lunes, 3 de enero de 2022

Cielo de tambores

Cielo de tambores

"Cielo de tambores, cielo de tambores
cielo, cielo que mi raza llena de colores".
(Jairo Varela/Grupo Niche. 1990).

Con la rítmica magia de sus piernas y su cuerpo todo, Martín Carabalí Carabalí remontó las estrellas en la noche ribereña y gris de luna casi llena. El bombo agitaba conjuros ancestrales con cada golpe recio del mazo sobre su cuero de tatabro maduro. El requinto era una incitación a la guerra de las sensaciones, danza pura en la nitidez de sus redobles largos. El viejo bombardino acariciaba con agudos arpegios la boca del músico viejo de labio enrojecido, que en su trance aguardientero resoplaba feliz la mágica pasión de un pasillo negro e infinito. El negro, prolongado y accidentado cuerpo del trajinado clarinete daba cuenta musical de las más profundas emociones del trance de aquel músico negro que se extasiaba en improvisaciones programadas, aguijoneándole con sus locuras musicales el alma bailarina a Martín Carabalí. Los platillos, mientras tanto, marcaban la doble y metálica explosión de su júbilo oxidado y roto en los oídos de todo el baile de fiesteros.

La luna bailaba juguetona con las nubes grises del crudo verano de principios de año. Las estrellas parpadeaban rítmicos y lejanos adioses, pícaras y luminosas convocatorias al paroxismo de Martín Carabalí Carabalí, quien a su vez convertía su propio frenesí en invitación perpetua a los fiesteros para que se murieran de alegría en esa noche aún entera y de locura plena.

La negra mujer bella de Martín Carabalí apuró el aguardiente biche que en la botella le ofrecían, sin parar de bailar con su marido, con el brazo izquierdo rodeándole los hombros que tantas noches la habían aprisionado con ternura contra el suelo del petate antiguo donde cada año habían engendrado un hijo. Martín Carabalí Carabalí, ombligado con ausencia y yerbas de monte, la conducía suave por el centro del salón, brillante su cuerpo y ceñida su camisa por la alegría que sudaba su humanidad toda, que se agitaba dócil al conjuro de la chirimía.

- Esta noche no paramos -le susurró en el oído a su mujer, acariciándola de paso con sus labios. 

La mujer se estremeció hasta los tuétanos, se apretó más contra su hombre y les gritó a los músicos:

- No paren de tocar, que esta noche apenas está naciendo. Péguele duro a ese bombo, compadre, para que me golpee el sentimiento.

- ¡Porque lo bailao es lo único que no pueden quitarnos! -gritó el doble Carabalí, Martín, el negro sorbe-vientos, revienta-cadenas, quiebra-huesos, el del giro inesperado en el baile, el de la garganta prodigiosa para la bulla y el aguardiente, el que en una noche de fiesta había matado todas las amarguras y se había hecho feliz para siempre, el que había leído en las estrellas de esta noche de río y chirimía una invitación a ocupar el cielo con su danza.

- Póngame a chillar el clarinete en la cintura, compadrito -gritó nuevamente con enérgico alborozo la hembra de encendido cuerpo.

Los instrumentos volvían a nacer con cada grito. Los platillos al chocar juntaban las ganas estridentes de los dos cuerpos bailarines. La gravedad opaca del bombardino hacía eco del cadencioso vaivén de las piernas transfiguradas. Y el requinto repetía incesante los murmullos acezantes de la vida. En la madrugada del baile de fiesteros, la fervorosa alegría de ese pueblo santero espantó sin pesares a la lluvia y se plantó con su luz en medio de la sala. Las velas se opacaron, la felicidad se prendió del todo, los cuerpos flotaron en el aire denso de cigarrillos y tabacos, aguardiente y chirimía.

Martín Carabalí Carabalí, bichero virtuoso y experimentado, se bebió de un trago la mitad de la botella de ese aguardiente de caña que su mujer había preparado con sus propias manos. Aferrados uno al otro, girando sin parar, recorriendo el salón de punta a punta, se fueron olvidando del mundo de aquí abajo. En el amanecer velado por el amago de aguacero, abrazados se colgaron de la punta de luz de la última estrella matutina, abrazaron la luna y se fueron para siempre a llenar de tambores el cielo inocente del Atrato, que desde esa noche no solo truena, sino que además suena con el ritmo eterno del bombo de Martín Carabalí Carabalí, que toca al compás de las estremecidas caderas de su hembra, la reina del bullerengue, Estefanía Caicedo.

**************************************

TEXTO: Capítulo 3 de la novela "Doble y orgullosamente Carabalí".
Julio César Uribe Hermocillo, abril 2010. Editorial FUCLA.

FOTO: ICANH. 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Sus comentarios son siempre bienvenidos. Gracias.