02/03/2026

 La murga de Panamá: 
El Malo en los vecindarios quibdoseños

*Las carátulas de los trabajos de Willie Colón fueron siempre parte de las historias que contaban sus discos. FOTOS: Fania.

La Salsa era entonces un bien común de los vecindarios y barrios quibdoseños, de sus andenes y sus patios, de sus esquinas y sus callejones. Música entrañable, que parecía nacida en estos lares y quizás por eso circulaba con naturalidad casi patrimonial por cuanto escenario de ocio o de festejo surgiera en la vida cotidiana de aquel Quibdó en el que asistimos desde la niñez al nacimiento de esta marca rítmica y sonora de identidad caribe, hispana, latina y afro-caribe-hispano-latino-americana; por obra y gracia de aquellos inmigrantes que, a partir de las más crudas batallas cotidianas por el respeto a su dignidad humana, se abrieron campo en esa excluyente y prepotente nación donde la libertad a fin de cuentas no es más que una estatua regalada por otro país; inmigrantes que fundieron en el crisol de su memoria cultural y musical los ritmos de sus tradiciones insulares, con los de su contemporaneidad y los que de su nostalgia de patria y ancestralidad les nacían día a día, para darle forma a esa maravilla tan certeramente bautizada como Salsa.

Eran los tiempos en los que reunirse para charlar en los andenes de las casas o —cuando el sol acuciaba y obligaba a los contertulios a resguardarse en la sombra— en los andenes del otro costado de la calle o al pie del mostrador de la tienda, junto a la vitrina del queso, era cosa que podía durar todo el día en cualquier calle, barrio o vecindario de Quibdó. Y podía empezar a la mitad de la mañana y prolongarse hasta entrada la noche, momento en el cual ya el grupo era más numeroso; pues quienes faltaban habían sido convocados, a través de pelaítos que eran capaces de ir hasta el otro extremo del pueblo si era necesario, para llevarle la razón a dos o tres perencejos más, de que acá en la casa de  Fulano lo estaban esperando tres zutanos, dos peranos y otro perencejito; que aún no habían comprado anisado porque estaban aguardando a que él llegara, que por ahora solamente iban en el consumo extendido de vandumias y una que otra cerveza, fría y espumosa, que de cuando en cuando se atravesaba por ahí.

Publicidad en el periódico Citará,
Quibdó 1996.

De este modo, aunque desde siempre hubo toda una tradición de bailes caseros y de tómbolas juveniles y noches de amistad y amor en grilles como Piamonte, Capricornio, La Ponceña o El 23; la salsa también estaba asociada al goce diurno, al canto en solitario o en grupo, a la conversación de amigos que se reunían a matar el tiempo (“Vamos a dar una vuelta / un serrucho para la botella / Nos sentamos en la escalera / y cantamos canciones viejas”); cuando aún en Quibdó no era tiempo pa matar y aún no sabíamos que todas y cada una de sus calles llegarían a ser la propia calle luna, calle sol; cuando todos éramos una mezcla de cantantes y soneros mayores y cada jornada vivida, gozada, jugada, cantada, oída y conversada era como el día de mi suerte que pronto llegará. Porque, aunque “sufrir es parte de mi vida ya / sin un complejo de inferioridad / por eso no me canso de esperar / pues un día Dios a mí me ayudará /…; el día que eso suceda, escuche usted / a todo el mundo yo le ayudaré / Porque tarde o temprano usted verá / cómo el día de mi suerte llegará / Ya lo verá” …

Inolvidable es aquel diciembre —aún estábamos en la escuela primaria— en el que vivimos el asalto navideño y panameño de La Murga (¡¡¡¡¡Fafafafáaa, fafafafáaa, Fafafafáaa, fafafafáaa / Fafafafafafa, fafafafafafá!!!!!), que de inmediato nos aprendimos, junto con el nombre de Yomo Toro. Impactados por el solitario trombón con el que comenzaba la impecable intro de aquella magnífica canción, hasta los guayacanes de las casas temblaban, reverberaban, y solo parecían aquietarse o aclimatarse cuando al trombón se sumaban uno tras otro los compases de la percusión, el fraseo de las trompetas, y en pocos segundos la maravillosa conjunción de la orquesta toda, por el arte de la magia de aquel Colón que sí que nos guiaba hacia nuevos y maravillosos descubrimientos.

A los equipos de sonido de los vecinos; a Radio El Sol, de Cali; y a Ecos del Atrato y Brisas del Citará, de Quibdó; le debemos el habernos aprendido, de pe a pa, o de re a fa, todas y cada una de las canciones de aquella época gloriosa en que la salsa nació, cuando después de mil vueltas y negocios en la Fania se concentró. De manera que bien temprano en la vida supimos que “el bembé africano es”, porque nos lo confirmó “Che che colé, qué bueno é’: Ya yo sé que te gustó, quieres bailarlo otra vez, pues ponte bien los zapatos, que los tienes al revés”.

Por esa vía supimos que no solamente se trataba de “panameña, panameña, qué buena estás; panameña, panameña, qué linda vas; panameña, panameña, vamo’ a bailá, ¡…aeee, eeea…!”; sino que también se trataba de una dominicana igual de linda y de buena, y de una borinqueña tan buena y tan linda como las anteriores; y por ahí derecho supimos del aguinaldo y aprendimos a cantar lolelolai, lelolai… “Lolailelolé, lolailelolá, aunque usted no quiera, le vengo a cantar y a felicitar con voz de alegría, yo traigo armonía a su santo hogar¡Se acerca la navidad y a todos nos va a alegrar el jibarito cantando aires de felicidad!” … guiados por el prodigio de las cuerdas del cuatro de Yomo Toro y por la voz, siempre, siempre, la voz, de aquel cantante que para fortuna de nuestras vidas oímos en los mejores momentos de la suya: Héctor Lavoe.

Héctor Lavoe (1969) y Rubén Blades (1979).
FOTOS: Wikipedia y Fania.

Todo tiene su final

Todo tiene su final, nada dura para siempre / tenemos que recordar que no existe eternidad / 
Como el lindo clavel solo quiso florecer / y enseñarnos su belleza y marchito perecer…”.

Sí, todo tiene su final, incluso la perspectiva innovadora y culturalmente memorable de la música que hizo de Willie Colón (1950-2026) uno de los creadores más conspicuos de la Salsa; una perspectiva que, al igual que el espíritu de su formidable “Camino al barrio”, por el que transitó durante tanto tiempo; de su homenaje a los velorios de los angelitos negros con aquel baquiné caribeño; y de su tributo de Aguanile a las alabanzas y cantos corales de los creyentes populares afroamericanos; fue desapareciendo año tras año, para darle paso a la cansina y periódica provocación del rechazo generalizado frente a sus impotables opiniones políticas y sociales. 

Óigame, compadre Alejandro, dígame de las cosas, cómo van caminando…”.

Dicen Chucho, Jacinto y Ramón / que la cosa está que arde
Dicen que la situación / no está buena para nadie.
Pero Pablo, Felipe y Simón / no salen de fiesta y baile
y exclaman con emoción / la cosa está mejor que antes
Todo es según el color / del cristal con que se mira”.

Sin embargo, con todo y lo desdibujados que pueden haber sido los últimos años de su existencia en materia de identidad y de dignidad cultural; sería un despropósito y un gesto de deslealtad histórica —por lo menos con la memoria de nuestras vidas— escracharlo por esa indeseable realidad; o soslayar su inmensa valía musical dentro del universo afro-caribe-hispano-latino-americano, que lo hizo un socio inmejorable del narrador y poeta Rubén Blades; o desconocer el hecho palmario de que Colón y sus contemporáneos, además de revolucionar la música como bien lo hicieron, fueron también bastiones de resistencia cultural en aquellos años en los que esta historia se convirtió en parte sustancial del lado A y del lado B del LP un poco rayado y desgastado, pero siempre vigente y sonoro, del tocadiscos del alma de los salseros de aquel Quibdó donde la salsa formaba parte de la vida.