2 textos electorales...
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1-Portada Cien años de soledad, 1984 (BNC). 2-Tío Tigre y Tío Conejo. Ilustración de una estampilla de la serie Cuentos Infantiles Venezolanos, del Instituto Postal Telegráfico, IPOSTEL. 1987. |
Julio
César U. H.
El Guarengue, junio 1° de 2026.
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1
Elecciones en Macondo
La víspera de las elecciones el propio don Apolinar Moscote leyó un bando que prohibía desde la medianoche del sábado, y por cuarenta y ocho horas, la venta de bebidas alcohólicas y la reunión de más de tres personas que no fueran de la misma familia. Las elecciones transcurrieron sin incidentes. Desde las ocho de la mañana del domingo se instaló en la plaza la urna de madera custodiada por los seis soldados. Se votó con entera libertad, como pudo comprobarlo el propio Aureliano, que estuvo casi todo el día con su suegro vigilando que nadie votara más de una vez. A las cuatro de la tarde, un repique de redoblante en la plaza anunció el término de la jornada, y don Apolinar Moscote selló la urna con una etiqueta cruzada con su firma. Esa noche, mientras jugaba dominó con Aureliano, le ordenó al sargento romper la etiqueta para contar los votos. Había casi tantas papeletas rojas como azules, pero el sargento sólo dejó diez rojas y completó la diferencia con azules. Luego volvieron a sellar la urna con una etiqueta nueva y al día siguiente a primera hora se la llevaron para la capital de la provincia. «Los liberales irán a la guerra», dijo Aureliano. Don Apolinar no desatendió sus fichas de dominó. «Si lo dices por los cambios de papeletas, no irán -dijo-. Se dejan algunas rojas para que no haya reclamos.» Aureliano comprendió las desventajas de la oposición. «Si yo fuera liberal —dijo— iría a la guerra por esto de las papeletas.» Su suegro lo miró por encima del marco de los anteojos. —Ay, Aurelito —dijo—, si tú fueras liberal, aunque fueras mi yerno, no hubieras visto el cambio de las papeletas.
Lo que en realidad causó indignación en el pueblo no fue el resultado de las elecciones, sino el hecho de que los soldados no hubieran devuelto las armas. Un grupo de mujeres habló con Aureliano para que consiguiera con su suegro la restitución de los cuchillos de cocina. Don Apolinar Moscote le explicó, en estricta reserva, que los soldados se habían llevado las armas decomisadas como prueba de que los liberales se estaban preparando para la guerra. Lo alarmó el cinismo de la declaración. No hizo ningún comentario, pero cierta noche en que Gerineldo Márquez y Magnífico Visbal hablaban con otros amigos del incidente de los cuchillos, le preguntaron si era liberal o conservador. Aureliano no vaciló: —Si hay que ser algo, sería liberal —dijo—, porque los conservadores son unos tramposos.
Cien años de soledad. Ed. Oveja Negra, 1984. Pp. 98-99
2
El Rey de los animales
El Rey de los animales
Se reunieron los animales del monte para elegir rey. Ya hacía días que el tigre y unos amigos venían diciendo que por qué gracia tenía que ser siempre el león, y que quién lo había elegido. Ese día, los animales fueron llegando y fueron diciendo por quién votaba cada uno. Ya por la tardecita, la votación estaba empatada: la mitad por el tigre y la mitad por el león. Se pusieron a ver qué animal faltaba por votar y el único era el conejo. Ahí mismito el tigre se voló ligerito y se fue a buscarlo a la cueva, donde vivía. Cuando llegó, lo encontró acostado.
—¿Qué le pasa, tío Conejo? ¿Cómo es que no ha venido a las elecciones, como están de buenas?
—¡Qué va, tío Tigre! Yo lo que estoy es muriéndome. Con una tontina y un desaliento…
—¡Eso no quiere decir nada! Camine en un momentico vamos a votar.
—Yo no voy, tío Tigre. ¿Meterme esa caminada ahora, con este desaliento?
El tigre se quedó como cavilando, y dijo:
—Si es eso, tío Conejo, camine yo lo llevo montado hasta allá.
El conejo decía que no, que estaba muy maluco, y el tigre insistía en que fuera. Hasta que el conejo dijo:
—Bueno pues, tío Tigre. Yo sí voy, pero con una condición: que usted me lleve montado y me vuelva a traer a la casa.
—Listos —contestó el tigre—. ¡Apure pues!
El conejo se metió otra vez a la cueva y al ratico fue saliendo dizque de sombrero alón, de poncho y carriel, de zamarros y de botas. En la mano traía una silla de vaquería.
—¿Y eso qué es? —dijo el tigre, abriendo tamañas pepas de ojos.
—¡Una silla!
—No, tío Conejo. ¡Ni riesgos! Yo no me dejo poner eso. Bien pueda monte así no más. Pero silla, no.
—Está bien —dijo el conejo, haciendo cara como de conformidad—. Entonces no voy. Si no he de ir bien sentado, bien cómodo, no voy—. Ya se iba a echar para adentro otra vez, cuando el tigre dijo:
—Aguarde, tío Conejo. Camine, a ver... póngame esa silla pues...
El conejo se la puso, le apretó bien la cincha y se volvió a entrar a la cueva.
El tigre se impacientaba, viendo que ya se hacía tarde. Cuando salió el conejo con una jáquima y un freno.
—¡Freno sí no! —rugió el tigre—. ¡Freno sí no, hermano!
—¡Pero si yo no sé montar sin freno! —dijo el conejo.
—Freno sí no. Móntese así, que yo lo llevo con harto fundamento.
—No, tío Tigre. Yo sin freno no monto. Entonces dejemos así la cosa. Preste a ver yo le quito la silla para que se vaya.
—Aguarde, tío Conejo. Vea… póngame pues el freno, pero con harta mañita, que yo no soy una mula.
El conejo le puso la jáquima, le acomodó el freno y le apretó bien la barbada. Después se volvió a meter a la cueva y salió de espuelas.
—¿Espuelas? ¿Espuelas a mí? —gemía el tigre—. Yo para qué necesito espuelas, tío Conejo. Eso es un insulto, una humillación para mí.
—No se preocupe, tío Tigre, que si no las necesita, yo no se las rastrillo tampoco. Pero, vea: si no quiere, no vamos… ¿oyó?
—No, no, no. No se demore más, tío Conejo, que nos va a coger la noche.
Con mucha parsimonia montó el conejo, se arrellanó bien en la silla, templó las riendas y le rastrilló las espuelas al tigre. Éste pegó qué brinco y salió corriendo a cuantas tenía. El conejo apenas templaba las patas en los estribos de cobre y se agarraba bien el sombrero. El tigre corrió como un rayo dejando atrás potreros, saltando vallados, trepando cuestas y bajando lomas, como una exhalación.
A lo que llegaron donde estaban todos los animales, entró el conejo voleando el sombrero y todos le gritaban que viva y se quedaron aterrados de verlo montado en el tigre. El conejo se fue acercando, al trotecito, a la mesa donde estaban los jurados: el oso, el armadillo y la tatabra. Todos se callaron, a ver por quién iba a votar el conejo:
—Yo… voto para rey de los animales… ¡por el león! Porque lo que es al tigre, lo dejo más bien para silla.
*Cuentos para contar. Cuentos populares colombianos. Primera edición, abril 2011. 162 pp. Pág. 85-87. ISBN 978-958-98845-7-7.

genial, gracias
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