Pachanga y Papá Juan
Los pasteles de
Taurina
Un pastel chocoano de arroz, envuelto en hojas de bijao calientes, mojadas, resbaladizas, brillantes a la luz de la pantalla del cine, era el snack con el que nos adentrábamos gozosos en aquella penumbra previa a la película. Tan icónicos como aquel teatro que alcanzó su ruina en manos del abandono y la desidia, y que ya cumple dos periodos presidenciales caminando nuevamente hacia allá, entre promesas tan incumplidas como reiteradas; eran los pasteles de Taurina, que ella misma vendía todas las tardes al frente del teatro, hasta donde llegaba desde La Yesquita con su enorme olla de aluminio repleta de estos pequeños manjares de arroz embijado, aliñado, cuya presa era un centímetro de tocino gordo perdido entre el delicioso y mantecoso potaje de arroz.
Pachanga
En la entrada del Teatro César Conto, veíamos con frecuencia a Pachanga. Al caer la tarde, después del largo baño que se daba en el río Atrato cuando terminaba su jornada de trabajo, Pachanga llegaba hasta allí, en el hombro su eterno y desteñido trapo rojo de tela de dulceabrigo, de pantalones cortos, sin camisa y descalzo o con una camisilla de esqueleto y unas sandalias de caucho “Todos-tenemos”, a curiosear, como nosotros, los anuncios de las película. Igual que a nosotros, a Pachanga le gustaban aquellos afiches coloridos con dibujos a mano, del tamaño de una hoja de cartulina, y las fotografías en blanco y negro, casi siempre impresas en papel brillante, del tamaño de medio cuarto o un cuarto entero de cartulina, con los que se promocionaban las películas. Viendo unos y otras, como nosotros, Pachanga se embelesaba. Y entonces empezaba a musitar, a hablar entre dientes, como si estuviera comentando las escenas.
Nunca supimos quién —en ese pueblo de mamagallistas de oficio— inventó la especie de que lo que pasaba era que Pachanga hablaba inglés y no le gustaba que lo oyeran; y por eso masticaba las palabras y se las volvía a tragar apenas le salían, mientras se imaginaba las historias de las películas que estaban en cartelera y las que próximamente serían estrenos. Más de una vez nos le acercamos, con precaución de espías de película de guerra, para que él no se fuera a enojar —como decían que lo hacía si uno lo molestaba— o a espantar, y entonces se fuera, quién sabe para dónde, y nosotros nos perdiéramos la oportunidad de saber si de verdad lo que hablaba era inglés.
Cuando nos lo encontramos dentro del teatro, antes de la función de matinal o matiné de los domingos, pensábamos que cómo sería si algún día, cuando Pachanga entrara, solamente quedara una silla justo al lado de nosotros. Pero, nunca se dio. Y las veces que nosotros entramos y ya él estaba sentado, podríamos habernos acomodado al lado de Pachanga, pero no fuimos capaces de hacerlo. Nos lo impidió siempre un temor nacido de la leyenda de que a Pachanga no le gustaba que uno anduviera en confiancitas con él y que cuando se enojaba lo mandaba a uno lejos de una trompada o de un grito, según fuera uno adulto o niño. Sin embargo, Pachanga siempre esbozaba una sonrisa, a modo de saludo antes de seguir de largo, cuando se topaba en la calle con muchachitos de escuela como nosotros, para quien él era una especie de héroe.
Papá Juan
Papá Juan cargaba una nevera sobre su espalda y en su cuello llevaba una toalla pequeña, la primera vez que yo lo vi de cerca. Caminaba presuroso, a pesar de la carga, por la calle de Munguidocito. Lo seguí, para ver hasta dónde llegaba. Descargó la nevera en una tienda pequeña, por los lados de Cristo Rey; y entonces me di cuenta, porque él lo dijo, que venía enfilado desde la Cabecera, casi un kilómetro atrás. Me impresionó su estatura: no alcanzaba la de Atanasio Pisapasito, pero sí medía casi Pachanga y medio.
A diferencia de Pachanga, Papá Juan vestía siempre camisa y pantalones largos, suficientemente usados, como ropa de trabajo. Sus camisas podían ser de manga corta o larga e incluso algunas veces, quizás porque el calor apremiaba, vimos a Papá Juan con camisas a las que le habían desprendido las mangas. Aunque la mayor parte del tiempo caminaba descalzo, tenía unos tenis de lona y caucho, de los que en Quibdó se conocían como champios, que a veces se ponía cuando descargaba los camiones que viajaban por la trocha entre Quibdó y Antioquia.
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| Papá Juan (centro). Quibdó, carrera 1a. con calle 25. Foto: cortesía Américo Murillo Londoño. Sin fecha. |
Papá Juan saludaba con palabras e incluso por su nombre a gente que conocía. Pachanga, por lo general, lo hacía con gestos; y sus palabras eran ininteligibles cuando hablaba, así fueran en español y no en el supuesto inglés que los ladinos del pueblo habían inventado que él dominaba.
Polineros
Pachanga y Papá Juan fueron
dos de los cargueros, coteros o estibadores más conocidos en Quibdó entre
finales de los años 60 —época del gran incendio que devastó esperanzas y capitales, historias y porvenires, en el centro de la ciudad— y la década de los 70, cuyo advenimiento trajo la remodelación o reconstrucción parcial de la ciudad, la expansión de los planes de vivienda del Inscredial en el barrio Niño Jesús y la interconexión eléctrica.
También por aquellos tiempos, y ante los ojos de todo el mundo, la orilla del río contigua a la Carrera Primera —donde el incendio de 1966 había arrasado casas y comercios— fue convertida por comerciantes antioqueños en depósito y zona de cargue de polines de miles de metros cúbicos de madera fina, que a mañana y tarde salían con rumbo a Medellín y Pereira en los camiones que allí mismo se parqueaban. Pachanga y Papá Juan estuvieron entre los primeros polineros, como se denominó a los cargueros que se especializaron en subir las enormes trozas de madera o polines hasta los camiones y acomodarlas tan perfectamente como en un juego de Jenga.
En decenas de camiones, cada semana, viajaban —compradas a precio de huevo— extensiones cada vez más grandes de selva atrateña; a la luz del día y a sabiendas de cuanta autoridad o institución pública tuviera o no que ver con el asunto. En aquellos camiones también se iban los sudores y los achaques de los polineros, cuyos despliegues de fuerza tenían menos de proeza que de tributo a la necesidad, y cuya vida se esfumaba día a día a la misma velocidad que las riquezas de estos montes que a pulso ellos cargaban a cambio de su subsistencia.
Aunque no pasó de ser un detalle adicional y no verificado de la leyenda, se decía que ambos habían sido bogas en el Atrato, antes de asentarse en Quibdó. Lo que sí fue evidente es que, antes de convertirse en un par de titanes dentro del gremio de cargueros, coteros, estibadores o polineros de la ciudad, los dos trabajaron en oficios varios, trasteos y acarreos domésticos y comerciales. Pachanga se llamaba Domingo Martínez. Papá Juan se llamaba José Ángel Palacios. Pero, de su vida y de su muerte nadie nunca supo nada más.



Bonita esa historia de hombres humildes que expresaban con su trabajo duro, pero honesto, para que la juventud vieran como se gana la plata sin hacerle daño a nadie. Hoy en día los que descargan mercancías en los camiones viven la misma situación, sin pensiones ni prestaciones sociales.
ResponderBorrarEurípides Salas Figueroa
Pachanga era uno de mis heroes de infancia, gracias por recordarlo
ResponderBorrarHola, Julio César! Qué buen recuerdo de estos titanes del cargue y descargue. Nunca nadie supo de su desaparición, cómo llegaron se fueron, sin un adiós. El señor les tenga en su gloria. Saludos.
ResponderBorrarJorge Valencia Valencia
Felicitaciones julio por esos recorderis de esa epoca que lo hace como si estuvieramos viviendo gracias un abrazo
ResponderBorrarExcelente crónica sobre un par de personajes típicos de ese día a día quibdoseño, en el que el maestro Julio César Uribe extrae de la memoria colectiva, la fuerza muscular y el mandatorio trabajo de unos seres humanos a los que bien podría hacerles un seguimiento de su muerte. Llega a mi memoria ver a Pachanga limpiando en la orilla Atrateña a punta de cepillo, los bloques de queso de a quintal circundados por alevinos de sardinas que después llevaba al señor Epifanio Alvarez Caraballo a su bodega de la carrera tercera, y a Papá Juan cargando estufas y neveras por las calles de ese Quibdó oloroso aún a mar Caribe y a Kola Román.
ResponderBorrarLascario Alberto Barboza Diaz.
Qué bien escrito y narrados, más facetas se personajes invisibles en la historia.
ResponderBorrarMe he motivado leyendo... Gracias
Gracias Julio por rescatar para la memoria colectiva, la historia de tantos personajes anonimos a los que probablemente se les negó su lugar en la dignidad. El Choco noble y bueno es hechura de ellos. Francisco L. Valderrama A
ResponderBorrarExcelente crónica Julio César, muy bonita reivindicación de los hombres humildes que construyen y hacen parte de la historia colectiva de una región y un pais
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