05/01/2026

 Chucho Salas: poesía y lotería 
en las calles de Quibdó

“A la familia del reconocido poeta juglar y a la comunidad quibdoseña nuestro más sentido pésame por el sensible fallecimiento de Jesús Gonzalo Salas Peña, conocido en vida como “Chucho”; escribió Susana María Moreno Palacios, Docente y escritora, integrante de la Red Étnica de Escritores del Chocó… Ana Julia Chaverra Rivas, Docente del programa de Lenguas Modernas de la Universidad Tecnológica del Chocó, escribió: “Se fue el poeta, pero vivirá a través de sus letras”. Foto 1: cortesía Susana Moreno. Foto 2: WhatsApp Ana Julia Chaverra.

Este 2 de enero de 2026 falleció en Quibdó Jesús Gonzalo Salas Peña —Chucho—, quien había nacido el 25 de diciembre de 1957. Lo conocí en septiembre de 1990 por su participación en el Concurso Franciscano de Cuento y Poesía — Premio Literario Hermana Tierra, patrocinado por la Diócesis de Quibdó y en cuya creación y organización trabajamos conjuntamente el Maestro Gonzalo de la Torre y yo. Entre el significativo número de autores y trabajos que fueron presentados en la primera versión del certamen, se encontraba JEGONSALPE, seudónimo bajo el cual Jesús Gonzalo Salas Peña había presentado el suyo.

Como a las tres semanas de convocado y abierto oficialmente el concurso, una tarde de esas en las que —en su camino hacia el otro lado del Atrato, donde se derrite a diario en su propia paleta de colores— el sol inundaba medio salón y lo acaloraba entero; Chucho Salas, como era conocido, entró a mi amplia y siempre abierta oficina de la esquina suroriental del segundo piso del Palacio Episcopal de Quibdó, edificio patrimonial de la ciudad popularmente conocido como el Convento. En sobre cerrado, como se indicaba en las bases del concurso, me entregó su trabajo, se me presentó y nos saludamos cordialmente. Me dijo que vivía ahí nomás pasando dos calles, en el barrio Roma, y me contó que todo lo que llevaba en un legajador azul y en una carpeta marrón que había dentro de este eran poesías de su producción y otro tipo de escritos. Que si yo quería él me podía leer unas cuantas, me dijo. Le expliqué que solo sería posible cuando ya el concurso estuviera finiquitado, pues no estaría bien que uno de los concursantes le leyera poesías al organizador y coordinador del concurso, que además haría la secretaría ad hoc de las sesiones del jurado calificador.

De modo que lo dejé de ver hasta mediados de diciembre, cuando todo estaba consumado y él, haciendo uso de la regla de que los concursantes podían reclamar sus trabajos originales si no habían sido premiados, regresó a mi oficina a reclamar el suyo y, por ahí derecho, me preguntó si yo sabía qué habían dicho los jurados sobre el mismo y por qué no lo habían premiado. Los jurados de su modalidad habían sido Madolia de Diego Parra, Gonzalo de la Torre y Efraín Gaitán Orjuela.[1] Le dije que podía responderle lo primero, pues ninguna regla del concurso lo prohibía: las rimas de las estrofas de su poesía, presentada en la modalidad de copla tradicional, eran marcadamente disonantes y tenían problemas severos de métrica, además de que adolecían de falta de coherencia interna y unidad. Le devolví sus originales y quedó de regresar para leerme su poesía con las reformas que a partir de las observaciones le haría. Y así lo hizo. Y siempre que quiso a mi oficina regresó y me leyó cuanto quiso y charlamos y charlamos sobre los gajes del oficio… Sobre lo segundo no fue necesario que le dijera nada: su respeto por la capacidad y trayectoria de los jurados fue suficiente para que aceptara tranquilamente la decisión.

Meses después, cuando estrenábamos la Constitución de 1991, trabajábamos en los contundentes preparativos de la conmemoración de los 500 años de colonización europea en América y esperábamos la expedición de la ley que reconocería la identidad étnica y la propiedad colectiva del territorio a las comunidades negras de Colombia; Chucho Salas decidió seguir la tradición de dos juglares chocoanos: Blas María Palacios —quien recitaba sus versos de memoria y recibía las monedas de cuantos centavos su auditorio quisiera darle— y Onofre Moreno Vélez, el Poeta de Guayabal (un corregimiento del Municipio de Quibdó), quien los sábados de mercado en los años 60 ofrecía sus versos en copias manuscritas a quienes se aglomeraban en las esquinas del pueblo para oírselas recitar y después se las compraban, incluyendo niños como yo —que apenas estábamos aprendiendo a leer—a quienes su madre les daba los cinco centavos que costaba la hoja para que adquirieran la obra semanal del poeta.

A partir de ahí, aquel legajador azul y aquella carpeta marrón, como de juzgado promiscuo municipal, pero cargadas de poesías y relatos, en lugar de expedientes, debajo del brazo de su autor, Jesús Gonzalo Salas Peña, o dentro de una chuspa plástica o una mochila y después en un pequeño bolso, que en distintos momentos incorporó a su indumentaria; recorrieron día a día las calles y la terminal de pasajeros del aeropuerto de Quibdó, en busca de lectores que quisieran contribuir al arte —y a la subsistencia— del protagonista de aquella especie de servicio ambulante de poesía, aquel hombre que escribía, mecanografiaba y fotocopiaba sus creaciones para tratar de obtener de ellas unos pesos que lo ayudaran a vivir, a cambio de que el comprador encontrara alegría y valía en sus versos o en sus prosas. Como alegría y valía podrían llegar a obtener los compradores si la suerte del chance y de la lotería, que simultáneamente con su poesía Chucho Salas les vendía, llegara a sonreírles como Chucho lo hacía cuando el apoyo que uno le daba era no solamente simbólico, sino también material.

Un pequeño homenaje a Jesús Gonzalo Salas Peña —Chucho Salas—, quien durante más de tres décadas en Quibdó ofreció al transeúnte y al viajero, en una sola entrega, el azar y la suerte de los versos de su poesía, la suerte y el azar de los números del chance y de la lotería, con los cuales se ganó un puesto en la memoria cultural de nuestras vidas.