22/04/2019

"Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia"
o el relato épico de la chocoanidad

Portada, pie de imprenta y créditos de la primera edición de Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia.

“Los personajes son el Agua primordial, el Relámpago nunciativo del trueno, los Diluvios pluviométricos y la Tempestad sobrecogedora. Sobre todo, la Noche, esa noche definitiva de la selva chocoana, sin pasado, ni presente, ni futuro, esa Noche absoluta”[1].

I
Epopeya, leyenda, novela corta, mito y tradición oral, Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia, del escritor chocoano Carlos Arturo Caicedo Licona (Quibdó, 1945), constituye, sin duda alguna, un relato épico de la chocoanidad. O su “Antiguo Testamento”, como escribió Daniel Valois Arce en la presentación de contraportada a la primera edición del libro, en 1982.

Caicedo Licona retrata con fineza descriptiva, con detalles y recursos de literato consumado, con rebusques y sabidurías de profesor de Ecología, con saberes elementales de afrochocoano, con nostalgias, pesadumbres y dignidad de quibdoseño, la exuberancia, la fecundidad y la generosidad de la Naturaleza; la generosidad, la fecundidad y la exuberancia de la gente, de los hombres y las mujeres de todas las edades, del experto boga y del pescador insomne, de los curanderos y de los tamboreros, de la tejedora de escobas que en sus entrañas porta la vida y de la sabia comadrona que a este mundo la trae con su ciencia milenaria.

La primera edición de Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia fue dedicada por el autor a su mamá.

Petronio Rentería es portador y símbolo de la simiente eterna de todos los linajes del universo narrativo de Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia, varón elegido por la Providencia para engendrar -sin que importe la extemporaneidad de ese momento de su vida- su hijo sexagésimo primero, el mesías que habrá de salvar a este universo, y a todos los linajes que lo habitan, de los estragos de una lucha de apocalíptico final. Enesilda Cuesta es la fuente de la vida, dueña y señora de la fecundidad de este universo de selva y de río, manglares y mar, paridora de treinta hijos suyos y cómplice de un número igual de hijos ajenos. Padre y madre del Santo Benito, el precursor del mesías, el del milagro salvador de todos los pescados de una subienda completa, el que avisa de los males que existen al otro lado del mundo. Padre y madre, también, de ese hijo extemporáneo cuya concepción solamente fue posible por obra y gracia del designio de la Providencia y de la eficaz ayuda de un botánico de San Basilio de Palenque, de la potencia de los insumos animales y vegetales obtenidos en los pantanos del Darién y de la plena conciencia de un pueblo entero que se dedica de tiempo completo a resucitar las virtudes empreñadoras del varón Petronio y las amatorias y fecundas virtudes de la hembra Enesilda.

El universo del relato de la Glosa, que es inevitable asemejar a una suerte de bíblica tierra prometida, es delimitado con claves históricas por su autor, para guiar al lector hacia un descubrimiento cierto, a medida que avance en la lectura: un mojón en Santa María de la Antigua del Darién, por el Caribe al norte, y otro mojón por los deltas y manglares del San Juan y del Baudó, en el extremo sur de esta nación primordialmente negra; pero, en la que también viven los chilapos con quienes vino el bullerengue para unirse al tamborito; así como el indio Amágara y su gente en las cabeceras del Munguidó; y los fulanos y zutanos de la primera calle del poblado mayor, a quienes un incendio todo lo habido se los quemó.

El agua, la omnipresente agua, la salada y dulce agua, la del río Grande, la del Mar Caribe, es el escenario de la epifanía del necesario nacimiento del mesías que este universo recreado por Caicedo Licona necesita y requiere para que sea posible sembrar fructuosamente la semilla de la paz entre el norte y el sur. Porque solamente así acontecerá -en los pantanos del Darién, a lo largo y ancho de la vertebral columna de agua del Atrato, en las riberas del San Juan, en los manglares del Baudó- la paz de la  buena vida entre los hermanos de un tronco común, tan común como suficiente para construir una balsa propia en la cual navegar las aguas del propio destino histórico, sin esperar nada más, nunca más, de nadie más que de ellos mismos, de la fuerza de su unión, de la energía motriz de su hermanamiento.

Dedicatoria autógrafa de Caicedo Licona en un ejemplar de la primera edición
de Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia.
II
Múltiples son las hazañas, aventuras y proezas que acontecen, en la eterna disputa entre el agua, el aire, el fuego y la tierra, para que permanezca la vida en esta nación que tiene como eje acuático al río Grande (el Atrato) y que se extiende desde un rincón del Darién y el Caribe, adonde “un día que ya nadie recuerda” llegó Petronio Rentería, negro Congo de linaje, que se escapó de una cuadrilla de esclavos de Pascual de Andagoya; hasta la tierra de los manglares y el río San Juan. “Hecho un cimarrón en este monte, guiado por la estrella de Quito, […] llegó sin más compañía a este refugio del Caribe; y cuál no sería su asombro, al penetrar en la matriz de este embudo natural de la América del Sur, que él descubrió por detrás con la sorpresa con que Balboa lo descubrió por delante…” (pág. 11)[2]. Rotundamente fracasado en su intento de sobresalir como músico de tambora, en una tierra de “expertos ejecutores de bongoes de cuero de tatabro y tamboras de cuero de ternero biche” (pág. 49), Petronio triunfa como bailarín: “su fama de parejo jullero se extendió como el agua. Ningún baile de importancia se formalizó en el río, hasta cuando él fue quien fue, sin la presencia del negro Petronio” (pp. 51-52). Además,  lo ajusta la suerte cuando, “un día cualquiera, un médico de la selva que no tuvo descendencia, viéndose de improviso ante las puertas de la muerte, lo escogió como sucesor y lo instruyó en los secretos de los vegetales, transformándolo en curandero famoso” (pág. 53).

Un día de abril, cuando ya Petronio ha procreado 60 hijos, 30 con Enesilda y 30 con mujeres de siete pueblos río arriba, en bailes de bullerengue y tamborito; una tempestad, un vendaval, una lluvia de fuego, un cataclismo, amenazan la existencia del pueblo. Un muchacho llamado Luisito vuela por los aires, hasta perderse sobre los cielos de Londres, por haber cometido el error de querer apagar este fuego con agua, sin fijarse en el torbellino de furia en el que venía convertido el viento. “Llamas de purgatorio, que lavan las conciencias, pero que no matan” o “un fuego necesario” (pp. 17-18), en dos horas, de tres a cinco de la tarde, queman una a una las ranchas del pueblo. Si desde la época del cometa nadie había visto tanto desastre en un solo día, es seguro que algún mensaje existe en todo esto, concluyen todos. “No sé quién abrevió el camino buscando al viejo Elías, único viviente experto en materiales de la creación” (pp. 18-19), quien explicó: “Es la primera y última advertencia de los brujos de Viro-Viro […] Lo hicieron por venganza…si en veinte años no les mandamos una razón convincente, ahí sí nos matan” (pp. 19-20).

Carlos Arturo Caicedo Licona en el malecón de Quibdó, octubre 2007.
Foto: León Darío Peláez.
Ante semejante anuncio, el pueblo entero en vigilia se dedica a esperar una señal sobre lo que habrán de hacer. Trasnochados, ven aparecer su nombre dibujado sobre las ondas del río: Petronio, el único Petronio del pueblo, Petronio Rentería, escogido por la mano de la Providencia, para engendrar en Enesilda Cuesta el varón que debía llevar, en menos de veinte años, explicaciones convincentes a los brujos de Viro-Viro” (pág. 21)... “Nadie supo cómo, pero antes de 90 días quedó Enesilda embarazada” (pág. 29).

De las manos de la comadrona Tomasa, este mesías llega al mundo y es ombligado y preparado para su futura misión. “Desde este día a este muchacho no le puede nadie” (pág. 10), sentencia Tomasa. Pues “cuentan que a un mortal así preparado no le hace la tormenta, ni la fulminante electricidad del rayo, domina a los caimanes, se hace obedecer del león, le temen las sierpes y no lo ahoga el agua” (pág. 10) … Y llega el día de emprender su mesiánica travesía: “Maduró, se transformó en hombre. Era inminente que subiera por el río para llevarle un estandarte de paz a los brujos de Viro-Viro” (pág. 31).

Poco antes del viaje, Enesilda cree conveniente contarle a su hijo que tiene un hermano santo y le cuenta los pormenores de su santidad. Le habla de todos los brebajes que ella le suministró al muchacho para prevenirlo de toda suerte de males. Y le cuenta su única equivocación: “para inmunizarlo contra la envidia, le di, en la totumada con agua de plata bendita, zumo de chamico. Por lo que pasó luego, supe que se me fue la mano, y me excedí en el brebaje de daturina. Tu hermano antes del desayuno bajó al río y no volvimos jamás a tener noticias de él” (pág. 32), hasta que él mismo les cuenta -cuando reaparece y regresa- que andaba en un extenso viaje a través de los mares, en compañía de un bocachico mero que le enseñó a respirar bajo el agua e impulsados por la corriente del Golfo de México, que los llevó hasta la Florida y Terranova, y después hasta las costas de Inglaterra, donde estuvieron en peligro, porque “esa gente no está en su sitio; como les sobra tiempo y les falta oficio, se dedicaron a cavar huecos planetarios en el mar. Y el hijo de esta selva, amante de la armonía del universo, habló con voz de profeta, a pesar de que algunos malintencionados empezaron a calumniarlo, regando a lo largo y ancho del río la especie de que se le estaba corriendo el coco…” (pág. 42).

Benito vive, entonces, tiempos tormentosos. Pero, de pronto, en plena época de subienda, a los pescadores se les acaba la sal, así que “nada impedía que se pudriera el pescao. […] Benito, -llegó a decirle alguien- tienes que inventarte algo que nos saque del apuro, porque eres el único que conoce el mundo” (pág. 43). Tan asombrado como la gente del pueblo queda el lector con lo que hace Benito para conjurar la crisis de la sal: “Ese muchacho es un santo, pensaron las gentes, volteando por las noches en sus camastros, sin poder conciliar el sueño ante la pureza del milagro. Para constatarlo, sin ponerse de acuerdo con los demás, Elías trajo una totuma con agua del centro del río y le dijo: Benito, lávate en esta agua las manos. Ahí nos quedamos con la boca abierta” (pp. 43-44), sigue contando Enesilda. Su historia concluye con la sobrehumana y pasmosa escena de la desaparición de Benito, “el único negro elevado con el voto de ustedes a Santo” (pág. 21), en aquel árbol de chibugá.

Día viene y día va. El mesías a quien su mamá le ha contado la milagrosa historia de su hermano santo emprende su solemne travesía, durante la cual, día tras día, pasa por la desembocadura del río Arquía, por Bebará, Beté, Tanguí y Las Mercedes. A las nueve de la mañana del último día sobrepasó las bocas del río Munguidó y notó que el color del río era excesivamente rojo, cosa rara, pues él tenía la certeza de que “en esta selva no había barro suficiente para colorear tamaña cantidad de agua” (pág. 83). El agua era caliente al tacto. Bebió con las manos en cuenco y, “al instante, le invadió un sudor espeso; paralizado de terror rebotó en el fondo de la canoa y perdió el conocimiento, de tal forma que nosotros lo dimos por muerto, en cuanto lo encontramos a la deriva, aquí arribita de Sanceno” (pág. 83). A las doce del mediodía, después de atenderlo y despertarlo, Juanchera le cuenta con detalles las atrocidades ocurridas en esa noche de baile con doble clarinete, allá en Bellaluz, cuando el comandante chulavita y su tropa hicieron de las suyas en cuatro pueblos del Munguidó, en nombre de la ley y de la paz: “Te cuento que te desmayaste, muchacho, porque bebiste agua-sangre. Nosotros no cocinamos con esta agua. Es que se necesita mucho hígado para comerse uno, en sancocho de plátano, yuca y pescao, el alma de nuestros propios hijos o de nuestras propias madres” (pág. 91), le explica Juanchera, a quien los chulavitas hicieron firmar un acta diciendo que él –único sobreviviente de aquella noche nefanda- había sido lugarteniente en la guerrilla liberal y que lo ocurrido había sido producto de “la resistencia honrosa, pero inútil, que opusieron estos liberales insumisos ante las fuerzas de la legitimidad” (pág. 90). ¡Válgame Dios!

Carlos Arturo Caicedo Licona, Quibdó, octubre 2007.
Foto: León Darío Peláez

III
Consciente de que va cogido del tiempo, el héroe y mesías, el último hijo de Petronio y Enesilda, “tuvo la precaución, antes de abandonar el caserío de Sanceno, de enviar un mensaje detallando sus tropiezos, en el pico de una paloma de la selva, a los brujos de Viro-Viro. Además, tuvo la prudencia de esperar la respuesta, que antes de una hora vino, originalmente aprobada con la huella inconfundible de las cenizas del tabaco doblado personalmente por Cosongo Cabila. Pospuesta la entrevista, el hombre no tenía prisa” (pág. 93); así que al arribar al poblado mayor, previa y abundante pitanza en los mesones del mercado público, entra a una posada y allí se queda inmediatamente dormido, hasta la una de la mañana, cuando le echaron agua fría en la cara para despertarlo, porque el poblado mayor se estaba incendiando.

Abatida está la chocoanidad después de haber presenciado cómo el fuego exterminó gran parte del “poblado mayor de los negros[3] y solamente se detuvo por una combinación redentora de agua derramada, misericordia divina e inmolación heroica. El agua es derramada por la multitud sufriente, mediante una cadena de baldes llenos, que pasan de mano en mano desde el río hasta el incendio. La misericordia divina provee el súbito cambio de dirección del viento, “debido a la mano misericordiosa del Seráfico de Asís, cuya imagen arropada en oro y orquídeas, con sus ojos de Margarita núbil y sus labios temblorosos, sollozó en un segundo que pocos vieron, a pocos metros de la última casa engullida por el animal voraz” (pág. 96). Y el héroe y mesías, engendrado en plena senectud por Petronio Rentería y Enesilda Cuesta con el único y exclusivo propósito de salvar de la furia de los brujos de Viro-Viro a este mundo gobernado por los cuatro elementos; usando el poder de la piedra de ara que en su muñeca lleva enterrada desde el mismo momento en que nació y las virtudes de las lágrimas de su hermano Benito, el santo negro que desapareció en la inmensidad del árbol de chibugá, de una de cuyas raíces “superficiales y pequeñas, sacó Pedrarias el palo con que mandó a hacer el hacha para cortarle la cabeza a Vasco Núñez de Balboa” (pág. 46); consigue el apagamiento total del incendio, evitando así que el poblado mayor desaparezca del todo en ese mismo momento.

Ante las cenizas del pueblo y de la inmolación, la voz colectiva y omnipresente de la chocoanidad exclama, en honda lamentación: “…y pensar que alguna vez tuvimos abrigo con qué cubrir la desnudez, hasta que nos extraviamos sin vigor ni reino, por caminos donde no hay luz ni senda; y, atraídos cual serpientes por la sonaja de las panderetas, nos arrastramos cada vez más pálidos, sin nada vivificante, esperando, siempre esperando, que en otros cielos, otros dioses, armen la almadía en que flote sin riesgo esta raza, mientras cicatrizan sus quemaduras expuestas al sirimiri del agua” (pp. 98-99). FIN.

Carlos Arturo Caicedo Licona a la orilla del Atrato,
el río Grande en su Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia.
Quibdó, octubre 2007. Foto: León Darío Peláez.
Los brujos de Viro-Viro siguen esperando que el héroe y mesías llegue hasta su presencia y así ponga término a su misión salvadora del universo de la chocoanidad. Para cumplirla, él ha viajado desde los confines del norte, en donde el Atrato y el Caribe se juntan, teniendo como testigos a las ciénegas y a los pantanos del Darién, al eco de las tamboras que devuelven encrespado y espumoso las olas del mar. Lleva rumbo sur, hacia los meandros de aquella tierra de manglares y litorales, en donde la vida discurre temblorosa por las entrañas líquidas del Baudó y del San Juan. Los brujos de Viro-Viro acaban de columbrar lo que acontecerá. También Petronio Rentería y Enesilda Cuesta empiezan a barruntar, en el aire y en el agua, en el suelo y en el trueno, lo que sobrevendrá.





[1] Valois Arce, Daniel, en: Caicedo Licona, Carlos Arturo. Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia. 1ª edición, noviembre de 1982. Editorial Lealon. 99 páginas. Contraportada.

[2] El número de la página, entre paréntesis, corresponde a la primera edición del libro, reseñada en la nota anterior.

[3] Esta denominación la usa Caicedo Licona a lo largo de la obra, para referirse a Quibdó.

15/04/2019


Por la trocha del olvido
Foto Esteban Vanegas, El Colombiano:
https://www.elcolombiano.com/multimedia/imagenes/asi-esta-la-carretera-a-quibdo-BE8565201

I
Inconclusión
El 21 de marzo de 1935, jueves, el Intendente Nacional del Chocó, Adán Arriaga Andrade, recibió el telegrama en donde le informaban que los trabajos de construcción de la carretera habían comenzado. 84 años después, esta sigue inconclusa, como los sueños de progreso y modernidad que hace más de un siglo inspiraron la idea de su apertura.

La carretera Quibdó-Bolívar es un símbolo palpable y todavía bastante intransitable de la dejadez y el descuido, la apatía y la desidia, la desatención y la negligencia de Colombia hacia el Chocó. Una exigencia reiterada en cada paro cívico por la salvación y la dignidad de la región. Una promesa recurrente y manida de cuanto candidato a todo lo habido y por haber existe y ha existido. Una trocha cuyo destino final, al parecer, no es otro que el olvido.

II
Fortunati
A mediados del mes de julio de 1934, el gobierno colombiano aún no había decidido cuál carretera sería construida para comunicar al Chocó con el resto del país. El Doctor Adán Arriaga Andrade, entonces Intendente Nacional, declaró a El Espectador: “hasta el momento, nada ha quedado decidido en firme, porque se resolvió esperar el dictamen del Consejo de Vías sobre cuál de las tres carreteras enunciadas en la Ley 19 de 1933 (Bolívar-Quibdó, Cartago-Nóvita y Apía-Istmina) es la más corta y económica desde el punto de vista técnico y la que mejor consulta los altos intereses nacionales[1].

Arriaga Andrade consideraba que la primera vía era la más aconsejable, entre otras cosas, porque con ella se pondría el oro del Chocó al alcance de los antioqueños: “En mi concepto no cabe duda de que la más aconsejable y urgente es la carretera Quibdó-Bolívar, aún en el caso de que cualquiera de las otras fuera un poco más corta y algo menos costosa. Por el aspecto político y administrativo, la vinculación más interesante es la de la capital de la región, que es Quibdó. Por el aspecto económico, esa carretera es la única inmediatamente reproductiva, y cuyo beneficio empezaría a sentirse desde el mismo día en que lleguen los primeros automóviles a las orillas del Atrato, tanto porque ella parte del centro de gravedad de la zona cafetera antioqueña, que así se vería liberada del absurdo y costoso rodeo que hoy se le obliga a dar a sus productos, como porque atraviesa la zona aurífera más rica de Colombia que se pondría al alcance del único pueblo verdaderamente minero, que es el antioqueño[2].

Cuatro meses después, también en el periódico ABC, el prestante y reconocido ingeniero antioqueño Gabriel Sanín Villa manifestaba su apoyo a la opinión del Intendente sobre la conveniencia de esta carretera, en comparación con las otras dos. Seguro de las ventajas comerciales, agrícolas, laborales, e incluso etnológicas, de la presencia de sus paisanos en el Chocó, que se ampliaría gracias a la carretera; Sanín Villa escribió: “cuando dicha carretera esté en servicio, la mayor parte del comercio de la intendencia se hará con Antioquia; personal antioqueño irá sin tardanza a trabajar los riquísimos veneros de su suelo, y habrá una inmediata inyección de sangre antioqueña, de trascendental conveniencia para la etnología de la región chocoana. Además, para la exportación del café de la región del suroeste de Antioquia esta vía es de una importancia definitiva[3].

Ese mismo día, también en el ABC, el Teatro Quibdó anunciaba el pronto debut de “Fortunati, el formidable mago de la ilusión[4].


III
Fausta noticia
En Colombia había empezado a desarrollarse la industria nacional, con capitales provenientes de la minería de oro y de la producción cafetera, renglón en el cual, en 1930, ya el país había alcanzado el segundo puesto en el mundo. Así que se encontraba en pleno apogeo la industria textil en la ciudad de Medellín, de donde llegó a Quibdó Bernardo Uribe Botero, en junio de 1934, como representante de Coltejer, Fabricato, Santafé y otras fábricas de hilados y tejidos.

Provisto de completos muestrarios de los productos, de gran simpatía y de un verbo amplio y convincente, Uribe Botero tenía un propósito claro: que los comerciantes de Quibdó y de otras poblaciones del Chocó se interesaran en la distribución de estos productos nacionales y reemplazaran con ellos los productos extranjeros que hasta entonces habían vendido, los cuales les llegaban del exterior por el río Atrato, desde Cartagena.

Estamos seguros de que, produciendo Antioquia artículos de primera calidad, a precios más bajos que los que se dan a la venta con procedencia del exterior, y sin ser de inferior calidad, el comercio de Quibdó, y del Chocó todo, dejará de ser tributario del mercado extranjero y aprovechará la presencia del señor Uribe Botero, y la del señor Alberto Jones, quien continuó su viaje hacia el San Juan, para intensificar sus relaciones con Antioquia, departamento al cual quedaremos definitivamente vinculados cuando esté terminada la carretera de Quibdó a Bolívar”, proclamaba la nota de la edición 2.847 del periódico ABC, publicada el sábado 30 de junio de 1934, en la cual se saludaba al agente viajero.

Efectivamente, no habían pasado tres meses de este suceso comercial, cuando el entonces Gobernador de Antioquia, Juan J. Ángel, primer liberal en ocupar ese cargo, le comunicó al Intendente Nacional del Chocó, Adán Arriaga Andrade, que la Junta del Ferrocarril de Antioquia había autorizado la noche anterior la celebración de un contrato con la Nación, para la construcción de la carretera Quibdó-Bolívar. Según instrucciones, para dicho contrato debía usarse la misma minuta utilizada en el documento similar suscrito el 19 de junio de ese año, entre el Departamento de Caldas y los ministros de Hacienda y de Obras Públicas, para la construcción de la carretera Apía-Istmina.

Podemos, pues, contar ya con la pronta realización de este anhelo que ambos hemos tenido, de unirnos con esa Intendencia”, anotaba el Gobernador Ángel en su comunicación, la cual finalizaba con la promesa, al Doctor Arriaga Andrade, de que lo tendría informado de cuanto se relacionara con la carretera. Con su cordial saludo y votos por el bienestar personal y por el éxito de las labores del Intendente Arriaga, el Gobernador Ángel se suscribía como “amigo afectísimo”, el 9 de octubre de 1934.[5]

Menos de seis meses después de aquella comunicación, el 21 de marzo de 1935, Adán Arriaga Andrade recibió un telegrama fechado en Bolívar (Antioquia), firmado por Ricardo de la Cuesta, Ingeniero Jefe de la Carretera, que a la letra decía: “Complázcome comunicarle acabamos iniciar trabajos carretera Bolívar - Quibdó. Esperamos activará campaña para llevar feliz término vinculación pueblo chocoano. Cordial saludo.

El mismo día, el Intendente respondió: Pueblo chocoano recibe alborozado fausta noticia. Continuaré poniendo todo mi empeño al servicio rápida realización obra redentora que, afortunadamente, hase encomendado ingenieros de su competencia y dinamismo. Retorno cordial saludo. Servidor. Así quedó guardado para la posteridad en la edición del periódico ABC del viernes 22 de marzo de 1935.

Foto Esteban Vanegas, El Colombiano:
https://www.elcolombiano.com/multimedia/imagenes/asi-esta-la-carretera-a-quibdo-BE8565201

IV
Varias chatarras destartaladas y un carromato descomunal
Hace 40 años, el tramo de la carretera entre El Carmen de Atrato y Quibdó era aún más peligroso que en la actualidad. Así mismo, era mil veces más difícil conseguir en qué hacer el viaje. El único servicio comercial diario que existía era Rápido Ochoa, que pasaba por el Corregimiento de El 7, como parte de la ruta Medellín-Quibdó, con sus buses destartalados, chatarra pura, a los que les sonaba hasta la pintura y parecía que se fueran a desbaratar en la secuencia de huecos que había en cada una de las múltiples y sinuosas curvas de la vía. Para coger estos buses, y viajar en ellos de pie, porque siempre venían repletos, era necesario recorrer, muchas veces a pie, los tres kilómetros que hay entre la cabecera municipal de El Carmen y El 7, pues entonces no había tampoco un servicio de transporte regular para este trayecto.

Adicionalmente, los lunes entre seis y seis y media de la mañana, de la plaza principal del pueblo salía hacia Quibdó un bus de escalera o Línea, conocido como La Carmeleña. Era la proveedora semanal de verduras, legumbres, frutas, algo de carne y lácteos, para el mercado quibdoseño de la Alameda Reyes. Cuando la trocha se taponaba por un derrumbe catastrófico, tan frecuentes como los aguaceros, La Carmeleña no podía llegar y entonces escaseaban los productos que ella transportaba.

En uno u otro vehículo, era eterno este viaje de apenas 90 kilómetros. Sin percances en la vía, las chatarras de Rápido Ochoa no se gastaban menos de seis horas y La Carmeleña no menos de ocho. Con percances en la vía, el trayecto se cubría hasta en 12 horas, que fácilmente se convertían en 24 cuando tocaba dormir en la vía, a la espera de que surtiera efecto el recado enviado -en un carro de buena voluntad- al punto que más cercano estuviera, Quibdó o El 7, para que mandaran el buldócer y la volqueta que removiera el derrumbe correspondiente; o para que trajeran el repuesto que le permitiera al chofer de turno hacerle al vehículo una tumaqueña suficiente para que llegara a su destino.

Foro RCN Radio.
https://www.rcnradio.com/colombia/antioquia/
una-tractomula-se-volco-la-via-medellin-quibdo-dias-apertura
 
En todos los viajes era inevitable pensar en la aterradora probabilidad de que esos armatostes -las chatarras destartaladas de Rápido Ochoa o el carromato descomunal que era la Línea de El Carmen- terminaran –con todo y uno- allá en el fondo de esos precipicios a través de los cuales el recién nacido Atrato discurría impetuoso y tronando con movimientos raudos entre rocas y peñascos del tamaño de una casa. A través del vidrio empantanado y sucio de la precaria ventana del bus -a la que casi nunca le funcionaba el mecanismo de apertura- o a través de los intersticios del gentío y de los bultos de carga de la Línea, al desvalido y aterrado pasajero le tocaba observar conturbado el nada alentador momento en el que una de las dos llantas traseras –y a veces las dos- parecía quedar volando en el aire durante unos segundos, en los pasos estrechos, que eran casi todos, o en las curvas cerradas, que eran casi todas; pues el frágil y casi siempre erosionado suelo no soportaba el peso del armatoste y la estrechez de la única calzada era tal que el vehículo no cabía completo. Pues no habían cambiado mucho las cosas desde los primeros años de su inauguración, cuando los carros tenían que reversar hasta cinco kilómetros para encontrar un cambiadero o paso amplio, a modo de berma, en donde poder darse vía o cambiar, como contaba Chepe Uribe, durante muchos años funcionario del Ministerio de Obras Públicas en el cargo de Inspector de Carreteras, y como lo confirmaban los heroicos camioneros de la época.

A lo largo de los tres cuartos de siglo que han transcurrido desde que se dio al servicio esta carretera, decenas de vehículos y cientos de personas han terminado su viaje antes de llegar a su destino. En incontables ocasiones, carros y gente han ido a parar en el fondo o a la orilla de los ríos La Playa, Hábita o Atrato, en uno cualquiera de aquellos puntos que quedaron llamándose con números indicativos de los campamentos instalados durante la épica construcción de la vía: El 7, El 8, El 9, El 12, El 15, El 18, El 90, El 20 o El 21. También en el río Tutunendo terminaron su viaje unos cuantos pasajeros, entre ellos funcionarios y trabajadores de mantenimiento de la propia vía, cuando al paso de una volqueta, en los años 70, el antiguo puente se cayó.

Hoy, como ayer, desde El Carmen de Atrato sigue siendo más fácil ir hasta Medellín que hasta Quibdó. Sin embargo, cuando un derrumbe tapona la carretera, ahora existe una ventaja y es que con los teléfonos móviles o celulares se puede pedir más pronto la ayuda necesaria. Eso sí, se necesita mucha y muy buena suerte para que en el punto del percance la señal sea suficiente para poder llamar, pues en la mayoría del trayecto la señal es inexistente. Como inexistente parece ser, si a esta carretera nos atuviéramos, el futuro del Chocó.




[1] ABC, Quibdó, edición 2855. 18 de julio de 1934.
[2] Ibidem.
[3] ABC, Quibdó, edición 2916. 26 de noviembre de 1934.
[4] Ibidem.
[5] ABC, Quibdó, edición 2897. 13 de octubre de 1934.

08/04/2019


¿Y si se nos viene encima esa represa?
 

“Querer hacer la descripción de esta tierra sería nunca acabar”[1].

“Hidroituango es una obra de ingeniería concebida para obtener ganancias y desafiar la naturaleza, no para cooperar con ella y aprovechar su potencial energético responsablemente, en beneficio social. Fue pensada, planeada y desarrollada por una élite técnico-político-económica, sin conocimiento amplio e informado de la sociedad, sin una evaluación seria sobre sus impactos y riesgos en el tiempo y el espacio. Se adelantó en contra de las comunidades locales, desplazadas ayer por oponerse al proyecto y desplazadas hoy al sufrir las consecuencias”.[2]

Los primeros seres humanos se asentaron en las riberas del río Cauca “hace “apenas” 12.000 o 15.000 años, aprovechando la riqueza de sus planicies de inundación, sus recursos biológicos, el agua y el calor[3]. A sus descendientes se los toparon allí, pescando y cazando, recolectando y cultivando, nadando y barequeando, reproduciéndose y existiendo, los colonizadores europeos de las huestes de Pedro de Heredia, que a sus aguas arribaron -a principios del siglo XVI- provenientes de La Mojana, cuando intentaban dar con el nacimiento del Magdalena, “que, según se especulaba, quedaba en tierras del Perú[4].

Lavado de oro. Dibujo de Slom según bosquejos de É. André. Tomado del libro: Colombia en Le Tour du Monde 1876-1878 Tomo II. Edición académica y compilación de Pablo Navas Sanz de Santamaría. Editado por Villegas Editores.

A estos españoles no les cabía en la cabeza que pudiera haber tanta agua en algo que no fuera el mar; que pudieran existir ríos tan largos que para recorrerlos fuera menester disponer de varias semanas, de incontables días; que su caudal fuera tanto y tan profundo que fueran navegables todo el tiempo y nunca se les viera el fondo; y que hubiera tanta y tan evidente riqueza en sus orillas, en sus contornos, en su lecho, en su cauce: pescados de centenares de formas, tamaños, colores y sabores, que superaban con creces la imaginación de un andaluz promedio; rastrojos y matas, arbustos y árboles de mil clases, desconocidos para ellos, alimenticios, medicinales, mágicos, ponzoñosos; y oro, mucho oro, tanto que los indios lo malgastaban en ceremonias religiosas y en adornos corporales.

Expulsar o exterminar a los nativos que allí encontraron o someterlos mediante encomiendas fue el camino que los conquistadores hallaron para controlar las zonas de colonización y sacarles todo el provecho económico posible: “urgente es que el proceso se pague: la conquista es ante todo un negocio privado, y los conquistadores vienen a América financiados por comerciantes y prestamistas, que esperan recuperar su inversión[5].

Dibujo de A. de Neuville según bosquejo del autor. Tomado del libro: Colombia en Le Tour du Monde 1858-1876 Tomo I. Edición académica y compilación de Pablo Navas Sanz de Santamaría. Editado por Villegas Editores.
Entonces, encomendados a los españoles, los indígenas siguieron extrayendo oro, como siempre lo habían hecho; pero, ya no para su beneficio ritual y estético, sino para el acumulativo beneficio de los nuevos señores y dueños, para quienes también producirán, posteriormente, comida en los cultivos agrícolas, cuando en las labores auríferas sean brutalmente reemplazados por africanos esclavizados. Así, del enfrentamiento cruento de la soberbia y la altanería hispánicas, armadas ellas de espadas toledanas y arcabuces madrileños, contra el infinito asombro nativo de no saber qué pasaba y escasamente armados con dardos y macanas; nacieron los mestizajes que hoy pueblan el Departamento de Antioquia: “…la destrucción de la población indígena por la guerra, el hambre, las enfermedades, el trabajo en condiciones desacostumbradas, los maltratos, fue acompañada rápidamente por la destrucción de sus formas culturales: son relativamente pocos los rasgos culturales indígenas que entraron a la cultura mestiza de Antioquia, con excepción de aquellos pertenecientes a la vida material y a la utilización del medio ambiente y los recursos naturales: el empleo del maíz y la yuca, las técnicas de explotación minera, algunas tecnologías en la construcción de vivienda. Poco a poco la cultura antioqueña fue una cultura fundamentalmente hispánica, católica, occidental, en la cual se incorporaron, en posición subordinada, diversos elementos de origen indígena y africano[6].

A dicha cultura antioqueña, nacida de tal mixtura, pertenecen los municipios del Bajo Cauca: Valdivia, Briceño, Cáceres, Tarazá, Caucasia y Nechí, en donde más de 100.000 personas, contadas la infancia y la ancianidad, los hombres y las mujeres, no han podido dormir en paz una noche completa, desde finales de abril de 2018; “pensando que en cualquier momento y a la hora menos pensada, se nos va a venir encima esa represa”, como se lo han dicho repetidamente a los funcionarios de Hidroituango, a la prensa, a las autoridades de todo orden y nivel, a los organismos de socorro. O pensando qué va a ser de ellos cuando, después de una noche de insomnio forzado o entre gallos y medianoche, algo en el alma o en el aire les avise que el río se ha secado del todo, como aquella tarde de principios de febrero de 2019, cuando hasta los más viejos creyeron que su fin había llegado, pues, “en una situación sin precedentes, el flujo del río Cauca… (alcanzó)…sus niveles históricos más bajos desde que tenemos registro en tiempos humanos[7]… O sea: en un caso, una inundación de proporciones diluviales; en el otro caso, un cataclismo. En ambos casos, la vida en el más alto riesgo, la vida en el máximo peligro.

En el primer caso, el pronóstico lo hizo el propio Gobernador de Antioquia, Luis Pérez, en mayo de 2018, cuando explicó que -de registrarse un colapso de la presa- se podría generar “un caudal de hasta 250.000 metros por segundo; en otros términos, puede ser mucho más grave que el diluvio universal[8], ya que ese caudal equivale a 250 millones de litros de agua y a casi 100 veces el caudal medio del río Cauca cuando se acerca a su desembocadura. “En caso de que haya una creciente del caudal del río se podría generar una ola de 26 metros que afectaría primero a Puerto Valdivia, y que llegaría en una hora y media. Y a las 5 horas pasaría a Cáceres y Tarazá una ola de casi 12 metros, mientras que Caucasia sería afectada 10 horas después por una ola de 6 a 7 metros, que podría cubrir el 70 por ciento del municipio[9], indicó el gobernante regional. Dos días antes, el Gerente de EPM, empresa constructora de Hidroituango y una de sus dos propietarias más grandes, había dicho que “si se llegara a presentar un rompimiento de la presa, el volumen de caudal que estaría bajando río abajo es significativo y habría que hacer evacuaciones totales en las cabeceras y los bordes ribereños de estos municipios[10]. Además, todos los hospitales de estos municipios quedarían inutilizados, advirtieron integrantes de los cuerpos de socorro.

En el segundo caso, se trata de un “gigantesco disturbio ecológico, equivalente a un cataclismo que hubiera bloqueado el Cauca, algo que seguramente habrá sucedido en el pasado innumerables veces, pero nunca con la presencia de gente[11]. Por lo menos durante una semana, entre el 4 y el 11 de febrero de 2019, el caudal del río bajó tanto que resultó insuficiente como hábitat para miles de peces que, desorientados por la falta de agua y agonizantes por la de oxígeno, perdieron el rumbo y la vida hora tras hora, sin haber alcanzado la madurez suficiente para hacer parte de una subienda que tampoco ocurrió. Nunca se sabrá realmente cuántos peces fueron.

Foto Twitter @JulieDuque1: https://twitter.com/JulieDuque1/status/1092932955503243270

“…el problema de Hidroituango se ha convertido es en una lucha por buscar la verdad. EPM trata de confundir la opinión, de ocultar la verdad y a los que queremos que salga adelante nos toca una lucha, a veces incomprendida”.[12]

“Otro aspecto que ha contribuido eficazmente a la vulneración de los derechos e intereses colectivos que aquí se alegan como conculcados, se encuentra relacionado con el ocultamiento e inexactitud de la información que ha sido suministrada por EPM y por Hidroituango S.A. E.S.P. en su condición de responsable y dueña del proyecto, la cual no ha sido veraz, ni confiable, pues con ella siempre se ha tratado de ocultar la realidad de la problemática, y de minimizar los efectos de las contingencias-emergencias, con lo cual se ha aumentado el grado de incertidumbre, y se ha imposibilitado que las autoridades ambientales y de gestión del riesgo, adopten medidas oportunas y eficaces para mitigar y reducir los efectos generados con las mismas”.[13]

Aunque, el 14 de febrero de 2019, EPM publicó datos basados en sus propios registros acerca de la cantidad de peces rescatados y liberados (478.022), y perdidos (85.248)[14]; estos registros solamente comprenden la parte del universo a la cual pudieron acceder sus biólogos y ayudantes de campo, desde la mañana del 6 de febrero de 2019, cuando comenzaron sus labores; y no corresponden necesariamente a la totalidad de los peces afectados ni dan cuenta de los efectos del disturbio en las poblaciones de las diferentes especies.

Centenares de microorganismos, al igual que una cantidad indeterminada de individuos de fauna y flora cuya vida está igualmente asociada al río, sufrieron también afectaciones drásticas, desde la pérdida de su vida hasta el trastorno repentino de sus hábitos y rutinas, con efectos en la floración y en la producción cuando se trata de cultivos. Los acueductos locales y comunales para consumo humano y para sistemas de riego sufrieron también los efectos de este disturbio, efectos estos que nadie midió ni registró; así como nadie midió ni registró, efectivamente, con certeza y credibilidad, los pavorosos impactos de esta situación, “en un ecosistema que entra en una etapa de restablecimiento de su complejidad mediante un proceso sucesional que no conocemos…(pues) no hay referentes acerca de la manera ni tiempos en los que un río de tal envergadura retoma su funcionalidad biológica[15].

Producto de miles de años de evolución geográfica, social, ecológica, económica, geológica y cultural, las sociedades ribereñas que actualmente conforman y pueblan el Bajo Cauca son sucesoras directas de aquellas constituidas a sangre y fuego, después de una resistencia indígena de casi un siglo (1501 a 1580, aproximadamente[16]) y después de múltiples levantamientos cimarrones; en medio de la lucha fratricida entre conquistadores y funcionarios de la corona española para obtener la constitución y el dominio de la provincia y gobernación de Antioquia. De modo que los actuales habitantes de la zona son descendientes de quienes poblaron y habitaron el río hace por lo menos 500 años y desde entonces han vivido de él, con él y en él: “…el río proporciona a los habitantes beneficios de pesca y caza, agua para sus menesteres y terrenos mineros, sin dejar de ser motivo de belleza, cita colectiva y fuerza de cohesión entre los grupos ribereños. […] el río es, además de lo dicho, alcantarilla, acueducto, campo de defensa, de alimento y de materiales de construcción. Borrado momentáneamente de su sitio, las aldeas […] desaparecerían como aglomeraciones humanas, y se iniciaría, quizás, el éxodo hacia otras fuentes capaces de restituir lo que (este) les brinda en bienestar y comodidad[17].

Foto Twitter @FiscaliaCol: https://twitter.com/FiscaliaCol/status/1100893444548034562

Por ello, a los cañoneros, como se autonombran, en alusión al Cañón del Cauca en donde han transcurrido sus vidas y las de decenas de generaciones de su estirpe, les parece absurdo, incoherente, descabellado, insensato, ilógico, disparatado e inadmisible que, además de que su vida y la del río vienen siendo lesionadas, perturbadas y trastocadas en nombre de la intrepidez ingenieril, empresarial y corporativa de sus propios paisanos y de la capacidad energética instalada del país -como ayer lo fueron las de sus antepasados en nombre de Dios y del Rey de España-; ellos tengan que reconocer cada acción que EPM e Hidroituango adelantan para tratar de mitigar los daños incalculables que van provocando en cada ocasión y para tratar de impedir daños mayores, como si realmente fueran acciones humanitarias, acciones para salvaguardar sus vidas, sus honras, sus bienes, su dignidad, sus usos y sus costumbres, su tradición y sus derechos humanos, acciones para sanar los despropósitos de lesa humanidad y de lesa majestad que contra ellos y contra el río Cauca se han cometido; y no acciones realmente orientadas a seguir intentando obtener a toda costa el dominio y usufructo del río a través de su hidroeléctrica.

“El peor favor que se le hace a Empresas Públicas de Medellín o a cualquier otra empresa del mundo, es aplaudir cuando se equivoca. No hay error más grave que ese. Si uno quiere destruir una empresa, simplemente tápele errores y aplauda cada que se equivoca, para que caiga más fácil, para que se venga abajo”.[18]

Confinados en carpas instaladas en edificaciones públicas, conviviendo en literal hacinamiento hasta con los coterráneos más desconocidos, en una revoltura que no diferencia edad, género ni estado de salud; o en sus propias viviendas muertos del miedo y constreñidos a no usar el río, a no navegarlo, a no pescar, a no barequear, a no cultivar, a no recolectar ni cosechar, a no bañarse en él, a mirarlo solamente y tristemente; o reducidos a la condición de damnificados receptores de  agua embotellada, comida empacada y sin sabor a hogar, frazadas de emergencia, encuestas, entrevistas y cuestionarios hechos para probar que ellos sí son quienes son y sí viven de lo que viven y de lo que han vivido desde hace más de diez generaciones; los cañoneros sienten a veces, en cualquiera de tantas noches de mal dormir, que están siendo sometidos a una versión contemporánea de las encomiendas en las que fueron repartidos sus antepasados indígenas. Quizás porque, si hace cinco siglos, siendo la conquista española ante todo un negocio privado y los conquistadores financiados por comerciantes y prestamistas que esperaban recuperar su inversión[19]; hoy sea necesario, indispensable y urgente que no pierdan sus inversiones el Instituto para el desarrollo de Antioquia (IDEA) y Empresas Públicas de Medellín (EPM), propietarios del 97,073253% de las acciones de  Hidroituango[20]. Para lo cual es necesario, indispensable y urgente que saquen adelante su proyecto, que terminen de adueñarse del río, que terminen de someterlo a cautiverio, que terminen de convertirlo en un cuerpo inane a través del cual la escasa vida que quede fluya solamente en las formas y en los momentos en los que decidan los operarios de la casa de máquinas o los funcionarios del puesto de mando unificado.

“Fue la visión de este delirio / todo un desastre de locura
/ como si el mundo se estrellara / un cataclismo para los dos”.
Cataclismo (Bolero)[21].


In memoriam Rafael Colmenares Faccini.




[1] Juan Rodríguez Freyle. El Carnero. Pág. 288. Biblioteca Básica de Cultura Colombiana. En: http://catalogoenlinea.bibliotecanacional.gov.co/client/es_ES/search/asset/106984/1

[2] Leyva, Pablo (Exdirector del IDEAM, académico e investigador). Nos quedó grande. El Espectador, 16.02.2019. En: https://www.elespectador.com/opinion/nos-quedo-grande-columna-839939

[3] Baptiste, Brigitte LG. Sin Cauca. El Espectador, 7 de febrero de 2019:

[4] Pita Pico, Roger. Primeras incursiones de conquista por el río grande de la Magdalena. Credencial Historia N° 283. En: http://www.banrepcultural.org/biblioteca-virtual/credencial-historia/numero-283/primeras-incursiones-de-conquista-por-el-rio-grande-de-la-magdalena

[5] Melo, Jorge Orlando. La conquista de Antioquia, 1500-1580.

[6] Melo, Jorge Orlando. La conquista de Antioquia, 1500-1580. En:

[7] Baptiste, Brigitte LG. Sin Cauca. El Espectador, 7 de febrero de 2019.

[11] Baptiste, Brigitte LG. Sin Cauca. El Espectador, 7 de febrero de 2019.

[12] Luis Pérez, Gobernador de Antioquia. El Colombiano, 01 de abril de 2019. Rifirrafe entre representantes de Epm y el gobernador de Antioquia por Hidroituango. En:

[13] Procuraduría General de la Nación. Acción popular ante el Tribunal Administrativo de Cundinamarca. Ver: El Espectador, 8 de marzo de 2019. Ministerio Público impulsa recurso jurídico para proteger a la comunidad. Información que ha dado Hidroituango no es ni veraz ni confiable: Procuraduría. En: https://www.elespectador.com/noticias/judicial/informacion-que-ha-dado-hidroituango-no-es-ni-veraz-ni-confiable-procuraduria-articulo-843932

[15] Baptiste, Brigitte LG. Sin Cauca. El Espectador, 7 de febrero de 2019.

[16] Los detalles al respecto pueden leerse en Melo, Jorge Orlando. La conquista de Antioquia, 1500-1580.
En: http://www.jorgeorlandomelo.com/conquista_de_antioquia.htm, en el acápite Las grandes rebeliones indígenas y la creación de la gobernación de Antioquia.

[17] Velásquez, Rogerio. Apuntes socioeconómicos del Atrato medio. Revista Colombiana de Antropología, Vol. X, Bogotá, 1961. Pp. 157-226, pág. 159.

[18] Luis Pérez, Gobernador de Antioquia. En: Hidroituango y el estudio causa raíz, manzana de la discordia en la política paisa. Semana, NACIÓN. Marzo 13 de 2019:

[19] Melo, Jorge Orlando. La conquista de Antioquia, 1500-1580.

[20] Datos tomados de Hidroeléctrica Ituango. En: https://www.hidroituango.com.co/hidroituango#c32

[21] Este bolero ranchero, en su versión cantada por María Elena Sandoval, forma parte del repertorio habitual de las cantinas del Bajo Cauca. Puede escucharse en: https://www.youtube.com/watch?v=KPhq6qQlBZ8

01/04/2019

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Poemas de mi cosecha

Abril, lluvias mil; abril, poemas mil: de mi inédito Breviario de sospechas, evidencias y confesiones, tres poemas de mi cosecha