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12/08/2019


Maternidades colectivas (II)
Doña Lucía Ortiz de Mena y la Señora Agripina Ligia Córdoba Palacios.
Fotos cortesía de sus hijos.

Soy uno de los 25 estudiantes del Curso 6° A que nos graduamos juntos como Maestros-Bachilleres en la Escuela Normal Superior para Varones de Quibdó, que era como se llamaba entonces nuestro colegio. Con dos o tres variaciones apenas, los veinticinco fuimos el mismo salón durante los seis años de secundaria. De ese total, por lo menos 15 habíamos hecho juntos los cinco años de primaria: con dos de estos cursé en el mismo salón once años (primaria + secundaria); con otros dos cursamos 10 años juntos; con algunos más, estuvimos 9 años en el mismo salón. Y así sucesivamente. De ahí que entre nosotros persisten lazos de cercanía y amistad que han resistido las distancias geográficas, los silencios largos y el paso del tiempo. Lazos que incluyen a nuestras hermanas y nuestros hermanos, a nuestros padres; pero, especialmente, a nuestras madres, por los motivos que le dan vida al siguiente texto, fundamentalmente relacionados con el papel que ellas jugaron como madres de todos: las madres del salón.


Sus sonrisas eran tan hermosas y refulgentes como la flor del marañón atrateño cuando cae lentamente, con cadencias de rocío o de colorida caricia, sobre la tierra y el barro de los patios de las casas de esas orillas silentes del río abajo, en donde se escuchan la brisa vespertina, los cantos de treinta y nueve pájaros diferentes y el rumor complacido del agua cuando la hiende suavemente el canalete del boga que en la tarde regresa en su esbelta canoa, después de recoger los anzuelos, revisar las catangas y cortar una mano de plátanos para la cena de ahora y el desayuno de mañana. Sonrisas tan amplias que en ellas cabíamos todos. Sonrisas tan sinceras que era inevitable terminar pensando –contentos por el privilegio- que estaban dirigidas exclusivamente a uno. Sonrisas tan acogedoras que daban ganas de quedarse a su alcance el resto del día. Sonrisas tan cariñosas que uno -de verdad- sentía que ellas a uno lo querían.

Señoras Terecila Serna Ramírez y Gladys Córdoba de Lemos.  Fotos cortesía de sus hijos.
Del mismo espíritu y la misma sustancia que su sonrisa, estaba hecha su generosidad cotidiana, permanente, invariable, en virtud de la cual compartían con nosotros hasta lo que no tenían. Un poquito de jugo de badea, lulo o borojó. Un trozo de cocada asada, de cuca, de envuelto de choclo o de pan caliente. Una totuma de agua de lluvia. Un plato de arroz vacío, de arroz con queso clavado o de arroz con longaniza. Una sopa de queso o un poquito de atollado. Un chontaduro, unas cuantas pepas de árbol del pan o de guama, un zapote, una guayaba, un marañón biche o maduro, un tarro de caña. Un helado de cubeta o de copita. Un vikingo aguado, medio congelado o congelado del todo, del color que uno lo escogiera. Un pedazo de queso de huequitos o del desborinador. Un saludo, un consejo o una ayuda a tiempo. Su permiso completo y una o varias mesas para que invadiéramos sus casas con nuestras tareas, con nuestra inocente socarronería y con nuestra hambre de adolescentes galgos de los que se comían cada uno una libra de arroz. El tocadiscos, la radiola o el equipo de sonido para que ocupáramos la sala de sus casas con nuestras risas, nuestras amigas y nuestros bailes de muchachos (“Quítate tú pa’ ponerme yo” … “En mi Cuba nace una mata que sin permiso no se pue’ tumbá” … “Vamos a bailar la murga, la murga de Panamá” … “Soy como la brisa que, siempre de prisa, no, no anuncia su partiiiiida” …). Todo esto, además de la sonrisa. Y más, muchísimo más.

Astrid Henao de Bolaños, Teresa Hermosillo Rodríguez,
Modesta Rentería de Figueroa y Digna Gamboa de Moya. 

Fotos cortesía de sus hijos.
Eran amas de casa, maestras de escuela, empleadas de oficina, modistas o costureras de las de máquina Singer de pedal, fabricantes de golosinas o comidas caseras (“Se venden helados, hielo, vikingos y gaseosas”. “Hay hielo”). Eran madres de varios hijos, en algunos casos de todos los tamaños. Como vecinas eran inmejorables. Eran gente del pueblo: conocidas por todo el mundo, bastaban un par de referencias para que de inmediato las identificaran. Ser sus hijos era cómodo y gratificante, era lo más cercano al orgullo que todos teníamos, aparte de nuestras calificaciones impecables y nuestros premios por aprovechamiento, conducta y disciplina, que eran el orgullo de ellas. Y por eso, muchas veces, se les aguaron los ojos en los actos de clausura del año escolar, pues tanta penuria regada por ahí en la vida se mitigaba con las buenas noticias que venían en las libretas de calificaciones, en los premios y reconocimientos, en las matrículas de honor y en las becas escolares, en la certeza de que no seríamos nosotros ninguna fuente adicional de problemas o dificultades para ellas.

Y, como si todo eso fuera poco, nos admiraban, nos alentaban, nos apoyaban. Admiraban, por ejemplo, la frescura de nuestra amistad de muchachos, una amistad de futbolito y baño en el aguacero recorriendo el pueblo para encontrar los mejores chorros de los techos de las casas; una amistad de tareas, derroteros para exámenes finales y bodas o comidas caseras preparadas por todos con los ingredientes que todos aportábamos; una amistad de recreo compartido en el patio de la escuela; una amistad de caminadas y paseos a La Platina, a Duatá, a Guayabal, a Cabí, a Tanando, a Tutunendo. Y nosotros admirábamos las amistades de ellas, por su antigüedad y su solidez (De verdad, ¿ustedes se conocen desde chiquitas?); el reconocimiento del que gozaban en el pueblo, la facilidad con la que resolvían los problemas de la vida, sus habilidades manuales, lo bonito de sus letras, la dignidad y la limpidez de su pobreza, su capacidad para contarnos historias sobre la Historia local y regional.

Nos alentaban siempre a seguir como íbamos, a no perder el rumbo por nada del mundo, a ser siempre amigos (“La amistad es de las cosas más bonitas que uno puede tener en la vida”), a soñar con llegar a ser alguien en la vida, a pensar que las dificultades y obstáculos del momento desaparecerían algún día y que ellas estarían vivas para cerciorarse de que así fuera. Nosotros las alentábamos diciéndoles que, cuando fuéramos grandes y trabajáramos, ellas no tendrían de qué preocuparse, porque nosotros les íbamos a ayudar a ellas y a nuestros hermanitos y nuestras hermanitas, a quienes cargábamos y hasta hacíamos dormir; las ayudábamos con los mandados y los oficios de la casa, para que no se sintieran tan solas en medio de tantas obligaciones; y charlábamos con ellas, les preguntábamos de todo, les contábamos todo.

Ellas nos apoyaban cuando les contábamos lo que queríamos ser cuando grandes, así ya nos hubieran advertido que para estudiar en la universidad sí no había con qué, que nos tocaba salir a trabajar; nos apoyaban, incluso, en las temporadas más difíciles, cuando en algunas casas no había mucho que echarle a la olla y por eso ni se prendía el fogón; cuando había que fiar en las tiendas  y recurrir a la solidaridad de las vecinas y de las mamás de nuestros amigos para pasar la mala racha; cuando ellas mismas, por momentos, no tenían más ilusiones que las que usaban para cogerse el pelo.

Nos admiraban, nos alentaban, nos apoyaban. Con su sonrisa, con su bondad, con su generosidad, nos amaban y -en algunos casos desde la eternidad- nos aman aún esas mujeres: Zenobia Salcedo de Asprilla (mamá de William), Astrid Henao de Bolaños (mamá de Rafael), Agustina Ampudia viuda de Córdoba (mamá de Jhon), Doris Durán de Chaverra (mamá de Adinel), Modesta Rentería de Figueroa (mamá de Jhalton), Florina Cuesta de Flórez (mamá de Dagoberto), Omaira Osorio de García (mamá de Luis Fernando), Lilia Tapias de González (mamá de Saúl y de Wilson), Agripina Ligia Córdoba Palacios (mamá de Valentín Guerrero), Gladys Córdoba de Lemos (mamá de Jesús Wagner), María Antonia Andrade (mamá de Víctor Julio Machado) Aura María Mena Córdoba (mamá de Segundo), Lucía Ortiz de Mena (mamá de Jesús Alito), Ana del Carmen Moreno de Moreno (mamá de Dualber), Virgelina Mosquera de Moreno (mamá de Melquisedec), Delfa Arce viuda de Mosquera (mamá de Jesús Erwin), Terecila Serna Ramírez (mamá de Jesús Alberto Moreno), Digna Emérita Gamboa de Moya (mamá de Jesús Alexis), María Tránsito Romaña (mamá de Fidelino Palacios), la mamá de José Ramírez Mosquera (a quien no conocimos porque ya no vivía cuando estudiamos con su hijo), Victoriana  Palacios Mena (mamá de Jairo Rentería), Francisca Moreno de Tréllez (mamá de José Mosley), Teresa Hermosillo Rodríguez (¡mi mamá!) y Zulma Morantes (mamá de Carlos Alberto Valdez).

¡Loada sea la memoria de estas mujeres, que dejaron su huella vital en nuestro ser! Gracias a ellas, en lo más alto del cielo de nuestras vidas siempre habrá un barrilete colorido como la esperanza, batiendo su larga cola, alegre como una ilusión.

05/08/2019


Maternidades colectivas (I)
20 de los 25 integrantes del Salón, en la Normal de Quibdó, el 28 de diciembre de 2017.

El grupo de 25 estudiantes del cual formé parte, que terminamos juntos la enseñanza secundaria en la Escuela Normal Superior para Varones de Quibdó, como se llamaba entonces, fuimos el mismo salón –con dos o tres variaciones apenas- entre 1° y 6° (actualmente 6° a Once, inexplicablemente sin el ordinal). Y de todos, hay un grupo de por lo menos 15 que, con ligeros cambios de grupo, hicimos juntos los cinco años de primaria. Con dos de ellos, Jesús Alito Mena Ortiz y Adinel Chaverra Durán, cursé los once años en el mismo salón; con Rafael de Jesús Bolaños Henao y Jesús Alexis Moya Gamboa cursamos 10 años juntos; con Jhalton Figueroa Rentería, 9 años. Y así sucesivamente.

De modo que imagínense los lazos que pueden haberse generado entre muchachos que pasamos juntos tantos y tan importantes años de nuestras vidas; no solamente en la escuela y el colegio, que duraban todo el día de lunes a viernes, sino también en actividades de fin de semana y, muchas veces, en las noches, cuando -además de condiscípulos- éramos vecinos. Estos lazos se extendieron a nuestras madres, algunas de las cuales se conocían desde mucho antes, cuando nosotros no alcanzábamos a ser ni siquiera un pensamiento de amor en sus vidas. Y por ello, cada muerte de una de ellas es para nosotros un acontecimiento que nos lleva a la historia compartida de nuestras vidas. 

Mamá Mode
La señora Modesta Rentería Cuesta de Figueroa era Maestra. Este sábado 3 de agosto de 2019 la acompañamos hasta el Cementerio San José, de Quibdó, en donde su cuerpo fue inhumado, en medio de la natural tristeza de sus hijas, de sus hijos, de toda su familia, de su hermano Carmelo, ese cedro de la chocoanidad, cuya reciedumbre estaba conmovida cuando llegó a la Catedral San Francisco de Asís del brazo de su hija Nigeria, quien mediante palabras escritas con la sencillez y la belleza propias del amor se despidió de su querida tía hasta que las lágrimas llegaron a sus ojos.

Funeral de la Señora Modesta, en la Catedral San Francisco de Asís, de Quibdó,
03 de agosto de 2019. Su ataúd es el de la derecha. Foto JCUH.

Cuando la conocimos, la Señora Modesta trabajaba en una escuela que se llamaba la Anexa Departamental, contigua al edificio principal de la entonces denominada Escuela Normal Superior para Varones, de Quibdó; en el monte de atrás, por el caminito que nos conducía al río Cabí. Era una escuela en la que, por razones que nunca supimos, solamente había un montón de cursos del grado 5° y no había ninguno de los demás grados. Aunque era maestra, siempre fue cómplice de nuestras pequeñas faltas escolares, tan insignificantes e ingenuas que hasta risa le daba cuando llegábamos –entre preocupados y asustados- a contarle nuestras pilatunas, mientras ella se fumaba un Pielroja sin filtro. Y se reía, con sus dientes blancos y disparejos, con sus pequeños ojos negros iluminados, con sus peinados de trencitas a la antigua, cuando las mujeres no se alisaban su pelo, sino que sacaban el tiempo para peinárselo bien peinado y lo lucían con la misma naturalidad con la que lucían sus ojos o sus manos o sus piernas o cualquier otra parte de su cuerpo, con la misma naturalidad con la que guardaban monedas entre los pliegues de las trenzas más gruesas, aquellas que se sostenían con unas pinzas muy
Ilusiones
sencillas, negras, que tenían un nombre tan bello que uno no puede menos que felicitar por su ingenio al publicista que eligió esta palabra como marca de un adminículo al parecer tan baladí: Ilusiones. Vaya a la tienda y me compra una ilusión, mandaban las mamás a sus hijos. Mi mamá que haga el favor y me venda una ilusión, pedían los hijos al tendero. ¿Tenés ilusiones, que me prestés una?, se decían entre vecinas. Ilusiones.

A la luz de los años que han pasado, he terminado imaginándome a la Señora Modesta como una especie de consejera y asesora previa o ex-ante (Advisor, podríamos también decir) de nuestra niñez, que nos preparaba para el inevitable encuentro con nuestras mamás, ese tenso e intimidante momento en el que –llegados a nuestras casas, nosotros, que éramos un dechado de virtudes- tendríamos que contarles por qué llegábamos a esa hora, si a esa hora debíamos estar en clase; y –peor aún- que nos habían rebajado en Conducta y en Disciplina porque nos habíamos volado de clase para ir a ver a Esmeralda, aquella telenovela de Venevisión de la cual lo sabíamos todo: que Delia Fiallo, una cubana que vivía en Venezuela, era la libretista; que el actor que hacía del Doctor Juan Pablo Peñalver (hijo del desalmado Rogelio Peñalver) se llamaba José Bardina y que se llamaba Lupita Ferrer aquella actriz, tan hermosa como una ilusión (pero, no de las de pinza del cabello), que hacía el papel de la joven ciega Esmeralda Rivera, cuya belleza no alcanzábamos a describir con el vocabulario del que disponíamos en ese momento, cuando teníamos entre 12 y 13 años.

Lupita Ferrer y José Bardina,
en Esmeralda.
Por supuesto, la telenovela de la transgresión escolar la veíamos allá en su casa del barrio Niño Jesús, que quedaba a escasos 5 minutos de la escuela. Una casa que, con el tiempo, se volvió de todos nosotros, los condiscípulos de Jhalton, su segundo hijo, quien fue el culpable de que nos mantuviéramos ahí metidos, incluso los fines de semana. Allí las puertas siempre estaban abiertas y el televisor prendido para que viéramos las telenovelas, como Esmeralda, y series norteamericanas como Viaje al fondo al mar o Perdidos en el espacio o Viaje a las estrellas. Allí la cocina siempre estaba disponible para nosotros, para que hiciéramos esas comidas colectivas de amigos, que se llamaban bodas, que cocinábamos entre todos y para las que cada uno llevaba los ingredientes que pudiera llevar. Cuando la Señora Modesta veía que la receta tenía algún grado de complejidad por fuera de nuestro alcance, de inmediato intervenía: como aquellas veces en las que comprábamos en la orilla del río varias ensartas de sardinas comunes o de rabicoloradas y dos o tres plátanos y ella nos hacía la respectiva fritanga o cocinaba bananos verdes para acompañar esos manjares crujientes que eran las sardinas.

El culmen de la complicidad de la Señora Modesta con nosotros fue aquella inolvidable mañana, hacia las 9 y media, cuando ya habíamos terminado la primaria y estábamos en el último grado de la secundaria (6° entonces), rumbo hacia el título que nos entregarían como primera promoción de Maestros Bachilleres de la Normal de Quibdó. Fuimos llegando en grupitos a la casa, hasta completar casi los 25 que conformábamos el salón, los mismos que habíamos pasado juntos los seis años de la Normal y varios que veníamos juntos desde Primerito de primaria; lo cual nos hacía un grupo compacto, compañeros de niñez, hermanos de la vida, amigos de todos los momentos de aquella vida pueblerina de aquel Quibdó en donde por las noches todavía hacía silencio.

No sabíamos cómo empezar a contarle a la señora Modesta lo que nos había pasado; pero, había que hacerlo. -Nos echaron, empezó no me acuerdo quién. -Y no podemos volver al colegio hasta el lunes (era miércoles) y debemos ir con los acudientes, añadió otro (siempre en la Normal hablaban de los acudientes, cuando las únicas que siempre acudían eran nuestras mamás). -Y si el problema no se arregla no nos dejan graduar y avisan a la Normal de Istmina y a la de Tadó y a las demás normales del país para que no nos den cupo, remató alguien más. Y Bolaños y yo le explicamos que era que nos había dado por apilar las sillas del salón, poniéndolas una encima de otra hasta que la torre tocaba el techo y se tambaleaba con muchas posibilidades de caerse; como parte de una protesta que incluía unos letreros que habíamos puesto en las columnas de los pasillos del primer piso, en los cuales manifestábamos nuestro descontento porque la cancha de fútbol de la Normal, que toda la vida había sido nuestro patio de recreo, nuestro campo deportivo, donde recibíamos las bastas clases de Educación Física con Efracho, uno de nuestros sitios de no hacer nada, se la estaba apropiando Coldeportes, la había cercado y no teníamos acceso a ella, como si fuera de ellos y no de nosotros, dizque porque allí iba a quedar el estadio de fútbol de Quibdó. Y eso no nos parecía justo con nosotros ni con la Normal, que perdía su cancha y a cambio no recibía nada.

La Señora Modesta nos escuchó, sin más interrupciones que las necesarias para precisar uno que otro dato del relato. Y nos dijo que la cosa sí era muy grave, que estaba muy preocupada, que no nos podían hacer eso porque entonces qué sería de nosotros, si no nos graduábamos. Nos dijo que era nuestro deber ir a contarles a nuestras mamás y que ellas iban a hacer todo lo posible para que no nos pasara nada. Nosotros no éramos conscientes de lo asustados que estábamos. Salimos en grupitos hacia nuestras casas y les contamos a nuestras mamás. Y ellas –como la Señora Modesta- también se preocuparon mucho y también dijeron que no nos podían hacer eso. Y hablaron entre ellas, quién sabe qué, sobre la reunión a la que tenían que ir el lunes, en donde se iba a decidir nuestro futuro. Yo recuerdo que mi mamá, Teresita, habló con su amiga de infancia, Astrid, la mamá de Bolaños; y con la Señora Digna, la mamá de Moya.

Finalmente, no nos pasó nada de eso. Nos graduamos un 7 de diciembre. Nuestras mamás, que a lo largo de los años de escuela y colegio habían terminado siendo tan amigas entre ellas como amigos éramos nosotros, fueron muy felices, quizás un poquito más que nosotros. Nos organizaron una comida en la casa de Melqui (donde Mamá Ina y Mamá Pacha) que quedaba al frente de la casa de Moya, esa casa donde la señora Digna tantas veces también nos había hecho sentir como en nuestra propia casa.

Sepelio de la Señora Modesta.
03.08.2017
Cuando el sacerdote asperjó por última vez agua bendita sobre el ataúd dentro del cual iba rumbo al cementerio la Señora Modesta, ahí en la puerta principal de la Catedral, eran las tres de la tarde pasadas. El sol había empezado a amainar, como para hacernos más llevadero el recorrido fúnebre. Viendo a Jhalton y a Juancho, a Mencho, Alba y Carlitos, y recordando al Chino, pensé que habían sido nuestros hermanitos y hermanitas en la infancia. Me sentí inmensamente afortunado de haber conocido a la Señora Modesta y haber sido beneficiario de su generosidad, de su hospitalidad y de su cariño, que en poco tiempo nos llevaron a todos los del salón a llamarla Mamá Mode. Y recordé la risa que a ella y a mi mamá les daba porque Jhalton y yo, durante tres años, tuvimos idéntica la letra, al punto que una vez Pacho Díaz nos acusó de haber intercambiado nuestras pruebas en un examen de Psicología: -como si estos dos muchachos necesitaran de eso, le dijo Modesta a mi mamá, quien estuvo a punto de hablar con el Rector de la Normal, Don Jorge Valencia Díaz, para decirle que le dijera al profesor que respetara, que Jhalton y yo no éramos ningunos pasteleros.

28/01/2019


El Profesor Roger
Historia
Nada tan limpio, refrescante, acogedor y bonito como las aguas de la quebrada Hugón en aquellos tiempos en que a los Anexos[1] nos llevaban de paseo a Guayabal, en una caminada cuya distancia acortábamos jugando y charlando o adelantándonos –mediante pequeñas degustaciones- al banquete que traíamos en ollas o en portacomidas de aluminio, cuando el reino del plástico aún no había comenzado.

Si el destino del paseo era Tutunendo, no veíamos la hora de llegar en la Línea o bus de escalera, para poder acceder a la contemplación de ese río transparente y teñido de verde por los árboles del monte, tan refrescante y bonito que daba gusto mirarlo y era un deleite escucharlo bajar raudo y elegante, acompasado, repleto de agua pura, transportando a su paso los reflejos del cielo y de la selva e incluso una que otra ilusión de la gente, cuando el reino del azogue, de la draga y de la motobomba aún no había comenzado.

Mariapalito. Foto JCUH
Pero, siempre, infaltablemente, tanta belleza, tanta frescura, tanta ilusión, tanta agua pura, tenían que esperarnos, pues en cuanto llegábamos caminando a Guayabal o en el bus a Tutunendo, luego de un pequeño descanso sentados por ahí en cualquier parte; el Profesor Roger nos reunía y nos decía que cuando uno llegaba a los pueblos lo primero que tenía que hacer era conocerlos, completamente, y buscar quién, preferiblemente la persona más vieja del lugar, le contara a uno la historia del pueblo; porque si así no se hacía el paseo incompleto quedaría y no de mucho serviría. Entonces, guiados por el Profesor Roger, caminábamos por Guayabal, caminábamos por Tutunendo, saludando a la gente que nos topábamos sentada en los dinteles de las puertas de sus casas, en los andenes de barro, en sus banquetas o en sus sillas Mariapalito o en el piso de tablas, o recostada en sus petates tendidos en la sala.

Cuando llegábamos donde la persona más vieja del pueblo, el Profesor Roger la saludaba cálidamente, con sincera cortesía y con respeto verdadero; le decía quiénes éramos los visitantes y con vivo interés le pedía que nos contara quiénes, cuándo, cómo, por qué, habían fundado ese pueblo, advirtiéndonos a nosotros sobre la importancia de escuchar con atención y en silencio la historia que ya empezaba a brotar, con palabras tan límpidas como Hugón, tan refrescantes como Tutunendo, de la boca del narrador o de la narradora de ocasión. Solamente cuando la historia terminaba podíamos acceder a la gloria de sentir aquellas aguas purificándonos y alegrándonos la vida, bajo el cuidado del Profesor Roger, satisfecho por habernos puesto al alcance de la sabiduría de esa especie de griot cuyas palabras durarían en nuestra infantil memoria durante muchos días.

➧Botánica
Aquella mañana, a primera hora, antes del recreo, el Profesor Roger nos dio un plazo de diez o quince minutos para que recogiéramos la mayor cantidad posible de hojas de todos los tamaños y formas, de todos los arbustos, matas y árboles que teníamos a nuestro alcance, ahí en ese pedazo de monte aledaño, en el camino que conducía hacia el barrio Niño Jesús, que se veía desde nuestro salón de clases de cuarto de primaria, en la Escuela Anexa a la Normal Nacional para Varones, de Quibdó.

Foto JCUH
Cuando terminamos la colecta, nos dijo que las agrupáramos según sus formas y nos fue pidiendo que le dijéramos en qué se asemejaban las de cada grupo que habíamos formado. Bajo su orientación, los grupos que cada uno de nosotros había formado se fueron sumando a grupos semejantes, hasta que formamos grupos más grandes de hojas y entre todos le fuimos explicando al Profesor Roger que unas eran más redondas que otras; que estas eran como alargadas; que unas terminaban en punta y parecían como triángulos, mientras que otras estaban como partidas y formadas por varias hojitas; y así, sucesivamente, hasta que el Profesor Roger, con aquella sonrisa bondadosa, fresca y cariñosa que tenía cuando estaba inspirado, fue cogiendo cada grupo y nos fue mostrando cosas que no habíamos visto y nos fue guiando para que, en coro, descubriéramos que había hojas en forma de corazón, en forma de huevo, como la palma de una mano, como lanzas, como flechas, hojas de 3 hojas, hojas de 5 hojas…Y así supimos que las hojas, según la forma del limbo, se clasificaban en acorazonadas, lanceoladas, sagitadas, ovaladas, palmeadas... Después aprendimos, también por nuestros propios ojos y usando nuestras propias manos, comparando, hablando, deduciendo, con la magistral orientación del Profesor Roger, que las hojas, según su borde, se clasificaban en lisas, lobuladas, dentadas o aserradas, partidas… Así como ya sabíamos que raíz, tallos, hojas, flores y frutos son las partes de una planta.

Antes de eso, en otra mañana fresca ahí en el mismo monte, cada uno con tres o cuatro hojas en la mano, habíamos aprendido, de la mano del Profesor Roger, que la superficie plana de la hoja se llamaba limbo o lámina: haz por encima, envés por debajo; que esas líneas o rayas que surcaban el limbo se llamaban nervaduras, siendo el nervio principal la raya que surcaba el centro y terminaba en la punta de la hoja, la cual se llamaba ápice; que la otra punta, a través de la cual la hoja estaba unida al tallo, se llamaba pecíolo o peciolo; que los lados se llamaban bordes; y otro montón de cosas más que el Profesor Roger complementó con uno de sus coloridos y hermosos dibujos en el tablero, los cuales hacía a puro pulso y con tizas de todos los colores. Todas estas cosas, y muchas más, además de haberlas visto en la Naturaleza, las tuvimos que dibujar en nuestros cuadernos, copiando como podíamos los artísticos dibujos del tablero.

➧Disciplina y Aprovechamiento
En ese momento, en la Escuela Anexa, éramos aproximadamente 300 alumnos, entre 7 y 11 años de edad, distribuidos en dos grupos por grado, A y B, de 1° a 5°. Los lunes, invariablemente, nos tocaba hacer fila por cursos en perfecta formación en el patio de la escuela, para recibir las instrucciones, consejos y admoniciones correspondientes, de parte de la maestra o del maestro que estuviera a cargo de la Disciplina durante esa semana. Eventualmente, cuando se trataba de un asunto trascendental como la clausura del año escolar o la bienvenida al mismo, quien se dirigía a nosotros era Don Arnulfo, el Director de la escuela, a quien todos reverenciábamos con sincero sentimiento.

Cuando el encargado era el Profesor Roger, como decían los mismos maestros para referirse al máximo de silencio posible, se podía oír el zumbido de una mosca mientras él hablaba. El silencio era tan majestuoso que él no necesitaba alzar la voz más que cuando decidía hacerlo para enfatizar algunas palabras, entre una y otra de esas pausas calculadas, que duraban segundos que nos parecían una eternidad.

El Profesor Roger se dirigía a “la comunidad”, como nos llamaban cuando estábamos así formados la totalidad de los alumnos de la escuela, desde el andén del pasadizo cubierto aledaño al cual quedaba el jardín escolar, presidido por una imagen de la Virgen María, a pocos pasos de la puerta de entrada al área donde estaban nuestros salones de clase: él de frente a la cancha de fútbol, nosotros de espaldas a ella. Pero, a ratos, se paseaba entre las filas, en silencio, observándonos, mirándonos, escrutándonos.

Hay dos puntos que el Profesor Roger siempre tocaba en aquellas intervenciones matutinas. Que por pobres que fuéramos no teníamos por qué ir a la escuela con la camisa o el overol rotos, que lo pobre no quitaba lo bien presentado, que en los rotos se podía poner un parche de tela, así fuera de otro color, y hacer un remiendo o rumbo; pues siempre era mejor llevar la ropa rumbiada que rota. Y que eso hasta uno mismo lo podía hacer, pidiéndole a la mamá hilo y aguja… Y que no tenía justificación alguna que si nosotros llegábamos a la escuela con anticipación nos pusiéramos a farolear por ahí, a ensuciar el uniforme sin siquiera haber empezado clases, en vez de ponernos a repasar, a estudiar, a calentar los cuadernos.

➧Escritura
Foto Cortesía.
De la mano de su letra clara y elegante, armónica y legible, aprendimos a escribir con estilógrafo, entre los diez y los once años de edad; incluyendo alcanzar la pericia suficiente para que la pluma nunca se torciera ni se inundara y para recargarla con la tinta que venía en esos frascos triangulares de vidrio, que tan bonitos nos parecían.

Alguna vez, cuando a varios de nosotros se nos acabó la tinta y a los compañeros que aún tenían no les alcanzaba para regalarnos una recarga del estilógrafo, así fuera incompleta, como era la costumbre entre nosotros; gracias al ingenio de quién sabe quién, recurrimos a las uvas de monte o uvas de perro que -en recreo o cuando íbamos para Cabí- comíamos hasta que los dientes y la lengua no podían estar más morados: exprimimos tantas como fueron necesarias para obtener la cantidad de jugo suficiente para recargar los estilógrafos, pensando en que nos duraran llenos hasta que en la casa nos dieran el dinero para comprar la tinta en la Papelería Santacoloma.

Obviamente, el Profesor Roger se dio cuenta de lo que habíamos hecho; pero, contrario a lo que esperábamos, su voz no tronó para regañarnos, sino que casi susurró para aconsejarnos que no lo volviéramos a hacer porque se nos dañaban los estilógrafos, se tapaban, según nos explicó; y nos dijo que los laváramos apenas llegáramos a la casa, como él nos había enseñado.

ROHINMO
Así, con una eficacia pedagógica envidiable, era como el Profesor Roger lo enseñaba todo. Quizá es por eso por lo que todos los que fuimos sus alumnos en el plantel educativo que entonces se llamaba Escuela Anexa a la Normal Nacional para Varones, de Quibdó, almacenamos en nuestras memorias cerebrales y vitales tantas cosas de aquella época en la que bajo su magisterio estuvimos. Sus clases -cuando no mediaban castigos para los pécoras- eran casi tan agradables como un paseo: uno siempre salía del salón con algo nuevo en la cabeza.

Cayenas. Foto JCUH
En ocasiones, por fuera del horario de clase o los sábados, uno pasaba por su casa, hecha de madera y zinc, bonita, medio levantada del piso con guayacanes, situada al frente de la casa cural de la Capilla de Fátima. Uno lo veía ahí sentado, trabajando en una mesa, en el interior o en el patio delantero o antejardín de la casa, en donde florecían cayenas y, si mal no estoy, hasta un palo de totumo había. Muchas veces lo que estaba haciendo era diligenciando, con la tinta negra de su estilógrafo, nuestras libretas de calificaciones y firmándolas con su firme y clara letra cursiva, con el acrónimo de su nombre completo: ROHINMO.

No supe cuándo, ni cómo, ni por qué, se murió el Profesor Roger. Solamente una vez, con Bolaños y no recuerdo quién más, cuando ya la Normal nos había graduado como Maestros-Bachilleres, lo volví a ver. Estaba por allá en ese callejón de La Yesquita en donde casi siempre acostumbraba a jugar Dominó o Rummy, con su media de aguardiente como compañía. Fue mutua la felicidad del breve reencuentro, fue edificante saber que permanecíamos en su memoria como él en la nuestra. Fue inevitable recordar, como hoy, que muchísimas cosas que con él aprendimos entre los diez y los once años, en 4° B y 5° B, nunca se nos olvidaron, como que el oro es tenaz, dúctil y maleable; o que el agua pura es inodora, insípida e incolora; o que la tierra gira sobre sí misma como un trompo gira sobre su herrón; o que todos los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren, incluso si son seres humanos tan buenos y maestros tan excelsos como el Profesor Roger Hinestroza Moreno.
Ilustración JCUH



[1] A los estudiantes de la Escuela Anexa todo el mundo en Quibdó los conocía como los Anexos.