Don
Pedro Abdo García:
un
adiós a la mano amiga del Chocó
Al atardecer de aquel de domingo, lo primero que muchos hicimos —pues no era dable que incurriéramos en el desliz de añadirle a una tragedia que ya se sabía enorme la incertidumbre de un hecho trágico sin confirmar— fue preguntar por aquí y más allá si era cierta la noticia que en algunos grupos de WhatsApp y en el infaltable Facebook se había dado de modo no del todo afirmativo, casi como un simple rumor: “nos informan que falleció en Medellín don Pedro Abdo García”. Cuando fue refrendada a través de diversos familiares del ilustre y recordado difunto, comenzaron a circular textos e imágenes dando cuenta de la lamentable novedad. Entonces algo se ensombreció en el interior de muchas almas quibdoseñas que, además de la oscuridad de aquella noche nublada y casi lluviosa, cargaban por dentro la descomunal procesión del sufrimiento por el terremoto, y por fuera las huellas del cansancio, de la tristeza y de las lágrimas yertas, secas, en sus rostros, miradas, ojos y semblantes.
Reconocimientos y admiraciones
«Se nos fue la mano amiga», me escribió un quibdoseño de vieja data a quien le pregunté si ya sabía del insuceso; y añadió: «Yo creo que don Pedro Abdo era el último personaje de esa generación de prohombres chocoanos que hicieron grande nuestra región: un hombre cívico por excelencia, emprendedor total, comerciante de empuje, político reflexivo».[1] Varios contertulios coincidieron en considerarlo un prohombre de los de antaño, de los que —como suele decirse en ocasiones como esta— ya no quedan. «El último cordobista», lo llamaron algunos, aludiendo a su militancia en una de las corrientes fundacionales del ejercicio político, de la vida pública y de la institucionalidad del Estado en el Chocó: el Cordobismo, denominado así en alusión a Diego Luis Córdoba, uno de los más preclaros integrantes de la Generación de la Dignidad, que no solamente condujo al Chocó de Intendencia Nacional a Departamento, sino que lo situó en puestos de relevancia en los ámbitos parlamentarios, gubernamentales, culturales e intelectuales del país. Al respecto, un amigo escribió: «Abdo no fue estudiado, como se dice coloquialmente, pero fue respetado en el movimiento político Cordobista. Yo le decía que era el último cordobista honesto. Creo es el último de su generación, tanto comercial, como política». Buscando añadir un poco de realismo en las idealizaciones de la muerte, otro contertulio escribió: «De Pedro Abdo, pienso que fue un hombre que hizo empresa, empezando por su tienda y las siguientes escalas comerciales, no tan desligadas de ventajas asociadas a la politiquería tradicional; lo cual no le resta méritos a su don de gentes y a esa contagiosa amabilidad a flor de piel».
Desde abajo
Nacido en 1928 en la vereda Canchidó, del municipio de Lloró, donde el bravío Andágueda y el cristalino Capá confluyen con la majestad del alto río Atrato; Pedro Abdo era hijo de Tomás Domingo García y Asunción Borja Rentería. Tenía un poco más de 15 años cuando, sin haber concluido la escuela primaria, se aventuró hacia Quibdó, con una sola muda de ropa, como pasajero en una balsa, un transporte que todavía hoy muchos jóvenes de la zona y del Alto Andágueda utilizan para bajar de un poblado a otro, siguiendo la corriente de los ríos.
Hizo de todo para conseguir el sustento. Con una mezcla de intuición, humildad y ganas de salir adelante, Pedro Abdo labró paso a paso su carrera comercial, hasta llegar a construir negocios y acumular capitales propios, con los cuales descolló —en la década de los años 50— como uno de los primeros afrochocoanos en incursionar en el comercio de Quibdó, dominado entonces por comerciantes del Caribe, turcos y antioqueños.
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| Aviso publicitario de una marquetería de propiedad de Pedro Abdo García, en el periódico La Crítica, de Quibdó, del 14 de noviembre de 1954. Recortes y edición: El Guarengue. |
Habida cuenta de que los campesinos de todo el Atrato y sus afluentes llegaban a Quibdó en la madrugada de los sábados a vender —en los puertos y el mercado de la orilla del Atrato— plátano, maíz, frutas, pescado, carne de monte, gallinas y patos, huevos, bija, algodón para almohadas, cestería de fibras de palma tetera o chocolatillo, panelas aliñadas con frutas, biche, vasijas y enseres de mate o totumo, rallos y bateas para lavado de ropa, dulces y conservas caseras, yerbas medicinales, aromáticas y de condimento, y todo tipo de encargos que las familias citadinas les hicieran; con lo cual el día se les iba yendo sin poder comprar a tiempo sus propios mercados: velas, querosín, sal, granos, víveres, medicinas de botica, telas, linternas, cuadernos, lápices, etc.; Pedro Abdo fue logrando que algunos campesinos le entregaran sus listas con los productos que necesitaban comprar en el comercio quibdoseño, y él iba y los compraba a precios mayoristas y se los facturaba a precio de venta al detal. Esa diferencia de precios, además de los centavos adicionales con que los campesinos lo retribuían, constituían sus ganancias. Sábado a sábado, mes a mes, gracias a su diligencia, pulcritud y amabilidad en dicho servicio, su clientela se incrementó y también sus ganancias, que sin ser todavía una fortuna crecieron lo suficiente para contar con lo que sería uno de sus primeros capitales de inversión, el cual le permitiría alquilar un local, con bodega y tienda, donde él mismo personalmente le despacharía a esos mismos clientes el mercado que antes iba y compraba por ellos en otros negocios de la plaza comercial quibdoseña. Refinó entonces lo que hoy llaman su «estrategia de fidelización» de clientes: antes, cuando iba de champa en champa, de canoa en canoa, les ofrecía a los campesinos una copa de vino Seco Bandera para el frío que cogían en toda una jornada bogando por el Atrato y vendiendo en los puertos de Quibdó, más un tabaco o un cigarrillo Dandy, según el gusto de cada uno. Ahora, en su propio local, cuando los campesinos iban a dejarle su lista de compras, Pedro Abdo les brindaba un trago de anisado o una cerveza, además del cigarrillo o el tabaco que eligieran; a los más jóvenes los atendía con un refresco y a los niños con bolones de chicle, confites de banana o de anís, o pequeños trocitos de queso costeño. Igual, por extensión, empezaría a hacerlo, hasta convertirse en el local favorito de ese «nicho de mercado», con las empleadas domésticas de las familias quibdoseñas, la mayoría de las cuales terminó engrosando su extensa y satisfecha clientela.
Afectado por el trágico y enorme incendio del 26 de octubre de 1966, que devastó todo el comercio de la carrera primera de Quibdó, donde él se había ubicado, primero en un quiosco comprado al comerciante baudoseño Ranulfo Castro, y luego en un local arrendado; Pedro Abdo García se levantó y siguió. «Antes de 1966, Abdo ya era un comerciante próspero; tenía una bodega de víveres en la carrera primera y mi padre era su agente de negocios del queso traído desde Magangué y el azúcar del Valle del Cauca, por vía férrea hasta Bolombolo, y luego por la trocha hasta Quibdó», en tiempos en los que todo el comercio se surtía de Cartagena por la vía fluvial del Atrato; recuerda un hijo de don Benigno Moya, un hombre que trabajó varios años para Pedro Abdo antes de independizarse y convertirse en otro de los tenderos y comerciantes de renombre en Quibdó. «Después del incendio, Abdo no se doblegó, su visión comercial se mantuvo y continuó con un negocio de víveres al por mayor, pero más adelante vio en los combustibles una oportunidad», remata su relato Jesús Alexis, hijo de don Benigno, quien también recuerda con nostalgia que «tuve la fortuna de gozar de su aprecio, por la amistad con mi padre», de quien don Pedro también fue compadre, cuando se convirtió en padrino de una de sus hijas.
Servicentro Esso N° 89-La Confianza
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| Edificio de la Empresa Comercial La Confianza, en Quibdó, 1965. Remodelado completamente, en este edificio funciona actualmente la Gobernación del Chocó. FOTO: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó. |
La ubicación de «la Bomba de Abdo», como pronto fue conocida y se conoce hasta hoy, en la entrada a Quibdó por la carretera desde Medellín, fue parte sustancial de su éxito y una muestra del carácter visionario de don Pedro Abdo; pues era inevitable que por allí pasaran todos los vehículos que llegaban a la ciudad por dicha vía, que durante mucho tiempo fue también el único paso para quienes venían del aeropuerto El Caraño. Su denominación oficial y comercial era Servicentro Esso N° 89-La Confianza, tal como figuraba en las pequeñas y elegantes agendas, en los calendarios y demás piezas promocionales que cada año, sin falta, entregaba don Pedro Abdo García a clientes, proveedores, empleados, amigos y vecinos, como parte de los típicos regalos navideños de anchetas de rancho y licores. En esas agendas, cuyo tamaño no excedía la mitad de un celular de los más comunes y corrientes de hoy, a uno le daba gusto encontrar con nombre, dirección y número de teléfono (430) aquel establecimiento comercial; donde, en un local alquilado cuyo pago mensual se cuadraba entre dineros en efectivo y cruce de cuentas por trabajos hechos a los carros de don Pedro Abdo, tuvo su taller durante casi una década el mejor mecánico de Quibdó: Arturo Herrera Giraldo.
Civismo y filantropía
Como pregonero, portaestandarte y agitador de masas, don Pedro Abdo García Borja participó activamente en el movimiento de protesta de septiembre de 1954, promovido y organizado por el Comité de Acción Chocoana; mediante el cual se impidió el cumplimiento de la ignominiosa pretensión del régimen militar de Rojas Pinilla —acicateado por el codicioso vecindario antioqueño, valluno y caldense— de desintegrar al Chocó como departamento y repartir su territorio entre las jurisdicciones de esos tres malos vecinos. Tenía 26 años.
Doce años después, en un jeep que era el único vehículo de los bomberos locales, hacia las 10 de la noche del 26 de octubre de 1966, don Pedro recorrió las calles de Quibdó para avisar del percance y concitar a la población a que se reuniera a la orilla del río para intentar entre todos contener las llamas del gran incendio que en ese momento devastaba la zona céntrica de la ciudad. Se le había ocurrido formar una cadena humana desde la orilla del río hasta los sitios del incendio o los adyacentes, con todo tipo de recipientes, que comenzaban llenos y llegaban a su destino casi vacíos. La cadena fue infructuosa. Y don Pedro Abdo terminó estrellado en aquel carro, con lesiones que, afortunadamente, entre el calor del incendio, el pavor del desastre y sus alcances mínimos, no pasaron a mayores; aunque cuentan que se le afectó el antebrazo derecho, por lo cual le tocó aprender a escribir su firma con la mano izquierda.
En agosto del año siguiente, a pesar de todo el movimiento gubernamental promovido por el presidente Lleras Restrepo para atender la emergencia de la tragedia y proceder a la reconstrucción de la ciudad, Quibdó no contaba regularmente con los dos servicios que ya se reconocían como esenciales en las ciudades: agua y luz. El acueducto ya no funcionaba tan bien como hasta antes del incendio; y la planta eléctrica de la carrera primera permanecía más dañada que en funcionamiento. Entonces, estudiantes de los colegios, maestros, comerciantes, ciudadanía en general, salieron a las calles a la famosa Huelga de Agua y Luz. Era 22 de agosto de 1967 y allí estaba, presente y activo, promoviendo y ayudando, don Pedro Abdo García… La luz, que ahora se llama “energía”, se sigue yendo, a veces hasta por 24 y más horas, como acaba de suceder entre viernes y sábado del último fin de semana. Y el agua, con un acueducto que tuvieron el descaro de inaugurar sin verificar su real funcionamiento, no es potable, ni es permanente, ni llega siquiera a la mitad de la población.
Veinte años después de la Huelga, cuando ya don Pedro Abdo llegaba a los 60 años de edad, también participó de lleno y apoyó económica y logísticamente el Paro Cívico de 1987, uno de los más fructíferos en cuanto a logros materiales para la región. Y, en 2017, cuando ya contaba 89 años, quedó retratado para la posteridad —en una imagen del fotógrafo chocoano Jeison Riascos (X: Talento Chocoano / El Murcy)— su apoyo al movimiento cívico, empuñando de nuevo la bandera del Chocó, mientras transcurría otro paro de grande, justa y prolongada lucha.
Y así, sucesivamente, en cada causa local y regional, don Pedro Abdo García siempre dijo presente. Incluso en la festividad religiosa de la Virgen del Carmen, patrona de choferes y transportadores, que con el paso de los años y su apoyo económico, organizativo, su convocatoria y su presencia, se convirtió en una celebración anual representativa en Quibdó, desde la parroquia del barrio Huapango.
Y, cómo no, en cada causa individual de sus múltiples ahijados, de parientes cercanos o lejanos, de hijos de sus amigos, de gente que a él recurría con problemas tan reales como no tener con qué enterrar a un pariente, comprar una fórmula médica o unos útiles escolares, allí estuvo don Pedro Abdo García Borja, sin que su mano izquierda supiera lo que hacía su derecha, ejerciendo una filantropía permanente y admirable, que fue la que condujo a que tanta gente terminara considerándolo «la Mano Amiga» y convirtiéndose en caudal electoral para su participación política, que lo condujo a la Cámara de Representantes; aunque nunca, como tanta gente lo quiso, alcanzara la alcaldía de Quibdó, ciudad de donde sí fue concejal cuando andaba por los 30 años. «Me indignaba cuando me informaban que una familia no tenía dinero para problemas graves de salud o para el velorio y el entierro de uno de los suyos. Apoyé a muchas familias, sin tener en consideración su filiación política. Yo era para todo el mundo, liberal, conservador, independiente», recordó él mismo en un evento público hace más de una década.
«El mejor ciudadano del Chocó»
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| Pedro Abdo García Borja 2010. Foto: UTCH. |
A 79 años de la creación del departamento, a 72 años del movimiento que defendió su integridad territorial y jurídica, a 59 años de la Huelga de Agua y Luz, a 60 años del gran incendio que transformó la vida y la historia de Quibdó y del Chocó, a 39 años de un paro cívico histórico, a dos semanas del terremoto del 10 de agosto…, en estos momentos en los que la región y su gente viven nuevamente circunstancias excepcionales e incertidumbres de futuro, su memoria de vida sea fuente de inspiración y esperanza para construir desde los escombros la digna certeza de un nuevo Chocó. ¡Adiós, don Pedro Abdo García!
[1] Todos los testimonios citados, a menos que se
indique su fuente específica, forman parte de diversas conversaciones
o chats de WhatsApp de los días 16 y 17 de agosto de 2026, en
las que participaron, entre otros: Jorge Valencia Valencia, Jesús Alexis Moya
Gamboa, Valentín Enoc Guerrero Córdoba, Lascario Barboza Díaz, Jesús Elías
Córdoba Valencia y Rafael «Nabuco» Bolaños Henao.
Gracias también a Américo Murillo Londoño, memorioso cronista de la vida quibdoseña, quien fue compañero de correrías políticas de Pedro Abdo, y aportó precisiones importantes después de publicado el texto.






Excelente ser humano, que dejó huellas imborrables para quienes lo conocimos y lo tratamos. Amén en su última morada .... !!!!!!!!!!!!
ResponderBorrarSalim Bechara
Hola, Julio César! Definitivamente fue un gran hombre, un buen chocoano, un grande amigo! Paz en su tumba. Saludos.
ResponderBorrarJorge Valencia Valencia
Gracias, JC, por rescatar historias edificantes de chocoanos, como esta de Abdo, que nos muestra los trabajos que se pasaban para surgir en el Chocó
ResponderBorrarJEPV
Un hombre comprometido con las luchas sociales y gran líder político.
ResponderBorrarJesús Wagner Lemos C.
Excelente mi estimado, muchas gracias por permitirnos conocer gran parte de nuestra historia empresarial y sus protagonistas.
ResponderBorrarUn gusto disfrutar de esta lectura, el esfuerzo de la investigación y el placer de escribir de Julio César. Una persona ausente de los “Clickbait” que nos ponen a diario en las redes sociales con titulares rimbombantes y el cuerpo del escrito totalmente desconectado del titular mismo. Gracias Julio César.
ResponderBorrarJohn Díaz Cañadas.