29/06/2026

 Un Cristo mutilado y un corazón desolado, 
dos símbolos de paz y vida en Bojayá

*Cristo de Bojayá 2002 y 2026. 1-El Padre Antún Ramos Cuesta recoge los restos de la imagen del Cristo de la iglesia de San Pablo Apóstol, en Bellavista (Bojayá), a pocos días de la masacre del 2 de mayo de 2002. Foto: El Espectador. 2-Representantes de la víctimas de Bojayá durante la reunión del Consejo Nacional de Patrimonio Cultural que declaró la imagen Bien de Interés Cultural del Ámbito Nacional. Foto: MinCultura.

Después de la masacre del 2 de mayo de 2002, sus ojos entornados se humedecieron y parecen siempre a punto de llorar; de tal modo que, si una atrocidad similar se repitiera, los ojos eternamente tristes del Cristo mutilado de Bojayá derramarían sendas lágrimas de sangre y dolor, antes de cerrarse quizás a perpetuidad. Convertido en un despojo más de aquel crimen de lesa humanidad, cual mascarón de proa de un barco estrellado antes de naufragar, sus restos de yeso fueron rescatados, del triste escenario de la triste tragedia, por el presbítero Antún Ramos Cuesta, de la Diócesis de Quibdó, quien a sus 28 años era entonces el párroco de San Pablo Apóstol, parroquia a la cual la comunidad de Bellavista servía de sede y ubicación del templo principal.

Su madre, bajo la advocación del Inmaculado Corazón de María, también cayó aquella mañana bajo los fragores de la ignominia de esa guerra ajena de la cual el Estado colombiano se negó a librar a la gente del Atrato en general y de Bellavista en particular; a pesar de los ruegos y súplicas permanentes, que con anticipación y urgencia le fueron entregados a través de escritos y memoriales por aquellas comunidades que honraban la vida con su propia vida. La imagen de María, sin embargo, no quedó tan destrozada, por lo menos materialmente, si se la compara con la de su cristo hijo. Los estragos de la tragedia fueron más notorios en su corazón afligido de madre que, una y otra vez —esta vez a causa de un artefacto explosivo— ha visto morir a su hijo. De ahí que su mirada usualmente solícita y acogedora se tornó descorazonada, atribulada, desolada, como si súbitamente se hubiera convertido —con todo y su manto azul cielo, rosado y blanco— en una Pietá de Miguel Ángel o en una Dolorosa de Murillo.

Este viernes 26 de junio de 2026, «el Consejo Nacional de Patrimonio Cultural dio concepto favorable para que el Ministerio de las Culturas declare como Bien de Interés Cultural del Ámbito Nacional al Cristo Mutilado y el Inmaculado Corazón de María de Bojayá; en reconocimiento a sus valores históricos, estéticos y simbólicos, y a su profundo significado para la memoria de las víctimas del conflicto armado en Colombia… La declaratoria reconoce que el Cristo Mutilado y el Inmaculado Corazón de María son objetos de memoria indiscutibles de la Masacre de Bojayá, uno de los casos emblemáticos del conflicto colombiano. Las imágenes llevan en sus cuerpos las huellas mismas del horror, pues resultaron afectadas como las víctimas. Rescatadas de entre las ruinas del templo y conservadas con profundo respeto, devoción y afecto por la comunidad sobreviviente, se han convertido en símbolos de memoria. Y como símbolos han guiado a la gente de Bojayá, a lo largo del presente siglo, en su lucha inquebrantable por la paz y por la vida en los ámbitos local, regional y nacional.

1-Imagen del Inmaculado Corazón de María en las ruinas del templo de San Pablo Apóstol en Bellavista (Bojayá) a pocos días de la masacre del 2 de mayo de 2002. Foto: Juan Antonio Sánchez. 2-Trabajos de restauración de la imagen por especialistas del Ministerio de Cultura. Quibdó, junio 2026. Foto: MinCultura.

«Mi nombre es Antún Ramos Cuesta. La primera vez nací en Bagadó, Chocó, el 28 de agosto de 1973, hijo de César Ramos y Carmelina Cuesta. La segunda vez nací en Bellavista, Bojayá, el 2 de mayo del 2002, a mis 28 años, hijo de un Cristo roto, de una iglesia destruida y de niños y mujeres y hombres muertos… La iglesia fueron aquellos niños en el altar, aquellas madres en embarazo en el altar, aquellos hombres que lloraron de angustia, toda esa congregación, mi congregación, que desde la madrugada del 1° de mayo, cuando se escucharon los primeros disparos de los fusiles, corrieron al templo a refugiarse. La iglesia éramos todos, somos todos, pero, sobre todo, aquellos 79 asesinados y enterrados en una fosa común que no escucharon los llantos de despedida, que no tuvieron un rezo, a quienes les fueron negados incluso los ritos del adiós final»; narra, en su libro “Bojayá. Relato del sacerdote que sobrevivió a la Masacre”, el Padre Antún, también símbolo viviente de aquel holocausto que ha dolido cada día y cada noche de cada año que ha pasado desde aquella jornada aciaga, y que se convirtió en el más lacerante y poderoso motivo para que las comunidades persistieran en su defensa insoslayable de la vida y en su búsqueda incansable de la paz.

El dolor profundo de ese Cristo mutilado, la angustia inenarrable del corazón inmaculado de su madre, la tristeza infinita del párroco y su feligresía, sus convicciones sobre el bien común, cultivadas a lo largo de décadas de procesos organizativos y luchas por sus derechos, así como su esperanza común de que es posible evitar que semejante impiedad vuelva a presentarse; son los fundamentos de la decisión colectiva del pueblo de Bojayá de dedicar su vida a la búsqueda y construcción de la paz. Y de esos mismos fundamentos, así haya quienes osan irrespetarlas, se han nutrido sus decisiones prácticas de votar en un 95% a favor del plebiscito del acuerdo de paz, en octubre de 2016, y en un 90% y 93% a favor del candidato presidencial que no ganó, en la primera vuelta electoral y en el balotaje.

Su decisión y la de todos los pueblos y comunidades chocoanas y colombianas que, en ejercicio libre de sus derechos, prefirieron y decidieron no votar por el elegido, sigue siendo irresponsablemente agredida y relativizada, comentada y cuestionada, criticada y puesta en duda hasta por Perico de los Palotes. «Una semana después, persisten voces públicas que siguen gritando “voto fusil” sin pruebas. Insisten en desconocer que el triunfo de Abelardo de la Espriella fue casi un empate y que existen trece millones de personas que votaron por Cepeda. Esa ceguera también promueve la violencia que incentiva el concejal del odio desde Medellín».[2]

Mientras estos despropósitos hacen carrera, alimentados por la difusión masiva y el silencio cómplice e inmoral de quienes antes nos sermonearon hasta la saciedad sobre la obligación de respetar los resultados electorales, como si ello fuera el mandamiento central del amor a la democracia; aquel Cristo sufriente, cuyo cuerpo ya vilipendiado y torturado de origen perdió las extremidades a causa del vil ataque del 2 de mayo de 2002, y su consternada madre con el alma sitiada por la desolación; son reconocidos como símbolos vivos de la memoria, la resistencia y la esperanza de un pueblo que, amparado en su fe y en sus convicciones, a pesar de la muerte, sigue eligiendo la vida, y a pesar de los cantos de sirena sigue eligiendo la paz.

2 comentarios:

  1. Gracias por este homenaje a la dignidad y a la libertad.

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  2. Recuerdo con dolor e indignación tanto el hecho criminal en sí, como la imagen repulsiva de un sujeto, entonces general de la República, negando que en la zona hubiesen combates, supuestamente conmovido ante el zapatico de un niño, victima de una guerra infame que el mismo estado no quiso controlar e incluso auspició. Francisco L. Valderrama A.

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