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06/12/2021

Un diciembre triste

 Un diciembre triste 
-Quibdó 1966-
Carrera Primera de Quibdó, 1965. 
Foto: Archivo fotográfico y fílmico del Chocó. 

Hacían falta dos meses para la navidad de aquel año, 1966, que terminaría siendo la más triste de la que tuvieran memoria los quibdoseños de la época. Durante toda la noche de aquel miércoles 26 de octubre, y aunque eran conscientes de que aquella cadena humana de inusitada vocación bomberil era más una muestra colectiva de solidaridad que una acción efectiva para detener la tragedia, decenas de hombres y mujeres trataron de apagar el incendio con los chorros de unas cuantas motobombas, que resultaban escuálidos ante la magnitud y fuerza de las llamas, y hasta con baldados de agua pantanosa que pasaron de mano en mano hasta el amanecer. Adivinando la ruta de la devastación, en un incesante ir y venir a las carreras y sacando fuerzas de donde no las tenían, hora tras hora de aquella noche aciaga, intentaron llegar a las casas primero que el incendio, para trastear los objetos de valor antes de que las llamas los alcanzaran. Obstinados y valientes, lucharon hasta el otro día por tratar de hallar y rescatar alguna cosa de valor entre las cenizas y las ruinas. Enseñoreado de la ciudad que crecía a la orilla del Atrato, el fuego solamente se aplacaría -por su propio marchitamiento- bien entrado el nuevo día.

Ese jueves 27 de octubre, el Presidente de la República, Carlos Lleras Restrepo, quien no llevaba ni tres meses en el cargo, empezó su alocución en la Radiodifusora Nacional de Colombia dándole al país la noticia de lo que había ocurrido la noche anterior en Quibdó:

“Hoy, infortunadamente, tengo que comenzar refiriéndome a una gran catástrofe: el incendio de Quibdó, sobre el cual el país apenas empieza a conocer detalles; pero, que reviste todas las características de una tremenda calamidad”[1].

Lleras Restrepo resumió así las primeras acciones de su gobierno, que incluían la visita a Quibdó de su consejero Emilio Urrea, posteriormente Alcalde de Bogotá, quien viajó con el encargo de contribuir a la coordinación del manejo de la emergencia y establecer la magnitud de la tragedia:

“Desde el primer momento, el Gobierno ha actuado para tratar de aliviar la suerte de las víctimas. A primera hora, el Ministerio de Guerra empezó a despachar auxilios, lo mismo que la Cruz Roja, y se han preocupado también por ayudar en forma intensísima entidades públicas y privadas del Departamento de Antioquia. También en las horas de la mañana, la Presidencia de la República hizo que el consejero personal del presidente, don Emilio Urrea, que empieza a desarrollar su labor en el campo de la integración popular, viajara a Quibdó, llevando también auxilios para las víctimas y con el objeto principalísimo de colaborar en la organización de refugios para quienes han quedado sin techo, y de todas las medidas de seguridad, de higiene, de prevención, que es indispensable tomar en casos como este”[2].

Conmovido, el presidente Lleras narró al país lo que al momento sabía sobre la magnitud de la tragedia, informado de la misma por su enviado personal:

“He recibido, hace pocos minutos, una comunicación de don Emilio Urrea en que me da cuenta de la magnitud de la catástrofe. Cerca de una tercera parte de la población de Quibdó ha quedado destruida, y en esa parte están comprendidos los principales edificios públicos: la Gobernación, el edificio de telecomunicaciones, los juzgados, etc.

 

Será necesario un grande esfuerzo nacional para remediar este daño; pero, yo quisiera que ese esfuerzo no revistiera tan solo las características de una gestión fiscal, de un auxilio dado por el Tesoro Nacional”[3].

Reconociendo públicamente la situación de atraso del Chocó en materia de desarrollo económico, Lleras invocó la solidaridad de los colombianos:

“Me parece que se presenta a los colombianos la oportunidad de hacer un gran acto de solidaridad con los compatriotas que viven en una tierra pobre, sujeta a un clima inclemente, que se cuenta entre las regiones más deprimidas económicamente en la Nación. Me parece que se ha presentado a los colombianos la oportunidad de demostrar hasta dónde sentimos todos nosotros los dolores, las calamidades que puedan afligir a nuestros compatriotas”[4].

Y materializó su invitación en la siguiente idea, que terminó llevándose a cabo, y cuyo recaudo formó parte del Fondo pro Remodelación de Quibdó, creado por la Ley 1ª de 1967:

“Yo quiero proponer formalmente que todos nosotros destinemos un porcentaje de nuestro sueldo, en este mes, para formar un fondo de ayuda a los damnificados de Quibdó, porcentaje que naturalmente debe ser más grande en los sueldos altos; pero, que debe ser común a todos los empleados públicos y privados del país, a todos los que reciben alguna entrada por cualquier concepto. Creo que un acto de estos honraría al país y mostraría a nuestros hermanos en desgracia cómo Colombia toda los está acompañando y quiere luchar al lado de ellos para sobreponerse a la adversidad”[5].

Un mes después del incendio y de la alocución del Presidente Carlos Lleras Restrepo y su puesta en marcha de la idea de la recaudación de fondos por vía de la contribución de los empleados y trabajadores del país, el famoso poeta nadaísta Gonzalo Arango, en un artículo de la revista Cromos escrito en tono epistolar y dedicado a su hermano Benjamín Arango, quien ejercía como Juez en Quibdó, fustigó al presidente y a la clase política colombiana en general por la idea de mitigar la tragedia de Quibdó y afrontar la situación desde la noción de la caridad:

“Porque pensándolo mejor, hermano, la caridad no resuelve nada. Ni la nobleza tampoco. La caridad es una virtud pordiosera que niega la justicia. Claro, estoy emocionado con la nobleza y la solidaridad del pueblo colombiano. Admiro su generosidad sin límites, su sentido del sacrificio. Todos sabemos lo que significa para un pobre trabajador ofrecer un día de su salario para hacer menos amarga la miseria de sus compañeros en desgracia. Ese regalo adquiere dimensiones de un heroísmo épico para nuestra sufrida clase media y obrera que, por lo mismo, es la más solidaria con el dolor ajeno.

 

Aprecio en su valor esos sentimientos que son elocuentes de la fraternidad nacional con el Chocó, la única que en este momento puede salvarlos de la desesperación. Nadie, con un poco de corazón, puede ser insensible al espectáculo atroz de un pueblo hambriento, sin techo, sin trabajo, sin esperanza. Pero es raro que nuestro pueblo sólo es solidario en el momento mismo de las catástrofes, en presencia de esas fuerzas “sobrenaturales” que desatan el caos, la desolación, la muerte”[6].

Gonzalo Arango va más allá y plantea su punto de vista sobre la indiferencia de Colombia hacia la grave situación de marginalidad del Chocó, que él mismo había puesto de presente en un reportaje para Cromos escrito en julio de 1965:

“Como sabes, Quibdó siempre existió ahí, y soy testigo de su miseria aterradora, en los límites de la pesadilla. Alguna vez, en mis crónicas de viaje, denuncié la desesperanza de un pueblo que sobrevive en condiciones infrahumanas, degradantes para una sociedad civilizadora que ostenta títulos democráticos y cristianos. Pero nadie, ni el pueblo, ni el Estado, ni los políticos, reaccionaron ante esos testimonios. No era más que literatura inofensiva, aventuras de la imaginación, Gonzalo que es loco...

 

Lo que pasa es que somos insensibles a la justicia y a la dignidad. Carecemos de conciencia social. Nos hemos oxidado por la indiferencia, el egoísmo y el desprecio. Nuestros sentimientos sólo despiertan de su letargo culpable cuando son sacudidos por el terror..., por el terremoto”[7].

Y en la parte final de su epístola al hermano Juez que vive en Quibdó hace algún tiempo y quien vivió la tragedia del incendio y está viviendo sus consecuencias, Gonzalo Arango vaticina que, pasada la compunción por lo reciente de la tragedia, el Chocó volverá nuevamente a su ostracismo:

“Yo sé que cuando Quibdó desaparezca de las primeras páginas de los periódicos, de la pantalla de televisión, y la desgracia no sea más una noticia para la avidez y el sentimentalismo del público, entonces el Chocó volverá a desaparecer del mapa, cercenado, condenado a su negritud sin porvenir. Un manto de indiferencia y olvido caerá inexorable, con sus lluvias eternas, sobre la desolación de ese territorio.

 

Nadie volverá a pensar en Quibdó, en su pobreza, en su desamparo. Y esa indiferencia futura —y no sus escombros— es lo que constituye para mí el drama de su situación actual; que el Chocó es un drama eterno. El de antes del incendio, el de después, el de siempre. Y ese drama, hermano no se resolverá con una estera de caridad, ni con un tarrito de leche Klim, ni con un recital nadaísta. Porque después de la estera y del tarrito de leche, ¿qué? Ese es el problema: lo que vendrá. O sea, la impunidad del hambre, la desesperación, la negra nada”[8].

Quibdó, noviembre 1966.
El primer plano, a la orilla del Atrato,
vista parcial del área destruida por el incendio.
FOTO: Archivo fotográfico y fílmico del Chocó
.

Así las cosas, la Navidad de hace 55 años llegó cuando Quibdó a duras penas empezaba a despertar del shock provocado por los estragos de aquel incendio devastador que había, literalmente, incinerado el último capítulo de una etapa completa de su historia. En muchos sentidos, había que comenzar de nuevo y abrirle paso al primer capítulo de una nueva etapa, tan nueva que implicaba volver a construir una tercera parte del pueblo porque las llamas habían quemado sin misericordia la estructura original y las esperanzas de cientos de quibdoseños, en escasas ocho horas de aquella horrible noche del 26 de octubre de 1966, cuando -del cielo nublado y medio turbio de un miércoles cualquiera- la ciudad pasó al cielo encendido de un miércoles de tragedia que transformaría, en la mitad del tiempo que se gastaba un viaje por carretera desde Medellín, y ya para siempre, la historia que Quibdó había vivido durante los más de sesenta años que del siglo veinte habían transcurrido.



[1] Alocución del Presidente de la República Carlos Lleras Restrepo a propósito del incendio del 26 de octubre de 1996 en Quibdó. En: https://www.senalmemoria.co/la-voz-del-poder/carlos-alberto-lleras-restrepo

[2] Ibidem.

[3] Ibidem.

[4] Ibidem.

[5] Ibidem.

[6] Arango Gonzalo. Chocó en llamas. Cromos N° 2.565. Bogotá, noviembre 28 de 1966, pp. 10-12. En: https://www.gonzaloarango.com/ideas/choco-en-llamas.html

[7] Ibidem.

[8] Ibidem.

21/10/2019


53 años después
Así era la Carrera Primera de Quibdó cuando la quemó el incendio del 26 de octubre de 1966.
Foto 1: Fondo Nereo López, Biblioteca Nacional de Colombia.
Foto 2: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó.

¡Incendio, incendio, incendio! ¡Se quema Quibdó, se quema Quibdó! ¡San Francisco de Asís, amparanos y favorecenos! Eran los gritos de decenas de quibdoseños aterrorizados y despavoridos, corriendo sin rumbo alguno, regresando de afuera (lo cercano al río) hacia adentro (lo distante del río) del pueblo grande que era entonces Quibdó, cerca de la medianoche del miércoles 26 de octubre de 1966, para contarle a todo el mundo las dimensiones de la tragedia.

En lugar de nubes, en el cielo de Quibdó había llamas y humo. Las llamas eran descomunales arreboles de fuego puro, amarillo, rojizo, anaranjado, blancuzco, de volumen y extensión nunca antes vistos. Unas llamas tan encendidas que alcanzaban a iluminar los rostros de la muchedumbre entristecida que contemplaba –sin poder hacer mayor cosa para impedirlo- la desaparición de su propio pueblo engullido por el fuego. El humo era tan denso, tan gris (de un gris tan desconocido), tan negro (de un negro tan desconocido), tan blanco (de un blanco tan desconocido), que los niños no sabían si preocuparse por lo malo que alcanzaban a entender que era o dedicarse a contemplarlo como un milagro del cielo oscuro e iluminado a la vez, como cuando llueve y hace sol porque está pariendo la Diabla.

Quibdó en llamas, 26 de octubre de 1966. Abajo a la derecha, gente rebuscando entre las ruinas del incendio.
Fotos: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó
Las llamas iniciaron su avasallador paso por el almacén de Crescencio Maturana, ubicado en la parte sur de la Carrera Primera (Cabecera) y consumieron todo lo que encontraron hacia las carreras Segunda, Tercera y Cuarta (Yesquita) hasta la esquina de la Calle 25 con la Carrera Primera. El incendio duró hasta las 7 de la mañana del día 27. El espectáculo era dantesco, sólo escombros humeantes alteraban el triste panorama y unas personas apostadas en la zona miraban con tristeza en lo que habían quedado sus patrimonios después de tantos años de trabajo honesto”, contaba Carlos Díaz Carrasco, el Mono Díaz.

A esa hora de la mañana, los rescoldos todavía humeaban, las cenizas tiznaban las manos y las pequeñas brasas las quemaban. Adultos y niños rebuscaban entre las ruinas, porque ya varias personas habían salido felices, en medio de la desolación, celebrando con regocijo el hallazgo de una alhaja, de billetes que no habían terminado de quemarse, de objetos chamuscados que quizás todavía podrían tener algún valor, como un tenedor de mango labrado, al parecer de plata. Un niño de escasos cinco años, que venía desde Munguidocito a hacer un mandado, se agachó también a cavar en el suelo tibio, en la Carrera Segunda con Calle 25. Un peso y un centavo ($1,01) fue la fortuna que desenterró, distribuida en cinco monedas: una moneda de 50 centavos, dos monedas de 20 centavos, una moneda de 10 centavos y una moneda de 1 centavo, medio escaldadas; pero, en buen estado.

Monedas de la época del Incendio de Quibdó el 26 de octubre de 1966.

Mientras en la casa del afortunado niño aún estaban decidiendo qué comprar con las monedas, en tiempos en los que el salario mínimo era un poco más de 400 pesos, en las casas que habían sobrevivido al incendio y tenían radios de tubos -marca Philips casi todos- escucharon la alocución presidencial de Carlos Lleras Restrepo, quien se refirió al incendio como “gran catástrofe” y afirmó que revestía “todas las características de una tremenda calamidad” e invitó a todos los empleados del país, públicos y privados, a que destinaran un porcentaje de su sueldo de ese mes “para formar un fondo de ayuda a los damnificados de Quibdó, porcentaje que naturalmente debe ser más grande en los sueldos altos”. Lleras Restrepo informó al país que “cerca de una tercera parte de la población de Quibdó ha quedado destruida, y en esa parte están comprendidos los principales edificios públicos: la Gobernación, el edificio de telecomunicaciones, los juzgados, etc.”.

¿Qué había ocurrido? Aún no se sabía, nunca se supo, ya jamás se sabrá. Lo único cierto es que el incendio comenzó en un almacén de propiedad de Crescencio Maturana (a quien llamaban a escondidas Burro de oro), donde vendían petróleo, pólvora, dinamita, juegos pirotécnicos y gasolina. Unos decían que por un cortocircuito. Otros dijeron que fue un accidente, bien porque una rata u otro animal tumbó una lámpara sobre recipientes que contenían gasolina; o porque la lámpara esa o una vela cayó sobre unas tablas impregnadas de petróleo y el fuego continuó hacia los galones de gasolina y demás elementos inflamables que allí había. Lo cierto del caso es que nada difícil le quedó a la candela seguir su curso, casa a casa, edificación a edificación, cuadra a cuadra, manzana a manzana.

Catedral San Francisco de Asís. Quibdó.
Foto: Julio César U. H.
Pero, resulta que 22 días antes, durante la Procesión de los Gozos Franciscanos, celebrada como parte de las Fiestas Patronales de San Francisco de Asís, al amanecer del 4 de octubre, un grupo de borrachos había alterado el ambiente de piedad y devoción religiosa con el que suele transcurrir este acto. De ahí que aún hay quienes atribuyen el incendio –sea cual fuere su detonante- a un castigo divino que la imaginación mágico-religiosa del pueblo llamó Cordonazo Franciscano y cuyo origen atribuyó a la maldición del cura de turno por el blasfemo desaguisado cometido por los borrachos.

Con castigo o sin castigo de San Pacho o de Dios o de ambos, a Quibdó había que reconstruirlo. De modo que tres meses después, el 25 de enero de 1967, siendo Manuel Mosquera Garcés Presidente del Senado, Misael Pastrana Borrero Ministro de Gobierno y Abdón Espinosa Valderrama Ministro de Hacienda y Crédito Público, el Presidente de la República, Carlos Lleras Restrepo, sancionó la Ley 1 de 1967,[1] por la cual se provee a la reconstrucción de las zonas devastadas por el incendio de Quibdó, y la ayuda a los damnificados por este mismo suceso. Los primeros seis artículos de la ley prescriben lo correspondiente al otorgamiento de créditos a los damnificados, por parte del Banco Central Hipotecario y por parte de bancos comerciales, cuando no se cumplan los requisitos para acceder a los primeros. El artículo 7° establece que “toda persona natural o jurídica que tenga interés en utilizar los créditos autorizados en la presente Ley, deberá presentar al "Comité de Coordinación Ciudadana", las respectivas solicitudes dentro de los plazos y condiciones que para tal efecto determine el Gobierno”.

Vista parcial y croquis del área de Quibdó destruida totalmente por el incendio del 26 de octubre de 1966.
Foto y plano: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó.

Por otra parte, durante cuatro meses se cobró en el país un recargo, denominado “Pro-ciudad Quibdó”, del 10% en el costo de las boletas de entrada a espectáculos públicos, cuyo producido debía ser “consignado en la Tesorería General de la República, a órdenes del "Comité de coordinación ciudadana", según el artículo 8° de la Ley 1 de 1967. Así como (Artículo 9º), se destinó “la suma de treinta millones de pesos ($ 30'000.000.00), para la construcción de un edificio donde funcionen las dependencias nacionales, departamentales y municipales de Quibdó y para la adquisición de los terrenos y edificios necesarios para la remodelación y reconstrucción” de la ciudad. A los contribuyentes damnificados por el incendio se les concedieron beneficios tributarios, tales como plazos de gracia, rebajas y exoneraciones (artículos 10, 11 y 12 de la Ley).

Esta ley creó el Fondo pro Remodelación de Quibdó, en el cual se sumaron el aporte nacional ordenado en la misma; las contribuciones y donaciones de entidades públicas y privadas y de personas naturales para ese fin, el producido de la cuota de recargo y toda partida presupuestal que posteriormente fuera apropiada. Este fondo tendría una duración de dos años, prorrogable por uno adicional, a criterio del Presidente de la República. Un Comité de coordinación ciudadana, nombrado por el Gobierno Nacional, fue el encargado de administrar el Fondo en todos sus aspectos.

Vista actual de las casas de la llamada Remodelación de Quibdó,
construidas a raíz del incendio del 26 de octubre de 1966.
Fotos: Julio César U. H.
De todo esto quedaron las casas igualitas de La Yesquita y el centro de Quibdó (carreras Primera y Segunda), hoy bastante deterioradas, que los quibdoseños viejos siguen llamando La Remodelación. En esas casas fue donde por primera vez hubo timbres en Quibdó, para llamar a la puerta. en lugar de tocar con los nudillos y gritar tun-tún a viva voz. Así mismo, quedó Codechocó, que fue creada como Corporación nacional para el desarrollo del Chocó, en 1968, para encargarse de la remodelación que había empezado el Fondo creado en 1967; y, por supuesto, quedó el Malecón, originalmente construido durante la gobernación de Esteban Caicedo Córdoba e inaugurado 7 u 8 años después del incendio.

A la parte del malecón adyacente al Palacio Episcopal o Convento aún hay gente que la llama El Quemado, así como todavía hay quien habla del Puerto Platanero para referirse a la sección del malecón situada al sur de la desembocadura de la Calle 25 en la Carrera Primera; y hay quienes hablan de La Cabecera, para referirse al punto donde termina la actual Plaza de Mercado, en donde sale una callecita de cascajo que viene del Puerto Arenero. El edificio principal  de esta plaza fue una donación de la Gobernación de Antioquia a Quibdó, a raíz del incendio, y se ubica al frente del actual búnker de la Fiscalía, que ocupó el lugar en el que -pocos años después del incendio- fue construido y funcionó el Instituto de Mercadeo Agropecuario, Idema, uno de los tantos institutos descentralizados que creó Lleras Restrepo, y que durante mucho tiempo fue un alivio para la economía doméstica de los quibdoseños, por los bajos precios a los que se vendían artículos como arroz, aceite, leche en polvo, azúcar, fríjoles, lentejas, etc. y uno de los primeros lugares de Quibdó en donde se pagaba en cajas registradoras, una de las cuales, la más eficiente, era atendida por la siempre amable y colaborativa señora Juanita Moldón.

Quibdó 2019.
Foto: Julio César U. H.
Douglas Cujar Cañadas, Arquitecto y Gestor Cultural quibdoseño, afirmó alguna vez que “el incendio de Quibdó, del año 1966, no solo borró de un tajo una linda y respetada arquitectura caribeña, sino que desapareció unas bellas tradiciones de un conglomerado social lleno de valores”. 53 años después de aquel incendio descomunal, Quibdó camina hacia su ruina estética, cultural, histórica, arquitectónica y patrimonial, en medio de un tráfico de inmarcesible locura y una ausencia total de gobernanza y ordenamiento territorial.

Y para un mal como este, sí, ningún fondo pro remodelación de la ciudad existe ni existirá…




[1] El texto completo de la Ley 1 de 1967 puede consultarse en: http://www.suin-juriscol.gov.co/viewDocument.asp?ruta=Leyes/1556064