24/11/2025

¡Nicoyembe!  

Con la misma alegría del niño que era cuando vivió aquellos momentos, hoy, a sus 75 años, vital y sonriente, dicharachero y animado, el músico, compositor y cantante chocoano Nicoyembe rememora y relata -con nitidez y plenitud de detalles- momentos y acontecimientos de su infancia y adolescencia en Quibdó; adonde vivió hasta octubre de 1966, cuando un gran incendio que devastó la ciudad lo convirtió en uno de los migrantes que salieron hacia Bogotá, ciudad donde después de varias vueltas por Colombia y el mundo sentaría sus reales para siempre.

Tres recuerdos, tres canciones

Nicoyembe recuerda, con la frescura de aquellas aguas cristalinas en las que se bañaba mientras ella lavaba ropa, cuando acompañaba a su madre a la quebrada El Caraño, y le ayudaba a cargar jotos, mate, manduco, rallo, ponchera y batea... Con orgullo de hijo y heredero de su talento musical, Nicoyembe recuerda cuando su padre, sentado en alguna tienda de Quibdó, tomándose sus aguardientes Platino y tocando todo tipo de melodías con su clarinete, lo cargaba en las piernas, le compraba panbatidos y refrescos, y lo abrazaba con cariño… Y recuerda también cuando su padre era uno de los tantos músicos de chirimía y todo tipo de ritmos a quienes su mamá congregaba en su casa para que tocaran aquellos grandiosos bailes de fin de semana en los que el dinero recolectado por las entradas se usaba para retribuir a los artistas…

Esos tres recuerdos, así como sus vivencias y amistades en el barrio César Conto y en las calles, esquinas, canchas, andenes y vecindarios de aquel Quibdó; al igual que lo vivido en los colegios donde estudió: el Club Infantil del Padre Arias, la Normal de Varones, el Colegio Carrasquilla y la Industrial de Istmina, han acompañado siempre a Nicoyembe, desde que llegó a Bogotá; cuando viajó a Villavicencio y empezó a convertirse en percusionista y arreglista, y fundó su primer grupo musical (El negro gozón y su banda chica), con el que tocó música tropical, raspa y chucu-chucu; y cuando, en una de sus más memorables experiencias vitales y musicales, viajó a la isla de San Andrés, donde se familiarizó con los ritmos del Gran Caribe, que nutrirían su arte y su alma para siempre.[1]

Anicasita

Nicolás Emilio Rodríguez Córdoba, Nicoyembe, traído al mundo por una partera conocida como Machenta, es hijo de Anicasia Córdoba, Anicasita, la Reina de la Tambora, quien junto a sus amigas Floriana, Clarisa y Morí, reunía a leyendas de la música local como Carlos Borromeo Cuesta, Daniel Rodríguez y Mario Becerra, para celebrar memorables y concurridos bailes caseros a los que llegaba medio pueblo. Anicasita es una de las fundadoras del barrio Kennedy, de Quibdó, donde logró por fin, después de años de ires y venires como inquilina, construir su casa propia, en la que vivía con su hijo cuando aquel incendio, que se llevó una buena parte de la ciudad y de su historia, terminaría llevándoselo a él también en busca de mejores tiempos y rumbos… “Soy hijo de Anicasita, la Reina de la Tambora, ella bailaba pasillos y aquellos ritmos de ahora… Anicasita bailaba cumbia, porro, gaita y bullerengue, ritmos de la Costa Norte, de esos que gusta mi gente; y también de mi Pacífico contradanza y abosao, contradanza y currulao, que eso sí tiene tumbao…”; canta Nicoyembe en homenaje a su mamá, en una canción que aún no ha grabado con su voz y cuya primera versión, aún no comercial, fue realizada por uno de sus alumnos de música, en Bogotá, con un precioso arreglo en el que una flauta que suena a mar Caribe, a río Atrato, a cumbia, a salsa y a currulao, lleva la hermosa melodía.

Danielito

Daniel Rodríguez, quien, por su calidad musical e interpretativa, su dominio del instrumento, su solidez en la improvisación y su conocimiento de ritmos clásicos de la música universal y aires vernáculos del Chocó, está reputado como uno de los mejores clarineteros de la región, era el padre de Nicoyembe. Danielito, como era popularmente conocido, conformaba junto a Neptolio Córdoba, Antero Agualimpia, Oscar Salamandra, Mario Becerra y Marcelino Ramírez (Panadero) —todos fallecidos— el olimpo del clarinete de la música de Chirimía Chocoana en el siglo XX. 

Como lo recuerda Nicoyembe, su padre era oriundo del río Munguidó, de donde había salido a Quibdó para trabajar en la Zona de Carreteras, del Distrito N° 9 del Ministerio de Obras Públicas, con sede en Quibdó, entidad encargada de la construcción y mantenimiento de vías como la de Quibdó hacia Antioquia y hacia Istmina; trabajo en el cual se ocupaba durante la semana laboral. Llegado el fin de semana, Danielito cambiaba la reciedumbre del pico y la pala, las carretas y las volquetas, por la fineza y el talento en la interpretación del clarinete en la Banda de San Francisco de Asís, en grupos locales como Los alegres muchachos, donde alternó con virtuosos de la guitarra, la bandola, el tiple y el violín, como Abraham Rentería, Crescenciano Valencia y Rafael Ayala, y con compañeros de trabajo como el legendario percusionista Euclides Pacheco; así como en las agrupaciones de chirimía, de las cuales hizo toda una historia con su amigo Panadero (Marcelino Ramírez), con quien tocó innumerables bailes en aldeas y poblados de todos los ríos y los montes del Chocó.

Lo que se hereda…

De la tamborera herencia bailarina de Anicasita y del exultante virtuosismo musical de Danielito, Nicoyembe obtendría la herencia musical que años después transmitió a su hijo, de quien se siente profundamente orgulloso y a quien ha apoyado en su vocación musical, convirtiéndolo en compañero de camino, de repertorio, de trabajo, de agrupaciones y de búsquedas artísticas; contrario a lo que hizo con él su padre, quien se negó a regalarle uno de sus clarinetes y a enseñárselo a tocar, pues solamente quería —como se lo hizo saber en su momento que Nicoyembe estudiara en la Normal Superior de Quibdó, se convirtiera en Maestro y se dedicara a trabajar como educador; lo cual consideraba una mejor suerte que la errancia del músico sujeto al azar de un toque en uno que otro baile, en una que otra fiesta, en una que otra misa.


“Soy Colombia, soy folclor”

Antes de asentarse para siempre en Bogotá, donde además de consolidar su obra musical ha desarrollado una intensa y fructífera labor pedagógica en la formación de nuevos talentos musicales; Nicoyembe recorrió el mundo como músico de diversos grupos folclóricos nacionales. Por ejemplo, con Delia Zapata Olivella, pionera de la recopilación y dinamización de la música folclórica del Caribe y del Pacífico de Colombia, y de su difusión internacional, con quien Nicoyembe intentó por los lados del baile, pero rápidamente ella y él supieron que lo suyo era la música. “Yo estuve con Delia Zapata. En ese entonces me llevó un paisano, Julio Rentería, de Tadó, y con ella viajé a Francia, Alemania, la Unión Soviética (o sea que tuve que pasar el Muro de Berlín), y después Latinoamérica: Perú, Chile, Costa Rica, El Salvador, Honduras, Panamá; y con ella profundicé y amplié mis conocimientos de lo que es realmente el folclore de Colombia en todas sus zonas”.[2] Igualmente, es larga su vinculación con el Ballet Nacional de Colombia, de Sonia Osorio: “Nicoyembe lleva unos 30 años con nosotros y nos sentimos muy orgullosos de él. Yo creo que si hay una voz que sea propia de esta tierra es la voz de Nicoyembe”, expresó hace más de una década el entonces director del ballet hijo y heredero de Sonia Osorio y del pintor Alejandro Obregón Rodrigo Obregón.[3]

Sobre esta rica y extensa experiencia como creador y promotor del folclor colombiano, Nicoyembe afirma: “Me considero uno de los grandes representantes de la música folclórica colombiana. La percusión me ha llevado a trabajar con los más grandes grupos de danzas de Colombia. Por intermedio de esos grupos, yo he tenido la oportunidad de recorrer podría decir que el mundo entero, porque he estado en Europa, en Asia, en África…”.[4] En este sentido también siguió una parte de la trayectoria de su padre, quien con la inolvidable folclorista chocoana Madolia de Diego Parra recorrió Colombia y viajó al exterior interpretando su clarinete y dando a conocer las músicas y danzas del Chocó

“Entre mares y ríos”

De los instantes grabados en su memoria y en su alma nacen letra y música de las extraordinarias canciones de Nicoyembe, las cuales conforman en conjunto un recorrido a través de las músicas de los ríos y los montes de su tierra natal, y de las mares, las islas y las brisas del Caribe, al que también pertenece histórica, geográfica y culturalmente la región del Chocó. Este viaje simbólico, de enorme y admirable riqueza musical y patrimonial, con su vida como referencia, lo acaba de protagonizar Nicoyembe, el 5 de noviembre de 2025, en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán, de Bogotá, una ciudad que lo acogió desde su adolescencia y cuyas instituciones culturales, escenarios musicales y audiencias se convirtieron con el tiempo en baluarte y apoyo para su vida artística y musical. Esta aplaudida obra, conmemorativa de su trayectoria y obra musical, fue reseñada por el propio Instituto Distrital de las Artes, IDARTES su patrocinador— de la siguiente, significativa y elogiosa manera…

“Nicoyembe trae su propuesta Entre mares y ríos, mi voz es historia, el 5 de noviembre a las 8 p.m., un viaje sensorial, una bitácora de vida contada a través de la música, la danza, el teatro y las memorias vivas del maestro Nicolás Emilio ‘Nicoyembe’ Rodríguez Córdoba, una de las voces más prodigiosas del folclor colombiano. A través de una puesta en escena que fusiona el formato de concierto con el lenguaje del teatro musical, el público es invitado a vivir, sentir y celebrar un legado construido desde la diáspora afrodescendiente, el mestizaje sonoro y la riqueza cultural de los territorios bañados por el río y el mar: la costa Pacífica y la costa Caribe de Colombia”.[5]

 

“A través de la música, la danza, el teatro y las memorias vivas, más de 35 artistas recrean el viaje del maestro desde sus raíces en Quibdó, Chocó, hasta su reconocimiento internacional como embajador de la música tradicional. La puesta en escena fusiona el formato de concierto con el teatro musical, ofreciendo una experiencia inmersiva que celebra la herencia afrodescendiente, el mestizaje sonoro y la riqueza cultural de las costas Pacífica y Caribe de Colombia. Cada episodio de la vida de Nicoyembe se convierte en un acto lleno de color, resistencia y belleza, acompañado por los sonidos de la marimba de chonta, la gaita, la chirimía y la marímbula”.[6]  

Todas las voces, todas[7]

“Nicoyembe es una institución en el folclor colombiano, que ha hecho mucho por la música folclórica negra y en general de nuestro país”. Andrés Cepeda, cantante y compositor colombiano.

“Nicolás, tú has hecho una carrera dentro del folclor, has hecho un trabajo maravilloso; los que vivimos las noches bogotanas, las noches colombianas, sabemos quién eres”. Carlos Vives, cantante, actor y compositor colombiano.

“Maestro, usted es Colombia, usted tiene la sangre del colombiano, esa sangre que hace sacar lo mejor de sí para darlo todo en cada cosa que hace”. Fanny Lu, cantante, actriz y modelo colombiana.

“Nicoyembe defiende el folclor, ama el folclor. De su identidad vive orgulloso. Es el colombiano más colombiano de la misma Colombia”. Clemencia Franco, Exdirectora del Patronato Colombiano de Artes y Ciencias Tradicionales.

Aunque se ha presentado en grandes escenarios universales y es considerado en la escena musical como un artista de talla internacional; aunque sus saberes y conocimientos musicales son valorados y aprovechados en instituciones culturales y universidades de Bogotá, ciudad donde es reconocido como un ícono del folclor nacional y de la música de los litorales Pacífico y Caribe de Colombia; aunque ha recibido numerosos e importantes reconocimientos y distinciones, así como becas para el desarrollo de su trabajo; aunque ha construido una obra musical sólida, con identidad y sonido propios, bella en sus relatos y exuberante en sus matices sonoros…; la música de Nicoyembe es poco conocida en su propia tierra, en Quibdó y en el Chocó, donde bien se podría, en el 2026, comenzar a llenar este insólito vacío de lesa chocoanidad. Del mismo modo que, en el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, bien podría ser homenajeado Nicoyembe, por toda una vida dedicada a exaltar la conexión musical y cultural entre el Pacífico y el Caribe afrocolombianos y sus lazos con el Gran Caribe afroamericano.

“Yo soy Colombia, soy folclor, y seguiré luchando y seguiré defendiendo los colores musicales de nuestra tierra por siempre”, expresó Nicoyembe al terminar su participación en el programa de televisión La Voz Colombia, hace más de una década. Feliz de su ser chocoano y memorioso de su tierra, sencillo como sus versos y en su conversación auténtico y llano, Nicoyembe es un artista genuino que vive su gloria con alegría, lejos de fatuidades y fanfarronerías.


[1] Sobre esos tres recuerdos, Nicoyembe compuso, en memoria de su padre, El viejo Daniel: https://www.youtube.com/watch?v=7XWiHXt5qb8; en memoria de las idas con su madre a lavar ropa en la quebrada, Manduco y palangana: https://www.youtube.com/watch?v=Ch91ytYNjjU; y en homenaje a su madre por sus bailes, así como en recuerdo del pescado atrateño, La Reina de la Tambora.

[2] Conversación vía WhatsApp con Nicoyembe, 23 de noviembre de 2025. / La mayor parte de los datos sobre la trayectoria de Nicoyembe fueron obtenidos del programa Estampas musicales chocoanas, dirigido por J. Elías Córdoba Valencia y transmitido por el canal de YouTube de la Corporación Otraparte el viernes 21 de noviembre de 2025 (https://www.youtube.com/watch?v=DeJyPaahJAA&t=21s); así como de la conversación preparatoria del mismo llevada a cabo el miércoles 19 de noviembre, con la participación de Nicoyembe, Lascario Barboza, Elías Córdoba y Julio César Uribe Hermocillo.

[3] NICOYEMBE EN LA VOZ. RESUMEN WVA. 2015. https://www.youtube.com/watch?v=IIR9_8gx8qE

[7] Los testimonios sobre Nicoyembe fueron tomados de su portafolio 2023: https://drive.google.com/file/d/1LAKHs93HQIOOf518sUVmc-g9f245HRVF/view; de donde también fueron tomadas las fotos usadas en esta publicación de El Guarengue.

17/11/2025

 Tambores en la noche y la Novia de Barranquilla 
Jorge Artel y Esthercita Forero en Quibdó (1948) 

★Imagen Jorge Artel: El Getsemanicense. https://elgetsemanicense.com/
★Recortes periódico La Opinión, 1948: Archivo fotográfico y fílmico del Chocó.

El 26 de junio de 1948, a las 9 de la noche, en el Teatro Quibdó, en la ciudad capital del recién inaugurado departamento del Chocó -cuya vida institucional había comenzado el 15 de enero de ese año-; se presentaron el poeta cartagenero Jorge Artel y la cantante barranquillera Esther Forero, quienes para entonces eran pareja artística y sentimental.

Nacido frente a la histórica Plaza de la Trinidad, en el barrio cartagenero de Getsemaní, cuya vida cotidiana y vecindarios fueron recientemente inscritos en la Lista Representativa de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación; Jorge Artel era hijo de un hombre negro de ascendencia francesa y de una mujer indígena de ascendencia zenú. Abogado de la Universidad de Cartagena, académico e intelectual ampliamente reconocido por sus profundos conocimientos sobre ciencia política, marxismo y pensamiento revolucionario, y sobre literaturas de resistencia, como la poesía de Nazim Hikmet (con cuyo nombre completo bautizó a su hijo Jorge) y obras del Harlem Renaissance, de la comunidad afroamericana de los Estados Unidos, como la poesía de Langston Hughes; Artel es el artífice máximo de la irrupción integral de lo negro en el arte, en la poesía y en las preocupaciones políticas durante las primeras décadas del siglo XX en Colombia.

De hecho, cuando Jorge Artel (Cartagena, 1909-Malambo, 1994) llega a Quibdó ya era un poeta reconocido en el ámbito nacional y su voz resonaba -con tesitura y calidad equiparables a las de Nicolás Guillén y Luis Palés Matos- en el Gran Caribe, donde se celebraban las novedades estilísticas y temáticas, el ritmo y la autenticidad de “Tambores en la noche” (1940), un compendio de poemas que le daban personería definitiva, en la poesía nacional y continental, al sujeto negro afrocolombiano, a su historia e identidad, a sus estructuras culturales y espirituales... El Maestro Artel era además un aguerrido dirigente y militante de las vertientes más radicales de la izquierda liberal, cuyo ideario combinaba la reivindicación de clase de obreros y desposeídos con la reivindicación racial de la población negra de Colombia; lo cual lo hacía bastante cercano a dirigentes como el chocoano Diego Luis Córdoba, a quien le dedicaría un sentido y bello poema que en su propia voz dejó grabado en la Radiodifusora Nacional de Colombia, y junto al cual formó parte de lo que el historiador Francisco Javier Flórez Bolívar ha denominado con todo acierto y fundamento “La vanguardia intelectual y política de la nación”.[1]

Recién librado de una detención y un encarcelamiento en la Base Naval de Cartagena, a raíz de sus protestas públicas por el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y la consiguiente y cruenta persecución conservadora desatada a partir del Bogotazo del 9 de abril de 1948; Artel arriba a Quibdó en un barco procedente de Cartagena, en compañía de Esther Forero, con quien está próximo a comenzar su forzado exilio por las Antillas, Estados Unidos y Centroamérica, motivado por la terrible certeza –que las más fidedignas fuentes le han confirmado– de que su riesgo de muerte por motivos políticos es más que una probabilidad.

Allí en Quibdó, a orillas del Atrato, el poeta Jorge Artel es acogido, entre otros anfitriones, por los hermanos Antenor y Lascario Barboza Avendaño, juez el primero, médico el segundo, oriundos de Calamar (Bolívar) y egresados de la Universidad de Cartagena; quienes ayudan a proveerle refugio seguro en la ciudad. En su edición del sábado 26 de junio de 1948, el periódico quibdoseño La Opinión, “Semanario liberal al servicio de la cultura y de los intereses chocoanos”, dirigido por su propietario y fundador, don Tomás de Aquino Moreno, aguerrido dirigente liberal de la misma estirpe ideológica de Diego Luis Córdoba y de Primo Guerrero Córdoba; registra su llegada en primera página, con las siguientes, emocionadas y dicientes palabras, bajo el título destacado y mayúsculo de JORGE ARTEL:

“Por sobre el amplio lomo del majestuoso Atrato…, acaba de posar su planta de peregrino infatigable del arte, ese fino y exquisito panida de “Tambores en la Noche”, don Jorge Artel.

 

Trae el poeta de ébano un recado intelectual del vecino departamento de Bolívar para las nuevas generaciones del Chocó y lo trae a cuestas sin que el loco vaivén del mar Caribe, con sus locas fanfarrias y sus gritos y su desesperación, lo hubieran hecho desistir del viaje, porque las antenas de su espíritu, extendidas a todos los horizontes, habían captado por anticipado los maravillosos paisajes del Atrato, que corre prisionero por entre las paredes de espesos cortinajes de perenne verdor.

 

La llegada de Jorge Artel a esta esquina del mundo es motivo de fiesta para esta tierra y por eso reciba él el emocionado homenaje de sus ríos y de sus valles y de sus colinas que al unísono le dan la bienvenida. Salud, noble poeta”.[2]

Transcurren tiempos difíciles: el país ha empezado a arder y a teñirse de sangre por las cruentas incidencias de la violencia interpartidista que se intensifica día a día, y el Chocó no es la excepción. De aquella época quedarán en la memoria regional sucesos tan graves como la masacre del río Munguidó, que el gran escritor chocoano Carlos Arturo Caicedo Licona incluyó como relato en su extraordinaria novela corta Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia.[3]

Sin embargo, aunque los tiempos parecieran no estar para versos ni canciones, y no era precisamente la poesía lo que convocaba a las gentes a lo largo y ancho del país; en Quibdó se celebra aquella noche del 26 de junio de 1948 una gran velada lírica y literaria en el Teatro Quibdó, con el profesor Miguel A. Caicedo como maestro de ceremonias, y la presentación de la poesía de Jorge Artel y de las canciones de Esthercita Forero. El periódico La Opinión registró el acontecimiento cultural de la siguiente manera:

Gran velada lírico literaria se presentará hoy en el Teatro Quibdó. A las 9 de la noche.

Auspiciada por la ciudadanía, para el día de hoy, a las 9 de la noche, hará su presentación en Quibdó el gran bardo colombiano, cumbre de la poesía afrocolombiana, Dr. Jorge Artel. También debutará la notable cantante Doña Esther Forero.

 

Esta velada, que tiene las características de todo un acontecimiento, porque dará oportunidad al Chocó de conocer y saborear la poesía negra en boca de uno de sus más acendrados intérpretes, ha despertado extraordinario entusiasmo y toda la ciudadanía se apresta a hacer acto de presencia como rendido homenaje al aeda y al excelente e inigualado poeta bolivarense, y a la famosa cantatriz colombiana.

[…]

La presentación estará a cargo del conocido poeta chocoano, profesor Miguel A. Caicedo, cuya fama y prodigiosas producciones son ampliamente conocidas”.[4]


De su histórico paso por el Chocó —de lo que vieron los ojos del poeta en su recorrido de más de 400 kilómetros río Atrato arriba, desde el mar Caribe, y de lo que sintió su alma revolucionaria y sedienta de justicia para su gente— nacerían para la posteridad de la formidable obra de Jorge Artel y quedarían escritos y grabados en su propia voz dos poemas: Noche del Chocó, profunda declaración de amor eterno a la eterna inmensidad de esta tierra; y El líder negro (o El pueblo te quiere a ti), sentida declaración de fraternidad y admiración vital y política, en homenaje a Diego Luis Córdoba.[5]


Era cercana la media noche cuando la velada finalizó. En las almas de los asistentes, rumbo a sus casas por las solitarias y silenciosas calles de Quibdó, resonaban los ecos y acentos de la voz de Jorge Artel y la hermosa y rítmica verdad de cada uno de sus versos apalabraba en la memoria el pundonor y la honra de la historia y de la identidad. Una que otra nota alegre de los cantos de quien años después se convertiría en la eterna novia de Barranquilla incitaba a la sonrisa y al baile, al tarareo y a la alegría... Definitivamente, había sido una noche feliz, como hace muchos días no se vivía en aquella ciudad orillera que poco menos de veinte años después sucumbiría entre las tremebundas llamas de un incendio, en el que ardería una buena parte de su presente y su pasado, y desaparecerían los cimientos de lo que pudo haber sido su futuro.

[1] Un completo tratado sobre este tema es el magistral trabajo del Dr. Francisco Javier Flórez Bolívar: La vanguardia intelectual y política de la nación. Historia de una intelectualidad negra y mulata en Colombia, 1877-1947. Editorial Planeta Colombiana S. A., 1ª edición, marzo de 2023, 383 pp.

[2] La Opinión. Semanario liberal al servicio de la cultura y de los intereses chocoanos. Quibdó-Chocó-Colombia. Año I, 26 de junio de 1948. Pág. 1

[3] Caicedo Licona, Carlos Arturo. Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia. 1ª edición, noviembre de 1982. Editorial Lealon. 99 pp. Pág. 83-91.

[4] La Opinión. Semanario liberal al servicio de la cultura y de los intereses chocoanos. Quibdó-Chocó-Colombia. Año I, 26 de junio de 1948. Pág. 1.

[5] Para escuchar los poemas de Jorge Artel en su propia voz, estos son los enlaces:

Noche del Chocó: https://soundcloud.com/user-940821827/jorge-artel-noche-del-choco

El líder negro: https://www.senalmemoria.co/articulos/diego-luis-cordoba-en-voz-de-jorge-artel

La edición de Tambores en la noche, de Jorge Artel, hecha por el Ministerio de Cultura en 2010, puede obtenerse en: https://babel.banrepcultural.org/digital/collection/p17054coll7/id/9/

10/11/2025

 Estampas quibdoseñas VI
—Gitanerías y adivinaciones—

Quibdó: 1-Parque Centenario, incluyendo templete en homenaje a César Conto Ferrer (1965). 2-Palacio Intendencial (1966). 3-Orilla del río Atrato (1957). 4-Centro de la ciudad (1957). FOTOS: 1 y 2: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó. 3 y 4: Fondo Nereo López-Biblioteca Nacional de Colombia.

Aparecían como de la nada, una o dos veces al año y en cualquier época. Con frecuencia, llegaban a la ciudad en los primeros meses, por la cuaresma, cuando abundaba el pescado atrateño en las canoas de las orillas del mercado y en los platos del desayuno, el almuerzo y la comida de todas las casas de todos los vecindarios de Quibdó… Del mismo modo, desaparecían un día cualquiera, sin que uno se diera cuenta ni cuándo ni cómo se habían ido, ni siquiera para dónde, ni cuánto tiempo habían estado, ni dónde habían dormido.

Cuando uno se percataba de su presencia, por más temprano que fuera en la mañana, ya estaban caminando desde los lados del convento y la iglesia hasta la cabecera del pueblo, curioseando por los puertos de la orilla del río, arrimándose -sin llegar del todo- hasta las canoas cargadas de plátano o pescado de los campesinos atrateños… O recorriendo sin prisa las carreras primera, segunda o tercera, admirando la majestad de madera de las casas de dos o tres pisos, con sus balcones volados de bolillos torneados y cenefas en las claraboyas, con sus techos de zinc a cuatro aguas, con sus grandes salas parcialmente ocultas tras los biombos de madera, y con sus tiendas y almacenes espaciosos y amplios como la variedad de su surtido y de los acentos de sus propietarios... O caminando lentamente por el Parque Centenario, sentándose en sus bancas de cemento o en las escalinatas del monumento a César Conto, el liberal más liberal de todos los liberales del país liberal, donde ellas solían admirar la broncínea perfección del busto del prohombre elegantemente trajeado y con un libro en su mano derecha, bien asido y apoyado en su pecho, que ellas solían recorrer con los dedos finos y largos de sus finas y largas manos, de finas uñas, tan bien arregladas como sus cejas y como las pestañas de sus magníficos ojos… O caminando con soltura mientras miraban, con sonrisas leves dibujadas en su rostro y como si evocaran a los suyos que las esperaban en tierras lejanas, a los niños que jugaban en los columpios y toboganes o en la rueda del Parque Infantil, al frente del Hotel Citará, que también sus ojazos curiosos admiraban… O contemplando, evidentemente maravilladas, la monumentalidad del Palacio Intendencial, que debía parecerles una joya de la arquitectura local, a juzgar por el tiempo que dedicaban a observarlo... O dejando que su vista se perdiera cielo arriba, junto a la terraza del Ocho Pisos, donde el único ascensor del pueblo subía y bajaba llevando y trayendo a empleados que ahí trabajaban o a mandaderos y mensajeros o a muchachitos curiosos que tenían por diversión ir hasta ese edificio de la Beneficencia del Chocó para experimentar el sube y baja del entonces novedoso aparato… Y así, sucesivamente, en recorridos tan largos y pausados que, si a uno no le hubieran contado quiénes eran, uno podría haberse imaginado que venían de paseo, convencidas por los relatos de sus antecesoras y su recomendación de no perderse de conocer esta ciudad que, en medio de la selva y a orillas de tan esplendorosos ríos, tenía su gracia y era, además, la capital del departamento que le servía de esquina a Colombia y a Suramérica, y las conectaba con Panamá y con Mesoamérica.

Eran las gitanas, que según nos habían explicado en la casa, en la escuela y en los vecindarios, andaban por el mundo entero adivinándole la suerte a la gente, prediciendo el futuro y vaticinando albures y fortunas, fatalidades y sinsabores. De ahí que, cuando su tour mañanero concluía, dejaban de fijarse tanto en edificios y paisajes, y empezaban a fijarse más en hombres y mujeres, jóvenes y adultos, a quienes -de modo bastante convincente y sugestivo- ofrecían de diversas maneras sus dotes adivinatorias. A algunos los tomaban de la mano y les soltaban algún dato que los hacía sonreír, tanto porque resultara cierto como porque la persona abordada deseara que lo fuera: asuntos de amores posibles (o imposibles) casi siempre funcionaban con las mujeres y los hombres más jóvenes, con apariencia de soltería; los más adultos eran más propensos a ceder ante las referencias a la suerte laboral, familiar o económica, aunque también a las alusiones -sutiles, más no etéreas- sobre lealtades de sus parejas o existencia probable de intromisiones y problemas en sus relaciones.

Una vez captada la atención y pactada la adivinación, con sus ojazos iluminándolo todo, cada gitana se sentaba con su cliente o clienta en el sitio que acordaran: una banca del parque, la mesa apartada de un café, la sala de su propia casa o de una casa vecina. Allí, durante un buen rato, las gitanas escrutaban formas, tamaños y configuración de las manos, y examinaban una a una y en conjunto las líneas de la palma de la mano de su cliente o clienta: extensión y firmeza, tenuidad o delgadez, visibilidad o profundidad de cada línea, e intersecciones, continuidades y discontinuidades entre ellas, sus puntos de origen y finalización, sus trayectorias y ramificaciones…, que les permitían colegiar y exponer certezas y posibilidades del presente, alertas del futuro y huellas del pasado, en la vida de sus clientes.

¡Esas gitanas saben mucho!, solían decir la mayoría de gentes cuyas manos habían sido leídas. Y repetían, incluyendo con frecuencia predicciones de su propia cosecha, lo que las gitanas les habían vaticinado, adivinado y predicho. De esas inventivas de la propia cosecha de la clientela de las gitanas surgió la creencia de que, en la palma de cada mano, con mayor o menor claridad según la persona, las líneas trazaban una M mayúscula que en la izquierda significaba Matrimonio y Muerte en la derecha; que dizque porque esas eran las dos certezas principales de la vida. O aquel otro bulo según el cual si uno no tenía una línea firmemente delineada de izquierda a derecha, que le cruzara la mano en diagonal, su vida no sería muy larga y mucho menos si la bendita línea se interrumpía o difuminaba en cualquier punto de su recorrido… Ocurrencias ambas que terminaron convertidas en leyendas urbanas y durante mucho tiempo se repitieron no solamente en las charlas nocturnas de vecindario, sino incluso en los patios de recreo de las escuelas primarias de niñas y de niños.

Del mismo modo, pero con la baraja española, procedían las gitanas con quienes elegían como método de adivinación la lectura de las cartas, en vez de la palma de la mano. Oro, copa, espada y basto, cada una según su valor o majestad, las coloridas y un poco extrañas cartas, que las gitanas guardaban en coquetos estuches de herméticas tapas, hablaban; pero solamente después de que la gitana las barajaba y le ofrecía el mazo al cliente o a la clienta para que lo partiera en dos o en tres o en cuatro montones y fuera eligiendo cartas, que revelarían -una tras otra o en conjunto- las gracias y desgracias, las fortunas y los infortunios, las realidades y las posibilidades del presente, pasado y futuro de la propia vida y de las vidas cercanas… Al igual que a las líneas de la palma de la mano, también a la baraja se le podían formular preguntas, cuyas respuestas solía armar la gitana con datos que obtenía de las respuestas de su cliente a las preguntas adicionales que ella le hacía antes de responderle la pregunta que él o ella hubieran formulado.

Andaban siempre juntas, en parejas o en tríos, y solo se separaban para atender su misión de ayudarle a los clientes a comprender las minucias de sus vidas. Por lo general, eran gráciles aquellas gitanas. Las siluetas curvas de sus caderas se ajustaban a sus faldas amplias y floridas, que les llegaban hasta los tobillos y marcaban sus cinturas antes de que la tela de zaraza estampada desplegara su vuelo a lo largo de sus piernas siempre ágiles y extensas, que remataban en unos pies a los que se les notaba que estaban acostumbrados a caminar entre sus sandalias casi siempre blancas. Eran bonitas sus blusas de tela de opal, que delineaban sin estrujar y exponían sin exhibir cada centímetro del torso de las gitanas; mientras que sus pañoletas, a veces turbantes, recogían el pelo adelante, dejando que el resto de sus largas cabelleras lustrosas se derramara en cascada sobre la espalda semidescubierta. De vez en cuando, una que otra de las gitanas se tejía una trenza, que lucía colgando hacia adelante, recostada galantemente sobre uno de sus hombros y cayendo sobre su pecho.

De sus orejas -sin falta- pendían zarcillos largos o grandes candongas, en las manos llevaban pulseras que sonaban cuando las gitanas caminaban o gesticulaban al hablar, y en sus dedos, incluyendo el pulgar, tres o cuatro anillos de distinto brillo y calidad. De sus vistosos collares, en los que se notaba un detallado trabajo de bisutería, con frecuencia colgaban relicarios y guardapelos con delicados detalles de joyería. Sus labios perfectamente pintados de carmesí completaban el conjunto de sus caras, tan diferentes a cuantas habíamos visto hasta entonces, embellecidas por la profundidad enorme de sus ojos, generalmente negros, a veces del color de la melaza fresca o de la miel pura, pero siempre brillantes y vivaces como la luna en plenilunio o el sol en su cenit.

Un día las gitanas se marcharon para siempre. O jamás regresaron. Ocurrió después del incendio del 26 de octubre de 1966, en el cual ardieron la mayor parte de los lugares y de las edificaciones que a ellas tanto les gustaba recorrer en las mañanas, antes de comenzar a adivinarle la suerte a la gente de Quibdó.

Así era la ciudad que quemó el incendio de 1966. Quibdó, Carrera Primera, 1965. FOTO: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó.

Año tras año, cuando las gitanas se marchaban, su clientela se dedicaba a esperar que sus vaticinios, augurios y presagios se cumplieran. Ante cualquier signo de alarma, uno por uno, los clientes y las clientas regresaban al redil original de las augures locales, adivinas rejugadas y experimentadas, que confirmaban o negaban las predicciones de sus colegas gitanas. Entre ellas, había una adivina acertada y famosa como la que más, una cuarentona chomba y longilínea, culisa de cabello, de facciones finas, aguda de vista y de mente ágil, que tenía juegos completos de alhajas de pura filigrana de oro chocoano (zarcillos y anillos, cadenas, collares y pulseras, dijes y medallas), que lucía durante las sesiones de lectura de cartas, de la mano, del cigarrillo o del tabaco. La llamaban la Paisa Negra y a más de un cliente o una clienta les ayudó hasta a encontrar objetos perdidos, entre ellos el amor. No era gitana. Era chocoana.


03/11/2025

 78 años del Departamento del Chocó


El Chocó fue establecido como departamento de Colombia mediante la Ley 13 del 3 de noviembre de 1947, después de cuarenta años de vida institucional como Intendencia Nacional. En conmemoración de esta efeméride, les ofrecemos en El Guarengue los fragmentos iniciales del artículo “Heraldos de un nuevo día”, del Maestro Arnoldo Palacios, publicado el 8 de noviembre de 1947 en la revista Sábado. Estos párrafos contienen una síntesis del proceso de creación del que sería en ese momento el departamento número 15 en la división política y administrativa del país... El artículo completo puede leerse en:  Cuando yo empezaba. Arnoldo Palacios. Biblioteca Digital de Bogotá. Edición digital: Bogotá, febrero de 2014. ISBN: 978-958-8877-13-6. 155 páginas. Pág. 45-52. En su párrafo final invoca el apoyo de los connacionales hacia el Chocó: "Esperamos la cooperación de todos los colombianos para la prosperidad del nuevo Departamento del Chocó, en bien de la patria".

Dos obras del cancionero regional, innumerables veces cantadas con la hondura del lamento y la dignidad de la esperanza, ilustran la memoria de este trascendental acontecimiento, junto a la bandera que evoca nuestras riquezas, que, siendo tantas y tan variadas, no han hecho posible el bienestar del pueblo chocoano; y el escudo, huella visible de una historia que aún nos falta transformar a favor de la vida plena de la chocoanidad.

Julio César U. H.

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Heraldos de un nuevo día (Fragmento)

Arnoldo Palacios

Publicado en la revista Sábado el 8 de noviembre de 1947

La creación del Departamento del Chocó es para la patria, como admirar el amanecer a la orilla de un río. Porque el alma del hombre se llenó de alegría, y la alegría es signo de progreso… El departamento del Chocó no fue creado en un instante. Fue obra de una lucha intensa y vigorosa en el parlamento colombiano durante varias décadas. En la prehistoria de esta ley figuran: el doctor Tulio Enrique Tascón, presentando el proyecto en 1918; Becerra Delgado en 1919, año en que lo recomienda el presidente de la República don Marco Fidel Suárez. Pero volvió al silencio, quizá porque estos hombres de buena voluntad no eran al fin y al cabo chocoanos y tenían otras cosas que hacer por sus departamentos y sus electores. Y en el año de 1933, regresa el proyecto al tapete del parlamento. Ya el Chocó tiene en la Cámara un auténtico vocero, ciudadano nacido de las propias entrañas del pueblo, elegido por el pueblo en la lucha: Diego Luis Córdoba, quien luchó por la creación de esta obra durante todo el tiempo que le ha tocado asistir al parlamento colombiano. Hubo momentos como en el 44 en que ya casi estaba aprobada la ley, pues se discutía en tercer debate en el Senado; pero los chocoanos carecían de vocero en el Senado y allí se ahogó; de esa época recordamos que se encontraba allí como ministro de Estado Adán Arriaga Andrade, el cual tenía voz, y a pesar de las instancias de Córdoba para que defendiera a la tierra. Arriaga no tuvo boca ni signos de ninguna especie para defenderlo y lo dejó perecer, es decir, su gran talento político pecó, pues despreció la gloria. Muy bien; estará convencido el Chocó que no encontrará papeletas para votar por él, aun cuando se esté ahogando en una candidatura por falta de un voto.

Y en estos últimos cuatro años siguieron trabajando con ahínco Diego Luis Córdoba y Ramón Mosquera Rivas, más Fernando Martínez Velásquez que vino este año. Todos auténticos hijos del pueblo. Córdoba se pronunció en el Senado, donde había quedado el proyecto el año pasado; hizo uno de los más sentidos y profundos discursos, en lenguaje puro, que se hayan escuchado en el Parlamento en los últimos tiempos. En el senado, siendo presidente el jefe del liberalismo, doctor Jorge Eliécer Gaitán, el proyecto siempre mereció la preferencia y la defensa del máximo jefe. Hasta que por fin, al volver a la Cámara para ser aprobados o no unos artículos modificados por el Senado, el viernes 24 de octubre, durante una sesión vespertina, que a cada rato se iba llenando de solemnidad, el proyecto del Departamento del Chocó quedó aprobado. Hablaron Luis Yagarí, quien hizo un discurso sincero, de corte romántico; Augusto Ramírez Moreno, quien con su amada retórica analizó las riquezas y la miseria que personalmente había observado en la tierra chocoana, y dijo de la simpatía incomparable con que todos los chocoanos lo habían recibido, y explicó que por esos mil títulos más invitaba a aprobar el proyecto, como una medida de justicia en Colombia. Ya había entrado la noche. Y en el amplio salón del nuevo Palacio de Comunicaciones empezó a agitarse la emoción y la espera de las cosas grandes que ya vienen allí.

Finalmente pasó al micrófono Eliseo Arango, chocoano nacido en Bagadó, a la orilla del torrentoso río Andágueda. Eliseo Arango estaba tembloroso con su cuerpo seco y frágil, con su cabeza plateándose, su rostro pálido, descarnado y enjuto, y debajo de sus gruesos lentes la mirada extendida en el recuerdo de aquellas tierras que no ha vuelto a visitar por muchos años, muchísimos... Cuando comenzó a hablar todos hicieron silencio: sus palabras brotaban con el peso que tienen la justicia y la inteligencia. Con voz clara y fuerte explicó y objetó de manera incontestable las objeciones de los impugnadores del proyecto más bien empecinados en que el Chocó no debía ser departamento porque no y porque no; entre los impugnadores se destacaban por la necedad Rivera Tamayo, J. Estrada Monsalve, Jesús María Arias, el senador Alfredo Cock, y otros que se lavarán las manos ante la historia, porque no recuerdo ahora cómo se llaman. En fin, ante la expectativa de todos los presentes, repartieron las boletas y echada la suerte quedó aprobado el decimoquinto departamento de Colombia: Chocó, capital Quibdó.

27/10/2025

 La Casa Cajales, 
donde quedaba Caminos Vecinales

*Fachada original (1926) y demolición (2025) de la Casa Cajales, en la Carrera Primera con Calle 30, en Quibdó, una construcción de hace un siglo, que formó parte del primer plan urbanístico de la ciudad en el siglo XX: la Urbanización del Barrio Norte, puesto en marcha en 1925. FOTOS: El Guarengue (Quibdó, desarrollo urbano y patrimonio arquitectónico) y cortesía.

100 años de historia
La casa recientemente demolida en la Carrera Primera con Calle 30 de Quibdó, conocida en los estudios arquitectónicos como Casa Cajales, en alusión a su propietario original, forma parte de un conjunto de construcciones ejecutadas en el marco de uno de los primeros planes urbanísticos de la ciudad:  el plan de Urbanización del Barrio Norte, una iniciativa del Municipio de Quibdó y de la Intendencia Nacional del Chocó, aprobada por el Concejo Municipal en enero de 1925, bajo planos elaborados por la dirección de obras públicas de la Intendencia, que estaba a cargo del ingeniero catalán Luis Llach Llagostera, quien dejaría su impronta en la historia del desarrollo urbano, la arquitectura y el espacio público de la ciudad, con obras como la cárcel, la Escuela Modelo, el Colegio Carrasquilla, el palacio episcopal, la Casa Díaz, el monumento a César Conto en el Parque Centenario, y el Cementerio San José.  La idea original del plan había sido propuesta al Consejo en 1920 por el abogado, intelectual y político Reinaldo Valencia Lozano (fundador del histórico periódico ABC, que circuló entre 1913 y 1944), cuando se desempeñaba como Tesorero Municipal.

Sueños de modernidad

Construidas todas entre 1926 y 1928, aquellas primeras edificaciones construidas en el marco del plan de Urbanización del Barrio Norte son vestigios de una época política, económica, cultural e institucional durante la cual élites y dirigencia política de Quibdó y el Chocó tradujeron en la arquitectura, el comercio, la industria, la vida social, la radio, la prensa, el ocio y las artes un sueño de modernidad inspirado en el Caribe, en los Estados Unidos y en Europa, aquí en esta orilla del Atrato, en la mitad de la selva chocoana; a partir de los capitales introducidos para la consolidación del boom minero de oro y del platino, la extracción de maderas finas y otros productos del bosque, como tagua, plantas medicinales y pieles; mientras crecía y se posicionaba la primera generación de intelectuales y políticos nativos, que, con el apoyo del plan de educación de la Intendencia, se formarían como profesionales en las mejores universidades públicas del país.

Para entonces, la ciudad era una cuadrícula más o menos regular, que desde la orilla del río Atrato se extendía hacia el oriente hasta la quebrada La Yesca, paralela a la cual se había venido construyendo y desarrollando la Alameda Reyes (actual calle 26); hacia el sur, llegaba hasta las inmediaciones de la actual plaza de mercado, incluyendo la Calle del Obispo,[1] que daría origen a la actual calle 20; y hacia el norte no iba más allá de la actual calle 28, donde las aguas del Atrato impedían el pso franco y donde posteriormente se ubicaría la Policía Nacional.

El anillo vial

La idea original del plan de Urbanización del Barrio Norte presentada al concejo municipal era que se construyeran y poblaran, siguiendo normas de construcción establecidas por las autoridades intendenciales y municipales, los terrenos hacia el norte de la Alameda Reyes, desde la carrera primera hasta la actual carrera séptima, que entre 1923 y 1924 fue construida como Avenida Istmina, Alameda Istmina o Vía Interoceánica, nombrada así en referencia al hecho de que estaba pensada como la salida de Quibdó hacia la Provincia del San Juan, pasando por el puente de García Gómez; y como parte de la futura Carretera Panamericana. “En enero de 1925, se inició la prolongación de la carrera 1ª para empalmar el centro con la Avenida Istmina, configurando el anillo vial o circunvalar, que definió la futura zona de expansión. Por Acuerdo N° 17 de 1925, el Concejo Municipal acordó, en el artículo 1°: “Los lotes de terrenos comunales situados hacia el norte de la ciudad, bordeando la Avenida Istmina y los que quedan en las calles y avenidas transversales a la misma se venderán en pública subasta, y de conformidad con las demarcaciones señaladas en los planos de urbanización levantados por los ingenieros de la Intendencia”.[2]

Siguiendo las propuestas originales de Reinaldo Valencia, tal como lo registró Luis Fernando González en su ya clásica historia del desarrollo urbano de Quibdó hasta 1950, el mencionado acuerdo municipal sobre la Urbanización del Barrio Norte incluía previsiones como las siguientes: “No se admitirán construcciones sino de madera o cemento, bien armado, bien en bloques, y las techumbres deberán ser de teja metálica, o de cemento, tejas de barro, madera, ruberoide. En ningún caso se admiten techos de paja y muros de palma. / Las casas o residencias se construirán en el centro del lote, dejando al frente y a los lados jardines. Los terrenos serán cercados con verjas de hierro, cercas de concreto, de madera, pero conservando la estética”.[3]

Huapango arriba

A estas construcciones pioneras le seguirían edificios institucionales como la sede de la policía, el antiguo Barrio Escolar, el Matadero municipal y la Fábrica de Licores del Chocó, construidos entre principios de la década de los 30 y principios de los 40, aproximadamente. Posteriormente se levantaría el conjunto de edificaciones del Ministerio de Obras Públicas, destinado a la Zona de Carreteras-Distrito N° 9, cuyo acceso se facilitaría con la construcción del entonces moderno, hoy vetusto, puente del barrio Huapango sobre la quebrada El Caraño. Con los años, al abrigo de este desarrollo planificado, y por incidencia de otros factores como el loteo informal de grandes extensiones de ejidos, baldíos y "mejoras", y por las enormes masas de víctimas del desplazamiento forzado de población por el conflicto armado; el norte seguirá extendiéndose más y más, hasta la configuración de uno de los sectores más populosos y complejos del Quibdó actual: la Zona Norte, que linda con el entonces lejano corregimiento de Guayabal y con la infinidad de barrios que han crecido hacia el oriente de la ciudad, en torno a las casi extintas quebradas La Yesca y La Aurora.

Con estas construcciones y la Casa Cajales comenzó en 1925 el plan de Urbanización del Barrio Norte, en Quibdó. 1-Casa Garcés (1930), 2-Casa Tapias (1993), 3-Cinco Quintas (1929), 4-Casa de Emilio Yurgaqui, en la Alameda Reyes con Avenida Istmina, actualmente Calle 26 con Carrera 7a. FOTOS: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó.

La Casa de Fuad Cajales

A finales del siglo XX, como parte de su investigación sobre el desarrollo urbano de Quibdó,  el arquitecto, investigador y doctor en Historia Luis Fernando González Escobar, de la Universidad Nacional de Colombia, levantó fichas históricas y constructivas sobre todas y cada una de las edificaciones patrimoniales de la ciudad; las cuales fueron publicadas como parte de su famoso libro de 2003. Se anota en dicha publicación que, en el momento de la construcción de esta casa, "la actual Carrera Primera se denominaba Avenida Carrasquilla, en homenaje al poeta y pedagogo quibdoseño Ricardo Carrasquilla, en razón al centenario de su natalicio, en el año de 1924"; y que "esta vivienda también fue respuesta al programa de urbanización del Barrio Norte, que por iniciativa de la municipalidad se inició en 1925 con el remate de lotes en la zona norte de la ciudad para incentivar su poblamiento y urbanización; en un área comprendida entre la actual calle 31, entonces Avenida Istmina o Carretera y la Alameda Reyes. Uno de los primeros en participar de esa iniciativa fue el sirio Fuad Cajales, quien remató varios lotes, entre los que estaba uno en el que se ejecutó la construcción de las Cinco Quintas, y éste en donde sería su residencia particular, lote rematado en 1926 por la Junta de Hacienda Municipal de Quibdó". (González, pág. 321). 

La Casa Cajales fue construida por el maestro cartagenero Fernando Ortiz entre el año 1926 y el año 1927; lo cual fue posible en tan poco tiempo por el uso de elementos prefabricados en cemento (balaustradas, columnas, jarrones), que se producían en la fábrica de Rumié Hermanos, de la cual era socio y gerente el señor Fuad Cajales. Cajales residió en la casa hasta 1931, cuando se la vendió a la Prefectura Apostólica del Chocó; entidad que  posteriormente la cedió al ingeniero Oscar Castro Conto, quien dirigió la construcción del templo que sería erigido como Catedral; y a cuyos herederos pertenecía cuando el investigador González la documentó. Funcionaba entonces en la casa la sede de la oficina de Caminos Vecinales, entidad estatal cuyo uso desvirtuó los propósitos originales de la vivienda e introdujo subdivisiones para la ubicación de oficinas. "A pesar de su deterioro, conserva los elementos que la presentaban como una de las mejores casas de la ciudad", anotó González en su reseña, que complementó con la siguiente descripción:

"El cuerpo principal de la vivienda es un sistema estructural, ortogonal, que también se empleó en otras construcciones, con columnas y en medio de ellas tabiques de concreto, que constituían una tecnología de rápida ejecución. Como todos los ejemplos de las viviendas de la Urbanización del Barrio Norte, su planteamiento está hecho para la vida exterior, tanto hacia la calle, con su porche adosado y lineal, como hacia la parte posterior, sobre el río Atrato, con otro porche que mira al poniente, donde había una zona de jardín. El porche exterior está formado por un alero sostenido por una columnata y los intercolumnios con balaustradas que lo separan de la vía pública. El porche interior está abrazado por la vivienda y conduce a un patio-jardín; está construido con los elementos prefabricados presentes en el porche de acceso. La planta no presenta simetría y el eje de acceso es asimétrico (aunque la fachada presenta una simetría en el juego de vanos, relacionándose los dos porches por el eje de acceso. Las ventanas tienen las características de las ventanas arrodilladas, manteniendo aún los calados originales. También algunas divisiones interiores conservan el trabajo de madera".[4]

Un proyecto de ciudad

La Urbanización del Barrio Norte –plan puesto en marcha hace 100 años y del cual forman parte la recién demolida Casa Cajales, la malograda Casa Garcés y las distorsionadas y deterioradas Cinco Quintas y Casa Tapias– es un hito histórico de Quibdó en el que se transluce una idea, se refleja un planteamiento y se materializa un proyecto de ciudad y de región, en búsqueda del desarrollo urbano a partir de criterios históricos de armonía y coherencia constructiva. Ello fue posible por la acción conjunta y el compromiso continuo de sucesivas administraciones públicas, como las de los intendentes nacionales Vicente Martínez Ferrer, Jorge Valencia Lozano, Heliodoro Rodríguez C., Emiliano Rey Barboza, Adán Arriaga Andrade, Dionisio Echeverry Ferrer y Alfonso Meluk Salge, entre otros; cada uno de los cuales hizo lo necesario para sacar adelante un proyecto urbano, espacial y sociocultural de ciudad que incluyó también obras como la pavimentación de la Carrera Primera, la construcción del Colegio Carrasquilla y la Normal Superior, el acueducto y el Hospital San Francisco de Asís, el tramo Quibdó-Tutunendo de la vía hacia Antioquia, incluyendo el primer puente sobre el río; la Cárcel Anayansi y la Escuela Modelo, que desde 1941 pasó a ser Palacio Municipal...obras todas construidas antes de que la Ley 13 del 3 de noviembre de 1947 convirtiera la Intendencia Nacional en el Departamento del Chocó.



[1] La ciudad constaba de unas diez calles, siendo las principales la Calle del Puerto, Calle Larga, la Calle del Comercio y la Calle del Obispo, trazadas de modo paralelo al río Atrato, en cuyas orillas anclaban los barcos procedentes de Cartagena y las embarcaciones de las zonas rurales; así como se desarrollaba el mercado sabatino popular.

[2] González Escobar, Luis Fernando. Quibdó, contexto histórico, desarrollo urbano y patrimonio arquitectónico. Centro de publicaciones Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín, febrero 2003. 362 pp. Pág. 207.

[3] Ibidem. Pág. 209.

[4] Ibidem. pág. 321-322

 

20/10/2025

 Quibdó seis décadas después de su incendio 

Incendio de Quibdó, 26 de octubre de 1966. 1-Noche del incendio. 2-Palacio Intendencial (Gobernación del Chocó) en la Carrera Tercera, después del incendio. 3-Carrera Primera a orillas del río Atrato, al otro día del incendio. FOTOS: Archivo Fotográfico y Fílmico del Chocó.

Entre las llamas de aquel incendio ardieron por igual los sueños de grandeza de los unos y las ínfulas de poder de los otros. Incluso los humos que a unos y a otros se les habían subido a la cabeza se fundieron con los de la quemazón enorme, que a las diez de la noche ya era imparable, como si fuera un anticipo de la cuota de infierno que a todo viviente le estuviera reservada. Ventana tras ventana, puertas y portones, zaguanes y balcones, porches y corredores, salas y cocinas, techos y paredes, biombos y camas, taburetes y sofás, escaparates y cómodas, mercancías y joyas, oro y dinero, recuerdos y secretos, fueron desapareciendo entre las mareas del fuego implacable, atizado por la brisa súbita y desventurada de las orillas del río, como si todo –a partir de una maldición– conspirara a favor de la tragedia.

El incendio del miércoles 26 de octubre de 1966, que comenzó poco antes de las nueve de la noche, se hizo visible hacia las diez y quemó a Quibdó hasta las siete la mañana del otro día, cuando –bajo un rocío que no alcanzaba ni a mojar las palmas de las manos– el suelo de las calles y de los solares aún hervía, y el humo se alborotaba con la más leve de las varias lloviznas que no alcanzaron a formar un aguacero en el triste amanecer del jueves, que comenzó con el silencio inmenso de la desolación, después del bullicio infinito y el alboroto colosal de la noche anterior, cuando medio pueblo intentó contener con sus propias manos las llamas amarillas y rojas, grises y negras, que ocupaban el cielo casi por completo, y un rayito de luna se perdía en el ostracismo obligado de aquella humareda densa que iluminaba al pueblo mientras las llamas lo quemaban… Desde las colinas que rodean la ciudad, desde las lomas de Tutunendo y Munguirrí, desde el Alto del Veinte y desde las orillas de Munguidó arriba y las cercanías del arrastradero de San Pablo, hubo gente que alcanzó a percibir en la distancia aquella visión pavorosa de un cielo encendido bajo el cual desaparecía más de medio siglo de historia. 

No era el primero y tampoco sería el último. Incendios es lo que habían vivido quienes para entonces ya eran adultos o viejos, cuyas partidas de bautismo habían tenido que ser reconstruidas de memoria, pues los archivos parroquiales se habían quemado varias veces en los sucesivos incendios de la iglesia de San Francisco y del convento de los misioneros. Incendios es lo que les faltaría por vivir a la niñez y a la juventud que, en la mañana posterior a esta nueva y enorme tragedia, no terminaban de entender cómo era posible que casi medio pueblo hubiera desaparecido, mientras ellos intentaban dormir en medio del estropicio, y ahora fuera nomás un montón de escombros renegridos, de donde cenizas y pavesas saltaban impulsadas por el viento o por las huellas de los pies, calzados o descalzos, de las romerías de gente que desde los confines del pueblo habían venido a escarbar en pos de monedas y alhajas, baratijas y mercancías –incluso latas de comestibles– que en el fragor de la candela habían alcanzado a soasarse, pero no a calcinarse del todo, por lo menos por fuera, pues por dentro –la mayoría de las veces– las sardinas y atunes, y el corned beef, parecían acabados de sacar de una olla de agua hirviendo o de ser retirados de un fogón de leña; y la leche en polvo –Klim, Nido, Molico– era dentro de cada tarro de lata un bloque compacto, duro, blanquecino y amargo, que se podía sacar casi completo como de los moldes de hierro se sacaban los ladrillos de cemento para las construcciones o de las cubetas de aluminio se sacaban el hielo y los helados.

Todo el mundo hizo lo mejor que pudo para mitigar la angustia y paliar el abatimiento. Los bomberos que llegaron de Antioquia al amanecer hicieron lo que estuvo a su alcance. Las autoridades, guiadas desde Bogotá por la propia Presidencia de la República, cuyo delegado llegó a Quibdó en un avión de la Fuerza Aérea el jueves 27, organizaron del mejor modo que les fue posible el registro de los damnificados y la entrega de ayudas inmediatas, así como para inventariar daños y consolar parientes, vecinos y paisanos. Los tenderos de los barrios y los de la zona céntrica que habían logrado salvar una que otra saca de arroz y unas cuantas latas de manteca, amén de papeletas de café, paquetes de pastas y uno que otro bloque de queso a medio terminar, expendieron hasta agotar existencias; incluso en ranchas parapetadas cerca al área de las ruinas de la carrera segunda, como lo hizo el carnicero que vendió sus remanentes, incluyendo por igual lomos y entrepechos, huesos y sebos, sobrebarrigas y tablas, gordanas y peperrepes... Al fin y al cabo, con todo y desastre, algo tenía que comer la gente, las penas con pan son menos y la ocasión la pintan calva.

La ciudad que quemó el incendio de 1966.
1-Quibdó 1965 (Misioneros Claretianos).
2 y 3-Quibdó 1957 (Nereo López).

De los caseríos cercanos y no tan cercanos del Atrato y sus afluentes, llevados por la curiosidad y alentados por las voces de quienes opinaron que en el pueblo con seguridad necesitaban comida –así aún no fuera sábado, día de mercado–, arrimaron desde temprano decenas de canoas que, por momentos, derivaron sin rumbo, pues sus bogas y pasajeros no tenían cómo orientarse, viendo con incredulidad que ahora ni los puertos existían. Plátanos y bananos, bija y yerbas de condimento, maíz, lulos y limones, pepas de árbol del pan, cocos y caimitos, guayabas y achín, ñame y pescado fresco, hasta un poco de carne de monte, unas cuantas panelas aliñadas y varias arrobas de chere maloliente y más asoleado de la cuenta, fueron a parar en un santiamén a las cocinas del pueblo, donde la comida se preparaba entre vecinas solidarias y asustadas, para la propia gente de cada quien y para compartir con quienes todo lo habían perdido.

Agotado su surtido, del cual regalaron buenamente alguna parte a la gente que pasaba por la orilla del río o por las inmediaciones de lo que desde entonces empezaron a llamar “el quemado”; muchos campesinos se unieron a los buscadores de tesoros entre los escombros o deambularon por toda el área para satisfacer la curiosidad y reunir memorias que pudieran contar cuando volvieran a sus orillas a reabastecerse para regresar el sábado. Algunos, por curiosidad, otros para saludar a los parientes que vivían en el pueblo, caminaron hasta lugares que se habían salvado del incendio, como Munguidocito, Tres Brincos, Boca’e Cangrejo, Chambacú, El Polvorín, Las Margaritas y Corea, y hasta alcanzaron a bañarse en La Yesca antes de regresar al río para devolverse a sus casas. Aquella sería una de las últimas veces que muchos de ellos vieron aquellos vecindarios y refrescaron sus cuerpos en las aguas aún limpias de aquella quebrada; pues los vecindarios desaparecerían bajo el imperio del baratillo callejero y La Yesca se convertiría en cloaca, albañal y vertedero de la otra ciudad que en sus orillas y sobre su cauce crecería sin dios ni ley.

La Navidad de ese año sería recordada en Quibdó como una de la más tristes de la historia. En la noche del 24 de diciembre, a la iglesia parroquial no le cabía un alma. Para la feligresía, conmovida hasta las lágrimas por un versículo de Isaías: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”; nunca antes tuvieron tanto sentido el “Gloria a Dios en el cielo” y la proclama de que había nacido un salvador. Al terminar la misa, luego de un aplauso espontáneo y masivo, la gente duró casi una hora despidiéndose, en el atrio o en el parque. Aquellos hombres y aquellas mujeres, muchos de los cuales se zamparían un par de anisados antes de acostarse a dormir, soñaron aquella noche con una vida sin los estragos del incendio.

Con la entrada del año nuevo, pocas semanas después, el panorama empezó a aclararse en cuanto a lo que haría el gobierno nacional por la ciudad y por los damnificados del incendio. El 17 de enero de 1967, el Congreso Nacional, presidido entonces por Manuel Mosquera Garcés, cuya familia también había sido víctima de la tragedia, aprobó la ley primera de ese año, “por la cual se provee a la reconstrucción de las zonas devastadas por el incendio de Quibdó, y la ayuda a los damnificados por este mismo suceso”. Ocho días después, el 25 de enero, la ley fue sancionada por el presidente Carlos Lleras Restrepo, quien la firmó junto a sus ministros de Hacienda y Crédito Público, Abdón Espinosa Valderrama, y de Gobierno, Misael Pastrana Borrero. Escritas estaban en la ley todas las previsiones necesarias para el otorgamiento de créditos de vivienda, el reconocimiento de ayudas y subsidios, y otra serie de medidas para lo que el texto llamaba la remodelación de Quibdó.

Aunque buena parte de esa remodelación se cumplió, lo que sí no fue posible fue que Quibdó renaciera de sus ruinas para renovar o actualizar sus viejas glorias. Más bien, y como si se tratara de un incendio sin llamas, lo que quedaba de la vieja ciudad –cada casa y cada vecindario, cada vestigio del pasado– fue desapareciendo, demolido y reemplazado por una cantidad absurda de esperpentos y adefesios constructivos: cajones de cemento que más feos no podrían ser y de tantos pisos de altura como plata disponible tengan los nuevos dueños de una ciudad que sin que autoridad alguna haya hecho nada al respecto– se fue convirtiendo en una inmensa plaza de mercado, por cuyas calles a duras penas se puede caminar, por obra y gracia de las motos –cuyo número casi iguala el de habitantes de la ciudad– o de los centenares de ventorrillos callejeros, ferias y baratillos abigarrados y estruendosos, que no solo se han adueñado del escaso espacio público, sino que, además, parecieran tener licencia hasta para convertir en parte de su mobiliario los escasos monumentos de la ciudad, como el de Diego Luis Córdoba en el Parque Centenario.
Remodelación de Quibdó, carreras 1a. y 3a. (1969). Fotos Alberto Saldarriaga-Colección fotográfica. Banco de la República-Biblioteca Virtual.

La antigua cuadrícula urbana, que con la pavimentación de los años 70 pasó a ser conocida como anillo central: carreras primera a séptima y calles 20 a 31; incluyendo grandes sectores de barrios como La Yesquita y la Yesca Grande, la Alameda Reyes, el Pandeyuca, César Conto, Roma y Cristo Rey, y otros de los llamados barrios franciscanos; fueron perdiendo su carácter barrial: los antiguos vecindarios, unos más, otros menos, son ahora desaliñados emplazamientos comerciales repletos de pensiones y hoteles por doquier; compraventas y prenderías que funcionan día y noche toda la semana; farmacias de todas las ubicaciones, tamaños y surtidos; tiendas y bodegas de abarrotes; supermercados de pequeñas, medianas y grandes superficies; cacharrerías, legumbrerías, carnicerías, pollerías y pescaderías; peluquerías, barberías y salones de belleza; cafetines y fritanguerías de todo tipo; licorerías, bares y cantinas de toda laya y condición…

Seis décadas después de aquel incendio, la antigua ciudad, cuyas zonas residenciales, institucionales y comerciales estaban medianamente delimitadas, tiene el aspecto de un inmenso, desordenado y sucio mercado en el que vivir ya no es posible y adonde solamente se acude a comprar o a vender, como si a eso se redujera la vida. Sin gobernanza alguna en materia de ordenamiento y cuidado urbanístico, desplazada por el comercio masivo, abigarrado e invasivo, la ciudad de la gente ha sido paulatinamente construida en su antigua periferia, sin planeación alguna y a costa de la naturaleza, los ecosistemas y paisajes, en torno a las antiguas quebradas: La Yesca, La Aurora y El Caraño, que poco a poco han ido pasando a engrosar el álbum de los recuerdos, como la arquitectura de madera que desapareció entre las llamas del incendio.