02/11/2026

 Vicisitudes, alegrías e incertidumbres 
del casi octogenario Chocó 
—En el 79° aniversario de su creación como departamento— 

★La Opinión, de Quibdó, «Semanario liberal al servicio de la cultura y de los intereses chocoanos», fundado por Tomás de Aquino Moreno, registró con detalles la institucionalización del Chocó como departamento. A la izquierda, la noticia del nombramiento de Adán Arriaga Andrade como primer gobernador. A la derecha la noticia de la creación del departamento, con fotografías de Diego Luis Córdoba, Ramón Mosquera Rivas y Fernando Martínez Velásquez, tres de los artífices principales de este acontecimiento en el parlamento colombiano. FOTOS: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó.

«La creación del Departamento del Chocó es para la patria como admirar el amanecer a la orilla de un río. Porque el alma del hombre se llenó de alegría, y la alegría es signo de progreso». Arnoldo Palacios, 8 de noviembre de 1947.[1]

La codicia de 1954

Escasos siete de años habían pasado desde la promulgación de la Ley 13 del 3 de noviembre de 1947, «por la cual se crea el Departamento del Chocó», cuando, entre agosto y septiembre de 1954, el gobierno militar de Colombia se propuso ponerle fin como entidad territorial y distribuir su territorio y administración entre Antioquia, Caldas (que incluía los actuales Quindío y Risaralda) y Valle; los tres codiciosos vecinos cuyos empresarios, industriales y políticos, con evidente ánimo de lucro, habían convencido al General Rojas Pinilla de cometer este atropello. Un sólido movimiento, liderado básicamente por la misma intelectualidad y dirigencia nativa que había conseguido su creación, impidió su disolución; a través de la protesta firme, organizada y permanente, y la interposición de buenos oficios ante el régimen militar. Todo ello coordinado a través del Comité de Acción Chocoana.[2]

El magnicidio de 1948

El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán —quien había apoyado de manera importante la creación del departamento y cuyas ideas políticas eran afines a las del liberalismo chocoano— ya había alterado durante por lo menos dos o tres años la vida departamental del Chocó; restándole dinámica a su proceso de configuración institucional y al adelantamiento de sus primeras ejecutorias de progreso material para la región. El nombramiento de seis gobernadores entre 1948 y 1951 es una muestra de dicha perturbación. Reclamado en Bogotá por la dirigencia liberal nacional, el primer gobernador chocoano, Adán Arriaga Andrade,  renunció al cargo casi inmediatamente después de haberlo asumido para sumarse al grupo de dirigentes de su partido que le harían frente a la grave crisis en la que el magnicidio había sumido al país.

El incendio de 1966

Poco más de una década después, cuando, en medio de unas de cal y otras de arena, la institucionalidad departamental del Chocó había retomado su impulso; un incendio de significativas proporciones para la época, tanto por su ubicación y los sectores socioeconómicos y políticos que afectó, como por el tamaño y significado de lo que quemó, trastornó nuevamente la vida regional, por el inevitable influjo de su ocurrencia, el 26 de octubre de 1966, en la ciudad capital, Quibdó. Tanto la Gobernación como la Alcaldía, con el apoyo de la Presidencia, habrían de darle prioridad a la reconstrucción de las áreas afectadas de la ciudad y aprovecharían la oportunidad para conseguir que el gobierno nacional atendiera, por esta vía, otras urgencias de impacto regional, a través de la Corporación para el Desarrollo del Chocó, que había sido creada para hacerle frente a la tragedia y coordinar en adelante los planes y acciones de progreso regional.[3] Fue precisamente la Corporación la entidad que lideró, junto a la Gobernación, la atención del desastre ocasionado por una serie de tres sismos ocurridos en Bahía Solano en septiembre de 1970; al igual que coordinó la implementación de incipientes acueductos y alcantarillados locales, infraestructuras y proyectos de producción agrícola, barcos de mercadeo y aprovisionamiento fluvial, desecación y relleno de pantanos; y la actualización y elaboración de diversos planes de fomento regional por parte de entidades gubernamentales de la Nación como Planeación Nacional, con la colaboración académica inicial de la Universidad Nacional y la Universidad de los Andes.

Reportaje de la revista LIFE en español, edición de diciembre de 1966, sobre el incendio de Quibdó el 26 de octubre de ese año. FOTO: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó / Archivo personal José Suárez Vargas.

Magisterio y educación
No obstante el desajuste propiciado por la tragedia, el proceso de consolidación de una institucionalidad pública en el departamento del Chocó registró varios avances importantes. La educación fue uno de los sectores más destacados en ese sentido, con un notorio adelanto en cuanto a su cobertura rural y urbana, a finales de los 60 y durante la década de los 70, cuando el número de colegios y de escuelas rurales se incrementó notablemente. Tal expansión fue posible en gran parte por la oferta de maestras y maestros graduados en las escuelas normales del Chocó, que fue absorbida por el sistema oficial. Sin embargo, a mediados de los años 70, la cantidad de maestros y maestras que anualmente egresaban excedió el número de plazas disponibles en la región. Saturado el mercado laboral, se intensificó la emigración del magisterio chocoano hacia regiones apartadas de Colombia en donde sí había trabajo disponible e inmediato. Centenares de jóvenes recién titulados protagonizarían, de este modo, una especie de colonización educativa de amplias proporciones, en zonas de los antiguos Territorios Nacionales, como Casanare, Caquetá, Guaviare, entre otros; y en zonas distantes y de difícil acceso de departamentos como Antioquia y Norte de Santander. Fue así como se hizo completa realidad aquello de que en cualquier rincón del territorio colombiano ha habido un maestro chocoano; con un beneficio adicional e imprevisto: contrariando la tradición discriminatoria del país, estos sujetos afrocolombianos, afrochocoanos, serían vistos en tan lejanas tierras como portadores de la ilustración y el civismo para las nuevas generaciones de nativos y colonos que allí habitaban.

La UTCH

La década de los 70 trajo consigo, igualmente, un hito fundamental de la historia social y educativa regional: el nacimiento de la Universidad Tecnológica del Chocó «Diego Luis Córdoba» (UTCH), cuya primera y trascendental misión, la de profesionalizar el magisterio chocoano a través de su oferta de licenciaturas en Educación, fue cumplida diligentemente y con creces, antes de que la institución entrara en el marasmo que la condujo progresivamente a la aguda crisis administrativa, institucional y académica por la que pasa en la actualidad.

Iniciadas sus actividades en marzo de 1972, rápidamente la UTCH crecería no solamente en los procesos académicos propios de su misión; sino que, además, ganaría significativo apoyo del gobierno nacional para contar con su propia infraestructura y para adelantar procesos culturales de beneficio regional, como la promoción de actividades teatrales y de radiodifusión educativa, música y danzas folclóricas, y la publicación de obras de autores regionales, con apoyo institucional y en su propia imprenta: Gráficas Universitarias del Chocó. Gracias a estas acciones fue posible la difusión de trabajos icónicos de escritores como Miguel A. Caicedo Mena y César E. Rivas Lara. Los patrocinios para el mismo fin, por parte de entidades como la Beneficencia, la Lotería y la Fábrica de Licores del Chocó, complementarían esta labor; y gracias a ellos fue posible, por ejemplo, que en Quibdó y el Chocó se empezara a conocer la obra de Carlos Arturo Caicedo Licona, cuya calidad y novedad enriqueció el panorama de la literatura y la academia en la región. Estos tres autores se sumarían a insignes predecesores como Rogerio Velásquez Murillo, escritor, poeta, etnólogo e investigador, pionero y precursor de los estudios de comunidades negras en Colombia; Arnoldo Palacios, Carlos Arturo Truque, Hugo Salazar Valdés y otra serie de autores que, a lo largo del siglo XX, habían alcanzado un lugar en la literatura colombiana… Pero, lo bueno no dura. Tan encomiable y meritoria iniciativa editorial fenecería después de una década y así nuevos hitos de la literatura chocoana, como «Mi Cristo negro», de Teresa Martínez de Varela, vieron la luz con fondos propios de sus autoras y autores; o recibieron apoyos de otras iniciativas loables, como la de Gráficas La Aurora de la Diócesis de Quibdó, que publicó el primer poemario impreso de Isnel Mosquera, «El poeta del pueblo».

«El cobre, mísero metal del deslumbramiento»

Simultáneamente con los avances mencionados, otros vientos y otros modos de hacer política y gobernar, empezaron a soplar entonces y a ganar espacio en la vida nacional y regional. La nave de la institucionalidad chocoana comenzó a derivar, a perder el rumbo y a vivir en riesgo casi permanente de naufragio; en estados periódicos de penuria y desasosiego, con un timón sin guía, con un motor sin propela… Hace más de 30 años, el notable quibdoseño Alfredo Cújar Garcés, en su primera Columna de Mena Mena, en el entonces semanario Chocó 7 días, se lamentaba de la situación con estas palabras: «El hombre corrompe a las instituciones. Ese desaforado anhelo de enriquecimiento, a cualquier precio, ha desquiciado la estructura moral de nuestra gente, que perdió lo que antes fue objeto y motivo fundamental de la razón de vivir, deberes ciudadanos, consagración al servicio público y el bien colectivo, el honor y la tradición familiar. Todo ello a cambio del engaño, la doblez, la traición, la desvergüenza y todos los vicios que degeneraron la figura austera, sana y conviviente, característica del hombre chocoano». Y hace más de 20 años, cuando ya su columna era célebre entre los lectores semanales de Chocó 7 días, Mena Mena concluyó rotundamente: «Brilló más el oro distintivo del auge económico y pelamos el cobre, mísero metal del deslumbramiento».[4]

El movimiento cívico

La paulatina entrada en declive de las ejecutorias del departamento del Chocó en pro de su población, cada vez más numerosa y más necesitada; incidió en el resurgimiento de los movimientos sociales, como respuesta a la crisis y demanda de soluciones. Inspirado en las gestas del Comité de Acción Chocoana, que en 1954 impidieron la disolución y supresión del Chocó como departamento; en el paro cívico regional de 1965, conducido por el Comité de Salvación Pública del Chocó, contra los atropellos de la empresa minera gringa Chocó Pacífico; y en la Huelga de Agua y Luz de agosto de 1967; el Movimiento Cívico Regional del Chocó llevó a cabo uno de los paros de mayor trascendencia en la historia de la protesta social en el Chocó, entre el 26 y el 30 de mayo de 1987. «…El Chocó languidecía en la desesperanza y el retroceso, bajo el yugo del gobierno gris de Virgilio Barco y de una sumisa dirigencia política regional, solo preocupada por sus pequeños intereses personales. Crecía la distancia del Chocó frente al resto del país en todos los órdenes. No existía un metro de vía pavimentada y viajar entre Quibdó e Istmina era un suplicio, por la demora con el viejo ferry en el cruce del río Atrato en Yuto y los avatares propios de una carretera destapada. La Universidad Tecnológica caminaba en medio de muchas dificultades presupuestales y locativas. La vía al mar, el viejo anhelo de avanzar en la integración del Chocó, estaba paralizada y solo se había construido el pequeño tramo Ánimas-Puerto Nuevo. Hablar por teléfono era un privilegio y no era posible llegar en carro a Condoto por falta del puente»; anotó, 32 años después de aquel histórico paro, el Editorial del semanario Chocó 7 días.[5] A partir de entonces, bajo la guía del Comité Cívico por la Salvación y la Dignidad del Chocó, amplios sectores de la población han combinado el diálogo y la concertación con la movilización en las calles y en las plazas, para reivindicar nuevas demandas y para exigir el cumplimiento de los pactos no honrados por los sucesivos gobiernos nacionales.

La Ciudadela Universitaria, campus de la UTCH, fue uno de los logros del Paro Cívico Regional de 1987. Foto: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó.

Reivindicaciones étnicas
Finalizando los años 80, el movimiento indígena del Chocó llegaba a la primera década de un proceso sostenido de reivindicación de los derechos de los pueblos embera y wounaan, a través de su organización regional, OREWA. Resumidas sus luchas en los propósitos estratégicos de «Unidad, Tierra, Cultura y Autonomía», las comunidades indígenas del Chocó trabajaban con ahínco y admirable persistencia en conseguir que el Estado reconociera la propiedad colectiva de sus territorios, a través de la titulación de resguardos por parte del Incora; que sus lenguas y sus formas propias de educación fueran oficiales en sus comunidades y centros educativos; que sus finos conocimientos de la Naturaleza fueran incluidos en los programas de salud pública; y así, sucesivamente, que Colombia y el Chocó los reconocieran y respetaran en todas las materias como seres humanos dignos y sujetos de derechos; como integrantes plenos de la región chocoana y de la nación colombiana.

Emulando las luchas indígenas, y con el apoyo integral del Vicariato y posterior Diócesis de Quibdó, bajo la orientación del Obispo Jorge Iván Castaño Rubio y de misioneros como el chocoano Gonzalo de la Torre; las comunidades campesinas del Atrato comenzaron también sus propios procesos organizativos, que motivaron el surgimiento de movimientos similares en tierras del San Juan y el Baudó. El autorreconocimiento de la historia, la tradición cultural, las formas culturales de posesión y uso de la tierra, y los usos y costumbres construidos en más de siglo y medio de poblamiento; serían la base para la reivindicación de la identidad étnica negra, afrochocoana, que conduciría a la compleja reivindicación de la propiedad colectiva, cuyo colofón formal fue la Ley 70 de 1993 o ley de comunidades negras, sancionada por el presidente de la república en Quibdó, el 27 de agosto de ese año.

Tragedia humanitaria

La década de los 90 trajo consigo lo que nadie hubiera querido para la región: la incorporación forzada de su territorio y su población al conflicto armado interno colombiano, incluyendo sus nuevas y más atroces expresiones, y la consiguiente sucesión de todo tipo de violaciones de derechos humanos e infracciones al derecho internacional humanitario. La reconfiguración demográfica de ciudades como Quibdó, que llegó a convertirse en la mayor receptora de víctimas de desplazamiento forzado en Colombia, fue de tal magnitud que otra ciudad, equivalente a la mitad de la original, creció en su antigua periferia. La enorme crisis humanitaria, que hasta nuestros días persiste, se convirtió en triste parte de la cotidianidad para vastas zonas rurales de territorios colectivos de comunidades negras y resguardos indígenas, en todos los municipios del Chocó; mientras en las zonas urbanas expresiones armadas y procesos de control territorial de nuevo cuño empezaron a regir hasta los más mínimos detalles de la cotidianidad de barrios y vecindarios… La vida de la región chocoana fue progresivamente militarizada, paramilitarizada y violentada de todas las formas posibles; de modo tal que la existencia de gran parte de la población chocoana siempre está en riesgo y sus esperanzas —reemplazadas abruptamente por el miedo y la zozobra— no encuentran asidero simbólico ni material que las alimente.

La masacre de Bojayá, ocurrida el 2 de mayo de 2002 en el templo de San Pablo Apóstol, en el poblado de Bellavista, situado en la margen izquierda del río Atrato, es una especie de epítome de la degradación del conflicto armado colombiano en el Chocó. En la escena, el Padre Antún Ramos, quien era el párroco de Bellavista y sobrevivió a la masacre, recoge el Cristo Mutilado, que como símbolo de la espantosa tragedia fue recientemente declarado bien de interés cultural del ámbito nacional, por su valor histórico para la memoria del conflicto y en homenaje a las víctimas, los sobrevivientes y sus familias. FOTO: AFP / Archivo El Espectador.

Preguntas y respuestas
Hoy, la conmemoración de sus 79 años de vida institucional como departamento, luego de 40 años como Intendencia Nacional, coge al Chocó en pleno ambiente de reconstrucción material, después del desastre regional ocasionado por el terremoto del 10 de agosto de 2026. Casi octogenario, el Chocó se enfrenta hoy a las mismas o similares preguntas, de cuando fue instituido departamento, acerca de su progreso material, su desarrollo económico y el bienestar social de su gente. En las vicisitudes, alegrías e incertidumbres de estos casi 80 años de vida departamental, quizás se hallen las claves para saber con mayor certeza cuáles son las preguntas y las respuestas con las cuales hacerle honor y justicia a los pueblos y a las comunidades que conforman la chocoanidad; a la garantía de cuyos derechos se debe primordialmente —de modo indeclinable— cualquier acción coherente de progreso, desarrollo y bienestar.

Naturaleza

«Desde arriba veíamos la extensión de tierra chocoana, cubierta de selva apretada e impasible. De vez en cuando advertíamos al fondo algo así como imágenes de caseríos. Pero todo estaba regado de ríos, que desde encima parecían acequias de plata. Era bello el panorama»; escribió el 16 de agosto de 1947 —en el influyente semanario liberal Sábado, de Bogotá— el escritor certegueño Arnoldo Palacios, como parte de su relato de un viaje aéreo entre Medellín y Quibdó.[6]  Casi ocho años después, en la primera de sus dieciocho crónicas escritas durante la Caravana Nacional de Periodistas al Chocó, la escritora quibdoseña Teresa Martínez de Varela narró así su impresión sobre el paisaje chocoano durante un vuelo entre Quibdó y Buenaventura: «Durante una hora y cuarenta y cinco minutos estuve mirando siempre la misma exuberante selva. Esta que no conoce el latifundio ni el ruido de un buldócer. Entre ella, como blancas serpientes, se ven los ríos, y los pueblos aparecen como manchitas blancas en una alfombra verde».[7]

Arnoldo de los Santos y Teresa de Jesús coinciden en la visión de una selva chocoana prístina, con sus ríos y sus pueblos vivos y visibles. Bella y exuberante visión, que año tras año deja de serlo. Lo que hoy vemos desde el avión, cuando al Chocó divisamos, es una selva herida, de ríos amarillentos y ocres, verduzcos y bermellones, de quebradas extraviadas, de orillas destrozadas. Quizás aún estemos a tiempo de devolverle a la vida cotidiana del chocoano promedio, y a la vista del viajero cuando surca los cielos, una buena parte de aquel paisaje, antes de que sea irremediable su destrucción… Sin la base natural no habrá ningún desarrollo posible. 

«¿Pa' qué zapatos si no hay casa?», le responde Chinga a Mónica con una pregunta sobre la dignidad; en La Vendedora de Rosas, la premiada película de Víctor Gaviria.



[1] Arnoldo Palacios. Heraldos de un nuevo día. Semanario Sábado, 8 de noviembre de 1947. En: Arnoldo Palacios. Cuando yo empezaba. Biblioteca Digital de Bogotá. Edición digital: Bogotá, febrero de 2014. ISBN: 978-958-8877-13-6. 155 pp. (45-52). Pág. 45.

[2] Sobre este acontecimiento histórico regional, se pueden leer en El Guarengue:

*El Comité de Acción Chocoana (1954) y la codicia del vecindario.

https://miguarengue.blogspot.com/2026/02/el-comite-de-accion-chocoana-1954-y-la.html

*Banderas: Un poema de Miguel A. Caicedo sobre las protestas de 1954 en el Chocó.

https://miguarengue.blogspot.com/2026/02/banderas-un-poema-de-miguel-a.html

[3] Esta corporación se convirtió posteriormente en la actual Codechocó, cuando fueron creadas en Colombia las autoridades ambientales regionales.

[4] Alfredo Cújar Garcés, ¿El triste espectáculo de la desinstitucionalización del Chocó? En: Chocó 7 días, La Columna de Mena Mena, 7 de noviembre de 2003.

[5] Chocó 7 días. Edición N° 1218. Editorial: El paro cívico de 1987. Quibdó, mayo 31 a junio 6 de 2019.

[6] Arnoldo Palacios, Chocó, país exótico. Semanario Sábado, 16 de agosto de 1947. En: Arnoldo Palacios, Cuando yo empezaba. Biblioteca Digital de Bogotá. Edición digital: Bogotá, febrero de 2014. ISBN: 978-958-8877-13-6. 155 pp. (39-44), pág. 39-40.

[7] Teresa Martínez de Varela, Caravana de periodistas por dentro. Odisea de los Cuna-Cunas del Darién, Medellín, Universidad CES-Editorial CES, 2023. Colección Raíces. ISBN: 978-958-5101-97-5. 184 páginas. Pág. 32.

6 comentarios:

  1. Gracias Julio por la reflexión y el recorrido sobre nuestro pasado, presente y futuro como región. El que tega oídos para oír que oiga
    JEPV

    ResponderBorrar
  2. Excelente mi estimado Julio Cesar, gracias por ayudarnos a soñar con nuestro Choco´ y su futuro.

    ResponderBorrar
  3. Una excelente radiografía, ojalá en los 80 años levanten un busto en homenaje a Adán Arriaga, el primer gobernador en propiedad, en la entrada de la gobernación; y realicen un ciclo de conferencias, especie de balance sobre un antes y un después...

    José E. Mosquera

    ResponderBorrar
  4. Inefable columna que debería ser leida por todos los chocoanos. Primero para que conozcan la historia y después para que reflexionemos sobre lo que hemos hecho de este maltratado y maltrajiado departamento.

    ResponderBorrar
  5. Hola Julio César! Gracias por tan buena narración de los principales momentos de nuestro terruño. Y traer a colación la descripción tan clara y precisa de Don Alfredo Cujar Garcés acerca de la pérdida de valores de nuestros dirigentes.

    Jorge Valencia Valencia

    ResponderBorrar
  6. Excelente recorrido histórico del Chocó; yo siempre he pensado que el magisterio es el mejor legado que ha tenido ha tenido el Chocó; a través del magisterio, el Chocó ha sido reconocido y gracias a su labor Colombia ha cambiado la percepción frente al departamento y frente a los negros en general.

    Jesús Alito Mena Ortiz, Florencia (Caquetá)

    ResponderBorrar

Sus comentarios son siempre bienvenidos. Gracias.