lunes, 18 de marzo de 2024

Balbino Arriaga Ariza:
“Los colores del Atrato”
*Escena de una chirimía. Balbino Arriaga, 1971. Bocetos para un telón. Acuarela, 35.6 x 43.2 cm. FUENTE: Alma Arriaga, colección particular. Tomada del libro "Balbino Arriaga a través de la academia. Clara Forero, Iván Benavides. Universidad Nacional de Colombia. 2018. La foto de Balbino Arriaga es la portada del libro; del cual son tomadas todas las imágenes incluidas en esta publicación de El Guarengue.

Hace 66 años, del 19 al 30 de marzo de 1958, se llevó a cabo en Quibdó, con el patrocinio de la Unesco, uno de los eventos de mayor importancia y trascendencia científica que haya tenido lugar en Colombia, por sus novedosos aportes al conocimiento mundial en los campos forestal, botánico, hidrológico, cultural y étnico, geográfico, sociológico, ecológico y ambiental: el Simposio Americano sobre Zonas Húmedas Tropicales; cuya organización e impulso estuvo a cargo del naturalista colombiano Enrique Pérez Arbeláez y el científico alemán Ernesto Guhl.

Además del gran Pérez Arbeláez y de Guhl, participaron en el simposio otros científicos nacionales y extranjeros también de talla mundial, como José Cuatrecasas Arumí, Robert C. West, Gerardo Budowsky, Roberto Pineda, Orlando Fals Borda, Ernesto Vautier, Francis Raymond Fosberg, Adolpho Ducke y Lyman Bradford Smith. En su calidad de secretario general del Simposio -nombrado por Miguel Ángel Arcos, quien era entonces Gobernador del Chocó-, Rodolfo Castro Torrijos presentó a la concurrencia una completa monografía titulada Chocó-Colombia, que contenía información y datos sobre diversos aspectos de cada uno de los municipios del Chocó y de la región en general.

La presentación de Castro Torrijos fue largamente aplaudida, por lo apropiada y pertinente que resultaba para el simposio, dados sus contenidos, y por su diligente trabajo de diagramación e ilustración; cuyos dibujos, mapas, planos, cuadros estadísticos, portada y portadillas internas, habían sido hechos por un jovencito que aún no cumplía 20 años de edad y tampoco -como era frecuente en aquella época- había culminado sus estudios de bachillerato, lo cual haría dos años más tarde.

Ese jovencito era el artista chocoano Balbino Arriaga Ariza (Quibdó, 18 de junio de 1938-Bogotá, 5 de julio de 2002), hijo de Balbino Arriaga Castro, quien además de dirigente liberal y probo funcionario, fue consagrado y admirado maestro e intelectual; y quien, como presidente de la junta organizadora, influyó notablemente en la concertación con la curia claretiana de un nuevo modelo de celebración de la Fiesta Patronal de San Francisco de Asís, en Quibdó, donde además del templo fueran también la calle y el barrio, el vecindario y la población, escenarios y sujetos con poder de celebración festiva y devocional. Dicha estructura rige desde finales de la década de 1920 y principios de 1930.

La mamá de Balbino Arriaga Ariza fue Placidia Ariza Prada, hermana de los famosos profesionales y políticos Luis Víctor y Víctor Dionisio. Balbino fue el único hombre de la prole de ella y su esposo, por lo que el niño creció acompañado de sus siete hermanas: Carmen Elisa, Ángela Isabel, Alma del Socorro, Placidia María, Ana Luisa, Pola del Carmen y Gloria Stella, todas ellas dotadas también de talentos artísticos y en varios casos dedicadas a su cultivo a través de las artes plásticas o las letras.

Rendimos homenaje en El Guarengue al grandioso artista chocoano Balbino Arriaga Ariza, quien dedicó su vida artística y profesional a la formación de nuevos talentos, en la Universidad Nacional de Colombia, en donde trabajó durante más de 30 años y en donde recibió -entre otros reconocimientos- el de Docencia Excepcional, que le fuera concedido en cuatro ocasiones por el Consejo Superior de la Universidad con base en la postulación de los egresados del Programa de Bellas Artes, varias generaciones de los cuales encontraron en Balbino un verdadero Maestro. 

Balbino Arriaga Ariza falleció a los 64 años, sin haber consolidado su obra, como lo venía haciendo desde que se retiró de la docencia. Su tempranera muerte nos privó de disfrutar aún más de lo que se puede lograr con el rico acervo que de la luminosa paleta de su alma quedó. El texto que reproducimos evoca y narra su infancia y su juventud e incluye valiosas imágenes de la vida y de la obra de Balbino.

Julio César U. H.
18.03.2024

******************************************************

 “Los colores del Atrato”[1]
Clara Forero, Iván Benavides
Universidad Nacional de Colombia, 2018

En 1930, empezó en Colombia la presidencia del boyacense Olaya Herrera, que representó el fin de la Hegemonía Conservadora, periodo durante el cual el Parti­do Conservador Colombiano había ostentado el poder por poco más de cuarenta y cuatro años.

Sin embargo, a pesar de aquel cambio radical, la vida en el Chocó transcurría impá­vida ante las muchas y vertiginosas transformaciones políticas que sufría el país. Los factores que determinaron tal estado incluyeron un aislamiento geográfico que perdura hasta hoy día y un injusto olvido por parte del Gobierno central.

Debido a lo anterior, Quibdó se presentaba ante los ojos de cualquier foráneo como suspendida en el tiempo, con un aire que se movía entre lo provinciano y lo «macondiano», surcado por el constante cauce del río Atrato.

Contrario a ello, el departamento atravesaba un auge, si no extraordinario, cuan­do menos suficiente para llamar la atención de las factorías extranjeras. Por la escasez mundial de platino, a causa de la Primera Guerra Mundial, el Chocó en­tero y Quibdó, su principal centro administrativo, fueron testigos de migraciones paulatinas de empresas británicas, que supusieron un notable incremento de la población y una activación de la economía en la zona.[2]

Casi inmediatamente, los hijos y herederos de aquella modesta bonanza, junto con las poblaciones autóctonas, empezaron a configurar una clase dirigente e intelectual urbana que el político chocoano Fernando Velásquez Martínez deno­minó «mulatocracia» (citado en González, 2008, p. 117).

En medio de este contexto, vivió Ángela de los Ríos, viuda de Quejada, la bis­abuela de Balbino Arriaga. Una cartagenera que llegó al Chocó a comienzos del siglo XX y que, en la década de los cuarenta, decidió asentarse en Riosucio para dedicarse al comercio de tagua y caucho. Con personas como ella, comenzó la paulatina colonización de aquella zona del Pacífico.

La vida de aquella mujer —que en los relatos de sus bisnietos parece inmersa entre el mito y la realidad— fue, por demás, peculiar. Según parece, provenía de una familia de artesanos dedicados a la elaboración de tapices y biombos, cosa que determinó para ella un aprestamiento en ciertos oficios manuales, que pos­teriormente plasmaría en pequeñas pinturas, tejidos, bordados, calados y flores de papel y de cera. Al tiempo, es probable que haya tenido acceso a una buena edu­cación para la época, puesto que le gustaba declamar, y se sabe que, aparte de ser una ávida lectora, educó a su nieto, Balbino Arriaga Castro, nacido el 27 de febrero de 1900, hasta un nivel tal que pudo iniciar sus estudios de bachillerato sin haber cursado el nivel primario.

Balbino Arriaga Castro, padre de Arriaga Ariza, tuvo acceso a una extensa bibliografía, a través de la cual el pensamiento humanista se instaló en su hogar de forma permanente. Arriaga Castro fungió como secretario y juez municipal de Quibdó, así como contralor departamental del Chocó, durante varios años. Aunque el Quibdó de antaño lo recuerda es­pecialmente por su labor como docente del Cole­gio Carrasquilla, por sus clases de literatura y por su enorme biblioteca.[3] De forma paralela, Placidia Ariza, la madre de Balbino, estaba emparentada con toda una generación de políticos y dirigentes locales que contribuyeron a la industrialización y el fomento de la educación del Chocó, entre las décadas de los cuarenta y cincuenta.[4]

Parece claro que el nacimiento de nuestro hombre se gestó en un ambiente propicio para el desarrollo intelectual. La prosperidad que la explotación del pla­tino y el oro dejó en el departamento y el nuevo clima cultural, así como la búsqueda de una participación más activa del pueblo chocoano frente a la política nacional para lograr su propio desarrollo, constituye­ron fuertes motores de progreso para la región y para la formación de una generación más crítica.

Balbino Arriaga Ariza nació el 18 de junio de 1938. Fue el segundo de siete hijos y el único varón. La vida de la familia se desenvolvió entre dos casas. La pri­mera, situada a un costado del Colegio Carrasquilla, tenía grandes patios y en ella se hallaba una enorme biblioteca que, con el tiempo y hasta el fatal incendio de 1966, se convirtió en una suerte de centro cultural para los colegiales. La segunda, ubicada a las afueras de la ciudad, rodeada de árboles que ofrecían gustosos sus marañones, naranjas y guayabas, era más bien una quinta de estilo californiano, una casa arrullada permanentemente por la corriente del Atrato, cuyos recovecos Balbino conoció muy bien, de acuerdo con el relato de Ángela Arriaga, una de sus hermanas.

El río le dio a Balbino motivos, colores y formas de toda clase para desarrollar su trabajo creativo. Des­de su niñez, el impacto de este sobre él se reflejó en su trabajo. Su infancia transcurrió en un tiempo en el que el Atrato se dejaba navegar por enormes barcos con motores centrales, semejantes a los que cruzaban por el Misisipi. Uno de los más destacados recuerdos de Carmen Elisa, otra de sus hermanas, es el del paseo que Balbino y ella hicieron junto a su padre desde Quibdó hasta Riosucio, donde residía su bisabuela. Los Arriaga emprendieron rumbo a la ma­nera de una historia de Mark Twain: los caballeros con sombrero corcho y la pequeña con un vestido blanco. En aquella ocasión, abordaron el «Cartagena de Indias», cuyo itinerario les permitió visitar Puerto Martínez, Vigía del Fuerte, Bella Vista y, finalmente, llegar a su destino.

Una vez se instalaron, emprendieron un corto paseo por el río Truandó y el río Salaquí. Balbino padre, que no dejaba pasar ocasiones como aquellas para ofrecer a sus hijos una cátedra de geografía, biología y ecología, les pidió que juntaran sus oídos a unas enormes formaciones rocosas que encontraron a mitad del trayecto. Se alcanzaba a oír un trémulo sonido: la «resaca» del Pacífico. El padre anotó que si aquellas rocas fueran extraídas sería posible ver el Pacífico y así concluir el anhelo colombiano de conectar ambos océanos.

De vuelta en la casa de la bisabuela, Balbino hijo pidió afanoso algunos materiales y se puso a dibujar lo que había visto. Sería este uno de muchos mo­mentos que marcaron el inicio de una recurrente fascinación por el paisaje, el agua, el reflejo y los cielos arrebolados.

Por otro lado, el paulatino desarrollo de Quibdó le permitió encontrarse con otra docena de estímulos. Quizá, uno de los primeros y más llamativos fue su interés por el diseño de trajes, vestidos y disfraces. Cabe señalar que su madre se formó de manera au­todidacta como costurera, de tal suerte que los libros de la biblioteca de Balbino Arriaga Castro llegaban siempre en compañía de revistas y magazines ilustrados con figurines, vestidos, cortes y plantillas, que la modista imitaba a la perfección.

Es más que probable que aquel contacto cercano con el diseño textil haya motivado al joven Balbino a rea­lizar sus propios experimentos. En efecto, las fiestas de disfraces y los jolgorios de las fiestas de San Pacho fueron ocasiones propicias para que diseñara los tra­jes de las comparsas, los vestidos para sus amigas, la pintura facial de sus hermanas e incluso las carrozas del barrio César Conto, que en vista de sus cualida­des solicitaban regularmente sus servicios.

Del mismo modo, la llegada del cine al Chocó fue una influencia determinante para su obra posterior. Cuando era todavía un niño, instaló en su casa un enorme telón para exhibir películas de Charles Cha­plin, utilizando un proyector Pathé. Solía cobrar cinco centavos por la entrada y, cuando la cinta empezaba a rodar, se convertía en el relator que complementaba cada episodio. Años más tarde, frecuentó los teatros Quibdó, Salón Colombia y Salón Claret. Las anécdotas coinciden en narrar los tratos que Balbino tenía con sus compañeros de colegio, acostumbraba dibujar los mapas e ilustraciones de sus amigos a cambio de dinero, que luego gastaba en el cine.

Sin embargo, por encima del río, de las telas o del cine, estaban sus tizas y sus colores, las primeras herramientas de las que dispuso y, en cierta forma, las que le harían célebre muchos años más tarde, ya convertido en profesor universitario.

Cierto día, la tía de Balbino, Luisa Ariza, Lucha, que trabajaba en el Instituto Pedagógico Femenino, le regaló algunas tizas de colores, con las que hizo va­rios dibujos en el piso de su casa. El padre de Balbi­no acostumbraba dejar aquellos garabatos por cierto tiempo y así poder mostrarlos a los recurrentes visitantes. Uno de aquellos fue el señor César Arriaga, intendente del Chocó, que en ocasiones llevaba al pequeño Balbino y a sus hermanas a pasear en el carro de la intendencia, por entonces, uno de los pocos vehículos que había en Quibdó.

A su llegada, después de uno de esos recorridos, Balbino procedió, tizas en mano, a dibujar un carro en el piso de la casona. El dibujo inquietó a Carmen Elisa, que inquirió sobre aquella extraña imagen de un carro con tan solo dos ruedas. Desde luego, el pequeño Balbino, cuya edad no excedería los tres años, explicó que aquello se debía a la posición fren­te a la cual se había puesto con respecto al coche. Atisbando así, para sorpresa de sus padres y de Cé­sar Arriaga, nociones elementales de dibujo, como la profundidad y la perspectiva. De ahí en adelante, sus padres le alentaron incondicionalmente. Don Balbi­no Arriaga le suministró tantos materiales como fue posible, muchos de los cuales debían ser llevados hasta Quibdó en barco desde Cartagena.

Ahora bien, aunque su temprana formación artística fue, en términos generales, autodidacta, Arriaga tuvo la oportunidad de conocer a algunos de los más des­tacados docentes, artistas y artesanos de su región. Pese a que la influencia que tuvieron sobre él es in­cierta, fueron estos encuentros los primeros apren­dizajes informales que obtuvo en tierra chocoana.

Se sabe, por ejemplo, que Balbino trató con cierta regularidad a las educadoras Belén Perea y Esperan­za Luna, avezadas artesanas y personajes medula­res dentro de la tecnificación artesanal en el Chocó. Al respecto, en un informe sobre la artesanía del «cabecinegro»,[5] preparado por Marta Lucía Bustos para Artesanías de Colombia (1989, p. 2), se men­ciona lo siguiente: “La artesanía en damagua y cabecinegro, se inicia, entre la población negra, con las edu­cadoras Belén Perea, Judith Ferrer y Cruz Esperanza Luna, quienes a finales de la década de los treinta enseñaron a sus alumnos en Tadó, Istmina y Quibdó a trabajar dichas materias primas. Se hacían entonces bolsos, carteras, individuales, vestidos, cuadros típicos y tapetes”.

Asimismo, mientras Balbino realizó sus estudios de bachillerato en el Colegio Carrasquilla de Quibdó pudo trabar amistad y ser el asistente del docen­te boyacense Hugo León, a quien eventualmente se le comisionaron murales para esa misma insti­tución. También pudo conocer al célebre Francisco Mosquera Agualimpia, posteriormente llamado «el pintor de las gentes y las costumbres del Chocó», que por entonces ofrecía su cátedra de dibujo en el mismo colegio. Este pintor, gracias a una beca, había podido adelantar tres años de estudios en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá, entre las décadas de los treinta y cuarenta.

De acuerdo con Carmen Elisa Arriaga, hermana de Balbino, es probable que Mosquera hubiese dado algunos consejos a Arriaga; incluso es plausible que le haya exhortado a viajar a Bogotá para estudiar en la misma escuela. Sea como fuere, al parecer, el pintor introdujo a Balbino en el uso del lápiz y el carboncillo, técnicas que fueron fundamentales para su obra y que constituyen los espacios de expresión en los que Arriaga consiguió sus más prolíficas pro­ducciones.

A pesar de ello, el avance de Balbino en el dibujo y la pintura contrastaba con sus calificaciones académicas y sus planes futuros. Él había cursado sus es­tudios elementales en el Colegio de la Presentación y después en la escuela anexa a la Normal Superior de Quibdó. Esa época coincide con políticas liberales que mucho tuvieron que ver con la laicización de la educación y con un proyecto construido a partir de las novedades pedagógicas más vanguardistas (Re­yes, 2012, pp. 37-38). No obstante, ya en el quinto grado, Balbino expresó su renuencia a continuar con su formación como docente normalista y tomó la decisión de trasladarse al Colegio Carrasquilla, don­de cursó cuatro años más de estudio. Mientras sus calificaciones en dibujo y arte fueron siempre de 5.0, sus notas en aritmética y matemáticas fueron motivo de más de una reprimenda por parte de su padre. Debido a su larga trayectoria administrativa, para don Balbino Arriaga Castro, era esencial que sus hijos aprendieran los fundamentos del pensamiento lógico. Sin embargo, la persistencia de Balbino por dedicarse a las artes y su indudable virtud para el dibujo le propiciaron poco tiempo después la opor­tunidad perfecta para combinar dos escenarios, el de la política y el del arte, que hasta entonces parecían irreconciliables.

En 1958, con motivo del simposio Tierras húmedas tropicales, realizado en Quibdó, Balbino fue convocado por el gobernador del Chocó, Miguel Ángel Arcos, y por el contralor departamental, Rodolfo Castro Torri­jos, para ilustrar el libro Chocó-Colombia. Una especie de informe que recogía las conclusiones más impor­tantes del encuentro. Don Balbino Arriaga, quien tam­bién había ocupado el cargo de contralor años atrás, recomendó a su hijo para que elaborara las ilustracio­nes que acompañarían al texto y que serían esenciales para representar varios aspectos de la región: geolo­gía, mineralogía, biodiversidad y etnografía.

Por esto, a Balbino se le asignó la elaboración de mapas, planos, cuadros estadísticos y maquetas, así como un par de viñetas, entre las que sobresa­le la imagen que se usó como portadilla del libro. Se trataba de una rana desamparada que esperaba bajo su paraguas que amainaran las fuertes lluvias que caracterizan los bosques húmedos del Chocó. Al mismo tiempo, se le encargó hacer una serie de acuarelas que representaban los pueblos y ciudades más importantes del Chocó y la cuenca del Atrato. Lastimosamente dichas acuarelas no pudieron ser recuperadas.

Las hermanas de Balbino evocan la habilidad con la que pudo recrear la mayor parte de las imágenes a partir de las memorias de su infancia. Momento en el que, junto a su padre, conoció Istmina, Tadó, Condoto, Andagoya y el Carmen del Atrato. Pero fue todavía más sobresaliente el grado de rigor con el que pintó poblados que desconocía y que recons­truyó basado en las anécdotas de su padre y de los invitados al simposio.

Al final, el resultado fue editado en dos volúmenes mimeografiados en papel periódico. En la introduc­ción del primer tomo, Castro Torrijos (1958, p. 2) dice de Balbino: «Es un joven estudiante y artista cuyo pincel acuarelista y ágil plumilla hacen mila­gros, y quien colabora con todas las gráficas y cartas de este estudio».

Después de aquella oportunidad, Balbino sugirió a su padre la idea de abandonar el bachillerato y continuar trabajando como dibujante. Don Balbino Arriaga se opuso a tal idea y, en cambio, lo convenció de culminar sus estudios de bachillerato en el Liceo Nacional Marco Fidel Suárez de Medellín para, de esa forma, poder iniciar sus estudios como artista en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá.

Evidentemente, la falta de escuelas de arte en Quib­dó y la posibilidad de más y mejores oportunidades en otras ciudades fueron factores decisivos para que Balbino dejara el Chocó de forma definitiva. Arriaga no fue un caso aislado, por el contrario, hace parte de toda una generación de inmigrantes, si bien él no tenía las necesidades económicas que caracterizaban a la mayoría de esta población.

Medellín representó para Balbino el preludio de las posibilidades que involucró su llegada a Bogotá. César Martínez, profesor de la Facultad de Artes, na­rra cómo el rector del Liceo Marco Fidel Suárez le dio a Arriaga el impulso definitivo para iniciar sus estudios como artista (Mora, 2001). Aunque su pa­dre jamás se opuso a los deseos y vocaciones de sus hijos, no faltó la oportunidad en la que le insinuara la conveniencia de estudiar una carrera con «más y mejores proyecciones», como arquitectura, por ejemplo. 

Balbino culminó el bachillerato en 1960 y un año después inició formalmente sus estudios en la Universidad Nacional de Colombia, en una época en la que no muchas personas se decidían a cursar una carrera universitaria.[6]

Estudio de mujer frente al río Atrato-Balbino Arriaga Ariza, 1990.
Lámina en acuarela, 35.6 x 43.2 cm. Fuente: Alma Arriaga, colección particular.



[1] Tomado de: Balbino Arriaga a través de la academia. Clara Forero, Iván Benavides. Universidad Nacional de Colombia. Centro de Divulgación y Medios Facultad de Artes Sede Bogotá. Colección Notas de Clase 19. 1ª edición, octubre 2018. 156 páginas. Pp. 44-53.

ISBN impreso: 978-958-783-600-4 ISBN electrónico: 978-958-783-601-1.

[2] Este departamento, durante la Segunda Guerra Mundial, a pesar de haberse convertido en un punto estratégico para los aliados y de la instalación de la South American Gold and Platinum Company (de propiedad estadounidense) y la fundación en Andagoya de la Chocó Pacific Mining Company (subsidiaria de la primera), siguió siendo una zona aislada, con una reducida comunicación marítima y un clima que dificultaba la agricultura (Raush, 2011, p. 70).

[3] No sobra destacar su parentesco con el poeta quibdoseño Adriano Arriaga.

[4] Luis Víctor Ariza (hermano) ocupó la alcaldía de Quibdó entre 1953 y 1957, fue suplente en el Congreso por el Movimiento Liberal Popular (MLP) y gerente de la Zona Agropecuaria del Mag­dalena. De su otro tío, Víctor Dionisio Ariza, se sabe que fue uno de los primeros alumnos que tuvo la Escuela Normal de Varones de Quibdó, fue gobernador del Chocó en los años cincuenta y junto con otros importantes comarcanos fue fundamental para la democratización de la educación en el Chocó (Díaz, 2006, p. 6).

[5] Nombre vernáculo para la planta Phytelephas seemil. En las artesanías se hace uso de la fibra de los frutos o cápsulas de la planta.

[6] De hecho, el promedio de estudiantes graduados del programa de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Colombia entre los años sesenta y setenta del siglo XX era de solo seis alumnos por año (Vicerrectoría General, 2013).

1 comentario:

  1. Valiosa publicación, apreciado Julio César. Un gran apprte para el reconocimiento a un chocoano sobresaliente. Gratísimas.

    ResponderBorrar

Sus comentarios son siempre bienvenidos. Gracias.