29/12/2025

 Pequeña nostalgia de Año Nuevo

*Almanaques de Pielroja diseñados, producidos y distribuidos por la Compañía Colombiana de Tabaco S. A., 1974 y 1977 (fotos 1 y 2: Memoria Visual de Medellín: https://www.facebook.com/share/p/17bg9kbNFD/. Almanaque de Pielroja versión de venta callejera actual (foto 3: Mercado Libre).

Esperar a finales de diciembre de cada año la llegada del almanaque de cigarrillos Pielroja, completico y oliendo a nuevo, fue siempre un acontecimiento de la tradición decembrina en nuestras casas de la infancia y la primera juventud; en todas las cuales tuvo un puesto permanente, en un lugar de la sala visible y especial, especialmente en la última, que fue también la única casa de nuestra propiedad, donde el muro adosado al marco de la puerta de ingreso parecía haber sido hecho para albergarlo, de modo que desde el primer año que ahí llegamos a vivir ese fue siempre su puesto.

Recibirlo era vivir una pequeña felicidad, de la cual nacía la sensación de tener el tiempo entre las manos: un año completo a disposición, al cual le daríamos paso día a día cada vez que, empezando el nuevo día, a primera hora de la mañana, desprendiéramos del bloc la hojita que registraba el día pasado e incluía la fecha completa (día, mes y año), el santo del día, las fiestas patrias, religiosas o universales, y las fases de la luna. De modo que cuando uno guardaba, como parte de su memoria personal, la hojita perfectamente impresa del primer día del año o la del día en el que comenzaban las clases del colegio o de la escuela, la del cumpleaños del papá o la mamá y la del propio cumpleaños, aquel pequeño trozo de papel contenía detalles precisos de un día vivido de la vida de uno, que uno recordaría de modo vívido cada vez que lo mirara.

Como si fuera un ritual, especialmente los primeros días de cada año, a partir del 1° de enero, cuando desprendíamos la pequeña portada del bloc de 365 o 366 hojitas de cada uno de los días del año, para que quedara visible el primer día o fiesta de Año Nuevo, con su color rojo inolvidable; cada uno de nosotros, al igual que nuestro padre y nuestra madre, nos parábamos en algún momento del día a curiosear aquel bloc repleto de días por venir y por vivir, y leíamos en voz alta para quienes ahí estuvieran con nosotros cuál era el santo o la fiesta del día, riéndonos de los nombres rarísimos que a veces nos salían al azar y divirtiéndonos al imaginar cuál habría sido nuestra suerte onomástica si en esa casa hubiera existido la costumbre generalizada de bautizar a los hijos e hijas usando el nombre del santo del día de su nacimiento.

Hacer la cuenta, como si acabáramos de descubrir tan obvio e inmodificable dato, de cuántos días faltaban para nuestros cumpleaños o para entrar o salir del colegio o de la escuela, o para alguna de las vacaciones escolares, formaba parte también del ritual; así como saber cuántas semanas iban y cuántas quedaban del año mirando el calendario mensual de doce hojas, una por mes, que el almanaque traía debajo del bloc del día a día, en hojas más grandes, donde también se podían ver las festividades sin tener que repasar necesariamente el bloc diario, que por lo abultado que aún estaba al comienzo del año era difícil de ver sin maltratarlo o arrugarlo o descuadrarlo de su perfecta alineación original.

Completaba el almanaque el soporte duro y colorido de cartón rígido, tan cuidadosamente impreso como el resto y provisto del orificio respectivo para colgarlo de un clavo y así fijarlo en la pared y convertirlo en parte importante e imprescindible de la ecléctica decoración de la sala de la casa, y en testigo cotidiano de nuestros días. Allí aparecía la modelo pin up, sugestiva, sonriente, que lo miraba fijamente a uno con sus llamativos ojos de pestañas grandes, mientras sostenía en una de sus manos un cigarrillo Pielroja humeante y evidentemente recién encendido. La palabra PIELROJA, usualmente escrita en la tipografía clásica de la marca, la misma de cada cajetilla de dieciocho cigarrillos y cada paquete de doce cajetillas, y la figura del indio pielroja de rostro adusto, casi pétreo, con su frente ceñida por la característica corona de plumas, cuyo dibujo original fue obra -en 1924- del maestro Ricardo Rendón, histórico dibujante y caricaturista excelso de la prensa colombiana, pionero del diseño publicitario en Colombia; eran el toque final del conjunto de tan memorable objeto.

Después de más de medio siglo de existencia y de su anual presencia en todos los rincones de Colombia, aquel almanaque Pielroja, de la Compañía Colombiana de Tabaco S. A., de Medellín, fue borrado de nuestras vidas por el poder multinacional gringo que no le halló gracia, sentido ni ganancia a sesenta y dos años de presencia de este regalo navideño en todos los rincones de los Andes, del Caribe, del Pacífico, de la Amazonía y de la Orinoquía, como aquel Quibdó donde en aquellas épocas fundacionales de nuestras vidas tuvimos la fortuna de tener en nuestras manos el tiempo y verlo pasar cada día, día por día transcurrido y hoja por hoja desprendida de aquel almanaque junto al cual tantas veces, durante tantos años, nos abrazamos en esa casa para desearnos conmovidos ¡Feliz Año Nuevo!

Cajetillas de cigarrillos Pielroja, diseños 1926 (fotos 1 y 2), 1944 (foto 3) y años 70 (foto 4). FOTOS: Recorrido de las marcas en Colombia: CIGARRILLOS PIELROJA. Paola Andrea Castro Campo y Diana Patricia Villegas. Universidad Icesi, Cali, 2013.

Más o menos una década después de la desaparición arbitraria del almanaque y de la decadencia de los cigarrillos que lo inspiraron, impresores de Cali y Barranquilla, inicialmente, y posteriormente también de Bogotá, recuperaron la idea del diseño del almanaque, pero utilizando como portada del mismo el icónico dibujo de Rendón, que desde mediados del siglo XX, retocado y estilizado por José Posada Echeverry, se había convertido en la imagen definitiva de la marca Pielroja. De modo que cada año los nostálgicos de esta especie de artefacto de posesión y manejo del tiempo damos gusto a nuestra saudade yendo a la esquina más cercana de las zonas de comercio callejero a regatear hasta obtener un buen precio por nuestro Almanaque Pielroja, en su versión ahora pirata, y llevárnoslo con nosotros como un pequeño fragmento de historia personal, para inaugurar el año con la alegría de los tiempos idos y la esperanza de los que están por venir.

*******



Posdata:
Casi doce mil personas leyeron El Guarengue durante 2025. Cada lunes de este año —sin falta, como lo hemos hecho desde el 6 de agosto de 2018— publicamos un relato del Chocó profundo, hasta ajustar los cincuenta y dos que con este se completan. Gracias por su interés y lealtad para con este Guarengue de la chocoanidad. ¡Feliz Año Nuevo!

22/12/2025

 “Aguacerito, ¿por qué mojás la cuna del niño?
3 Villancicos chocoanos de Madolia de Diego Parra

Portada del Álbum de Pacifico Master Beat Kids (Spotify) y Madolia de Diego (FOTO: Vicky Ospina). 

Gracias a Pacífico Master Beat, la escuela de la vanguardia musical del Pacífico colombiano, de la Corporación Manos Visibles,[1] 2025 es el segundo año en el que Colombia entera, y por ahí derecho el mundo, reciben el hermoso regalo de una colección impecable de villancicos propios de la región Pacífica y chocoana, con arreglos musicales y corales inolvidables y alegres, inspiradores; en grabaciones inmejorablemente logradas y dignas de la memoria cultural de la región y de su difusión a través de todas las plataformas musicales.

Incluye el repertorio de 2024 y 2025 de ese “Regalo de Navidad Visible”,[2] los villancicos compuestos por Madolia de Diego Parra Mana— (Quibdó, julio 1937-Medellín, abril 2017),[3] quien dedicó su vida a cultivar, conservar y enriquecer la tradición cultural y folclórica chocoana en música y danza, canto y poesía, religiosidad y oralitura; y quien siendo una adolescente fue reclutada por Manuel y Delia Zapata Olivella como parte de la histórica agrupación de talentos del Caribe y del Pacífico que recorrieron medio mundo (Francia, España, Alemania, Checoslovaquia, Rusia y China) mostrándole al otro medio que en Colombia y en América había más gente y más culturas de las que usualmente se creía; y gracias a la cual “se crearon y se fundamentaron los hitos fundacionales de las danzas, ritmos, cantos y músicas que representan a Colombia hoy”.[4]

Inspirados en tan maravilloso trabajo y en honor a la memoria de la grande e inolvidable Madolia de Diego Parra, ofrecemos como regalo de navidad de El Guarengue tres villancicos chocoanos de su autoría;[5] en cada uno de los cuales, la Mana retrata perfectamente rasgos fundamentales de la religión popular y comunitaria afropacífica y afrochocoana. En los tres bellos cánticos, salta a la vista y al oído la enorme capacidad de nuestra gente sencilla y elemental para aclimatar y adoptar —en los ríos, las mares y los montes de sus poblados, en las redes de parentesco de sus familias extensas y en la cotidianidad de su vida las más intrincadas verdades teológicas de la tradición católica; convirtiéndolas en relatos donde interactúan —en igualdad de condiciones escénicas— los personajes de la divinidad con los hombres y las mujeres de todas las edades, orillas y comunidades… De este modo —y sin perder su esencia— los relatos bíblicos del Nacimiento de Jesús, en este caso, cobran vida en las condiciones geográficas, ambientales, culturales, parentales, lúdicas, musicales, artísticas, narrativas, de las comunidades y poblados afropacíficos y afrochocoanos del occidente de Colombia.

El “Aguacerito”, eterno compañero de la vida de la gente de estas comarcas y arrullo recurrente y secular de miles de sus noches, no para mientes en la desnudez de aquel niño a quien su madre no puede arropar porque no tiene con qué. Así que el cántico popular, cadencioso y pertinaz, como el mismo aguacero, le reclama a este sin necesidad de agravio: “Aguacerito, ¿por qué mojás la cuna del niño…?”; y le pide que en vez de mojarlo lo arrulle y permita que la luna le dé cariño, dado que “es Nochebuena y todo es lindo”. La Virgen de la Cueva, a la que se le pide que llueva en la ronda infantil de la remota infancia, acompaña al coro en su festivo ruego.

Al “Canaletico viajero” de infinitas travesías por los ríos y las mares, las quebradas y los esteros, se le pide que bogue y bogue para que llegue pronto hasta la cuna de antemano lista del hijo que están esperando su madre María y “San José, su papá”; al igual que este universo de oscuridad elemental, donde niñas y niños se las arreglan para iluminar aquel pesebre que sienten tan suyo que no pueden menos que celebrarlo con alborozo y con notable gozo y con un regalo inconmensurable, hecho con lo que cada uno/a tiene a su alcance: “Allá está ese rancho en la oscuridad / lleven una lámpara pa’ podé alumbrá / porque hay un pesebre que queda po’allá / Ángeles del cielo, vénganse pa’cá”.

“El Regalito” se origina en la proverbial solidaridad que ha hecho posible que la vida subsista durante centenares de años por estos lares: “Su mama está triste, ¿por qué será? / Porque ella es muy pobre y no tiene ná”; así que cada uno, como lo muestra de manera jovial y retozona el contrapunteo entre niños a ver quién da más, va añadiendo al regalo lo que mejor le parece que puede aportar: frutos de la tierra, como el caimito y el pacó, el ñampí cocido y de la palma de milpesos la nutritiva leche; pescados excelsos, como las sardinitas y la doncella; y desayunos de antonomasia, como el tuco de plátano cocido con queso rallado o las masas fritas de maíz; amén de golosinas como el dulce y sutil amasijo de la panocha asada, bastimentos y enseres, juguetes, una cobija para que se arrope, y un pollo para el caldo con el que se cuidaría a María, la recién parida. “Son unas cositas que le vamo’ a rá / al niño del cielo, que está por llegá / esta nochecita de la navidá”, y de las cuales también se hace partícipe al casi siempre olvidado papá: “¡Y de todo esto puede comé / San José, su padre, que bueno es!”. Belleza pura del nacimiento de Dios en la más chocoana cotidianidad, retratada por Madolia de Diego con música linda y letra magistral.

¡Vamos pues, a cantar y a celebrar!
Mientras siguen la letra en El Guarengue,
escuchen la interpretación 
en YouTube o Spotify
¡Feliz Navidad!

Aguacerito
Madolia de Diego
https://open.spotify.com/intl-es/track/6baOrFuN2YhCXiQswEOkRa?si=d8cb3ab798e840e3
 
https://www.youtube.com/watch?v=sd91axQF5TA
 
Aguacerito, ¿por qué mojás
la cuna del niño…? (bis)
¿No ves que viene la noche (bis)
Y el niño tiritará de frío?

Aguacerito, ¿por qué mojás
la cuna del niño…? (bis)
¿No ves que su cuerpecito (bis)
es un tesoro y está muy lindo?

Aguacerito, ¿por qué mojás
la cuna del niño…? (bis)
¿No ves que María su madre (bis)
no tiene un paño para cubrirlo?

CORO
¡Que llueva, que llueva,
la Virgen de la Cueva…!

Aguacerito, ¿por qué mojás
la cuna del niño…? (bis)
Levántate, aguacerito, (bis)
ya no le mojes la cuna al niño

Aguacerito, ¿por qué mojás
la cuna del niño…? (bis)
Dejá que salga la luna (bis)
y con sus rayos le dé cariño

Aguacerito, ¿por qué mojás
la cuna del niño…? (bis)
Arrúllalo, aguacerito, (bis)
es Nochebuena y todo es lindo

CORO
¡Que llueva, que llueva,
la Virgen de la Cueva…!

*******************

Canaletico viajero
Madolia de Diego
https://open.spotify.com/intl-es/track/3qlCBcGVqGnzTzxJohKTyx?si=8cfe08ad0db741a0
 
https://www.youtube.com/watch?v=oysRobTx-FY

CORO
Bogá, bogá, canaletico,
bogá, bogá
Bogá, bogá, canaletico,
Bogá, bogá,
Canaletico viajero,
Bogá, bogá,
que la corriente te lleve
a buscar la paz

Ya viene el niño del cielo
parece que va a llegar
lo está esperando María
y San José, su papá

CORO
Bogá, bogá, canaletico,
bogá, bogá
Bogá, bogá, canaletico,
Bogá, bogá,
Canaletico viajero,
Bogá, bogá,
que la corriente te lleve
a buscar la paz

Alumbrándole el camino
un lucero lo acompaña
la madre espera feliz
al hijo de sus entrañas

CORO
Bogá, bogá, canaletico,
bogá, bogá
Bogá, bogá, canaletico,
Bogá, bogá,
Canaletico viajero,
Bogá, bogá,
que la corriente te lleve
a buscar la paz

En este chingo viajero
le arreglaron su ranchito
con hojas de quitasoles
y palmas de San Pedrito

CORO
Bogá, bogá, canaletico,
bogá, bogá
Bogá, bogá, canaletico,
Bogá, bogá,
Canaletico viajero,
Bogá, bogá,
que la corriente te lleve
a buscar la paz

Y así bajando y subiendo
por los ríos y los mares
el niño dejará bienes
y quitará los pesares

CORO
Bogá, bogá, canaletico,
bogá, bogá
Bogá, bogá, canaletico,
Bogá, bogá,
Canaletico viajero,
Bogá, bogá,
que la corriente te lleve
a buscar la paz

*******************

El regalito
Madolia de Diego
https://www.youtube.com/watch?v=PPwPNZmc61c
 
https://open.spotify.com/intl-es/track/0sz5QooXkeFdMjEyBPGUwJ?si=311608eb44384502
 
CORO
Allá está ese rancho en la oscuridad
lleven una lámpara pa’ podé alumbrá
porque hay un pesebre que queda po’allá
Ángeles del cielo, vénganse pa’cá (bis)

Vevé, negrito, ¿y vos pa’onde vas?
A esperar al niño, que viene ya

¿Qué viene de dónde y dónde está?
Viene de los cielos de su mamá

Su mama está triste, ¿por qué será?
Porque ella es muy pobre y no tiene ná

CORO
Porque ella es muy pobre y no tiene ná
Porque ella es muy pobre y no tiene ná
 
Yo le doy un pollo, ¿y vos qué le das?
Yo le doy mi anzuelo para pescar
 
Yo le doy caimito, ¿y vos qué le das?
Un chontadurito pa’ su mamá

Un cabecinegro para cargá
leche de milpeso para tomá

Le doy mi camisa, ¿y vos qué le das?
Una pampanilla pa’ caminá

Le doy sardinitas con aguacate,
este sombrerito pa’ que se tape

Un pite ‘e su tuco con queso rallao
plátano cocido con atollao

Este pacocito pa’ su mamá
un pite de chonta pa’esayuná

Le doy mi cobija pa’ que se arrope
para que duerma toda la noche
unos corocitos para jugar
estas masas ricas pa’ su mamá
un pite ’e ñampí, un pite ‘e panocha
tapao ‘e doncella pa’ su mamá

CORO
¡Y de todo esto puede comé
San José, su padre, que bueno es! (bis)

Son unas cositas que le vamo’ a rá
al niño del cielo, que está por llegá
esta nochecita de la navidá
yo llamo a los niños pa’ yo jugá (bis)

Vamos, negrita, vení pa’cá
alumbrá el camino pa’irlo a buscá

Por ese pantano no te metas
hay otro camino, mira pa’llá

Por ahí un pesebre que da pa’cá
alumbra el camino pa’irlo a buscá

CORO
Alumbra el camino pa’irlo a buscá (bis)
Con la lamparita alumbra pa’cá
Alumbra el camino pa’irlo a buscá (bis)
Hasta aquí llegamos, velo ahí está
Alumbra el camino pa’irlo a buscá
Alumbra el camino pa’irlo a buscá
Alumbra el camino pa’irlo a buscá
Alumbra el camino pa’irlo a buscá
Con la lamparita alumbra pa’cá
Alumbra el camino pa’irlo a buscá
Hasta aquí llegamos, velo ahí está
Con la lamparita alumbra pa’cá
Alumbra el camino pa’irlo a buscá
Hasta aquí llegamos, velo ahí está
….
¡Pa’irlo a buscar!


[3] Ver: Madolia de Diego Parra, una chocoana memorable. En El Guarengue, 10/03/2025:

https://miguarengue.blogspot.com/2025/03/madolia-de-diego-una-chocoana-memorable.html

[4] Cabezas Galindo, Wilson David. “NEGRO ME LLAMAN PORQUE SOY NEGRO, NUNCA HE TENIDO OTRO COLOR”. Dissertação apresentada ao Programa de PósGraduação Interdisciplinar em Estudos LatinoAmericanos da Universidade Federal da Integração Latino-Americana, como requisito parcial à obtenção do título de Mestra em Estudos Latino-Americanos. Foz do Iguaçu 2022. 66 pp. Pág. 40.

[5] La base para la transcripción de las letras de los villancicos fue: Cancionero Un regalo de navidad desde Quibdó. Que tus villancicos sean chocoanos. Corporación Manos Visibles/Pacífico Master Beat Kids. Diciembre 2024. 32 pp. Pág. 12-13, 18-19, 24-25.

https://issuu.com/manosvisibles/docs/cancionero_un_regalo_de_navidad_desde_quibdo_

15/12/2025

 El pesebre de los que no teníamos pesebre

★Belén, por Jesús Nieto López. FOTO: Corporación El Taller del Pesebre

Hermoso como la alegría que nos producía ser testigos y partícipes de su elaboración y tan inmenso que no nos cabía en la cabeza, ni en todas las cabezas juntas de todos los pelaítos del barrio; el pesebre de la familia Cristancho Olier —en su fabulosa casa de la carrera cuarta entre calles 26 y 27, en el vecindario de Munguidocito es un clásico de la memoria navideña de nuestra infancia quibdoseña de hace más de medio siglo. En torno a aquel inolvidable pesebre, del que tanto disfrutamos, nos reuníamos las niñas y los niños de todo el vecindario cada noche, entre el 16 y el 24 de diciembre, con familiaridad y desparpajo nacidos de la sincera hospitalidad de los anfitriones y de sentirlo un poco nuestro, algo así como el pesebre de todos los que en nuestras casas no teníamos pesebre. Ocupaba casi la mitad de la amplia sala de la casa, con su reluciente y fresco piso de mosaicos ajedrezados, su ventana panorámica de madera hacia la calle y un pasillo interno que recorría la casa por la mitad y, desde el cual, sin que fuera necesario entrar, se avizoraba un patio repleto de árboles, arbustos y matas, entre los cuales se elevaba airosa una palma de coco que superaba la altura del techo de zinc a cuatro aguas. 

Su montaje e instalación empezaban por lo menos una semana antes de que comenzara oficialmente la novena, bajo la dirección de la dueña de casa, la Señora Estela Olier de Cristancho, quien con sus propias manos, su talento y su imaginación con su esposo, su hermana, sus hijos e hijas como ayudantes principales y algunos de nosotros como ayudantes de los ayudantes o ayudantes secundarios llevaba a cabo de modo prolijo y detallado las principales labores de diseño y arte, arquitectura y construcción, ambientación, pintura y decoración, escenografía y puesta en escena, cuyo resultado final era esa maravilla anual que le ponía notas inefables de alegría y diversión a por lo menos quince o veinte días de nuestras vacaciones escolares; ya que —pasada la Nochebuena— la vigencia del pesebre se extendía hasta el 6 de enero, cuando los tres reyes magos (barbudos y solemnes) llegaban por fin luego de un recorrido diario de uno o dos centímetros por los caminos de aquellas colinas, aldeas, campiñas y rebaños ante la presencia a la vez humilde y majestuosa de aquel recién nacido sonriente que descansaba en un lecho mullido de espirales relucientes de viruta de madera y aserrín, sobre una pequeña estructura de chamizos diminutos y palillos de guadua labrados con esmero y devoción.

Cada noche, al finalizar la novena, la Señora Estela repartía caramelos, golosinas y dulces, al igual que pequeños y sencillos regalos; teniendo siempre el cuidado de que nadie se fuera de su casa sin haber sido premiado aunque fuera con un confite de anís anaranjado, uno de banana blanco, amarillo o rosado, y uno rectangular de refrescante menta verde; o con un juego de Yas o un pequeño trompo plástico empacados entre una bolsita transparente, unas cuantas bolas o canicas, una muñeca diminuta y monocromática de pasta, un pito ruidoso y ronco, un balero de pasta o alguna estampa religiosa alusiva a la navidad. El último día, el 24 de diciembre, cuando la Novena se prolongaba un poquito más de la cuenta, pues ese día había licencia para trasnochar, advenía el que para nosotros era el premio mayor: la Señora Estela, cuyos pudines o pequeños ponqués gozaban de fama en todo el pueblo por su exquisito sabor y su fino aroma, su delicada manufactura y su incomparable textura esponjosa y suave, nos regalaba un pudín a cada uno, además de los confites a granel y los regalos pequeñitos; y de ñapa rifaba entre la feliz concurrencia infantil una serie de regalos de mayor calibre, tales como un colorido juego de lotería, tres tomatodos, una firulina, una pelota de letras de las más grandes y un balón de caucho mediano, dos muñecas de las que abrían y cerraban sus ojos grandes con pestañas, según se las sentara o acostara, y un completo juego de cocina que durante mucho tiempo hizo las delicias de nuestros juegos infantiles en los andenes de esa calle, pues traía ollitas, cacerolas, platos y tazas, todos de aluminio o latón; de modo que niñas y niños simulábamos con matas, semillas, hojas, musgo, raíces y hasta arena fina y piedrilla, los alimentos que dizque comprábamos en la tienda, cocinábamos, servíamos y comíamos, utilizando agua sacada de los charcos de la calle después del aguacero o de los tanques de aprovisionamiento de los patios de las casas, y con pequeños fogones de leña que improvisábamos con cualquier elemento que nos sirviera para simularlos…; cumplido lo cual, hasta nos acostábamos en el piso, que en el juego era nuestra cama, para dormir hasta el otro día, cuando debíamos levantarnos a trabajar.

Alrededor de ese pesebre, que parecía una lección de geografía por la perfección de su diseño en cuanto a topografía, relieves y escarpes, niveles y altitudes, o una clase de artes, por la belleza y creatividad de sus decorados, la disposición de todos sus elementos, la coherencia y el colorido de sus diversos paisajes, personajes, objetos, animales y plantas; cantamos los villancicos y canciones mejor entonadas que uno pueda recordar de su infancia, incluyendo el bolero del Columpio del amor (“este es el columpio del amor, este es el vaivén arrullador”); quizás porque ahí en esa casa todos eran cantantes y músicos: no en vano fue allí donde creció Nicolás Cristancho (Macabí), el portentoso primer pianista que tuvo el Grupo Niche.

Fue allí también donde los jóvenes y las jóvenes de la casa (Manolo, Teodoro y Chucho, Julia Rosa y Susana) nos explicaban a los más pequeños (incluyendo a su hermano Nicolás y a sus hermanitas Matea y Ana Marta) cuál de esos animalitos que nosotros nunca habíamos visto y en muchos casos todavía nos demoraríamos muchos años para verera una oveja, cuál un cisne, cuál un pato, cuál una vaca, cuál un camello, cuál una mula y cuál un buey; así como nos hablaban del desierto, que en el pesebre estaba perfectamente hecho con una mezcla de arena amarilla y de arena café; y de la reluciente Estrella de Belén, que era una especie de Lucero de Quito (la estrella vespertina que se asomaba al anochecer en la desembocadura del río Quito al río Atrato, en Quibdó, y que permanecía hasta el alba). Y nos enseñaban que los trocitos de espejo eran lagos y los tapices y revestimientos de musgo verde y fresco eran praderas donde pastaban los rebaños y donde la gente de las casitas sembraba y cosechaba su comida y la de sus animales. Nos explicaban el complejo asunto de la presencia de la mula y del buey en plena cuna del niño Jesús, el enredo de los reyes magos guiados por aquel lucero y trayendo algo que sabíamos bien qué era (oro), algo que no entendíamos cómo podían traerlo si era un humo o sahumerio oloroso que abundaba en la iglesia durante las solemnidades de semana santa (incienso) y algo de cuya existencia no teníamos ni sospecha (mirra); y nos hablaban del carpintero José, de su esposa María, que era prima hermana de Isabel e hija del señor Joaquín y de la señora Ana, que venían a ser abuelos del mismísimo hijo de Dios, ese a quien —con palabras y rezos que nosotros no atinábamos más que a repetir, ahí en torno al pesebre de la Señora Estela— habíamos homenajeado durante nueve días para animarlo a que naciera y, de paso, nos trajera unos cuantos regalos por humildes que estos fueran.

08/12/2025

Quibdó, Noche de velitas 1932: 
El Intendente Rey vs. El Juez Castillo

🖝Primera página de El Heraldo N° 283. Istmina, 7 de diciembre de 1932. Abajo: Sergio Abadía Arango, Emiliano Rey Barboza, Ricardo Echeverry Ferrer y Alcibíades Garcés Valencia. FOTOS: El Guarengue y Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó.

En la noche de las velitas de hace casi un siglo, el miércoles 7 de diciembre de 1932, mucho se habló —a la salida de misa, en el atrio de la iglesia parroquial, en el Parque Centenario, en los andenes, en las esquinas, en los vecindarios y en las casas de Quibdó— del incidente que había ocurrido dos días atrás, al final de la tarde del lunes 5, en el Palacio Intendencial, entre el propio Intendente Nacional del Chocó, Emiliano Rey Barboza, y el Juez Primero del Circuito, Raúl Felipe Castillo. Una pequeña multitud de transeúntes y curiosos se aglomeró a la entrada del famoso y bonito edificio en el que, además de las oficinas públicas, quedaba la residencia del gobernante y por supuesto su despacho. A pocos pasos de allí las canoas amarradas a la orilla del puerto platanero comenzaban a dormitar al abrigo colorido y esplendoroso del sol poniente. Nadie sabía bien qué pasaba, pero hasta afuera llegaban gritos e imprecaciones, la puerta de ingreso al edificio estaba cerrada y el policía que normalmente cubría la portería no estaba en su lugar…

El Heraldo N° 288.
Istmina, diciembre 24 de 1932.
Página cuarta.

Aunque la versión oficial del suceso quedó narrada con detalle en seis de los catorce considerandos de la Resolución N° 100 de 1932 (diciembre 5). Por la cual se impone una pena correccional, expedida por el Intendente y suscrita por él y por su Secretario General, Ricardo Echeverry Ferrer; el periódico El Heraldo, de Istmina, fundado en junio de 1928 por el intelectual y político Sergio Abadía Arango, publicó su propia versión de lo ocurrido, en la que se intercambian las responsabilidades del hecho. Ese día, 7 de diciembre, a todo lo ancho de sus cinco columnas, en primera página, el que sería uno de los periódicos de mayor importancia, circulación y calidad periodística, al mismo nivel del ABC, de Reinaldo Valencia, y La Opinión, de Tomás de Aquino Moreno, ambos de Quibdó, tituló: El Intendente del Chocó ordena reducir a prisión al Juez Primero del Circuito de Quibdó, porque este funcionario trató de cumplir una comisión. Seguido de un subtítulo en el que se leía: El Juez del conocimiento ordena apresar y remitir a esta ciudad con las seguridades del caso a un sindicado contra la fe pública. Y a renglón seguido la nota enviada por Servando Ferrer García, corresponsal del periódico, desde Quibdó.

Según la resolución de imposición de la medida correccional, “siendo más o menos las cinco y media, penetró al Despacho del suscrito Intendente el señor doctor Raúl F. Castillo en compañía del Sr. Alcibíades Garcés y de Florencio Palacios (a. Mendiguandi), burlando para llegar a tal recinto la orden terminante del Agente de Policía Benjamín Buriticá, quien a esa hora ejercía la vigilancia del Palacio Intendencial…” y “a pesar del rechazo del Agente, el doctor Raúl F. Castillo se introdujo y sin que precediera aviso alguno ordenó fuera despejado el Despacho, sin explicar en forma precisa cuál era el objeto de su intempestiva visita”.[1]

El doctor Castillo había llegado a la ciudad hace poco más de dos años, como Auditor Seccional del Chocó, tal como lo informó el periódico ABC en la Crónica Local de su edición 2133, el 12 de febrero de 1930: “Con procedencia de la capital de la república vino por avión de hoy el doctor Raúl Felipe Castillo, quien fue nombrado por la Contraloría general, auditor seccional del Chocó”.

Florencio Palacios —Mendiguandi o Mindiguandi— era un personaje típico del pueblo, tan conocido que fue inmortalizado por el gran pintor chocoano Francisco Mosquera Agualimpia, en un cuadro que como toda su obra desapareció “misteriosamente”, incluyendo el histórico «Homenaje al Boga», que encabezó las marchas de protesta contra el proyecto de desmembración del Chocó de Rojas Pinilla, llevadas a cabo en Quibdó en septiembre de 1954.[2]

Por su parte, reconocido como uno de los grandes devotos franciscanos y promotor de las mejores galas para las fiestas patronales de San Francisco de Asís en Quibdó, y como pionero de la radio cultural y pública en el Chocó, pues fue director de la primera emisora regional, La Voz del Chocó, de propiedad de la Intendencia; Alcibíades Garcés Valencia era un personaje que gozaba de gran popularidad y merecido aprecio en la ciudad: “Don Alcibíades fue un líder cívico y social, activo, dinámico, entusiasta y formaba parte de cualquier organización que tuviera que ver con actividades sociales; era un hombre de fiestas, de un humor fino, lector de cuanto libro estaba a su alcance, en fin, muy preocupado por cultivarse intelectualmente; se inició como servidor público desempeñándose como secretario del Juzgado Civil del Circuito en Quibdó… fue miembro de la Sociedad de Mejoras Públicas, como también un próspero comerciante…”.[3]

Según los considerandos de la resolución del Intendente en contra del Juez, “el estado en que el señor doctor Raúl F. Castillo se presentó al despacho intendencial era de manifiesta embriaguez”; lo cual explicaría la “forma grosera y escandalosa por la actitud y por lo altisonante de la voz” en la que “injurió y faltó al respeto” al Intendente; por “la sola circunstancia de inquirir el motivo de tal visita y reclamar el derecho a dejar una contra-constancia a la que ordenó el doctor Castillo dejar al señor Alcibíades Garcés, cuando el Intendente hacía notar al doctor Castillo la sinrazón de su procedimiento”.[4]

Palacio Intendencial y posteriormente Gobernación del Chocó (octubre 1966) y años 30 (vista interior). FOTOS: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó

Estimó el Intendente que si el Juez verdaderamente requería llevar a cabo alguna diligencia en su despacho aquel día, bien pudo haberlo notificado mediante un oficio o de alguna otra forma oficial; en lugar de ingresar de la manera como lo hizo y proceder de forma tal que sus palabras “y su actitud manifiestamente irrespetuosa implican una falta grave a la consideración y respeto debidos a quien representa la primera autoridad en el Gobierno seccional de la Intendencia”.[5]

Los ocho considerandos siguientes de la resolución intendencial se ocupan principalmente de dejar claros los fundamentos jurídicos de la misma y los procedimientos surtidos para ajustarse a ellos. Finalmente, el Intendente Nacional del Chocó, Emiliano Rey Barboza, “Resuelve: Imponer al doctor Raúl F. Castillo, mayor de edad y vecino de esta ciudad, la pena correccional de diez y ocho (18) días de arresto, que pagará en la Cárcel de este Circuito, por grave irrespeto al suscrito Intendente en ejercicio actual de sus funciones y por razón de ellas”.[6]

Contrario a lo expresado ampliamente en la resolución intendencial que impone la pena correccional al Juez Castillo, en la nota del periódico El Heraldo, de Istmina, del 7 de diciembre de 1932,[7] se lee:

Quibdó, diciembre 6. Heraldo, Istmina.

El Intendente del Chocó, señor Emiliano Rey, cometió anoche un atentado sin precedentes en los anales del Chocó, ordenando reducir a prisión al Juez Primero de este Circuito, doctor Raúl F. Castillo, en momentos en que éste, asesorado de su Secretario y del Personero Municipal, don Rodolfo Castro Torrijos, solicitaba protección a fin de practicar una diligencia en el cuartel de la Policía. Inmediatamente, el señor Intendente, pretextando irrespeto, dictó una resolución condenando al Juez Castillo a dieciocho días de cárcel. Esta pena se cumple sin llenar requisitos legales.

 

Se asegura que el procedimiento del señor Intendente tiende a impedir que el Juez Castillo, cumpliendo una comisión, detenga a un alto y encopetado colaborador del Intendente, procesado por graves delitos. Los empleados del poder judicial, la Personería y la ciudadanía se han dirigido al gobierno central protestando por el incalificable atentado y pidiendo garantías. Los ánimos se hallan exacerbados.

 

Ferrer García. – Corresponsal.

Emiliano Rey Barboza fue Intendente Nacional del Chocó desde diciembre de 1931 hasta diciembre de 1935. Con él finalizaron los gobiernos adeptos a la Hegemonía Conservadora, filiación de la cual Rey era un connotado dirigente. Lo sucedieron, como parte de los periodos presidenciales de la República Liberal, Adán Arriaga Andrade (enero 1934-noviembre 1935), Gerardo García Gómez (encargado del 6 al 12 de noviembre de 1935) y Sofonías Yacup (noviembre 1935-abril 1937), el gran intelectual, escritor y político guapireño, a quien por no ser chocoano se le dificultó obtener el beneplácito de la población y de la dirigencia regional, que para entonces impulsaba la idea de convertir al Chocó en Departamento.

La oposición del periódico liberal de Istmina El Heraldo al Intendente Rey Barboza era de vieja data, tanto por su condición de conservador como por lo erróneas que a juicio del periódico de Sergio Abadía Arango resultaban muchas de sus decisiones. En este sentido, seis meses antes del incidente del Intendente Rey con el Juez Castillo, El Heraldo llamó a Emiliano Rey Barboza “un mandatario a debe” y —de modo directo y contundente— desacreditó su gestión y la de sus predecesores foráneos o conservadores, en párrafos como los siguientes:

“Los enormes perjuicios ocasionados a los municipios del Chocó por la sólida ignorancia de nuestro mandatario a debe, según la feliz expresión de un distinguido universitario, no pueden ser olvidados por el pueblo que desde la creación de la Intendencia viene equivocándose en la apreciación de sus hombres. Va para dos lustros que se apoderó de este lote, abandonado de Dios y de los hombres, una patrulla fenicia que le succiona voraz lo que produce y lo que no produce… No se nos diga que tratamos de soliviantar las masas populares, incitándolas al desorden tumultuario, aunque sí invitándolas a que se apresten para la revolución social, de que es precursor autorizado Jorge Eliécer Gaitán, porque allí donde el derecho asiste una causa, toda reacción se justifica”.[8]

El 10 de julio de 1932, en Nóvita, se festejó con toda pompa y solemnidad el centenario del natalicio de Carlos Holguín Mallarino. Como parte de dicha celebración, y con la participación de delegaciones de los concejos municipales y del pueblo de todos los municipios de la Provincia del San Juan: Istmina, Nóvita, Condoto, Tadó y Baudó, más las poblaciones de Cértegui y Opogodó, se llevó a cabo una Convención de Municipalidades de la provincia, en la que se apuntaló la idea de El Heraldo de que Rey Barboza ejercía un poder excesivamente centralizado y pecaba jurídica y políticamente al desconocer los acuerdos municipales en diversas materias, poniendo por encima de ellos los criterios intendenciales.

Aviso en El Heraldo, Istmina 1932

No fue, pues, un episodio suelto el enfrentamiento entre el Juez Castillo y el Intendente Rey Barboza. El hecho se enmarcó en la pugna interpartidista del ámbito nacional y sus expresiones regionales en el Chocó; así como en las diferencias vigentes entre las provincias del Atrato y el San Juan, esta última abanderada por Sergio Abadía Arango, quien llegaría a ser Contralor General de la República y cuyo periódico El Heraldo se proclamaba como un “periódico independiente, órgano de intereses generales y en particular de la Intendencia Nacional del Chocó y con especialidad de la Provincia del San Juan”. 

Aún faltaban tres lustros para que la Intendencia pasara a ser Departamento y se concretara jurídicamente el proyecto sociopolítico regional de la Generación Chocoanista o Generación de la Dignidad. Debates y disputas como los que generó el affaire Rey-Castillo formaban parte de la construcción de ese proyecto, gracias al cual el oprobio de la exclusión por razones geográficas, sociales, culturales y raciales comenzaría a ser reemplazado por la vigencia de los derechos entre las masas rurales y el creciente obrerismo del Chocó.



[1] Intendencia Nacional del Chocó. Resolución N° 100 de 1932 (diciembre 5). Por la cual se impone una pena correccional. Considerandos 1° y 2°. La resolución completa fue publicada en El Heraldo, de Istmina, N° 288, del 24 de diciembre de 1932.

[2] Serie Los pintores del Chocó III: Las obras perdidas del artista tadoseño Francisco Mosquera Agualimpia. Por: Gonzalo Díaz Cañadas. El Manduco, diciembre 6 de 2025. https://elmanduco.com.co/serie-los-pintores-del-choco-iii-las-obras-perdidas-del-artista-tadoseno-francisco-mosquera-agualimpia-por-gonzalo-diaz-canadas/

[3] Alcibíades Garcés Valencia, Franciscano como el que más, periodista no visibilizado y hombre cívico. Por: Américo Murillo Londoño (Mis memorias). El Manduco, noviembre 16 de 2023. https://elmanduco.com.co/alcibiades-garces-valencia-franciscano-como-el-que-mas-periodista-no-visibilizado/

[5] Intendencia Nacional del Chocó. Resolución N° 100 de 1932 (diciembre 5). Por la cual se impone una pena correccional. Considerandos 5° y 6°.

[6] Ídem. Parte resolutiva.

[7] El Heraldo, Año IV-N° 283. Istmina, diciembre 7 de 1932. Pág. 1.

[8] Un mandatario a debe. Editorial de El Heraldo Año IV-N° 238, Istmina, junio 11 de 1932, página tercera.

01/12/2025

 Cuando le hacíamos goles 
a Senén Mosquera

1-Senén Mosquera y Daniel Santos (s.f.). 
2-Senén Mosquera en Caracas (1969). 
FOTOS: https://joserenehiguita.wordpress.com/ 
El Malpensante / Archivo personal de Senén Mosquera.

Cincuenta y ocho diciembres han pasado desde aquella tarde nublada de sábado en la que le marcamos seis goles a Senén Mosquera en una calle de Quibdó.

Senén Mosquera, nacido en Buenaventura, pero criado y crecido en Quibdó, donde se destacó deportivamente tanto en baloncesto como en fútbol; arquero épico, memorable e histórico del histórico Millonarios, y en gran medida una especie de símbolo o mito fundacional del ingreso al profesionalismo de los futbolistas del Chocó, vivía en ese momento un obligado receso, como consecuencia de una lesión a partir de la cual dejó el fútbol por un poco más de cinco años, durante los cuales —entre otras cosas que hizo— abrió la discoteca Mozambique, uno de los primeros escenarios de la noche bogotana dedicados a la mejor y más clásica salsa.

Ya para entonces Senén Mosquera se había ganado un puesto en la cúspide de la gloria, donde se había instalado después de ganarle la titularidad del equipo nada menos que a Pablo Centurión y de recibir de manos de la propia “Araña Negra”, Lev Yashin —considerado durante mucho tiempo el mejor arquero de la Historia— el par de guantes que este había utilizado en el inolvidable 4 - 4 de Colombia contra la URSS en el Mundial de 1962, cuando se acuñó como emblema de aquella hazaña la leyenda de que la sigla CCCP, traída del cirílico al arábigo e inscrita en el uniforme del equipo nacional de fútbol de la URSS, lo que realmente traducía era: Con Colombia Casi Perdemos.

De este receso regresaría —como si de completar una misión se tratara— a formar parte de una de las nóminas más excelsas que ha tenido Millonarios en toda su trayectoria, en la que Senén Mosquera compartía el arco con otro grande: Otoniel Quintana, y era compañero de aquella célebre y refinada tripleta que conformaban Alejandro Brand, Willington Ortiz y Jaime Morón, en cuyos botines el balón tenía siempre todas las probabilidades de terminar adentro de la red. Esa nómina, dirigida por Gabriel Ochoa Uribe, conseguiría la décima estrella para el escudo azul, después de obtener 84 puntos en 60 partidos y derrotar al Deportivo Cali y al Atlético Junior en el triangular final.

Millonarios Campeón 1972. FOTO: Mundo Millos. De pie: Hermenegildo Segrera, "Chonto" Gaviria, Joaquín González, Euclides González, Julio Comesaña y Senén Mosquera. Agachados: Alejandro Brand, Arturo Segovia, Willington Ortiz, Julio Gómez, Jaime Morón.

De modo, pues, que Senén Mosquera, vestido con un pantalón de mezclilla color habano y una camiseta a rayas de colores, ajustada al cuerpo, y calzado con unos mocasines blancos tipo apache, apareció desde temprano ahí en Munguidocito, en la carrera cuarta entre calles Alameda y 27; y se sentó a charlar con Yolanda, la mamá de William, su vieja amiga a la que fue a saludar como parte de su estadía en Quibdó, adonde había llegado desde Bogotá.

Apenas pasado el mediodía, cuando ya casi todos habíamos almorzado, nos pusimos a patear un balón de caucho ahí en la calle, a pocos metros de donde Senén Mosquera, sentado en una mecedora, charlaba y charlaba, reía y reía, con Yolanda, mientras la música sonaba en el tocadiscos. El andén de cemento de la casa del señor Arcelio lo amojonamos como el palo izquierdo de la portería y fijamos como palo derecho el extremo opuesto de la calle, al frente de la casa de la señora Juliana, la mamá de Nicolás, que era uno de los muchachos grandes del vecindario y uno de los mejores futbolistas del pueblo. Este punto lo marcamos con dos matas de chundul arrancadas de raíz, acopladas con un poco de tierra y barro, y rodeadas por un montón de cascajo que recogimos de la misma calle. Desde allí hasta el andén, con un pedazo de palo, trazamos una raya en el suelo para verificar y demarcar la línea de gol de la portería, cuyo travesaño era, por supuesto, el infinito del cielo, pues si no de qué valía que fueran infinitos los brazos y las manos y la estatura y los reflejos de aquel ídolo de todos nosotros, que ya había sido cuatro veces campeón del fútbol profesional de Colombia como parte del glorioso Millonarios, cuyos partidos oíamos sagradamente todos los domingos a las 3:30 p.m., en la voz de Alberto Piedrahíta Pacheco, en alguno de los radios de alguna de las casas del vecindario, incluyendo el hermoso Philips de siete bandas de nuestra casa, que terminó su vida extraviado entre los trebejos del taller de Oney Misas.

Wiston, Colón, Pachuco, William y yo éramos los más pequeños de edad, aunque no tanto de estatura los tres primeros. Los más grandes, los jóvenes del vecindario, gente querida con nosotros y también muy buenos futbolistas, que ya jugaban en la cancha grande de la Normal y representaban a sus colegios en los campeonatos municipales, eran, en orden de habilidades: Nicolás, un mago para driblar, capaz de eludir uno y hasta dos y tres contrarios con un amague, una mirada, un movimiento de la mano y una gambeta inverosímil, que ni siquiera los mejores defensas veían venir y que, por tanto, siempre terminaba en gol; un defensa central con tanta fuerza en la patada que podía hacer un gol de arco a arco, llamado Marco, nieto de la señora Clara y hermanito de Morena, la reina indiscutible de todas nuestras memorias de belleza de la infancia; y un mediocampista de contención, un 8, como se les conocía entonces, que se llamaba Carlos, mamagallista innato y hermanito de Aspasia, una muchacha mayor que él y cuya bonita voz se escuchaba por todo el vecindario como si cada día nos diera una serenata por el solo hecho de ser sus vecinos.

Después de un rato y a sabiendas de que Senén Mosquera nos había estado observando, mandamos a William a que le dijera que por qué no venía y jugaba un rato con nosotros, que ahí le teníamos la portería con medidas apropiadas para él y que si dejaba que cada uno de nosotros le cobrara un penalti. El hombre se quitó una pulsera que llevaba en la mano izquierda y, con la ayuda de Yolanda, una cadena que colgaba de su cuello por dentro del suéter, al igual que dos anillos; todo de puro oro chocoano. Se sacó del bolsillo unas monedas, un llavero con tres llaves y una billetera de las que traían un bolsillo monedero. Todo quedó en manos de Yolanda, quien entró a su casa a guardarlo en una cómoda o un escaparate.

Caminó hasta nosotros, nos preguntó uno por uno nuestros nombres, nos dio la mano, aceptó las reglas y se paró en el centro de la portería. Miró al cielo, pero no invocando a Dios, sino para ver si iba a llover. Abrió un poco las piernas, miró a lado y lado, el andén del palo izquierdo y los chundules del derecho, como reconociendo su área chica. Nicolás trajo un balón de cuero, pero balsudo, para que no nos costara patearlo a los menores, y porque era mejor que el de caucho para una tanda de penaltis con Senén Mosquera en el arco.

Casa en Munguidocito, Quibdó, julio 2019. FOTO: Julio César U. H. / El Guarengue.

Finalmente, cada uno pateó dos veces. A Pachuco ambos cobros se le fueron desviados y a William no alcanzaron a llegarle hasta la portería. Wiston y Colón patearon bien, tiros bien colocados, pero en todos los casos, con excepción de un balón rasante de Colón, a Senén Mosquera le bastó dar un paso al lado correspondiente, estirar un brazo y atrapar el balón con una de sus manazas. Mi primer cobro llegó lento, casi quieto a la mano derecha de Senén Mosquera; pero, ¡oh, sorpresa, oh, suerte la mía!, al segundo conseguí darle con muchísima más fuerza y cuando ya casi era de Senén Mosquera, el balón pegó en una piedra y le hizo lo que los locutores llamaban un extraño y se metió mansamente por el lado derecho de la portería, el lado que él me había "regalado" pues se había ubicado casi pegado al andén de su lado izquierdo. Gol. El único gol que marqué en mi vida.

Nicolás, como era de esperarse, marcó los dos goles, descolocando en uno de ellos a Senén Mosquera, quien lo felicitó sinceramente. Marco botó uno, que de lo duro que le dio el balón fue a templar casi a la esquina de la Alameda, y el otro lo metió, pues tampoco era que Senén Mosquera se fuera a poner a estirarse ahí en esa calle, con la pinta de dandi con la que andaba. Carlos botó uno y metió el otro con el balón rozando el pequeño mojón de los chundules.

Senén Mosquera nos invitó a todos a tomar kolitas, que eran los refrescos que preparaba Yolanda y conservaba fríos en su nevera, envasados en pequeñas botellas de vidrio. Él se bebió media jarra de agua con hielo, se secó el sudor con un pañuelo y se abanicó con la carátula de un LP de Celina y Reutilio de la colección de música que Yolanda actualizaba mes a mes con el surtido que traían los barcos que venían de Cartagena. Nosotros nos fuimos: los grandes hacia la casa de Carlos. Los pequeños hacia la de Wiston y Colón. En nuestro caso, a comentar hasta por la noche aquella jornada inolvidable con el mejor arquero de Colombia. Cuando nos llamaron a comer, ya había una luna pequeña asomándose por las rendijas de un cúmulo de nubes sobre un cielo sin estrellas.

Diciembre acababa de comenzar. Hacía una semana habíamos terminado mi primer año escolar y en el acto de clausura me habían dado como regalo al mejor estudiante un ejemplar nuevecito y colorido, de olor maravilloso y de páginas relucientes, de la cartilla Pablito, que era la que usaríamos como texto de lectura en el segundo año, luego de haber aprendido a leer en la cartilla Coquito. Diez diciembres después, el mismo día dos, que esta vez no era un sábado, sino un viernes, nos graduamos en la Normal Superior de Quibdó, que nos entregó en emocionante ceremonia un diploma que nos acreditaba como maestros-bachilleres.

Senén Mosquera y Yolanda siguieron su velada en compañía de cuatro o cinco de sus amistades comunes. Dos guitarras sonaron en la noche fresca y entre varias voces cantaron boleros y otros ritmos de música antillana. Hubo aguardiente Platino y pasabocas atrateños de bocachico frito con patacones y tajadas de plátano verde… Cuando despertamos, al otro día, a ninguno de nosotros, por más pequeño que fuera, se le ocurrió pensar que había sido un sueño de niños que habíamos soñado dormidos; porque no lo era, había ocurrido en la realidad: nosotros sí, nosotros, ahí donde nos veían le habíamos cobrado penaltis y le habíamos hecho goles a Senén Mosquera.

********

A Blanca Rosa, hincha  fiel y firme de Millonarios
quien de niña lloraba cuando su padre la llevaba al Campín...