26/01/2026

 “Balance mensual de un maestro chocoano” (1955)

Portada del periódico La Crítica, Quibdó, febrero 1955 (recorte de imagen de una edición digitalizada por la Hemeroteca del Chocó). Panorámica de la Normal Superior de Quibdó, 1942 (Foto: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó).

La Normal Superior de Quibdó, que cumple 90 años de existencia en septiembre de 2026, graduó sus primeros 29 maestros en 1940 y 1941: “Los primeros grados fueron concedidos en 1940 y los graduados alcanzaron el número de 15; en 1941 se expidieron grados a 14 normalistas más”, anota el Informe del Intendente Nacional del Chocó, Dionisio Echeverry Ferrer, en 1942. La creación masiva de escuelas rurales y urbanas en todo el territorio chocoano, como parte de una estrategia nacional y regional de universalización de la educación pública como derecho de todos los sectores sociales de la región, impulsada a partir de 1934, hizo posible que el ejercicio del magisterio se convirtiera en nueva y estable profesión para la juventud del Chocó.

No obstante, dos décadas después del comienzo de aquella especie de revolución educativa, las normales de la región comenzaron a exceder con su oferta de maestros y maestras la demanda del sistema escolar público del recién creado Departamento del Chocó. A ello se sumaron fenómenos como las primeras impuntualidades en el pago de sueldos y prestaciones a los maestros, al igual que la falta de incentivos que en condiciones similares sí existían y se reconocían en otras regiones del país; la creciente manipulación de nombramientos, traslados y ascensos por parte de administradores del sector educativo y dirigentes de los movimientos políticos regionales; y el manejo poco eficiente de los recursos, hasta el punto de que a finales de la década de 1960 hubo periodos en los que se convirtió en algo común el pago de la nómina en especie, con cajas de aguardiente Platino de la Fábrica de Licores del Chocó; y, hacia finales de los años 70 y la década de los 80, fue corriente la situación de un magisterio trabajando a debe, con tantos meses acumulados sin recibir su paga que los comerciantes les cerraban los créditos y los agiotistas —muchos de ellos adscritos al poder político que había permeado el sector— hicieron su agosto durante todos los meses del año, durante largos años.

Este conjunto de fenómenos contribuiría a que se generalizaran y se convirtieran en hecho corriente año tras año, desde mediados de la década de 1970, las migraciones masivas de maestras y maestros del Chocó recién graduados hacia múltiples regiones de Colombia; en muchas de las cuales protagonizarían significativos e incluso heroicos procesos de “colonización” educativa, llegando a lugares donde ni siquiera los maestros egresados de las normales de las propias regiones aceptaban llegar; una historia esta que aún está por contar, pero de algunos de cuyos aspectos centrales nos ocuparemos durante este año en El Guarengue, a propósito del nonagésimo aniversario de fundación de la Normal Superior de Quibdó, de donde nos graduamos como parte de la primera promoción de Maestros Bachilleres.

Por ahora, como una muestra significativa de los comienzos de la crisis a la cual nos acabamos de referir, les ofrecemos el testimonio de un maestro acerca de la problemática económica que el magisterio chocoano ya empezaba a vivir. Bajo el título de “Balance mensual de un maestro chocoano”, el texto fue publicado el 13 de febrero de 1955, en el periódico La Crítica —Un vocero del pueblo al servicio del Chocó, de la libertad y de la democracia—, fundado y publicado en Quibdó por Balbino Arriaga Castro (director) y Cosme Damián Moreno P. (administrador), impreso en mimeógrafo. Luego de presentar con cifras la relación de gastos de su sueldo, el maestro autor del texto anota como constancia y premonición: “…este cúmulo de problemas tan serios […] está obligando a mis colegas a emigrar en busca de mejoras económicas y garantías sociales”... 

Las condiciones han cambiado radicalmente, en gran parte gracias a los maestros y las maestras que contribuyeron a abrir el camino que hoy el magisterio chocoano transita, comparativamente, con innegable comodidad. Leer este testimonio es un detalle de mínima memoria histórica con quienes contribuyeron a abrir y a hacer más expedito ese camino.

Julio César U. H. 

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Balance mensual de un maestro chocoano
(Periódico La Crítica. Quibdó, febrero 13 de 1955. 2ª Época, N° 31, 8 páginas, pág. 2)

Esta angustiosa y miserable vida que llevamos me obliga en este instante a decir la verdad y nada más que la verdad; antes de entrar en materia, me introspecciono y recuerdo que tanto mis primeros educadores como los textos de urbanidad me han enseñado que todo cuanto sucede en la casa y en la escuela no tiene por qué llevarse a la calle; pero, ya en esta apremiante ocasión, voy a enterrar esos consejos tan indispensables para toda persona y ceñirme a la pura y santa verdad.

Un maestro de la primera categoría y al servicio del Departamento del Chocó gana mensualmente el fabuloso sueldo -según enemigos del magisterio- de la irrisoria suma de $170,00, de los cuales necesaria e imperiosamente tiene que gastar:

1-En alimentación, como barata………………$ 90
2-Arreglo de ropa……………………………........$ 10
3-Arrendamiento de pieza para vivir………..$ 10
4-Cuota para la Caja de previsión social……$ 5,10
5-Cuota para la Cooperativa del magisterio.$ 5,20
6-Para estampillas……………………………….....$ 0,20
7-Para cuatro nóminas empleados…………….$ 0,20
Total……………………………………………….........$120,50

Sin lugar a ninguna clase de duda, esto es cuanto gasta el maestro, abnegado educador chocoano, mensualmente, no dejando de advertir, sí, que la alimentación, arreglo de ropa y pieza para vivir aparecen a estos módicos precios porque se trata del maestro Fulano de tal, hijo o sobrino de la comadre de mi abuela y que vino de tan lejos a trabajar por acá. Tampoco se debe dejar pasar por lo alto que única y exclusivamente me estoy refiriendo a un maestro que sea soltero. ¿Qué os diré de los casados y con cuatro o más hijos?

Ahora bien, deduciendo los costos anteriores a la nómina del perseverante y mesurado maestro ($170 menos $120,50), le viene a quedar un saldo de $49,50, dizque para mandar a hacer un vestido, hacer remontar sus zapatos para poder asistir a las clases, comprar útiles y textos de consulta, comprar parte del material para la casita que ha pensado construir, y ayudar a sus padres. Todavía no he incluido los gastos por concepto de jabón de baño, desodorante, pasta dentífrica y las drogas que tiene que comprar a precios alterados cuando enferma en esos lugares, porque hasta allá no se extiende el servicio de la Caja de previsión social.

¿Qué le podrá quedar al humilde apóstol de la educación, para ahorrar en la prestigiosa Caja Colombiana de Ahorros? ¿Qué diremos entonces de los maestros de categorías inferiores y que devengan menos? Respóndase, amable lector.


19/01/2026

 Fútbol chocoano: 100 años de historia

Euclides Pacheco, maestro del bombo y leyenda de la percusión en la Chirimía Chocoana; Jesús Lozano Asprilla, adalid de la fundación de la Universidad Tecnológica del Chocó y su primer rector; y Senén Mosquera, histórico arquero de Millonarios; forman parte de la historia del fútbol chocoano, que en 2026 cumple 100 años y que desde la década de 1950 tuvo en la cancha de la Normal de Quibdó su escenario privilegiado. FOTOS: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó / El Guarengue.

Se cumplen, en agosto de este 2026 que comienza, 100 años del acontecimiento que bien puede considerarse como hito fundacional del fútbol chocoano: la inauguración en Quibdó del Campo de Fútbol Rita María Valencia, primer escenario deportivo de la ciudad destinado a este deporte y nombrado así en homenaje de gratitud a la Reina de los Estudiantes, quien apoyó ante su hermano Jorge Valencia Lozano, que era entonces el Intendente Nacional del Chocó, a pioneros de la promoción local y regional del fútbol, tales como el célebre compositor Rubén Castro Torrijos y el Maestro Pedro Serna, uno de los primeros músicos y directores de la legendaria Banda de Música de San Francisco de Asís, en su empeño para que la Intendencia agilizara la construcción y adecuación de dicha obra, que ya se encontraba en marcha y que estaba ubicada en el espacio que posteriormente fue ocupado por un programa de vivienda del Instituto de Crédito Territorial, ICT, en la actual Carrera 7ª entre los barrios Pandeyuca (calle 25) y Yescagrande (calle 24).

En su edición del 10 de agosto de 1926, el periódico ABC describe aquella primera cancha de fútbol de Quibdó: “El campo no tiene que envidiar nada a sus similares de otras poblaciones. Queda situado en la esquina que forman la Avenida Istmina y la calle séptima. Está cercado de concreto de más o menos 2 pies de altura. Su pavimento es perfecto y apropiado. Está adornado con columnas. Tiene una superficie de 3.600 metros".[1]

Con campo de arena, dotada de graderías de madera y con su perímetro demarcado en concreto, esa cancha de fútbol pasaría a ser uno de los escenarios favoritos de la población quibdoseña para su esparcimiento los fines de semana. Además de la pesca y los paseos en el río Atrato, los baños y tardes de recreo en los distintos charcos de la quebrada La Yesca, las caminatas hacia las afueras de Quibdó y las retretas dominicales de la banda de música en el Parque Centenario; la comunidad quibdoseña de finales de la década de 1920 encontró —en este escenario— diversión adicional en la asistencia a los juegos de aquel deporte novedoso, tan novedoso que aún no se conocía en todo el país y aún tendrían que pasar dos décadas para que se disputara por primera vez el campeonato oficial de fútbol profesional colombiano.

En poco tiempo, luego de la inauguración de aquel campo de juego, el fútbol ganó favoritismo entre la juventud quibdoseña en general y, en particular, entre los estudiantes del histórico Colegio Carrasquilla, quienes, además de integrar el equipo oficial de su institución, se alinearon también, junto a otros jóvenes, en equipos como el Team 20 de Julio, Águilas, Buitres, Kin-K-Yu F.B.C. y Quibdó F.B.C., que en la primera década del fútbol chocoano fueron los equipos emblemáticos de la ciudad; a los cuales se sumarían las selecciones provinciales del Atrato y del San Juan, cuyos enfrentamientos marcaron una época de buen fútbol y fervorosa afición hasta bien entrada la década de los años 1960, cuando ya este deporte había consolidado su popularidad en el país y en la región, y había producido los primeros talentos de exportación del Chocó hacia los equipos profesionales del país. “Además de los acostumbrados baños en la quebrada La Yesca, la actividad física había estado muy limitada. Con la construcción de la cancha de fútbol, en el año 1926, cambió por completo la actividad de los hombres, especialmente de los estudiantes. Un deporte que en el interior del país entró a través de los clubes sociales, en Quibdó fue una actividad popular desde el inicio”, anota Luis Fernando González en su clásico trabajo sobre la historia del desarrollo urbano de Quibdó hasta 1950.[2]

Entre 1941 y 1942, fueron inauguradas las instalaciones de la Escuela Normal Superior de Quibdó en las afueras de la ciudad, en terrenos aledaños al río Cabí. Aunque al principio no estuvo del todo lista y mucho menos adecuada, se construyó allí una cancha de dimensiones más amplias y reglamentarias que la inaugurada en 1926, que hasta entonces había sido el escenario único y representativo del fútbol en Quibdó. Desde la década de 1950, el campo de fútbol de la Normal se convirtió en punto de referencia y escenario de cita dominguera de los quibdoseños. Los espectadores de aquellos inolvidables partidos y campeonatos locales y regionales fueron testigos, domingo a domingo, de la creciente calidad del fútbol chocoano, que muy pronto incorporaría al campeonato profesional colombiano sus primeros e indiscutibles talentos. El equipo de la Escuela Normal Superior de Quibdó se convertiría en el eterno rival del Carrasquilla en tan gloriosas épocas de aquel fútbol brillante, calidoso, que tanto disfrutaría la gente de aquella ciudad donde aún los niños jugaban en la calle y se bañaban en el aguacero, la gente se moría de vieja y las puertas de las casas se cerraban con trancas de madera.

En su edición del domingo 2 de enero de 1955, el periódico quibdoseño La Crítica, que se definía como “un vocero del pueblo al servicio del Chocó, de la libertad y de la democracia”, dirigido por Balbino Arriaga C. y administrado por Cosme D. Moreno P., informa en una breve crónica detalles de uno de los clásicos partidos entre las selecciones del Atrato y del San Juan. En esta pieza periodística —para honra, prez y memoria de la historia del fútbol chocoano— quedó registrado el hecho de que uno de los más grandes percusionistas de la Chirimía Chocoana, el maestro del bombo Euclides Pacheco, actuando como baluarte de la defensa del equipo del Atrato, “cede un penalti” —en el minuto 43 del segundo tiempo—; el cual es ejecutado por el entonces brillante delantero de la Selección del San Juan y muchos años después promotor y líder de la fundación de la Universidad Tecnológica del Chocó y su primer Rector, Jesús Lozano Asprilla; quien con todo cálculo y potencia dispara hacia el centro del arco, pensando que el arquero volaría hacia cualquiera de los dos lados, sin contar con que el gran Senén Mosquera, que actuaba como guardametas de la Selección Atrato y llegaría a ser una leyenda de la portería en el fútbol colombiano al servicio de Millonarios, se quedaría inmóvil hasta que el hábil delantero pateara y de modo inesperado rechazaría con doble puño la pelota con la que el gran Chucho Lozano pretendía engañarlo.

El partido de fútbol entre las selecciones Atrato y San Juan resultó, como se esperaba, un encuentro reñido. Bajo el arbitraje del colegiado don Ángel Palacios P., se realizó la competencia en la que se enfrentaron la experiencia de los atrateños y el corajudo empeño de los sanjuaneños; la actuación del árbitro fue buena, generalmente. El partido terminó con el score de 1-0, por goal obtenido mediante un tiro rastrero de Millo García, quien puso en ventaja a los atrateños. Es de lamentar la inexplicable actuación de Alejandro Hinestroza, portero titular del conjunto Campeón Departamental (Normal Foot-ball Club), frente a esta circunstancia. Cierto que la lluvia y el mal estado de la cancha habían tornado el esférico resbaladizo, pero, aun así, el tiro era atajable.

 

El coraje con el que jugó el cuadro representativo del San Juan no solo era digno de proporcionarles el empate, sino que hasta pudo darles el triunfo. En todo caso, el empate hubiera sido justo y hasta parece que la Providencia lo hubiera buscado cuando, a la altura de los 43 minutos del segundo tiempo, Euclides Pacheco cedió un penalty cuando no se explicaba.

 

Pero, digamos otra cosa; el keeper del conjunto Atrato, Senén Mosquera, estaba en una tarde consagratoria. Solo así pudo contener el empuje de los delanteros sanjuaneños, quienes llegaron hasta hacerle cinco tiros consecutivos desde la línea de candela y más tarde, cuando todos se mostraban satisfechos por el posible empate, que como ya dijimos hubiera sido lo más justo, rechazó con doble puño el tiro violento con que Chucho Lozano le cobrara el penalty. En esta jugada se presentaron por igual la experiencia del cañonero y la del arquero. Lozano, en espera de que Mosquera hiciera la espectacular estirada ante el disparo, le lanzó la pelota encima, pero este no se movió y defendió el triunfo de la Selección Atrato.[3]

El buen trabajo del árbitro Ángel Palacios P.; el gol de Millo García, que según el cronista pudo ser evitado por el portero de la Selección San Juan, Alejandro Hinestroza, quien era titular en el mismo puesto en la nómina del equipo Normal Foot-ball Club, que en ese momento ostentaba el título de Campeón Departamental; la experiencia de Chucho Lozano y la tarde consagratoria de Senén Mosquera; son datos valiosos que, aparte del detalle narrativo del penalti, nos deja en sus tres párrafos la crónica del periódico La Crítica para beneficio de la historia de los cien años del fútbol chocoano. Del mismo modo que el uso de palabras inglesas en el texto, como score, goal, Foot-ball, penalty, keeper, dan cuenta de que el fútbol seguía siendo tan nuevo que aún había que recurrir a las palabras originales para denominarlo como deporte y para nombrar sus incidencias y puestos en la cancha; así como el empleo, en algunos casos hiperbólico, de voces como cañonero y línea de candela, encuentro, partido y competencia, nos muestran las adaptaciones del lenguaje periodístico de la época para informar sobre fútbol y la habilidad narrativa del autor de la crónica publicada hace 71 años en aquel periódico quibdoseño que se imprimía en mimeógrafo.

Campo de Fútbol Rita María Valencia, Quibdó, abril de 1927. Inaugurada en agosto de 1926, esta fue la primera cancha de fútbol que existió en Quibdó y la única hasta la apertura de la cancha de la Normal Superior a finales de la década de 1940. Allí comenzó el fútbol chocoano, que en 2026 cumple 100 años de historia. FOTO: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó.

Medio siglo después de inaugurada la primera cancha de fútbol de Quibdó, de conformados los primeros equipos y jugados los primeros partidos; dos décadas después del memorable partido en el que quien sería uno de los mejores arqueros de Colombia le taparía un penalti —cedido por uno de los mejores intérpretes del bombo en la chirimía chocoana— a quien sería fundador y primer rector de la primera universidad pública del Chocó; fue fundado el torneo de fútbol Amistades del San Juan, que en el presente enero acaba de celebrar en Andagoya su 51ª versión; y que junto a la Copa Faraón, en Cértegui, y al Día del futbolista chocoano, en el estadio de la Normal, en Quibdó, entre otros certámenes, le dan continuidad a la maravillosa tradición del fútbol vacacional en una región que, aun sin atención gubernamental, ha encontrado en este deporte una manera amable de sobrellevar su suerte, en escenarios que bien podrían ser más dignos y reglamentarios; pero que continúan siendo tan concurridos como hace 100 años lo fue la primera cancha de fútbol de Quibdó: el Campo Rita María Valencia.[4]

A Cacha y Papora (QEPD), dos cracks de estos 100 años de historia...



[1] Periódico ABC N° 1238. Quibdó, 10 de agosto de 1926. N.B.: aunque esté en desuso esta acepción, pavimento también se refiere al suelo que se interviene para dejarlo plano, afirmado y sólido, con materiales distintos al concreto. Así que, si bien el cerramiento del campo era en concreto, la cancha no lo era.

[2] González Escobar, Luis Fernando. Quibdó, contexto histórico, desarrollo urbano y patrimonio arquitectónico. Centro de publicaciones Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín, febrero 2003. 362 pp. Pág. 173.

[3] LA CRÍTICA. Quibdó-Chocó-Colombia. 2ª época, Número 28, Enero 2 1955. 8 páginas. Página 2. Croniquillas de ACC. Archivos digitales 1954 y 1955, cortesía Gonzalo Díaz Cañadas.

[4] Detalles adicionales sobre los primeros años del fútbol chocoano, la primera cancha en Quibdó y algunas figuras de leyenda de este deporte en el Chocó pueden leerse en De la estirpe de Senén Mosquera. El Guarengue, 1° de abril de 2024: https://miguarengue.blogspot.com/2024/04/de-la-estirpe-de-senen-mosquera-jhon.html

12/01/2026

 “¡Quítate tú, pa’ ponerme yo...!” 
Un tributo al amigo CAJA

Jhon Alberto Córdoba Ampudia (CAJA), noviembre 2023 (fotos 2 y 3) y 2024 (foto 1). FOTOS: JCUH / El Guarengue.

Córdoba Ampudia Jhon Alberto era su nombre oficial en el registro escolar. Conformado con las iniciales de sus apellidos y nombres, CAJA era su acrónimo; con el cual —por lo menos en la última década se autonombraba y lo nombrábamos nosotros, sus compañeros de la escuela primaria y del colegio, época de la cual data aquella costumbre que se nos quedó de llamarnos con dichos apelativos, los mismos con los que en su momento marcábamos los cuadernos y los pupitres; sobre todo cuando en la escasez típica de nuestra época llegaba mobiliario escolar nuevo y nos encargaban cuidarlo como si cada silla le perteneciera a cada uno y no al colegio.

CAJA era el número 3 de la lista de 6° A 1977, primera promoción con título de Maestros-Bachilleres de la Escuela Normal Superior de Quibdó. WAS y RABOHE eran los números 1 y 2. El resto de la lista del salón la integraban, en su orden: ADICHA, JHAFIRE, DAFLOCU, LUFEGO, SAGONTA, WIGOTA, VEGUECO, JEWALEC, VIJUMA, SEMEMU, JAMOR, DUBEMOMO, MEMOMO, JEALMORSE, JEMA, JAMOGA, FIPARO, JORRAMO, JAREPA, JOMOSTREMO, JUCEUH y CALVAMO…[1] En aquella época de normalistas nunca se nos ocurrió pensar que aprendernos estos acrónimos, y usarlos con inusitada frecuencia para nombrar a los compañeros, terminaría siendo de carambola un artificio de mnemotecnia: una manera fortuitamente fácil de recordar para siempre sus nombres completos, incluyendo los dos apellidos.

En la casa de CAJA —la misma donde encontró su absurda muerte en la noche del 5 al 6 de enero de 2026—, en el barrio Nicolás Medrano, de Quibdó, se llevaron a cabo muchos de los primeros y más felices bailes caseros de nuestra colegial adolescencia. Siempre amenizados con la mejor salsa del momento, indiscutiblemente encabezada por las Estrellas de Fania, a quienes, además de conocer en las carátulas de los elepés, habíamos visto en la película Nuestra Cosa Latina, en el Teatro César Conto; estos bailes eran una especie de celebración periódica de la alegría.

La versión en vivo de “Quítate tú, pa’ ponerme yo”, con duración de casi veinte minutos y grabada para la película en un concierto de 1971, en Nueva York, marcaba uno de los clímax de aquellos bailes. Invariablemente, incluyendo el soneo de versos improvisados, el goce dicharachero y la coreografía, en cada noche de baile nosotros la interpretábamos como grupo en nuestra propia y juvenil versión. Reunidos en el centro de la sala de la casa, sudando de felicidad, bailando como la gente de la Fania, con el volumen del equipo de sonido al máximo, tocando imaginariamente con las manos a toda velocidad las congas de Ray Barreto y punteando con la imaginación el tres de Yomo Toro en su inolvidable solo; nos sentíamos el Maestro Pacheco dirigiendo alternadamente a los compañeros por instantes, para luego, cantando a voz en cuello, ser Pete “Conde” Rodríguez: “Cualquiera puede cantar cuando se copia de otros / el cantar original lo ejecutan muy pocos / Por eso estoy orgulloso /  cuando me pongo a versar / No es que quiera criticar ni que sea alabancioso  / te lo digo, camará, este negro sí es sabroso… ¡Quítate tú, pa’ ponerme yo… Quítate tú! /"... ¡Pan-para pa-pa-pán!

Cual cenicientos, pasadas las doce de la noche, el baile finalizaba y nosotros emprendíamos el regreso a nuestras casas, en patota, charlando y riendo por las calles de Quibdó. CAJA, la señora Agustina (su mamá) y su hermanita Victoria, se paraban en la entrada de su casa, en la reja del antejardín, junto al poste de cemento que marcaba el kilómetro 2 de la carretera hacia Istmina, para despedirnos; y solamente volvían a entrar cuando nos perdíamos de vista en la curva que nos conduciría al descenso hacia La Ye, de ahí a la Loma de Las Brisas, rumbo al puente de García Gómez, de donde empezaríamos a desperdigarnos por las rutas más expeditas y convenientes para cada quien.

Así era CAJA, así fue CAJA, siempre compinche, el mejor compinche que uno pudiera conseguir, con el que a todo tuntún sí se iba. Siempre cambambero, así no figurara en la lista oficial de la cambambería quibdoseña. Siempre efusivo y dicharachero, siempre siempre hermano y amigo y compañero… Con su aguaje de medraneño neto, el que siempre lo caracterizó para bailar, para caminar, para mamar gallo y hasta para jugar fútbol en aquellos años escolares en los que era una especie de Henry “La Mosca” Caicedo en la defensa de los equipos del salón o del barrio o del colegio.

CAJA fue uno los quince compañeros de nuestro histórico grupo de veinticinco que abrazó el magisterio como la profesión de su vida. Y en ejercicio del mismo, al servicio del departamento de Antioquia, dejó su impronta como educador en los municipios de Vigía del Fuerte, Salgar y Cisneros. En estos lugares siempre se le recordará no solamente por su seriedad, firmeza y severidad, características de CAJA y propias de su concepción disciplinaria, sino también por su comprensión, por su capacidad de servicio comunitario y por su disponibilidad permanente para aportar al bienestar de las comunidades en los ámbitos deportivo, espiritual, festivo y de progreso material. De hecho, durante mucho tiempo, en la comunidad agrícola y pesquera de Paloblanco, en el Atrato medio, CAJA como maestro fue el promotor de una celebración litúrgica que, a falta de cura para la misa dominical, él se inventó para reunir a la gente domingo a domingo hasta conseguir que todo el pueblo confluyera allí e hiciera costumbre aquel ritual. Del mismo modo que durante toda su vida magisterial promovió cuanto campeonato deportivo se le atravesó y participó como deportista en cuanto torneo le fue posible, incluyendo su participación como voleibolista en un equipo de maestros con el que viajó por toda Antioquia en no sé qué competiciones.

En los últimos nueve años, desde que nos reunimos todos en Quibdó para celebrar los cuarenta años de nuestra graduación en la Normal, hemos estado sagradamente reencontrándonos un grupo de compañeros de aquella época para celebrar la vida, la fraternidad, el compañerismo, la amistad. Invariablemente, CAJA fue parte sustancial del alma de estos encuentros y de la fiesta que siempre han entrañado. Con esa cara de Ibrahim Ferrer que se le fue acrecentando con la edad, su capacidad de disfrutar la salsa también se aumentó. No hubo un número de nuestra época que él no recordara y que no bailara como en los tiempos de los bailes estudiantiles en su casa.

Yuto (Chocó), 28 de diciembre de 2025. Los últimos compañeros de nuestro histórico grupo de 6°A / 1977 de la Normal Superior de Quibdó que  compartieron con CAJA: Jesús Alito Mena Ortiz, Segundo Mena Murillo, Jesús Alexis Moya Gamboa y Valentín Enoc Guerrero Córdoba. FOTO: Cortesía.

Ante la inminencia de su muerte, si alguno de nosotros o todos en coro le hubiéramos alcanzado a gritar: “¡CAJA, quítate tú, pa’ ponerme yo!”, de modo que no fuera él quien se marchara, seguramente nos habría respondido que “Dios es bonito, muy bonito”, una proclama con la que comenzaba o finalizaba los saludos, aderezaba las conversaciones o redondeaba las ideas; y que —pronunciada por él— no sonaba a una de esas consignas automáticas y “bendecidas” que tanto abundan por estos días, sino a corolario lógico de la inmensa fe con la que andaba por la vida; una fe que por igual le hacía posible rezar en las dificultades; agradecer cada día por el hecho de estar vivo; jugar y ganar chance; celebrarle la Navidad y darle regalos a un grupo de niños de su vecindario cada año; y lucir con regocijo y devoción la imagen de un Cristo en un collar tejido de chaquiras, que portaba como si fuera su propia y exclusiva hierofanía.

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Un abrazo sincero a la Familia Córdoba Ampudia: Doña Agustina, el Maestro César Augusto, Victoria, Víctor y Santiago; a los hijos y nietos de CAJA y a todos sus demás parientes y familiares; al igual que a sus amigos del barrio Medrano, de todo Quibdó, del Chocó y de Antioquia. 


[1] Los nombres completos correspondientes a estos acrónimos pueden leerse en: “Viva por siempre la Normal, madre de los institutores”. El Guarengue, 7 de septiembre de 2020:

https://miguarengue.blogspot.com/2020/09/viva-por-siempre-la-normal-madre-de-los_7.html

05/01/2026

 Chucho Salas: poesía y lotería 
en las calles de Quibdó

“A la familia del reconocido poeta juglar y a la comunidad quibdoseña nuestro más sentido pésame por el sensible fallecimiento de Jesús Gonzalo Salas Peña, conocido en vida como “Chucho”; escribió Susana María Moreno Palacios, Docente y escritora, integrante de la Red Étnica de Escritores del Chocó… Ana Julia Chaverra Rivas, Docente del programa de Lenguas Modernas de la Universidad Tecnológica del Chocó, escribió: “Se fue el poeta, pero vivirá a través de sus letras”. Foto 1: cortesía Susana Moreno. Foto 2: WhatsApp Ana Julia Chaverra.

Este 2 de enero de 2026 falleció en Quibdó Jesús Gonzalo Salas Peña —Chucho—, quien había nacido el 25 de diciembre de 1957. Lo conocí en septiembre de 1990 por su participación en el Concurso Franciscano de Cuento y Poesía — Premio Literario Hermana Tierra, patrocinado por la Diócesis de Quibdó y en cuya creación y organización trabajamos conjuntamente el Maestro Gonzalo de la Torre y yo. Entre el significativo número de autores y trabajos que fueron presentados en la primera versión del certamen, se encontraba JEGONSALPE, seudónimo bajo el cual Jesús Gonzalo Salas Peña había presentado el suyo.

Como a las tres semanas de convocado y abierto oficialmente el concurso, una tarde de esas en las que —en su camino hacia el otro lado del Atrato, donde se derrite a diario en su propia paleta de colores— el sol inundaba medio salón y lo acaloraba entero; Chucho Salas, como era conocido, entró a mi amplia y siempre abierta oficina de la esquina suroriental del segundo piso del Palacio Episcopal de Quibdó, edificio patrimonial de la ciudad popularmente conocido como el Convento. En sobre cerrado, como se indicaba en las bases del concurso, me entregó su trabajo, se me presentó y nos saludamos cordialmente. Me dijo que vivía ahí nomás pasando dos calles, en el barrio Roma, y me contó que todo lo que llevaba en un legajador azul y en una carpeta marrón que había dentro de este eran poesías de su producción y otro tipo de escritos. Que si yo quería él me podía leer unas cuantas, me dijo. Le expliqué que solo sería posible cuando ya el concurso estuviera finiquitado, pues no estaría bien que uno de los concursantes le leyera poesías al organizador y coordinador del concurso, que además haría la secretaría ad hoc de las sesiones del jurado calificador.

De modo que lo dejé de ver hasta mediados de diciembre, cuando todo estaba consumado y él, haciendo uso de la regla de que los concursantes podían reclamar sus trabajos originales si no habían sido premiados, regresó a mi oficina a reclamar el suyo y, por ahí derecho, me preguntó si yo sabía qué habían dicho los jurados sobre el mismo y por qué no lo habían premiado. Los jurados de su modalidad habían sido Madolia de Diego Parra, Gonzalo de la Torre y Efraín Gaitán Orjuela.[1] Le dije que podía responderle lo primero, pues ninguna regla del concurso lo prohibía: las rimas de las estrofas de su poesía, presentada en la modalidad de copla tradicional, eran marcadamente disonantes y tenían problemas severos de métrica, además de que adolecían de falta de coherencia interna y unidad. Le devolví sus originales y quedó de regresar para leerme su poesía con las reformas que a partir de las observaciones le haría. Y así lo hizo. Y siempre que quiso a mi oficina regresó y me leyó cuanto quiso y charlamos y charlamos sobre los gajes del oficio… Sobre lo segundo no fue necesario que le dijera nada: su respeto por la capacidad y trayectoria de los jurados fue suficiente para que aceptara tranquilamente la decisión.

Meses después, cuando estrenábamos la Constitución de 1991, trabajábamos en los contundentes preparativos de la conmemoración de los 500 años de colonización europea en América y esperábamos la expedición de la ley que reconocería la identidad étnica y la propiedad colectiva del territorio a las comunidades negras de Colombia; Chucho Salas decidió seguir la tradición de dos juglares chocoanos: Blas María Palacios —quien recitaba sus versos de memoria y recibía las monedas de cuantos centavos su auditorio quisiera darle— y Onofre Moreno Vélez, el Poeta de Guayabal (un corregimiento del Municipio de Quibdó), quien los sábados de mercado en los años 60 ofrecía sus versos en copias manuscritas a quienes se aglomeraban en las esquinas del pueblo para oírselas recitar y después se las compraban, incluyendo niños como yo —que apenas estábamos aprendiendo a leer—a quienes su madre les daba los cinco centavos que costaba la hoja para que adquirieran la obra semanal del poeta.

A partir de ahí, aquel legajador azul y aquella carpeta marrón, como de juzgado promiscuo municipal, pero cargadas de poesías y relatos, en lugar de expedientes, debajo del brazo de su autor, Jesús Gonzalo Salas Peña, o dentro de una chuspa plástica o una mochila y después en un pequeño bolso, que en distintos momentos incorporó a su indumentaria; recorrieron día a día las calles y la terminal de pasajeros del aeropuerto de Quibdó, en busca de lectores que quisieran contribuir al arte —y a la subsistencia— del protagonista de aquella especie de servicio ambulante de poesía, aquel hombre que escribía, mecanografiaba y fotocopiaba sus creaciones para tratar de obtener de ellas unos pesos que lo ayudaran a vivir, a cambio de que el comprador encontrara alegría y valía en sus versos o en sus prosas. Como alegría y valía podrían llegar a obtener los compradores si la suerte del chance y de la lotería, que simultáneamente con su poesía Chucho Salas les vendía, llegara a sonreírles como Chucho lo hacía cuando el apoyo que uno le daba era no solamente simbólico, sino también material.

Un pequeño homenaje a Jesús Gonzalo Salas Peña —Chucho Salas—, quien durante más de tres décadas en Quibdó ofreció al transeúnte y al viajero, en una sola entrega, el azar y la suerte de los versos de su poesía, la suerte y el azar de los números del chance y de la lotería, con los cuales se ganó un puesto en la memoria cultural de nuestras vidas.