11/12/2023

 El Padre Napo, el cura que siempre quiso ser cura
-Conversación a propósito de sus 40 años como sacerdote-
El Padre Napo es uno de los pioneros
de la presencia afro en el ámbito eclesial.
Foto: MOE

Manuel Napoleón García Anaya (Manolo, Napo, el Padre Napo) es un cura afrocolombiano nacido en Lorica (Córdoba) a orillas del río Sinú, el 2 de diciembre de 1959, del matrimonio entre Napoleón García Ramírez y Ahida Anaya Negrete; criado en Unguía y en Gilgal, en el Darién chocoano, donde se encuentra el Parque Arqueológico Santa María la Antigua del Darién, que fue la primera ciudad y diócesis que la colonia española estableció en América.

El Padre Napo está celebrando 40 años de haber sido investido como sacerdote católico. Su ceremonia de ordenación sacerdotal se llevó a cabo en Unguía (Chocó), el 10 de diciembre de 1983, con la presencia de los obispos Pedro Grau Arola y Jorge Iván Castaño Rubio. En ese momento, en Colombia aún se contaban con los dedos de las manos los sacerdotes afrodescendientes y, si bien la mirada étnica empezaba a cobrar fuerza, de la mano de conceptos como el de iglesia inculturada e iglesia de los pobres, y de pioneros como Gerardo Valencia Cano, quien ya había fallecido, después de casi 20 años como Vicario Apostólico de Buenaventura; y el misionero claretiano Gonzalo María de la Torre Guerrero, en el Chocó; el llamado rostro negro de la iglesia no solamente seguía aún bastante oculto, sino que también era frecuentemente invisibilizado.

De ese contexto se deriva la enorme importancia que tiene, como hito en la historia de la iglesia chocoana, la ordenación sacerdotal de Manuel Napoleón García Anaya, cuya juventud e inteligencia (tenía 24 años cuando se ordenó) contribuyeron desde el primer momento a la renovación eclesiástica de la Diócesis de Quibdó, promovida por el obispo Jorge Iván Castaño Rubio; que derivaría, entre otras cosas, en la institucionalización de la pastoral afroamericana, la etnoeducación, la organización campesina e indígena, la reivindicación étnica y territorial de pueblos indígenas y comunidades afrochocoanas... todo ello en torno a la opción fundamental por la vida, que era una especie de sello de compromiso del Plan de Pastoral con el que Monseñor Castaño guiaría su trabajo durante todo el tiempo que estuvo en Quibdó.

Para escuchar de su propia voz el resumen de su itinerario vital como sacerdote con 40 años de ministerio, su mirada retrospectiva y sus opiniones, conversamos con el Padre Napo, el hombre que, según decían en una época en Quibdó, es el único negro al que iban a nombrar obispo y él no quiso.[1]

Julio César Uribe Hermocillo/El Guarengue: ¿Qué te lleva a tomar la decisión de convertirte en sacerdote? ¿Dónde estabas y en qué circunstancias tomas esa decisión?

Manuel Napoleón García Anaya (Padre Napo): Pienso que fue algo muy providencial. Siempre, a los sacerdotes nos enseñan que la vocación es un llamado divino, que uno no sabe cuándo o cómo ocurre. Te cuento que yo mismo me asombro, porque yo creería que desde que tengo conciencia, a los cuatro o cinco años, yo dije: Yo quiero ser Padre. Tal vez recuerdo alguno de los misioneros que fueron por allá por Unguía, que alguno andaba con su sotanita blanca y en algo me llamó la atención. No olvidar además la influencia de mi familia: mis padres siempre fueron muy religiosos. Mi madre dice que ella tentó la vida religiosa en la adolescencia; pero que la familia no la apoyó, allá en Lorica…

La figura que me inspiró fue la de Alcides Fernández, gran misionero claretiano, tú sabes que quieren abrir su causa de canonización; y él fue el que me inspiró también de alguna manera y acompañó mi infancia. Y cuando yo tenía ocho años, un pelaíto de escuela, cómo es que mis padres toman en serio mi palabra. Y le dicen al Padre Alcides: el niño dice que quiere ser sacerdote. El Padre les dice: pues yo me lo llevo. Y entonces a los 9 años me montó en el avión y me llevó al pueblo que él acababa de fundar: Balboa. Y allí conocí no solo a Justa Victoria Sánchez, Fredy, todos sus hermanos y toda su familia; sino que estuve un año bajo la tutela del sacerdote; pero, sobre todo (yo no vivía en la parroquia) una experiencia muy interesante. Él me consiguió una familia campesina paisa con los cuales yo vivía y hacía mis estudios, en la escuela: era un niño adelantado, porque tenía 9 años, hacía quinto de escuela y me preguntaban: ¿Y tú qué viniste a hacer acá? Yo quiero ser Padre. Yo vine acá a prepararme para ser Padre… Imagínate tú… Así que es algo que me acompañó toda la vida…

Y de allí seguí derechito al seminario menor, en El Carmen de Atrato, hasta 4° de bachillerato. Luego nos mandaron a Jericó a hacer 5° y 6°. De allí al Seminario Intermisional a hacer Filosofía. O sea que anduve mi caminito derecho. Y una cosa de la que uno se asombra es de todas las deserciones: desde que comencé el bachillerato las decenas y decenas de compañeros que también tenían la misma intención, pero por las circunstancias de la vida y las decisiones personales, iban desertando, desertando, desertando, desertando, caían a mi izquierda mil y a mi derecha diez mil, como dice el salmo[2]. Y bueno, imagínate, logré tener esa bendición y llegar hasta ese punto… No sin algunos tropiezos en el seminario. Me acuerdo que en el año 1981, allá en Bogotá, un rector del seminario hizo una lavada y echó un poco de gente…de pronto en esos años, que tú has de recordar, éramos como de ideas muy socialistas, los estudiantes universitarios tirapiedras… Yo, aunque era seminarista, participaba un poco y tenía algunas ideas divergentes. Me acuerdo haber criticado en alguna clase, en algún comentario al en ese momento Cardenal Aníbal Muñoz Duque, que además tenía cargo de Brigadier General… Eran los años de la seguridad nacional, si recuerdas, de los tiempos de Julio César Turbay… Yo expresé algunos comentarios, en alguna misa, en alguna clase. Eso me descalificó. Dijeron: este tipo tiene algunas ideas que no convienen, no convienen. Y la verdad fue que me expulsaron. Pero, afortunadamente, Pedro Grau[3] me comprendió y me acogió, y me dijo; pásate para acá… Y entonces fui a la Universidad Javeriana, y allí hice un año de Teología. Vivía con unos religiosos carmelitas, en el barrio Kennedy, de Bogotá; era un grupo de seminaristas que estudiaban en la universidad. Y ya luego el obispo Pedro Grau me dijo: vete al seminario de nuevo. Y entonces fui a terminar a Cristo Sacerdote[4], en La Ceja (Antioquia). Allí hice los últimos dos años. Siempre ya muy ensotanao, te cuento. Ahí ya conseguí sotana, porque era como de rigor para los actos litúrgicos y a mí me gustaba porque me protegía en el clima frío…

1984. A la derecha, el Padre Napo y Bernardo Moreno. Al centro los obispos Grau y Castaño Rubio. Agachados: los hermanos Samuel y Gabriel Jiménez Zapata. De pie: Fabio Jaramillo, Jesús María Urán, Héctor Moya, William Gallego, Héctor Ignacio Zapata, José María Vásquez y Rodrigo Maya Yepes. FOTO: Cortesía Padre Napo.

JCUH/El Guarengue: ¿Cuál fue tu primer encargo o destino como presbítero, tu primera responsabilidad, y cómo la viviste?

Padre Napo: Vine a la parroquia de Fátima[5] como coadjutor de Rodolfo Sánchez. Y me encargaron Río Quito. De manera que lo primero fue la fiesta de Paimadó, La Candelaria. Ese año recorrí mucho Río Pató, Villa Conto… La parroquia era tan grande que también los fines de semana estaba siempre por allá: San José y San Martín de Purré, Cabí, Pacurita. Ya en esos años empezaba el movimiento organizativo campesino. Me acuerdo haber llevado al equipo de las Seglares Claretianas a talleres organizativos en Purré, en Cabí. Además, como oficio, en ese entonces yo daba clases en la Normal de Varones de Quibdó, clase de Religión, en la semana. Me movía en una bicicleta, y llegaba sudaíto a la Normal y los pelaos apenas se reían… Así que en semana allá y los fines de semana sagradamente para los ríos, que siempre me han gustado: fíjate que ahora ando por acá en el Medio Atrato y ahora en la Navidad me voy a meter unos días a Munguidó.

JCUH/El Guarengue: Dime sinceramente cómo viviste la experiencia de un obispo literalmente conservador, preconciliar, como Pedro Grau, y el paso posterior al trabajo con alguien como Jorge Iván Castaño Rubio, muy posconciliar, que literalmente revolucionó la iglesia en el Chocó…

Padre Napo: Muy enriquecedora la experiencia de tener dos líderes, de dos patrones y de dos escuelas distintas. La primera me parece valiosa porque… y ahí, antes de entrar, lo ligo al hecho de haber estado en el Seminario de Cristo Sacerdote, que es un seminario de curas rezanderos y ensotanaos, y haber estado en el Intermisional y el Conciliar de Bogotá, que es un seminario de mentalidad más abierta (había Teología de la Liberación) e inclusive la Universidad Javeriana en Teología. Esos dos mundos me parece que fueron enriquecedores. ¿Por qué? Porque me parece que el cura debe tener un componente muy valioso de espiritualidad, de liturgia, de devoción, de sacramento; y a la vez un componente fundamental de sensibilidad social, de compromiso con el pueblo; o sea, como la mano izquierda y la derecha… A mí me parece enriquecedor el haber participado de esos dos espíritus. Y entonces, por lo tanto, el haber acompañado ese nacimiento de la experiencia de Jorge Iván Castaño…

Como curiosidad, te cuento que cuando Jorge Iván Castaño fue nominado como obispo, yo era Diácono, estudiaba mi último año de Teología en La Ceja, y Jorge Iván se averiguó y mandó a que me buscaran, para que le acompañara en su misa de consagración episcopal[6], en la Catedral de Medellín. Y entonces, yo estuve allí, acompañándolo, como un cura negro, con la Dalmática, que es el ornamento elegante que usan los diáconos para ceremonias pontificias… Entonces, allí estuve. Y luego Monseñor Castaño se posesionó en Quibdó y ya a la semana siguiente invitó a una primera reunión a sus evangelizadores para empezar ese proceso de renovación. Y ya yo estaba allí como parte del proceso.

JCUH/El Guarengue: Aunque por modestia le restes importancia al asunto, tu ordenación sacerdotal hace 40 años marca un hito en la historia de la iglesia en el Chocó. Cuando tú llegas a Quibdó, solamente está el Padre Hérbert, a quien poco le interesaba el movimiento étnico y social que se estaba gestando; y los claretianos chocoanos Wilson Cuevas y Antonio Mena… Así que en el Vicariato, y poco después Diócesis, eras realmente pionero. ¿Cómo te aproximaste a la causa étnica negra, estudiando desde tan joven en seminarios ajenos a dichas dinámicas…?

Padre Napo: Cuando estaba estudiando en Bogotá, allí conocí a Amir Smith, el gran líder, que realmente fue un pionero, el hombre que nos gritaba en el centro de Bogotá, en plena Carrera Séptima: ¡¡¡Negroooo!!! Y uno se sorprendía. Y esperaba y él te alcanzaba… ¿Qué haces? ¿Qué has venido a hacer aquí? Y entonces yo digo: no, yo estoy en el seminario. ¿Y eso para qué… qué estás estudiando? Filosofía. ¿Y eso le sirve al pueblo negro? Y uno pues no sabía como qué responder. Pero esa interpelación era una vaina potente, que te llamaba de una vez, y te llevaba y te regalaba periódicos “Presencia Negra”. Y uno empezaba a leer cosas que uno no sabía, ni conocía, ahí empezaba como la sensibilidad. Yo llevaba al seminario los periódicos Presencia Negra. Mis compañeros de Buenaventura, Tumaco: ey, mirá, esto está bueno, está interesante… Empezamos a conocer cuestiones de líderes, de pensadores, de escritores afro del resto del mundo.

Luego, recuerdo mucho que, en 1983, que fue mi último año en el seminario de La Ceja, Rafael Savoia, sacerdote italiano, misionero comboniano[7], mire usted, blanco, italiano, va y me localiza. Allá llegó una tarde al seminario y preguntó: aquí hay un muchacho que es diácono, negro. Y me dice: hermano, vamos a iniciar los EPA (Encuentros de Pastoral Afroamericana)[8]. Hay un encuentro en Ecuador y quiero que vayas. Y yo, pues, imagínate tú…

De manera que esos fueron los comienzos en materia de la sensibilidad con lo afro, con la pastoral afro, y allí empezamos como a liderar eso; de lo cual debo reconocer que gracias al trabajo, a esa semillita que nosotros sembramos, también Antonio Mena se interesó en esos tiempos. Y luego el trabajo de las Seglares Claretianas, que Gonzalo de la Torre lideró en el Medio Atrato, fue realmente lo que fructificó en lo que hoy en día tenemos como grandes logros: Ley 70, y toda esa otra visibilización de la afrocolombianidad en Colombia. Entonces, me parece que, en ese sentido, pues se sembró una semilla valiosa.

Amir Smith Córdoba, Rafael Savoia y Gonzalo de la Torre
fueron inspiradores del compromiso afro del Padre Napo.
FOTOS: Univalle, Revista Iglesia sin Fronteras y Archivo El Guarengue
JCUH/El Guarengue: Y se juntaron todas las cosas, se alinearon los planetas, como se dice, en un círculo virtuoso: Amir Smith en Bogotá; un nuevo obispo en Quibdó; el contacto con Rafael Savoia, que es uno de los pioneros de la pastoral afro en la iglesia continental; Gonzalo de la Torre y su maravilloso trabajo en el Medio Atrato; etcétera, etcétera… Se junta todo, ¿no?

Padre Napo: Indudablemente. Yo hoy en día, en este año, cuando se han celebrado los 30 años de la Ley 70, me llama la atención el poco de padres que se autoadjudican la Ley 70, ¿no? La cantidad de personas que dicen: nosotros fuimos, nosotros fuimos… pero, no dejo de admirar que ese es el resultado realmente del trabajo, digo yo, sobre todo de Gonzalo de la Torre y su equipo, y que de pronto en ese momento no se supo apreciar y recibió tantas críticas de parte de la misma iglesia, de algunos compañeros nuestros… Pero, mire usted, la historia termina dándoles la razón, la sabiduría le da a sus hijos la razón.

JCUH/El Guarengue: Napo, ¿cómo es esa especie de mito urbano de Quibdó, según el cual tú eres el único chocoano al que iban a nombrar de obispo y no quiso?

Padre Napo: Ese es un tema interesante. Cuando yo apenas llevaba dos años, en realidad uno y medio, Monseñor Jorge Iván Castaño me consiguió una beca para irme a estudiar a Roma. Entonces le pregunté a Gonzalo de la Torre, entre las cosas que me sugerían en el catálogo, qué podía estudiar yo…entonces él me dijo; estudiá Biblia. Le dije: listo, voy a estudiar Biblia. Todo ello se enmarca dentro de la estrategia eclesial de preparar a los sacerdotes para que sean líderes y posiblemente sean obispos; pues, tú sabes, Roma prepara sus sacerdotes y preferible si se forman en las escuelas romanas. Entonces, yo fui con una beca a la Universidad Urbaniana, de Roma, una universidad de la Santa Sede, de Propaganda Fide, como quien dice, a hacer el curso introductorio para obispo, y estuve allá juicioso, me gradué con honores y regresé.

De allí, resultó en los años siguientes una especie de leyenda, se podría decir como de esos mitos populares o vox populi: El Padre Napo fue el chocoano que mandaron a que se formara como obispo y después él no quiso. Y vos oís a algunos chocoanos que me ven y dicen: mirá, el único chocoano que lo iban a escoger obispo y él no quiso. Y te cuento que eso no es del todo falso, en la medida en que a uno lo mandaron a que hiciera el curso. Pero, ya después, sí debo decir que -digamos, después de estudiar en Roma- yo no me apliqué a hacer el curso para ser escogido, porque de alguna manera en esos tiempos no me gustó como ese tipo de vida como conventual que llevaban y todavía, de alguna manera, llevan los prelados… Es decir, ser escogido obispo es un honor personal y de grande orgullo, de gran aprecio dentro de la iglesia y de una sociedad católica; pero, para mi manera de ser, meterse en esos conventos, a llevar una vida de machosolos, dedicarse a cuestiones eclesiales todo el tiempo, de pronto ese tipo de vida no iba como con mi espíritu, y por eso esa afirmación no es del todo falsa; o sea, digamos: yo no me apliqué a hacer el curso. Eso hubiera significado como uno dedicarse a ser más conventual, más rezandero, estar más dentro del canon, estar más como echándole el incienso a los jefes, atendiendo al obispo, andar uno con clériman todo el tiempo, este tipo de cosas, ¿no? Entonces, yo dije; este como que no es el proyecto de vida que a mí me satisfaría… Y en ese sentido quería como tocar ese capítulo en esta conversación.

JCUH/El Guarengue: Pero, de todas maneras, con tu trayectoria, que incluye haber sido Vicario General de la Diócesis de Quibdó, que es el segundo cargo después del obispo, has acortado el camino del clero católico negro hacia el episcopado... ¿Qué tan lejos estamos de un obispo negro en Colombia y en Quibdó, en particular?

Padre Napo: Pienso que ya es muy próximo. Ha habido un par de obispos negros, pero que no se autoidentifican; como un obispo que estaba en Montelíbano… Ha habido como un par, que tú los ves que son de piel olivácea: estos manes son negros. Pero, estos manes no se asumen… como pasa con algunos costeños del norte.

Hay en Física algo que se llama la masa crítica: para que suceda una explosión o un cambio químico, se requiere que haya determinada cantidad de materia. Entonces, yo cojo y digo: 5.000 sacerdotes en Colombia, lo divido entre 80 o 100 obispos, se requiere en esta división más o menos 450 sacerdotes por obispo, es decir que cuando seamos 150 curas negros habrá masa crítica para que estalle un obispo; así hacía yo la operación. Y eso tiene sentido. Fíjate que cuando yo me ordené, podíamos ser quizás una decena. Hoy en día, en Colombia tal vez seamos 150, de pronto unos 200 curas afro más o menos autoidentificados. Quiere decir que ya tenemos masa crítica. Y ya eso, contando además con la visibilidad que tiene lo afro, la vicepresidenta, presidentes en otras partes, una cosa y la otra, y tal, ministros, eso implica que ya el Nuncio empieza a decir: verdad que ya es hora de que tengamos algún afro… Entonces, yo pensaría que ya estamos a punto: en el 2025 deberían estallar uno o dos, porque también hay decenas de curas afrocolombianos en el Valle, en Nariño, en la Costa Atlántica. Entonces, pienso que ya es tiempo.

Escudo de la Diócesis de Quibdó y Obispo Jorge Iván Castaño Rubio, con quien el Padre Napo comenzó su ministerio sacerdotal. FOTOS: Archivo El Guarengue.
Y termino diciendo: importante esto en cuanto a la visibilidad, a la significación; aunque ello no signifique realmente un cambio social, ¿Adónde voy? Jorge Iván Castaño no era afro ni indio, era un mestizo; pero, él fue realmente pionero. En cambio, ha habido algunos otros que, como nos puede pasar con algún gobernador, aunque tengan el color de nuestra piel, no son los que defienden ni asumen realmente nuestras banderas. Entonces en eso soy ligeramente escéptico. No porque sea negro ya va a resolver la situación, no. Es un símbolo, es una identidad. Y es algo que es significativo.

JCUH/El Guarengue: ¿Cuál es para ti la mayor alegría que te ha proporcionado ser cura… y qué es lo más difícil de ser cura? ¿Ha habido algún momento en el que hayas considerado dejar de serlo?

Padre Napo: Hay algunos años en que el desánimo, la sensación de haber hecho poco, la sensación de no haber hecho lo suficiente, de haber cometido a veces numerosos errores, lo hacen sentir a uno como fracasado y pensar en abandonar este oficio o formar otra familia aparte…y así, ha habido momentos de desánimo en los cuales he pensado como quien dice abandonar el ministerio. Y momentos buenos, podría más bien sumar los momentos sencillos de la cantidad de gente que en muchas ocasiones uno atiende, como cuando he estado en iglesias confesando y atendiendo personas que se llenan de gran alegría y que uno dice: esto me hace sentir muy alegre, ser útil, sanar almas, consolar corazones, darle bálsamo a personas deprimidas, gente que de pronto se quería quitar la vida y que encuentran un motivo nuevo para vivir, una luz en el camino; entonces, esa sencilla orientación a personas lo llena a uno de gozo. Como cuando voy a las comunidades del río Munguidó. Porque debo decirte que en algunas comunidades uno siente que su ministerio es valorado y en otras no. En otras partes tú dices: aquí como que ni me aprecian ni me valoran. Entonces, en ese sentido, en algunas comunidades donde sientes la alegría sencilla de la gente, me llena de alegría sencilla el corazón y por eso alguna vez me he dicho: ya para qué voy a dejar esto, ya como quien dice lo que fue, fue. Y esa alegría profunda de servir a la gente así, me llena entrañablemente.

JCUH/El Guarengue: Algo medio de cajón para terminar esta conversación, Napo. Al estilo de las campañas vocacionales que hace la iglesia, al cumplir 40 años de ministerio sacerdotal, ¿cuál es tu mensaje para la juventud chocoana acerca de por qué deberían considerar, entre sus opciones profesionales, estudiar para ser sacerdotes, como lo hiciste tú?

Padre Napo: Yo le diría a los muchachos que consideren este destino como una misión de vida integral, algo que llena profundamente el espíritu de uno y en el servicio a los demás. Es algo que te añade un plus, comparándolo con cualquiera de las otras carreras liberales. Es algo además que supera el límite del simple gozo material, tanto del gozo de tener una mujer o de tener unos hijos o de pronto de acumular riqueza material. Entonces, para personas que son idealistas, que tienen espiritualidad (muchos jóvenes hoy en día son así) es una opción magnífica. De manera tal que pueden considerarlo. Porque, por otra parte, tendrás trabajo seguro…(RISAS). De hecho, te cuento que con motivo del Covid murieron muchos sacerdotes ancianos en muchos países, entonces hay muchas vacantes… Por ejemplo, yo ahora, en Navidad y Año Nuevo, después de unos días en el río Munguidó, me embarco para Houston (Texas). Voy a estar un mes allá, reemplazando a Juan Fernando Gámez en Corpus Christi…[9] Otros compañeros me han dicho que me vaya para Nueva York, que allá hay parroquias que necesitan sacerdotes, que pagan bien; otros compañeros en España, en Francia, en Italia… Entonces, para los sacerdotes hay trabajo abundante, hay posibilidades reales, reconocimiento social, mucha valoración de las comunidades, mucho aprecio y autoestima…serían algunos de los valores que yo destacaría frente a la juventud.

Un año de cambios, un futuro de ilusiones

Para el Padre Napo, el 2023 fue un año de grandes y significativos cambios. Culminó su ciclo como docente o maestro o educador, y se pensionó. Pidió licencia en la Diócesis de Quibdó para ir a Medellín a dos cosas vitales: atender su salud, mediante el tratamiento con quimioterapia de un linfoma, cáncer del cual salió avante; y acompañar a su madre en la última etapa de su vida, que culminó con su fallecimiento el pasado 31 de octubre a las 11 de la noche, luego de que su propio hijo, el Padre Napo, le hubiera administrado los llamados Santos Óleos o sacramento de la Extremaunción. De modo que, por pocos días, la Señora Ahida no pudo acompañarlo en la celebración de sus 40 años de vida sacerdotal; como sí ha podido hacerlo su padre, quien actualmente tiene 94 años y ha quedado viudo después de 67 años de matrimonio y una numerosa prole.

El Padre Napo, que actualmente lee como entrenamiento para reemprender la escritura, que es una de sus habilidades, aspira a escribir en 2024 un libro de relatos cortos sobre el Chocó, inspirado en otro que comenzó durante la pandemia, con historias desde la época de Santa María de la Antigua del Darién, pasando por Manuel Saturio Valencia, hasta hoy. Para ello, está releyendo, entre otros, el libro de cuentos y relatos de Fredy Sánchez Caballero titulado “Cuando va a llover, llueve”[10], pues piensa que “bueno, verdad, este muchacho con qué talento relata las historias que Julio César y que Napo quisieran relatar, del río, de los indios, de los costeños, de los negros…”. Igualmente, planea regresar a otra de sus habilidades, el dibujo, especialmente en el formato de la caricatura política. Y, claro, seguir firme en el ejercicio de esa vocación que, como su estatura, es congénita, innata: el sacerdocio.



[1] La entrevista fue realizada el día 9 de diciembre de 2023.

[2] Se refiere al Salmo 91.

[3] Cuando la Prefectura Apostólica del Chocó se divide en los vicariatos de Quibdó e Istmina, el misionero claretiano Pedro Grau Arola es consagrado obispo y nombrado Vicario Apostólico de Quibdó. Durante su episcopado, se desarrolló el proceso formativo de Manuel Napoleón García Anaya.

[4] Se refiere al Seminario Nacional Cristo Sacerdote, creado en la Diócesis de Sonsón, en 1959, inicialmente para la formación de lo que llamaban vocaciones tardías; posteriormente sin dicha especificidad. De hecho, la mayor parte de los primeros sacerdotes de la Diócesis de Quibdó estudiaron en dicha institución.

[5] La Parroquia de Nuestra Señora de Fátima a la que se refiere el Padre Napo es en Quibdó, en el tradicional barrio de La Yesquita.

[6] Lo que en el sacerdote se llama ordenación, en los obispos es consagración: la ceremonia de investidura para tal dignidad.

[7] Los Misioneros Combonianos derivan su nombre de su fundador. San Daniel Comboni, misionero italiano que renovó dentro de la iglesia la práctica misionera en países de África. El Padre Rafael Savoia, junto al obispo Enrique Bartolucci fueron pioneros de la pastoral afroamericana en Ecuador y en todo el continente.

[8] Los EPA (Encuentros de Pastoral Afroamericana son los escenarios de convergencia entre agentes de pastoral negros e interesados en la causa negra de América. En los EPA se consolidó conceptual y eclesialmente la Pastoral Afroamericana del continente. El 5° EPA se llevó a cabo en Quibdó, en junio de 1991, y fue coordinado por el Padre Napo y Julio César U. H. Ver: https://miguarengue.blogspot.com/2023/05/recordando-el-5-epa-el-precioso-afiche.html

[9] Juan Fernando Gámez es un sacerdote afrochocoano, originalmente de la Diócesis de Quibdó. Trabaja actualmente en la ciudad de Corpus Christi, del Estado de Texas (USA), en el Golfo de México, a unos 300 km de Houston.

[10] Sánchez Caballero, Fredy. Cuando va a llover, llueve. Medellín, Colombia, noviembre 2013. Editorial Mundo Libro, 116 pp.

04/12/2023

El tesoro perdido
de Tufik Meluk y Antero Agualimpia
(2ª Parte)

🎵Antero Agualimpia es un músico clásico de la chirimía chocoana. Recuperar las únicas grabaciones originales en donde interviene como clarinetero contribuiría a preservar y enaltecer su memoria. FOTOS: Archivo El Guarengue.

Durante un lapso de por lo menos cinco años, entre finales de la década de 1960 y mediados de la década de 1970, el médico chocoano Tufik Meluk Aluma, famoso en la historia de la medicina colombiana por sus aportes al desarrollo de la psiquiatría y de la práctica médica del psicoanálisis en el país; hizo una serie de grabaciones originales de música de chirimía chocoana que probablemente sean las únicas que conserven interpretaciones de clarinete por parte del más grande clarinetero que ha tenido el Chocó en toda su historia: el Maestro Antero Agualimpia. Si aún existe, como parece ser, de acuerdo con nuevas versiones del asunto narradas para El Guarengue por dos protagonistas de aquellas tertulias y sesiones de grabación, este invaluable material sonoro, evidentemente, no solo es patrimonio cultural de la región chocoana, sino también parte invaluable del patrimonio musical del Pacífico y de toda la nación colombiana.

Utilizando una grabadora de cintas de carrete abierto que en su práctica médica le servía para conservar las conversaciones con sus pacientes de psicoanálisis, el Doctor Tufik realizó estas grabaciones en su propio apartamento, en Bogotá, que estaba ubicado en la calle 22 con carrera séptima, en inmediaciones de donde actualmente queda la Personería Distrital, y donde vivía con su esposa y sus dos hijos, Axel y Tufik.

Sábados de chocoanidad

Había una mezcla de hospitalidad y mecenazgo, generosidad de coterráneo, admiración de paisano y amor a la música chocoana, en la disponibilidad permanente del doctor Tufik Meluk Aluma para recibir en su casa a Antero Agualimpia y demás chocoanos que formaban parte del grupo de Cantos y Danzas Folclóricas del Chocó, de la Universidad Nacional de Colombia. Así lo recuerdan con detalle dos profesionales quibdoseños, en ese entonces estudiantes, que vivieron y fueron partícipes de aquellas noches de bohemia, tertulia y música: Américo Murillo Londoño (Ameriquito), quien estudiaba Derecho en la Universidad La Gran Colombia, tocaba platillos y redoblante, y cantaba; y Salim Bechara Simanca, quien estudiaba Ingeniería Civil en la Universidad La Gran Colombia y tocaba la requinta.

Ameriquito recuerda:

El doctor Tufik me conocía, porque mi abuela materna, cuando llegó a Quibdó de Bagadó, muy joven, muchacha, llegó a trabajar donde don Félix Meluk y ella era la niñera de los muchachos, de Amín, Tufik y Gabriel, que era mi padrino de bautizo, y las mujeres, que eran Olga y María; entonces mi abuela era la nana de ellos…

 

Entonces él una vez fue a una presentación que hicimos en Bogotá y de ahí nos contactó, que cuándo podíamos ir allá, a su casa. Usted nos dice, le dije yo. No, cuando puedan… Entonces, en algún fin de semana que no teníamos programación, dijimos: bueno, ¿y nosotros por qué no nos vamos para donde el doctor Tufik, que nos invitó a su apartamento…? Entonces yo lo llamé. Y él me dijo: vengan. Desde las 8 vénganse para acá. Y entonces así empezamos.

 

Cuando llegamos allá, el doctor Tufik nos tenía de todo: uvas pasas, dátiles, pistachos; él no tomaba, pero tenía ron, aguardiente y whisky, para que nosotros tomáramos de lo que quisiéramos… El doctor Tufik tenía un termo metálico, como plateado, y allí tenía té; él solo tomaba té, toda la noche…Nosotros llegábamos a la casa del Doctor Tufik los sábados entre 8 y media y 9 de la noche y salíamos al día siguiente. Él tenía su grabadora de cinta, que utilizaba para las sesiones que tenía con sus pacientes de psicoanálisis; y con esa grabadora recogía todo lo que se tocaba, lo que se hablaba, los chistes, las anécdotas y todo lo que ocurría allí. Y nosotros parábamos más o menos a las 5 de la mañana; a las 6, salíamos a una cafetería que se llamaba La Española, desayunábamos y nos íbamos cada quien para su casa… él nos pagaba su desayuno y además nos daba para el transporte para que nos desplazáramos a nuestras casas.

 

Allá iba Alirio Londoño, que le decían Chandú; Lucho Garcés Ferrer; Américo Murillo; Nicolás y Alexis, mis hermanos; iba Sardinita (Héctor Murillo), hijo de Ruperto Murillo el del disco de Ruperto Mena, ese también iba; pero, todos éramos del grupo de cantos y danzas de la Nacional… Entonces, todos esos iban… Esos eran los que generalmente íbamos, a tocar y a cantar. Y el clarinetero era Antero, únicamente Antero… Muchos años después es que llegan a Bogotá Neptolio y Panadero, cuando ya ni siquiera estaba Antero, que ya se había muerto, porque estos llegan es en los 80.

 

Había en Vianí (Cundinamarca) un señor tadoseño, que se llamaba Antonio Copete, que había trabajado en la campaña antipiánica, en la época del pian en el Chocó. Después, él se fue para Bogotá y puso una farmacia en Vianí (Cundinamarca) y él tocaba bombardino o cobre y además se conocía con Antero, se conocían desde el Chocó, de muchachos, entonces cuando había una presentación muy importante o había un viaje, llamábamos a Antonio Copete y Antonio venía, y Antonio era el que acompañaba en el bombardino a Antero Agualimpia. Y el Maestro Antonio también iba algunas veces a las tertulias y grabaciones donde el doctor Tufik.[1]

Salim Bechara confirma estos recuerdos:

Yo, en muchísimas ocasiones, estuve también allá donde Tufik Meluk; porque él invitaba al grupo, pero al grupo de música, no a los bailarines… Entonces iba Américo Murillo, iba Alirio Chandú, en la época mía a veces Sardina (Héctor Murillo), iba por supuesto Antero, a veces iba el maestro Antonio Copete, y yo tocaba la requinta… El doctor Tufik cuando uno iba le llenaba una mesa entera, grandísima, y ahí ponía quibbe, tahini, aceitunas, queso de cabra, encurtidos, de cuanta vaina había; y él tan pronto veía que algo se estaba acabando, se paraba y lo llenaba otra vez. Uno allá no sufría ni por comida ni por trago. Como a casi todos les gustaba aguardiente, entonces él sacaba todo el aguardiente que se necesitaba; a veces también sacaba ron, si alguno quería; y creo que él tomaba era whisky, pero en toda la noche se tomaba dos o tres copas si acaso.[2]

Integrantes del Grupo de Cantos y Danzas Folclóricas del Chocó, de la Universidad Nacional de Colombia, ca. 1970. Antero Agualimpia con el clarinete y Salim Bechara con la requinta, aparecen arriba. En el centro, sentado, Américo Murillo Londoño. FOTO: Cortesía. 
El misterio de las grabaciones

De acuerdo con la versión del médico veterinario, músico, compositor y empresario chocoano Lascario Barboza Díaz (Lascarito), las grabaciones que quedaron de aquellas tertulias fueron entregadas por la familia del doctor Tufik Meluk a la Radiodifusora Nacional[3] y no fue posible localizarlas, en un intento que hace algunos años hicieron Lascarito y el médico Alfonso Figueroa Meluk, también chocoano.

Al respecto, el ingeniero civil y músico Salim Bechara cuenta lo siguiente:

Pasado el tiempo, yo me conseguí el teléfono de uno de los hijos del doctor Tufik, y lo llamé, porque yo estaba con ganas de ver si me podía conseguir con él alguna de las grabaciones en las que yo había participado… Cuando yo le expuse la idea de que si hubiera forma de rescatar algo al menos de lo que yo consideraba que me había tocado, él me dijo que ellos habían llegado a un acuerdo con la mamá y que habían decidido donarle todo eso a la Biblioteca Luis Ángel Arango, de Bogotá. Entonces, eso te cuento porque creo que es distinto de lo que te dijo Lascario, que estaba en otra parte… Entonces, yo creo que la cuestión hay que empezarla a buscar por allá.[4] 

Aunque son distintas las versiones, tanto Lascario Barboza como Salim Bechara tienen como fuente a Axel Meluk, uno de los hijos del doctor Tufik. Y la misma fuente tiene el abogado, historiador y artista quibdoseño Américo Murillo Londoño, para una versión completamente diferente, según la cual el material aún sigue en poder de la familia, en casetes a los cuales el doctor Tufik, antes de morirse, transfirió las grabaciones que había hecho en las cintas de carrete abierto.

El material que Axel Meluk tiene son casetes, porque el doctor Tufik grababa en una grabadora que era de cinta, de esas que tienen un carrete grande como los rollos de película, y esa era la que él utilizaba para grabar las conversaciones que él tenía con sus pacientes de psicoanálisis… Él, de esa grabadora, sacaba lo que se había grabado y lo pasaba a casete…entonces cuando nosotros llegábamos allá, él nos decía: oigan esto, y nos ponía un casete. Él grababa todo y después iba seleccionando versiones de la misma canción, porque uno no toca todo el tiempo igual, todo el tiempo la canción no sale exactamente igual, todo dependía de por ejemplo cuánto trago se había tomado… Pero, a nosotros nunca se nos ocurrió decirle que nos diera una copia. Por allí teníamos una copia que creo que la tiene es mi hermana Zully allá en Cali. Pero, el doctor Tufik siempre les dijo a sus hijos que cuando cualquiera de nosotros quisiera esa música, nos las entregara; cualquiera de nosotros, los que íbamos allá a su casa, podíamos reclamarla… La última vez que yo hablé con Axel, fue cuando Axel me mandó las fotos que yo saqué en mi escrito del doctor Tufik en el periódico El Manduco…[5]


Sin que las otras dos versiones sean inexactas, pues sería posible que el material hubiera sido entregado, pero también la familia hubiera conservado una copia; si la versión de Ameriquito fuera la más sólida de las tres, recuperar este tesoro patrimonial de la música chocoana no sería imposible, aunque sí requeriría una acción institucional, más que personal e individual, por las razones prácticas que explica el propio Américo Murillo:

Yo hace como unos dos o tres años hasta hablé eso con Hinchao[6] y él me dijo que en el Ministerio de Cultura tenían unos señores que los habían mandado a estudiar justamente de eso: cómo hacer esas transmisiones y cómo hacer esas grabaciones y toda esa cantidad de cosas, que había unos empleados que hacían ese trabajo; pero, todo se quedó allí y no hubo ninguna definición para él hablar allá en el Ministerio de Cultura. Y yo también me despreocupé, pues para mí eso qué implica: tengo que contar con Axel, cuándo puede, y entonces yo poder viajar, tengo que tener recursos para ir a Bogotá, recursos de mi bolsillo… primero contactar a Axel, segundo, consultar en el ministerio si se embarcan en eso de disponer los equipos y el personal técnico para ver qué se rescata; porque Axel me dijo: no, yo tengo todo eso.

 

Yo sé que ellos, y me lo dijo Axel, los libros del papá se los donaron a la Universidad Nacional, todos sus libros de psiquiatría y de psicoanálisis; pero, él se quedó con eso, con la música. Él alguna vez como que dijo: no, eso todo lo regalamos; entonces se difundió que eso se había regalado. Cuando yo hablé con él, él me dijo dizque: Américo, ¿quieres que te diga una mentira piadosa o la verdad? Yo le dije: no, dime la verdad, para qué me vas a… Él me dijo: no, los tengo yo. En esa época que nosotros íbamos allá, ellos eran unos pelaos que estaban empezando bachillerato. Y yo a él no lo he vuelto a ver. Al que vi fue, en un San Pacho hace como treinta años, fue a Tufikcito que vino y vino con Gabriel (hijo de Gabriel Meluk Aluma), que era ingeniero electrónico y profesor de la Universidad Distrital, y en la Distrital fue profesor de un poco de chocoanos que estudiaron allá…Gabriel, el hijo de Gabriel Meluk y papá del otro Gabriel, el cronista deportivo de El Tiempo.[7]

Recuperar y preservar la herencia musical de Antero Agualimpia

A propósito de la reactivación del Festival Antero Agualimpia, creado para la promoción y preservación de la chirimía y las danzas folclóricas del Chocó, cuya undécima versión se llevará a cabo en Quibdó del 7 al 10 de diciembre de 2023; sería oportuno organizar y poner en marcha una campaña expedita en pro de la localización, recuperación y preservación de las que quizás sean las únicas grabaciones originales existentes de música de chirimía chocoana que cuentan con la participación del Maestro Antero Agualimpia como intérprete del clarinete.

Este conjunto de grabaciones, cuya historia empezamos a contar en El Guarengue el pasado 13 de noviembre, constituyen un auténtico tesoro musical que es posible recuperar, como patrimonio de la chocoanidad. Para ello, sería pertinente una alianza de la Gobernación del Chocó, a través de su Secretaría de Cultura, con las alcaldías de Quibdó y Condoto (donde siempre se ha dicho que nació el Maestro Antero, aunque también se afirma que nació en Tadó); que contara con el apoyo técnico, logístico y económico del Ministerio de Cultura de Colombia y la participación de sus expertos en patrimonio musical y restauración; al igual que con la vinculación de músicos e investigadores musicales chocoanos como el Maestro Leonidas Valencia Valencia (Hinchao) y J. Elías Córdoba Valencia, y algunos de los protagonistas de la historia de estas grabaciones, como Américo Murillo Londoño, Salim Bechara Simanca, Lascario Barboza Díaz; y, por supuesto, con la contribución de la familia del doctor Tufik Meluk Aluma, en particular de sus dos hijos: Axel y Tufik Jr.

En el cielo pintan santos,
yo también quiero pintar
Pintaron un santo negro
y hoy lo vamo' a celebrar

El Maestro Antero Agualimpia es un músico clásico de la chirimía chocoana, cuyo sinigual virtuosismo en la interpretación del clarinete enalteció esta tradición musical y le dio lustre por fuera de la región. Su enorme valía como artista y su indiscutible aporte a la difusión de la música folclórica del Chocó, lo hacen merecedor de un homenaje inaplazable a su memoria: la recuperación y preservación de las grabaciones que hace más de cincuenta años hizo de sus interpretaciones de chirimía chocoana el doctor Tufik Meluk Aluma, en Bogotá. En ellas está parte del legado y la herencia de Antero Agualimpia, y una parte significativa del patrimonio musical afrochocoano, afropacífico y afrocolombiano.


Foto 1. Grupo de fundadores de la Sociedad Colombiana de Psicoanálisis (Socolpsi). El Dr. Tufik Meluk Aluma es el segundo de pie. Foto 2. Fotografía del Dr. Tufik Meluk Aluma en la Biblioteca de la Socolpsi, que lleva su nombre, en Bogotá. FOTOS: Socolpsi.


[1] Américo Murillo Londoño. Entrevista de Julio César U. H., 15 de noviembre de 2023.

[2] Salim Bechara Simanca. Conversación con Julio César U. H., 15 de noviembre de 2023.

[3] Ver en El Guarengue la primera parte de esta crónica: El tesoro perdido de Tufik Meluk y Antero Agualimpia. 13 de noviembre de 2023. https://miguarengue.blogspot.com/2023/11/el-tesoro-perdido-de-tufik-meluk-y.html

[4] Salim Bechara Simanca. Conversación con Julio César U. H., 15 de noviembre de 2023.

[5] Américo Murillo Londoño. Entrevista de Julio César U. H., 15 de noviembre de 2023.

[6] Apodo con el que es conocido el músico e investigador chocoano Leonidas Valencia Valencia.

[7] Américo Murillo Londoño. Entrevista de Julio César U. H., 15 de noviembre de 2023.

27/11/2023

 Remembranza de Juan Pablo Ruiz

"Señora Muerte que se va llevando
todo lo bueno que en nosotros topa!…
Solos —en un rincón— vamos quedando /
los demás… ¡gente mísera de tropa!"
León de Greiff. Señora muerte.

十Juan Pablo Ruiz Soto (1957-2023)
Foto: Archivo El Guarengue, tomada de la cuenta de X
de María del Mar Pizarro: @delmarpizarro

El miércoles 22 de noviembre de 2023, murió una de las personalidades más arrolladoras y merecidamente célebres del ambientalismo colombiano, a quien más de media Colombia recordará por “su buena onda y su defensa, firme y lúcida, del medio ambiente”, como escribió Rodrigo Uprimny en un mensaje de la red X.[1] Economista con maestría en Teoría Económica (Universidad de Los Andes) y en Estudios Ambientales (Yale University), Juan Pablo Ruiz era un estudioso permanente de las temáticas ecológicas, sociales, políticas y económicas del medio ambiente, tanto en los textos como en la Naturaleza misma, la cual recorría permanentemente debido a sus múltiples trabajos y a su pasión y filosofía de vida: el montañismo, del cual quedará para la historia su extraordinario palmarés, que incluye ser hasta ahora el único colombiano que ha logrado dos veces cumbre en el Monte Everest.

Juan Pablo, un ambientalista genuino

Ha muerto un hombre bueno. Un amigo leal. Un tipo simpático, mamagallista ingenioso y buena gente. Un pionero en Colombia de los análisis de economía ambiental más allá del trillado costo/beneficio. Un militante del ambientalismo genuino, aquel que no se casa con su exclusiva y propia idea, sino que, a semejanza de la Naturaleza, se nutre, se enriquece y vivifica a partir de la diversidad. De modo que, sin pregonarlo, Juan Pablo era un ambientalista que creía, con Eduardo Galeano, que “la ecología neutral, que más bien se parece a la jardinería, se hace cómplice de la injusticia de un mundo donde la comida sana, el agua limpia, el aire puro y el silencio no son derechos de todos, sino privilegios de los pocos que pueden pagarlos”[2].

Quizás por eso, en su momento, como me consta, se identificó fácil y rápidamente con la idea de un ambientalismo étnico, comunitario, campesino, popular; aquel ambientalismo que se desarrolla literalmente en medio del ambiente, a la orilla del río, en lo profundo del monte, en la calidez de las playas y en la inmensidad de las mares, en los intríngulis de los manglares y en la tejida esperanza de las atarrayas, en la chicha y en el biche, en el tambo y en la choza, en el cafetal y en el huerto casero, en el potrero y en el gallinero…


 

El Ecofondo de Juan Pablo

Tomada de la cuenta de X
del Centro ODS para 
América Latina y el Caribe
@CentroOds

Juan Pablo Ruiz fue el digno primer director de Ecofondo, oenegé a la que le marcó el rumbo y le construyó en breve tiempo una imagen de validez y pertinencia como canal de destinación de recursos de cooperación internacional para la cofinanciación de proyectos ambientales de conservación y manejo de áreas silvestres, gestión ambiental en agroecosistemas y gestión ambiental urbana; que alejaran a las oenegés de los escritorios y del simple afán de sostener su propia y parental burocracia, y las aproximaran cuanto más fuera posible al mundo real de la sociedad y el medio ambiente que pregonaban conservar y defender, sin siquiera, muchas veces, conocer.

Bajo la dirección de Juan Pablo Ruiz, con el innegable y provechoso aporte de la sinigual Carmen Tavera, y la posterior profundización de la idea por parte del inolvidable Rafael Colmenares Faccini, desde Ecofondo se posicionó para Colombia, América y el mundo la posibilidad de convertir lo que originalmente fuera concebido nomás como una expresión llana del famoso intercambio de deuda por naturaleza, en la construcción -a múltiples manos y voces diversas- de proyectos que reconocieran, en la práctica y por primera vez, la validez de las epistemologías de la manigua[3] propias de las comunidades negras y de los pueblos indígenas, sus formas de ser y hacer en sus entornos y hábitat, sus propias y legítimas versiones de la gestión ambiental, con su propia gente y sus propias voces. Al igual que la promoción de proyectos que contribuyeran a dignificar el reciclaje urbano, incluyendo a los recicladores como sujetos y no como objetos de beneficencia y filantropía, así como a dilucidar con sensatez y fundamentos reales el funcionamiento de los ecosistemas y de las dinámicas urbanas. Y proyectos que, en lugar de estigmatizar las prácticas agropecuarias de los campesinos, introdujeran en ellas todas las nociones recién estrenadas de la agroecología, como los sistemas agrosilvopastoriles y demás modalidades de los sistemas múltiples de producción, a la manera antigua, la de antes de que al mundo agrícola nacional y latinoamericano se lo tomaran la docena maldita de las multinacionales farmacéuticas; la agricultura transgénica, con sus semillas hechizas y sus agrotóxicos, con su producción uniforme y en serie, con sus agrónomos impulsadores y vendedores de agroquímicos y con su montón de insumos entre inútiles, costosos y dañinos.

En Sasaima, hablando con Juan Pablo del Chocó

A Juan Pablo Ruiz lo conocí en noviembre de 1995, en Sasaima (Cundinamarca), en una reunión nacional de Ecofondo a la que asistí como coordinador del estudio de prioridades ambientales del Chocó, hecho en el marco de un trabajo nacional promovido desde la Unidad de Redes y Comunicaciones de la entidad y diseñado por diversos metodólogos contratados en Bogotá. Allí en Sasaima, siendo el Chocó la primera Unidad Regional de Ecofondo en haber concluido el trabajo, Juan Pablo se me acercó con evidente curiosidad y ponderó la presentación que yo había hecho y el documento que, con el apoyo de Patricia Montes Ochoa, la Coordinadora de la Unidad Regional Chocó de Ecofondo, habíamos editado y entregado en cumplimiento de una tarea nacional que en algunas regiones de mayor tradición ambientalista, sorprendentemente, apenas iba a comenzar.

Portada del documento 
de Prioridades ambientales
del Chocó 1995, publicado 
por la Unidad Regional Chocó
de Ecofondo Foto: JCUH.

Sorprendido por la rigurosidad y la eficacia con la que nuestro estudio había sido hecho, lo prolijos que habíamos sido y la riqueza de los contenidos de nuestro voluminoso documento final[4], Juan Pablo Ruiz me expresó unas cuantas opiniones que me indicaron no solamente que él sí le había parado bolas a la exposición que yo acababa de hacer como coordinador de ese estudio; sino que, incluso, ya había ojeado y percibido el enfoque y las conclusiones del mismo. Igualmente, me hizo unas cuantas preguntas: algunas como de prueba, a ver si yo —que era un absoluto aparecido en el escenario de Ecofondo y en los círculos ambientalistas, que tan endogámicos suelen ser— realmente tenía idea de lo que estaba hablando; y otras, superada la prueba de las anteriores, destinadas a profundizar en algunos temas específicos de la cuestión ambiental en el Chocó, de los datos que citábamos y de sus fuentes, del llamativo dispositivo metodológico —ampliamente participativo— que habíamos diseñado para elaborar el estudio. Finalmente, centró nuestra conversación en algo que —según me dijo— le interesaba realmente terminar de entender, pues comprendía perfectamente que en ello residía parte del futuro del Chocó y del Pacífico en materia ambiental: la cuestión étnica y su relación con el ambientalismo.

Esa primera charla con Juan Pablo Ruiz fue cerca al mediodía, poco antes del almuerzo. Al concluir, con un sincero apretón de manos y un “seguimos hablando”, cuando la concurrencia de la reunión que habíamos abandonado se dirigía al restaurante, yo ya me había convertido en un objeto de curiosidad para el clan ambientalista en cuya reunión había irrumpido desde el lejano Chocó. De inmediato, se me acercaron caribes desparpajados, paisas zalameros, caleños y popayanejos sabidos y rejugados en lo ambiental, ecólogos y arquitectos, biólogas y economistas, etcétera, etcétera. Un valduparense con tono de tribuno se acercó para preguntarme si yo de verdad era del Chocó, pues no era ni negro ni indígena. Yo le pregunté si él sabía tocar acordeón y me dijo que no. Le dije que entonces -en el mismo sentido de su pregunta- él cómo hacía para ser de Valledupar.

En Sasaima, hablando con Juan Pablo de Ecofondo

A media tarde, mientras en el salón de la reunión oficial se discutía acerca del futuro del ejercicio de prioridades ambientales, Juan Pablo Ruiz se me acercó y me invitó a que charláramos nuevamente. Salí con él hacia la cafetería del lugar y allí, sin rodeo alguno, me contó unas cuantas cosas sobre el funcionamiento real y actual de Ecofondo en ese momento, su contexto de rivalidades y disputas entre enfoques y regiones, pareceres y caprichos, ideas y planteamientos. Me contó que Germán Palacio, profesor de la Universidad Nacional de Colombia, quien me había parecido un tipazo también, inteligente expositor y buen conversador, renunciaría pronto a su cargo como Coordinador de Redes y Comunicaciones de Ecofondo; y me pidió que le entregara mi hoja de vida lo más pronto posible, ojalá el lunes (era viernes), pues él creía que yo era el tipo indicado para reemplazar a Germán y hacerle frente a un escenario institucional caracterizado por una dicotomía y un divorcio entre la cofinanciación de proyectos y los procesos de fortalecimiento institucional y de acción ambiental, en perspectiva política y social, de las organizaciones integrantes de Ecofondo; así como para que llevara a la escena ambiental nacional el trabajo y los liderazgos de las organizaciones étnicas de comunidades negras y pueblos indígenas, como la OREWA y la ACIA, del Chocó[5]; y para conducir a buen término la realización efectiva de los ejercicios de prioridades ambientales en las once unidades regionales restantes, adelantar su compilación y publicación, y utilizarlos como base para la determinación de prioridades ambientales nacionales.

Sin que esa fuera su intención, Juan Pablo Ruiz acababa de cambiarle el rumbo a mi vida profesional, pues lejos de mí estaba trabajar en Bogotá, mientras que continuar en el Chocó era y había sido siempre el plan. Pero, precisamente, ese año habían comenzado a recrudecerse ciertas circunstancias que en poco tiempo se convertirían en cotidiano y duro pan de la realidad social de los pueblos del Atrato donde yo adelantaba principalmente mi trabajo; así que lo mejor era emigrar, pues yo formaba parte de un equipo de trabajo cuyos integrantes estábamos en la mira de aquel recrudecimiento.

En dos semanas, con el envío por fax de una hoja de vida preliminar, dos conversaciones telefónicas y el compromiso de que asistiría a una nueva reunión institucional, Juan Pablo Ruiz como director ejecutivo de Ecofondo me contrató como Coordinador de la Unidad de Redes y Comunicaciones. La reunión a la que debía asistir, y así lo hice, era un taller de resolución de conflictos, coordinado por The Nature Conservancy -TNC- y que se realizó los últimos días de noviembre y los primeros de diciembre, en uno de los sitios más fríos que he conocido: el Parque Ecológico Piedras Blancas, en las afueras de Medellín. Además de la materia del taller, el propósito de esta asistencia era reunirme, a instancias de Juan Pablo y así fuera informalmente, con Germán Palacio, a quien reemplazaría en el cargo a partir del 1° de enero de 1996, es decir, a la vuelta de un mes.

Trabajando con Juan Pablo en Ecofondo

Tal como habíamos acordado telefónicamente, Juan Pablo y yo nos volvimos a encontrar el martes 2 de enero de 1996, a las ocho en punto de la mañana, en la estrecha sede que ocupaba entonces Ecofondo, en un edificio ubicado a todo el frente de Fescol, en la calle 71 con carrera 11, en Bogotá. Llegué a su oficina y de inmediato nos fuimos a desayunar en una cafetería ubicada a una cuadra, donde me contó que por ahí después de mediados de año Ecofondo se trasladaría a su sede propia, en la calle 82 con carrera 19, en el Antiguo Country, a un edificio del cual lo alegraba hablar, pues ponderaba el manejo de aguas lluvias y los paneles solares que tendría, la abundancia de ventanales de vidrio para reducir sustancialmente el consumo de energía eléctrica por la entrada de la luz del día y el tipo de materiales que estaban utilizando los arquitectos contratados para la obra.

Me contó de paso que él, al otro día, no iba a estar en la oficina, pues los días miércoles estaban sagradamente destinados a pasar tiempo con sus hijas; que entonces nos volveríamos a ver el jueves para ir a conocer la nueva sede, en construcción, y para seguir adelantando asuntos claves del trabajo que yo estaba asumiendo. Y me contó también que, aunque mucha gente todavía no lo sabía, él estaba próximo a marcharse de Ecofondo, pues, luego de una pequeña excursión de escalada a los nevados del Ruiz, del Tolima y del Huila, y a la Sierra Nevada del Cocuy, a la cual salía desde el fin de semana; vendría a la oficina unos cuantos días de tiempo completo y luego, esporádicamente, otros más; pues acababa de ser nombrado Secretario General del Ministerio del Medio Ambiente, por el entonces ministro, el ambientalista e historiador cartagenero José Vicente Mogollón.

Después de aquel desayuno, de regreso a la oficina, Juan Pablo fue conmigo de puesto en puesto presentándome a cada una de las personas del equipo de trabajo; dio instrucciones sobre el trámite y formalización de mi contrato y requirió mi pronta ubicación en el único cuchitril disponible que había. Y entonces, se fue.

Juan Pablo se va de Ecofondo

A su regreso, el jueves, Juan Pablo me invitó a almorzar en el Café de la Montaña. Café y Crepes, contiguo a la Clínica del Country; me contó la historia de cómo él y sus amigos habían diseñado, creado y puesto en marcha ese restaurante en 1982. Antes del almuerzo habíamos ido a conocer la que sería la nueva sede de Ecofondo, en la Calle 82 N° 19-26, donde yo terminaría trabajando desde septiembre de 1996 hasta marzo de 2010.

En los días previos a su dejación formal del cargo de Director de Ecofondo, Juan Pablo y yo alcanzamos a viajar a Duitama, a una reunión de la Unidad Regional Chicamocha. Y en la oficina, en Bogotá, sostuvimos otras tres o cuatro reuniones, más o menos largas, para puntualizar las prioridades del trabajo que yo debería -a su juicio- desarrollar desde la Unidad de Redes y Comunicaciones de Ecofondo. En una de ellas, invitó a Carmen Tavera, con quien fluidamente intercambiamos ideas sobre el trabajo conjunto que podríamos adelantar entre la Unidad de Proyectos que ella coordinaba y la de Redes y Comunicaciones que yo empezaba a coordinar.

También viajamos juntos a Quibdó. Y participamos, en la Casa de Encuentros de la Esmeralda, en la asamblea de constitución y aprobación de estatutos del Instituto de Investigaciones Ambientales del Pacífico, IIAP, que duró hasta la madrugada, y en medio de la cual me confesó que él tampoco estaba de acuerdo con esa dedicatoria a John Von Neumann.

Después de eso, cuando escasamente habíamos trabajado un mes juntos, Juan Pablo se fue de la oficina, ahora sí del todo. Nos volvimos a ver en Bogotá, en la Asamblea General de Ecofondo, a la que asistió como Secretario General del Ministerio del Medio Ambiente, en compañía del ministro. A partir de ahí, empezaron a pasar meses y luego años en los que nos dejábamos de ver, sin que ello impidiera que, cuando nos encontrábamos, habláramos como si nos hubiéramos despedido el día anterior.

De hecho, la última vez que nos vimos llevábamos ya casi dos años sin hablar. Fue en el Café de la Montaña de la Calle 108, adonde, un mediodía soleado, llegó raudo, pues hacía rato lo estaba esperando su hija Antonia. Conversamos como 15 minutos, se acordó de mi hija y de mi hijo y me preguntó por ella y él, me contó un par de cosas y yo le conté como tres. Al igual que la primera vez que hablamos, ese día nos despedimos con un apretón de manos sincero y firme, con una sonrisa y un halo de sincera amistad. Cuando yo salía del lugar, me dijo que si hablaba con Don Rafael le diera saludes de su parte.

Collage El Guarengue. FOTOS: El Espectador, Servicio Geológico Colombiano y FNA.
El apoyo de Juan Pablo

Las saludes eran para Rafael Colmenares, que fue realmente el único sucesor que tuvo Juan Pablo Ruiz en la dirección de Ecofondo, pues los dos anteriores a Rafael: el uno pasó sin pena ni gloria y el otro, ensoberbecido por sus ínfulas y su círculo de poder, empezó a socavar los cimientos de la entidad; así como los posteriores a Rafael condujeron a Ecofondo, consciente y sistemáticamente, a su extinción.

Juan Pablo Ruiz fue siempre un consejero y aliado para Rafael y para mí, después de que yo asumiera la dirección de la Unidad Técnica en la cual fueron fusionadas las antiguas unidades de redes y de proyectos, en un momento de fuerte crisis, del cual saldríamos avante y obtendríamos -como producto de un detallado proceso de sistematización de resultados de los proyectos cofinanciados hasta la fecha por Ecofondo- nuevos recursos de cooperación canadiense para un proyecto nacional y la puesta en marcha de un fondo holandés de proyectos ambientales para el Chocó Biogeográfico. Era el año 1998, cuando esa etapa comenzó y duró hasta doce años después.

Las cumbres de Juan Pablo

Cuando Juan Pablo Ruiz y sus compañeros de montaña alcanzaron por primera vez la cumbre en el Everest (mayo 2001), Rafael Colmenares y yo lo invitamos a Ecofondo, ya establecido hace mucho tiempo en la sede del Antiguo Country que Juan Pablo me había mostrado cuando aún estaba en construcción. Él no lo dudó un instante y allá llegó, el día y la hora acordados, varios meses después. Y nos regaló una velada inolvidable, que incluyó desde las preguntas más elaboradas hasta las más inocentes e ingeniosas de niñas y niños, como mi hija y mi hijo, que estuvieron y disfrutaron la charla de Juan Pablo, sus fotos y su simpatía al responderles.

Hoy, cuando Juan Pablo no está, recuerdo un par de cosas de las que me contó sobre su experiencia como montañista y me resulta inevitable relacionarlas -sin que ello signifique una comparación o una pretensión de simetría- con dos pasajes de la extraordinaria biografía de Alexander von Humboldt escrita por Andrea Wulf, referentes a la experiencia del sabio alemán en las cumbres suramericanas.

El 23 de junio de 1802, durante su escalada al Chimborazo, en tiempos en los que se pensaba que esta era la montaña más alta del mundo, “cuando Humboldt midió la altitud y vio que indicaba 5.917 metros, descubrió que estaban a apenas 300 metros del pico. Nadie había subido nunca tanto, nadie había respirado un aire tan enrarecido. De pie en la cima del mundo, mirando hacia abajo por encima de las cadenas montañosas, Humboldt empezó a ver el mundo de otra manera. Concibió la tierra como un gran organismo vivo en el que todo estaba relacionado y engendró una nueva visión de la naturaleza que todavía hoy influye en nuestra forma de comprender el mundo natural”[6]. Dos siglos después, en compañía de unos tragos de Platino, en Quibdó, Juan Pablo me contó que las montañas le habían enseñado a entender de mejor manera el medio ambiente, sus profundas interrelaciones, su unidad en la diversidad, su holismo. Y que bastante de eso había alcanzado a pensar en el Everest, la primera vez que hizo cumbre.

Juan Pablo Ruiz. Monte Vinson, Antártida, 2013.
FOTO: Epopeya.

Juan Pablo también decía que la montaña da paz, que la montaña espiritualiza, que la montaña ennoblece. Y en ese sentido, la extraordinaria biógrafa de Humboldt anota: “Las montañas hechizaban a Humboldt. No solo las exigencias físicas y la perspectiva de nuevos conocimientos. Había también algo más trascendental. Cada vez que estaba en una cumbre o un cerro, se sentía tan conmovido por el paisaje que dejaba volar aún más su imaginación. Una imaginación, decía, que aliviaba las “profundas heridas” que a veces causaba la profunda “razón”[7].

¡Gracias, Juan Pablo!


[2] Galeano, Eduardo. Úselo y tírelo. El mundo visto desde una ecología latinoamericana. Editorial Planeta Argentina, 1994. 185 pp. Pág. 18.

[3] El concepto es original de Hinestroza Ramírez, Jhonmer. Genealogía de las políticas epistémicas coloniales como formas de esclavización de las epistemologías de la manigua en Chocó, Colombia. Trabajo de grado para optar al título de Doctor en Ciencias Sociales. Directora: PHD Denisse Roca Servat. Universidad Pontificia Bolivariana. Escuela de Ciencias Sociales. Doctorado en Ciencias Sociales. Medellín. 2022. 264 pp.

[4] Centro de estudios regionales del Pacífico y ECOFONDO. Prioridades socioambientales del departamento del Chocó. Quibdó, Chocó, octubre de 1995. 277 pp.

[5] En ese momento, 1995, la OREWA (Organización Regional Embera Wounaan) era la única organización indígena del Chocó; y la ACIA (Asociación Campesina Integral del Atrato) era la semilla madura del Consejo Comunitario Mayor del Medio Atrato, COCOMACIA, que a la postre obtendría el reconocimiento legal del título colectivo de tierras de comunidades negras más grande del país, en el marco de la Ley 70 de 1993.

[6] Wulf, Andrea. La invención de la Naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt. Taurus, 2017. 578 pp. Pág. 24.

[7] Ibidem. Pág. 117.

20/11/2023

 El desarrollo moral y material del Chocó 
desde la mirada misionera 
de principios del siglo XX
>>Iglesia parroquial de Quibdó, 1915. FOTO: Misioneros Claretianos

El poblado, como de veinte casas, recibió entusiasmado la visita de los enviados del Señor. Al día siguiente ofrecíase, por primera vez, el santo sacrificio en aquellas selvas vírgenes. Muy satisfechos quedaron los Misioneros del comportamiento de aquellas sencillas gentes, sin que ninguno se resistiera a arreglar su estado por medio del santo matrimonio”. Informe de la Prefectura Apostólica del Chocó 1911-1915.[1]

A diciembre del año 1915, según el Informe de la Prefectura Apostólica del Chocó 1911-1915, esta jurisdicción eclesiástica creada en 1908 y asumida por los Misioneros Claretianos en febrero de 1909, consta de 18 parroquias. Seis de ellas se ubican en la Provincia del Atrato: Quibdó, Lloró, Neguá, Bebará, Riosucio y El Carmen; a la Provincia de Urabá pertenecen cinco: Acandí, Valle, Murindó, Vigía del Fuerte, Turbo; seis pertenecen a la Provincia del San Juan: Istmina, Nóvita, Sipí, Noanamá, Pizarro y Tadó; y la Parroquia de Pueblo Rico, que forma parte del Departamento de Caldas y comprende las viceparroquias de Ágüita y San Antonio.[2] La prefectura tiene como sede principal de gobierno a Quibdó y en calidad de Prefecto Apostólico ejerce en ese momento Francisco Gutiérrez C.M.F.

Los misioneros de Quibdó tienen a su cargo una extensión que cubre desde esta ciudad, capital de la Intendencia Nacional del Chocó, hasta la Provincia de Urabá, con diez parroquias del total de dieciocho, las cuales incluyen a su vez 41 viceparroquias. Los misioneros de Istmina, por su parte, están encargados de la Provincia del San Juan, con ocho parroquias, incluyendo El Carmen y Pueblo Rico, y 33 viceparroquias. Tanto las parroquias como las viceparroquias deben ser visitadas por lo menos una vez al año por los misioneros, con fines sacramentales, educativos y de catequesis, amén de la promoción de las dos obras que para ellos son símbolos del desarrollo material y el progreso moral de los pueblos: la iglesia y la casa cural.

Este informe, como todos los demás presentados por los misioneros entre 1909 -cuando llegaron a Quibdó, procedentes de España, para encargarse de la recién creada Prefectura Apostólica del Chocó- y 1953 -cuando comenzaron su vida institucional las jurisdicciones de los vicariatos apostólicos de Quibdó e Istmina[3]-; tiene importancia documental innegable, tanto porque si se atan los cabos sueltos se pueden deducir o extraer conclusiones importantes sobre la situación de la región en la época de presentación de los informes, lo cual es innegablemente útil para documentar periodos históricos de una región con escasez de fuentes históricas documentales; como por la explicitud de enfoques coloniales discriminatorios totalmente evidentes a lo largo de los informes; tal como se puede ver en las descripciones de los pueblos que a continuación reproducimos directamente del informe 1911-1915 de la Prefectura Apostólica del Chocó. No sin antes anotar algunos elementos de análisis y juicio sobre los contenidos y afirmaciones de los misioneros en dicho informe.

Más que descripciones, las referencias a las parroquias y viceparroquias, y a sus gentes, son sentencias categóricas o juicios sumarios, calificaciones y dictámenes finales de una especie de examen moral y material hecho por los misioneros a los sitios y lugares que clasifican indistintamente como poblados, pobladitos, poblaciones y pueblos; sitios y lugares cuyas condiciones no son satisfactorias a sus ojos y por ello no alcanzan a aprobar el examen hecho con un rasero de moralidad y de civilidad en el cual tienen primacía condiciones como el ser casados, ir a misa los domingos y fiestas de guardar, tener iglesia en buen estado, al igual que casa cural, y no tener hijos “naturales”. Un párrafo del informe, alusivo a la Parroquia de San Francisco de Asís de Quibdó, muestra en resumen la aplicación de las condiciones mencionadas: “Mucho se ha trabajado por moralizar esta parroquia, como lo confiesan aquellos que de tiempo atrás conocen esta población; sin embargo, queda muchísimo que hacer para conseguir el cambio de su fisonomía moral, pues son contados los hombres que cumplen con el precepto pascual; es más regular la asistencia a la santa misa en los días festivos; pero la medida que da a conocer el estado de su desmoralización, son los nacimientos, que acusan un 55 por 100 de hijos naturales".[4]

Presentamos, pues, en esta edición de El Guarengue, un extracto del informe de la Prefectura Apostólica del Chocó 1911-1915, donde puede el lector identificar los elementos de análisis antes anotados, en la descripción de las viceparroquias de la Parroquia de San Francisco de Asís de Quibdó: Yuto, Samurindó, Paimadó, Tanando, Campobonito, La Troje, Guayabal; y de las parroquias y viceparroquias del Atrato: Lloró, Bagadó, Cuchadó, San Nicolás de la Sierra, San Rafael de Neguá, Tutunendo, Beté, Bebará, Bebaramá, Begaes, Isleta, Aguaclara, Vigía del Fuerte, Buchadó, La Isla, Murindó, Curbaradó, Riosucio, Sautatá, Turbo, Acandí, Titumate, Unguía.

En todos los casos se ha respetado la ortografía original de los topónimos utilizada en el informe de los misioneros; por ejemplo, en los casos de Begaes, Nicoclí, Sapsurro y Capulganá.

En próximas entregas de El Guarengue, ofreceremos a los lectores las descripciones de Quibdó e Istmina que aparecen en el informe; así como las correspondientes a las poblaciones de la Provincia del San Juan.

Julio César U. H.

*****************************************************

Portada del Informe de la Prefectura Apostólica del Chocó 1911-1915, y los dos primeros prefectos apostólicos: Juan Gil García, fallecido en Quibdó, en 1912, y Francisco Gutiérrez, su sucesor. FOTOS: Misioneros Claretianos. Archivo El Guarengue.

Extracto del Informe oficial que rinde el Prefecto Apostólico del Chocó a la Delegación Apostólica. 1911-1915. Bogotá, Imprenta Nacional, 1916. Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. 118 pp. Pág. 75-82

VICEPARROQUIAS DE QUIBDÓ

Yuto. Pueblo incipiente, de unas veinte casas, con escuela de niños. Tienen adelantada la iglesia, para la que han adquirido una regular campana; tienen reunidos los materiales para la casa cural. Es población moralizada.

Samurindó. Pobladito de ocho casas, decadente en lo material, y aunque no muy floreciente en lo moral, han conseguido un bonito altar y una imagen de Nuestra Señora de las Mercedes, a quien está dedicada su iglesita, cubierta de fierro. Tiene casa cural pajiza, algo descuidada; no tiene escuela.

Paimadó. Poblado de los más religiosos y moralizados de la Provincia del Atrato. Así se explica que en poco más de dos años, derribada la iglesia, que se arruinaba, han levantado otra con techo de fierro y casa cural de paja; y contra lo que acontece en otros poblados, sin necesitar de las exhortaciones ni presencia del sacerdote. El pobladito no consta más que de veinticinco casas.

Tanando. Sólo doce casas componen este poblado, del que poco hay que decir, pues con la ruina de su iglesia, parece haberse muerto su religiosidad: tan poco es el interés que se toman por su reconstrucción. Existe casa cural mediana.

Campobonito. Tiene doce casas en una hermosa planicie. Su iglesita está en regulares condiciones, dedicada a la Niña María, a quien obsequian en su fiesta anual, pintoresca por demás, cuando se dirige todo el pueblo con su Patrona a Quibdó, surcando, en variedad de canoas, las aguas del Atrato.

La Troje. Tiene iglesia y casa cural cubiertas de cinc. Compónese el poblado de treinta y cinco casas, es muy visitado de los Misioneros y deja algo que desear su moralidad.

Guayabal. Ocho casas componen este pueblo de reciente fundación, y al parecer de poco porvenir. Tiene iglesia y casa cural de paja. Aunque no muy moralizado, celebra sus fiestas anuales.

PARROQUIAS Y VICEPARROQUIAS DEL ATRATO

Parroquia de Lloró. Esta población, que tuvo en otro tiempo sacerdote permanente, se compone de cuarenta casas; tiene iglesia techada de cinc, y buena casa cural; posee una preciosa custodia; funcionan escuelas, y es frecuentemente visitada de los Misioneros.

Bagadó. Como la anterior, tendrá este poblado unas cuarenta casas, no le falta su iglesia y casa para el sacerdote, tiene escuelas y adquirió hace poco una linda imagen de La Candelaria y una urna sepulcral para las funciones de Semana Santa.

Cuchadó (San Marino). Posee iglesia en mal estado. Funcionó, hasta hace poco, una escuela de varones, y está muy atrasado en todo sentido.

San Nicolás de la Sierra. Este pueblo empieza a construirse a los lados del río Andágueda; no tiene iglesia ni casa cural; funciona una escuelita. Entre los dos pobladitos cuentan con unas treinta casas.

Parroquia de San Rafael de Neguá. Fue residencia habitual del sacerdote; hoy es un poblado decadente; la iglesia y casa cural están descuidadas. Tiene escuela de niños, y por el número de habitantes puede contarse en tercer lugar entre las poblaciones del Atrato. Tiene unas cincuenta casas.

Tutunendo. Pueblo de veinte casas con su iglesia y casa cural, en regular estado. Hace poco se adquirió una campana para este lugar, y se bendijo un altarcito construido en Quibdó. Funciona una escuela de niñas. Muchas veces gozan de la presencia de los Misioneros, por ser paso obligado de éstos para ir a la granja del Corazón de María.

Beté. Pintoresca población de unas veinticinco casas a orillas del Atrato; posee iglesia algo deteriorada, casa cural nueva; funciona una escuela de niñas notablemente concurrida. La moralidad de este pueblo, lo mismo que la de casi todos los pueblos anteriormente mencionados, deja algo que desear. Esta población va desapareciendo, merced a los derrumbes que producen las aguas del Atrato.

Parroquia de Bebará. Rica en otro tiempo esta población, hoy está casi muerta; su templo en estado ruinoso, la casa cural está regularmente conservada. Tiene escuela alternada. La corrupción de costumbres es mucha. Sólo consta de quince casas. Se visita, como Beté, con regularidad.

Bebaramá. Tiene iglesia grande techada de fierro, bien conservada; buena casa cural, aunque pajiza; hay escuela alternada; recibe varias visitas anuales de los Misioneros; el núcleo de la población está formado de sólo diez casitas.

Begaes. Pueblo desmoralizado de veintidós casas, con iglesia de fierro, casa cural pequeña e incómoda. Se le visita anualmente; acaso no tarde en desaparecer, cambiándose a la orilla derecha del río Arquía, por donde pasa el camino para Urrao.

Isleta. Poblado próximo al anterior, y poco menor que él; quedó casi totalmente destruido el año pasado por la violencia de un furioso vendaval, que hizo volar sus casas.

Aguaclara. Como pueblo incipiente está sin iglesia, ni casa cural. Se le ha visitado diferentes veces. Su población es de quince casas diseminadas. Sus moradores, bien animados para dar comienzo a su iglesia.

Parroquia de Vigía del Fuerte. Decadente en lo material, esta población de cuarenta casas, y abandonada en la instrucción y moralidad, tiene su iglesia pajiza y sin terminar, lo que poco prueba a favor de su religiosidad.

Buchadó. El estado moral y aun material de este pueblo es de lo más aflictivo y desconsolador: sin iglesia ni casa cural, ni escuela, en un poblado de treinta casas.

La Isla. Se manifiesta el despertar religioso de este pueblo, de veinticinco casas, con la iglesia de fierro que ha construido el entusiasmo de sus moradores; la casa cural está adelantada. Tiene escuela de niños, a la que asisten con mucha asiduidad.

Parroquia de Murindó. Pueblo importante, de cuya religiosidad está dando fe su nueva iglesia de fierro levantada en pocos días, con la cooperación de todos, bajo la dirección del Reverendo Padre Francisco García, y la casa cural empezada; posee escuelas completas; recibe anualmente la visita del Misionero; consta el poblado de cuarenta casas.

Curbaradó. Caserío de seis casas, abandonado.

Parroquia de Riosucio. Por el número de habitantes debe figurar esta población en segundo lugar entre las del Atrato. Consta de unas cien casas, tiene un buen aserradero, escuelas, iglesia de madera; no tiene casa cural. La enorme distancia que la separa de Quibdó, la priva de la asistencia que exige su importancia, y a eso sin duda obedece su postergación moral y aun religiosa.

Sautatá. Caserío formado por los trabajadores de un aserradero de propiedad de extranjeros. Está provisto de escuela alternada. Se piensa en levantar capilla.

Parroquia de Turbo. Población situada en el golfo de Urabá, en la desembocadura del río Atrato, es la capital de la Provincia de Urabá, dependiente del Departamento de Antioquia; está un tanto en decadencia, ya por la depreciación de la tagua, fuente principal de su riqueza, ya también por el fracaso de la colonia alemana de Puerto César. Creemos necesario llamar la atención de los Gobiernos Departamental y Nacional sobre la gran importancia geográfica y comercial de este pueblo. En nuestra visita de mayo último vimos, con pena, la indiferencia religiosa y desmoralización que todo lo invade; nos esforzamos por levantar los espíritus de tan vergonzosa situación; el fruto fue muy escaso. Conseguimos, sin embargo, reanimar algún tanto la piedad de un buen número, para dar comienzo a las obras del templo, de que hasta hoy carece, en cuya edificación se está trabajando por varios vecinos con la mejor voluntad. Muy doloroso fue para los Misioneros no poder volver para ponerse al frente de los trabajos, según promesa que habíamos hecho al pueblo; las enfermedades y los vientos contrarios nos lanzaron violentamente a Cartagena, cuando nos dirigíamos por segunda vez a Turbo. Por esta misma razón no pudimos visitar sino sólo el poblado de Nicoclí, de los muchos que pertenecen a esta parroquia. Nos contentaremos con apuntar los nombres de los más principales. En la costa del golfo, partiendo de Turbo a Cartagena, se encuentran, a cinco horas de Turbo, Caimán Nuevo, río en donde moran como unos 100 indios; como a dos horas de la boca de ese río está Nicoclí. poblado como de sesenta casas; a un día de Nicoclí se encuentra Zapata, poblado algo menor que Nicoclí; navegando algunas horas llégase a la boca del río San Juan, donde se halla el poblado de su nombre, como de cien casas; a breve distancia se encuentra el pobladito llamado Arboletes, límite de la Prefectura con la Arquidiócesis de Cartagena. A la izquierda de Turbo, y en el golfo, encuéntrase Puerto César, poblado más importante por haber sido el centro de los trabajos establecidos por la colonia alemana, exportadora de bananos, que por el número de sus habitantes. Caminando unas tres horas llegamos a las bocas del caudaloso río León; en él y en sus afluentes se encuentran varios poblados, como Micuro, Chigorodó, Churidó, Vijagual y Vijagualito.

Parroquia de Acandí. Situada en la parte occidental del golfo de Urabá, se compone de unas ciento veinte casas, distante como cinco horas del río La Miel, límite con Panamá. Tiene algún comercio con Cartagena. Por su situación geográfica merece toda la atención del Gobierno, y es urgente el establecimiento de una oficina telegráfica que ponga en comunicación la primera población del golfo de Urabá con el resto de la República. Esta medida y el hacer llegar hasta su puerto los buques que viajan de Cartagena a Quibdó, y viceversa, acaso fueran principio de un nuevo período de progreso material. Su estado moral y religioso es lamentable. La última visita girada en mayo de este año fue poco satisfactoria; en los diez días que duraron los Misioneros, fueron en muy corto número los indígenas que se presentaron para recibir los sacramentos del bautismo y confirmación; sólo tres parejas se unieron en santo matrimonio, sin ser bastantes las instrucciones, avisos y aun amenazas para hacer entrar en sí a tantos que vivían en vergonzoso concubinato. El desencanto de los Misioneros fue tanto mayor cuanto eran más ardientes los votos que en memorial firmado por los principales del pueblo y dirigido a la Prefectura pocos meses antes, hacían por recibir la visita. Porque no careciese de templo un poblado tan importante, propúsose la idea de su construcción, y aunque hubo de parte de algunos habitantes algunas ofertas generosas, no hallamos el ambiente bastante preparado. Es cierto que la enfermedad que acometió a uno de los Misioneros abrevió los días de nuestra visita, y acaso no llegó a conocimiento de todos en tiempo oportuno para acudir a donde estaban a disfrutar de los beneficios de la Misión, tanto más cuanto que habíamos prometido la vuelta a Acandí, después de visitar los pobladitos de Sapsurro y Capulganá.

Titumate. Saliendo de Acandí, llégase con viento favorable en unas seis horas a un pobladito de veinte casas llamado Titumate. Sus habitantes aprovecháronse bastante de la visita de los Misioneros, y aunque su estado moral no sea satisfactorio, hallamos, en general, los ánimos bien dispuestos; por supuesto que no posee iglesia ni casa cural.

Unguía. Dos días gastaron los Misioneros para llegar desde Titumate a Unguía. El camino se hace por mar hasta entrar en el Atrato por la mayor de sus bocas, llamada Tarena. Aquí los Misioneros estuvieron a punto de perecer debajo de las ondas. Desde este punto hasta Unguía no se encuentra ni un miserable rancho, habiendo de atravesar las extensísimas ciénagas de Marriaga y Arquía, en una de las cuales, expuestos a la intemperie, hubieron de hacer noche los Misioneros. La entrada al poblado es forzoso hacerla sobre un sillero, con peligro de hundirse en los muchísimos lodazales que forma el río Unguía, desbordado por el bosque. El poblado, como de veinte casas, recibió entusiasmado la visita de los enviados del Señor. Al día siguiente ofrecíase, por primera vez, el santo sacrificio en aquellas selvas vírgenes. Muy satisfechos quedaron los Misioneros del comportamiento de aquellas sencillas gentes, sin que ninguno se resistiera a arreglar su estado por medio del santo matrimonio.

División Eclesiástica de la Prefectura Apostólica del Chocó, 1915. Tomada del Informe de la Prefectura, 1911-1915. Misioneros Claretianos.


[1] Informe oficial que rinde el Prefecto Apostólico del Chocó a la Delegación Apostólica. 1911-1915. Bogotá, Imprenta Nacional, 1916. Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia. 118 pp. Pág. 82

[2] Ibidem. Pp. 70-71. División eclesiástica de la Prefectura Apostólica del Chocó.

[3] Otros informes de la Prefectura citados en diversos artículos de El Guarengue son:

*Bodas de Plata Misionales de la Congregación de Misioneros Hijos del I. Corazón de María en el Chocó 1909 – 1934. Quibdó, 14 de febrero de 1934. 228 pp.

*Informe de la Prefectura Apostólica del Chocó 1909-1929. 326 pp.

[4] Ibidem, pág. 73.