Cuando le hacíamos
goles
a Senén Mosquera
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1-Senén Mosquera y Daniel Santos (s.f.). 2-Senén Mosquera en Caracas (1969). FOTOS: https://joserenehiguita.wordpress.com/ El Malpensante / Archivo personal de Senén Mosquera. |
Cincuenta y ocho diciembres han pasado desde aquella tarde
nublada de sábado en la que le marcamos seis goles a Senén Mosquera en una
calle de Quibdó.
Senén Mosquera, nacido en Buenaventura, pero criado y crecido
en Quibdó, donde se destacó deportivamente tanto en baloncesto como en fútbol; arquero épico,
memorable e histórico del histórico Millonarios, y en gran medida una especie de
símbolo o mito fundacional del ingreso al profesionalismo de los futbolistas
del Chocó, vivía en ese momento un obligado receso, como consecuencia de una lesión
a partir de la cual dejó el fútbol por un poco más de cinco años, durante los
cuales —entre otras cosas que hizo— abrió la discoteca Mozambique, uno de los
primeros escenarios de la noche bogotana dedicados a la mejor y más clásica
salsa.
Ya para entonces Senén Mosquera se había ganado un puesto en
la cúspide de la gloria, donde se había instalado después de ganarle la
titularidad del equipo nada menos que a Pablo Centurión y de recibir de manos
de la propia “Araña Negra”, Lev Yashin —considerado durante mucho tiempo el
mejor arquero de la Historia— el par de guantes que este había utilizado en el
inolvidable 4 - 4 de Colombia contra la URSS en el Mundial de 1962, cuando se
acuñó como emblema de aquella hazaña la leyenda de que la sigla CCCP, traída
del cirílico al arábigo e inscrita en el uniforme del equipo nacional de fútbol
de la URSS, lo que realmente traducía era: Con Colombia Casi Perdemos.
De este receso regresaría —como si de completar una misión
se tratara— a formar parte de una de las nóminas más excelsas que ha tenido
Millonarios en toda su trayectoria, en la que Senén Mosquera compartía el arco
con otro grande: Otoniel Quintana, y era compañero de aquella célebre y refinada
tripleta que conformaban Alejandro Brand, Willington Ortiz y Jaime Morón, en
cuyos botines el balón tenía siempre todas las probabilidades de terminar adentro de la red. Esa nómina, dirigida por Gabriel Ochoa Uribe, conseguiría la décima
estrella para el escudo azul, después de obtener 84 puntos en 60 partidos y
derrotar al Deportivo Cali y al Atlético Junior en el triangular final.
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| Millonarios Campeón 1972. FOTO: Mundo Millos. De pie: Hermenegildo Segrera, "Chonto" Gaviria, Joaquín González, Euclides González, Julio Comesaña y Senén Mosquera. Agachados: Alejandro Brand, Arturo Segovia, Willington Ortiz, Julio Gómez, Jaime Morón. |
De modo, pues, que Senén Mosquera, vestido con un pantalón
de mezclilla color habano y una camiseta a rayas de colores, ajustada al cuerpo,
y calzado con unos mocasines blancos tipo apache, apareció desde temprano ahí
en Munguidocito, en la carrera cuarta entre calles Alameda y 27; y se sentó a charlar
con Yolanda, la mamá de William, su vieja amiga a la que fue a saludar como
parte de su estadía en Quibdó, adonde había llegado desde Bogotá.
Apenas pasado el mediodía, cuando ya casi todos habíamos
almorzado, nos pusimos a patear un balón de caucho ahí en la calle, a pocos
metros de donde Senén Mosquera, sentado en una mecedora, charlaba y charlaba,
reía y reía, con Yolanda, mientras la música sonaba en el tocadiscos. El andén
de cemento de la casa del señor Arcelio lo amojonamos como el palo izquierdo de
la portería y fijamos como palo derecho el extremo opuesto de la calle, al frente
de la casa de la señora Juliana, la mamá de Nicolás, que era uno de los
muchachos grandes del vecindario y uno de los mejores futbolistas del pueblo.
Este punto lo marcamos con dos matas de chundul arrancadas de raíz, acopladas
con un poco de tierra y barro, y rodeadas por un montón de cascajo que recogimos de la misma
calle. Desde allí hasta el andén, con un pedazo de palo, trazamos una raya en
el suelo para verificar y demarcar la línea de gol de la portería, cuyo travesaño
era, por supuesto, el infinito del cielo, pues si no de qué valía que fueran infinitos
los brazos y las manos y la estatura y los reflejos de aquel ídolo de todos
nosotros, que ya había sido cuatro veces campeón del fútbol profesional de
Colombia como parte del glorioso Millonarios, cuyos partidos oíamos sagradamente
todos los domingos a las 3:30 p.m., en la voz de Alberto Piedrahíta Pacheco, en
alguno de los radios de alguna de las casas del vecindario, incluyendo el
hermoso Philips de siete bandas de nuestra casa, que terminó su vida extraviado
entre los trebejos del taller de Oney Misas.
Wiston, Colón, Pachuco, William y yo éramos los más pequeños
de edad, aunque no tanto de estatura los tres primeros. Los más grandes, los jóvenes
del vecindario, gente querida con nosotros y también muy buenos futbolistas,
que ya jugaban en la cancha grande de la Normal y representaban a sus colegios
en los campeonatos municipales, eran, en orden de habilidades: Nicolás, un mago
para driblar, capaz de eludir uno y hasta dos y tres contrarios con un amague,
una mirada, un movimiento de la mano y una gambeta inverosímil, que ni siquiera
los mejores defensas veían venir y que, por tanto, siempre terminaba en gol; un
defensa central con tanta fuerza en la patada que podía hacer un gol de arco a
arco, llamado Marco, nieto de la señora Clara y hermanito de Morena, la reina indiscutible de
todas nuestras memorias de belleza de la infancia; y un mediocampista de contención,
un 8, como se les conocía entonces, que se llamaba Carlos, mamagallista innato
y hermanito de Aspasia, una muchacha mayor que él y cuya bonita voz se escuchaba
por todo el vecindario como si cada día nos diera una serenata por el
solo hecho de ser sus vecinos.
Después de un rato y a sabiendas de que Senén Mosquera nos
había estado observando, mandamos a William a que le dijera que por qué no
venía y jugaba un rato con nosotros, que ahí le teníamos la portería con
medidas apropiadas para él y que si dejaba que cada uno de
nosotros le cobrara un penalti. El hombre se quitó una pulsera que llevaba en
la mano izquierda y, con la ayuda de Yolanda, una cadena que colgaba de su
cuello por dentro del suéter, al igual que dos anillos; todo de puro oro
chocoano. Se sacó del bolsillo unas monedas, un llavero con tres llaves y una
billetera de las que traían un bolsillo monedero. Todo quedó en manos de
Yolanda, quien entró a su casa a guardarlo en una cómoda o un
escaparate.
Caminó hasta nosotros, nos preguntó uno por uno nuestros
nombres, nos dio la mano, aceptó las reglas y se paró en el centro de la
portería. Miró al cielo, pero no invocando a Dios, sino para ver si iba a
llover. Abrió un poco las piernas, miró a lado y lado, el andén del palo
izquierdo y los chundules del derecho, como reconociendo su área chica. Nicolás
trajo un balón de cuero, pero balsudo, para que no nos costara patearlo a los
menores, y porque era mejor que el de caucho para una tanda de penaltis con
Senén Mosquera en el arco.
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| Casa en Munguidocito, Quibdó, julio 2019. FOTO: Julio César U. H. / El Guarengue. |
Finalmente, cada uno pateó dos veces. A Pachuco ambos cobros
se le fueron desviados y a William no alcanzaron a llegarle hasta la portería.
Wiston y Colón patearon bien, tiros bien colocados, pero en todos los casos,
con excepción de un balón rasante de Colón, a Senén Mosquera le bastó dar un
paso al lado correspondiente, estirar un brazo y atrapar el balón con una de
sus manazas. Mi primer cobro llegó lento, casi quieto a la mano derecha de
Senén Mosquera; pero, ¡oh, sorpresa, oh, suerte la mía!, al segundo conseguí
darle con muchísima más fuerza y cuando ya casi era de Senén Mosquera, el balón
pegó en una piedra y le hizo lo que los locutores llamaban un extraño y se
metió mansamente por el lado derecho de la portería, el lado que él me había "regalado" pues se había ubicado casi pegado al andén de su lado izquierdo. Gol. El único gol que marqué en mi vida.
Nicolás, como era de esperarse, marcó los dos goles, descolocando
en uno de ellos a Senén Mosquera, quien lo felicitó sinceramente. Marco botó
uno, que de lo duro que le dio el balón fue a templar casi a la esquina de la Alameda, y
el otro lo metió, pues tampoco era que Senén Mosquera se fuera a poner a
estirarse ahí en esa calle, con la pinta de dandi con la que andaba. Carlos
botó uno y metió el otro con el balón rozando el pequeño mojón de los
chundules.
Senén Mosquera nos invitó a todos a tomar kolitas, que eran
los refrescos que preparaba Yolanda y conservaba fríos en su nevera, envasados
en pequeñas botellas de vidrio. Él se bebió media jarra de agua con hielo, se
secó el sudor con un pañuelo y se abanicó con la carátula de un LP de Celina y
Reutilio de la colección de música que Yolanda actualizaba mes a mes con el surtido que traían los barcos que venían de Cartagena. Nosotros nos fuimos: los grandes
hacia la casa de Carlos. Los pequeños hacia la de Wiston y Colón. En nuestro
caso, a comentar hasta por la noche aquella jornada inolvidable con el mejor
arquero de Colombia. Cuando nos llamaron a comer, ya había una luna pequeña
asomándose por las rendijas de un cúmulo de nubes sobre un cielo sin estrellas.
Diciembre acababa de comenzar. Hacía una semana habíamos
terminado mi primer año escolar y en el acto de clausura me habían dado como
regalo al mejor estudiante un ejemplar nuevecito y colorido, de olor maravilloso y de
páginas relucientes, de la cartilla Pablito, que era la que usaríamos como
texto de lectura en el segundo año, luego de haber aprendido a leer en la
cartilla Coquito. Diez diciembres después, el mismo día dos, que esta vez no
era un sábado, sino un viernes, nos graduamos en la Normal Superior de Quibdó,
que nos entregó en emocionante ceremonia un diploma que nos acreditaba como
maestros-bachilleres.
Senén Mosquera y Yolanda siguieron su velada en compañía de cuatro
o cinco de sus amistades comunes. Dos guitarras sonaron en la noche fresca y
entre varias voces cantaron boleros y otros ritmos de música antillana. Hubo
aguardiente Platino y pasabocas atrateños de bocachico frito con patacones y tajadas de plátano verde…
Cuando despertamos, al otro día, a ninguno de nosotros, por más pequeño que
fuera, se le ocurrió pensar que había sido un sueño de niños que habíamos soñado
dormidos; porque no lo era, había ocurrido en la realidad: nosotros —sí, nosotros,
ahí donde nos veían— le habíamos cobrado penaltis y le habíamos hecho goles a Senén Mosquera.
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A Blanca Rosa, hincha fiel y firme de Millonarios,
quien de niña lloraba cuando su padre la llevaba al Campín...