18/05/2026

 Pachanga y Papá Juan 

Comercio maderero en la Carrera Primera de Quibdó (s.f. y 1989). Hasta bien entrada la década de 1990, gran parte del actual malecón y demás espacio público circundante era usado por comerciantes madereros como depósito y zona de cargue de trozas o polines de maderas finas de los bosques del Atrato en camiones con rumbo a Medellín y Pereira. Los cortejos fúnebres de las 3 p.m., que salían de la catedral rumbo al cementerio, debían transitar entre camiones, polines y polineros. FOTOS: 1-Archivo fotográfico y fílmico del Chocó y 2-Julio César U. H.

Por lo menos una vez al mes, en las mejores épocas de nuestra infancia, íbamos a cine en el Teatro César Conto, cuya entrada se ubicaba sobre la carrera tercera de Quibdó, en un amplio hall del Ocho Pisos, edificio que —vetusto y todo— aún se yergue con algo de su vieja vanidad hacia el cielo quibdoseño.

Los pasteles de Taurina

Un pastel chocoano de arroz, envuelto en hojas de bijao calientes, mojadas, resbaladizas, brillantes a la luz de la pantalla del cine, era el snack con el que nos adentrábamos gozosos en aquella penumbra previa a la película. Tan icónicos como aquel teatro que alcanzó su ruina en manos del abandono y la desidia, y que ya cumple dos periodos presidenciales caminando nuevamente hacia allá, entre promesas tan incumplidas como reiteradas; eran los pasteles de Taurina, que ella misma vendía todas las tardes al frente del teatro, hasta donde llegaba desde La Yesquita con su enorme olla de aluminio repleta de estos pequeños manjares de arroz embijado, aliñado, cuya presa era un centímetro de tocino gordo perdido entre el delicioso y mantecoso potaje de arroz.

Pachanga

En la entrada del Teatro César Conto, veíamos con frecuencia a Pachanga. Al caer la tarde, después del largo baño que se daba en el río Atrato cuando terminaba su jornada de trabajo, Pachanga llegaba hasta allí, en el hombro su eterno y desteñido trapo rojo de tela de dulceabrigo, de pantalones cortos, sin camisa y descalzo o con una camisilla de esqueleto y unas sandalias de caucho “Todos-tenemos”, a curiosear, como nosotros, los anuncios de las película. Igual que a nosotros, a Pachanga le gustaban aquellos afiches coloridos con dibujos a mano, del tamaño de una hoja de cartulina, y las fotografías en blanco y negro, casi siempre impresas en papel brillante, del tamaño de medio cuarto o un cuarto entero de cartulina, con los que se promocionaban las películas. Viendo unos y otras, como nosotros, Pachanga se embelesaba. Y entonces empezaba a musitar, a hablar entre dientes, como si estuviera comentando las escenas.

Nunca supimos quién —en ese pueblo de mamagallistas de oficio— inventó la especie de que lo que pasaba era que Pachanga hablaba inglés y no le gustaba que lo oyeran; y por eso masticaba las palabras y se las volvía a tragar apenas le salían, mientras se imaginaba las historias de las películas que estaban en cartelera y las que próximamente serían estrenos. Más de una vez nos le acercamos, con precaución de espías de película de guerra, para que él no se fuera a enojar —como decían que lo hacía si uno lo molestaba— o a espantar, y entonces se fuera, quién sabe para dónde, y nosotros nos perdiéramos la oportunidad de saber si de verdad lo que hablaba era inglés.

Cuando nos lo encontramos dentro del teatro, antes de la función de matinal o matiné de los domingos, pensábamos que cómo sería si algún día, cuando Pachanga entrara, solamente quedara una silla justo al lado de nosotros. Pero, nunca se dio. Y las veces que nosotros entramos y ya él estaba sentado, podríamos habernos acomodado al lado de Pachanga, pero no fuimos capaces de hacerlo. Nos lo impidió siempre un temor nacido de la leyenda de que a Pachanga no le gustaba que uno anduviera en confiancitas con él y que cuando se enojaba lo mandaba a uno lejos de una trompada o de un grito, según fuera uno adulto o niño. Sin embargo, Pachanga siempre esbozaba una sonrisa, a modo de saludo antes de seguir de largo, cuando se topaba en la calle con muchachitos de escuela como nosotros, para quien él era una especie de héroe.

1-Edificio Ocho Pisos, vista frontal. Carrera Tercera. con calle 24. 2-Edificio Ocho Pisos, vista posterior y entrada a la obra del nuevo teatro César Conto. 3-Construcción del nuevo teatro César Conto, en la Carrera Tercera con calle 24A. FOTOS: Julio César U. H., Quibdó, marzo de 2026.

Papá Juan

Papá Juan cargaba una nevera sobre su espalda y en su cuello llevaba una toalla pequeña, la primera vez que yo lo vi de cerca. Caminaba presuroso, a pesar de la carga, por la calle de Munguidocito. Lo seguí, para ver hasta dónde llegaba. Descargó la nevera en una tienda pequeña, por los lados de Cristo Rey; y entonces me di cuenta, porque él lo dijo, que venía enfilado desde la Cabecera, casi un kilómetro atrás. Me impresionó su estatura: no alcanzaba la de Atanasio Pisapasito, pero sí medía casi Pachanga y medio.

A diferencia de Pachanga, Papá Juan vestía siempre camisa y pantalones largos, suficientemente usados, como ropa de trabajo. Sus camisas podían ser de manga corta o larga e incluso algunas veces, quizás porque el calor apremiaba, vimos a Papá Juan con camisas a las que le habían desprendido las mangas. Aunque la mayor parte del tiempo caminaba descalzo, tenía unos tenis de lona y caucho, de los que en Quibdó se conocían como champios, que a veces se ponía cuando descargaba los camiones que viajaban por la trocha entre Quibdó y Antioquia.

Papá Juan (centro). Quibdó,
carrera 1a. con calle 25.
Foto: cortesía Américo
Murillo Londoño. Sin fecha.

Papá Juan no se calveaba, ni tenía barriga, como Pachanga. Pero sí se motilaba bajito, de modo que uno podía ver cómo las virutas blancas y negras se iban tupiendo sobre su cabeza antes de que él decidiera volverse a peluquear el pequeño y compacto afro que se le formaba. Su barba, rala, era también canosa. O no se la afeitaba mucho o no le crecía mucho, pues casi siempre se le alcanzaba a ver como una sombra o una nube rodeando su mentón, grisácea y oscura como cuando iba a llover, blancuzca y dispersa como cuando el aguacero terminaba en una simple llovizna. Entre el pelo y la barba, si uno lo miraba de refilón, Papá Juan tenía cierto aire al Sonero Mayor, Ismael Rivera. Alto, longilíneo, plano y musculoso, casi macizo, Papá Juan tenía pinta de abuelo joven. Mientras que Pachanga, si bien era también bastante macizo, quizás más que Papá Juan, era de baja estatura, regordete —aunque era templada su barriga no tan prominente— y sus brazos eran bastante menos largos. Así que, mientras Papá Juan podía, él solo, alzar un enfriador, una estufa o una nevera, porque sus brazos le alcanzaban para abarcarlos y levantarlos en peso; Pachanga podía alzarlos y transportarlos, todos y cada uno de ellos, pero la longitud de sus brazos no le alcanzaba para rodearlos, abarcarlos y levantarlos con su propia fuerza. Papá Juan tenía el aguaje de Sonny Liston. Pachanga tenía la parsimonia de Angelo Dundee.

Papá Juan saludaba con palabras e incluso por su nombre a gente que conocía. Pachanga, por lo general, lo hacía con gestos; y sus palabras eran ininteligibles cuando hablaba, así fueran en español y no en el supuesto inglés que los ladinos del pueblo habían inventado que él dominaba.

Polineros

Pachanga y Papá Juan fueron dos de los cargueros, coteros o estibadores más conocidos en Quibdó entre finales de los años 60 —época del gran incendio que devastó esperanzas y capitales, historias y porvenires, en el centro de la ciudad— y la década de los 70, cuyo advenimiento trajo la remodelación o reconstrucción parcial de la ciudad, la expansión de los planes de vivienda del Inscredial en el barrio Niño Jesús y la interconexión eléctrica.

También por aquellos tiempos, y ante los ojos de todo el mundo, la orilla del río contigua a la Carrera Primera —donde el incendio de 1966 había arrasado casas y comercios— fue convertida por comerciantes antioqueños en depósito y zona de cargue de polines de miles de metros cúbicos de madera fina, que a mañana y tarde salían con rumbo a Medellín y Pereira en los camiones que allí mismo se parqueaban. Pachanga y Papá Juan estuvieron entre los primeros polineros, como se denominó a los cargueros que se especializaron en subir las enormes trozas de madera o polines hasta los camiones y acomodarlas tan perfectamente como en un juego de Jenga. 

En decenas de camiones, cada semana, viajaban —compradas a precio de huevo— extensiones cada vez más grandes de selva atrateña; a la luz del día y a sabiendas de cuanta autoridad o institución pública tuviera o no que ver con el asunto. En aquellos camiones también se iban los sudores y los achaques de los polineros, cuyos despliegues de fuerza tenían menos de proeza que de tributo a la necesidad, y cuya vida se esfumaba día a día  a la misma velocidad que las riquezas de estos montes que a pulso ellos cargaban a cambio de su subsistencia.

Aunque no pasó de ser un detalle adicional y no verificado de la leyenda, se decía que ambos habían sido bogas en el Atrato, antes de asentarse en Quibdó. Lo que sí fue evidente es que, antes de convertirse en un par de titanes dentro del gremio de cargueros, coteros, estibadores o polineros de la ciudad, los dos trabajaron en oficios varios, trasteos y acarreos domésticos y comerciales. Pachanga se llamaba Domingo Martínez. Papá Juan se llamaba José Ángel Palacios. Pero, de su vida y de su muerte nadie nunca supo nada más.

8 comentarios:

  1. Bonita esa historia de hombres humildes que expresaban con su trabajo duro, pero honesto, para que la juventud vieran como se gana la plata sin hacerle daño a nadie. Hoy en día los que descargan mercancías en los camiones viven la misma situación, sin pensiones ni prestaciones sociales.

    Eurípides Salas Figueroa

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  2. Pachanga era uno de mis heroes de infancia, gracias por recordarlo

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  3. Hola, Julio César! Qué buen recuerdo de estos titanes del cargue y descargue. Nunca nadie supo de su desaparición, cómo llegaron se fueron, sin un adiós. El señor les tenga en su gloria. Saludos.

    Jorge Valencia Valencia

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  4. Felicitaciones julio por esos recorderis de esa epoca que lo hace como si estuvieramos viviendo gracias un abrazo

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  5. Excelente crónica sobre un par de personajes típicos de ese día a día quibdoseño, en el que el maestro Julio César Uribe extrae de la memoria colectiva, la fuerza muscular y el mandatorio trabajo de unos seres humanos a los que bien podría hacerles un seguimiento de su muerte. Llega a mi memoria ver a Pachanga limpiando en la orilla Atrateña a punta de cepillo, los bloques de queso de a quintal circundados por alevinos de sardinas que después llevaba al señor Epifanio Alvarez Caraballo a su bodega de la carrera tercera, y a Papá Juan cargando estufas y neveras por las calles de ese Quibdó oloroso aún a mar Caribe y a Kola Román.
    Lascario Alberto Barboza Diaz.

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  6. Qué bien escrito y narrados, más facetas se personajes invisibles en la historia.
    Me he motivado leyendo... Gracias

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  7. Gracias Julio por rescatar para la memoria colectiva, la historia de tantos personajes anonimos a los que probablemente se les negó su lugar en la dignidad. El Choco noble y bueno es hechura de ellos. Francisco L. Valderrama A

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  8. Excelente crónica Julio César, muy bonita reivindicación de los hombres humildes que construyen y hacen parte de la historia colectiva de una región y un pais

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