16/02/2026

Útiles escolares: 
De los tiempos de la Santacoloma y la Claret en Quibdó

Cuadernos escolares grapados y con pastas de cartón, de los años 60 y 70; que paulatinamente fueron reemplazados por los cuadernos argollados y plastificados. FOTOS: Mercado Libre.

Si algún elemento de la lista de útiles escolares que pedían cada año en las escuelas de Quibdó no lo tenían en la Santacoloma ni en la Claret, que eran las dos únicas papelerías de la ciudad hace más de medio siglo, cuando estábamos en primaria; tocaba esperar a que en alguna de las dos lo trajeran, a los días, a las semanas o a los meses; o tocaba hablar con la maestra o el maestro para que lo cambiaran por otro o aceptaran el que hubiera disponible, así no fuera exactamente la misma referencia que él o ella habían indicado. Eran los tiempos en que los cuadernos a los que le sobraban hojas suficientes en un año se podían usar al siguiente; los lapiceros, lápices, estilógrafos, colores, se utilizaban hasta que se acababan, sin importar si era este año o el de más allá; así como los forros de los cuadernos, si estaban en buen estado, pasaban a los cuadernos del año siguiente, junto con los juegos geométricos y hasta los cuadernos de dibujo si aún les quedaban hojas. Eran los tiempos en que soplar el sacapuntas después de usarlo era un acto irresponsable y temerario, casi imperdonable.

Cuadernos y materias

Los elementos principales de la lista de útiles que en la escuela nos pedían cada año eran los cuadernos, que según las materias eran de mayor o menor número de hojas. Así, los cuadernos de Canto y de Religión eran de 20 hojas, que alcanzaban de sobra para todo el año. Hubo dos veces, en cuarto y quinto de primaria, en las que no usamos más de cinco hojas del cuaderno de Canto y no usamos ninguna del cuaderno de Religión, con excepción de la primera, en la que diligentemente lo habíamos marcado.

El cuaderno de dibujo, un delgado bloc horizontal de unas 15 a 20 hojas gruesas, traía intercaladas hojas delgadas y transparentes, que nos salvaban la patria a quienes en dibujo el talento no nos alcanzaba más que para trazar bolitas y palitos, simulando caras y cuerpos de figuras humanas; ya que con aquellas hojas sedosas calcábamos mapas, rostros de personajes históricos, plantas, animales y cualquier otra figura que nos mandaran a dibujar y que existiera en algún libro, revista o periódico; pues cuando no, ¡pailas!, nos tocaba buscar a alguno de los talentos del salón o del barrio y convencerlo para que nos hiciera el dibujo.

De 100 hojas eran los cuadernos de Matemáticas, que dividíamos en Aritmética y Geometría; los de Sociales, una de cuyas mitades se destinaba a Geografía y la otra a Historia; y los de Naturales, que repartíamos en Botánica, Zoología y Mineralogía. Los de Lenguaje eran de 80 hojas, y de 50 los de Tareas, que era donde debían copiarse y resolverse las infaltables “Tarea para mañana” o “Tarea para el lunes”, que la maestra o el maestro de turno anotaban, en los tableros verdes de madera o de cemento, combinando la tiza blanca con algunas de colores y escribiendo con los clásicos trazos de sus bonitas caligrafías. En segundo y tercero nos pedían también un cuaderno de 40 hojas, que era solamente para Escritura: en él se consignaban los dictados que hacía la maestra o el maestro, los relatos que nos requerían, como el clásico de responder a la pregunta de qué había hecho uno en las vacaciones, uno que otro ejercicio de redacción libre sobre temas como el Día de la madre o la Independencia nacional, y la versión escrita de alguno de los cuentos tradicionales de la región, como los del tío Tigre y el tío Conejo.

¿Tienes lápiz, lapicero, tienes tinta en el tintero…?

Completaban la lista de útiles escolares un lápiz y dos lapiceros, una caja de colores, un borrador y un juego geométrico, y un estilógrafo recargable, sencillo, que en la Anexa a la Normal pedían en 4° y 5° de primaria, y para el cual debíamos tener siempre a mano una provisión de tinta azul; que no se reemplazaba con el extracto de uvas de monte que una vez hicimos en el camino hacia Cabí y con el que una vez intentamos llenarlo, sin éxito.

FOTOS: Mercado Libre.

El juego geométrico básico se componía de un transportador, dos escuadras de 60 y 45 grados, una regla de 30 cm, y un compás de los que traían un compartimiento ajustable para insertarles el lápiz. Borradores había de diversos precios y calidades. El más barato, casi siempre de un color blanco desteñido, se deshacía, se desboronaba literalmente en cada borrada, de modo que en poco tiempo quedaba convertido en uno o varios trozos tan minúsculos que ni con los pequeños dedos pulgar, índice y medio de la mano del niño más pequeño era posible sostenerlos; así que la tarea de borrar terminaba siendo casi tan imposible como la de dibujar para quienes no sabíamos hacerlo.

Los lapiceros eran dos: el azul para copiar los textos, el rojo para poner los títulos. El lápiz lo usábamos para dos cosas básicamente, para copiar en borrador cosas que después debíamos pasar en limpio con lapicero o con estilógrafo, y para anotar y hacer las tareas en el cuaderno respectivo.

Aún no llegábamos a los 10 años de edad cuando aprendimos a escribir con estilógrafo; y el profesor Róger Hinestroza, quien nos enseñó, nos supervisaba hasta que alcanzábamos la pericia suficiente para que la pluma nunca se torciera ni se inundara al escribir, y para recargarla correctamente con la tinta que venía en aquellos frascos triangulares de vidrio que tan bonitos nos parecían. Que no se nos fuera a caer el estilógrafo al piso, y menos de punta, fue durante 4° y 5° de primaria uno de nuestras principales preocupaciones escolares.

Como la caja de lápices de colores que nos pedían era de la cantidad y marca que cada uno pudiera comprar, no hubo nunca problema en que, mientras unos teníamos cajitas de 6 colores diminutos marca Recreo, que venían en un empaque debilucho de cartón; había quienes tuvieran cajas de 24 y hasta de 36 colores, marca Prismacolor, largos, variados, bonitos, empacados en una caja de pasta transparente tan fina como los lápices, que se acomodaba como un dispensador o paleta de colores.

Fólderes y 5 materias

FOTOS: Mercado Libre.

Cuando pasábamos a la Normal, ya los requisitos sobre distribución, tamaño, número de hojas y contenidos de los cuadernos los fijábamos nosotros mismos. Los cuadernos de espirales empezaban a reemplazar los grapados en el lomo que siempre habíamos usado, y se habían puesto de moda los primeros 5 materias, cuyo uso rápidamente se volvió tan frecuente como el de los llamados fólderes, aquellas libretas o pastas duras y argolladas que se recargaban con hojas sueltas, que vendían por paquetes y que también venían con renglones rayados o cuadriculados, según la necesidad o requisito. Manejar aquellos fólderes terminaba siendo un arte, para garantizar que el mecanismo de apertura y cierre de las argollas —luego de unos cuantos golpes y caídas del fólder— llegara al final de año funcionando correctamente. Así mismo, había que evitar que a las hojas se les dañara la perfección de sus orificios, de tanto meterlas y sacarlas cuando uno estudiaba determinada materia o las prestaba para que un compañero se pusiera al día; para lo cual se habían inventado unos pequeños círculos autoadhesivos, que se pegaban en las hojas del fólder, en cada uno de los tres orificios o por lo menos en el del centro o en los dos de los extremos, según la disponibilidad de los adminículos estos, que nunca era mucha.

Decálogo escolar

Papelería Santacoloma, en Quibdó,
a finales de los años 50.
FOTO: Archivo Fotográfico
y Fílmico del Chocó.

Desde que uno entraba a primerito, en escuelas como la Anexa a la Normal Superior de Quibdó, aprendía —en las filas por cursos que se hacían en el patio al comienzo de las jornadas, en los recreos, en los salones de clase, en las caminatas de casi tres kilómetros que a diario hacíamos para ir y volver de la casa a la escuela y de la escuela a la casa— una serie de usos y costumbres, restricciones, precauciones, que en conjunto formaban una especie de decálogo escolar tácito para el autocuidado de los útiles escolares, que todos y cada uno de los alumnos conocíamos más que el propio reglamento escolar; y que incluía no morder los borradores, para que duraran más; no arañar los forros plásticos de los cuadernos, por más atractivos que se vieran los surcos que dejaban las uñas sobre sus lisas superficies de colores opacos; no soplar las minas de los lapiceros, so pena de terminar con el uniforme, la boca, los dedos y la cara manchados; no dejar caer los lápices, ni sacarles punta más allá del límite, para evitar que el sacapuntas o el piso se quedaran con la mina de grafito y redujeran más de la cuenta la longitud del lápiz; no arrancar las hojas de los cuadernos, a menos que fueran las de la mitad o a menos que se tuviera la precaución de —una vez desprendida una hoja buscar su contraparte en el otro extremo del cuaderno y retirarla también, previa constatación de que no fuera una que ya estuviera copiada; y, por supuesto, ajustados a la más antigua tradición escolar, no soplar nunca el sacapuntas después de usarlo, ni siquiera si era el de uno.

9 comentarios:

  1. Gracias por llevarme de nuevo a la escuela. La mía fue la General Santander, de Yuto, hoy Atrato, en el Chocó pacífico, que no era la compañía minera gringa, sino que se vivía en paz, con las puertas abiertas, solidaridad comprobada, hasta el punto que se compartía sal, azúcar, arroz o manteca Gravetal, según la necesidad del vecino para tener a tiempo el almuerzo cuando saliéramos de clase. Ahí sí vivíamos “sabroso”. Jugábamos pelota bajo la lluvia y abrazar a una niña era un acto de ternura e ingenuidad, que era lindo y gratificante. Ansiábamos las clases, pero también las vacaciones de Semana Santa y las de fínal e inicio del año, jugábamos a las escondidas y a la libertad también. Éramos muy felices... Gracias por ese recorrido gratuito que me hace recordar una buena vida con propósito.

    Valentín Enoc Guerrero Córdoba.

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  2. Tiempito aquellos. Saludos, apreciado maestro.
    Ana Julia Chaverra. UTCH, Quibdó.

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  3. Si se sopla se "apompa"🤣🤣🤣
    Angela Mena Lozano

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  4. Gracias por estos gratos recuerdos.

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  5. Gracias, por estos gratos recuerdos.
    Emilia Caicedo Osorio.

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  6. gracias Juceuh por volver Historia nuestras historias
    Mari

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  7. Aunque no soy de la época viví muchas de estas cosas, que bonitos recuerdos 👏🏾👏🏾👏🏾👏🏾

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  8. Y había borradores para lápiz y para tinta y cuando no se tenia de tinta se recurría a mojar el indice con la lengua y a borrar con el peligro que aveces terminaba en un hueco en la hoja...
    Darío C

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  9. Recordar es vivir y sobre todo evocar aquellos tiempos que trajeron felicidad a nuestra infancia. Gracias por traerlos y robarnos un poco de sonrisa y momentos gratos.
    Bendiciones 👍🙅😂😂
    Yadira Murillo Valencia

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