lunes, 27 de mayo de 2019


5 Minutos para El Mono
 
Carlos Manuel Díaz Carrasco, El Mono Díaz.
Foto facebook: https://www.facebook.com/634581364/posts/10156367303566365/

Minuto 1
Recordando al Mono
 ¡El Pensamiento Editorial, en Chocó Vertical!, anunciaba a todo taco una voz clara y recia, que no recuerdo de quién era, con música medio marcial y resonancia incluida, en Brisas del Citará al mediodía. Chocó Vertical era un espacio noticioso dirigido, como también anunciaba aquella voz, por Antonio José Maya G., a quien todo el mundo conocía como Mayagé. Y El Pensamiento Editorial era la sección de opinión del programa, en la cual su director proclamaba y exponía su opinión acerca de hechos de interés general para la audiencia quibdoseña, a la manera del Editorial de un periódico impreso.

El Pensamiento Editorial, de Mayagé, fue uno de los precursores del Periodismo de Opinión en la radio chocoana. En un lapso no mayor a cinco minutos, el hábil y recursivo periodista comentaba, analizaba, ponderaba, orientaba, proponía, criticaba, de modo invariablemente respetuoso, con una altura y una responsabilidad evidentes hasta en el tono de su voz. Eran los años 1970. El pavimento de asfalto del anillo vial central de la ciudad era tan nuevo que todavía se cocinaba cada día bajo el fogón del sol del mediodía y los muchachos jugábamos a que los zapatos se nos quedaran pegados y así nuestros pasos fueran tan pesados como si tuviéramos los pies de plomo o nuestras piernas fueran como las de Gulliver cuando caminaba por las calles del país de Liliput. Mientras tanto, desde su espacio radial hecho tribuna, Mayagé -como decían de López Michelsen en relación con Colombia- ponía a pensar al Chocó o por lo menos a Quibdó.

Una década después, aún la radio seguía mandando la parada en el favoritismo de las audiencias en Quibdó, pues ocupaba la mayor del tiempo destinado al consumo de medios, tanto por su facilidad y gratuidad de acceso, como por la enorme conexión de la oralidad culturalmente dominante con la magia de las palabras, los sonidos, la música y los silencios que salían de los gigantescos radios Philips o de los transistores de pilas Sanyo o de las radiolas compactas con tocadiscos incluido, que ya se habían popularizado en la ciudad.

En esa radio que seguía mandando la parada, en esa misma emisora (Brisas del Citará) había irrumpido y se había vuelto también costumbre de audiencia, como antes lo había sido el Pensamiento Editorial de Mayagé, un espacio que también un locutor anunciaba y hacía también parte de un noticiero: ¡5 Minutos con el Mono! Y la voz magnética de Carlos Manuel Díaz Carrasco, a quien todo el mundo conocía como el Mono Díaz, entraba al aire, ocupando un silencio tan solemne que uno alcanzaba a percibir su solemnidad en cada pausa que el Mono hacía para respirar o para atender a la gramática o a la oratoria. Y entonces el Mono Díaz desplegaba en cada segundo, en cada minuto de esos escasos cinco, toda su inmensa capacidad narrativa, para llevar a los oyentes por el camino argumental que tenía preparado y por el cual uno terminaba transitando, como llevado de la mano por sus frases pausadas, por sus argumentos sólidos, por sus pareceres peculiares, por sus imaginativos análisis, por su fino humor, con el cual condimentaba -hasta el sarcasmo y la ironía- las opiniones y conclusiones a las que lo conducía a uno como oyente. ¡Buenas tardes!, decía el Mono antes del último punto final, como despedida. Sólo entonces uno salía de aquel estado de máxima atención al que el Mono lo había conducido. 5 Minutos con el Mono era también Periodismo de Opinión, del bueno.

Y como sus Cinco minutos, así eran sus noticieros y sus demás programas periodísticos misceláneos, entre información, opinión y variedades, como Mesa Revuelta, que fue uno de los más famosos. Eran espacios en donde el Mono desplegaba su inmensa creatividad, su grande e inteligente humor, su amplia cultura de autodidacta, su abundante pasión política, su siempre indeclinable compromiso con Quibdó y el Chocó, con el bienestar y la tranquilidad de la gente. Y por eso, quienes lo oímos en aquella época, en Brisas del Citará –después La Voz del Chocó- y en Ecos del Atrato, nos quedamos para siempre con la imagen de un periodista que sabía realmente periodismo, de un ser humano de buena calidad, de un chocoano incondicional, de un tipo del pueblo –como se decía antes para referirse a todo aquel que todo el pueblo conocía y porque lo conocía lo apreciaba y lo quería-.

Todo esto a propósito de que este sábado que acaba de pasar, 25 de mayo de 2019, el Mono Díaz habría cumplido 80 años; si no se hubiera muerto hace 3 años, que se cumplen mañana martes 28 de mayo. Hoy, cuando sus cenizas que fueron esparcidas por su familia en el Atrato, siguiendo su voluntad, ya forman parte de la eternidad de la energía y la materia terrígena de la chocoanidad, hacemos un homenaje a su memoria, a partir de su memoria: los cuatro acápites siguientes son una transcripción fiel de una pequeña parte de un legado que el propio Mono Díaz grabó en dos discos compactos titulados Monerías, sucesos y personajes, volúmenes 1 y 2, que contienen 40 pequeñas crónicas de su autoría y en su propia voz, sobre situaciones y personajes relevantes de Quibdó y el Chocó, usando como única fuente su memoria prodigiosa.[1]

Carátulas o portadas de los dos discos de Monerías, una especie de testamento o legado de la memoria del Mono Díaz
sobre Quibdó y su gente. Fueron publicados a finales de 2014, dos años antes del fallecimiento
de este pilar del periodismo moderno en el Chocó.

Minuto 2
Periodista desde niño
“El Mono Díaz, desde chiquitico, mostró su inclinación por ser Comunicador, por ser Periodista. A los 4 años ya leía de corrido los editoriales del periódico El Siglo. Le hacían rueda y le regalaban una peseta, para comprarse una colombina. Le gustaba al Mono Díaz observar, oír, hablar. Era, repito, un pichón de Comunicador, que apuntaba hacia arriba todos los días”.

“Y llegaron a Quibdó tres damas que se habían ido a vivir a Bogotá, muy agraciadas ellas, las hermanas Alicia, Ester y Cristina Rodríguez Astié. […] Gozaban convocándome todas las tardes, porque éramos vecinitos, para que yo les contara todo lo que había pasado en Quibdó ese día. Y yo lo hacía con pelos y señales. Por eso, día a día, también, me afincaba más en mi condición de Comunicador”.

“Un día cualquiera, pasé por el Parque Rojas Scarpetta, que fue el primer nombre que tuvo el hoy Parque Manuel Mosquera, y vi que una especie de piscina de media luna que allí existía, construida por la Policía, era la residencia de larvas y de sapos, y se me ocurrió escribir un artículo que titulé “Había un Parque Infantil”, en el periódico La Verdad, que era vocero del MRL, y que dirigían Alfredo Cujar y Antún Bechara Arriaga. Lo hice sin ninguna pretensión; pero, me encontré con la Profesora Tayito Barrios, quien venía con el periódico en la mano y me dijo: “Hola, Mono, no sabía que escribías tan sabroso y tan bien. Te acabo de leer en el artículo que escribiste sobre el parque, qué bueno, sigue haciéndolo”. Y continué, cuando podía, escribiendo tonterías que nunca salieron a la luz pública, porque ese periplo de aprendiz fue muy corto. Eso lo desarrollé mucho después, cuando ya regresé del Ejército”.[2]

Minuto 3
La primera cédula femenina del Chocó
“[…] Y superada entonces esta etapa en el Ejército, ocupé el primer cargo en la burocracia, un cargo modesto: Auxiliar, en la Registraduría Municipal de Quibdó. Allí me nombró mi querido amigo César Valencia Villa. Mi primer jefe fue Pablo Mosquera y trabajábamos con Noel Hidalgo, como fotógrafo de la misma Registraduría, y nos tocó la cedulación de las mujeres, que ya acababan de adquirir el derecho al voto".

"Y la Primera Dama del Departamento, la esposa del Coronel Carlos Ortiz Torres, fue la que nos convocó a su residencia para que le elaboráramos la primera cédula. Y nos presentamos, Pablo Mosquera, Noel Hidalgo y yo como todos los días íbamos a nuestra oficina, en mangas de camisa. Y cuando llegamos a la residencia del Gobernador, que quedaba en el tercer piso de la Carrera Primera, y el señor Coronel nos vio vestidos así, nos mandó a ponernos saco y corbata, para poder cumplir el proceso de la cédula de Doña Josefina de Ortiz Torres. Eran las épocas de la dictadura y nadie brincaba”.[3]

Contraportada del Volumen 1 de Monerías, pequeñas crónicas hechas de memoria  por el Mono Díaz
y grabadas en su propia voz, en el año 2014.

Minuto 4
Sindicalismo y paludismo
“Después fui empleado de banco, en el Banco del Comercio. Fui al Ejército antes, después regresé, volví al banco por unos días; pero, hubo la primera huelga bancaria y me tocó ir como líder sindical, oigan ustedes, líder sindical, al primer plénum, en Bogotá. Y allá me enfermé, no sabían los médicos qué tenía; duré un mes hospitalizado en la Clínica Bogotá, hasta que por fin dieron con el quinto tono y era un paludismo que me estaba matando. Cuando ya salí de alta del hospital, fui donde la Jefe de Personal del Banco del Comercio, a pedirle que, como yo había viajado a un plénum y a todos los que asistimos nos habían cancelado los contratos, me hiciera el favor de devolverme a Quibdó, que había sido mi sede. La señora me dijo tajantemente: “no, señor, usted aquí no tiene derecho a nada, los revolucionarios no tienen derecho a nada en este banco”. Yo era un pelao, no tenía agallas; salí cabizbajo a la oficina del Doctor Adán Arriaga Andrade, donde estaba también Arturo Ferrer, en cuya residencia yo vivía, y me dijo el Doctor Arriaga: “¿Qué le pasa?” Y le conté lo que les acabo de contar a ustedes. Me dijo: “espérate, Mono”. Se puso el saco, se puso el sombrero, cogió el paraguas, y me dijo: “camine”. Y nos hemos ido nuevamente al Banco del Comercio. Preguntó por la Doctora Lasprilla, que era la Jefe de personal, e inmediatamente la secretaria lo atendió solícita: “Doctor Arriaga, a la orden” y cuando salió la doctora Lasprilla le dijo: “mira, ¿qué es lo que te pasa con mi sobrino?” Y le dijo ella: “nada, Doctor Arriaga, ¿qué me va a pasar? Nada”. “Es que me acaba de decir que ni los pasajes ni nada le quieren reconocer”. “¡No, no, no, no! Me entendió mal…”. Para resumir, a la media hora yo salí con mi cheque de allí, para mis pasajes y para unos viáticos a los cuales yo tenía derecho y me los estaban negando. Pero, fíjense, me tocó apelar a la intervención de un Exministro del Trabajo, para que los pulpos del Banco del Comercio me pudieran reconocer esos pesos".

"Y estaba de Jefe de personal del Banco Popular un gran amigo mío, Norman Guzmán. Acudí a Norman y le dije: “mira, me acaba de pasar esto”. Me dijo: “Carlos, el único puesto que tengo para ofrecerte es el de Secretario del Banco Popular en Leticia”. Le dije: “me voy para donde sea”. Me dieron las órdenes para los exámenes médicos y, cuando el médico me examinó, me dijo: “¿Usted es el que pretende irse a vivir a Leticia?” Le dije: “sí, doctor”. Me dijo: “qué pena; pero, no lleve maleta, lleve de una vez su ataúd, porque de allá lo traen muerto. Usted está muy enfermo”. Ante esa preventiva razón, no me quedó más que regresar a la ciudad de Quibdó, sin puesto y sin ganas de seguir siendo empleado bancario”.[4]

Minuto 5
Del magisterio chocoano
“Voy a recrear algunos nombres de aquellas educadoras que hicieron historia y dejaron huella en el Departamento del Chocó y más concretamente en Quibdó. ¿Cómo no recordar a Doña Judith Ferrer, a Teresa de Jesús Garcés, a Margarita Álvarez, a Carmen Tulia Perea, a la Maestra Leonor Londoño Machado, a Zenaida Ferrer, a Débora Asprilla, a Sonia Henry, a Lucía Abdala, a Esilda Rumié, a Mariquita Díaz, a Josefina Dueñas, a Carmen Sánchez, a Carmen Rentería, a las Hermanas de La Presentación (y aquí evoco a mi maestra del kínder, del chiribitil de La Presentación, la Hermana Laura)…y a tantas otras que hicieron, repito, historia y dejaron huella en la juventud femenina de aquella época…?”

“Fueron unas educadoras ejemplo para sus educandos, ejemplos de moralidad, de comportamiento, de educación. Fueron unas personas que forjaron juventudes para el mañana, pero de la mejor calidad. Y este gremio de las educadoras y los educadores merece un permanente reconocimiento, merece que nunca los olvidemos. ¿Cómo vamos a olvidar, así tengamos los años que tengamos, a quienes nos enseñaron a leer, nos enseñaron a escribir, nos enseñaron el Himno Nacional, nos enseñaron a querer al Chocó? ¡¿Cómo los vamos a olvidar?! Yo, en eso, no soy ingrato. Mantengo permanentemente en mi memoria esas personas, con gratos recuerdos, que hicieron posible que nosotros pudiésemos hoy estar donde estamos y haciendo lo que hacemos”.

“Y más quiero anotar. Recordemos la época en que los docentes chocoanos invadieron el territorio nacional y sentaron cátedra adonde iban de buenos educadores. Y los recibían con alborozo en todos los departamentos y muchos se ufanaban de tener profesores chocoanos. Esa época parece que se está extinguiendo y no deberíamos permitirlo. Hay que volver por los fueros de la máxima calidad en nuestros educadores, para que vuelva el nombre del Chocó a ser ponderado y reconocido en toda la geografía de Colombia”.[5]

Contraportada del Volumen 2 de Monerías, crónicas sobre el Chocó y su gente,
hechas de memoria y grabadas en su propia voz por el Mono Díaz, en el año 2014.




[1] Con excepción de los títulos, que han sido cambiados con fines de edición, los acápites II, III, IV y V, son literalmente transcritos de: Díaz Carrasco, Carlos Manuel. Monerías. Sucesos y personajes. Volúmenes 1 y 2. Dos (2) discos. s.f.

[2] Monerías, Volumen 1, corte 13: Personajes.

[3] Ibidem.

[4] Ibidem.

[5] Monerías, Volumen 2, corte 15: Las profesoras.

3 comentarios:

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