27/07/2026

 Victoria y Cornelia 

*1-Fragmento del Mural «Historia de la Ley 70», de Fredy Sánchez Caballero, en la Universidad Claretiana de Quibdó. 2-Ana Victoria Torres en un cuadro recordatorio en la sede de Cocomacia en Quibdó. 3-Logotipo original de la Asociación Campesina Integral del Atrato, ACIA, hoy COCOMACIA, dibujado por Maximino Cerezo Barredo. FOTOS: Archivo El Guarengue.

Si así no hubiera sido, quizás no estaríamos contando el cuento. Fueron tiempos en los que innumerables horas, días completos y semanas enteras —con lluvia, trueno o relámpago— se destinaron al desarrollo de capacitaciones, reuniones y talleres, en los montes y las orillas, escuelas y capillas, de cuanto pueblo se le midió a recibir, alojar, alimentar y cuidar a los participantes que llegaban en representación de sus comunidades para asistir a estos eventos que, aunque eran diferentes a los escenarios que desde antiguo convocaban a parientes y visitantes de otras orillas y otros montes, como los velorios y las últimas novenas, las fiestas patronales, los bautizos y los matrimonios; tenían en común su carácter colectivo y su propósito comunitario.

Por meses y años, entre mediados de los 80 y principios de los 90, hasta que capacitarse y formarse se convirtió en parte de la vida cotidiana; a los quehaceres diarios y a los calendarios anuales de socolas y siembras, de faenas de pesca y caza, de recolección y cosecha, de entresacas forestales, de azoteas de yerbas y patios de frutales, de cateo y barequeo, de fiestas patronales y conmemoraciones especiales, en las comunidades afrochocoanas del Atrato Medio, se le sumaron las actividades de capacitación, los talleres de formación de líderes y la construcción de propuestas conducentes al reconocimiento étnico de las comunidades negras y, por consiguiente, a la garantía jurídica y material de sus derechos como pueblos en los ámbitos territorial, cultural, económico y social. Un proceso que desembocaría en la inclusión del Artículo 55 Transitorio, en la Constitución Política de Colombia de 1991, y en la expedición de la Ley 70 de 1993 o Ley de Comunidades Negras, por mandato constitucional.

Nacida, pues, en las entrañas de estos montes, en las orillas del Atrato y sus afluentes, al abrigo de las quebradas y de la profundidad de las ciénagas, la Ley 70 de 1993 fue fruto de un proceso colectivo cuyos orígenes se remontan a aquellos esfuerzos formativos y organizativos que -una década antes de su expedición- se llevaron a cabo en pueblos de la cuenca media del río Atrato, como Beté, Campo Alegre y Tanguí, Las Mercedes y Tagachí, El Tigre, La Boba, Palo Blanco y Buchadó, y en caseríos y pueblos de ríos afluentes como Munguidó y Bebará, Arquía y Murrí, Buey y Bebaramá, Bojayá y Murindó, Ichó, Tutunendo y Neguá. Tales esfuerzos contaron con el auspicio y la orientación de la Iglesia Católica, a través del Vicariato y posterior Diócesis de Quibdó, los Misioneros Claretianos y los Misioneros del Verbo Divino, las Hermanas Agustinas Misioneras y las Misioneras Lauritas, al igual que las misioneras del Movimiento de Seglares Claretianos y de la Unión de Seglares Misioneros (USEMI).

Hasta el momento en el que este proceso comenzó, las capacitaciones eran cosa de maestros o maestras, inspectores de policía y promotoras de salud, que generalmente debían viajar hasta Quibdó para recibirlas. Hasta entonces, las únicas reuniones eran las que se hacían para asuntos de las juntas de acción comunal o para cuestiones de las mortuorias comunitarias locales y de las fiestas patronales, o cada cierto tiempo con políticos en trance de campaña electoral, que llegaban desde Quibdó de cuerpo presente o a través de sus emisarios. Y los talleres eran una noción más asociada a la fabricación o reparación de cosas, que a la construcción colectiva de conocimientos útiles para comprender mejor la realidad social y política e intentar transformarla a favor de quienes, teniendo derechos, no los conocían y por lo mismo no los reivindicaban y de contera mucho menos gozaban de ellos.

Históricamente, eran los hombres quienes habían asumido vocerías, representaciones y liderazgos que implicaran contactos hacia afuera de las comunidades. Las representaciones, vocerías y liderazgos de las mujeres se ligaban a la vida interna de los pueblos y parentelas, linealmente establecidos a lo largo de aquellas orillas del Atrato, a su tradición familiar, a su mundo espiritual, a su devenir cultural y a las actividades de su dominio dentro de la distribución de roles en los sistemas tradicionales de producción que sustentaban la economía local y regional; y que, en gran parte, funcionaban gracias al aprovisionamiento, a la logística, a la inspiración y al apoyo que las mujeres brindaban a sus maridos, padres, hijos, abuelos, tíos, entenados, sobrinos, nietos, vecinos, compadres y paisanos… De modo, pues, que en las capacitaciones, reuniones y talleres de los primeros tiempos la presencia de las mujeres como participantes plenas era escasa, efímera, discontinua. Por lo general, a las mujeres se les encomendaba la administración de provisiones y la preparación de alimentos, los servicios de cocina y comedor, la coordinación de hospedajes y atención a los visitantes, que casi siempre permanecían por lo menos cuatro o cinco días como huéspedes de las comunidades en donde se llevaban a cabo los talleres.

Río Atrato. Foto: Guiller Ossa/El Tiempo.

En un escenario con predominio masculino en la participación y representación de las comunidades convocadas, la presencia de las mujeres fue bastante notoria, tanto por su escaso número, como por la abundante calidad de su participación. En poco tiempo, gracias a su notoria inteligencia y capacidad de análisis, a su enorme capacidad de síntesis y a la originalidad de sus planteamientos culturales e históricos, dos mujeres enarbolarían sin aspavientos las primeras y más genuinas banderas de equidad de género en el proceso organizativo del Medio Atrato: Ana Victoria Torres y Zulma Cornelia Chaverra, quienes, de tú a tú con los hombres, participaron en la construcción de cada propuesta, de cada acción, de cada paso en el camino hacia la consolidación de una organización campesina de corte étnico y territorial, y hacia la reivindicación de un territorio propio y de sus derechos como pueblo.

En cada taller, en cada reunión, en cada asamblea, las palabras de Victoria y de Cornelia tenían tanta determinación en su tono como inteligencia en su sentido. Pioneras de la causa campesina y de la participación y reconocimiento de las mujeres en los procesos organizativos locales y regionales; sus discursos estaban siempre articulados a su praxis inagotable. Sus cuadernos de notas de los talleres y reuniones eran siempre la mejor y más organizada fuente que uno podía consultar cuando necesitaba recordar un dato meses después de los eventos de capacitación. Y fue así como abrieron caminos y espacios para que las mujeres pasaran de cocinar en los encuentros campesinos a liderar, dirigir y orientar los procesos organizativos de modo competente y comprometido, incluyendo su perspectiva de mujeres, pobres, campesinas y negras, como siempre lo repitieron con énfasis Victoria y Cornelia.

Mediante sus voces vigorosas, sus ideas sólidas, sus figuras representativas y comprometidas con el bienestar y el desarrollo de su gente; Victoria y Cornelia, junto a compañeras de los primeros tiempos de COCOMACIA (Consejo Comunitario Mayor de la Asociación Campesina Integral del Atrato), como Dominga Bejarano, Teresa Moya, Encarnación Machado, Juana Padilla, Facunda Mosquera, Francisca Valoyes, Inocencia Rivas, Blasina Martínez, Emilfa Mosquera, Mirian Magaña, Enerith Martínez, Ana María Martínez, Lorenza Mena, Ana Rosa Heredia, Justa Germania Córdoba, Julia Susana Mena, María del Socorro Mosquera; y misioneras seglares afrochocoanas como Marta Inés Asprilla; Idalides, Genoveva y Fabiola Córdoba; Guachá, Gache, Merlin y Maruja, aportaron con claro liderazgo y férrea convicción, desde su ser de mujeres, a la consolidación del proceso étnico y territorial del Atrato Medio; y por ello siempre estarán en la memoria y en la historia de la lucha por los derechos de las comunidades negras de Colombia, así no figuren en los relatos ni en la memoria de quienes –incluso sin saberlo- gracias a ellas enarbolan hoy esas banderas.

Un homenaje afectuoso y sincero, con motivo de la conmemoración, este 25 de julio, del Día Internacional de las Mujeres Negras Afrolatinoamericanas, Caribeñas y de la Diáspora, a Victoria y a Cornelia, y a todas aquellas mujeres afrochocoanas que de modo genuino y admirable trazaron senderos históricos en la defensa de sus derechos y del bien común, en un territorio que hoy es propiedad colectiva de las comunidades: la cuenca media del río Atrato, en cuyas orillas dejaron ellas su herencia imperecedera.

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