04/09/2023

 2 renuncias memorables
Eladio Enrique Martínez Chaverra
y Ramón Lozano Garcés

Eladio Enrique Martínez Chaverra y Ramón Lozano Garcés protagonizaron, en diciembre de 1965, las dos renuncias quizás más memorables de la Historia del Chocó, para no cohonestar con las arbitrariedades y atropellos de la compañía minera Chocó Pacífico, que el gobierno nacional pretendió imponerles. FOTOS: Archivo fotográfico y fílmico del Chocó.

Beté es la cabecera municipal del Medio Atrato, municipio del departamento del Chocó creado por la Asamblea Departamental el 23 de junio de 1999. Gran parte de su popularidad se deriva de una canción del folclor chocoano compuesta por Rubén Castro Torrijos, La canoa ranchada: Adiós, canoa, me voy pa’ Beté; rayando la aurora, me voy pa’ BetéEn este histórico pueblo, situado en la margen izquierda del río Atrato, y en algunos de sus pueblos vecinos, se originó en la década de 1980 el movimiento campesino negro que le dio origen a las reivindicaciones étnicas y territoriales que posteriormente fueron recogidas en la Ley 70 de 1993.

Ahí, en Beté, que era entonces corregimiento del Municipio de Quibdó, nació en 1935 Eladio Enrique Martínez Chaverra, un ingeniero agrónomo que, además de ocupar con lujo de competencias casi todas las secretarías del gobierno departamental, fue dos veces gobernador encargado del Chocó: la primera, entre el 18 de septiembre y el 14 de diciembre de 1965, por nombramiento que le hizo el presidente Guillermo León Valencia y en reemplazo de Ricardo Eleazar Valencia; y la segunda entre el 11 de febrero y el 10 de marzo de 1977, por nombramiento que le hiciera el presidente Alfonso López Michelsen.

"Mi dignidad de chocoano me impone el deber de renunciar"

Corría noviembre de 1965 cuando una draga de la compañía minera Chocó Pacífico que adelantaba trabajos en inmediaciones de la población de Bebedó, en ese entonces corregimiento del Municipio de Istmina, ocasionó graves daños en suelos y cultivos de propiedad de campesinos de esta localidad, además de un deslizamiento de tierra que amenazaba con ocasionar daños aún mayores. Las autoridades tasaron los perjuicios en una suma de cuatrocientos mil pesos de la época ($400.000), equivalentes a unos cuarenta millones actuales; que la empresa minera debía pagar a los campesinos perjudicados. 

Pero, la compañía minera se negó a pagar. Por lo cual, el Alcalde de Istmina ordenó la suspensión de las operaciones de la draga y contrató como apoderado del municipio al eminente abogado chocoano Ramón Lozano Garcés, quien conocía a fondo el modus operandi de esa empresa, ya que lo había venido estudiando y denunciando juiciosamente desde hace casi tres décadas; de modo que sabía de sus trapisondas y su contubernio con el Estado colombiano para explotar sin control ni contraprestaciones los metales preciosos de la provincia del San Juan y el Alto Atrato; un negocio cuyas utilidades eran tan jugosas que le alcanzaron a los accionistas para participar en la construcción del Madison Square Garden, de Nueva York.

Tal como lo narró con detalles el memorioso abogado y artista quibdoseño Américo Murillo Londoño[1], la Chocó Pacífico no solamente no pagó, sino que -valiéndose de la obsecuencia y el servilismo de funcionarios de los ministerios de minas y de gobierno- consiguió que el mismísimo Ministro de Gobierno, Pedro Gómez Valderrama, presionara de manera insistente al entonces gobernador encargado del Chocó, Eladio Enrique Martínez Chaverra, para que revocara la medida impuesta por el Alcalde de Istmina contra la empresa gringa.

Era frecuente que las operaciones de las dragas de la empresa minera norteamericana Chocó Pacífico ocasionaran daños a los terrenos, cultivos y propiedades de los pobladores de las orillas de ríos y quebradas de la Provincia del San Juan y que esta no asumiera sus responsabilidades. El caso de Bebedó, en noviembre de 1965, ocasionó la digna renuncia del Gobernador del Chocó y del abogado chocoano apoderado del municipio afectado (Istmina), para no cohonestar con la venalidad del gobierno nacional de Colombia. FOTO: Archivo fotográfico y fílmico del Chocó.

Digno como el que más, en concordancia con la denuncia pública del abogado Ramón Lozano Garcés, el Gobernador Eladio Enrique Martínez Chaverra prefirió renunciar antes que ceder a la ignominia a la que se le quería conducir por parte del alto gobierno nacional, que por encima de la ley había ordenado levantar la medida de suspensión de trabajos de dragado expedida por la Alcaldía de Istmina. Mediante una carta dirigida al presidente de Colombia, Guillermo León Valencia, y al ministro de gobierno, Pedro Gómez Valderrama, el Gobernador Martínez Chaverra renunció en los siguientes y admirables términos:

“De la manera más respetuosa, reitero a usted, señor presidente, mis agradecimientos por conferirme el alto cargo y la digna misión de regir los destinos de mi tierra, sentimientos estos que hago extensivos al señor ministro de gobierno. Pero ante los últimos hechos relacionados con la movilización de la draga N° 6 de la compañía extranjera Chocó-Pacífico S. A., cuyo conocimiento y decisión del expediente estaba a cargo de este despacho, en virtud del recurso de renovación interpuesto por el doctor Juan Manuel Arbeláez, apoderado de dicha compañía, en el agotamiento del procedimiento gubernativo, creo que he quedado relevado de mis funciones como jefe de la administración pública seccional.  Ante la insólita e injurídica orden del gobierno nacional de poner en funcionamiento la mencionada draga que está ocasionando serios y graves perjuicios al paraje denominado Bebedó, jurisdicción del Municipio de Istmina, y a sus humildes moradores, creo que se ha pretermitido el trámite legal en esta materia y no puedo compartir ese criterio. Mi dignidad de chocoano y apasionado amante de esta tierra me impone el deber de renunciar a la Gobernación del Chocó, que ejerzo en calidad de encargado, para dejarle la libertad de escoger su representante seccional. Quiero dejar constancia ante la historia que he mirado con perplejidad este hecho que supedita a intereses particulares extranjeros los inalienables intereses de la comunidad chocoana. Ruego aceptar, señor presidente, mis más fervorosos votos por la feliz y exitosa culminación de su mandato”[2].

No era posible ser más claro, a menos que se tratara de Ramón Lozano Garcés, cuya denuncia pública de este hecho irregular e ilegal en favor de la empresa minera Chocó Pacífico quedó consignada para la historia en una carta titulada La Constitución pisoteada, dirigida al jefe liberal Carlos Lleras Restrepo, quien era candidato a la presidencia de la república por dicho partido y triunfaría en las elecciones de 1966, para ejercer como Presidente de Colombia entre 1966 y 1970.

Neftalí Mosquera Mosquera y Teresa Martínez de Varela, con el Gobernador Eladio Enrique Martínez Chaverra, en su despacho, en 1965. FOTO: Archivo fotográfico y fílmico del Chocó.

La Constitución pisoteada

Cuando ocurrió este vergonzoso incidente de lesa soberanía, Ramón Lozano Garcés ya figuraba en la historia política y jurídica de Colombia como un jurista digno, sabio y audaz, tanto por sus ejecutorias legislativas, por su honradez y lealtad a los principios teóricos y doctrinales más avanzados en el Derecho de la época, como por la calidad de sus debates en el Congreso de Colombia y la de sus artículos en revistas académicas, libros y periódicos. De hecho, recién graduado como abogado, Lozano Garcés había escrito uno de los ensayos más significativos y valiosos dentro de la discusión del nuevo Código de Minas de Colombia, promovida por el presidente Alfonso López Pumarejo con el concurso de otra preclara mente chocoana, la de Adán Arriaga Andrade. Dicho ensayo fue publicado en la revista Estudios de Derecho, de la Universidad de Antioquia, en agosto de 1942[3].

Diez años antes del incidente de Bebedó, Ramón Lozano Garcés había asesorado jurídicamente al Municipio de Nóvita en sus reclamaciones contra la Chocó Pacífico por la sistemática y recurrente falta de pago del impuesto catastral a ese municipio. Esa actuación legal le había costado a Lozano Garcés una arbitraria e ilegal detención -orquestada por serviles funcionarios colombianos y abyectos funcionarios gringos de la empresa minera- que lo condujo temporalmente a la cárcel de Quibdó. Cárcel con honor, tituló Ramón Lozano Garcés su lúcido resumen de la situación que lo condujo a prisión.

Valiente y literalmente antiimperialista, desde sus primeros años de estudiante de Derecho en la Universidad de Antioquia en la década de 1930, Lozano Garcés había denunciado por todos los medios a su alcance los abusos y desafueros de los empresarios mineros gringos en el Chocó. De modo que su carta a Lleras Restrepo no era más que una reiteración, en un nuevo caso, de lo que tantas veces y durante tantas décadas este chocoano ejemplar le había mostrado a Colombia desde todos los escenarios públicos de la política y el gobierno, del ejercicio profesional del Derecho y de la cátedra universitaria.

He aquí la histórica carta, donde, además de la reiteración de sus principios morales y profesionales, de sus ideales liberales y de su compromiso social, Ramón Lozano Garcés resume lo ocurrido en Bebedó, incluyendo las irregulares actuaciones del gobierno nacional, y resaltando la dignidad del Gobernador del Chocó, Eladio Enrique Martínez Chaverra; así como renuncia a su candidatura como Senador principal por el Chocó y anuncia su voto por Lleras Restrepo para la presidencia de la república.

Los textos jurídico-políticos de Ramón Lozano Garcés se destacaron siempre por su aguda argumentación, la solidez de sus fundamentos jurídicos y la calidad de su escritura. FOTOS: Facebook-Ramón Lozano Garcés "Centenario".

La Constitución pisoteada

Quibdó, diciembre 11 de 1965.

Señor
Dr. Carlos Lleras Restrepo
Bogotá.

Desde mi mocedad he aquilatado el concepto de que el liberalismo debe ser la herramienta política para alcanzar mejores niveles de vida para el pueblo, para los de abajo, para los desposeídos de fortuna, que, en un mundo enfermo de egoísmos, son los más.

Sobre tal base doctrinaria he edificado todo lo que ha sido mi vida de treinta y cinco años de formación intelectual y de resistencia moral al servicio de Colombia, del Chocó y del Liberalismo.

He sido un abogado prácticamente en función social, pues al cabo de veintidós años de ejercicio profesional soy un hombre paupérrimo. Me siento orgulloso de serlo, porque eso indica, a una comunidad que me ha visto calumniado, cómo andan de errados mis detractores. Si hubiera querido enriquecerme a base de inmoralidades, seguramente que estaría con chequera y crecido saldo bancario. A mis hijos dejo la herencia de un carácter que jamás se quebró.

Quise participar activamente en la política de mi Departamento y del país en un momento que considero crucial para todos nosotros, es decir, para quienes creemos en el triunfo final de la democracia progresista. Pero han ocurrido en estos días hechos muy graves que me llevan a alejarme de toda intervención política, tal vez definitivamente.

Como abogado, he venido representando al pueblo de Istmina, que es parte vital del Chocó, en diligencias de avalúo por daños en la población de Bebedó, en gran parte dragada por las compañías de accionistas norteamericanos denominadas Pacific Metals Corporation y Chocó Pacífico. Se obtuvo un avalúo inapelable de acuerdo con el artículo 4º de la ley 13 de 1936 y 116 del Decreto 0805 de 1947. Se niega a pagar estos perjuicios la Chocó Pacífico y el Alcalde de Istmina, acatando una sentencia de la Corte Suprema de Justicia de fecha 1953 en el juicio de Nicolasa Blandón contra la Compañía Minera Chocó Pacífico en la que no hubo salvamento de votos y el artículo 197 del Código de Minas e inclusive los oficios 0394-0405 del Ministerio de Minas, procedió a suspender el dragado de la población de Bebedó hasta tanto se hiciera el pago de los perjuicios avaluados en diligencia inapelable y de perentorio cumplimiento.

Desde ese momento se puso a prueba la consistencia jurídica y moral de nuestro país, que se enorgullece de haber sacudido hace ciento cincuenta y cinco años el yugo español. La Pacific Metals y la Chocó Pacífico, representada en Bogotá por un hombre que perdió la noción de Patria, empezó a poner en marcha una serie de presiones al margen del Derecho con el objeto de obtener que el fallo pericial hecho ante el Alcalde de Istmina no se cumpliera.

Se trasladaron a Bebedó visitadores e Ingenieros de los Ministerios de Gobierno y de Minas a cumplir la proditoria misión de dejar burlados los derechos de una parte de Colombia. Llovieron los informes extra-juicio, los conceptos interesados y bien pagados y el teléfono del Ministerio de Gobierno a Quibdó sonó todos estos días para decirle al Gobernador que revocara la orden de suspensión expedida por el Alcalde de Istmina. El muy digno Gobernador del Chocó, Dr. Eladio Enrique Martínez, fiel a su estirpe, resistió el asedio, pero al fin hoy llegó la orden tantas veces esperada y anunciada por la Chocó Pacífico: el Gobierno Nacional por boca de su Ministro de Gobierno dispone que se ponga a andar la draga N° 6, dizque por el peligro que corre la población de Bebedó.

Semejante desfachatez para mentir, de parte de un Ministro del mismo Partido al cual pertenezco, ha sido para mi estructura espiritual un zarpazo aleve que la ha puesto a prueba. Si una alta autoridad colombiana, si un encargado de llevar en alto la dignidad del país, de hacer respetar su soberanía jurídica, se atreve a pasar por sobre un fallo ejecutoriado para burlarlo en contra de su propia Patria y a favor de unos capitalistas extranjeros, no queda nada que hacer distinto de rezar el credo. ¡Qué ejemplo para la juventud, qué ejemplo para un pueblo ansioso de un cambio en los sistemas y costumbres político-administrativas!

Yo no seré notario, ni testigo indiferente de esta protocolización melancólica de la indignidad nacional, de esta agonía del régimen de derecho en una nación que todavía habla de libertad, cuando en realidad en nuestra Constitución debería existir un artículo que dijera: “En Colombia los extranjeros gozan de más derechos que los nacionales, entre otros del derecho de cumplir los fallos de las autoridades colombianas cuando lo consideren conveniente”.

Sobro por ello en este momento crepuscular de las auténticas libertades de mi pueblo. Y, también por ello, declino mi postulación hecha por la inmensa mayoría del liberalismo chocoano, como candidato principal al Senado de la República.

En cuanto a su candidatura a la Presidencia, la considero excelente. Sus ideas sobre la realidad nacional me convencieron de que hará un buen gobierno. Mi voto será depositado por su nombre.

Me quedan pocos años de vida, que los dedicaré a servir a la sociedad desde mi oficina de abogado y a enseñar a mis descendientes que más vale morir de pies que vivir de rodillas.

Créame su amigo sincero, 
Ramón Lozano Garcés.

FOTO: Archivo fotográfico y fílmico del Chocó.

El documento del abogado Lozano Garcés y la renuncia del Gobernador fueron un desenlace totalmente sorpresivo e inesperado del conflicto para el gobierno nacional. Pero, aún habría más. Joaquín Rodríguez Asprilla y Guido Perea Mosquera convocaron a un amplio sector de la ciudadanía quibdoseña, incluyendo al comercio, a un paro cívico que solamente se suspendería cuando el gobierno nacional obligara a la abusiva Chocó Pacífico a pagar por los daños causados y a suspender trabajos en Nóvita y en otros sitios donde su presencia era más un factor de peligro para la gente y el territorio, que un elemento de progreso económico. Los organizadores -Rodríguez Asprilla y Perea Mosquera- conformaron entonces el que denominaron Comité de Salvación Pública del Chocó, al cual invitaron como integrante de honor al doctor Ramón Lozano Garcés. El 17 de diciembre de 1965 se fijaron las reglas del movimiento y el paro comenzó.

Ejemplares y memorables

La renuncia a la Gobernación del Chocó por parte de Eladio Enrique Martínez Chaverra, así se tratara de un encargo temporal y no de un nombramiento definitivo; y la renuncia de Ramón Lozano Garcés a su candidatura al senado, a su participación en la escena pública y a su condición de apoderado legal del Municipio de Istmina en el pleito contra la Chocó Pacífico por los daños y perjuicios inferidos a la población de Bebedó; ambas motivadas por el abierto y venal favorecimiento del gobierno nacional hacia los intereses de esta empresa, son un ejemplo de dignidad y ética, dos cosas que hoy tanto echamos de menos.

Son dos renuncias literalmente memorables en el contexto de uno de tantos casos de violación de derechos y de usurpación de la soberanía nacional cometidos por la empresa Chocó Pacífico, emblema del enclave minero norteamericano en el Chocó, que saqueó la región durante medio siglo XX. De paso, le hacemos un homenaje anticipado a Ramón Lozano Garcés, de cuyo nacimiento se cumple el 111° aniversario el 24 de septiembre y de cuyo fallecimiento conmemoraremos 40 años el 22 de septiembre de 2023.



[2] EL TIEMPO, 15 de diciembre de 1965. Renunció el Gobernador del Chocó.

[3] Ramón Lozano Garcés (1942). Crítica de la posesión en el proyecto de nuevo Código de Minas. Revista Estudios de Derecho. Órgano de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Antioquia. Medellín, Colombia, agosto de 1942. Volumen 4, N°11. Pp. 201–228. https://revistas.udea.edu.co/index.php/red/article/view/334409/20790300

28/08/2023

De Memoria
Algunos recuerdos sueltos
sobre los orígenes de la Ley 70 de 1993
-2ª Parte-

30 años después de su entrada en vigencia, la Ley 70 de 1993 sigue siendo el instrumento sociojurídico más completo para la defensa y garantía de los derechos étnicos y territoriales de las comunidades negras de Colombia. FOTO: Festival Petronio Alvarez 2023-Twitter: @PetronioCO.

Se cumplieron 30 años de la expedición y entrada en vigencia de la Ley 70 de 1993 o Ley de comunidades negras, el domingo 27 de agosto de 2023. El balance de su aplicación en materia de titulación colectiva de tierras es altamente favorable: de hecho, por ejemplo, el Consejo comunitario mayor de la Asociación Campesina Integral del Atrato, COCOMACIA, es titular de un área de propiedad colectiva de casi 700.000 hectáreas. Pero lo que sí resulta imperdonable es que la reglamentación de esta ley en las demás materias pendientes continúe siendo -tres décadas después- una promesa vana y recurrente que se saca del catálogo político electoral cada cuatro años con el único y cínico fin de captar votos incautos para Congreso y Presidencia de la República. Una promesa que hace dos días, con la firma de un par de decretos reglamentarios de los capítulos IV  y V de la ley (Recursos naturales y medio ambiente, y Recursos mineros) pareciera, por fin, haberse empezado a cumplir.

Aun con este vacío de reglamentación y varios de aplicación, la Ley 70 de 1993 sigue siendo el hito de mayor trascendencia en toda la historia del movimiento social afrocolombiano en cuanto al reconocimiento de derechos de las comunidades negras del país. La Ley 70 de 1993 puso en la escena sociojurídica y política a las comunidades negras como sujetos válidos y constituyentes de la nacionalidad multiétnica y pluricultural de Colombia; lo cual, en medio del racismo sistemático e interiorizado de la mayor parte de la sociedad, que ni siquiera puede aceptar -sin denigrar de ella- que la vicepresidenta de la República sea negra; es un acontecimiento de carácter histórico para nuestra democracia.

Dicho racismo, unido a la escasa comprensión de la cuestión étnica y al nulo interés en la misma, así como cierta dosis de indolencia social y clasismo, habrían de ocasionar no pocas dificultades e incomprensiones en tiempos de los orígenes de la Ley 70 de 1993, desde sectores académicos, políticos y eclesiásticos de Quibdó y el Chocó. El recuento de algunas de estas situaciones, que incluso en su momento llevaron a la ACIA a titular un comentario en El Atrateño, su boletín bimestral de entonces: “Le levantan corrinches a la ACIA”; es la materia de esta segunda parte de la compilación de recuerdos sobre aquellos tiempos en los que se estaba gestando la Ley 70 de 1993.

La academia ausente

Desde que comenzó el proceso organizativo de las comunidades indígenas del Chocó, del cual nació la OREWA, primera organización indígena de carácter regional, y desde que los equipos misioneros del Vicariato de Quibdó y líderes campesinos del Atrato Medio emprendieron la tarea de construir una organización campesina, que se constituiría como ACIA (Asociación Campesina Integral del Atrato); las comunidades, sus líderes y sus acompañantes o asesores esperaban que el símbolo de la academia chocoana, la Universidad Tecnológica del Chocó Diego Luis Córdoba -UTCH-, asumiera un papel activo, propositivo, creativo y solidario en el proceso organizativo, de formación, de discusión y debate, que tan complejo e intrincado se tornaba a ratos por la novedad de las materias involucradas.

En efecto, estábamos tratando con un conjunto de materias, minucias, detalles, costumbres, tradiciones, que a través del proceso pretendíamos convertir en categorías normativas lo más elevadas y vinculantes que fuera posible, jurídicamente hablando; tales como el reconocimiento del carácter étnico del pueblo negro, el levantamiento de la Reserva Forestal del Pacífico (Ley 2ª de 1959) para titular esas tierras de manera colectiva a los campesinos negros del Medio Atrato, del Chocó, del Pacífico; el establecimiento de nuevas instituciones de carácter comunitario para la administración del territorio y el ejercicio de la autoridad territorial por parte de los propios campesinos; la institucionalización de las tradiciones de uso y manejo de los bosques, de las orillas, los ríos y el monte, de la propiedad sin dueños reconocidos, de la propiedad reconocida desde antiguo a los troncos familiares en cada pueblo, en cada calle del río, en cada segmento de los cursos medios y de las desembocaduras; etcétera, etcétera, etcétera.

Pero, no. No fue así. La UTCH se limitó a hacer presencia -cuando asistía, pues no todas las veces lo hacía- con sus delegados en las reuniones a las que era convocada, con representaciones discontinuas y sin ir más allá del acto de presencia. Únicamente el Profesor Millo, Néstor Emilio Mosquera Perea, y el Profesor Carlos Arturo Caicedo Licona, en quienes no era extraño ni nuevo este apoyo, pues de hecho siempre habían sido interlocutores entusiastas y constructivos de los Misioneros Claretianos que habían trabajado desde el principio en estas lides, como Gonzalo de la Torre, Jairo Miguel Guerra, Wilson Cuevas, Antonio Mena, Jaime Salazar, Javier Pulgarín, Hernando Moná y Héctor Castrillón, entre otros; se mostraron siempre fervorosos y entusiasmados con las discusiones, y favorables a las propuestas que surgían de los encuentros, las reuniones, los cursillos y talleres educativos del campesinado en el Medio Atrato; los cuales terminarían germinando y fructificando en la conformación de la ACIA, Asociación Campesina Integral del Atrato, que se convirtió en adalid del camino que condujo al Artículo  Transitorio 55 de la Constitución Política de Colombia y a la Ley 70 de 1993.

También contribuían con pequeños y valiosos apoyos a la causa, como su acompañamiento y participación en las reuniones de trabajo, y su disposición permanente para mantenerse informadas y así transmitir a sus estudiantes y colegas los puntos centrales de debate, a manera de pedagogía, un grupo de profesoras del programa de Trabajo Social de la UTCH, en el cual se destacaban Inocencia Lemus de Uribe, Luz Stella Useche de Del Valle, Berta Conto García y Sara García Perea, quien había participado en el Foro de Buchadó, donde los campesinos le habían planteado, por primera vez como organización, los aspectos centrales de sus reivindicaciones étnicas y territoriales a los representantes gubernamentales del orden nacional. Contrario a estas profesionales chocoanas y a sus colegas Millo y Licona, en un acto como de Ripley o del Extraño mundo de Subuso, en la misma UTCH se gestó una de las más férreas campañas de tergiversación y desprestigio de las ideas que originaron la Ley 70 de 1993. La lideró el sacerdote chocoano John Hérbert Valencia Barco, quien era un célebre profesor de la institución y quien -de modo obcecado y tendencioso- no solamente controvirtió con argumentos que no lo eran, sino que -además- inventó lo que hoy llamaríamos fake news para desacreditar el proceso.

Además de la indiferencia del sector académico
del Chocó, el proceso de origen de la Ley 70
debió soportar hostilidades políticas, maledicencia
y campañas de desprestigio.

El Padre Hérbert o la cuña del mismo palo

No satisfecho con generar un ambiente literalmente enrarecido y confuso respecto a dicho proceso, el Padre John Hérbert Valencia Barco llegó al extremo de afirmar que el reconocimiento de la propiedad colectiva era una condena al atraso -intencional y premeditada- para las comunidades negras, pues, según su parecer, el carácter inalienable de las tierras reconocidas impedía que sus propietarios pudieran negociarlas con quien quisieran; como si vender la tierra fuera el fin de obtener su propiedad y como si no fuera precisamente el carácter colectivo y familiar, ancestral y tradicional, no comercial ni catastral, el sentido ulterior y profundo de dicha propiedad.

Dijo también el Padre Hérbert que él había estado en África y que los negros de allá no se parecían en nada a los de acá y que, por tanto, según su olímpica salida, era inapropiado apelar a las huellas de africanía y a la ascendencia africana para remarcar las raíces de la composición étnica de las comunidades negras del Medio Atrato, el Chocó y el Pacífico Colombiano. Y dijo, también, que reconocer, validar y valorar los sistemas tradicionales de producción del campesinado medioatrateño era un error histórico, cultural y antropológico; pues estos sistemas -según su burdo y descortés dictamen- eran tan precarios y primitivos que impedían el desarrollo capitalista del Chocó; como si su eficacia para sustentar la existencia de las comunidades desde mediados del siglo XIX y su sabiduría como modelo adaptativo sostenible fueran cosas desdeñables desde la perspectiva científica que él invocaba, pero que evidentemente no aplicaba.

De ahí para allá, todo lo que tuviera tinte étnico (el desarrollo propio, la etnoeducación, la salud comunitaria basada en prácticas tradicionales de uso medicinal de productos del bosque, etcétera) fue motivo de desprestigio e incluso de burla por parte del Padre Hérbert y sus seguidores. De esta manera, este cura católico chocoano no solamente actuaba incoherentemente con los títulos académicos que solía exhibir como prueba reina de sus conocimientos, sino también con su condición de afrochocoano y de presbítero incardinado a una diócesis cuya opción fundamental por la vida incluía el trabajo pastoral en la defensa de la cultura, el territorio y los recursos naturales de la gente de su jurisdicción; amén del trabajo por su reconocimiento e inclusión con perspectivas de clase y de género.

De modo más absurdo aún, las ventoleras opositoras del presbítero John Hérbert Valencia Barco encontraron eco en Quibdó, en un sector numeroso de profesores de la UTCH, en funcionarios públicos y políticos en general. Encontraron también todo el eco en un sector dogmático de la izquierda que hacía activismo político en el Chocó de entonces, incluyendo su apoyo a la protesta social. De modo bastante insólito, mientras proclamaba grandilocuentemente su militancia a favor del pueblo como sujeto histórico respecto al imperialismo, al colonialismo y a los enclaves económicos que históricamente habían saqueado los bosques y las minas del Chocó; este sector de la izquierda, simultáneamente, juzgaba equivocado reivindicar el carácter inalienable de la tierra, dizque porque así se mantendría a la gente en un estadio precapitalista, porque no podría negociar, vender ni transar las tierras, los bosques, los ríos y el conjunto de recursos de fauna, flora y metales preciosos que estos escenarios albergaban. Como si la transacción comercial con los dueños del capital fuera el destino de aquel territorio que las comunidades negras del Atrato Medio, en el Chocó, comenzaban a considerar como el escenario histórico, cultural y étnico de su vida… Y, como si lo anterior fuera poco, esta izquierda que parecía tener la derecha alborotada, sin pudor intelectual alguno, denostaba de la reivindicación étnica del pueblo negro medioatrateño, dizque porque su situación de postración e indignidad socioeconómica y su exclusión de la vida nacional no dependían de su condición racial, sino -única y exclusivamente, según ellos- de su condición de clase.

“Le levantan corrinches a la ACIA”

Hasta al corrinche y la difamación recurrieron los enemigos del proceso que dio origen a la Ley 70 de 1993. Tanto la ACIA como los equipos misioneros del Vicariato de Quibdó, incluido el Obispo, debieron defenderse frecuentemente de las campañas de desprestigio y de los rumores y noticias falsas que sobre su trabajo se pregonaban desde diversos sectores.

Como lo vimos en la primera parte de esta colección de recuerdos traídos a cuento con motivo de loa 30 años de expedición de la Ley 70 de 1993; el Foro de Buchadó y el documento final del mismo suscrito por los participantes, conocido como Acuerdo de Buchadó, condujeron a una serie de decisiones de la Junta Directiva de Codechocó -Corporación Nacional para el desarrollo del Chocó- que quedaron consignadas en el Acuerdo 88 del 30 de julio de 1987, el cual fue complementado mediante el Acta de Bellavista, documento aclaratorio suscrito por campesinos y funcionarios.

El ambiente desfavorable generado por los malentendidos, confusiones, versiones falsas y desinterés en el proceso de reconocimiento de derechos ambientales, territoriales y étnicos a los campesinos del Medio Atrato llegó hasta la Junta Directiva de Codechocó. Testigos de primera mano de aquella época recuerdan que “al Acuerdo 88 se opusieron los miembros de la junta directiva de Codechocó Víctor Rafael Valencia, Martín Hernán Orejuela y Antonio J. Murillo. La decisión tuvo el apoyo, además de los miembros de la junta, Martha Lasprilla y Arturo Ferrer, del gobernador del Departamento Miguel A. Lozano Córdoba y del delegado de la Sociedad Colombiana de Ingenieros Álvaro Peñuela Salgado. Hubo también un intento de oposición de los aserríos y de una supuesta organización campesina del bajo río Atrato liderada por un funcionario de Codechocó”[1].

Esa situación era el reflejo del ambiente que se vivía en Codechocó, donde gran parte de los funcionarios acusaban a la Asociación Campesina Integral del Atrato, ACIA, de ser un obstáculo al desarrollo regional; pues, según ellos, sus posiciones críticas provenían del afán de no querer dejar hacer nada a las instituciones, en particular a dicha entidad. La situación llegó a ser tan crítica que mereció una nota aclaratoria de parte de la organización en su boletín El Atrateño, de abril de 1991[2]. Bajo el título “Le levantan corrinches a la ACIA”[3], la organización dio a conocer públicamente la situación: “las instituciones gubernamentales, como es el caso concreto de CODECHOCÓ, dicen que la ACIA no quiere el desarrollo para la región y difaman comentando que la organización rechaza a las entidades y que no quiere trabajar con ellas”. Y advirtió a sus integrantes: “Queremos comentarles, compañeros, que eso es mentira. La ACIA no rechaza a las entidades. Solo quiere que ellas respeten la posición de una organización popular que defiende los intereses de un pueblo marginado”. Además de planteamientos sobre el derecho a la participación real en los proyectos y a la toma decisiones sobre su territorio, la ACIA dejó claro que “el desarrollo debe ser ajustado a nuestros medios” y “por eso somos celosos de los proyectos que no cuentan con nosotros”.

Dos años antes, en un foro sobre titulación de tierras y productividad, un conocido abogado quibdoseño, excandidato a la Alcaldía de Quibdó y líder cívico, había tenido también una salida en falso sobre la propiedad colectiva en general y sobre los sistemas productivos del Medio Atrato. La ACIA, en su boletín bimestral El Atrateño, de julio-agosto de 1989, relató y rechazó lo ocurrido: “El pasado 18 de julio, se realizó en Quibdó un Foro sobre titulación de tierras y productividad… este foro fue y es muy significante para nuestra organización, teniendo en cuenta que la titulación de tierras y todo lo referente a los recursos naturales ha sido nuestra bandera. Allí se dieron varios enfrentamientos ideológicos, como lo fue la ponencia del excandidato a la alcaldía Marcos Tobías, quien defendió una posición que bien podría ser de la más exagerada antichocoanidad. Él hizo referencia a que era necesario que el Chocó fuera invadido por colonos del interior, debido a que el campesinado chocoano “carece de experiencia agrícola”. Afortunadamente la exposición de este señor obtuvo un rechazo general[4].

Ese incidente le dio mayor relevancia a la declaración conjunta que para el evento habían emitido la ACIA y la OREWA, suscritas por sus respectivos secretarios, Nevaldo Perea y Víctor Carpio; una declaración en la que, entre otros aspectos principales, exigían el “reconocimiento por parte del Estado de la existencia de dos minorías étnicas en la Costa Pacífica: indígenas y negros”, “territorio para ambas etnias” y la garantía de “los derechos humanos de las comunidades negras e indígenas y que se nos brinden las mismas oportunidades que a todos los colombianos”[5].

Así lucía la Carrera Primera de Quibdó por los tiempos de la promulgación de la Ley 70 de 1993. El saqueo maderero era público y notorio. El malecón del río Atrato era depósito privado de maderas finas y parqueadero de los camiones que se las llevaban hacia Antioquia y Risaralda. FOTO: Julio César U. H. Archivo personal.

Las vueltas que da la vida

En la actualidad, el Padre Hérbert vive el otoño de su vida. A falta de sus cantos de sirena y ante el hecho palmario del reconocimiento de las comunidades negras como sujeto étnico y político en Colombia, las voces de sus seguidores ya no repiten las barrabasadas de hace tres décadas. Aquellos sectores de supuesta izquierda que también se empeñaron en desacreditar aquel proceso son ahora más caducos y sectarios que nunca, y ahora trabajan en alianza con la más rancia derecha disfrazada de centro. Y, por las vueltas que da la vida: “la UTCH adoptará desde su nuevo Estatuto General un Enfoque Étnico Intercultural”[6] y -en un evento que se realizará en su campus el próximo septiembre- presentará “su declaración institucional como Universidad Interétnica e Intercultural y Biodiversa”[7].

La reglamentación postergada

Hoy, 30 años después de aquella indiferencia académica y de aquellas animadversiones y hostilidades políticas, la reglamentación pendiente de la Ley 70 de 1993 ha comenzado. Y esta es la mejor celebración de su significativo cumpleaños. “Hoy es un día de regocijo, porque después de tantos años de lucha incansable, de resistencias permanentes por la reivindicación de los derechos étnicos territoriales, se da un paso importante en términos de la garantía de implementación de la Ley 70 de 1993”, expresó la Vicepresidenta de Colombia, Francia Elena Márquez Mina, quien fue minera artesanal en su comunidad negra de Suárez (Cauca) durante varios años de su vida, en el acto donde fueron firmados por el Presidente de la República dos decretos, reglamentarios de los capítulos IV y V de la ley, que se ocupan de de los recursos naturales y el medio ambiente, y de los recursos mineros.

Uno de los decretos firmados reglamenta el Capítulo V de la Ley 70 de 1993 en cuanto a la adopción de "mecanismos especiales para el fomento y desarrollo de las actividades mineras en los territorios colectivos de las comunidades negras, afrocolombianas" y reconoce "los derechos mineros de las comunidades negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras para delimitar zonas mineras de las comunidades negras y la aplicación del derecho de prelación frente a intereses de exploración y explotación de particulares diferentes a esas comunidades”[8]. El otro decreto (N° 1384, del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible) reglamenta "el capítulo IV y las demás disposiciones ambientales contenidas en la Ley 70 de 1993, en lo relacionado con los recursos naturales renovables y del ambiente, en los territorios colectivos adjudicados, en trámite u ocupados ancestral y/o tradicionalmente por las comunidades negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras".

En su intervención ante el Congreso de los pueblos y comunidades negras, afrocolombianas, palenqueras y raizales, el viernes 25 de agosto de 2023, el Presidente Gustavo Petro “reconoció que los decretos pueden, quizás, tener “imperfecciones”, pero se constituyen en un “instrumento de lucha, en unas banderas que ahora pasan a sus manos y de ustedes dependerá que no perezcan, que no se vuelvan sueños derrotados”.[9]

Hace 30 años, el 27 de agosto de 1993, en el acto de promulgación de la Ley 70 de 1993, en el Parque Manuel Mosquera Garcés, de Quibdó, el entonces Gobernador del Chocó, Antonio Heráclito Maya Copete, remató su discurso expresando: “Un proverbio chino dice que “el camino más largo empieza por el primer paso”. Sabemos que tenemos un largo trecho por recorrer”[10]. El camino de la reglamentación de la ley ha sido más largo de lo que entonces pensábamos; pero, ahora, se han empezado a dar nuevos pasos, que ojalá lleven a puerto este proceso, ya que, como están las cosas, es muy probable que este sea uno de esos casos en los que se trata de ahora o nunca.

El Acuerdo de Buchadó es uno de los hitos fudamentales en el origen de la Ley 70 de 1993, que cumple 30 años de haber sido promulgada. Así lo registró para la historia El Atrateño, Boletín informativo de la ACIA (Asociación Campesina Integral del Atrato), en junio de 1987.

A Saturnino Moreno y Nevaldo Perea,
Raúl Rentería y Florentino Mosquera, 
Ana Victoria Torres y Zulma Cornelia Chaverra.
A Monseñor Jorge Iván y al Maestro Gonzalo.
A Uli y a José, a las Agustinas y a las Lauritas.
A las Seglares Claretianas.
...Entre otros/as. 


[1] Enrique Sánchez, Gonzalo Valdez, Rocío Gallego, Josef Hoing. 2018. Semillas de Paz y Esperanza. Aportes a la Etnoeducación y el trabajo social en barrios populares de Bogotá. Fundación de Vida 1989-2018. Editorial Nueva América, Bogotá. 286 pp. Pág. 53.

N.B. La “supuesta organización” a la que se alude en la cita reproducida no es OCABA, Organización Campesina del Bajo Atrato, que sí fue una organización representativa de las comunidades y lideró las reivindicaciones étnicas y territoriales durante los años que tuvo de existencia.

[2] El Atrateño, N° 19. Boletín de la Asociación Campesina Integral del Atrato. Pág. 4.

[3] Corrinche: comentario malintencionado o negativo que se hace sobre algo o alguien. Diccionario de Colombianismos. Instituto Caro y Cuervo. 2018.

[4] El Atrateño, N° 16. Julio-agosto 1989. Boletín de la Asociación Campesina Integral del Atrato. Pág. 1.

[5] Declaración conjunta ACIA – OREWA. Julio 18 de 1989. En: El Atrateño N° 16. Julio-agosto 1989. Boletín de la Asociación Campesina Integral del Atrato. Pp. 2-3.

[6] La UTCH adoptará desde su nuevo Estatuto General un Enfoque Étnico Intercultural. En: https://www.utch.edu.co/nueva/noticias/847-la-utch-adoptar%C3%A1-desde-su-nuevo-estatuto-general-un-enfoque-%C3%A9tnico-intercultural (Consultado: 26.08.2023).

[7] Primer Congreso Internacional “Educación, Etnia y Cultura” y VII Encuentro Internacional de Investigadores en Comunicación: “Comunicaciones Etnicidades y Culturas”. Universidad Tecnológica del Chocó Diego Luis Córdoba. Quibdó, 18,19 y 20 de septiembre de 2023. En: https://www.utch.edu.co/nueva/congreso-comunicaci%C3%B3n,-etnia-y-cultura (Consultado el 26.08.2023).

[9] Ibidem.

21/08/2023

 De Memoria
Algunos recuerdos sueltos
sobre el origen de la Ley 70 de 1993
-1ª Parte-

Fragmento del Mural "Historia de la Ley 70", de Fredy Sánchez Caballero, en la Universidad Claretiana de Quibdó.

El 27 de agosto de 2023, se cumplen 30 años de la expedición de la Ley 70 de 1993, mediante la cual se reconoce a las comunidades negras de Colombia su condición de grupo étnico; el derecho a la propiedad colectiva de sus tierras, de acuerdo con sus prácticas tradicionales de producción; así como la protección de su identidad cultural “y el fomento de su desarrollo económico y social, con el fin de garantizar que estas comunidades obtengan condiciones reales de igualdad de oportunidades frente al resto de la sociedad colombiana” (Capítulo I, Artículo 1°).[1]

Una historia por contar

Nacida en las entrañas de los montes, en las orillas y la profundidad de los ríos y las ciénagas, en la infinitud de las playas y las mares, los manglares, los estuarios y los esteros, en la conciencia renaciente de mujeres y hombres de estirpe campesina y ascendencia africana, que a lo largo y ancho de las tierras bajas del Pacífico Colombiano habían forjado sus vidas y sus parentelas desde hace siglo y medio; la Ley 70 de 1993 es fruto de un proceso colectivo cuyos orígenes se remontan a los esfuerzos formativos y organizativos que -una década antes de su expedición- se adelantaron en pueblos de la cuenca media del río Atrato, como Beté, Campo Alegre y Tanguí, Las Mercedes y Tagachí, El Tigre, La Boba, Palo Blanco y Buchadó, y en caseríos y pueblos de ríos afluentes como Munguidó y Bebará, Arquía y Murrí, Buey y Bebaramá. Tales esfuerzos contaron con el auspicio y la orientación de la Iglesia Católica, a través del Vicariato y posterior Diócesis de Quibdó, los Misioneros Claretianos y los Misioneros del Verbo Divino, las Hermanas Agustinas Misioneras y las Misioneras Lauritas, y dos grupos laicales -integrados principalmente por mujeres- del Movimiento de Seglares Claretianos y de la  Unión de Seglares Misioneros (USEMI), que había sido fundada originalmente como Unión Femenina Misional (UFEMI) por quien probablemente fue el primer jerarca católico que en Colombia le imprimió una perspectiva étnica a la doctrina social de la Iglesia: el obispo Gerardo Valencia Cano, quien fuera Vicario Apostólico de Buenaventura entre mayo de 1953 y enero de 1972, cuando murió en un accidente aéreo de Satena en los Farallones del Citará, en el filo de la Cordillera Occidental.

Aunque la mayor parte de su contenido aún no ha sido reglamentado y su aplicación en materia de desarrollo propio, etnoeducación y manejo sostenible de los recursos naturales, bosques y minería, aún esté pendiente; la Ley 70 de 1993 o Ley de comunidades negras cambió para siempre el panorama jurídico y político del reconocimiento, la garantía y el ejercicio de los derechos étnicos de las comunidades negras, y constituye uno de los mayores hitos socio-jurídicos en materia étnica en la historia legislativa de Colombia. Aunque su historia se ha escrito, parcialmente, unas cuantas docenas de veces, desde diversas perspectivas, enfoques y versiones -más o menos cercanas a la realidad del proceso que la originó, más o menos sesgadas por intereses personales, políticos e institucionales-; aún se podría pensar en un proyecto de documentación, investigación y narración histórica de los orígenes y la expedición de la Ley 70 de 1993, que subsane los sesgos de imprecisión y construya relatos memorables sobre este acontecimiento tan memorable.

Mientras tanto, todos los que participamos en el prolijo y complejo proceso que condujo a la existencia y vigencia de la Ley 70 de 1993, seguiremos componiendo nuestras propias versiones de esta historia, a partir de los hitos de nuestra propia memoria y de la multiplicidad de versiones más o menos difundidas; todas las cuales, por fortuna, mantienen un elemento en común: el reconocimiento del protagonismo sustancial de ese sujeto colectivo que fueron las propias comunidades que, en cada reunión, taller, charla, cursillo, misa, foro, marcha y manifestación, hicieron conciencia de su historia y permitieron que el trabajo conjunto entre líderes, misioneros, profesionales y funcionarios decentes, modelaran dicha historia y su cultura como bases de la plataforma sólida de reivindicación de derechos étnicos, territoriales, culturales, económicos, sociales, que se materializaron en esta ley que llega a 30 años de vigencia, una conmemoración que debería ser motivo de alegría y celebración nacional por su valor simbólico como reconocimiento institucional, jurídico y político de una realidad soslayada hasta entonces durante toda la vida republicana de Colombia… Precisamente, de nuestra propia memoria, van estos recuerdos sueltos que compartimos con todos los amigos de El Guarengue.

El proceso que condujo a la Ley 70 de 1993 está indisolublemente ligado al trabajo pastoral y misionero de la Iglesia Católica, de modo especial por parte del Vicariato y después Diócesis de Quibdó. Las imágenes corresponden a los obispos Jorge Iván Castaño Rubio y Gerardo Valencia Cano, y a los misioneros Gonzalo de la Torre y Uli Kollwitz.
Llegaron los ACIÁTICOS

En 1983, las empresas madereras que ya habían depredado los bosques de cativo del Bajo Atrato empezaron a hacer inventarios forestales en los bosques del Medio Atrato[2], como parte de su empeño por conseguir un permiso de explotación en esta nueva área del Chocó. Ese mismo año, como comienzo del trabajo pastoral del nuevo Obispo, Jorge Iván Castaño Rubio, el Vicariato Apostólico de Quibdó -cuyos equipos misioneros trabajaban con las comunidades que tenían como morada aquellos codiciados bosques- proclamó públicamente las bases de su Plan de Pastoral; las cuales se resumían en su opción fundamental por la vida, bien fundamental en cuya defensa -según la histórica declaración- la Iglesia asumía un decidido compromiso con los pobres y oprimidos, con una evangelización liberadora, con las comunidades eclesiales de base y las organizaciones comunitarias de base, con la defensa de los recursos naturales y con una iglesia inculturada.

La coincidencia de estos dos disímiles hechos condujo a las comunidades campesinas del Medio Atrato a movilizarse intensamente en pro de generar su propio proceso organizativo, mediante sucesivos encuentros campesinos en Beté y Las Mercedes, en septiembre y diciembre de 1984. “Las comunidades del Medio Atrato presienten la hecatombe. Todo está dado para que su existencia física y cultural conozca el final. Para ese momento la empresa Pizano S. A., una de las depredadoras con más historia en la destrucción de los bosques de cativo, inicia los inventarios para solicitar un permiso de explotación para toda la región media del Atrato”[3]. Ha llegado el momento de poner en práctica lo que campesinos y equipos misioneros han venido reflexionando desde hace varios años, como un proceso de fe y acción, en las comunidades eclesiales de base de Beté y comunidades vecinas. Nace entonces la Asociación Campesina Integral del Atrato, ACIA, cuya personería jurídica es reconocida por el Ministerio de Agricultura a mediados de mayo de 1987 y cuyos integrantes se nombran a sí mismos como “ACIÁTICOS” y de este modo se presentan públicamente durante varios años. La ACIA se convierte, entonces, en vocera autorizada de las comunidades y sus reivindicaciones se van decantando hasta desembocar en dos planteamientos fundamentales, que iluminarán de ahí en adelante su accionar y el de sus equipos acompañantes: Primero, estas comunidades han administrado de modo sostenible los bosques, los ríos, las ciénagas y las tierras que actualmente habitan, desde hace más de un siglo, siguiendo sus propios usos y costumbres familiares y comunitarios; por lo tanto, les pertenecen, no son baldíos, y su propiedad les debe ser reconocida. Segundo, la historia y la tradición cultural de las comunidades del Medio Atrato, su ascendencia africana y su identidad negra, de la cual se sienten orgullosos, les dan un carácter diferencial dentro de la nacionalidad colombiana, el cual debe ser reconocido por el Estado y materializado en políticas y programas acordes con su identidad, su historia y su vida.

El Foro de Buchadó

La ACIA y los equipos misioneros tocan todas las puertas institucionales necesarias. Si las puertas regionales se cierran o ni siquiera se abren, otras puertas y una que otra ventana se abrirán en el Estado central, en Bogotá, y hasta allá hay que llegar. Campesinos y misioneros, algunos de los cuales nunca habían ido a la capital del país, nunca habían viajado en avión, nunca habían pasado más de una hora en un bus, llegan hasta las oficinas del Departamento Nacional de Planeación (DNP), de los ministerios, del INCORA, del INDERENA, del ICA y de cuanta instancia esté dispuesta a oírlos con tiempo y voluntad. Y así, poco a poco, se va construyendo una relación entre la organización y las instituciones estatales, que muy pronto empezará a dar sus frutos.

Del 19 al 21 de junio de 1987, un mes después del reconocimiento formal de la ACIA como persona jurídica, por parte del Ministerio de Agricultura; se lleva a cabo el 2° Foro Campesino del Medio Atrato, que pasó a la historia como Foro de Buchadó. “A este foro asistieron 100 campesinos representantes de 35 pueblos desde Quibdó hasta el río Bojayá; una comisión de 5 personas del Departamento Nacional de Planeación (DNP); el director de Codechocó, Jorge Rivas; el director del Proyecto DIAR, J. Van Der Zee, acompañado por el equipo encargado del programa de bosques comunales; un representante del Movimiento Cimarrón, Juan de Dios Mosquera; un representante del Movimiento Cívico del Chocó, Eulides Blandón, conocido como Kunta Kinte; un representante de la Organización Regional indígena Embera Wounaan (OREWA), Milciades Chamapuro, los Equipos Misioneros del Medio Atrato”[4] y otras instancias del Vicariato de Quibdó, como el recién creado Departamento de Comunicación Social, que a partir de entonces se convertirá en baluarte de las tareas formativas del proceso y en generador de contenidos históricos, políticos y culturales, con fines educativos y un enfoque crítico, para las comunidades de toda la jurisdicción del Vicariato.

Igualmente, hubo participación de funcionarios del INCORA y del INDERENA, de CONIF y del ICA, representantes de las alcaldías de la región y de la Universidad Tecnológica del Chocó Diego Luis Córdoba (la Profesora Sara García Perea). También estuvo presente Zulia Mena, quien trabajaba entonces como Maestra rural en las afueras de Quibdó y era integrante del Equipo Misionero Claretiano del Medio Atrato, que dirigía Gonzalo de la Torre. Zulia Mena, Saturnino Moreno y Nevaldo Perea serán posteriormente símbolos y adalides de esta histórica lucha, cuando toque pasar el Rubicón de la Constituyente de 1991.

Al centro de la foto, Saturnino Moreno, en un evento de capacitación para alfabetizadores, con Lola Cendales, de Dimensión Educativa. El logotipo original de la ACIA (derecha), hoy COCOMACIA, es obra del artista Maximino Cerezo Barredo . FOTOS: Archivo El Guarengue.
El Acuerdo de Buchadó

“Por medio de este foro, la ACIA buscó llegar por fin a un acuerdo concreto con las entidades gubernamentales, acerca del manejo y la administración de los recursos naturales en el Atrato”[5]. Y lo logró. El llamado Acuerdo de Buchadó recogió las conclusiones y consensos del Foro y fue posteriormente desarrollado y concretado en un Acuerdo de la Junta Directiva de Codechocó (Acuerdo 88 del 30 de julio de 1987), mediante el cual se destina “un área aproximada de 600.000 hectáreas para el desarrollo de un Programa de Participación Comunitaria que permita la preservación y el aprovechamiento sostenido de los recursos naturales renovables, así como la investigación científica. Dicha área está ubicada en los municipios de Quibdó y Bojayá en el departamento del Chocó, y Vigía del Fuerte en el departamento de Antioquia”[6]. Dicho acuerdo de Codechocó será complementado un mes después, en una reunión entre las partes, celebrada en Bellavista los días 14 y 15 de agosto; de la cual se dejó constancia en un documento denominado Acta de Bellavista.

El Acuerdo de Buchadó fue firmado por el presidente y el secretario de la ACIA, Heriberto Salcedo y Elio Abad Mena, respectivamente; por Raúl Rentería, de Buchadó, quien actuó como coordinador del foro y quien sería presidente de la organización en el periodo siguiente; Milciades Chamapuro, Vicepresidente de la OREWA; Juan de Dios Mosquera, por el Movimiento Cimarrón; Eulides Blandón, Kunta Kinte, como representante del Movimiento Cívico del Chocó, que acababa de liderar el histórico paro cívico regional de 1987; Jorge Rivas Lara, Director de CODECHOCÓ; Gonzalo de la Torre, en representación de los Equipos Misioneros del Vicariato de Quibdó; el holandés Jaap Van Der Zee, Codirector del Proyecto CODECHOCÓ-DIAR; Enrique Sánchez, Clemencia Muñoz, Gustavo Herrera, Aura Rivera y Juan Soto, del Departamento Nacional de Planeación.

El Acuerdo de Buchadó y las decisiones formales que quedaron consignadas en el Acuerdo 88 de la Junta Directiva de Codechocó pueden considerarse como los primeros antecedentes del futuro contenido de la Ley 70 de 1993.

El Derecho de Amparo

Poco tiempo después del Foro de Buchadó, entra providencialmente en escena Amparo Escobar[7], quien había llegado al Atrato como integrante de la Unión de Seglares Misioneras, USEMI, cuya coordinadora era Leila Betancur, una mujer tan vehementemente bella como sinceramente interesada en el bienestar de la gente negra del río Arquía, que era donde misionaban las USEMI; aunque muchísimo menos expresiva y dicharachera en el trabajo que su compañera Amparo.

Amparo Escobar, que había estudiado en el colegio Marymount (Bloody Mary, le decía), había sido condiscípula en Medellín, en la Facultad de Derecho de la Universidad Pontificia Bolivariana -UPB-, donde se había graduado como abogada, del abogado bagadoseño y yesquiteño D’Yamil Antonio Bedoya Córdoba y de la abogada quibdoseña Marciana Perea Chalá, hija del famoso parlamentario Aureliano Perea Aluma y de su esposa, la maestra Enriqueta Chalá de Perea. Jaime Betancur Cuartas, Magistrado y Presidente del Consejo de Estado, había sido su profesor en la UPB.

La primera tarea que, con una generosidad ejemplar, llevó a cabo Amparo Escobar, fue trabajar ad honorem como la primera asesora jurídica de la ACIA, cuando la organización ni siquiera tenía una sede y el Vicariato Apostólico de Quibdó le cedió una oficina en el primer piso de su patrimonial y bello edificio, conocido por los quibdoseños como el Convento. Allí, en equipo con los líderes campesinos, Amparo emprendió la dispendiosa labor de organizar, clasificar y archivar de manera racional y sistemática la ya copiosa documentación que la ACIA había venido acumulando, entre oficios, cartas, boletines, documentos y folletos. Igualmente, trabajó con la Junta Directiva en la elaboración de un plan de trabajo claro y concreto, con objetivos, metas, actividades y cronograma.

Mientras asumía estas tareas, Amparo Escobar apoyaba y asesoraba las relaciones formales con las instituciones, la elaboración cuidadosa de oficios y documentos; y destinaba parte de su tiempo a trabajar conjuntamente con otros profesionales de apoyo y misioneros acompañantes de la ACIA. Una tarea que, en ese contexto sería fundamental fue el análisis y difusión pedagógica del Convenio 169 de la OIT sobre pueblos indígenas y tribales, que había sido adoptado el 27 de junio de 1989; instrumento este en el que Amparo Escobar vio una oportunidad jurídica de enmarcar el conjunto de reivindicaciones territoriales, étnicas y socioeconómicas que la ACIA venía promoviendo.

Abogados de la Fundación de Comunidades Colombianas, FUNCOL, oenegé que venía siendo consultada por los misioneros y la ACIA, dada su amplia experiencia de trabajo en derecho étnico con comunidades y organizaciones indígenas de todo el país; coincidieron con Amparo en que era probable que el Convenio 169 de la OIT pudiera ser capitalizado a favor de las pretensiones de las comunidades negras del Medio Atrato. Teniendo en cuenta que dicho instrumento se aplica (Parte I. Artículo 1)[8] “a los pueblos tribales en países independientes, cuyas condiciones sociales, culturales y económicas les distingan de otros sectores de la colectividad nacional, y que estén regidos total o parcialmente por sus propias costumbres o tradiciones o por una legislación especial”; tanto Amparo Escobar como los abogados de FUNCOL coincidieron en que la mayor parte de lo allí establecido se cumplía en el Medio Atrato y por lo tanto estas comunidades podrían solicitar al Estado colombiano su asimilación a esta categoría de aplicación del convenio; de modo que, por esta vía, se accediera a derechos como la Consulta Previa y los modelos propios y autónomos de desarrollo, entre otros que el convenio establecía.

Luego de extensas y participativas reflexiones con las comunidades campesinas y los líderes de la ACIA, con los misioneros y profesionales que apoyaban a la organización campesina y desarrollaban con ella procesos formativos y de construcción de propuestas reivindicativas de todo tipo; se llegó a la decisión de elevar una consulta formal al Consejo de Estado de la República de Colombia acerca de la viabilidad de asimilar las comunidades negras del Medio Atrato a lo establecido para pueblos indígenas y tribales en el convenio 169 de la OIT, a partir del ámbito de aplicación del mismo, definido en la Parte I, artículo 1, numeral 1, inciso a). Amparo Escobar debía aprovechar que había sido alumna universitaria del Magistrado Betancur Cuartas, del Consejo de Estado, para solicitar su colaboración en la pronta respuesta a la consulta.

Así las cosas, si la respuesta del Consejo de Estado era positiva, es decir, si este organismo conceptuaba que las comunidades negras del Atrato Medio sí eran asimilables a los pueblos tribales mencionados en el convenio 169 de 1989 de la OIT, la puerta quedaría abierta para alegar que era posible extender figuras legislativas de propiedad colectiva, similares a los resguardos indígenas, a las tierras medioatrateñas del recóndito Chocó, donde se estaba gestando -sin que ninguno de los presentes lo supiera- un capítulo imprescindible y trascendental de la historia sociojurídica y étnica de Colombia: el debate sobre la posibilidad de darle entidad jurídica y política a más de un siglo de tradición afroatrateña. Todo ello en momentos en los que aún faltaba un trecho para que se desencadenara el proceso que conduciría hasta una nueva Constitución Política de Colombia.

Encuentros

Además de las esperanzas que reverdecieron entre las comunidades negras por el proceso de convocatoria y elección de una Asamblea Nacional Constituyente, dicho proceso fue de gran utilidad para que procesos locales y dispersos del Pacífico negro de Colombia establecieran lazos de intercambio, complementariedad, trabajo conjunto y mutuo aprendizaje. Los campesinos del Medio Atrato organizados en la ACIA conocieron entonces al PCN, de Buenaventura, con Carlos Rosero a la cabeza; JUNPRO, de Guapi, con Orlando Pantoja; y ACAPA, de Tumaco, con Ángel María Estacio, María Valeria Mina, Hernán Cortés y la Hermana Yolanda Cerón. E igualmente se fortalecerían los lazos con los procesos hermanos del Chocó: desde el San Juan, ACADESAN, con Lucho Granados a la cabeza; y desde el Baudó, ACABA, con la vocería de Rudecindo Castro Hinestroza, Esildo Pacheco, Idalmy Minotta Terán y Chonto Abigaíl Serna Arriaga, quien siempre aportaría puntos de vista valiosos sobre historia, etnoeducación y desarrollo propio de las comunidades negras.

Esta conjunción de voces, esfuerzos y procesos del Chocó, Valle del Cauca, Cauca y Nariño permitiría conformar una especie de masa crítica regional, necesaria para sostener el proceso y la lucha entre las comunidades, e indispensable para hacerle frente a las fuerzas adversas que estaban presentes no solamente en los partidos políticos tradicionales y en grupos de funcionarios de las entidades estatales, sino también en algunos sectores de izquierda y de la propia iglesia con escasa comprensión de la cuestión étnica y de la importancia del carácter colectivo e inalienable de la propiedad territorial.

Hoy, 30 años después de expedida la Ley 70 de 1993, que puso en la escena nacional a las comunidades negras como sujeto étnico y político, y que permitió que las 600.000 hectáreas mencionadas en el Acuerdo de Buchadó terminaran tituladas como propiedad colectiva a las comunidades de la ACIA; difícilmente se encuentran voces en contra de lo prescrito en la Ley 70 que se pronuncien con el mismo encono y el mismo ánimo de desprestigio con el que en aquella época lo hicieron desde algunos ámbitos académicos y políticos de Quibdó, a los cuales nos referiremos en la segunda parte de estos recuerdos.


[1] Ley 70 de 1993 (agosto 27) Por la cual se desarrolla el artículo transitorio 55 de la Constitución Política. Diario Oficial N° 41.013, del 31 de agosto  de 1993.

[2] En todos los casos, la denominación Medio Atrato utilizada en este artículo hace referencia a la subregión o zona del Chocó enmarcada en la cuenca media del río Atrato. En ningún caso se utiliza como referencia al municipio que actualmente lleva ese nombre y que fue creado varios años después del proceso del que nos estamos ocupando y de la expedición de la Ley 70 de 1993.

[3] Villa, William. 1998. “Movimiento social de comunidades negras en el Pacífico colombiano. La construcción de una noción de territorio y región”. En: Geografía humana de Colombia. Tomo VI: Los afrocolombianos. Pp. 431-448. Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura Hispánica. Pág. 434.

[4] El Atrateño. Boletín de las comunidades campesinas del Medio Atrato. Fotocopia sin fecha ni pie de imprenta. Archivo personal.

[5] Ídem. Ibidem.

[6] Ídem. Ibidem.

[7] Amparo Emilia Escobar Gónima era su nombre completo.

[8] OIT. Convenio N° 169 de la OIT sobre pueblos indígenas y tribales.  OIT. Convenio N° 169 de la OIT sobre pueblos indígenas y tribales. ISBN 978-92-2-322581-0 (web pdf).

https://www.ilo.org/wcmsp5/groups/public/---americas/---ro-lima/documents/publication/wcms_345065.pdf (Consultado el 19.08.2023)