Reminiscencias de Cabí
*De
cuando el monte y el río formaban parte de la vida y del recreo escolar, y no ofrecían más
riesgos que ciertos ejercicios de autoridad...
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★Tramo final del río Cabí antes de desembocar en el Atrato, en Quibdó. FOTO: http://lasmemoriasdegonzo.blogspot.com/, 2011. |
Cabí, ajeno entonces a la depredación y al saqueo que lo asolarían en unos cuantos años, nos acogía desde que éramos niños de primaria en la Escuela Anexa hasta que nos graduábamos en la Normal Superior de Quibdó. Miedo no nos daba y, aun desde temprana edad, no solamente sabíamos cuidarnos, sino que había entre nosotros una especie de pacto, que nadie nos había dictado, que nunca habíamos proclamado, pero que siempre sería respetado: los más grandes y hábiles cuidaban a los más pequeños e inexpertos. Y así transcurrían nuestras vidas escolares, con espacio de sobra para estudiar, para aprender, para vivir, incluyendo los montes y el río que en aquellos tiempos circundaban el conjunto de edificaciones donde, año tras año, curso tras curso, delineábamos y seguíamos nuestra trayectoria de estudiantes… Unas veces íbamos a Cabí por nuestra propia cuenta, en el receso del mediodía, después de almorzar sopa, arroz de trigo y carne en bistec en el restaurante escolar, y antes de regresar a la jornada de clases de la tarde. Otras veces íbamos a la hora que nos lo ordenaran, supervisados por los maestros, como parte de las clases o actividades oficiales de la escuela o del colegio: a recoger tierra de hormiga y hojarasca para el jardín o la huerta escolar, a cargar arena para rellenar pantaneros de algún patio o de la cancha de fútbol, a recoger hojas de diversas formas y tamaños para aprender su clasificación; o a nadar y a bañarnos en el río, como parte de los ejercicios de aquella clase que de educación física tenía solo el nombre.
Nunca, en toda nuestra historia escolar, en ninguna de las múltiples ocasiones en las que paseamos solos, por nuestra propia cuenta y bajo nuestro propio riesgo, sufrimos el más mínimo accidente en Cabí, más allá de un toque de pringamoza o de un corte pequeño por una rama o una hoja afilada. Nada nos pasó nunca, aparte de divertirnos mucho y de asolearnos inmisericordemente, ni cuando íbamos principalmente a bañarnos, ni cuando nos dedicábamos a pasar tiempo en el monte, recorriendo e inventando caminos, caminando por senderos visibles o imaginarios, jugando a cuanta cosa se nos ocurría, explorando y conociendo las matas y los animales, entrando a pequeñas cuevas o descendiendo a guaicos profundos y a pequeños guarengues, atrapando gusanos raros y libélulas o achicapozos, contemplando pájaros de hasta siete colores, pescando mininicas con las manos, comiendo guayabas biches y tomando agua de los pozos, que eran en realidad manantiales, agua naciendo a borbotones en medio de aquel bosque inmenso dentro del cual era maravilloso detenerse a ratos a escuchar el silencio llano, hermoseado por los cantos de los pájaros, los vaivenes de la brisa y las ramas de los árboles, la fluidez del agua y los ecos lejanos de voces cuyas palabras y procedencia intentábamos localizar o adivinar… En ocasiones, estando ya ad portas de la Normal, nos sorprendía el toque de la campana de entrada, embelesados como estábamos en nuestros menesteres; pero no importaba: así llegáramos con la lengua afuera, alcanzábamos a entrar a tiempo, pues ya éramos duchos en hallar las rutas más expeditas para salir del monte, del mismo modo que teníamos aprendidos los caminos de entrada. Eso sí, llegábamos rucios y entumidos de tanta agua, resecos y sedientos de tanto sol, amodorrados por los esfuerzos y la molicie de la hora.
Contrario a lo que temían los adultos que podía pasar, cuando nos reprendían por andar por allá solos, mataperreando en los andurriales de Cabí, fue en una actividad oficial de la Normal, en una clase de educación física, con profesor a bordo, cuando ocurrió el que pudo ser el más grave de todos los accidentes que hubiéramos podido padecer. La vida de uno de nuestros compañeros, de unos quince años cuando más, pudo haberse malogrado, si él no hubiera enfrentado con todas sus fuerzas y habilidades, con gran temeridad y enorme valentía, e incluso mucho de sorna, la autoritaria impertinencia del profesor de Educación Física; que era un tipo cuarentón, ataviado con un pantalón de sudadera y un buso amplio, cuando aún no eran nada comunes estas prendas; bajito de estatura, enjuto, malencarado y con las huellas del ceño fruncido grabadas en la mitad de su frente, la cual se prolongaba hacia atrás en una calva incipiente que el tipo cubría con una gorra que nos parecía hecha de cuero o de una tela fina, de las mismas que usaban porteros legendarios de fútbol como Ricardo Zamora y Pablo Centurión.
El tipo tenía la manía de empujar con sus propias manos a los alumnos, sin importar edad ni condición física, habilidad o estatura, cuando estos no podían ejecutar un ejercicio o maroma de las que él nos ponía a hacer en su clase. A veces se trataba de saltar, dándole vuelta al cuerpo para caer parados, mediante el impulso obtenido del apoyo de las dos manos sobre la espalda de un compañero a quien el profesor había hecho posar sobre manos y rodillas en el piso de la cancha de la Normal, inmóvil, a la manera de un burro o potro de gimnasia. El ejercicio debía practicarse a la velocidad que el silbato del profesor mandara, cuyo sonido marcaba el ritmo de la fila. Era frecuente que, por falta de habilidad o por complexión física o por lo que fuera, algunos de los muchachos fracasaran en el ejercicio, pues no alcanzaban a dar la vuelta completa y su cuerpo regresaba al punto inicial sin haber girado o giraba, pero no caían parados. En esos casos, evidentemente molesto y ante la mirada de quienes sí habían podido cumplir con la voltereta -a quienes reunía alrededor, como coro de burlas-, el profesor les ordenaba a los que habían fallado, que pasaran uno por uno a repetir el ejercicio. Una vez posaban sus manos sobre la espalda del potro humano, el profesor los asía por las piernas, los ponía en posición vertical, con la cabeza hacia abajo, las piernas rectas y los pies juntos, y los empujaba con tal fuerza que era imposible no dar la vuelta. La mayoría de ellos no caían parados sobre sus dos pies, sino que se desparramaban sobre la superficie de arena, arenisca, piedrilla y lodo de la cancha, ante la mirada cínicamente sonriente del profesor, que evidentemente se solazaba en su crueldad y se enorgullecía de su autoridad. Lo cual no hacía más que aumentar la mezcla de miedo, tirria y pavor que la mayoría sentíamos hacia él.
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Bocatoma del acueducto de Quibdó en el río Cabí, 2018. FOTO: Wikiloc/alejandracatacoli |
Nuestro condiscípulo era grueso y acuerpado, una pequeña mole a la que muy pocos –ni siquiera los más buscapleitos– se atreverían a enfrentar en una pelea a puño limpio. En la cancha de fútbol, aunque no era el más hábil conductor de balones, era impasable en la defensa, donde no perdía ningún duelo de fuerza. Estábamos en tercero de colegio, en la Normal Superior de Quibdó, y era el primer año en el que nos habíamos puesto la corbata para ir a las escuelas semanalmente en plan de aprendices de maestros, a hacer algo que se llamaba Observación Pedagógica.
Igual que en la cancha, aquí a la orilla del río, había que impulsarse con las manos sobre la espalda del compañero afirmado en tierra con sus rodillas y brazos, para elevar el cuerpo y dar la voltereta y caer al río, nadar, regresar a la orilla y repetir el ejercicio cuantas veces lo indicara el profesor. Nuestro condiscípulo, que en la cancha siempre realizaba exitosamente el ejercicio, no alcanzó esta vez a dar la vuelta. Entonces, sin mediar más que la orden de que se acomodara para repetir el ejercicio, el profesor le alzó las piernas, se las hamacó un poco y, ¡zas!, lo aventó al vacío, ignorando si su impulso sería suficiente para que el muchacho alcanzara directamente el agua sin golpearse o rasparse en la pared irregular del barranco o en las zonas próximas, donde no había agua suficiente para caer sin daño, sobreaguar y salir nadando.
Pasaron segundos, minutos, y el muchacho no aparecía. Aunque no estaba crecido, el curso del río bajaba raudo y correntoso. A unos ochenta metros se encontraba la vuelta pronunciada del cauce, más o menos en el medio de la cual se localizaba la famosa y temida bocatoma del acueducto. El profesor miraba para todos los lados, evidentemente asustado, ordenaba a unos que fueran por el barranco caminando, revisando la orilla; a otros que desde abajo –desde la pequeña playa de los que no sabían nadar– echaran ojo a ver si lo veían resollar en alguna parte del río; y a los que no sabían nadar y asustados miraban desde su pequeña playa, que se subieran inmediatamente, se vistieran y se quedaran quietos ahí en el barranco… Incluso le dijo a alguien que fuera hasta la casa esa que había ahí llegando a la bocatoma y le dijera al señor que él le mandaba a decir que nos ayudara a buscar al compañero.
Quizás no pasaron más de diez minutos: el susto trastoca la memoria; pero a nosotros nos pareció como una hora el tiempo que transcurrió hasta que el compañero apareció, caminando por el barranco desde la casa cercana a la bocatoma del acueducto hacia el pampón cercano a la orilla, donde todos estábamos aturdidos y callados, sobresaltados. Se había raspado un poco en la espalda por el lado derecho; pero –hábil como era– había logrado contorsionar el cuerpo para alcanzar rápido el agua, y después había bajado buceando o “aguantando resuello”, que era como se decía en la jerga escolar, lo más pegado a la orilla que le fue posible, para que el mismo barranco nos impidiera verlo. Pasado un rato, salió por la parte del río donde amarraban sus canoas los de la casa aquella; se limpió la pequeña herida con barro y agua, y luego salió, descansó un rato sentado, con los pies dentro del agua; y entonces subió hasta la superficie del barranco para caminar hasta encontrarnos.
Taciturnos, regresamos al colegio, de donde inmediatamente salimos para la casa. En ese momento no éramos plenamente conscientes del inmenso riesgo que había corrido la vida del compañero. Ni siquiera al otro día, cuando lo que más hicimos fue celebrar su admirable habilidad y la ocurrencia de ocultarse unos minutos para asustar al profesor, quien jamás nos volvió a llevar a Cabí para su clase y optó por ponernos a trotar hasta que no podíamos más y a saltar por encima de unos burros o potros de gimnasia que usualmente permanecían guardados en uno de tantos cuartos de chécheres que había en la Normal.
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Normal Superior de Quibdó. Antiguo edificio principal. FOTO: Blog institucional, 2013 |