20/04/2026

 Voces del Darién Chocoano
«Acandí, Cuentos de mar y río»—

Arriba: Flora Vélez Cuervo, Leidy Jhoana Chaverra y Chía Giraldo Mendoza, autoras de los cuentos que obtuvieron el premio en las categorías Infantil, Juvenil y Adultos, respectivamente, en el Concurso Acandí Cuentos de Mar y Río (marzo-abril 2026). Abajo, autores y autoras cuyos cuentos fueron reconocidos con Mención de Honor: Yolvys Mateo De La Cruz Vallecillo, Estiven Arley López Rodelo y Félix Manuel Chaverra Rodelo, Silvana Córdoba Durango y Leinis Cabarcas Perea. FOTOS: Cortesía de autoras y autores, con autorización de sus padres en los casos necesarios. Edición: El Guarengue.

Entre mediados de marzo y abril, en tres categorías: Infantil (8 a 12 años), Juvenil (13 a 20 años) y Adultos (21 años en adelante), el Santuario de Fauna Acandí, Playón y Playona, de la Unidad de Parques Nacionales Naturales de Colombia, los consejos comunitarios COCOMANORTE, COCOMASECO y COCOMASUR, y la Biblioteca Municipal Miguel Vicente Garrido, convocaron a niños y niñas, jóvenes y adultos de la población del municipio de Acandí, en el Darién chocoano, a que relataran en la modalidad de cuento corto o cuento breve historias alrededor de la tortuga Caná y las tradiciones culturales asociadas a su ciclo de vida, a su preservación y a la conservación de sus hábitats. Se trataba de articular la creación narrativa y literaria de la población a las estrategias comunitarias de monitoreo y conservación ambiental de las tortugas Caná y Carey en Acandí, en cuyas playas cada año se escenifica el milagro de la prolongación de la vida de estas especies.

De Acandí para el mundo
De una importancia ambiental mundial equivalente al fenómeno anual de migración, apareamiento y nacimiento de las ballenas jorobadas (Megaptera novaeangliae) en las playas del Pacífico chocoano; es la ocurrencia anual en el Caribe chocoano, ecorregión del Darién, del regreso de decenas de tortugas Caná (Dermochelys coriacea) y Carey (Eretmochelys imbricata) al sitio donde nacieron, para anidar y depositar los huevos de su descendencia; así como la posterior eclosión de dichos huevos, que dará paso al nacimiento de centenares de bebés tortugas que tendrán que luchar centímetro a centímetro para llegar vivas hasta el mar y allí aprender, en compañía de sus mayores, a sobrevivir hasta alcanzar la madurez, cuando su memoria existencial y genética las traerá de regreso hasta la misma playa para depositar sus propios huevos y seguir prolongando la existencia de la especie.

FOTO
SFAPP-Parques Nacionales

Las tortugas Caná son la especie sombrilla de los ecosistemas acandileros; es decir, la Caná es la especie de cuyo bienestar dependen en gran parte la vida y el futuro del resto de las especies que conviven con ella y, por tanto, la calidad de los hábitats que comparten, incluyendo la oferta ambiental para las comunidades humanas. Las Caná pueden llegar a medir casi tres metros (2,50 – 2,70 m) y pesar hasta 900 kg. Su capacidad viajera es también enorme: existen registros de migraciones que muestran viajes de hasta 20.900 kilómetros en 647 días. “Su caparazón de cuero les permite sumergirse hasta 1000 metros de profundidad en busca de su alimentación… Las hembras se reproducen cada 2 o 3 años y en cada estación reproductora llegan a establecer entre 3 y 11 nidos consecutivos cada 9-11 días”.[1] Su llegada a estas playas comienza en el mes de febrero y alcanza puntos culmen entre abril y mayo de cada año. 

Premios por categoría

En cada categoría, un cuento fue distinguido como ganador y a su autora o autor se le otorgarán diversos premios educativos por parte de los organizadores. En cada categoría se otorgaron también menciones de honor: tres en la infantil, una en la juvenil y una en la de adultos.

Con una voz diáfana y natural, una niña de 9 años, Flora Vélez Cuervo, narra el viaje de las tortugas a través de varios mares del mundo, que las llevan a lugares que no llenan sus expectativas vitales, hasta que llegan a una cálida playa de Acandí, donde, además de su origen y su hogar, encuentran a su madre. Este ingenioso cuento: Las tortugas turisteras, que divierte al lector mientras lo ilustra, obtuvo el premio en la categoría infantil. Los dibujos originales con los que su pequeña autora acompañó e iluminó su relato son tan ingeniosos y expresivos como este.

En la categoría juvenil, fue premiado el cuento Adira, de Leidy Jhoana Chaverra Ávila (19 años). Un cuento bien contado y conmovedor acerca del nacimiento de una tortuga en medio del sufrimiento y las agresiones de su entorno, y su lucha para sobrevivir hasta el día en el que pueda cargar por los mares del mundo algo más que su dolor: la satisfacción de haber prolongado la vida de su especie en unas crías que probablemente no tendrían que sufrir las penurias de su madre; en parte gracias a Marley, la humana que todos deberíamos ser en Acandí y en el mundo.

En la categoría de adultos el premio fue otorgado al cuento titulado Yo soy Caná, de Chía Giraldo Mendoza (21 años). “Cada persona en el mundo es como una Caná”, le dice el abuelo a su nieta, que lo acompaña a cumplir con sus labores de apoyo comunitario a la conservación de la tortuga, cuando ella le confiesa que teme olvidar un día el camino a su casa. A partir de esta escena cotidiana, la autora logra no solamente relatar aspectos fundamentales de la conservación de las tortugas marinas; sino que, además, nos muestra de bella manera uno de los núcleos fundamentales de la vida de estas especies: su eterno retorno al origen, que su abuelo sabiamente aplica a los seres humanos.

Otras voces

Por lo general, en el interior del Chocó, que tiene en Quibdó su epicentro, las voces de las llamadas subregiones, como el Darién, no alcanzan ni siquiera a ser ecos lejanos. Y por eso, de vez en cuando, viene bien que —en honor a la diversidad cultural que como a Colombia también caracteriza al Chocó— escuchemos dichas voces. Y qué mejor ocasión que la lectura de estos relatos maravillosos sobre la vida de las tortugas marinas, escritos en Acandí, donde sus autoras y autores, pequeños y grandes, crecen atestiguando este milagro de la vida. 

El Guarengue les da la bienvenida al universo infinito de las tortugas marinas que en Acandí, rincón caribe y darienita del Chocó, son protegidas y conservadas en beneficio ambiental del mundo, llevados de la mano por el talento de quienes escribieron estos breves y sustanciosos cuentos que los invitamos a leer.

Julio César U. H. 
Abril 2026.

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LOS 3 CUENTOS GANADORES DEL CONCURSO


Las tortugas turisteras
Flora Vélez Cuervo – 9 años – Corregimiento de San Francisco, Acandí (Chocó).

Las tortugas Caná han sido por mucho tiempo una atracción turística, pero casi nadie sabe la historia de ellas. Las tortugas Caná van nadando por todo el mundo como turistas. Un día una tortuga nació en una silenciosa y cálida playa; cuando abrió sus ojos, una extraña y brillante luz la llamaba y a sus hermanas también: era la luz de la luna.

Así fue como las tortuguitas iniciaron a recorrer el mundo. Nadaron y nadaron durante días y noches dejándose llevar por las corrientes, hasta que llegaron a las aguas lejanas de Japón. Su primer destino les pareció muy lindo, pero no entendían nada de lo que hablaban allí y el agua les parecía muy fría; entonces, con valentía y curiosidad, decidieron seguir nadando.

Las tortuguitas continuaron su viaje hasta llegar a las cálidas aguas de Malasia. Todo era verde, brillante y nuevo para ellas. Estaban muy contentas, cuando de repente: clap, clap, clap, se larga un monzón, haciendo tanto ruido que las tortuguitas buscaron un refugio en las profundidades. La lluvia no paró por días y el agua comenzó a ponerse turbia, como si la tierra se hubiera mezclado con el mar. Esto no les gustaba mucho, así que continuaron su viaje.

Al día siguiente, las tortuguitas llegaron a Hawái; era el lugar más hermoso que habían visto. Decidieron quedarse, pero en las noches algo cambiaba: en lo más profundo del mar un sonido empezaba a escucharse. Era un antiguo volcán dormido, que mientras descansaba soltaba largos ronquidos. Así que las tortuguitas se fueron en busca de un poco de calma.

Las tortuguitas nadaron y nadaron hasta que llegaron a México. Allí fueron muy bien recibidas. El mar era amable y había mucha vida por descubrir. Curiosas, comenzaron a probar pequeños bocados de mar y se dieron cuenta que todo picaba mucho. Las tortugas no se acostumbraron a esos sabores tan intensos y continuaron su viaje.

Y así nadando juntas llegaron a Acandí. Desde el primer momento, algo en ese lugar les hizo latir el corazón con fuerza. El agua era cálida, la arena era suave como un abrazo; todo se sentía familiar, como un recuerdo lejano. Una necesidad incontrolable las hizo salir a la orilla; allí vieron otras tortugas que se parecían a ellas. Se acercaron con curiosidad, hasta que vieron una gran tortuga que tenía exactamente la misma marca en forma de corazón en su caparazón. En ese instante lo supieron y susurraron: …Mamáaa.

El viaje había sido largo, lleno de mares distintos, sonidos extraños y lugares sorprendentes; pero al final habían encontrado algo más valioso que todo eso; habían encontrado su hogar.

Adira
Leidy Jhoana Chaverra Ávila – 19 años – Vereda Caleta, Acandí (Chocó).

Adira nunca olvidó el dolor de su primer día. Apenas salió del cascarón, la playa se convirtió en un lugar cruel. Las aves descendían sin piedad sobre ella y sus hermanos. Corrieron como pudieron, pero uno a uno desaparecieron, quedando solo pocos. El miedo le oprimía el pecho.

Quedó atrapada bajo un tronco. Intentó escapar, pero al forzarse por una pequeña abertura, desgarró sus aletas traseras. El dolor fue insoportable. Se quedó inmóvil, temblando, esperando lo peor. Los ladridos llegaron después. Un animal intentó alcanzarla. Adira cerró los ojos, resignada… pero el peligro se fue.

Al amanecer, avanzó herida. Entonces, la tierra comenzó a temblar: caballos desbocados cruzaron la playa. Fue golpeada, empujada, y casi aplastada. Cada movimiento dolía, pero no se detuvo. Cuando por fin las olas la alcanzaron, no sintió alivio… solo cansancio.

Pasaron los años. Adira sobrevivió. Un día, guiada por algo profundo, regresó a aquella misma playa. Todo le dolía en el recuerdo, pero también en el cuerpo. Aun así, cavó en la arena y dejó sus huevos con amor y un cuidado infinito. Al terminar, miró el amanecer. No estaba sola. Una humana, Marley, encontró el nido y lo protegió. Marley se despidió de ella: ¡adiós, pequeña madre!

Adira volvió al mar lentamente, observando las grandes olas arrimar a aquella playa, su hogar. El dolor no desapareció, pero ya no era lo único. Porque, por primera vez, sintió que sus crías tal vez no tendrían que sufrir como ella. Y eso… fue suficiente.

Yo soy Caná
Chía Giraldo Mendoza – 21 años – Corregimiento de Sapzurro, Acandí (Chocó).

Volví a soñar con ella. Esta vez estaba más cerca su presencia imponente, dando a entender que la reina del océano volvía a casa.

—¡Niña, levántate que hay que ir a hacer el monitoreo! Era mi abuelo, gritándome desde la calle.

El olor a café colado llenaba la casa. Me paré de un salto, me amarré el pelo como pude y salí corriendo con el vestido todavía medio torcido. En la cocina, mi abuela me entregó el café para que nos acompañara en la noche y me echó la bendición.

—¡Espérame, abuelo! —le grité desde la puerta. Él estaba afuera, con su sombrero viejo y la linterna colgando del cuello. Me miró y se rio.

—Apúrate, muchachita, que las Caná no esperan a nadie.

Caminamos por la playa de Acandí mientras el mar sonaba bajito, como cuando uno habla en secreto. Yo le dije despacito: —Abuelo…, mañana se me acaban las vacaciones y me toca retornar a Medellín, me da miedo que un día olvide mi casa. Él dejó de caminar, me puso la mano en el hombro y miró el mar.

—Escucha bien lo que te voy a decir. Cada persona en el mundo es como una Caná. Salimos, recorremos todo, nos vamos lejos, pero el corazón siempre sabe pa’ dónde volver. Y tu casa siempre va a estar lista pa’ recibirte… Sentí como si el viento me abrazara.

Más adelante vimos las huellas grandes en la arena. Mi abuelo sacó el cuaderno para hacer unos registros y yo le sostuve la linterna. Caminamos suave, sin hacer ruido, como si la playa fuera un templo.

—Mira bien —me dijo—. Esto también es cuidar lo nuestro.

En ese momento entendí que no solo estaba acompañando a mi abuelo… estaba aprendiendo el camino de regreso a casa. Yo soy Caná.

LOS 5 CUENTOS RECONOCIDOS CON MENCIONES DE HONOR

El legado de la tortuga huérfana
Estiven Arley López Rodelo – 11 años – Vereda Playona, Acandí (Chocó).

Había una vez una tortuga muy vieja que quería dejar su descendencia antes de morir. Entonces decidió hacer un largo viaje a una playa muy lejana, llamada La Playona, donde recordó haber nacido. Después de tanto tiempo nadando, la tortuga había llegado a la playa. Primero se aseguró que la playa fuera segura y empezó a poner sus huevos, luego volvió al mar donde no se supo más de su vida.

Después de 60 días eclosionan los huevos. Había entre las crías una muy pequeña y más débil, pero confiaba que podía llegar al mar y ser más fuerte. Después de quitarse la arena de los ojos, vio que la mayoría de sus hermanos fueron devorados por perros y tijeretas. Ella, después de esquivarlos, llegó al mar sin saber los peligros que le esperaban. La tortuguita se puso contenta al llegar al mar, pero de pronto un pez grande tenía las intenciones de comérsela; ella nadó por su vida, vio un agujero por las rocas y se metió, y así logró evitar al pez.

Pasaron años y la tortuguita había crecido, llegó el tiempo de enamorarse y encontró una pareja. Después de aparearse, la tortuga empezó a tener instintos de madre, se acordó donde un día estuvo en peligro y se propuso perder el miedo y decidió visitar nuevamente esa playa para poner sus huevitos. Cuando regresó, se encontró con cosas muy raras, como las personas; pero no se asustó, porque se dio cuenta que ellos la cuidaban y protegían en todo su proceso. Escuchó que se llamaban COCOMASUR. Muy tranquila, dejó sus huevos y regresó al mar. Entonces la tortuga puso sus huevos y de ellos nacieron unas tortuguitas pequeñas que repitieron el mismo proceso.

Moraleja: “nunca te rindas”.

La historia de la tortuga Carey
Félix Manuel Chaverra Rodelo – 9 años – Vereda Playona, Acandí (Chocó).

Había una vez, en una mañana, mi papá, Feliciano, decidió salir temprano a hacer un censo de huellas. Se encontró unas tortuguitas Carey rodeadas de perros. Mi papá Feliciano los ahuyentó y los bebés tortugas se fueron a la mar.

Las tortugas Carey estaban muy agradecidas con mi papá Feliciano. Los bebés tortugas le dijeron: ¡muchas gracias, señor Feliciano por salvarnos la vida! ¡Gracias a usted seremos adultos!

Y colorín colorado, esta historia se ha acabado.

La travesía de la tortuga Caná María
Yolvys Mateo De La Cruz Vallecillo – 11 años – Barrio Olaya, Acandí (Chocó).

María, una tortuga Caná, partió del golfo de México hacia Acandí para visitar a su amiga Julia, la tortuga Carey, y desovar sus huevos. En la península de Yucatán, se encontró con Carlos, un viejo amigo, y le contó su destino. María enfrentó varios problemas: no encontraba la corriente, se encontró con tiburones blancos y confundió una bolsa de plástico con una medusa.

Con la ayuda de Carlos y un pez cirujano llamado José, María superó estos obstáculos. Finalmente, llegaron a las playas de Acandí, donde María se reunió con Julia y desovó sus huevos con cuidado. María le contó a Julia su travesía: buscó la corriente por dos horas, enfrentó a cinco tiburones blancos y comió medusas, incluyendo una bolsa de plástico.

María había pasado por México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá y Colombia para llegar a Acandí. Estaba feliz de haber llegado sana y salva.

El pasaporte de una reina: la residencia de la Caná
Silvana Córdoba Durango – 13 años - Barrio Villa Olga, sector Caramanta, Acandí.

Mi hogar es el océano y mi pasaporte está repleto de sellos tras visitar África, Europa y toda América. Durante siglos he sostenido el equilibrio de los ecosistemas marinos, pero hoy me siento sola. Mi familia desapareció y las noticias que llegan son sombrías: dicen que, si nada cambia, en 30 años mi rastro podría borrarse del mar.

En mis idas y venidas observo cómo se transforma el azul. Aunque nade por rutas distintas, el panorama es el mismo. He visto a mis hermanos morir asfixiados por culpa de unas "extrañas medusas" que han invadido el mar; son insípidas, transparentes y, por más que se digieran, no se desvanecen en el estómago.

Dicen que soy famosa. Tengo monumentos en varios rincones del mundo y otras especies murmuran que me he vuelto presumida porque cada vez me dejo ver menos.

De todos los destinos que visito, guardo un afecto profundo por un rincón en el Caribe: Acandí, Chocó. En Playón y Playona siento que siempre hay una fiesta; no sé si los humanos celebran por naturaleza o si es su forma de darme la bienvenida, pero esa calidez me hace sentir que soy su "animal sombrilla". Guardo recuerdos hermosos de allí: manos humanas limpiando mis nidos, rescatándonos cuando nos perdemos en las desembocaduras de los ríos y guiando a nuestras crías hacia el oleaje.

Sin embargo, hoy quiero hablarle a la gente de ese lugar. Cada vez me cuesta más desovar. Las playas están invadidas por "animales" alargados, de madera y formas extrañas, a los que pido permiso para pasar y no se mueven. Las noches ya no son oscuras; hay luces al fondo que me desorientan y me alejan de la arena. Y lo más triste: unas arañas gigantes han tejido redes pegajosas en la costa; trampas de hilo que cada año nos arrebatan la vida.

Como embajadoras del océano, vamos a tener que hablar con nuestros "managers". Si las condiciones no mejoran, nos veremos obligadas a cancelar nuestras apariciones públicas para siempre.

El tesoro de mi pueblo
Leinis Cabarcas Perea – 31 años – COCOMASECO, Acandí.[2]

Cada año en las playas de mi pueblo ocurre un milagro silencioso: desde lo profundo del mar emerge la tortuga Caná, la más grande del mundo. La tortuga Caná, con su andar pausado y firme, llega a la arena como una viajera ancestral, guiada por un instinto que ni el tiempo ha podido borrar.

Durante la Semana Santa, habitantes y turistas se reúnen para contemplar este espectáculo de vida. Observan asombrados cada paso de su recorrido, desde que rompe la superficie del mar hasta que, con paciencia infinita, deposita sus huevos, asegurando así la continuidad de la especie. Algunos cuentan que antes eran aún más grandes, que el tiempo ha reducido su tamaño, pero lo que no ha cambiado es la emoción que despiertan. Quien las ve por primera vez queda marcado para siempre por su majestuosidad, por su belleza única, por ese misterio que solo la naturaleza sabe guardar.

Los consejos comunitarios COCOMASECO y COCOMASUR son los guardianes de este tesoro vivo. Con dedicación y compromiso, enseñan a propios y visitantes cómo respetar estos espacios, cómo vestir, cómo comportarse y, sobre todo, cómo convertirse en protectores de la vida que habita en nuestras playas, ríos y bosques. Porque este lugar no es solo un paisaje, es un legado, es un hogar que Dios nos regaló, lleno de riquezas, y sin embargo, a veces, son los forasteros quienes parecen comprenderlo primero. Llegan, observan y se maravillan, mientras tanto, nosotros, los que nacimos aquí, olvidamos con facilidad la magnitud del tesoro que nos rodea.

Por eso, el verdadero cambio comienza en lo cotidiano: en no arrojar basura, en enseñar a los niños el valor del respeto por la naturaleza, en entender que cada pequeño gesto sostiene la vida que creemos eterna. Si aprendemos a cuidar lo que tenemos, llegará el día en que la arena ya no guarde huellas y el mar deje de traer consigo este milagro. Y, entonces, entenderemos demasiado tarde que el verdadero tesoro nunca fue solo la tortuga Caná, sino la posibilidad de que siempre vuelva.

LAS AUTORAS Y LOS AUTORES EN SUS PROPIAS PALABRAS[3]

Flora Vélez Cuervo

Flora Vélez Cuervo nació el 14 de noviembre de 2016 en Medellín y al mes de haber nacido llegó a Acandí / San Francisco. Desde entonces es allí donde ha crecido. Ama los animales y estar sumergida en el mar y el río, disfruta cocinar y dibujar. Cuando sea grande quiere ser abogada o comunicadora.

Chía Giraldo Mendoza

Mi nombre es Chía Giraldo Mendoza, soy criada en Sapzurro - Chocó desde los 4 meses de nacida, muralista empírica desde que tengo memoria. El arte es mi medio de comunicación para conectar con la comunidad y el municipio de Acandí es la fuente de inspiración de cada una de mis obras. Me gusta resaltar en cada proyecto la identidad de mi territorio, que cada pared cuente la historia de quienes somos y del pedacito de mundo que habitamos.

Leidy Jhoana Chaverra

Mi nombre es Leidy Jhoana Chaverra. Soy del Consejo local de Caleta. En estos momentos estoy estudiando Administración de Empresas, soy mamá de una niña, y mis hobbies favoritos son dibujar, escribir y sobre todo leer.

Yolvys Mateo De La Cruz Vallecillo

Nació un 10 de agosto de 2014, en Montería, Córdoba; pero desde los primeros días de nacido vive en el municipio de Acandí. Estudió Básica Primaria en la Escuela Inmaculado Corazón de María, cursa actualmente primero de bachillerato en la Institución Educativa Agropecuaria Diego Luis Córdoba. Es hijo de Yolvys De La Cruz y Dinora Vallecillo. Fue miembro de la Mesa de niños, niñas y adolescentes hasta el 2025, le gusta dibujar y escribir, asiduo deportista, un joven que se considera tranquilo y analítico.

Silvana Córdoba Durango

Tiene 13 años, está en noveno grado. Le gusta mucho el tema musico-cultural, ha hecho parte del grupo de danza Jhonny Becerra y actualmente también hace parte de la banda del colegio; disfruta mucho ir a los ríos del municipio de Acandí y pasear. Le impresiona mucho el avistamiento de la tortuga Caná por ser un animal de gran tamaño; además, en sus ratos libres disfruta tomar fotografía a los paisajes.

Estiven Arley López Rodelo y Félix Manuel Chaverra Rodelo

Nuestro hogar es la Playona. El frente de nuestra casa es testigo de la llegada de la tortuga Caná y también de su nacimiento. Nos gusta liberar tortuguitas con nuestro papá, Feliciano.

Leinis Cabarcas Perea

Soy Leinis Cabarcas Perea. Tengo 31 años, soy del municipio de Acandí. Soy Técnica en Trabajo Social Comunitario y Atención integral a la primera infancia; estudiante de octavo semestre en la licenciatura de Educación Física, Recreación y Deportes. Soy líder comunitaria en mi consejo comunitario COCOMASECO y una madre dedicada. Además, soy una amante de la mediación de lectura y escritura.



[1] Datos obtenidos con el apoyo de Victoria Márquez, del Santuario de Fauna Acandí, Playón y Playona, de la Unidad de Parques Nacionales Naturales de Colombia, en Acandí (Chocó).

[2] Aunque es más una crónica que un cuento, la mención de honor le fue otorgada a este trabajo por lo bien logrado y escrito que es el texto, en el que la autora resume acertadamente los elementos fundamentales que hacen necesaria y plausible la conservación de las tortugas marinas y sus hábitats, su trascendencia en la vida de la gente y las comunidades, en la protección de ecosistemas marinos y costeros, y en las dinámicas culturales propias de Acandí.

[3] Todos y cada uno de estos perfiles de presentación fueron elaborados por autoras y autores, a solicitud de El Guarengue; así como la publicación de sus cuentos y fotografías fue autorizada por ellas y ellos, y por sus padres. La compilación de textos de presentación y fotos fue coordinada por Victoria Márquez, Profesional del Santuario de Fauna Acandí, Playón y Playona, de la Unidad de Parques Nacionales Naturales de Colombia, en Acandí (Chocó), quien fue también una de las creadoras y organizadoras del concurso, y una de sus más entusiastas promotoras. A ella y a las autoras y los autores, ¡gracias!

1 comentario:

  1. Hola, Julio César! Buenos vientos soplan por esos lares, qué buena labor impulsar a estos chiquillos a escribir sus vivencias. Saludos.

    Jorge Valencia Valencia

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