus preocupaciones por la cobertura y la calidad de la educación para su gente, promovió la idea y fue cofundador de la Normal Femenina Manuel Cañizales, en 1964.

El culmen de sus aportes a la educación en el Chocó es su contribución, como miembro activo del grupo de fundadores, a la creación de la actual Universidad Tecnológica del Chocó Diego Luis Córdoba; en la cual se desempeñó también como profesor, como consejero, como encargado de asuntos culturales, como referente vivo para el quehacer académico de las primeras promociones de la institución. De su propio bolsillo, infinidad de veces y sin pregonarlo, Miguel A. Caicedo ayudó a decenas de estudiantes con el pago de su matrícula y su alimentación, para que no desertaran, para que la Universidad continuara y creciera, se afincara como alma mater del Chocó.

Imágenes cortesía Emilia Caicedo Osorio

A través de diversas publicaciones, Don Miguel aportó a las comunidades educativas diversos elementos para fundamentar la formación de la niñez y la juventud en el conocimiento y la valoración cultural del Chocó, y en los valores familiares y sociales del respeto, la solidaridad y el amor por la tierra. Ejemplo de ello son: Chocó, verdad, leyenda y locura; Sólidos pilares de la educación chocoana; Cuentos ejemplares; La Yesca: importancia de siempre; Nicolás Rojas Mena; Pedro León Cristancho Valencia, “El Profesor”; Armando Luna Roa; Los cuentos de la abuelita; El Castellano en el Chocó, 500 años; Chocó mágico y folclórico; y Panorámicas chocoanas.

Miguel Antonio Caicedo Mena fue un educador, un maestro, en todo el sentido de la palabra. Su calidad pedagógica era evidente hasta en la conversación más sencilla, así como fue siempre claro que para él la educación tenía sentido si su objetivo era la formación, más que la transmisión de conocimientos. Desde esa óptica, como un apostolado, como una misión, Caicedo le dedicó toda su vida a la Educación, que siempre concibió como la formación de hombres y mujeres de bien, con identidad cultural sólida, con valores humanos intachables y con ineludible compromiso en la transformación de las condiciones materiales de vida del Chocó hacia estados más equitativos y justos.

La poesía clásica y la narrativa literaria de Don Miguel
Miguel Antonio Caicedo Mena fue un poeta clásico y romántico de altos quilates, inscrito en la tradición del Siglo de Oro español, que conocía al dedillo y que como maestro presentó siempre como ejemplo del buen decir, del buen hablar, de la inspiración y de la creación en torno a la condición y a la vida humana.

En ese campo, Miguel A. Caicedo exhibía dotes admirables para el manejo de los versos clásicos: alejandrinos, octosílabos, pareados, cuartetos, décimas, espinelas, sonetos; con absoluta corrección en la métrica y en la rima, con total profundidad en el sentido y en los contenidos. Veinte poemas y un grito, Versos para olvidar, Diez plusonetos y demás olvidos, y su estudio histórico La décima y la espinela, son publicaciones en la que puede verse la hondura y belleza del conjunto de su obra poética clásica. Canción ante la tumba del abuelo y Soneto a Dora son dos elementos de ese conjunto, dos de sus poemas inolvidables.

También fue narrador, en los géneros del cuento y de la novela, con tendencia a las narraciones edificantes, educativas, morales, a través de las cuales se reconocen sus dotes de escritor y se trasluce, también aquí, su condición esencial de educador. Con el padre y el hijo, Negro y dolor, La palizada, El regreso de Jorge, Espinas redentoras, El quebrador y Cuando las madres lloran, son ejemplos de esta faceta de Caicedo, en los cuales son evidentes sus dotes de narrador, su facilidad estilística, su impecable manejo de la lengua española y su búsqueda ética como legado para las nuevas generaciones.

Sus aportes a la historia y a la identidad cultural del Chocó
Miguel A. Caicedo no descansó ni un minuto de su vida en la tarea autoimpuesta de dar a conocer todo lo de su tierra, difundir las costumbres, los personajes, el habla, la riqueza ambiental y cultural. El Chocó, su gente y su cultura fueron el centro de la vida intelectual y profesional de este hombre sencillo y sin tacha, campesino de origen, profesional admirable e inteligente en grado sumo, ferviente amante de su tierra, de sus ríos y mares, de su selva, de su fauna, de su flora, de su biodiversidad, de su difícil y glorioso pasado, de su complejo presente, de su incierto futuro.

En la línea de sus preocupaciones históricas, Caicedo documentó asuntos como el uso particular de la lengua española en el Chocó, la historia de la educación pública en la región y de algunos de sus adalides, la historia de Quibdó y del Chocó; en obras como El Castellano en el Chocó, 500 años; Sólidos pilares de la educación chocoana; Quibdó de los recuerdos; La Yesca: importancia de siempre; Nicolás Rojas Mena; Pedro León Cristancho Valencia, “El Profesor”; Armando Luna Roa; y Manuel Saturio (El hombre).

Sus saberes y conocimientos como filólogo los utilizó para indagar, explorar e investigar el habla popular chocoana y su producción oral como forma de arte, comunicación y documentación de su vida y de su cultura. De allí salieron publicaciones como Chocó, verdad, leyenda y locura; Del sentimiento de la poesía popular chocoana; Los cuentos de la abuelita; Poesía popular chocoana; Recuerdos de la orilla; y Chocó mágico y folclórico (Primer Premio de Alfabetización, 1.973, del Ministerio de Educación Nacional).

Imágenes cortesía Emilia Caicedo Osorio

Culmen y síntesis ontológica y literaria de su chocoanidad, Miguel A. Caicedo produjo un centenar de poesías costumbristas o folclóricas, que él mismo declamaba y ponía en escena, durante las décadas de los años 70 y 80, cuando el Chocó entero, y después Colombia, asistieron maravillados al delicioso espectáculo de ver y oír la narración de fragmentos valiosos de la vida del Chocó en cuestión de minutos, a través de cada una de estas poesías. Algunos títulos inolvidables de poesías costumbristas de Caicedo son: Negra del bunde amargo; La bogotana; El parentesco; El bochinche; La pordiosera; El portaviandas; Eudomenia la cotuda; La soberbia vencida; La bichera; El médico de los brujos; Reveses del congeneo; El perrito rabón; Guabinadas; Peripecias de los sueldos; La carta; Los discípulos de Baco; La sabiduría de Remojao; El paraguas de María Ramos; La razoncita; La maestra ociosa; La pesca fugitiva; El rapto de Fermina; El cholo ladino; Historia de chiverías; Las alcaldadas del Pollo; Dos gobernantes sedientos; La receta de Guabina; Bajameuno; La ramonera rezada; Llorá, negrito, llorá; El cholo de Remojao; Gajes de la subienda; El desguañañe; Estragos del apagón; El cotero y el paisa; La cantitienda; El chure y el chivo.[1]

Las poesías costumbristas o folclóricas de Miguel A. Caicedo están provistas de funcionalidad simbólica como parte de la memoria oral de la chocoanidad y son piezas de literatura y oralitura con las cuales mostrarle a Colombia y al mundo los valores de la región, de su pueblo y de su historia. En su estructura se destacan cinco aspectos esenciales, claves para el entendimiento de su alcance cultural:
  1. La geografía y la toponimia chocoanas son recursos narrativos y textuales, a la vez que elementos de autorreconocimiento e identidad cultural.
  2. Ritos y fiestas, creencias y mitos, son elementos narrativos y escénicos, a la vez que atributos culturales. 
  3. Las estructuras de parentesco, familiaridad y vecindad, a la vez que aportan picaresca y color a la narrativa, subrayan sin nombrarlo el carácter colectivo de la cultural regional.
  4. El abandono y la pobreza, el sentimiento de exclusión, aparecen como datos de la realidad y como clamores reivindicativos de la voz popular a la que sirve como vehículo el poeta, sin estridencias, con sentimiento profundo y profunda dignidad.
  5. La exuberancia de la naturaleza y el uso que hace el campesino de la biodiversidad y de los recursos naturales que ella le ofrece aparecen como elementos definitorios de la vida cotidiana de los personajes de Caicedo y, por ende, de su propia y sólida identidad. De allí que el conocimiento detallado y la identificación de estos recursos sean parte sustancial de la cultura regional.
A partir de esos elementos, Miguel Antonio Caicedo Mena nos entrega en sus poesías costumbristas un universo temático concebido y construido para caracterizar -de modo íntegro y agudo, comprehensivo y englobante, con profunda y envidiable intuición exegética- el ser cultural de la chocoanidad. Con una estructura definida y constante, fácilmente reconocible, y con un dominio castizo del idioma, hábil y recursivo como el que más en la confección precisa de los versos de sus poesías; el poeta Caicedo encuentra siempre la rima justa, nunca forzada, añadiendo infaltablemente un nuevo dato en cada línea, un dato nuevo en cada verso; ilustrando así al oyente sobre el contexto, la situación, los personajes, el nudo y el desenlace de la anécdota fabulosa que en cada poesía cuenta, cual acontecimiento de la historia regional que uno en su memoria guarda para citar, de modo cabal, si en algún momento fuera justo y necesario, y suficiente no fuera la academia para dar cuenta del pasado. Todo ello mediante un  uso natural y recursivo del habla popular del campesino chocoano, incorporando sus modismos, sus giros gramaticales, su vocabulario residual del Castellano antiguo; al igual que su hiperbólica manera de contar el mundo y esa cierta sorna de la que proviene su humorística expresión diaria.

Desde sus tiempos de profesional recién graduado, que se entrenaba en las lides de la investigación filológica y lingüística, Miguel A. Caicedo entendió perfectamente que una porción significativa de la cultura chocoana reposa en comunidades en donde “el canal privilegiado para la satisfacción de las necesidades comunicativas es el oral, porque son comunidades ágrafas o comunidades en las que poco se producen textos escritos[2]; razón por la cual la tradición oral es el soporte principal para la preservación del acervo colectivo: “…es en las sociedades de tradición oral donde no sólo la memoria está más desarrollada, sino que es más fuerte ese vínculo entre el hombre y la palabra. Allí donde la escritura no existe, el hombre depende de su expresión oral, de su palabra. Ella le vincula y le compromete. Él es su palabra y su palabra da fe de lo que él es. La cohesión misma de la sociedad descansa en el valor y el respeto de la palabra[3], como escribiera hace 40 años el sabio e intelectual africano Amadou Hampâté Bâ, alma del reconocimiento y posicionamiento del valor de la oralidad para el conocimiento universal, en los escenarios internacionales de la Unesco. O como acertadamente anotara Libardo Arriaga Copete: “…En cantares rústicos, como quien mira en un espejo, el pueblo retrata su propia alma. Interpretarla, traducirla, es función eminente del poeta que puede acercarse a esa fuente sencilla y trivial y de ella extraer zumos de belleza [4]. Que fue lo que, justamente, hizo Miguel Antonio Caicedo Mena: relatar e historiar su propia cultura en casi un centenar de poesías folclóricas que, en conjunto, constituyen un verdadero tratado de chocoanidad.

Además de la inigualable diversión y el poderoso encanto que en sus lectores y oyentes ejercen, las poesías folclóricas de Miguel A. Caicedo funcionan como textos culturales, como memoria oral de la vida pueblerina, rural, comarcana, vecinal, y como crónicas precisas del mundo quibdoseño de la ciudad. Es decir, como relatos colectivos de aquella chocoanidad en virtud de la cual todo el mundo sabe lo de todo el mundo, todo el mundo se conoce, todo se cuenta para que todo el mundo lo sepa, porque todo lo debe saber todo el mundo: al fin y al cabo, parodiando al novel Gabo después Nobel, se trata de una antigua y extensa casa de por lo menos medio millón de parientes.

Dorita y la Seño Emilia Caicedo Osorio, hijas y herederas
del legado de Miguel A. Caicedo, el Poeta de la Chocoanidad.
Fotos: Facebook y Norma Londoño.
En justicia y coherencia con el legado de Miguel A. Caicedo, en memoria del Centenario de su Natalicio, las universidades y las entidades públicas y privadas del Chocó bien podrían asociarse para adelantar acciones conmemorativas y de reconocimiento a dicho legado, como las siguientes:
  1. Compilación, revisión, reedición y publicación de la totalidad de la obra impresa de Miguel Antonio Caicedo Mena; en un compendio denominado Colección Chocoanidad; colección esta que quedaría abierta para la inclusión de nuevas antologías, como una de Rogerio Velásquez, u obras individuales significativas, como Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia, de Carlos Arturo Caicedo Licona.
  2. Compilación, revisión, remasterización y publicación en medio sonoro (discos compactos, USB) de la totalidad de las poesías costumbristas de Miguel Antonio Caicedo Mena que reposan en el archivo de Radio Universidad del Chocó; como parte de la Colección anteriormente mencionada. Las poesías no grabadas en su voz podrían ser grabadas por su hija Emilia Caicedo Osorio y por Rosita Lemos, Luis Enrique Blandón Wiedemann y Luis Demetrio Caicedo, quienes marcaron una época de este arte en Quibdó y en el Chocó.
  3. Realización de un Festival de Declamación de poesías folclóricas de Miguel Antonio Caicedo Mena, con la participación de la mayor cantidad posible de instituciones educativas del Chocó, en el Corregimiento de La Troje.
  4. Publicación de un libro en homenaje a la memoria de Miguel Antonio Caicedo Mena, con una selección de artículos de diversos autores, incluida su hija Emilia Caicedo Osorio, sobre diversos tópicos de la vida y obra del poeta.
  5. Celebración de un Foro Regional sobre la importancia y aportes de Miguel Antonio Caicedo Mena para la cultura de las comunidades negras de Colombia; en Quibdó, con participación de los autores del libro mencionado en el punto anterior y como acto de presentación de dicho libro.
  6. Construcción e instalación, en un sitio público de Quibdó, de un monumento a la memoria de Miguel Antonio Caicedo Mena; que incluya su imagen, datos biográficos y un fragmento de uno de sus poemas.
  7. Construcción e instalación, en un sitio público de La Troje, de un monumento a la memoria de Miguel Antonio Caicedo Mena; que incluya su imagen, datos biográficos y un fragmento de uno de sus poemas.
  8. Elaboración e instalación de sendas placas conmemorativas del Centenario de Miguel Antonio Caicedo Mena, en el Colegio Carrasquilla, en la Normal Superior y en la Universidad Tecnológica del Chocó, en Quibdó.
  9. Elaboración y amplia difusión, en los ámbitos local, regional y nacional, de un documental sobre la vida y obra de Miguel A. Caicedo; en coproducción entre la Universidad Tecnológica del Chocó, Señal Colombia y Telepacífico.
  10. Difusión semanal de un poema folclórico en la voz de Miguel Antonio Caicedo Mena, el mismo día y a la misma hora, a través de todas las estaciones de radio del Chocó; con una texto de identificación alusivo al Centenario del Natalicio, producido por Radio Universidad del Chocó o por Radio Nacional de Colombia.

La gratitud con quienes ponen su vida y su obra al servicio de su gente, como lo hizo Don Miguel, es un sentimiento que enaltece. Traducir la gratitud en gestos significativos y expresiones simbólicas trascendentes es el mínimo acto de justicia de los pueblos hacia lo mejor de su gente.



[1] En los siguientes vínculos se puede escuchar una pequeña muestra de poesías costumbristas del Maestro Caicedo:
·         La bogotana: https://www.youtube.com/watch?v=Xtt_xmon5d0.
·         La Razoncita: https://www.youtube.com/watch?v=NdrC4RFdnpE&t=38s
·         La soberbia vencida: https://www.youtube.com/watch?v=ceUSijCsq-M
·         Los discípulos de Baco: https://www.youtube.com/watch?v=tfbgZw6razY&t=200s

[2] Llerena Villalobos, Rito. La función poética en la canción folclórica. El caso del Vallenato. En: Revista Lingüística de Asolme (Asociación de lingüistas de Medellín). Vol. 1, N° 1, 1983. Pp. 39-50.

[3] Amadou Hampâté Bâ. El poder de la palabra. El Correo de la Unesco, agosto-septiembre 1979. Pp. 17-23. Pág. 17. En: https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000074777_spa.nameddest=44650

[4] Arriaga Copete, Libardo. Citado por: Rivas Lara, César en: De Rogerio Velásquez a Miguel Caicedo. Quibdó, Gráficas Universitarias del Chocó, 1970. Pp. 90-95.

24/06/2019


Recuerdos de La Troje
Miguel A. Caicedo, en octubre de 1986 (arriba izquierda)
y en sus épocas de Profesor de la Normal de Quibdó, en los años 50 del siglo pasado.
Fotos: Claudia Álvarez y Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó.

2019 es el año del Centenario del Natalicio del Poeta de la Chocoanidad, Miguel Antonio Caicedo Mena, quien nació en La Troje (corregimiento de Quibdó) el 30 de agosto de 1919 y falleció en Quibdó el 5 de abril de 1995. Como un homenaje a quien dedicó su vida a la educación y a la cultura chocoana y es el más insigne poeta costumbrista y folclórico del Chocó, El Guarengue ofrece una nueva entrega de su serie Un chocoano llamado Miguel. En esta ocasión, en su propia y memoriosa voz, el Maestro Caicedo nos lleva a La Troje de su infancia, su campesina infancia, en donde vivió y aprendió los rudimentos básicos de su ser chocoano.

Cuando yo era niño, recuerdo que allá en mi aldea, La Troje, donde nací, asistía a la escuela y, en las épocas en las que no había clase debía acompañar a mis padres a la mina. Claro que no trabajaba esforzadamente, sino porque podía prestar ayuda, la que puede prestar un niño en estos casos de laboreo de mina: traer un palo para hacer un horcón, ayudar a traer los madrinos, llevar una batea…, cualquier cosa de esas.

Pero, generalmente, yo dejaba estas labores y me iba con un primo a cazar. Tenía una cauchera para bajar palomas, perdices, pájaros. Generalmente nos íbamos los dos. O, cuando no, me iba solo por todos esos montes. Llevaba también mi vara de pescar. Porque las dos cosas en las cuales me entretenía eran, justamente, cazando aves o sacando peces. Y había bastante pescao en esas charquitas; de manera que yo me mantenía contento ahí, pescando y sacando sardinas y otros pescaos.

Uno se levantaba, desayunaba, hacía sus quehaceres y luego se disponía a ir a acompañar a los viejitos a la mina. Nos íbamos temprano toda la familia, porque esa era la costumbre: cuando no había clase, se iban todos, por no dejar a los niños en el pueblo, dedicados a la holgazanería. Ellos no permiten que uno esté de holgazán, porque siempre se han dejado llevar por eso de que “el vagabundo es el que aprende a brujo”; esto es, que una persona desocupada nunca hace cosas buenas, según ellos. Y creo que no están como muy equivocados.

Esa gente de aquella época por lo que más se preocupaba era por la formación integral de la persona y de hacerlo en forma correcta: sacar caballeros o personas de servicio que se enmarcaran bien dentro de la sociedad. Y la familia procuraba que no se dijera nada malo de ella o de algún pariente. Entonces, siempre estaban pendientes: “hombre, que tal cosa no es así, hágala por aquí, búsquele este lado, acomódese acá, eso no, esto sí”. Era, pues, ese cuidado para que el niño creciera educado, bien formado y dentro de un ambiente familiar sano y con una formación correcta. Toda la familia procuraba que no se dijera nada malo de ninguno de sus elementos. Entonces venía esa competencia social que se hacía con todo mundo: “fíjese en Fulano de Tal como vive, observe que la Familia Tal o la de Zutano esto…”. Entonces se establecía como esa especia de rivalidad; pero, por lo alto, ¿no? No había, pues, ofensas ni nada de eso de por medio, sino el estímulo de la una para la otra y cada quien quería hacerlo mejor que el que lo hacía bien.

De manera que, eso sí, en el pueblito… Imagínese que hasta hoy –será porque allá casi todos son familia- en La Troje nunca ha habido un servicio de policía. No se necesita, porque ellos sus cosas, todas, las arreglan entre sí. Son familiares o los unos intervienen para que todo pase bien y todo lo demás. Toda la vida, mire… Por eso es que el Doctor Diego Luis Córdoba también acostumbraba a decir que aquí en el Chocó todos eran sus parientes y a todos les decía “Familia”. Porque aquí, “si no es por lo Córdoba, es por lo Chalá”, como decía él.

Mira los Mena, por ejemplo. Vino aquí Juanico de Mena, que fue el gran precursor de esta familiaridad chocoana; se estableció en La Troje. Este pueblito mío antes se llamaba La Troja. Él le puso La Troja, porque lo tenía como almacenamiento de todo lo que producían sus minas. Él tenía unas minas en La Platina, otras en Serrana, por el lado de Guayabal, otras en Atrato abajo y acá por La Concepción también tenía. Luego, Juanico de Mena tuvo tres hijos: Nicomedes, Cirilo y Damián. El uno se fue para el San Juan, el otro se quedó acá en Atrato abajo y el otro por esos lados de allá. De manera que por donde usted se mete hay Menas. Y esos Menas, a su vez, se relacionaron con los Córdoba y los Rentería y los no sé qué más. De manera que, así como decimos aquí: por último, aunque sea un untadito tiene el uno del otro. Es una sola familia.

En esa época, uno se dejaba llevar y la experiencia que había adquirido el abuelito era la maestra suprema que uno tenía. Por eso es que se buscaba al abuelito. Por otra parte, había un fenómeno social, de la conducta social: cuando los hijos no eran de matrimonio y eran reconocidos, los que se encargaban de la crianza eran los abuelos, ¿sí ve? El tipo reconocía un muchacho y, en vez de ser como ahora, que la mamá lo lleva a un juzgado y luego le sacan una parte del sueldo para mantener al pelaíto, en ese tiempo, no; sino que, lejos de eso, la familia del padre tomaba al muchacho y lo llevaba a su casa. Allá, entonces, el abuelito era el que lo consentía, el abuelito era el que lo llamaba, el que lo vestía, etc. Entonces le tenían un cariño especial al abuelo, por el agradecimiento de haberlo recibido en su casa, por lo que le enseñaba y por todo lo que le daba.

La Troje, corregimiento del Municipio de Quibdó, en donde nació y creció el Poeta de la Chocoanidad, Miguel A. Caicedo. Foto: https://quibdoeducativa.files.wordpress.com/2012/06/sam_1171.jpg


Los domingos, que era cuando una podía quedarse allí, nos reuníamos los jóvenes en la plaza de La Troje, a jugar Canicas y Arroyuelo, otras clases de juegos populares, como La panda, La sortijita, La vieja con su violín, etc. Pero, siempre eran juegos tan sanos que los mayores solían detenerse a verlo jugar a uno y se divertían también. Hasta que lo llamaban a uno para un mandado, para hacer cualquier diligencia de la familia, ir a comprar algo… Pero, siempre, apenas era eso, la vida era común y corriente: levantarse, jugar, bañarse; porque, eso sí, como teníamos un río muy bonito, suavecito, ahí al lado, ¡chabán! ¡al agua! Y luego, cuando lo necesitaban a uno para algo, dejar lo que estaba haciendo…y…levantarse, jugar, comer, dormir, y ¡listo! Si había la oportunidad para un trabajo, pues uno lo hacía.

La formación familiar que le daban a uno se basaba en los refranes, sobre todo. En cada circunstancia que se presentaba, había una lección. Y los viejos, claro, como aprendieron de la naturaleza, en esa observación directa de los fenómenos de la vida y de la naturaleza, siempre tenían una cosa qué censurar o qué recomendar o qué aconsejar. Siempre. Las instrucciones, las reprimendas, las alabanzas mismas de las acciones diarias de los niños, consistían en la aplicación y explicación de un refrán. El proceso de formación de los hijos era una cosa por igual, allí intervenían todos, Inclusive, el padre se encargaba de los varoncitos y la madre de las mujercitas; pero, siempre había oportunidad para que tanto el uno como el otro intervinieran en la parcela del compañero.

En mi caso, cuando yo tenía un año murió mi mamá, no tuve oportunidad de conocerla, de hacerme bien a la imagen de cómo era ella. Pero, recuerdo qué sucedió el día en que ella murió y cuando ya estaba más grandecito, cuando ya sabía hablar, les conté exactamente todo lo que sucedió ese día y mi abuelito quedó supremamente sorprendido.

Después nos fuimos a la población de Cértegui, adonde mi abuelito se trasladó con toda su familia a dirigir las minas de un señor Jeremías Palacios. Cuando regresamos de allá, yo tenía doce o trece años, y también recuerdo mucho la gran hazaña de San Francisco de Asís aquí en Quibdó, en el incendio de 1931. Nosotros veníamos bajando por el río Quito y mi abuelito de pronto dijo: “hombre, eso es que hay mucha luz en Quibdó, parece que hay incendio, boguen ligero, a ver”. Y fue dele, dele, dele, dele, esos tipos al canalete y a la palanca. Y cuando llegamos aquí a la desembocadura, vimos que Quibdó estaba incendiado. Entonces la gente cogió a San Francisco de Asís y lo puso en la puerta de la Catedral y las llamas se detuvieron allí, hicieron un arco grande, así, vea, y ¡chubum!, al río, el agua las apagó. Yo vi eso desde allá de la Boca de Quito: la llama subió así, de raíz y todo, vea. ¿Ah? Se quedó el santo ahí, caliente y resquebrajao.

Entonces, cuando regresamos de allá, la gente creía que yo había nacido era en Cértegui. Todavía hay muchas personas que piensan así. Cuando llegué, mi abuelita paterna, Andrea Ibargüen, me dijo: “ay, mijo, gracias a Dios que me alcanzó usted viva, yo siempre tuve la preocupación de que usted no pudiera entrevistarse conmigo, yo tengo algo para usted, muy significativo”. Y, claro, yo, un muchacho de doce años, no entendía la cosa; pero, ella entró a su alcoba y me vino con un cuadro de la Virgen del Carmen, y me dijo: “este cuadro era de su mamá y lo he guardado siempre con la esperanza de que usted lo pudiera recibir”. Yo lo cogí y te digo que, en mi conciencia de niño, pensé que de ese momento en adelante esa idea iba a sustituir a mi mamá en la vida. Por eso es que yo siempre he sido muy prendido de la Virgen del Carmen, ¿ves? Y la gente ha creído que es para que me dé suerte; pero, está muy equivocada en eso: es para darle gracias por todos los favores que yo he recibido de ella.

Pues sí, y entonces yo les contaba, a mi abuelito y a los demás de la casa, que una muchacha morena clara se había encargado de mí ese día de la muerte de mi mamá; que venía conmigo en los brazos y lloraba allí frente al féretro. Luego me llevó para otra casa y me tuvieron todo el día alejado de allá. Yo no sé qué paso en la noche; pero, al día siguiente, sí me trajeron y -antes de cerrar el ataúd- ella estuvo conmigo frente a él. Yo alcancé a ver el rostro de mi mamá; pero, transformado ya por el rictus, ¿no? Y lo cerraron, ahora sí arrancaron, estuvieron en la iglesia y cuando salieron hacia el cementerio no me dejaron ir. La muchacha volvió conmigo a la casa, que quedaba allí donde ahora pudieron la Casa Cural. Pero, yo me encaramé casi al techo de la casa y por el medio de las soleras, esos palos cruzados en equis que casi siempre ponen al frente de las casas en el Chocó, vi exactamente dónde enterraron a mi mamá. Y, entonces, años después les dije: vean, mi mamá está enterrada en tal parte, ahí. Y ellos no recordaban bien y mi abuelito dijo: “sí, señor, ahí fue”. Y le dije: “vea, así derechito, donde estuvo ese palo de jaboncillo, ahí está enterrada mi mamá”. Y él se sorprendió mucho de eso.

Eso de los problemas en la familia siempre existen, ¿cierto? Pero, había familias que vivían muy armónicamente. Tanto, que le cuento esto: en La Troje, los matrimonios fundamentados comenzaron propiamente en la década de los 30; porque allí todos eran personas que se habían juntado a vivir sabroso y después de eso, cuando ya estaban los hijos para ser los padrinos de los padres, se celebraban los matrimonios. Yo me acuerdo. Muchos matrimonios fueron así. Ya los hijos tenían hijos. Ya eran abuelos, pues, cuando se casaban. Eso se debe a una costumbre muy antigua, que ya desapareció aquí; pero, sí la practicaron mucho: el congeneo. Las personas no creían necesario el matrimonio para juntarse, como decían. Se cogían, como era la palabra que usaban, y si se comprendían podían llevar una vida buena y entonces sí realizaban el matrimonio. De otra manera, pues partían cobijas y cada quien se iba por su punta.

03/06/2019


Cuando estudiar era un lujo
Miguel A. Caicedo, Quibdó, octubre 1986. Reproducción de una foto de Claudia Lucía Álvarez 
publicada en el libro de Julio César U. H. ¿Qué es ser chocoano? Biografía cultural de Miguel A. Caicedo.

Continuamos con la serie Un chocoano llamado Miguel, en homenaje al Maestro Miguel A. Caicedo, el más grande poeta costumbrista y folclórico del Chocó, y uno de los más grandes educadores e intelectuales de la región; de cuyo natalicio se cumplen 100 años el 30 de agosto de 2019. En esta oportunidad les ofrecemos un testimonio del propio Maestro acerca de cómo funcionaba la Educación en el Chocó por los tiempos en los que él tuvo acceso a ella.

Yo había hecho en La Troje primero y segundo de Escuela; pero, en una forma tan tenaz, porque como a mí me criaron mis abuelos… Como le decía, cuando murió mi mamá, entonces mis abuelitos me reclamaron, mi papá me dejó allá con ellos. Pero, generalmente, la gente nuestra pensaba más en su mina que en cuestión de doctor, ¿ve? A ellos les interesaba era el laboreo de sus minas y sus platanitos sembraos, sus otras cositas ahí; pero, jamás, nunca, se pusieron a imaginar el… ¿qué te dijera yo?... el inculcar la importancia familiar por medio del estudio.

Cuando ya resolvían enviarlo a uno a la escuela era cuando uno reclamaba, que llegaba el mismo muchacho y tenía conciencia de que eso era una vía muy conveniente, la de su superación. Entonces comenzaba a bregar y, con mucho obstáculo, a los catorce años de edad lo hacían venir a uno a estudiar. Cuando vine a la Escuela Modelo, de Quibdó, yo tenía catorce años; pero, aquí hay personas que comenzaron a los diecinueve.

En todo caso, sobre eso no había mucho problema. Y eso se debía justamente a una costumbre de ellos. Porque, hasta antes de 1930, aquí en el Chocó la gente simplemente aprendía a firmar; lo que necesitaban los explotadores, que no supieran nada más. Porque el negro, que se encargaba era de trabajar, de producir, de comprar, debía ser ignorante, para ellos poderlo explotar. Esa fue la cosa, ¿ve? Porque esto aquí tuvo el dominio de la aristocracia durante mucho tiempo; es decir, los blancos eran los que mandaban, acomodaban, y todo. Eran blancos originarios de Europa; por ejemplo, podíamos destacar la familia de los Ferrer, que era el núcleo más grande, y otros que había ahí, como los Carrasco, los Valencia…

No era pues que al chocoano no le gustara estudiar. Era justamente que la situación social de entonces, ese apogeo de la aristocracia y de la cosa ahí, no les convenía que el negro se ilustrara.

Así, pues, que había una Escuela Modelo, hasta cuarto año y en ella terminaba la carrera académica de los negros. De allí, el negrito tenía que salir a cargar plátano o maíz, a hacer oficios, porque no tenía más salidero. Eso hizo que los abuelos tampoco vieran la posibilidad de que el tipo llegara muy alto y se despreocupaban también. Total: pa’ qué estudiar, pa’l fin y al cabo seguir cargando plátanos, que qué chiste era eso, decían los abuelos de uno. Entonces lo ponían a uno a aprender a hacer una batea, por ejemplo. Porque, eso sí, lo ponían a aprender a hacer alguna cosa.

Esa Escuela Modelo permaneció así hasta 1933, cuando vino Don Vicente Barrios Ferrer, lo trajeron como Secretario de Educación; porque ya había la intención de un grupo de elementos preparados, que estaban aquí, como para que se acabara esa situación. Diego Luis Córdoba, Ramiro Álvarez, Nicolás Rojas, Saulo Sánchez y otros se ingeniaron, fregaron, y entonces trajeron también a Adán Arriaga Andrade como Intendente. Adán y Vicente, esos sí podían venir, hacer las diabluras y volver a volarse, mientras que los que estaban aquí –la mayoría muy comprometidos con la aristocracia- no podían hacer más nada.

La Escuela Modelo era acá, en la Carrera Segunda, donde queda ahora la Alcaldía. Y por ahí, donde está la Universidad de madera, que le dicen, quedaba la Anexa al Carrasquilla. De ahí sí podían pasar al Colegio Carrasquilla; pero, de la Modelo no. Y a esa Anexa al Carrasquilla ingresaban únicamente los de la aristocracia y el negro que pudiera pagar -en ese tiempo- 80.000 pesos de hoy, año 1986[1]. Aquí en este otro bloque de la Universidad, en el amarillo, ahí funcionaba el Colegio de la Presentación, también de la aristocracia. Las pelaítas llegaban, en las escuelas de por ahí Atrato abajo, hasta tercero o cuarto; y, de ahí, pa’ su casa, a aprender a lavar ropa, a cocinar, a planchar, etc. Pero, lo que era más estudio, no. Entonces, los tipos que te mencionaba ahora habían querido pasar una proposición mediante la cual se creara un colegio para señoritas.

Adán Arriaga Andrade, Intendente y primer Gobernador del Chocó;
Ministro de Trabajo, considerado el padre del Derecho Laboral en Colombia.
Decano de la Facultad de Derecho y Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Colombia
Bien. La diablura que hizo Vicente fue la siguiente. Llamó a los padres de familia, un viernes en la tarde, allí a la Carrera Segunda, donde está el Instituto de Seguros Sociales[2], que era una manga frente a la cual, donde hoy está el Cinco Pisos, había una casa de tres pisos, de madera, donde funcionaba la Dirección de Educación. Y les dijo: “Bueno, el gobierno paga la educación colombiana; de manera que, aquí en el Chocó, del lunes en adelante, no habrá discriminación de ninguna clase. La mitad de los estudiantes de la Escuela Modelo se me pasa a la Anexa al Carrasquilla y la mitad de la Anexa se viene a la Escuela Modelo”.

Oiga, le digo que esa tarde la gente a Vicente no lo podía era alcanzar y eso que hacían escalera humana, ¿ves?, pa’ treparse por esa pared, por la ansiedad que tenía la gente de que se abriera la Anexa. Entonces así pasamos la mitad de allá para acá. A mí me tocó venir acá a la Anexa en esa mitad, mientras transcurría el año 1936, cuando ahora sí todas las escuelas podían pasar, es decir, de cualquier escuela se podía pasar al Colegio Carrasquilla, de 1936 en adelante.[3]

Ese fue el primer golpe efectivo contra la aristocracia. El resentimiento de la sociedad fue fuerte y se hizo más grave cuando comenzaron los efectos positivos de dicha integración, pues los negritos eran hábiles y avasalladores. Conscientes de la responsabilidad, se tornaron más estudiosos, para conservar los primeros puestos. Algunos de la aristocracia retiraron a sus hijos y los enviaron a otras ciudades, para no verlos revueltos con esos baturros y mucho menos aventajados por ellos, porque en realidad eran muy pocos los que podían con la atropellada. Entre ellos destacamos a Medardo Ferrer, Reinel Aluma, Maximiliano Rey, Enrique Coutin, Ramón Arrunátegui y Ariel Rodríguez[4].

Para rematar la inolvidable diablura y darle un golpe de gracia a la aristocracia quibdoseña, Quibdó entero conoció sorprendido el Decreto N° 34, del 7 de febrero de 1934, que decía a la letra en su primer artículo: “La Escuela Anexa al Colegio Carrasquilla es una escuela pública y, por lo tanto, el ingreso a ella no causará derechos de matrícula ni de ninguna clase. Las cantidades recaudadas el presente año por concepto de matrículas, en la Anexa, serán devueltas a los consignantes por el Señor Administrador General del Tesoro. Firmado: Adán Arriaga Andrade, Intendente Nacional del Chocó. Vicente Barrios Ferrer, Director de Educación Pública[5].

El decreto derogaba todas las disposiciones que le fueran contrarias y de paso derogaba el carácter suntuario y excluyente que tenía la educación formal para la población negra del Quibdó de la época; el mismo donde, un mes más tarde, sería creado el Colegio Intendencial para Señoritas, mediante el mismo acuerdo del Consejo Administrativo de la Intendencia Nacional del Chocó por el cual se creaba uno similar en Istmina y se fijaba un sueldo de cien pesos mensuales para las señoritas Clementina Rodríguez y Carmelita Arriaga, primeras directoras, respectivamente, de estos establecimientos educativos.


[1] A valores de 2019, esta suma equivale a una mensualidad de más de Un millón de pesos.

[2] Actualmente es la sede de la sucursal Quibdó de Bancolombia.

[3] Este testimonio forma parte de una serie de entrevistas realizadas a Miguel A. Caicedo en septiembre y octubre de 1986, en Quibdó.

[4] Caicedo M., Miguel A. Panorámicas chocoanas. Quibdó, Gráficas Universitarias del Chocó, pág. 35.

[5] Ibidem. Pág. 37.