10/07/2023

 El periódico Saturio y El Chocó por dentro

Glosa paseada en homenaje a Licona
-3ª Parte-
FOTOS: Biblioteca Nacional de Colombia y Corporación Cuenta Chocó-RVM

Carlos Arturo Caicedo Licona fue un narrador hábil e imaginativo, un cronista admirable de la chocoanidad, autor de una triada narrativa que lo sitúa en puesto de honor dentro de las voces regionales que enriquecen la literatura colombiana con su tono y sus temas, sus escenarios y sus personajes. Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia (1982), La guerra de Manuel Brico Cuesta (1984), e Historias de mi barrio (1988), componen la triada emblemática de su quehacer literario.

Pero, también fue, el Maestro Licona, un pensador, conferencista y ensayista de grandes dotes, que con palabra apasionada, planteamientos avezados y entusiasmo sin igual expuso su pensamiento social, político, ecológico y cultural, en conversaciones de café y de cantina, en clases universitarias, en eventos académicos, en cursos y talleres, y a través de cinco libros de ensayos de gran originalidad: El Chocó por dentro (1980), En torno al desarrollo del Chocó (1997), Historia de la Ilustración en Chocó y Colombia (2000), Por qué los negros somos así (Libro I, 2001; Libro II, 2010); al igual que en dos biografías: la del autor de la primera novela romántica de América: Jorge Isaacs, su María, sus luchas (1989), y la de un misionero claretiano que a principios del siglo XX llegó de España al Chocó y nunca más salió de Quibdó, donde se dedicó al magisterio de la música: Isaac Rodríguez Martínez, Servidor silencioso del pueblo afrochocoano (2004); y mediante el periódico Saturio, cuyo número 1, correspondiente a la quincena del 15 al 29 de febrero de 1976, vio la luz en aquel Quibdó cuya devastación generalizada por el incendio del 26 de octubre de 1966 aún no cumplía una década.

Saturio

“SATURIO será el órgano de expresión auténticamente democrático del Chocó, del Pacífico y de Colombia. Sus páginas están abiertas a la ciencia, al arte, a la música, a la literatura; a todos los que sufren y maldicen…, a los que lloran y se escupen…; a los que meditan…, a los vagabundos y sin techos; en fin, a todos los trabajadores de la madera y el metal y a los que interese resolver el curso de la historia de nuestro pueblo, por las vías que dicho pueblo defina como democráticas”. Así concluía el Editorial del primer número del periódico Saturio, que Licona fundó en compañía de un selecto grupo de intelectuales chocoanos, la mayoría de ellos ligados al entonces recién creado Instituto Universitario Diego Luis Córdoba, que tres años después, en 1975, pasaría a llamarse Universidad Tecnológica del Chocó Diego Luis Córdoba.

Licona era el director de Saturio, Eduardo Henry Salas tenía a su cargo las finanzas y César Rivas Lara era el jefe de redacción. Los acompañaba un grupo de diez colaboradores: Miguel A. Caicedo, Carmelo Rentería, Ely Gómez Ortega, Jaime Sarria Misas, Giorgio M. Mancini, Enrique Mosquera, Roque del Río Alvarez, Nelson Serna, Armando Luna Campo y Luis Carlos Palacios. De modo que las diversas ramas del pensamiento, del arte y de la ciencia mencionadas como intereses temáticos del periódico quedaban cubiertas por las calidades de este selecto grupo de profesionales nativos, sin tacha en la escena pública y genuinamente preocupados por la suerte del Chocó. Así como en las preocupaciones intelectuales y profesionales del grupo estaban los desposeídos de la región y del país invocados como sujetos históricos de interés del periódico Saturio en su primer Editorial.

Para el editorialista, que con toda seguridad fue el mismo Licona, la creación de Saturio era también una respuesta al servilismo de la prensa nacional y regional frente a los poderes dominantes, y a su consiguiente falta de democracia. “La democratización de la prensa, en su versión no antagónica, ha sido en el Chocó tan pálida como en el resto del país. Los periódicos colombianos están al servicio del capital o de intereses particulares, advirtiendo eso sí, que uno y otro tienen un nexo obvio en esta era. Son precisamente dichos intereses especiales los que impiden que las páginas de la mayoría de diarios colombianos expresen las voces de la mayoría nacional, encubriéndose en la democracia tolerante y trazando rumbos equívocos y simplistas”.

Como es frecuente en este tipo de empresas, Saturio sucumbió a las afugias económicas propias de las aventuras intelectuales de carácter alternativo en tierras que, como el Chocó, no son consideradas más que para la provisión de materias primas o bienes primarios, mediante el enclave extractivo de sus recursos naturales. Durante el tiempo que alcanzó a circular, Saturio -de todos modos y con creces- cumplió su elevada misión informativa, analítica, de agitación de ideas a favor de los desposeídos por razones de clase y de los ninguneados por razones de raza, y del aún pacífico territorio chocoano, acerca de cuyo desarrollo ya venía reflexionando su director, Carlos Arturo Caicedo Licona.

El Chocó por dentro

Con un libro dedicado a la memoria de su abuela, Eufemia Benítez Serna, Carlos Arturo Caicedo Licona inaugura, en 1980, la serie de publicaciones de su fructífero trasegar intelectual por los caminos de la vida y la suerte de la región chocoana, motivo central de su preocupación vital y profesional. El Chocó por dentro, cuya publicación fue patrocinada por ocho establecimientos comerciales de Quibdó y dos entidades regionales del Chocó, es una especie de compendio del pensamiento de Licona sobre el desarrollo del territorio y de la gente negra de la que entonces él llamó la Nación Afrochocoana y reivindicó como una nación dentro del Estado colombiano, al cual, una década antes del reconocimiento constitucional de esta condición ya él proclamaba pluriétnico, multicultural, plurinacional.

Este aleccionante libro de 121 páginas arranca con un magnífico prólogo del académico e intelectual, también chocoano, Carlos Calderón Mosquera (Condoto, 1927-Cali, 2012) y una Introducción de su autor, Carlos Arturo Caicedo Licona; textos que dan paso a sus tres capítulos y a tres anexos o suplementos, que son la reproducción de algunos de los documentos en los cuales se basan los análisis, las denuncias y las disquisiciones de Licona en la parte original del texto. “Este escrito no va para los eruditos; va para los de nuestra condición. Puede ser leído en cualquiera de nuestros ranchos y guardado detrás de la lamparita que ilumina el chisporroteo quejoso ofrendado a los dioses para que detengan los martillazos lacerantes en nuestros estómagos vacíos”[1], expresa Licona en su texto introductorio.

El Capítulo I. El congelamiento de las fuerzas productivas en el Chocó, se ocupa de la tesis de Licona sobre la maniobra sistemática del Estado colombiano, aupado y compelido por el poder imperial de los Estados Unidos, para boicotear el desarrollo del Chocó y de este modo mantenerlo en su condición subordinada de simple fuente de recursos naturales para la industria extranjera. Los planteamientos están fundamentados en el caso real del establecimiento y creación del Parque Nacional Natural Los Catíos, cuyas irregularidades son -según lo explica el texto- un ejemplo de cómo la política ambiental se puede traducir en un atentado a los derechos humanos y étnicos de negros e indígenas de la zona.

El Capítulo II. El fondo de la Historia, incluye una juiciosa compilación de datos demográficos y socioeconómicos del territorio chocoano, de sus recursos renovables y no renovables en el área del PNN Los Catíos, y la problematización clara de por qué el Estado colombiano y los capitales nacionales y transnacionales han impedido la construcción de vías en el Chocó, como la ruta sur de la Carretera Panamericana, y el Canal interoceánico Atrato-Truandó. El último acápite de este capítulo, bajo el título “Los negros, un problema más”, presenta reflexiones pertinentes sobre cómo afecta el racismo a la conciencia de la gente negra y cómo el racismo, larvado, termina convertido en un factor histórico de exclusión de las oportunidades de desarrollo y bienestar de la gente en territorios como el Chocó.

Las quince páginas finales del texto original de Licona, antes de los anexos o suplementos, conforman el Capítulo III. En la encrucijada, cuyo núcleo central de reflexión es -como titula Licona el primer acápite- “El despertar de la conciencia de una nación oprimida dentro de un Estado dependiente”. Con su acostumbrada fluidez y una sólida lógica Carlos Arturo expone su tesis sobre la condición del pueblo negro del Chocó como la nación afrochocoana. Este capítulo, que bien podría ser el primero del libro, es una clase magistral sobre identidad étnica, desde la perspectiva histórica de la diáspora africana en América y sus aportes a lo que Licona llama desde entonces la afrohispanoamericanidad; y sobre organización sociopolítica de la comunidad negra para su reivindicación nacional y la tutela de su propio desarrollo. Cualquiera podrá, con datos de la academia actual sobre estos temas, rebatir o complementar, incluso corregir, los planteamientos de Carlos Arturo Caicedo Licona en este capítulo. Lo que no podrá, nadie, es desconocer el carácter visionario y pionero de dichos planteamientos y su vigencia ética en el camino político de la comunidad negra, afrocolombiana, raizal y palenquera, en el país y en el Estado.

“Buscamos un puesto en la sociedad, dado que ya lo tenemos en la Naturaleza”[2]

Carlos Calderón Mosquera y Carlos Arturo Caicedo Licona
FOTOS: Open Library y Archivo El Guarengue.

El prólogo de El Chocó por dentro, de Carlos Calderón Mosquera, le hace completa y detallada justicia a la calidad del texto, a la novedad de sus planteamientos y a la dedicación, compromiso y honestidad intelectual de su autor, Carlos Arturo Caicedo Licona, quien acierta totalmente al elegir el prologuista de una de sus más significativas, trascendentales y revolucionarias reflexiones sobre el desarrollo del Chocó; ya que Calderón Mosquera no solamente guía al lector por los vericuetos del libro, sino que, además, para honra y prez de la literatura chocoana, logra en un bello texto -políticamente concreto y poéticamente admirable- desentrañar, exaltar y amplificar las claves principales de la compleja problemática expuesta por Licona.

Sobre los destinatarios, los fines y las dotes intelectuales del autor, el prologuista empieza por anotar que “El Chocó por dentro es el libro que las gentes estudiosas del Chocó y de Colombia, especialmente la juventud, estaban esperando de la inteligencia y la sabiduría de Carlos Arturo Caicedo Licona… un joven profesor universitario que ha hecho del estudio y de la acción una misma cosa. Este libro [que] es un testimonio de ello”[3], “…busca crearle al pueblo, a la juventud chocoana, conciencia de lo mucho que él le ha dado a Colombia y de lo poco o nada que ha recibido de la deuda inmensa que tiene la nación colombiana para con la nación chocoana, injerta en ella, por cuidarle esta esquina oceánica”[4].

Creyente de la juventud, como maestro universitario que era, Calderón Mosquera incita a los lectores de las nuevas generaciones a estudiar El Chocó por dentro: “La juventud del Chocó y de Colombia tiene ante este libro un gran compromiso. Su deber es estudiarlo. Analizarlo. Interpretarlo como una herramienta, y otras que ya se tienen y vendrán, para transformar nuestra condición de colonizados por la de hombres libres. No en la fraseología barata de los políticos de elecciones, sino en la profunda realidad que los tiempos de hoy y de mañana demandan”[5].

Y para motivar a los potenciales lectores y puntualizar con sus propias palabras uno de los grandes temas del libro, Calderón Mosquera va al grano sobre el racismo histórico vigente en Colombia y su conexión con el clasismo excluyente: “Nuestros abuelos fueron traídos de África y al Chocó entraron en 1670, por la selva de Cartago a Nóvita, como a Tadó, donde existían reales de minas. Después de muchos años, llegaban los primeros negros, cruzando el istmo de San Pablo, a las orillas del Atrato. Padecimos afrentas colectivas. Afrentas que persisten con el trato que nos da el capitalismo antioqueño y la burocracia de la metrópoli ubicada en Bogotá, desde la época de los virreyes…”[6]; “…existe en Colombia un racismo larvado, que no da su nombre, pero muestra sus hechos. Desde los días de la colonia, al negro, al indio, al blanco pobre, se le ha mantenido alejado de los centros de poder. Y la condición de raza, la explotación y la degradación palpable, se añade a la explotación como clase”[7].

“Esa clase dirigente acostumbrada a gobernarnos sin estar presente”[8]

Está finalizando 1980. El país vive días aciagos en materia de persecución y acoso político a los contradictores del establecimiento oficial. “Los indios, los negros, los mestizos colombianos no tienen posesión efectiva de sus tierras. El dominio es relativo, el control sobre sus ciclos productivos ninguno. La casta que usufructúa el Estado ha reservado para sí la apropiación económica de las materias primas claves de la economía, y bajo el disfraz de una política ambientalista, mientras se ordena el asalto, se conserva a contrapelo el desnivel de vida entre los habitantes de la República, y entre estos y los habitantes de las potencias que a distancia controlan esto, su fuente de materias primas baratas y necesarias, a costa del famélico vientre de nuestros pueblos”[9].

Licona documenta las irregularidades cometidas durante la creación del PNN Los Catíos, como una muestra o evidencia de su planteamiento sobre “el congelamiento de las fuerzas productivas en el Chocó”; especialmente durante el proceso de avalúo y compra de predios a los campesinos negros y mestizos, durante el cual las autoridades actuaron en connivencia con terratenientes y madereros antioqueños de la zona de Urabá; los actos de represión del campesinado por parte del ejército nacional y la militarización del área, a principios del año 1975. Todo ello como trasfondo del desarraigo, la falta de trabajo, el decrecimiento de la producción local de subsistencia, brotes de prostitución e incremento de la presencia de colonos paisas con fines de extracción maderera y apropiación fraudulenta de tierras que consideran de nadie ante la ausencia de un título formal de propiedad. Una mezcla de la cual, veinte años después, nacería el fuego arrasador de la más cruda degradación del conflicto armado colombiano, a través de todas las formas posibles de violencia contra la población civil en general y contra los pueblos étnicos en particular.

FOTOS: Biblioteca Nacional de Colombia.

“Los negros, un problema más”[10]

Para el Estado y sus aliados del capital nacional y transnacional, indígenas y negros son un problema más, que hace compleja la operación de reserva de las riquezas del Chocó para el usufructo de los extranjeros y los voraces vecinos antioqueños. “El inconfeso pecado llega hasta la farsa de montar y alimentar en el escenario del territorio colombiano una imagen que exhibe una selva indómita, ahíta de serpientes venenosas, de caimanes, de indios antropófagos, con sus otros hijos postrados de paludismo, bajo una lluvia de siglos. Nada de lo dicho dentro o fuera de las fronteras es el Chocó; por el contrario, la verdad sobre la potencialidad del suelo y del subsuelo y su futuro prodigioso está estudiado y guardado celosamente bajo llave en Washington D.C. o en New York”, sostiene, lúcido, Licona.[11] Y añade, para que no quede duda de la farsa: “El milagro de la supervivencia de negros e indios en esta selva, lo ha propiciado la selva misma. Se puede estar seguro de que, si los instintos hubieran extraviado a los negros, llevándolos a tierras que ofrecieran menos abundancia de los medios de vida, el genocidio institucional programado contra esta nación habría llevado al exterminio de su raza”[12].

El exterminio físico y cultural de los indígenas del pueblo Tahamí del Alto Andágueda, mediante acciones conjuntas de comerciantes y mineros antioqueños de la familia Escobar, políticos nacionales y locales, la fuerza pública y la misión católica claretiana; es otro asunto ampliamente analizado por Licona, como una muestra de la vigencia de las políticas de dominación e imposición vigentes desde la época colonial y como evidencia adicional de su planteamiento acerca de la estrategia estatal de congelar las fuerzas productivas en el Chocó, para reservar sus riquezas y feriarlas al mejor postor. El nefasto papel de la misión católica es resumido por Licona de la siguiente manera: “La labor de la misión claretiana, durante 25 años, ha sido tan destructiva como la de la familia Escobar. El Internado de Aguasal como sitio para “educar” a los indígenas, es el puesto de avanzada para la destrucción de la cultura Tahamí. Allí, al indígena se le enseña un saber que no tiene ninguna funcionalidad al interior de su mundo familiar; se le imponen unos valores que rompen con los patrones de conducta tradicionales a su cultura; se le enseña a renegar de su identidad étnica y se le condiciona en el sistema de explotación más descarnado, al afianzar lazos económicos entre la comunidad y la misión. El indígena, obligado a vender su oro en la tienda del misionero José Betancur, recibe por él los precios más bajos, mientras debe comprar el aceite, la sal, las pilas para el alumbrado y todos los bienes necesarios para su subsistencia, a los precios más elevados. De tal forma que la labor de la misión en sus resultados llega a identificarse con la familia Escobar”[13].

“¿Somos los negros una nación dentro del Estado colombiano?”[14]

“¿Somos los negros una nación dentro del Estado colombiano? Indudablemente que sí… Si de algo grave pudiera acusarse a los gobernantes en 160 años de “independencia”, es de haber ocultado, disimulado, haber tratado con indiferencia el hecho de que Colombia es un mosaico de nacionalidades”[15]. Esta pregunta y su respuesta orientan la reflexión central y el planteamiento final del libro El Chocó por dentro, de Carlos Arturo Caicedo Licona: la necesidad de que el Estado colombiano reconozca como tal a la Nación Afrochocoana, cuyos orígenes -explica Licona- se remontan al momento posterior a la “liberación” de 1851, cuando los negros “se reagruparon por instinto de conservación societal en las selvas inhóspitas del Pacífico, en sitios inaccesibles, en donde no fueran de fácil hostigamiento… Para esta época comienza a fraguarse la nación afrochocoana, con instituciones parecidas a sus ancestros, como los consejos tribales de ancianos que dirimen las querellas de los pueblos sin la presencia de otra autoridad…”[16]

Más de una década antes de la Constitución de 1991 y de la expedición de la Ley 70 de 1993 o Ley de comunidades negras, Carlos Arturo Caicedo Licona proponía el reconocimiento de personalidad jurídica para la comunidad negra, bajo la categoría de nación afrochocoana. Este reconocimiento incluía la reivindicación de la propiedad plena y el control de las tierras que habitaban hace siglo y medio; y, en general, de todas las fuerzas productivas que podrían potenciar la privilegiada situación geográfica del Chocó, “estratégicamente ubicado en las partes neurálgicas del transporte marítimo del petróleo y de los alimentos”, en una posición comparable con la “del estrecho de Gibraltar, el paso del Mar rojo y el Estrecho de Ormuz”[17]; de modo que cesara la histórica condena a ser simple “fuente abastecedora de materias primas fundamentales en la era nuclear”[18].

Sentencias finales

“Un sistema que no da pan, techo, escuela, sanidad a su pueblo, no tiene derecho a regir su destino. Hay que enviarlo al basurero de la historia. Todos, absolutamente todos, nos dice Caicedo Licona, deben agruparse para el cambio. Los derechos no se mendigan, se conquistan luchando, le gritaba Antonio Maceo, el negro cubano, a los mambises”[19]. Clara y explícita es la interpretación del sentido final del libro, que Carlos Calderón Mosquera hace en su prólogo de El Chocó por dentro.

Luminosa, como el libro todo, es la senda de la utopía afrochocoanista de Carlos Arturo Caicedo Licona: “Ausentes de las derrotas del río y la humedad, del sofoco de nuestro trabajo, esa clase dirigente acostumbrada a gobernarnos sin estar presente, nos enseñó a luchar sin ellos; lo que habremos de agradecerles porque es posible que una guía más cierta, procedente de la administración de nuestras bregas, nos señale a poco el camino del triunfo final”[20].


[1] Caicedo Licona, Carlos Arturo. El Chocó por dentro. Medellín, diciembre de 1980. Editorial Lealon. 118 pp. Pág. 20 (Introducción).

[2] Caicedo Licona, Carlos Arturo. El Chocó por dentro. Medellín, diciembre de 1980. Editorial Lealon. 118 pp. Pág. 15 (Prólogo de Carlos Calderón Mosquera).

[3] Caicedo Licona, Carlos Arturo. El Chocó por dentro. Medellín, diciembre de 1980. Editorial Lealon. 118 pp. Pág. 11

[4] Ibidem. Pág. 13

[5] Ibidem. Pág. 14

[6] Ibidem. Pág. 15

[7] Ibidem. Pág. 16

[8] Ibidem. Pág. 48

[9] Ibidem. Pág. 27

[10] Ibidem. Pág. 79

[11] Ibidem. Pág. 51

[12] Ibidem. Pág. 52

[13] Ibidem. Pág. 60

[15] Ibidem. Pág. 85

[16] Ibidem. Pág. 90

[17] Ibidem. Pág. 54

[18] Ibidem. Pág. 52

[19] Ibidem. Pág. 16

[20] Ibidem. Pág. 48

03/07/2023

 Tres libros maravillosos 
y una sola glosa verdadera

Glosa paseada en homenaje a Licona
-2ª Parte-
Licona y los tres trabajos literarios más representativos de su obra.
FOTOS: Archivo y Julio César U. H.

“En este narrador del Chocó hay tal ímpetu en el lenguaje, tantas voces secretas, tal fuerza ancestral, que creo no equivocarme al señalar que esta desconocida región del país tiene ahora una voz que la nombra… Por estas razones, creo, merece mejor suerte que la exigua que suele conceder a los narradores el azar propio de la literatura colombiana”.  Jaime Alberto Vélez, 1983 [1].

Carlos Arturo Caicedo Licona, quien murió en Quibdó el lunes 19 de junio de 2023, cuando faltaban menos de dos meses para que cumpliera 78 años, es indudablemente uno de los más memorables escritores del siglo XX en el Chocó. Su novela corta “Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia” (1982)[2] es, también indudablemente, una de las obras más relevantes de la literatura chocoana hasta el presente; y, junto a “La guerra de Manuel Brico Cuesta” (1984) y la colección de cuentos titulada “Historias de mi barrio” (1988), forma una triada a todas luces valiosa en el panorama literario regional y nacional. Poco leídos y a veces escasamente conocidos, incluso en el propio Quibdó, estos tres libros son parte sustancial de la biblioteca de la chocoanidad. Su reedición cuidadosa y su amplia difusión valdrían como homenaje a quien tanto lo mereció, pero nunca lo recibió.

Un relato épico de la chocoanidad[3]

Como una de las glosas que hasta hace medio siglo eran parte de la cotidianidad en los ámbitos familiares o vecinales de las aldeas y pueblos del Chocó, si uno la lee en voz alta, Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia honra con creces su título. Tiene la sonoridad y la cadencia propias de una de esas escaramuzas verbales entre vecinas o parientas que -mientras se imprecaban mutuamente y agudamente- se paseaban sobre el pampón, el patio o el andén, en rítmico y coreografiado vaivén, acompañando el discurso fluido y espontáneo con abundantes y calculados gestos de cintura y de torso, de caderas y de talle, de las manos, de los labios, de la cara, de los ojos. En este caso, mientras impreca a la historia y se explaya con el lector, Licona se pasea a sus anchas por la geografía física, humana y simbólica del Chocó. Se riega, como verdolaga en playa.

“Por ese azar que le es común a la literatura colombiana, leí Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia de Carlos Arturo Caicedo Licona… Ignoro quien sea Caicedo Licona, pero después de la lectura de este relato de 99 páginas, lo imagino -para utilizar una imagen suya- a la sombra de un árbol de chibugá recibiendo la solución a los problemas más intrincados de su próxima obra”, escribió el poeta, escritor y académico antioqueño Jaime Alberto Vélez, hace 40 años.[4]

Epopeya, leyenda, novela corta, mito y oralitura, Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia constituye, sin duda alguna, un relato épico de la chocoanidad. O su “Antiguo Testamento”, como escribió el gran Daniel Valois Arce en la presentación de contraportada a la primera edición del libro, en 1982[5], donde hizo notar con precisión de exégeta que los personajes de la Glosa “son el Agua primordial, el Relámpago nunciativo del trueno, los Diluvios pluviométricos y la Tempestad sobrecogedora. Sobre todo, la Noche, esa noche definitiva de la selva chocoana, sin pasado, ni presente, ni futuro, esa Noche absoluta”[6].

En su extraordinario artículo Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia, Cinco lentes para mirar el Chocó, la Doctora Mónica María del Valle Idárraga, investigadora y profesora universitaria, sintetiza así el conjunto narrativo de esta obra de Licona: “Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia, del escritor chocoano Carlos Arturo Caicedo Licona, es una obra sin paralelos en la literatura colombiana. En términos del tema (la vida de dos hermanos, uno de ellos concebido para salvar a su pueblo de la destrucción), del género (un relato de mediana extensión y cronológicamente casi lineal) y de la estructura (una historia central entreverada de pequeñas escenas o fragmentos de historias), Glosa parece un escrito promedio, común. Su carácter extraordinario se afinca en el modo como imbrica los mundos de la naturaleza (animal y vegetal) y del cuerpo humano (y de paso, los articula inextricablemente a una crítica de la relación del país con la franja territorial donde ocurren los hechos de esta narración: el Chocó)”[7].

En su Glosa, Carlos Arturo Caicedo Licona (Quibdó, 1945-2023) retrata con fineza descriptiva, con detalles y recursos de literato consumado, con rebusques y sabidurías de profesor de Ecología, con saberes elementales de afrochocoano, con nostalgias, pesadumbres y dignidad de quibdoseño, la exuberancia, la fecundidad y la generosidad de la Naturaleza y de la gente, de los hombres y de las mujeres de todas las edades, del experto boga y del pescador insomne, de los curanderos y de los tamboreros, de la tejedora de escobas que en sus entrañas porta la vida y de la sabia partera que con su ciencia milenaria hace posible que esa vida llegue a este mundo.

Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia (1982) es parte de una bella e insuperable triada literaria, junto a La guerra de Manuel Brico Cuesta (1984) e Historias de mi barrio (1988). Estos tres libros serían suficientes para que Carlos Arturo Caicedo Licona ocupara un puesto relevante en la literatura colombiana; junto a predecesores suyos, como su tocayo condoteño Carlos Arturo Truque Asprilla (1927-1970) y su predecesor certegueño Arnoldo de los Santos Palacios Mosquera (1924-2015). Al igual que los relatos de Truque y Palacios, los de Licona están dotados de una voz completamente propia, de una identidad plenamente reconocible y de notable calidad literaria. La Glosa, Manuel Brico y sus historias del barrio Pandeyuca son una buena muestra del alto grado de habilidad narrativa de Licona en los ámbitos del relato, el cuento y la novela; así como Vivan los compañeros y Las estrellas son negras han consagrado -aunque de diversas maneras y en circunstancias distintas- a Truque y a Palacios como narradores imprescindibles en el panorama de la literatura colombiana e hispanoamericana.

Licona 1978 y 1982.
Contraportadas de presentación de sus libros.
FOTOS: Archivo El Guarengue.

La guerra de los mil ríos

Publicada por Licona cuando estaba próximo a ser un cuarentón, La guerra de Manuel Brico Cuesta es también un relato breve, una novela corta, que de modo fascinante y detallado relata momentos esenciales de la Guerra de los Mil Días en el Chocó. Detrás de este maravilloso relato hay un diligente trabajo de lectura e investigación, así como detrás de su Glosa hay experiencia vital y relatos de infancia de su parentela sobre los ritos de la chocoanidad. El rebusque minucioso de detalles escondidos sobre los combatientes afrochocoanos en esa guerra partidista que desangró al país hasta en sus lugares más recónditos, incluyendo el registro de batallas que hizo Teresa Martínez de Varela en Mi Cristo negro, son fuentes de Licona para armar el escenario de su relato. Y eso hay que agradecerlo como lector, por la verosimilitud que los datos cribados por Licona le aportan a la historia, que, aunque tiene mucho de reivindicación, no cae en el discurso vacuo ni pierde por ello su condición esencial de elaboración literaria.

En La guerra de Manuel Brico Cuesta, Licona le muestra al lector las múltiples conexiones y caminos del entramado de agua de los ríos y quebradas, que son las vías ancestrales de un territorio lejano y aislado de la nación, como es el Chocó; y en el bastidor de su arte literario, los borda con precisión y colorido hasta conseguir que el lector los vea con sus propios ojos, a través de las florituras de la narración. Narra Licona también los senderos y caminos terrestres que desde las goteras del Quibdó de entonces conducen a todas partes, a través de las entrañas del monte: a las tierras de Guayabal y de Neguá, y de allí a las de Ichó, a las entrañas de Tutunendo y a las vicisitudes de Munguirrí, en el camino hacia El Carmen de Atrato; también a las comarcas de Cabí y a las del río Quito, con su lucero nocturnal, que tutela la entrada de sus afluentes aguas a las del Atrato. De modo que queda claro que el escenario de la guerra en el Chocó, más que un campo de batalla, es el monte, es el río, es la chonta con la que se fabrican lanzas, las hojas de rascadera o mafafa con las que es posible guarecerse, el diluvio que moja la pólvora, el pantano resbaladizo que impide caminar, el sigilo indispensable para no delatarse por la interrupción del silencio eterno, la sabiduría para moverse sin riesgo alguno entre las criaturas materiales e inmateriales cuyas voces son las únicas propias de ese silencio antiguo, verde y tupido.

Allí, justo allí, en dicho escenario, moviéndose a través de trochas y caminos culebreros, por las planicies y el lomerío de Bebará y Bebaramá adentro, es donde el héroe de la novela continúa batallando en el momento en el que los jefes supremos de los partidos han decretado el fin de la Guerra de los Mil días, aunque él no se haya enterado de tremenda decisión. Mientras en Quibdó desfilan los liberales por el lado izquierdo y los conservadores por el derecho de la calle primera del pueblo, el 10 de diciembre de 1902; Carlos Quinto Abadía, en el Baudó, y en Bebaramá Manuel Brico Cuesta, continúan alzados en armas. “En Bebaramá, nosotros, sin saber lo que estaba pasando ni que estas otras cosas iban a pasar, marchábamos corajudos y derechitos al peligro, ganando terreno en el avance, hasta que al jefe Manuel Brico se le atravesó el mismito diablo, torciéndole el rabo a la guerra[8]”: Virgelina Córdoba Mena fue la primera de las hembras que engrosaron las filas liberales de Manuel Brico y la maternidad del reguero de hijos que empezó a dejar.

Manuel Brico Cuesta “murió aquí en Beté el día 5 de mayo de 1924, rodeado de más de treinta hijos y ciento cincuenta nietos, sin contar los que estaban en camino, que salieron atraídos con la noticia de su agonía de estos vericuetos”[9]. Es decir, nunca salió del monte a sumarse a los coros que vitoreaban la paz de los sepulcros y el silencio transitorio de los fusiles. “La guerra de Manuel Brico Cuesta, el relato de una sublevación liberal en la selva chocoana, encabezada por el mismo Manuel Brico, se convierte en una crítica a los manejos estatales centralistas y al bipartidismo, pero el texto no es un opúsculo inflamatorio, sino una obra cuyos detalles de construcción son finamente cuidados; es decir, plenamente asentados en el plano literario”[10].

Pandeyuqueños y quibdoseños

El tercer libro de la afortunada triada literaria del escritor chocoano Carlos Arturo Caicedo Licona es una compilación de cuentos publicada hace más de 30 años, bajo el título de Historias de mi barrio. El libro consta de nueve relatos, inspirados en memorias juveniles de Carlos Arturo, su vecindario y sus amigos del barrio Pandeyuca, de Quibdó, en un plano que tiene como eje fundamental la Calle 25 y se extiende entre las carreras cuarta a séptima. El Pandeyuca, y por extensión todo Quibdó, es convertido por Licona en universo y territorio vital, con una geografía de hitos tan reconocibles como los individuos que la habitan y la pueblan, la ocupan y le infunden vida; una vida tan real como la materia de estos cuentos, historias y relatos, y tan verosímil como los hechos de infancia y juventud que les dieron origen.

“Agradezco la colaboración especial a dos cuenteros pandeyuqueños que no escriben sus cuentos: el profesor Crecenciano Valencia y el señor Isaías Córdoba -Don Cha-”; anota Licona en el primero de dos epígrafes que el libro trae antes de su índice o contenido, en donde se registran los títulos de las nueve historias: Escaladores de cocoteros, Fina puntería, Duelo de mentirosos, Muelengue, Cinco candados, IVA, La petición de Remojado, Don Pica, y Reencuentro con Totío… Los personajes distintivos del Pandeyuca de entonces desfilan a lo largo de las historias del libro. Cuando llega al cielo y le informan que antes de ser admitido allí debe pasar un tiempo en el purgatorio, donde después terminará encontrándose con Totío; por la memoria de Picalarrés (Miguel Arango Mosquera) pasa una lista exhaustiva de los rostros de sus vecinos, que incluye a más de medio barrio y que se encuentra en la página 50.

La primera historia del libro es Escaladores de cocoteros, un relato que al final es resuelto por una intervención salvífica del legendario Chungulito (Félix Rivas Martínez), declarado fuera de concurso y nombrado juez de la competencia, en el concurso para escoger el mejor trepador de “palmeras de coco Alto Pacífico”, celebrado en el barrio el 5 de enero de 1960. El cojo Jorge Isaac, Muelengue, Toni Salamandra, Pacho Maturana, José Cuesta y Gustavo Restrepo son los concursantes inscritos y la palma que deben escalar, la cual tiene más de 45 metros de altura, es la que “sembró con su propia mano el flautista Melchor Murillo cuando cumplió 10 años de edad [11]”

Aristides Buendía, Gabriel Restrepo y Jorge Perea Rivas -Totío- protagonizan el Duelo de mentirosos, “para finiquitar de una vez por todas quién de los tres era el mayor embustero del barrio”, “al calor de los cueros de la timba de Mianco, hijo de Escolástica Conto, la vocinglera sublime del barrio” [12]… Muelengue, el Pelé del barrio, dominador maestro de cocos tiernos, bolas de trapo, bola incendiada sampachera, bola numerada de caucho y balón de cuero; es el protagonista de la historia que lleva por título su sobrenombre y que gira alrededor de su magia futbolística y su birria desmedida. Esa tarde lluviosa, de un primero de noviembre, enfrentando al barrio Yescagrande, el Pandeyuca formó con la siguiente alineación: “Silvio Arias en el arco; defensas, William Cañadas, Chencho Valencia y José Cuesta; mediocampo, Pepe Durán y Lincol Candelo; delanteros, Pacho Maturana, Quiko Cuesta, Toño Cuesta, Toni Salamandra y Muelengue”[13]. Forzado al exilio en Urabá, Muelengue, “cuando ve por televisión a [Roberto] Cabañas haciendo dos, fallando una, invariablemente exclama: Agradecé, baboso, que ya estoy retirado”[14].

El entierro de Chemo, un cocinero caribe de un barco procedente de Cartagena, que es acompañado hasta el cementerio de Quibdó por el mismísimo Padre Isaac Rodríguez -un privilegio entonces reservado a gobernadores- y cuyo ataúd es cargado en parihuela por Julián Barbita y tres ayudantes ocasionales, es la materia narrativa de la historia titulada Cinco candados. Y de ahí para allá, historia tras historia, hallamos a Toni Salamandra convertido en maestro de la cauchera, capaz de atinarle en la cabeza a Lincol Candelo, con una piedra filuda, a más de cien metros de distancia. Padecemos la coprológica historia de un ñato que nadie nunca supo de dónde vino al barrio ni cuándo se fue y que era tan flaco que los profesores de anatomía le pagaban para que les dejara usar su cuerpo en las clases donde enseñaban los dos centenares de huesos del esqueleto humano. Vivimos el candor de Ernesto Córdoba Ortiz, Remojado, que en medio del devastador incendio grande de Quibdó, el 26 de octubre de 1966, cierra su negocio con dos candados, para protegerlo de los ladrones, a quienes teme más que al fuego, cuya expansión termina pidiéndole a San Pacho después de que a su tienda se la han tragado las llamas para siempre.

Licona retratado por León Darío Peláez en 2007.
Y una muestra de sus libros, en la biblioteca de El Guarengue.
Gracias, Licona

“Extensa es su obra y vasto fue su pensamiento, incluso, por momentos, hasta impenetrable… sentó cátedra donde quiera que hubiera un oído diligente y un corazón gentil que quisiera escucharle y observar el nimbo de su ciencia, que a ratos hasta lo consagró como el que podríamos llamar el Apóstol de las calles de Quibdó”, dijo su hijo Hernando ante el ataúd de Carlos Arturo Caicedo Licona, el día de sus exequias, en la Catedral San Francisco de Asís, de la capital del Chocó.

Y no le faltó razón. Con su inequívoca inteligencia y su enorme talento, Licona fue el excelso narrador que en las 235 páginas de tres libros consiguió legarnos una buena parte del antiguo testamento de la chocoanidad. Así como en el periódico Saturio y en una decena de libros adicionales, de cuyos contenidos hablaremos en la tercera parte de esta serie de El Guarengue; nos entregó sus versiones del nuevo testamento de esta tierra, para la cual soñó siempre un desarrollo propio, sostenido en el tiempo y fundamentado en las particularidades de sus ecosistemas, de sus montes, de sus ríos, de sus montañas y sus mares, de su gente y de sus ventajas territoriales. Gracias, Carlos Arturo Caicedo Licona. Maestro.



[1] Vélez, Jaime Alberto. El Mundo, Medellín. 5 de febrero de 1983. Reproducido en la contraportada de: Caicedo Licona, Carlos Arturo, La Guerra de Manuel Brico Cuesta. Medellín, Editorial Lealon, 1984. 64 pp.

[2] Caicedo Licona, Carlos Arturo. Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia. 1ª edición, noviembre de 1982. Editorial Lealon. 99 páginas.

[3] Un análisis detallado del libro, con este título, puede leerse en El Guarengue del 22 de abril de 2019: https://miguarengue.blogspot.com/2019/04/glosa-paseada-bajo-el-fuego-y-la-lluvia.html

[4] Vélez, Jaime Alberto, 1983. Op. Cit.

[5] Caicedo Licona, Carlos Arturo. Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia. 1ª edición, noviembre de 1982. Editorial Lealon. 99 páginas.

[6] Ibidem. Contraportada.

[7] Del Valle Idárraga, Mónica María. Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia: cinco lentes para mirar el Chocó. Perífrasis. Revista de Literatura, Teoría y Crítica, vol. 2, núm. 4, julio-diciembre, 2011, pp.71-85. Universidad de Los Andes. Bogotá, Colombia. Pág. 72.

[8] Caicedo Licona, Carlos Arturo, La Guerra de Manuel Brico Cuesta. Medellín, Editorial Lealon, 1984. 64 pp. Pág. 51-52. N. B. El libro completo tiene 79 páginas; pero, en realidad, son 64 las que ocupan el relato de Carlos Arturo. Las restantes, bajo el nombre de “Segunda parte-CAMPEÓN DE SUEÑOS” pertenecen a dos relatos de su hermano Pedro Adán.

[9] Ibidem. Pág. 57.

[10] Del Valle Idárraga, Mónica María. Op. cit. Pág. 73

[11] Caicedo Licona, Carlos Arturo. HISTORIAS DE MI BARRIO. Editorial Lealon, Medellín, marzo de 1988. 72 pp. Pág. 11. Esta historia fue reproducida, junto a Duelo de mentirosos, en El Guarengue del 21 de septiembre de 2020: https://miguarengue.blogspot.com/2020/09/2-historias-de-mi-barrio-decarlos.html

[12] Ibidem. Pág. 23.

[13] Ibidem. Pág. 28.

[14] Ibid. Pág. 32.

26/06/2023

 Glosa paseada en homenaje a Licona
-1ª Parte-

"Nos encontraremos en el lugar de los ancestros, papá", escribió su hijo Hernando, el día del fallecimiento del gran intelectual y escritor chocoano Carlos Arturo Caicedo Licona. FOTOS: Cortesía y Archivo El Guarengue.

El 19 de junio de 2023, lunes festivo, en horas de la tarde, falleció en Quibdó -donde había nacido el 12 de agosto de 1945- Carlos Arturo Caicedo Licona, intelectual, profesor universitario y escritor chocoano. Licona, como era popularmente conocido, fue autor de más de una docena de libros de literatura (cuentos, relatos y novelas cortas) y ensayos sobre la realidad y las problemáticas del desarrollo del Chocó, su gente y sus características ecológicas, étnicas y culturales. Publicaciones estas que, en su mayor parte, fueron financiadas de su propio pecunio, excepción hecha de algunos apoyos que recibió para sus primeros libros, de parte de la entonces existente y estatal Fábrica de Licores del Chocó y de algunos comerciantes de Quibdó que creyeron en su talento; así como -en los últimos años- la Diócesis de Quibdó y los Misioneros Claretianos financiaron enteramente la publicación de sendos libros. Igualmente, Licona fue fundador, editor, director y escritor del periódico Saturio, nombrado así en homenaje a Manuel Saturio Valencia.

Cuando aún no estaba en boga hablar de dichos temas, a finales de la década de 1970, Carlos Arturo Caicedo Licona fue uno de los primeros intelectuales chocoanos en conocer, comprender y difundir la idea de que sin cultura no es posible el desarrollo y que este nunca será sostenible sin la ecología y la etnicidad de un territorio. Paulatinamente, hacia esta idea sólida y un poco insólita hace medio siglo, se fueron enfocando sus cursos de Ecología y de Historia del Chocó, formales o no formales, en la UTCH o fuera de ella; por ejemplo, en el Vicariato de Quibdó, en el Equipo Misionero claretiano del Medio Atrato y en algunas comunidades campesinas de esa zona, a instancias del gran Gonzalo de la Torre, su amigo sincero y su siempre oportuno mecenas en más de un momento crítico o necesario.

Desde tan clara y ecológica idea, Carlos Arturo Caicedo Licona fue pionero del debate público sobre asuntos ambientales y del desarrollo del Chocó, con una perspectiva étnica y cultural; e introdujo en la escena política e intelectual de la región -a principios de la década de 1980- el concepto de Afrochocoano para denominar a la gente negra de este territorio; al igual que la paradigmática reivindicación del Chocó como una nación dentro de la nación colombiana, para subrayar la necesidad de que esta región y su gente recibieran un tratamiento jurídico-político diferencial en materia de derechos y provisión de condiciones de bienestar de parte del Estado colombiano. Otro gran intelectual chocoano, Daniel Valois Arce, quien fue uno de los númenes de las ideas de Licona, lo acompañó en la difusión de estas primicias, que de origen también habían sido suyas; al igual que en el impulso del megaproyecto del canal interoceánico Atrato-Truandó, como puntal de la redención económica de la región.

Licona no llegó a estos planteamientos por una desviación de su camino original de Licenciado en Biología y Química, graduado en la Universidad Libre de Bogotá; como erróneamente se pregona en algunos textos apócrifos de Internet. Por el contrario, a dichos planteamientos llegó como resultado de sus búsquedas profesionales como docente, para reafirmar dicho camino, no para apartarse de él. La Ecología aprendida en la universidad, aplicada ahora a su tierra, cuando a ella regresó, llevó a Licona a preguntarse por qué no era próspero el Chocó y por qué era precario su desarrollo, si muchas de las particularidades de sus ecosistemas, de sus montes, de sus ríos, eran en la práctica ventajas territoriales que podrían servir como bases y fundamentos de ingentes riquezas y de un desarrollo sostenido en el tiempo. El marxismo y diversos textos sobre las gestas afroamericanas por los derechos civiles en los Estados Unidos (Malcolm X, Martin Luther King, Angela Davis) y de las negritudes en el mundo y en Colombia (Léopold Sédar Senghor, Manuel Zapata Olivella y Frantz Fanon), se convirtieron en fuente de las respuestas que Licona buscaba.

FOTOS: León Darío Peláez (2007) y Facebook.

De dichas lecturas nació su análisis sobre el congelamiento intencional de las fuerzas productivas en el Chocó, por parte del Estado y del capital dominante, para mantener a la región en una condición precapitalista de proveedora de materias primas de sus pródigos bosques, a través de un campesinado sometido a la marginalidad de los enclaves mineros y la economía de subsistencia. Un análisis que, años atrás, habían hecho intelectuales que le precedieron, como Andrés Fernando Villa (Aristo Velarde), Primo Guerrero y Ramón Lozano Garcés; un análisis que enriqueció con su búsqueda y posterior hallazgo de una identidad afrochocoana negada, parte de cuyas raíces encontró en la diligente y pionera obra de Rogerio Velásquez Murillo, el ilustre precursor de los estudios afrocolombianos en la antropología nacional, quien -al igual que Licona- entregó su alma a esclarecer íntegramente su negritud y su chocoanidad.

Su juiciosa preocupación intelectual por la Ecología y el desarrollo regional, y su acercamiento a las perspectivas críticas de la sociedad colombiana y chocoana, incluyendo elementos de análisis cultural, demográfico, histórico y racial; encaminaron a Licona hacia la edición y compilación de sus primeras letras de autor, de sus primeros textos como escritor. El acervo que había acumulado en su propio ser afrochocoano, desde su condición de quibdoseño esencial, criado al abrigo de los relatos de antigüedad de parientas, matronas, vecinos y vecinas del barrio Pandeyuca, crecido a orillas del Atrato tutelar y sus afluentes, se convirtió paulatinamente en relatos que después serían cuentos y novelas; en proclamas y pensamientos que después serían ensayos. Novelas y cuentos, poemas también, artículos y ensayos, que después serían libros, varios de ellos originalmente escritos en cuadernos y fólderes, de su propia letra manuscrita, de donde pasaban al sonoro teclado de la máquina de escribir.

Prevalecido de tan poderosas ideas, Carlos Arturo Caicedo Licona llegó a pensar que se podía dignificar la política partidista tradicional, e insuflarle contenidos, como le insuflan la vida, la misión y la historia al sexagésimo primer hijo de Petronio, trigésimo primero con Enesilda, el mesías negro de Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia, cuando le soplan al oído su nombre y lo dotan de poderes mediante el rito de ombligada. Pero, no fue así. Tal labor, como él mismo lo probó en carne propia y lo dejó testimoniado en Complotados, ladrones y criminales, fue un fracaso rotundo, con no pocas ni indoloras consecuencias. “En adelante llamaré hermanos únicamente a mis semejantes que respeten o que compartan mis luchas y mis sueños”, concluye Licona en un epígrafe de este libro.

Arrollado por las turbias minucias del ejercicio político con ánimo de lucro, casi ingenuo por su exceso de fe en sus utopías, llegó un momento en el que Carlos Arturo Caicedo Licona terminó convertido -de modo inaudito- en vendedor de rifas para hacerse a ingresos económicos. Así como, apesadumbrado y confundido, terminó confiándole las decisiones sobre su destino a las providencias de una adivina que le echaba las cartas y en ellas leía su suerte y los caminos que debía seguir. Extraviados sus caminos entre los meandros confusos de este ejercicio fallido de política partidista -al cual llegó por una mezcla de ambición personal, avidez y candor, atemperada por el ímpetu y la pasión que le eran propias- Licona creyó -aun con lo incrédulo que en tantas materias era- que podría convertir los cacicazgos y clientelas en masas críticas y tesoneras que persiguieran con sus votos el bienestar de su tierra. Tampoco fue así.

Aunque, a principios de 2019, la UTCH, Universidad Tecnológica del Chocó Diego Luis Córdoba, organizó un homenaje a Licona y entregó un pergamino a su familia, por intermedio de su hijo Hernando, también maestro, también escritor y poeta, además de Sociólogo; dicho acto fue un tanto desteñido, celebrado casi de afán, vacío de contenidos mayores y carente de un espacio para dialogar en torno a por qué Carlos Arturo Caicedo Licona merecía tal homenaje. Se trató más que todo de un “acto administrativo”, puesto en escena sin conciencia del valor real de Licona y sin que quienes firmaron el documento que prescribió el homenaje fueran realmente conscientes del significado del homenajeado y del homenaje, más allá de las formalidades y los convencionalismos típicos de este tipo de manifestaciones. De modo que, aparte de la alegría de Hernando por su papá, compartida por unos cuantos testigos y asistentes que ahí coincidencialmente concurríamos, no hay mucho que recordar de aquel evento.[1]

Así que Colombia y el Chocó le deben un reconocimiento real y un verdadero homenaje a este ser intelectual y humano llamado Licona, a quien las complejidades de sus búsquedas y ambiciones, los esquivos y torvos recintos del poder, y quizás –como él mismo lo diría- algo de mala suerte provocada por algún conjuro de los brujos de Viro-Viro; le enredaron los caminos de la vida y lo condujeron a deambular permanentemente por las calles de Quibdó, “como un mesías trunco y marginado”[2], portando en sus manos textos originales de una, dos o tres páginas, que ofrecía al transeúnte -a cambio de unos pesos- en una edición hecha en fotocopias, escrita por un(a) amanuense con la vieja técnica escolar de la regla como guía para que no se torciera el renglón, y firmada por él con rúbrica y huella dactilar, para que constara su carácter original.

A pesar de sus pesares, entre el último cuarto del siglo XX y el primero del siglo XXI, es decir, durante más de la mitad de su vida, Carlos Arturo Caicedo Licona logró consolidar una obra sustanciosa, tanto en el campo teórico como en el literario. El Chocó por dentro (1980), En torno al desarrollo del Chocó (1997), Historia de la Ilustración en Chocó y Colombia (2000), Por qué los negros somos así (Libro I, 2001; Libro II, 2010), son libros representativos de su pensamiento social, político, ecológico y cultural, con base en el cual agitó banderas partidistas, cívicas e intelectuales. Jorge Isaacs, su María, sus luchas (1989), e Isaac Rodríguez Martínez, Servidor silencioso del pueblo afrochocoano (2004), son los dos libros en los que Licona exhibe sus dotes de biógrafo avezado, aunque un tanto hiperbólico al pretender lustrar hasta el brillo total la imagen del autor de María y al forzar casi hasta la santidad la vida del Padre Isaac e inscribirlo de modo bastante arbitrario en las filas de la Teología de la Liberación. El bello e insuperable tríptico literario conformado por Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia (1982), La guerra de Manuel Brico Cuesta (1984) e Historias de mi barrio (1988), habría sido suficiente para que Carlos Arturo Caicedo Licona ocupara un puesto relevante en la literatura colombiana y chocoana; dotados de una voz completamente propia, de una identidad plenamente reconocible y de notable calidad literaria, estos tres libros son una buena muestra del alto grado de maestría narrativa de Licona en los ámbitos del relato, el cuento y la novela... A este conjunto de libros, que ya son parte de la biblioteca representativa de la chocoanidad, dedicaremos la segunda parte de este homenaje al amigo y maestro.

Carlos Arturo Caicedo Licona logró consolidar una obra sustanciosa, tanto en lo teórico como en lo literario; de la cual formó parte también el peródico Saturio. FOTOS: Saturio, Biblioteca Nacional de Colombia. Libros: Cuenta Chocó-RVM y Julio César U. H.

Este miércoles 21 de junio, en su sepelio en la Catedral San Francisco de Asís, en Quibdó, al pie de su largo ataúd, tan largo como Licona era, se leyeron los considerandos y los resuelves de las consabidas e inevitables resoluciones oficiales, que a su familia en notas de estilo se comprometieron a entregarle. Por fortuna, también se oyeron las bellas y bien dichas palabras -estas sí sinceras- de dos de los hijos de Carlos Arturo Caicedo Licona. “Hoy, de la muerte de Carlos Arturo Caicedo Licona escucharemos cosas ciertas, otras que no son muy ciertas, y otras que se desbordan en la ilusión de cada persona. Se desbordan en la fantasía… Pero, bueno…”, dijo su hijo Carlos Alfredo. “Para despedir a papá, he decidido parafrasear las palabras de Engels ante la tumba de Marx: el 19 de junio, a las cuatro de la tarde, dejó de pensar el más grande pensador de la chocoanidad. Apenas lo dejaron unos minutos solo y cuando volvieron lo encontraron durmiendo suavemente en la cama, pero esta vez para siempre”, dijo su hijo Hernando; quien dos días antes había publicado en uno de sus estados de WhatsApp esta bella despedida, epítome de su condición de hijo de su padre y de su mutuo amor en la vida: “Me diste un nombre y un apellido. Me diste un camino que construí según tu imagen. Desde muy pequeño sentí mucho orgullo de ser hijo tuyo. Y ser como tú quizá inspiró mi primer verso al río Atrato. Este apellido es el legado que me dejas y tus abrazos y tus besos. Te amé mucho, mucho… Nos encontraremos en el lugar de los ancestros, papá”.



[1] Testigos de aquel deslucido homenaje fuimos un grupo de personas cercanas a Licona en diversos momentos: el arquitecto Luis Fernando González Escobar, Doctor en Historia, cuyos libros y artículos sobre el Chocó y Quibdó son antonomásticas fuentes para el conocimiento de la región y la ciudad; Alfonso Carvajal, periodista que durante varios años fue corresponsal de El Tiempo en Quibdó y hoy es columnista de ese mismo diario; José E. Mosquera, periodista e historiador, voz crítica siempre atenta al devenir del Chocó; y Julio César Uribe Hermocillo, creador de este Guarengue. Los cuatro estábamos invitados como conferencistas al congreso dentro del cual se acomodó el homenaje a Licona.

[2] Carvajal, Alfonso. Caicedo Licona. El Tiempo. Opinión. 22 de junio de 2023. https://t.co/MaAL2tvX9T