Útiles escolares:
De
los tiempos de la Santacoloma y la Claret en Quibdó
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| ⋆Cuadernos escolares grapados y con pastas de cartón, de los años 60 y 70; que paulatinamente fueron reemplazados por los cuadernos argollados y plastificados. FOTOS: Mercado Libre. |
Si algún
elemento de la lista de útiles escolares que pedían cada año en las escuelas de
Quibdó no lo tenían en la Santacoloma ni en la Claret, que eran las dos únicas
papelerías de la ciudad hace más de medio siglo, cuando estábamos en primaria;
tocaba esperar a que en alguna de las dos lo trajeran, a los días, a las
semanas o a los meses; o tocaba hablar con la maestra o el maestro para que lo
cambiaran por otro o aceptaran el que hubiera disponible, así no fuera
exactamente la misma referencia que él o ella habían indicado. Eran los tiempos
en que los cuadernos a los que le sobraban hojas suficientes en un año se
podían usar al siguiente; los lapiceros, lápices, estilógrafos, colores, se
utilizaban hasta que se acababan, sin importar si era este año o el de más
allá; así como los forros de los cuadernos, si estaban en buen estado, pasaban
a los cuadernos del año siguiente, junto con los juegos geométricos y hasta los
cuadernos de dibujo si aún les quedaban hojas. Eran los tiempos en que soplar el
sacapuntas después de usarlo era un acto irresponsable y temerario, casi
imperdonable.
Cuadernos y
materias
Los elementos
principales de la lista de útiles que en la escuela nos pedían cada año eran
los cuadernos, que según las materias eran de mayor o menor número de hojas.
Así, los cuadernos de Canto y de Religión eran de 20 hojas, que alcanzaban de
sobra para todo el año. Hubo dos veces, en cuarto y quinto de primaria, en las
que no usamos más de cinco hojas del cuaderno de Canto y no usamos ninguna del cuaderno
de Religión, con excepción de la primera, en la que diligentemente lo habíamos
marcado.
El cuaderno de
dibujo, un delgado bloc horizontal de unas 15 a 20 hojas gruesas, traía
intercaladas hojas delgadas y transparentes, que nos salvaban la patria a quienes
en dibujo el talento no nos alcanzaba más que para trazar bolitas y palitos,
simulando caras y cuerpos de figuras humanas; ya que con aquellas hojas sedosas
calcábamos mapas, rostros de personajes históricos, plantas, animales y
cualquier otra figura que nos mandaran a dibujar y que existiera en algún
libro, revista o periódico; pues cuando no, ¡pailas!, nos tocaba buscar a
alguno de los talentos del salón o del barrio y convencerlo para que nos
hiciera el dibujo.
De 100 hojas
eran los cuadernos de Matemáticas, que dividíamos en Aritmética y Geometría;
los de Sociales, una de cuyas mitades se destinaba a Geografía y la otra a
Historia; y los de Naturales, que repartíamos en Botánica, Zoología y
Mineralogía. Los de Lenguaje eran de 80 hojas, y de 50 los de Tareas, que era
donde debían copiarse y resolverse las infaltables “Tarea para mañana” o “Tarea
para el lunes”, que la maestra o el maestro de turno anotaban, en los tableros
verdes de madera o de cemento, combinando la tiza blanca con algunas de colores
y escribiendo con los clásicos trazos de sus bonitas caligrafías. En segundo y tercero nos pedían
también un cuaderno de 40 hojas, que era solamente para Escritura: en él se
consignaban los dictados que hacía la maestra o el maestro, los relatos que nos
requerían, como el clásico de responder a la pregunta de qué había hecho uno en
las vacaciones, uno que otro ejercicio de redacción libre sobre temas como el
Día de la madre o la Independencia nacional, y la versión escrita de alguno de
los cuentos tradicionales de la región, como los del tío Tigre y el tío Conejo.
¿Tienes lápiz, lapicero, tienes tinta en el tintero…?
Completaban la
lista de útiles escolares un lápiz y dos lapiceros, una caja de colores, un
borrador y un juego geométrico, y un estilógrafo recargable, sencillo, que en la Anexa a la Normal pedían en 4° y 5° de primaria, y para el cual debíamos tener siempre a mano una
provisión de tinta azul; que no se reemplazaba con el extracto de uvas de monte que una vez hicimos en el camino hacia Cabí y con el que una vez intentamos llenarlo, sin éxito.
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| FOTOS: Mercado Libre. |
El juego
geométrico básico se componía de un transportador, dos escuadras de 60 y 45
grados, una regla de 30 cm, y un compás de los que traían un compartimiento
ajustable para insertarles el lápiz. Borradores había de diversos precios y
calidades. El más barato, casi siempre de un color blanco desteñido, se
deshacía, se desboronaba literalmente en cada borrada, de modo que en poco
tiempo quedaba convertido en uno o varios trozos tan minúsculos que ni con los
pequeños dedos pulgar, índice y medio de la mano del niño más pequeño era
posible sostenerlos; así que la tarea de borrar terminaba siendo casi tan
imposible como la de dibujar para quienes no sabíamos hacerlo.
Los lapiceros
eran dos: el azul para copiar los textos, el rojo para poner los títulos. El
lápiz lo usábamos para dos cosas básicamente, para copiar en borrador cosas que
después debíamos pasar en limpio con lapicero o con estilógrafo, y para anotar
y hacer las tareas en el cuaderno respectivo.
Aún no
llegábamos a los 10 años de edad cuando aprendimos a escribir con estilógrafo; y
el profesor Róger Hinestroza, quien nos enseñó, nos supervisaba hasta que
alcanzábamos la pericia suficiente para que la pluma nunca se torciera ni se
inundara al escribir, y para recargarla correctamente con la tinta que venía en
aquellos frascos triangulares de vidrio que tan bonitos nos parecían. Que no se
nos fuera a caer el estilógrafo al piso, y menos de punta, fue durante 4° y 5°
de primaria uno de nuestras principales preocupaciones escolares.
Como la caja de
lápices de colores que nos pedían era de la cantidad y marca que cada uno
pudiera comprar, no hubo nunca problema en que, mientras unos teníamos cajitas
de 6 colores diminutos marca Recreo, que venían en un empaque debilucho de
cartón; había quienes tuvieran cajas de 24 y hasta de 36 colores, marca
Prismacolor, largos, variados, bonitos, empacados en una caja de pasta
transparente tan fina como los lápices, que se acomodaba como un dispensador o
paleta de colores.
Fólderes y 5
materias
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| FOTOS: Mercado Libre. |
Cuando
pasábamos a la Normal, ya los requisitos sobre distribución, tamaño, número de
hojas y contenidos de los cuadernos los fijábamos nosotros mismos. Los
cuadernos de espirales empezaban a reemplazar los grapados en el lomo que
siempre habíamos usado, y se habían puesto de moda los primeros 5 materias, cuyo
uso rápidamente se volvió tan frecuente como el de los llamados fólderes, aquellas
libretas o pastas duras y argolladas que se recargaban con hojas sueltas, que
vendían por paquetes y que también venían con renglones rayados o
cuadriculados, según la necesidad o requisito. Manejar aquellos fólderes
terminaba siendo un arte, para garantizar que el mecanismo de apertura y cierre
de las argollas —luego de unos cuantos golpes y caídas del fólder— llegara al
final de año funcionando correctamente. Así mismo, había que evitar que a las
hojas se les dañara la perfección de sus orificios, de tanto meterlas y
sacarlas cuando uno estudiaba determinada materia o las prestaba para que un
compañero se pusiera al día; para lo cual se habían inventado unos pequeños círculos
autoadhesivos, que se pegaban en las hojas del fólder, en cada uno de los tres
orificios o por lo menos en el del centro o en los dos de los extremos, según
la disponibilidad de los adminículos estos, que nunca era mucha.
Decálogo
escolar
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Papelería Santacoloma, en Quibdó, a finales de los años 50. FOTO: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó. |
Desde que uno
entraba a primerito, en escuelas como la Anexa a la Normal Superior de Quibdó,
aprendía —en las filas por cursos que se hacían en el patio al comienzo de las
jornadas, en los recreos, en los salones de clase, en las caminatas de casi tres
kilómetros que a diario hacíamos para ir y volver de la casa a la escuela y de
la escuela a la casa— una serie de usos y costumbres, restricciones,
precauciones, que en conjunto formaban una especie de decálogo escolar tácito
para el autocuidado de los útiles escolares, que todos y cada uno de los
alumnos conocíamos más que el propio reglamento escolar; y que incluía no
morder los borradores, para que duraran más; no arañar los forros plásticos de
los cuadernos, por más atractivos que se vieran los surcos que dejaban las uñas
sobre sus lisas superficies de colores opacos; no soplar las minas de los
lapiceros, so pena de terminar con el uniforme, la boca, los dedos y la cara
manchados; no dejar caer los lápices, ni sacarles punta más allá del límite,
para evitar que el sacapuntas o el piso se quedaran con la mina de grafito y
redujeran más de la cuenta la longitud del lápiz; no arrancar las hojas de los
cuadernos, a menos que fueran las de la mitad o a menos que se tuviera la
precaución de —una vez desprendida una hoja— buscar
su contraparte en el otro extremo del cuaderno y retirarla también, previa
constatación de que no fuera una que ya estuviera copiada; y, por supuesto, ajustados a la más antigua tradición escolar, no soplar nunca el sacapuntas después de usarlo, ni siquiera si era el de uno.
Gracias por llevarme de nuevo a la escuela. La mía fue la General Santander, de Yuto, hoy Atrato, en el Chocó pacífico, que no era la compañía minera gringa, sino que se vivía en paz, con las puertas abiertas, solidaridad comprobada, hasta el punto que se compartía sal, azúcar, arroz o manteca Gravetal, según la necesidad del vecino para tener a tiempo el almuerzo cuando saliéramos de clase. Ahí sí vivíamos “sabroso”. Jugábamos pelota bajo la lluvia y abrazar a una niña era un acto de ternura e ingenuidad, que era lindo y gratificante. Ansiábamos las clases, pero también las vacaciones de Semana Santa y las de fínal e inicio del año, jugábamos a las escondidas y a la libertad también. Éramos muy felices... Gracias por ese recorrido gratuito que me hace recordar una buena vida con propósito.
ResponderBorrarValentín Enoc Guerrero Córdoba.
Tiempito aquellos. Saludos, apreciado maestro.
ResponderBorrarAna Julia Chaverra. UTCH, Quibdó.
Si se sopla se "apompa"🤣🤣🤣
ResponderBorrarAngela Mena Lozano
Gracias por estos gratos recuerdos.
ResponderBorrarGracias, por estos gratos recuerdos.
ResponderBorrarEmilia Caicedo Osorio.
gracias Juceuh por volver Historia nuestras historias
ResponderBorrarMari
Aunque no soy de la época viví muchas de estas cosas, que bonitos recuerdos 👏🏾👏🏾👏🏾👏🏾
ResponderBorrarY había borradores para lápiz y para tinta y cuando no se tenia de tinta se recurría a mojar el indice con la lengua y a borrar con el peligro que aveces terminaba en un hueco en la hoja...
ResponderBorrarDarío C
Recordar es vivir y sobre todo evocar aquellos tiempos que trajeron felicidad a nuestra infancia. Gracias por traerlos y robarnos un poco de sonrisa y momentos gratos.
ResponderBorrarBendiciones 👍🙅😂😂
Yadira Murillo Valencia