25/08/2025

 Reminiscencias de Cabí 

*De cuando el monte y el río formaban parte de la vida y del recreo escolar, y no ofrecían más riesgos que ciertos ejercicios de autoridad...

Tramo final del río Cabí antes de desembocar en el Atrato, en Quibdó. 
FOTO: http://lasmemoriasdegonzo.blogspot.com/, 2011. 

Era cuestión de salir por la puerta principal de la Normal o directamente desde la cancha de fútbol y tomar un camino que se adentraba en el monte por el costado sur del edificio principal, que al poco tiempo se perdía de vista. A no más de 10 minutos, a través de un sendero bordeado de dormideras, cuyas hojas se cerraban púdicamente al contacto con nuestros pasos, nuestras voces y nuestras manos, y de abundantes matas de uvas de monte, que comíamos a manotadas hasta que dientes, lengua y encías quedaban completamente teñidos de morado; aparecía ante nuestros ojos aquella orilla amplia, que descendía desde el barranco para darnos acceso directo a la frescura y a la limpidez del río Cabí. Hasta aquel paraje casi solitario llegaban las voces de unas cuantas casas cercanas, pocas, en las que siempre nos regalaban pepas de árbol del pan o una guama para que nos la comiéramos entre todos o un par de chontaduros o de marañones, según la época del año y las cosechas respectivas. Varias veces hasta cocadas nos dieron, para que las pasáramos con agua del río, mientras nos bañábamos, los más pequeños en “lo seco” y los más grandes en “lo hondo”. Aun con su dispersión, esta y las demás casas formaban una especie de pequeño poblado al que también llamábamos por el nombre del río: Cabí, que se extendía a lo largo de aquellas orillas y montes.

Cabí, ajeno entonces a la depredación y al saqueo que lo asolarían en unos cuantos años, nos acogía desde que éramos niños de primaria en la Escuela Anexa hasta que nos graduábamos en la Normal Superior de Quibdó. Miedo no nos daba y, aun desde temprana edad, no solamente sabíamos cuidarnos, sino que había entre nosotros una especie de pacto, que nadie nos había dictado, que nunca habíamos proclamado, pero que siempre sería respetado: los más grandes y hábiles cuidaban a los más pequeños e inexpertos. Y así transcurrían nuestras vidas escolares, con espacio de sobra para estudiar, para aprender, para vivir, incluyendo los montes y el río que en aquellos tiempos circundaban el conjunto de edificaciones donde, año tras año, curso tras curso, delineábamos y seguíamos nuestra trayectoria de estudiantes… Unas veces íbamos a Cabí por nuestra propia cuenta, en el receso del mediodía, después de almorzar sopa, arroz de trigo y carne en bistec en el restaurante escolar, y antes de regresar a la jornada de clases de la tarde. Otras veces íbamos a la hora que nos lo ordenaran, supervisados por los maestros, como parte de las clases o actividades oficiales de la escuela o del colegio: a recoger tierra de hormiga y hojarasca para el jardín o la huerta escolar, a cargar arena para rellenar pantaneros de algún patio o de la cancha de fútbol, a recoger hojas de diversas formas y tamaños para aprender su clasificación; o a nadar y a bañarnos en el río, como parte de los ejercicios de aquella clase que de educación física tenía solo el nombre.

Nunca, en toda nuestra historia escolar, en ninguna de las múltiples ocasiones en las que paseamos solos, por nuestra propia cuenta y bajo nuestro propio riesgo, sufrimos el más mínimo accidente en Cabí, más allá de un toque de pringamoza o de un corte pequeño por una rama o una hoja afilada. Nada nos pasó nunca, aparte de divertirnos mucho y de asolearnos inmisericordemente, ni cuando íbamos principalmente a bañarnos, ni cuando nos dedicábamos a pasar tiempo en el monte, recorriendo e inventando caminos, caminando por senderos visibles o imaginarios, jugando a cuanta cosa se nos ocurría, explorando y conociendo las matas y los animales, entrando a pequeñas cuevas o descendiendo a guaicos profundos y a pequeños guarengues, atrapando gusanos raros y libélulas o achicapozos, contemplando pájaros de hasta siete colores, pescando mininicas con las manos, comiendo guayabas biches y tomando agua de los pozos, que eran en realidad manantiales, agua naciendo a borbotones en medio de aquel bosque inmenso dentro del cual era maravilloso detenerse a ratos a escuchar el silencio llano, hermoseado por los cantos de los pájaros, los vaivenes de la brisa y las ramas de los árboles, la fluidez del agua y los ecos lejanos de voces cuyas palabras y procedencia intentábamos localizar o adivinar… En ocasiones, estando ya ad portas de la Normal, nos sorprendía el toque de la campana de entrada, embelesados como estábamos en nuestros menesteres; pero no importaba: así llegáramos con la lengua afuera, alcanzábamos a entrar a tiempo, pues ya éramos duchos en hallar las rutas más expeditas para salir del monte, del mismo modo que teníamos aprendidos los caminos de entrada. Eso sí, llegábamos rucios y entumidos de tanta agua, resecos y sedientos de tanto sol, amodorrados por los esfuerzos y la molicie de la hora.

Contrario a lo que temían los adultos que podía pasar, cuando nos reprendían por andar por allá solos, mataperreando en los andurriales de Cabí, fue en una actividad oficial de la Normal, en una clase de educación física, con profesor a bordo, cuando ocurrió el que pudo ser el más grave de todos los accidentes que hubiéramos podido padecer. La vida de uno de nuestros compañeros, de unos quince años cuando más, pudo haberse malogrado, si él no hubiera enfrentado con todas sus fuerzas y habilidades, con gran temeridad y enorme valentía, e incluso mucho de sorna, la autoritaria impertinencia del profesor de Educación Física; que era un tipo cuarentón, ataviado con un pantalón de sudadera y un buso amplio, cuando aún no eran nada comunes estas prendas; bajito de estatura, enjuto, malencarado y con las huellas del ceño fruncido grabadas en la mitad de su frente, la cual se prolongaba hacia atrás en una calva incipiente que el tipo cubría con una gorra que nos parecía hecha de cuero o de una tela fina, de las mismas que usaban porteros legendarios de fútbol como Ricardo Zamora y Pablo Centurión.

El tipo tenía la manía de empujar con sus propias manos a los alumnos, sin importar edad ni condición física, habilidad o estatura, cuando estos no podían ejecutar un ejercicio o maroma de las que él nos ponía a hacer en su clase. A veces se trataba de saltar, dándole vuelta al cuerpo para caer parados, mediante el impulso obtenido del apoyo de las dos manos sobre la espalda de un compañero a quien el profesor había hecho posar sobre manos y rodillas en el piso de la cancha de la Normal, inmóvil, a la manera de un burro o potro de gimnasia. El ejercicio debía practicarse a la velocidad que el silbato del profesor mandara, cuyo sonido marcaba el ritmo de la fila. Era frecuente que, por falta de habilidad o por complexión física o por lo que fuera, algunos de los muchachos fracasaran en el ejercicio, pues no alcanzaban a dar la vuelta completa y su cuerpo regresaba al punto inicial sin haber girado o giraba, pero no caían parados. En esos casos, evidentemente molesto y ante la mirada de quienes sí habían podido cumplir con la voltereta -a quienes reunía alrededor, como coro de burlas-, el profesor les ordenaba a los que habían fallado, que pasaran uno por uno a repetir el ejercicio. Una vez posaban sus manos sobre la espalda del potro humano, el profesor los asía por las piernas, los ponía en posición vertical, con la cabeza hacia abajo, las piernas rectas y los pies juntos, y los empujaba con tal fuerza que era imposible no dar la vuelta. La mayoría de ellos no caían parados sobre sus dos pies, sino que se desparramaban sobre la superficie de arena, arenisca, piedrilla y lodo de la cancha, ante la mirada cínicamente sonriente del profesor, que evidentemente se solazaba en su crueldad y se enorgullecía de su autoridad. Lo cual no hacía más que aumentar la mezcla de miedo, tirria y pavor que la mayoría sentíamos hacia él.

Bocatoma del acueducto de Quibdó
en el río Cabí, 2018. FOTO:
Wikiloc/alejandracatacoli

Ese mismo ejercicio –pero tomando la que quizás haya sido la única precaución de su vida como profesor: preguntar quiénes sabían nadar y quiénes no– tenían que ejecutarlo quienes hubieran respondido que sí sabían, en aquel barranco, que daba a un precipicio, que daba al río Cabí, a escasa distancia de donde entonces quedaba la bocatoma del acueducto de Quibdó, un lugar en el que, según contaban los más avezados nadadores de la Normal, había una conjunción de remolinos que se chupaban al nadador, quien debía ser lo suficientemente hábil para escabullirse antes de que el vórtice lo absorbiera sin remedio. Tales vorágines se hacían aún más peligrosas cuando, según los relatos del recreo escolar, “la planta” estaba prendida; lo cual significaba, contaban los nadadores, que había motores funcionando y que “la planta” del acueducto “estaba chupando” agua. Nunca supimos exactamente qué era la famosa planta, pero sí supimos que chupaba, duro y bastante.

Nuestro condiscípulo era grueso y acuerpado, una pequeña mole a la que muy pocos –ni siquiera los más buscapleitos– se atreverían a enfrentar en una pelea a puño limpio. En la cancha de fútbol, aunque no era el más hábil conductor de balones, era impasable en la defensa, donde no perdía ningún duelo de fuerza. Estábamos en tercero de colegio, en la Normal Superior de Quibdó, y era el primer año en el que nos habíamos puesto la corbata para ir a las escuelas semanalmente en plan de aprendices de maestros, a hacer algo que se llamaba Observación Pedagógica.

Igual que en la cancha, aquí a la orilla del río, había que impulsarse con las manos sobre la espalda del compañero afirmado en tierra con sus rodillas y brazos, para elevar el cuerpo y dar la voltereta y caer al río, nadar, regresar a la orilla y repetir el ejercicio cuantas veces lo indicara el profesor. Nuestro condiscípulo, que en la cancha siempre realizaba exitosamente el ejercicio, no alcanzó esta vez a dar la vuelta. Entonces, sin mediar más que la orden de que se acomodara para repetir el ejercicio, el profesor le alzó las piernas, se las hamacó un poco y, ¡zas!, lo aventó al vacío, ignorando si su impulso sería suficiente para que el muchacho alcanzara directamente el agua sin golpearse o rasparse en la pared irregular del barranco o en las zonas próximas, donde no había agua suficiente para caer sin daño, sobreaguar y salir nadando.

Pasaron segundos, minutos, y el muchacho no aparecía. Aunque no estaba crecido, el curso del río bajaba raudo y correntoso. A unos ochenta metros se encontraba la vuelta pronunciada del cauce, más o menos en el medio de la cual se localizaba la famosa y temida bocatoma del acueducto. El profesor miraba para todos los lados, evidentemente asustado, ordenaba a unos que fueran por el barranco caminando, revisando la orilla; a otros que desde abajo –desde la pequeña playa de los que no sabían nadar– echaran ojo a ver si lo veían resollar en alguna parte del río; y a los que no sabían nadar y asustados miraban desde su pequeña playa, que se subieran inmediatamente, se vistieran y se quedaran quietos ahí en el barranco… Incluso le dijo a alguien que fuera hasta la casa esa que había ahí llegando a la bocatoma y le dijera al señor que él le mandaba a decir que nos ayudara a buscar al compañero.

Quizás no pasaron más de diez minutos: el susto trastoca la memoria; pero a nosotros nos pareció como una hora el tiempo que transcurrió hasta que el compañero apareció, caminando por el barranco desde la casa cercana a la bocatoma del acueducto hacia el pampón cercano a la orilla, donde todos estábamos aturdidos y callados, sobresaltados. Se había raspado un poco en la espalda por el lado derecho; pero –hábil como era– había logrado contorsionar el cuerpo para alcanzar rápido el agua, y después había bajado buceando o “aguantando resuello”, que era como se decía en la jerga escolar, lo más pegado a la orilla que le fue posible, para que el mismo barranco nos impidiera verlo. Pasado un rato, salió por la parte del río donde amarraban sus canoas los de la casa aquella; se limpió la pequeña herida con barro y agua, y luego salió, descansó un rato sentado, con los pies dentro del agua; y entonces subió hasta la superficie del barranco para caminar hasta encontrarnos.

Taciturnos, regresamos al colegio, de donde inmediatamente salimos para la casa. En ese momento no éramos plenamente conscientes del inmenso riesgo que había corrido la vida del compañero. Ni siquiera al otro día, cuando lo que más hicimos fue celebrar su admirable habilidad y la ocurrencia de ocultarse unos minutos para asustar al profesor, quien jamás nos volvió a llevar a Cabí para su clase y optó por ponernos a trotar hasta que no podíamos más y a saltar por encima de unos burros o potros de gimnasia que usualmente permanecían guardados en uno de tantos cuartos de chécheres que había en la Normal.

Normal Superior de Quibdó.
Antiguo edificio principal.
FOTO: Blog institucional, 2013

Por nuestra propia cuenta sí regresamos a Cabí muchas veces más, hasta que llegó un momento en el que no tuvimos tiempo, porque –aunque seguíamos estudiando en doble jornada– nos tocaba salir a almorzar a la casa, ya que el restaurante escolar había sido clausurado, así como hacía unos años el bus también había sido archivado por chatarra.

Si bien en nuestra época no hubo más alumnos arrojados por la fuerza a la corriente del río Cabí; cuando nos graduamos todavía imperaba, en la Normal Superior de Quibdó y en su Escuela Anexa, un sistema disciplinario denigrante y autoritario, que para los normalistas giraba en torno a reconvenciones y sanciones, que por lo general se imponían acompañadas de unos cuantos agravios; y que para los anexos era administrado por un tal Pedro Moreno, que dizque quitaba lo malo y ponía lo bueno.

18/08/2025

 Remembranza de un Poeta 
–En el 20° aniversario 
de la muerte de Juancho Velasco–

Foto: Fundación Damagua
Las palabras del baúl
Hace más de 25 años, cuando la promoción comunitaria de la lectura no era una acción prioritaria en ciudades como Quibdó, Juancho Velasco ya andaba los fines de semana por barrios como San Vicente y Palenque con una biblioteca móvil llamada El Baúl de las Palabras, para la cual había obtenido una donación de libros de parte de Colcultura (Instituto Colombiano de Cultura); y obtendría apoyo posterior del recién creado Ministerio de Cultura, a principios del presente siglo, a través de un proyecto denominado Juguemos a crear un río de sueños, en el que –a partir de actividades lúdicas y artísticas– grupos de niñas, niños y jóvenes se acercaban cada vez con mayor gusto a los libros, a la lectura, a la historia local, a las preocupaciones ambientales y al río Atrato, en cuya orilla vivían, pero del cual poco sabían.

Ricuras

Hace más de treinta años, cuando aún no se hablaba tanto de las cocinas y gastronomías locales, regionales, tradicionales, y cuando eran contados los hombres chocoanos que se dedicaban en serio a la cocina, sin posar de chefs, pero ejerciendo como tales, Juancho Velasco sorprendió a propios y extraños de Quibdó con sus innovaciones en la preparación de recetas vernáculas de la tradición chocoana; tales como el uso del borojó para la elaboración de salsas y guisos de bocachicos, dentones, pargos, atunes y otros pescados de río y mar propios de la región; así como con el uso extendido de plantas de condimento y aromáticas, como las famosas “verduras” de la plaza de mercado, que en un atado concentran el poder sazonador de los patios y azoteas del Atrato; y con el uso de otras frutas –como el lulo chocoano y la guayaba agria– para la preparación de marinados y adobos de diversas carnes y recetas. Todo ello, y más, en su restaurante Ricuras, que Juancho estableció en tiempos en los que era poco frecuente que los quibdoseños dejaran de comer en sus casas para ir a un restaurante; pero que, poco a poco, se convirtió en lugar de encuentro de “boquisabrosos” locales y amantes de la tradición y de la buena charla, dos cosas que allí también se podían encontrar. Ricuras fue también, pronto, un lugar de visita obligada de la mayor parte de viajeros y transeúntes de otras ciudades del país, que regresaban a decirle a sus colegas, funcionarios de entidades públicas nacionales, empleados de empresas privadas y casas comerciales que, cuando les tocara ir a Quibdó, no se fueran sin almorzar en Ricuras, en la bella edificación patrimonial de la Calle de las Águilas, que había sido la casa materna y paterna de Juancho y en donde también funcionara durante décadas la botica de su padre.

"El malecón que queremos"

Por la misma época, y a partir de los primeros planteamientos de una ONG creada por jóvenes profesionales chocoanos: la Fundación Beteguma, primera en abordar los asuntos ambientales de la ciudad; Juancho Velasco, quien había creado la Fundación Damagua, para la promoción de asuntos históricos, artísticos y culturales, se apersonó de propuestas novedosas como la de reivindicar el espacio público como un derecho de los quibdoseños; mediante un malecón de boca a boca, desde la desembocadura del río Cabí y de la quebrada La Yesca hasta la desembocadura de la quebrada El Caraño, casi llegando a la vuelta hacia el norte donde el río Atrato se pierde de vista y sigue su rumbo de gran lago andante hacia el Caribe colombiano; mediante la ampliación del espacio público disponible (aceras y andenes, mobiliario urbano, plazas y parques, escenarios artísticos, plazas barriales de mercado, centros de acopio, etc.) y la regulación de la ocupación del escaso espacio público por parte de los incipientes vendedores ambulantes, que años más tarde –dándole la razón a Juancho– se tomarían la ciudad hasta extremos de degradación como el actual, cuando el histórico Parque Centenario no solamente amenaza ruina, sino que incluye la indignidad de ver los monumentos a Diego Luis Córdoba y a César Conto Ferrer convertidos en parte del mobiliario de todo tipo de ventorrillos, que han terminado de convertir la ciudad en un inmenso mercado al detal de baratijas, bebidas y fritangas.

El poeta Juancho Velasco con el músico Neivo de J. Moreno, el educador y poeta Ventura Díaz Chaverra, el músico Alexis Lozano y el poeta Alfredo Vanín. FOTOS: Fundación Damagua / El Guarengue.

El poeta de la familia
Así mismo, hace por lo menos cuatro décadas, ya Juancho Velasco había encontrado en la poesía un destino, una voz para su alma y un aliciente para su vida. Así fuera todavía una pasión algo secreta, escribir había empezado a ser para Juancho otra de tantas primicias que a su tierra había entregado… Juan Bautista Velasco Mosquera, cuarto integrante de la prole del inmigrante español, asturiano, Ángel Velasco Rodríguez y su chocoana esposa, doña Cándida Mosquera Garcés, hija de Juan Bautista Mosquera Marmolejo y Eulalia Garcés Salas, hermana de Juan Bautista, Eulalia, Fausto Nicanor, Carmen, Josefina, Luis Néstor y Manuel; el penúltimo, uno de los primeros ingenieros civiles de una generación de profesionales de esa rama en el Chocó, y el último, un político e intelectual de la brillante generación chocoanista, que a partir de la tercera década del siglo XX trabajarían por la dignidad de la región y el acceso a derechos de su gente.

Heredero del nombre de su abuelo y de un tío paterno, Juan Bautista Velasco Mosquera (Juancho) nació en Quibdó el 10 de julio de 1947 y falleció –cuando aún faltaban dos meses para que cumpliera 58 años– el 4 de mayo de 2005, a las 11:50 p.m. Sus tres hermanas forman parte de las primeras generaciones de mujeres quibdoseñas que salieron de la región a cursar estudios universitarios en grandes ciudades del país; en su caso, en Bogotá, donde Imelda estudió Trabajo Social; Josefina, Bacteriología; y Ludy, Fisioterapia; siendo cada una de ellas integrantes de los grupos de primeras profesionales chocoanas en dichos campos. Sus dos hermanos fueron: Ángel, quien falleció en plena juventud; y Héctor, Ingeniero Forestal, uno de los primeros profesionales de su campo en formar parte de la nómina de Codechocó.

En los cortos años de su vida pública como poeta, Juancho Velasco fue reconocido por su arte en ámbitos nacionales e internacionales. En Colombia, recibió, por ejemplo, la Orden del Cununo, distinción que le fue otorgada, en diciembre de 1999, en Tumaco, en el Encuentro de poetas frente al mar, realizado en el marco del Festival del Currulao. Dos de sus poemas (El esclavo, Sombra del ahogado) fueron incluidos en la Antología “Mito, tradición oral, historia y literatura del Pacífico colombiano” (2019), del Grupo de Editoriales Universitarias del Pacífico y el Fondo de Publicaciones del Valle del Cauca, en donde compartió páginas con una veintena de autores y autoras de la región, como Alfredo Vanín, Sofonías Yacup, Helcías Martán Góngora, Mary Grueso Romero, Medardo Arias Satizábal, y coterráneos como Rogerio Velásquez, Carlos Arturo Truque, Hugo Salazar Valdés y Arnoldo Palacios. Así mismo, participó a nombre de Colombia en múltiples recitales del Festival Internacional de Poesía, de Medellín. Fue becario del Ministerio de Cultura de Colombia en la modalidad de creación individual en poesía, en 1997. Y recibió Mención de honor en el VII Premio Nacional de Poesía “Antonio Llanos”, de la Biblioteca Centenario de Cali (Colombia), por su poemario “Orillas Secretas”, en el año 2000; cuando también fue invitado al V Festival de Poesía y Artes de La Habana, Cuba, donde tuvo la oportunidad de leer sus poemas en la emblemática Plaza de la Revolución; en la sala Lezama Lima del Gran Teatro, de La Habana; y en los auditorios del Hotel Habana Libre y de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

1 y 2-Juancho Velasco en su trabajo con la biblioteca móvil en barrios de Quibdó (2000 y 2002). 3-Con el músico Mane-Mane Santacoloma. 4-Comiendo vandumias en una esquina de Quibdó, como era su costumbre. FOTOS: Fundación Damagua.

Juancho Velasco, siempre cálido, acogedor y cariñoso (“me le das saludos a mi hermana”, me decía siempre que nos encontrábamos, refiriéndose a mi mamá), tenía magia en su voz, agradable, envolvente, firme y clara; una voz que parecía haber nacido para la lectura de poemas, para las conversaciones de amistad y para los requiebros del amor. Alcanzó a escribir por lo menos seis libros: Orillas secretas; La piel del recuerdo; Canciones para María Conga –En el embarcadero para Paimadó–; Orillas y Ritos; y Desandando: tras las huellas de mi padre, un emigrante asturiano; el cual fue publicado dos años después de su muerte, y es una síntesis del periplo de Juancho hasta sus raíces asturianas, que llevó a cabo durante dos años, como si respondiera a la urgencia del famoso poema cantado, que inmortalizaran varios intérpretes españoles: “Prepara tu salto último / lívida muerte cobarde / prepara tu último salto / que Asturias está aguardándote. / Sola en mitad de la tierra / hija de mi misma madre". Y como si a el salto de la muerte lo estuviera aguardando a él en su tierra quibdoseña, en su chocoana tierra, en su orilla del Atrato, adonde murió poco después de regresar de aquella expedición.

Poesía pura

Juan Bautista Velasco Mosquera (Juancho Velasco) escribió uno de los más bellos poemas que en homenaje al río Atrato se haya escrito en toda la historia de la literatura colombiana y chocoana: Hay un río en la memoria; un poema entrañable, profundo, recóndito, como el curso del Atrato mismo; un poema cuya urdimbre está hecha con las cadencias y murmullos de las orillas de la infancia del poeta, que con versos majestuosos, y extensos como el río, pone el alma toda en su voz para nombrar aquel río que habita en su memoria y navega a lo largo y ancho de la geografía de su historia personal y familiar, que es la historia de todas las vidas que en sus riberas han visto la luz por los siglos de los siglos.

Hay un río en la memoria
(Juan B. Velasco Mosquera)
Hay un río que corre por mis venas.
Hay un río que sabe de mis viajes y del pulso de mis años.
Hay un río de canoas alegres que nos regresan a la vida,
de remos seguros y de rumbos ciertos.
Un río que habita en las claras mañanas de la infancia,
un río que aprendí de mi madre en las horas tempranas del alba.
Y había un canto en su voz, que era como la miel más dulce,
y una niñez que era como la desnudez del paraíso.
 
Y había un último lucero que se negaba a regresar
por los caminos de la noche y un sol que bebía
sus primeros sorbos en las aguas limpias de su cauce
para mitigar su sed en los largos días del verano.
Hay un río por el que aún mi padre retorna al calor del hogar
después de sus rudos combates con el mar de la selva,
de sus vueltas a la luz y el aire desde los socavones umbrosos.
…Y era hermosa su canoa ranchada y bellos sus remeros.
 
Hay un río de orillas hermanadas por las risas alegres de sus mujeres
y por el abrazo franco de sus hombres broncos.
Un río de peces de escamas cristalinas que sacrifican
sus blancas carnes para la comunión del mundo,
de peces que todavía esquivan
los anzuelos de mis débiles cañas,
pero que saltan alegres a las totumas
al primer palmoteo de las pescadoras.
 
Hay un río de riberas fértiles en las que crecen espontáneos
los frutos más carnosos, las cañas más jugosas y los cereales más tiernos.
Un río de racimos dorados y flores parásitas que se alzan
en los majestuosos troncos de los abarcos y los cativos.
Un río al cobijo de las alas de las aves
y al reinicio de la esperanza en los gorjeos matinales,
un río de selva compañera que surte sus meandros con aguas bautismales,
un río, al fin, que nos regresa al mar por anchos cenegales y deltas ilusorios
 
Hay un río milenario por donde sube la sangre de los ancestros, 
trayéndonos en urnas primigenias
el nombre de otros pueblos de ultramar
y el sabor inacabable de la sal de otras arenas.
Hay un río tejido por la lluvia que cae perenne, como un sueño impalpable,
desde la alta cima de un bestiario fantástico, con cuerpos de algodón,
y que, aun así, por lo irreales, guardan en secretos arcanos
la luz de los relámpagos y la voz altísima del trueno…
 
Hay un río por donde viaja un pueblo sobre balsadas de música,
balsadas de troncos resinosos y aromadas esencias preservadas
en las arterias vegetales del humus primero que engendró la vida.
Un río en cuya piel transparente danza un pueblo de mujeres
de torsos juveniles y caderas de tambores
solo presentidas bajo las suaves faldas con las que juega la brisa
y de hombres de anchas espaldas fortalecidas por el trabajo honesto de los días
y de torneados brazos musculosos que ha tiempo sufrieron las cadenas de la infamia
 
Sí, hay un río que viaja plácido por las huellas de la memoria.
Pero hay también un río, un único río, por el que esperamos
confiados descender las últimas escalinatas de la vida.
Un río que en las largas y oscuras noches del dolor
recibe a sus amados muertos con lastimeros misereres de ausencia,
con rosarios de rezos en el hondo murmullo de la voz de sus ancianas.
Un río con rituales de buen augurio para el postrimero viaje…
 
Ahora diré su nombre, levantando mi voz sobre otras voces
que dicen Nilo, Ganges, Misisipi, Orinoco,
Zambesi, Volga, Yangtsé o Amazonas…
Diré su nombre y pondré el alma en mi voz,
diré su nombre palpitante y brindaré por él
llenando la copa de mis manos con sus aguas sagradas… 
Diré su nombre imperecedero, diré: ¡Atrato!

Por la paz y la dignidad del Chocó

A escasos tres meses de su muerte, recién regresado de su periplo vital por tierras españolas, frente a la guerra y la muerte que se habían entronizado en los montes y los ríos del Chocó (“Malas, aterradoras y pasmosas noticias nos recibieron al regresar a casa”, dijo), dirigiéndose a la concurrencia presente en la celebración del Día del Periodista, en Quibdó, Juancho Velasco invitó a los periodistas de la región a levantar su voz y a enarbolar su palabra como una bandera de dignidad: “que su ejemplo sea digno de imitar por todos los hombres y mujeres del Chocó; que sean la pura y noble conciencia de la sociedad”; en un discurso cuyos apartes principales serían publicados como Editorial del periódico Citará, en su edición N° 102, de abril de 2005. El remate de su intervención en aquel acto fue la expresión de su compromiso irrestricto de lucha por la paz desde la trinchera de la palabra y la poesía: “No estarán solos, todos los hijos de bien del Chocó estaremos con ustedes. Yo, por mi parte, libraré el combate desde la trinchera de las palabras, de las letras, de la literatura; ese será mi grano de arena, humilde pero valeroso. Dios nos guíe a todos. Congratulaciones en su día” (Citará, Quibdó, N° 102, abril 2005); una trinchera desde la cual clamó, en su poema Diatriba por el río: "Devuélvannos el eco de nuestros pasos por el malecón… / ¡Devuélvannos la vida!". Una proclama más, en testimonio de sus desvelos, de su compromiso y de sus luchas por la paz del Chocó, que incluyó el impulso de mesas regionales de paz y una de sus más originales ideas: adelantar una vindicación simbólica, consistente en un acto colectivo de conjuro y maldición, haciendo uso de todas las artes y potencias de brujería del Atrato, el San Juan y el Baudó, el Pacífico y el Darién, contra los responsables y perpetradores de la masacre de Bojayá.

Diatriba por el río
(Juan B. Velasco Mosquera)
Hoy, en esta irisada tarde del crepúsculo, 
he vuelto a sus riberas y las he hallado 
plagadas de llagas y de úlceras, 
las he visto invadidas por los mercaderes 
de la inicua plusvalía.
He visto irreverentes saltimbanquis
haciendo su circo de palabras mentirosas
y a los malabaristas de los juegos engañosos.
Y, al dolor, he visto también bajar por sus apacibles aguas
cadáveres, nuestros propios cadáveres, mutilados y abatidos
como árboles arrasados por una última tormenta tenebrosa.
Ríos de sangre de una guerra que cierta especie 
de seres desmadrados vinieron a hacer 
en nuestras quietas y felices orillas.

Y abajo, en aguas abajo, el río pronuncia el eco lastimero 
del llanto de los niños desplazados…
Entonces, con nostalgia, y más con ira, he vuelto a tomar 
el látigo para arrojarlos del templo, de mi templo…
Devuélvannos el río, traficantes del hambre y la miseria
Regrésennos sus bosques milenarios y sus límpidas aguas
Devuélvannos el río, aprovechados pescadores del río revuelto
Devuélvannos las miradas serenas 
con las que alimentábamos el espíritu y creábamos la música
Devuélvannos el río, roedores burócratas, 
de anchas bolsas y manos rotas con los dineros del pueblo
Permítannos volver a las orillas de la infancia
a jugar al tamboreo con sus aguas
a sentir la tibieza de sus lodos en nuestros primeros pasos
Devuélvanle el río a los jóvenes enamorados
que trenzan en sus manos encontradas los sueños del amor
Devuélvanle el río a los cansados pasos de nuestros ancianos
Permitan que su suave brisa hinche nuevamente 
sus pechos de esperanzas y que también juegue 
con las faldas de las mujeres y con las camisas multicolores 
de nuestros hombres julleros.
Devuélvanle el río a los ilusos de la poesía, como yo,
que recorremos en la noche sonámbulos sus orillas 
en busca de otros mundos extraviados más allá de las estrellas.
Basta ya de tanto tráfago, basta ya de los horrísonos ruidos de la muerte,
permitan que el río renueve su paz.
Devuélvannos el eco de nuestros pasos por el malecón… 
¡Devuélvannos la vida!

Ausencia y antología

"Siempre recordado Juancho: Profunda tristeza me dio saber que habías partido sin avisar. Créeme que estoy molesto por tu decisión, pero la respeto. Pienso que no era el momento más propicio, pero, en fin, el destino te hizo una mala jugada sin concertar contigo. [...] No debiste haberte ido. Nos queda tu legado libertario y humanístico. Eso sí, nos vas a hacer una falta berraquísima"; escribió su amigo Lascario Alberto Barboza Díaz, en un texto de obituario y panegírico, titulado Juan Bautista Velasco Mosquera, Poeta de la nación chocoana. Réplica a tu partida; fechado el 9 de mayo de 2005 y publicado por el periódico Citará, de Quibdó, en su N° 103, de agosto de ese año.

Sin conmemoración alguna, hace poco se cumplieron 20 años de la muerte de Juancho Velasco, veinte años sin su voz, que todavía tenía tanta vida por relatar y proclamar a los cuatro vientos de los montes y los ríos del Chocó. Reeditar su obra, en una antología bella y digna, modesta y accesible, como su poesía; haría más llevadera su ya prolongada ausencia y el silencio obligado de su voz, una voz que nos hace falta en el escenario, a veces sin esperanza, de la chocoanidad.[1]


[1] Agradecimiento especial a mi querida GLOHUH, por su valiosa colaboración en la consecución y confirmación de datos biográficos para esta remembranza.

Los poemas “Hay un río en la memoria” y "Diatriba por el río" se pueden oír, leídos por el propio Juancho Velasco, en un videoclip producido por Gonzalo Díaz Cañadas, en julio de 2012: https://www.youtube.com/watch?v=_kJoEfv8uNY


11/08/2025

 In memoriam 
Gerardo Rendón y el Trío Atrato

-1-Víctor Dueñas (El Manduco). -2-Trío Atrato: Julio César "el Gringo" Valdés, Manuel "Mane-Mane" Santacoloma, Gerardo Rendón (cortesía Douglas Cújar). -3-Gerardo Rendón Mosquera (cortesía Douglas Cújar).

Falleció en Quibdó, este jueves 7 de agosto de 2025, Gerardo Rendón Mosquera, quien era el único integrante vivo del legendario Trío Atrato, cuyas virtuosas guitarras engalanaron durante por lo menos veinte años centenares de noches quibdoseñas de veladas, serenatas, fiestas y guitarreadas. El maestro Gerardo era oriundo de Condoto, igual que Julio César Valdés Barbosa (el Gringo), su colega y compañero, con quien fundó el trío, que también fue integrado por Víctor Guillermo Dueñas Porras (Viguidú) y posteriormente por Manuel Agustín Santacoloma Garrido (Mane-Mane); ambos nacidos en Quibdó.

Aunque la región es más conocida por la Chirimía y sus danzas folclóricas asociadas, la música chocoana –desde principios del siglo pasado– incluyó un elenco de virtuosos de las cuerdas: guitarra, tiple, bandola y violín; cuyo arte, junto al de la Chirimía, fue parte integrante del proyecto de construcción de identidad y región en el Chocó. Gerardo Rendón, Julio César "el Gringo" Valdés, Víctor Dueñas y Manuel "Mane-Mane" Santacoloma fueron guitarristas excelsos que, además de sumarse a la tradición, la enriquecieron y dinamizaron, contribuyendo así a la preservación del acervo musical regional.

Música y chocoanidad

Del mismo modo que, a partir de la creación de la Intendencia Nacional del Chocó (Decreto Nº 1347, del 5 de noviembre de 1906), creció un grupo de intelectuales y políticos chocoanos -pioneros de la representación regional en el ámbito nacional- que protagonizarían una gesta de unidad chocoanista para posicionar a su terruño como sociedad y como región, como proyecto sociopolítico y territorial, en la escena nacional…; y así como otro grupo irrumpió con admirable creatividad en los campos del periodismo, la educación, la poética y la narrativa (José A. Rivas Polo, Reinaldo Valencia Lozano, Carlos Arturo Truque Asprilla, Arnoldo Palacios, Hugo Salazar Valdés, Miguel A. Caicedo Mena, Teresa Martínez de Varela, Rogerio Velásquez y Libardo Arriaga Copete, entre otros), con una voz regional nunca antes escuchada en Colombia…; un grupo de músicos, cuya fama trascendió los confines regionales y viajó por el Atrato hacia el Caribe, por el San Juan hacia el Valle del Cauca, y por el camino de Antioquia hacia el interior del país, también contribuyó con su talento a consolidar aquella identidad regional en construcción.

Con todo y las limitaciones jurídico-políticas de esta figura, la creación y funcionamiento de la Intendencia Nacional del Chocó contribuyó a la consolidación y actuación pública de un nuevo sujeto social y político, de extracción popular y de pertenencia étnica y cultural, un sujeto consciente de su identidad y unido en torno a la causa del bienestar y desarrollo de su gente y de su territorio. Una nueva generación de chocoanos comprometidos con los destinos de su tierra había surgido y la historia de la región se transformaría sustancialmente gracias a sus acciones individuales y colectivas en la escena política nacional y regional. A dicha generación de intelectuales y políticos, artistas y profesionales, se sumaron los primeros músicos chocoanos reconocidos en el ámbito local y regional, que con sus notas enriquecieron también el pentagrama cultural y social de la región, su gente y sus tradiciones. Entre ellos, Abraham Rentería Key, Luis Crescenciano Valencia, Isacio Caicedo, Amador Caicedo,  Melchor Murillo, Sandalio Blandón, Pedro Serna, Ramón Peña, Marcos Blandón, Carlos Borromeo Cuesta Murillo, Gonzalo García Carrasco, Eduardo Couttin y Eladio Martínez Vélez (padre de Teresa Martínez de Varela y abuelo de Jairo Varela); entre otras figuras excelsas de la época, de cuyo indiscutible talento se nutrieron la Chirimía Chocoana en su formato clásico y otras músicas locales y subregionales; así como la música de cuerdas, cuyos músicos más representativos se concentraron en Quibdó, Istmina y Condoto, estableciendo conexión con los aires de otras regiones del país y del mundo, que llegaban a estos rincones de la selva a través de la radio, de las victrolas ortofónicas y sus discos, y de los viajeros que iban y venían a través de una región cuyas riquezas atraían el cosmopolitismo a sus ciudades, pequeñas y a veces precarias, pero modernas como las urbes del país.

Los pioneros

Así las cosas, estos genios de la guitarra chocoana, que desde el Trío Atrato convirtieron cada serenata y cada presentación en una obra de arte en vivo, cultivaron y dinamizaron el acervo de música de cuerdas, inaugurado en las primeras décadas del siglo XX por una serie de agrupaciones de gran versatilidad en su composición organológica y en sus repertorios, que incluían boleros mexicanos y antillanos, diversos aires del Gran Caribe y del Caribe colombiano, lo mismo que valses, pasillos, tangos, chotis y ritmos de música andina colombiana. De hecho, como lo documentara una excursión folclórica organizada y llevada a cabo por el Centro de estudios del Conservatorio Nacional de Música, a finales de la década de 1950, en Quibdó, además de los aires folclóricos de la chirimía, cimentada ya como conjunto típico regional; músicos como el Maestro Abraham Rentería y don Eduardo Couttin dirigían estudiantinas o conjuntos de música andina colombiana, conformados por bandolas, tiples y guitarras, con un repertorio de bambucos, pasillos y valses, al mejor estilo del músico valluno Pedro Morales Pino y del santandereano Luis A. Calvo, glorias de la música vernácula andina del país. Simultáneamente, grupos de músicos jóvenes interpretaban aires de origen antillano y del Caribe colombiano.[1]

En su prolijo compendio Antología Musical del Caribe Americano (2012), el melómano, coleccionista y estudioso de la música popular antillana, caribe y chocoana Luis Ramón (Moncho) Garcés Herazo, documenta la presencia de una serie de grupos musicales, además de las bandas y las chirimías, con énfasis en la música de cuerdas. En los años veinte, según dicho trabajo, se conforma un grupo conocido como La nueva ola, en el que participan Abraham Rentería Key, destacado intérprete de la bandola, además del clarinete, la flauta y el saxofón; Eduardo Couttin en el violín y en la guitarra Eladio Martínez Vélez. Varios de estos músicos participarán también en un grupo creado posteriormente por don Isacio Caicedo, virtuoso intérprete de la bandola, incluyendo como guitarristas a Eliumen García y Eladio Martínez, Manuel Palacios y Manuel Santacoloma.[2]

En 1927, según Garcés Herazo, “se organizó un grupo de artistas locales, cuyo repertorio se basaba en la interpretación de pasillos, valses, tangos, chotis, etc. Este conjunto se constituyó con Carlos Cuesta Mena (“Comearroz”) y Manuel Felipe Moreno, guitarristas; Miguel Ángel Cuesta Blandón y Luis Crescenciano Valencia en los tiples; e Isacio Caicedo, con la bandola”.[3] Los integrantes de este grupo junto a nuevos músicos, como Isacio Caicedo (clarinete y requinto), Eduardo y Luis Ernesto Couttin (violín y trompeta), mantuvieron entre 1926 y 1930 el grupo Avanti. A partir de 1940, se crea una especie de conjunto de planta de la emisora intendencial La Voz del Chocó, en el que “se concentraron distinguidos intérpretes de la música de cuerdas, como “Abraham Rentería Palacios y Luis Crescenciano Valencia; Camilo López, César Emilio Valdés (Cemi, padre de “el Gringo”, abuelo de la dinastía), Darío Baldrich y don Fidel Lozano. Su repertorio estaba constituido por pasillos nacionales y de motivación regional, rumbas, boleros de origen centroamericano y sones cubanos y chocoanos, siendo el tema predilecto “Chocó paraíso de amor”, del profesor Crescenciano. Para agosto 16 de 1934 se reportaba en Quibdó la existencia del grupo Lira Atrateña, conformado por los músicos Carlos E. Cuesta, Rafael Ayala, Darío Baldrich, Neftalí Rengifo, Rafael I. del Pino y Crescenciano Valencia”.[4]

Quibdó a principios de 1930,
Misioneros Claretianos / El Guarengue
Y así, sucesiva y exitosamente, en una escena artística local rica, variada, siempre a la vanguardia de la música nacional e internacional, los músicos de cuerdas de Quibdó participaron también en grupos de teatro y veladas, como Chocó Artista (1933), dirigido por Honorio Serna, y Álbum Rojo (1940), dirigido por Martín García Ledezma; cuyas históricas presentaciones, al igual que posteriormente los actos solemnes de los colegios de la ciudad, se llevaban a cabo en el Teatro Quibdó (de la familia Ángel Ferrer) y en el Teatro Claret (de los misioneros de la Prefectura). Las guitarras de Víctor Dueñas, Gabriel Valencia Palacios, Pacho García y Lubín Torres Perea, se integraron al Grupo Folclórico del Chocó, con la dirección musical de Abraham Rentería; el cual había sido organizado y coordinado por Rubén Castro Torrijos para las veladas de inauguración y clausura del Simposio Americano sobre Zonas Húmedas Tropicales, patrocinado por la Unesco, que sesionó en Quibdó del 19 al 30 de marzo de 1958. René Orozco Ferrer y Luis “Cayayo” Rentería formaron parte de Los Vagabundos (1945-1952), un grupo que alcanzó gran prestigio en Medellín; ciudad donde también se conformó el trío Alma Chocoana (1953), por los músicos chocoanos “Demóstenes Lozano Garcés, Francisco “Pacho” García Rodríguez y Ciro Murillo, con repertorio de boleros, música chocoana, de la costa norte y de la que llegaba de las Antillas y del Caribe centroamericano”.[5]

Mención especial merece La Timba, de Víctor Dueñas, que por la misma época, desde principios de la década de 1950, se tomó literalmente la escena musical quibdoseña; como posteriormente lo haría esa extraordinaria orquesta que fue Los Negritos del Ritmo. Hacían parte de La Timba: "Rafael Baldrich, Francisco E. Blandón (Quiquí), Alberto Rengifo González (Chuculí) y Luisito “Cayayo” Rentería (guitarristas)…, Gabriel Valencia Palacios (tiple, voz, maracas); Armando Murillo en el clarinete; Santiago “Chacatás” Valoyes, Euclides Lozano y Feliciano Palacios Córdoba (Chano), claves y maracas; Jorge “Papito” Dueñas, Moisés Mosquera, Oscar Couttin (Oscutg) y Antún Bechara Carrascal, como vocalistas, y Julio Couttin, “Sapo” y Euclides Pacheco, timba y percusión. Este conjunto amenizaba los bailes, fiestas, paseos, reuniones, serenatas y todos los actos sociales de importancia en Quibdó y tenía un magnífico repertorio de boleros cubanos, mexicanos y boricuas, temas regionales y también sones, guajiras, guarachas, del Cuarteto Flórez, Cuarteto Mayarí, Cuarteto Marcano, Sonora Matancera y Los Panchos…”.[6]

Una lista significativa

Los anteriormente mencionados y otros grupos, que los sucedieron hasta principios del presente siglo, marcaron una ruta que el Trío Atrato siguió y cuyos caminos futuros trazó y enriqueció. Del compendio citado, de Garcés Herazo (2012), se deduce una lista, numerosa y maravillosa, de intérpretes de guitarra, tiple, violín y bandola, a lo largo del siglo XX en el Chocó; la cual elaboramos e incluimos como una muestra significativa de la riqueza interpretativa de tales instrumentos en la tradición musical chocoana, sin pretensión alguna de que ella contenga la totalidad de los intérpretes y conscientes de que la mayor parte de aquellos músicos ejecutaban más de un instrumento.

Los guitarristas conforman el grupo más numeroso de la lista: Eladio Martínez Vélez; Marcelino Caicedo; Eliumen García; Manuel Palacios; Manuel Santacoloma; Carlos Cuesta Mena (Comearroz); Manuel Felipe Moreno; Tomás Valdés (padre); Roberto Valencia Serna (fundador e integrante del exitoso dueto Fortich y Valencia, 1940); Gastón Guerrero Mosquera, fundador y destacado guitarrista de Los Isleños, en los años 50, y compositor del famoso vals “Aunque me duela el alma”, mundialmente conocido en la versión de Julio Jaramillo; Víctor Dueñas;[7] Rafael Baldrich; Luis Eladio Rentería Palomeque (Cayayo), Quibdó, 1925-1979, guitarrista de Tito Cortez (por ejemplo, en su famoso éxito Alma Tumaqueña) y Daniel Santos con el Cuarteto Encanto; Gabriel Valencia Palacios; Francisco “Pacho” García Rodríguez; Lubín Torres Perea; Jairo Bodhert Quintana (de Istmina, compositor de Istmineñita); Ignacio Hinestroza (Chagualo), integrante del famoso Trío Montecarlo, entre 1962 y 1994, su época de oro, cuando hicieron presentaciones nacionales e internacionales; Francisco Eladio Blandón (Quiquí); Alberto Rengifo González (Chuculí); Acisclo Mosquera; Wilson Moreno; Armando Torres Perea; César Mosquera Cetre; Feliciano Palacios Córdoba; Nicomedes Mena Mayo; y, por supuesto, "el Gringo" Valdés, Mane-Mane Santacoloma y Gerardo Rendón Mosquera.

En la lista de intérpretes de tiple se encuentran Aquileo Garcés, Miguel Ángel Cuesta Blandón, Luis Crescenciano Valencia, Miguel Vicente Garrido, Gabriel Valencia Palacios y Gonzalo García Rodríguez. Entre los violinistas: Eduardo Couttin (padre), Oscar Yates Rentería, Heliodoro González Couttin, Rafael Ayala Gómez. Y los intérpretes de bandola: Abraham Rentería Key, Isacio Caicedo, Rafael Ayala Gómez, Armando Valencia Perea y “un músico vallecaucano conocido como Viejo Villa”.

Los dos discos del Trío Atrato

Trío Atrato-Lo mejor del Chocó-Volumen 2,
FOTOS: Discogs / El Guarengue.

Con el patrocinio de la Lotería del Chocó, el Trío Atrato alcanzó a grabar dos discos de larga duración, titulados ambos Lo mejor del Chocó. El volumen 2, de 1990, contiene 11 canciones, que fueron interpretadas por Julio César Valdés: 1ª Voz, 2ª Guitarra; Gerardo Rendón Mosquera: 2ª Voz, 1ª Guitarra; y Víctor Dueñas: 3ª Voz, 3ª Guitarra. La grabación fue realizada en la emisora Radio Universidad del Chocó, en Quibdó, con Aldemar Valencia M. como técnico de sonido. En palabras del productor del disco, Pedro J. Echeverry Vargas, impresas en la contracarátula del mismo: “Continuamos con el propósito de difundir y promover los valores y el patrimonio musical del Chocó, representados por el Trío Atrato, quienes interpretan la inspiración y vivencias de connotados compositores: el poeta y cantor Miguel Vicente Garrido, el bohemio Lucho Cayayo, el genial y polifacético René Orozco Echeverri, el guapachoso Augustico Lozano, el maestro Víctor Dueñas y el virtuoso Gerardo Rendón”… Según Luis Ramón Garcés Herazo, el otro volumen del Trío Atrato incluyó a Mane-Mane Santacoloma, en lugar de Víctor Dueñas; y contó con la participación como cantante de Alfonso Mosquera Córdoba, El Brujo. No fue posible conseguir más información sobre este disco.

Adiós, Gerardo. Adiós, Trío Atrato

Gerardo Rendón Mosquera, condoteño, hijo de Arturo Rendón y María Mosquera, quien aprendió a tocar viendo a guitarristas como Gastón Guerrero y Chagualo Hinestroza (“primero me aprendía las posiciones y luego preguntaba cómo se llamaba la nota”)[8]; fue guitarrista “puntero” de un grupo que acompañó a Olimpo Cárdenas, en una presentación en vivo, en Rionegro (Antioquia), cuando apenas llegaba a los 20 años.[9] Allá y en Medellín, Gerardo tuvo una vida musical, que continuó a su regreso a Quibdó, donde fue parte de Los Negritos del Ritmo y miembro fundador del Trío Atrato, la emblemática agrupación cuya historia se ha cerrado, por lo menos en este ciclo, con su fallecimiento.

Como sus compañeros de aventuras musicales en el Trío Atrato: Víctor Dueñas, Julio César Valdés y Manuel Santacoloma; Gerardo Rendón llega al final de su vida en medio del cariño de un pueblo entero que fue feliz con su música, admiró siempre su talento y lo guardará eternamente en su memoria como uno de sus mejores recuerdos... Aunque sin los homenajes institucionales, que debían ser de rigor: la recuperación y digitalización de las escasas piezas musicales que quedaron grabadas con sus voces y sus guitarras; y la documentación histórica de sus vidas y trayectorias musicales, que forman parte de la historia cultural de la región chocoana, a la preservación de cuyo patrimonio contribuyeron con su talento, tan extenso, profundo y pródigo como el río del cual, como trío, tomaron su nombre.



[1] Ver en El Guarengue “Entre chirimías y estudiantinas”:

https://miguarengue.blogspot.com/2024/02/entre-chirimias-y-estudiantinas-una.html

[2] Garcés Herazo, Luis Ramón. Antología musical del Caribe americano. Bogotá, Opciones Gráficas Editores, 2012. 594 pp. Pág. 484.

[3] Ibidem, pág. 485.

[4] Ibidem, pág. 486.

[5]

[6] Ibidem, pp. 501-502.

[7] Américo Murillo Londoño publicó, en El Manduco, de Quibdó, dos artículos biográficos sobre Víctor Dueñas, que lo muestran en sus múltiples facetas. 1ª Parte: https://elmanduco.com.co/victor-guillermo-duenas-porras-compositor-musico-y-deportista-aquilatado-primera-parte-por-americo-murillo-londono-mis-memorias/ 2ª Parte: https://elmanduco.com.co/victor-duenas-compositor-musico-y-deportista-aquilatado-por-americo-murillo-londono-mis-memoriasii-parte/

El vals de Gastón Guerrero, en la voz de Julio Jaramillo, puede oírse aquí: https://youtu.be/qAx5IkvzHxs?si=hOqGyj4Jz1gjk8Ss *Alma tumaqueña, de Tito Cortez, con la guitarra de Luis "Cayayo" Rentería, puede oírse aquí: https://youtu.be/UNVlwd_O8UI?si=B7iIaL3s7VwA3QRN

[8] Eugenio Perea García, Un tinto con Gerardo Rendón Mosquera. Chocó 7 días, edición 901, febrero 22 a 28 de 2013. Pág. 8.

[9] Ibidem.

04/08/2025

 Sobre la trayectoria institucional del Chocó 
y la Generación del Carrasquilla

Aunque no todos pertenecen a la llamada Generación del Carrasquilla, sí son todos pioneros de la chocoanidad, cuya obra individual y colectiva contribuyó a que durante la primera mitad del siglo XX el Chocó pasara de ser nomás que una fuente de materias primas a ser reconocido en Colombia como una sociedad regional con un proyecto sociopolítico y cultural de desarrollo humano y reivindicación de derechos. De izquierda a derecha: Adán Arriaga Andrade, Diego Luis Córdoba, Jorge Valencia Lozano, Eliseo Arango Ramos, Alfonso Meluk Salge, Delfino Díaz Ruiz, Emiliano Rey Barbosa,  Reinaldo Valencia Lozano, Francisco José Chaux, Armando y Dionisio Echeverry Ferrer, Daniel Valois Arce, Aureliano Perea Aluma, Primo Guerrero Córdoba, Sergio Abadía Arango, Ramón Lozano Garcés, Ricardo Echeverry Ferrer, Gregorio Sánchez Gómez. FOTOS: Archivo fotográfico y fílmico del Chocó, Periódico ABC (Quibdó) y Colección El Guarengue.
En plena efervescencia de una de las más grandes gestas de chocoanidad y de unidad chocoanista, la emprendida durante la primera mitad del siglo XX por un grupo de intelectuales y políticos chocoanos -pioneros de la representación regional en el ámbito nacional- para posicionar a su terruño como sociedad y como región, como proyecto sociopolítico y territorial, en la escena nacional; y en ese mismo sentido conseguir la promoción a Departamento de la entonces Intendencia Nacional del Chocó…; cuando ya era frecuente que la prensa colombiana de ambos partidos registrara con amplitud y beneplácito las actuaciones de nuestros parlamentarios, pensadores y escritores en los ámbitos intelectuales, políticos e institucionales del país, las academias Colombiana y Antioqueña de Historia dieron a conocer, en sus respectivas publicaciones oficiales, un artículo titulado “El Chocó en la Historia”, de Abraham González Zea (Medellín, 1908-1995), educador e historiador, miembro correspondiente de la Academia Antioqueña de Historia.

El artículo del académico González Zea, que ocupa 15 de las 231 páginas del Boletín de Historia y Antigüedades de la Academia Colombiana de Historia N° 357-358, julio y agosto de 1944, publicado en Bogotá; hace un recorrido, periodo por periodo, de la presencia del Chocó en la Historia Nacional: Prehistoria (Tribus), Descubrimiento y Conquista, Colonia, Labor Evangelizadora, Independencia (el acápite más extenso y detallado acerca del desarrollo en suelo chocoano de las luchas contra la Corona española y la persecución cruenta de esta contra los patriotas criollos; incluyendo los pormenores de la delación, captura y juicio, sentencia y ejecución del patriota sabanero, de La Purísima-Córdoba, Tomás Pérez, cuyo nombre lleva un barrio de Quibdó), República (dedicado a narrar, paso a paso, norma por norma, el estatus político-administrativo del Chocó, desde 1819 hasta la fecha del artículo, 1944) y un acápite final titulado Sus hombres, que el historiador dedica con entusiasmo notorio y evidente admiración a destacar el trabajo concienzudo y sistemático de un grupo de prohombres chocoanos, que él bautiza como la Generación del Carrasquilla, dado que muchos de ellos cursaron sus estudios en este colegio de Quibdó, fundado en 1905.

El artículo El Chocó en la Historia, del académico Abraham González Zea, fue publicado igualmente en 20 de las 335 páginas páginas del volumen 17, N° 157-158-159, del Repertorio Histórico, de la Academia Antioqueña de Historia, de 1946; volumen este que incluye discursos, textos y una fotografía del Congreso Nacional de Historia, evento solemne que contó con la asistencia de academias y centros de Historia de todo el país, y que fue celebrado en Medellín en conmemoración del cuadragésimo aniversario de la Academia Antioqueña de Historia, fundada en febrero de 1903.

El texto documenta y testimonia el rotundo e histórico surgimiento del Chocó como sociedad y región en el escenario político, institucional, cultural e intelectual de Colombia, y cómo el país deja de verlo como mera despensa y abundante proveedor de materias primas, para percibirlo, vislumbrarlo y considerarlo en su calidad de integrante y constituyente de la nación, de sujeto sociocultural de derechos y unidad territorial, tanto en el mapa como en la nacionalidad. Todo ello gracias a las acciones individuales y colectivas de un nutrido grupo de prohombres o pioneros de la chocoanidad, que son mencionados por el historiador González Zea en los apartes de su texto que hoy reproducimos en El Guarengue-Relatos del Chocó profundo.

Julio César U. H.

**********************

 El Chocó en la Historia.
Por Abraham González Zea.

Boletín de Historia y Antigüedades. ÓRGANO DE LA ACADEMIA COLOMBIANA DE HISTORIA. Director: LUIS AUGUSTO CUERVO. Redactores: GUILLERMO HERNANDEZ DE ALBA, MOISES DE LA ROSA. Volumen XXXI | Colombia—Bogotá, julio y agosto de 1944 | Números 357 – 358. Pp. 709-724 | FRAGMENTO.

[...]

REPÚBLICA – Trayectoria política chocoana

Ahora, para no hacerme tan interminable, narraré a grandes rasgos los principales acontecimientos verificados en la trayectoria política chocoana.

De conformidad con la división política decretada por el Congreso de Angostura el 17 de diciembre de 1819, la Provincia del Chocó quedó perteneciendo directamente a Bogotá, de allí que se cumplían o se hacían regir las disposiciones que de dicha capital emanaran para toda la Nación.

La Constitución Nacional expedida en 1821 dividió la República en 7 Departamentos: Boyacá, Cundinamarca, Cauca, Magdalena, Orinoco, Venezuela y Zulia. Los Departamentos se dividieron en Provincias y éstas en Cantones, que se subdividieron en Parroquias. La Provincia del Chocó se adscribió al Departamento del Cauca, con capital en Popayán, y formada por los Cantones de Atrato y San Juan. En 1825, por Decreto ejecutivo de treinta de marzo, suscrito por el General Santander como encargado del mando, en su carácter de Vicepresidente de la República, se suprimieron los Cantones, pero se dispuso que quedaran subsistiendo los de Atrato y San Juan. El Cantón de Atrato se componía de la ciudad de San Francisco de Quibdó, como su cabecera, de las Provincias de Lloró, Chamí, Bebará, Murrí, y de las Viceparroquias de Neguá, Nemotá, Beté, Bebaramá, San José, Murindó, Bagadó, Tutunendo, Tanando, Cértegui, Troje, Guayabal y Agua Clara. El Cantón de San Juan se formaba de la ciudad de San Jerónimo, de Nóvita, como cabecera de las Parroquias de San Agustín, Noanamá, Baudó, Tadó, y de las Viceparroquias de Juntas, Cajón, Brazo Sesego, Agua Clara, Santa Bárbara, San José, San Cristóbal, San Juan Evangelista, Santa Rita de Iró, San Pablo, Viro Viro y Raspadura.

La Ley de 21 de noviembre de 1831 dividió el territorio en 15 Provincias, incluyendo la del Chocó. La Constitución expedida en 1832 suprimió los Departamentos y conservó las Provincias con sus Cantones y Parroquias.

La Constitución de 1843, que no alteró la división anterior, hizo surgir los Territorios Nacionales, denominados así por su reducida población y por su aislamiento y las grandes distancias que los separaban de la capital y demás centros de importancia. El Chocó no se incluía entonces entre los Territorios, por ser de mayor importancia que éstos. Entonces la Nueva Granada quedaba integrada por 20 Provincias, 131 Cantones, 810 Distritos, 70 Aldeas y 2 Territorios.

En 1858 se dividió el país en 8 Estados Federales, en virtud de la Constitución que se promulgó en dicho año y recibió el nombre de Confederación Granadina. En este mismo año se le cambió al país el nombre de Confederación Granadina por el de Estados Unidos de Colombia. Surgieron entonces los Estados Soberanos y el Chocó quedó incluido en el Estado del Cauca. Esta división subsistió hasta el año de 1885 en que el Consejo Nacional de Delegatarios dispuso dar al país el nombre de República de Colombia.

La Constitución expedida en agosto de 1886 cambió el nombre de los Estados por el de Departamentos, sin variar los límites geográficos, y los hizo depender del Poder Central.

En 1908 la Asamblea Nacional Constituyente y Legislativa expidió la Ley 1ª para establecer una nueva división territorial, y entonces resultaron 34 Departamentos, incluyendo el Chocó, después de haber sido erigido en Intendencia Nacional en 1906. En 1909 se promulgó la Ley 65, sobre nueva división territorial, y el Chocó tornó a ser entidad intendencial, dependiente hasta el presente directamente del Gobierno central.

SUS HOMBRES

Muy notable ha sido el aporte del Chocó, en los años pretéritos, a las más altas manifestaciones de la cultura patria. Varios Presidentes de la República, eximios literatos, filólogos y poetas, ilustres voceros en las Asambleas Constituyentes, en la legislatura del Cauca Grande y en el Congreso Nacional, vieron la luz en la tierra chocoana. Sin embargo, para el sociólogo tiene escasa importancia el simple accidente del nacimiento cuando no está acondicionado o no va acompañado de elementos que le impriman un significado trascendente. Así, por ejemplo, desde el punto de vista de la entidad Chocó, que es la que nos interesa en el presente estudio, fuerza es confesar que aquella gloriosa generación finisecular, la de los Mallarinos y Holguines y Arboledas y Argáez, la de los Contos y los Isaacs y los Carrasquillas y los Ulloas, solamente puede titularse chocoana en cuanto al episodio del nacimiento, sin que influyera en lo más mínimo en la formación, el desarrollo, la cultura y el progreso de su tierra de origen. Esta continuaba siendo, hasta comienzos del presente siglo, un simple rincón selvático del Cauca, sin personería ni entidad propias, y ni sus mismos hijos se preocupaban demasiado en aclarar, para sus futuros biógrafos, el lugar exacto de su cuna: bien sintomático es a este respecto lo acontecido con la cuna de Jorge Isaacs; cuando al poeta le fueron presentados, para que los corrigiera, algunos apuntes de su biografía, se limitó a tachar la expresión «nació en Cali», cambiándola por «nació en el Estado del Cauca», pero sin alardear claramente de su Quibdó nativo.

Con la reconstrucción de la antigua entidad política, operada en 1906, se reavivó en los chocoanos la dormida conciencia de su personalidad colectiva. Inusitada actividad cultural culminó entonces con la fundación del Instituto Pedagógico, germen del Colegio de Carrasquilla, y con numerosos periódicos y revistas de tan interesante influjo como El Chocó, A B C, El Istmo, El San Juan, y, sobre todo, la maravillosa revista literaria Prosa y Versos, que en su época asombró a los círculos intelectuales del resto del país por el exquisito gusto y el material selectísimo de que daba pruebas. Los juegos florales que entonces tuvieron como escenario a Quibdó, no han sido siquiera igualados posteriormente. Fue esa la brillante generación de Eduardo Ferrer, Heliodoro González, Emiliano Rey, Delfino y Jorge E. Díaz, Jorge y Reinaldo Valencia Lozano, Adriano y Rodolfo Arriaga, Fausto Domínguez A., Víctor M. Domínguez y Gómez, José A. Rivas Polo, [Gregorio] Sánchez Gómez, Rodolfo Castro, Mario Ferrer, Nicolás Castro, Guillermo O. Hurtado, Heliodoro Rodríguez, Juan B. Mosquera, Ricardo Valencia, Manuel Guzmán, y tantos más, a los cuales habría que añadir algunos nombres de elementos como Germán López, Carlos A. Orrego, Calderón Flórez, que, oriundos de otras secciones, se vincularon de corazón a ese admirable episodio de efervescencia cultural.

Don Abraham González Zea (Medellín, 1908-1995), educador, historiador y Miembro Correspondiente de la Academia Antioqueña de Historia e imágenes de las publicaciones oficiales de esta academia (Repertorio Histórico) y de la Academia Colombiana de Historia (Boletín de Historia y Antigüedades) en donde fue publicado el artículo "El Chocó en la historia", del Profesor González Zea. FOTOS: Academia Colombiana y Academia Antioqueña de Historia / El Guarengue.
AI propio tiempo, como correlación política o parlamentaria de aquella renovada personalidad popular, los voceros del Chocó en el Congreso empezaron a hablar un lenguaje distinto. Jorge Valencia, Heliodoro Rodríguez, Delfino Díaz, Emiliano Rey, Reinaldo Valencia, Francisco José Chaux, Eliseo Arango, Salomón Salazar G. y Gerardo García Gómez iniciaron la catequización de la opinión pública, hablando de la entidad chocoana, no como un apéndice del Cauca, del Valle, de Antioquia o de Bolívar, sino como de un ser geográfico, étnico, histórico y político bien diferenciado, con características peculiares que le hacen inconfundible. Pero el peso de esta labor recayó especialmente sobre la que pudiéramos denominar «la generación del Carrasquilla», vale decir la que se formó en los claustros del Colegio de Carrasquilla de Quibdó, de 1918 a 1930, inclusive. Adán Arriaga Andrade, Diego Luis Córdoba, quienes desde 1933 vienen actuando brillantemente en la expedición de leyes tendientes al mejoramiento y bienestar del pueblo chocoano; Osías Lozano Quintana, Daniel Valois Arce, Sergio Abadía Arango, Ramón Lozano Garcés, Ricardo Echeverri Ferrer, Jaime Castillo y otros, que vieron en el Parlamento colombiano un estadio para las reivindicaciones esenciales a su tierra natal. Y es bajo el influjo, el impulso y la dirección inmediata de esa generación del Carrasquilla como se ha producido el doble fenómeno: en lo interior, el fortalecimiento en los chocoanos de una conciencia colectiva que es hoy clara, nítida, orgullosa, altiva, inquieta e inconforme; en lo exterior, un conocimiento cada vez más exacto, por parte de los demás colombianos, respecto de la realidad chocoana, de sus riquezas potenciales, de su posición estratégica, de su inmenso valor como entidad racial, cultural y emocional con la que es indispensable contar en adelante para cualquier empresa que interese a la Patria común.

Los resultados de una labor tan inteligente como tesonera, adelantada en el último decenio por ese lujoso equipo parlamentario, están a la vista: En lo fiscal, el monto de las apropiaciones nacionales para atender directamente o para auxiliar las diversas obras del Chocó, pasó de los 100.000 pesos en 1930 al 1.000.000 de pesos en cada uno de los cuatro últimos años; una norma propuesta por el Representante Abadía Arango (parágrafo del artículo 3° de la Ley 21 de 1935) aseguró una participación del 10 por 100 sobre el producto del impuesto de oro físico a las regiones productoras, y otra que propuso el Representante Arriaga Andrade (la Ley 4ª de 1941) hizo extensiva la participación al impuesto sobre el platino, elevándola al 30 por 100 —como ya había sido elevada la del oro por el Gobierno Nacional (Decreto 508 de 1940)— y otorgó a los Municipios productores de oro y de platino una décima parte de lo que, por concepto de aquellas participaciones, correspondiere al respectivo Departamento o Intendencia. Obsérvese de paso que las dos iniciativas legales mencionadas, si beneficiaron fiscalmente al Chocó y a sus Municipios, produjeron mayores beneficios en Antioquia, cuya producción aurífera es de un volumen mucho mayor. En lo vial, fueron nacionalizadas las vías troncales del Chocó (Bolombolo-Bolívar-Quibdó, Istmina-Quibdó, Istmina-Negría, Apía-Pueblo Rico-Tadó-Istmina, Cartago-Nóvita y Quibdó-Bahía Solano), iniciativa del Representante Córdoba, de las cuales están para terminarse las de Bolombolo-Quibdó y Quibdó-Istmina; así como las secundarias (Juradó-Riosucio, Sautatá-Acandí y Andes-Bagadó).

En lo educacional, han surgido, además del histórico Carrasquilla, la Normal de Varones de Quibdó, la Normal Rural de Señoritas de Istmina, el Instituto Pedagógico Femenino de Quibdó, la Escuela de Artes y Oficios de Istmina y la Colonia Escolar de Vacaciones de El Carmen. En lo sanitario, se crearon y dotaron modernísimos hospitales en Quibdó e Istmina, un dispensario Antituberculoso en Quibdó y hospitales mínimos en Juradó, Bahía Solano, Pizarro, Nuquí y El Carmen, y se establecieron Unidades Sanitarias y Campañas Antipiánicas y Antipalúdicas por todo el vasto territorio. Y en lo institucional, los voceros del Chocó en la Constituyente de 1936 pusieron término, con el reconocimiento constitucional de las Intendencias y Comisarías, a la aberrante situación jurídica mediante la cual existieron de facto, durante un cuarto de siglo, entidades que la Constitución Nacional no reconocía y cuya extensión, sin embargo, ocupaba más de la mitad del territorio del país; propusieron en 1937 un estatuto especial, que es el ensayo más completo y atinado para la solución de los problemas regionales; obtuvieron en 1943 la expedición de la Ley 2ª, orgánica de la Administración Intendencial y Comisarial, llamada a transformar en breve tiempo esos vastos territorios nacionales, que le han ido abriendo paso a la erección del Chocó en el decimoquinto Departamento de Colombia, propósito autonomista ya muy cercano a su consagración definitiva. Tal es, a grandes rasgos, la labor realizada por la generación del Carrasquilla.

Sin embargo, para reincorporar efectivamente la tierra chocoana a la Patria colombiana, para aprovechar sus incalculables riquezas, para salvar de las endemias tropicales a ese núcleo humano tan vigoroso como sufrido, falta mucho por hacer. La conclusión de las vías de acceso, especialmente la carretera que, partiendo de Medellín, por Caldas, Bolombolo y Bolívar, pasa por Quibdó y va a terminar en el prodigioso puerto natural de Bahía Solano, y el reconocimiento de la calidad departamental a una sección cuyo desarrollo se ve dificultado por las peculiaridades del régimen intendencial, son objetivos inmediatos para los cuales debe el Chocó contar con el apoyo entusiasta de todos sus hermanos de Colombia.

[...]