Los hijos de Changó,
la epopeya de la
negritud en América
Darío Henao Restrepo,
Universidad del Valle
(FRAGMENTO)[1]
2020 ha sido declarado el Año de la Conmemoración del Centenario de Manuel Zapata Olivella. |
In memoriam Augusto
Díaz Saldanha
La marca de África
La presencia africana no puede reducirse a un fenómeno
marginal
de nuestra historia. Su fecundidad inunda todas las
arterias
y nervios del nuevo hombre americano
Manuel Zapata Olivella
Una tarde frente a la bahía de
Santa Marta, Manuel me contó que mientras escribía Changó, el gran putas,
sintió la necesidad de ir al África, el punto de partida de esa diáspora brutal
que empujó a millones de seres humanos como esclavos a las Américas. El proceso
creativo le pedía ese viaje a la tierra de los ancestros, pues le urgía atar
muchos cabos sueltos sobre la saga que venía investigando hacía más de veinte
años para su novela. Allá empezaba la historia que se proponía recabar contra
el olvido. Sus múltiples lecturas, sus andanzas por los universos
afroamericanos y el trato con los más destacados intelectuales y artistas
negros del siglo XX,[2] lo
llevaron a la profunda convicción de que en los horrores de la travesía trasatlántica venía incubada la
resistencia, la lucha por la libertad y la solidaridad, circunstancias que los
africanos enfrentaron con sus dioses y sus lenguas hasta donde les fue posible.
Por eso decidió iniciar la novela con un poema épico «La tierra de los
ancestros» que da cuenta de los dioses tutelares de la religión yoruba y toda su
cosmovisión. Esta es la concepción de mundo que ordena toda la trama histórica
de la novela y el destino de los esclavos africanos que llegaron a América en
los barcos negreros, según la explicación mítica, por la maldición de Changó.
Apuesta ambiciosa, pues este santoral del cual tan poco quedó en Colombia, a
diferencia de países como Cuba, Haití o Brasil, dificulta mucho la lectura de
la novela para el lector no familiarizado.[3] Lo
que no ocurre, por ejemplo, con Cien años de soledad cuya compleja trama está
construida sobre el gran código de la Biblia y la mitología grecoromana. Por
supuesto, también con algunas de las tradiciones aborígenes y africanas que se
entremezclaron con las europeas. En el caso de Zapata, su decisión lo llevó a
reivindicar el mundo de los africanos en el nuevo continente desde lo más
profundo de sus cosmovisiones, representación de la cual emerge una vigorosa
épica y un fuerte sentimiento de malungaje,[4] de
solidaridad entre todo el movimiento afrodiaspórico llegado a las Américas.
La
oportunidad de ir a la tierra de los ancestros se presentó en enero de 1974 con
la invitación para participar en el coloquio La negritud y América Latina en
Dakar, la capital de Senegal, convocado por su amigo el presidente del país, el
poeta y filósofo Léopold Sédar Senghor.[5]
Los invitados al coloquio fueron llevados por Senghor a visitar, al frente de Dakar, la pequeña isla
de Goré, donde se conserva el reducto amurallado de lo que fuera una fortaleza
prisión en la cual eran recluidos los africanos cazados en los antiguos reinos
del Níger, a la espera de los barcos negreros que los llevarían al «viaje de
nunca retorno».[6]
Los Estados africanos declararon la isla de Goré un monumento continental para
conmemorar la partida de los millones de hijos de África hacia América. En las
calles de la ciudad, cuenta Zapata, al tañer de la kora, los griots revivían en
sus relatos los lamentos y cantos de los prisioneros despidiéndose para siempre
de su África natal. Esto lo llevó a pedirle al presidente Senghor que lo dejara
pasar una noche desnudo en una de las oscuras y sofocantes bóvedas de la
fortaleza de la isla Goré. Se sentía un elegido por alguno de los orichas del
panteón yoruba para cumplir el acto sacramental de padecer y rememorar allí,
toda la noche, los suplicios sufridos por sus antepasados. Las razones que le
dio al Presidente fueron conmovedoras:
Llevo
varios años escribiendo una novela sobre la epopeya de la negritud en América,
la que se inicia precisamente aquí, en esta «Casa de los Muertos». Quisiera
pasar la noche desnudo sobre las piedras lacerantes, hundirme en las úlceras y
los llantos de mis ancestros durante la larga espera de los barcos para ser
conducidos a Cartagena de Indias, donde nací y donde preservamos su aliento y
su memoria.
Esta era la experiencia vital que
le faltaba para darle solución poética al mundo que recrearía en la novela. El
relato de lo sucedido habla por sí solo.
Esa
noche, sobre la roca, humedecido por la lluvia del mar, entre cangrejos, ratas,
cucarachas y mosquitos, a la pálida luz de una alta y enrejada claraboya, luna
de difuntos, ante mí desfilaron jóvenes, adultos, mujeres, niños, todos
encadenados, silenciosos, para hundirse en las bodegas, el crujir de los dientes
masticando los grillos. Las horas avanzaban sin estrellas que pusieran término
a la oscuridad. Alguien, sonriente, los ojos relampagueantes, se desprendió de
la fila y, acercándose, posó su mano encadenada sobre mi cabeza. Algo así como
una lágrima rodó por su mejilla. ¡Tuve la inconmensurable e indefinible
sensación de que mi más antiguo abuelo o abuela me había reconocido! (Zapata,
1997: 99-100).
Esa noche resolvió, por esos
misterios de la creación, toda la organización de su novela, imaginó un mundo que
estaría tutelado por los dioses de sus ancestros africanos.
[1] El
texto completo es la presentación de la novela Changó, el gran putas, de Manuel
Zapata Olivella, en la edición incluida en la Biblioteca de Literatura
Afrocolombiana, publicada por el Ministerio de Cultura en mayo de 2010. El año
2020 ha sido declarado como conmemoración del centenario de Manuel Zapata
Olivella
[2] En
los años cuarenta, cincuenta y sesenta, Zapata conoció y trabó amistad con
destacadas figuras afroamericanas, entre muchos, como Langston Hughes, el poeta
norteamericano; Abdías do Nascimiento, sociólogo brasilero; Nicomedes
Santacruz, poeta y folclorista peruano;Aimé Césaire, el poeta y ensayista de
martinica; Nicolás Guillén, poeta cubano; Léopold Sédar Senghor, poeta y
presidente de Senegal; Franz Fanon, pensador de Martinica autor de Los
condenados de la tierra; Alejo Carpentier, novelista y musicólogo cubano; León
Goutran Damas, poeta guyanés y el poeta y ensayista de Martinica, Édouard Glissant,
entre otros. Todos hicieron parte de ese movimiento que en el siglo xx se
propuso rescatar el papel y el aporte de África al mundo occidental, con toda
la crítica a los modelos de explotación colonialista y la reivindicación de los
derechos civiles de los negros y las luchas de liberación nacional de los
países africanos. En Colombia, junto a Zapata Olivella, intelectuales y
artistas, hijos de la diáspora africana —Rogerio Velásquez, Aquiles Escalante,
Sofonías Yacup, Natanael Díaz, los hermanos de Manuel, Juan y Delia, Jorge
Artel, Arnoldo Palacios, Carlos Arturo Truque, Diego Luis Córdoba y Valentín
Moreno Salazar— fueron los que desde los años cuarenta lucharon por el
reconocimiento e inclusión de los negros en la sociedad colombiana, movimiento
que tiene su culminación como acto de justicia poética en Changó, el gran
putas.
[3] He
tenido la gratificante experiencia, en mis cursos de literatura colombiana en
la Universidad del Valle, de ver cómo los estudiantes se enamoran del universo
de Changó, el gran putas una vez conocen el contexto de toda la mitología
africana que lo organiza. Inducción para la que es de gran ayuda el libro de
Manuel Zapata Olivella, El árbol brujo de la libertad. África en Colombia. Orígenes,
transculturación, presencia. Ensayo histórico mítico.
[4] Malungaje
es un concepto proveniente de la palabra malungo, tal como la rescata el
investigador guyanés Jerome Branche, de los pueblos bantúes de África central,
hablantes de kikongo, umbundu y kimbundu y en el que al menos se cruzan y
combinan tres ideas: de parentesco o de hermandad en su sentido más amplio; de
una canoa grande; y, finalmente, de infortunio. Para los hablantes bantúes que
hicieron la travesía atlántica significaba compañero de barco (Revista
Poligramas, 2009).
[5] Según
el propio Zapata, el coloquio propició un dinámico clima de confrontaciones
sobre la identidad afroamericana; negritud e indigenismo; aportes socioculturales;
religión; lingüística, cultura, folclor, música; y el rol de los afroamericanos
en las luchas emancipadoras. Las delegaciones por países —América Latina,
África y Europa— y la variedad de sus representantes permitieron un riquísimo
intercambio interdisciplinario y de puntos de vista (…). Se encontró en la
fuente común de África una respuesta a su propia identidad (Zapata, 1997: 98).
[6] Los
otros lugares desde donde operaba el comercio de esclavos hacia América a lo
largo del litoral africano fueron, además de la isla de Goré, Cacheo, Cabo Corso
(más tarde, Cape Coast), Ajudá, Ofra, Bonny, Old Calabar, Loango, Pinda y
Luanda. Estos lugares de embarque fueron los responsables por la mayor parte de
la trata para las Américas en los siglos xvi y xvii. Existen muchos relatos de
levantamientos de los prisioneros en esos puertos de embarque y de los cuales
Changó, el gran putas da cuenta en su primera parte (Costa e Silva, 2002).
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