Cómo mueren los
ojos de nutria
-Un relato de Arnoldo Palacios-
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Cabecera municipal de Río Iró e imagen del Señor de Iró (Fotos: Alcaldía Municipal), Arnoldo y Buscando mi madredediós (Fotos: Archivo El Guarengue). |
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De Arnoldo Palacios, en Buscando mi madredediós...
XLVI • CÓMO MUEREN LOS OJOS DE NUTRIA
Vivíamos pletóricos de esperanza. Jugábamos tranquilos. Si alguien de la familia enfermaba, sabíamos que no moriría. Si a alguien le cala un dolor fuerte, de repente, como solía suceder, sabíamos que se alentarla rápido. Estaban allí, para protegemos. nuestro querido San Antonio de Padua y nuestra Virgen de la Candelaria. Y si ellos no podían, entonces, el Señor Ecce Horno llegaba de Raspadura o desde donde se hallara en ese momento, recorriendo el mundo, a socorrer a sus hijos.
No. No estábamos solos, en ningún momento. Los seres de la familia fallecidos: mi abuelo Miguel de los Santos y nuestra abuela, la finada Eloísa, su esposa; mi abuelo Tomás de Villanueva; el finado Gabino Figueroa, papá de mama Fide, no nos preocupaban. Enterrados desde hacía mucho tiempo, esas muertes eran algo normal en nuestra imaginación; ni siquiera los habíamos conocido; además, estaban en el cielo. Lo único en perturbar nuestra dicha era el asaltarnos el terror de que se nos apareciera el diablo o el Ánima sola.
A menudo, oíamos también mucho, en la casa, hablar del Señor de Iró, un Santo Cristo de bulto, tamaño de un hombre, crucificado en la capilla de Santa Rita, pueblecito de las cabeceras del río Iró, muchísimo más lejos que Raspadura. Ese río era peligrosísimo cuando crecía; no pasaba semana sin que hubiese ahogados. Ese Santo Cristo lo habían encontrado, pequeñito como la cruz de una medalla, igualmente en una mina. Cuando él no deseaba ir en la procesión se ponía pesado, de suerte que ninguna fuerza humana lo movía de su sitio en el altar; desencadenaba él una tronamenta, con relámpagos, y hacía caer rayos y centellas. Tenía vivas las niñas de los ojos, por cuya razón los peregrinos se asustaban. Una junta parroquial resolvió hacerle modificar la vista. «Y fue justamente el escultor Lorenzo Meneses quien le bajó los ojos, que le quedaron desanimados como los tiene actualmente» -decía mi papá con el tono de pesadumbre de quien, queriéndolo, no volverá a ver lo que vio.
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